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miércoles, 18 de abril de 2018

Octavio Paz: entre el México que se crea y el poeta que se inventa

18/Abril/2018
La Jornada
Javier Aranda Luna

Decía Nadine Gordimer que a la luz de todo lo que Octavio Paz escribió, todos los que hemos leído su obra recibimos su luz. El suyo, decía, fue el arte del poeta arquero, que va directamente al corazón y al espíritu, donde es uno el centro del ser.

De esa luz, de ese magnetismo en la obra de Octavio Paz hablé con Carlos Monsiváis dos años antes de su muerte, mientras caminábamos por los patios del Antiguo Colegio de San Ildefonso, donde ambos habían estudiado. Ahora que se cumplen dos décadas del fallecimiento del poeta rescato un fragmento de esa conversación:

–Todo gran escritor al tocar una gran literatura nos obliga a leer esa gran literatura porque la sospecha inmediata es no lo he leído bien, tengo una deuda conmigo.

Las trampas de la fe es un libro maravillosamente escrito con grandes desafíos, con provocaciones que están ahí como un recuerdo de que periódicamente hay que volver a Sor Juana porque ella esencializó el triunfo de la literatura en medio de la opresión más pavorosa.

–¿Te ocurre lo mismo con ese otro gran libro que es El laberinto de la soledad. Supongo que no compartes todos sus puntos de vista. ¿Cuándo lo leíste por primera vez?

–Estaba yo en tercero de secundaria y llegaba a un monumento, lo leí con tal devoción que no me dejo mayor huella. Cuando empecé a leerlo con más sistema en la universidad, me di cuenta de que eran pronunciamientos con los que se podía o no estar de acuerdo. En las varias lecturas que he hecho de El laberinto de la soledad he comprobado que los puntos de vista no me persuaden o no me seducen en muchísimos casos pero siempre estoy atento al discurrir de una mente que está hecha, está formada en la convicción de que la prosa es una responsabilidad moral y la literatura un instrumento analítico insuperable.

–Más allá de tu lectura, cómo se ha leído este libro que ha causado repulsa y entusiasmo pero que con los años se ha convertido en un clásico de la literatura mexicana.

–Se ha leído de varias maneras: se leyó como una Biblia inesperada del conocimiento sicológico, sociológico, intimista del mexicano; se leyó como una gran exhibición de maestría prosística; se leyó como un disparate del nacionalismo romántico, se leyó como una lectura muy equivocada de la historia, se leyó como una indagación en lo que entonces funcionaba que era la antropología del mexicano, la búsqueda del ser o la fijación de la identidad pero hecha sin tomar en cuenta todos los elementos de las represiones, las opresiones, la miseria, etcétera. Se ha leído de varias maneras hasta que se volvió un clásico: es decir, algo que se lee para ratificar lo que uno ya sabía lo que es un clásico, donde lo fundamental es la verdad de la prosa, no la estricta verdad de cada uno de los pronunciamientos.

–Más allá de eso, ¿qué rescatas de El laberinto de la soledad?

–Lo que rescato del Laberinto es la audacia intelectual de ver al país como un solo trazo, como un solo horizonte  interpretable a la luz de una prosa que quiere ser poética y a la luz de una obsesión de alguien que piensa que el país es una unidad lo suficientemente destruida y construida como para que él pueda acercarse a ella y obtener al mismo tiempo la fragmentación y la unidad.

–¿Volverás a leerlo?

–Siempre lo estoy leyendo: ...México es todavía un proceso. Está vivo y va del tres al cuatro pero no se queda en ninguno de los dos. ¿Se busca? No: se inventa, se crea.

miércoles, 7 de junio de 2017

Juan Goytisolo: la literatura como rebeldía

7/Junio/2017
La Jornada
Javier Aranda Luna

Juan Goytisolo estaba seguro de que las obras más enjundiosas y ricas de los últimos años se las debemos a la lectura moderna de Cervantes y Góngora hecha por Borges y Lezama Lima, gracias a la cual se produjo la espléndida floración novelesca de los años sesenta y setenta. Y decía más en un ensayo publicado en el número 207-208 de la revista Quimera:

Pero los escritores jóvenes del Nuevo Mundo no parecen estar a la altura de sus maestros.

En un ambiente donde la cortesía se ha confundido con la cortesanía y la crítica literaria se ha convertido en un engrane más del mercado de libros, razonar en la plaza pública de esa manera no parecía ser la mejor forma de hacerse de amigos.

Pero a Juan Goytisolo le importaba más el amor por la verdad, razonando en voz alta, que la verdad sospechosa. Sabía, como su amigo Octavio Paz, que para ejercer la crítica debía aprender a ser impopular. Cortarse las uñas y limarse los dientes a la hora de ejercer la crítica sirve para mantener esa zona de confort donde las amistades florecen y los cocteles se multiplican, pero hacen del escritor un equilibrista que va de un lado al otro sin decir nada.

