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martes, 20 de noviembre de 2018

Fernando del Paso: “A mí lo que me encantaba era jugar con el idioma”

18/Noviembre/2018
Confabulario
Christopher Dominguez Michael

En la primavera de 2012, Fernando del Paso Morante (Ciudad de México, 1935-Guadalajara, 2018), quien residió en Guadalajara muchos años, me invitó a su departamento en la Ciudad de México, en un edificio de la que alguna vez fue la Glorieta de Chilpancingo en la Colonia Roma Sur, para conversar sobre su vida literaria, en el rodaje de la temporada de la Historia de la literatura mexicana, de Clío TV, a la cual agradezco el permiso para reproducir algunos fragmentos de aquella conversación. Con el Premio Cervantes de 2015, autor de José Trigo(1966), Palinuro de México (1977), Noticias del Imperio (1987) y Linda 67 (1995), hablamos de sus cuatro novelas, desde luego, pero también de su pasión por la pintura, no del todo frustrada, así como, brevemente, de la experiencia, siempre ancilar, junto a la del novelista mayor, del poeta semisecreto, diplomático, publicista, director de la Biblioteca Pública Octavio Paz de la Universidad de Guadalajara y miembro –desde 1996– de El Colegio Nacional… A todo ello lo presidía la perplejidad ante el mundo, acaso la gran virtud de Fernando del Paso y el grano del cual floreció ese gran ingenio suyo que acaba de perder la literatura en español. (CDM)


¿Qué hay del niño que fue Fernando del Paso?
Yo fui un lector precoz, cuando yo… desde que tenía cuatro o cinco años mi padre me leía las historietas de los domingos, que me apasionaban, Mandrake, Pancho y Ramona, El Capitán Tiburón, Tarzán, todas ésas, y yo quería leerlos por mí mismo; así que aprendí a leer en el kínder, nunca cursé primero de primaria y entré directamente a segundo. El primer libro que me regalaron fue una edición infantil, sin sodomías y otras cosas divertidas, de Las mil y una noches, y lo devoré, pero aún así era una versión de unas trescientas páginas. Ese libro me impactó para el resto de mi vida, fue maravilloso.
Fui de esa generación que leía a Alejandro Dumas, a Salgari, a los autores de fábulas como Esopo, Iriarte y Samaniego; leía los cuentos de los hermanos Grimm, Julio Verne, devoré todo eso. Fui un gran lector desde niño y me dieron ganas de escribir y de dibujar también. Primero fui dibujante y luego escritor. Pero como dibujante o como pintor, pues me sentí frustrado: más bien me dediqué a la literatura.

¿Cómo era el México de los años cincuenta para un adolescente que quería ser escritor? ¿Quiénes eran los escritores importantes, a quiénes admirabas de los mexicanos, a quiénes no, cómo era ese mundo de iniciación para alguien que quería ser escritor?
Aunque a mis padres les gustaba leer, no tenían una cultura muy sólida, de modo que yo no leía autores mexicanos de niño. Lo primero de un escritor nacional que leí, a los once años, fueron los tremendos Bandidos de Río Frío de Manuel Payno. Me sorprendió mucho que las novelas pudieran ocurrir en mi país, pensé que solamente ocurrían en otros países, ¿verdad?, porque leía yo a autores extranjeros y Payno fue uno de los que más me interesó. Luego me dio por leer poesía, y leí a Acuña, a Manuel M. Flores, a toda esa cáfila de poetas de aquel entonces, pero autores mexicanos propiamente dicho en la adolescencia, no tenía yo favoritos.


¿Cuáles son sus lecturas de formación?
Mi padre era lector de novelistas, de biografías también. Leí mucho a Zweig, a Merezkovski —que tenía unas biografías excelentes—, y libros de viajes. Entré a trabajar en la publicidad y ahí llegó un día Antonio Montaño, un escritor colombiano, que era amigo de José de la Colina y entre ellos me enseñaron muchas cosas. Fueron mis grandes maestros de literatura. Entonces empecé a leer a William Faulkner, la literatura en lengua inglesa sobre todo: Lionell Trilling y a Wolfe, a un gran, gran escritor, que era Thomas Wolfe, no Tom Wolfe el actual, sino Thomas Wolfe, autor de Del tiempo y el río, una novela maravillosa, que además como a mí me gustaba entonces el beisbol, pues también me gustó por más de una razón; y a Joseph Conrad, por supuesto; y a autores incluso poco conocidos en esa época, pero grandes autores como el francés Julien Green, o Restif De la Bretonne, el autor de las Noches de París. Ellos me abrieron un horizonte absolutamente luminoso. Fue cuando empecé a escribir literatura joyceana. Me dijo Antonio Montaño, antes de leer a Joyce: “Tú tienes que leer el Ulises”. Insistió y entré al Ulises… Nunca he salido de él.


¿Ya leías en inglés en este momento?
No, yo aprendí a leer en inglés hasta muy tarde cuando viajé a Londres. Eso después de trabajar muchos años en publicidad. Me conseguí un empleo en la BBC, en el servicio latinoamericano, radio onda corta, y me fui con mis tres hijos. Ahí nació mi hija Paulina y entonces sí aprendí inglés, claro, y releí muchas cosas que había leído en español como Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll y tantos otros libros.
Leí mucho teatro también, muchísimo teatro, aparte de todo Shakespeare por supuesto, y de Cervantes, y de todo Ibsen —que le gustaba tanto a Joyce—; leí a Tennessee Williams, a Eugene O’Neill y a un autor italiano, que era buenísimo, que se llamaba Ugo Betti y Jean Giraudoux. Me encantaba leer teatro.




Antes de Londres, Fernando, ¿cómo era —porque ya en los sesentas, en 1966, aparece tu José Trigo— la vida literaria en la Ciudad de México en los sesenta y cómo era para ti, que no estabas identificado con los grupos que predominaban en esa década?
De alguna manera me introdujeron a uno de esos grupos, porque De la Colina era del grupo de Fernando Benítez, que dictaba cátedra desde México en la cultura y Novedades, entonces el mejor suplemento literario que había, después se acabó eso y se pasaron a la revista Siempre! con La cultura en México, y de alguna manera yo pertenecía a ese grupo, no muy integrado a ellos pero pertenecía. Recibí las influencias de gente más joven, como José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis o José Agustín, de otro círculo. Era un ambiente bastante relajiento, sí, pero muy agradable. Había muchas fiestas, muchas borracheras, pero se hablaba de cosas muy interesantes en las reuniones. Sobraba inteligencia.

