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lunes, 8 de mayo de 2017

El poeta y escapista

Mayo/2017
Nexos
Margarito Cuéllar

Que Rulfo encontrara en la narrativa la vestimenta apropiada para sus textos literarios no lo excluye de la república de los poetas. De principio a fin su obra está marcada por el ritmo de una música que parece que viene de las piedras y que se emparenta de muchas maneras al silencio. De hecho, obras como Rayuela, Palinuro de México, Los recuerdos del porvenir o Cien años de soledad alcanzan su verdadera dimensión en cierta forma gracias al ingrediente poético que contienen.
Nada que deba asombrarnos si pensamos que en la Ilíada, la Odisea, la epopeya de Gilgamesh y en otras joyas de la literatura universal, relato y poema son parte del mismo río. Que con el paso del tiempo cada cual dio vida a sus propias afluentes es otro cantar.
José Cedeño ha dicho que la combinación del ritmo de la narrativa de Rulfo, en equilibrio con las imágenes y las metáforas, da como resultado una nueva lectura. Sí, el autor de Pedro Páramo y de El llano en llamas es un poeta que no corta sus versos.
Para el lector común las categorías no importan. No sucede lo mismo con los estudiosos y académicos, para quienes el género literario la obra en sí y el autor requieren ser jerarquizados y clasificados. El llano en llamas y Pedro Páramo son, al fin y al cabo, pequeñas joyas disfrutables de principio a fin. Que los haya escrito un poeta o un narrador es lo de menos. A Rulfo le tenían sin cuidado las formas de acercamiento a su obra; aunque si puso especial énfasis en acuerpar una prosa limpia y trabajada con esmero desde la sintaxis hasta los silencios mismos y se apoyó en la poesía para dotarlos de un sentido estético único, es porque Rulfo está en todo momento del lado del lector. La academia, la crítica y sus colegas lo tenían sin cuidado.
Debemos a Jorge Von Ziegler y a su libro Hora crítica (Premia Editora, 1988) el resguardo de dos reseñas de Pedro Páramo. Ahí Chumacero se pone del lado de quienes esperan otras obras del autor que sin duda lo consagrarán y encuentra algunos defectillos en la novela de Rulfo. No se necesita una mira telescópica para estar de acuerdo en que al final de cuentas a Rulfo y a Chumacero los une la parquedad literaria como virtud.
Mi primer encuentro con Rulfo fue cuando estudiaba la preparatoria en Monterrey. Yo quería ser poeta y en El llano en llamas encontraba dosis narcóticas de poesía. Mejor dicho: aquellos cuentos eran poesía en estado puro. Seguramente había un error en la contraportada que señalaba como cuentos aquellas piezas de lectura. De tal forma que “Diles que no me maten”, “Nos han dado la tierra”, “Luvina”, “El hombre” o “La noche que lo dejaron solo” no eran otra cosa que textos poéticos acomodados, no en verso, como lo hacían Neruda, Borges o Lorca, mis autores de entonces.
El encontronazo con Pedro Páramo fue más bien un desencanto. Me resultaba sumamente difícil hacer una sinopsis de la obra, sobre todo porque no encontraba el hilo que me permitiera identificar a los vivos de los muertos. El uso de los tiempos me parecía un verdadero rompecabezas o una cueva a la que entrabas pero de la cual difícilmente salías. Llegué a pensar que Rulfo era una especie de escapista y que sus mejores disfraces consistían en vestirse de prosista, cuando en realidad era un poeta. Y de los buenos. El hecho de que la trama pareciera una tela de araña no impedía que subrayara párrafos enteros con contenidos que para mí eran poesía.
Cuando leí Rayuela me di cuenta que Cortázar escondía la clave secreta para abrir la fortaleza llamada Pedro Páramo y recorrerla, y que no tenía por qué seguir la secuencia planteada por el autor mediante capítulos, sino que podía armar mi propio modelo intercambiando los fragmentos en el orden que yo lo dispusiera.
Como sucede con las personas de mayor edad, El llano en llamas y Pedro Páramo se hicieron chiquitos con el tiempo. Tenían un tamaño cuando salieron a mi encuentro por vez primera y otro ahora que los releía para los fines de estas notas. Los encontré más breves, aunque la altura de sus poéticas seguía ahí, inalterable, expuesta al tiempo y a la lluvia, a las mudanzas, a las estaciones, a la multiplicación de lectores, críticos, traductores, montajes teatrales, versiones para cine y operísticas.

Para Rulfo la poesía no es un elemento decorativo, sino la herramienta que sustenta su prosa. Ubicadas sus dos pequeñas obras en atmósferas casi siempre hostiles, donde los únicos que pueden habitarlas son los perseguidos, los caciques, los condenados a vida, los muertos y las apariciones, la poesía adquiere en Rulfo la forma de elemento transgresor. Trataré de explicarlo. Rulfo es poeta no porque sea un vendedor de ilusiones, sino porque encontró en la poesía una manera de legitimar una temática que va de la aridez más terrible al paisaje más desolado. Rulfo poeta no impone un canon, sabe en qué momento sus textos necesitan el tono poético y cuándo esa tonalidad estorba. Rulfo, el estratega, hace uso de la artillería poética sólo cuando es indispensable al texto; sabe que con ello la fortaleza que construye será menos vulnerable a los embates del tiempo.
Rulfo, más que un paisajista, es un diestro dibujante: “Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello” (“Nos han dado la tierra”). En el mismo texto, el llano es una “costra de tepetate”, “pellejo de vaca”, “algo como cantera”, “comal acalorado” y “cosa que no sirve”.
Cuando el trazo es en color, Rulfo es como esos artistas que utilizan varios lápices al mismo tiempo en una sola mano: “Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes”.
Son varias las maneras que elige Rulfo para que la poesía, lejos de convertirse en amaneramiento lingüístico, sea un recurso necesario: a) mediante el uso de figuras literarias como la metáfora, la alegoría y la aliteración; b) a través de la exageración, ya sea disminuyendo o aumentando las cualidades o defectos de sus personajes y del medio ambiente; c) por el trazo contrastante, descarnado y a veces fino, aunque siempre preciso, de sus relatos.
Sí, en varios sentidos Rulfo es el poeta y el escapista con habilidad suficiente para escribir poesía sin hacer versos y escapar de sí mismo y de los muchos libros.
El Remigio Torrico de “La cuesta de las comadres” es tuerto, “pero el ojo negro y medio cerrado que le quedaba parecía acercar tanto las cosas, que casi las traía junto a sus manos”. En determinadas circunstancias el ojo se siente a gusto “teniendo a quien recargar la mirada”.
En vez de decir “una tormenta fuerte”, dice: “una tormenta de esas en que el agua parece escarbarle a uno por debajo de los pies”. El aire que sopla antes de la madrugada se lleva los gritos de las canciones: “Mientras la luna grande de octubre pegaba de lleno sobre el corral y mandaba hasta la pared de mi casa la sombra larga de Remigio”, a quien el miedo se le asoma por el ojo.
Tacha, en “Es que somos muy pobres”, crece como palo de ocote y sus senos prometen ser “puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención”. Una mujer así “le llenará el ojo a cualquiera”. “Por su cara corren chorrotes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella”. “…Y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición”.
Los caminos, en “El hombre,” parecen “de hormigas” de tan angostos y suben sin rodeos “hacia el cielo”, el cansancio del cuerpo “raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe” y los machetes brillan como pedazos de culebras entre las espigas secas.
Pedro Páramo no escapa al hechizo de la poesía. En ese mundo de fantasmas, muertos y vivos que en realidad son apariciones, la poesía tiende un cerco singular.
Cuando Juan Preciado va a Comala en busca de su padre, un tal Pedro Páramo, es porque sus noches y sus días empiezan a llenarse de sueños, y al darle vuelo a la ilusión, le va dando forma a un mundo en el que la esperanza pierde.
Dice Rilke: “Dale un silencio, para que el alma, callada, regrese a lo que fluye y abunda”. No hay que olvidar que Rulfo hizo su propia versión de Las elegías de Duino, lo que hace pensar en el papel que juega el silencio en su obra y en su vida, a la manera del verso de Villaurrutia: “Vámonos inmóviles de viaje”. O lo que Óscar Pirot, en El muerto era yo, apunta como síntesis metafórica de sus cuentos. Quietud peregrina, la llama.