En un ensayo publicado en el volumen Contra las sagradas formas volvía sobre el asunto: la proliferación de obras mediocres y de reseñas que las ponen por las nubes han creado un océano de conformismo y mal gusto...

Para Goytisolo, quien falleció a los 86 años el pasado 4 de junio en Marrakech, al poder arrasador del mercado y de los consorcios editoriales que sólo quieren aumentar sus ventas, se añade la colaboración, de ordinario interesada, del gremio de los reseñadores literarios, cuyo aval a esa mercadotecnia, ya sea por incompetencia o servilismo completa la operación de vender altramuz por pistacho al ciudadano convencido de adquirir una obra maestra cuando ésta es solamente un refrito de materiales caducos y que incluso huele mal. Y vaya que Goytisolo conocía la industria del libro: desde su posición como asesor editorial de Gallimard debe haber visto más cosas entre el cielo y la tierra del mundo libresco que las que podamos imaginar.
El jurado presidido por Álvaro Mutis justificó el reconocimiento a Goytisolo por ser un autor que transita entre el ensayo creador y una narrativa habitada por la poesía, pero también porque en el escritor importa no sólo la dimensión de su literatura sino su talante de hombre rebelde, intempestivo y crítico.

Pero Goytisolo no sólo se opuso a los modelos autoritarios de cualquier tipo y apostó por la tolerancia. También rescató la obra de otros heterodoxos marginados por la tradición literaria. Significativamente por la obra de José María Blanco White y Francisco Delicado.

No conozco mejores acercamientos al fenómeno migratorio que los hechos por Goytisolo. Más puntual que la Academia y los expertos nos mostró en bastantes ensayos esta verdad de oro que extrajo de Las mil y una noches y que define el ir y venir de hombres y pueblos enteros más allá de sus fronteras: El mundo es la casa de los que no la tienen.

Imposible no mencionar sus lecturas sobre Las mil y una noches ni su discurso al recibir el Premio Cervantes cuando señaló, sin pelos en la lengua, que la Academia más que preocuparse por localizar los huesos del autor del Quijote para comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, debería sacar a la luz los episodios oscuros de su vida.

¿Cuántos lectores del Quijote, dijo, conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?

Decenas de novelas, reportajes, ensayos, poemas, atravesados por la vida real le deparan una presencia constante entre los indignados y los rebeldes, y entre quienes vean en la literatura una Odisea.

miércoles, 24 de mayo de 2017

El verdadero misterio de Rulfo

24/Mayo/2017
La Jornada
Javier Aranda Luna

Gabriel García Márquez llegó con su familia para establecerse en Ciudad de México el martes 26 de junio de 1961. Lo esperaba su amigo Álvaro Mutis. Cuando Gabo le preguntó a Mutis qué obras mexicanas debía leer, éste le trajo dos libros y le dijo: Léase esa vaina, y no joda, para que aprenda cómo se escribe. Eran Pedro Páramo y El llano en llamas.

El hechizo de su más alto grado de seducción volvía a repetirse. Era el mismo que había conocido a los nueve años cuando leyó Las mil y una noches; el mismo que le provocó a los 20 en Bogotá La metamorfosis y a los 22, en Cartagena, la obra de Sófocles.

Por eso dijo años después que “si yo hubiera escrito Pedro Páramo no me preocuparía, no volvería a escribir nunca en mi vida”.

En 1961 García Márquez tenía 34 años, había publicado La hojarasca y estaba por aparecer El coronel no tiene quien le escriba. Rulfo tenía 44, habían pasado ocho años desde la publicación de El llano en llamas y seis de la que sería su primera y última novela, Pedro Páramo.

García Márquez ya había sobrevivido como corresponsal varios años con un salario de miedo y Rulfo ya había sido oficinista de migración, vendedor de llantas, publicista, guionista y empleado de Televicentro en Guadalajara.

Aunque en los años 60 la soberanía del dinero no había alcanzado a la industria editorial como para que los autores se plantearan la posibilidad de publicar uno o dos libros al año como actualmente ocurre, en los círculos literarios el silencio de Rulfo ya era tema de conversación. Y como el autor de “El llano en llamas no publicaba” ni hablaba de publicar más cuentos y novelas se empezaron a crear leyendas, hipótesis descabelladas, revelaciones insólitas.

De una de ellas dio cuenta el poeta José Emilio Pacheco en una de sus espléndidas crónicas literarias publicada en la revista Proceso en agosto de 1977. Sostenía que Rulfo había entregado al Fondo de Cultura Económica un mamotreto casi inmanejable de más de mil páginas que el poeta Alí Chumacero había recortado, ordenado, compactado e hilvanado.

La versión clandestina era falsa y como prueba de ello Pacheco retomó unas palabras que Chumacero había escrito a propósito de Pedro Páramo: una desordenada composición que no ayuda a hacer desde la novela la unidad que, ante tantos ejemplos que la novelística moderna nos proporciona, sea de exigir de una obra de esta naturaleza.

