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jueves, 30 de mayo de 2019

Misterio de una obra por descubrir

25/Mayo/2019
El Cultural
Adolfo Castañon

El 19 de julio de 1902, al oír “La raza de bronce”, el extenso poema compuesto y recitado por Amado Nervo en honor a Benito Juárez en la Cámara de Diputados, el general Porfirio Díaz reconoció que tiene musiquita:

Señor, deja que diga la gloria de tu raza,

la gloria de los hombres de bronce, cuya

[maza

melló de tantos yelmos y escudos

[la osadía:

¡oh caballeros tigres!, ¡oh caballeros

[leones!,

¡oh caballeros águilas!, os traigo

[mis canciones;

¡oh enorme raza muerta!, te traigo

[mi elegía.

No sería la primera vez de Nervo en un escenario o en un teatro. En 1903 recitó su poema “Los niños mártires de Chapultepec” en honor de los Niños Héroes en el monumento de Chapultepec. Era una figura pública. Había salido del cuarto de estudio para estar presente en distintos foros llevando la voz de la poesía que dominaba y lo dominaba.

Las numerosas referencias a Amado Nervo en la Reseña histórica del teatro en México de Enrique Olavarría y Ferrari hacen ver que el poeta y narrador frecuentó los foros teatrales durante muchos años, leyendo poemas suyos, improvisando, estrenando piezas propias, saludando el paso de actores y hasta de toreros y brindando recitales junto con otros talentos.

El otro lado de Nervo era misterioso y secreto. A los ojos de Rubén Darío era “celeste anacoreta”. Ese lado secreto tenía que ver con su atormentada vida amorosa y en última instancia trágica. Pero con Nervo la poesía no se encontraba arrinconada en la alcoba, ni en las bibliotecas o mesas de café. Era dicha y recitada en salones y parques, amenizaba las fiestas. A fines del siglo XIX, el teatro era una plataforma desde la cual la sociedad y el poder se ponían en escena a sí mismos a través del estandarte de la poesía. En las crónicas citadas por Olavarría se alude con adjetivos afectuosos a este escritor que, desde la co-dirección de la Revista Moderna con Jesús E. Valenzuela en 1903, fue conquistando los espacios de la cultura y el arte. Al igual que su admirado Manuel Gutiérrez Nájera —como él, poeta y periodista enamorado del teatro de las artes—, Nervo supo fraguar una alianza sutil pero firme entre el verso, la prosa, el periodismo, la escena, la edición, la fiesta y el convivio. Poco a poco, sin darse cuenta, se fue transformando en su propia estatua y cuando despertó ya era una leyenda.

PERIODISMO Y POESÍA
Su intensa actividad periodística corría paralela a su acción editorial y a sus intervenciones como poeta. Era un virtuoso del verso y de la métrica: endecasílabos, estribillos, sonetos, décimas, versos aconsonantados, de arte mayor y de arte menor, letanías, quintillas, canciones, versos para zarzuelas, composiciones improvisadas en corridas de toros según advirtieron Juan Ramón Jiménez, Federico de Onís y Tomás Navarro Tomás. Como Lope de Vega, era un virtuoso sensible a su público, a sus públicos: lo mismo habla En voz baja (1909) que sabe reunir a su alrededor la atención de la tribu a la que se dirige en actos luctuosos o con sonoros versos como los de “La raza de bronce”. Nervo era un personaje doble: el mundano y el secreto, el paseante y el político, el chispeante conversador y el melancólico imitador de Cristo, el cosmopolita y el aprendiz de fraile atormentado por la vida espiritual. Amado Nervo: uno de los nombres tensos con los que se llamaba la cultura de finales de siglo XIX en México.

Si la estrella del nayarita subió en la estima de Justo Sierra y de la alta sociedad porfirista (Joaquín de Casasús contaba sílabas y billetes: era Secretario de Hacienda y traductor de autores latinos), esto no sólo se debe a su poesía cristalina. Era un forzado, un obrero de la pluma y un artesano impecable. Sus crónicas, cuentos, ensayos no sólo contribuyeron a sembrar los vientos de la inspiración modernista por todo el orbe, también lograron renovar esos géneros a través de una narrativa nunca desdeñosa de la magia de lo sobrenatural y lo fantástico, y nunca olvidadiza tampoco de lo que podría llamarse cierto color local o aun costumbrista: arraigado Nervo en su solar tradicional y legendario, memorioso de su patria chica. No se ha estudiado hasta ahora en forma organizada el sistema de vasos comunicantes que fluye entre los dos cuerpos de la obra: la prosa y el verso; tampoco se ha detenido la atención lo suficiente en la inteligencia capaz de armonizar lo mundano y callejero, lo social y lo secreto, la tormenta mística que rayaba en el silencio y acaso en el nihilismo.

“En 1895, su novela corta El Bachilller despierta el interés y su fama inicia con la polémica por la forma en que el autor teatraliza la vocación poética definida por las sombras de la educación religiosa”.
DEL PRINCIPIO AL PURGATORIO
Nació en Tepic el 27 de agosto de 1870. En el horóscopo chino le tocó el signo de la libertad: Caballo blanco de metal; en el horóscopo europeo: el signo de Virgo, emblema de los meditativos como Jorge Luis Borges. Huérfano a los trece años, fue enviado por su madre a Jacona, pequeña ciudad cercana a Zamora donde había un colegio conocido y prestigioso y donde hubo ferrocarril antes que en otras ciudades. Ahí inicia sus estudios formales y empieza a frecuentar a los clásicos españoles y franceses —el Romancero, los autores del Siglo de Oro, Cervantes, Corneille—, latinos —Horacio, Virgilio—  y la lengua y las obras de Shakespeare. La familia se traslada a Zamora, otra ciudad ilustrada; de 1886 a 1888, en el seminario, se consagra al estudio de las Ciencias y de la Filosofía; en 1889 sale para estudiar Leyes, pero vuelve al seminario en 1891 donde, atraído por la religión, la liturgia y los misterios de la teología, compone sus primeros poemas, canciones y textos en prosa. Quedará marcado por esos años de aprendizaje. De esa prehistoria le vienen a Nervo sus orientaciones hacia la religión y la mística, tanto como el impulso que lo lleva a cristalizar sus meditaciones en el cauce de Horacio y sus odas filosóficas.

A fines de 1891, apremiado por la situación económica de su madre y de la familia sale a Mazatlán. En esa ciudad desarrolla una intensa actividad periodística que aún desafía a los investigadores. En 1895, su novela corta El Bachilller despierta el interés y su fama inicia con la polémica por la forma en que el autor teatraliza la vocación poética definida por las sombras de la educación religiosa. El artista como sacerdote expoliado. Ese mismo año, al morir Manuel Gutiérrez Nájera, recita un poema que pone su nombre en boca de muchos. De ahí en adelante, el poeta y el periodista, el cronista y el artista,  el editor y el conversador chispeante ganarán creciente admiración. A cien años de su muerte, hoy leemos a Amado Nervo, por así decir, en frío. No logramos escucharlo como ese actor de sus emociones y las de su público que lo hizo célebre en virtud de su gracia y conversación.

Después de su apogeo, Nervo cayó en un purgatorio, como se puede desprender de las palabras de José Luis Martínez:

Seguirá nuestro Amado Nervo en las bibliotecas rosas por sus incapacidades insuperables; por su deplorable inclinación a la chabacanería, por su gusto dudoso, por su carencia de profundidad y de misterio, por su falta de poder para desvelarnos radicalmente […] y sobre todo, porque no tiene una dimensión más allá de su eficacia comunicativa.

Nervo decía estar más orgulloso de su prosa que de su poesía. Pocos se han detenido en esto. Por ejemplo en “Las ideas de Tello Téllez”, escritas al final de su vida, se pueden leer páginas donde aparece un “maestro apócrifo” que luego veremos en Antonio Machado.

Sin embargo, el aliento que mueve sus composiciones ha sido capaz de atravesar las décadas y todavía un adolescente en 1962 —el suscrito— recitaba de memoria los versos de “La raza de bronce” que le hicieron notar a Porfirio Díaz que tenían musiquita. De hecho, esta facilidad armónica le costaría a Nervo el desdén de los escritores que vendrían después de él, más atentos a otros valores de la palabra poética.

EL MODERNISMO Y DARÍO
De Tepic a Jacona, Zamora, Mazatlán, México, Madrid, París, Uruguay. Los lugares por donde anduvo y residió Amado Nervo deslindan también un espacio cultural y una órbita de la letra escrita y hablada en español.

En París se hizo muy amigo de Rubén Darío, con quien compartió no sólo el domicilio sino también las tareas en la redacción de periódicos y revistas. Iban juntos a cafés, restaurantes y teatros, frecuentaban a los mismos amigos, como se desprende de la correspondencia de Nervo con su amigo Luis Quintanilla. La amistad entre Nervo y Darío se tradujo no sólo en colaboraciones puntuales sino en el tejido de una red. Nervo hacía publicar en México las colaboraciones de Darío y los autores promovidos por él. Juntos armaron una máquina de guerra llamada modernismo. Su fraternidad tenía también un lado humano. Nervo se había hecho amigo de Darío y de su pareja sentimental a la que había conocido en Madrid, Francisca Sánchez, la hija del jardinero de Alfonso XIII. Entre los tres se estableció una complicidad, convivían en el mismo espacio y esa alianza fue más allá de la muerte. Nervo visitaba a Francisca luego de la muerte del nicaragüense. Al morir Darío, Nervo escribió:

… Ha muerto Rubén Darío:

¡el de las piedras preciosas!

¡Cuántos años intensos junto

[al Sena vivimos,

engarzando en el oro de

[un común ideal

los versos juveniles que, a veces,

[brotar vimos

como brotan dos rosas a un tiempo

[en un rosal!

Hoy, ya tu vida, inquieta cual

[torrente bravío

en el Piélago arcano desembocó;

[ya posas

las plantas errabundas en

[el islote frío

que pintó Böcklin… ¡ya sabes

[todas las cosas!

Ha muerto Rubén Darío:

¡el de las piedras preciosas!

