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sábado, 10 de junio de 2017

Los motivos de Moho Los tiempos salvajes

10/Junio/2017
El Cultural
Guillermo Fadanelli

En 1918, Tristan Tzara escribió el manifiesto de la revista Dada, en Zurich. De esa forma le declaraba la guerra al significado de toda expresión lógica, a la política del sentido y a quien deseara iluminar al prójimo con su verdad o su conocimiento. En los escritos de Tzara se imponía el juego y el desencanto filosófico por encima de la ironía o de la vanguardia histórica. El suicidio y la pantomima verbal fueron sus instrumentos de presentación y batalla. En tal manifiesto se puede leer lo siguiente: “Yo hablo de mí porque no quiero convencer. No quiero arrastrar a nadie a mi río. Yo no obligo a nadie a que me siga”. “No estoy a favor ni en contra y no deseo explicar a nadie por qué detesto el sentido común.” Estas palabras, fuente y espejo de una actitud, florecían un año antes de la primera gran guerra en el mundo, y si uno tuviera que comprenderlas tendría que recurrir, en algún momento, a las ideas de solipsismo, al arte ensimismado o a la vocación y amor por la paradoja y el autoexilio y abandono de la comunidad política y lingüística. ¿Un inútil berrinche metafísico? ¿Exabruptos y agónicos estertores de la corriente romántica del siglo anterior? Es posible que algunos lo hayan comprendido de esta forma y hayan preferido dar vuelta a la página demasiado aprisa; sin embargo, el movimiento y ánimo al que dio lugar una posición marginal de esta naturaleza podría comprenderse también como una asonada filosófica, escéptica y artística. Es común sumar el movimiento dadaísta a las vanguardias que florecieron a principios del siglo xx (una butaca más en el escenario que albergó el surrealismo, el futurismo, el expresionismo, etcétera), pero estoy seguro de que aquél pertenecía a una naturaleza de orden distinto: la disgregación del ser humano como centro de la historia y como transmisor de progreso y conocimiento unidireccional. Se imponía en el movimiento Dadá el juego y la burla nihilista por encima de la metáfora abiertamente lírica o constructiva y del arte liberador: rebelarse ante la rebeldía. No obstante el desbocamiento de los ideales estéticos, Dadá fue constructivo en el sentido más amplio de la palabra: reconocimiento de los límites de nuestra razón y de nuestra palabra: explosión original y expansión y diseminación de la materia artística y humana.
“Lo auténtico sigue siendo raro y el arte pide a gritos la vida”, atina a decir Peter Sloterdijk cuando contempla la insolencia y el cinismo como formas de supervivencia en épocas de crisis. Sócrates se entendía bien con los sofistas y escépticos porque, en esencia, los unía el diálogo, la confrontación del argumento y, por más que sus oponentes fueran versados en la aporía o en el discurrir absurdo, se entretenían en el arte de la retórica, la palabra y la especulación de las ideas. Podían discutir de manera opípara durante largas sesiones y al final la gimnasia del pensar se imponía como sustancia, horizonte y nueva vitalidad. El entendimiento se fraguaba y todos salían robustecidos de su charla y confrontación. En cambio, Diógenes no aceptaba las reglas del juego y su miseria argumental. Sus acciones célebres, escandalosas y su felicidad abierta, animal y en apariencia invencible lo colocaban en un estadio fuera del alcance de la filosofía organizada, del diálogo que buscaba la verdad y de la sabiduría comerciable. En Crítica de la razón cínica (Ediciones Siruela, 2003) Sloterdijk acentúa el hecho de que Diógenes inauguró el diálogo no platónico y la dialéctica de la desinhibición. Y dentro de una atmósfera de similar animación veinticinco siglos después, nace el movimiento Dadá, empujado al exterior y a la vagancia periférica por su desconfianza hacia la comunidad y su repugnancia por el valor humano proveniente del poder y de la lógica. La lógica es superficial y no funciona en terrenos donde la vida se concentra, bulle y explota. Dadá encuentra un nido entre la Viena intelectual y esplendorosa de finales del siglo xix y el antecedente de las guerras más crueles de la historia; la sofisticación filosófica de una no pudo evitar la barbarie y el brutal genocidio de las otras.
El antiguo cinismo griego de un Diógenes y el dadaísmo moderno poseían una consistencia material y energética, química y en constante movimiento pese a que esa agitación constante llegara a ser parodiada por los mismos dadaístas desde la inmovilidad política o el sarcasmo. Si una actitud así no logra ser comprendida es, me imagino, que la anemia sensorial ha llegado a límites de enfermedad crónica y el ser humano no tiene ya por qué mencionar siquiera la palabra arte. En 1988 cuando un grupo de amigos fundamos una publicación de inspiración cínica y dadaísta poseíamos ese impulso acaso inexplicable, pero genuino y que pedía a gritos ser llevado a cabo.
No es de mi interés confeccionar una historia biográfica, o un mito, para esparcir en el presente (empeñarse en dejar huella es en sí ya algo que se opone al más frugal sentimiento de pudor), sino bosquejar las fuerzas que dieron lugar a que un grupo de jóvenes se decantaran por el suicidio estético y la desconfianza a priori de toda actividad humana que aspirara a valer o a trascender. “Fuera de nosotros todo es marginal”, escribimos en un manifiesto publicado en 1989 en el suplemento Sábado, del periódico Unomásuno. Lo firmábamos Naief Yehya y yo, pero tras la rúbrica había una breve historia, accidental y azarosa, como lo son todas las historias que no son determinadas ni consecuencia de un proceso intelectual definido. Los pioneros de esta manifestación éramos alumnos de la Facultad de Ingeniería de la unam y algunos de nosotros, antes de dar vida a la revista Moho, habíamos realizado ya —y difundido en los muros del edificio principal— un periódico mural que llevaba por nombre “La Nueva Edad Media”. El propósito de este periódico era de sobra comprensible: una oposición al pensar determinista y a la técnica brutal como finalidad en el quehacer humano; por otra parte, nos enfrentábamos a toda filosofía positivista que valorara la ciencia física per se y las leyes de la naturaleza por encima del bienestar social y económico del ser humano, al mismo tiempo que poníamos énfasis en llevar a cabo la sencilla y cada vez más lejana acción de pensar por uno mismo. Nos negábamos a ocupar solamente un cómodo asiento universitario con el propósito de ser adoctrinados o amansados.
Había ya en este primer intento literario una desazón primigenia, consecuencia del “inconveniente de haber nacido” y de que “el infierno son los otros”. Las lecturas que hicimos entonces de escritores disruptivos de toda clase nos fortalecieron: Iván Ilich; E. M. Cioran; Albert Camus; Herbert Marcuse; Theodor Adorno; Michel Foucault; Jean Baudrillard; Juan José Gurrola y una cauda de filósofos y pensadores y artistas rebeldes, existencialistas, inubicables y románticos afirmaron la tierra por la que insistimos en transitar a contracorriente, rodeados de ingenieros montaraces y también expuestos al descrédito de la cultura rural y académica. Rafael Argullol tiene razón y sentido cuando puntualiza que es un error o una distorsión aceptada ligar el romanticismo o movimiento romántico sólo con el pasado o con determinada época histórica:
En la insuperable combinación de desencanto y energía, de destrucción y de innovación, de patetismo y heroicidad, en la profunda percepción de lo limitado de la condición humana y en el imposible titanismo hacia lo infinito se puede reconocer que el movimiento romántico es la auténtica raíz de todo el pensamiento trágico moderno. (El héroe y el único, Acantilado, 2008).
Eran los comienzos de la revista Moho y ya desde entonces nos interesaba más la tragedia creativa de la enfermedad que la ambigua y siempre desleal seguridad de la salud. Era explícito en nuestra actitud el rechazo hacia conceptos como contracultura o arte contestatario, pues ceder a estas definiciones hubiera supuesto poner en marcha un diálogo al cual renunciábamos de antemano los más radicales, fundamentalmente quien esto escribe: me parecía evidente que confiar en la argumentación, en la tradición organizada por párrocos de escuela, en la rebeldía juvenil o en cualquier clase de revolución sostenida en principios era un desatino o un desaguisado. El prejuicio contra Sócrates se acrecentaba, para bien o para mal.
Comenzábamos, decepcionados de la aberrante y malsana relación entre el ser humano y el bien común, entre la palabra y el diálogo, entre la técnica y la ética, a declararle la guerra al “todo”. El desencanto era palpable, pero no la angustia existencialista ni la amargura de la caída o de la podredumbre social. En cambio, el comentario delirante e impredecible; la fiesta de los cadáveres, la risa absurda; la mofa dirigida a los predicadores del bien social, a los portadores de la estructura futurista, y el continuo acudir a la bofetada estética, se avenían más al propósito de la publicación. El póster central que iluminaba nuestro primer número era nada menos que la frase: “Pienso ergo me rasco el culo”. Y que Descartes nos perdone.
Dos hechos fueron determinantes en mi vida de estudiante y como fundador de la revista Moho. Uno de ellos fue la temporada que pasé en Madrid a mitad de los años ochenta durante el final del periodo que se conoció como La movida española, y que no fue otra cosa que la algarabía urbana y artística consecuencia de la muerte del dictador Franco y expresada en manifestaciones de liberación, exotismo y creatividad. Mi cercanía con los diseñadores de la revista Madrid Me Mata y el conocimiento de otras publicaciones españolas como El Canto de la Tripulación, La Luna de Madrid, Ajo Blanco o más tarde Monográfico, más mi amistad y proximidad con varios artistas de la escena predominante en Madrid (Paco Clavel, Ana Juan, Víctor Coyote y Manolo Campoamor) me llevaron a tomar seriamente la posibilidad de crear una revista. Mi experiencia más importante, sin embargo, se dio en la universidad no solamente porque allí conocí a mis cómplices en la aventura que habríamos de comenzar en la revista Moho (Julio García; Jahaciel García Venegas; Gerardo Marentes; Naief Yehya, Yolanda Martínez, Mario Miranda; Felipe Lara; Pedro Guerrero y varios más), sino porque después de participar en un movimiento estudiantil en contra de la política de la rectoría (octubre de 1986) concluimos que nuestro lugar se hallaba fuera de las curules o de la política organizada. La vida era cruel, breve, desagradable e idiota y no estábamos dispuestos —al menos no lo estaba yo— a desperdiciar energía en otra inane y retórica andanada socialista que habría de terminar en un círculo vicioso y en la perorata interminable de resurrección civil, humana y económica que no podría llevarse a cabo sin antes quebrantar y poner en duda las certezas acerca del bien divulgadas desde el poder, allende de hacer la imposible —mas necesaria— crítica de la condición humana. En vez de luchar contra los depredadores de la convivencia civil nos burlamos de ellos: soldados sin uniforme, crápulas y herederos de Diógenes preferimos un poco de luz y buen sol momentáneos a la iluminación de la acción revolucionaria.
Es de esperarse que una actitud semejante causara recelo y curiosidad en el medio literario y en las vanguardias artísticas que —desde nuestros ojos— continuaban una tradición muerta o al menos poco creativa. Los suicidios siempre son bienvenidos, por más que uno pueda tener opiniones morales al respecto: el suicidio anima la vida y arenga a la especulación ética. En el diálogo Protágoras o de los sofistas, el sabio Hipias le sugiere a Sócrates que no se apegue demasiado ni rigurosamente al diálogo, pues si Protágoras —su oponente dialéctico— no suelta prenda o no abre el camino a la discusión entonces deberá darle alguna libertad o aliciente para no aburrir a los demás y hacer de la conversación algo agradable. La rigidez de la argumentación pesa tanto como la mala retórica, y en nuestra publicación no sólo dábamos libertad y abríamos puertas a la imaginación sin rienda, sino que también descreíamos de toda postura fundadora. Quiero acentuar que el relato que hago ahora de la actitud disruptiva o cínica que cundía en los primeros tiempos de Moho es una historia personal y cada quien tiene derecho a tejer su propia mitología y a desperdiciar su entusiasmo en la construcción del pasado. Naief Yehya abandonó la revista con un grupo de fundadores en el tercer número de existencia, mas el yo empecinado que me envolvía por aquel entonces —acompañado por Yolanda Martínez Guadarrama quien hizo que la publicación sobreviviera y se difundiera— continuó con la labor que en la revista duró hasta el 2006 y que aún sobrevive en la editorial del mismo nombre. Nuestra revista carecía de un organigrama común y, sobre todo, renunciaba a tener relación con el calendario. En un principio, los colaboradores no firmaban sus escritos o creaciones pues habría sido un despropósito adjudicarse la autoría de un relato cuando habíamos renunciado a dejar huella en la literatura y practicábamos el menosprecio hacia el cacareado talento del autor y de sus ideas. Hacíamos reseñas de películas que no existían e inventábamos corrientes vanguardistas que no tenían lugar en la realidad: mentíamos para poner al arte de nuestro lado. El arte nunca es honesto; miente y destruye; abre puertas hacia el vacío y no se solaza entre las flores (tal era nuestra creencia). Apenas alguien se pronunciaba por alguna clase de verdad que pudiera ser verificable pasaba a formar parte de un circo rechazado de antemano. Y no obstante tal radicalismo vital, el tiempo desvaneció en algo aquella gresca juvenil e insensata y después de un tiempo tomamos la decisión de que cada escritor o artista hiciera lo que deseara con su espacio, a condición de no volver fatuo o desagradable el continuo manifiesto en aras del desencanto febril y del entusiasmo por la enfermedad y la acción inexplicable. Las palabras del famoso Manifiesto de Antonin Artaud resonaban a nuestro alrededor: “Escribir es impedir al espíritu moverse en medio de las formas como una vasta respiración”. En lo personal me seducía la escritura espontánea, muerta en sus pretensiones, pero sustancial e impredecible: la sonrisa de un condenado a muerte. Hay que descreer de lo que uno hace hasta el punto de tornarlo insoportable, una carga que, asumida, representa también una liberación.
Situar a un hombre, a sus palabras y a sus acciones dentro de una circunstancia histórica o intelectual supone anhelar su dominio, y tal ejercicio sirve para el engrosamiento de las tradiciones, el amansamiento espiritual y el lento aprendizaje. Hay que hacerlo, pero no sin antes apropiarse de la desconfianza que acompaña a todo esfuerzo del entendimiento.
Las corrientes de pensamiento gnóstico, los goliardos medievales, las sectas románticas de toda clase hasta la acción de las vanguardias modernas han empedrado el camino del romanticismo y del conocimiento íntimo de la vida como pulsión, sufrimiento y destino. Las influencias venidas desde una tradición son trazos ilusorios que apenas si bosquejan lo que uno es y no es. Los antecedentes no son suficientes para explicar el fenómeno que nace de una nada que se presiente misteriosa y absoluta (¿de qué fallido principio proviene el ser humano?).
Cuando la revista Moho apareció, en diciembre de 1988, otras publicaciones, si no similares sí fraternales, habían ya tenido lugar en México algunos años atrás: El Corno Emplumado, La Piedra Rodante (que publicó a los escritores englobados en la llamada Generación de La Onda) y La Regla Rota se inclinaban hacia una crónica de la cultura y del arte más abierta y heterogénea, más rebelde y sensible a lo que damos en llamar la experiencia cotidiana y la vivencia personal. (En Verdad y método, H. G. Gadamer enfatizó el hecho de que la vivencia es conciencia y unidad de la vida como un todo que puede advertirse en la experiencia inmediata. “Para la estética —escribió Gadamer— esto tiene como consecuencia que el llamado arte vivencial aparezca como el arte auténtico”). Las revistas mencionadas líneas atrás llevaron a cabo la celebración difundida de un presente hedonista y ratificado por una narrativa urbana y polimorfa, gráfica y a contracorriente que después se transformó en el nutrido alud de otras publicaciones. No es éste el espacio para narrar con minucia la vocación de todas ellas, pero entre tantas revistas y fanzines aparecidos en las dos últimas décadas del siglo xx recuerdo ahora La Guillotina, A Sangre Fría, La Línea Quebrada, La Pusmoderna, El Gallito Inglés, Fakir, Complot, Galimatías, Golem, Generación (aún en circulación), y un etcétera ambicioso e inmenso.
Como última parte de este breve recuento de actitudes y accidentes estéticos concernientes a la revista Moho y a la editorial del mismo nombre que todavía pervive, quisiera hacer notar su especificidad y su diferencia con otras publicaciones que podrían pasar como sus similares o análogas. En primer lugar se revelaba en la forma y el contenido de sus primeras páginas una duda permanente hacia aquellos que podrían describirse como los fundamentos de orden trascendental, tanto estéticos como científicos (en su expresión de método verificable); un relativismo congénito y una tendencia al desgarbo y a la impudicia; la desconfianza absoluta sobre los avances de una humanidad que sólo aparecían realizados en discursos manidos y fatuos, interesados y parciales; el ejercicio de un constante monólogo soportado en la creencia de que todo diálogo es juego programado y sin salida; y también la conciencia de que la urbe y el cuerpo se hallaban fatalmente entrelazados y de que una liberación sólo podía darse en los terrenos del juego sexual, paradójico e impertinente. La teoría u opinión de Michel Onfray (Tratado de ateología, Anagrama, 2005) de que dios aún vive y de que la declaración de las muertes —ficticias— de la novela, las ideologías o el arte sólo ayuda a respaldar y estimular al arte mismo, me parece un tanto cándida y esperada, pero plausible en la actualidad. Nos declaramos muertos para no morir. ¿O qué otra cosa es la escritura, o la expresión artística, sino prueba de que queremos estar y relacionarnos con el mundo incluso a costa del desfallecimiento? El soliloquio es también una conversación, aunque ésta dé la impresión de vacío significativo. El exilio o el abandono de la escritura en cualquiera de sus sentidos sólo es silencio real cuando este silencio no se escucha ni se propaga; de lo contrario es expresión humana y, por tanto, contradictoria.
Toda renuncia es renuncia de algo y los hilos que nos ligan a ese algo no son cuestionables. Publicar una revista o mantener una editorial es un acto esencialmente afirmativo aunque grite públicamente su renuncia y su rebeldía. Y, sin embargo, no tenemos que pedir el aplauso de aquellos a quienes despreciamos o de quienes nos valemos para morir y ser distintos. Al final la soledad encontrará a sus propias y más estimables víctimas. Uno de los estribillos que acostumbramos, desde el principio, repetir en Moho a manera de epitafio o aforismo ha sido: “Salud para los enfermos; virus para la gente sana”. Es una sentencia romántica que probablemente se remonta literalmente a Goethe, pero en este caso la frase no hace justicia a la alteridad artística y a la renuncia a definirse y a volverse objeto de museo o biblioteca.
Resultaría una tarea agotadora mencionar a todos aquellos que colaboraron de cualquier forma y dieron lugar a la revista Moho durante casi dieciocho años (Guadamur, Eduardo Salgado, Jesús Pacheco, Wenceslao Bruciaga, Felipe Lara, Daniel Guzmán, Rafa Saavedra, Alejandra Maldonado, José Ángel Balmori, Jorge Flores, Las Ultrasónicas, Constanza Rojas, René Velázquez, Amandititita y decenas de artistas de toda índole y tesitura); y que en el caso de algunos continúan publicando en la editorial. La intención de esta breve crónica de motivos ha sido hurgar someramente en el sentido de una actitud dadaísta y cínica que, sin embargo, se entrometió en los terrenos de la literatura y de la filosofía, del arte gráfico y de la divulgación de expresiones periféricas, subterráneas y efímeras (algunas perduraron pese a que Dios había muerto).
Contra lo que pudiera pensarse, México fue durante los últimos treinta años cuna y realidad para cientos de fanzines y revistas que asumieron el papel de marchar a contracorriente de la ética aceptada o impuesta. Yo conocí a casi todos los editores y a los actores de la que podríamos llamar escena subterránea. Todos ellos me ayudaron a torcer el camino y agradezco su infamia. Espero haberlos retribuido. Cuando Krista Fleischmann en una ya célebre entrevista, le preguntó ingenua y toscamente a Thomas Bernhard: “A menudo le reprochan su actitud negativa hacia la vida. ¿Es cierto? ¿Es usted una persona negativa?”, el escritor amargo, pútrido y lleno de muerte y vida le respondió:
Es muy cómodo señalar y decir “Ése es un necio”. Y durante toda la vida será un necio y así será calificado hasta que muere. Y yo seré probablemente durante toda mi vida el escritor negativo. Pero tengo que decir que me siento muy bien en ese papel, porque no me irrita en absoluto.
Bernhard confiaba en su negatividad constructiva y le importaba poco la crítica a su persona; al final de cuentas los juicios sobre uno mismo son una suma de malentendidos, difamaciones, murmullos e imaginación aberrante. Y que venga la tumba.