¿Y cómo fue recibido José Trigo?
José Trigo tuvo una recepción un poco ambigua. Tuve críticas en contra en México y críticas a favor en España y América del Sur. Aquí en México no parece haber caído muy bien, me acusaron de ser demasiado joyciano, en fin, no le fue muy bien a José Trigo. Con los años le ha ido mejor aquí.


¿Tú cómo recuerdas este primer libro tuyo? ¿Con cariño, con distancia? ¿Qué sentimientos te produce esta novela tuya?
No me he arrepentido de nada de lo que he publicado, por fortuna, incluso de ningún artículo periodístico, y a José Trigo lo recuerdo con mucho cariño. Fue una iniciación quizás demasiado ambiciosa en la literatura, pero a mí me dejó muchas satisfacciones y por fin, un día en España, alguien lo incluyó en la antología de los mejores cien libros del siglo XX. Pero a mí lo que me encantaba era jugar con la lengua, con el idioma. Estaba en mi medio: explotar el lenguaje dentro de todas mis posibilidades y de ciertas posibilidades del lenguaje mismo. El español, combinado con los mexicanismos rurales, los nahuatlismos, los mexicanismos urbanos, etcétera. Se ha convertido en el libro favorito, de mi obra, de los profesores de literatura norteamericanos a los que les gustan las cosas complicadas.

En los Estados Unidos, y después de tu estancia en Inglaterra en ese momento tan vivo y tan importante del mundo occidental, en aquella década y aún en los años setenta…
En la Universidad de Iowa, el poeta norteamericano Paul Engel creó un Programa Internacional de Escritores, consiguió dinero de varias fundaciones y empresas particulares, y reunía cada año a quince o veinte poetas, novelistas, cuentistas de todo el mundo; ahí estuvo Gustavo Sainz. Me recomendó a mí, me dieron la beca y me fui con mi esposa y mis hijos a esa pequeña ciudad que era casi un campus universitario, duplicaba su población en los tiempos de clases, y, bueno, ahí empecé a aprender más inglés y mejor, pues nos reuníamos con poetas rumanos, africanos, rusos, y de América Latina pues había de Perú, de Cuba. Fue una experiencia también maravillosa, inclusive gastronómica, porque cada quien tenía cierta obligación de hacer una reunión de vez en cuando, o en las reuniones generales cada quien llevar un platillo de su país.
De ahí supe que Alberto Díaz, escritor mexicano, se había ido a la BBC de Londres. Le escribí y le dije que cuáles eran los requisitos para ingresar a la BBC. Desde niño creía inalcanzable ir a Europa, pues la literatura europea para mí era exótica, pero lo logré. Me hicieron un examen en la radio, examen de dicción, traducción, locución, etcétera, y me dieron el contrato para la BBC. Estuve catorce años en Londres, antes de pasar a Radio Francia Internacional. Y, bueno, qué te cuento, sí fue una experiencia maravillosa porque Londres estaba en su apogeo. Acababan de pasar los Beatles.
Por primera vez en mi vida pude conocer grandes museos. Aquí en México conocía las pinturas clásicas a través de los cerillos, los cerillos Clásicos: la Venus de Milo, el Partenón, Velázquez, Caravaggio, Da Vinci, qué sé yo. Así conocí la pintura clásica. Releí pero ya en inglés Drácula, de Bram Stoker, Jonathan Swift, Oscar Wilde…


En este contexto londinense es donde nace Palinuro, ¿no? Ahí nace un poco la historia de este libro…
Sí, yo quería estudiar medicina y en la preparatoria conocí a la que es hoy mi esposa todavía, y ya no pude entrar a la Escuela Médico Militar. Quería ingresar a la Médico Militar; ahora soy antimilitarista pero eso es otra cosa, porque no se podía estudiar y estar casado y me decidí por ciencias económicas, sólo dos años. Pero entonces conocí a alguien que trabajaba en una agencia de publicidad y me llamaron, me dieron un empleo como copywriter, en el argot. Es decir, escritor de textos e imaginador de comerciales. Y vi que ganaba yo más ahí que un economista. Entonces destripé, dejé la economía y me dediqué a la publicidad. Pero Palinuro de México expresa ciertas frustraciones que tuve y tiene un alto contenido autobiográfico. Yo pensaba que estaba frustrado por no haber estudiado medicina, pero cuando terminé Palinuro ya no tenía ninguna frustración. Me di cuenta de que lo que me interesaba de la medicina eran los aspectos históricos y románticos, nada más.
Le dediqué a Palinuro diez años, estando en Londres. Ahí la terminé y comencé Noticias del Imperio. Soñaba con Noticias del Imperio desde muy niño. Desde la primaria había oído la historia de un emperador de barbas rubias que nos habíamos echado al plato en Querétaro, y que su emperatriz se había vuelto loca. Esa historia me llamó mucho la atención y nunca me aparté de ella. Siempre, durante todos esos años en que escribí José Trigo y Palinuro de México, estuve leyendo sobre el Imperio mexicano, la Intervención francesa, biografías de Juárez, y al final pues todo se conjugó después de Palinuro con Noticias del Imperio, a la que le dediqué otros ocho, nueve años.


