Babelia
sábado, 17 de junio de 2017
Vivir en prosa
Babelia
sábado, 29 de octubre de 2016
Educación de adultos
Babelia
Hace 25 años pensaba que ya sabía la mayor parte de las cosas que necesitaba saber. Imaginaba que a los treinta y tantos años la vida ya había adquirido su forma más o menos definitiva. Sabía las novelas que me gustaban y las que no me gustaban, y también sabía o creía saber que leer novelas y escribirlas eran las dos tareas principales de mi vida. Educado, por llamarlo de algún modo, en la cultura universitaria del antifranquismo, tendía a la rigidez intelectual y consideraba que el sarcasmo era un indicio de inteligencia, y el desengaño y el desencanto, los estados naturales ante la situación del mundo y ante las realidades y las expectativas de la vida inmediata.
La atmósfera de la época en la que uno vive, o de los grupos en los que se mueve, puede malograr sus mejores impulsos. Yo he tenido siempre una propensión natural hacia la admiración y el entusiasmo, pero en la cultura española esas dos actitudes no han tenido casi nunca mucho prestigio, y lo tenían aún menos en aquellos años en los que yo empezaba a asomarme al mundo, a publicar lo que escribía. Era imprescindible hacerse sarcástico, forzar un gesto de desgana o desprecio hacia cualquier cosa que no formara parte de lo aceptado literariamente, intelectualmente. Mucho más importante que lo que uno admiraba era lo que elegía denostar. Ser resabiado era más importante que ser sabio. El desdén era imprescindible, el desinterés por todo aquello que quedaba fuera de lo que debía celebrarse. Las primeras veces que viajé a Madrid llevando ya una novela con mi nombre en la portada descubrí que era imprescindible admirar a Juan Benet y desdeñar a Pérez Galdós. Que se llamara Pérez era algo que daba mucha risa. A un listo de aquella escuela, que todavía combina con talento el pijerío social y la pose del radicalismo político, también le hacía mucha gracia burlarse de que yo me llamara Muñoz. “El novelista Muñoz”, escribía. Era muy ingenioso.
Una de las pocas cosas que yo sabía entonces era que la lección de William Faulkner no hacía ninguna falta aprenderla de Juan Benet. Yo agradezco haber llegado a Faulkner a través de Juan Carlos Onetti, y en esa admiración y esa gratitud no he cambiado. Onetti era refractario a cualquier señoritismo intelectual. En eso se parecía a Miguel Delibes, que era otro escritor al que convenía mirar ostensiblemente por encima del hombro, y hacer bromas sobre su presunto costumbrismo y ruralismo. Delibes, tan tosco. El campo estaba muy mal visto, a no ser que fuera el campo abstracto de la Región de Benet. Claro que eso no era campo, sino territorio mítico. “Territorio mítico” era una expresión que aparecía mucho en los suplementos literarios.
sábado, 16 de julio de 2016
En poder de una novela
Babelia
El verano es la estación de las novelas. He dedicado algunos veranos fervorosos a escribirlas y he dedicado más veranos todavía a leerlas. Cuando se está escribiendo una novela es raro que se lea al mismo tiempo alguna de gran calado, porque cada una de esas dos tareas, escribir novelas y leerlas, requiere una dedicación casi idéntica, una entrega incondicional y duradera. Las fuerzas de la imaginación que hay que concentrar en inventar y escribir difícilmente pueden repartirse o distraerse. Dos inmersiones a tanta profundidad no son compatibles, y no hay tanta distancia entre lo que hace el novelista y lo que hace el lector. El novelista va siendo el primer y único lector de la novela que está escribiéndose. El lector vuelca tantas energías intelectuales y sensoriales en su tarea que él mismo se vuelve novelista y hasta personaje, tan activo y tan necesario como el pianista que le da vida sonora a una partitura. Una novela tiene algo de sueño, de esos sueños lúcidos en los que uno es consciente de que los está soñando y puede controlar su desarrollo hasta cierto punto, aunque no demasiado, porque si pone un esfuerzo excesivo en ese control el sueño se disipa. El sueño de la novela lo hace suyo el lector mediante un proceso íntimo de hipnotismo y contagio. Y si uno escribe con honestidad sabe que la novela no es suya del todo. Igual que el sueño, la novela le pertenece, porque ninguna otra persona habrá podido soñarla, pero no está del todo bajo su control. Nos proponemos escribir un libro, tomamos notas, tenemos hasta un título, escribimos docenas o cientos de páginas, y la novela se desmorona, o se malogra, una casa sin terminar en la que nadie quiere vivir, de la que tal vez se podrán aprovechar con el tiempo algunos materiales de derribo.
Pero el lector tampoco elige la novela que le va a gustar, la que va a estremecerlo, a ofercerle un refugio, un alimento espiritual que ya se integrará tan orgánicamente en él como los alimentos materiales que sostienen su vida. Igual que nos gustaría escribir ciertas novelas y no lo logramos, por mucho esfuerzo que pongamos en ellas —y si lo logramos es peor, porque serán novelas fracasadas, tengan o no lectores— también hay novelas que habríamos querido que nos gustaran mucho, sin conseguirlo a la primera ni a la segunda ni nunca; y no porque estén por encima de nuestra inteligencia o de nuestra capacidad lectora —todo el mundo, con algo de entrenamiento, puede disfrutar de cualquier obra de la literatura. El motivo es que entre esas novelas y nosotros hay una incompatibilidad profunda, que cuentan una historia o están hechas de un modo que no provocan la resonancia necesaria en nosotros. Tenemos entonces la tentación de mentir, de fingir. De mentir y fingir no ante los demás, que no sería tan grave, sino ante nosotros mismos. La sociedad literaria, como la sociedad artística, tiende al papanatismo y a la ortodoxia por debajo de su apariencia de máxima libertad, y hay coacciones ante las que nos inclinamos con una mansedumbre más perfecta porque es inconsciente. Nos gusta, con muchas frecuencia, lo que nos tiene que gustar, lo que otros dicen con seguridad rotunda que les ha gustado, o que es preceptivo admirar. Y hasta una pequeña dosis de simulación malogra por completo la experiencia de la contemplación o de la lectura.
miércoles, 1 de mayo de 2013
Discurso de Jerusalén
Letras Libres
El pasado mes de febrero, Antonio Muñoz Molina recibió el premio Jerusalén. En su discurso de aceptación, que aquí reproducimos, reflexionó sobre la gran paradoja del trabajo del escritor: por un lado su deseo de soledad y, al mismo tiempo, su necesidad de llegar a los demás.
