Mostrando entradas con la etiqueta Christopher Dominguez Michael. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Christopher Dominguez Michael. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de noviembre de 2018

Fernando del Paso: “A mí lo que me encantaba era jugar con el idioma”

18/Noviembre/2018
Confabulario
Christopher Dominguez Michael

En la primavera de 2012, Fernando del Paso Morante (Ciudad de México, 1935-Guadalajara, 2018), quien residió en Guadalajara muchos años, me invitó a su departamento en la Ciudad de México, en un edificio de la que alguna vez fue la Glorieta de Chilpancingo en la Colonia Roma Sur, para conversar sobre su vida literaria, en el rodaje de la temporada de la Historia de la literatura mexicana, de Clío TV, a la cual agradezco el permiso para reproducir algunos fragmentos de aquella conversación. Con el Premio Cervantes de 2015, autor de José Trigo(1966), Palinuro de México (1977), Noticias del Imperio (1987) y Linda 67 (1995), hablamos de sus cuatro novelas, desde luego, pero también de su pasión por la pintura, no del todo frustrada, así como, brevemente, de la experiencia, siempre ancilar, junto a la del novelista mayor, del poeta semisecreto, diplomático, publicista, director de la Biblioteca Pública Octavio Paz de la Universidad de Guadalajara y miembro –desde 1996– de El Colegio Nacional… A todo ello lo presidía la perplejidad ante el mundo, acaso la gran virtud de Fernando del Paso y el grano del cual floreció ese gran ingenio suyo que acaba de perder la literatura en español. (CDM)


¿Qué hay del niño que fue Fernando del Paso?
Yo fui un lector precoz, cuando yo… desde que tenía cuatro o cinco años mi padre me leía las historietas de los domingos, que me apasionaban, Mandrake, Pancho y Ramona, El Capitán Tiburón, Tarzán, todas ésas, y yo quería leerlos por mí mismo; así que aprendí a leer en el kínder, nunca cursé primero de primaria y entré directamente a segundo. El primer libro que me regalaron fue una edición infantil, sin sodomías y otras cosas divertidas, de Las mil y una noches, y lo devoré, pero aún así era una versión de unas trescientas páginas. Ese libro me impactó para el resto de mi vida, fue maravilloso.
Fui de esa generación que leía a Alejandro Dumas, a Salgari, a los autores de fábulas como Esopo, Iriarte y Samaniego; leía los cuentos de los hermanos Grimm, Julio Verne, devoré todo eso. Fui un gran lector desde niño y me dieron ganas de escribir y de dibujar también. Primero fui dibujante y luego escritor. Pero como dibujante o como pintor, pues me sentí frustrado: más bien me dediqué a la literatura.

¿Cómo era el México de los años cincuenta para un adolescente que quería ser escritor? ¿Quiénes eran los escritores importantes, a quiénes admirabas de los mexicanos, a quiénes no, cómo era ese mundo de iniciación para alguien que quería ser escritor?
Aunque a mis padres les gustaba leer, no tenían una cultura muy sólida, de modo que yo no leía autores mexicanos de niño. Lo primero de un escritor nacional que leí, a los once años, fueron los tremendos Bandidos de Río Frío de Manuel Payno. Me sorprendió mucho que las novelas pudieran ocurrir en mi país, pensé que solamente ocurrían en otros países, ¿verdad?, porque leía yo a autores extranjeros y Payno fue uno de los que más me interesó. Luego me dio por leer poesía, y leí a Acuña, a Manuel M. Flores, a toda esa cáfila de poetas de aquel entonces, pero autores mexicanos propiamente dicho en la adolescencia, no tenía yo favoritos.


¿Cuáles son sus lecturas de formación?
Mi padre era lector de novelistas, de biografías también. Leí mucho a Zweig, a Merezkovski —que tenía unas biografías excelentes—, y libros de viajes. Entré a trabajar en la publicidad y ahí llegó un día Antonio Montaño, un escritor colombiano, que era amigo de José de la Colina y entre ellos me enseñaron muchas cosas. Fueron mis grandes maestros de literatura. Entonces empecé a leer a William Faulkner, la literatura en lengua inglesa sobre todo: Lionell Trilling y a Wolfe, a un gran, gran escritor, que era Thomas Wolfe, no Tom Wolfe el actual, sino Thomas Wolfe, autor de Del tiempo y el río, una novela maravillosa, que además como a mí me gustaba entonces el beisbol, pues también me gustó por más de una razón; y a Joseph Conrad, por supuesto; y a autores incluso poco conocidos en esa época, pero grandes autores como el francés Julien Green, o Restif De la Bretonne, el autor de las Noches de París. Ellos me abrieron un horizonte absolutamente luminoso. Fue cuando empecé a escribir literatura joyceana. Me dijo Antonio Montaño, antes de leer a Joyce: “Tú tienes que leer el Ulises”. Insistió y entré al Ulises… Nunca he salido de él.


¿Ya leías en inglés en este momento?
No, yo aprendí a leer en inglés hasta muy tarde cuando viajé a Londres. Eso después de trabajar muchos años en publicidad. Me conseguí un empleo en la BBC, en el servicio latinoamericano, radio onda corta, y me fui con mis tres hijos. Ahí nació mi hija Paulina y entonces sí aprendí inglés, claro, y releí muchas cosas que había leído en español como Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll y tantos otros libros.
Leí mucho teatro también, muchísimo teatro, aparte de todo Shakespeare por supuesto, y de Cervantes, y de todo Ibsen —que le gustaba tanto a Joyce—; leí a Tennessee Williams, a Eugene O’Neill y a un autor italiano, que era buenísimo, que se llamaba Ugo Betti y Jean Giraudoux. Me encantaba leer teatro.




Antes de Londres, Fernando, ¿cómo era —porque ya en los sesentas, en 1966, aparece tu José Trigo— la vida literaria en la Ciudad de México en los sesenta y cómo era para ti, que no estabas identificado con los grupos que predominaban en esa década?
De alguna manera me introdujeron a uno de esos grupos, porque De la Colina era del grupo de Fernando Benítez, que dictaba cátedra desde México en la cultura y Novedades, entonces el mejor suplemento literario que había, después se acabó eso y se pasaron a la revista Siempre! con La cultura en México, y de alguna manera yo pertenecía a ese grupo, no muy integrado a ellos pero pertenecía. Recibí las influencias de gente más joven, como José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis o José Agustín, de otro círculo. Era un ambiente bastante relajiento, sí, pero muy agradable. Había muchas fiestas, muchas borracheras, pero se hablaba de cosas muy interesantes en las reuniones. Sobraba inteligencia.

¿Y cómo fue recibido José Trigo?
José Trigo tuvo una recepción un poco ambigua. Tuve críticas en contra en México y críticas a favor en España y América del Sur. Aquí en México no parece haber caído muy bien, me acusaron de ser demasiado joyciano, en fin, no le fue muy bien a José Trigo. Con los años le ha ido mejor aquí.


¿Tú cómo recuerdas este primer libro tuyo? ¿Con cariño, con distancia? ¿Qué sentimientos te produce esta novela tuya?
No me he arrepentido de nada de lo que he publicado, por fortuna, incluso de ningún artículo periodístico, y a José Trigo lo recuerdo con mucho cariño. Fue una iniciación quizás demasiado ambiciosa en la literatura, pero a mí me dejó muchas satisfacciones y por fin, un día en España, alguien lo incluyó en la antología de los mejores cien libros del siglo XX. Pero a mí lo que me encantaba era jugar con la lengua, con el idioma. Estaba en mi medio: explotar el lenguaje dentro de todas mis posibilidades y de ciertas posibilidades del lenguaje mismo. El español, combinado con los mexicanismos rurales, los nahuatlismos, los mexicanismos urbanos, etcétera. Se ha convertido en el libro favorito, de mi obra, de los profesores de literatura norteamericanos a los que les gustan las cosas complicadas.