domingo, 5 de enero de 2014

Paz y Neruda: Poetas combatientes

Enero/2014
Nexos
Margarito Cuéllar

La poesía suele ser un conjunto de ciudades cuyos habitantes se acercan o se alejan a medida que la periferia crece. Las cruzan o las circulan grandes avenidas, callejones de metáforas, edificios deslumbrantes, alegorías, construcciones que se caen a pedazos. Conciencias que se repliegan a un presente, a un tiempo, a una geografía, a una realidad, a un orden o a un caos, a un modo de gobernar conceptos y emociones. Es el caso de dos piedras fundacionales de la poesía latinoamericana del siglo XX: Ciudad Octavio Paz y Ciudad Pablo Neruda. Podría decir dos ríos, dos continentes, dos desiertos, dos mares. Pero la ciudad me parece el espacio simbólico que mejor apunta a las poéticas de nuestro tiempo.
Las correspondencias entre poetas suelen convertirse en disonancias. Y los poetas, como las ciudades, están en continua expansión. En septiembre pasado se cumplieron 40 años de la muerte de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, Pablo Neruda. En Julio se cumplirán 110 años de su nacimiento. En vísperas del primer siglo de Octavio Paz, pasaremos revista a las asonancias y disonancias de estos dos árboles centenarios de las letras. Ambos premios Nobel de literatura. Un dúo dinámico imposible, si se parte de las distancias y las preferencias ideológicas, que lo mismo atraen que repelen. Pero también dos atlas por los que cruzan ríos afines, fronteras imaginarias y puñados de sílabas que conversan.
Todo iba bien. Paz tiene apenas 23 años cuando participa, gracias a las gestiones de Neruda, en el Segundo Congreso Mundial de Escritores Antifascistas, celebrado en 1937 en Valencia, España. Neruda era 10 años mayor, y gozaba ya de un aura que lo identificaba como poeta latinoamericano vinculado a las causas populares. Había publicado libros importantes y gozaba de una fama que crecía. Paz era un desconocido; había editado a principios de ese año Raíz del hombre y reconocía el vigor de la poesía nerudiana y la generosidad del poeta, pero pronto pondría en tela de juicio sobre todo la forma de actuar de los gigantes del estalinismo en el poder: “Vi al comunismo como a un régimen burocrático, petrificado en castas, y vi a los bolcheviques caer uno tras otro en esas ceremonias públicas de expiación que fueron las purgas de Stalin”, recapitula Paz unos años antes de su muerte.
Neruda, en Confieso que he vivido, retorna a los primeros encuentros: “Entre noruegos, italianos, argentinos, llegó de México el poeta Octavio Paz, después de mil aventuras de viaje. En cierto modo me sentía orgulloso de haberlo traído. Había publicado un solo libro que yo había recibido hacía dos meses y que me pareció contener un germen verdadero. Entonces nadie lo conocía”, Neruda había publicado en Madrid, en 1935, una de sus obras cumbre: Residencia en la tierra, con el que el poeta chileno empieza a influir en la obra de los poetas de habla hispana.
Neruda no era perita en dulce. Ya el libro La guerrilla literaria de Faride Zerán da cuenta y señal de los enconos entre el autor de Canto general, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, que tampoco, como decimos en México, cantaban mal las rancheras.
Las antologías suelen dar motivo a querellas. Las presencias justifican un canon y las ausencias incomodan. Laurel, preparada por Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Emilio Prados y Gil-Albert, publicada en 1941, no fue la excepción. No están ahí, sea por autoexclusión o por criterio editorial o político, ni Pablo Neruda ni Miguel Hernández ni León Felipe.
Si Paz le lanzó un puñetazo a Neruda y éste lo esquivó, lo menos que salió de ahí fueron balas de adjetivos, duro y a la cabeza. Y un distanciamiento de décadas. Neruda fue tachado por Paz de “estalinista” y “ególatra”. A su vez Paz fue considerado por Neruda “traidor” y “purista”. Dardos con veneno arrojados por los futuros premios Nobel, lo cual comprueba que las ciudades también trazan su propia cartografía, aunque compartan los límites de la geografía y el idioma.
Edward Stanton, quien se ha acercado a las asonancias en la obra de ambos poetas, lo tiene muy claro: lo que distanció a Paz y a Neruda no fue la poesía sino la política, y sobre todo la visión en torno al arte y la ideología.
Ambos bebieron de los manantiales de Blake, Whitman, Lawrence y Eliot, compartieron a Quevedo, Hugo y Baudelaire y se cuadraron ante Rimbaud, el romanticismo y el surrealismo. Sólo que mientras Neruda se cobijaba en el Partido Comunista de su país, Paz siguió un camino de prudente distancia, el cual se fue alejando cada vez más. Neruda se siente tentado por una poesía que oscila entre la fraternidad terrenal y la cosmología. La empresa poética de Paz, aunque a veces parece una casa fincada en el aire, parte de una obra negra cimentada en la tierra. Hasta aquí los caminos no se bifurcan.
Neruda se aleja de Eliot y fustiga las “ingeniosas trampas vacías”, las “casas blandas y huecas”, “las casas de citas” y los poemas impersonales “como la eternidad misma”. La esencia de lo terrenal la encuentra en el hombre mismo, no en el ser abstracto sino en el que oficia de panadero, impresor, cocinero, obrero, campesino.
Desde el principio Paz sabe que la poesía de Neruda, o al menos una parte considerable de ella, está en comunión con las fuerzas vitales de la naturaleza y con el misterioso secreto de las cosas. No duda sobre el hermano mayor que funda y echa raíces con su lírica, y a quien considera el más “destacado y personal de los poetas hispanoamericanos”.
Años después Paz reafirma el peso de la obra nerudiana sobre su poesía: “En aquellos años Neruda era una gran presencia y yo lo había leído con pasión. En su poesía hay también ese descenso hacia lo material del mundo. Sin embargo, siempre quise guardar las distancias”, le dice a Stanton en 1988.
El salto del Paz de “¡No pasarán!” al de los poemas de Raíz del hombre es mortal. Su punto de partida es Novalis, pero en el erotismo destilado de sus versos está la visión cosmogónica de Neruda, su maestro.
Edward Stanton se encarga de hacernos ver las correspondencias entre Raíz del hombre y Residencia en la tierra. “No sólo el tema erótico en todo su esplendor violento sino también familias enteras de imágenes que privilegian ciertos campos semánticos: un ambiente invadido por lo nocturno (sombra, oscuridad, tinieblas) en alianza con una fascinación por lo informe; imágenes vegetales o terrenales (tierra, plantas, flores, raíces, árboles) que se entrelazan con otras corporales (carne, pelo, boca, entrañas, pecho, venas, piel, labios, huesos)… en los dos libros abundan imágenes acuáticas (pozos, océano, mar, río, oleaje, inundaciones, espuma, corrientes subterráneas) que expresan el fluir de la conciencia o más bien de la fantasía en gestación antes de llegar a la cristalización formal”.
Neruda recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971. Paz 19 años después. En sus discursos hay líneas que se cruzan y forman un punto y otras que se alejan y forman islas. Paz alude, con la inteligencia que lo habita, al significado de la palabra gratitud y a las realidades de las lenguas. Habla de la dependencia del presente y el pasado con el futuro, de la modernidad como descenso a los orígenes, del fin de las utopías y del mercado “en el que todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales”. Vuelve a la idea de mirar de frente a la muerte y cierra con un reflejo al William Blake de Las bodas del cielo y el infierno: abrir las puertas de la percepción. No para que entre el hombre infinito, sino el otro tiempo: “el presente, la presencia”.
Neruda alude, con la emoción y el sentimiento que lo dibujan, a los días en que la fuga y la vigilia lo llevan a cruzar la frontera de su país, de la poesía como acción pasajera, de los enemigos de la poesía, del poeta no como un pequeño dios sino como el hombre que entrega el pan de cada día, de sus versos como herramienta de trabajo cotidiano, de la larga noche latinoamericana en la que abundan el oprobio y el saqueo de “oscuros dioses” y culmina, bandera en mano, con una señal de Rimbaud, el vidente: À l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. Algo así como: “Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades”.
Al igual que Neruda, Paz hace referencia a los puentes imaginarios del pasado, aunque habla de un ayer en el que la biblioteca paterna es la caverna encantada, hasta que la razón, la historia no vivida, termina por desalojarlo del presente. Otra forma de exilio. “Las polémicas se disipan, quedan las obras”, dice sin detenerse en la espada enemiga.
Neruda afirma que los enemigos de la poesía no son los que la resguardan sino la incapacidad del poeta “para entenderse con los más ignorados”.
A las polémicas que se disipan en contraposición de las obras, que permanecen, Neruda hace alusión a los que lo tildan de sectario y en un claro referente a Huidobro le niega al poeta la posibilidad de ser un pequeño dios.
Para Neruda la estrella primordial es la lucha y la esperanza, Paz asume el presente no como la búsqueda del edén terrestre “ni de la eternidad sin fechas” sino como los pasos hacia una “realidad real”.
