domingo, 2 de junio de 2013

Vicente Leñero, el joven escritor

2/Junio/2013
Confabulario
Yaneth Aguílar Sosa

A los 27 años cumplidos, con un libro de cuentos, publicado, bajo el brazo; con una ambición tremenda por convertirse en escritor, una voraz pasión lectora, desordenada sí,  y un sinnúmero de proyectos literarios en mente, Vicente Leñero fue rechazado por el Centro Mexicano de Escritores. La decisión fue contundente e inapelable, la valoración superficial. Un “evaluador” o “evaluadora” que firmó sólo con sus iniciales: “E.D”, calificó así al joven Vicente Leñero:

“Inteligente. No hay pedantería ni rasgos de autosuficiencia. Más bien modesto. Inhibido. Escasos mecanismos de proyección e identificación. Evidentes elementos de inseguridad que muy probablemente están integrados a un núcleo conflictual más profundo”. Y al calce de esa “interpretación” que tiene fecha del 30 de julio de 1960, su firma anónima: “E.D.”.

La “valoración” se sustentó sólo en dos cuartillas escritas aprisa por Vicente Leñero, cuartillas atiborradas de datos que responden a siete preguntas de un test de personalidad que el Centro Mexicano de Escritores realizaba a los aspirantes a becarios que llegaban a la fase final. En esas dos hojas escritas en su vieja Remington, Leñero hace varias confesiones transparentes, con su pura verdad.

Dice allí, entre otras cosas, que comenzó leyendo cuentos de hadas pero de ahí pasó a Julio Verne y luego a Emilio Salgari, reconoce que sus “lecturas son desordenadas, pero siempre lee tres obras de cada escritor para conocerlo”; que sus padres y sus hermanos leían mucho y él también, pero que luego ellos dejaron de leer y él, por el contrario, leía mucho más; que su padre se oponía a que fuera escritor “por razones económicas”, pero con su primer libro se sintió orgulloso. También confiesa allí que no le gusta Oscar Wilde pues se cansó de sus “mundos”, y por el contrario se sentía cercano a los “escritores norteamericanos por la fuerza con que describen el mundo que viven”.

Ante una de las preguntas sobre ¿qué otras aficiones tiene además de las literarias?, que si acaso ¿práctica algún deporte? Leñero Otero confiesa que en la secundaria y en la preparatoria practicó el beisbol, pero en la actualidad “por desgracia no practica ningún deporte”. Luego, el hoy en día gran adaptador novelas para la cinematografía mexicana, añade “¿Afición? Tal vez el cine”.

¿Qué habrá pasado por la cabeza de ese censor o censora cuando tres años después de su “interpretación”, el escritor autodidacta habitante de San Pedro de Los Pinos –que por cierto también había pedido la beca en 1959 e igual fue rechazado-, se convirtió en el primer escritor mexicano en ganar el Premio Biblioteca Breve en 1963 con Los albañiles, una novela avanzada para su época; incluso incomprendida.

¿Qué habrá dicho el o la tal E.D. cuando Vicente Leñero se convirtió en lo que es, un maestro de escritores y periodistas? O que dijo al año siguiente de su “valoración”, cuando Leñero fue aceptado, por fin, en el Centro Mexicano de Escritores, durante el periodo 1961-1962 y le renovaron la beca para el ciclo 1962-1963 por ser un becario brillante y disciplinado. “Considero que con otro año más, ya encarretado, podría realizar otra novela. Ya más orientado, con mayor experiencia, y sobre todo, más seguro de mí mismo, quisiera seguir sin interrupciones”.

En cada estancia publicó una novela: Los albañiles y Estudio Q; a la par publicó otra novela: La voz adolorida que es la obra que propuso en 1959, cuando le negaron por primera vez la beca.

En el archivo del Centro Mexicano de Escritores, que resguarda la Biblioteca Nacional en su Fondo Reservado, hay una enorme cantidad de documentos, de cuentos y novelas redactados en papel cebolla o en bond que Leñero hacía llegar a sus asesores. En los dos expedientes se ve a un joven que se ha fijado entre ojo y ojo, un solo sueño: dedicarse al 100% a la literatura. “Quisiera dedicarme a escribir”, afirma.

En ese acervo hay una constante que late en medio de notas periodísticas, largas entrevistas, reseñas y cientos de hojas escritas con cinta de carrete: Vicente Leñero ya era un gran escritor debajo de la piel del Ingeniero Civil titulado por la UNAM en 1959 y que había trabajado en una empresa de instalaciones sanitarias; del hombre casado con la psicóloga Estela Franco -su compañera de toda la vida-, y del periodista que publicaba reseñas, crónicas y reportajes.

Vicente Leñero era desde entonces abrumador, escribía como poseso, están allí los originales mecanografiados de su novela La voz adolorida y de sus cuentos “Gilberto”, “Virginidad” y “La cantera”; pero ante todo se adivina a un escritor metódico hasta la médula.

En sus dos contratos firmados con el Centro Mexicano de escritores para las becas, hay añadidos con su letra. En el del 17 de agosto de 1961, se compromete a escribir una novela sobre una gran construcción en el DF, “gracias a mis estudios y trabajo conozco el medio y creo que podría ser interesante escribir sobre el tema”, también deja estipulado que dedicará “un máximo de 4 horas semanales a la enseñanza en la Universidad Iberoamericana y tres críticas de cine a la semana en el diario Excélsior”. En segundo dice que “dedicará todo su tiempo a escribir y a trabajar en editoriales y reseñas periodísticas”.

No sólo planificaba y diseñaba sus novelas y cuentos, también su vida personal. El 9 de julio de 1959, en la solicitud de su primera beca y su primer rechazo, Leñero dice: “El próximo martes 14 presento mi examen profesional-de ingeniería- y el sábado 18 de este mes contraeré matrimonio”. No deja nada al azar. Cuando propone “La voz adolorida”, novela protagonizada por un enfermo mental dice: “He conversado con algunos psicólogos al respecto, y me han ofrecido ayuda en la tarea, para que la novela tenga una base fundamentada”.

Esa personalidad metódica y su disciplina fueron rápidamente apreciadas por Ramón Xirau, subdirector del CME. Fue él quien le recomendó que volviera a pedir la beca, aun cuando ya lo habían rechazado dos veces; fue él quien firmó una carta, fechada el 9 de enero de 1962 y dirigida a un tal Robert Young para que Leñero estudie inglés; fue Xirau quien envío otra misiva en inglés, el 16 de enero de 1962, a Ivan Obolensky Inc, el editor norteamericano de origen alemán para que leyera “La voz adolorida”, en la carta le dice: “we feel that you will agree with us that he is a very promising writer” (creemos que usted estará de acuerdo con nosotros en que es un escritor muy prometedor).

Leñero pasó pronto de joven promesa a un joven talento. La Revista Señal –cuyo lema era “La revista digna de entrar en su hogar”- le dedicó su número 479, del 19 de diciembre de 1963 -17 días después de ser anunciado ganador del Premio Biblioteca Breve-, el título de su portada fue “Un gran valor nuevo de la literatura mexicana: Vicente Leñero”.

Cierto. El o la tal E.D., que lo interpretó como “Inteligente”, sin pedantería ni rasgos de autosuficiencia “Más bien modesto”. Se habrá tenido que comer muy pronto sus palabras.

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