En los Estados Unidos, y después de tu estancia en Inglaterra en ese momento tan vivo y tan importante del mundo occidental, en aquella década y aún en los años setenta…
En la Universidad de Iowa, el poeta norteamericano Paul Engel creó un Programa Internacional de Escritores, consiguió dinero de varias fundaciones y empresas particulares, y reunía cada año a quince o veinte poetas, novelistas, cuentistas de todo el mundo; ahí estuvo Gustavo Sainz. Me recomendó a mí, me dieron la beca y me fui con mi esposa y mis hijos a esa pequeña ciudad que era casi un campus universitario, duplicaba su población en los tiempos de clases, y, bueno, ahí empecé a aprender más inglés y mejor, pues nos reuníamos con poetas rumanos, africanos, rusos, y de América Latina pues había de Perú, de Cuba. Fue una experiencia también maravillosa, inclusive gastronómica, porque cada quien tenía cierta obligación de hacer una reunión de vez en cuando, o en las reuniones generales cada quien llevar un platillo de su país.
De ahí supe que Alberto Díaz, escritor mexicano, se había ido a la BBC de Londres. Le escribí y le dije que cuáles eran los requisitos para ingresar a la BBC. Desde niño creía inalcanzable ir a Europa, pues la literatura europea para mí era exótica, pero lo logré. Me hicieron un examen en la radio, examen de dicción, traducción, locución, etcétera, y me dieron el contrato para la BBC. Estuve catorce años en Londres, antes de pasar a Radio Francia Internacional. Y, bueno, qué te cuento, sí fue una experiencia maravillosa porque Londres estaba en su apogeo. Acababan de pasar los Beatles.
Por primera vez en mi vida pude conocer grandes museos. Aquí en México conocía las pinturas clásicas a través de los cerillos, los cerillos Clásicos: la Venus de Milo, el Partenón, Velázquez, Caravaggio, Da Vinci, qué sé yo. Así conocí la pintura clásica. Releí pero ya en inglés Drácula, de Bram Stoker, Jonathan Swift, Oscar Wilde…


En este contexto londinense es donde nace Palinuro, ¿no? Ahí nace un poco la historia de este libro…
Sí, yo quería estudiar medicina y en la preparatoria conocí a la que es hoy mi esposa todavía, y ya no pude entrar a la Escuela Médico Militar. Quería ingresar a la Médico Militar; ahora soy antimilitarista pero eso es otra cosa, porque no se podía estudiar y estar casado y me decidí por ciencias económicas, sólo dos años. Pero entonces conocí a alguien que trabajaba en una agencia de publicidad y me llamaron, me dieron un empleo como copywriter, en el argot. Es decir, escritor de textos e imaginador de comerciales. Y vi que ganaba yo más ahí que un economista. Entonces destripé, dejé la economía y me dediqué a la publicidad. Pero Palinuro de México expresa ciertas frustraciones que tuve y tiene un alto contenido autobiográfico. Yo pensaba que estaba frustrado por no haber estudiado medicina, pero cuando terminé Palinuro ya no tenía ninguna frustración. Me di cuenta de que lo que me interesaba de la medicina eran los aspectos históricos y románticos, nada más.
Le dediqué a Palinuro diez años, estando en Londres. Ahí la terminé y comencé Noticias del Imperio. Soñaba con Noticias del Imperio desde muy niño. Desde la primaria había oído la historia de un emperador de barbas rubias que nos habíamos echado al plato en Querétaro, y que su emperatriz se había vuelto loca. Esa historia me llamó mucho la atención y nunca me aparté de ella. Siempre, durante todos esos años en que escribí José Trigo y Palinuro de México, estuve leyendo sobre el Imperio mexicano, la Intervención francesa, biografías de Juárez, y al final pues todo se conjugó después de Palinuro con Noticias del Imperio, a la que le dediqué otros ocho, nueve años.


Quisiera detenerme en un aspecto de Palinuro de México. Es un libro inmenso pero de manera lateral es un libro sobre el 68 mexicano.
Palinuro mismo, de acuerdo a como fue concebido inicialmente no era estudiante del 68, pero mientras yo escribía Palinuro ocurrió el 68. Estaba demasiado grande para ser estudiante y demasiado joven para tener hijos estudiantes de esa edad, pero esa tragedia me conmovió hasta… Me pareció espantoso todo lo que pasó y participé en alguna manifestación. Yo era idealista y ya había participado en una manifestación pro Castro. Me sentía muy de izquierda y la tragedia es fuertísima, muy honda. Entonces Palinuro decidió convertirse en estudiante del 68 y decidí darle el tratamiento de una obra de teatro, Palinuro en la escalera, inspirado en la comedia del arte de la que yo conocía algo. Y, bueno, así es como se ha representado en varias ocasiones el penúltimo capítulo de Palinuro.
En relación a Noticias del Imperio, no sólo es una de las grandes novelas latinoamericanas y una de las novelas históricas más importantes, también tuvo su influencia en la modificación de la idea de ese episodio en muchos mexicanos. Se dice con razón que de alguna manera con tu novela los mexicanos acabamos de perdonar a Maximiliano. Me gustaría que nos hablaras un poco de cómo era tu vida privada durante todos esos años de escritura, con Carlota pero también con el propio Maximiliano. Realmente pareciera que viviste con ellos todos esos años…
Me alegra mucho de que así sea pero, es que es muy difícil hablar de la obra propia. A mí me han preguntado muchas veces sobre Noticias del Imperio y he creado algunos clichés. Algunas cosas las contesto siempre igual, voy a tratar de no hacerlo.
Como te dije, esa tragicomedia, el gran melodrama, me llamó la atención desde muy niño y a medida que iba documentándome más y más, pues más me impactaba, más me interesaba y la solución de la novela la dio el monólogo de Carlota. Ya sé que no es nada nuevo: existía el monólogo de Molly Bloom, pero el monólogo del Molly Bloom se atuvo a la idea de una verdadera corriente de la subconsciencia y a la asociación interminable de ideas. El monólogo de mi Carlota es más bien retórico, está muy bien construido desde fuera. Es muy retórico y alude a la frase que antecede a la novela. Se le atribuye a varios personajes, entre ellos a Santa Teresa y a Malherbe: “la imaginación, la loca de la casa”. En el monólogo de Carlota se expresa la locura de Carlota pero también su imaginación, su rencor, su odio, su amor.
Visité el Castillo de Miramar y me conmovió muchísimo cómo vivía esta gente, en una especie de pequeño paraíso en el que de pronto irrumpió el diablo, ¿verdad? Y se los trajeron aquí, los obligaron prácticamente a venir. Ellos venían con las mejores intenciones del mundo, pero también traían muchas ambiciones y aquí se les derrumbaron, uno tras otro, sus sueños, porque Maximiliano era liberal pero nunca los liberales lo apoyaron; y Maximiliano era católico, pero a final de cuentas perdió el apoyo del Papa, perdió el apoyo de la Iglesia, perdió el apoyo de todo el mundo y se vio totalmente abandonado por todos… Yo trabajaba en el turno en la noche en la BBC, de las diez de la noche a las cinco de la mañana, tres noches seguidas, y teníamos como descanso tres noches, tres noches con sus días, que era cuando yo podría ir a las bibliotecas. Tenía mucho tiempo para escribir Noticias del Imperio.