Las nuevas técnicas narrativas utilizadas por Rulfo en Pedro Páramo fueron motivo de críticas, pero también de entusiasmos. Mariana Frenk Westheim no dudó en traducirla al alemán de manera inmediata y la publicó a finales de 1958 en la legendaria editorial Verlag; un año después la publicó en francés Gallimard y en inglés Grove Press.

Para muchos el misterio de Rulfo fue su silencio, el conformarse con haber publicado sólo dos libros, pero el verdadero misterio es, me parece, que un libro de cuentos y una novela puestos a circular hace más de medio siglo le hayan bastado para asegurarse un sitio de privilegio en la literatura. La lucidísima Susan Sontag no dudó en considerar a la novela de Rulfo un clásico de la literatura y García Márquez comentó que Pedro Páramo si no es la más importante sí (es) la más bella de las novelas que se han escrito jamás en lengua castellana.

Si el tema de Pedro Páramo es el regreso, la trama interna de la novela es la huida, la migración forzada por el hambre y la violencia. Si Pedro Páramo es el cacique de Comala, que deja un mundo miserable, los nuevos autócratas son los narcos que se apoderan de municipios y regiones. Todo México es Comala, ese infierno donde arde la tierra como comal en el brasero. Todos los días hablamos con los muertos, con los que fueron arrebatados en forma anticipada y violenta como Miriam Rodríguez que buscaba justicia por el asesinato de su hija o el periodista Javier Valdez por buscar la verdad.

La soberanía del dinero, el poder tangible, que lo mismo hechiza a funcionarios de primer nivel que al peladaje es el Atila que con los cascos de sus caballos desertifica la tierra.

Rulfo fue un un maestro en la técnica literaria pero sobre todo tuvo el genio para contarnos la odisea que significan las migraciones. Es un tema que conocemos desde la antigüedad y no ha cesado. Los migrantes que dejaron todo para sobrevivir cuando regresan sólo encuentran ruinas y escuchan susurrar a los fantasmas.

Convertido en fantasma como los habitantes de Comala, Juan Rulfo sigue tan presente como ellos. Tan actual como cuando conversamos con los muertos en ese páramo que a veces nos entregan los sueños.


viernes, 19 de mayo de 2017

Poniatowska: la crónica que nos falta

19/Mayo/2017
La Jornada
Javier Aranda Luna

En julio de 1981 tres estudiantes universitarios tocaron a la puerta de Elena Poniatowska. La buscaban para pedirle –gratis– una colaboración para una nueva revista, pero no sólo eso. Le pidieron además, en un exceso de osadía, un cheque para apoyar su proyecto editorial. Después de escuchar al trío y preguntarles algunas cosas les regaló una espléndida sonrisa, un libro a cada uno, les prometió un texto y les extendió un cheque. Ya afuera de su casa, sentados en una de las bancas cercanas a la iglesia de Chimalistac, no dábamos crédito a nuestra buena fortuna. La escritora que admirábamos por La noche de Tlatelolco nos sorprendió aún más por su generosidad, rasgo que cada día ha acentuado con los años.

Elena Poniatowska descubrió a partir de su libro La noche de Tlatelolco, lo que escribió Gustave Flaubert a Louise Colet en una carta de 1852, donde afirma que la pasión no hace los versos o las novelas: cuanto más personal seas más débil serás... cuanto menos se siente una cosa, más apto se es para expresarla como es... pero es necesario tener la facultad de hacérsela sentir. Elena quien se apasiona por causas y personas sabe desprenderse de ellas a la hora de escribir... para que las sintamos.

La noche de Tlatelolco es una de las crónicas más crudas sobre ese año oscuro de nuestra historia y sin duda la más eficaz porque tatuó, en nuestro imaginario colectivo, el sentido profundo de esa fecha ominosa. Su crónica se la ha hecho sentir a miles de lectores desde su primera edición y no ha dejado de hacerlo con los jóvenes de ahora para quienes 1968 suena a una época remota. Cada año que pasa desde su publicación, ese coro de voces con la que está armada su crónica, nos hace sentir lo terrible de esos días de sangre tan similar a los nuestros. No me sorprende que tan fácil haya trascendido las fronteras de los idiomas. Los indignados de París o Nueva York, Berlín o Tienanmen son similares a los de Chile, Madrid o Buenos Aires.

A diferencia de Salvador Novo, quien recibió galardones y diplomas y tuvo el privilegio de que su calle llevara su nombre en el sexenio de Díaz Ordaz, Poniatowska no aceptó el Premio Xavier Villaurrutia por La noche de Tlatelolco. Y a diferencia de varios intelectuales que ante la crisis han buscado en estos años tener doble nacionalidad, por si acaso, Poniatowska se naturalizó mexicana en 1969, unos meses después de la matanza en la plaza de Las Tres Culturas. Poniatowska y Novo, cada quien a su manera, dieron la razón de nueva cuenta a Flaubert: los honores deshonran y los grados degradan.

Dice su hija Paula que cuando era niña el tecleo de la máquina de escribir la tranquilizaba. Sabía que su madre estaba allí y que acudiría con ella cuando se lo pidiera.