viernes, 2 de enero de 2015

La firma

Enero/2014
Nexos
Guillermo Fadanelli

El autor de un libro es quien lo escribió. Parece difícil dudar de esta aseveración, pero mirada más de cerca, y bien sopesada, tal afirmación ya no resulta tan clara. Si soy yo quien se dedica a la investigación acerca de un tema y a través de la imaginación y el lenguaje escribo un libro en determinado tiempo que se supone es mío —tiempo que me consume—, entonces puedo asegurar, sin lugar a ambigüedades, que yo escribí ese libro. Por ello es natural que el autor firme sus libros con su nombre y el lector crea que los libros pertenecen o, más bien, que fueron creados por una sola persona. Yo no considero que las cosas sean tan sencillas y me inclino a pensar que el hecho de escribir un libro no me convierte de inmediato en “el autor”. Lo soy para efectos prácticos y demás asuntos ordinarios, pero no creo ser de ninguna manera el total autor —por llamarlo así— del libro. A raíz de esta certeza el pudor hace mella en mí cuando alguien me pide que le firme o autografíe una novela o cualquier ejemplar de un libro que yo escribí. El sentido del ridículo aparece abrumador y una risa socarrona avanza y me acompaña al patíbulo. Sería exagerado decir que sufro a la hora de firmar libros. Me divierto, me aburro o me canso; mas no me resisto, ya que, fuera de cualquier especulación al respecto, tengo determinadas obligaciones formales que no cuestiono. Hay que desempeñar un papel, y todavía más cuando un lector así lo exige. Es absolutamente necesario desempeñar un papel para que la farsa continúe teniendo lugar. De lo contrario la tradición carecería de sentido y el caos sobrevendría.
George Steiner sospechaba que Céline perdió la cordura cuando comenzó a confundir las palabras con la realidad. Cuando el alud verbal que emanaba de su imaginación lo sepultó y ya no tuvo la capacidad de comprender las consecuencias de vivir en un mundo concreto. Entonces se internó en un mundo hecho de palabras que se encabalgaban unas a otras sin atender a ningún orden moral. Y quizás tampoco a ningún orden referencial o lógico. Escribe Steiner: “Si las novelas de Céline no tienen un final cerrado, no se debe solamente a que son autobiográficas, sino también a que el torrente del lenguaje posee un dinamismo autónomo, una extraña vida interior mucho más fuerte”. Comprendo a qué lugar nos lleva Steiner en su afán de salvar del completo descrédito a Céline: si uno quiere sanear sus insufribles bravatas políticas lo más conveniente es convertirlo en un escritor irresponsable, casi autista e inválido. ¿A dónde voy con esta cita en apariencia sacada de la manga? Me dirijo hacia una conclusión que se da o proviene simplemente de sumar dos más dos: cuando cierta clase de escritores firma ejemplares de sus libros lo que está haciendo es continuar la escritura del libro interminable que lleva dentro de la cabeza. Ha dejado ya de reconocer el lugar de la pausa; y las fronteras que caben o son necesarias entre una historia y otra han sido eliminadas. Un lienzo de Jackson Pollock se impone como su virtual horizonte: un trasiego impersonal y desbocado.
Comenzó a sucederme la historia anterior ya hace casi una década a la hora en que la conciencia se quedaba dormida y resultaba incapaz de contener el torrente verbal que venía a mi cabeza. Cada vez que un lector me pedía una firma tomaba yo ese pretexto para continuar escribiendo. Añadía un párrafo más al libro, una apostilla, una aclaración no deseada. Le hacía alguna pregunta al lector acerca de su vida personal o de sus hábitos literarios, y a partir de ahí elucubraba una breve historia que, carente de pudor, estampaba en la portadilla de su ejemplar. ¿Era esto una enfermedad? La mirada incrédula o atónita de mi lector me avisaba o daba indicios de mi acto abusivo. ¿Por qué continuaba rayando ese libro como si me perteneciera de forma absoluta? Años después, cuando el afán de escribir largas dedicatorias declinó y me percaté de mi incontinencia, comencé a elaborar una estrategia sanadora. Firmaría la misma frase en todos los ejemplares de un título y ello significaría un punto final, un hasta aquí, una pausa prudente a la verborrea inútil que se presentaba aun cuando el libro ya había sido escrito. Lo hice y no me arrepiento. Estas dedicatorias, realizadas casi de forma automática, edifican una frontera imaginaria en el océano verbal que supone toda lengua compleja. Lodo, una novela que escribí hace más de una década, es el ejemplo más claro de mi estrategia salvadora. Cuando un lector pone frente a mí un ejemplar de este libro y me pide una dedicatoria, escribo sin más variaciones la siguiente oración: “Un poco de lodo nos hará libres”. Y así.