Un escritor debe siempre subir con algo de reparo a una tribuna pública para dar un discurso, aunque sea en una ocasión como esta, en la que uno puede sentirse embargado por la gratitud. Quiero antes que nada expresar mi agradecimiento al jurado que me concedió el Premio Jerusalén, a mis editores israelíes y a mi traductora al hebreo. Una consecuencia paradójica de la calidad de una traducción es la invisibilidad, ya que si es muy buena el texto fluirá con la misma naturalidad que si hubiera sido escrito originalmente en esa lengua. Pero que una traducción aspire a ser invisible no significa que deba pasar inadvertida, y menos aún que no sea celebrada. Solo gracias al trabajo de mis traductores he tenido el privilegio de llegar a tantos buenos lectores en este país, cada uno de los cuales merece también su parte de agradecimiento.
Pero a lo que se dedica un escritor es a escribir, y esa tarea se hace en soledad y casi siempre en silencio, intentando encontrar una voz que llegue a resonar en otros, casi siempre perfectos extraños que muy probablemente nunca llegarán a verlo en persona ni escucharán sus palabras. La literatura tiene que ver con el negocio editorial, con los congresos de escritores, con las ferias del libro, incluso, de vez en cuando, con ocasiones como la de esta noche. Pero no debemos olvidar que, en último extremo, y despojada de toda añadidura, la literatura consiste en alguien que escribe y alguien que lee, los dos alojados en soledades paralelas, y al mismo tiempo conectados con muchos otros en una red invisible que se extiende más allá de los límites del espacio y del tiempo. Un gran poeta español del siglo xvii, Francisco de Quevedo, escribió en un soneto que gracias a la invención de la imprenta:
Nunca deja de asombrarme lo fácilmente que damos por supuesta esa capacidad de conectarnos con los desconocidos y con los muertos más lejanos que está en el centro mismo de la experiencia de la literatura. Escuchar una voz y hacerla nuestra; suspender temporalmente no solo nuestra incredulidad sino también, hasta cierto punto, nuestra identidad personal, ver el mundo a través de los ojos de otro, entrar en la cámara sellada de otra conciencia.Vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
En esta conversación privada no hay sitio para los rituales de los discursos, las proclamas, la cháchara de las relaciones públicas, la palabrería amplificada por altavoces y dirigida en masa a una multitud de espectadores, eso que llaman una “audiencia”, que puede ser contada y medida. La buena escritura sucede en la soledad y el silencio y, aunque en ella se distinga claramente una voz, nunca será una voz que hable a gritos o dé órdenes. Habla exactamente en el tono de la voz de un amigo muy cercano, de un extraño al que se ve que vale la pena prestar atención. En sus orígenes, mucho antes de la imprenta y de la alfabetización masiva, cuando los poemas y los cantos se transmitían oralmente, un grupo reducido de oyentes o incluso uno solo escuchaba la voz del narrador, que era el que podía cantar o recitar de memoria, o el que sabía leer. La atención se lograba no por la fuerza de los pulmones sino por el interés que el que contaba sabía despertar y sostener.
La literatura, como el flamenco y el jazz, se pierde en esos grandes espacios más adecuados para las estrellas de la música pop y los políticos populistas. Por eso siempre he pensado que hay dos tipos de escritores: los que parecen dirigirse siempre a un gran auditorio y los que hablan en voz baja; los que claman en un micrófono para asegurarse de que sus voces llegan a las últimas filas de un gran teatro y los que le hablan a cada lector como si fuera la única presencia en una habitación no mucho más grande que el estudio en el que el acto de escribir o el de leer suelen tener lugar.
La buena literatura habla bajo y no fuerza su voz. Más bien invita al lector a acercarse un poco más y prestar una atención más cuidadosa. Un padre o una madre le lee a un niño en la penumbra del dormitorio y la voz tiene un efecto hipnótico sobre la imaginación infantil, y poco a poco se disuelve junto a ella en el sueño. En una aula un profesor o un estudiante lee en voz alta un libro mientras los otros siguen la lectura en silencio. El libro es el mismo, pero cambia ligeramente cada vez que cambia la voz lectora y resuena de manera distinta en cada conciencia. Un par de amigos o de amantes leen en una habitación, cada uno absorto en su propio mundo privado. Uno de ellos levanta la cabeza del libro y le dice al otro, escucha esto; y en ese momento el solitario acto de leer se convierte en un regalo porque está siendo compartido. La buena literatura encuentra a sus lectores no gracias a grandes campañas de marketing sino de boca en boca, uno a uno, y sigue atrayéndolos muchas veces a través de fronteras, generaciones e idiomas, o venciendo obstáculos en apariencia imposibles.
Pienso en Vasili Grossman cuando escribía Vida y destino en la negrura de los peores años de Stalin, solo en una habitación que en cualquier momento podía ser asaltada por los esbirros de la policía secreta. Escribía sin saber si su manuscrito, cuando estuviera terminado, tendría alguna esperanza de publicación. Pienso en mi querida Emily Dickinson, escondida de las visitas en el piso de arriba en la casa familiar de Amherst, Massachusetts, copiando sus poemas y cosiéndolos en los pequeños folletos que enviaba luego a algunos conocidos, casi siempre parientes y amigos cercanos. Pienso en Miguel de Cervantes, a todos los efectos, viejo y fracasado, un dramaturgo que nunca estrenó una comedia, un antiguo soldado que nunca vio reconocidos sus servicios, sus años de cautividad ni sus heridas, un hombre de dudoso origen converso en un país obsesionado con la ortodoxia católica y la pureza de sangre: pero fue ese viejo fracasado el que escribió Don Quijote de la Mancha, una novela tan llena de inventiva, de risa, ironía y compasión, que al cabo de cuatro siglos permanece aún más viva y juvenil que cuando se publicó por primera vez. Pienso en el profesor Victor Klemperer, escribiendo cada día una nueva entrada en su diario a lo largo de cada uno de los años del nazismo, aterrado y serenamente valeroso al mismo tiempo, consciente de que, al ser un judío casado con una mujer “aria”, en cualquier momento podrían detenerlo y enviarlo a un campo, y entonces su diario sería otra prueba contra él.