Escribir para Elena no ha sido un ejercicio monástico. Escribe, recibe gente todos los días en su casa, asiste a marchas, reuniones y cuando era joven se llevaba a su hijo Mane a Lecumberri, donde entrevistaba a los presos políticos. Hoy sus hijos y sus nietos entran y salen de su casa como tantos periodistas, activistas, escritores, artistas y amigos que recibe siempre con una sonrisa y los invita a sentarse en sus sillones amarillos.

Nunca he sabido cuántos libros tiene, pero seguramente su hijo Felipe pueda darnos una respuesta después de haberlos clasificado.

Muchos años se le regateó el título de escritora a Poniatowska porque sus crónicas sólo eran periodismo, como si la calidad literaria se midiera por géneros. No sé qué pensarán ahora esos críticos después de que le entregaron los premios Cervantes y Rómulo Gallegos y de que el Nobel de Literatura se lo otorgaran a la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich por sus crónicas de Chernobyl, armadas con la misma técnica que utilizó Poniatowska casi 30 años antes en La noche de Tlatelolco.

Y así como a Poniatowska no le ha preocupado su clasificación dentro del canon literario, tampoco le ha importado alcanzar esa asepsia intelectual que muchos prefieren para mantener sus zonas de confort en este país donde se ha instalado la soberanía del dinero. Es común que muchos escritores en las épocas electorales le recuerden a los periodistas que les preguntan por sus preferencias que el voto es secreto. Pero Poniatowska, como Carlos Monsiváis o Sergio Pitol, siempre ha asumido frente a sus lectores sus preferencias políticas. No sólo eso en el caso de ella. Por momentos se ha convertido en activista incesante.

En las elecciones de 2006 que Felipe Calderón ganó haiga sido como haiga sido, según su refranero individual, el activismo de Poniatowska fue tal que provocó un alud de vocingleros en su contra. En radio, televisión y en muchas columnas de los principales diarios golpear a Elena fue casi un deporte. Y fue tal la campaña de odio contra ella que se envalentonaron esos grupos neofascistas que emergen cuando sienten que el ambiente es propicio. La amenazaron de muerte, la insultaron en la calle, arremetieron contra su automóvil. Fueron días terribles que padecieron y enfrentaron ella y sus hijos.

Ningún escritor, con excepción de Octavio Paz, había sido atacado con tal virulencia como Poniatowska.

Recuerdo que esos días le comenté a Monsiváis, mientras caminábamos un sábado por la Plaza del Ángel, que temía que su activismo afectara de manera decisiva su trabajo literario. No me refería a la intención política de sus crónicas y ensayos sino a la pérdida de lectores.

Ha sido tal la actividad política de Elena que creo que ahora sí le va a costar.

No Javier, escucha lo que te voy a decir: Elena saldrá fortalecida. Lo verás.

Y vaya que salió fortalecida: en 2007 recibió el Premio Rómulo Gallegos, el Premio Biblioteca Breve por su biografía novelada de Leonora Carrington en 2011 y el Premio Cervantes en 2013.

De las muchas crónicas y novelas que Elena Poniatowska ha escrito sobre ferrocarrileros, soldaderas, activistas, presos políticos, artistas, nos debe una en la que ya lleva trabajando varios años: la crónica de los Poniatowska, el cuento de su vida.

Ahora que cumple 85 años a algunos de sus lectores no les basta saber que es descendiente de Catalina la Grande –la más culta jefa de Estado de la historia–, ni que estudió en El Sagrado Corazón de Filadelfia; tampoco que se inició en el periodismo en 1954, ni que algunos de sus libros han sido ilustrados por Leonora Carrington, Alberto Beltrán o Diego Rivera; tampoco que recibió el premio Mazatlán dos veces o que los temas constantes de sus obras han sido la ciudad de México, las mujeres, la vida menuda que transcurre en la calle, las luchas sociales, las vidas de artistas como Leonora Carrington o Tina Modotti. No son suficientes los trazos autobiográficos que nos ofrece en La flor de lis, Paseo de la Reforma o Lilus Kikus. Sus muchos lectores que creen conocerla siempre se encuentran con una nueva sorpresa en las líneas de sus textos.

No imagino con qué nos sorprenderá cuando leamos al fin esa gran crónica de sus orígenes y sus días porque su prosa magnética siempre está llena de sortilegios.

Gracias Elena por tanto y durante tanto.



miércoles, 15 de febrero de 2017

Sabines: el escribano de la vida

15/Febrero/201
La Jornada
Javier Aranda Luna

¿ Por qué el amor no pasa de moda? Lo ha querido devorar el mercado y ha hecho que muchas de nuestras relaciones sean efímeras. Efímeras como la moda: su tema es el olvido, el se acabó, el ya no más, el que sigue. Palpita en su corazón la fecha de caducidad. Los amores de temporada, de ocasión, pasan como los globos que inundan tiendas y restaurantes en estos días pero se desinflan en unas horas. Hay otros como el de La Sulamita, que son como un sello en el corazón, como una marca sobre del brazo; incluso son constantes más allá de la muerte.