En Paz la poesía, en cuanto enamorada del instante, revive esa fugacidad en el poema, lo que la convierte en presente fijo. ¿Poesía de antítesis? En Neruda la poesía es acción pasajera, soledad y solidaridad, intimidad del hombre y revelación de la naturaleza. ¿Poesía de tesis?
La partida de Neruda de México, en 1943, es tan dolorosa como los versos de su “Nuevo canto a Stalingrado”:
Yo sé que el viejo joven transitorio
de pluma, como un cisne encuadernado,
desencuaderna su dolor notorio
por mi grito de amor a Stalingrado.
Yo pongo el alma mía donde quiero.
Y no me nutro de papel cansado,
adobado de tinta y de tintero.
Nací para cantar a Stalingrado.
Fuertes declaraciones. Fuego cruzado. Jabs al bofe de la poesía. Paz escribió ese mismo año: “¿Y qué decir de los discursos políticos, de las arengas, de los editoriales de periódico, que se enmascaran con el rostro de la poesía? ¿Y cómo hablar sin vergüenza de toda esa literatura de erotómanos, que confunden sus manías o sus desdichas con el amor? Imposible enumerarlos a todos: a los que se fingen niños y lloriquean porque la tierra es redonda; a los fúnebres y resecos, enterradores de la alegría; a los juguetones, novilleros, cirqueros y equilibristas; a los jorobados de la pedantería; a los virtuosos de la palabra, pianolas del verso, y a los organilleros de la moral; a los místicos onanistas; a los neocatólicos que saquean los armarios de los curas, para ataviar sus desnudas estrofas con cíngulos y estolas; a los papagayos y culebras nacionalistas, que cantando expolian a la triste revolución mexicana; a los vates de ministerio y a los de falansterio; a los hampones que se creen revolucionarios sólo porque gritan y se emborrachan”.
La versión original de este ensayo, o al menos la cita anterior, no la encontrará el lector en la obra completa de Paz, sino en la revista El Hijo Pródigo (agosto 15 de 1943), nos hace ver Stanton, bajo el título “Poesía de soledad y poesía de comunión”.
Lo demás es historia conocida. Neruda, antes de partir, lanza un par de estocadas. En una de ellas afirma que en la poesía mexicana hay desorientación y falta de moral civil, pone en las nubes a los pintores y a los escritores militantes, afirma que el ensayo está marcado por una generación anémica y truena contra Revista de Occidente y Hora de España, a las que Paz está cercano. En “Respuesta a un cónsul” Paz asesta duros golpes al maestro y concluye con que la literatura de Neruda “está contaminada por la política, su política por la literatura y su crítica es con frecuencia mera complicidad amistosa. Y, así, muchas veces no se sabe si habla el funcionario o el poeta, el amigo o el político. Acaso tampoco él lo sepa con claridad. Esta confusión —y el respeto que me merece una obra que a menudo es traicionada por un temperamento que confunde la fuerza con la violencia y la cortesía con la debilidad— me han impedido contestar a sus intemperantes afirmaciones. Y si ahora lo hago es con escepticismo: sé de antemano que en el señor Neruda la vanidad es una pasión tiránica, que le prohíbe confesar sus errores o sus extravíos”.
Y aquí se rompió una taza. Aunque Paz fue muy cuidadoso y matiza en sus Obras completas las desavenencias de antaño.
Como un “gran poeta en decadencia”, así llama Paz años después a Neruda, reconociendo que los poetas de su generación recibieron una enorme influencia del poeta chileno.
Stanton llama también la atención sobre una gran coincidencia: la publicación el mismo año, 1950, de Canto general de Neruda y El laberinto de la soledad de Paz. La primera, una edición ostentosa acompañada por el trabajo gráfico de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. La de Paz en Cuadernos Americanos.
No sé si en un acto de justicia poética hacia su antiguo maestro, muerto 20 años atrás, o hacia el joven lector de Neruda que fue Paz, unos años antes de su muerte releyó su poesía completa. Tarea nada sencilla si tomamos en cuenta que la empresa poética de Neruda es monumental. La conclusión a la que llega Paz es que Neruda es el mejor poeta de su generación. Por encima de Huidobro, Vallejo, Borges y los poetas españoles. La opinión parece desmesurada, pero Paz es cuidadoso, pudo haber dicho que Neruda es el poeta más destacado del siglo XX, o el mejor poeta de habla hispana, al ubicarlo generacionalmente le da una ubicación específica en el contexto latinoamericano. Y en un tono aforístico, no sé hasta qué punto autocrítico, apunta: “Lo admiraste, lo quisiste y lo combatiste. Fue tu enemigo más querido”. Indicador de que hasta las ciudades con mayor fortaleza se desmoronan.
Los párrafos que Paz dedica a Neruda en el tomo II de sus Obras completas (Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, Barcelona, 2000) son de alto relieve. “No digo que sea el más perfecto sino el más vasto y variado; también, con frecuencia, el más intenso, ora desgarrador, ora risueño, a un tiempo simple y misterioso. Un poeta inmenso. En cada uno de sus libros, aun los más flojos, hay poemas inolvidables; en cada uno de sus poemas, aun los menos afortunados, hay líneas que son relámpagos de verdad. Quiero decir: relámpagos verdaderos que iluminan brevemente nuestra conciencia y trazan tatuajes en nuestra memoria; asimismo, relámpagos con la luz de una verdad súbita. ¿Qué verdad? Una verdad oculta, olvidada o abandonada, enterrada o acabada de nacer. La verdad de todos los días, la verdad de cada día, que pasa como nosotros pasamos y se queda como los dibujos del tiempo sobre la roca.
”La generación de Neruda sobresalió en el arte del verso y Neruda también fue en esto la excepción: fue duro de oído, monótono y no pocas veces torpe. Estas carencias y defectos, por su enorme potencia verbal y su instinto poético, se convirtieron en virtudes. Sus ojos entrecerrados traspasaban la opaca realidad; su mirada volvía rosa a la llama y agua a la piedra. Sus poemas tienen una música extraña, muy antigua y, no obstante, familiar, como oída en duermevela. Música de piedras y polvo que cae interminablemente en el pozo de la noche, pasos del trueno que anda a ciegas por el llano, rumor de roncos motores en los suburbios del sueño, luz que regresa cada mañana para golpear suavemente nuestros párpados”.
Antes, en El arco y la lira, Paz dedica un amplio párrafo al Canto general, lectura que en su momento le pareció fatigosa y conmovedora a la vez. Paz considera que el poeta fracasa al intentar el relato en verso libre, cuyos ejemplos abundan en el Canto… Y que Neruda acierta en poemas como “Alturas de Macchu Picchu”, donde canta en vez de contar.
La lectura de algunos títulos amplían el paisaje, o al menos ofrecen una versión más distante que la de los propios protagonistas en sus respectivas obras, en torno a los encuentros y desencuentros de los dos poetas: Octavio Paz en España, 1937 (Fondo de Cultura Económica, compilación de Danubio Torres Rubio, 2007); Adiós poeta (Tusquets, 1990) de Jorge Edwards; Pablo Neruda: Los caminos de América (Lom, 2004) de Edmundo Olivares Briones; Las furias y las penas. Pablo Neruda y su tiempo de David Schidlowsky (Ril Editores, Santiago de Chile, 2008) y El águila en las venas. Neruda en México, México en Neruda de Víctor Toledo (Universidad Autónoma de Puebla, 2005).
Una relectura de Raíz del hombre y de Pasado en claro de Octavio Paz, paralela a Residencia en la tierra y Memorial de Isla Negra; una lectura atenta al Canto general mismo o a los poemas mexicanos de Neruda, sin duda nos reafirmarían las correspondencias poéticas, signos inequívocos de que en poesía a veces es más palpable lo que acerca que lo que aleja, más allá de las diatribas del momento.
¿Quién lee hoy con sublime vehemencia los versos del “Canto a Stalingrado” y el “Nuevo canto a Stalingrado?”. O el candor rabioso, lacónico, que visto a distancia suena hasta tierno, de “Los poetas celestes”:
Qué hicisteis vosotros, gidistas Intelectualistas, rilkistas, misterizantes, falsos brujos existenciales, amapolas surrealistas encendidas en una tumba, europeizados cadáveres de la moda, pálidas lombrices del queso capitalista, qué hicisteis ante el reinado de la angustia, frente a este oscuro ser humano, a esta pateada compostura, a esta cabeza sumergida en el estiércol, a esta esencia de ásperas vidas pisoteadas?
Paz supo beber de los manantiales menos desmesurados del maestro. Evitó, a edad temprana, vivir bajo su densa sombra y trazar su propio destino poético. Así de complicado. Así de simple.
El autor del poema “¡No pasarán!”, que lo lleva a Valencia al Congreso de Poetas Antifascistas y propicia el primer encuentro con Neruda, tomó nuevas rutas para cautivar a la musa.
Los primeros pasos de Paz nacen comprometidos con la historia inmediata:
¡Cómo llena ese grito todo el aire  y lo vuelve una eléctrica muralla!  Detened al terror y a las mazmorras,  para que crezca, joven, en España,  la vida verdadera,  la sangre jubilosa,  la ternura feraz del mundo libre.  ¡Detened a la muerte, camaradas!
En Raíz del hombre el poeta cambia de tono. Y al amplificarlo lo universaliza. ¿No hizo lo mismo Neruda al saltar de 20 poemas de amor y una canción desesperada, pasando por Crepusculario, a Residencia en la tierra? Por más despiadadas que sean las musas, tarde o temprano encuentran al poeta que las contiene. Ciudad Octavio Paz. Ciudad Pablo Neruda. Dos megalópolis para armar.