La reacción a Palinuro de México fue espléndida, más que ante Noticias del Imperio.
Sí, recibió varios premios, o, mejor dicho, yo los recibí gracias a Palinuro. Entre ellos el Premio al Mejor Libro Extranjero publicado en Francia, que me halagó mucho; el Premio Rómulo Gallegos de Venezuela. Me sentí muy bien ante la reacción. Palinuro es mi libro consentido, pero el que ha tenido mucho mayor alcance y mayor repercusión es Noticias del Imperio, el cual me dejó, también, un poco vacío.
Háblanos de tu novela policiaca.
Linda 67 nació de un reto de Álvaro Mutis hace muchos años. Siempre hemos sido amigos. Él me dio a conocer la Colección del Séptimo Círculo, publicada por Borges y Bioy Casares en Buenos Aires, que era de novelas policiacas, y a mí me gustó mucho. Leí no menos de treinta o cuarenta títulos y le dije un día a Mutis: “Voy a escribir una novela policiaca”. Me dijo: “No, no puedes, porque hay que tener una vocación especial para eso”. Veinte años después recogí el reto y viajé a San Francisco para situarla ahí porque hay que escoger un buen escenario también. No es lo mismo la Muerte en Venecia, que la muerte en Arkansas, por supuesto ¿no? Y entonces la hice, pero tenía razón: no es una novela policiaca, es un thriller, ¿verdad?


Tus lectores nos acabamos de llevar la muy grata sorpresa de ver aparecer el primer tomo de Bajo la sombra de la historia (2011), esta historia personal escrita por un lector universal, una historia extremadamente seria, cuidadosa, documentada del judaísmo y del Islam, que a la vez es un libro erudito. ¿Cómo tuviste la idea de hacer este libro del que faltan dos tomos por aparecer? ¿Cómo te documentaste? ¿Cómo fue esta segunda parte de la vida de Fernando del Paso ya no como novelista exactamente, sino como historiador y erudito?
Dije antes que Las mil y una noches fue un libro que me influyó en toda mi vida, porque nació para mí una gran curiosidad por el pretendido exotismo del Medio Oriente. Y hace diez años el bombardeo de las Torres Gemelas fue una especie de detonador de esta segunda vocación, aunque yo no me considero historiador, sino un simple testigo de mi siglo, de mi tiempo. Pero, como narro ahí, tuve una niñez privilegiada, con un tío húngaro, un tío checoslovaco, un tío británico que hablaban en la mesa, en la sobremesa, tanto de la Primera como de la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido recibí una educación cosmopolita, podemos decirlo así.
Me interesé siempre en las guerras, en la historia, quizá por la vocación de Francisco del Paso y Troncoso, mi tío bisabuelo. Pero sobre todo el Holocausto me impactó. Cuando yo tenía veintidós años y estaba yo recién casado, hicimos una cena y llegó un amigo alemán inmenso, nacido en México pero hijo de alemanes y abuelos alemanes, al que le daba mucha vergüenza el Holocausto y nos llevó a la casa un proyector y el documental Noche y niebla. Eso para mí fue una sorpresa espantosa, es decir, yo no sabía que había pasado aquello en el mundo, la posibilidad misma de esa clase de atrocidades, y desde entonces me interesé mucho en el judaísmo, aparte de que leía a Maimónides a los doce o trece años de edad, iba yo a las librerías que se consideraban de libros herméticos y leía muchas cosas esotéricas. Y de Maimónides, tú sabes, su principal libro ha sido traducido como Guía de los descarriados o como Guía de los perplejos. Yo prefiero la segunda porque yo me agregué al número de los perplejos. Al principio no entendí nada, pero tras vivir en Londres catorce años y vivir en París siete, donde el mundo musulmán se impone tanto, se acumuló todo ello para que yo escribiera este libro que no he terminado todavía. El segundo tomo está en la imprenta, estamos en proceso de revisión, y el tercero no lo acabo todavía, necesito como dos años más.


¿Qué podrías adelantarle al público? ¿Qué es lo que te angustió? Ya dijiste que el 11 de septiembre de 2001 de una manera directa, pero, ¿qué pretendes con este libro? ¿Qué es lo que quieres discutir?
En el segundo tomo hablo del esplendor de Bizancio y de la expansión del Islam durante los dos primeros siglos; después la conquista de España, el desembarco de los árabes en Gibraltar, la conquista de España, una parte de la conquista de Francia, de Sicilia, el Cid Campeador, la invasión de los almorávides, de los almohades, la expulsión de los moriscos de España… Luego viene un capítulo dedicado a las diversas sectas del Islam comenzando por la división más grande que es entre sunitas y chiitas… Luego la historia de la España musulmana y de la grandeza árabe. Y por último un capítulo puente que se titula “De las murallas de Jericó a los muros de Auschwitz” que sirve de puente para el tercer (tomo) sobre el Holocausto y el conflicto entre Israel y Palestina, que era con lo que yo comencé. Ante ese conflicto de Israel y Palestina me tuve que ir atrás, pues sabía muy poco, a los antecedentes y a los antecedentes de los antecedentes, hasta que, por un lado, legué al nacimiento de Mahoma y, por el otro, a Adán y Eva. Ya no podía irme más lejos.


¿La pintura ha sido una pasión paralela que ha acompañado a tus novelas? Cuando te leo pienso, siento que algo de lo que estoy leyendo tiene un reflejo en lo que tu pintas. ¿Nos puedes hablar de esa otra pasión de tu vida?
Primero dibujé antes de escribir y cuando escribí pues dibujé las letras. Cada letra es un dibujo en sí, ¿no? Soñaba con ser un gran pintor pero me frustré, jamás pude con el óleo y entonces me dediqué a escribir. Pero no considero mis dibujos como una afición o un hobby, sino como una vocación verdadera. Nunca he dejado de escribir para dibujar, pero muchas veces he dejado de dibujar para escribir, porque para mí escribir es mi vocación más importante. Ahora gozo, gozo mucho el dibujo, lo gozo enormemente, pero hace como diez años que no hago un solo dibujo porque estoy escribiendo este libro sobre las religiones que me tiene totalmente absorbido y absorto. Para mí el dibujo sigue siendo una expresión muy necesaria y creo que voy a seguir dibujando… En fin, ya me cansé, qué bueno que estás contento con la entrevista, Christopher, pues yo también lo estoy.