El pasado septiembre, en Ámsterdam, mi esposa y yo fuimos a visitar la casa de Ana Frank. Llevábamos algún tiempo en la ciudad, pero yo tenía cierta resistencia a visitar la casa, no solo por la incomodidad de guardar la larga cola que había siempre a la entrada, sino también porque me perturbaba el ver que el lugar se hubiera convertido en una atracción turística, igual que los coffee shops, el barrio rojo o el mercado de los tulipanes. Era perturbador, y muy triste, ver a un turista sonriente tomándose fotos delante del cartel con el nombre de Ana Frank en la puerta. Pero a pesar de todo eso, cuando subí a las pequeñas habitaciones donde ella y su familia se habían escondido, y sobre todo al ver de cerca las páginas manuscritas de su diario, escritas con esa letra cuidadosa y ya nada infantil, comprendí cuánto me habría perdido si no hubiera visitado esa casa. Porque en ella había un ejemplo del acto de escribir como una forma de pura supervivencia, como el cumplimiento hasta el límite del instinto visceral de los seres humanos por dejar constancia de la experiencia vivida, sea como sea, y de la esperanza de encontrar un lector, de escapar gracias a las palabras de la prisión de una realidad brutal. Como ha dicho Joan Didion, nos contamos historias para seguir viviendo.
Y siempre pienso en Michel de Montaigne, que en un cierto momento de su vida tomó la decisión de abandonar todos sus compromisos públicos para dedicarse a la tarea gustosa de leer y de escribir acerca de sí mismo, sin esconder sus caprichos ni sus debilidades, de escribir sobre cualquier cosa que le pasara por la cabeza, sin someterse a la autoridad de la Iglesia o de los eruditos, sino dejándose llevar por sus propios impulsos, por el libre fluir de sus pensamientos y de sus apetitos. Me gusta imaginarme a Montaigne solo en su torre, rodeado por las estanterías de su biblioteca circular, y tan satisfecho como Emily Dickinson en su austera habitación de Nueva Inglaterra. Pero sería fácil olvidar que más allá de la torre de Montaigne había un país devastado por guerras civiles, por la brutalidad de bandas armadas de mercenarios y de fanáticos religiosos. La mayor parte de nuestras ideas actuales sobre la tolerancia, la ironía hacia el dogma y la disposición abierta hacia la novedad y el cambio nos vienen en línea recta de Montaigne, pero no debemos olvidar que él las estaba formulando en una época de derramamiento de sangre, cuando a la gente la quemaban en la hoguera bajo acusaciones de brujería o la asesinaban en nombre de fantasías teológicas católicas o protestantes.
El escritor, o al menos el que a mí más me emociona, es el que no cuadra, la mujer loca en el ático, el solitario, el patito feo; también la oveja negra, el hijo pródigo, incluso el chivo expiatorio; el que dice, con una cabezonería contenida pero inamovible, como el Bartleby de Melville, o como la muy real Rosa Parks, “preferiría no hacerlo”. Al mismo tiempo aislado y peligrosamente visible, raras veces propenso al espíritu de grupo y a la celebración colectiva, un escritor acaba representando a veces a aquellos que no se integran, los que quedan al margen, los que desfilan con el paso cambiado, los que no van al templo o van al templo menos conveniente, los que se quedan en la cama en las fiestas nacionales, los que se niegan a actuar de acuerdo con las reglas de su fe, de su sexo, de su origen, de su patria o de su raza. El pasado septiembre en Ámsterdam tuve la oportunidad de ver de cerca otro documento manuscrito, el decreto que expulsaba a Baruch Spinoza de la sinagoga y por lo tanto de la comunidad judía. Estaba escrito en portugués y daba algo de escalofrío leerlo. Aquellos que habían sido expulsados castigaban a su vez con la expulsión a uno de los suyos por el pecado de la herejía, por su defensa del libre pensamiento. Más tarde, en La Haya, completamente solo, tan extranjero entre los cristianos como entre los judíos, Baruch Spinoza se unió a la fraternidad fantasmal de los solitarios que escriben y leen en una habitación, la misma habitación propia que siglos más tarde Virginia Woolf iba a reivindicar justicieramente como el requisito necesario para que una mujer se pueda convertir en escritora.
Leemos algunas de las punzantes ironías de Emily Dickinson sobre la religión y puede que no tengamos en cuenta la atmósfera de frenética religiosidad que dominaba no solo la pequeña ciudad en la que vivía sino también su propia familia. Pero ella eligió tranquilamente quedarse a un lado, tan frágil en su presencia física y sin embargo tan valiente a la hora de defender su actitud. Me gustan estos dos versos al principio de uno de sus poemas: “Algunos guardan el sábado yendo a la iglesia / yo lo guardo quedándome en casa.” Nunca publicó un libro y nunca en su vida tuvo más de una docena de lectores, y sin embargo su voz suena tan soberana como si no tuviera ninguna duda acerca del valor de lo que hacía, del futuro en el que sus poemas encontrarían poco a poco el público lector que merecían.
Pero no debemos dejarnos engañar por los consuelos de la celebridad póstuma para convencernos a nosotros mismos de que a la larga acaba siempre habiendo alguna forma inevitable de justicia literaria. Visitantes siniestros pueden llamar a la puerta de la habitación en la que alguien escribe o alguien lee. El sistema soviético se hundió casi de la noche a la mañana y a Vasili Grossman se le ha reconocido el lugar que merece entre los mejores escritores del siglo pasado, pero cuando murió era un hombre enfermo y amargado, convencido de que su gran novela, cuyo manuscrito le había sido arrebatado por el kgb, que se llevó incluso la cinta de la máquina de escribir, se había perdido para siempre. Ana Frank murió en Auschwitz y la vida futura de su diario no suavizó ni abrevió un segundo de su tormento.
Millones de personas –entre ellas un pequeño número de escritores– son asesinadas a diario o sufren la injusticia, la pobreza, la opresión política, la ocupación militar, el fanatismo religioso. Escribir es a la vez un oficio y un don, pero hace falta más que inspiración y trabajo para terminar un libro; y esa habitación propia en la que las dos soledades paralelas del escritor y el lector coinciden, en la que se encuentran los extraños y en la que se escuchan con claridad las voces de los muertos, la existencia misma de esa habitación implica un privilegio que tristemente no está al alcance de la mayor parte de los que podrían disfrutar su refugio, sus muchos placeres de conocimiento, introspección, pura alegría. Tanto Montaigne como Dickinson pertenecían a una clase privilegiada y el número de sus lectores estaba gravemente limitado por el simple hecho de que la inmensa mayoría de sus contemporáneos nunca tendrían la oportunidad de pisar una escuela. La literatura es gente que escribe y gente que lee, pero también padres y maestros que transmiten a los niños el dominio de la lectura y la escritura y el amor por la palabra hablada o escrita, escuelas públicas para los que no pueden costearse una educación privada, bibliotecas públicas abiertas a todos. La literatura no puede desplegar la plenitud de sus posibilidades sin una atmósfera de libertad de expresión y de respeto por las diferencias de fe y de pensamiento, sin un cierto grado de paz y de justicia social.