Quisiera detenerme en un aspecto de Palinuro de México. Es un libro inmenso pero de manera lateral es un libro sobre el 68 mexicano.
Palinuro mismo, de acuerdo a como fue concebido inicialmente no era estudiante del 68, pero mientras yo escribía Palinuro ocurrió el 68. Estaba demasiado grande para ser estudiante y demasiado joven para tener hijos estudiantes de esa edad, pero esa tragedia me conmovió hasta… Me pareció espantoso todo lo que pasó y participé en alguna manifestación. Yo era idealista y ya había participado en una manifestación pro Castro. Me sentía muy de izquierda y la tragedia es fuertísima, muy honda. Entonces Palinuro decidió convertirse en estudiante del 68 y decidí darle el tratamiento de una obra de teatro, Palinuro en la escalera, inspirado en la comedia del arte de la que yo conocía algo. Y, bueno, así es como se ha representado en varias ocasiones el penúltimo capítulo de Palinuro.
En relación a Noticias del Imperio, no sólo es una de las grandes novelas latinoamericanas y una de las novelas históricas más importantes, también tuvo su influencia en la modificación de la idea de ese episodio en muchos mexicanos. Se dice con razón que de alguna manera con tu novela los mexicanos acabamos de perdonar a Maximiliano. Me gustaría que nos hablaras un poco de cómo era tu vida privada durante todos esos años de escritura, con Carlota pero también con el propio Maximiliano. Realmente pareciera que viviste con ellos todos esos años…
Me alegra mucho de que así sea pero, es que es muy difícil hablar de la obra propia. A mí me han preguntado muchas veces sobre Noticias del Imperio y he creado algunos clichés. Algunas cosas las contesto siempre igual, voy a tratar de no hacerlo.
Como te dije, esa tragicomedia, el gran melodrama, me llamó la atención desde muy niño y a medida que iba documentándome más y más, pues más me impactaba, más me interesaba y la solución de la novela la dio el monólogo de Carlota. Ya sé que no es nada nuevo: existía el monólogo de Molly Bloom, pero el monólogo del Molly Bloom se atuvo a la idea de una verdadera corriente de la subconsciencia y a la asociación interminable de ideas. El monólogo de mi Carlota es más bien retórico, está muy bien construido desde fuera. Es muy retórico y alude a la frase que antecede a la novela. Se le atribuye a varios personajes, entre ellos a Santa Teresa y a Malherbe: “la imaginación, la loca de la casa”. En el monólogo de Carlota se expresa la locura de Carlota pero también su imaginación, su rencor, su odio, su amor.
Visité el Castillo de Miramar y me conmovió muchísimo cómo vivía esta gente, en una especie de pequeño paraíso en el que de pronto irrumpió el diablo, ¿verdad? Y se los trajeron aquí, los obligaron prácticamente a venir. Ellos venían con las mejores intenciones del mundo, pero también traían muchas ambiciones y aquí se les derrumbaron, uno tras otro, sus sueños, porque Maximiliano era liberal pero nunca los liberales lo apoyaron; y Maximiliano era católico, pero a final de cuentas perdió el apoyo del Papa, perdió el apoyo de la Iglesia, perdió el apoyo de todo el mundo y se vio totalmente abandonado por todos… Yo trabajaba en el turno en la noche en la BBC, de las diez de la noche a las cinco de la mañana, tres noches seguidas, y teníamos como descanso tres noches, tres noches con sus días, que era cuando yo podría ir a las bibliotecas. Tenía mucho tiempo para escribir Noticias del Imperio.


La reacción a Palinuro de México fue espléndida, más que ante Noticias del Imperio.
Sí, recibió varios premios, o, mejor dicho, yo los recibí gracias a Palinuro. Entre ellos el Premio al Mejor Libro Extranjero publicado en Francia, que me halagó mucho; el Premio Rómulo Gallegos de Venezuela. Me sentí muy bien ante la reacción. Palinuro es mi libro consentido, pero el que ha tenido mucho mayor alcance y mayor repercusión es Noticias del Imperio, el cual me dejó, también, un poco vacío.
Háblanos de tu novela policiaca.
Linda 67 nació de un reto de Álvaro Mutis hace muchos años. Siempre hemos sido amigos. Él me dio a conocer la Colección del Séptimo Círculo, publicada por Borges y Bioy Casares en Buenos Aires, que era de novelas policiacas, y a mí me gustó mucho. Leí no menos de treinta o cuarenta títulos y le dije un día a Mutis: “Voy a escribir una novela policiaca”. Me dijo: “No, no puedes, porque hay que tener una vocación especial para eso”. Veinte años después recogí el reto y viajé a San Francisco para situarla ahí porque hay que escoger un buen escenario también. No es lo mismo la Muerte en Venecia, que la muerte en Arkansas, por supuesto ¿no? Y entonces la hice, pero tenía razón: no es una novela policiaca, es un thriller, ¿verdad?


Tus lectores nos acabamos de llevar la muy grata sorpresa de ver aparecer el primer tomo de Bajo la sombra de la historia (2011), esta historia personal escrita por un lector universal, una historia extremadamente seria, cuidadosa, documentada del judaísmo y del Islam, que a la vez es un libro erudito. ¿Cómo tuviste la idea de hacer este libro del que faltan dos tomos por aparecer? ¿Cómo te documentaste? ¿Cómo fue esta segunda parte de la vida de Fernando del Paso ya no como novelista exactamente, sino como historiador y erudito?
Dije antes que Las mil y una noches fue un libro que me influyó en toda mi vida, porque nació para mí una gran curiosidad por el pretendido exotismo del Medio Oriente. Y hace diez años el bombardeo de las Torres Gemelas fue una especie de detonador de esta segunda vocación, aunque yo no me considero historiador, sino un simple testigo de mi siglo, de mi tiempo. Pero, como narro ahí, tuve una niñez privilegiada, con un tío húngaro, un tío checoslovaco, un tío británico que hablaban en la mesa, en la sobremesa, tanto de la Primera como de la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido recibí una educación cosmopolita, podemos decirlo así.
Me interesé siempre en las guerras, en la historia, quizá por la vocación de Francisco del Paso y Troncoso, mi tío bisabuelo. Pero sobre todo el Holocausto me impactó. Cuando yo tenía veintidós años y estaba yo recién casado, hicimos una cena y llegó un amigo alemán inmenso, nacido en México pero hijo de alemanes y abuelos alemanes, al que le daba mucha vergüenza el Holocausto y nos llevó a la casa un proyector y el documental Noche y niebla. Eso para mí fue una sorpresa espantosa, es decir, yo no sabía que había pasado aquello en el mundo, la posibilidad misma de esa clase de atrocidades, y desde entonces me interesé mucho en el judaísmo, aparte de que leía a Maimónides a los doce o trece años de edad, iba yo a las librerías que se consideraban de libros herméticos y leía muchas cosas esotéricas. Y de Maimónides, tú sabes, su principal libro ha sido traducido como Guía de los descarriados o como Guía de los perplejos. Yo prefiero la segunda porque yo me agregué al número de los perplejos. Al principio no entendí nada, pero tras vivir en Londres catorce años y vivir en París siete, donde el mundo musulmán se impone tanto, se acumuló todo ello para que yo escribiera este libro que no he terminado todavía. El segundo tomo está en la imprenta, estamos en proceso de revisión, y el tercero no lo acabo todavía, necesito como dos años más.


¿Qué podrías adelantarle al público? ¿Qué es lo que te angustió? Ya dijiste que el 11 de septiembre de 2001 de una manera directa, pero, ¿qué pretendes con este libro? ¿Qué es lo que quieres discutir?
En el segundo tomo hablo del esplendor de Bizancio y de la expansión del Islam durante los dos primeros siglos; después la conquista de España, el desembarco de los árabes en Gibraltar, la conquista de España, una parte de la conquista de Francia, de Sicilia, el Cid Campeador, la invasión de los almorávides, de los almohades, la expulsión de los moriscos de España… Luego viene un capítulo dedicado a las diversas sectas del Islam comenzando por la división más grande que es entre sunitas y chiitas… Luego la historia de la España musulmana y de la grandeza árabe. Y por último un capítulo puente que se titula “De las murallas de Jericó a los muros de Auschwitz” que sirve de puente para el tercer (tomo) sobre el Holocausto y el conflicto entre Israel y Palestina, que era con lo que yo comencé. Ante ese conflicto de Israel y Palestina me tuve que ir atrás, pues sabía muy poco, a los antecedentes y a los antecedentes de los antecedentes, hasta que, por un lado, legué al nacimiento de Mahoma y, por el otro, a Adán y Eva. Ya no podía irme más lejos.


