Enero/2014
Nexos
Margarito Cuéllar
La poesía suele ser un conjunto de ciudades cuyos habitantes se
acercan o se alejan a medida que la periferia crece. Las cruzan o las
circulan grandes avenidas, callejones de metáforas, edificios
deslumbrantes, alegorías, construcciones que se caen a pedazos.
Conciencias que se repliegan a un presente, a un tiempo, a una
geografía, a una realidad, a un orden o a un caos, a un modo de gobernar
conceptos y emociones. Es el caso de dos piedras fundacionales de la
poesía latinoamericana del siglo XX: Ciudad Octavio Paz y Ciudad Pablo
Neruda. Podría decir dos ríos, dos continentes, dos desiertos, dos
mares. Pero la ciudad me parece el espacio simbólico que mejor apunta a
las poéticas de nuestro tiempo.
Las correspondencias entre poetas suelen convertirse en disonancias. Y
los poetas, como las ciudades, están en continua expansión. En
septiembre pasado se cumplieron 40 años de la muerte de Ricardo Eliécer
Neftalí Reyes Basoalto, Pablo Neruda. En Julio se cumplirán 110 años de
su nacimiento. En vísperas del primer siglo de Octavio Paz, pasaremos
revista a las asonancias y disonancias de estos dos árboles centenarios
de las letras. Ambos premios Nobel de literatura. Un dúo dinámico
imposible, si se parte de las distancias y las preferencias ideológicas,
que lo mismo atraen que repelen. Pero también dos atlas por los que
cruzan ríos afines, fronteras imaginarias y puñados de sílabas que
conversan.
Todo iba bien. Paz tiene apenas 23 años cuando participa, gracias a
las gestiones de Neruda, en el Segundo Congreso Mundial de Escritores
Antifascistas, celebrado en 1937 en Valencia, España. Neruda era 10 años
mayor, y gozaba ya de un aura que lo identificaba como poeta
latinoamericano vinculado a las causas populares. Había publicado libros
importantes y gozaba de una fama que crecía. Paz era un desconocido;
había editado a principios de ese año
Raíz del hombre y
reconocía el vigor de la poesía nerudiana y la generosidad del poeta,
pero pronto pondría en tela de juicio sobre todo la forma de actuar de
los gigantes del estalinismo en el poder: “Vi al comunismo como a un
régimen burocrático, petrificado en castas, y vi a los bolcheviques caer
uno tras otro en esas ceremonias públicas de expiación que fueron las
purgas de Stalin”, recapitula Paz unos años antes de su muerte.
Neruda, en
Confieso que he vivido, retorna a los primeros
encuentros: “Entre noruegos, italianos, argentinos, llegó de México el
poeta Octavio Paz, después de mil aventuras de viaje. En cierto modo me
sentía orgulloso de haberlo traído. Había publicado un solo libro que yo
había recibido hacía dos meses y que me pareció contener un germen
verdadero. Entonces nadie lo conocía”, Neruda había publicado en Madrid,
en 1935, una de sus obras cumbre:
Residencia en la tierra, con el que el poeta chileno empieza a influir en la obra de los poetas de habla hispana.
Neruda no era perita en dulce. Ya el libro
La guerrilla literaria de Faride Zerán da cuenta y señal de los enconos entre el autor de
Canto general, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, que tampoco, como decimos en México, cantaban mal las rancheras.
Las antologías suelen dar motivo a querellas. Las presencias justifican un canon y las ausencias incomodan.
Laurel,
preparada por Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Emilio Prados y
Gil-Albert, publicada en 1941, no fue la excepción. No están ahí, sea
por autoexclusión o por criterio editorial o político, ni Pablo Neruda
ni Miguel Hernández ni León Felipe.