Me encuentro hoy en una tribuna pública, no sentado en la habitación en la que está mi lugar, en la que suceden la escritura y la lectura, y por lo tanto tengo que tener cuidado de no abandonarme a las prestigiosas vaguedades sobre la literatura que este tipo de ocasiones parecen requerir. Un escritor no es un profeta, ni un vehículo para las voces ocultas de la comunidad, ni un sacerdote, ni siquiera un portavoz. A veces, casi siempre contra su voluntad, un escritor puede convertirse en un símbolo, incluso un síntoma: el canario en la mina que sin proponérselo advierte a otros de la cercanía o de la presencia de alguna venenosa epidemia política o social.
En una democracia liberal, un escritor es un ciudadano como cualquier otro, pero tampoco hay tantas democracias liberales, y nunca estamos libres de los peligros de la intolerancia o la barbarie, y mucho menos de volvernos nosotros mismos intolerantes o bárbaros en el caso de que nos convenzamos de que la razón absoluta está de nuestra parte o de que algunas personas no tienen los mismos derechos que nosotros, incluyendo entre ellos a veces el simple derecho a vivir. He sido ciudadano de una democracia durante la mayor parte de mi vida adulta, pero en mi infancia y en mi adolescencia fui súbdito de una dictadura, lo cual me aseguró una experiencia de primera mano del feo rostro de la sumisión colectiva a un líder, de la brutalidad policial y de la ortodoxia religiosa. Porque me quisieron educar en la escuela en una forma intolerante de catolicismo, desarrollé un rechazo precoz contra el poder de los extremistas religiosos sobre las vidas de los otros. Sus enseñanzas no cayeron en saco roto en mi caso, me hicieron tempranamente partidario del laicismo. Porque quinientos años después de la expulsión de los judíos y de los musulmanes el espíritu de la Inquisición y la satisfacción idiota por la pureza de la sangre española continuaban celebrándose, me hice refractario a cualquier alegato a favor de las identidades colectivas no contaminadas: nacionales, religiosas, ideológicas, culturales, de cualquier tipo. Cada vez que siento acercarse el peligro de la furia colectiva o del entusiasmo de masas, mi reacción es echarme a un lado y correr en busca de refugio, y me digo a mí mismo que con frecuencia la opción más decente puede ser encontrarse, como decía Cyril Connolly, en una minoría de uno solo. No me gustaría tanto la literatura si no viera encarnados en ella algunos de los valores específicos que he aprendido a valorar como ciudadano.
La literatura me enseña que ninguna vida es completamente igual a ninguna otra, que cada una merece respeto, y valdría la pena contarla; en la literatura, dijo Flannery O’Connor, lo universal se muestra a través de lo particular, lo cual puede ser un saludable antídoto para el brillo demasiado tentador de las abstracciones. Toneladas de dinero se gastan en el fácil empeño de persuadir a las personas de que son distintas de sus vecinos y mejores que ellos. La literatura me ha enseñado lo que también confirma la biología: que todos nosotros, aunque cada uno único, somos al mismo tiempo muy similares –y nos podemos ver como en un espejo en las páginas de una historia contada por un extraño que puede haber muerto o que escribió en una lengua tan lejana de la nuestra como el español del hebreo–. Nada tiene de raro que nos parezcamos tanto los unos a los otros: parece ser, según los expertos en genética, que todos descendemos de unos pocos miles de Homo Sapiens que sobrevivieron al peligro de la extinción hará unos 60,000 años. Las ideologías y las religiones establecen identidades fijas y separan a las personas detrás de impenetrables líneas rectas: cristiano, musulmán, judío, español, negro, blanco, salvado, condenado, ortodoxo, hereje, uno de los nuestros, uno de ellos, amigo, enemigo. Tanto los creyentes fanáticos como los oportunistas políticos gustan de alimentar y sacar provecho de lo que David Grossman ha llamado “los prejuicios, ansiedades mitológicas y crudas generalizaciones en las cuales nos dejamos atrapar nosotros mismos y encerramos a nuestros enemigos”. A lo que anima la buena literatura es exactamente a lo contrario. Leyendo literatura he aprendido a recelar de las certezas y a apreciar ambigüedades y matices, diferencias menores pero significativas, afinidades ocultas, lo muy similar que está debajo de lo extraño, lo misterioso que hay en lo familiar. Los mejores escritores son contrabandistas vocacionales que cruzan clandestinamente las fronteras siempre bien vigiladas de lo establecido y lo respetable, socavando la solemnidad con ironía y la conformidad colectiva con sarcasmo.
Pero sobre todo lo que hace un escritor es, desde luego, escribir. Palabra por palabra y una frase tras otra. En soledad y silencio, a la manera de un artesano, sentándose durante horas en un escritorio con la esperanza de que el trabajo llegará a terminarse, de que se publicará y encontrará algunos lectores que lo lleven consigo durante algún tiempo y que le permitan mezclarse temporalmente con sus recuerdos y con su imaginación. Algo completamente normal. Uno lo ve suceder cada día en un autobús, en un vagón del metro, en la playa. Alguien absorto por completo en un libro, en un artículo de una revista, algunas veces sonriendo abstraídamente, en una breve escapada del mundo exterior. En eso consiste la literatura. Me gusta que ese sea el trabajo con el que me gano la vida. Y ha sido el mejor de los motivos el que me ha llevado a dejar durante unos días mi cuarto de trabajo e incluso a atreverme a subirme aquí a una tribuna pública: para dar las gracias por este premio con el que ustedes me honran, gracias a los lectores que pueden haber encontrado algo acerca de sí mismos en mis libros, a pesar de que hayan sido escritos por un completo extraño, en un país lejano y en una lengua que no es la que ellos hablan. ~
sábado, 29 de septiembre de 2012
Los traductores
Babelia
Lo fundamental tiende a ser o a volverse invisible. Porque son fundamentales y porque su trabajo está en todas partes los traductores tienden a desvanecerse en la invisibilidad, y también porque cuando mejor hacen su oficio menos huellas quedan de él, hasta el punto de que parece que no hayan intervenido. Notamos que una traducción “nos chirría” de una manera parecida a como notamos el chirrido en los cambios de marchas que hace un conductor atacado o inexperto. Salta una palabra rara, un giro que visiblemente pertenece a otra lengua, y solo en ese momento recapacitamos de verdad en el hecho de estar leyendo una traducción. Que pensemos casi exclusivamente en el traductor cuando intuimos que se ha equivocado es una prueba simultánea del valor de ese trabajo y del poco reconocimiento que suele recibir, más todavía en unos tiempos en los que los textos circulan por Internet sin la menor constancia de su origen y en los que algunas personas imaginan que no hay mucha diferencia entre un traductor automático y un corrector automático de ortografía.