Hace casi siete décadas fue publicado, en una edición marginal, uno de los poemas más excepcionales de la lengua española contemporánea. Excepcional porque el fulgor de su llama no cesa; porque su autor no se la pasó haciendo lobby en el circo literario para subsistir y, más aún: porque su autor se metió a la política, ese desbarrancadero donde los prestigios literarios suelen sucumbir.

Ese poema lo editó el Departamento de Prensa y Turismo de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en el ya remoto año de 1950. Su autor era un joven desconocido de 24 años que había empezado a publicar en un periódico preparatoriano de nombre El estudiante. Los amorosos fue el último poema incluido en la pequeña plaquette que llevó por título Horal y que no apadrinó ningún notable, ni impulsó premio literario alguno.

Jaime Sabines, su autor, había desechado 46 poemas de ese pequeño libro escrito en 1949 y que corrigió varios días en la imprenta, según consta en una carta que el poeta dirigió a Josefa Rodríguez, Chepita, quien sería la mujer de toda su vida. Los amorosos, cartas a Chepita da cuenta del estado de ánimo del poeta al escribir como loco los versos de Horal durante varias noches de insomnio.

Apunta en su correspondencia del 9 de abril de 1949: ... te he estado haciendo poesías como una máquina. Algún día te enviaré lo que me guste. Así voy a terminar en un industrial del verso. Sabines y Cia. Versificación S.A. Y en estas otras líneas, fechadas el 12 de abril del mismo año, no deja lugar a duda de que la inspiración del poeta es su corresponsal: Eres todas las cosas que me faltan, todas las que no tengo. Como esa música del radio: invisible, presente y fugitiva.

Sabines siempre escribió de un impulso de la primera a la última línea. Quizá, nos dice Aurora Ocampo, porque escribía con las entrañas. La forma le importaba, claro, pero más el fluir de la sangre.

Sólo tres poetas contemporáneos se han arraigado fuertemente, según Carlos Monsiváis, al repertorio popular después de ese prodigio que fue y sigue siendo Amado Nervo: Pablo Neruda con su ya clásico Puedo escribir los versos más tristes esta noche; Federico García Lorca con esa historia también nocturna en la que el poeta nos confiesa, con el ritmo del octosílabo, Y yo que me la llevé al río... y Jaime Sabines con uno de los poemas que han repetido por lo menos cinco generaciones de lectores y que incluso analfabetas han aprendido de memoria: Los amorosos.

Por eso no me extraña que el poeta haya llenado Bellas Artes y la Sala Nezahualcóyotl con miles de jóvenes cuando cumplió sus 70 años. No necesitó más escenografía que una mesa, una silla y una lámpara para decir sus versos; para demostrar, sin proponérselo, que en aquellos y estos días de amores líquidos y sin compromiso, el poeta sigue siendo la voz de la tribu, como quería José Emilio Pacheco; que el amor es algo más que agua suelta.

¿Por qué Sabines enraizó tan pronto entre nosotros y lo ha hecho durante tanto tiempo? ¿Porque canta en Do de pecho?

Más que poeta, Jaime Sabines se decía escribano de la vida y como escribano exploró como pocos el dolor, la muerte y el amor. Abrevó en ese mar de las emociones que es en realidad el palpitar del mundo.

Octavio Paz decía que para el poeta chiapaneco todos los días eran el primer y el último día del mundo. Es cierto: escribir desde ese límite cambiante le permitió mostrarnos de manera involuntaria que la pasión, si es de un poeta, forma parte de la vida de todos.

En estos días de amores líquidos que fluyen sin compromisos, acercarnos a poetas como Sabines para escuchar en sus versos ese rumor antiguo que produce la sangre y nos palpita en las sienes es reconciliarnos con esa llama viva que aún nos hipnotiza, nos llena de ánimo y nos ayuda a caminar en estos tiempos de penumbra.

miércoles, 25 de enero de 2017

El sol de Carlos Pellicer

25/Enero/2017
La Jornada
Javier Aranda Luna

Se ha escrito mucho sobre el espíritu universal del grupo Contemporáneos. Lo tuvieron, es cierto, pero no fueron los únicos: otros grupos muy distantes y distintos a su estética, como el grupo de los Estridentistas, también abrieron sus ventanas para alimentarse con otras atmósferas.

También se ha escrito que no les interesaban mucho los asuntos públicos. Eso igualmente es inexacto: ser funcionario en un régimen también es interesarse en la cosa pública y no sólo eso: participar en ella.

Pero si Salvador Novo llevó al extremo su asimilación al régimen en los oscuros años de Díaz Ordaz (su cercanía al Príncipe le facilitó al parecer el Premio Nacional de Literatura, el encargo de hacer el guion artístico y cultural de las Olimpiadas y lo obligó a justificar la masacre de Tlatelolco), otros miembros de este grupo sin grupo fueron burócratas de buen nivel y mucha eficacia.

