Mostrando entradas con la etiqueta Hugo Gutiérrez Vega. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hugo Gutiérrez Vega. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de marzo de 2014

Diez aspectos de la poesía de Octavio Paz

30/Marzo/2014
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

1. Octavio Paz es fundamentalmente poeta. Aun en sus ensayos, la capacidad de condensación, la precisión de la palabra y la fuerza lírica nos están mostrando al poeta.
2. Se discute ociosamente si Octavio fue un poeta del pensamiento y no un poeta de la emoción. Basta con el momento de Madrid 1937 de “Piedra de sol”, con el “Nocturno de San Ildefonso” y con “Pasado en claro” para demostrar que la emoción más genuina y dolorosa está presente en la poesía de Paz. Recordemos la definición diazmironiana, tal vez un poco pomposa, pero muy eficaz si la ubicamos en su tiempo: “Poesía, pugna sagrada, radioso arcángel de ardiente espada. Tres heroísmos en conjunción: el heroísmo del pensamiento, el heroísmo del sentimiento y el heroísmo de la expresión.”
La filosofía y la poesía se unen en un momento sagrado, o en uno de esos instantes de “música callada”. Tenía razón W. B. Yeats cuando afirmaba que “lo que permanece de la filosofía es lo que se ha poetizado”.
3. Entré al mundo de la poesía de Octavio Paz por la puerta de Libertad bajo palabra y, en particular, por “Piedra de sol”. Desde entonces seguí sus pasos y admiré y, al mismo tiempo, traté de escapar de su poderosa influencia, del vigor inusitado de sus poemas, de su forma tan personal de decir las cosas, de sus influencias –desde San Juan de la Cruz hasta los surrealistas–, perfectamente asimiladas y convertidas en carne de la carne y en sangre de la sangre del poema.
4. Las influencias son muchas y fácilmente localizables, pero, como Juan Ramón Jiménez, cuando le preguntaban qué poetas habían influido en su obra, contestaba: “Toda la poesía universal.”
5. Esa universalidad lo lleva a acercarse a todas las culturas. Su fascinación por el Oriente, particularmente India, le entrega las cuentas exactas de Ladera este, así como las traducciones de Wang Wei y de otros poetas orientales.
6. Es el gran ordenador de la poesía moderna mexicana. Sus comentarios sobre los Contemporáneos desmitifican y al mismo tiempo consagran a ese grupo sin grupo que nos llevó a la modernidad y superó nuestro atraso cultural. Su ensayo sobre López Velarde en Cuadrivio es una rica reflexión sobre un gran poeta y su tiempo histórico. Después de Villaurrutia, es Octavio el que da las opiniones definitivas sobre la poesía de nuestro padre soltero.
7. La poesía de Paz, por una parte, festeja al mundo y a los alimentos terrenales y, por otra, anuncia la presencia de la muerte. El Tlatoani de Texcoco y la Edad Media española se asoman detrás de esa vertiente paziana.  “Fratelli a un tempo stesso, Amore e Morte/Ingeneró la sorte”, decía Leopardi. Paz nos dice que somos hombres y duramos poco, pero como el poeta es, a su manera, el profeta de la tribu o el payaso de las bofetadas (Andreiev dixit), un dios desconocido lo deletrea y su estrella brilla en el corazón de la noche.
8. El “Canto a un dios mineral”, de Cuesta; “Muerte sin fin”, de Gorostiza; “Décima muerte”, de Villaurrutia; “Sinbad el varado”, de Owen; “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, de Jaime Sabines y “Piedra de sol”, de Octavio Paz son los grandes poemas largos del siglo XX mexicano. “Piedra del sol” tiene un lazo misterioso que lo une al “Primero sueño”, de Sor Juana Inés de la Cruz, poetisa que Octavio estudia con brillantez deslumbradora en Las trampas de la fe.
9. El amor por el silencio (cualidad musical) en Paz dura poco, pues sabe que necesita de la palabra y, por lo tanto, la perfecciona y la enriquece con un estilo personal, con una clara manera de decir las cosas. “En el principio era el verbo”, pero el silencio (“la soledad sonora”) le son consubstanciales y le imponen las obligaciones de la exactitud y de la perfección. Por eso el conjunto de endecasílabos de “Piedra del sol” es un milagro poético y uno de los grandes momentos de la lengua. San Juan de la Cruz, Lope, Quevedo, Sor Juana y don Jorge Manrique muestran sus rostros para ejercer una presencia espiritual en el poema de Paz. Sigo aferrado a la idea de que “Piedra del sol” es un milagro y, por lo mismo, el poema central de la obra de Octavio.
10. Lo recuerdo: caminábamos juntos, yo con el vestuario de Rappaccini, por los senderos del bosque que rodea a la Casa del Lago, hablando de escritores franceses. Martin du Gard, Jules Romains, Giono, Mauriac, Claudel, Duhamel, cuando lo interrumpí para decirle que su única pieza dramática, La hija de Rappaccini, era un poema en prosa enriquecido por los diálogos. De esa manera, el poeta estaba también en su teatro.
“Dentro, sumergidas, están las palabras y el poeta es un buzo que busca a esos peces fugaces y los hombres comunes sólo son náufragos a la deriva.” Esos naufragios forman parte de la aventura –en la que va la vida del poeta– de la poesía. En esta búsqueda nos sigue guiando Octavio Paz.
Leámoslo, discutamos con él. Evitemos las petrificaciones, las estatuas con ojos que miran hacia dentro. Está vivo y su opiniones y sus provocaciones, sus teorías sobre el poema y los poemas mismos, lo mantienen vivo y presente en la cultura mexicana y en la poesía contemporánea del mundo.

domingo, 26 de enero de 2014

La palabra de Juan Gelman

26/Enero/2014
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

Buscar la luz, abrirse paso entre la cerrada tiniebla, no aceptar la derrota y hacer de la desesperanza una manera de reconciliarse con el mundo, de hacer un pacto de no agresión o un acuerdo de tregua prolongada con la historia y todos sus horrores, injusticias e insensateces. La poesía de Juan Gelman, el argenmex que, para nuestra fortuna, escogió a nuestro país para seguir adelante en la vida y en su trabajo creativo, reúne esas características y nos ayuda a reconciliarnos con los días y las noches y a redescubrir el asombro y la gloria de los alimentos terrenales. Todas estas afirmaciones salen desde lo más profundo del ser (recordemos el grito de auxilio implícito en el De profundis de Oscar Wilde), después de derrotar a la desesperación y de afirmar, a pesar de todo y contra esto y aquello, los valores del ser humano, frágiles y asediados, pero más fuertes que la violencia y la injusticia.
“Así mezclaste mis huesitos con tu eternidad/ tus besos eran suaves la noche que me dejaste solo/ con el terror del mundo/¿me buscabas también así?/ ¿hermanos en el miedo me quisiste?/ ¿en un pañal de espanto?” Esto escribe el poeta a su madre, luchadora fuerte, sólo derrotada por el cáncer, el iracundo señor que nada sabe de perdones y engaña con sus treguas. La imagen de la mujer estricta quedó desordenada en la memoria del hijo. Sin embargo, con esos fragmentos pudo reconstruir una vida para cumplir el rito de la reconciliación: “todavía recojo azucenas que habrás dejado aquí/ para que mire el doble rostro de tu amor/ mecer tu cuna/ lavar tus pañales/ para que no me dejes nunca más/ sin avisar/ sin pedirme permiso/ aullabas cuando te separé de mí/ ya no nos perdonamos”.
Es con una ternura mayor como recupera al hijo y junta los pedazos de memorias y de amores para reconstruir su imagen en el poema y en el alma: “era escrita verdad que nos desfuéramos?/ ¿qué voy a hacer con mí/ pedazo mío?/ ¿qué pedacitos puedo ya juntar?/ ¿cómo reamarte/ amor callado en lo que compraste con tu sangre niña?”
Esa recuperación, como otras muchas plasmadas en la poesía urgente, desgarrada y amorosa de Gelman, sólo puede hacerse exprimiendo a las palabras sus jugos esenciales, creando nuevas palabras, remodelando la gramática, creando una nueva prosodia y cavando sin descanso en la vieja y casi agotada mina del idioma para hallar nuevas vetas no sólo de bellezas, de metáforas como piedras preciosas con luces interiores que vienen del alma mineral, sino también de nuevos y vigorosos significados que enriquecen los patrimonios de la verdad, de la emoción y del pensamiento: “¿dónde estás mesmo ahorita?/ ¿descansas?/ ¿nadie tortura tu blancor?/ ¿ya mudo quietas tu luz contra tinieblas?/...
Poesía llena de preguntas la de Gelman, y llena también de admiraciones. Los poetas poseedores de certezas e incapaces de asombrarse (tal vez lo hacen tan sólo cuando contemplan sus orondos ombligos) no puede llegar a esa dimensión donde lo humano encuentra su forma de expresión, la construye y, muy pronto, la destruye para evitar el horror de los moldes, el cansancio infinito de decirlo todo de la misma manera, asesinando la sorpresa, la frescura del poema que adopta la forma exigida por el tema. En esta vigorosa actitud lírica Gelman nos pone a pensar en Vallejo, en sus palabras salidas de la tierra, en la originalidad de sus sensaciones y en la estremecedora sinceridad con que hablaba de los golpes tan fuertes como si vinieran del odio de Dios... tan fuertes, “yo no sé”, admitía el poeta que tenía las manos llenas de preguntas y no sabía nada de las certezas poseídas por los dueños de este mundo manchado por la injusticia, las desigualdades abismales y la inagotable tontería de los propietarios, los filisteos y sus escribas.
Gelman nos entrega una poética a la vez reflexiva y lúdica. Del repertorio campesino y de épocas arcaicas obtiene sus palabras y, cuando no encuentra las adecuadas, se las inventa, crea sus propias reglas gramaticales y las dota de la versatilidad necesaria para que sean adjetivos, sustantivos o verbos, es decir, criaturas dotadas de una libertad tan amplia que rebasa todas las limitaciones y establece sus propias y, por supuesto, efímeras convenciones. Gelman ejerce el oficio de la poesía día y noche, con dolor, con amor, bajo la lluvia y en la catástrofe. Lo hace obligado por el dolor del mundo y por las separaciones, pero también por los besos del encuentro. Por eso trabaja con palabras que son como sangre. Su ars poetica llega a un extremo solidario que supera las limitaciones del individualismo cerrado: “nunca fui dueño de mis cenizas, mis versos, rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte”.
En el caso de la separación de los amantes, Gelman encuentra la manera exacta para describir esos dolores: “de veras comprobando que tus ruidos andaban por sus huesos y en general que te habías ido”. Los poetas anglosajones manejan los coloquialismos con soltura y sin provocar fruncimientos de nariz de los puristas. En nuestra poesía sólo lo han hecho poetas como López Velarde, Vallejo, Leduc, Huerta, Sabines... Para todos ellos las formas del lenguaje popular tienen la fuerza proveniente de las mismas raíces del idioma, y todos ellos saben que la verdadera originalidad no puede ser impostada sino que es una floración natural, una condición del alma. La poesía encerrada en las palabras consagradas por una retórica autoritaria, castrante, no tiene sentido alguno después de la gran revolución iniciada por Pablo Neruda. Su movimiento liberador nos enseñó que todo es poetizable, desde el misterio de las capas de la cebolla y los melancólicos anteojos rotos en un ácido basurero, hasta la violencia asesina de los dictadores y la superchería y avaricia de los dueños de los medios de producción en el capitalismo salvaje. Por eso nuestro amigo Juan nos expone sus motivos para escribir: “El amor a la poesía, a la madre, a la mujer, a los hijos, a los compañeros que cayeron por una esperanza, a la belleza todavía de este mundo...”
Los homenajes que se le han hecho a Juan Gelman nos permiten pensar en algunos poetas de ese formidable país, hermano nuestro por tantas y tan ricas razones, que es Argentina: Lugones, Borges, Girondo, Olga Orozco, Enrique Molina, los Fernández Moreno... Ellos delinearon el rostro de la poesía argentina, hermosamente penetrada por los giros de la lengua popular hecha de mezclas y de bellas impurezas. Con tranquilidad y con una sabiduría pausada y sin estridencias, Juan ocupa su lugar tanto en el canon como en la marginalidad. No temas, Juan, los homenajes no pretenden petrificarte, convertirte en estatua y obligarte a seguir una línea consagrada y consagratoria. Nada de eso. Sigue jugando con las palabras, inventándolas y olvidándolas. Sigue tu camino de independencia y de lucha, sigue defendiendo a tus muertos y a tus vivos porque, al defender a tus personas, estás defendiendo a las personas, a las mujeres y a los hombres de este mundo injusto y violento. Ojalá que sigas siendo –que seamos todos– como tu tía Adelaida: “ella llevaba sus negocios con Dios como un carbón encendido/ se levantaba a las cinco/ avivaba las brasas/ ponía a hervir su corazón/ y así empezaba el día/ cada día”. Ahora cantaremos contigo un buen tango equivalente a un gaudeamus igitur o a un sursum corda.