Si Paz le lanzó un puñetazo a Neruda y éste lo esquivó, lo menos que
salió de ahí fueron balas de adjetivos, duro y a la cabeza. Y un
distanciamiento de décadas. Neruda fue tachado por Paz de “estalinista” y
“ególatra”. A su vez Paz fue considerado por Neruda “traidor” y
“purista”. Dardos con veneno arrojados por los futuros premios Nobel, lo
cual comprueba que las ciudades también trazan su propia cartografía,
aunque compartan los límites de la geografía y el idioma.
Edward Stanton, quien se ha acercado a las asonancias en la obra de
ambos poetas, lo tiene muy claro: lo que distanció a Paz y a Neruda no
fue la poesía sino la política, y sobre todo la visión en torno al arte y
la ideología.
Ambos bebieron de los manantiales de Blake, Whitman, Lawrence y
Eliot, compartieron a Quevedo, Hugo y Baudelaire y se cuadraron ante
Rimbaud, el romanticismo y el surrealismo. Sólo que mientras Neruda se
cobijaba en el Partido Comunista de su país, Paz siguió un camino de
prudente distancia, el cual se fue alejando cada vez más. Neruda se
siente tentado por una poesía que oscila entre la fraternidad terrenal y
la cosmología. La empresa poética de Paz, aunque a veces parece una
casa fincada en el aire, parte de una obra negra cimentada en la tierra.
Hasta aquí los caminos no se bifurcan.
Neruda se aleja de Eliot y fustiga las “ingeniosas trampas vacías”,
las “casas blandas y huecas”, “las casas de citas” y los poemas
impersonales “como la eternidad misma”. La esencia de lo terrenal la
encuentra en el hombre mismo, no en el ser abstracto sino en el que
oficia de panadero, impresor, cocinero, obrero, campesino.
Desde el principio Paz sabe que la poesía de Neruda, o al menos una
parte considerable de ella, está en comunión con las fuerzas vitales de
la naturaleza y con el misterioso secreto de las cosas. No duda sobre el
hermano mayor que funda y echa raíces con su lírica, y a quien
considera el más “destacado y personal de los poetas hispanoamericanos”.
Años después Paz reafirma el peso de la obra nerudiana sobre su
poesía: “En aquellos años Neruda era una gran presencia y yo lo había
leído con pasión. En su poesía hay también ese descenso hacia lo
material del mundo. Sin embargo, siempre quise guardar las distancias”,
le dice a Stanton en 1988.
El salto del Paz de “¡No pasarán!” al de los poemas de
Raíz del hombre
es mortal. Su punto de partida es Novalis, pero en el erotismo
destilado de sus versos está la visión cosmogónica de Neruda, su
maestro.
Edward Stanton se encarga de hacernos ver las correspondencias entre
Raíz del hombre y
Residencia en la tierra.
“No sólo el tema erótico en todo su esplendor violento sino también
familias enteras de imágenes que privilegian ciertos campos semánticos:
un ambiente invadido por lo nocturno (sombra, oscuridad, tinieblas) en
alianza con una fascinación por lo informe; imágenes vegetales o
terrenales (tierra, plantas, flores, raíces, árboles) que se entrelazan
con otras corporales (carne, pelo, boca, entrañas, pecho, venas, piel,
labios, huesos)… en los dos libros abundan imágenes acuáticas (pozos,
océano, mar, río, oleaje, inundaciones, espuma, corrientes subterráneas)
que expresan el fluir de la conciencia o más bien de la fantasía en
gestación antes de llegar a la cristalización formal”.
Neruda recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971. Paz 19 años
después. En sus discursos hay líneas que se cruzan y forman un punto y
otras que se alejan y forman islas. Paz alude, con la inteligencia que
lo habita, al significado de la palabra gratitud y a las realidades de
las lenguas. Habla de la dependencia del presente y el pasado con el
futuro, de la modernidad como descenso a los orígenes, del fin de las
utopías y del mercado “en el que todo se vuelve cosa que se compra, se
usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos
desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales”. Vuelve a la
idea de mirar de frente a la muerte y cierra con un reflejo al William
Blake de
Las bodas del cielo y el infierno: abrir las puertas de la percepción. No para que entre el hombre infinito, sino el otro tiempo: “el presente, la presencia”.