domingo, 20 de mayo de 2012

La avanzada del desencanto

Mayo/2012
Nexos
Margarito Cuéllar

Juan Domingo Argüelles ha dicho que nadie está obligado a leer a los jóvenes por el solo hecho de vivir una etapa de la vida que es al fin y al cabo una enfermedad pasajera. Lo dijo con otras palabras, aunque en el fondo la poesía joven es más un adjetivo que sinónimo de vitalidad, energía pura, juego, ánimo experimental, provocación y desafío formal y temático. Si atendemos a la edad, el amasijo hecho por jóvenes, maduritos y viejos en nombre de la poesía sólo tiene dos resultados: colgarse de las amarras del tiempo o del libro de arena del olvido.

¿Cómo interpretar las edades de la poesía? ¿Por los años vividos o por el tono de un poema? ¿Por la energía para subirse a un escenario y desternillar de risa al auditorio? ¿Por las fronteras de una convocatoria para una beca, un premio o algún otro estímulo a costillas del proteccionismo oficial?

Hay puntos que parecen cruzar las líneas generacionales de la poesía mexicana escrita por jóvenes: a) El pasado es anacrónico; una vez reciclado y exprimido es inevitable oprimir delete, o guardar, no vaya a ser que el futuro reclame su atención. b) El lector es lo de menos —no hacen falta hipócritas-semejantes-hermanos—; para retroalimentarse no hay más ruta que la del propio poeta, habitante plenipotenciario de su propia república. c) La estafeta, entregada de manera voluntaria o por la fuerza, incluye un kit completo de vicios —herencia maldita de los grandes centros urbanos—, enemistades, trampolines para alcanzar la fama, palabras clave para reseñar la obra del compañero de círculo, o si se puede premiarlo. d) ¿A quién le importa que la poesía no se venda? Los subsidios no tienen complejos, la edad no estorba para merecerlos.

Una larga lista de nombres. Atisbos, promesas, reafirmaciones, señales de humo: poetas nacidos en los años setenta y ochenta. Echarse un clavado en el bosque y encontrar los claros requiere vocación masoquista. De la selva en llamas emergen poemas, algunos versos, detectives salvajes que se hacen visibles en la niebla.

Las promesas de ayer avanzan de manera vertiginosa a una madurez en la que tienen que elegir entre ser becarios de por vida, pasando del Kindergarten (becas estatales) a las categorías Boy Scout (cachorros del Fonca o de la Fundación para las Letras Mexicanas) y de ahí el salto a la categoría Pantalones Largos: el Sistema Nacional de Creadores, donde hay la posibilidad de alternar: primero beneficiario, después miembro del jurado.

Y ojo, el currículum se mama en la cuna; la altura no se alcanza de un salto, los grandes no nacen por generación espontánea: premios de poesía, una primicia editorial, competir con los de la fila de atrás arrebatándoles, ¿por qué no?, la estafeta de estímulos mayores.

Brújulas
Algunas brújulas orientan al viajero. En 2002 apareció la controvertida El manantial latente de Ernesto Lumbreras y Hernán Bravo Varela. Del mismo año es Árbol de variada luz de Rogelio Guedea. Un orbe más ancho (2007) de Carmina Estrada. Al año siguiente Luis Felipe Fabre hizo su apuesta con Divino tesoro, al que siguieron Mar de vértigos de Alberto Trejo (2008) y El oro ensortijado, poesía viva de México de Mario Bojórquez, Alí Calderón, Jorge Mendoza y Álvaro Solís (2009). 20 años de poesía, selección e introducción de Jorge Fernández Granados (2010), agrupa a los jóvenes creadores del Fonca. Daniel Téllez reunió algunas voces en Esas distancias de algo (2010); lo mismo hicieron Iván Cruz Osorio, Benjamín Morales y Manuel de J. Jiménez en Región de ruina. Generación literaria del Bicentenario (2010) y el arriba firmante, acompañado en la aventura por Luis Jorge Boone, Mario Meléndez y Mijail Lamas en Vientos del siglo (UNAM, 2012).