El mejor ubicado en la plantilla de la alta burocracia fue, sin duda, el poeta Jaime Torres Bodet. Fue subsecretario y secretario de Relaciones Exteriores y dos veces secretario de Educación Pública: una en el régimen de Manuel Ávila Camacho y otra en el de Adolfo López Mateos.

Y vaya que Torres Bodet participó en la cosa pública en materia de educación: tomó la estafeta de José Vasconcelos al reimpulsar las campañas de alfabetización, lanzó una Biblioteca Enciclopédica Popular, construyó escuelas y entre ellas la Escuela Normal Superior y el Conservatorio Nacional. Fundó la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito y construyó dos museos fundamentales: el Nacional de Antropología y el Museo de Arte Moderno.

Debo señalar que también hubo un escritor en Contemporáneos que se distinguió de ese grupo de soledades por más de una razón: por su estética, que a decir de Octavio Paz lo convirtió en el primer poeta moderno de México, y porque nunca dudó en aventar el escritorio y remangarse la camisa para participar directamente en la vida social: Carlos Pellicer. Por esos motivos podríamos decir que fue el escritor el menos contemporáneo de Contemporáneos y no precisamente a causa de su edad.

Con el jovencísimo Daniel Cosío Villegas, Pellicer visitó varias vecindades de Peralvillo para compartirle al peladaje el evangelio de la lectura.

Debe haber sido un espectáculo ver y escuchar al tabasqueño recitar versos propios y ajenos en los patios de aquellas lúgubres vecindades para cautivar a sus habitantes con la sonoridad de los poemas y decirles que sólo por eso convenía leer: por contar y cantar o por poder escuchar en silencio a otros que ya lo habían hecho.

Pellicer formó parte de las brigadas creadas por José Vasconcelos para sus famosas misiones culturales. Así recorrió buena parte del país. Y tal vez por ese contacto con la gente y no con las estadísticas, no le tembló la voz para cantar en honor a Morelos y no dudó en escribir esas líneas al Che Guevara, la llama andante de la Revolución... la llama en la mano de todos nosotros.

Y así como cantó al revolucionario emblemático, cantó a Martí (tu retrato honra mi casa) y a Frida Kahlo con tres sonetos prodigiosos que son además una fecunda profecía: siempre estarás sobre la tierra viva,/ siempre serás motín lleno de auroras,/ la heroica flor de auroras sucesivas.

Maestro de escuela en la secundaria 4. Evangelista de las letras, como apunté arriba, Carlos Pellicer nació hace 120 años y hace 40 murió y sus poemas aún retumban en nuestras orejas: Ser flor es ser un poco de colores con brisa/ La vida de una flor cabe en una sonrisa.

El poeta del trópico que pedía Que se cierre esa puerta que no me deja estar a solas con tus besos, estudió también museografía en la Sorbona y la Casa Azul de Frida Kahlo, el Museo de la Venta en Tabasco y el Anahuacalli dan cuenta de cómo quiso ordenar el pasado para acercarnos a él.

Pocos poetas dicen y hacen y Carlos Pellicer, el amigo de Diego Rivera que construyó la última pirámide de la historia, fue uno de ellos. A diferencia de otros, como Novo, nunca abjuró de su amistad con Diego y Frida.

Qué privilegio contar con su poesía reunida por Luis Mario Schneider en 1981 y con un heredero como su sobrino Carlos Pellicer López, que ha organizado el archivo del poeta como no siempre ocurre.

Uno de los alumnos de Pellicer en la emblemática preparatoria de San Ildefonso, Octavio Paz, ha escrito algunas de las páginas más luminosas sobre su maestro al hacernos ver que en sus versos nunca aparece la conciencia y la reflexión: es un poeta, nos dice Paz con exactitud, que no razona ni predica: canta.

Decía Octavio Paz que nuestro primer poeta realmente moderno fue Carlos Pellicer: cuando sus compañeros de generación aún merodeaban en la retórica de González Martínez o seguían encandilados por el esplendor moribundo del simbolismo francés, Pellicer echa a volar sus primeras y memorables imágenes, con la alegría de aquel que regresa a su tierra con pájaros nunca vistos.

La poesía de Pellicer que canta y cuenta nos hace ver todos los pliegues que dan forma al mundo. Por eso miramos con asombro antiguo la fuerza hidráulica del nopal que multiplica su imagen o al Usumacinta: aquel hondo tumulto de rocas primitivas por donde transcurre el agua.

A ese poeta debemos uno de los mejores acercamientos a lo mexicano: el pueblo mexicano tiene dos obsesiones: su gusto por la muerte y su amor a las flores.