domingo, 28 de diciembre de 2014

El porvenir es cosa nuestra

28/Diciembre/2014
Confabulario
Guillermo Fadanelli

Estuve cerca de Huberto Batis en el suplemento sábado del periódico unomásuno, como colaborador y también como espía en su oficina, intruso o admirador de su oficio de editor. Me tocó presenciar tormentas de toda clase, exabruptos, risas y gozar de largas conversaciones con él. Algunas veces, cuando Batis terminaba su labor en el periódico, me acercaba en su automóvil a mi departamento próximo al metro Ermita. En el camino continuábamos charlando. Y, según yo, creo que nos hicimos amigos en ese entonces. Dije “espía” y lo sostengo: el aprendizaje es también un espionaje y yo ponía meticulosa atención en todos sus actos y palabras. Me informaba acerca de la experiencia vivida con el editor más temido, erudito, intratable y perspicaz que existió en el México de los años noventa, justamente durante la década de mi (de)formación, un mucho tardía y extemporánea. Batis me educó vía la conversación y el relato de anécdotas en apariencia meramente sociales o personales. Era una de sus mayores virtudes: hacer llegar el caballo de Troya a la fortaleza de la ignorancia juvenil de manera sencilla, lúdica y paciente. No se permitía la pedantería ni el adoctrinamiento, y a la manera socrática te llevaba a esforzarte y pensar más allá de tus prejuicios salvajes. Yo no me daba cuenta cabal de su guía, de su inagotable recorrido en los campos de la cultura literaria y filosófica, ni de su capacidad para construirse a sí mismo en el espejo y la atención del otro.

Batis fue animador de buenos conversadores y creador de escritores con el propósito implícito de no estar solo. En la oficina donde cuidaba de sábado, la puerta nunca estuvo cerrada y, a manera de montaje, su secretaria Aída le anunciaba la llegada de los colaboradores más formales. Los amigos y otros confianzudos se colaban y se atenían a su suerte. Podían ser lanzados fuera de la oficina en un santiamén, o quedarse horas dentro charlando con Huberto. Si la visitante era una mujer bella no tenía que preocuparse: Batis le entregaba las llaves de suplemento, del periódico y de la ciudad (y además le tomaba fotografías).

Hacer el recuento de anécdotas, obras, acciones, fábulas y personalidades a las que Batis dio vida no es posible; al menos para mí. Prefiero no jalar de ese hilo porque una montaña se me viene encima. Una acertada analogía de su curiosidad y quehacer mítico e intelectual sería el Árbol de Porfirio: sus ramificaciones y vasos comunicantes no agotan el mundo, más bien lo dibujan, sugieren, y crean otra vez en toda su complejidad e infinitud. Allí están sus numerosos libros como prueba de mi afirmación. Ahora me detengo brevemente en uno de ellos que apenas si es conocido: Ni edad dorada ni apocalipsis. Aquí se reúne parte de su obra alrededor de temas científicos y literarios de gran envergadura: relaciones entre mente y cerebro; especulaciones sobre la ecología y la libertad; la literatura y las drogas; la civilización y la medicina. Batis reflexiona él mismo y expone las preocupaciones intelectuales de muy diversos pensadores a partir de breves piezas literarias que se crearon en el ir y venir de sus tantas lecturas. Allí, por ejemplo, Huberto da cuenta de la obra de Denis de Rougemont, El porvenir es cosa nuestra (una llamada de atención pública ante la inminencia del desastre ecológico); y comenta con erudición y largueza el libro The Natural History of the Mind, de G. R. Taylor. Preocupaciones actuales y latentes de las que Batis se ocupó en sus escritos hace ya varias décadas. Obtengo provecho de este libro —Ni edad dorada ni apocalipsis— para confirmar que el talento e interés filosófico y literario de Huberto no contempló ni tomó una sola dirección pese a ser él académico prominente y especialista en varios temas de la literatura mexicana. La divulgación de altos vuelos es participación en el conocimiento más profundo de las cosas; la filosofía como acción reflexiva de todo lo que es o quiere ser no está concentrada en una disciplina profesional, sino que se expande a partir del lenguaje en la literatura, la crítica literaria y el estudio de la cultura. La curiosidad intelectual de Batis y la lectura casi sádica que hacía de los libros y de los autores que le interesaban eran expuestos en sus obras con precisión, minucia y obsesión formal. No hay desorden en su quehacer: hay gula, erudición, placer y precaución de sabio.

Podríamos aventurar una definición, por supuesto relativa: “El lenguaje hace la crítica de sí mismo mediante la poesía y la literatura”. Yo lo creo así; y también pienso que lo que llamamos literatura abarca y comprende el testimonio, la memoria y el dar cuenta de nuestra vida y época desde el recuento de las personas y hechos sociales que son tejido y exhibición de la cultura de la que uno forma parte. Los ojos que no se conforman habitando la amplia celda de lo interior buscan cualquier ventana para mirar hacia el exterior, husmear y reconocerse en lo otro y en los otros. Fueron muchas las tardes y noches que escuché a Batis contar historias y referirse a toda clase de personajes no ficticios. Él parecía indiscreto, como suele ser normal en un habitante de la narrativa, y gustaba de unir la ficción y la exhibición de lo humano con su experiencia vivida. No difamaba: daba pie a la literatura oral. No era Gracián el que hablaba, sino Gracián pervertido por el diablo. Batis no relataba la historia verdadera de nadie, pues ésta —además de ser una fábula per se— resulta imposible de ser narrada partiendo de una sola y única mirada (las licencias que te ofrece el perspectivismo avalan mi opinión). Algunas de las experiencias de Batis en el medio de la cultura mexicana se hallan plasmadas en su célebre libro Lo que “Cuadernos del Viento” nos dejó; y también en La flecha extraviada. Su desgarbo moral y virtud memoriosa se encuentran en estas páginas que se hacen acompañar de la admiración y sorpresa que causa el bosquejo de la cultura a partir de los gestos sociales de sus actores y de la convivencia y afección singular por ellos: “Yo he encontrado en México la inteligencia femenina en dos personas: Elena Garro e Inés Arredondo” (La flecha extraviada). No es cualquier mirón sin pasado el que escribió estos libros, sino el joven corrector de la Revista de la Universidad de México —a donde Batis llegó por recomendación de Alfonso Reyes—; el director de la Revista de Bellas Artes; el editor y director de la Imprenta Universitaria; y el animador del suplemento sábado en el que arropó a los eruditos, a las glorias académicas y también a los jóvenes más (y a veces menos) talentosos de finales del siglo XX: tormenta e ímpetu en el cambio de siglo. Nadie como él me apoyó en la tarea de editar la revista Moho, de vena subterránea, insolente y dadaísta. Su entusiasmo por mi revista era a veces mayor que el mío.

Ahora Huberto Batis cumple ochenta años: su longevidad se veía venir y yo la divisé desde que lo visitaba en la redacción de sábado hace veinte años —allí donde conocí e hice amistad con Rocío Barrionuevo y con Julio Aguilar quienes, en distintas épocas, acompañaron a Huberto en la confección del suplemento—. No quiero dejar pasar una característica de Batis que espantaba y repelía a tantas personas que se acercaron a él: su vitalidad no contenida en formas predecibles de cortesía y zalamería. En México es sencillo hacerse de enemigos, sólo basta decirles la verdad (o lo que piensas acerca de ellos). Estoy muy de acuerdo con Miguelángel Diaz Monges cuando en la Revista de la Universidad de México escribe que algunos medios e intelectuales han sido mezquinos con Huberto Batis. Claro que lo han sido, pero tal mezquindad es el infierno que da vida y fortalece. La conjura de los necios es un halago que muy pocos merecen. Ojalá que sus enemigos, algunos ganados a pulso, nunca reconozcan públicamente su talento e importancia en la cultura mexicana: en general fueron y son personajes menores subidos a un banquito para prodigarse estatura. Han pasado ya varios años que no me encuentro con Huberto y con Patricia González, su compañera, como acostumbrábamos hacerlo en el pasado. Si la amistad ha sido buena entonces habrá dolor, recuerdos y un mito. Salud, Batis, por ocho décadas de vida y creación.

martes, 24 de septiembre de 2013

La muerte de Montaigne

Septiembre/2013
Nexos
Guillermo Fadanelli

A Jorge Edwards lo conocí en Berlín hace poco más de un lustro. Nos encontrábamos un pequeño grupo de personas entre las que se hallaba mi agente literario, mi mujer y tres jóvenes acompañantes. La cena en un restaurante de la zona de Mitte transcurrió en calma y sin ningún incidente que nublara la mesa o la conversación. Jorge Edwards narró algunas anécdotas vividas con Carlos Fuentes y también con Octavio Paz. Sin embargo, lo que me pareció más atractivo de su persona fue su vitalidad y su cortesía: por entonces él era un hombre de setenta y cinco años. Yo había leído dos de sus libros más conocidos, Persona non grata y El sueño de la historia, mas no había tenido en mis manos La muerte de Montaigne, por el hecho numérico y sencillo de que escribió este libro apenas hace un par de años. El tono desenfadado de su escritura es contagioso y su sabiduría no requiere de mayores desplantes que el de la charla íntima e incluso la confesión inesperada. El último amor de Montaigne fue una mujer treinta y tantos años menor que él, María de Gournay, y este hecho parece haber marcado también el deseo de Edwards al grado que ha escrito en el libro citado: “Todavía no aparece en mi horizonte mi María de Gournay y tengo mucho miedo de que ya no aparezca nunca”. Una mujer apasionada por la literatura, una novia para un hombre casado, como era el caso de Montaigne, una joven discípula que fuera al mismo tiempo impulso de vida y cómplice literaria. Hasta qué punto se desea al amor cuando la muerte se acerca. La esperanza de encontrar a una mujer o a una persona que le dé sentido a la soledad intrínseca de un escritor que no encuentra sosiego más que en la literatura. Edwards, después de pedir una disculpa a las jóvenes vírgenes y a las señoras de buenas costumbres nos da una opinión estrictamente personal sobre las habilidades u obsesiones de Montaigne, sin el ánimo de calumniarlo: “Estoy seguro de que Montaigne escribía a menudo en estado de entera erección, y que ese placer solitario, de acuerdo con su opinión (y con la mía) era evidentemente superior a muchos otros. ¿Interrumpía su trabajo de repente, para encerrarse en el cuarto reservado, el de una esquina, de ventanas estrechas, abrirse la bragueta y masturbarse? No pretendo calumniar a Montaigne: sólo aspiro a entenderlo, y, a través de él, a entenderme y a entender la naturaleza humana”.