Los que iniciaron con el vértigo de los 20 años hace un par de décadas: Luigi Amara, María Rivera, Kenia Cano, Luis Enrique del Ángel, Rogelio Guedea, Álvaro Solis, Balam Rodrigo, Ricardo Venegas y Luis Felipe Fabre, aportan un legado que se solidifica y a veces se diluye. O se revierte en géneros como la narrativa, en el caso de Julián Herbert y César Silva Márquez.

Galería de voces
El lector abre Cabaret Provenza (colección Centzontle del FCE, 2008), de Luis Felipe Fabre (1974) y advierte que el autor “…es considerado como uno de los mejores poetas hispanoamericanos de tiempos recientes… posee una voz indiscutible y notablemente única en la poesía contemporánea de nuestra lengua”. El poeta —dice la nota— concibe el poema como “lo prefiguró Mallarmé”, posee la geometría versal del desamparo de José Asunción Silva y las breves estrofas de Emily Dickinson; se le compara con Décio Pignatari, Haroldo de Campos y sus versos emparentan con los mejores de Lezama Lima y Gonzalo Rojas.

¿Afán por canonizar lo que se hace visible o mercadotecnia editorial? El libro no lo necesita pues los lances de Fabre —equilibrista del poema— son tan arriesgados que lo mismo va por la cuerda floja del discurso popular que por la red de una escritura nerviosa, juguetona y nunca acartonada:

Grandes pechos los de estas meseras
[comestibles:
sus nombres están tatuados en la
[corteza de los árboles
y en los corazones de los traileros.

Los nacidos de la mitad de los años setenta en adelante parecen imprimir a su poesía una fuerza mayor. Desde Legión (2003), Luis Jorge Boone se muestra como un poeta maduro: “Convencido de decirlo todo;/ de nombrarlo todo./ Explico en lengua de reyes/ —meticuloso y principal— la intención de mis versos./ Señalo la salida del laberinto,/ paso revista a este ejército de cosas/ sin dejar ventanas abiertas al ladrón”. Todo para el poeta coahuilense es el desierto, la palabra, la infancia, los muertos que se cargan a la espalda, las mujeres, las sombras, los sitios habitados. Con Galería de armas rotas (2004), Traducción a lengua extraña (2007), Novela (2008) y Los animales invisibles (2010), Boone se reafirma como una voz sólida de variados registros, inmersa en la tradición y la búsqueda de atmósferas nuevas. Para él “todo limbo es ninguna parte” y lo mismo nos exhibe en su galería una retrospectiva de animales invisibles que el concierto de un pianista frente al mar: “El pianista posa sus manos sobre las teclas y las olas del mar se detienen a escuchar el vals que recorre en su palma la línea del destino”.

Otro norteño, Francisco Alcaraz, apuntala su poesía hacia un entorno urbano en el que el día transcurre como “un hermoso escombro del espíritu”. Se mueve del río de la prosa al verso libre para negar la ciudad misma. La memoria del dolor y la evocación al padre y a la madre desde las entrañas del tiempo. Autor de La musa enferma (2003), Alcaraz construye sus poemas con los escombros del tiempo y cuando el amor se hace presente e ilumina la página es menester salir en llamas y sin posibilidad de retorno.

El acercamiento de Hernán Bravo Varela (1979) —como lector y traductor— a la obra de William Shakespeare, Emily Dickinson, Gerard Manley Hopkins, Oscar Wilde, E.E. Cummings y William Carlos Williams, hace que su poesía se aleje del estruendo y ofrece pequeñas acuarelas que sugieren el color más que pintarlo.

Óscar de Pablo (1979) se da a conocer con Los endemoniados (2004), al que siguieron Sonata para manos sucias (2005) y Debiste haber contado otras historias (2006). Abreva en la crónica y en la anécdota, y desde la ciudad traza un imaginario en la que el humor corroe a su blanco: “Observemos a este/ depredador hambriento que se acerca:/ es un poeta joven de género bucólico/ que apenas ha aprendido a cazar por sí solo”.

Poeta de la conversación y el lenguaje directo, del soneto en prosa y la elegía, De Pablo es dueño de un ritmo preciso y lejano a la retórica y al sueño barroco. Algunos de sus versos recuerdan al mejor Efraín Huerta y a César Vallejo, aunque pronto toma aire y traza su propio vuelo con ánimo fresco y luminoso.

Eduardo Saravia (1977), autor de Memoria de la noche (2008) e Historia natural de la sombra (2010), plantea un escenario sombrío, más no por ello carente de intensidad. Sus referentes son la infancia y el entorno familiar, el miedo, el delirio, la enfermedad; todo al servicio del poema y no del lamento. Las cosas —un vestido blanco y triste en el armario, por ejemplo— renacen como reliquias de un pasado en el que todo parece al borde del abismo.

Eduardo Padilla (1976) ha escrito de Wang vector (2003) y Zimbabwe (2007). De trazos complejos, su poesía huye del elemento inmediato y se refugia en las leyes de la termodinámica o de la gravedad. “Desean tirar del arco./ Desean tirar del arco y que la flecha silbe y que la cuerda cante”, escribe en “Un ave cae”. Poemas como “Auto-retrato con escuadra” parecen emerger del hiperrealismo: “Tomaré mi escuadra y tocaré el arpa en silencio,/ como quien finge decir algo urgente detrás de un cristal blindado”.

¿Poesía kamikaze o balas de salva? Los mejores textos de los nacidos en los setenta contienen recetas de cocina, elementos de la ciencia, retratos rotos de familia, sombras de hospitales, cuartos de hotel, escuadras listas para ser disparadas, vértigo, sopor, abismos luminosos, fiebre, prisa, desencanto, pesadillas, sueños a color y en blanco y negro.

Leer a Jair Cortés (Tlaxcala, 1977), como dice Luis Jorge Boone, implica sumergirse en los infiernos interiores: “Yo no conocí el odio como se conoce al árbol./ No lo conocí en la raíz de la traición/ ni supe de él/ por los frutos de la venganza./ Yo conocí al odio en el espejo”.

Generación abundante. Ahí están Maricela Guerrero y Javier Villaseñor (1977); Jocelyn Pantoja, Andrés Cisneros de la Cruz, Omar Pimienta y Hugo García Manríquez (1978); Mijail Lamas, Yohana Jaramillo y Minerva Reynosa (1979).

Maricela Guerrero escribió Se llaman nebulosas (2010). Mapa conceptual con un trazo entre prosa y verso libre muy firme que explora el interior de la mujer, el alumbramiento, los cuerpos (el del poema y el físico). Dice en “Anamnesis”: “Tu padre era un pasillo encendido,/ de la tierra vino, unos ratitos andando y otros a pie: llegó de golpe, como el invierno y su cuchillo de escarcha”.

Fragmentos de canciones y de refranes, hilos de vida tatuados en la corteza de la memoria, exploraciones, hospitales, clavos, nebulosas, florescencias, los textos de Marcela, autora también de Desde las ramas de una guacamaya (Bonobos, 2006), abordan un tren en marcha vertiginosa, cruzan fronteras y se abisman hasta salir de pie y por la puerta principal del poema.