domingo, 14 de enero de 2018

José Luis Martínez, el joven crítico

14/Enero/2018
Confabulario
Christopher Dominguez Michael

Es posible, como ocurre, con poetas y novelistas, reconstruir la personalidad de un crítico literario deduciendo su carácter en las líneas de sus primeros artículos. Lo he intentado con José Luis Martínez (1918-2007), cuyo centenario de nacimiento festejamos y el procedimiento funciona, porque, así como Napoleón le preguntaba a quienes pensaba ascender a generales sólo dos cosas –de qué lugar de la sociedad francesa provenían y si habían tenido suerte en la vida–, es difícil que un escritor abandone sus primeras querencias, aun cuando las enriquezca y hasta las oculte. Y siendo el “sentido de la oportunidad” la suerte del crítico, tal cual lo sentenció Kierkegaard, no cabe duda de que Martínez lo tuvo. Al crédito ganado por sus apuestas se suma su origen como parte de esa nutrida y brillante familia espiritual jalisciense, dominante en la escena literaria del país durante buena parte del siglo XX, desde el poeta Enrique González Martínez hasta Antonio Alatorre, pasando por Mariano Azuela, Agustín Yáñez (cuya prosa ha sido tan inmerecidamente olvidada, alimento de poetas y de discípulos inesperados como Daniel Sada), Juan Rulfo, Juan José Arreola, el propio Martínez y agregando un vecino, otro poeta, el nayarita Alí Chumacero, quien este año, en julio, también cumple su centenario.
/
Hace una década que Adolfo Castañón antologó Primicias para El Colegio de México y con ese único volumen, que reúne textos no publicados previamente en un libro que van desde 1940 hasta 1963, tenemos lo suficiente para seguir al joven crítico que fue José Luis (de mi trato personal con él, en su casa-biblioteca, ya escribí a su muerte y sólo quisiera recordar que bochornosamente, a veces le hablaba de tú y otras de usted, lo cual prueba nuestra irregularidad), ocupado en escribir poesía (rumbo que abandonó no sin antes publicarElegía por Melibea y otros poemas en Tierra Nueva), traducir a Remy de Gourmont, Valery Larbaud, Aldous Huxley, Étiemble y Roger Caillois, hacer reseñas y compilar breves antologías de jóvenes poetas coetáneos suyos.
/
Cuando el cónsul Pablo Neruda atacó en 1943 a Octavio Paz y a los jóvenes escritores mexicanos por su falta de moral pública –es decir, por su escaso servilismo estalinista– o frente a Américo Castro, quien escribió una majadera e ígnara introducción a la historia de México para sus estudiantes estadounidenses –denostada en Primicias– Martínez fue capaz de censurar con disgusto y desenvoltura si la gravedad de la ocasión lo exigía. Pero como crítico, por temperamento y también por ese sentido del que hablaba el filósofo danés, cultivó el tono menor. El ejemplo de Alfonso Reyes, quien recién regresaba a México, el más influyente de sus maestros, pudo más que su simpatía por los Contemporáneos, la admirada generación anterior, cuya belicosidad –sobre todo la de Jorge Cuesta y Salvador Novo– desdeñaba, no sólo por razones, insisto, temperamentales, sino porque una vez pasados los turbulentos años treinta, se imponía otro lenguaje público, el de la Unidad Nacional que quiérase o no, permeaba también las letras. No en balde, Martínez elegía toda una escuela, al traducir a un “crítico cordial” descreído de los excesos decadentistas, como Gourmont, la figura crítica del cambio de siglo en Francia, inmediatamente anterior al imperio de laNouvelle Revue Française (NRF ), fundada en 1909.
/
La antología de Castañón comienza con tres estudios (la palabra preferida de Martínez al referirse a sus propios ensayos y sin duda la más adecuada) de teoría literaria, que no están entre lo mejor que escribió con esa prosa suya a veces reseca de tan escueta. No fue el suyo un carácter teorético, como tampoco lo tuvo Reyes, quien, sin embargo, se empeñó en El deslinde: prolegómenos a la Teoría literaria (1944), bajo cuya influencia, quizá conversacional, escribió el joven crítico “La técnica en literatura” (1942), “Algunos problemas de la historia literaria” (1946) y una reseña de Concepto de la poesía (1944), del cubano José Antonio Portuondo, a quien le reprochó hacer de El manifiesto comunista, suRecurso del método. Antes de criticar las tentativas didácticas de Martínez debe concederse que esos estudios, en México, no se hacían y que carentes de una formación filológica en conflictivo contraste con las vanguardias, Martínez –como el propio Reyes– remaba a contracorriente, en esos tres textos aparecidos en El hijo pródigo.
/
“La técnica en literatura” deja ver lo difícil que era acercarse a En busca del tiempo perdido, a Ulises o hasta a Henry James, con la ayuda de Jean-Marie Guyau (1854-1888) –estético desaparecido de casi todas las historias de la filosofía, no sólo de las anglosajonas, donde nunca fue bien considerado, sino hasta de las francesas– pues ese filósofo seguía creyendo en la idea kantiana de belleza como explicación del arte, sensualismo que le fue útil todavía a Nietzsche pero resultaba ya inepto para la novela moderna. Martínez advierte la insuficiencia de esos rescoldos de la retórica neoclásica y salta a la “estilística romance” de Leo Spitzer y Karl Vossler, ya demasiado tarde en el ensayo, no sin antes hacer un paseo por la “poesía primitiva”, la rescatada de los cantares mesoamericanos por Ángel María Garibay, en el Popol Vuh y en el Chilam Balam, travesía cuyo inesperado premio es el descubrimiento del “envidiable Jorge Luis Borges” y sus sagas islandesas.1

