domingo, 2 de junio de 2013

Abcdario personal de un hombre de palabras

2/Junio/2013
Confabulario
Alejandro Toledo

Al centro de la mesa destaca una máquina de escribir portátil de color marrón marca Brother; no se trata de una reliquia porque tiene cinta bicolor y funciona, es la herramienta actual con la que trabaja Vicente Leñero (Guadalajara, 1933). En ella teclea, sobre todo, su columna mensual para la Revista de la Universidad, y con ella armó, a tres dedos, un libro reciente de casi 250 páginas: Más gente así (2013). Hay una colección, también funcional, de lentes para la vista cansada; en los muros, placas metálicas en miniatura conmemoran las puestas en escena de sus obras de teatro; sembradas aquí y allá, colgadas o en los libreros, hay fotografías en donde, por ejemplo, se le ve muy joven en su examen final de la carrera de ingeniero en la capilla del Palacio de Minería u otra donde saluda a Juan José Arreola, uno de sus maestros.
Es la víspera de su cumpleaños número ochenta, a celebrarse el domingo 9 de junio, día de San Efrén. Se le propone no la entrevista convencional ni el cuestionario Proust sino el armado de un abecedario, de la A a la Zeta (que llegará hasta la Y), como mapa de una vida; Leñero acepta el juego, aun a riesgo de que su realización tarde un poco. Toma asiento, en el estudio de su casa en San Pedro de los Pinos, y espera lo que traerá la primera letra.
Albañiles, Los
Lo que me pasó con ese libro es que pedí una beca al Centro Mexicano de Escritores y me la dieron, pero yo la solicité en cuento y la recibí en novela. Fui con Ramón Xirau y le expliqué mi conflicto; él me sugirió que juntara los relatos y los presentara como historias dentro de una gran historia. “Si no lo haces así te van a suspender la beca”, me dijo. La cuentista era Guadalupe Dueñas, ese lugar ya estaba ocupado. Y me iba muy mal en las sesiones, pésimo; cada vez que me tocaba presentar mis adelantos me daban unas zangoloteadas espantosas. Me ponían como del asco. Un día, estaba yo muy jodido, al final de la sesión me alcanzó Ramón Xirau. Recuerdo que para entonces yo llevaba unas cien páginas escritas. No sé si nos hablábamos de tú o de usted; me dijo: “¿Por qué no se olvida de esas cien páginas y empieza de nuevo?” El Centro Mexicano de Escritores estaba en Río Volga, cerca del Ángel de la Independencia, y me regresé caminando a mi casa; pensaba todo el camino en la recomendación de Xirau. Al llegar a mi departamento tomé las cien cuartillas, las rompí y empecé desde cero.
Biblioteca
Esta es mi biblioteca, formada en parte por las bibliotecas de mi padre y de mi suegro. Me quedé algo traumado por algo que me dijo Gabriel Zaid: “¡Como puedes acumular tantos libros! Yo tengo sólo cien, no paso de esa cifra; los demás libros que me van llegando los pongo afuera de mi casa para que se los lleve el que quiera”. Lo que hago es regalar, todo el que viene a la casa se lleva un libro. La biblioteca paterna era pequeña y éramos varios hermanos; había un lugar en donde estaban los títulos incluidos en el índice de los libros prohibidos por la Iglesia. Era uno de esos libreros con puertas y llavecitas, y cuando mi madre se descuidaba yo tomaba uno de esos tomos; estaba ahí la obra de Dumas y de Víctor Hugo… Mi padre era muy buen lector; a veces en las vacaciones, en lugar de salir a jugar o ir a algún lado nos poníamos a leer.
Carballido, Emilio
Era mi vecino. Lo encontré una vez por el mercado y me dijo:
—¿Qué haces aquí?
—Aquí vivo.
—¿Dónde?
—En avenida 2 y calle 9.
—¡Pero si ahí vivo yo!