¿La pintura ha sido una pasión paralela que ha acompañado a tus novelas? Cuando te leo pienso, siento que algo de lo que estoy leyendo tiene un reflejo en lo que tu pintas. ¿Nos puedes hablar de esa otra pasión de tu vida?
Primero dibujé antes de escribir y cuando escribí pues dibujé las letras. Cada letra es un dibujo en sí, ¿no? Soñaba con ser un gran pintor pero me frustré, jamás pude con el óleo y entonces me dediqué a escribir. Pero no considero mis dibujos como una afición o un hobby, sino como una vocación verdadera. Nunca he dejado de escribir para dibujar, pero muchas veces he dejado de dibujar para escribir, porque para mí escribir es mi vocación más importante. Ahora gozo, gozo mucho el dibujo, lo gozo enormemente, pero hace como diez años que no hago un solo dibujo porque estoy escribiendo este libro sobre las religiones que me tiene totalmente absorbido y absorto. Para mí el dibujo sigue siendo una expresión muy necesaria y creo que voy a seguir dibujando… En fin, ya me cansé, qué bueno que estás contento con la entrevista, Christopher, pues yo también lo estoy.

domingo, 12 de noviembre de 2017

La soledad del crítico

12/Noviembre/17
Confabulario
Yaneth Aguílar Sosa

Entrar al universo de Christopher Domínguez Michael (Ciudad de México, 1962) es perderse en los asuntos que tanto le apasionan: la literatura, la música, el cine. La amistad. La cultura. Y la política. Adentrarse en su pequeño estudio de Coyoacán, al sur de la capital mexicana, es entrometerse en la guarida íntima de un crítico que se la juega todos los días en el hipódromo de la literatura. “La importancia de un crítico no radica en apostarle al caballo ganador, sino en que vaya todos los días al hipódromo”, le he escuchado decir en más de una ocasión.
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Mientras miro de reojo las notas, cartas, apuntes y torres de libros sobre el escritorio, coronado por una lámpara, pienso en todos los elementos que hacen posible la alquimia de la crítica literaria o, como él prefiere llamarla, “la historia de la literatura”. Visitar su estudio es también fisgonear en su cocina, donde se prepara el café cada mañana antes de sentarse a leer y a escribir.
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Apenas se cruza la puerta de su estudio y la mirada se topa con libros y más libros. También con sus colecciones de discos. Encuentro notas prendidas con chinches en los marcos de las puertas, afiches, pelotas, lapiceras, pisapapeles, fotos, portarretratos, muñequitos de plástico, postales, carritos.
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El escritor pertenece a la estirpe de los que son considerados a veces jueces y a veces abogados de la literatura; a la de los que escriben mucho y, por lo mismo, se equivocan.
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“Un crítico literario es un escritor que escribe sobre literatura y que utiliza el mismo instrumento que los objetos de su crítica: las palabras”, afirma al tiempo que se balancea en la silla de cuero desde donde analiza y desmenuza. Tiene claro que la autoridad de un crítico se la dan los lectores, pero también su estilo y sus procedimientos creativos. Lo dijo en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, el pasado 3 de noviembre, y lo dice en entrevista a Confabulario.
¿Existe una tradición de crítica literaria en México?
Desde luego que la tenemos. Mi ingreso a El Colegio Nacional sólo es un capítulo más de esta tradición. En este Colegio estuvo un crítico literario que fue Antonio Castro Leal. Antes, desde luego, figuró Alfonso Reyes, que no fue propiamente un crítico literario dedicado a la literatura contemporánea, aunque escribió uno de los tres grandes tratados de poética que tiene la tradición mexicana: El deslinde, junto a El arco y la lira, de Octavio Paz, y Poética y profética, de Tomás Segovia. Si la crítica en México no ha estado a la altura de la crítica en el mundo anglosajón o de Francia, ello se debe a circunstancias un tanto ajenas a nosotros: fuimos parte del imperio español hasta 1821 y el siglo XVIII español es muy pobre. Ortega y Gasset decía que fue el menos español de los siglos; y en el siglo XIX batallamos muchísimo por crear lo que entonces se consideraba urgente, que era una literatura nacional. Pero luego llegan Altamirano y el modernismo. Claro que hay crítica en México.
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¿Tu interés está sólo en la crítica literaria rigurosa y enérgica?
Soy un escritor, escribo libros de crítica literaria, pero no sólo eso: también he escrito historia y biografía. Y los artículos que EL UNIVERSAL generosamente me publica, después de dejarlos dormir un tiempo, los retomo, arreglo y algunos de ellos se convierten en parte de mis libros. Un crítico literario, como un poeta, como un novelista, debe escribir libros que aspiren a ser iguales o mejores que los libros sobre los que habla, sean éstos poemas, novelas o cuentos. Un crítico es un escritor que escribe sobre literatura y que utiliza el mismo instrumento que los objetos de su crítica, que son las palabras.
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¿Qué tanto te interesa la reseña como género?
La reseña es la unidad básica, pero quien se queda haciendo reseñas pues se queda en lo básico. Hay desde luego, como dije en el discurso, grandes escritores que se hicieron famosos por las reseñas breves que escribieron, como fue el caso del joven Borges, que escribía reseñas literarias en una revista de cultura general, y hasta la fecha esas reseñas son obras maestras del arte de la crítica. Actualmente en las revistas literarias, sobre todo en las anglosajonas, hay novelistas, como la británica Zadie Smith, que escriben textos muy notables que no tienen otro objetivo que el de ser meras reseñas.
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A la hora de escribir, ¿eres más exigente de lo que te demanda el texto que desmenuzas?
Ése es mi propósito y eso es lo que yo quisiera que el lector viera. Desde luego que no siempre lo consigo porque es un trabajo que requiere de un gran esfuerzo: al mismo tiempo que hay que estar al tanto de la literatura contemporánea, hay también que tener en cuenta la tradición literaria. Hay que leer a los clásicos para volverlos a colocar en el mercado, para, dicho vulgarmente, volverlos a poner en la vitrina. Y que los lectores sepan por qué hay que leer a Rubén Darío o a cualquier novelista ruso del siglo XIX, lo mismo que a algún escritor olvidado de principios del siglo XX. El crítico literario, y ésa es una de las partes más sabrosas del oficio, se la pasa recuperando, buscando, escarbando, redescubriendo.
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¿Es la crítica un oficio o una profesión?