En “Algunos problemas de la historia literaria”, Martínez se acerca más a lo suyo pues, creía, como lo escribía José Gaos en esas mismas fechas, que no podía haber crítica literaria sin historia literaria, punto de partida que sigue separando a los reinos combatientes en literatura. El estudio, empero, es sólo una presentación de la teoría de las generaciones de José Ortega y Gasset y una autobiografía en clave de cómo una nueva generación aparece y se impone. Autobiografía heredada, porque, sin dar nombres, Martínez parece estar contando la historia familiar no de su generación, sino la de los Contemporáneos, lo cual vuelve más interesantes de seguir esas páginas. La generación de Taller y la media generación que le sigue, la de Tierra Nueva (Martínez, Chumacero, Leopoldo Zea y Jorge González Durán), fueron generaciones conciliadoras –más la segunda que la primera– que albergaron con éxito no sólo a las plumas jóvenes sino a los desperdigados Contemporáneos. En ese sentido, la figura de Martínez es ejemplar en una de las características que más incomodan, a propios y extraños, de la literatura mexicana del siglo XX, su escasa vocación parricida.
/
La única ruptura, más estruendosa que violenta, fue la de Contemporáneos: expulsando a Manuel Gutiérrez Nájera de la antología firmada por Cuesta en 1928, peleando con los homófobos estridentistas (muy pronto devorados por el generalato veracruzano y cuya influencia fertilizó más a las artes plásticas que a las letras) y poco antes, siendo víctimas de la campaña de 1925 contra “la falta de virilidad” en nuestra literatura. Empero, la ruptura con el modernismo, honda en el estilo, fue suave en las maneras, pues los Contemporáneos eran protegidos de González Martínez, cuyo hijo, el primer Enrique González Rojo, formó filas con ellos. Y si González Martínez podó al modernismo sin renegar del todo de él, inevitablemente Jaime Torres Bodet acabó por ser exégeta de Rubén Darío (en 1966), un Salvador Novo alabó a ciertos novelistas de la Revolución Mexicana (a Francisco L. Urquizo) y Paz, de Taller, no sólo fue discípulo de los Contemporáneos, sino reconoció y fue reconocido por José Vasconcelos. Más allá de la influencia moderadora de Reyes, de la cual Martínez fue agente eficaz (y ello se nota en su rechazo del marxismo dogmático delConcepto de la poesía, de Portoundo), la Gran Arca de la Revolución Mexicana, en la que todos vivían, hizo de nuestras “guerrillas literarias” (como las llaman en Chile), las más aburridas del continente, excepción hecha de cuando se dirigieron, instigadas generalmente por Novo –según Guillermo Sheridan– contra los recién llegados exiliados españoles, acogidos, los que venían de Hora de España, en Taller.
/
Desordenado, me salto la segunda sección dispuesta por Castañón en Primicias (“Letras del mundo”) y pasó al examen que hiciera Martínez de la literatura nacional. Tras ejercer la obligación del crítico de dar noticia del rescate de los antiguos, como Juan Ruiz de Alarcón, fray Manuel Martínez de Navarrete y José Joaquín Fernández de Lizardi (vindicado como neobarroco por Yáñez en la que sigue siendo la lectura más interesante de quien he llamado el Super Periquillo en La innovación retrógrada), Martínez pasa a reivindicar una de sus querencias: Gutiérrez Nájera, a cuya ternura se acogió José Luis toda la vida, teniéndole, al Duque Job, aprecio por la discreción de su cosmopolitismo, el de un parisino sin París, cuya prosa, sencilla, fue para él un espejo. Sigue, de manera inevitable, en los afectos de Martínez, su primer panorama de la obra entera de Alfonso Reyes, aparecido en Cuadernos americanos en 1952 y no muy distinto a aquellos en los que se prodigará después, uno de los últimos, está en La literatura mexicana del siglo XX (1995), cuya segunda parte, dedicada a lo escrito entre 1955 y 1993, escribí y firmé yo, a honrosa petición suya.
/
En torno a México, el joven Martínez comienza su investigación sobre El Renacimiento(1869), esfuerzo de reconciliación de la literatura con la política tras el fusilamiento de Maximiliano, en mi opinión, un trato más presunto que real. Dirigía El RenacimientoIgnacio Manuel Altamirano, otro de sus penates decimonónicos, lo cual llevará a Martínez al rescate crítico y editorial de las “revistas literarias mexicanas modernas”, como se llamó la estupenda colección facsimilar que ya como director del Fondo de Cultura Económica (1976-1982) llevó a cabo, esfuerzo que sólo se ha continuado, en aquella casa, de forma esporádica y no de manera regular, como lo merecería cualquier homenaje al gran editor que fue. No sólo como editor, sino como historiador de la literatura, fue él quien entendió que ese dominio no podía recorrerse sin contar con la cartografía de las revistas literarias.
/
Como todo crítico que se respete, Martínez, falló en algunas apuestas, como los hoy olvidados poetas Clemente López Trujillo (1905-1981) y Rafael del Río (1915-1979), pero en cambio atinó a reseñar a Carlos Pellicer, a José Gorostiza y a Xavier Villaurrutia, a quien, este último, le hizo la única entrevista que yo conozca del autor de Nostalgia de la muerte, publicada en Tierra Nueva, en 1940. Allí, Villaurrutia rechaza a Federico García Lorca, se asume lector de Heidegger y dice estar endeudado con Giorgio de Chirico. De su reseña sobre Pellicer destaca el interés de Martínez por leerlo contrariando su supuesta y permanente alegría. En cuanto a Gorostiza, el pronóstico es irrefutable: “Tiempos vendrán en que del poema de José Gorostiza, se hagan ediciones como la que Dámaso Alonso ha hecho de Las Soledades de Góngora…”2
/
Martínez, finalmente, exalta al Octavio Paz de Entre la piedra y la flor (1941) y antologa a Efraín Huerta y a Chumacero. Concluye esa sección mexicana de Primicias con un par de panoramas del orden general, sobre nuestra literatura y después, la cultura nacional entera, desde perspectivas muy distintas. La primera, de 1948, comparte con los balances políticos contemporáneos, de Daniel Cosío Villegas y de José Revueltas, el dolor ante la pretendida muerte de la Revolución Mexicana, cuya literatura –dice Martínez– estaba aletargada, situación remediada casi de inmediato por la aparición de los Yáñez, los Rulfo, los Arreola, los Revueltas, los Paz. Y el segundo (y último estudio de Albricias) tiene el tufillo triunfalista e institucional traído por el cincuentenario de la guerra de 1910, aroma también a olfatearse en la segunda edición (1959), de El laberinto de la soledad.
/
Aunque años después, Martínez hizo todavía crítica literaria, lo que le dejó su juventud fue la cumplida aspiración de hacer historiografía de la literatura mexicana, empresa cuyos lineamientos dejó bien establecidos, volviendo a la labor cada cierto tiempo para palomear aquello que se iba cumpliendo. El joven Martínez no podía, desde luego, ser indiferente al orbe iberoamericano. Albricias incluye el jugoso debate en torno a la celebración de San Juan de la Cruz, organizado por Editorial Séneca y aparecido en El hijo pródigo en 1943 y en el cual participaron, nada menos, que Vasconcelos, José Bergamín, González Martínez, Gaos, José María Gallegos Rocafull, Paz, Juan David García Bacca, Julio Jiménez Rueda, Eduardo Nicol y el propio Martínez, así como homenajes a Pedro Henríquez Ureña, Azorín, Miguel Hernández (el héroe de la hora, fallecido, enfermo, en la cárcel de Alicante en 1942 tras la Guerra Civil), Francisco Giner de los Ríos y José Moreno Villa. Destaca, otra vez, la conexión argentina, en el homenaje a Victoria Ocampo y en la reseña de la Antología poética argentina (1941), de Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, donde Martínez no tiene empacho en decir que con la excepción de J. R. Wilcock (buen ojo) y el versícular Francisco Luis Bernárdez, la poesía argentina de aquellos años no tenía gran cosa que ofrecer.