jueves, 24 de octubre de 2013

Guadalajara y Bonnefoy

6/Octubre/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

Los jurados del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2013, nos reunimos en una lluviosa Guadalajara, charlamos, comimos y bebimos (en mi caso y, dada mi avanzada edad y mi antipática digestión, pozole blanco y tepache con su pulgarada de bicarbonato de sodio para acelerar la frisante fermentación), deliberamos y llegamos a la conclusión de que el Premio debía ampliar sus terrenos y entrar en las literaturas de las otras lenguas romances, el francés, el italiano, el rumano, el catalán y el gallego (los premios anteriores se limitaron a los mundos de las lenguas castellana y portuguesa). Al llegar a esta conclusión, dimos algunos nombres de rumanos: Manea y Cartarescu; de italianos: Magris y Calasso; de brasileños como Augusto de Campos y de mexicanos como el gran poeta Eduardo Lizalde. Sin embargo, un nombre apareció y permaneció en nuestra atención, el del anciano poeta francés Yves Bonnefoy. No había mucho que discutir; el nombre de Bonnefoy nos unió a todos y todos votamos por el autor del prodigioso ensayo Notre Besoin de Rimbaud y del monumental Dictionnaire des Mythologies et des Religions que en sus rotundos cuatro tomos nos da noticia puntual y poética de los mitos y de las creencias que han conturbado y conformado las conciencias de los miembros del “grupo zoológico humano” (Chardin dixit).
Charlando con la secretaria de Cultura del Gobierno de Jalisco, Myriam Vachez, descendiente de una familia de origen barcelonette, al igual que muchos tapatíos con sangre alpina, recordé que Guadalajara o, más bien dicho, su intelectualidad tradicional, perteneció a la francofonía durante varios lustros del siglo XX. En esos tiempos, las tertulias de la Librería Font o las cenas (una prodigiosa carne con chile adornada con frijoles tiernos y gordos) en la casa del notario, internacionalista y musicólogo, José Arriola Adame, se celebraban en francés y le daban a la capital del occidente mexicano un aire parecido al del San Petersburgo zarista. Efraín González Luna tradujo La Anunciación hecha a María y el Viacrucis, de Paul Claudel; don José Arriola tradujo a Dubos y a Malegue, y Agustín Yáñez disertó en varias ocasiones sobre las novelas de Mauriac, Bernanos, Duhamel y Martin du Gard. Los otros tertulianos eran el sabio Antonio Gómez Robledo (traductor de Aristóteles y de Dante); Alfonso Gutiérrez Hermosillo, joven poeta ligado a los contemporáneos, y el elocuente canónigo magistral José Ruiz Medrano, alumno de Bossuet y prudente erasmista. Todos ellos colaboraron en la benemérita revista Bandera de Provincias, publicación que produjo la ira, la envidia y el sarcasmo del centralismo chilango, en este caso, Salvador Novo, el autor de un ingenioso pero a todas luces injusto soneto que satirizaba a los “niños pendejos provincianos”, adictos a la producción de “reflejos de reflejos de reflejos”. Vale la pena señalar que la mayor parte de sus reflejos –o iluminaciones– eran de origen francés.
Ahora, la antes francesa Guadalajara recibirá a un poeta y escritor de noventa años, nacido en Tours en 1923, amigo de Breton, autor de ensayos sobre Nerval, Baudelaire, Celan, Mallarmé; traductor de Shakespeare y de Yeats (su versión del poema bizantino del maestro irlandés es de una gran belleza) y estudioso de los mitos y de las creencias. Ya no es francesa la “clara ciudad” (Yáñez dixit), la ilustre Guadalajara de Indias, como la llama alegremente uno de sus estetizadores, Guillermo García Oropeza, pero, tal vez, la presencia del poeta Bonnefoy renueve laureles marchitos y la lengua de Montaigne y de Pascal vuelva a resonar por esas colonias de Guadalajara cuyas casas se hicieron pensando en Marsella.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Genio y figura del padre Placencia

22/Septiembre/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

Disponed la partida,
inflamad las estrellas,
juntad todas las noches que hubo en la vida
y envolvedme con ellas.
Creo que este fragmento de un largo poema del padre Placencia que contiene la metáfora enorme “juntad todas las noches”, es una buena manera de entrar en los terrenos de la poesía de Placencia.
Alfredo R. Placencia nació en Jalostotitlán, en los Altos de Jalisco, la más castellana de nuestras regiones, en 1875. A los doce años se fue con su familia a Guadalajara. Eran muy pobres y tuvo que vender periódicos para costearse los estudios en el seminario. Al ordenarse, por razones que nunca explicó el Arzobispado, se le entregaron parroquias lejanas en pueblos casi abandonados: Temaca (diez casuchas y una iglesia menesterosa, dice Gutiérrez Hermosillo); Bolaños, mineral abandonado; Atoyac, pueblo calcinado en medio de un desierto salitroso, y Amatitán, villa recostada en los flancos de un terrible barranco. Nunca se quejó, cumplió su oficio a veces con desgano, otras veces con fervor, sufrió constantes remordimientos, pero fue siempre fiel a la mujer que le dio un hijo y que lo acompañó en su destierro en Estados Unidos y en Centroamérica. Por otra parte, conjugó amores ocultos con experiencias luminosas y mantuvo en pie una invencible admiración por la variedad del mundo: “¡oh Bolaños! La urbe de las tapias caídas/que en tiempo de los reyes/ fueron de cal y canto/ y que ahora se acuestan para que así derruidas/ salgan los alacranes a beber su quebranto.”
El Arzobispado sintió colmada la paciencia y suspendió al difícil sacerdote. Placencia vagó por pueblos de Estados Unidos y por villorrios de Centroamérica. Su situación económica era precaria y Josefina se vio obligada a vender tamales y chucherías para sacar adelante a la pequeña y necesitada familia. Regresó viejo y cansado. Su situación ablandó al iracundo arzobispo, quien le permitió vivir en una casa de ejercicios de San Pedro Tlaquepaque. Ahí, en la miseria, sordamente desesperado, perplejo y humorísta, pasó sus últimos años. Murió
en 1930.
Dice Gutiérrez Hermosillo que la poesía permitía al padre (en todos los sentidos) “arribar a playas de escape, de ensueño verdadero; playas muy poco serenas, pero capaces de guardar su intimidad”.
En un poema de juventud, Placencia tuvo una premonición de su abandono final y la expresó con un dramatismo contenido:
Quiero un lecho raído, burdo, austero
del hospital más pobre; quiero una
alondra que me cante en el alero; y si es tal mi fortuna
que sea noche lunar la en que me muero;
entonces, oíd bien qué es lo que quiero:
quiero un rayo de luna
pálido, sutilísimo, ligero...
De esa luz quiero yo; de otra, ninguna.
En este poema, el padre pide que su Cristo de cobre lo acompañe en la agonía:
¿Para qué más fortuna
que mi lecho de pobre
y mi rayo de luna
y mi alondra y mi alero, y mi Cristo de cobre,
que ha de ser lo primero?
Con toda esa fortuna
y con mi atroz inmensidad de olvido
contento moriré; nada más pido.
Escogí este poema, uno de los más representativos de Placencia en su tardío romanticismo (en él, Bécquer, Rosalía, Schelley y Keats se dan la mano con los poetas del Siglo de Oro y con todos aquellos que padecieron la nostalgia de la muerte), porque pienso que en él están presentes todos los signos y símbolos de un lenguaje poético personal y enemigo de las concesiones. Hay una alondra inglesa, un rayo de luna español, un dramático Cristo de cobre de la cultura católica y esa “atroz inmensidad de olvido” que tanto hiere y exalta a nuestra mestiza visión del mundo.

