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sábado, 27 de diciembre de 2014

Caracteres: El becario

27/Diciembre/2014
Laberinto
Álvaro Uribe

Este oficio, o acaso: esta profesión, o mejor: esta condición tiene antecedentes ilustres. Ninguno más alto que el de sor Juana Inés de la Cruz, beneficiada por dos virreinas. Solo que Juana la cortesana no iba a la Corte virreinal a pedir favores, sino que la Corte iba a ella para favorecerla.

Otro antecesor notable de los actuales becarios es Diego Rivera, pensionado en 1907 por el gobernador porfirista de Veracruz para viajar a España y luego a Francia, donde asimiló las enseñanzas del cubismo, y en 1920 por el embajador obregonista en París para trasladarse a Italia, donde estudió las técnicas del muralismo que lo haría célebre.

Y hay que incluir en la lista de protobecarios a una serie de escritores de mayor o menor talento, que van en el último siglo desde Federico Gamboa hasta los narradores del Crack, pasando por figuras de importancia cierta como José Juan Tablada o José Gorostiza u Octavio Paz o Carlos Fuentes, todos ellos agraciados en algún episodio de sus vidas por la munificencia de esa precursora de los apoyos estatales a la creación artística: la diplomacia.

Heredero de una larga tradición de mecenazgo oficial, el becario de hoy comienza a pulular hace 25 años, con la instauración de un sistema nacional de creadores durante el sexenio del presidente más repudiado, hasta ahora, de los muchos que nos ha impuesto el PRI. No hay desde entonces artista que no haya sido becario o querido serlo. No hay artista que no crea merecer una beca. Y si es vitalicia, mejor.

El becario típico se inclina a la izquierda. Es decir: propende a justificar el usufructo de una beca con el razonamiento, que puede alcanzar la inflexibilidad de un dogma, de que es deber del Estado corregir las injusticias del mercado. Y si la gente no compra mis libros, peor para la gente. Yo seguiré escribiéndolos mientras las instituciones me mantengan con el dinero de la gente.

Los problemas de conciencia empiezan para el becario cuando la discusión deja de ser impersonal. Cuando el óbolo de la gente, en abstracto, cobra la forma de un apoyo del gobierno. De este gobierno, en concreto. De una serie de individuos que pertenecen al mismo partido que el presidente.

Lo bueno es que siempre cabe distinguir, como hace Mario el becario, entre el Estado y el gobierno. Y alegar que las becas provienen del Estado. Y si te atreves a decirle que los crímenes también, Mario se indigna. Se encrespa. Te aclara rabioso que no es lo mismo. Pero enmudece si le pides de buena manera que te explique por qué.

Y es peor cuando Hilaria, emérita becaria, exige entre aplausos del público que los diplomáticos renuncien a sus cargos en protesta por las muertes y las desapariciones, pero ella no renuncia a su beca perenne.


Ni hablar. Ni cómo decir que para ti el Estado es una entelequia y solo existen los funcionarios. Y si les aceptas el dinero también estás aceptando el gobierno para el que trabajan. Y si tus ideas no coinciden con tu vida, cambia de ideas. O, cueste lo que cueste, de vida.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Caracteres: El crítico

20/Diciembre/2014
Laberinto
Álvaro Uribe

Se dice que es un narrador frustrado. O un poeta frustrado. O un dramaturgo, un actor, un artista plástico, un músico, un cineasta, un bailarín, un etcétera frustrado. En pocas palabras: un creador frustrado.
Pero no estés tan seguro. Hay quien razona con buenos argumentos que la frustración, cierta frustración, es el origen de todas las artes. Hay quien alega con argumentos más tendenciosos que la crítica puede ser un arte. Y hay quien objeta con argumentos atendibles que se trata de un oficio redundante o superfluo, porque la verdadera obra de arte incluye en su ejecución una crítica en acto de las obras artísticas que la precedieron en el mismo género.