Es en sus lecturas de literatura extranjera donde un crítico joven se siente, por fuerza, más libre, menos comprometido con amigos, enemigos y colegas, irresponsable ante la tradición nacional, sensación tanto más poderosa en alguien como Martínez, quien tuvo un precoz conocimiento de sus obligaciones ante ella. De Primicias, destaca, por eso, lo que traduce y reseña como una suerte de diario íntimo pleno en sugerencias, como la recibida de Valery Larbaud: “entre todas las cosas espirituales que el joven frecuenta, no hay ninguna que toque en tantos puntos la vida como esta literatura que él llama moderna”.3
/
El acontecimiento decisivo de la juventud literaria de Martínez, al que alude con frecuencia, es el suicidio de Stefan Zweig, el 22 de febrero de 1942, en Petrópolis, en el Brasil, donde el exiliado judío había comprometido, por así decirlo, la suerte del Viejo Mundo con la del Nuevo, haciendo sentir a los americanos, del norte, del centro y del sur, que América era esa “utopía en acto”, según Reyes y otros, cuya persistencia en la libertad era la única esperanza para una Europa sometida por la barbarie nazi. “América”, escribe entonces Martínez, “no ha sido tocada aún directamente por la contienda, pero ya sea que el destino nos depare arrastrarnos a ella o que podamos conservarnos en una vigilante paz, recibiremos gravemente la misión que se nos confiere”.4
/
No es ciego Martínez ante el reclamo del célebre polígrafo vienés. Sus loas al Brasil le parecen más hijas de la gratitud que del entendimiento, pero al joven reseñista de El hijo pródigo, Letras de México o Tierra Nueva, le conmueve esa carta que Zweig le hace llegar a Jules Romains, el novelista francés entonces refugiado en México, donde, casi póstumo, el futuro suicida se retrata “sin fe, sin entusiasmo, por el solo medio de mi cerebro camino como con muletas”.5
/
Por Zweig, por André Maurois, por Aldous Huxley (alguien lo describió como el último victoriano), tuvo el joven Martínez una devoción que todavía, hace unos años, habría parecido del todo anticuada, cuando el viejo humanismo del siglo XX era unánimemente culpado por arruinar la civilización que lo había empoderado. Esa clase de escritores a la vez finos y populares, reyes en la edad de oro de la lectura, atrajeron poderosamente la atención de Martínez, más que los atribulados Gide y Proust o un William Faulkner (traducido, se sabe actualmente, más que por Borges, por su mamá, doña Leonor), a quien le reconoce todos los méritos de la juventud prosística de los Estados Unidos, su arrojo, pero lo deja frío, como en la poesía y en el pensamiento, las cirugías de Paul Valéry, lo incomodan, sintiéndose encantado, en cambio, con el todavía hoy raro O. W. de Lubicz Milosz o ante Rilke. “Poetas conciencia”, los llama quien también siguió los viajes por México de D. H. Lawrence, Juan Larrea, Paul Morand y Étiemble. Y entre Walt Whitman y León Felipe, su traductor al español, en su reseña de 1942, Martínez siempre elegirá, en clave generacional, a un francés.
/
Maurois, el niño judío que ha de triunfar como escritor con nombre de gentil, es la clase de marginado que el joven crítico mexicano prefiere, porque lo toca en su papel de conciliador. “Es por supuesto un escritor menor, y ello aun por ese mismo espíritu de mesura”, dice Martínez, sin ningún escrúpulo, del que fuera gran biógrafo de héroes, santos y villanos, como lo fue en su vejez, José Luis, de Hernán Cortés, quien de las tres cosas tuvo. Sólo Antoine de Saint-Exúpery, el narrador-piloto y el creador de El Principito, conmueve tanto a Martínez como Maurois.
/
Hay un desafío en preferir a Maurois contra Valéry (“Lo pedestre, lo vulgar, lo imbécil” no están excluidos en él, dice Martínez, en una salida de tono inusual en su prosa6) y en exaltar al finlandés olvidado, Frans Eemil Sillanpää, Premio Nobel en 1939, frente al modernísimo Faulkner. Que en Silja, a la joven campesina de Sillanpää, “apenas unas breves aventuras” la relacionen con la Historia a través de la guerra rusa entre rojos y blancos, para Martínez, es un motivo de lealtad hacia una novela de “trama insignificante”, donde está ausente, para satisfacción del crítico, el patetismo. Desde sus estudios teóricos sobrentiendo que la humedad del genio, a Martínez, le irritaba como materia, por resbaladiza.
/
Por eso traduce, identificándose, el “Baudelaire” (1929), de Huxley, donde el británico, tras decir, lo que todos sabemos, que el autor de Las flores del mal fue un cristiano negativo y un agustiniano al revés, no se toma en serio su patético diabolismo. “El sádico víctima de sí mismo”7, tan destructor, merece más la indulgencia y el humor que el escándalo y el castigo. Baudelaire se arrepiente más de lo que peca, como decía de los personajes rusos W. Somerset Maugham, un contemporáneo de Huxley algo más viejo.
/
En el fondo, para Baudelaire, acota Huxley, siendo la carne mala y tentador el pecado, el alma no puede sino ser bondadosa. Si algo disgustó a Martínez de Brasil: Un país del futuro, de Zweig, fue su creencia lógica, aunque eurocéntrica por bucólica, de que la ausencia de Historia era una bendición para el subcontinente que maravillaba al austríaco, tanto como las civilizaciones de la Antigüedad apasionaron al enciclopédico mexicano, quien era bueno, pero no cándido. Por estar en la historia, Martínez agregó a su vocación crítica de juventud la obra del historiador y la del “organizador de la cultura”, como lo habría dicho él. Ese convencimiento en la bondad del alma, me parece, atravesó toda la obra, la del hombre y del escritor, de José Luis Martínez.
/
Notas:
1. José Luis Martínez, “La técnica en literatura”, en Primicias. Antología, advertencia y recopilación de Adolfo Castañón, El Colegio de México, 2008, p. 26.
2. “Sobre José Gorostiza”, ibid., p. 333.
3. “Valéry Larbaud: Ese vicio impune, la lectura…”, ibid., p. 106.
4. “América y el testamento de Zwieg”, ibid., p. 97.
5. “Sobre Stefan Zweig”, ibid., p. 100.
6. “Sobre Paul Valéry”, ibid., p. 84.
7. “Aldous Huxley: Baudelaire”, ibid., p. 144.
/

domingo, 14 de mayo de 2017

Rulfo, el fin del escándalo

14/Mayo/2017
Confabulario
Christopher Dominguez Michael

Sólo a un artista de la estatura de Tolstoi se le puede permitir que grazne contra Shakespeare.
/
No ha dado la hora, acaso no llegue, de una “desmistificación” de Juan Rulfo.
/
El mitógrafo se volverá mito.
/
De lo rulfiano pasaremos a lo rúlfico, como hablamos de lo homérico.
/
El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) son, a medio siglo de su aparición, el fin de una retórica y el nacimiento de una mitología.
/
Un mito moderno es tardío por necesidad. De la fantasía vernácula al dictado poético, Rulfo retrató una sociedad vetusta y al revelarla —fotógrafo al fin— la veló, dejando impresos sus murmullos.
/
Desengañémonos, pues Rulfo se alejó pronto de la literatura mexicana. Pertenece al Empíreo (o al Hades) de los Poetas de la novela. Vive, donde quiera que esté, con Cervantes y Defoe, Balzac y Stendhal, Tolstoi y Dostoievski, Galdós y Clarín, Proust y Joyce.
/
Habemos de conformarnos con dar a Pedro Páramo las añejas virtudes del poema como teogonía.
/
El poema rúlfico depende de una dualidad mítica creadora de la civilización como culpa: la destrucción de la comunidad agraria y la fatalidad del poder absoluto.
/
Rulfo funda Comala intuyendo que no hay otros paraísos que los paraísos perdidos. Tras cada ciudad moderna hay una aldea fantasma que no existió pero a la que concedemos las virtudes del edén.
/
Y Pedro Páramo, el padre de todos los hijos, se derrumba como un montón de piedras.
/
Cumplido el parricidio queda la orfandad, madre de la imaginación profana de los modernos.
/
Rulfo, como se sabe, no volvió a publicar. En este caso, el resto no es literatura, sino crítica.
/
No me preocupa que una obra feble como la suya haya creado una enorme industria académica. El destino del mito es su infinita interpretación.
/
Gilgamesh, Enkidu y los Infiernos son sólo la tablilla XI de los relatos sumerios, cosecha escasa con la que se reconstruyó aquella civilización fluvial. Quizá la obra de Rulfo sea, en cinco milenios, un genoma útil para armar el acertijo de los mitos y los sueños del Extremo Occidente.
/
En cuanto a la leyenda del ex escritor y su silencio, nada hay que agregar. Julien Gracq protestó en su día contra la publicidad centenaria del “escándalo Rimbaud”, recordando que en otros tiempos el voto de silencio era tolerado o inadvertido. No era infrecuente que el cortesano, el hombre de fe o el artista abandonaran el siglo para morir silenciosamente en el monasterio o la residencia rural.
/
Durante años importunamos a Rulfo por haberse atrevido a callar cuando decidió que ya lo había dicho todo, como si al poeta teogónico pudiese medírsele con la vara de la abundancia, esa superstición moderna.
/
Juan Rulfo (1917-1986) ha muerto. El escándalo ha terminado.
/