No sorprende que haya escrito que todo lo que yo toque se llenará de sol. Carlos Pellicer fue y sigue siendo un poeta solar.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Hugo Gutiérrez Vega, el poeta trashumante asido a la esperanza

30/Septiembre/2015
La Jornada
Javier Aranda Luna

Se fue el poeta con su casa de humo, con sus versos sobre las personas pequeñas y que huía del canon de lo grandilocuente. El poeta viajero que llevó el pasillo con macetas de su abuela a todas partes. El poeta de travesías imposibles de seguir porque sus viajes eran viajes interiores y su Grecia era sólo suya con diosas de la antigüedad y putas de todos los días. Se fue el poeta a quien la vida derramó su cornucopia sobre sus zapatos; el poeta de un auto, dos trajes, 10 pañuelos y que podía comprarse corbatas nuevas y vivir en un modestísimo departamento de Copilco.

Entrevistar a Hugo Gutiérrez Vega para la televisión era una tarea casi imposible. Tan reducidos eran los espacios de su departamento que había que mover sillas, mesas y valerse únicamente del equipo indispensable. Pero cómo cambiaba el espacio cuando llegaba el poeta. Las paredes se expandían con una carta de Alberti, con la dedicatoria de un libro de Monsi, su amigo, su cómplice de tantos años.

–¿Cuándo se conocieron?

–Aunque suene imposible, en un concurso de oratoria. Los dos éramos muy jóvenes.

Añade que Carlos era comunista y yo presidente del Consejo Juvenil del PAN.

–Un milagro.

–Un milagro muy fructífero para mí.

Una de las ramas más excéntricas de la poesía mexicana contemporánea la impulsó Renato Leduc. Con viejas formas inauguró nuevos caminos para la sensibilidad poética: ¿Quién no insinuó a su prima con violetas / u otra flor, esperanzas tan concretas/ cual dormir una noche entre sus tetas? Pareciera que Leduc se acerca a los grandes temas para demolerlos a carcajadas o desgranar su profundidad desde la cotidianidad de las cosas. Sólo así entiendo su Prometeo sifilítico y esa reflexión sobre el tiempo que se hizo canción y devoró al poeta.

Hugo Gutiérrez Vega viene de esa tradición donde los poetas se expresan con las palabras de todos los días y donde el humor fija imágenes: ‘Yo seguiré representando mi farsa/ Quédate en la tribuna aquilina/ y que una trompeta ronca/ te despida del planeta./ Desde la fosa común te saludaré con mi corbata./ Hasta tu mausoleo llegaran mis proyectiles:/ pasteles de crema,/ helados de frambuesa”.

Para Monsiváis Gutiérrez Vega fue un romántico y un irónico demoledor de dogmas y pretensiones. Renuncia al despliegue de los recursos heredados del saber neoclásico... y de la tradición rápidamente determinada por la obra del grupo Contemporáneos.

El alimento del poeta es la vida de todos los días. Su música, la que se escucha en la calle. De allí su tono de confianza intimista que lo mismo da para ironizar sobre el paso de los días que para burlarse de sí mismo. Yo nací en un mundo tan solemne,/ tan lleno de conmemoraciones cívicas,/estatuas,/ vidas de héroes y santos,/ poetas de altísimas metáforas/ y oradores locales,/ en la ciudad que tiene siempre puesta/ la máscara de jade y de turquesa/ y como ahí nací/ debería callarme el hocico/ y pintar solamente en los retretes.

Como puede verse en su poesía reunida en Peregrinaciones 1965-2001, Hugo Gutiérrez Vega refrendó de manera constante su compromiso de hablar claro, digamos sin repostería literaria, del milagro que se encuentra en la vida menuda. Lo sorprende un haz de luz, una luna en Salamanca, una película, un cómic, un gato, la vida de una puta, un ajetreo de pájaros en una rama de pirul.

Foto
Durante las exequias del poeta Hugo Gutiérrez Vega (1934-2015), esta fotografía estuvo colgada en la pared tras el féretro; luego, la familia se tomó una selfie rodeando la foto y el ataúd; en esa imagen, el entonces embajador en Grecia y su hija Mónica, fallecida hace algunos años, posan frente a un antro griego: The CatFoto Pablo Espinosa
Y esa constancia de vida fijada en los poemas es la voz de la tribu porque, escribe Gutiérrez Vega, mis palabras son tuyas y de todos./ Lo único que hace la poesía es cantar lo que a todos pertenece.

La labor del poeta entonces es contar y cantar, dejar constancia de lo vivido. Pero lejos del tono heroico (muchos escriben para levantar el pedestal que los hará visibles dentro de mil años) el poeta se vale del humor y de la ironía para elaborar su bitácora.

El autor de Una estación en Amorgós no sólo huye de los aspavientos literarios; también huye, como ha escrito Monsiváis, de los temas consagrados. Véanse si no los Poemas para el perro de la carnicería o la ya famosa Oda a Borola Tacuche de Burrón, de la que tomo estas líneas: Esta ciudad desparramada y rota tiene en usted, Borola, la cumbre de la risa exasperada; los chorromillonarios (veo a Cristeta, Boba Licona y al sofocado Pierre) evitan que el encomio boroliano se vista de colores maniqueos.