Pero quizás siempre ha sido así. Yo reparé en que la mayor parte de los libros que leía habían sido traducidos por alguien casi tan tardíamente como en que las películas tenían un director. Llevo toda la vida agradeciendo el efecto que tuvieron sobre mi imaginación y mi vocación las novelas de Julio Verne —no me acostumbro a escribir Jules—, pero nunca he pensado en las personas casi siempre anónimas que las traducían, seguramente con muy escaso beneficio, para las editoriales Bruguera, Sopena o Molino. La primera vez que supe el nombre de uno de los traductores de Verne fue cuando en los años de avaricia lectora de la universidad encontré las nuevas traducciones de algunas de sus mejores novelas que Alianza encargó a Miguel Salabert, que también tradujo de nuevo por aquellos años La educación sentimental y Madame Bovary. Pero quién habría traducido para mí sin que yo lo supiera El conde de Montecristo, o el Diario de Daniel o Papillon o Sinuhé el egipcio, por no ponernos exquisitos en el recuento de lecturas, o aquellas páginas de La peste que me parecía adecuado llenar de frases subrayadas, quizás con la esperanza de que alguien (del sexo femenino preferiblemente) tomara nota admirativa de mi agudeza intelectual.
Un amigo editor y poeta muy querido y monstruosamente sabio me aseguraba hace poco que ha decidido dejar de leer traducciones, porque ha llegado a la convicción de que le compensa más concentrarse en las literaturas de lenguas que ya conoce. Como en su caso éstas incluyen, que yo sepa, el castellano, el catalán, el francés, el alemán, el italiano, el latín y el inglés, tengo la impresión de que mi amigo no es muy representativo. Los demás, en mayor o menor medida, necesitamos la mediación continua de los traductores, y es un indicio de nuestra creciente penuria intelectual que en estos tiempos de abaratamientos y recortes se note tanto la baja consideración del oficio, la poca recompensa que obtienen los mejores y la prisa o el descuido con que se dejan pasar traducciones mediocres o directamente inaceptables. Curiosamente, también la mala traducción tiene sus admiradores, y su influencia literaria: cada vez más encuentra uno artículos de periódico e incluso páginas de novelas que están escritos como si fueran traducciones inexpertas del inglés, o incluso atroces doblajes de películas. Se ve que por los caminos de la ignorancia y el papanatismo estamos volviendo a los tiempos de mi adolescencia, cuando las estrellas del pop autóctono no tenían idea de inglés pero afectaban un acento americano al cantar en español.
Quien más depende del traductor, claro, es el escritor mismo. Eres en otra lengua exactamente lo que tu traductor haga de ti. En la mayor parte de los casos, y salvo ese amigo mío políglota que bien puede saber más lenguas de las que yo creo, o haber aprendido alguna más desde la última vez que hablé con él por teléfono (quizás tenga todavía más capacidad de hablar por teléfono que de aprender idiomas), uno está entregado de pies y manos: un día recibes un libro que debe de ser tuyo porque está tu nombre en la portada, y quizás tu foto en la solapa, pero eso que seguramente se parecerá mucho a lo que tú escribiste hace tiempo es del todo indescifrable, a veces tanto como si estuviera escrito en los caracteres de una antigua lengua extinguida. Hace falta un acto de fe: si uno sabe cuántas veces ha disfrutado, ha aprendido, se ha emocionado, leyendo traducciones del ruso o del japonés, o del hebreo, o del griego, cabe perfectamente la posibilidad de que ahora suceda el efecto inverso. Gracias al traductor ocurrirá un prodigio: lo que tú has escrito resonará en la conciencia de alguien en una lengua del todo ajena a ti, en lugares del mundo en los que no vas a estar nunca. Personas que te parecen tan ajenas como habitantes de la Luna resulta que son casi exactamente como tú. Puedo atestiguar que casi cada día, por ejemplo, Elvira Lindo recibe desde Irán cartas de lectores adolescentes y jóvenes que se han vuelto adictos a las aventuras de Manolito Gafotas en farsi. Lo más singular, sin dejar de serlo, resulta ser inteligible en casi cualquier parte. Algo se pierde siempre hasta en la mejor traducción, pero también se gana algo, o se fortalece algo, quizás el núcleo de universalidad que hay siempre en la literatura.
Durante un par de días, en Ámsterdam, he convivido con un grupo de traductores de mis libros: al holandés, al francés, al alemán. Algunos, de tanto trabajar conmigo durante años, ya eran amigos míos: Philippe Bataillon, Willi Zurbrüggen; a los demás los he ido conociendo estos días: Jacqueline Hulst, Ester van Buuren, Adri Boon, Erik Coenen, Frieda Kleinjan-van Braam, Tineke Hillegers-Zijlmans. Un mismo libro se vuelve otro ligeramente distinto en la imaginación de cada lector: pero esa multiplicación, esa metamorfosis, es más acentuada aún en el caso de cada traductor. El traductor es el lector máximo, el lector tan completo que acaba escribiendo palabra por palabra el libro que lee. Él o ella es quien detecta los errores y los descuidos que el autor no vio y los editores no corrigieron. Él se ve forzado a medir el peso y el sentido de cada palabra con mucho más escrúpulo que el novelista mismo. Willi Zurbrüggen utilizó un término musical para hablar de su trabajo: lo que más se parece a una traducción, sobre todo entre lenguas tan distintas como el español y el alemán, es la transcripción de una pieza musical.