domingo, 8 de septiembre de 2013

José Carlos Becerra revisitado

8/Septiembre/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

A una semana de la trágica muerte del gran poeta tabasqueño José Carlos Becerra, llegó a nuestro flat de Londres la carta de Lezama Lima que con tanta ansiedad esperaba. En ella, el maestro cubano “declaraba” su total admiración ante los largos versículos de la primera poesía de José Carlos y le daba la bienvenida al mundo metafórico del que era dueño el autor de Paradiso y del prodigioso poema en el que se intenta una definición de la poesía. Recuerden los lectores que esa definición se le escapa a Lezama como un gato gracioso y todo queda flotando en el hermoso vacío del poema.
Por esos días escribí un poema en prosa para despedir al joven poeta muerto en la carretera de Brindisi. Este poema lleva una dedicatoria: Al escribirla pienso en la muerte de amor que danza en el sueño de Quevedo. Así dice mi carta de despedida:
Era el momento de la conjuración de todas las piedras del camino.
Lo oportuno era dar marcha atrás y regresar a la ciudad de Ambar.
Sin embargo yo sé que no podías dejar el viaje y sé también que la llegada no era el objeto del camino.
Lo que buscabas era llevarte en los ojos todos los árboles, los ríos, los pájaros que pasaban al lado de tu viejo automóvil y que formaban parte de tu cuerpo.
Ahora sé por qué preguntabas los nombres de los árboles y por qué querías aprender a conocer el canto de los pájaros.
Estabas lleno de ceibas, de tulipanes, de todas la creaturas del reino vegetal. Tú, como Pellicer, nacido en esa tierra-agua de Tabasco escuchabas el silencio de la creación.
Te conocimos ya muy tarde, pero pronto te conocimos y aprendimos con gozo a amar los ojos con que veías el mundo.
Todos los días regresabas a tu casa de un día con un asombro nuevo, con un nuevo motivo para mantener abiertos los ojos.
Ibas siempre a decir algo: el cuadro de Turner en la Tate Gallery, un fragmento de sueño de Quevedo, la noche dedicada a Bogart en el National Film Theatre. Casa Blanca a las 4:30 a.m., sopa y galletas a las 6 a.m.
Otra noche hablaste de Quiroga hasta que las ocho de la mañana se desprendieron de los edificios de Park Lane.
Como tu compromiso era con la pureza extemporánea, con la más arriesgada de las honestidades, hablabas con asombrado amor de la flor amarilla, de todos tus amigos, de tu infancia, de los seres vivos en tus mitos tabasqueños, de las mujeres en que te habías ido quedando, de las cosas de México que tanto te dolían...
Ahora, con tu muerte, el río de las palabras ha disminuido su caudal.
No exagero, poeta. No hago tu elogio fúnebre. (La oratoria te daba desconfianza, bien lo sé.) Digo todo esto dando una cabriola de cine mudo, saludándote con mi vieja corbata.
La vida sigue sin ti, hermano, pero ya no es la misma ni lo será ya nunca para los que te amamos.
Nos hemos quedado con lo que nos dijiste. Gracias por tus asombros, por esa diminuta certeza de alegría que a todos repartiste.
Hablaremos de ti como se habla de esos ausentes dones que un día nos da la tierra y que nos quita con su inocente furia al día siguiente.
En la actualidad, José Carlos es, por un lado, un poeta de culto y, por el otro, un poeta leído y venerado por los poetas jóvenes de México y de América Latina. Su libro final, producto de la cuidadosa compilación realizada por José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid, titulado El otoño recorre las islas (verso de Lezama Lima), ya no está escrito en los largos versículos que dieron su rostro a Oscura palabra y Relación de los hechos. El viaje por Nueva York, la estancia en Londres y lo que llamó en una postal enviada a mi compañera Lucinda, “absurda errancia” por el continente, le dictaron una poesía más breve y ajustada que tiene como ejemplo principal la sección que se titula “Cómo evitar la aparición de las hormigas”. Se inscribe dentro de su obra poética la excelente prosa de su texto memorioso en el que describe la pasión y muerte de un pariente lejano en la época revolucionaria del hermosísimo y lleno de complicaciones ideológicas estado de Tabasco. El texto se titula: Fotografía junto a un tulipán.
Sepa el lector que José Carlos Becerra se mantiene vivo en la lectura que de su obra realizan los jóvenes poetas de México y América Latina. Es falso que escriba una poesía hermética. Podemos decir que sus poemas tienen una oscura transparencia y que, siempre y cuando el lector no sea indolente, esa cualidad intransferible le dará esa “originalidad de las sensaciones” que López Velarde consideraba como una indispensable cualidad de la poesía verdadera.

domingo, 18 de agosto de 2013

La verdad y sus delirios

18/Agosto/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

En los pasillos del palacio belga que le sirve de casa y de clínica, la vieja emperatriz siempre joven en el adolorido corazón, avanza y retrocede, se detiene, mira al techo, saluda a las sombras, ríe, llora, se instala en el monólogo delirante, pero lógico y apegado a un conjunto de verdades difusas y, rendida por el peso de sus ochenta y seis años y por tantas memorias angustiosas, se sienta en un sofá y cabecea un rato para volver a ese soliloquio en el que se escucha una gran cantidad de voces revividas en el cerebro vigilante, suspicaz y fragmentado de la emperatriz temerosa del agua de los salones del Vaticano, y del espeso y agorero chocolate de Eugenia de Montijo, esposa del muy pequeño Napoleón. A su lado se encuentra un escritor mexicano que apunta todo lo que escucha en una gruesa libreta.
Tal vez el párrafo anterior sea una especie de comienzo de un cuento o de una obra de teatro con dos personajes: la anciana que habla sin aceptar interrupciones y el escritor que toma nota y calla con esa inmensa sabiduría que late en el silencio. Por estas y otras razones especulativas, la anciana emperatriz en el relato, en el diálogo teatral y en la genial novela de Fernando del Paso es el personaje central y la voz detrás de la que gritan, susurran, blasfeman, ruegan, se afirman o niegan a sí mismos un compuesto de personas históricas que vibraron, gozaron, temblaron, se equivocaron, acertaron y murieron en ese campo sangriento, hermoso, heroico, traidor y contradictorio que fue y es el territorio en el que viven, casi siempre equivocándose y, a veces, intentando cambiar el curso de su destino, esos seres titubeantes y medrosos que somos los mexicanos.
Fernando del Paso es el iniciador de una nueva forma de novelar la historia. Es un maestro del monólogo interior y un observador que se involucra hasta el fondo con un personaje histórico que vivió por interminables años un delirio parecido al de la reina Juana, víctima de la “locura de amor” de la que habla Manuel Tamayo y Baus.
La novela histórica ha tenido en México muchos y muy variados cultivadores. El género fue enriquecido por Juan a. Mateos, Heriberto Frías, Salado Álvarez, Rafael F. Muñoz, Fuentes Mares, Enrique Serna, Rosa Beltrán, Eugenio Aguirre, Marco Antonio Campos, Paco Ignacio Taibo II. Katz, el notable historiador, nos entregó el retrato de Zapata, uno de nuestro héroes a la altura del arte; Mariano Azuela dibujó el perfil de otro héroe indiscutible: don Pedro Moreno; en las novelas de Martín Luis Guzmán aparecen y desaparecen los hombres y las mujeres de la saga revolucionaria.
Fernando del Paso inaugura un nuevo género que es producto de la feliz unión de la verdad histórica con la narrativa libérrima que habita en la imaginación, “la loca de la casa”, como decía Santa Teresa de Jesús. Esta actitud se plasma en un ejemplo señero que representa la novedad de su novelística: “Para que firmes la declaración de guerra de México a Austria-Hungría con una pluma de águila, y con una pluma de gaviota escribas tu bitácora cuando viajes en La Novara por las islas del Mar Egeo, y con una pluma de cuervo firmes la sentencia de muerte de Benito Juárez para que lo fusilen en la Plaza de San Pedro.” En este párrafo se conjugan algunos momentos fundamentales del iluso imperio del archiduque carbonario y de su esposa, que aspiraba a reinar en un paraíso sin sombras de penas, insidias, rencores o discrepancias, y el amor que viste nuevamente de marino al que fuera almirante de la flota Austro-Húngara y lo pone a viajar por las islas de milagrería de un Egeo soñado y anhelado. El nombre de Benito Juárez aparece con la fuerza de la tragedia griega. Su terquedad heroica y su patriotismo fueron las armas que acabaron con la impostura palaciega, la invasión del imperialismo y la enfermiza mentalidad ultramontana.
En el delirio de la hija del rey Leopoldo de Bélgica, el zorro de la política europea, brillan las memorias contradictorias: la infancia y sus luminosos descubrimientos de lo descubierto, la amada muerta bajo los árboles de Madeira; el archiduque contagiado en Salvador de Bahía de una enfermedad incurable, pero no mortal; los días de vino y rosas de Milán, capital del Lombardo-Véneto; la iniciación de Max en la secta carbonara; la posibilidad de reinar en Grecia rechazada ante el deslumbrante ofrecimiento mexicano; el premonitorio poema de Carducci; las reuniones llenas de suspicacia en el palacio de Napoleón III y Eugenia; el largo viaje a Veracruz y en sucesión vertiginosa los días imperiales, los bailes en el gris palacio de Chapultepec, los viajes por México y sus paisajes indescriptibles, las bellas flores de Cuernavaca y los encierros pecaminosos de Max, las exigencias de los “cangrejos” (Guillermo Prieto dixit); el desprecio de Napoleón, Veracruz a la distancia, el Papa y su agua peligrosa; Eugenia intrigante, la muerte del emperador (murió, pero está vivo), el encierro y las voces, esas voces salidas del delirio para contar la historia de un país amado y detestado, y de una emperatriz que se fue secando poco a poco en el invernadero de un palacio belga que hacía las veces de manicomio.
“Adiós, mamá Carlota, adiós, mi tierno amor”, cantaba Riva Palacio. Encerrada en el castillo, tiene momentos de dolorosa lucidez: “Ahora que estoy vieja y sola, y que paso los días enteros sentada en mi habitación, con la cabeza inclinada y las manos en el regazo con las palmas hacia arriba...” Estos momentos son reseñados por Fernando con prosa bella y compasiva. No olvidemos que los mexicanos soslayamos la ambición de Carlota y sus formas de ejercer el poder al lado de un Maximiliano más titubeante que su compañera. “Adiós, mi tierno amor”, dice Riva Palacio en nombre del intruso y equivocado archiduque, pero incluye en el elogio a un pueblo que fue deslumbrado por la elegancia europea de la emperatriz de los franceses y los conservadores, pero también de una parte de la sociedad mexicana enferma de chauvinismo. “Ya vino el güerito, me alegro infinito. Ay hija, te pido por yerno a un francés”, ironizaba Guillermo Prieto.
“Adiós, mi tierno amor”... y el barco enfiló la proa hacia la Europa natal. La emperatriz empezó a monologar en la cubierta y Fernando del Paso empezó a escribir, en el silencio de su imaginación y con las armas de la sabiduría, esta historia de un personaje, de un país y de un momento del acontecer mundial. Terminada la tragedia, el emperador de los ojos azules regresó a su tierra con los ojos negros de un santo mexicano, y su esposa siguió viviendo en su encierro de sueños y delirios, y recibiendo todos los días noticias del imperio.

domingo, 7 de julio de 2013

Carlos Fuentes y las palabras Il

7/Julio/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

A los pocos meses, Carlos fue a Roma y lo llevé a cenar con Rafael Alberti, María Teresa León y Aitana, al Campo dei Fiori, frente a la estatua de Giordano Bruno, que siempre nos recuerda los olores de la verdad y de la leña verde. Comimos una carbonara impecable. Corrió el vino y Alberti recordó los pasajes de La región más transparente que más le habían impresionado. Hablamos de los refugiados (transterrados, diría Gaos) españoles: Recasens, Comas, Pedroza, León Felipe, Cernuda, Rejano, Aub, Garfias, Altolaguirre, Prados, Domenchina, Renau, Buñuel, Alcoriza, Alejandro, Amparo Villegas... Alberti hizo la memoria de Pedro Garfias en las trincheras de la sierra de Córdova, y dijo el poema dedicado a Ximeno: “Ay, Ximeno, capitán del batallón de Garcés, capitán de la cabeza a los pies...” Alberti quería saber de Buñuel y Carlos dio brillante y entusiasta respuesta a sus inquietudes.
Al día siguiente salí rumbo a Venecia con Los caifanes en hombros. Logramos incluirla en la sección informativa y fue vista con simpatía por algunos reseñistas. Salimos de la función, Sereni y yo, pensando en la Diana cazadora con brassiere y en el “Santaclós” borracho de nuestro amado cronista general, Carlos Monsivaís, “monstruo de la naturaleza”, como Lope de Vega.
Conviví con Carlos y Rita en Londres. Vivíamos muy cerca, en el hermoso barrio de Hampstead, y mis hijas jugaban diariamente con la simpática e inteligente Cecilia. Carlos se disfrazaba de Drácula con toda la parafernalia vampírica y les daba sustos de órdago, avanzando solemnemente por el pasillo de la antigua casa de Hampstead Heath.
Íbamos al cine con frecuencia y, a veces, cumplíamos ritos memoriosos estrambóticos, como el asistir a un ciclo de cine argentino de la época extrañamente llamada dorada y a otro de cine comercial mexicano. Nos veo saliendo del National Film después de sufrir una película de Armando Bo y de la desbordante Isabel Sarli que trataba el problema del contrabando de mate en la frontera con Paraguay. Carlos recordaba el reparto entero, incluyendo el nombre del maquillista. Por el lado mexicano, Juan Orol y las inmortales rumberas de caderas montadas en flan, nos regalaron momentos de beatitud.
Por estas y por otras muchas razones, Carlos fue un hombre del Renacimiento. Releyendo Vlad, lo veo como vampiro asustador de infantas y como escritor de terror basado en la realidad de un país en donde abundan los chupasangre. Lo oigo hablar con admiración ilimitada de Balzac, Dickens, Tolstoi, Faulkner, Cervantes; lo veo instalado en la trivia que, bien utilizada, es una poderosa arma del fabulador. Veo a los personajes de sus novelas y me siento a charlar con el Ixca, y a ver cómo agoniza, en el sentido griego de la  palabra, Artemio Cruz. Constato la variedad y riqueza de sus temas, su inquietud social y política plasmada en ensayos, artículos y conferencias; pienso en su habilidad y en su carisma tanto en la cátedra como en las charlas informales, en sus viajes interminables, sus amores, sus pérdidas, sus premios y, sobre todo, en su deseo inagotable de vivir, revivido cada mañana pues, ya lo afirmaba Italo Svevo, los días son siempre originales y de eso depende la variedad del mundo.
Miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua, Carlos nos deja como legado inmarcesible las palabras con las que construyó su obra variadísima. Fue uno de nuestros escritores mayores (perdón por la platitud y por el uso de esta palabra); fue un mexicano ejemplar y un hombre de mundo. Con él vivimos muchos momentos de inspiración renacentista, nos enamoramos del idioma y renovamos nuestro compromiso con las palabras, con el verbo que era y es en el principio.
Gracias, Carlos, por tu vida, tu obra, tu amor por el país, tu preocupación por el mundo, tu talante humanista y tu fe en el valor de las palabras.

