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domingo, 15 de marzo de 2015

LA FOTO COMO POLICIA DEL ARTE

14/Marzo/2015
Laberinto
Edith Negrín

La relación entre el escritor y la fotografía solía ser retrospectiva; conocíamos a un escritor consagrado o muerto por sus viejas fotografías; Internet modificó drásticamente esa relación y hoy conocemos antes las fotografías y luego (quizá) la obra literaria de los escritores. 

Grave problema: la fotografía es la Gran Normalizadora, y la fotogenia es la prueba de que todo está OK: amas, gozas, trabajas, consumes, descansas, existes, luces, vendes obedeciendo cada cláusula del contrato social. 

Un retrato es siempre la certificación de una obediencia al control; la policía incrustada en la retina. El cambio de la relación entre literatura y fotografía ha resultado en otro factor más de la normalización del escritor, que caracteriza a esta época de las artes verbales.

Nótese, por ejemplo, la función de la foto en el experimentalismo: la escritura puede querer no ser comunicativa, eludir el realismo y la lectura-pasiva; pero la persona que escribe experimentalmente, en cambio, desea ser reconocible, real, transparente, presente, comunicable, familiar gracias a sus fotos.

Esta es la gran incongruencia del experimentalismo y toda literatura actual. Su adicción a la fotografía muestra su entrega al capital.

La fotografía ha hecho más comercial a la literatura comercial y más aceptable a la literatura experimental. 

Hoy ser escritor es aparecer en fotografías. Si hay un anuncio de una lectura, libro o evento veremos una fotografía del escritor. Participar en lo literario es aparecer en una fotografía.

El libro importa menos; los géneros centrales son álbum y pic. 

La fotografía es el arte más reaccionario de nuestro tiempo; está, por lo menos, 100 años detrás del arte contemporáneo. Sin embargo, el arte contemporáneo depende del padrinazgo del retrato.

El escritor mediante la foto se vuelve una “personalidad”; el texto es apenas el producto vendido por la “celebridad”.

Si bien el libro está en crisis, la figura del escritor, en cambio, aumentó en relevancia.

No es azar que tengamos ya escritores que no escriben y sean célebres en el espectáculo de las Humanidades. 

Hemos llegado al momento en que ninguna innovación radical de la forma artística sucederá si no hay una crítica radical del espectáculo.

La falta de radicalidad del presente momento literario, teórico y artístico, en general, es evidenciada por la naturalización de la foto como carta de presentación del autor.

La fotografía es el pilar del espectáculo. Pero mediante su uso del retrato, el escritor merma la distancia, el extrañamiento del arte.

La foto es la firma del escritor con las clases en el poder y el gusto consumidor. El retrato expresa su afinidad con los dominadores y su atractivo y accesibilidad para el consumo. 


Si el escritor se niega a romper el contrato fotográfico, la escritura, sin embargo, romperá su contrato con el escritor.

Historia de un fracaso

14/Marzo/2015
Laberinto
Edith Negrin

Tal vez Mauricio Magdaleno consideró que Mapimí 37, su primera novela aparecida en 1927, era poco importante, pues al parecer no hizo ningún intento por reeditarla. Se trata de una obra casi olvidada tanto por el escritor como por la crítica. Magdaleno prefirió más bien reelaborar el mismo material en una obra de teatro, Pánuco 137, estrenada en Buenos Aires en 1932 y publicada un año después.

La temática del petróleo y su impacto en los pequeños pueblos mexicanos que anima a ambas obras es retomada por Magdaleno cuando, ya como un intelectual consolidado, escribió el guión de Gran Casino, la primera de las 32 películas que Luis Buñuel iba a filmar en México.

En mi opinión, Mapimí 37 es un texto de gran interés, no solo como una de las novelas pioneras sobre el petróleo escritas por un mexicano sino por ser la ópera prima de Magdaleno, no carente de calidad literaria.

Hacia 1920, el joven Mauricio, todavía estudiante de bachillerato con pocos recursos, había intentado conocer Tampico en unas vacaciones, pero no pudo hacerlo a causa de un intenso ciclón. Luego, como militante en la campaña vasconcelista, visitó el puerto una vez más. En Las palabras perdidas describe ese segundo viaje a la Huasteca, pletórico de intensas emociones.
Unos dieciséis años después de su malograda primera expedición, realizó una tercera visita y esta vez, ya no como estudiante con limitaciones económicas ni como activista político, pudo disfrutar de una placentera estancia en la región.

En su recreación de este viaje en un texto de 1937 se muestra convencido de que, como le dijo un hombre mayor que atendía un changarro: “Haga usté de cuenta un ciclón. Así se acabó Tampico”. El ciclón pasa a ser una metáfora de la fiebre del mineral y Magdaleno se convence de que ésta había llegado a su fin: “Una vez que se apagó la locura, la Huasteca volvió a ser el paraíso de los ríos, las barras y los platanares”.