Para empezar es una vocación. En nuestro país y en otros de América Latina las carreras de los críticos suelen durar muy poco. Un escritor joven ejerce la crítica durante dos, tres, cuatro años, y en cuanto sale su primera novela, su primer libro de cuentos o su primer libro de poemas, abandona esa especie de antesala en la que se vio obligado a estar. Por eso son muy importantes los creadores que siguieron haciendo crítica, como Tomás Segovia, Juan García Ponce, Octavio Paz y Salvador Elizondo. ¿Por qué? Porque ellos demostraron que no les bastaba con su ficción o con el ejercicio de la poesía, sino que tenían necesidad de reflexionar concienzudamente a nivel teórico. Ante la desaparición del joven crítico que se convierte, para bien o para mal, en novelista o poeta —aunada a la obstinación de algunos personajes como yo—, siempre está la gran crítica que hacen los poetas y los novelistas.
Tal parece que Domínguez Michael es tan exigente cuando habla que cuando escribe. Abre paréntesis, pausas, que intimidan cuando conversas por primera vez con él, pero que comprendes cuando ocurre un nuevo encuentro. El autor de Octavio Paz en su siglo, Vida de fray Servando, del Diccionario crítico de la literatura mexicana 1955-2011 y de William Pescador, su única novela hasta el momento (publicada hace 20 años), recurre a ciertos silencios para enfatizar algo, y enseguida continuar con la reflexión o rematar alguna idea.
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Como si de seres vivientes se tratara, los demasiados libros que hay aquí cubren paredes y trepan a mesas y sillones. Alcanzo a ver que están en la recámara y, claro, sobre el escritorio donde cocina a fuego lento los textos que publica puntualmente en las páginas de EL UNIVERSAL.
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El estudio es un santuario para la lectura, presidido por las figuras tutelares que lo han acompañado a lo largo de 36 años de trayectoria: Octavio Paz, Jorge Luis Borges, George Steiner, Harold Bloom, Juan García Ponce, Alejandro Rossi, Teodoro González de León.
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Lo imagino colocando cada cajita, barco de papel, postal o fotografía. Lo veo encontrándole acomodo a sus afiches. También escribiendo en el redicido espacio de su escritorio que queda libre, donde libros como Who’s Who in the Bible o The new Princeton Encyclopedia of Poetry and Poetics, están allí para ser consultados.
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Domínguez Michael se siente cómodo cuando habla de los críticos literarios que lo inspiran y refrendan su compromiso con la escritura. Dice sentirse orgulloso de pertenecer al grupo de intelectuales en el que figuran Enrique Krauze y Gabriel Zaid, ahora también colegas suyos en El Colegio Nacional. Reitera que fue educado por feministas y por ello es un orgulloso hijo de su siglo. “Mi feminismo es el clásico, basado en la igualdad y no en la diferencia”.
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¿Crees en la igualdad, en el feminismo?
Lo he dicho muchas veces: no puede haber hombre o mujer decente en el mundo actual que no sea o aspire a ser feminista. Creo en la igualdad absoluta del hombre y la mujer ante la ley y, desde luego, en la creciente igualdad de oportunidades que se ha dado gradualmente en las democracias. Hoy, el feminismo es una de las grandes corrientes de la modernidad. No lo inventé yo, lo han dicho otros comentaristas: es acaso la única revolución del siglo XX que triunfó, lo cual no quiere decir que sus tareas hayan sido concluidas, pero el saldo que entregó el feminismo en el siglo XX es abrumadoramente bueno en comparación a otras revoluciones que se intentaron en aquella centuria. El feminismo, siendo una de las grandes corrientes de la modernidad, tiene muchas tendencias, y ha tenido un desarrollo sobre todo desde los últimos años del siglo pasado hasta ahora. Creo que no se puede expulsar a nadie del feminismo, pues sería como querer expulsar a alguien del mundo de Platón, del de Hegel o de Marx. Es un patrimonio común de la inteligencia, de la modernidad. No coincidir con ciertas versiones del feminismo es también un derecho que todos tenemos como ciudadanos: apostar por ésta o aquella opción política, o por ninguna. Yo lo he ejercido leyendo a casi todas nuestras escritoras y no podía ser de otra manera porque ésta es una literatura fundada por una mujer. Desde luego que cuando estaba Sor Juana Inés de la Cruz en este planeta, México no existía, pero su antecedente histórico es la Nueva España que la tuvo a ella como el principal escritor durante un periodo de 300 años. Luego, nuestro siglo XX está lleno de escritoras importantísimas: el arco que va de Laura Méndez de Cuenca, aquella fina poeta, hasta Rosario Castellanos. Hay un esfuerzo que la historia de la literatura no puede obviar y no ha obviado. Ya en la segunda mitad del siglo XX hay escritoras esenciales, no sólo Elena Garro, también Inés Arredondo, Josefina Vicens, Luisa Josefina Hernández, Esther Seligson. El grupo es muy amplio para no hablar de la enorme cantidad de escritoras que ahora escriben, contemporáneas nuestras.
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¿Cuestionar las posiciones más radicales del feminismo es un acto misógino?
No. Me remito a lo que escribí cuando las lamentabilísimas declaraciones de Marcelino Perelló: creo que no se puede ser más contundente en el rechazo a este desagradable episodio. Creo también que las instituciones tendrán que irse ajustando a esta equidad de género. De acuerdo a la normativa de El Colegio Nacional y cuando tenga la oportunidad, propondré a varias mujeres escritoras que, desde luego, merecen un lugar allí. Y estoy seguro que lo tendrán.
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¿Implica mucho trabajo ser miembro de El Colegio Nacional?
Desde luego. Estoy yendo a mis primeros días de clase y apenas estoy conociendo la dinámica, pero lo asumo como lo que es: una responsabilidad pública. Sueño, pero esto tengo que consultarlo y organizarlo, con responder, en el marco de El Colegio, muchas de las preguntas que se hace el público lector sobre qué es la crítica literaria. Será nueva la tarea de organizar a otros escritores para que colaboren con un mayor conocimiento de la crítica literaria; cómo funciona; cuáles son sus antecedentes; cuáles, sus grandezas y sus miserias; sus corrientes contemporáneas; los críticos actuales, más allá de si me gustan o no, de si estoy o no de acuerdo con ellos. Espero poder contribuir a que todo esto se difunda.
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Domínguez Michael ha dicho que su formación se debe no a la academia, sino a las revistas en las que ha colaborado, como Proceso, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, y, por supuesto, Vuelta, donde se incorporó al grupo de Octavio Paz, y Letras Libres.
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Se sabe un escritor solitario y al mismo tiempo gregario. Quizá por eso abundan en su estudio fotografías de personas. Están sus vivos, pero también sus muertos.