No es extraño que la estafeta del modernismo haya pasado naturalmente a manos de Amado Nervo. Muchas cosas tenían en común, además de las lecturas y del espíritu de su poética de la sinceridad y la naturalidad. Ambos eran capaces de imantar a las muchedumbres. La llegada tumultuosa de Darío a Veracruz en 1910 rima, en cierto modo, con el llanto de las multitudes a lo largo del continente durante el último viaje en barco de Amado Nervo en 1919, que las hacía salir a las calles para saludarlo. Darío llegando a Veracruz en 1910, Nervo llorado por multitudes en 1919. Cuando Ramón López Velarde se enteró de la desaparición del poeta, escribió:

Un periodista me dijo… murió Amado Nervo… Quedé impasible. En ello reconocí la eternidad del muerto, porque vivir o morir es secundario para él, en presencia de la perpetuidad de su obra. Para mí, él es el poeta máximo nuestro… El Nervo encantador que me sé de memoria, pleno, sobresaltado, místico, abundante de gracia, fiel a sí mismo, de urbanas y ágiles maneras, amartelado con cada creatura… Una sola cosa sabemos: que el mundo es mágico… Vamos de la vigilia al sueño como del deleite de un rubí al encantamiento de una perla…

MISTICISMO Y BOHEMIA
“¿Era Amado Nervo un místico?”, se preguntaba Max Henríquez Ureña en su Breve historia del modernismo (1954). Había materia documental para esa cuestión delicada, a la vez íntima y pública. Nervo tuvo la tentación de entrar por la puerta estrecha del sacerdocio al que renunció. Muchos entendían que era una especie de sacerdote expoliado, un defroqué. Títulos como Místicas (1898), Los jardines interiores (1905), En voz baja (1909), Serenidad (1914), Renunciación (1914), Elevación (1917), El estanque de los lotos (1919) y El arquero divino (1922, póstumo) denunciaban o sugerían esa vacilación. Por eso mismo, Nervo puede hablar de Hamlet en su poema “La raza de bronce” como de un “doliente hermano”.

Es cierto que Nervo leyó a Tomás de Kempis, quien urgía a sus lectores a la Imitación de Cristo: no a leer los Evangelios sino a ser Cristo. Es cierto también que por un momento, como queda claro en su poema, intentó esa terrible aventura. También es cierto que su frágil condición humana lo llevó a buscar el mundo, el amor y la felicidad profanas, y que el duelo por la amada perdida (La amada inmóvil) lo devolvería a ese camino de la desnudez y la búsqueda interior.

Falta estudiar con cuidado la evolución religiosa de este poeta de cuya sinceridad no se puede dudar. Y precisamente la sinceridad es, como apunta Carlos Monsiváis, una brújula de su actitud ética. Tal vez percibiendo esto sus lectores lo siguieron en sus libros, en vida y póstumamente. La historia editorial de Amado Nervo no puede desprenderse de esta recapitulación. No sólo eso. Habría que añadir a esa historia editorial oficial la caudalosa de las ediciones piratas. Nervo es en ese sentido un clásico. Pero sigue siendo un misterio. Un fantasma que recorre la historia de la poesía mexicana con su cauda anacrónica pero decididamente carismática, con su vidriosa fama, tan peligrosa para él como para sus lectores.

Los críticos y lectores de Amado Nervo, como la puertorriqueña Concha Meléndez, el hispanista norteamericano Alfred Coester, hasta Luis Leal y Manuel Durán, coinciden en dar cuenta de ese proceso por el cual Nervo deja atrás el cortejo afectivo del carnaval bohemio para adentrarse en las austeridades de una poesía a la par edificante y pedagógica. Este proceso pudo ser seguido abiertamente por el público que lo leía. Nervo se hizo un estandarte de la poesía entre las multitudes, pero al mismo tiempo fue perdiendo lectores entre los poetas más exigentes y comprometidos con los procesos de la vanguardia.

“Crea el mito del poeta que sabe templar no sólo las cuerdas íntimas sino la lira heroica.   La raza de bronce condensa un abanico de las posibilidades éticas y estéticas del mundo indígena y mestizo mexicano”.
VIGENCIA Y CELEBRIDAD
Un año después de su muerte, en 1920, la colección Cvltvra publica Los cien mejores poemas de Amado Nervo, escogidos y prologados por Enrique González Martínez —poeta que, con Alfonso Reyes, podría decirse su heredero—. Luego, en la Biblioteca Nueva en Madrid, con ilustraciones de Marco, se publican entre 1920 y 1928 los 29 volúmenes de las Obras completas al cuidado de Reyes. En 1943, el sello Espasa Calpe de Argentina edita sus Poesías completas, y en 1944 la Editorial Nueva España de México. En 1945, el sello argentino Calomino lanza treinta tomos de las Obras completas previamente editadas por Reyes. Casi tres décadas después, la editorial Aguilar publica en Madrid, en papel Biblia, dos volúmenes empastados con edición, estudios y notas de Francisco González Guerrero para los escritos en prosa: volumen I (1,454 pp.) y una parte del II (1,889 pp.). En ese tomo, las Poesías completas, abarcan más de 600 páginas; su edición estuvo a cargo de Alfonso Méndez Plancarte. No hay queja de su actualidad editorial. Si en el pasado fue objeto de numerosas ediciones, incluidas las piratas, actualmente la UNAM cuenta con la página “Amado Nervo: lectura de una obra en el tiempo” (http://www.amadonervo.net), dirigida por Gustavo Jiménez Aguirre.

Escribió cuentos, novelas cortas, historias varias, cuadros costumbris-tas, crónicas urbanas, literarias y teatrales, piezas de “teatro mínimo”, conferencias, discursos, libros, crónicas de viaje, cartas, textos autobiográficos, apuntes, ideas, aforismos. La vertiente poética no es menos caudalosa: las más de 600 páginas del tomo II impresas a doble columna abarcan Mañana del poeta (1886-1891), Místicas, Poemas (1894-1900), Cantos escolares, El éxodo y las flores del camino, Los jardines interiores, En voz baja, Serenidad, La amada inmóvil, Elevación, El estanque de los lotos, El arquero divino, La última luna (abril-mayo de 1919).

El pacto que sella la vocación poética de Amado Nervo es a la vez artístico y civil, poético y político, literario y religioso. Al redactar cada una de sus estampas líricas, al fraguar sus poemas y dejarse hablar por los espíritus de la letra que lo convocan y apremian, al reiterar en cada signo su apuesta espiritual y ética, interroga al mito y paralelamente crea el mito del poeta que sabe templar no sólo las cuerdas íntimas sino la lira heroica. En particular, “La raza de bronce” cifra y condensa un abanico de las posibilidades éticas y estéticas del mundo indígena y mestizo mexicano.

Al morir en Uruguay, Nervo es declarado “Príncipe de los poetas continentales” y “el más grande lírico de América”. El buque en que viaja rumbo a México el cadáver embalsamado del poeta es escoltado por naves de Argentina y de Cuba; llega cubierto por los pabellones de otros países  —como Venezuela y Brasil— que se han unido a Uruguay en el duelo. Un vistoso sarcófago diseñado y esculpido por el artista uruguayo José Zorrilla de San Martín arropa los despojos del poeta, que yace en la Rotonda de las Personas Ilustres.

Lo veneran las multitudes que lo han leído y lo siguen en procesión a lo largo de ese viaje póstumo que trae sus restos desde Banda Oriental hasta México, en un barco de guerra escoltado por una comisión de intelectuales, un  trayecto que dura casi medio año. Desembarca el 11 de noviembre en Veracruz. Ese día se declara luto nacional. El 14 de noviembre es inhumado en la Rotonda del Panteón de Dolores. El cortejo convoca a cerca de 200 mil personas.

EN LA CIUDAD LITERARIA
El nombre de Amado Nervo llegó a ser ejemplo del escritor despierto en las orillas del poema y en las de la prosa. También sinónimo del poeta a la vez oficial y popular. Tal vez no es extraño que Ramón López Velarde lo haya considerado como un ascendiente decisivo de su proyecto poético, ni que Octavio Paz lo lea a la luz de esa “religión del amor” que practicó López Velarde y desde luego él mismo, autor de La llama doble. Tampoco es casual que Reyes lo cite copiosa y naturalmente a lo largo de su obra, ni que le haya dedicado al menos su Tránsito de Amado Nervo, ni que la primera edición de sus Obras completas las editara el mismo Alfonso Reyes para la Biblioteca Nueva con elegantes ilustraciones en las portadas, estilo art déco, ni que la segunda edición, para el sello de Aguilar, se deba a los buenos oficios de Alfonso Méndez Plancarte. Amado Nervo ronda las calles de la ciudad literaria mexicana e hispanoamericana como una sombra fiel a su propia hora.

Fue un poeta religioso. Buscó el fantasma o la presencia de lo sagrado no sólo en el ámbito litúrgico sino aun y sobre todo en el amor o en los amores imposibles. Octavio Paz, Alí Chumacero, José Luis Martínez, Juan José Arreola —me consta— se sabían de memoria poemas y versos de Nervo. Tampoco es casual que Carlos Monsiváis le haya dedicado su libro Yo te bendigo, vida. Amado Nervo: Crónica de vida y obra: su memoria pagaba así una deuda con el autor de tantos poemas citados y re-citados por él mismo.

Quizás sólo los estudiosos están conscientes de que la obra de Amado Nervo permanece aún por descubrir. Un ejercicio que puede distraer de la lectura gastada de la poesía cívica o de las efusiones sentimentales es el de espigar en los versos y la prosa de Amado Nervo las composiciones que le dedicó desde su juventud hasta su edad madura a Siddhartha Gautama, Buda, de las cuales hay ejemplos en la antología de Jorge Cuesta y en el Ómnibus de poesía mexicana de Gabriel Zaid, otro lector suyo. Nervo fue un hombre de su tiempo, es decir, es uno de nuestros soterrados contemporáneos. Pero su escritura poética se sobrepone a la silueta del hombre de letras que, a pesar de la admiración oficial, aún no ha merecido una biografía digna de ese nombre, ni una nueva, rigurosa y actualizada versión de sus Obras completas.

Debo reconocer que me admira el entusiasmo —cívico o religioso, sentimental o pánico— que estremece algunos poemas suyos y esa peculiar, inconfundible musicalidad de su escritura poética que el lector encuentra en antologías, libros de texto y, desde luego, en los versos de otros poetas que a veces lo re-escriben sin atreverse a citarlo.

“No es extraño que Ramón López Velarde lo haya considerado ascendiente decisivo de su proyecto poético, ni que Octavio Paz lo lea a la luz de esa ‘religión del amor’ que [él mismo] practicó”.
OTRAS LECTURAS
Octavio Paz afirma en su ensayo sobre Amado Nervo de 1950: “Después decide desnudarse. En realidad se trata de un cambio de ropajes. El traje simbolista, que le iba bien, es sustituido por el gabán del pensador religioso. La poesía perdió con el cambio sin que ganara la religión o la moral”. Y Eduardo Lizalde recuerda, en su ensayo sobre Manuel Gutiérrez Nájera:

del Nervo brillante, lírico, enamorado, romántico-modernista de la primera etapa, todo el mundo habló bien; en cuanto entró al misticismo y a los sermones del género catequista, todos odiaron discretamente la poesía de Nervo, incluidos sus discípulos y admiradores.0

A su vez, Salvador Elizondo precisa: “Según muchos, Amado Nervo (1870-1919) es el más grande poeta modernista mexicano, pero su condición más exacta es la de ser el más modernista de los poetas mexicanos de su época”.11 Es, en cualquier caso, un poeta que suscitó en vida y todavía sigue despertando fervores y distancias. Entusiasmos y reticencias, precisamente por esa lealtad a su camino interior, a su vocación artística, poética o religiosa.