Y mientras los textos de Minerva Rey-nosa se centran en la reconstrucción del entorno urbano (Atardecer en los suburbios, 2011) mediante una poética emergente, la tijuanense Yohanna Jaramillo (Pacíficos, 2007; Yohismos y Trotamentes, 2010) en Diarios del este (2011) le da voz al narcocorrido, al mar invadido de basura y a las tres leyes de la robótica. Escribe en “Gente nueva”: “Un Chapo debe obedecer a las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si esas órdenes entrasen en conflicto con la primera Ley./ Un Mayo debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda Ley./ Y uno en medio de la guerra vendiendo dulces/ a los próximos muertos tapándoles baches,/ a los niños sin sonrisa vendiéndoles de a peso,/ vendiendo, enterrando gerundiamente/ la dulce muerte”.

Irrupción multitudinaria
Lo que viene son otros jinetes, nuevos corredores de fondo. Entre los nacidos en la primera mitad de los ochenta destacan: Iván Cruz Osorio (1980): Tiempo de Guernica (2005), y Rubén Márquez (1981): Pleamar en vuelo (2010). Cosecha 1982 son Alí Calderón: Imago prima (2005) y Ser en el mundo (2008), Sergio Loo: Claveles automáticos (2006) y Sus brazos labios en mi boca rodando (2007), Rodrigo Castillo: Espacio de resistencia (2007) y Panthone 8602 (2011), Óscar David López: Gangbang (2007), Perro semihundido (2008) y Roma (2009), Anaïs Abreu: Isla perdida, Isla del dragón y Pelo corto (2008), y Claudina Domingo: Tránsito (2011).

Manuel Becerra: Cantata castrati (2004), e Inti García Santamaría: Recuento al final del verano (2000), Corazoncito (2004) y Nunca Cambies, poemas 2000-2010, nacieron en 1983; de Daniel Saldaña París (1984) son los poemarios Esa pura materia (2008) y La máquina autobiográfica (2012).

La segunda camada de esta generación, nacidos en 1985, la componen Aurelio Meza: Sakura (2008), Alejandro Albarrán: Ruido (2012), Yaxkin Melchy: Nada en contra (2005), El nuevo mundo (2008), Ciudades electrodomésticas (2009) y Los poemas que vi en un telescopio (2009), Karen Villeda: Tesauro (2010), Christian Peña: De todos lados las voces (2008) y El síndrome de Tourett, y Chiristian Barragán: De un oscuro oleaje (2008).

Manuel J. Jiménez: Los autos perdidos (2008), y Karen Plata: Mamá es una nave (2007), son de 1986. De 1988 son Eduardo de Gortari: Singles /05//08 (2008) y La radio en el pecho (2010), y Daniel Malpica: Paréntesis (2008). Nacidos en el 89 son Ghita Corzo, Luis Arce y Krishna Avendaño: Una ciudad transgénica (2009).

Alí Calderón nos entrega poemas luminosos que abrevan en la tradición. Claudina Domingo traza el propio plano de una ciudad en ruinas: “la de los palacios/ …cáncer de menudencias, que al desconocer su miseria (viola las arcas del sol) todos los días”.

Karen Villeda hace del lenguaje matemático un apunte sonoro y visual que perturba gratamente al oído, juega con el léxico y no se conforma con lo establecido.
De Rodrigo Castillo, nos dice Marcello Pellegrini: “Entre la lírica y el desenfado quiere dar en el blanco de una nueva sensibilidad poética. Nuestro poeta sabe que ya no estamos en la vanguardia, y que la tentación de lo nuevo no puede ser sino irónica”.

Yaxkin Melchy es una especie de medium de las galaxias y produce poemas que pasan de la exaltación al desencanto a un ritmo vertiginoso y sensorial: “Un niño solitario de hoy/ es una tumba llena de petróleo”. “Las estrellas de este país son periódicos quemándose en una enorme hoguera mientras bailamos y los adultos nos dan la espalda”.
Eduardo de Gortari afina su oído musical y nos recuerda que la poesía y el canto nacen juntos, que es posible, desde la nostalgia y el abandono, ser coloquial sin perder la forma: “Pero en estos mismos días de pobres diablos e imbéciles bien intencionados pondré aquí el mejor panfleto el mejor voto el mejor poema”.

A los 21 años Víctor Ortega Chávez e Iván Ortega López son el germen de nuevas voces que irrumpen en el escenario de la novísima poesía. Víctor ha publicado cinco poemarios, entre ellos Presagios en la nieve y Tumbas en el cielo; Iván fue incluido en el libro Paraíso en llamas y forma parte de los colectivos Devrayativa y La Red de los Poetas Salvajes.

Las nuevas voces van por los caminos de la poesía con un dejo de cinismo y desencanto, algunos de ellos venden o regalan sus poemas en el metro, elaboran artesanalmente sus cuadernos de poesía, nadan contra la corriente en el río revuelto de un presente incierto, “leen a sus contemporáneos y se apoyan creando colectivos, ofreciendo talleres, colocando links en sus blogs que llevan a las páginas de otros poetas, de revistas, de convocatorias, becas y premios. No temen a las nuevas tecnologías, entre las cuales se encuentra, por supuesto, internet, pero también se valen del video o la música para aproximarse a sus lectores, para alejarse de la solemnidad y crear así breves performances” (Ericka Montaño, La Jornada, mayo 17/09).

Posdata
Las apariencias engañan. En México hay sesentones que ya no se cuecen al primer hervor y escriben una poesía lúdica, desinhibida, hiphopera y transgresora; que hablan de poesía transhistórica, de soportes no convencionales, anulación del yo lírico y desgramaticalidad, muy al estilo del Spoken Word, los Slams Poetry, el performance y toda forma poética realizada mediante soportes no convencionales. Lo mismo que chavitos de 20 imitando a los señores no sólo en el vestir y el andar sino hasta en la forma de hacer poesía y de ejercerla en sociedad.

“Una juventud mansa y estudiosa cuya única ambición consistía en aprender lo más rápidamente posible la madurez de los mayores. ¡Ah, no ser juventud! ¡Ah, tener una literatura madura!”, diría Gombrowicz.

martes, 10 de mayo de 2011

Gonzalo Rojas (1917-2011). Contra la muerte

1/Mayo/2011
Milenio
Margarito Cuéllar

Gonzalo Rojas nunca dejó de ser un niño asombrado ante el vértigo luminoso del relámpago. Más que el relámpago como aceleración y fuga, lo que llamó su atención fue la palabra misma, la sonoridad que la acentúa, no tanto el resplandor.

De 1936 es Cuaderno secreto, del que Rojas rescató algunas joyas leves que lo hacían recordar su natal Lebu o Leufu —en antiguo mapuche. “Puerto marítimo y fluvial, maderero, carbonífero y espontáneo en su grisú, con mito y roquerío suboceánico, de mineros y cráteres —mi padre duerme ahí—; de donde viene uno con el silencio aborigen”, dice Gonzalo.

El año de 1938 debió ser clave para Rojas. Neruda retornó a Chile un año antes, envuelto en la llamativa capa de la fama e iluminado por las estrellas y los sueños del hombre nuevo. Rojas, poco dócil a las doctrinas y a las poéticas —a no ser la piedra fundacional de las posvanguardias que él encabezó a lo largo del siglo XX—, se inició con el grupo Mandrágora o Generación del 38. Como todo hijo rebelde, renegó del origen, lo que se tradujo en liberar la sintaxis del hierro nerudeano, subir al paracaídas de Huidobro, decir adiós a la vigilia y al sueño del surrealismo, y alzar el propio vuelo.