El optimismo de Magdaleno en su tercer viaje a Tampico es un poco extraño en un momento en que aún no se había llevado a cabo la nacionalización del petróleo, aunque ya estaba relativamente cercana. Sin embargo, al inicio de su crónica ofrece una excelente reseña del puerto en su etapa de industrialización.
***
La novela corta Mapimí 37 fue gestada precisamente entre la conclusión del bachillerato del autor (1924) y su activa participación en la campaña de Vasconcelos (1929). Para escribirla —y publicarla cuando tenía veintiún años—, contaba con sus vivencias infantiles en Aguascalientes, en una familia encabezada por un padre liberal y revolucionario; contaba asimismo con su inmersión preparatoriana en la cultura y la política en la capital del país. Había iniciado una prometedora práctica periodística y debe haber tenido una buena relación con el medio, pues la novela fue publicada en edición rústica por Revista de Revistas.

Mapimí 37 tiene en la portadilla la acotación “Novela mexicana por Mauricio Magdaleno”. Está ilustrada con las siluetas de la torre de un pozo petrolero y un trabajador; al fondo se insinúa apenas una población —no se da crédito al autor—. Debajo, un recuadro hace constar: “Obsequio de Revista de Revistas”. La guarda está ocupada por una advertencia en grandes letras: “MATE LA MOSCA/ CAMPAÑA HIGIÉNICA/ LEA USTED “EXCELSIOR”/ EDICIÓN DE LA TARDE”.

Mapimí 37 está protagonizada por campesinos pobres. El núcleo de la red de personajes es la familia Galván —Roque y su esposa Cande—, que habita la pequeña finca El Carretón. El rancho se sitúa a cinco leguas de Mapimí, estado de Durango, en las proximidades del río Nazas, en la Comarca Lagunera. En el presente de la historia, que se ubica más o menos una década después del cese de la lucha armada, ambos son viejos. Hay una breve referencia a la primera conflagración mundial, dentro del relato de una leyenda, en voz de un personaje: “acababa de pasar una guerra espantosa, de todos los hombres del mundo. En ella murieron millones y millones de hombres. Se asesinaban con demencia”. En términos generales, la situación histórica de la anécdota coincide con la fecha de publicación de la novela: 1927.

A lo largo de la narración hay dos voces: la dominante de un narrador omnisciente, en contrapunto con los diálogos de los propios hombres y mujeres que se van imbricando como la voz genérica de un ente colectivo. Pero en tanto que el narrador hace gala siempre de un español culto, el habla de los campesinos exhibe giros regionales, a veces incorrecciones, acordes con su caracterización. Así, por ejemplo, el personaje Silvestre dice en esta escena inicial: “Güenas noches, don Roque. Güenas noches, niña Cande. Ya dejé amarradas las vacas. Ya no las puede llevar uno ni abajito del Mirador. No más sale agua puerca, quesque…

“Se interrumpe y se va, viendo ocupados a ambos viejos”.

Aun cuando no hay cortes explícitos, la historia de El Carretón muestra tres fases sucesivas en relación con la posibilidad de la existencia de petróleo en la zona.

En la primera fase se presentan separadas la vida de la comunidad de El Carretón”, junto con los ranchos vecinos, y el asunto del petróleo. En la tranquila cotidianidad de los ranchitos, tanto los yacimientos del mineral como las posibles exploraciones son apenas el lejano rumor de una amenaza que viene de fuera. Ellos se dedican al trabajo, la vida familiar, los pequeños placeres de una comunidad solidaria pese a su pobreza y a las pérdidas humanas padecidas en la guerra civil. La relación de los pobladores con la tierra es fundamental. “La tierra nos hace nacer, pero un día también, compadecida, nos llama a su seno”, piensa Roque. Este intenso apego campesino a la tierra es un tema que recorre la obra posterior de Magdaleno. Una de sus novelas más acabadas se titula La tierra grande (1945).

La historia de los Galván se ofrece a través de los recuerdos de don Roque. Rememora a sus dos hijos, fallecidos en “La Bola”. La tragedia familiar incluye asimismo a una hija, que huye a Torreón con un capitán que pidió albergue en el rancho. En la segunda etapa, los chismes se vuelven realidad: las labores en busca del mineral son inminentes y el gobernante local apoya a un empresario norteamericano para que se apodere de las tierras del pueblo. La tercera fase describe en pleno lo que el narrador llama “la calentura del petróleo”, desatada durante las búsquedas y aumentada después del brote del primer pozo. Se va arrasando El Carretón, y en especial a los rancheros que se oponen a vender sus propiedades. En su lugar va surgiendo un campamento que se convertirá en un pueblo diferente. En el proceso participa la soldadesca que, una vez derrotada la resistencia, se dedica a cantar, jugar baraja y beber. Inician las cantinas, los prostíbulos y la violencia. La aniquilación de la comunidad corre paralela a la de la naturaleza.

Si en Los de abajo la Revolución se comparaba con “una piedra” que “ya no se para”, en Mapimí 37 se le equipara con un río: “¿quién detiene al Nazas cuando se viene, inundando campos y pueblos, y se sale de madre y destruye cuanto encuentra a su paso?”. Un personaje expresa los sentimientos del pueblo sobre la Revolución: “¿Qu’hemos ganado con todas estas bolas? ¿Qué? Nomás hemos vuelto a lo mesmo, pior tantito”.

El anciano Roque intenta echar de su casa a los compradores y un gringo le responde: “¡Desde este momento se acabó El Carretón y todo lo demás! ¡Esto no es más que el pozo número 37 de la Mapimí Oil Company!”.