Neruda alude, con la emoción y el sentimiento que lo dibujan, a los
días en que la fuga y la vigilia lo llevan a cruzar la frontera de su
país, de la poesía como acción pasajera, de los enemigos de la poesía,
del poeta no como un pequeño dios sino como el hombre que entrega el pan
de cada día, de sus versos como herramienta de trabajo cotidiano, de la
larga noche latinoamericana en la que abundan el oprobio y el saqueo de
“oscuros dioses” y culmina, bandera en mano, con una señal de Rimbaud,
el vidente:
À l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. Algo así como: “Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades”.
Al igual que Neruda, Paz hace referencia a los puentes imaginarios
del pasado, aunque habla de un ayer en el que la biblioteca paterna es
la caverna encantada, hasta que la razón, la historia no vivida, termina
por desalojarlo del presente. Otra forma de exilio. “Las polémicas se
disipan, quedan las obras”, dice sin detenerse en la espada enemiga.
Neruda afirma que los enemigos de la poesía no son los que la
resguardan sino la incapacidad del poeta “para entenderse con los más
ignorados”.
A las polémicas que se disipan en contraposición de las obras, que
permanecen, Neruda hace alusión a los que lo tildan de sectario y en un
claro referente a Huidobro le niega al poeta la posibilidad de ser un
pequeño dios.
Para Neruda la estrella primordial es la lucha y la esperanza, Paz
asume el presente no como la búsqueda del edén terrestre “ni de la
eternidad sin fechas” sino como los pasos hacia una “realidad real”.
En Paz la poesía, en cuanto enamorada del instante, revive esa
fugacidad en el poema, lo que la convierte en presente fijo. ¿Poesía de
antítesis? En Neruda la poesía es acción pasajera, soledad y
solidaridad, intimidad del hombre y revelación de la naturaleza. ¿Poesía
de tesis?
La partida de Neruda de México, en 1943, es tan dolorosa como los versos de su “Nuevo canto a Stalingrado”:
Yo sé que el viejo joven transitorio
de pluma, como un cisne encuadernado,
desencuaderna su dolor notorio
por mi grito de amor a Stalingrado.
Yo pongo el alma mía donde quiero.
Y no me nutro de papel cansado,
adobado de tinta y de tintero.
Nací para cantar a Stalingrado.
Fuertes declaraciones. Fuego cruzado. Jabs al bofe de la poesía. Paz
escribió ese mismo año: “¿Y qué decir de los discursos políticos, de las
arengas, de los editoriales de periódico, que se enmascaran con el
rostro de la poesía? ¿Y cómo hablar sin vergüenza de toda esa literatura
de erotómanos, que confunden sus manías o sus desdichas con el amor?
Imposible enumerarlos a todos: a los que se fingen niños y lloriquean
porque la tierra es redonda; a los fúnebres y resecos, enterradores de
la alegría; a los juguetones, novilleros, cirqueros y equilibristas; a
los jorobados de la pedantería; a los virtuosos de la palabra, pianolas
del verso, y a los organilleros de la moral; a los místicos onanistas; a
los neocatólicos que saquean los armarios de los curas, para ataviar
sus desnudas estrofas con cíngulos y estolas; a los papagayos y culebras
nacionalistas, que cantando expolian a la triste revolución mexicana; a
los vates de ministerio y a los de falansterio; a los hampones que se
creen revolucionarios sólo porque gritan y se emborrachan”.
La versión original de este ensayo, o al menos la cita anterior, no
la encontrará el lector en la obra completa de Paz, sino en la revista
El Hijo Pródigo (agosto 15 de 1943), nos hace ver Stanton, bajo el título “Poesía de soledad y poesía de comunión”.