domingo, 23 de abril de 2017

Enésima invitación al modernismo

23/Abril/2017
Confabulario
Christopher Dominguez Michael

En el principio, nunca debe dejar de insistirse, está Rubén Darío (1867–1916) quien desde Nicaragua y sus poblachos, a los que volvió para morir, lo cambió todo entre nosotros. De Darío se ha dicho como de Borges que una página escrita en español puede fecharse sabiendo si fue escrita antes o después de su presencia. Uno y otro son inagotables: el centroamericano llenó todo nuestro tránsito entre el XIX y XX mientras el argentino fue el dueño de la segunda mitad del siglo pasado. El primero ha de empujar aún, sin poder abrirla del todo, la puerta que nos impedía la entrada a la literatura mundial. Con Borges y la gran literatura latinoamericana (y no la española, agotada tras la generación del 27, la Guerra Civil y el franquismo), que lo acompañó, lo mismo en la poesía que en la novela, nuestra lengua volvió al centro del universo, del cual se borró —por autofagia según Octavio Paz— tras los triunfos de los siglos de oro. Pero sin Darío no hay Borges. Ni tampoco José Lezama Lima, el mismo Paz o Gabriel García Márquez.
/
Darío, desde que el pronto malogrado Pedro Balmaceda Toro,  hijo del primer presidente suicida de Chile, puso en sus manos a los maestros modernos en 1886, se convirtió no sólo en un moderno más si no en un cosmopolita. Recuérdese que esa palabra, aun a fines de los años cincuenta del siglo XX, era mal vista. Cosmopolitismo era prueba de descastamiento, de frívola vagolatría por el mundo, en este caso, de la moda literaria. Pero Darío, como su maestro italiano Gabriele d’Annunzio, decidió imitar e imitar sin descanso, hasta robar si fuese necesario, en búsqueda de la originalidad. De broma o en vera, modernistas (pues ese nombre tomó en español nuestro parnasianismo-simbolismo-decadentismo finisecular decimonónico) y antimodernistas, citaban, a su favor o condenándola, de François Coppée aquello de “¿Qué podré imitar para ser original?”
/
Pero esa imitación nada tenía que ver con la neoclásica pretendida por árcades y bucólicos ni esa originalidad era del todo romántica. Me explico. Tanto o más que los poetas de 1805, los modernistas se sirvieron del canon literario y mitológico de los griegos. Sus poemas, como los de aquellos, abundan en endriagos y quimeras de la Antigüedad. El ya muy remoto Menéndez Valdés o nuestro fraile Navarrete, imitaban, o más bien, copiaban las pinturas clásicas en el museo, domingueros y con un pincel en mano, sirviéndose del atril propio de los talleristas visitantes. Desde esa posición y desde esa pose, también, escribían los poetas–bibliotecarios (así los llamó Albert Thibaudet, una de mis fuentes en cuanto al periodo 1848–1914) del Parnaso, uno de los cuales, Baudelaire se salió a pasear a la calle, con las consecuencias de todos tan temidas desde entonces: se es moderno en la medida en que se es capaz de alejarse de ese punto de partida, el pecado original.
/
Siguiendo la llamada de Baudelaire —él caminaba, los nuestros corrían— nuestros modernistas, “magna turba”, saqueron aquellos gigantescos gabinetes de antigüedades. Se llevaron de todo, incluyendo no pocas cuentas de vidrio y baratijas. Estamos ante una voluntad de expropiación similar a la del norteamericano Pound, nacido en Idaho en 1885 (dieciocho años después que Darío) al escribir, a lo largo de su vida, sus Cantares, en los cuales, significativamente, está ausente la América hispana, como lo estará después en las preocupaciones de Allen Tate, curioso católico gringo ignorante de que más allá del río Bravo se desplegaba la más rica de las civilizaciones católicas, amén de barroca. Pero ése es otro tema que también conflictuó, sin remedio ni solución, a Darío (y a uno de sus ideólogos concurrentes, el uruguayo José Enrique Rodó, quien vivió entre 1871 y 1917, publicando Ariel en 1900): el de nuestras relaciones con la otra América, utilitaria, puritana, protestante, pragmática y expasionista. En Los hijos del limo (1974), Paz advirtió que nuestros modernistas acaso de lo moderno sólo conocían al imperialismo norteamericano.
/
Paz dijo también que al ignorar a Darío y al peninsular Machado, por ejemplo, y remitirlos a esas ergástulas conocidas como departamentos de español en los Estados Unidos, los profesores anglosajones, mutilaban el cuerpo de la literatura mundial. Lo siguen haciendo: un José Martí les parece, racistas, “postcolonial”, no así los Hawthorne y los Melville, caucásicos sin mácula y, por ello, sin atractivo folclórico: escritores normales.
/
Como Henry James (vía Balzac) y T.S. Eliot (vía Laforgue), Darío “se hizo francés” para encontrarse a sí mismo y lo hizo gracias a Verlaine, ése hombre sin ideas que acaso fue el gran poeta de su lengua, en su siglo, por encima de Victor Hugo, al cual, como a Neruda, le sobran cientos de versos. A Verlaine, muy pocos. Parece que me extravío, pero no. Saqueo, más que imitación, fue lo de Darío y su gente. James y Eliot, puritanos al fin, prefirieron mimetizarse y ser más ingleses que los ingleses con un grado de éxito que no hubo, en su tramo, ni novelista ni poeta inglés capaz de hacerles competencia. Para buscarles rivales hay que ir a la vecina y verde Irlanda.
/
Se pusieron nuestros modernistas, teatrales, toda clase de vestimentas, máscaras, antifaces y bibelots, del Occidente europeo pero también, del Oriente, que bien visto es y Nao de China mediante,  nuestro patrio trasero, no el suyo. Los extremos se tocan: pavorreales, cisnes, flamingos, búhos, sirenas y esa vasta animalia modernista presidida por un ser humano: la mujer fatal atrapada por el sabio italiano Mario Praz. Ese saqueo, ya dibujado por Max Henríquez Ureña en las primeras páginas de su esencial y Breve historia del modernismo (1954), los condujo a sí mismos a la verdadera originalidad, aquella aparecida, antirromántica, cuando ya no se teme imitar a nadie, como lo muestra Darío y todo el zeitgeist poético que va de de Ricardo Jaimes Freyre a Enrique González Martínez. Ese saqueo dio como resultado un verdadero renacimiento.

lunes, 17 de abril de 2017

Del ‘boom’ y otros demonios

17/Abril/2017
Babelia
Christopher Dominguez Michael

Al conmemorar el medio siglo cumplido de la aparición de Cien años de soledad, Cambio de piel y Tres tristes tigres, obras de Gabriel García Márquez (1927-2014), Carlos Fuentes (1928-2012) y Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), festejamos (o ponderamos, si cabe) los años que nos separan del esplendor del boom latinoamericano de novelistas que cambió el destino de la lengua española como sólo había ocurrido previamente durante el Siglo de Oro, durante la aparición de Rubén Darío culminando la penúltima década del XIX y con los poetas peninsulares de la generación del 27.


Tres momentos suficientes para garantizar lo que, de manera increíble y antes de aquel 1967, todavía se ponía en duda: el sitio capital de la lengua española, en los principios de la modernidad (Shakespeare, según Roger Chartier, leyendo a Cervantes) y durante sus largos y nebulosos años finales con un Borges como uno de los escritores más influyentes del planeta. Quienes lamentaron nuestra ruina, siempre prestos, fueron los profesores anglosajones (anótense las excepciones), los mismos quienes igualmente han drenado, presurosos, el presupuesto universitario para festejar nuestros renacimientos tras las décadas de inopia que toda gran literatura puede y debe permitirse. Pregúntenles a los franceses, los únicos sabedores de cómo hacer de la decadencia, gloria.