Ese mismo año, la dolorosa muerte de César Vallejo le heredó a Gonzalo la miseria humana y le hizo descubrir que el tono es algo más que una palabra. Esto nos permite afirmar que Rojas es un poeta de oído. Sus poemas hay que oírlos, o leerlos en voz alta. De esa manera su ritmo y su música son más visibles.

Gonzalo bebió la tradición con Neruda, cuyas Residencias lo hicieron sentir el estremecimiento de lo genuino: “No entendí con seso lógico ese vislumbre del caos, esa ambigüedad que hacía trizas los espejos de la exactitud…”. Abrevó en la vanguardia, “fuente fresca”, de Vicente Huidobro, cuya densa sombra les exigía a los jóvenes poetas una idea de futuro distinta a la de los dos “animales poéticos latinoamericanos”, como decía Rojas.

Poeta sin prisas, la figura de Gonzalo Rojas se extendió de manera paulatina en el mapa de la poesía latinoamericana. Dejó que el ring de la palabra lo ocuparan otros. Su primer libro, La miseria del hombre, fue publicado en 1948, cuando el poeta tenía 31 años. Pasaron 16 años para que apareciera, en 1964, Contra la muerte. Once años después se editó Oscuro (1977), y después se agregaron Transtierro (1979) y sucesivas colecciones, siempre con textos inéditos en los que reafirmaba su vocación por lo sonoro, la sorna y los vientos nuevos: Del relámpago (1981), El alumbrado (1986), Materia de testamento (1988), Antología del aire (1991), Obra selecta (1997), Metamorfosis de lo mismo (2000) y demás.

CONTRA LOS LETRADOS

El poeta chileno se mofaba de los letrados. Por eso contesta con monosílabos cuando le preguntan por las “vacas sagradas” de su país. En 2006, en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, una compatriota suya le preguntó:

—Poeta, ¿por qué Chile ha dado al mundo a poetas como Neruda,la Mistral, Nicanor Parra, Huidobro y Rojas?

—Es circunstancial —contestó, y pasó a otros temas.

Volviendo a los letrados, Rojas no se demora en versar: Lo prostituyen todo/ con su ánimo gastado de circunloquios./ Lo explican todo. Monologan/ como máquinas llenas de aceite./ Lo manchan todo con su baba metafísica. El poema “Victrola vieja” repite la experiencia de saneamiento: Maten, maten poetas para estudiarlos./ Coman, sigan comiendo bibliografía…/ Dele con los estratos y la estructura/ cuando el mar se demuestra pero nadando./ Siempre vendrán de vuelta sin haber ido/ nunca a ninguna parte los doctorados./ Y eso que vuelan gratis: tanto prestigio,/ tanto arrogante, tanto congreso./ Revistas y revistas y majestades/ cuando los eruditos ponen un huevo.

La obra del poeta se orienta, desde el Sur, hacia los cuatro puntos cardinales. O más allá, si tomamos en cuenta que sus textos son referentes de galaxias, órbitas, del espacio sideral o las nubes. Y sin embargo nunca hubo un árbol más enraizado en el suelo que Gonzalo.

Otros de sus referentes son el amor, las mujeres y la belleza, donde lo fugaz permanece en el repertorio erótico de la voluptuosidad y el deseo. De este árbol nacen poemas como “Las hermosas”, “Acta del suicida”, “Eso que no se cura sino con la presencia y la figura”, “Cítara mía” y un amplio repertorio de textos lúdicos, ausentes del lloro y la ridiculez amatoria.

Poeta de lo terrenal, su erotismo no se queda en el desnudo de la mujer. Su sentido de lo erótico va más allá: placer y gozo, la carne creciendo en la debilidad de la hierba, las partes en el todo femenino, pérdida del paraíso, búsqueda de lo perenne, la belleza perecedera que en el poema aspira a ser eterna.

El signo de Gonzalo es la piedra, el carbón, el aire. No la academia ni los altos vuelos de la erudición. En vez de hablar de sí mismo le da la palabra a la poesía, al poema; su línea poética siempre está regresando al origen, a la sílaba, a la savia del lenguaje desde el árbol de la palabra.

Ya libre del paso de los años, más allá de los homenajes y los premios —Nacional de Literatura de Chile (1992), Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1992) y Cervantes de Literatura (2003)—, entre sus epitafios —recordemos que la muerte es otra de sus constantes— quizá sea éste el que más se acerca a un final, si no feliz, tampoco trágico:

Se dirá en el adiós que amé los pájaros salvajes, el aullido/ cerrado ahí, tersa la tabla/ de no morir, las flores: Aquí yace/ Gonzalo cuando el viento,/ y unas pobres mujeres lo lloraron.

domingo, 2 de enero de 2011

2010, algo para recordar

1/Enero/2010
Laberinto
Margarito Cuéllar

Que el Fonca haya ampliado su nómina de beneficiarios poetas no es necesariamente un dato confiable para determinar el estado de salud de la poesía. Vivimos tiempos de vacas flacas. La patria luce pobre en el campo de la poesía. Mantenerse en forma para alquilar una vaquita del Fonca, que garantice el alimento durante tres años, o más, parece tener más peso que el valor real de la poesía.

La poesía de hoy parece medirse a pasos de metal, y el metal, como se sabe, termina oxidándose. La egocracia invade las letras. Lo que menos importa es el lector: convidado de piedra. Se escribe para el visto bueno de los jueces, que también suelen desfilar —¡maldito dinero!— ante otras pasarelas. ¡Viva el rey, muerte a la poesía!

Muerto Paz, y antes Efraín Huerta, Jaime Sabines, después Marco Antonio Montes de Oca y hace unos meses Alí Chumacero, la estafeta de la poesía nacional se fue a pique. La sostienen la luminosidad de la obra de Rubén Bonifaz Nuño, la fuerza de la poética de Eduardo Lizalde, los trabajos de José Emilio Pacheco, la constancia de Juan Gelman, si atendemos a que la poesía no tiene país. ¿Quién da más?

Tejido poético

No todo el tejido poético está dañado. El pesimismo no nos arrastrará en las funestas olas del festín de año nuevo. En homenaje al olvidado Bergamín, habrá que ser apasionados hasta la inteligencia. La poesía puede ser, en el mismo texto, como ha dicho Cobo Borda, sarcasmo y júbilo, exaltación y repudio, compasión e ironía, verso y prosa.

Lo dijo Paz, hasta el hartazgo: “El falso poeta habla de sí mismo, casi siempre en nombre de los otros. El verdadero poeta habla con los otros al hablar consigo mismo”. Y espero no incurrir en sacrilegio si pienso que a veces nuestro Nobel mexicano se mordía la lengua.

Repaso lo que el viento del 2010 no se llevó y extiendo la mano al librero. Algunos títulos, no muchos, nos recuerdan el peso lopezvelardeano de la poesía. El minuto difícil, poemas reunidos de 1979 a 2007, de Luis Miguel Aguilar (UNAM, colección Poemas y Ensayos).

Si la nota roja del país salda cuentas con la memoria, y un acontecimiento borra el anterior con ánimo vertiginoso, alguna poesía reconcilia pasado y presente sin maquillaje ni falsos rubores. No en el ideario de que todo tiempo pasado fue mejor, ni en la premisa caduca de la reconciliación entre el ayer y el hoy, sino con la mira puesta en que historia y poesía, infancia y edad adulta son la herencia del poeta. Entre ese largo trecho, la voz que da vida a nuestros sueños y deseos.

Luis Miguel Aguilar nos deja en estas páginas el testimonio literario de una época que la vida diaria olvida con asombrosa rapidez.