Aquella noche en Berlín, después de la cena y la acostumbrada charla que sobreviene a unos licores bien puestos decidimos seguir la noche en otro lado. Justo a esa hora en que los meseros ponen su estúpida cara de víctimas indefensas como si los clientes representáramos el motivo de su desgracia y no una mina para el bien de sus bolsillos. Nadie quiso seguirnos a Jorge y a mí en el alargamiento de la noche, excepto la mujer más joven de nuestra mesa. Una María de Gournay que en los años siguientes a ese encuentro ha ido enloqueciendo paulatinamente y de quien prefiero mantener el nombre en el anonimato. No estoy animando fantasías si afirmo que la convivencia con el escritor chileno aquella noche en Berlín y el amenísimo relato que ha hecho en su libro del camino que llevó a Montaigne a la sabiduría y a la muerte van de la mano en mi imaginación. Ha escrito Edwards que comenzó a leer a Montaigne movido por los comentarios y las citas que otras personas hacían del ensayista francés. Después de eso, afirma, lo ha leído a tal punto que para conocerlo más tendría que reencarnar en su persona. Y añade: “Escribo, pues, por intuición, por capricho, por afecto. Si cometo errores, pido disculpas de antemano. Ya conozco a algunas de las personas que detectarán errores en mi libro y se sobarán las manos de alegría. Contribuyo, por lo tanto, y sin el menor problema, a su alegría”.

Después de aquel encuentro no he sabido más de Jorge Edwards, excepto porque me ha mencionado en alguna entrevista que le hicieron para un periódico, ni tampoco sé si su María de Gournay ha aparecido en estos tiempos recientes, hecho que le deseo con la mayor de las honestidades. En lo que a mí respecta, espero que ninguna María de Gournay se aparezca en mi camino porque, según me entero debido a mi experiencia y al conocido ejercicio del autoconocimiento, ya no soy propenso a la felicidad y mi desconfianza pasa por temer y despreciar a todas las discípulas que el mundo me ha ido poniendo enfrente. Estoy tranquilo en mi soledad acompañada y sólo pensar en el hecho vil de enamorarme me desquicia hasta el punto del agotamiento. Esperaré tranquilamente la muerte de mi mujer (toco madera, y no de ataúd) y una vez que este penoso acontecimiento haya sucedido me retiraré a donde no se me encuentre de manera tan sencilla como es común en estos días. Por lo demás espero que Jorge Edwards nos obsequie con libros tan hermosos como La muerte de Montaigne, él que tantas ganas tiene de vivir y enamorarse.   

jueves, 9 de mayo de 2013

Bellas y dispersas

Mayo/2013
Nexos
Guillermo Fadanelli

He escuchado a cierto escritor, cuyo nombre deseo olvidar, decir que Nietzsche no era un filósofo. Lo afirmaba pleno de seguridad y desfachatez. Es verdad que para hacer esta clase de afirmaciones se requiere temeridad y un costal de ignorancia. Los ladridos me espantan, pero una vez que localizo al perro recupero la hospitalidad y el aliento.
Sucede a menudo que los escritores nos permitimos toda clase de licencias, como si el ser los creadores y administradores del lenguaje nos permitiera entrar a las casas vecinas, acomodar los muebles a nuestro estilo, e incluso ordenar las reglas que deben acatar los inquilinos. De la enfermiza vanidad de los escritores tengo tantas pruebas como pruebas tengo de que el sol aparece todos los días, sin embargo sólo unos pocos se atreven a expresar una opinión así de arrogante. Iris Murdoch ejerció como profesora en Oxford, escribió libros sobre filosofía y también novelas que le dieron una aceptable celebridad. La autora de La soberanía y el bien se resistía a considerar a Kierkegaard y a Nietzsche filósofos, y aún menos se lo parecían Tolstoi o los escritores que creaban “novelas de ideas”, como se acostumbra hoy nombrar a esas obras que poseen una ambición o aura filosófica. Murdoch separaba de manera tajante los libros en que las ideas están mejor ordenadas y son eficientes a la hora de transmitir conocimiento por medio de argumentos, y las novelas en que las ideas aparecen en desorden y carecen de una finalidad precisa: bellas y dispersas. Es hasta cierto punto comprensible que una profesora de Oxford haya sido tan rígida a la hora de ordenar el conocimiento en disciplinas que ostentan límites precisos: el oficio defiende su tradición y sus herramientas para asegurarse un lugar en el mundo. Los pastores ahuyentan a los lobos para proteger a su rebaño. Se trata de una disputa por un territorio cuyos límites, me atrevo a decir, no están nada bien definidos. Varias historias vienen a mi mente al respecto y creo que representan algo más que meras anécdotas: muestran hasta qué punto los filósofos y escritores atraviesan a su antojo las paredes de su oficio y llegan al extremo de negarse o menospreciarse unos a otros.

Cuando se publicó El ser y la nada, de Sartre, el libro recibió una mala acogida por parte de Martin Heidegger. El alemán no la consideraba una obra importante, ni profunda: no encontraba en ella rigor y suponía que el escritor francés se entrometía en terrenos que no le correspondían: es sabido que Heidegger llamó basura a la obra existencialista de Sartre. La arrogancia no conoce jerarquías y es común que los académicos de altos vuelos afirmen que Fernando Savater no es un filósofo y que su trabajo es el propio de un divulgador o de un comentador de filosofía. Savater sufre las críticas que en su tiempo pesaron también sobre Ortega y Gasset y sobre otros pensadores españoles. Durante el año que pasé en Berlín fui testigo del desprecio que algunos escritores y ensayistas alemanes mostraban hacia Peter Sloterdijk, no solamente porque les parecía que su oficio era más bien el de un escritor, sino porque aparecía a menudo en televisión y tocaba todos los temas posibles. Demasiado ansioso y disperso para considerarlo serio.
Foucault, como sabemos, tampoco gozó de un reconocimiento universal como filósofo, además de la desconfianza común que su labor despertaba en los académicos de filosofía ingleses o alemanes, sus libros eran un punto de encuentro entre disciplinas diversas: antropología, sociología, etnología, filosofía, historia y literatura.

Quizás todavía sufrimos los miedos y prejuicios que atormentaron a Kant sobre el hecho de que la ciencia parecía avanzar a pasos firmes mientras que la filosofía se presentaba como el alegre y obsesivo gato que se mordía la cola. La necesidad de hacerse de un método y sobre todo de un sistema que permitiera a los filósofos comparar sus resultados y avances fue la obsesión de muchos pensadores, a un grado tal que si el filósofo carecía de un edificio conceptual cimentado y organizado que pudiera ser verificado de alguna manera, entonces se le arrojaba al bando de los escritores o de los meros publicistas de ideas. Lo que personalmente más me indigesta es que un escritor, un policía o una enfermera afirmen con tanta propiedad y suficiencia que Nietzsche, o cualquier otro, es o no es un filósofo. Ni siquiera me agrada cuando este desplante viene de un académico porque de entrada es sospechoso de querer defender los límites de su terruño: tienen miedo de que otros giren la perilla de la puerta. Desde el punto de vista de un simple escritor de novelas, como es mi caso, las obras escritas son posibles debido a que una persona ha intentado apropiarse del lenguaje para contar una historia. Dicha historia tomará su rumbo y se decantará por el drama, el ensayo, la biografía u otro género, y es posible incluso que funde su propia tradición. Nietzsche fue dueño de un estilo literario envidiable y su influencia filosófica se extendió como una plaga bendita a lo largo del siglo XX, influencia que han reconocido abiertamente Wittgenstein, Foucault y muchos otros pensadores. Se termina mi espacio y sólo quiero añadir que regularmente los juicios tajantes y tiránicos a este respecto provienen de personas que no son buenas lectoras y que deberían reflexionar más en los juicios que lanzan al aire como débiles esputos. Hay que dejar de pensar con la lengua.

domingo, 20 de mayo de 2012

Ruritania, el país de los diputados

18/Octubre/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

Podría dedicar estas páginas a narrar o considerar la vileza que resuman ciertos diputados, pero en estos momentos de desesperación pública toda crítica hacia estas personas se transformaría directamente en una celebración. Para ellos, como ha sido evidente, la palabra representa un universo desconocido. Para ellos sólo la acción. Y esta parece también lejana. La cuestión es que se han contado tantos chistes sobre el desaliño o la distracción de Einstein que nadie podría inventar uno nuevo. Sí, he cambiado de tema. Einstein tenía dos paraguas, uno en su casa y otro en la universidad donde impartía sus clases. Cierto día, cuando la lluvia cae sin cesar, un estudiante le recuerda que debe llevarse el paraguas porque de lo contrario se mojará. Einstein responde que es muy olvidadizo y que precisamente es por eso que tiene dos paraguas. Sin embargo, le parece absurdo llevarse la sombrilla pues de ese modo tendría dos en casa y ninguna en la universidad. ¿De que valdrían sus precauciones si en la universidad no tiene un paraguas? Y dicho esto marcha desguarecido bajo la lluvia con rumbo hacia su casa.
Lo anterior lo ha narrado Kundera en un ensayo en el que también ha recordado las palabras de Gombrowicz acerca de la novela crítica: “entre más erudita más tonta es”. Qué necedad asociar la erudición con la tontería, aunque no puedo negar que en ciertos casos la relación es bastante justa. Aunque sólo en unos cuantos casos (más relacionados con el arte que con las ciencias). Una madre judía le obsequia dos corbatas de distinto color a su hijo. Cuando el hijo estrena una de ellas la madre inmediatamente pregunta: “¿Acaso no te gustó la otra?” Quiero decir que no se trata de un chiste, sino de observaciones irónicas acerca de realidades simbólicas profundas, es decir ¡chistes!, bromas, lugares comunes que cuando tocan la médula hacen evidente lo ridículo del vivir. Quizás por esa razón Kundera tituló La broma a una de sus novelas y quizás también por eso afirma que Kafka comienza su novela América contando un chiste que, en realidad, se extiende a todas sus obras. Contar chistes es una actividad nihilista pues la risa prevista no parece ser otra cosa que una cortina de humo para cubrir el vacío o la nada. ¿Qué es esto? ¿Acaso se puede cubrir el vacío?
Cierta vez, Rafael Pérez Gay me comentó que detestaba los chistes (no recuerdo si también detestaba a las personas que los contaban), pero de inmediato comprendí que ese desprecio compartido por mí podría deberse quizás al miedo de enfrentar nuevamente y de manera tan grotesca la nada. Por ello, Kafka eligió los procesos judiciales y la burocracia como la representación más aguda de la broma que nos hace la nada para recordarnos que la tierra firme no existe.
Como tantos escritores que acuden a la biografía para dar energía a sus novelas, el sudafricano J.M Coetzee ha relatado en su libro Verano, el desprecio que su padre acumulaba contra los presidentes o monarcas de los países africanos. Y ya que comencé este artículo hablando de diputados, no estará de más citar íntegramente las palabras del padre de Coetzee: “A los dirigentes de los estados africanos los despacha con la palabra ‘bufones’: tiranuelos que a duras penas saben escribir su propio nombre, que van de un banquete a otro en sus Rolls Royces con chofer que visten uniformes al estilo de Ruritania festoneados de medallas que ellos mismos se han concedido. África: un territorio de masas hambrientas y bufones homicidas que las tratan con prepotencia”. Estas palabras vertidas hace 40 años me hacen recordar lo que no deseaba recordar. ¡Los diputados! Me guardaré otra vez mis palabras hacia ellos, como se las guardó el padre de Coetzee que sospechaba que nada se podía hacer entonces y que lo más sabio era saltarse, mientras leía el periódico, las páginas de política para ir directamente a las de deporte o cultura. ¿Saben dónde está Ruritania? Averígüenlo y se llevarán una sorpresa.