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¿Tienes figuras tutelares?
Sí, desde luego. Para mí la crítica es la permanente frecuentación de los críticos literarios del pasado o del presente que me apasionan, y a los que les pido consejo, por así decirlo, todo el tiempo. Desde los grandes críticos del siglo XIX hasta los que aún están vivos, y a los cuales leo y releo. Cuando acudo a George Steiner o a Harold Bloom, lo hago en busca de inspiración, de consuelo, de nuevas ideas. En cuanto a los jóvenes o de generaciones más cercanas, trato de ponerme en su tesitura. Sí, soy un crítico literario mexicano en lengua española, me siento muy contento de serlo, pero para mí la literatura es mundial y los críticos que son mis maestros, aunque a muchos de ellos nunca los haya visto en mi vida, son presencias cotidianas, están aquí, y todo el tiempo estoy recurriendo a ellos.
¿Es fácil la vida de un crítico?
Hay vidas muchísimo más difíciles que la de un crítico literario. La vida de un crítico literario es polémica. Al que no tenga el temperamento para la polémica, no le recomendaría la crítica literaria. Sin embargo, lo que uno recibe a cambio es muy satisfactorio: la amistad de los lectores, muchos de ellos desconocidos. Ahora gracias al mundo del internet uno se entera más sobre lo que piensan, para bien y para mal, los lectores, y uno también es más leído. Y, bueno, desde que era muy joven, de vez en cuando recibía cartas a la revista Proceso. Era muy satisfactorio. Inclusive cuando me regañaban los lectores, a veces con razón, era grato. Dentro del conjunto de la literatura —pensando en los novelistas, en los poetas, en los dramaturgos—, el crítico literario está más expuesto al desacuerdo, al disgusto, pero también a la autoridad que le conceden los lectores por el simple hecho de llevar muchos años escribiendo de literatura. Y eso me hace muy feliz.
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Dices que tu formación ocurrió lejos de los títulos académicos…
Hay estupendos críticos literarios que estuvieron y están en la universidad. Muchos de ellos son estos maestros de los que he hablado. Y habemos otra clase de críticos que nos hemos formado en la literatura, en las revistas literarias. Los lectores le dan la autoridad a un crítico. Si yo tengo alguna importancia es porque empecé a escribir a los 17 años y muy pronto me gané la confianza de ellos. Viniendo de otro mundo, no estrictamente del literario, me gané la confianza de los lectores de a pie. Estuve casi diez años escribiendo reseñas en Proceso, gracias a que a la gente le gustaban mis reseñas; finalizando mi periodo en Proceso fue cuando Enrique Krauze me invitó a Vuelta. Fue producto de mi trabajo previo en Proceso y en La Gaceta, que entré a Vuelta.
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¿Te causa problema pertenecer a un grupo de intelectuales?
Desde que yo empecé a escribir en Vuelta en 1987, y a aparecer en el directorio de lo que entonces era la mesa de redacción, en enero de 1989, siempre me he concebido como parte de un grupo. Hay escritores que les va mejor ir por la vida en soledad e independientemente, varios de ellos admirables, y hay otros, como es mi caso, que somos escritores gregarios. Yo desde muy al principio cuando se hablaba de las mafias dije: “los escritores, como todo el resto de las personas, tienden a agruparse con sus semejantes, con aquellos que nos son simpáticos o con aquellos que sentimos que nos van a hacer compañía, en este caso intelectual. Nunca lo he negado y me siento orgulloso de haber estado enVuelta. Ahora en El Colegio Nacional hay tres escritores que provienen de Vuelta: Gabriel Zaid, Enrique Krauze y un servidor. Es obvio que Enrique y yo tenemos una larga amistad y estoy con él en Letras Libres, junto con otros colegas, y eso va a seguir porque yo creo en las revistas literarias, pese a las amenazas y ventajas del mundo virtual.
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¿Tenemos los mexicanos la piel muy delgada ante la crítica?
En todas las latitudes la crítica siempre es incómoda, siempre es polémica, a ningún escritor del mundo le gusta que lo critiquen; lo que cambia es la calidad moral de la respuesta. Yo he tenido la fortuna de recibir de escritores que he criticado, respuestas muy duras, muy educadas y muy solidarias con mi oficio. Pongo un ejemplo: varias veces critiqué de manera enérgica libros de Vicente Leñero y lo que él hacía era mandarme cartas diciéndome: “te agradezco la crítica, tienes razón en esto, pero en esto no”. Era una verdadera conversación entre un escritor que entendía que la crítica era necesaria y que había que dialogar con el crítico. Ése es el mayor regalo que puede recibir un crítico, ese diálogo. No leemos lo mismo de Dostoievski a los 18 años que a los 40 o a los 60; ni nuestra lectura de El laberinto de la soledad es la misma a los 18 que a los 55. Si los grandes libros se van moviendo a lo largo de nuestra experiencia, cómo no se va a mover una opinión que dimos, con las exigencias que significa el periodismo. Por fortuna, en los ensayos y reseñas publicadas en la prensa, los críticos tenemos la oportunidad de retrabajarlas y publicarlas en libros. Ahí es donde entra lo que nos dijeron los lectores y autores. Por eso yo a los críticos jóvenes, que no son muchos por desgracia, les digo: “sí, está muy bien escribir en los suplementos, en las revistas y en los periódicos, pero tiene que llegar a los libros, porque es ahí donde vas a recoger la interlocución”.
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En ocasiones la reacción ante la crítica es visceral…
Eso es parte del oficio. Un crítico literario no es alguien que esté esperando que suene el teléfono y que el escritor de dé las gracias, eso no lo hacen ni siquiera aquéllos cuya obra uno examinó con entusiasmo. Uno no está esperando esas llamadas, las cuales son muy escasas. La mayoría de los escritores, cuando escribo sobre ellos, no me dicen nada, como debe de ser. Yo estoy haciendo un trabajo, que seguiré haciendo, y ellos hicieron el suyo.
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¿Tienes herederos?, ¿habrá un hijo literario de Christopher Domínguez Michael?
Eso está por verse. Es un misterio del futuro. No doy clases. No tengo discípulos. Soy una persona solitaria que forma parte de Letras Libres. Un crítico literario en ejercicio que ahora escribe en EL UNIVERSAL. Mi trabajo es, en efecto, un trabajo solitario. En ese sentido sí, para bien o para mal, soy muy distinto a un crítico académico que está formando generaciones de estudiantes, de alumnos y probablemente de críticos literario. Yo no. Si alguna aspiración dinástica tengo será que alguno de mis lectores, que yo no conozco, se convierta en un crítico literario. Pero ésa va a ser obra de la casualidad y no de mi voluntad.