Escuchaba hablar a estas personas, tan distintas entre sí, tan iguales en su devoción por el trabajo que hacen, y sentía gratitud y algo de remordimiento: una palabra que yo elegí por azar o instinto, una frase a la que dediqué tal vez unos minutos, les han podido causar horas o días de desvelo. Aprender sobre los límites de lo que puede ser traducido lo hace a uno más consciente de que también hay límites a lo que las palabras mismas pueden decir.
sábado, 26 de mayo de 2012
Las afinidades
Babelia
Carlos Fuentes era un escritor caballeroso y cordial al que yo casi nunca leí, o leí algo, hace muchos años, y ya dejé de leer, no por nada, no porque me disgustara su manera de escribir o porque me produjeran rechazo sus posiciones políticas, o porque al verlo de cerca me hubiera parecido hostil o arrogante. Todo lo contrario. Las pocas veces que me encontré con él a lo largo de los años fue amable y generoso conmigo. Cuando yo solo había publicado una o dos novelas y lo conocí una tarde en la rotonda del hotel Palace de Madrid habló conmigo con una cordialidad sin afectación, hasta con un aire como de camaradería que uno agradece mucho a esa edad en la que es tan habitual ser destinatario de gestos de desdén o de condescendencia. Apenas 10 años antes, yo había alimentado apasionadamente mi vocación de novelista leyendo en un cuarto de pensión a los escritores de la quinta mitológica a la que Carlos Fuentes pertenecía. Ahora, en la rotonda de aquel hotel de lujo en el que yo había entrado casi furtivamente para nuestra cita, guiado por un funcionario muy amable de la Embajada de México, Carlos Fuentes conversaba conmigo y mostraba interés por lo que yo escribía.
Pero yo no me sentía muy capaz de poder corresponderle, porque mi relación con su literatura había sido escasa y terminado hacía tiempo. Algunos de sus libros habían estado en mi atropellada biblioteca de los 20 años, junto a los de los otros nombres de su generación o un poco mayores —de Borges, Onetti, Rulfo y Cortázar a Vargas Llosa y Carpentier y García Márquez y Manuel Puig—, pero el tiempo y las mutaciones del gusto me habían alejado por completo de él. Había empezado La muerte de Artemio Cruz y me había cansado al cabo de algunas páginas. Había comprado sus cuentos con la misma pasión descubridora que me llevaba a sus coetáneos, porque leer cuentos latinoamericanos en aquella época era un trastorno formativo para la imaginación, pero de ellos el único que me había gustado de verdad era Aura, que no he releído desde entonces. Hay escritores a los que uno admira mucho durante algún tiempo y de los que luego parece que se desprende, sin propósito, sin esfuerzo, casi sin motivo, probablemente sin justificación. A mí me sucedió eso con Alejo Carpentier, y a partir de un cierto momento con García Márquez. Lo que tanto me había gustado dejó de apetecerme. Los mismos rasgos que me habían seducido en un estilo me lo volvían luego indigesto. No reivindico esos cambios de gusto: pueden ser certeros y pueden ser equivocados; lo importante es que son involuntarios, y que se corresponden con modificaciones profundas en la sensibilidad, y sobre todo que uno ha de tener la dosis de honradez con uno mismo imprescindible para reconocerlos. Sin que uno sepa por qué algunos escritores le gustan y otros no; algunos lo siguen acompañando a lo largo de la vida y otros se le quedan atrás; y algunos los encuentra de pronto y se pregunta por qué motivo, por culpa de qué prejuicio o descuido no los leyó mucho antes.
El problema no es que uno tarde, o que no llegue nunca. El problema verdadero es que uno se mienta a sí mismo, por obedecer a una difusa coacción exterior que se convierte en policía íntimo, más eficaz aún cuando uno no se da cuenta de que está obedeciéndolo. La literatura, si es algo, es el reino de la libertad. Hay una tal variedad de libros admirables y son tan distintos entre sí que cualquiera que busque sin prejuicio y dejándose guiar por su instinto bien adiestrado en muchas lecturas encontrará exactamente aquellos que le corresponden, los que se le parecen, como se nos parecen según Baudelaire esos países en los que nos está esperando la felicidad. A uno le puede gustar Tolstói y a la vez Dostoievski o el uno y no el otro o ninguno de los dos y aun en este caso habrá otro novelista en el que podrá sumergirse como en la misma vida. El mismo libro que no nos llega a una cierta edad se apoderará de nosotros tan solo unos años más tarde. Y si no ese, otro. Hay tantos que el único peligro que no corremos es el de quedarnos sin lectura. Pero el lector, cualquiera de nosotros, desea más o menos inconfesablemente que le guste lo que la atmósfera del momento determina que debe gustar, lo que está en la lista de los diez mejores al final del año, o, igual de arbitrariamente, lo que es tan poco leído que por fuerza ha de ser muy bueno, como si existiera algún tipo de correlación entre la fama o el número de lectores de un libro y su calidad, o su falta de ella. A Franz Kafka no lo leía nadie en su tiempo y era un escritor magnífico; Dickens no era ni es peor porque lo leyera todo el mundo.
En último extremo, las elecciones personales no dependen de la calidad objetiva, tan difícil de establecer inapelablemente en las artes, sino de ciertas afinidades que son más poderosas porque no son del todo conscientes. Qué hace que uno se enamore de una cara y no de otra, y no de ninguna otra. Amar una cara es amar un alma, dice Thomas Mann en La montaña mágica. Y un amor pasional puede acabarse en unas semanas o unos meses, como aseguran el cine y las novelas, o durar una vida entera. A mí García Márquez o Alejo Carpentier me gustaron mucho y luego dejaron de gustarme, pero Borges, Onetti, o Cervantes, o Marcel Proust, o Montaigne, me gustan más cuanto más tiempo pasa y cuanto mayor me hago. Y Malcolm Lowry no me gusta menos por haberlo descubierto después de los cincuenta años. A los veintitantos tuve entre las manos Bajo el volcán y no recuerdo si lo empecé y no seguí leyendo o si lo dejé en una estantería y ya no lo abrí nunca.