domingo, 30 de junio de 2013

Carlos Fuentes y las palabras I

30/Junio/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

Una tarde del verano de 1964 celebramos, en el Palazzo Rúspoli de Roma, una semana de la cultura de México: Grabados de Posada, óleos del pintor tapatío Claudio Favier Orendáin, una pequeña muestra de libros y de revistas culturales, la proyección de las películas Raíces, Enamorada, Los olvidados (con todo y el absurdo prólogo impuesto por los censores de Gobernación) y El compadre Mendoza. El que les habla, y que a lo largo de su vida siempre ha hablado de más desoyendo el consejo alteño de su prudente abuela, dio dos charlas: una sobre Juan Rulfo y la otra sobre Carlos Fuentes. Estaba presente el embajador de México, Rafael Fuentes, diplomático ejemplar, hombre bueno en el sentido machadiano de la palabra, y padre del autor de las tres novelas comentadas por el locuaz conferencista: La región más transparente, Las buenas conciencias y La muerte de Artemio Cruz. Recuerdo haber dicho que la primera abría las puertas a la novela urbana en México, y haber analizado algunos antecedentes de descripción de la ciudad capital: Los bandidos de Río Frío, de Payno, algunas novelas cortas de José Tomás de Cuéllar, Facundo, los cuentos de Micrós y las novelas iniciales de José Revueltas. Sin embargo, la primera novela en la que el personaje principal es la ciudad con sus avances y retrocesos, su crecimiento teratológico, sus contradicciones sociopolíticas, sus facetas canallas, sus niños bien, sus caifanes (retratados con gran vigor en la película cuyo guión escribió Carlos basado en el acierto verbal del spanglish fronterizo: me cae fine –y de ahí, me cae bien, o sea, caifán–; sus barrios nuevos, sus fiestas tradicionales y el final, tan celebrado por Rafael Alberti (quien por aquellos años vivía en Roma) en el cual la resignación nacional se deslíe en la aurora de Nonoalco, como la alondra de Gorostiza, y se abisma en la transparencia. Novela de personajes ficticios y reales a la vez, como la mayoría de los creados por ese fabulador incansable que fue Carlos Fuentes, La región más transparente tiene una fuerza lírica especial y está llena de valores musicales que ponen a danzar, a cantar, a llorar y a reír nuestra lengua que, bien lo sabemos, tiene una riqueza inagotable. Pasados los años, lo que queda incólume y rejuvenecido es el lenguaje. Las estructuras narrativas pueden ser efímeras, pero las palabras permanecen y se van ennobleciendo con el polvo del tiempo.
Las buenas conciencias, en cambio, tiene su ámbito de acción y de expresión en la provincia, y hace realidad el viejo apotegma: “Pueblo chico, infierno grande.” El personaje central de esta saga de encuentros, desencuentros y malos entendidos es la moral social autoritaria y represiva que, desde siempre, entristece la vida y retuerce las conciencias de muchos habitantes de las ciudades de la provincia hispánica, mestiza y católica.
La muerte de Artemio Cruz pone fin a la valiosa y crítica serie de la llamada novela de la Revolución mexicana. Si aceptamos una catalogación más flexible, podemos partir de Azuela, pasar por Vasconcelos y Nellie Campobello, Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Magdaleno, Rubén Romero, Urquizo, Yáñez, Rulfo, Arreola y Fuentes. Artemio, moribundo en su lecho de angustias y de memorias, pone fin a una historia de valor, audacia, corrupción, ambigüedad moral, cinismo, demagogia, simulación (gesticulación, diría Usigli, quien, junto con Elena Garro y su Felipe Ángeles, nos dan la visión teatral del largo conflicto); pena, remordimiento, en fin, el conjunto de sentimientos encontrados que libran a esta excelente novela de la maldición nacional del maniqueísmo y del hábito melodramático iberoamericano.
Terminó la charla y, ya en el pasillo de salida, bajo un retrato de César Borgia (“César o nada” era el lema de la terrible familia), el embajador me abrazó y, con un candor inusual en el experimentado diplomático, me preguntó con lágrimas en los ojos: “¿En verdad son tan buenas las novelas de Carlos?” Asentí con la cabeza y le entregué una libreta en la que Elena Mancuso, la traductora de Rulfo y de Asturias, me hacía una serie de preguntas sobre las novelas de Carlos en las que estaba trabajando. “La muerte de Artemio Cruz es lo mejor que he leído últimamente”, comentaba la hábil traductora. “Lo ve, embajador, aquí tiene un testimonio extranjero intachable y competente.” Esa noche, el embajador impecable y su verboso agregado cultural bebieron unas copitas de más del peleón vino dei castelli romani.

domingo, 2 de junio de 2013

Buen viaje, querido Chema

2/Junio/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

Mi inolvidable secretaria, Lucha Pruneda, me avisó: “Lo esperan en la antesala dos muchachos mexicanos que se ven muy desasosegados.” Era el verano de 1964 y Roma ardía en las manos del ferragosto. Lucha había sido secretaria del licenciado Ramón López Velarde en el Jurídico de Gobernación y le había pasado a máquina algunos poemas y artículos (recordaba, sobre todos, el titulado “Novedad de la Patria”). Era muy discreta, pero, ante mi insistencia, me contó algunas anécdotas de la vida y de los trabajos del poeta. Entre otras, la de la madre sentada al lado del lecho de muerte. Le informaron a Luchita que el poeta se despertó en la madrugada y se percató de la presencia de su atribulada madre. Escuchó sus sollozos y le pidió: “Madre, llore en mis manos que quiero llevarme sus lágrimas.”
Luchita hizo entrar a los preocupados muchachos a mi pequeño despacho de Agregado Cultural de México en Roma. Suena muy pomposo, pero la verdad es que era casi un cuchitril. Uno de ellos, el más decidido, se presentó: “Soy José María Pérez Gay. Somos estudiantes. Llegamos ayer a Roma y nos robaron. Nos quitaron todo, dinero, pasaportes, relojes... en una calle cercana a la Piazza Navona. Debemos estar en Alemania el próximo lunes para cumplir con las obligaciones de nuestra beca. Afortunadamente no nos quitaron los boletos.” El muchacho terminó su discurso y se sentó en una de las temblorosas sillas pertenecientes a la lejana época del embajador Eduardo Hay, constructor de la casa de Lazzaro Spaellanzzani donde funciona la embajada mexicana desde mediados de los años veinte.
Empezamos a platicar y salió el tema de la literatura del “imperio perdido”, que tuvo su capital en Viena, la verdadera Ciudad Luz de fines del ochocientos y principios del siglo XX. El joven Chema era una fuente de sabiduría y de ordenada erudición. Compartimos admiraciones: Benjamin, Reich, Marcuse, Roth, Kraus, Musil, Schnitzler, Freud, Wittgenstein, Mahler, Kokochka, Klimt... en fin, toda la gloria de la ciudad en la que se gestaban los aspectos esenciales del mundo moderno. Hablamos y hablamos, mientras el cónsul Alfonso Herrera Salcedo nos hacía el favor de acelerar el trámite de elaboración de los nuevos pasaportes (por un solo viaje, como lo ordenaba la ley). Fuimos a comer a la trattoria del barrio. Chema y su amigo se abismaron en el platón de espagueti a la boloñesa y bebieron varios vasos del vino peleón de los castillos romanos. Los llevé a una pensión y, a la mañana siguiente, fuimos a echarle un rápido vistazo a la ciudad. Los pasaportes estaban listos (el cónsul Herrera Salcedo rompió todos los récords y, generoso y cordial, pagó lo ordenado por el reglamento y les regaló 2 mil liras a los simpáticos asaltados). Comimos en casa. Lucinda había preparado unos frijoles refritos que Chema festejó de por vida; les entregué unos dólares para el viaje, y en la estación Termini nos dimos un abrazo conmovido. Nunca olvidé a ese muchacho tan cordial, tan seguro de sí mismo y tan sorprendentemente sabio.
Leí durante dos días y sus noches El imperio perdido; lo comenté con Thomas Keller, quien pensaba que era un libro clave para entender la tensión espiritual, la vida intelectual y la explosión de arte y de cultura académica y científica de la Viena finisecular.
Nos veíamos en las madrugadas de La Jornada, en la oficina de nuestra jefa Carmen Lira. Hablábamos de todas las cosas de la “tierra de los hombres” (Saint-Exupéry dixit) y de nuestro adolorido país. Nos reunía en su casa en torno a Andrés Manuel López Obrador, y ese ángel bondadoso que es Lilia nos apapachaba y nos daba de cenar. Discutíamos, escribíamos manifiestos y alimentábamos esperanzas, pues todos, especialmente Chema, sabíamos que la única salida de este país se dará por la puerta de la izquierda.
El Canal 22, la embajada en Portugal, los libros, ensayos, artículos, las conferencias y las inteligentes charlas... Por todos esos lugares y momentos transitó el joven que fue asaltado en un oscuro callejón romano y que iluminó muchas vidas con su inteligencia,  sabiduría, honestidad, prudencia, su sentido del humor y su profundo humanismo.
Lo natural sería que mi joven amigo romano me hubiera despedido, pero el tiempo hace lo que le da su regalada gana y a mí me toca decirle adiós. Adiós, Chema, aquí está tu pasaporte para el cielo de las letras y de las ideas, estas monedas para el viaje, y vamos a darnos un abrazo de hermanos bajo las luces de Termini, al pie del tren que te conducirá a la capital del imperio perdido. Buon viaggio, caro amico.

