domingo, 23 de junio de 2013

De maricón, puñal y otras joterías

23/Junio/2013
Confabulario
Sergio Téllez-Pon

En marzo pasado, la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió que los términos “maricón” y “puñal” son homofóbicos, discriminatorios y no van acorde con las leyes de un país plural y democrático, así que prohibió su uso. Lo curioso del caso es que quien interpuso el recurso de inconstitucionalidad ante la Corte no fue un gay sino un periodista de Puebla quien fue calificado con esas palabras por un colega desde su columna. Ante la resolución, el presidente en turno de la Academia Mexicana de la Lengua, el poeta y editor Jaime Labastida, no ocultó su molestia pues consideró que la Corte se había extralimitado en sus funciones ya que no le corresponde regular el uso de nuestro idioma.

La expresión más alta de una cultura es su lengua. Y dentro de ella hay infinidad de calós de grupos o minorías que la enriquecen, uno de ellos es la jerga gay. Son lenguajes casi secretos formados para crear complicidad. Lo que Proust llamaba “la identidad de glosario” y que Didier Eribon define como esa “clase de vínculos” que “forman una red” en la “subcultura gay” (Reflexiones sobre la cuestión gay, Anagrama, 2001). Así, el habla de los gays está llena de modismos, expresiones, frases hechas, interjecciones (para todo anteponemos el “Ay,…”), muletillas y neologismos. Es por eso que, aunque la Corte nos prohíba el uso de “maricón” o “puñal”, los gays tenemos un arsenal de palabras para definirnos y usarlos con burla para revertir su carga homofóbica: maricón, puto (del cual se deriva el “puñal” ahora prohibido por la Corte), joto o jota, mana (contracción de “hermana”), obvia, torcida, quebrada… Incluso en náhuatl, escribió el cronista Salvador Novo, existía la palabra “cuiloni”, que gritaban los aztecas a los españoles que huían hacia Popotla a refugiarse bajo el Árbol de la Noche Triste; es decir, lo que en castellano conocemos como “puto” (lo que es casi mujer y no tiene valor, dice Novo).

Desde luego, la amplitud lingüística no se puede abolir con una resolución: la traductora al danés de Roberto Bolaño me contactó hace tiempo porque un párrafo de Los detectives salvajes le era particularmente complicado:

Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas. (Anagrama, 2004, p. 83.)

¿Cómo distinguir tantas categorías?, era su duda. Por supuesto, no pude darle la definición exacta que ella buscaba porque no hablo danés, así que me limité a explicarle cada una, que las entendiera para que ella misma se esclareciera y buscara la palabra adecuada. “Mariquitas” es la feminización de maricón; “mariposas” se usa para llamar a alguien muy flamboyant, un gay muy obvio, muy femenino; “ninfos” viene seguramente de “ninfas” o tal vez de “nefando”, hay una novela de José Tomás de Cuellar que se llama Chucho el ninfo (1871). “Marica”: desde una visión muy machista un poeta es casi un maricón (porque su labor es cursi), aunque no lo sea. Y Rubén Darío era una “loca” porque pertenece al siglo XIX, un siglo muy camp, muy amanerado, más en un sentido estético que un sentido sexual: camp, según Susan Sontag, es algo estéticamente afeminado, como las películas de Visconti, donde la escenografía es evidente de una loca, llena, saturada de arreglos y ornamentos, justo como la poesía de Darío. Finalmente, le dije, sería interesante consultar la versión al inglés de la novela de Bolaño para ver cómo resolvió el traductor ese párrafo sin usar gay u homosexual (seguramente usó faggot, queer, faeries, flamboyant, queens…). Por fortuna, me dijo ella, tenía un hijo gay que con la descripción podía ayudarla a encontrar las palabras exactas.

Me llama la atención que la Corte no haya prohibido el término más usado en México: “joto”. Los gays también usamos “jota”, que es la feminización de lo ya feminizado (“joto”), lo mismo sucede en el caso de “loco” que se vuelve “loca” y su variante “loquita” o, como dicen en España, “locaza”. No se sabe a ciencia cierta en qué momento se le adjudicó el uso de esa letra a la homosexualidad en México. Se cree erróneamente que es a partir de que se encierran a los homosexuales, prostitutos y proxenetas en la crujía J de Lecumberri, sin embargo, una vez le pregunté al respecto a Luis González de Alba (quien estuvo preso en el Palacio Negro al ser uno de los líderes más visibles del movimiento estudiantil del 68) y me dijo que al menos cuando él estuvo allí a los homosexuales no los mandaban a la crujía J, sino a la G. Además, la cárcel de Lecumberri se abrió apenas un año antes de la redada de “Los 41”, de manera que no pudo haber salido de allí y popularizarse tan rápido. Luego, en las cuartetas de Antonio Vanegas Arroyo que ilustró Posada con sus grabados sobre el famoso baile de “Los 41” en 1901 aparece el término cuando los llama “los famosos jotitos”; si Vanegas Arroyo lo usa es porque estaba muy difundido en el pópulo y la gente entendía a qué se refería. Años después, a finales de los veinte, Federico García Lorca lo usará como distintivo de México en su Oda a Walt Withman:

Faeries de Norteamerica.
Pájaros de La Habana.
Jotos de Méjico.
Sarasas de Cádiz.
Apios de Sevilla.
Cancos de Madrid.
Floras de Alicante.
Adelaidas de Portugal.