lunes, 1 de agosto de 2011

Gala está a salvo

Agosto/2011
Nexos
Guillermo Fadanelli

Seré drástico: en la ciudad de México sólo parece haber espacio para los románticos, los cínicos, los maleantes y los apocados. El resto de sus habitantes son rehenes de su miopía y de sus buenas intenciones. Lo tajante de esta afirmación tiene sus raíces en mi pasado. Yo milité durante un tiempo en el único ejército que ha durado casi tres siglos de edad: la milicia romántica, ésa para quien la enfermedad es un buen síntoma y las formas bellas o clásicas son nocivas y no representan la condición trágica del ser humano, su verdadera y única esencia. “De la destrucción nacerá la primavera”, escribió Hölderlin pintando en serias y vehementes palabras la más íntima aspiración de los hombres románticos. ¿Y acaso hay escenario más adecuado y propicio para ejercer la vocación romántica que esta ciudad plena de vicios donde se practica la mentira, la rapiña y el arte de odiar calladamente? Un verdadero campo de batalla.

Debo confesar que me he visto empujado a meter los puños más de una vez cuando mis intenciones no han sido más que pasear o caminar tranquilamente por las calles de una ciudad en donde he vivido toda mi vida. He sido asaltado con armas de toda clase, perdí un automóvil en un robo y decenas de taxistas o meseros se han ensañado en mi persona cuando me ven sonreír o dan por hecho que estoy ebrio o descuidado. He enviado al hospital a un par de tipos que no supieron medir mi temperamento y más de una vez he tenido que correr con el único fin de evitar mi prematuro sepelio. Para medir la sangre de mi ciudad no tengo estadísticas o estudios de sociología, sino experiencias y mis pasos son un buen termómetro para reconocer la tierra por donde camino.

Debían ser poco menos de las cuatro de la mañana cuando recorríamos la acera sur de la avenida Álvaro Obregón en dirección a la calle Mérida: Carlos, mi amigo de andanzas nocturnas, Gala una joven aspirante a escritora que se acercaba presurosa a los veinte años, y yo que nunca he aprendido a divertirme sanamente. Las luces calcáreas y evanescentes que iluminaban la calle bastaban para distinguir a los perros dormidos de los cuerpos humanos que dormitaban en una banca del camellón, en la cavidad de una fuente reseca o al resguardo de una casa recostados en sus escalones de piedra. Esta vez no podíamos culpar a la oscuridad de esconder a los maleantes entre sus sombras. Veinte metros antes de llegar a Orizaba me di cuenta de que en esa esquina un automóvil, silencioso e inmóvil, aguardaba nuestra llegada. Dos cuadras atrás el mismo vehículo nos había seguido y acechado prudentemente en espera de una oportunidad para cerrarnos el paso. Tomé a Gala de un brazo y cruzamos apresurados hacia el camellón que divide Álvaro Obregón en dos sentidos, pero Carlos, ensimismado en su propia charla, continuó andando sin percatarse de que ya no estábamos a su lado, hasta que el asalto de tres hombres lo despertó de su placentera somnolencia.

En un momento que dura todos los segundos del tiempo y que a su vez es breve como una vida, los impulsos más sanguíneos se enfrentan en el ánimo de un hombre antes de que sea capaz de tomar una decisión. Esto en caso de que en verdad tenga el privilegio de tomar una decisión y no se vea empujado a actuar por una fuerza que es en buena parte desconocida y que lo llevará a terrenos donde la razón, la experiencia o el buen juicio poco cuentan cuando se trata de sobrevivir. Observar desde el camellón —a diez metros de distancia— cómo estos hombres intentaban hacer entrar a Carlos dentro de su vehiculo despertó en mí una ira acumulada, una ira que no pregunta, sino que se expresa a traición y casi nunca a tiempo. Lo que hice fue correr en defensa de mi amigo, un impulso nacido en la oscuridad de mi ánimo, una mala decisión según los cánones de la supervivencia. A uno de los crápulas lo puse fuera de combate de dos puñetazos en la nuca y una patada en las costillas, con un segundo delincuente me enfrasqué en una pelea que debió durar quince o veinte segundos, aunque ahora la recuerdo eterna. El tercero echó a correr y trepó a un taxi que apareció de imprevisto y que los escoltaba precisamente para auxiliarlos en caso necesario. Cuando ambos vehículos se marcharon el silencio de la avenida se volvió aún más denso e intimidante. La policía era una ilusión que cultivaban los ingenuos y en el rostro de Gala podía leerse el desconcierto y la sorpresa que aniquila toda posibilidad de acción. Aquellos hombres no estaban armados o al menos la sorpresa los desarmó y los puso por un instante contra la pared. Salir ileso de una escaramuza semejante no te hace más arrogante o más seguro, sino que te vuelve un sonámbulo durante varios días. Es a partir de esta constante clase de experiencias que el sueño se pierde, que la confianza abandona tu mirada y que las estadísticas o diagnósticos que hacen los expertos acerca de la buena salud de una ciudad o de un país te parecen mentiras o fábulas interesadas. Cuando la tranquilidad se pierde las palabras suenan como pasos que anteceden a la muerte. Qué lejos estoy de la conciliación y el sosiego. Y ya no será.

lunes, 7 de marzo de 2011

¿Cuáles ideas?

7/Marzo/2011
El Universal
Guillermo Fadanelli

“Se me ha ocurrido una idea”, escuchamos decir a un iluminado. Y lo más sano es no creerle. De cuantas ideas pasan por nuestra mente sería arrogante creer que alguna nos pertenece o que somos dueños en sentido estricto de su origen (nunca poseemos una idea). Lo que nos da la ilusión de poseerla no es sólo el hecho de que aceptamos su verdad o la consideramos cierta, sino sobre todo de que la decantamos o damos vida en el momento de expresarla por medio de palabras. Las ideas son nebulosas por constitución, son nubes en movimiento cuyo contorno cambia en cuanto ellas avanzan empujadas por el viento. Solamente Funes el Memorioso, en el célebre relato de Borges, podría atrapar por un instante la forma de una nube en su mente y recordarla muchos años después sin variaciones. La memoria de este hombre, que nunca aprendió a pensar, podía contener la forma de las nubes australes sucedidas en cierto momento y compararlas, en el recuerdo, con las vetas de un libro o con otros objetos disecados en su memoria. El orden en su mente se producía cuando Funes comparaba imágenes entre sí, de manera que las nubes de un otoño lejano le hacían recordar las líneas de la espuma que un remo producía en las aguas de un río en una mañana de marzo. Pero, a diferencia de Funes, las personas comunes no somos simples observadores que guardan imágenes en su memoria, sino seres que piensan y que se equivocan constantemente en sus apreciaciones. Y así como las nubes se desplazan en el tiempo las ideas cambian de rumbo o se disipan formando nuevas variaciones.

¿Cómo entonces apresar una idea sin que ésta se desvanezca en las manos? Es inútil porque las ideas no son cosas, sino horizontes hacia los que se avanza un tanto a ciegas sin más certeza que el movimiento mismo que provoca su aparición en lontananza. Lo que sí es posible es que las ideas tomen un nuevo rostro cada vez que abandonan su estado nebuloso para ser sentidas, reflexionadas y expresadas por una persona que posee una vida que le es propia e inédita (entonces hacemos nuestra la idea). Por eso la literatura es importante en una época en que la imaginación tiende a convertirse en un ejercicio visual o en una mera hoja de cálculo (esa vieja premisa de Hobbes la cual afirma que pensar es igual a calcular). Lo que provoca que una idea —e incluso una imagen— posea sustancia y peso es el hecho de que ha sido narrada o expuesta por una sensibilidad humana y que, de ese modo, nos muestra un mundo que nos pertenece y no es nuestro al mismo tiempo: decir “tengo una idea pero no puedo expresarla” significa en realidad no tener la idea porque se carece de un lenguaje que le dé vida.

Que una novela, una poesía o un relato puedan transformar una vida no se debe a que contengan un mensaje preciso, sino exactamente a lo contrario: los textos han sido escritos palabra por palabra y eso quiere decir que el escritor, a través del lenguaje, expresa un mundo que nos concierne y que no puede resumirse en una anécdota o en una moraleja (formas robóticas de la imaginación). Hay que leer de principio a fin la obra renunciando a las interpretaciones sencillas o al resumen, porque de lo contrario se pierde lo esencial en la literatura: vivir una historia en palabras que no son nuestras e incluirnos y conmovernos con ellas. Ha escrito Iris Murdoch que “el desarrollo de la conciencia de los seres humanos está inseparablemente relacionado con el uso de la metáfora” y por lo tanto relacionada con la literatura y las artes que si bien no nos dan consejos morales o económicos a manera de recetas elementales, nos ofrecen ideas acerca de la ética o la economía desde la perspectiva del drama o de la pasión humana. ¿Para qué más?

lunes, 28 de febrero de 2011

Sin futuro

28/Febrero/2011
El Universal
Guillermo Fadanelli

Para convertirme en un escritor célebre sólo debo esperar a que los demás escritores se mueran. Siendo un viejo contaré la historia a mi manera e inventaré una cantidad de historias tales que el desprestigio caerá sobre mis rivales. Y esta vez no podrán levantarse: será como su segunda muerte. Así he respondido a quien me preguntaba si para mí era importante la fama. Hoy en día los escritores no pueden se famosos a no ser que sean extraordinariamente malos. La mediocridad incluso es mal recibida. En el diario de sus obsesiones, Crackpot, John Waters da varios consejos a quienes desean la celebridad a toda costa; y exagerar sus peculiaridades es uno de ellos: Si tiene problemas de cutis embárrese una bolsa de papas fritas en el rostro y cámbiese su nombre por el de “Granos”. La sabiduría de un consejo en apariencia tan burdo no está a discusión: si es usted un mal escritor organice una presentación y póngase a bailar ante el público (de preferencia ante un público que no lea).

En Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs, la autobiografía del mismo Rotten (John Lydon), este dice que no soportaba a los punk uniformados. Toda esa indumentaria supuestamente rebelde demostraba una necesidad de pertenecer a un rebaño y una notable ausencia de individualidad. Todavía en marcha, Lydon ha escrito que su compañero en Sex Pistols, Sid Vicious, se hallaba obsesionado con la moda y era un lector apasionado de Vogue. Como es evidente, los que sobreviven maquillan a los muertos y vuelven a enterrarlos varias veces hasta que llega su turno. No por otra razón Patti Smith debió dedicar su reunión de poemas y ocurrencias trascendentales, Babel, a los tiempos venideros y dijo: “Este libro está dedicado al futuro”. Me parece una dedicatoria responsable y serena: dedicar un libro a lo que no puede ser. Y de paso quedar bien con los perros que husmearán en su tumba.