martes, 7 de mayo de 2013

Sergio Pitol, el autor y los personajes

5/Mayo/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

Londres en los sesenta era una fiesta. Por ahí andábamos un grupo de latinoamericanos deslumbrados por todos los emblemas neorrománticos y por una serie de pequeñas esperanzas. A nuestro alcance estaba ir a conciertos de Janis Joplin, Jimi Hendrix y los Stones; ir al National Film Theater para quedarnos noches enteras viendo películas de los Marx, de Peter Lorre (La máscara de Dimitrios, Las manos de Orlak, homenaje al cónsul y a Lowry en el cinito de Cuahnáhuac) o de Busby Berkeley; ir al teatro para ver la última comedia de Harold Pinter, gozar de nuevo los diálogos de Nöel Coward o cumplir los ritos del Old Vic y de la Royal Shakespeare Company (empezaba ya el Young Vic con toda su irreverencia subsidiada por el welfare state. Este sueño sería aniquilado unos años más tarde por la Thatcher y su feroz neoliberalismo –vejamen al canto a Reagan, Bush, Salinas, Zedillo, Menem y más y más). La Mama andaba por Picadilly Circus, y en los teatrotes brillaban Hair y la Era de Acuario, y persistía Camelot. El poco dinero nos rendía en los restaurantes indios (pilaos, chapatis, curry de Madrás para pensar en Oaxaca, yogures y chutneys) y, a veces, en el enorme comedero polaco con fotos de Pilsudsky en las paredes y patos con manzanas, grandes borscht, vigos y más y más combinaciones agridulces. Sergio Pitol estaba en Bristol, pero iba constantemente a Londres, esperaba la aparición de El tañido de una flauta, sus cuentos circulaban por Barcelona, Jalapa y México, y sus traducciones crecían en número y en inteligencia. En sus tiempos libres, hacía streaptease para mis hijas al compás de “Falling in love again”, sostenía largas sesiones de parodias delirantes con su amigo y cómplice Carlos Monsiváis, y leía, leía y volvía a leer, pues, sobre todas las cosas, es un lector constante y deslumbrado, un entusiasta de las tramas, las fugas, las palabras, los silencios y de todos los momentos dorados que nos otorga la Galaxia Gutenberg. Seguiría hablando sin parar sobre mi amigo Sergio, sus días europeos, sus entusiasmos, viajes, dudas, júbilos y momentos de reflexión y hasta de duda, pero Miguel del Solar, profesor de Historia latinoamericana en Bristol y ávido por conocer los detalles del crimen del Edificio Minerva; Pepe Brozas, esperpento profesional y ramplón sin fisuras; el Sr. Licenciado Dante C. de la Estrella, atiplado mamarracho; Marietta Karapetiz, fraude viviente en el hervidero turco y mejor conocida como Pelagra Pelandrujovna; así como doña Jacqueline Cascorró y sus vaivenes conyugales, dramas y melodramas rosáceos, me están llamando para que me olvide de su creador trágico y lúcido, y me concentre en sus vidas de entes de ficción. Augusto Pérez, el personaje de la nivola de Unamuno, al visitar a su creador y al ver cómo rechazaba su petición de un poco más de vida, enunciada por don Miguel de la siguiente manera: “Yo te soñé un día y ahora dejo de soñarte”, ya en la puerta y a punto de enfrentarse al final, replicó: “Ah, Don Miguel, algún día Dios dejará de soñarlo.”
Vayamos, pues, al Edificio Minerva y a los extranjeros que en él vivían luchando por obtener los barrocos permisos de residencia de la laberíntica Secretaría de Gobernación; fingiendo, inventándose vidas en salones exclusivos de Europa o posando personajes de película de Curtiz. Todos habían escapado de la inmensa hoguera y vivían en México sus sobrevivencias con esa avidez con que los náufragos beben la primera taza de té caliente en la cubierta del barco salvador.

Ilustración de José Hernández
El México de esos años (Sergio nos entrega en las primeras páginas de su novela unos datos históricos para situar la ciudad, la colonia, las calles, la arquitectura y el momento histórico) era transitable; tenía una clase media en crecimiento, unos cabarets consagratorios y el arrabal con sus amenazas –pocas en comparación con las de ahora–, sus placeres y un estilo inimitable, producto de todas las mezclas y de la unión entre lo candoroso y lo canalla. Los refugiados europeos se acomodaban en los edificios art nouveau o art déco de las colonias Roma, Condesa, Anzures y Polanco que ya empezaban a crecer y a levantar casitas que copiaban las casotas del colonial californiano de Las Lomas. Entre ellos figuraba un rey, Carol de Rumania, acompañado de su amante, la exfiguranta bucarestina Madame Lupescu, que deslumbró a los ricos rastacueros, fascinados ante la posibilidad de tener un monarca en su “mansión” de Las Lomas. Una frase de la dama tapatía casada con un líder obrero prosperísimo nos da un chispazo de lo que sucedía en aquellos tiempos. Esta es la frase: “No quiere más pozolito, mi rey?” Se ignora la respuesta. En su prodigioso prólogo al Tríptico del Carnaval, Tabucchi riza el rizo pirandelliano, unamuniano y pitolesco del autor y sus personajes. Los de Pitol, al igual que los de Cardoso Pires, no son obedientes y, sin más, se les ocurre ponerse a vivir sus vidas y a echar a andar sus pasos por terrenos no previstos por el autor. Esto no le molesta a Sergio, pues no es un titiritero despótico y, como todo padre inteligente y de verdad amoroso, permite con gusto que sus criaturas escojan sus caminos y definan sus prioridades. Además, esta especie de libertad fue concedida a Pitol desde su primera novela. Recuerdo a Ratazuki y a la falsa tortuga, personajes construidos con fragmentos de varios seres humanos que recibieron el aliento vital de su irónico y generoso creador. No fueron ni mucho menos los trágicos engendros del Doctor Frankenstein. Por el contrario, al ser dotados de vida verdadera, adquirieron, por una parte, una credibilidad radical y, por la otra, la fuerza necesaria para escoger sus destinos. Eran “personajes en busca de un autor”: lo encontraron y, al mismo tiempo, ganaron su libertad, esa precaria, limitadísima libertad de los seres humanos y de los entes de ficción. Sin embargo, tiene razón Tabucchi: esta libertad es administrada cautelosamente por el autor que desconfía de sus personajes. Ellos, a su vez, desconfían del autor y, de esta manera, se crea un prudente alejamiento garantizado por el humor, el sentido de la caricatura y la tensión espiritual que caracteriza a las grandes obras de la narrativa. No olvidemos que Sergio Pitol admira sin restricciones y de una manera candorosa y aguda a Gogol, Chéjov, Turguéniev, Conrad, Hardy, Henry James, Pirandello, Gombrowicz y Tabucchi, el Tabucchi creador de Pereira, periodista anciano y enfermo que preparaba notas necrológicas anticipadas para su pequeño suplemento cultural amenazado por la dictadura. Crear los personajes, dotarlos de libertad y seguir el plan narrativo con sutileza, sin violentar las vidas de estos seres ficticios que representan a esa realidad fragmentaria que es la vida humana, ha sido el propósito principal de Pitol. Nunca nos ha sido dada la totalidad. Tenemos –nosotros y los personajes– que contentarnos con los momentos dorados que, si somos sinceros, nos dejan permanecer en el mundo. Ya Canetti afirmaba, poco antes de morir, que lo único que no se nos puede perdonar es no haber sido felices.
El carnaval de Pitol
No es casual que los personajes de El desfile del amor sean extranjeros que huyeron de sus países en llamas y que intentaban reconstruir sus vidas en una nueva realidad. La estructura de esta novela con crímenes sin solución, historias paralelas y personajes auxiliares (attendant lords en el lenguaje shakespeariano) es, a la vez, sólida y volandera. En ella, la caricatura y el esperpento agregan fuerza expresiva a las biografías de los aristócratas arruinados y aferrados a la hacienda perdida; arribistas del nuevo aparato lleno de prestigiosa retórica revolucionaria; toda clase de seres danzantes, pintantes, escriturantes y musicantes y, para completar el cuadro renacentista, el castrato mexicano y sus gorgoritos. Todo esto exigía una estructura ágil y ajena a las convenciones al uso. Sergio escogió la chocarrería, la descripción de las ineptitudes que inútilmente tratan de ocultar la retórica, el lenguaje hecho de rupturas y el desenfreno actoral de esos personajes que arma con cuidado y que abandona para que se descoyunten y vivan sus fracasos con una especie de ebriedad y una carga de irónica desesperanza.
Domar a la divina garza, dice Sergio, es “un buen remedo del caldero fáustico’”. Es una ópera del absurdo, una flatulencia sonora en la mesa del banquete, un conjunto de impecables diálogos de comedia inglesa, un exceso pantagruélico, la dispepsia inflamada del Ubu Roi, la maestría para sobrevivir hasta el desayuno de mañana de los genios de la picaresca y, sobre todo, las desmesuras gogolianas y los reflejos en el espejo convexo del esperpento del señor Marqués de Bradomín.
Es todo eso, es cierto, pero es algo más. Es el nuevo estilo regocijado de la fiesta que nos propone el autor. Fiesta que pierde los pies y la cabeza, y explota en humoradas carcelarias y en una orgía coprofágica que convierte a los personajes en la materia que los ensucia y los llena. En esta obra genial (uso la palabra con cuidado y no a tontas y a locas, no para alabar sin medida sino para justipreciar a una de las novelas fundamentales de nuestro tiempo), el fracaso del escritor de sesenta y cinco años que aspira a escribir un libro lleno de “estruendo y de furia” se torna disparate, ridículo de mala retórica y lugar común desmesurado. En él, Fabrizio del Dongo, Lord Jim o Aliocha Karamazov son los modelos que iluminan un momento fugaz de los personajes pitolianos que a la brevedad terrible se convierten en marionetas gesticulantes. En esta obra implacable, el autor no perdona y hunde en el ridículo a las estereotipadas personillas producto de nuestras contradicciones sociales, de la corrupción generalizada y del autoritarismo de la clase política. Su retórica campanuda queda al desnudo, su incultura se manifiesta en plenitud y, debajo de los ropajes ceremoniales, se retuerce el gusano sin seso, la salmonela oratoria, el productor incansable de lugares comunes.
La casa de campo en Cuernavaca y el salón de té del “Pera Palace” de Estambul (Constantinópoli, por favor) con sus meseros de frac bien remendadito y los músicos jurásicos del cuarteto que toca sin parar “Plaisir d’amour”, son algunos de los escenarios de esta novela que va desembocando aceleradamente en el absurdo total.
La vida conyugal nos muestra los entretelones de la institución del matrimonio y de la “primera célula” de la sociedad, esa forma máxima –ya lo decían los antipsiquiatras ingleses– de neurotización de sus miembros. Mostrar las inepcias, crueldades y tonterías de la respetabilísima y sacralizada institución es el propósito –nada solemne, más bien burlón y compasivo– de esta tercera parte de nuestro carnaval. Los born loosers y los gesticuladores (¿por qué tenemos tan olvidada la obra de Usigli? Sería útil para analizar las actuales y pésimas farsas del poder que no quiere dejar de serlo) de esta novela muestran sus entresijos gracias al minucioso mecanismo narrativo utilizado por nuestro miglior fabbro.
Este tríptico (Sergio habla de lo carnavalesco, lo delirante, lo grotesco) nos entrega una baraja de personajes contrahechos por su entorno y por sus conciencias naufragantes. Los retratos tienen la justiciera precisión crítica de las caricaturas de Daumier o de Orozco y, en su fondo, late esa forma del amor que es la compasión. Las tres novelas nos proporcionan los deleites de la claridad narrativa, la erudición sin pomposidad y su belleza estructural. Recordemos que su autor vive una fiel pasión por la trama y practica el difícil arte de la fuga.
En este momento todos los de nuestra generación hacemos muecas en el espejo del baño para ocultar las arrugas de nuestros rostros cruzados por los años. Este es un buen ejercicio, sobre todo después de leer el tríptico y los nuevos libros de su autor, y de darse cuenta de que queda mucho por decir y sigue el work in progress de otras muchas novelas y ensayos. “El novelista –decía Virginia Woolf– se encuentra terriblemente expuesto a la vida.” Estas tres novelas son el producto de años y años de lecturas y de una carga de vida bien asimilada. Hay –debe haber siempre– un preciso artificio, pero sobre todo un amor por la literatura que ocupa todos los momentos de la vida de este hombre de letras que mira al mundo con la burla y la compasión que saben mezclar con justicia los novelistas “humanos, demasiado humanos”.