Mapimí 37 es la historia de un fracaso: el de los pobladores de El Carretón y las regiones vecinas para resistir la penetración extranjera. La comunidad lagunera puede verse como una metáfora del país. Una historia que será relatada una vez y otra en las novelas del petróleo como, en términos generales, en los diversos tipos de novela antiimperialista.


lunes, 15 de diciembre de 2014

Las palabras sagradas, los lenguajes de nadie

16/Noviembre/2014
Confabulario
Edith Negrín

Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó.
David Huerta, “Ayotzinapa”, 2014


Si bien dedicó su vida por completo al activismo político, José Revueltas se preocupó también intensamente por entender y describir la realidad a través de conceptos, de teorías.

Una de sus inquietudes fundamentales fue, recordemos, la palabra. A lo largo de su obra narrativa se diseminan comentarios sobre las palabras y el lenguaje. Comentarios que oscilan entre la política dentro de la historia, y la trascendencia de la religión. No sólo se trata, para Revueltas, de la búsqueda de la palabra precisa en el texto, a la manera flaubertiana, sino de la palabra como sinónimo de poder y actuación sobre la realidad. Su concepción coincide —si bien no procede de ella— con la de Jean-Paul Sartre, que titula su autobiografía Las palabras (Le Mots, 1964).

En las narraciones del escritor de Durango, las palabras heredadas, con ecos legendarios, pueden materializarse en una situación presente. Así por ejemplo en El luto humano, los campesinos de una región, ante el fracaso de su presa de riego otorgada por la reforma agraria en los treinta, ante el desbordamiento de la naturaleza y la muerte de la única niña de la comunidad, se ven obligados a salir de su región. El narrador visualiza a los personajes en términos bíblicos, con la conciencia de que el cambio de circunstancia modifica la potestad de los vocablos: “Preparábanse para el éxodo, para la palabra bíblica que expresa búsqueda de nuevas tierras. Palabra con esperanza aunque remota, en los bárbaros y alentadores libros del Viejo Testamento, pero fría, muerta, aquí en este naufragio sin remedio de hoy”.

En otro pasaje de la misma novela, situado en el curso de la Guerra Cristera, el narrador ejemplifica cómo la oralidad se transforma en acción:

“—Quieren crucificar otra vez a Jesús —dijo el cura, y una sordera, una cosa fría e irremediable respondió a sus palabras.

“He aquí las palabras que después se tornan sangre y fuego y llanto. Nacen, no son nada, apenas un pequeño, inconsciente esfuerzo pulmonar, pero cuando entran en el hombre se oscurecen y cobran su tributo”.

Un aspecto especialmente interesante en esta meditación tiene que ver con las palabras que no se dicen, y cómo este silenciamiento puede influir sobre la realidad. En Los días terrenales, como en El luto humano, hay una niña de pocos meses de nacida, esta, hija de militantes comunistas, que fallece; se llamaba Bandera. La trama de la novela se sitúa en la etapa en que el partido comunista actuaba en la ilegalidad (1929-1935), lo cual obligaba a sus integrantes a vivir en alerta día y noche, vigilándose a sí mismos y entre sí, en sus palabras, tanto como en sus actos. Ninguno de los que rodean a la pequeña se atreve a mencionar lo que todos saben, que había muerto “de pura desnutrición”, como piensa el joven militante Bautista:

“[Bautista] se volvió hacia todos los presentes con una expresión llena de angustia y de sufrimiento que, por no haberla sospechado en él, no habérsela supuesto, los hizo temblar, como si temieran que de súbito pronunciase las palabras prohibidas acerca de Bandera, y que nadie, excepto Julia, quería escuchar […].‘Lo de la niña’. Era un circunloquio pudoroso, un modo elusivo de no llamar a las cosas por su nombre, con el temor de que esto fuera a causarles más dolor o a debilitarlos en su necesidad de ser fuertes y de no tener consideración alguna para sufrimientos de índole personal, ajenos a la causa”.

En Los errores (1964), Revueltas reitera su inquietud por la perversión, practicada por los comunistas, consistente en “no llamar a las cosas por su nombre”. Si uno de los temas más graves de la novela es el asesinato de militantes a manos de sus correligionarios —una nueva encarnación del mito bíblico de Caín—, el uso del lenguaje colabora a encubrir los crímenes. Así Olegario Chávez, personaje en buena medida portavoz del escritor, observa que los criminales comunes suelen ser poseídos por el apresuramiento y eso “termina por perderlos”. En cambio, sus compañeros “comunistas, anarquistas, revolucionarios, asesinos políticos, en suma” matan sin alterarse. Su pensamiento sigue un curso de filiación orwelliana:

“Crímenes —cuando es necesario, éticos, si así puede decirse, que no nos pertenecen: supresiones, liquidaciones abstractas (Aquí, […] Olegario sintió horror por las palabras, por ese pudoroso argot de partido, por esa curiosa variedad de ‘circunloquios morales’: liquidación física, muerte prematura y otras expresiones parecidas […]. Muerte prematura igual a homicidio; supresión administrativa igual a fusilamiento sin proceso público. Cuestiones de semántica, se dijo como si sonriera por dentro)”.

