domingo, 2 de junio de 2013

Buen viaje, querido Chema

2/Junio/2013
Jornada Semanal
Hugo Gutiérrez Vega

Mi inolvidable secretaria, Lucha Pruneda, me avisó: “Lo esperan en la antesala dos muchachos mexicanos que se ven muy desasosegados.” Era el verano de 1964 y Roma ardía en las manos del ferragosto. Lucha había sido secretaria del licenciado Ramón López Velarde en el Jurídico de Gobernación y le había pasado a máquina algunos poemas y artículos (recordaba, sobre todos, el titulado “Novedad de la Patria”). Era muy discreta, pero, ante mi insistencia, me contó algunas anécdotas de la vida y de los trabajos del poeta. Entre otras, la de la madre sentada al lado del lecho de muerte. Le informaron a Luchita que el poeta se despertó en la madrugada y se percató de la presencia de su atribulada madre. Escuchó sus sollozos y le pidió: “Madre, llore en mis manos que quiero llevarme sus lágrimas.”
Luchita hizo entrar a los preocupados muchachos a mi pequeño despacho de Agregado Cultural de México en Roma. Suena muy pomposo, pero la verdad es que era casi un cuchitril. Uno de ellos, el más decidido, se presentó: “Soy José María Pérez Gay. Somos estudiantes. Llegamos ayer a Roma y nos robaron. Nos quitaron todo, dinero, pasaportes, relojes... en una calle cercana a la Piazza Navona. Debemos estar en Alemania el próximo lunes para cumplir con las obligaciones de nuestra beca. Afortunadamente no nos quitaron los boletos.” El muchacho terminó su discurso y se sentó en una de las temblorosas sillas pertenecientes a la lejana época del embajador Eduardo Hay, constructor de la casa de Lazzaro Spaellanzzani donde funciona la embajada mexicana desde mediados de los años veinte.
Empezamos a platicar y salió el tema de la literatura del “imperio perdido”, que tuvo su capital en Viena, la verdadera Ciudad Luz de fines del ochocientos y principios del siglo XX. El joven Chema era una fuente de sabiduría y de ordenada erudición. Compartimos admiraciones: Benjamin, Reich, Marcuse, Roth, Kraus, Musil, Schnitzler, Freud, Wittgenstein, Mahler, Kokochka, Klimt... en fin, toda la gloria de la ciudad en la que se gestaban los aspectos esenciales del mundo moderno. Hablamos y hablamos, mientras el cónsul Alfonso Herrera Salcedo nos hacía el favor de acelerar el trámite de elaboración de los nuevos pasaportes (por un solo viaje, como lo ordenaba la ley). Fuimos a comer a la trattoria del barrio. Chema y su amigo se abismaron en el platón de espagueti a la boloñesa y bebieron varios vasos del vino peleón de los castillos romanos. Los llevé a una pensión y, a la mañana siguiente, fuimos a echarle un rápido vistazo a la ciudad. Los pasaportes estaban listos (el cónsul Herrera Salcedo rompió todos los récords y, generoso y cordial, pagó lo ordenado por el reglamento y les regaló 2 mil liras a los simpáticos asaltados). Comimos en casa. Lucinda había preparado unos frijoles refritos que Chema festejó de por vida; les entregué unos dólares para el viaje, y en la estación Termini nos dimos un abrazo conmovido. Nunca olvidé a ese muchacho tan cordial, tan seguro de sí mismo y tan sorprendentemente sabio.
Leí durante dos días y sus noches El imperio perdido; lo comenté con Thomas Keller, quien pensaba que era un libro clave para entender la tensión espiritual, la vida intelectual y la explosión de arte y de cultura académica y científica de la Viena finisecular.
Nos veíamos en las madrugadas de La Jornada, en la oficina de nuestra jefa Carmen Lira. Hablábamos de todas las cosas de la “tierra de los hombres” (Saint-Exupéry dixit) y de nuestro adolorido país. Nos reunía en su casa en torno a Andrés Manuel López Obrador, y ese ángel bondadoso que es Lilia nos apapachaba y nos daba de cenar. Discutíamos, escribíamos manifiestos y alimentábamos esperanzas, pues todos, especialmente Chema, sabíamos que la única salida de este país se dará por la puerta de la izquierda.
El Canal 22, la embajada en Portugal, los libros, ensayos, artículos, las conferencias y las inteligentes charlas... Por todos esos lugares y momentos transitó el joven que fue asaltado en un oscuro callejón romano y que iluminó muchas vidas con su inteligencia,  sabiduría, honestidad, prudencia, su sentido del humor y su profundo humanismo.
Lo natural sería que mi joven amigo romano me hubiera despedido, pero el tiempo hace lo que le da su regalada gana y a mí me toca decirle adiós. Adiós, Chema, aquí está tu pasaporte para el cielo de las letras y de las ideas, estas monedas para el viaje, y vamos a darnos un abrazo de hermanos bajo las luces de Termini, al pie del tren que te conducirá a la capital del imperio perdido. Buon viaggio, caro amico.

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