En las cuartetas de Vanegas Arroyo hay otra pista, tal vez la más acertada, cuando dice: “Mírame, marchando voy/ con mi chacó a Yucatán,/ por hallarme en un convoy/ bailando jota y cancán”. En este caso, “jota” se refiere, como el cancán, a un baile, un típico baile español; o sea que según esas cuartetas se les encontró bailando uno y otro bailes, en ambos se agitan las manos y se brinca mucho: de hecho, “jota” proviene del mozárabe “sáwta”, salto, derivado a su vez del latín “saltare”: saltar, brincar, bailar. También de ese baile proviene la “sota” de la baraja española y por otra parte están los derivados “xoto” o “choto” (justo como les dicen a los gays en Puebla y Veracruz). Finalmente, de “joto” o “jota” se deriva “jotear” (la acción), “jotada” (esto es, el hecho en que derivó la acción) o “jotería”, el cúmulo de jotear. Al respecto dice Enrique Serna: “El joteo contrarresta la exageración histriónica de lo masculino, limpia nuestro léxico de asperezas y nos permite sostener, con el tejido sobre las rodillas, una verdadera y natural conversación de hombre a hombre” (en Las caricaturas me hacen llorar, Terracota, 2012, p. 29).

Otro de los términos más usados en el “ambiente” gay mexicano es “chichifear”. Al respecto, hay una curiosidad en la correspondencia del poeta Gilberto Owen: al lado de Villaurrutia, Novo y Jorge Cuesta, Owen hizo la revista Ulises entre 1927 y 1928, cuya mecenas fue Antonieta Rivas Mercado. Quien la convenció de auspiciar la revista fue el pintor Manuel Rodríguez Lozano, conocido homosexual de la época que, no obstante su sexualidad, la enamoró con tal de que apoyara esa y otras causas más de su interés (el Teatro de Ulises, por ejemplo, y la primera filarmónica que dirigió Carlos Chávez). Un par de años después, desde Nueva York, donde trabajaba en el consulado, Owen quiere hacer una segunda temporada de la revista, así se lo hace saber a Villaurrutia en una carta y le dice que está saliendo con una señora con la que se ha acostado y ella podría pagarla, y así “chuleándola sin pena para beneficio de nuestra obra” él podría “rodriguezlozanearla”. Owen no era gay, como Villaurrutia y Novo, pero la conversión del apellido Rodríguez Lozano en un verbo que los gays de hoy conocemos como “chichifear” es tan ingeniosa que bien pudo habérsele ocurrido a un gay o a alguien, como es el caso de Owen, que estaba muy cerca de tantos gays. Aquí, “chichifear” se entiende como sacar provecho económico de alguien, algo cercano a estafar.

Finalmente, quienes por lo general “chichifean” son los mayates, es decir, los hombres de clase baja o trabajadora para quienes no importa que sea un hombre si para su visión parece mujer. A ellos se alude en los juicios a Oscar Wilde, quien justificó así esos encuentros: “buscar el peligro a su lado”. El “mayate”, el “chacal” o “chichifo” aparece, por ejemplo, en Stilitiano, el ladrón del que se enamora Jean Genet, como lo cuenta en El diario del ladrón. Así, puede haber un chacal que mayatea y chichifea (en teoría, cualquiera puede chichifear), pero no puede haber una jota que mayatee porque es un contrasentido. En un epigrama de Marcial, Hilo, le da prioridad a un chichifo antes que a una necesidad básica:

Contra Hilo, marica pobre
Aunque con frecuencia hay en toda tu arca una sola moneda
y esté más gastada, Hilo, que tu culo,
sin embargo no te la quitará el panadero, no el cantinero,
sino el que esté orgulloso de su exagerada verga.
Tu infeliz vientre contempla los banquetes de tu culo,
y mientras éste pasa siempre hambre, aquél devora.

Todavía en nuestro siglo, Novo reivindica su derecho a pagarse un chulo:

¡Qué le vamos a hacer! Ganar dinero
y que la gente nunca se entrometa
en ver si se lo cedes a tu cuero.

Hoy en día hay muchos heterosexuales que usan palabras o modismos de los gays. Para empezar, se recurre a la auto ofensa: es válido llamarse “joto”, “jota” o “maricón” si el propósito es anular la ofensa ajena para que con el uso pierda todo su sentido despectivo. Y ya con ese bagaje léxico entonces sí se puede “perrear”. El perreo es la vertiente gay de lo que entre los hetero se conoce como el albur, sólo que más refinado, con ironía y sarcasmo mordaz.

La resolución de la Corte sólo es una muestra más del absurdo al que ha llegado el lenguaje políticamente correcto. Una lengua viva, con su abundante vocabulario, es imposible apresarla con normas o leyes.

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