domingo, 7 de abril de 2013

José Gorostiza: una voz en medio de la ruina y los discursos

7/Abril/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

Una tarde de julio de 1963, me dirigí a la Secretaría de Relaciones Exteriores para despedirme de José Gorostiza, poeta y secretario en funciones. Unos días después debía dejar el país para cumplir mi primera misión diplomática en Roma y quería agradecer al maestro el interés que se había tomado para que el nombramiento de tercer secretario, así ordenado por el escalafón, sorteara con buena fortuna el oleaje burocrático y saliera del mundo de los acuerdos, sellos, palomitas rojas y oficialías de partes, con una prudente celeridad.
La cita era a las siete de la tarde y a esa hora fue. Lo veo (cuando la admiración se apodera del entonces primerizo diplomático, la memoria funciona sin tropiezos) viéndome tras los cristales de sus anteojos redondos y sonriendo con tal fineza que de la sonrisa huían la impostación y el deseo de agradar. No se habló mucho:
Esa palabra que jamás asoma
a tu idioma cantado de preguntas,
ésa, desfalleciente,
que se hiela en el aire de tu voz,
sí, como una respiración de flautas
contra un aire de vidrio evaporada,
¡mírala, ay, tócala!
¡mírala ahora!
¡mírala, ausente toda de palabra,
sin voz, sin eco, sin idioma, exacta,
mírala cómo traza
en muros de cristal amores de agua!
Me pidió que lo acompañara al teatro y nos fuimos caminando por la Alameda rumbo a Bellas Artes. No recuerdo guaruras a su alrededor, sólo al amable chofer que ya nos esperaba en la esquina de la catedral de nuestro art déco. Por esa época ya tenía casi listo para la imprenta mi primer libro y don José se interesó por él. Se llamaría Buscado amor y, por eso, pensó que el título tenía una clara influencia de Novo. Lo que yo quería era hacerle preguntas sobre un poema que mucho me inquietaba, “Declaración de Bogotá”:
En la virtud de su mentira cierta,
transido por el humo de su engaño,
he aquí mi voz
en medio de la ruina y los discursos...
Lo único que me comentó fue la circunstancia en la cual escribió el poema:
Detrás de tu figura
que la ventana intenta retener a veces,
la entristecida Bogotá se arropa
en un tenue plumaje de llovizna.
Respeté su silencio y su anhelo secreto de alcanzar una palabra más profunda, más esencial, menos engañosa e inútil:
Esa palabra, sí, esa palabra
ésa, desfalleciente,
que se ahoga en el humo de una sombra,
ésa que gira –como un soplo– canta
sobre bisagras de secreta lama...

En el escenario de Bellas Artes resonaba la voz de Vittorio Gassman recitando el Orestes de Alfieri. La escenografía blanca y el vestuario negro iban cambiando hasta que, al final, todo el vestuario era blanco y el escenario negro. Gorostiza habló de la tradición griega y de su continuación latina y renacentista. Lo hizo con brevedad, usando las palabras estrictamente necesarias. La temporada del Stabile di Roma, compañía de corta vida, debía terminar pronto. Sólo quedaba pendiente una obra de Pirandello. Me recomendó la lectura de dos obras de Ugo Betti: Lucha hasta el alba y Derrumbe en la estación del norte. Betti había sido magistrado y escribía sobre la problemática de la justicia.
Al terminar la obra fuimos a merendar a la Fonda Santa Anita que estaba en la calle de Humboldt. Ahí me recomendó escribir por lo menos un verso al día para mantener el pulso de la tarea poética. Con respeto y admiración me quejé por el silencio en que se había recluido después de escribir “Muerte sin fin”. Recuerdo casi literalmente su respuesta: “¿Usted cree que se pueda escribir un poema después de decir cincuenta veces al día: ‘reitero a usted las seguridades de mi más atenta y distinguida consideración?’” Repliqué que Claudel, Leger, Seferis, Gabriela Mistral, Reyes, Nervo, González Martínez, Neruda y Owen, entre otros, lo habían logrado. No contestó, pero me quedé con la impresión de que se había inquietado. Ahora siento que esa impresión era muy pretenciosa, pues Gorostiza ya había escrito todo lo que consideraba necesario escribir, entre otras cosas, el poema mayor de nuestro siglo XX. Pensamos que los dos escritores principales de la poesía moderna de México, López Velarde y Gorostiza, así como Juan Rulfo, nuestro mayor novelista, en su obra breve y exacta dijeron todo lo que querían decir. López Velarde partió en plena juventud; Rulfo y Gorostiza se decidieron por el silencio y a él se atuvieron. Sabían que “Muerte sin fin” y Pedro Páramo, al lado de la “La suave patria”, eran ya los textos principales de nuestra literatura moderna. Había otras obras más extensas, muy valiosas también y tal vez superiores en su conjunto, pero esos dos poemas y esa novela se habían convertido en los paradigmas de la literatura de un momento histórico del país.}
Más tarde, y en medio de los viajes, vino a mi memoria la cita de Lao-Tsé que Gorostiza destacó en sus “Notas sobre poesía”: “Sin traspasar uno sus puertas, se puede conocer el mundo todo; sin mirar afuera de la ventana, se puede ver el camino del cielo. Mientras más se viaja puede saberse menos. Pues sucede que, sin moverte, conocerás; sin mirar, verás; sin hacer, crearás.” Estas palabras hacían polvo mi pedantería viajera. Algo sospechaba sobre la pretendida utilidad de los peregrinajes, desde el momento de la despedida del Sr. Secretario. Así me dijo: “Recuerde, Hugo, que los viajes ilustran, pero también estriñen.”
Gorostiza nos enseñó que la poesía “se halla más bien oculta que manifiesta en el objeto que habita. La reconocemos por la emoción singular que su descubrimiento produce y que señala, como en el encuentro de Orestes y Electra, la conjunción de poeta y poesía”. Amaba todas las artes y gustaba de encontrar paralelos entre la pintura del Beato Angélico y las estrofas del “Cántico espiritual”, de San Juan de la Cruz, alfa y omega de nuestra poesía. Su pasión por la música lo llevó a afirmar que “la poesía es música y, de un modo más preciso, canto”. Esta realidad artística compuesta de palabras y de silencios (parecida a la del mundo rulfiano), suntuosa en sus imágenes, humilde en su brevedad y casi siempre ubicada en los terrenos de las notas mayores, todavía produce perplejidades en los perezosos o en ese conjunto, afortunadamente pequeño, de pedantes que, con un gesto de suficiencia eurocentrista, aseguran no entender “Muerte sin fin”. No es mi intención asestarles lecciones sobre lo que Auden llamaba, con ironía británica, the meaning of the poem. Que cada quien lo busque y pida a los dioses de la inteligencia, tal vez a Palas Atenea, que iluminen su búsqueda. Lo que sí puedo asegurarles es que el camino, a través del canto, será gozoso y la aventura espiritual llegará a su fin de la mano de la tradición judeocristiana, de la fuerza musical de la alabanza ambigua (“aleluya, aleluya”), del deslumbramiento ante los bellos seres de la creación, del horror ante su decadencia y caída, de la idea del Dios que crea y aniquila y del baile medieval o el día de muertos de nuestro mestizaje, ambos presididos por la “putilla del rubor helado”.
Gorostiza nos enseña (y advierto que nunca actuó como un pedagogo autoritario, dueño de un repertorio de certezas tajantes) que “todo está sujeto a medida, y la libertad puede no consistir en otra cosa que en el sentimiento de la propia posesión dentro de un orden establecido. Las reglas del ajedrez no oprimen al jugador, le trazan una zona de libertad en donde su ingenio se puede desenvolver hasta lo infinito”. Esta poética conduce al poema largo por los caminos del canto y, por otra parte, asegura la libertad asumida por el creador. El “Cántico espiritual”, “El barco ebrio”, “El cementerio marino”, “La oda marítima”, el “Llanto por Sánchez Mejías”, “La suave patria”, “Altazor”, “España, aparta de mi este cáliz”, “Piedra de sol”, el “Canto heroico y fúnebre por el subteniente caído en Albania” y “La tierra baldía”, entre otros, son ejemplos insignes de esa poética del poema largo tan comedidamente definida por Gorostiza.
“Hubo poetas que, a través de toda su obra, no buscaron sino perfeccionar un poema; y hay poemas que, en el dilatado proceso de su maduración, debieron consumir los afanes de muchos poetas”, decía el maestro, pensando en Jorge Guillén, Gilberto Owen, Jorge Cuesta y otros escritores afines a esa poética nacida de la iluminación y realizada con esmero.
La violeta de Gorostiza, como la margarita de Elytis, son milagros que la prisa del mundo hace que pasen inadvertidos: “Nadie sino el Ser Único más allá de nosotros, a quien no conocemos, podría sostener en el aire, por pocos segundos, el perfume de una violeta.” Gorostiza, como Montale, gozó y sufrió el delirio de nombrar las cosas y de alabar y padecer la grandeza y el horror de lo creado. Por eso le podemos llamar con justicia “un hombre de Dios”. Así lo decimos mientras, en el salón vacío, la putilla del rubor helado lanza una carcajada, la danza y el danzón comienzan y terminan y la luz se apaga lentamente.