Compró la casa de enfrente. Llegaba yo en las noches, a las 3 de la madrugada, porque teníamos cierre de la revista, y siempre veía la luz de su estudio encendida.
—¡Qué barbaridad, me sorprendes! Siempre veo la luz de tu estudio encendida por las noches.
—No, eso lo hago por los ladrones —aclaró—, yo escribo en las mañanas.
Como dramaturgo, sin duda era el mejor de su generación, el más activo y el más productivo. Llevó el costumbrismo a su mayor límite; después hizo obras más complicadas, que no me gustaron tanto. Me sigue pareciendo espléndido, las obras del D.F. todavía se representan en las escuelas.
Dramaturgia
Me extraña, por ejemplo, que el departamento de teatro de la Universidad Nacional no dé énfasis en la dramaturgia mexicana, que no monte obras mexicanas. Aparte de los problemas que tiene uno con el director, de que tomen la obra y hagan otra cosa, o se inspiren en ella para hacer una puesta original, pienso que no hay un impulso a la dramaturgia mexicana. Todos los directores quieren poner su Hamlet, y hay un acervo de dramaturgos nuestros que no se fomenta. En cuanto al término dramaturgia como adaptación, trabajé con Luis de Tavira una obra de Jorge Ibargüengoitia, Clotilde en su casa; la obra quedó intacta pero se creó un segundo plano en donde Ibargüengoitia como personaje trabajaba en sus piezas teatrales. A la viuda de Ibargüengoitia, Joy Laville, le disgustó ese experimento.
Enemigos
No tengo, no creo tener enemigos… En un tiempo para mí el enemigo fue Emmanuel Carballo, que hizo un informe negativo de Los albañiles cuando la llevé al Fondo de Cultura Económica y no la publicaron. Al aparecer la novela en España hizo público ese informe, en el que me hacía talco; y decía que el Premio Biblioteca Breve había bajado de calidad. Así nos fuimos: yo siempre hablaba mal de él, él siempre hablaba mal de mí. Hasta que nos reconciliamos hace poco. Me lo encontré en la Feria del Libro de Guadalajara y me comentó que le había parecido muy bien mi libro Gente así, y que ya quería terminar con nuestros malentendidos. Otro enemigo fue Fernando Benítez con su concepto mafioso, y donde sus retoños eran toda la gente de mi generación. En Los periodistas hablo burlescamente de él, y respondió Benítez con un artículo. Al final escribió un libro, Los demonios en el convento, y me lo mandó con una dedicatoria muy amable; le hablé para agradecerle ese gesto. “Sé que me odias”, me dijo. La charla fue cordial, quedamos de vernos, pero eso ya no ocurrió. Son enemigos literarios con los que terminé bien.
Fuentes, Carlos
Lo conocí cuando me dieron el premio Biblioteca Breve. Se hizo una ceremonia muy pequeña a la que asistió Fuentes. Le quedé agradecido. Nos veíamos frecuentemente pero nunca hubo una amistad muy cercana.
Gobierno
Mi relación con el gobierno siempre ha sido problemática. Julio Scherer tuvo un contacto periodístico con las gente del gobierno, conocía a todo mundo, pero cuando estuvo Salinas de Gortari hubo pleitos frecuentes y Salinas me llamaba a mí para quejarse de Julio. Me hacía ir a Los Pinos. No soy amigo de los políticos.
Hermanos
Tengo dos hermanos varones, el que vive es mi vecino. El mayor ya murió, Armando; por él empecé a escribir, contagiado por él: escribía cuentos y mi padre los leía en voz alta, los elogiaba muchísimo. Le tenía envidia, por él me hago escritor. El otro hermano, Luis, es sociólogo y nunca ha tenido mucho contacto con la literatura. Tuve dos hermanos y tres hermanas, una de ellas, Juana María, ya falleció; también están Celia y Esperanza. Hemos sido vecinos, mi padre compró terrenos para dejárselos a sus hijos cuando San Pedro de los Pinos era un barrio en construcción.