El libro insignia es, desde luego, la novela de García Márquez, de cuya muerte se cumplen tres años precisamente este lunes. Dirán que tengo poco mundo, pero aún no conozco a nadie que, habiendo leído Cien años de soledad durante la adolescencia, reniegue de ella porque —lo sé— a esa edad el libro y el lector se confunden o casi nadie quiere renunciar, desde las amarguras de la relectura lamentadas no hace mucho por Javier Marías, a ese paraíso perdido. Al menos en mi caso, me he decepcionado, tras volver, casi siempre obligado por el oficio, a Rayuela, de Cortázar, o a las primeras novelas de Fuentes. En otros casos —para qué mentir— llegué tarde a obras capitales de aquella generación, como la del primer Vargas Llosa o de José Donoso, cuando ya no me era dado leer sin la sombra amenazante del historicismo. Superado el galimatías del “realismo mágico” que identifica a esa imprecisa etiqueta con el boom, hay una magia en aquel García Márquez de 1967 sin la cual yo, como lector novato que fui, no puedo concebirme. Relectura tras relectura, Cien años de soledad me parece un jardín privado hecho a mi medida, como sólo lo han sido en mi vida de lector, con ella, las novelas de Proust y Mann.

Fue del orden político-económico, la condena del boom, jurada en nombre de cierto izquierdismo envidioso e ignaro muy propio de los años setenta. Causaba escozor que aquel grupo hubiera sido apadrinado en Barcelona por Carmen Balcells, a quienes no pudiendo tragar lo de “agente literaria” calificaban peyorativamente de codiciosa “vendedora de libros”. Ella se habría echado al hombro el boom como si de una Enciclopedia Británica se tratará, suscribiendo al vecindario, casa por casa. Fue también una reacción defensiva, natural en aquellos escritores a quien les tocó debutar a principios de los años setenta, a la vez imantados por los flasazos ganados por la “nueva” literatura latinoamericana y condenados a la marginalidad por la fama y fortuna del boom.

Quienes hallaban en el boom sólo comercio poco sabían del origen bastardo, hoy bien estudiado, de la novela, mercantilismo que no la abandonará nunca y está en su esencia: los Dickens, los Balzac y los Dumas montaron, con buenas y malas mañas, con negros y sin ellos, verdaderas empresas de edición que le dieron a la burguesía (y sobre todo a las mujeres lectoras) ese género que le faltaba al mundo: la novela. No en balde el portero de sir Walter ­Scott rechazaba visitas inoportunas a la sazón de “estamos muy ocupados con Ivanhoe”. Con ese mismo orgullo plural y vicario, seguramente respondía Carmen Balcells a quienes la acusaban de “inventar” lo que sólo puede lograr la combinación del genio literario y el tino comercial. Si el primero se ausenta, de nada sirven los millones de ejemplares vendidos.

Desde América Latina, el boom es sólo un capítulo muy vistoso de una tradición novelística no muy larga, pero que en los años anteriores a Cien años de soledad y a otras obras de esa generación, acumuló novelas geniales como las de Onetti, Rulfo o Lezama Lima, todas ellas relacionadas con la prosa de vanguardia que en nuestra orilla procreó narradores de una riqueza que 1967 (ese año La casa verde se lleva el Rómulo Gallegos, además), tan sólo, iluminó: el delta rioplatense que surge de Macedonio y llega a Cortázar, la familiaridad de Efrén Hernández con Arreola y Rulfo en México, el aislamiento de Juan Emar en Chile o de Pablo Palacios en Ecuador. Además, estaba Borges, el escritor latino­americano más importante de la historia, sin el cual el desenlace de Cien años de soledad, cuando Aureliano desparrama el libro de arena y desempolva los pergaminos de Melquíades, es inconcebible.

Si creo que Cien años de soledad es una de las grandes novelas de la lengua, junto al Quijote, La Regenta, Fortunata y Jacinta, Pedro Páramo y alguna otra, evaluar a Fuentes y sobre todo al de Cambio de piel, requeriría de un lector no mexicano o, al menos, el concurso de alguien más joven, quien, a diferencia mía, no haya participado de la fronda antifuentesiana iniciada en la literatura mexicana durante los años ochenta y sólo extinta con el novelista. Conservo el debido respeto historicista por La región más transparente (1958) y por La muerte de Artemio Cruz (1962), no desdeño Aura, pero sigo pensando que el gran oído de Fuentes desapareció tras Cristóbal Nonato (1987), su desmesurado (como todo en él) experimento lingüístico-apocalíptico sobre el destino de México, acompañado en ese fin de siglo por novelas similares como las de Hugo Hiriart, Homero Aridjis y Guillermo Sheridan. En aquel entonces, la novela mexicana, más que narrar, profetizaba. El futuro, como lo llegó a consignar el propio Fuentes en las novelas oportunistas (La voluntad y la fortuna, Adán en Edén) de su penosa etapa final, era aún más horrible de lo pronosticado, gracias al narcotráfico, invisible en 1987, en esa buena comedia menipea que es Cristóbal Nonato.

Confieso que no había releído Cambio de piel desde la adolescencia, y en esta ocasión me pareció menos que el depósito de la mitología de Fuentes (México es una nación-pirámide como la de Cholula, epicentro de esta novela y lección tomada pero nunca puesta en duda, infortunado, por el novelista en El laberinto de la soledad, de Paz), una buena novela, escrita con pulcritud, sobre las parejas, rotación muy socorrida en los años setenta y orlada de un cosmopolitismo eficaz que relaciona todo lo latinoamericano con la historia universal. Como debe de ser y como no lo era.

Siendo imposible e indeseable bajar del iconostasio a Cien años de soledad, de las tres novelas cincuentenarias la más viva es la de Cabrera Infante, quien, a diferencia de Fuentes (Terra nostra, su obra maestra, es de 1975), nunca superó, me parece, Tres tristes tigres. Más que escrita en cubano, como quería el ya entonces inexorablemente exiliado GCI, en su novela de 1967 se escucha —lo cito otra vez— el lenguaje secreto y sin embargo comprensible de la noche de toda gran ciudad. En su nostalgia musical de la fiesta habanera, gracias a un ingenio verbal del que el cubano abusó después sin dañar nunca Tres tristes tigres, es una novela profundamente política. Cabrera Infante, hijo de comunista, previó la tragedia ortodoxa del comunismo castrista, al colocar en el centro de Tres tristes tigres y al parecer sin venir a cuento los extraordinarios pastiches del asesinato de Trotski supuestamente escritos por Martí, Lezama Lima, Virgilio Piñera (entonces desconocido fuera de Cuba), Lydia Cabrera, Lino Novás, Carpentier y el poeta Guillén, el malo. Frente al símbolo primero glorioso y luego obsoleto de la América Latina identificada con el boom, la revolución cubana, García Márquez quiso que su privanza con Castro fuese un mal menor beneficioso para sus amigos isleños y Fuentes se deslindó con prudencia, pero sólo Cabrera Infante, en su oposición radical al castrismo, casa con un siglo XXI cuya filosofía moral son los derechos humanos. Eso cuenta y hay que decirlo.

La milagrería de Cien años de soledad me sigue pareciendo verosímil, y escucharla es pegar la oreja a un caracol rumbo a la infancia; Cambio de piel me invita a reconsiderar a Fuentes en su tragicomedia mexicana, que es la mía, me guste o no, y Tres tristes tigres me parece la cifra de aquella frase atribuida a Darío, la de un lenguaje cuyo rigor se asoma al delirio. Quiso casar GCI a Proust con Isaac Newton, como después que él, Severo Sarduy. Y el boom cabe, me alegra, en el deseo del difunto bustrófedon, de quien se dijo que dice en Tres tristes tigres: “Éramos totalitarios: queríamos la sabiduría total, la felicidad, ser inmortales al unir el fin con el principio. Pero Cué se equivocaba (todos nos equivocamos menos, quizás, bustrófedon, que ahora podía ser inmortal), porque si el tiempo es irreversible, el espacio es irrecorrible y, además, infinito”.