domingo, 17 de febrero de 2013

Discurso para Elena

17/Febrero/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

1. Por ser un ejemplo a seguir en todos los géneros del periodismo, especialmente la crónica, el reportaje y la entrevista. Y por hacer que estos géneros formen parte de su mundo literario al entregarnos la historia de Gaby Brimmer y la serie de Documentos y comunicados que realizó junto con nuestro cronista mayor, Carlos Monsiváis.
2. Por haber dado voz a los que no la tienen, a los que se les niega una vida digna, a los humillados y ofendidos de la sociedad neoliberal y, por lo tanto, de la usura y la avaricia, y por habernos entregado a la ya nuestra Jesusa Palancares, persona y personaje de Hasta no verte Jesús mío.
3. Elena ha descubierto facetas hermosas e ignoradas de la vida y de la obra de Octavio Paz, Juan Soriano, Tina Modotti, Leonora Carrington y Guillermo Haro, personas y personajes fundamentales para acercarse al corazón de este país que habitamos los titubeantes y medrosos mexicanos, y que contiene una carga de historia de heroísmo y emoción patriótica que, en buena medida, tuvo como escenario esta bella y contradictoria ciudad de Santiago de Querétaro. Y digo contradictoria porque, siendo conservadora, testimonió el triunfo de la razón histórica representada por los liberales y por nuestro estadista mayor del siglo XIX, Benito Juárez.
4. Por su muy personal forma de novelar la historia y de testimoniar, a través de sus obras, algunos de los momentos esenciales de la vida social, política y cultural del país: la masacre de Tlatelolco, el terremoto, las contradicciones del acontecer político, el poder femenino (“Suave Patria, vales por el río de las virtudes de tu mujerío”) patente en las mujeres de Juchitán, tan valientes y llenas de inteligencia para la vida.
5. Elena es autora de cuentos, poemas, novelas, crónicas, reportajes y entrevistas por los cuales puede decir, como don Antonio Machado: “Al cabo nada os debo, debéisme cuanto he escrito.” Puede decirlo, pero aún no lo dice, pues sabe que el silencio es fuerte y que la palabra certera es capaz de iluminar las zonas más oscuras de nuestra condición humana y de lograr que se entronice la verdad.
6. Por su claro y alegre compromiso con la verdad de todos los días que es camino, proceso y meta de la tarea periodística.
7. Nuestra autora usa la imaginación libérrima (“la loca de la casa”, según Santa Teresa de Jesús) en su literatura de ficción y alcanza la maestría formal derivada del talento y de la más hermosa forma de la obstinación.
8. Enfrenta con valentía serena a los dueños de este país y ha expresado sus puntos de vista aun en la entraña misma de ese monstruo enajenante formado por el duopolio televisivo.
9. Por participar en la lucha a favor de la democracia y de la justicia distributiva, en un país que se caracteriza por la desigualdad social, la injusticia, la impunidad y el desaseo electoral.
10. Por dar a los estudiantes de periodismo un modelo de método de investigación que va de la biblioteca y la hemeroteca a la entrevista de calle y a la búsqueda de testigos y de comentaristas de los temas en proceso de investigación.
11. Por su manera de acercarse a las realidades de este país que escogió para vivir y, como decía Bertolt Brecht, para mejorar. En Elena se combinan la serenidad con el asombro, el estudio a fondo con el estilo claro, lleno de transparencias. Por todas estas razones, el jurado del premio que, por la generosidad de la comunidad universitaria, lleva el nombre del que está hablando, da a Elena Poniatowska Amor el correspondiente a este año académico. Se lo entregamos con entusiasmo, con justicia y con sincero afecto.
A lo largo de su vida y de sus tareas literarias y humanistas se ha ganado estos sentimientos que la academia comparte con el pueblo al que ha dedicado su más generoso esfuerzo.
Querida Elena, por tus palabras reunidas para formar el escenario de una prosa transparente y eficaz, por tu genuina defensa de los valores de la democracia, la justicia y la libertad, recibe de manos de los sin voz, de Jesusa Palancares y de los que hablaron con la verdad y la fuerza de sus convicciones: Diego, Tina, Leonora, los muchachos de Tlatelolco, las mujeres de Juchitán y de todas nuestras naciones indígenas que viven como extranjeras en su tierra; los obreros y los terriblemente humillados y ofendidos de este país injusto y violento, el premio que en años anteriores fue otorgado a Fernando del Paso y a Miguel León Portilla. Contigo esta presea universitaria y queretana ha reunido una tercia de ases. Gracias, Elena, por aceptarla, pero, sobre todo, gracias por tu literatura y por tu humanismo constante, gracias por tu voz levantada en defensa de los oprimidos y en la búsqueda de la verdad y de la justicia.

domingo, 10 de febrero de 2013

Rubén Bonifaz Nuño, la llama viva

10/Febrero/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

I
En la capital de México, lugar de horas ojerosas y pintadas, calaveras catrinas con boas de marabú trágico, el teléfono (¿Ericson? ¿Mexicana?) de Ramón López Velarde, funcionario de la Secretaría de Gobernación, pregunta por “consabidas náyades arteras que salen del baño al amor” y se tienden sin reticencia alguna en los lechos situados bajo la luz violácea de una alcoba submarina. Rubén Bonifaz Nuño ve a la mujer en el cuarto transmutado en claustro prenatal, mientras las ondas bienhechoras del agua tibia oscilan y aquilatan el milagro del cuerpo recorrido por los tocamientos cuidadosos que lo vuelven cóncavo y convexo. Para ambos, unidos en el camino de las sensaciones cuya originalidad es la que levanta la ágil arquitectura del poema, el cuerpo femenino, húmedo, acariciado por las propias manos, por la lascivia del jabón perfumado, ocupa el centro de los deslumbramientos. Así, la poesía brota del cuerpo, del amor, el deseo y todos los emblemas de la vida que vivimos.
II
La carta de López Velarde es la sota moza, la que en piso de metal vive al día de milagro como la lotería. La carta de Bonifaz Nuño es el siete de espadas, el siete, número cabalístico, conteo de horas en la fosforescencia del esoterismo. Ambos se unen, desde distintas perspectivas, en el asombro por el mundo azteca. Ramón lo ve en el momento de la derrota, cuando los ídolos se escapan a nado, sollozan las mitologías y el Tlatoani se desata del pecho de la emperatriz, viendo cómo su mundo se hunde en las aguas que iniciaban su repliegue. Rubén, cordobés, cercano al trópico, vecino de esa afirmación de la vida que son las caritas sonrientes del Totonacapan, académico en el buen sentido de la palabra, ve los propósitos triunfales de los padres aztecas, de sus órdenes militares y de los jóvenes guerreros recién salidos del Calmécac y dispuestos a conquistar el mundo hasta más allá del Tlayacapan, que era la nariz de la tierra. “Todos somos grandes señores”, contesta el noble azteca al eurocentrista don Hernando Cortés. Por eso el Tlatoani no se cubre de rubor patricio y su cabeza desnuda es aún nuestra moneda para apostar a la sota de oros o al siete de espadas.
III
López Velarde se asume como el “mendigo cósmico y mi inopia es la suma de todos los voraces ayunos pordioseros”. En su Tebaida recibía la visita del cuervo que no lograba calmar su desasosiego y sólo dejaba la sombra de su paso en forma de “una flor inaudita, un rizo prófugo y una migaja”. Por eso, en el falso festín volcaba su cornucopia, sí, pero sobre un cadalso. Años más tarde otro poeta grande, Bonifaz Nuño, se acercó al tema, con su propia e intransferible manera, y encendió el fuego de pobres. El poeta aguanta como los hombres “tanta pobreza, tanto oscuro camino a la vejez; tantos remiendos, nunca invisibles, en la piel del alma”.
Ambos necesitaban una mujer para sobrevivir y creer en la vida. López Velarde pedía que le fuera “periférica y central” y estaba seguro de que su ángel guardián era un ángel femenino. En la eclosión de elogios a la amada le llama “torcaz amable que zureas al alba en un tono menor para ti sola...”, “aliada tímida, criatura pequeñita e insigne apoderada de la cumbre del corazón... “ Rubén la celebra como “poderosa y benigna, blanda como amapolas, consistente como hermosas corazas; casta copa de placer, fuente sin tregua de inundaciones cadenciosas”. Y todo esto para conjurar la amenaza de no tener “ni traje que no apriete, ni mujer en que caerse muerto”.
IV
“Entonces era yo seminarista sin Baudelaire sin rima y sin olfato” y ahí en el Seminario de Aguascalientes López Velarde se acercó a los clásicos latinos. Tal vez los leyó en las traducciones de los Arzobispos Montes de Oca y Pagaza y, por lo mismo, anduvo más por los terrenos de Virgilio y Horacio (algunas de sus odas no eran muy bien vistas por el claustro académico. No olvidemos que nuestro amado poeta se autodefinía como “un cerdo criado en las piaras de Epicuro”) que por los de Ovidio o Catulo.
Rubén Bonifaz Nuño, poeta amoroso como él solo, tiene un amor indoblegable por el mundo clásico grecolatino. Lo ha plasmado en sus traducciones, en las enseñanzas que prodiga a sus alumnos y en esa colección que enorgullece a una universidad entera: la grecorum et romanorum. Gracias a ella se mantienen abiertas las puertas del más vivo de los panteones, el del mundo grecolatino. Tan vivo que su canon provoca todavía sanas discusiones y, para nuestra fortuna, sigue sin ser un caso cerrado.
V
Tiene Rubén, en estas materias, muchos pendientes que, sin duda, cumplirá con el entusiasmo otorgado por Palas Atenea o por otra de esas diosas o dioses tan detalladamente descritos por ese erudito, desenfrenado, piadoso e irreverente que fue el exiliado Ovidio, capaz de entretener el tedio de los grandes y vacíos bosques de la Dacia con sus lecturas y recuentos de fastos, metamorfosis y tristezas. Ahora bien, conociendo a este académico sin miedo, sin tacha, sin concesiones ni pedantería, creo que deberíamos celebrar con la seriedad del humor este fasto que a todos nos ha llenado de júbilo. ¿Qué hacemos, maestro de palabras? ¿Una oda como la de Píndaro a Hierón de Siracusa? ¿Un epigrama de Marcial? ¿Una épica tirada de Lucano? No. Lo mejor será buscar a un lírico griego por esas islas del Dodecaneso que ahora se asfixian bajo el peso del desenfreno turístico. Pensemos en Arquíloco de Paros y en su amor que le duró toda la vida y, tal vez, toda la muerte. Amor por otra persona, por la obra de una vida, por las generaciones nuevas que deben ser mejores que la nuestra, por la fragilidad de nuestras vidas y por la permanencia del destino humano. Así, en medio del azar, del hado, nuestros amores seguirán siendo clásicos.
VI
Rubén Bonifaz Nuño se acerca a otros clásicos diezmados, vejados y humillados por el eurocentrismo y por el descuido o el prejuicio de sus descendientes. Los mundos nahua, maya, azteca, mixteco-zapoteco, olmeca... son objeto de la inagotable curiosidad científica y lírica de un escritor que, siguiendo la tradición renacentista, se interesa por todo lo humano. Así, los cantos nahuas y los himnos aztecas han encontrado en Rubén a un estudioso que defiende sus puntos de vista frente a ciertos canónigos pontificales, y un autor de versiones y de glosas enriquecidas por la belleza de su lírica. Nos habla del orgulloso pueblo azteca y de los Tlatoanis conquistadores. “Sólo venimos a triunfar”, deben haber dicho los señores de un imperio desaparecido. Estaban seguros de que ninguna fuerza prevalecería sobre México-Tenochtitlan y, ante el señor Malinche y sus aliados, comprobaron la fragilidad de las humanas obras. Hace un momento les hablé del señorío de nuestros padres procesales y del inicio del mestizaje. Ahora, sus himnos y su teatro, sus estatutos militares y sus comercios, son puntos aislados en el caos histórico. Por eso celebramos los ordenamientos que nos propone Bonifaz Nuño.
VII
Es Rubén, sobre todas las cosas, un poeta amoroso que encontró sus caminos para celebrar, anhelar o para quejarse del amor que, como decía Federico García Lorca, “reparte coronas de alegría”. En el bello combate se suceden las victorias y las derrotas. Por eso, Rubén dice a la amada: “Dependiente fiel soy de tus fármacos  benévolos” y reconoce venerar sus caminos y respirar sus savias placenteras.
El niño iracundo, dueño de grandes reinos (Ovidio dixit) se apodera del ánimo del poeta: “abandonados mis escudos me tienes; vencido me convocas, inerme, a enfrentar lo que me vence...” Rubén es, al igual que López Velarde, un cazador furtivo y, tal vez, en sus excursiones haya sido objeto de la protección divina. Ramón así lo cree: “Dios que me ve que sin mujer no atino ni en lo pequeño ni en lo grande diome de ángel guardián un ángel femenino.” En ambos poetas, las imágenes fluyen sin reticencias para celebrar el misterio de lo femenino. López Velarde ve con pena a las recatadas señoritas de sus rumbos, girando en una insatisfecha hoguera carnal, y sacando a los balcones sus sexos, “cual sañudos escorpiones”, para que el aire los calme, pues la moral represiva impide que sean colmados. En Rubén, el elogio, digno de Catulo o de los feroces y delicados persas, brilla y aroma con inusitada intensidad lírica y biológica: “Las caderas móviles; la vulva de ensortijados atavíos: modesta entre los muslos juntos, ostentosa cuando sus carnívoros vestíbulos levanta en vilo.” López Velarde imaginaba las fiestas amorosas y concurría a muy pocas. La amada ideal, Fuensanta, ve desdibujarse en la luna de su armario un puño esquelético y, unos años más tarde, se convierte en la “prisionera del Valle de México”, resucitada y con sus guantes negros en el más dramático poema de nuestro padre soltero que tanto sabía de ironías y que con tanto ingenio se burlaba de sus ineptitudes y carencias. Bonifaz Nuño, gran maestro de ironía, despide así a la persona que la canción popular llamaría “ingrata”: “Me ajusticiaron tus recuerdos de una pasión; tus malos modos me dieron el tiro de desgracia”. Eso es, Rubén, como buenos hijos de esta tierra tan perdedora, cantemos el “Viva mi desgracia” y el “ahora soy libre” vanamente compensatorio.
VIII
En la búsqueda amorosa que forma el meollo de la poesía rubeniana, el cuerpo es explorado con total y gozosa franqueza. Siguiendo el imaginario renacentista, el poeta ve los dos grandes polos del cuerpo humano: boca y ano, el Ártico y la Antártida. Este esoterismo no carece de sentido. Todo lo contrario: nos describe con una precisión tal que lo estrictamente científico resulta demasiado experimental y, por lo mismo, sujeto a comprobaciones interminables. En su asedio del cuerpo, prefiere los recuentos exhaustivos y, por lo mismo, ajenos al prejuicio y al escándalo de los puritanos. “La flor de cuatro pétalos, el ano. La materia enérgica de fuego, de agua, de aire, de tierra”; los cuatro elementos de la vieja alquimia y, también, de la teología. Calderón, Sor Juana, Tirso y casi todos los dramaturgos del Teatro Nacional de España basan su idea del mundo, las ideas y el cuerpo en esos elementos que el Próspero de La Tempestad, de Shakespeare, controlaba apoyado por Ariel, el genio del aire, y atacado por el retorcido Calibán, carcomido de envidia y frustración. Los “radares rústicos” detallan los perfiles del cuerpo “tendido y lánguido a la sombra del reciente placer”. En el caso de Rubén, grecolatino y convicto pagano, el amor encuentra todos sus regocijos físicos, mientras que el padre soltero, asfixiado por la dualidad funesta de la cultura católica fracasa en sus intentos: “ mis peones tantálicos al rodearte a deshora, fracasan en sus ímpetus vandálicos”. Para ambos (como para Paz y sus “misterios paralelos”), el cuerpo es un templo en el que se ofician las ceremonias esenciales. En Ramón hay, en estos deleites, el recóndito sabor de lo blasfemo; en el grecolatino que hoy coronamos lopezvelardianamente, el amor se consuma. Vendrán después los mil rumores de la noche y la imperfección de nuestros sentimientos a liquidarlo y a entronizar el olvido. Pero antes de que eso llegue: “en silencio, entre acordes convulsiones mudas, entre arpegios de espasmos tácitos, resucitado, me vacías...”
IX
Por la scriptorum, por sus alumnos, por su amor grecolatino, nahua y maya, por sus fundaciones (carmelita descalzo hasta el cuello para el bien de las palabras amorosas), por Imágenes, Los demonios y los días, Fuego de pobres (libro esencial de nuestra lírica), Siete de espadas, “Del templo de su cuerpo”, El manto y la corona, La flama en el espejo, As de oros, “El corazón de la espiral” y Albur de amor; por tantos ensayos que buscan, encuentran y provocan afinidades y desacuerdos, y por su cercanía con López Velarde, Rubén recibe este premio y nosotros lo acompañamos para testimoniar sus enormes merecimientos. Ramón quería un amor que descansara “en los cuatro cimientos de la fábrica de los universos”. Rubén recibe del cuerpo amado “los santos óleos del postrer bautismo y la primera extremaunción” y ella lo absuelve. Para ambos y para nosotros digamos sursum corda en esta bizarra capital.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Ramón López Velarde revisitado (II Y ÚLTIMA)