No se sabe qué parte de intuición o de capricho hay en estas afinidades viscerales. Son peligrosas porque pueden responder simplemente a la distracción, al prejuicio. Pero uno, como lector, lo que no puede es negar su existencia. Si me paro a pensarlo creo que Carlos Fuentes me daba la impresión de escribir novelas no sobre personajes sino sobre temas de antemano importantes: la Conquista, el Mestizaje, la Identidad colectiva de los mexicanos o los latinoamericanos. Quizás me alejaba de él no una literatura que apenas había leído sino un cierto personaje de escritor: el que adquiere una figura pública tan agigantada que acaba representando o simbolizando un país entero, toda una literatura, un continente; el escritor proconsular o papal, que habla por un micrófono desde una tribuna, no el que escribe a solas en su cuarto y parece que nos está murmurando al oído, Borges urdiendo poemas en voz baja en su penumbra de casi ciego, John Cheever tecleando en una máquina de escribir en un sótano: palabras que nacen de una soledad y parece que llegan sin mediación a otra.
sábado, 12 de mayo de 2012
Necesidad de una biblioteca
Babelia
En manos de la crítica casticista y nacionalista española, el Quijote se había convertido en una especie de gran catafalco patriótico, en una alegoría de nuestro ser dolorido y profundo, de nuestras esencias más espesas. Cervantes, un escritor tan poco representativo de la literatura española de su tiempo, tan ignorado como modelo por la mayoría de los narradores españoles hasta Pérez Galdós, habría creado una especie de biblia severa de la españolidad. Uno leía el Quijote y con mucha frecuencia soltaba carcajadas, y disfrutaba de los despropósitos, de ese impulso carnavalesco y rabelaisiano que hay en la novela. Pero luego estudiaba a los prebostes del noventayocho y todo era metafísica nacional y simbolismo de páramo castellano. Fue Borges, en Pierre Menard, en algunos ensayos, en unos cuantos poemas, quien primero resaltó la condición obvia de juego literario de la novela, de gran broma en serio sobre la naturaleza misma del acto de contar. Eso ya lo habían visto, desde luego, los novelistas ingleses, desde el siglo XVIII hasta bien entrado el XIX, desde Fielding y Sterne a Dickens; por no mencionar a esos otros cervantinos inmensos que son el Mark Twain de Huckleberry Finn y el William Faulkner que en Las palmeras salvajes inventa a la pareja tragicómica del preso alto y flaco enloquecido por las novelas baratas y el preso gordo y corto de estatura que solo aspira en la vida a disfrutar indefinidamente de la rutina carcelaria.
No se puede ser contemporáneo sin una tradición. Cada uno, más o menos, va eligiendo la suya, sobre todo en culturas tan sobresaltadas como las hispánicas, en las que el diálogo entre las generaciones se interrumpe con mucha frecuencia por desastres civiles, por terribles penurias que llevan a la dispersión o a la directa aniquilación de zonas enteras del pasado. Uno ve las colecciones de clásicos de otros países y tiende a quedarse abrumado y acomplejado. Una tradición no son nombres de autores y títulos de libros que flotan en el aire y que ejercen su influencia igual que se dispersa el polen de una planta: son volúmenes tangibles, son ediciones críticas, son bibliotecas en las que se custodian, son anaqueles de librerías en los que sus lomos despiertan la atención y la codicia de los lectores. En la lengua francesa está la La Pléiade, que combina de una manera insuperable el rigor textual y crítico con la sensualidad material. Los tomos de La Pléiade tienen un aspecto austero, como sería propio de una colección de obras maestras de la literatura universal, pero su tamaño se ajusta exactamente a un bolsillo, y sus tapas de piel y su papel ahuesado dejan en las manos una sensación de flexibilidad muy parecida al efecto de una caricia. La Pléiade es una colección bastante cara: pero en cualquier librería francesa hay una inundación magnífica de ediciones críticas de primera calidad en formato de bolsillo y a precios ridículos. Una edición así en tres tomos compré yo el invierno pasado de los Ensayos de Montaigne. Tan solo la tipografía está modernizada: las introducciones, las notas, resuelven las dificultades del texto y mantienen intacto el sabor del estilo y la complejidad de la lectura, mostrando a Montaigne como un hombre plenamente de su tiempo y del nuestro, el fundador de una manera de mirar y escribir, de estar en el mundo, que es tan contemporánea como esa tradición que no se ha interrumpido desde que se publicaron por primera vez los Ensayos: la escritura de la divagación, la caminata, el paseo, la mirada irónica pero no desapegada, el examen escéptico de uno mismo.
Leemos y comprendemos a Montaigne gracias al trabajo acumulado de muchas generaciones de filólogos. Yo no sabría calcular con cuántos de ellos estoy en deuda cuando leo una buena edición del Quijote, del Lazarillo de Tormes, del Buscón, de La Celestina, de la gran Crónica de Bernal Díaz del Castillo. Uno construye su propia tradición sin obedecer más límites que los de sus capacidades personales, sus afinidades o sus azares, y puede ser discípulo de autores que han escrito en muchas lenguas, pero hay secretos de la expresión que tal vez solo puede aprender en la suya propia. Inevitablemente el Quijote, La Celestina o el Lazarillo me hablan más hondo porque la lengua en la que están escritos es la de mis orígenes, en un sentido casi más biológico que cultural. Con esas palabras aprendí que se podía dar nombres a las cosas. Sumergido a medias en otro idioma que ya también se ha hecho mío, el castellano de Cervantes o de Fernando de Rojas resalta por comparación con su sonido más puro, con su rotundidad de guijarros.
Los leo de nuevo gracias a una gran hazaña colectiva de filología instigada por el profesor Francisco Rico, que a diferencia de casi todos nosotros tiene una existencia doble, porque es un erudito de carne y hueso y un personaje de novela de Javier Marías. Sin duda esa otra identidad quimérica le hace más sensible a las fantasmagorías necesarias de la literatura. Con una mezcla muy cervantina de quijotismo y determinación práctica el profesor Rico lleva muchos años empeñado en construir una biblioteca en la que están contenidos en las mejores condiciones posibles los libros fundamentales de la literatura en lengua castellana. El proyecto es menos desmesurado que el de La Pléiade, pero como estamos en España y no en Francia su cumplimiento viene siendo mucho más azaroso. La inseguridad sigue siendo la única cosa constante entre nosotros, como bien sabía Galdós, que escribió esas palabras. Más fuerza de la que se pone en construir se pone con mucha frecuencia en derribar lo ya levantado o en socavarlo para que no salga adelante, a no ser que se trate de alguna de esas arquitecturas delirantes a las que tienen o tenían tanta afición los políticos.
Pero caldea el ánimo que en tiempos como estos se reanude el esfuerzo por restituir esa biblioteca de todas las palabras mejores escritas a lo largo de siglos en nuestro idioma: no eso que se llama despectivamente el peso de la tradición, sino su impulso, su desafío constante de contar por escrito el mundo.