Lo cierto es que, sea cual sea el objeto de sus afanes, el crítico es un escritor. O para mayor exactitud: cree ser un escritor. Un autor de textos y de libros que, en su opinión, se sitúan en un plano de igualdad con los textos y los libros de los autores creativos. Y ahí empiezan los problemas. Y también las frustraciones.
Pues aunque las novelas surgen de otras novelas, y los cuentos de otros cuentos, y los poemas de otros poemas, y los ensayos de otros ensayos, y no hay libro que no venga de otros libros, la literatura crítica es doblemente derivativa. Es, como la hiedra o la sanguijuela, una entidad parasitaria. Con el agravante de que el parásito está convencido de que al elaborar su obra a partir de la tuya en realidad te hace un bien y cumple al mismo tiempo una alta función social. Sobre todo si su crítica es negativa, porque no tiene otro propósito que el de ayudarte a ser mejor. Como los padres que golpean a sus hijos para corregirlos.

Yomero Pino, un crítico amigo, se burla de ti porque sus críticas públicas a tu obra las resientes de manera personal. “Lo que importa son los libros”, te dice sonriendo después de afear uno tuyo en una reseña cruel, “no el ego”. Pero si tú observas en privado que su prosa abunda en ripios y es anticuada, Yomero se ofende contigo y te deja entrever que su próxima reseña será aún más dura.

Y peor todavía si le reclamas, asimismo en privado, que a otros amigos igual de buenos amigos o de malos escritores no los critique tan perversamente como a ti. Pues entonces, ya sarcástico, Yomero te espeta: “No sé por qué te crees inatacable; ni que fueras Borges”. Y tú vacilas en responderle que él tampoco es Harold Bloom. Y que además Bloom, soberbio y caprichoso como solo un crítico se siente autorizado a ser, juzga que Borges, aunque grande, no es un creador.


¿Quién critica al crítico? No te animas a escribir contra Yomero inmediatamente después de que rebajó tu obra, para no parecer tan despechado como estás (o eso te dices). Tampoco escribirás contra él en una ocasión futura, para no malgastar tu tiempo en fruslerías (o eso te dices). Pero la verdad es que no lo criticas porque le tienes miedo. Porque esperas que su próxima reseña de algo tuyo sea benigna. Porque, sea o no sea un escritor frustrado, el crítico es sin duda un escritor frustrante.

martes, 26 de octubre de 2010

Así escribo Álvaro Uribe

Septiembre
Nexos
Álvaro Uribe

Sentado a la tosca mesa de cocina que me sirve de escritorio veo a mi izquierda una ventana de pared a pared, velada siempre por una cortina de gasa: afuera hay un patio insulso y, a cuatro metros de la mía, la ventana simétrica de los vecinos, también encortinada para brindarnos la mutua cortesía de la intimidad. Frente a mí, un clóset asimismo de un lado a otro de la pieza y además de suelo a techo sugiere, aunque sus puertas corredizas de madera estén ensombrecidas por un barniz mate, una hoja o más bien tres hojas en blanco. Esquinada entre la ventana y el clóset, una rústica mecedora aguarda con los brazos abiertos el instante caprichoso en que mi gata, hecha ovillo, soñará para mí que es musa. Mientras tanto, el vano de la puerta que rara vez cierro, a mi derecha, me deja mirar de reojo a un luminoso ventanal y, a lo lejos, el muro de una casa contigua sepultado por la hiedra y, detrás de ese torrente de verdes, la pirotecnia vegetal de un flamboyán en perpetua flor. Hacia acá de la puerta, una cajonera de pino da sostén a la impresora y a un atril de fierro en que descansa una canónica fotografía de Borges ya anciano, sonriente, ciego a ojos vistas, si el oxímoron vale, y con la zurda apoyada en un bastón: me gusta pensar que todo lo que hago le rinde homenaje, aun cuando esta idea se la deba no a él sino a mi no menos maestro Augusto Monterroso. Siento, por último, gravitar a mi espalda un librero copioso donde se van acumulando en consabido desorden los libros recientes, los libros útiles, los meros libros: uno de sus anaqueles, al alcance de mi mano si volteo apenas, aloja al Diccionario de uso del español de María Moliner, en que no se encuentra por cierto la muy borgesiana voz “oxímoron”. Así escribo.