“Pobre del escritor que desea obtener un estilo. El arte en el futuro se fundará en la energía intuitiva y los creadores no se preocuparán por ser originales, sino por ser sinceros. Entonces la humanidad se parecerá al hombre”. Esas son palabras que he tomado del libro A partir de ahora el combate será libre de Rafael Barrett, escritor romántico y mordaz, crítico de las sinceras estupideces de su tiempo. Se acaban de cumplir cien años de su muerte y el silencio a su alrededor es su único homenaje. Si acaso se enterara de lo que la sinceridad ha hecho con la literatura, él retiraría sus palabras, aunque la verdad no lo creo, un hombre como Rafael Barrett se sostendría en lo dicho.

“Éramos jóvenes y en nuestras cabezas reinaban las drogas y la muerte”, se lee en Dream Police, de Dennis Cooper, el poeta que desprecia el futuro y cuando mira hacia atrás escribe: “Mi pasado consiste en una corta sucesión de chicos guapos u hombres jóvenes a los que admiré, arrastré a la cama y después dejé en ruinas en la calle con el dinero justo para tomar un taxi de vuelta a casa”. A Cooper nada le sucederá en el futuro porque ha tenido la sutileza de cortarse en pedazos e incinerarse antes de que ningún cretino haga su autopsia.

El libro de Mauricio Bares, Apuntes de un escritor malo comienza así: “Según yo, un escritor malo es casi tan importante como uno bueno, por la sencilla razón de que los escritores malos contribuimos a que destaquen los destacados. “Bares es un buen escritor y se suicida de antemano, como dictan los cánones. Y no vende miles de libros ni baila frente al público: hace su trabajo. Y hojeando el diario de José María Vargas Vila me encuentro con esta frase que de pronto se me ha vuelto un espejo: “Debe ser muy bello morir, cuando el deseo es más grande que la vida; porque la mayor tristeza es una vida sin deseos”. ¿Una vida sin deseos? No se puede ir más allá.

lunes, 21 de febrero de 2011

Que mala conversación

21/Febrero/2011
El Universal
Guillermo Fadanelli

¿Una casa sin techo? Es probable que cuando llueva, esta casa no sea un buen refugio. Se podría intentar dormir dentro de ella e imaginar que en verdad existe un techo, pero la lluvia terminará venciendo a la imaginación. Sería bueno que las personas comunes lograran resguardarse en esta casa del crimen y también de quienes lo combaten. Pero la lluvia será intensa y el piso se convertirá en lodo. Podríamos imaginar que ese lodo en el que vivimos es una alfombra mullida y actuar en consecuencia: invitar a otras personas a que crean que nuestro lodo es esa mullida alfombra. Y la broma puede seguir sólo a condición de que todos estemos dispuestos a reírnos. ¿Pero qué hacer si nadie se ríe? Ser excesivamente formales para que no se dude de las magníficas condiciones de nuestra casa. Nada imita tan bien al vacío como la formalidad obsesiva (El proceso, de Kafka). En esencia justamente para eso existen las leyes: para evitar la conversación.

Porque es probable que si existe conversación pueda darse un acuerdo. Y un acuerdo sería un grave síntoma de debilidad ya que tendríamos que aceptar que en nuestra casa nadie puede guarecerse de la lluvia (excepto los mexicanos que hemos dado pruebas de resignación y estoicismo). Evitar la conversación es la mejor manera de repeler la crítica hacia nuestra casa. Y si los cretinos no aceptan lo confortable que es nuestra alfombra nos empujarán entonces a poner un brusco remedio a la situación. Los acusaremos de ceguera y seremos hostiles hasta la redundancia.

Las personas pueden dar por terminada una conversación y odiarse hasta que su enemistad los vuelva desgraciados: sin esos dramas la vida duerme. Esa es una de las libertades más preciadas de los individuos: mantenerse aparte de los seres que detestan. Pero los países no pueden hacer eso porque sus leyes —en el caso de las democracias occidentales— son consecuencia de una conversación: una breve pausa mientras la charla continúa y vienen leyes más convenientes. Y si dos gobiernos deciden terminar esa conversación no queda más que concluir o que son tiranos o que son ineptos. No se pueden seguir las normas al pie de la letra —quien diga poder hacerlo miente— pues toda lectura que se haga de ellas es interpretación o puesta al día del espíritu que las inspiró (de Giambattista Vico a H.G. Gadamer se ha insistido en que pensar es conversar). La enfermedad social se presenta cuando en vez de estadistas capaces de comprender el sentido de un espíritu de conversación que aspire a la justicia, sufrimos a gobiernos inspirados en la mercadotecnia donde el valor de las palabras es circunstancial. Gracias a ello la televisión usa su poder para hacer de los procesos judiciales tiras cómicas que vender y que terminan valiendo como verdad.

El que se refugia en una concepción cerrada de las normas jurídicas detiene esa conversación que lleva a la justicia. Se agazapa en una trinchera donde su única obsesión es disparar. Si me dicen que la ley no debe contemplar excepciones la broma se hace más aún grande. Las excepciones son necesarias en la conversación que busca la justicia (por eso existen tratados internacionales, diplomacia, deseo de acordar). De eso se trata todo el asunto: de las excepciones que deben ser tratadas como tales porque de lo contrario la ley se impone como un fin o última meta y no como pausa de una conversación que va más allá de formalismos primitivos. Una escaramuza deprimente: por una parte un gobierno que habita en una casa sin techo y que nos presenta el lodo como la alfombra mullida (en México el sistema de justicia está desacreditado). Y por otra, un presidente francés que es producto de una democracia sostenida en la mercadotecnia de los símbolos y que desea elevar su celebridad a costa incluso de la conversación. ¿A dónde nos llevan estas personas? No sé, yo tengo mi propia vida.

lunes, 14 de febrero de 2011

La ebriedad

14/Febrero/2011
Universal
Guillermo Fadanelli

La bebida nos vuelve a todos un poco artistas y esto sucede incluso si se carece de una fina sensibilidad. Quien critica a los bebedores sólo por serlo y no por sus actos acusa una moral disminuida. Habitar la oscuridad, la nada, la absoluta nulidad del vivir no es sencillo sin acudir a la bebida, ya sea esporádicamente o todos los días. Expertos en los estados del alma, los ebrios hacen que el relativismo de las cosas sea placentero. Los escritores deben aprender a estar borrachos todos los días, escribió Hemingway. Pero no habría que limitarlo sólo a los escritores o artistas sino a toda persona prudente: tomarse unos tragos sin volverse insoportable ni hacer que la vida de los demás se vuelva más miserable. El ebrio que no daña a los demás, sino sólo a sí mismo es un santo. Y si uno vive atormentado y encuentra en la bebida una veta de alivio y conmiseración de sí mismo, no nos queda más que celebrarlo y evitar aumentar su amargura con el peso de la acusación y el desprecio.

No todos los bebedores encuentran el reposo o la calma durante su estar en el mundo. Joseph Roth acusó en sus últimos años la intensidad que suele acompañar al constante presagio de la desgracia, a la muerte de su mujer amada, a la culpa o al pudor que revelan en sus actos quienes tienen vergüenza de vivir. Stefan Zweig no culpaba a Roth de su hundimiento en el vino, sino a su tiempo, “un tiempo desaforado e injusto que empuja a los más nobles a tal desesperación y que para escapar del odio contra ese mundo no conocen otra salida que la de aniquilarse a sí mismos.” Quien haya leído aquella breve novela de Roth, “El peso falso”, encontrará en sus páginas a un hombre aniquilado por el vino, por la mala sangre que echa a perder cualquier buena bebida y que da a los borrachos tan mala fama entre los puritanos y los arrogantes. Es la mala sangre y no la bebida la que pierde a los hombres. “Bebo porque quiero sufrir más vivamente”, confesó Dostoiewski y ese sufrir más vivamente no quiere decir nada más que retar y enfrentar al rostro voraz y primitivo de la muerte.

Entre los hombres de los últimos siglos se abre una grieta insalvable, una fisura que nos vuelve tan distintos pese a decir que pertenecemos a una misma especie: por una parte estamos quienes creemos que lo único que tenemos para conocer y habitar el mundo a partir de ese conocimiento es una fe animal (desde Hume, Hamann y la cauda de románticos hasta los más recientes filósofos relativistas como Feyerabend y Rorty): todo lo que sabemos son mentiras que aceptamos como verdades para poder hacer más habitable la vida. Por otra lado, están quienes creen que es posible medir el mundo y que algunas de nuestras creencias pueden ser comprobadas con absoluta certeza. Estos últimos son de algún modo mis eternos contrincantes, pues creen que la verdad está de su parte y no dudan —a la manera de fanáticos religiosos— en imponerla a quienes no piensan como ellos. La ebriedad es una interpretación más del mundo y aunque muchos se deslicen en ella hasta la muerte nadie, sino un necio, podría condenarla por sí misma y negar que es una forma más de placer y de conocimiento.

Mantengo un esmerado respeto hacia los ebrios prudentes (e incluso hacia uno que otro desmesurado) y jamás haría escarnio de uno de ellos ni lo señalaría en la plaza pública como si se tratara de un maleante. Quien lo hace es un tacaño del alma, un policía de causas injustas y una especie de depredador de la felicidad. A veces el vino restituye la unidad perdida y alivia la conciencia de la dispersión o el sin sentido de nuestros actos. Uno se reconcilia consigo mismo y aunque avanza a oscuras sus pasos son más firmes porque al menos han inventado un camino.

lunes, 7 de febrero de 2011

El ruido

7/Febrero/2011
El Universal
Guillermo Fadanelli

Cuando el diablo tiene descendientes los tiene en masa, reza un dicho eslavo. Es una manera de decir que cuando la desgracia toca a tu puerta viene siempre acompañada. Y además se quedará a cenar (si no es que se instala cómodamente en el sillón de tu sala). Existe un momento preciso en que la desgracia se anuncia por primera vez y uno debe ser sensible a sus pisadas. Cuando por un motivo cualquiera debo conversar o cruzar palabras con un desconocido me pregunto qué clase de vida llevará o si su sonrisa no estará sostenida por un infame cúmulo de pesares. Me gustaría pensar que todos mienten y que son amables actores que no desean darnos más problemas de los que ya uno afronta personalmente. Apenas el jueves pasado un hombre tocó el timbre de mi casa para preguntar si podía darle dinero porque según sus palabras había aseado la coladera de la esquina. Le respondí de la manera más amable posible que si finalmente la coladera estaba limpia por qué motivo no regresaba a vivir en ella. En seguida me arrepentí porque pese a que el hombre era un truhán mi sarcasmo resultaba innecesario.

Dos semanas atrás abrió sus puertas una escuela de baile flamenco justo en la planta baja del departamento en que habito. Así las cosas y pasadas las nueve de la noche se escucha un ruido desquiciante de seres humanos que golpean las suelas de sus zapatos contra el piso. ¿Qué extraño entusiasmo llevará a estas personas a arremeter de tal manera contra una duela recién formada? Es probable que la ausencia de sexo lleve a todos estos bailadores a inventarse un arte que debe parecerles por lo menos exótico. El ruido no es expresión de la libertad. Creo que una tristeza profunda se respira en el alma de estas almas danzantes. Esto me ha llevado a recordar que en Parque de ciervos, la novela de Norma Mailer, un joven emprendedor funda una escuela de toreo en el piso veinte de un edificio de Nueva York. Lo más extraño es que varias personas se inscriben a la escuela para aprender el arte taurino mientras miran las nubes desplazarse entre los rascacielos. La ciudad en que vivo es una de las más ruidosas de cuantas he conocido. En el DF todos se expresan contra la salud de los oídos ajenos. Los “ciudadanos” son carne parlante y adonde marchan llevan consigo una bocina que tortura el silencio. La sordera es una epidemia en todos los ámbitos sociales y eso es notorio cuando intentamos realmente escuchar o conversar con los otros.