30/Septiembre/2012
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

La poesía de López Velarde debe ser leída con paciencia y paladeada gota a gota. Así nos entregará todos sus significados, las gracias de sus adjetivos novedosos y su originalidad irreductible. Su autor la gozó y la sufrió al mismo tiempo, y ejercitó en ella la mayor y más profunda de las sinceridades. Por lo tanto, contiene sentido del humor, ternura, burla, la tragedia de la separación de los amantes, asombros ante el misterio de lo femenino, dicotomías constantes y “funestas dualidades: “Me asfixian en una dualidad funesta/, Ligia, la mártir de pestaña enhiesta/ y de Zoraida la grupa bisiesta.” Pertenecía a la cultura católica y era víctima de las obsesiones sexuales de la Iglesia. Esta circunstancia agrandaba el conflicto entre el canon y el deseo. De esta lucha brotaron algunos poemas en los cuales mezclaba su “interno drama” con el gozo de la carne y sus bellos contactos. “Como quien sabe que mi interno drama/ es, a la vez, sentimental y cómico”, dice en ese canto de elogios a la “creatura pequeñita y suprema,/ adueñada de la cumbre del corazón”.

Quisiera poner un ejemplo de esa aventura del espíritu que es el adentrarse en la poesía de López Velarde: era yo cínicamente joven y ya había caído gozosamente en la fascinación lopezvelardiana. Una tarde leí uno de sus poemas y, de repente, me detuve, pues estaba perdido y ya no entendía lo que tenía ante mis ojos (“y escucho con mis ojos a los muertos” es la mejor definición de la lectura que conozco. La hizo Quevedo en el retiro de su torre manchega): “Sara, Sara, golosina de horas muelles,/ racimo copioso y magno de promisión que fatigas/ el dorso de dos hebreos.” Leí de nuevo y la golosina, las horas de beatitud y la belleza de la mujer concebidas como un “magno racimo” de gracias y abundancias, quedaron claras. La promisión y el dorso de los dos hijos de Israel era lo que debía encajar en el conjunto de la compleja imagen. De repente recordé algunas cosas de la infancia en Los Altos de Jalisco y del terror de la Iglesia católica ante la lectura de la Biblia (por aquello del “libre examen”, pero también por la detenida y bella descripción del cuerpo de la amada en el Cantar de los cantares). Además, pensé en el sucedáneo que se inventó: los libros de Historia sagrada y sus hermosas ilustraciones. Se me hizo patente la que mostraba a dos hebreos saliendo de la tierra de promisión con un prodigioso racimo de uvas colocado en una robusta vara. Sus dorsos se abrumaban por el peso de los frutos milagrosos. Volví a leer el poema y todo quedó en ese lugar donde el misterio y la realidad se unen para darle forma. Esta experiencia de lectura me da cierta autoridad para proponer algunas formas de aproximación a la obra de López Velarde. Piensen los lectores en la ternura del recuerdo infantil plasmada en “el ave que el párvulo sepulta/ en una caja de carretes de hilo”, en los improvisados y efímeros mandatarios que llevaban “la trigarante faja en sus pechugas al vapor” o en la paz bucólica del campo interrumpida por el diablo petrolero (Tabasco y Campeche entienden de estas cosas). Por otra parte, a los poetas se les ocurre que el progreso consiste en asegurar que todas las mañanas nazca para todos “el santo olor a la panadería”. A la mayor parte de los políticos este desiderátum les parece una tontería lírica. Por esos terrenos íntimos y civiles anda la poesía de López Velarde. La última antología les abrirá las puertas de la obra de un poeta nacional que es, al mismo tiempo, autor de varias profundas “partituras del íntimo decoro”. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

Ramón López Velarde revisitado I

23/Septiembre/2012
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

Fue breve el periplo vital de Ramón López Velarde. Partió de Jérez para pasar por Aguascalientes, Zacatecas, San Luis Potosí y llegó a la ciudad capital de “la suave patria”. En su seno se extinguió cuando apenas se acercaba a los treinta y tres años. “No se ha visto/ poeta de tan firme cristiandad./ Murió a los treinta y tres años de Cristo/ y en poético olor de santidad”, decía nuestro vanguardista total, José Juan Tablada, en el poema-retablo que dedicó a la memoria de López Velarde, el padre soltero de la moderna poesía mexicana.
En los años que pasó en el Seminario de Aguascalientes se acercó a los clásicos grecolatinos y se inició en la lectura de los autores del Siglo de Oro de España. Ya estudiante de Derecho en San Luis Potosí lo deslumbraron los simbolistas franceses, especialmente Baudelaire (“entonces era yo seminarista sin Baudelaire, sin rima y sin olfato”, dice en uno de esos poemas en los que acostumbraba hacer burla de sí mismo), y leyó con cuidado a Othón (sabemos que admiraba su “Idilio salvaje”), Nervo, Gutiérrez Nájera, Lugones, Laforgue, Francis Jammes y Darío.
La antología publicada por el gobierno del DF, contiene poemas representativos de las distintas etapas de la obra de López Velarde, y viene a sumarse a dos esfuerzos editoriales que buscaron difundir masivamente la poesía de nuestro padre soltero. Me refiero a la antología publicada en los cincuenta, en los Cuadernos de la Secretaría de Educación Pública, y a la que apareció en el número 49 de la colección Material de Lectura de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Intentaré en este breve prólogo comunicarles mi experiencia como lector de la poesía de López Velarde. No pretendo asestarles verdades inapelables o convertirme, como lo han afirmado algunos académicos de ánimo prusiano, en dueño absoluto de la “interpretación y glosa” de la obra del poeta jerezano.
En primer lugar, pienso que la poesía tiene tantas interpretaciones como lectores que en ella se adentren, y está muy lejos de mi ánimo la pretensión de figurar como un especialista en los terrenos de una obra que admiro sin restricciones y leo constantemente. Su relectura me entrega algo nuevo, me obliga a rectificar sensaciones anteriores, me hunde en la perplejidad y me levanta gracias al asombro producido por la íntima esencia lírica de todas y cada una de sus palabras. Por otra parte y, para mayor abundamiento, sabemos que el poema habla por sí solo. Por eso el término “interpretación” no tiene mucho sentido. Recuerdo una respuesta dada por García Lorca  en una lectura de su “Poeta en Nueva York”. Ante la pregunta así formulada: “¿Qué quiso decir en este poema?”, Federico, educada, pero tajantemente, contestó “lo que dije”. Un comentarista como el que en este momento los abruma con sus quisicosas (Unamuno dixit), debe limitarse a dar un testimonio, tanto de su experiencia de lector de los poemas antologados, como de su entusiasmo renovado en cada lectura. Los hechos de que camine ya los cortos pasos de la compasivamente llamada “plenitud adulta” y de que sea oriundo de la misma región cultural de López Velarde, tal vez agreguen algunos aspectos curiosos, y eventualmente útiles, a estas observaciones.