Me abstengo, sin embargo, de escribir con un ojo puesto sin chistar en ese o en cualquier otro diccionario; a diferencia de algunos colegas prefiero que las palabras me vengan por sí mismas, y sólo corroboro su significado o su ortografía cuando al tenerlas ya en la punta de la pluma se antojan mentirosas. Pese a ser prosista, o quizá porque intento serlo, le otorgo valor supremo al sonido; me sé capaz de alterar el tiempo de un verbo, los matices de un adjetivo e incluso el nombre de un personaje con tal de que cierta frase sorda suene mejor. Y no estoy hablando de prosa poética ni mucho menos de poesía en prosa, subgéneros literarios que se me traban en la lengua y suelen parecerme desabridos. Hablo de prosa nada más prosa, como la quería Flaubert. De escribir en voz alta. De evitar redundancias y cacofonías y rimas inadvertidas e involuntarios versos, según espero haber hecho en los dos párrafos que llevo escritos hasta aquí.

El austrohúngaro Erich Weisz, mejor conocido como el estadunidense Harry Houdini, era un maestro en el arte de meterse en aprietos. “La celda acuática de tortura china” y “El tanque de leche”, sus dos actos más célebres, consistían diversamente en ponerle grilletes en los pies, colgarlo boca abajo, meterlo en una jaula cerrada con llave y sumergirlo hasta el fondo de una pileta llena de agua. Houdini tenía sólo tres minutos para escapar de esa ardua serie de trampas autoimpuestas, o bien morir. Sin el dramatismo ni por fortuna el peligro implícitos en tamaño espectáculo, yo al emprender cada libro, y cada parte de un libro, y cada página de cada parte, me enjaulo en una trama de reglas asumidas por mi propia voluntad. La premisa de mis restricciones deliberadas es que el párrafo debe ser a la prosa lo que la estrofa a la poesía. De ahí se derivan sencillas ordenanzas de composición, al estilo de: no emplear el punto y coma (o sí, según el caso), no repetir ningún verbo ni adverbio ni sustantivo ni sobre todo adjetivo (salvo cuando haga falta), no incluir el término definido en la definición (para respetar un precepto de la filosofía clásica), no repetir el ritmo ni la longitud ni la estructura de las frases sucesivas (aunque en ocasiones puede resultar interesante), no concluir siempre con palabras acentuadas en la misma sílaba (a no ser que se desee destantear al lector perspicaz), no abusar de los paréntesis (como hago ahora) y tantos otros mandamientos parrafales (por lo común negativos, a imagen y semejanza de los diez del Monte Sinaí) cuantos convengan a un texto en particular. Si se trata de una narración, hay que pensar además en el trazo de los personajes, en los límites precisos (o no) al punto de vista del narrador (o de los narradores), etcétera. Borges (otra vuelta Borges) dijo que con la edad había reemplazado las doctrinas estéticas por ciertas mañas literarias. Temo que ya alcancé esa edad. Una de las muchas diferencias esenciales entre mi oficio y el del escapista es que yo no tengo prisa.

Tampoco sé cuántas de mis manías obedecen al hecho atávico de que escribo a mano. Con un bolígrafo de los más corrientes, que en el siglo pasado se llamaban “plumas de a peso”. En hojas sueltas de papel blanco y sin rayas que sólo ennegrezco por una cara. La verdad es que paso mucho más tiempo fantaseando —mientras miro a mi gata ovillada en la musadora o a las hojas inéditas del clóset o a las inalcanzables flores del flamboyán— que escribiendo. La verdad es que sólo empiezo a escapar de mi jaula voluntaria cuando por fin llega el día de transcribir los párrafos a la computadora. La verdad es que me gusta menos escribir que haber escrito. Y entonces, ya fuera del tanque de agua y envuelto en una muda de ropa seca, morosamente corregir.