Es cierto, como recuerda Carlos Monsiváis, que Amado Nervo fue quizá uno de los últimos avatares del poeta inspirados por “una fe religiosa, la mística del verbo”.12 Ese fervor se daba tanto en el ámbito privado como en el espacio público. Según lo señala Monsiváis: “De entre los modernistas, Nervo es el más abiertamente religioso a la antigua usanza, y anhela la transfiguración, el acto mediante el cual el escritor deviene sucesión de formas diáfanas”.13 Monsiváis pone como ejemplo un poema de este proceso:

TODO YO
Todo yo soy un acto de fe.

Todo yo soy un fuego de amor.

En mi frente espaciosa lee,

mira bien en mis ojos de azor:

¡hallarás las dos letras de FE,

y las cuatro, radiantes, de AMOR!

Si vacilas, si deja un porqué

en tu boca su acerbo amargor,

¡ven a mí, yo comienzo, yo sé!

Mi vida es mi argumento mejor.

Todo yo soy un acto de FE.

Todo yo soy un fuego de AMOR.

Febrero 9, 191514 


Notas
1 Amado Nervo, Obras completas, tomo II, “Prosas-Poesías”, edición, estudios y no-
tas de Francisco González Guerrero (prosa), introducción y noticia biográfica de Alfonso Méndez Plancarte (poesías), Aguilar, Madrid, 1952, p. 1216.
2 Enrique de Olavarría y Ferrari, Reseña Histórica del Teatro en México, 1538-1911, prólogo de Salvador Novo, Editorial Porrúa, México, 1961.
3 José Luis Martínez, Literatura mexicana siglo XX, 1910-1949, Antigua Librería Robredo, México, 1949, p. 153.
4 En Obras completas, op. cit., pp. 993-994.
5 Amado Nervo, Un epistolario inédito. XLIII Cartas a don Luis Quintanilla, prólogo y notas de Ermilo Abreu Gómez, México, Imprenta Universitaria, 1951.
6 Ramón López Velarde, “La magia de Nervo”, en Obras, edición de José Luis Martínez, Fondo de Cultura Económica, México, 1971, pp. 502-503.
7 Véase Concha Meléndez, Amado Nervo, Instituto de las Españas en los Estados Unidos, Nueva York, 1926, y Manuel Durán, Genio y figura de Amado Nervo, EUDEBA, Buenos Aires, segunda edición, 1969, 223 pp.
8 Amado Nervo, Obras completas, op. cit.
9 Carlos Monsiváis, Yo te bendigo, vida. Amado Nervo: crónica de vida y obra, Gobierno del Estado de Nayarit, Hoja Casa editorial, México, 2002, 120 pp.
10 Eduardo Lizalde, Tablero de divagaciones, tomo I, FCE, México, 1999, pp. 19-20.
11 Salvador Elizondo, Museo poético, segunda edición, Aldus, México, 2002, p. 27.
12 Carlos Monsiváis, op. cit., p. 41.
13 Ibid., p. 44.