El militante recuerda los procesos de Moscú y menciona asimismo otros sinónimos de asesinar: desaparecer, ejecutar. En otro pasaje medita, jugando con palabras de Marx y de la Biblia, “un fantasma recorría el mundo: el fantasma de la matanza de los inocentes”.

El autor lleva a su límite el poder generador de la palabra en una de las líneas del alucinante pasaje inicial de Los días terrenales: “En el principio había sido el Caos, antes del Hombre, hasta que las voces se escucharon”.

Los ejemplos podrían multiplicarse. En el relato “La palabra sagrada” el escritor hace explícita su propuesta: son palabras que pueden calificarse de “sagradas” aquellas que un grupo sabe pero que tácitamente decide callar. Sin embargo, cuando alguien las dice, horadan la realidad aparente y pueden cambiar el curso de los acontecimientos.

“La palabra sagrada” abre el volumen Dormir en tierra (1960). De acuerdo con los editores de sus Obras completas —Andrea Revueltas y Philippe Cheron—, desde 1953 José Revueltas tenía ya una primera versión del libro. En ella, el relato ocupaba el sexto lugar, se titulaba “Las palabras sagradas” y estaba antecedido por una cita de Pascal: “Tanto me da que se me diga que me he servido de palabras antiguas. Como si los mismos pensamientos no formaran, por una diferente disposición, el cuerpo de un discurso distinto, al igual que las mismas palabras forman distintos pensamientos por su diferente disposición”.

En la versión definitiva, Revueltas suprimió la cita, pero conservó en el título el adjetivo “sagrada” que confiere un matiz religioso, procedente del universo de Pascal, a una trama en apariencia profana. Recordemos que la protagonista de “La palabra sagrada” es una adolescente de clase media mexicana, llamada Alicia, a quien su familia trata como a una niña. Un día ella es sorprendida en el desván de la escuela con su novio Andrés, con quien mantenía relaciones sexuales desde algún tiempo atrás. Los chicos son descubiertos por el profesor Mendizábal, quien induce al novio a escapar y asume la culpabilidad de haber seducido a la alumna. Por supuesto, es expulsado del colegio, en tanto Alicia es mimada como si hubiera sido víctima de un accidente.

El narrador otorga el atributo de sagrada a dos palabras. La primera es “amor”. Mientras espera a su novio el día que la descubren, Alicia se siente “el ángel del tiempo” y escribe, sobre el polvo de un viejo globo terráqueo, “Amor, Andrés”. Describe el narrador:

“El ángel del tiempo miró con profunda pena a esta culpable esfera, cuya muerte parecía ser la más amarga de todas […]. De todos los cadáveres del universo, ése era el más necesitado de compasión a causa de sus culpas, y entonces el ángel extendió el índice para escribir sobre aquella superficie muerta, una palabra, la primer palabra sagrada que lo reviviese”.

Cuando el profesor llega y pasa su manga por el globo, fracasa el acto del ángel que “intentó revivir con la palabra sagrada un mundo muerto para siempre” y, como la frase, el amor queda eliminado de la tierra y del relato. Por otra parte, la vocación expiatoria del profesor sólo puede entenderse en el marco general de la narrativa revueltiana donde la culpa es el común denominador de la humanidad.

La segunda palabra sagrada es “puta”. La tía de Alicia, Enedina, comprende lo que en verdad pasó y le dice a la joven al oído: “—Llora, hija mía, llora pequeña puta desvergonzada, llora que yo no te traicionaré”.

Alicia no es prostituta por tener relaciones con su novio, sino por aceptar la mentira del profesor y entrar en el mundo de una clase social que vive a base de fingimientos, y donde el amor ha sido borrado. La tía, ella misma experta en simulación, completa el ritual de ingreso de Alicia a la vida adulta. Enedina rompe el engaño, al pronunciar —si bien con discreción— “una de las cuantas palabras sagradas que tiene el lenguaje humano para expresarse”.

Conjuntamente con la teorización sobre las palabras sagradas, Revueltas explica a veces que los oprimidos hablan “El lenguaje de nadie”. Ese precisamente es el título de otro relato incluido también en Dormir en tierra. En este cuento, el indígena Carmelo no sabe hablar correctamente la lengua de los hacendados, por lo cual es incapaz de darse a entender y protestar por las injusticias que padece. Su uso imperfecto del lenguaje simboliza su impotencia y marginación. Sólo puede comunicarse con “el tonto de la hacienda”, aun más desvalido que él porque “los dos hablaban el lenguaje de nadie”.

La dinámica de las palabras sagradas tiene, como todo en Revueltas, una traducción política. Para él, el uso de la palabra obliga a los escritores a asumir una gran responsabilidad, pues en determinadas situaciones históricas las palabras pueden tener una carga subversiva. Expone con claridad esta propuesta en su “Carta de Budapest a los escritores Comunistas”, escrita en 1957 desde Hungría.

Cuando escribe este texto, ha pasado menos de un año de que la insurrección húngara contra la burocracia estalinista había sido reprimida. Revueltas, que ha reingresado al Partido Comunista, no ha perdido aún la fe en el papel dirigente de la URSS en la construcción del socialismo, de ahí que apoye la intervención soviética en Hungría. Sólo lamenta las desviaciones, como yerros justificables. Sin embargo, tiene muy en cuenta el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética que, a inicios de 1956, critica por primera vez las deformaciones estalinistas y abre una etapa de autocrítica en las organizaciones comunistas.