Con Dime dónde, en qué país (Visor), Marco Antonio Campos reafirma no sólo el llamado de una vocación, la poesía, paradójicamente destinada al fracaso ante el impacto social, sino el sentido de la prosa, en la que se ventila un aire melancólico, que no quejumbroso, y una prosa poética limpia, certera, musical. ¿Dónde acaba el coloquio y dónde inicia el viaje? ¿Dónde termina el horizonte de una ciudad y en qué cuadro bufonezco hemos visto la degradación de este país?

El viaje de Campos es doble: al exterior y al interior. Ofrece una lectura que nos recuerda que, si bien la máscara es uno de los trajes de la poesía, hay un sentido de terrenalidad que no se ha perdido del todo.

Libro del abandono (Era) de Javier Acosta es un poemario curativo en dos sentidos. Por una parte es un principio de saneamiento del cuestionado Premio Nacional de Poesía Aguascalientes; por la otra nos enfrenta a una voz que desde la profundidad de la filosofía es capaz de armar un coloquio con el lector. El libro tiene opiniones encontradas. Juan Domingo Argüelles, Tomás Segovia y Antonio Cisneros encontraron en la obra un tono místico, paradójicamente escéptico (La Jornada Semanal). A Luis Felipe Fabre le pareció en cambio (Letras Libres) “un cuadernillo de ejercicios espirituales escritos con poca fortuna literaria”.

A mí me parece un trabajo bien logrado, aunque no en su conjunto. Hay momentos luminosos y otros opacados no por el sentido de escéptica religiosidad, sino porque el eco de las repeticiones se vuelve contra el texto.

Luis Jorge Boone es un poeta con potencial. Aunque reconozco que Los animales invisibles (Universidad Autónoma de Zacatecas), no me convence del todo. Sedujo en cambio a Carmen Villoro, Raúl Bañuelos y a Jorge Souza, jurados del Premio de Poesía Ramón López Velarde 2009. En cambio sugiero la lectura de Primavera un segundo (Universidad Autónoma de Coahuila), del mismo Boone, que reúne textos de 1998 al 2008. Ahí están Galería de armas rotas, Legión, Novela, Traducción a lengua extraña y algunos poemas sueltos.

Que la poesía de Lezama Lima, en su centenario, sea motivo de brindis: “Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses/ hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,/ pues el viento, el viento gracioso,/ se extiende como un gato para dejarse definir”.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Los relámpagos de Alí

6/Noviembre/2010
Laberinto
Margarito Cuéllar

Durante una mesa de lectura del encuentro Poetas del Mundo Latino, en el Centro Cultural Clavijero de Morelia, se dio la noticia: ha muerto Alí Chumacero (Acaponeta, Nayarit, 1918-Ciudad de México, 2010). Fue una tarde de aplausos, y a la vez un sábado triste. Marco Antonio Campos leyó unas líneas del poeta. Después vino un minuto de aplausos, el primero de tres tandas de palmas para el amigo recién muerto. “Mi maestro, mi padre, mi hermano, el poeta más simpático que he conocido. Que mal que se nos ha ido, y que bien que nos haya dejado esos relámpagos verbales”, dijo Campos.

Aunque sólo escribió tres libros: Páramo de sueños (1940), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956), quizá por esa sabia decisión de asirse a la brevedad, el poeta recibió en vida homenajes y reconocimientos. Conversador, buen bebedor, animador del Fondo de Cultura Económica durante varias décadas, protagonista de la cultura nacional buena parte del siglo XX, fue además de un hombre de letras un personaje de anécdotas. Como la vez que una muchacha se le acercó y le dijo: “Oiga, Alí, si usted sólo escribió un libro, ¿por qué le hacen tantos homenajes?” El poeta respondió: “Imagínese si hubiera escrito dos”. O como cuando le preguntaron: “Maestro, ¿cuántos años va a vivir?” “Ciento cincuenta, pero me da tristeza que ustedes no van a estar”, respondió, ya casi al final de sus días.

Poeta de largo aliento vital y de breve, aunque intensa, raíz poética. De largo aliento: alcanzó, con jovialidad inusitada, 92 años. De breve e intensa raíz: tres obras fueron suficientes para decir lo que tenía que decir. Más que poeta, escultor de palabras. De la roca más áspera, talló con tal esmero, cinceló, pulió, hasta dejar la primicia, la esencia minimalista, como su nombre mismo: Alí.

Se está haciendo tarde

Así lo recuerda Jorge Valdés Díaz-Vélez: “Alí Chumacero, como Juan Rulfo, ha legado a las letras mexicanas e iberoamericanas una obra breve e imprescindible. La intensidad de su poesía y el arco bien temperado entre forma y fondo, son un ejemplo de talento aunado al rigor y exigencia por alcanzar la deslumbrante expresividad que concentró en cada uno de sus poemas. Nunca quiso ser considerado un maestro, sino un poeta más, y no hacía distinciones entre sus contemporáneos, sus pares. Tramaba la anécdota con la frase ingeniosa, jamás lapidaria; y como caballero de amorosa raíz, era poseedor de una elegante procacidad a flor de carcajada”.

“Conocí a Chumacero en 1988 en una reunión de poetas —dice Jorge Humberto Chávez—. El encuentro fue en uno de los pasillos del Hotel Aristos, cerca de la una de la mañana. Me confundió con un empleado del hotel. Se quejó de que en su cuarto había dos personas que le impedían dormir y me pidió que les pidiera retirarse. Le dije que intentaría ayudarlo. Ahí estaban Jaime Augusto Shelley y Juan José Macías. Les dije que el maestro quería dormir. No hicieron caso. Alí me pidió que tomara una botella de vino y nos pusimos a beber. Des
de ese día, hasta el 30 de agosto de este año, última vez que estuve en su casa, nunca hablamos de poesía. Conversábamos de sus amigos y amores, de Ciudad Juárez, de amigos comunes, de mujeres, de su pasado, de whisky y de vinos. Era el más perfecto, preciso y misterioso de los poetas mexicanos. Algo desconocido, entre demoniaco y angélico, alentaba su poesía con una voz que era la de él pero que provenía de otras estrellas. Murió joven, habíamos hecho planes para celebrar su cumpleaños número 150”.

Anestesia final

A unas cuadras de Bellas Artes, donde el vate nayarita era festejado por familiares y amigos, hay una librería del Fondo de Cultura Económica. En la mesa de novedades hay cuatro títulos: dos de poesía, uno de ensayos críticos y otro de discursos. Su obra completa brilla por su ausencia: “Nos agarró desprevenidos, hubiera avisado que se iba”, dice uno de los empleados.

La despedida fue en el mismo recinto donde recibiera la medalla de Bellas Artes. Su deseo de que “a la hora de la hora, cuando me vaya con la música a otra parte, me recuerden como un hombre venido de un pueblecito pequeño que se llama Acaponeta, de un estado pequeño que se llama Nayarit; buscando un sitio propio”, fue cumplido.

Flotan en el aire los versos del poema “Anestesia final”: “La muerte bajo el agua/ y la noche navega lentamente./ Herida va mi sangre,/ más ligera que el sueño/ y el despertar sediento del inicial recuerdo./ Una mortal navegación a oscuras,/ marítimo dolor, cristal amargo;/ un estar descendiendo/ sin encontrarse asido,/ como un río que fuera de los pies a las manos/ junto al sopor nocturno;/ un tornar las cortinas de la sangre,/ la boca atropellada de silencios,/ como si labios húmedos/ cayeran en mi huella/ deletreando ausencia entre las manos./ ¿Quién asciende hasta el último suspiro?/ ¿Quién bebe la cicuta del agua entre la muerte?/ ¿Quién destroza el silencio?/ ¿Quién en silencio vive?”