Lo demás es historia conocida. Neruda, antes de partir, lanza un par
de estocadas. En una de ellas afirma que en la poesía mexicana hay
desorientación y falta de moral civil, pone en las nubes a los pintores y
a los escritores militantes, afirma que el ensayo está marcado por una
generación anémica y truena contra
Revista de Occidente y
Hora de España,
a las que Paz está cercano. En “Respuesta a un cónsul” Paz asesta duros
golpes al maestro y concluye con que la literatura de Neruda “está
contaminada por la política, su política por la literatura y su crítica
es con frecuencia mera complicidad amistosa. Y, así, muchas veces no se
sabe si habla el funcionario o el poeta, el amigo o el político. Acaso
tampoco él lo sepa con claridad. Esta confusión —y el respeto que me
merece una obra que a menudo es traicionada por un temperamento que
confunde la fuerza con la violencia y la cortesía con la debilidad— me
han impedido contestar a sus intemperantes afirmaciones. Y si ahora lo
hago es con escepticismo: sé de antemano que en el señor Neruda la
vanidad es una pasión tiránica, que le prohíbe confesar sus errores o
sus extravíos”.
Y aquí se rompió una taza. Aunque Paz fue muy cuidadoso y matiza en sus
Obras completas las desavenencias de antaño.
Como un “gran poeta en decadencia”, así llama Paz años después a
Neruda, reconociendo que los poetas de su generación recibieron una
enorme influencia del poeta chileno.
Stanton llama también la atención sobre una gran coincidencia: la publicación el mismo año, 1950, de
Canto general de Neruda y
El laberinto de la soledad
de Paz. La primera, una edición ostentosa acompañada por el trabajo
gráfico de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. La de Paz en Cuadernos
Americanos.
No sé si en un acto de justicia poética hacia su antiguo maestro,
muerto 20 años atrás, o hacia el joven lector de Neruda que fue Paz,
unos años antes de su muerte releyó su poesía completa. Tarea nada
sencilla si tomamos en cuenta que la empresa poética de Neruda es
monumental. La conclusión a la que llega Paz es que Neruda es el mejor
poeta de su generación. Por encima de Huidobro, Vallejo, Borges y los
poetas españoles. La opinión parece desmesurada, pero Paz es cuidadoso,
pudo haber dicho que Neruda es el poeta más destacado del siglo XX, o el
mejor poeta de habla hispana, al ubicarlo generacionalmente le da una
ubicación específica en el contexto latinoamericano. Y en un tono
aforístico, no sé hasta qué punto autocrítico, apunta: “Lo admiraste, lo
quisiste y lo combatiste. Fue tu enemigo más querido”. Indicador de que
hasta las ciudades con mayor fortaleza se desmoronan.
Los párrafos que Paz dedica a Neruda en el tomo II de sus
Obras completas
(Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, Barcelona, 2000) son de alto
relieve. “No digo que sea el más perfecto sino el más vasto y variado;
también, con frecuencia, el más intenso, ora desgarrador, ora risueño, a
un tiempo simple y misterioso. Un poeta inmenso. En cada uno de sus
libros, aun los más flojos, hay poemas inolvidables; en cada uno de sus
poemas, aun los menos afortunados, hay líneas que son relámpagos de
verdad. Quiero decir: relámpagos verdaderos que iluminan brevemente
nuestra conciencia y trazan tatuajes en nuestra memoria; asimismo,
relámpagos con la luz de una verdad súbita. ¿Qué verdad? Una verdad
oculta, olvidada o abandonada, enterrada o acabada de nacer. La verdad
de todos los días, la verdad de cada día, que pasa como nosotros pasamos
y se queda como los dibujos del tiempo sobre la roca.