El placer no conoce el ruido. Y yo no haré nada para acallar las voces que todos los días me llevan a la horca. Cada vez que deseo que se cumplan las mínimas normas de la convivencia la bestia anarquista que me habita abre un ojo y me sonríe socarrona. No soy bueno para prohibir ni para decir a las personas lo que deben hacer (prefiero odiar a prohibir). Toda historia puede ser comprendida como un alud de desgracias y buena parte de los individuos sobreviven sin encontrar ningún sentido a su estancia en el mundo, las acciones buenas o justas no inciden en el entorno, los intelectuales (o aquellos que podrían dar buenos consejos) son despreciados y confinados en universidades o centros que funcionan como castillos medievales donde sus habitantes se resguardan de la barbarie que asuela más allá de sus murallas. La hipótesis desgraciada, es decir la conciencia de que el mal se impone sobre el bien nos hace vivir en melancolía y parece dotarnos de una paciencia resignada ante la muerte. Yo creo que el diablo existe porque el ruido lo anuncia todo el tiempo. Y cuando el diablo tiene descendientes, como cité en un principio, los tiene en masa.

lunes, 31 de enero de 2011

El cine, la novela y los muertos

31/Enero/2011
El Universal
Guillermo Fadanelli

Hace un tiempo un periódico español me pidió escribir unas líneas sobre el escritor Roberto Bolaño que recién acababa de morir. Si bien no recuerdo qué cosa argumenté en ese momento sí he guardado en la memoria lo siguiente: si debiera seleccionar 50 libros para hacer una brevísima biblioteca no tomaría ninguno de los que ha escrito Bolaño. Traigo esto a cuento porque si bien se trataba de un gran escritor, el revuelo que causa su literatura me parece un tanto pintoresco. Cuando un escritor muere su hipotético deber sería ponerse hombro a hombro con los muertos más que sumarse a quienes aún tienen la desgracia de existir. Su lugar está entre los muertos, no entre los vivos. Entonces podríamos compararlo con otros integrantes del panteón literario como Kafka, Walser, Wilde, Chejov, Borges, Arlt, Bernhard, McCullers, Poe, Tolstoi, Cortazar y muchos otros. El asunto en este caso es que yo poseo cincuenta nombres antes que el del magnífico escritor chileno. A veces tengo la impresión de que tanta alharaca proviene más de una ausencia de gusto o de conocimiento que de pasión por la literatura.

Hermann Broch, a quien cito sin haber leído a fondo (Broch carece de fondo), dice que la única moral de la novela es el conocimiento y que es inmoral aquella novela que no descubre parcela alguna de la existencia hasta antes desconocida. Eso escribe Broch y yo estoy de acuerdo con su afirmación (me pregunto por qué me causan tanta atracción los escritores austriacos si aquí no hace tanto frío y la amargura mexicana no ha producido todavía literatura desquiciada). Si la novela no es conocimiento y no trae a este mundo algo que no existía antes, entonces no se aproxima al arte y ya puede ir cavando su tumba: si nada más es entretenimiento o testimonio de la realidad no tiene un lugar seguro en los tiempos actuales pues el cine o las series de televisión han avanzado mucho por estos caminos. El cine ha contado todas las historias posibles en tan sólo un siglo de edad. El entretenimiento es necesario para hacer más soportable la vida, pero es un punto muerto, un respiro antes de avanzar en alguna dirección. Por eso creo que las novelas no sobrevivirán si sólo aspiran a ser un pasatiempo o a contar una buena historia. El cine y las series de televisión están llenas de buenas historias y un ejército de guionistas se hallan dispuestos a crear una buena historia a cada segundo. Ahora, mientras escribo este artículo, los guionistas del orbe han escrito ya varias obras “inolvidables” que veremos pronto en la pantalla.

Esto me hace pensar que las buenas novelas son las que no pueden ser llevadas al cine. Es inútil llevar estas obras al cine porque cuando son desplazadas a un lenguaje distinto al suyo pierden casi todo en la travesía. ¿Una buena novela? La que no puede ser llevada a la pantalla y que se resiste a ser comprendida en otro lenguaje que no sea el escrito, así como una anciana se niega a correr al ritmo de los niños. Traducir una buena novela a otra lengua puede llamarse entropía, pero insistir en llevarla al cine es virtualmente suicidio. Por cierto, una virtud de la novela es hacerse vieja demasiado pronto (quiero decir sabia y reacia al manoseo publicitario). Si la novela tiene sentido es porque es una anciana prematura. El insulto o desprecio de los jóvenes pone a los viejos de nuevo en marcha pues los invita a la guerra. Y todo vuelve a comenzar. Por eso las amenazas de los medios electrónicos en contra de la literatura resultan estimulantes para algunos escritores. Una vez anunciado nuestro fin podemos comenzar a escribir novelas armados de una renovada tranquilidad, aunque esta extraña calma provenga del desasosiego.

lunes, 24 de enero de 2011

Los vanidosos

24/Enero/2011
El Universal
Guillermo Fadanelli

Cuando alguien me pregunta sobre cuáles serían los cinco libros que elegiría para llevarme a una isla desierta, respondo que no me llevaría tantos libros y que me bastaría con un diccionario. A partir de este diccionario creo que podría imaginar el mundo nuevamente. Y aunque las islas abandonadas no son lugares apropiados para leer, llevaría conmigo el diccionario de María Moliner. Lo haría por dos razones: la primera es que esta mujer les robó tiempo a sus hijos y a su marido para escribir su obra, como ella misma lo confiesa en la dedicatoria del libro, hecho que reviste al diccionario de una aura dramática que se aproxima a la literatura. La segunda es porque un considerable número de definiciones incluidas en este libro son en realidad brevísimas novelas.

María Moliner describe la vanidad como "la cualidad de la persona que tiene afán excesivo y predominante de ser admirada. Si halagas su vanidad conseguirás de esta persona lo que quieras pues, dadas sus cualidades y su posición, se cree con derecho a la admiración y acatamiento de los demás mostrándolo con su actitud y palabras." Pues bien: Moliner ha creado de este modo una breve novela acerca de la vanidad (los personajes van por cuenta de nosotros). Debido a razones inexplicables las personas vanidosas me son bastante simpáticas. El hecho de que se aprecien tanto a sí mismas y de que un halago represente para ellas un placer incomparable las vuelve ante mis ojos seres extraordinarios e indefensos. Escribió Alberto Caeiro: “porque yo soy del tamaño de lo que veo y no del tamaño de mi estatura”.

Un diccionario menos ilustrado -el que publica la Real Academia Española-, dice que la vanidad representa la caducidad de las cosas de este mundo, lo cual me parece un tanto determinante. El vanidoso sería entonces un ser que habita la nada; un habitante de la nada. Sin embargo, es justo dicha cualidad la que hace del vanidoso un ser excepcional. Cioran declaró en un ensayo que hacer ejercicio físico le parecía tan vacuo como esculpir un grano de arena. ¿Cómo preocuparse por algo tan minúsculo como el ser humano? ¿Acaso los piojos se creen a sí mismos indispensables en el mundo de las cosas? Así es: tanto los hombres como los piojos desean hacerse presentes a toda costa. Y es aquí donde considero se encuentra la esencia de todo este asunto: la vanidad ayuda a existir a quien, en esencia, no es nadie.

La modestia, en cambio, es una redundancia: como el feo que va gritando a los cuatro vientos que es feo. Quien se rodea de personas modestas corre un grave peligro, pues no sabe a qué hora los modestos revelarán sus verdaderas intenciones. Nunca se sabe en qué momento ellos se decidirán a existir. El que es vanidoso a causa de su belleza o de su poder es casi siempre un pusilánime. Eso no es vanidad, es un alarde ordinario sin ninguna trascendencia. El vanidoso sabe que su valor va más allá de toda duda. No pone en cuestionamiento que el mundo sin él estaría mucho peor. En realidad nos compadece ya que somos sus inferiores -sin importar en qué posición nos encontremos- y jamás lo podremos humillar. Mis mejores amigos son tan pagados de sí mismos que me resultan absolutamente simpáticos. En verdad creo que el mundo sin ellos sería menos habitable. Por el contrario, la vanidad femenina no existe. Eso es una patraña y una contradicción. Además las bellas son por antonomasia desgraciadas pues su belleza día con día va en picada y tarde o temprano terminarán como manzanas podridas. Por eso cuando veo a una mujer hermosa sonreír me entran unas enormes ganas de llorar: la pobre no sabe lo que le espera. Y si lo sabe, ¿por qué sonríe?

lunes, 17 de enero de 2011

17/Enero/2011
El universal
Guillermo Fadanelli

“Una mujer te dio a luz, otra te cerrará los ojos”, dice un aforismo del escritor Franz Moreno. He allí el destino de tantos hombres. “Morir es tarea que lleva una vida” y durante ese tiempo que es el vivir aprendemos que si las mujeres llegaran a desaparecer, también cesaría la muerte (o perdería importancia). Pensar así es demasiado rebuscado (quiero decir extremadamente sencillo) y pretencioso, así que me concentraré en asuntos mundanos. ¿Qué clase de persona es la mujer ideal para mí? No la que me merezco, por cierto. La mujer que yo merezco tendría que ser una celadora gorda que me tuviera encadenado en el rincón de una mazmorra. De modo que olvido eso del merecer. Y para evitar la suspicacia o los lamentos de la “política correcta” quiero aclarar que no me refiero aquí a la mujer ciudadana (esa que tiene los mismos derechos que los hombres y quien en casi todos los casos se comporta civilmente mejor que aquellos), sino de la mujer mujer, es decir la que con una letal sonrisa o un movimiento de piernas te reduce virtualmente a la nada. En fin, todo esto para decir que una buena mujer no debería entrometerse en tu vida privada: ¿para qué lo hacen si ya disponen de todo el poder? Es una redundancia exageradamente vil. Lo más apropiado, me parece, es compartir con ella la intimidad desde la lejanía; un estar a medias. Una mujer sensata no se entromete en tus asuntos y cuando lo hace es porque adivina que necesitas su presencia más allá de lo acostumbrado. De lo contrario la mujer en cuestión se vuelve una arpía que te atormentará hasta convertir tu casa en un Tártaro (el lugar más inhóspito que haya podido crear la imaginación). Al escuchar esto la celadora gorda que me merezco estaría ya dándome una zurra a puntapiés.

“Cada uno es su niño y su cadáver”, dice otra sentencia de Franz Moreno (a quien he saqueado para escribir esto). Una buena mujer no te trata como a un niño a quien debe regañar y hostigar como parte de su re-educación. Ya sabemos que somos niños (que a veces se matan entre sí) y quien nos lo recuerda todo el tiempo se parece a un verdugo que actúa sin conocer al hombre cuya cabeza rodará a sus pies. La mujer ideal te contempla y te quiere, y si tu presencia le estorba entonces se marcha y hace valer sus derechos de ciudadana (qué palabra tan agria: pero en ciertos extremos debe cambiarse el Kamasutra por la Constitución). No cabe duda de que soy un ingenuo. Y lo compruebo así: la mujer ideal ama a los borrachos mientras éstos no sean estúpidos o violentos. Ella sabe que no es sencillo cargar con la vida sin unas copas. El buen sentido de su conmiseración es una de las expresiones de belleza más acabadas que existen. Lo contrario -la mujer que no comprende a los ebrios- es desgracia ampliada, muerte prematura, tontería. El joven suicida (muy odiado para ser tan joven) Otto Weininger escribió, hace poco más de un siglo, que las mujeres no estaban demasiado interesadas en comprender la mecánica del universo porque en ellas encarnaba precisamente este universo. Es así, pero prometí no caer en la arrogancia metafísica y voy al colofón.