sábado, 17 de junio de 2017

"Estamos oscuros por dentro"

17/Junio/2017
Laberinto
Mariana Bernárdez

Hace siete años Raúl Renán tuvo la generosidad de sostener conmigo una serie de conversaciones bajo la excusa de sus ochenta años. Varios ríos habían pasado bajo el puente y se nos volvió obligado retomar la conversación porque es la forma como el pensamiento y el cariño afirman su asidero. Me seguían sorprendiendo su bonhomía y sencillez. Diría que pocas personas tan bien cumplidas en su hallarse, cuestión lograda al ir abrevando la distancia entre su palabra y la realidad.

“Estoy en un momento donde se ha dado una especie de depuración de los sucesos que componen mi existencia, me he concentrado en lo que me ocupa, y en lo que considero útil y bello en el mundo; quiero fijarme en lo que es más puro. Resultado de esta decantación es observar las situaciones humanas con más sabiduría. Mi entendimiento es una expresión de esto y por eso busco aprovechar el tiempo aceptando que hay una necesaria desmemoria que me lleva de regreso a la infancia, a lo que considero mi origen, en el intento de responder algunas preguntas. La que ocupa mis horas es sobre por qué ocurrieron los hechos de tal manera y no de otra. Al ir tras mi infancia me he ido haciendo más yo mismo. La emoción me desborda. Soy más sensible. He afinado mi capacidad de percepción. Entiendo que todavía tengo cosas no resueltas”. 

¿La sabiduría te ha llevado a entender que hay nudos que están hechos para anudarse? ¿Esto genera una reverberación en tu escritura? 
Yo creo que sí, tendrías que ver lo último que he escrito sobre el “blanco activo”, tópico sugerido por mis alumnos y que me pareció excelente. Lo desarrollé a través de un poema[1] y están contentísimos porque es símbolo del taller que les impartí. 

¿Recuerdas que era un tema referido cuando discutíamos el verso de San Juan de la Cruz “Mi Amado las Montañas”, y aventurábamos que quizá el espacio del poema se daba en el blanco y no en la escritura? 
Ayer, al hacer una grabación, sorprendí a la gente al tratar tal cuestión. Siempre se escucha la idea de que como es un blanco hay un vacío, pero yo connoté que más que vacío es un contenido por sí mismo. El blanco activo y la experimentalidad en la poesía son conceptos que van más allá de lo que la gente cree. Se trata de otra cosa. Celebro que recuerdes nuestras discusiones. 

Hace siete años poética del relámpago fue la expresión que evidenció la brevedad como cohesión de sentido en tu poesía; también hablamos de la experimentación como un arrastre que permite el tránsito en la escritura. Confío en que sigas siendo un “muchacho” y que ese impulso te haya llevado a explorar la hondura del blanco. ¿Qué has encontrado en su espacio? 
Hay una fascinación por el blanco en tanto que es un contenido, lo que significa que es esencial, que es un sí mismo, una concentración de los sentidos y de la luz. Lo que se hace es girar en torno suyo por la natural insuficiencia del lenguaje para describirlo, porque no da de sí para explicarlo ni explicarnos. No hay más que forcejear con el idioma, exigirle un contenido mucho más profundo, una carga más aguda, pero ¿cómo se disloca su fundamento primario para que logre una equivalencia notable entre lo que se dice y aquello que se mienta con la palabra?

A mayor lenguaje, mayor estancia. Estamos más… Por un lado, las palabras nombran el mundo, pero a la par son faltas para hacerlo. Esa carencia que se debe a una fractura inicial permite irónicamente aproximarnos al mundo con el afán de entenderlo y, a la vez, conlleva la minimización del significado. Ahí es donde se le plantea al poeta el salto mortal, aunque curiosamente al poeta esto no se le da como una explicación, sino como algo que ocurre dentro de él, una forma de gratuidad. Tal vez el lector, ese otro que está tratando con lo que el poeta dice, comprenda de manera más precisa. El papel del poeta es escribir lo que se le ha dado ver. Lo escrito le lleva de forma secundaria a entender, a entenderse y, por ende, a explicar. 

¿Qué se esconde tras la pregunta de querer entender y tras él domar las palabras? 
Buscamos aclararnos porque estamos oscuros por dentro. No sabemos. No nos atrevemos a pensar en eso porque es casi la muerte. El lenguaje me permitió introducirme en el gran misterio del “blanco activo” y encontrarme. Diría que es cuando se revelan las cosas, y su adjetivo “activo” muestra la función específica de la blancura. Por eso me hubiera gustado estudiar más idiomas, porque la diversidad de palabras y las relaciones entre una lengua y otra me hubieran aclarado más. 

No creo que la muerte sea oscura. 
No te puedo contrariar. 

Creo que es una forma de claridad. Nadie ha regresado para contarnos lo que pasa. ¿Recuerdas el título de tu poemario Lámparas oscuras? ¿Hay alguna relación con lo que refieres sobre estar oscuros por dentro? 
En ese poemario le confiero a la oscuridad cuerpo físico y a la fisicidad de la voluntad de la emanación luminosa en pro del fenómeno de la poesía. La capacidad de nombrar la lleva a varias posibilidades, entre ellas la de generar una comprensión sobre su naturaleza. Escuchar lo que dice el cuerpo permite recapacitar y a través suyo alumbrarnos. Diría que hoy día hay mucha biología y poca filosofía. No hay la reflexión precisa sobre lo que nos preocupa. Aunque parezca difícil esto de lo que hablamos, es verdad, está a la vista. Si la gente dedicara una hora de su vida diaria a hablar sobre ello, tal vez vería que la muerte no es una oscuridad sino una claridad. “La noche duerme./ Dos lámparas oscuras/ queman mi lecho”.[2] 

¿Moramos el cuerpo porque moramos el lenguaje, hacemos del lenguaje morada? 
Aventuro que quizá por esto la conversación avanza y se enriquece en su fluir; en ello, el propio lenguaje se aclara y se muda. El poema se esconde, surge, emerge, es parte de la energía que se recoge cuando el alma sale del cuerpo. ¿Cómo llega uno a pensar en eso? ¿O le damos un uso a lo que somos? La energía cuando se muestra, nos educa, hay un aprendizaje elemental: no hay palabra plena. Suelo pensar con frecuencia en eso, y trato de mostrar el proceso que implica sostenerse en el filo: la insuficiencia congénita del lenguaje.

Resulta pues más lo que no se puede explicar. Entonces ¿para qué se escribe?, ¿hacia dónde, qué es lo que reverbera detrás de todo esto? Empecé escribiendo narrativa y no sé en qué momento brinque hacia la poesía. Al principio escribía poesía narrativa, ¿o una narración poética?, pero hay bastante trabajo crítico que documenta que lo que escribo es poesía. 