14 Ibid., pp. 41-44.

viernes, 26 de abril de 2019

Estandartes de José Luis Martínez

Otoño/2018
Luvina
Adolfo Castañon

I
Durante casi veintidós años (1980-2002), José Luis Martínez Rodríguez (1918-2007) dirigió la Academia Mexicana de la Lengua. Fue el decimocuarto director, y desde el 6 de noviembre de 2002 fue designado director honorario perpetuo, cargo que ocupó hasta su muerte (22 de marzo de 2007). Sucedió en la silla número 3 a don Antonio Mediz Bolio. Cuando fue elegido, el 11 de abril de 1958, todavía estaba vivo y era director su maestro Alfonso Reyes. A esas alturas, éste ya había sufrido varios «avisos», como decía él mismo, refiriéndose a los infartos, y no ignoraba que sus días estaban contados. Martínez tomó posesión el 22 de abril de 1960. El proceso de su elección fue prolongado y no dejó de presentar ciertas dificultades. Como recuerda su hijo Rodrigo Martínez: «El 17 de mayo de 1957 Alfonso Reyes fue electo director de la Academia Mexicana (de la Lengua)».  Una de las primeras cosas que hizo como director fue promover el ingreso de Rodolfo Usigli y de José Luis Martínez; a Usigli lo propusieron Isidro Fabela, Jesús Guisa y Azevedo y Antonio Castro Leal; Martínez a su vez fue promovido por Octaviano Valdés, Francisco González Guerrero y Antonio Gómez Robledo. Lo conflictivo del proceso y las intrigas suscitaron en Alfonso Reyes no poco desencanto:
Es increíble hasta qué punto se ha exacerbado el «sentido electoral» en la Academia, y en El Colegio Nacional. Me incomoda en ambos la efervescencia de intriguillas en tal sentido, en pro o en contra de José Luis Martínez y de Usigli allá, y para tratar cuanto antes ([Leopoldo] Zea) de sustituir a [Eduardo] García Máynez, probable futuro miembro del Colegio. Lo de la Academia es increíble. Antes nadie pensaba en ella. Ahora es algo feroz. Tal parece que mi advenimiento la hubiera prostituido.
Asentó don Alfonso en su Diario el domingo 9 de junio de 1957. Y unas semanas después apuntó, el viernes 28 de junio, lo sucedido la víspera:
Tarde; sesión feroz Academia. Quedan tres candidatos: José Luis Martínez, Rodolfo Usigli y Al Teja Zabre. En vista de los incidentes e indiscreciones de la prensa, tal vez se retirará José Luis voluntariamente; se aceptó la extraterritorialidad para Usigli, por ser diplomático en funciones. Se aplazaron las elecciones hasta 9 de agosto. Viene a la Capilla Alfonsina José Luis Martínez y me dice que prefiere renunciar a su candidatura: es verdad. ¡Pobre José Luis! Me hace buenas rectificaciones a varias páginas de Resumen de la literatura mexicana.
Habían circulado varios artículos de periódico donde los asuntos internos de la Academia fueron ventilados en público —una práctica ciertamente desleal por parte de quienes propiciaban las filtraciones, aunque sintomática del interés público de lo que se deliberaba en la corporación. Entre los que rechazaban la postulación de Martínez se encontraban Jesús Guisa y Acevedo, Carlos Millán, Antonio Castro Leal e Isidro Fabela, quienes estaban a favor de la candidatura de Usigli; el más tajante fue el autor de Me lo dijo Vasconcelos (1965), alguna vez partidario de los cristeros, formado en Lovaina, caracterizado por su identificación con las causas conservadoras, como sugieren sus títulos Doctrina política de la reacción (1941), Hispanidad y germanismo (1946), Los católicos y la política (1952), «quien declaró que la Academia no podía recibir a José Luis Martínez porque no era escritor». Desde luego, el razonamiento del católico no se sostenía, pues grandes académicos como el mismo Joaquín García Icazbalceta habían sido más bien historiadores y bibliógrafos. Por supuesto, Alfonso Reyes siguió defendiendo a su discípulo y finalmente la candidatura salió adelante, gracias al apoyo de Agustín Yáñez, Jesús Silva Herzog, Mauricio Magdaleno y José Rojas Garcidueñas.  Finalmente, el viernes 11 de abril de 1958, José Luis Martínez fue electo por veintitrés votos. No se puede dejar de reconocer que esta elección provocó en la Academia casi un cisma, la puso en una situación de fragilidad y amenazó con dividirla. Quizás eso explica por qué la ceremonia de ingreso formal de Martínez se haya retrasado casi dos años, hasta el 22 de abril de 1960.
El discurso de ingreso de don José Luis Martínez se tituló «De la naturaleza y carácter de la literatura mexicana». Dice su hijo Rodrigo que la idea del discurso le había sido sugerida diez años antes por Octavio Paz. Aunque no lo desmiento, me parece notable y afortunada la coincidencia de que el título y el tema del discurso de Martínez se hayan hecho eco de una obra del peruano José de la Riva Agüero, publicada en Lima a principios de siglo: El carácter de la literatura del Perú independiente (1905). Las ideas del peruano tal vez tuvieron algún ascendiente en la conferencia de 1913 de Pedro Henríquez Ureña sobre «Don Juan Ruiz de Alarcón» y el carácter mexicano. No se puede descartar que Martínez, quien en ese momento era embajador en Perú, haya tenido conocimiento allá de ese texto precursor. Como quiera que sea, el dominicano escribió sobre José de la Riva Agüero en 1914. Las ideas de Martínez se daban como una recapitulación y un programa, a la vez crítico y editorial. Cito un fragmento del texto de don José Luis Martínez:
Advirtamos, en este pasaje tan perspicaz, que Riva Palacio se refiere en general a «nuestro carácter» y luego alude en particular a los cantos rurales y a la música de los salones; no se refiere, pues, a la literatura, pero sí precisa, respecto al carácter peculiar del mexicano, tres notas que luego tendrán larga fortuna: la melancolía, el tono menor y el ambiente crepuscular.
      En 1913 Pedro Henríquez Ureña pronuncia en la Ciudad de México una famosa conferencia dentro de un ciclo sobre cultura mexicana organizado por Francisco Gamoneda en la Librería General; es la conferencia acerca de Don Juan Ruiz de Alarcón dedicada a probar magistralmente el mexicanismo del dramaturgo. Y uno de los mejores argumentos de Henríquez Ureña viene a ser precisamente el reconocer en la obra alarconiana las notas que considera distintivas de la poesía mexicana, y que apunta con sobria elegancia en un pasaje ya clásico de nuestra crítica literaria: «Como los paisajes en la altiplanicie de Nueva España, recortados y acentuados por la tenuidad del aire, aridecidos por la sequedad y el frío, se cubren, bajo los cielos de azul pálido, de tonos grises y amarillentos, así la poesía mexicana parece pedirles su tonalidad. La discreción, la sobria mesura, el sentimiento melancólico, crepuscular y otoñal, van concordes con este otoño perpetuo de las alturas, bien distinto de la eterna primavera fecunda de los trópicos: este otoño de temperaturas discretas que jamás ofenden, de crepúsculos suaves y de noches serenas». 
      La novedad de este pasaje del ilustre crítico dominicano es que se refiere explícitamente al carácter de la poesía mexicana y que propone una natural relación, una liga profunda, entre la tonalidad distintiva de nuestra poesía y los tonos grises y amarillentos del paisaje de la altiplanicie. Por otra parte, las notas apuntadas son sensiblemente las mismas que treinta años antes señalara Riva Palacio, aunque se hayan afinado algunos de sus conceptos.
Un año más tarde, José Luis Martínez aparece certeramente retratado por la mirada de Salvador Novo en la reseña que hizo el 4 de noviembre de 1961 de la serie de conferencias organizadas por el inba sobre «El trato con escritores» —lema que Martínez guardaría como emblema para intitular su antología personal más importante:
Joven, aunque no tanto como García Terrés, es ahora embajador de embajador de México en Lima. Sus amigos reconocían que había resuelto a tiempo estudiar para Alfonso Reyes, y que iba en segundo año de esa laboriosa carrera. Es sobre todo el siglo xix mexicano el que ha estudiado con mayor asiduidad. Y es de suponer que impregnado en las características de sus escritores: sus Rivas Palacios, Prietos, Sierras, etcétera, hábiles políticos a la vez que literatos, ha hecho con firmeza y con discreción una carrera que, en lo literario, le ha llevado a vencer los obstáculos numerosos que se opusieron a su ingreso en la Academia; y en lo político, a convertirse en diputado primero, y enseguida en embajador.
II
En 1960, don José Luis Martínez (cuyo signo astrológico era Capricornio, signo de tierra en el horóscopo convencional y signo de Serpiente en el horóscopo chino, también signo de tierra) contaba con cuarenta y dos años; ya había publicado más de diez títulos: Elegía por Melibea (1940), Poesía romántica (1941), El concepto de la muerte en la poesía española del siglo xv (1942), La técnica en literatura (1943), Panorama cultural del mundo antiguo (1944), Situación de la literatura mexicana contemporánea (1948), Literatura mexicana. Siglo xx (1949-1950), Los problemas de nuestra cultura literaria (1953), La emancipación literaria de México (1955), La expresión nacional (1955), Problemas literarios (1955), El ensayo mexicano moderno (primera edición, 1958), entre otros. Entre 1960 y 1980 dio a la estampa, siendo académico de número, Las letras patrias. De la época de independencia a nuestros días (1960), De la naturaleza y carácter de la literatura mexicana (1962), Unidad y diversidad de la literatura latinoamericana (1962), Nezahualcóyotl: vida y obra (1972).
La extensa gestión de Martínez como director entre 1980 y 2002 coincide con la publicación de El Códice Florentino y la historia de Sahagún (1982), Pasajeros de Indias (1983), Origen y desarrollo del libro en Hispanoamérica (1984), Hernán Cortés. Documentos cortesianos (1990), La obra de Agustín Yáñez (1991), El mundo privado de los emigrantes en Indias (1992), Guía para la navegación de Alfonso Reyes (1992), Recuerdo de Lupita (1996). A estos tres periodos los recorren significativas líneas de continuidad cuyos ejes son la teoría y la historia literaria, la edición y el comentario de obras de la literatura mexicana, la historia y la historiografía, y los textos de índole más personal como Bibliofilia (2004), que es en cierto modo una visita por dentro al proyecto bibliotecario y editor de José Luis Martínez y una miniaturización de su itinerario. El libro o libros sobre Hernán Cortés merecen lugar aparte. José Luis Martínez no sólo publicó, por un lado, una vida del conquistador y por el otro un conjunto de documentos en parte inéditos, en parte editados. Cada una de las líneas de la biografía de Hernán Cortés está respaldada, afinada, contrastada, cotejada con el corpus de documentos anexos. Esto explica el valor de esta obra que por ese solo motivo sigue siendo vigente y no ha sido superada. El capítulo sobre el juicio de residencia es una contribución de primer orden a los estudios cortesianos. De hecho, en la historia de la literatura mexicana sólo habría un proyecto que podría compararse con el de Martínez: la biografía Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (1982), de su amigo y compañero Octavio Paz; ambas tienen en común la voluntad de aproximarse de manera rigurosa y a la vez novedosa a figuras clave y a la par incómodas de la cultura nacional. Por cierto, uno de los pendientes que conversé en persona con don José Luis Martínez acerca de la reedición futura de la obra completa de Sor Juana Inés de la Cruz previamente hecha por Alfonso Méndez Plancarte para el Fondo de Cultura Económica es el de hacer un corpus de documentos sorjuanísticos para respaldar las obras de la monja poeta.
La gestión de Martínez como director de la Academia coincidió durante algunos años con su ejercicio como director del Fondo de Cultura Económica. Desde esta institución, el infatigable Martínez pudo llevar adelante una agenda muy precisa relacionada con ciertas cuestiones asociadas donde convergían la historia de la literatura mexicana con los intereses de la Academia Mexicana de la Lengua. Alguna vez oí decir que Martínez no trabajaba como una hormiga sino como un ejército de hormigas. Era cierto. ¿Cómo explicar la reedición de las más de cincuenta revistas literarias mexicanas modernas que se realizaron en el fce por su iniciativa generosa y heroica en más de un sentido? No sólo tuvo que abrir las puertas de su propia casa en la calle de Rousseau número 53, sacar las revistas de los estantes o de las cajas para que fuesen abiertas en las mesas de la editorial los números de Gladios, La Nave, Contemporáneos, El Maestro, Letras de México, El Hijo Pródigo, Rueca, Examen, Monterrey, Pegaso, Bandera de Provincias y Taller Poético, entre las más notables. La iniciativa no dejaba de tener su audacia. Había que vencer las reticencias de los abogados y contralores que fiscalizaban los derechos de autor respectivos y eventualmente pasar por encima de ellos. Del otro lado, también era necesario vencer el escepticismo del aparato comercial que pensaba que el proyecto no tenía ningún futuro y que las revistas reeditadas se quedarían en el almacén y no se venderían. ¡Pobrecitos vendedores: se equivocaron! Actualmente todas están agotadas. La iniciativa de Martínez se dio en un contexto muy particular, en el que el interés por la vida literaria expresada en las revistas en el mundo floreció con las reediciones en España de Revista de Occidente, Hora de España, Cruz y Raya y otras más, pero ese momento milagroso se fue perdiendo con el advenimiento de los nuevos medios electrónicos y el espejismo de que dichas revistas podrían tener un albergue digital. No siempre sería así.
Como he dicho, tuvo la fortuna José Luis Martínez de que su dirección de la Academia entre 1980 y 2002 coincidiera durante dos años magnéticos con la dirección del Fondo, entre 1977 y 1982. Esta sincronía fue por demás feliz, tanto para la Academia como para el Fondo y la literatura mexicana, y desde luego para el mismo Martínez. Dos ejemplos: uno, la reedición de las revistas mencionadas y, dos, la publicación de la Rethórica cristiana, «el primer libro de un mexicano impreso en Europa». El ejemplar lo compró a su amigo el diplomático y poeta Neftalí Beltrán, el 1 de enero de 1978. Martínez se empeñó en que se tradujera del latín, y aunque quería que la obra estuviese lista para el cuarto centenario de la publicación de la obra, en 1979, en coedición con la unam, fue publicada diez años más tarde. Esto se explica, pues la traducción requirió la formación de un equipo de latinistas conformado por el padre Palomera y por Tarsicio Herrera, entre otros. La Rethórica cristiana se publicaría finalmente en 1989. Tengo el buen recuerdo de haberle llevado a Tarsicio Herrera, a su domicilio en la colonia San Miguel Chapultepec, uno de los primeros ejemplares de su obra.
Martínez no sólo cuidó que se reeditaran los facsimilares de esas revistas. También se ocupó de que las obras mismas de ciertos escritores clave estuviesen disponibles y a la mano. Tal fue el caso de las obras de Ramón López Velarde, Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen y Manuel Gutiérrez Nájera, entre otros. Es cierto: no estaba solo. Tenía a su lado a su amigo Alí Chumacero. Y, atrás en el tiempo, la inspiración de maestros como Agustín Yáñez, con quien inició la tarea de la edición de las obras completas de Justo Sierra. No estaba solo, formó parte de ese intenso movimiento editorial que, durante el proceso constructivo de la Revolución mexicana, congregó a editores como Daniel Cosío Villegas, fundador del fce; su compañero de generación Leopoldo Zea, editor de numerosas obras de la literatura hispanoamericana; sus amigos Juan José Arreola, María del Carmen Millán y Sergio Galindo, quienes editaron colecciones como Los Presentes y Cuadernos del Unicornio, sepSetentas, o la editorial de la Universidad Veracruzana. José Luis Martínez no estaba solo: formó parte de esos urbanistas de la cultura mexicana contemporánea a través de sus bibliotecas. Gabriel Zaid llamó a don José Luis Martínez curador de las letras de México; yo preferiría llamarlo urbanista. No estaba solo; hacia delante también lo seguían algunos discípulos. Menciono en primer lugar a Felipe Garrido.
Durante los años de su dirección al frente de la Academia, la corporación se enriqueció con las presencias de Salvador Elizondo, Gonzalo Báez Camargo, Tarsicio Herrera, José Pascual Buxó, Clementina Díaz y de Ovando, Carlos Montemayor, Arturo Azuela, Fernando Salmerón, Héctor Azar, Gabriel Zaid, Leopoldo Solís, José Rogelio Álvarez, Guido Gómez de Silva, Margit Frenk, Eulalio Ferrer, José G. Moreno de Alba, Ernesto de la Peña, Luis Astey, Ramón Xirau, Salvador Díaz Cíntora, Esteban Julio Palomera, Gonzalo Celorio, Margo Glantz, Jaime Labastida, Enrique Cárdenas de la Peña, Mauricio Beuchot, Gustavo Couttolenc, Elías Trabulse, Ruy Pérez Tamayo, Vicente Quirarte, Felipe Garrido, Adolfo Castañón. Ingresaron como correspondientes Manuel Alvar, en Madrid; George Baudot, en Toulouse; John Stubbs Brushwood, en Kansas; Boyd G. Carter, en Texas; Luis González y González, en Zamora, Michoacán; Irving A. Leonard, en Virginia; Zaïtzeff Serge I., en Canadá; Herminio Martínez, en Guanajuato; Rafael Montejano, en San Luis Potosí. Como académicos honorarios ingresaron Octavio Paz, Antonio Alatorre y Carlos Fuentes. José Luis Martínez respondió, siendo director, dos discursos: uno a José Rogelio Álvarez y el otro a Adolfo Castañón. Otro discurso que respondió fue a Salvador Elizondo, siendo miembro de número, el 23 de octubre de 1980, dos meses antes de tomar posesión. Debe señalarse que, durante la gestión de José Luis Martínez, fue designada como secretaria de la corporación, por primera y única vez hasta ahora, una mujer: su amiga, la historiadora de la literatura María del Carmen Millán.
Con José Luis Martínez se inició el proceso de modernización que continuaría con José G. Moreno de Alba, y ahora con don Jaime Labastida. Durante su gestión se realizó el valioso Índice de mexicanismos, proyecto aprobado por Conacyt, que sería de algún modo la base sobre la cual se podrían desarrollar más adelante proyectos como el Diccionario de mexicanismos de Guido de Silva, o el Diccionario de mexicanismos coordinado por Concepción Company Company. Durante su gestión se continuó la publicación de las Memorias y se hicieron obras sueltas de Mateo Alemán y José Rojas Garcidueñas. Pero sobre todo se hizo la edición de un libro indispensable, Semblanzas de académicos (2002). Esta obra incorporaría, de un lado, las semblanzas escritas por Alberto María Carreño en 1925, y del otro lado, incluiría las escritas por los académicos dirigidos y coordinados por Martínez. Participarían en la redacción veintinún académicos y tres correspondientes. No fue un trabajo fácil; el proyecto se inició para celebrar los ciento veinticinco años de la corporación en septiembre de 2000, pero sólo se pudo concluir en la primavera de 2002. Se debió a Gabriel Zaid la idea de sumar las semblanzas escritas por Alberto María Carreño en los tomos de 1945 y 1946 a las nuevas semblanzas escritas por los académicos contemporáneos. Esto planteó la circunstancia enriquecedora de que en muchos casos hubiera dos o tres redacciones sobre el mismo académico, pero finalmente pareció lo más adecuado, para dar un panorama completo compuesto por trescientas dieciséis biobibliografías de académicos en quienes se decanta y condensa la historia de la cultura literaria en México. De esas semblanzas, Martínez revisó todas y cada una y escribió veintiséis.
Esta tarea de crítico y editor, de coordinador, en el sentido fuerte de la palabra, hace ver que en Martínez había un sentido de la continuidad de la tradición literaria y de la ciudad de las letras. También comportaba un arte de vivir y convivir; de gobernar a la no siempre dócil grey académica. Martínez sabía restar y sumar, sabía multiplicar. Acaso los hilos conductores de estas acciones sean la amistad, la memoria, la lealtad a la raíz para hacer, de la tierra baldía, tierra fecunda: Tierra Nueva. De hecho, no se podría entender la figura de don José Luis si no se tiene presente que sus pasos los guiaba un fervor nacido del amor por las letras y su sentido. Ese hilo fervoroso atraviesa, desde el discurso que Martínez pronunció en nombre de Alí Chumacero al recibir el premio dado por la revista Rueca por el libro Páramo de sueños en 1944, hasta las cartas intercambiadas por Martínez con Alfonso Reyes y Octavio Paz. Me permito citar ese discurso para evocar aquí también al amigo y poeta cuyo centenario también celebramos este año. Leído ahora, el discurso de Martínez nos deja ver a contraluz la silueta del amigo que accede a hacerse cómplice de la timidez de su amigo, tanto como nos permite asomarnos al universo de valores compartidos por ambos.
Discurso de José Luis Martínez
Señoras y señores:
Mi amigo Alí Chumacero comparte, con dos o tres poetas más con quienes ha intimidado periódicamente al mundo de los hombres desprovistos de misión divina, la saludable creencia de la separación del poeta con la sociedad. Una convicción semejante enloqueció a Raskolnikov; pero otras han sido también el origen de memorables obras líricas y de insufribles personalidades. Con todo, no es éste el caso preciso del poeta cuya ausencia reemplazo; porque él ha tenido la prudencia de añadir, a esta constitución tiesa, un humor extraído proporcionalmente de la indolencia árabe que de algún modo le reclama y de su convicción invencible en la falta absoluta de importancia de cuanto ocurre sobre la tierra. A consecuencia de estas ideas, a cuantos hemos convivido con Alí Chumacero nos ha sido otorgado el don de asistir al espectáculo cada vez más raro de un hombre que sabe defender su persona de todas las cadenas para mantenerse, desvalido quizá, pero libre para reírse de los forzados y para entregarse, muy pocas veces cada año, al ejercicio secreto de la poesía; a consecuencia de estas ideas, también, el grupo de escritoras de la revistaRueca y las autoridades de la Biblioteca Benjamín Franklin, deberán contentarse esta tarde con entregarme a mí, a título de amigo más paciente de Alí Chumacero, el premio que el jurado invitado por dicha revista acordó conceder a su libro de poemas Páramo de sueños, por considerarlo la mejor obra de creación literaria publicada por autores jóvenes en el año de 1944.
A quien conozca la vida de Alí Chumacero y la obra literaria del mismo podrá sorprenderle, en principio, la notoria contradicción que entre ellas se advierte. Porque ¿cómo explicarse que, quien propaga por el mundo habitado la leyenda de sus noches tormentosas y de sus días destinados a organizar la fatalidad, pueda ser dueño aún de una de las inteligencias literarias más claras y de una de las sensibilidades poéticas más puras entre nuestros poetas jóvenes? ¿Cómo justificar que, quien no consiente norma alguna para su vida si no es la negación de todas, postule con tan grave convicción el deber de la obra literaria de organizar sus sueños con la severa e invisible arquitectura de una rosa y, más aún, nos ofrezca en su obra poética una lección intachable de su doctrina crítica? Los motivos de estas oposiciones quizá no sean otros que aquellos muy conocidos que indujeron a Dante, despreciado por Beatriz, a idealizar, que equivale a decir a realizar en su poema aquel amor que de hecho le rehuía sus mercedes; que arrastraron a Nietzsche, atropellado en su persona por la naturaleza, a proclamar el culto de los fuertes y que, más comúnmente, determinan a los adolescentes a escribir versos cuando no alcanzan el objeto de su deseo. Alí Chumacero, de manera semejante, contradice o rectifica su vida con su obra. Quizá, si él fuese uno más de tantos hombres que aceptamos nuestro destino en la sociedad, sus poemas buscarían un escape más o menos romántico hacia las selvas tropicales de la libertad; pero, como podemos advertirlo en su libro de poemas y en su ausencia del lugar en que le reemplazo, Alí Chumacero prefiere gastar su vida en todas las rebeliones y reservar para su obra ese continente puro y severo, ese páramo de sueños, al que hoy, con justicia, celebramos.
José Luis Martínez estaba siempre dispuesto a sacrificar su tiempo para brindarlo al amigo o para seguir en la senda de los proyectos acariciados por él. Otro ejemplo de ese oficio de la amistad es el capítulo poco conocido de José Luis Martínez durante su gestión como ayudante de gerente general de Relaciones Públicas y Servicios Sociales de Ferrocarriles Nacionales a cargo de Roberto Amorós (1914-1973), en la época de Adolfo Ruiz Cortines, puesto desde donde tendió la mano con discreta eficacia a Octavio Paz, Juan Rulfo y Emilio Uranga. Hay dos testimonios sobre Martínez en este puesto, uno de Paz y otro de Uranga. El primero es una carta de Paz a Martínez fechada en Nueva York el 22 de enero de 1957. Ahí el poeta toca el tema:
Como está visto que tus amigos siempre hemos de pedirte favores o abusar de tu generosidad, quiero darte una nueva molestia. ¿Gozo aún de la regia —no por ferrocarrilera menos real, en todos los sentidos de la palabra— dádiva mensual? Y en caso de ser así, ¿podrías enviarle el dinero a mi madre, y podría ir ella misma a recogerlo, a tu oficina? Ella te llamará (o tú puedes hacerlo, si quieres. Su teléfono está en el directorio, bajo el nombre de Amalia Paz —aquella vieja tía mía del álbum de poetas, de que te he hablado alguna vez).
El segundo es una carta que el autor del Análisis del ser del mexicano, que entonces andaba por Europa, le escribe al crítico literario, que a la sazón se desempeñaba en un alto puesto en Ferrocarriles Mexicanos: 