”La generación de Neruda sobresalió en el arte del verso y Neruda
también fue en esto la excepción: fue duro de oído, monótono y no pocas
veces torpe. Estas carencias y defectos, por su enorme potencia verbal y
su instinto poético, se convirtieron en virtudes. Sus ojos
entrecerrados traspasaban la opaca realidad; su mirada volvía rosa a la
llama y agua a la piedra. Sus poemas tienen una música extraña, muy
antigua y, no obstante, familiar, como oída en duermevela. Música de
piedras y polvo que cae interminablemente en el pozo de la noche, pasos
del trueno que anda a ciegas por el llano, rumor de roncos motores en
los suburbios del sueño, luz que regresa cada mañana para golpear
suavemente nuestros párpados”.
Antes, en
El arco y la lira, Paz dedica un amplio párrafo al
Canto general,
lectura que en su momento le pareció fatigosa y conmovedora a la vez.
Paz considera que el poeta fracasa al intentar el relato en verso libre,
cuyos ejemplos abundan en el
Canto… Y que Neruda acierta en poemas como “Alturas de Macchu Picchu”, donde canta en vez de contar.
La lectura de algunos títulos amplían el paisaje, o al menos ofrecen
una versión más distante que la de los propios protagonistas en sus
respectivas obras, en torno a los encuentros y desencuentros de los dos
poetas:
Octavio Paz en España, 1937 (Fondo de Cultura Económica, compilación de Danubio Torres Rubio, 2007);
Adiós poeta (Tusquets, 1990) de Jorge Edwards;
Pablo Neruda: Los caminos de América (Lom, 2004) de Edmundo Olivares Briones;
Las furias y las penas. Pablo Neruda y su tiempo de David Schidlowsky (Ril Editores, Santiago de Chile, 2008) y
El águila en las venas. Neruda en México, México en Neruda de Víctor Toledo (Universidad Autónoma de Puebla, 2005).
Una relectura de
Raíz del hombre y de
Pasado en claro de Octavio Paz, paralela a
Residencia en la tierra y
Memorial de Isla Negra; una lectura atenta al
Canto general
mismo o a los poemas mexicanos de Neruda, sin duda nos reafirmarían las
correspondencias poéticas, signos inequívocos de que en poesía a veces
es más palpable lo que acerca que lo que aleja, más allá de las
diatribas del momento.
¿Quién lee hoy con sublime vehemencia los versos del “Canto a
Stalingrado” y el “Nuevo canto a Stalingrado?”. O el candor rabioso,
lacónico, que visto a distancia suena hasta tierno, de “Los poetas
celestes”:
Qué hicisteis vosotros, gidistas Intelectualistas,
rilkistas, misterizantes, falsos brujos existenciales, amapolas
surrealistas encendidas en una tumba, europeizados cadáveres de la moda,
pálidas lombrices del queso capitalista, qué hicisteis ante el reinado
de la angustia, frente a este oscuro ser humano, a esta pateada
compostura, a esta cabeza sumergida en el estiércol, a esta esencia de
ásperas vidas pisoteadas?
Paz supo beber de los manantiales menos desmesurados del maestro.
Evitó, a edad temprana, vivir bajo su densa sombra y trazar su propio
destino poético. Así de complicado. Así de simple.
El autor del poema “¡No pasarán!”, que lo lleva a Valencia al
Congreso de Poetas Antifascistas y propicia el primer encuentro con
Neruda, tomó nuevas rutas para cautivar a la musa.
Los primeros pasos de Paz nacen comprometidos con la historia inmediata:
¡Cómo llena ese grito todo el aire y lo vuelve una
eléctrica muralla! Detened al terror y a las mazmorras, para que
crezca, joven, en España, la vida verdadera, la sangre jubilosa, la
ternura feraz del mundo libre. ¡Detened a la muerte, camaradas!
En
Raíz del hombre el poeta cambia de tono. Y al amplificarlo lo universaliza. ¿No hizo lo mismo Neruda al saltar de
20 poemas de amor y una canción desesperada, pasando por
Crepusculario, a
Residencia en la tierra?
Por más despiadadas que sean las musas, tarde o temprano encuentran al
poeta que las contiene. Ciudad Octavio Paz. Ciudad Pablo Neruda. Dos
megalópolis para armar.