Si bien posteriormente el autor ya no justificaría la intervención soviética, vale la pena releer esta carta por sus apuntes sobre el lenguaje, que se mantuvieron. Incluye una cita de Sartre “Las palabras son disparos”, y explica que el mayor daño que el estalinismo hizo a los intelectuales fue minar su capacidad de emplear libremente las palabras: “Comenzó a existir para nosotros y en todos los países —cierto, sin que hubiese nadie que nos colocara una pistola a la espalda, y en suma esto era lo de menos— esa zona táctica, silenciosamente aceptada de ‘lo que no debe decirse’”.

Se califica a sí mismo, y a todos los que aceptaron la tácita prohibición y aceptaron autocensurarse, a aquellos que “traicionamos la palabra”, de “cobardes y oportunistas”.

Tal vez, con el tiempo, Revueltas perdiera confianza en la eficacia de las palabras. Diez años después de la “Carta de Budapest a los escritores Comunistas”, en el prólogo a una edición a su obra literaria, en Empresas Editoriales (1967), habla con pesimismo de algunos escritores que se expresan con un lenguaje de nadie:

“El escritor […] pacta a vida o muerte con las palabras, con sus palabras, con sus obras. En relación con ellas —relación que se establece independientemente de su voluntad— encuentra, así, la medida de su propio aislamiento y de la incomunicación sustancial a que está condenado su ‘lenguaje de nadie’, pues las cosas jamás podrán ser de otra manera para él. Dentro de este cuadro de lucha desesperada, es donde se desenvuelve el destino irrevocable de todo escritor que se proponga asumir hasta el fondo la lucidez más completa de su conciencia; el destino de ser y su saber, de su existir y su conocer, de su saberse y de su existirse”.

A pesar de su pesimismo, José Revueltas no abjuró nunca de la responsabilidad de la palabra; siguió ejerciéndola hasta su muerte. No supo de Ayotzinapa, pero sin duda se habría sentido forzado a investigar la verdad y a escribir sobre ella.

jueves, 9 de octubre de 2014

Revueltas y los bajos fondos

Octubre/2014
Nexos
Edith Negrín 

“Que el hombre propende a edificar y trazar caminos, es indiscutible —dice el protagonista de El subsuelo—. Pero ¿por qué se perece también hasta la locura por la destrucción y el caos?… ¿No será porque sienta un terror instintivo a llegar al término de la obra sin rematar el edificio?”. Dostoievski aquí es radical, hiperbólico —tal vez demoniaco— y lleno de una desmesurada voluntad del propio aniquilamiento. “¿Quién sabe —agrega—si el fin a que la humanidad propende, consistirá tan sólo en ese incesante esfuerzo por llegar?”.
¿Incesante esfuerzo ha dicho? […]. Sí, puede responder Dostoievski: os llamo a ser parte prodigiosa del infinito.
—José Revueltas, Las evocaciones requeridas