Biblioteca Clásica de la Real Academia Española (BCRAE). Dirección de Francisco Rico. Constará de 111 volúmenes. Los últimos publicados son Historia verdadera de la conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo; Lazarillo de Tormes; La Dorotea, de Lope de Vega, y La Celestina, de Fernando de Rojas. Real Academia Española / Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. www.bcrae.es.
antoniomuñozmolina.es
sábado, 18 de septiembre de 2010
Un agradecimiento
Babelia
Estábamos presentando en el Círculo de Bellas Artes un libro de Víctor García de la Concha y en un momento dado la desgana del acto social se me convirtió en emoción secreta y gratitud. El libro, Cinco novelas en clave simbólica, es una lectura muy atenta del modo en que cinco escritores en español se han enfrentado a esa tentación y ese desafío supremo del arte de contar que consiste en resumir el mundo o una parte significativa de él en las páginas de una historia: dar forma al mundo, encerrarlo, y al mismo tiempo expresar su vitalidad y su desorden; contar las cosas como son y a la vez erigir un modelo autosuficiente, un mapa o una maqueta a escala que ofrezca la forma inteligible de una fábula y sugiera las zonas de incertidumbre y de oscuridad de la experiencia verdadera, que son las de los límites del conocimiento. Los autores de dos de esas cinco novelas estábamos en la mesa, flanqueando a García de la Concha: Mario Vargas Llosa y yo. Y al verme sentado allí, la cercanía física me devolvió una conciencia más clara de mi deuda personal con Vargas Llosa y precisamente con la misma novela elegida por García de la Concha, La casa verde. Más que con Cien años de soledad, aunque me gustó tanto cuando la descubrí, y desde luego mucho más que con Volverás a Región, que sinceramente siempre se me quedó muy lejana, tal vez porque ya era lector devoto de William Faulkner cuando encontré a Juan Benet, y porque su huella en español me llegaba mucho más a través de Juan Carlos Onetti. En cuanto a la otra novela, Madera de boj, de Camilo José Cela, la verdad es que no la he leído.
Da un poco de vértigo pensar en el juego de las influencias y las resonancias mediante el cual se va tejiendo un destino, las conexiones invisibles de las que está hecha la vida. En el Círculo de Bellas Artes me acordé del impacto de la primera lectura de Cien años de soledad, pero también comprendí que en mi formación había sido mucho menos decisiva que La casa verde, y que mi idea de lo que es un novelista la había aprendido mucho más de Mario Vargas Llosa que de García Márquez. Mi percepción es probablemente equivocada, pero García Márquez tenía para mí algo de mago o hechicero que iba conjurando las historias como un antiguo narrador oral: era alguien a quien se podía admirar mucho, pero a quien uno no aspiraba a parecerse, en parte porque no sabría aunque lo intentara, en parte también porque en el fondo no lo deseaba. En aquellos años yo era más sensible que ahora a las mitologías de los escritores. La historia de la escritura y la publicación de Cien años de soledad resultaba casi tan fabulosa como la novela misma: el escritor encerrado durante años en una habitación en estado de trance mientras la esposa abnegada lo iba vendiendo o empeñando todo para que comiera la familia, la copia única del manuscrito enviada desde México a Buenos Aires con franqueo insuficiente, y a punto de extraviarse por el camino, el relámpago sobrenatural del éxito, etcétera. A García Márquez lo rodeó desde muy pronto una leyenda, y como todas las figuras legendarias se instaló en una forma de lejanía muy parecida a la de los muy ricos o los muy poderosos, que siempre están algo distraídos cuando uno los ve de cerca, como pensando en otra cosa, como un poco en otra parte.
García Márquez fue desde muy pronto, más que un escritor, un personaje de la literatura. Se hacía fotos descalzo y con un mono de obrero delante de la máquina de escribir, pero más que a trabajar parecía estar disponiéndose a recibir una inspiración de taumaturgo o de médium. Por mucho que dijera que podía pasar una jornada entera dedicada a completar media página, sus historias tenían una torrencialidad de invención inmediata que nos hacían identificar su voz con la de los magníficos narradores orales de su literatura, Francisco el Hombre o el gitano Melquíades.
En Vargas Llosa lo que uno descubría era el tesón diario del trabajo de novelista. Una novela no procedía de una iluminación arrebatada, sino que era el resultado de una construcción cuidadosa y metódica, en la que el escritor actuaba al mismo tiempo como arquitecto y como albañil y cantero, con una perseverancia que tenía algo de dedicación artesanal y de arduo ejercicio de ascetismo. Por la misma época en la que yo leía y releía La casa verde y Conversación en La Catedral examinándolas por dentro para saber cómo estaban hechas -por algún motivo, uno no se hacía esas preguntas con Cien años de soledad- cayó en mis manos un ejemplar de Cuadernos para el Diálogo en el que venía un largo ensayo de Vargas Llosa dedicado a Flaubert y al proceso de escritura de Madame Bovary. Su efecto fue tan poderoso como el de los cuentos de Borges o los de Onetti, o como el de la primera lectura de Absalom, Absalom o Santuario. Recorté aquellas páginas de la revista y las leí no sé cuántas veces, subrayando casi cada frase con aprobación fervorosa. Lo que hacía Vargas Llosa en aquel ensayo que luego se convirtió en uno de sus mejores libros, La orgía perpetua, era estudiar Madame Bovary desde el interior de la conciencia del novelista que la iba escribiendo, sobre todo a través de las cartas de Flaubert a Louise Colet, y trenzar el relato y el análisis con una confesión personal: la del joven escritor, él mismo, que alimenta su vocación de novelista leyendo una novela suprema e identificándose con el tormento, la exasperación, la contumacia solitaria de su héroe.
Había que saber a lo que uno se arriesgaba si elegía ese oficio: el precio de lograr una novela podía ser la propia vida. Flaubert había dedicado cinco años de la suya a Madame Bovary, y más tiempo todavía a La educación sentimental. Escribir sería encerrarse en el cuarto de trabajo como en una celda y no tener nunca asegurado no ya el resultado final, ni siquiera la próxima página, la próxima frase arrancada al vacío del papel con un esfuerzo agotador. Joven y desconocido, extranjero, Vargas Llosa había leído Madame Bovary en un cuarto de hotel barato de París en los años cincuenta. Yo leía su ensayo en una habitación de estudiante en Granada veinte años después. No tenía ninguna perspectiva razonable de convertirme en novelista, pero tampoco él las había tenido a esa misma edad.
Uno escribe los libros y no puede saber el lugar que a veces llegan a ocupar en las vidas de otras personas. Las influencias van modelando el estilo, pero también afectan a veces el curso de la vida. Sentado cerca de Mario Vargas Llosa la otra tarde -él en un extremo de la mesa, yo en el otro, acompañando a Víctor García de la Concha- pensé con gratitud, y lo dije en voz alta, que sin el ejemplo de esos dos libros suyos probablemente yo no estaría allí.