Carta de Emilio Uranga a José Luis Martínez
Emilio Uranga
Cité Universitaire
Maison du Mexique
9 Bd. Jourdan
Paris xive.
France
París, 23 de diciembre 1956
Sr. José Luis Martínez
Ferrocarriles Mexicanos
Bolívar 19
México D.F.
República Mexicana
Querido José Luis:
Un nuevo año que vuelve la página, un año más de vejez y un año más que caigo sobre ti, como mendigo en vísperas de Navidad, para suplicarte que la asignación con que me sostienes no me falte en los meses que vienen.
Es claro que, como siempre, no puedo apoyar mi petición en nada, sino que depende de tu buena voluntad y de tu generosidad. Pero ¿puedo dudar que seguirá amparándome?
Acabo de terminar un libro. El manuscrito estará ya, confío, en las manos de don Alfonso Reyes, pues se lo debo al Colegio de México y además me encantaría verlo publicado en sus colecciones. Su tema: Marx y la Filosofía, un estudio de los manuscritos parisinos de 1844. El estilo —salvo tu docto parecer— me parece popular y accesible para el público. Me gustaría ver qué opinas —o leer mejor— de mi «nueva tendencia». Se lo dedicaré a don Alfonso Caso, con quien, de paso por París, tuve una sabrosa plática.
Querido José Luis: te debo mi estancia en Europa. Sin tu ayuda no hubiera podido sobrevivir y además, con gesto de señor, me la has dado sin condiciones. Esto no lo podré olvidar nunca. Te suplico le transmitas al Lic. Amorós mi agradecimiento y le hagas ver que si en algo he podido mejorar quisiera poner a su servicio tal mejoría.
Confío estar pronto en México. Todo depende de que «ahorre» (¡ironía de pobre!) y reúna lo del pasaje. No te pido que me ayudes pues sería impudicia de mi parte. De santos me doy con que tu generosidad no me abandone y que con lo que me «asignas» pueda ir tirando hasta conseguir algo aceptable.
No sé lo que últimamente has hecho y escrito pero estoy seguro que como siempre será excelente. Mis calurosas felicitaciones de Navidad y de Año Nuevo. Lo mismo para el Lic. Amorós.
Con la confianza de saber pronto de ti me despido con un abrazo
[Firma]
Emilio
La carta de Uranga a Martínez no había sido escrita para salir del paso. Lo prueba el hecho mismo de que el corrosivo filósofo le escribiera en estos términos a su amigo Luis Villoro:
Cuando yo era muy joven, José Luis tenía fama por ser el hombre que se dedicaba a doctorarse de Alfonso Reyes. Se preparaba conscientemente a la sucesión, como brillante crítico literario. Pero José Luis es demasiado auténtico y él mismo comprendió cuánto había de falso en esa tendencia y cambió de rumbo. Mucho tiempo no lo entendí e inclusive, frente a Zea, me aparecía que representaba la consagración de un fracaso.  Ahora pienso al contrario. José Luis es un elemento constructivo, un positivo, y no un negativo, mientras que el empresario de los perritos amaestrados del Hiperión, el historiador de las ideas, es el negativo.
Otro ejemplo notable de esta brújula de la amistad es la edición de parte de la correspondencia entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes (1897-1914) que hizo Martínez haciéndose eco de las conversaciones sostenidas con éste. Vale la pena citar algo de la introducción de ese epistolario.
Una buena correspondencia es el resultado de la reunión de factores favorables: el hábito de escribir cartas, el alejamiento circunstancial de los amigos que sustituyes con este recurso a la conversación, y el hecho de que tengan cosas interesantes que decirse y las escriban bien. Así ocurrió en la Antigüedad y en el mundo moderno, y sigue ocurriendo en la época actual, a pesar de las competencias de otros medios de comunicación más fáciles.
Estas circunstancias propicias para la correspondencia se dieron en la relación entre Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña. Una vez establecida su amistad, pocos años más tarde ambos tuvieron que seguir rutas diferentes que sólo les permitieron coincidir en breves periodos; ambos tenían el hábito de escribir largas cartas, y ambos se hicieron en el camino notables escritores, con renovadas materias intelectuales que debían comunicarse y discutir, además de cuestiones personales, lo que da un vivaz y cambiante interés a sus cartas. 
iii
José Luis Martínez escribía con pluma Bic. No tenía máquina de escribir. Redactaba, según me recuerda Rodrigo, en blocs chicos para las notas y de tamaño mediano para los textos. La letra de don José Luis era regular. Estaba bien dibujada. Ni era la escritura abierta, suelta, a veces caprichosa de Rubén Darío o de Alfonso Reyes, ni la grafía de pata de mosca de un Jorge Luis Borges, ni la escritura cerrada y a veces atormentada de Pedro Henríquez Ureña o de Emilio Uranga. Era una escritura fluida y a la par cuidadosa, equilibrada, legible. Con ese hilo de carbón sobre el papel, más bien sobre las papeletas, Martínez iba dibujando sus fichas como si fuesen ideogramas de una caligrafía. Con esa letra suave pero firme iba encadenando los eslabones de su narrativa bibliográfica, de sus historias sobre libros, de sus cuentos arqueológicos. La obra de Martínez, como sabemos, consta de varios compartimentos: 1) los primeros ensayos sobre teoría y problemas literarios; 2) los ensayos sobre historia de la literatura nacional y sus autores en los siglos xix y xx; 3) sus estudios sobre Hernán Cortés, Bernardino de Sahagún y el siglo xvi y la Colonización en América; 4) sus escritos más personales y misceláneos, como Bibliofilia y Lupita, el tributo luctuoso sobre su finada esposa.
A Aldous Huxley, un autor que leyó intensa y atentamente durante su juventud y a quien le dedicó un «copioso» ensayo, no le hubiese disgustado el cuento de un joven lector y escritor que coleccionaba revistas y que años más tarde, siendo ya un hombre maduro, se dio el lujo de reeditarlas, para alegría de los que habían sido traducidos a la otra orilla o se habían ido ya a ella, y para educación de los lectores nuevos. A Huxley le hubiese divertido este paso peligroso del autor que se vuelve actor y luego empresario o editor, ya no sólo de sí mismo, sino de su generación. Generación: palabra clave. Martínez fue un orgulloso y celoso estandarte de su generación, entendida en el sentido más amplio. Plural felicidad la de José Luis Martínez, que pudo reeditar las revistas de sus maestros, de sus contemporáneos y del archipiélago del cual él mismo formó parte. Plural felicidad del que pudo hacer los libros soñados por sus maestros.