Buena parte de la narrativa mexicana del siglo XX se refiere a los de abajo, a los vencidos, a los ofendidos y humillados. Pero ningún autor ha ofrecido una crónica tan completa, tan compleja y con tan alto nivel literario de los bajos fondos en el México vigesémico como José Revueltas.
Sus narraciones indagan en profundidad sobre la condición humana; por lo que hace a la visión del mundo, desde el materialismo histórico y dialéctico asumido en su juventud; en cuanto a la literatura, desde el realismo crítico que él, buscando una alternativa al realismo socialista, transforma en una teorización sobre el “lado moridor” de la realidad.
Leídas en un orden cronológico, sus novelas documentan una travesía hacia el desencanto, la degradación social, la deshumanización. Trayectoria vinculada con su decepcionante peregrinaje por diversas organizaciones de la izquierda mexicana. Vistas como simultáneas, las novelas dialogan entre sí, proponen constantes e interrogaciones no solucionadas. Son un panorama de lo oculto, de lo no dicho, de lo omitido o borrado por la cultura oficial, incluyendo la cultura de la oposición.
Los bajos fondos de Revueltas, de tradición en su amada literatura rusa, en Gorki, y sobre todo en Dostoievski, connotan y enlazan elementos de diversa índole. Los espacios urbanos, tanto como los cuerpos y sus funciones, simbolizan las circunstancias político-sociales, la condición humana, nuestros abismos interiores.
Un poco como en la cita de las Memorias del subsuelo elegida por el autor, la narrativa revueltiana es una exploración en lo subrepticio, en un esfuerzo incesante por trazar, o más bien por descubrir, un camino, siempre tanteando al borde de la desesperación y con el pánico de arribar tal vez no al infinito sino a una nada existencial como la que menciona con frecuencia en sus ficciones.
Si los bajos fondos son esos submundos marginales generados por el supuesto progreso y la injusta distribución de la riqueza al expandirse las ciudades, empezaríamos por situar a José Revueltas como uno de los grandes narradores urbanos en nuestra literatura.
Su primer cuento publicado, Foreign Club (1938), relata un enfrentamiento entre taxistas en huelga y las fuerzas de la represión, la policía, los bomberos, los soldados, en un contexto netamente capitalino. Si bien la acción de Los muros de agua (1941) se ubica en una prisión de las Islas Marías, el trayecto de los prisioneros, una sucesión de vehículos clausurados, se inicia en la capital.
En El luto humano (1943) ese mural del fracaso de los proyectos agrarios del sistema político de la Revolución, seguimos en su huida al personaje Calixto, guerrillero villista que hurta un puñado de joyas en el asalto a una hacienda del antiguo régimen. A través de la mirada del ingenuo campesino, que en la metrópoli es despojado de sus alhajas y su futuro, el narrador presenta una travesía que podría ser asimismo una metáfora de la novela de la Revolución: “de pronto cesa el campo y un empeño de ciudad nutrida de chiquillos ventrudos, patios, postes, barro, tendederos, mendigos, sobreviene […]. ¡Esa era la ciudad de México, polvorienta, de pequeños edificios y rectas calles, con sus cocheros desgarbados y sus vertiginosos, insensatos, automóviles Ford!”. Ese horizonte que asombra a Calixto va a ser, en buena medida, el del autor en sus siguientes novelas: el polvo y el barro de la miseria, junto con el vértigo de la industrialización representado indiscutiblemente por los autos.
Sin embargo, es en Los días terrenales (1949) que los personajes se mueven casi todo el tiempo en la ambientación metropolitana. En términos generales toda la espacialidad de la narrativa de Revueltas lleva el sello de la etapa clandestina del Partido Comunista Mexicano, articulando un formidable caleidoscopio temático de ocultamientos, prohibiciones y conjeturas. Pero son sus novelas políticas, Los días terrenales, Los errores (1964) e incluso El apando (1969), las que llevan esta impronta a su máximo límite. Las tres son novelas citadinas.
En Los días terrenales algunos de los personajes, además de plenamente urbanos, habitantes representativos de la capital, son cosmopolitas, en tanto están conectados al mundo por flujos de ideas que rebasan fronteras geográficas y culturales, como apunta José Manuel Mateo. Los activistas políticos que protagonizan la trama norman su conducta por los lineamientos de la Unión Soviética, de acuerdo al desarrollo del comunismo internacional. En Los errores se amplía este cosmopolitismo, e incluso alguna escena ocurre en Moscú.
Pero la óptica del autor recorta siempre determinados espacios de las urbes, los ámbitos de la marginalidad: las zonas habitadas o deambuladas en su mayor parte por menesterosos y delincuentes, tanto como por los militantes comunistas; el sitio marginal más extremo, la cárcel.
En Los días terrenales, rubro bajo el que el escritor de Durango deseaba ubicar toda su novelística, desde la alucinante escena inicial, queda claro que los indígenas sólo pueden recuperar tanto la dignidad de su condición humana, como la magia de sus rituales, fuera de las zonas urbanizadas. Dentro, corren el riesgo de ser devorados por los bajos fondos.
Un sitio fundamental en la novela es la pobre vivienda que funciona como “oficina ilegal” del partido, y también como morada de los comunistas, el dirigente Fidel y su compañera Julia. Ahí, al inicio de la trama se mezclan las conversaciones, siempre veladas por el temor a la vigilancia policiaca, sobre las actividades políticas inmediatas con el olor deletéreo del cuerpo de la hija de 10 meses de la pareja, llamada Bandera, que acaba de fallecer por desnutrición.
Se trata de un cuarto “estrecho, pobre, mal ventilado y frío”, alumbrado con velas y con un humilde brasero para calentar el café, donde la sordidez de las paredes se disimula por las promesas de la esperanza, retratos de Lenin y Flores Magón, así como un viejo cartel que el dirigente había traído de la Unión Soviética y representaba el asalto al Palacio de Invierno en 1917.