Una vez que te han sometido, ciertas mujeres deciden, además, tener un hijo contigo (“Los niños son máquinas de joder”, añadiría Franz Moreno). La mujer ideal no sería tan descarada y aguardaría hasta el último minuto antes de abandonarte para poner toda su atención en otro ser. Pero no existe una mujer así en toda la tierra y si existe yo no me la merezco. Ahora me voy pues escucho los pasos de una obesa celadora acercarse a mi celda. Y esta vez sí que me dará mi merecido.

lunes, 10 de enero de 2011

Malas decisiones

10/Enero/2011
El Universal
Guillermo Fadanelli

Una constante recorre todos los años que he vivido: las malas decisiones. Y no obstante la conciencia de estas derrotas me pregunto si en verdad uno está en posibilidad de tomar una “buena” decisión. ¿Es posible? Yo creo que no. Las decisiones que uno toma son las únicas que tienen verdadera existencia: son nuestra realidad. ¿Qué virtud tendría apostar por lo inminente? ¿Tomo una “buena” decisión si apuesto a que mañana aparecerá el sol? Son especulaciones que casi rozan la tontería, pero alguna vez escuché a un viejo decirle a su mujer después de 40 años de vivir juntos: “me equivoqué al casarme contigo”. Escuchar esto me enseñó más de la condición humana que todos las novelas que han pasado por mis manos. He visto a dos personas culminar su amistad a golpes y arrepentirse de haber compartido tantos años de convivencia: durante mucho tiempo se llamaron amigos como si se hubieran dado la mano en el mismo vientre. He sido testigo de cómo un anciano cansado de su profesión ha decidido -a la edad de setenta y siete años- hacer lo que “verdaderamente” le apasionaba. ¿Cuántos jubilados están ahora pintando paisajes?

A las buenas decisiones prefiero llamarlas “milagros”. Los inversionistas toman decisiones todo el tiempo y creen tener información suficiente para no poner en riesgo el dinero invertido. Más eso no es tomar decisiones, sino sólo seguir el camino correcto en pos de obtener ganancias. Hacer las sumas correctas es una virtud invisible y acaso lo único que nos hace sentir vivos son las equivocaciones. Yo recomiendo tomarse las cosas con calma y displicencia. Siempre habrá una mujer más guapa o un hombre más cretino: es necesario tomar esto en cuenta porque aunque lo creamos nunca elegimos a la mujer más bella (y esto no hace mala nuestra elección). Y nuestros amigos no son los peores pues debajo de la piedra más cercana aparecerá uno todavía más desastroso. Los borrachos prometen a menudo acciones que nunca cumplen. Toman decisiones de las que una vez sobrios se arrepentirán, sin embargo en el momento de tomarlas estaban convencidos de su absoluta importancia y conveniencia. Y quien dude de la sinceridad de un ebrio es que no ha vivido.

Creo que las decisiones que tomamos no provienen de un cálculo, sino de una pulsión del espíritu (sea lo que esto signifique). Y este espíritu errará todas las veces porque no es un algoritmo sino una manifestación humana. Edgar Morin escribió un libro muy ambicioso (El método) en tres volúmenes para decirnos una cosa sencilla: el cerebro no explica al espíritu, pero necesita al espíritu para explicarse a sí mismo. Y tampoco hay espíritu sin cerebro, dice Morin. Y cada vez que debo tomar una decisión importante y un cúmulo de manifestaciones químicas se apoderan de mi cerebro para darme la respuesta adecuada tengo la sensación de que todo ese alboroto no es más que trabajo perdido. Esto me pasa por leer a los rusos. Yo les recomiendo jamás leer a los rusos pues todas sus novelas están llenas de personajes cuyas decisiones están todas marcadas por la desgracia. Para ellos apostar y ganar es casi tan vulgar como ir al excusado.

Las neurociencias y la literatura son las únicas disciplinas capacitadas para reflexionar sobre el espíritu (las religiones no, pues son sólo un negocio del espíritu). Aún auxiliado por la ciencia nunca sabré porque todas las decisiones que he tomado en mi vida han sido desastrosas. Lo que deseo me mata. O en palabras de la neuróloga Santa Teresa: “uno sufre más por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Y cada vez que pensemos haber tomado una buena decisión hay que prepararse para sufrir. Así están las cosas.

lunes, 3 de enero de 2011

El vuelo de la morsa

3/Enero/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

Es un abuso, pero cada vez que comienza un año creo que es conveniente hacerse propósitos que sean imposibles de cumplir. Lo contrario es un tanto incómodo pues el hombre que toma decisiones en enero tarde o temprano se arrepentirá de haberse dejado llevar por el entusiasmo: en noviembre volveremos a desinflarnos. El escritor granadino Manuel Montero ha escrito en un breve libro (El proletariado en apuros) que pasa la mayor parte del tiempo siendo estúpido. Leer sus palabras me despertaron el deseo imposible de intentar ser brillante aunque sea en un par de ocasiones a la semana. Sin embargo, creo que uno es más brillante cuando duerme y lo que en verdad quiero decir es que me propongo dormir más que nunca. En los sueños no hay ciencia ni cordura ni nada que nos amargue la existencia. Pero hay que saber soñar. Cada vez que comienzo a sufrir dentro de un sueño cierto misterioso mecanismo me despierta y todo comienza a darse nuevamente. Y así hasta que encuentro un sueño adecuado a mis expectativas. El atractivo de ser un hombre feliz mientras duermes es que ese bienestar no le hace daño a nadie. Eres un bulto que no se abre camino entre los vivos. El insomnio -lo repito siempre a mansalva- es la prueba de que la eternidad debe ser monstruosa, así que intentaré dormir más horas a la semana. No me avergüenza la mediocridad de mis propósitos. Y espero su perdón por dedicar este espacio a naderías.

“Soñar es más práctico que vivir” y “el soñador es el verdadero hombre de acción”, ha escrito Pessoa. ¿Qué clase de sueño será el año siguiente? El sueño de vivir 12 meses más. El deseo de no cerrar justo esa puerta donde quedaremos dentro por siempre. Manuel Montero -que no debe ser mala persona- dice en el libro antes citado que ha soñado ser Cervantes y que una vez despierto se ha decepcionado por no haber escrito una nueva versión de Don Quijote. Entonces se pone a mirar por la ventana. A mí, en cambio, lo que más me decepciona es despertar para encontrarme otra vez conmigo mismo. Pero eso no lo puedo cambiar. Es tanta mi mala suerte que en caso de existir la reencarnación, volveré a encarnar de nueva cuenta en mí persona; nada de revivir en una rata o en un apuesto actor de cine: otra vez en el mismo cuerpo destruido. Este pensamiento me deprime profundamente (entonces yo también me pongo a mirar por la ventana). El que sueña es nuevamente niño, dice Pessoa. Un niño que mira por la ventana después de que se ha dado cuenta de que pronto todo terminará. El único propósito que vale la pena hacerse en estas fechas es el de no dañar a las personas que no conocemos pues es posible -es enteramente posible- que se trate de gente buena que sólo quiere estar un tiempo más en esta vida. ¿Comprenderán este sencillo deseo los gobernantes que se pasean tan orgullosos de sí mismos? No lo creo: antes pasará una morsa voladora por encima de nuestras cabezas. Y cuando divisemos el vuelo de esa morsa podremos tener esperanza de que las cosas cambiarán.

El sepulturero entierra a la misma profundidad a los hombres buenos y a los malos: es un verdadero demócrata. Así que debemos esperar a que el sepulturero nos haga justicia. ¡Vivan los sepultureros! Además de dormir un poco más me prometo terminar de leer El doctor Zhivago y pasar de una buena vez su umbroso principio lleno de nombres rusos e impronunciables. Prometo imaginarme una vejez venturosa y prometo que no arquearé mi espalda a la hora de escribir. Y si todas estas tonterías se cumplen hay una esperanza de que la morsa vuele por nuestras cabezas. Esa será la señal de que en verdad un nuevo año ha comenzado.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Los celos de un loco

27/Diciembre/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

“Rousseau no dijo nada nuevo, pero lo incendió todo”, la frase de madame de Staël es acertada no sólo con respecto al pensador francés. Por lo regular las personas no decimos nada nuevo, pero sí que podemos presentar los mismos argumentos de manera diferente. Y si creemos que Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) no dijo nada nuevo es quizás porque hemos vivido cívicamente de sus ideas durante varios siglos y por lo tanto nos resultan familiares. Sus obsesiones fueron más o menos las mismas que acosarían a un hombre obsesionado con el asunto de la libertad y el ciudadano, alguien que fuera tan celoso como lo fue Rousseau. Un hombre que no es celoso es un malvado. Y no es humano porque el temor a perder o compartir lo amado no corre por sus venas.

Rousseau aspiraba a la pureza porque la pureza en cualquier aspecto es imposible. Era un utópico, contradictorio, celoso y formidable pensador (también era un loco, pero eso se le perdona porque la locura es el premio que obtendrá cualquier persona que intente imaginarse un mundo de hombres honrados). La relación con su mujer, Teresa, posee el mismo constante desasosiego que embarga todos sus libros. La ama, pero ese amor no es puro porque ella no le pertenece en espíritu: él habría deseado una sacerdotisa, una vestal dispuesta a sacrificarse y a cerrar los ojos a todo ser humano que no fuera él mismo: “La sola idea de que yo no era todo para ella hacía que ella no fuera casi nada para mí.” He aquí el amor como la renuncia absoluta de uno mismo para entregarse a quien se ama: te quiero y por lo tanto desaparezco. Es evidente que un amor así no es cuerdo y eso lo sabemos muy bien todos los celosos que aún seguimos en pie: sabemos que el engaño es una constante tan real que incluso podría ser calculada por los científicos.

Tzvetan Todorov, en Frágil felicidad (un ensayo sobre Rousseau), ha intentado privar a los lectores de esa imagen negativa que acompaña a Rousseau y que consiste en hacerlo parecer un romántico autoritario que, además de sostener la utopía del hombre puro, imagina un contrato social en que los ciudadanos son víctimas de una tiranía llamada voluntad general. Sin embargo, como afirma Isaiah Berlin, Rousseau dice una cosa y transmite otra (“decir una cosa y transmitir otra”, ¿acaso los filósofos no están todos condenados a eso?) Lo hace porque se trata de un tema en el que todos han tenido una opinión alguna vez en su vida.

Nadie está a salvo de opinar en estos temas. “Rousseau es el más grande militante plebeyo de la historia, una especie de golfillo de genio, y figuras como Carlyle y hasta cierto punto Nietzsche y sin duda D.H. Lawrence y D´Annunzio, así como dictadores révolté, petit bourgois, como Hitler, Mussolini, son sus herederos.” Uno se pregunta como es que Isaiah Berlin ha podido escribir estas palabras inflamadas por una airada necesidad de la picota histórica. Esa mezcla entre vehemencia, racionalidad y confesión íntima que acusó Rousseau en sus ideas puede llegar a ser tan molesta como para provocar tales juicios, pero yo no estoy de acuerdo en considerarlo un tirano porque pese a ser Rousseau un hombre que teóricamente no apreciaba las artes, su discurrir filosófico posee mucho de literario y artístico. Ya quienes lo interpretaron como quisieron tendrán que pagar sus culpas, pero es un exceso buscar un pecado o un mal original en un pensador tan carismático. Y si su mujer se llamaba Teresa puedo comprender mejor sus celos. Teresa es un nombre que invita al deseo y a la posesión imposible. ¿Conocen Thérese, el cuadro de Balthus? Pues allí está.