Ingeniería
Siempre me gustó la literatura pero nunca pensé estudiar eso. Me asumía como un escritor de casa. Escogí la ingeniería porque era bueno para las matemáticas. Al llegar al tercer año de la carrera vi el anuncio de una escuela de periodismo, oficio que no me interesaba, pero pensé que ahí me iban a enseñar a escribir. Finalmente me desbalagué, dejé materias pendientes en la Universidad, me fui a España con una beca; luego quise neciamente terminar la carrera y obtuve el título. Cuando fui por él me pidieron 200 pesos, que no traía; hasta en tiempos de Jorge Carpizo un amigo me ayudó a concluir el trámite. Ahí lo tengo.
Julio Scherer García
Es una especie de hermano. Él me llamó a trabajar en Revista de Revistas. Luego, en 1975, le conté que ya quería dejar el periodismo, que mi ideal era quedarme en casa a escribir, a gusto, no en las redacciones o en los ratos libres. Me dijo: “Espérate tantito”, y vino entonces el golpe a Excélsior y me enrolé con él en la aventura de Proceso. Hemos sido muy cercanos. Ya está viejo, tiene 87 años, me lleva siete. Nos consideramos muy unidos. Solía haber una suerte de sumisión a Julio Scherer mas yo lo trataba naturalmente, él siempre me escuchaba. Discutíamos con libertad. Lo quiero mucho.
Kafka, Franz
Lo leí, sí, pero mi mundo no se conecta con él… aunque siempre aprendemos algo de Kafka. No soy experto en su obra.
La vida que se va
En la literatura me perdí mucho en la forma. Me entró el nouveau roman, que me llevó a muchas exageraciones. Incluso Los periodistas es una novela formalmente muy complicada y para qué dar tantos brincos si está el suelo tan parejo. Yo quería escribir una novela más sencilla, y lo hice con La vida que se va. La trabajé con la imaginación; quedé muy satisfecho y me dije: esto es lo último que escribo de novela.
Mujer
He vivido con María Estela, mi mujer, toda la vida. Llegamos a los cincuenta años de casados. Ella es psiconalista y trabaja en casa; aquí, junto al estudio, puso ella su consultorio. A veces me dan ganas de escuchar las historias que le cuentan sus pacientes… Nos conocimos a través de la Acción Católica, éramos muy mochos. Me casé con ella una semana después de que me recibí.
Niñez
Lo que mejor recuerdo de la infancia es la lectura. Había una editorial española que tenía colecciones de cuentos franceses, hindúes, chinos; cuando me querían regalar algo pensaba en esas colecciones. Leer era como un juego. Mi padre nos prestaba los libros de Julio Verne y ponía señales en las páginas para que nos saltáramos las explicaciones científicas, que pensaba nos iban a aburrir, pero esas partes marcadas nos daban curiosidad, algo como lo que ocurría con los libros prohibidos.
Octavio Paz
En algún tiempo fuimos vecinos de oficina en Excélsior, yo en Revista de Revistas y él en Plural. Me parece un poeta maravilloso; Piedra de Sol es una gran obra… Los grandes personajes, como Fuentes o Paz, siempre me han cohibido.
Periodismo de emergencia
Entré a la Escuela de Periodismo Carlos Septién García pensando que ahí me iban a enseñar a escribir y me adentré en ese oficio, que intenté conectar con la literatura. Una edición más o menos reciente de mi Periodismo de emergencia, de Random House, fue a dar a la guillotina al poco tiempo de haber salido. Me mandaron una carta en donde me explicaban que el libro no se vendía y por lo tanto sería destruido, lo hicieron tiritas. Ahora Conaculta hará una edición algo reducida, le quitaron una sección completa; así, por lo menos, el libro va a revivir.
Q, Estudio
Es una novela con la que tuve muchos conflictos. Quería ser una sátira del nouveau roman. Joaquín Díez-Canedo me preguntó:
—¿De veras quiere publicar este libro?