Uno de los comunistas jóvenes, Rosendo, en misión activista después de haber dejado a Julia y a Fidel, evoca cómo este último prefirió dedicar el dinero destinado al entierro de su hija, a los envíos del periódico del partido. Fascinado con el gesto, piensa que hasta aquel mismo “cuarto, sucio, pobre, se había convertido en el símbolo del ideal, en la representación del desinterés y el sacrificio con los que era necesario recorrer el áspero y tormentoso camino de la lucha revolucionaria”. Pero para el narrador de la novela, y para algunos de los personajes portavoces del autor, la habitación estrecha, pobre, mal ventilada y fría, es un espejo de Fidel, esclavo de lo que considera la ortodoxia comunista. El insensible líder es el prototipo de los comunistas dogmáticos que Revueltas rechazaba, como se ha dicho muchas veces en diversos análisis de la novela.
La crítica a los comunistas sectarios y dogmáticos, a la dirección del partido y a quienes obedecían sus instrucciones sin reflexionar, seguros de poseer la verdad histórica, ocasionó una respuesta de repudio a Revueltas por una gran parte de sus compañeros, respuesta que ha sido documentada por la crítica.
Dos personajes opuestos, Fidel y Julia, hacen explícita una de las concepciones fundamentales del autor sobre la realidad, más allá de lo anecdótico; hay palabras o pequeños actos que son indicios de un estrato interior de los seres humanos o las situaciones, como un sistema de catacumbas, esos recintos de culto y cementerio. Así, el militante ejemplar percibe “signos ocultos”, “señales externas” debajo de las cuales “se advertirían los pasadizos secretos de un abrumador sistema de catacumbas del alma lleno de las más verdaderas e inquietantes revelaciones”.
Queda claro que el presentimiento va más allá del personaje, pues a propósito de Julia el narrador reitera la misma idea. El dirigente se refiere con desprecio a Gregorio, el militante humanista, sensible y lleno de incertidumbres con el cual se identifica el autor, afirmando: “está equivocado en forma absoluta”. Al escuchar estas palabras de su esposo, Julia siente “un estremecimiento breve y frío”:
el sistema general de catacumbas. El laberinto. Los pasadizos secretos. Pues Fidel no expresaba con aquella frase lo que quería decir […]. Era en su actitud  […], en ese destello empobrecido de sus ojos donde se adivinaba, tenebrosamente oculto, un mensaje cifrado, una híbrida cosmogonía de sentimientos e incitaciones de cuyos oscuros símbolos el idioma no podría dar sino una versión opuesta y lejana.
Uno de los pasajes más significativos de Los días terrenales es la caminata por las calles del centro histórico de los militantes Bautista y Rosendo en una madrugada urbana, para fijar en las paredes la propaganda del ilegal Partido Comunista: “los rodeaba la negra ciudad sin límites”. Carentes de referencias. Sin brújula, sin “estrella polar alguna” se sienten en “una ciudad submarina” que es a la vez “una placenta enemiga”.
Como ocurre casi siempre a los personajes revueltianos, la vivencia del momento combina las intuiciones sagradas, la inefabilidad cosmogónica, con las pruebas de su terrenalidad, de su calidad de seres hechos de una materia que se descompone. Ambos jóvenes comparten una percepción que el narrador califica de mágica: “la convivencia de sucesos ocurridos hace cuatro siglos con cosas existentes hoy”. Perciben la presencia de los volcanes, la de la “Tenochtitlán prehispánica”; “voces que venían desde Tlatelolco, donde Zumárraga edificó el Colegio de los Indios Nobles, se escuchaban a más de dos o tres kilómetros, en la plaza donde los acróbatas de Moctezuma hacían el juego de El Volador; lamentos y silbatos y silbatos provenientes de Popotla y Azcapotzalco”. Algunos apuntes prefiguran la ciudad inventada por Carlos Fuentes:
No importaba que los ruidos de Tlatelolco y Nonoalco fuesen el aletear, como rojo pájaro ciego, de las respiración fatigada de alguna locomotora, o el ardiente ir transmutando la materia de los alimentadores de los altos hornos de la Consolidada; ni que ese largo sollozo de Azcapotzalco se transformara en la sirena de la refinería: eran también el rumor de los antiguos tianguis, el canto de los sacerdotes en los sacrificios y el patético batir de remotos teponaxtles.
Sin embargo, la magia pronto se desintegra ante la presencia de uno de los enormes basureros de la ciudad, “lleno de trapos, de algodones sucios, de botes viejos y de hojas de lata, encima de cuya inverosímil podredumbre y miseria vivían algunas espantosas gentes, algunos seres absolutamente no humanos, pero vivos y terribles”.
Los errores es la novela que el autor publicó después de un silencio de siete años, por lo que hace a los textos de ficción. Como es sabido, las críticas de sus correligionarios a Los días terrenales desataron en él un profundo y triste proceso de revisión de sus presupuestos estéticos, para hacerlos concordar con los políticos. Entre ambas novelas, el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (1956), en el que Nikita Jrushov condenó la política de Stalin, abrió una fase de autocrítica y renovación en los partidos comunistas de muchos países. De ahí que Revueltas considerara atinado reiterar sus críticas a cierto tipo de militantes ahora identificados como estalinistas. La caracterización que de ellos hace el escritor en Los días terrenales, en Los errores ya no se refiere sólo a México sino a la URSS.
Si Los días terrenales alcanza uno de sus momentos culminantes en la escena del basurero, Los errores va más allá. Como si todo lo existente sobre la superficie de la tierra no bastara para significar el descenso al cual pueden llegar los seres humanos, uno de los personajes protagónicos, Olegario, para escapar de la cárcel tiene que pasar por los albañales. El narrador describe en detalle los desperdicios de la comida, era como:
un puerto donde se había declarado la peste, sucio hasta la locura, donde todos los habitantes estaban muertos dentro de sus casas y hedían, transmitían a la atmósfera un aire orgánico nuevo, de gases descompuestos por la materia podrida, por todo lo que del cuerpo sobrevive tercamente, intestinos, vísceras, mucosas, cartílagos, un espantoso aroma embriagador, que entraba en la nariz como un alimento agrio, macerado por toda clase de secreciones envejecidas y pegajosas.
Olegario recuerda, en una conversación con Emilio Padilla, en Moscú, el acoso de las ratas. Su interlocutor compara el caño del drenaje con la burocracia soviética:
un caño de agua sucia, como el tuyo. El paraíso de las ratas. Los burócratas por todas partes, incoloros, diligentes, siempre dispuestos a enardecerse hasta la ignominia y el crimen, llevados de un falso celo dogmático, de una ortodoxia fingida, tan sólo en busca de las pequeñas comodidades y de las condecoraciones. Entretanto, los verdaderos comunistas callan, sombríos y con los dientes apretados.
Sin duda Padilla, inspirado en el militante mexicano Evelio Vadillo, que estuvo por años prisionero en la URSS, presumiblemente en una etapa posterior a la escena recreada, expresa la posición de un Revueltas dispuesto a decirlo todo, ya sin tapujos, independientemente de las reacciones.
El sitio límite de los bajos fondos es la cárcel. Desde Los muros de agua, hasta El apando, y algunos de los relatos, la narrativa de Revueltas recrea los numerosos presidios que conoció, el reformatorio juvenil, las Islas Marías, el penal de Lecumberri, por citar los principales. Puesto que éste es uno de los aspectos más analizados por la crítica, no me detengo en comentarlo. Sólo reitero que ése es el espacio donde coinciden los delincuentes y los disidentes, y recuerdo que en El apando la prisión lo ha invadido todo; salvo los visitantes, el exterior apenas existe. No hay encarcelados por sus ideas o por su activismo. Sólo quedan los comunes, los asesinos, los rateros, los drogadictos. Tampoco hay fugas ni intentos, sino una resignación absoluta a la fatalidad por parte de los seres humanos. No se trata de una narración explícitamente política, como las novelas precedentes. Sin embargo, la circunstancia de su escritura, la cárcel de Lecumberri donde el autor estuvo prisionero después del movimiento del 68, la cerrazón que preside el ritmo narrativo, carente de pausas, e incluso la tipografía, acendran la simbólica sugerencia política. Como a los prisioneros insurrectos, la represión ha vencido la disidencia en el país, no existe más que “aquella ciudad y aquellas calles con rejas, estas barras multiplicadas por todas partes, estos rincones”.
En el universo narrativo revueltiano el cuerpo es, en cada novela, más degradado. Por una parte, han sido desterrados, casi por completo, el placer sexual y la procreación. En El luto humano la única mujer que parece estar encinta es “la Calixta”, pero su embarazo es una parodia, en realidad tiene hidropesía. En El apando la madre de El Carajo es una mujer envilecida, que se presta a meter a la cárcel la droga en su vagina. Al final, El Carajo parece darse a luz a sí mismo.
Si en las primeras novelas pueden rastrearse sentimientos amorosos, en el universo de El apando ya no hay sentimientos positivos y apenas una parodia del placer sexual, representado por el deseo insatisfecho de varios personajes y los movimientos obscenos que adquiere el tatuaje de uno de ellos con el movimiento.
Por otra parte, hay una presencia constante de la mierda. Ya en Los muros de agua los prisioneros escenifican una atroz batalla de excrementos en la bodega del barco que los conduce a la isla.
En Los días terrenales el autor ofrece una detallada reflexión sobre el tema. Bautista, en el basurero, evoca las horas precedentes, pasadas con Fidel y Julia, y especula sobre el significado de cada acción, de cada palabra. De pronto sus meditaciones se cortan bruscamente al sentir “que había pisado algo blando viscoso entre los desperdicios del tiradero” y oler “la infame pestilencia”: “Y no es siquiera de un animal —estalló para sí mientras trataba de limpiar la suela de su zapato—, sino precisamente de un ser humano”.
La mierda reorienta sus cavilaciones: en el mundo del tiradero los hombres, semejantes a él mismo, “no tenían necesidad alguna, de ninguna especie, de disfrazar sus pasiones y sus vergüenzas”. En tanto que en el mundo de afuera “la porquería y la miseria morales estaban ocultas por el más púdico de los velos”. De cualquier forma eran mundos iguales y reveladores de la condición humana.
La mierda era un indicio revelador, “la señal para una ética o para un sistema científico. Tanto daba la deyección del hombre como la manzana de Newton tratándose de puntos de partida. La gravitación universal o la defecación universal”. Pisar la “miserable materia fue como descorrer el velo que cubría sus pasiones, y ahora ante sus ojos se le mostraba la verdad amarga y desnuda”.
En la narrativa de Revueltas hay una retroalimentación entre los bajos fondos urbanos, los del cuerpo, los del sistema político, los de las ideologías. Ejemplifica una y muchas veces la tesis expuesta en Los errores: el hombre es un ser erróneo.

Bibliografía
Mateo, José Manuel (2012): “En el espejo de la ciudad: confrontación entre Los días terrenales y La región más transparente”, en La región más transparente en el siglo XXI. Homenaje a Carlos Fuentes y a su obra, Georgina García Gutiérrez Vélez ed., UNAM, Fundación para las Letras Mexicanas, Universidad Veracruzana, México.
Revueltas, José (1937): “Foreign Club”, en Obras completas 11, Ediciones Era, México, 1981.
Revueltas, José (1941): “Los muros de agua”, en Obras completas 1, Ediciones Era, México.
Revueltas, José (1943): “El luto humano”, en Obras completas 8, Ediciones Era, México, 1980.
Revueltas, José (1949): “Los días terrenales”, en Obras completas 3, Ediciones Era, México, 1979.
Revueltas, José (1964): “Los errores”, en Obras completas 6, Ediciones Era, México, 1980.
Revueltas, José (1969): “El apando”, en Obras completas 7, Ediciones Era, México, 1976.