A lo largo de tu escritura hay una reflexión en torno al poema y al verso como línea, espada, flecha, arma que puede abrir las venas de la indignación. El verso hiende, saja… 
La hendidura es para siempre y se hace para aclarar, para revelar. El verso abre paso y esa idea rige la escritura de Pan de tribulaciones. El pan–verso es la vía que atraviesa la tribulación, es el machete que desbroza un camino blanco, un sacbé, un camino–línea que conduce a algo, traza un ascenso físico y emocional hacia una cumbre a la que se llega después de la muerte. 

Hablas poco del mar. 
El mar no está presente en mi infancia, y como era un niño pobre, jamás a alguien se le ocurrió llevarme. Cuando fui por primera vez ya era grandecito, 15 o 16 años, y no me causó gran impresión. En ese momento mi interés primordial se centraba en mi compromiso con la literatura. Las piedras se relacionan con ella de manera íntima. Hay varias versiones sobre lo que significan para mí hasta culminar en el poema “La piedra de las piedras”. Hay que considerar que Mérida era un pedregal, los caminos eran pedregosos, las piedras no tenían un color definido porque eran calizas, y el sol tenía una presencia contundente, al punto de calentarlas y pulverizarlas, piedras opacas cercanas a la cal blanca, y ahora escribo versos que andan tras el blanco. 

Hablemos de la relación “caligrafía-escritura”. Hay un doblez en el escribir–pintar. ¿La caligrafía como arte induce la meditación? Siempre te describen con papel y lápiz en la mano. 
El lápiz no es un arma ni es un instrumento, insisto, lo valioso es su contenido, en la dureza del grafito se concentra el mundo. La madera sirve de estuche y el negro porta consigo la escritura en potencia. Eso significó muchas cosas en mi vida. De niño llevaba un lápiz puntiagudo en la bolsa de la camisa, ¿para qué?, siempre estaba a la espera, creía que algo iba a acontecer dentro de mí y que tendría que escribirlo.

Desde los diez años lo sabía, era cuando trabajaba en una cordelería a pleno sol, le daba vueltas a una manivela para producir energía destinada a tejer el henequén. Estaba quemado por el sol y pelagroso. Eso causaba extrañeza entre las personas con las que trabajaba; y el lápiz, cierto temor porque lo veían como un arma.

Mi madre iba a cobrar mi trabajo el fin de semana, y le pidieron que me llamara la atención porque andaba con un arma afilada en la bolsita de la camisa; y me llamó: “Ay mi’jo pórtate bien, cómo es que llevas algo afilado contigo con lo cual puedas causar daño”. Sus palabras produjeron en mí un sentimiento de orgullo porque confirmé que el lápiz era un arma que habría de sacarme de ahí, y pensé: “Un día voy a escribir”.

Como he contado, mi madre me entregó a una familia de campesinos. Mi tutor era un poco más culto al punto que también cortaba el pelo. Nunca permitió que anduviera perdiendo el tiempo como muchos niños de la calle. Me tenía puesta una mesita en la parte de atrás del taller con papel y lápiz para que copiara las letras de algunos libros y aprendiera a dibujarlas. Eran letras Palmer, bien trazadas, con sus curvitas, como se escribía antes.

El lápiz era un símbolo de algo que me sería útil para ser alguien en la vida. Además, no era como la pluma de tinta que pedían en la escuela y con la que se te manchaba la ropa y las manos. El lápiz era limpio y me evitaba los castigos severísimos a los que estaba sujeto cuando me ensuciaba. Dos reflexiones sobre esto que cuento: la preocupación por la limpieza y lo innecesario de los castigos. A esta edad ciertas cosas que me han perseguido ya no pesan, aunque me quede el hábito.

El mito del lápiz me encanta, incluso colaboré en un libro convocado por José Luis Cuevas; caso extrañísimo porque no lo conocía de ninguna otra ocasión. Obedeció tal invitación porque pocos lo celebran tanto como yo.Supongo que hay una especie de destino. De niño me ponían a copiar las letras, lo cual quiere decir que eso me conduciría a alguna cosa; curioso es que quien me lo ordenaba era una persona que no escribía nada; si acaso, leía despacito el periódico. Tiene gracia eso, lo cierto es que me dio lo que él no tuvo y mi tez blanca me permitió hacer amigos entre la gente rica. Recuerdo que siendo ya de edad uno me increpó despectivamente “Tú, ¿de qué hablas? Si ni siquiera sabes comer”. Me sorprendió, era verdad, no sabía tomar los cubiertos y hacía ruidos al deglutir. En la vida eso no tiene tanta importancia porque es algo que se aprende sin gran dificultad. Te lo comento porque quiero enfatizar el hecho de que la vida es un constante aprendizaje y la curiosidad por aprender me llevó incluso a alterar el lenguaje porque no me satisfacían ciertas palabras y quería hacerlas distintas. Continúo en el empeño y trato de domesticarlo para que diga más. Trato de domar la palabra, de corregirla aunque ello altere ciertas leyes. Diría no blancura sino blanquitud. Lograr mayor distancia, mayor horizonte, mayor vislumbre.



"Un poema es una entidad porque en él resuelves una circunstancia vital. Cuando me extravío, la poesía es el camino de regreso, me hace encontrarme no solo en mi duda sino en el quehacer literario, porque hay agotamiento y repeticiones que afectan la obra.

Diría que el poema viene a mí, yo no lo busco, y es la manera en cómo se define el poeta. Si lo buscas no se da en su claridad. De esa situación surge mi condición de poeta experimental, y eso me ha llevado a tensar el lenguaje cada vez más, porque comprendo, a la par, cada vez más, su naturaleza. Cada día que pasa, estoy más en la carnadura del silencio." 
RR

Blanco activo 

Voy a callarme,
hablar en blanco
para expresar
con mayor representación
visual
mi silencio.
Las comas 
            los puntos aparte 
                        las respuestas
                                  obligadas 
                                               por las letras mayores.

Los gestos
que remedan
el vacío
espacial
que de por sí
crean concomitantes
en una tonalidad pura,
expresiva como un signo
permanente a lo largo
del paso visual
del lenguaje escrito.

Esos blancos
tan necesarios
en la alternancia
del habla
comunicativa
que da ritmo
y musicalidad
armónica y sensata
a la expresión
oculta.

El charco tranquilo
lo refleja espejeante
para leerlo sin prejuicios.



[1] Se reproduce al final de la entrevista. 
[2] De “Lámparas oscuras”, en Poesía completa, tomo uno, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes e Instituto de Cultura de Yucatán, Yucatán, 2011, p.39.