      Alfonso Reyes y José Luis Martínez, Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959, Fondo de Cultura Económica, México, 2018, pp. 88-89.
      Diario  de Alfonso Reyes, vol . vii, citado por Rodrigo Martínez Baracs, p. 575.
      Ibid., pp. 581-582. ar, Resumen de la literatura mexicana. Siglos xvi-xix, Archivo de Alfonso Reyes (Serie C, Residuos, 2), México, 1957, 66 pp.
      Carlos Vargas, citado por Fernando Curiel en el Diario, vol. vii, p. 612.
      Diario de Alfonso Reyes, vol. vii, citado por Rodrigo Martínez Baracs en «Estudio preliminar», p. 91.
      Salvador Novo, La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo López Mateos, t. ii, col. Memorias Mexicanas, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1998,   p. 187.
      «Discurso de José Luis Martínez», Letras de México, 1 de enero de 1946, p. 196.
      Octavio Paz y José Luis Martínez, Al calor de la amistad. Correspondencia 1950-1984, edición de Rodrigo Martínez Baracs, Fondo de Cultura Económica, 2017, p. 20.
      Uranga tuvo relaciones ambivalentes de amistad, simpatía y antipatía con su amigo Leopoldo Zea, el discípulo preferido de José Gaos. Uranga escribió sobre Zea en «El pensamiento filosófico», en México: cincuenta años de revolución. IV. La Cultura, Fondo de Cultura Económica, México, 1962, p. 553. También compartiría con él espacios como por ejemplo en la revista alemana Mitteilungen, citada más adelante.
    Carta de Emilio Uranga a Luis Villoro, del 19 de julio de 1955.
    Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña. Correspondencia i. 1907-1914, edición de José Luis Martínez, Fondo de Cultura Económica, México, 1986, p. 9.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Juan José Arreola: un juglar para Gutenberg