—Sí, Joaquín, lo quiero publicar.
Los críticos me pusieron como dado; uno de ellos fue Huberto Batis, que podría ser también un enemigo. Ya no supe más de Estudio Q, y uno no vuelve a leer sus propios libros. Un día un amigo conversó con Guillermo Cabrera Infante y hablaron de mí. El cubano dijo:
—Lo único que me gusta de Leñero es Estudio Q.
Lo sentí rescatado.
Rulfo, Juan
Lo conocí desde el principio. Daba un taller, que no era parte de la beca, en el Centro Mexicano de Escritores. Conversábamos de puros chismes, hablaba mal de todo el mundo. En un tiempo trabajé en un despacho de ingeniería como dibujante, y él vivía muy cerca. Tomábamos café. Se quejaba entonces del guión de Pedro Páramo que habían hecho Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez… Su ídolo era Fernando del Paso. Me habló de Ramuz, el autor suizo, como su gran influencia; hay una novela de Ramuz sobre un pueblo fantasma, Derborence, que fue una buena inspiración para llegar a Pedro Páramo. Siempre hay una fuente, un contagio, algo que da origen al texto.
Sueño
Sueño muy poco. Alguna vez a uno se le ocurre escribir sobre un sueño que parece literariamente interesante pero a las dos horas el sueño ya se olvidó. En el otro sentido, de joven uno soñaba con que le publicaran un libro; luego, que uno se abriera paso en el campo literario. Ahora sueño con morir tranquilamente, con no sufrir. Ese sería un sueño grato, uno ya siente las pisadas muy cercanas.
Teatro
En esos juegos infantiles hacíamos títeres, jugábamos los hermanos a hacer teatro, que fue mi primera inquietud. Hay historias que se dan mejor en un género o en otro; una preocupación mía es que uno se puede dedicar a cualquier cosa que necesite de la palabra; un escritor tiene ese campo muy abierto para utilizar el oficio. Rescato dos obras mías… más bien una: La visita del ángel, que maneja el silencio junto con la palabra. Llevé el realismo a sus extremos; quise ensayar sobre el naturalismo, conduciéndolo al límite. La otra obra en la que pensé es La mudanza; y una más: Nadie sabe nada, por el manejo de los espacios.
Usigli, Rodolfo
Fue mi primer maestro. Fue a ver Pueblo rechazado. Siento que los epílogos a sus obras son mejores que sus obras, que se solucionan muy fácilmente. La mejor es Corona de sombras, la que más me gusta. Otro maestro para mí fue Ramón Xirau, como guía literario; también Juan José Arreola, que me abrió el mundo. Y Joaquín Díez-Canedo, claro. Son personas a las que les debo mucho.
Vejez
Estoy bien de salud, no me enfermo; soy una persona que nunca ha pasado por un quirófano. La vejez con salud es tranquila. Ya casi no ambiciona uno nada. Pienso en la vejez dolorosa, que no me ha tocado, por eso mi sueño sería morir tranquilamente, sin complicaciones, sin largas agonías. Escribo poco y tardo mucho; más bien leo: la vejez es un buen momento para leer, para retomar ese ciclo. Veo los libros y me digo: ¡carajo, lo que le falta a uno por leer!
Yo
Soy un hombre que descubrió el oficio de las palabras en lugar del oficio de la ingeniería, que siempre fue un reto para mí, una materia pendiente y no desarrollada. Y que descubrió que el oficio de la palabra se puede enfocar a todo lo que necesita de ella: radionovela, telenovela, cine, teatro, cuento, novela, periodismo… Ya no hay más, o sí: la poesía, que no cultivé. Lo mío es la palabra escrita, no la hablada, no tengo facilidad de palabra. Me encantan los que escriben bien. Y disfruto la buena prosa, lo que se consigue en la vejez acaso porque no hay prisa alguna por terminar.

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