29/Diciembre/2018
El Cultural
Adolfo Castañon

I
En 1962 tendría yo unos diez años. Acompañaba a mi padre, don Jesús Castañón (1916-1991) a su trabajo, en la Secretaría de Hacienda, en Palacio Nacional. Salíamos a visitar la Antigua Librería Robredo en la esquina de Guatemala y Argentina. Ya no existe ni la esquina ni aquella vieja casona colonial en uno de cuyos remotos patios interiores asomaba una piedra prehispánica, ni están vivos don Rafael Porrúa, ni su hermano, los dueños de aquel espacio encantado. En la esquina, afuera, las vitrinas desplegaban muestras de libros antiguos y modernos. Me gustaba escaparme librería adentro. En uno de esos confines interiores, tal vez en el patio donde asomaba la piedra antigua, estaban amontonados unos pequeños libros o folletos cuyas portadas de colores llamaron de inmediato mi atención. Cada uno tenía un color distinto. En la portada se estampaba la silueta de un unicornio que parecía bailar. Yo los quería comprar todos, pero mi padre me dio el gusto de comprarme uno. Me dijo que estaban escritos para gente de mayor edad. Tenía razón. Aquellos libros que me parecía que irradiaban una luz particular se amparaban bajo el nombre de los “Cuadernos del Unicornio”. Le pregunté a mi padre de dónde venían esos hermosos libros en cuyas portadas parecían bailar los unicornios. Me dijo que los editaba “un gran escritor raro” que se llamaba Juan José Arreola (1918-2001). Esa fue la primera vez que escuché el nombre del escritor nacido en Zapotlán en 1918. Lo oí en los labios de mi padre, don Jesús Castañón, que había nacido en 1916, conocía al editor y autor, se parecía a él y compartía con él al menos tres cosas: el gusto por los buenos libros bien encuadernados, la afición a los buenos vinos franceses y el gusto por las amplias capas españolas de fieltro que uniforman a los miembros de la Guardia Civil Española. O sea que el primer recuerdo que tengo de Juan José Arreola es el de los objetos fabricados por él y el de su condición de editor y fabricante, fabbro de libros hermosos.
La lista misma de esos Cuadernos del Unicornio y de sus autores es tan fascinante como la de otra colección dirigida por Arreola, “Los presentes”. Por cierto, esa palabra andaba en el aire. Hay que recordar que el primer libro de Ramón Xirau se tituló El sentido de la presencia (México, FCE, 1953). Los Unicornios estaban presentes.
Arreola se dio el lujo de fundar tres editoriales: Los Presentes, Cuadernos del Unicornio, la revista y las ediciones de Mester. Más de cien autores se publicaron bajo esos sellos en que el prodigioso Arreola alentó durante décadas a varias generaciones de escritores, entregándose a una tarea incomparable de educación práctica a través de lo que él llamó talleres literarios, aunque quizá también podría hablarse de laboratorios de la poesía y la letra.
Van aquí las tres listas de esos catálogos paralelos inventados por Arreola. Su lectura casi podría armar una hermosa letanía:
Colección Los Presentes, Primera serie (1950-1953): Ernesto Mejía Sánchez, El retorno; Francisco Tario, Yo de amores qué sabía; Carlos Pellicer, Sonetos; Juan José Arreola, Cuentos; Rubén Bonifaz Nunño, Poética; Juan Soriano, Homenaje a Sor Juana; Jaime García Terrés, El hermano menor; Augusto Monterroso, Cuentos: Uno de cada tres y El centenario; Andrés Henerestrosa, El retrato de mi madre.
Colección Los Presentes, Segunda serie (1954-1957): Elena Poniatowska, Lilus Kikus; Carlos Fuentes, Los días enmascarados; Tomás Segovia, Primavera muda; Juan José Arreola, La hora de todos; Alfonso Reyes, Parentalia (Primer capítulo de mis recuerdos); Archibaldo Burns, Fin; Max Aub, Algunas prosas; Emmanuel Carballo, Gran estorbo la esperanza; Ángel Bassols Batalla, Relatos mexicanos; Carlos Valdés, Ausencias; César Rodríguez Chicharro, Eternidad es barro; José Luis González, En este lado; (Roberto) Olivera Unda, El pueblo; Mauricio Magdaleno, Ritual del año; Ricardo Garibay, Mazamitla; José Alvarado, El personaje; Antonio Souza, El niño y el árbol; Artemio del Valle Arizpe, Engañar con la verdad; José de la Colina, Cuentos para vencer a la muerte; Pedro Duno, No callaré tu voz; Baltasar Hidalgo, Metamorfilia; Roberto López Albo, Bertín; Salvador Reyes Nevares, Frontera indecisa; Mercedes Durand, Espacios; Antonio Montes de Oca, Contrapunto de la fe; Mario Puga, Puerto Cholo; Fernando Sánchez Mayans, Poemas; Alfredo Cardona Peña, Primer paraíso; Luis Córdova, Cenzontle; Arturo Sotomayor, El ángel de los goces; Jorge Aguilar, Ecce Homo; Augusto Lunel, Los puentes; Gutierre Tibón, Los Ángeles; Jorge López Páez, Los mástiles; José Mancisidor, Me lo dijo María Kaimlová; Dagoberto de Cervantes, Adiós, mamá Carlota; Felipe Montilla Duarte, Luz interior; César Garizurieta, Juanita “La Lloviznita”; Leopoldo Zea, América en la conciencia de Europa; Eugenio Trueba, Antesala; José Revueltas, En algún valle de lágrimas; José Luis Martínez, De poeta y loco…; Eduardo Novoa, Fragmentos; Carmen Rosenzweig, El reloj; Vicente Echeverría del Prado, La dicha lenta; C. E. Zavaleta, El Cristo Villenas; Francisco Mancisidor (Capitán de Navío), El pescador de la montaña; Rodrigo Mendirichaga, Un alto en el desierto; Josette Simo, Mensaje; Emilio Carballido, La veleta oxidada; Julio Cortázar, Final del juego; Salvador Calvillo Madrigal, Dilucidario; Wilberto Cantón, El nocturno a Rosario; Pedro Juan Soto, Spiks; Luis Córdova, Tijeras y listones; Raquel Banda Farfán, Valle Verde; Margarita Paz Paredes, Casa en la niebla; Pío Caro Baroja, ¡Esos cojos del camino!; Armando Olivares Carrillo, Ejemplario de muertes; Simón Otaola, El lugar ese….
Cuadernos del Unicornio (30 números, 1958-1960): Beatriz Espejo, La otra hermana; Leopoldo Chagoya, La jaula; Emilio Uranga, Historia de Meretlain (Según la cuenta Gottfried Keller); Eduardo Lizalde, Odessa y Cananea; Carlos Valdés, Dos ficciones; Carlos Illescas, Friso de otoño; Eduardo Soto Izquierdo, Poemas; Elsa de Llarena, Prosas; Elías Nandino, Nocturno amor; Enrique González Rojo, Cuaderno de buen amor; Raymundo Ramos Gómez, Enroque de verano (o la partida imposible); Gastón Melo, Poblado de pequeñas bestias; Rafael Solana, Las estaciones; Sergio Pitol, Victorio Ferri cuenta un cuento; Roberto Escalante, Pensando enteramente; Carmen Rosenzweig, Mi pueblo; Mauricio de la Selva, Poemas para decir a distancia; José Emilio Pacheco, La sangre de Medusa; Alfredo A. Roggiano, Viaje impreciso; G. Manley Hopkins, Halcón del viento(traducción de Ángel Martínez); Fernando del Paso, Sonetos de lo diario; Tita Valencia, El hombre negro; Selma Ferretis, Insomnio; Rubén Bonifáz Nuño, Canto llano a Simón Bolívar; Gelsen Gas, Fábula en mi boca; Juan Martínez, En las palabras del viento; Elías Nandino, Sonetos; Luis Antonio Camargo, Imágenes papales; Jorge Eduardo Navarrete, Cielo sin estrellas; Yuriria E. Iturriaga, En medio de mi espacio.
Autores de la revista Mester (1964-1967): Antonio Acosta, Salvador Alcocer, Eduardo Andrés, Javier Aragón, Homero Aridjis, Alejandro Aura, Leopoldo Ayala, René Avilés Fabila, José Carlos Becerra, Abigael Bojórquez, Federico Campbell, Jaime Cardeña, Antonio Castañeda, Rosario Castellanos, Elsa Cross, Fernando Curiel, Roberto Dávila, Antonio Delgado, Salvador Elizondo, Guillermo Fernández, Selma Ferreris, Carmen Galindo, Lourdes de la Garza, Argelio Gasca, Raúl Garduño, Sergio Gómez Montero, Andrés González Pagés, Agenor González Valencia, Arturo Guzmán, Martín Hernández, Hugo Hiriart, Héctor Jákez Gamallo, Horacio Juván, Antonio Leal, Vicente Leñero, Elva Macías, Jorge Maillefert, Alberto Martínez Rosas, Lourdes Meaney, Carlos Monsiváis, Lázaro Moussali Flah, Thelma Nava, Raúl Navarrete, Carlos Nieto, Marta Obregón, Jorge Arturo Ojeda, Roberto Olivera Unda, Alex Olhovich Greene, María Ortuño, Guillermo Palacios, Roberto Páramo, Carlos M. Perezalonso, Raúl Pineda Bojórquez, Irene Prieto, José Agustín Ramírez, Barrera Reyna, Rafael Riquelme, Rafael Rodríguez Castañeda, Eduardo Rodríguez Solís, Jaime Sabines, Leopoldo Sánchez Zúber, Carlos Santa Anna, Luis Shein, Roberto Suárez, Luis Terán, Gerardo de la Torre, Juan Tovar, Juan Trigos, Tita Valencia, Óscar Villegas Borbolla, Víctor Villela, Mari Zacarías.
Esta serie de nombres sanciona el apellido de Arreola como il miglior fabbro para invocar la dedicatoria que T. S. Eliot puso a Ezra Pound. El mejor artífice, el más alto artesano. Su nombre debe inscribirse en el catálogo de los poetas-tipógrafos o escritores-editores como: Manuel Altolaguirre, José Bergamín, Octavio Paz, Camilo José Cela, Miguel N. Lira, Sergio Mondragón… Un linaje de urbanistas de las letras y la imaginación en el cual ha de inscribirse su nombre.
II
No se ha reflexionado lo suficiente en el hecho de que Arreola haya elegido la figura del unicornio como cifra de sus Cuadernos. El unicornio vive en el espacio imaginario de la cultura medieval. Representa la virginidad y la lealtad a los valores asociados al amor cortés, al amor platónico. Remite a un universo tradicional de la poesía. No es una incongruencia que el último proyecto editorial de Arreola se titule Mester, nombre con el que se conoce el oficio de los juglares y los clérigos poetas medievales. En esa perspectiva podría pensarse que el proyecto de Arreola se da como una radical propuesta de atracción y recreación de los valores del pasado en el presente, como un arma para enfrentar la cultura de la guerra y de la violencia. No andaba solo Arreola en la afición por la Edad Media. Tengo a la mano la Antología de la poesía de los siglos doce al dieciséis que el surrealista Paul Éluard hizo en 1954, año en que Arreola lanza la colección Los Presentes.
III
El segundo recuerdo que tengo de Juan José Arreola no es el de sus cuentos sino, ahora o entonces, de su persona o si se quiere de su personaje público. Es la memoria de ese señor vestido con capa y sombrero que llegaba a la Facultad de Filosofía y Letras rodeado de estudiantes que lo seguían y que en clase lo aplaudían. Nunca tomé clases con él, pero fue entonces cuando empecé a leer sus cuentos… Esas ficciones breves estaban imantadas por la imaginación y tenían mucho de Borges y de Papini, de Gutiérrez Nájera y de autores que no se suelen mencionar: Jules Renard, Marcel Schwob, Alphonse Allais, Max Jacob, Jean Cocteau y las ficciones breves de Marcel Jouhandeau, Georges Duhamel, Marcel Bealu y algunos todavía menos citados como Julio Camba y Eugenio D’Ors, para no hablar de los clásicos españoles y de Alfonso Reyes. El “deslumbramiento” es, según el Diccionario de la Lengua, la “turbación de la vista por la luz excesiva o repentina”, o bien, “ofuscación del entendimiento por efecto de una pasión”. La lectura de los cuentos de Arreola me deslumbró y ofuscó, es decir, me impresionó tanto que esas ficciones breves se me impusieron no como un objeto externo sino, por así decir, como un método. Dicho de otro modo, casi sin darme cuenta empecé a arreolar, a leer y a escribir como él. Descubrí que, al igual que otros grandes autores, el de Confabulario era un escritor infeccioso y había que tener cuidado con él, para no verse reducido a un mal imitador joven de ese buen escritor sin edad.
IV
Había que tener cuidado con Arreola. Era un peligro. Un mal consejero para los jóvenes. Un mal consejero que predicaba con sus actos y con su escritura la libertad y que, a diferencia de Octavio Paz o de José Revueltas, daba o parecía dar las espaldas a la Ciudad. Arreola no tenía un discurso político. No era un opositor rampante. Se había escurrido entre los géneros sin dar la cara al mercado, como lo habían hecho Carlos Fuentes o Luis Spota. Era, como José Gorostiza o Juan Rulfo, un refractario, y algo más…
V
Arreola no sólo era católico sino que venía de la Edad Media. De François Villon y de Gil Vicente, de Rutebeuf y de Garci-Sánchez, de Badajoz. Afrancesado hasta las puntas de las uñas. Se sabía de memoria a Paul Verlaine, Émile Verhaeren y Georges Rodenbach, como me dijo en Bélgica su traductor francés, que estaba deslumbrado por la memoria del maestro mexicano que no dejaba de recitarle de memoria a esos y otros poetas mientras paseaban por Bruselas y Brujas. Ese temple medieval sorprendió a Alfonso Reyes y a Octavio Paz, y le abrió de par en par las puertas de Francia, que él prefirió cerrar… para no dejar de ser él mismo.

VI
Juan José Arreola es uno de los grandes constructores, uno de los grandes civilizadores de México. Al ver su creatividad que arranca de letras indiscutibles, de su poderosa Varia invención, sigue con el teatro en Poesía en Voz Alta, florece en la edición de los Cuadernos del Unicornio y Los Presentes, continúa en sus libros dictados sobre educación y sobre la mujer, se dispersa en la radio y la televisión, se piensa necesariamente en Vasconcelos, Pellicer, Reyes, Paz. Hay que decir que Arreola tuvo la decencia de no sucumbir a esa forma del fracaso espiritual que es el éxito fácil. Maestro de vida, vivió entre dificultades, llevó una vida difícil y supo arreglárselas con sus pocos años de primaria en un mundo tiranizado por los diplomas. Eso no le impidió ser campeón de ajedrez y de ping-pong y caer una y otra vez rendidamente enamorado de las dulcineas que jugaban al ajedrez con su corazón, como él, hay que decirlo, jugaba con el de ellas.
VII
Tuve la fortuna de tratar a Arreola a lo largo de los años y la más rara suerte de que me pidiera que le leyera mis cosas. Él conoció el volumen de cuentos El pabellón de la límpida soledad publicado por El Equilibrista. Me animó mucho con sus comentarios. Por eso, en aquellas páginas aparece su nombre en la dedicatoria del texto “El escriba”. Creo que esta suerte la tuvieron también otros. Por ejemplo, los amigos a quienes fue publicando en las series de los Cuadernos del Unicornio y Los Presentes. Luego, años más tarde, me tocó ser parte del jurado que le dio el Premio Internacional de Literatura de la Feria del Libro de Guadalajara que llevaba el nombre de Juan Rulfo. Como el FCE estaba encargado de hacer una edición del autor premiado, se le propuso a otro de los conjurados, Saúl Yurkievich, que hiciera la antología, pero finalmente sólo hizo la introducción: Arreola decidió hacerla él mismo, a través de las manos anónimas de un editor. Ese editor fui yo. Durante más de un año fui de México a Guadalajara dos veces al mes para entrevistarme largamente con Arreola y decidir el contenido de la antología que es una edición de su obra, cuidada por él y, atrás, armada por mis manos y desde luego las suyas. Cada sesión, yo le aportaba algo que él aparentemente había olvidado, pero que tenía bien presente, por ejemplo, las traducciones de los poemas de Paul Claudel sobre los apóstoles que él había traducido para su amigo Moisés Gamero, de Mazapanes Toledo y que se habían publicado en una edición aparatosa que pocos tenían y que a mí me había regalado el propio Moisés. Juan José aceptó la inclusión, encantado, me recitó cada uno de los poemas que se sabía de memoria y no descansó hasta que le conté con todo detalle cómo había conseguido el libro. Así fue con todos y cada uno de los textos misceláneos que cierran esa edición. Uno importante es el dedicado a Michel de Montaigne, figura que nos unió a lo largo de los años.
Aquí una digresión. Como le demostré a Arreola que la edición original de Montaigne en la serie Nuestros Clásicos de la UNAM tenía una traducción manoseada e ilegible, le propuse que se cambiara por la de Constantino Román y Salamero, que era de hecho la que él tenía en su biblioteca, además de otras. Aceptó con una condición: que a la traducción y a su texto las acompañaran las páginas de mi ensayo “Por el país de Montaigne” —la edición que actualmente circula es esa.
VIII
Muchas veces me encontré a Arreola a lo largo del tiempo. Hay una fotografía donde aparecemos a principios de los años noventa. Estoy con él y con Angélica de Icaza. Arreola estaba feliz. El acto que nos reunía lo era también. Se trataba de la presentación de la reedición del libro de su querido amigo peruano, el historiador y escritor José Durand titulado Desvariante (FCE, 1980). El autor de Ocaso de sirenas no sólo era un experto erudito en el Inca Garcilaso: había reconstruido varios siglos después la Biblioteca selecta de este noble indio del Siglo de Oro, y también a un personaje legendario pues como Arreola mismo ha declarado en las memorias de El último juglar, Durand era el dinosaurio que provocó la fantasía brevísima de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”.
Esto me lleva a evocar el paralelo y la simpatía que puede haber entre Arreola y Monterroso, maestros ambos con los que tuve la suerte de formarme en mis años de juventud. Uno me llevaba al otro, Arreola a Monterroso, Monterroso a Arreola en una suerte de espiral prosódica y poética. Monterroso era un gran lector de aquellos autores que habían nutrido a Arreola, pero sobre todo un conocedor de las letras de este ilustre jalisciense. Otras veces me lo encontraba en la Feria del Libro de Guadalajara. Me pedía que lo acompañara por los pasillos de aquella Babel. De pronto se sentaba fatigado. Buscaba un banco. Se acercaba la multitud a su alrededor. Le pedían autógrafos. Él, exhausto, les tendía la mano para que se la besaran y a veces les daba la bendición. La última vez que vi a Arreola fue en la casa de su hija Claudia. Estaba en cama. Más delgado que el licenciado Vidriera. La mirada viva y los oídos atentos. Le fui a leer ahí, semanas antes de que muriera, mi poema Recuerdos de Coyoacán (Ditoria, 1998). A cada rato me interrumpía y exclamaba: “¡Ese es Villon!”, “¡ese es Manrique!”, “¡ese es Reyes!”, “¡ese es Lope!”. No se le iba una alusión al fino oído de ese ajedrecista del universo. Salí de ahí con un nudo en la garganta luego de haberlo abrazado y, en mi fuero interior, de haberme despedido de su majestad. Ya no lo volví a ver. Me lo encontré de nuevo en la tinta de otros escritores que habían sido sus amigos. También me lo encontré en sus propias páginas. Tuve la fortuna de aceptar un encargo de parte de la Dirección de Publicaciones para hacer un breve libro sobre Juan José Arreola. Decidí pedirle ayuda a una amiga que también estaba trabajando sobre él: Nelly Palafox. Durante más de dos años nos entregamos a un ejercicio feliz: leer a Arreola con lupa, lápiz y regla de cálculo editorial. Las hojas que íbamos escribiendo cada uno regresaban a las manos del otro. Y volvían de nuevo para irse cristalizando en una construcción. Insisto en la palabra: construcción. La felicidad que nos deparó la escritura de ese texto sobre Arreola me ha sido refrendada por un lector exigente como el poeta y crítico chileno Pedro Lastra. En enero de 2017, en Chile, mientras caminábamos rumbo a una librería de viejo, el maestro me dijo que uno de los libros más felices que había leído firmados por mi pluma era Para leer a Juan José Arreola.1 La redacción de esa obra nos enseñó a Nelly y a mí que la obra de Juan José Arreola era un instrumento noble capaz de enseñar mucho a quienes estaban dispuestos a comprenderlo.
X
Después del canon que es la serie de libros publicados por Joaquín Mortiz, Varia invención,Confabuario, Palindroma, La feria, Arreola deja de escribir y se vuelve un dictador que necesita amanuenses para recoger sus dichos, como en La palabra educación.
Ramón López Velarde: El poeta, el revolucionario; El último juglar: Memorias de Juan José Arreola. ¿Cuándo empieza ese Arreola dictador? Podría darse como una fecha tentativa la de la publicación de los “Diez textos” que publica en la Revista Mexicana de Literatura y son objeto de la ácida crítica de Emilio Uranga [reproducida enseguida de este texto], quien se atrevió a romper el encanto hipnótico que rodeaba al juglar con una aproximación crítica que no dejó de ser comentada, o al menos compartida por los geniecillos dominicales de la murmuración. El punto de Uranga es punzante, en algunos de esos “Diez textos” Arreola daba gato por liebre y podría decirse que su rigor literario había menguado a la par que aumentaba su generosidad como editor y tutor literario, modesto partero de las obras de los otros a cuyos pies se ponía para lanzarlos a la fama arropados por la suya propia. Una empresa ciertamente peligrosa, arriesgada, a la cual Arreola se entregó durante años.
X
Más tarde, me encontré a Juan José Arreola en las referencias de dos autores que fueron sus amigos y contemporáneos. Uno es su fraterno rival: Octavio Paz, con quien tantos puntos en común tiene. Otro, más virulento, es Emilio Uranga, quien enunció vigorosas medias verdades sobre Arreola. Medias verdades porque, en parte, se refieren a Arreola y en parte al propio Uranga.
Sobre Paz llama la atención el hecho de que el futuro Nobel le haya dedicado un poema y que más tarde haya matizado la dedicatoria transformando las palabras: “Oyendo a Juan José Arreola (Noche del 10 de septiembre)” por “Juegos lúdricos. A un juglar”.

OYENDO A JUAN JOSÉ ARREOLA

(Noche del 10 de septiembre)

Hicieron fuego ludiendo dos palos secos
el uno contra el otro.
Cervantes, Persiles
Como juega el tiempo a la mitad del Espacio
como el Espacio juega al borde del Gran Hoyo.
Juan José juega al filo de la noche
lude dos, tres, cuatro, seis
¡palabras!
y las echa a volar hacia el lado de allá,
[Ilegible]
que giran, brillan, cantan y desaparecen
como este mundo en el otro
pero vuelven,
a cualquier hora, esta noche o la otra,
música dormida en el caracol de la memoria.2

FUEGOS LÚDRICOS

A un juglar

Hicieron fuego ludiendo dos palos secos
el uno contra el otro.
Cervantes, Persiles

Como juega el tiempo con nosotros
al borde del gran hoyo,
al filo de la noche
lude dos, tres, cuatro, seis
¡palabras!
y las echa a volar hacia ese lado
que no es ni aquí ni allá.
Soles, lunas, planetas,
giran, brillan, cantan,
desaparecen
como este mundo en el otro.
Han de volver,
esta noche o la otra,
música,
dormida en el caracol de la memoria.3
Después de la corrosiva pero saludable aproximación de Emilio Uranga y del homenaje poético de Octavio Paz, cabría buscar un término medio para hacer justicia al arte, y a esos artistas que, cada uno a su manera, se quemaron en el fuego de la fama. Tal vez los tres están renaciendo de sus cenizas.
XI
A diferencia de Juan Rulfo, que luego de la publicación de dos libros indiscutibles prefirió no seguir publicando, Juan José Arreola, después de Varia invención, Confabulario, La feria,Palindroma, se entregó no sólo a la fundación de tres editoriales que reunirían más de cien autores, sino que se prodigó en el aula, las salas de conferencias, la radio y aun la televisión. De esas generosas dilapidaciones de su genio oral salieron libros dictados como el dedicado a Ramón López Velarde: el poeta, el revolucionario, Y ahora, la mujer… y La palabra educación (compilados por Jorge Arturo Ojeda), a los cuales debe sumarse el libro de memorias dictado a su hijo Orso Arreola: El último juglar…. Sus programas en Televisa —según me advierte David Noria— pueden verse en la plataforma YouTube. Todavía se puede encontrar a Arreola armando castillos verbales en España en los santos lugares del nacimiento del idioma. Desde su punto de vista, al parecer, no había ruptura sino continuidad. Una continuidad que podría llamarse trágica, si se piensa que Arreola fue objeto de burlas e imitaciones por sus propios amigos actores de la televisión que, como Los Polivoces, llegaron a imitarlo seguramente alentados por algún genio travieso de Televisa.
¿Cómo pensar estos hechos, cómo compaginarlos en la memoria? Arreola se transformó en un ícono de la cultura popular y fue estampado en un billete de lotería, pero no ha alcanzado todavía la dignidad de verse estampado en una moneda de veinte pesos o en un billete de quinientos como Diego Rivera. ¿Cómo pensar estos hechos?
S. Al salir de la conferencia que enuncian las páginas anteriores, el director de la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada, el historiador José Manuel Herrera, contó algo revelador. Cuando era niño, su padre solía escuchar de la mañana a la noche discos de música clásica. Un día llevó al niño a oír un concierto en Bellas Artes. Fue una revelación. Era como si hubiesen dado otra dimensión a la música. Cuando escuchó a Juan José Arreola, le sucedió lo mismo. Era como si escuchara por primera vez a la orquesta encarnada en un hombre que hablaba ante él.
Notas
Texto leído en el homenaje Varia Arreola. Las invenciones de Juan José a 100 años de su nacimiento, en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada el 17 de octubre, organizado por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, en colaboración con las Unidades Azcapotzalco y Xochimilco, la Universidad del Claustro de Sor Juana, la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y el Centro Cultural Casa Lamm.
1 Conaculta, México, 2008, 81 pp.
2 El último juglar: Memorias de Juan José Arreola, Orso Arreola, Jus Libreros y Editores, México, 2015.
3 Este poema se recoge en las Obras completas, Obra poética, tomo VII, Galaxia Gutemberg, Círculo de Lectores, 2004, p. 734. Octavio Paz se refiere a Arreola en distintos momentos de su obra, por ejemplo en: “Poesía en movimiento. Repaso”, Seis vistas de la poesía mexicana, Obras completas, t. IV, México, FCE, 1995, p. 127: “Juan José Arreola es admirado, con razón, por sus ‘confabulaciones’. Lo hemos incluido porque pensamos que ha escrito verdaderos poemas en prosa. Fantasía, humor y el elemento poético por excelencia, el elemento explosivo: lo inesperado. Sin embargo, ni por el espíritu ni por el lenguaje esos textos revelan afinidades con las tendencias más recientes del poema en prosa (desde Owen hasta los más jóvenes). Más bien son un regreso a Torri, aunque sean más tensos y violentos. La corriente que transmiten esas transparentes paradojas es de alto voltaje”.