Para Gutiérrez Vega no hay tema intratable. Y el aguijón de su ironía fustiga con frecuencia, como he dicho, al propio poeta: ...perdón por este balar en primera persona.

El pasado 30 de julio visité a Hugo Gutiérrez Vega por última vez en su pequeño departamento. Lo acompañaba su inseparable Lucinda, su compañera de tantos viajes y de la vida. El poeta me repitió entonces cuánto extrañaba a su amigo Carlos Monsiváis, sus análisis del día a día, sus lecturas extravagantes, su devoción por La Biblia del oso, que no es otra que la de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, dos perseguidos políticos si somos exactos, y que se la había inoculado por su sonoridad del siglo de oro.

Le pregunté que si seguía pensando que el lenguaje del poeta, siendo un lenguaje de poder, era un lenguaje político y me repitió lo que me había dicho tiempo atrás: que el lado opuesto del lenguaje del poeta era el lenguaje del político. Ambos son poderosos por sus consecuencias, pero uno nos acerca a la vida y el otro, por lo general, nos aparta de ella.

–¿Por qué escribir entonces en un mundo donde la política todo lo permea?

–Por necios o atolondrados o porque en el balance final el poeta cree, como Camus, que existen en el hombre más motivos de compasión que de odio.

Se fue el poeta con su casa de humo, el escritor trashumante de los viajes interiores y las travesías por el mundo. El poeta del decir sencillo que nos acercó, a veces con el estilete de la ironía, al misterio de las cosas. Dejó lugares, personas amadas, sillas hospitalarias, las tazas del café de la mañana y tal vez gran parte de su corazón se quedó en esta isla de condominios donde lo conocimos.

Estas son las últimas líneas de Antes de partir: “Esposa, amiga, amante de siempre, tú la más fuerte de esta casa de humo, señala el rumbo. Yo apenas puedo hacer los movimientos necesarios para alejarnos. Nos sostienen los días aquí pasados, las cosas descubiertas en las amanecidas o bajo la luz de la luna, de todos los veranos, y este amor asido al ‘árbol de la esperanza’”.

miércoles, 8 de julio de 2015

Gustavo Sainz y la novela como una máquina de preguntas

8/Julio/2015
La Jornada
Javier Aranda Luna

En 1966 Salvador Novo vio en su primer libro el inicio deuna carrera llena de promesas y el crítico Emmanuel Carballo una obra que rompe la manera mexicana de novelar. Hoy, de los poco más de 20 libros que publicó, y que algunos llegaron a sorprender a Octavio Paz y Carlos Fuentes, sólo se encuentra uno en librerías. Los demás viven en los anaqueles de las bibliotecas públicas o en las librerías de viejo.
Novo y Carballo se referían a Gustavo Sainz y a su primera novela,Gazapo, publicada en 1965, en la legendaria Serie del Volador de la editorial Joaquín Mortiz. Sainz, José Agustín y algunos escritores más ofrecieron a los lectores nuevas temáticas y nuevas formas de contarnos historias. Hacer novelas con los modelos del siglo XIX no les interesaba. La novela de la revolución que era su herencia no les servía a un par de jóvenes de ciudad para contar sus historias.
Sainz quería escribir Gazapo a los 19 años. Tanto le obsesionaba que tenía en la cabeza varios títulos. Menciono dos: Muchachos volando por la ciudad y Los perros jóvenes. La aparición de La ciudad y los perros, de Vargas Llosa (el más radical experimento con el lenguaje, según Sainz) le hizo desechar ese nombre. Se decidió por gazapo por la ambigüedad de la palabra. Significa cría de conejo y también disparate, embuste, mentira. Eso era su novela, pues la literatura es la zona franca de la mentira.
Las primeras 25 páginas que llevaba escritas las publicó enCuadernos del viento como fragmento de novela. Lo contactó el editor Joaquín Mortiz y le ofreció publicar su libro apenas lo terminara. Cuando al fin fue publicado no aparecieron esas 25 cuartillas presentadas como adelanto de novela: Sainz olvidó incluirlas.
La ciudad, el cine, la música, la tecnología y el lenguaje mismo como protagonista fueron los ingredientes elegidos por Sainz para escribir sus novelas. Elementos con los que cualquier joven podía identificarse y que se identifica incluso ahora, medio siglo después de haber sido escritaGazapo, por la maestría de sus diálogos.
Si en un principio fueron cartas, grabaciones, telefonemas, diálogos que le permitieron con el tono coloquial dar saltos mortales de tiempo, en uno de sus últimos libros el recurso fue la construcción narrativa por medio de correos electrónicos entre un profesor y su alumna. La novela virtual casi prescinde de la puntuación para rescatar la rapidez del medio.
Ese acercamiento a la calle y a la vida menuda atrajo nuevos lectores. Los jóvenes clasemedieros de los 60 pudieron leerse en los nuevos escritores que impulsaban, más que un movimiento cultural, unacontracultura donde el uso del lenguaje y del tiempo tensaba a la historia y le daba forma.
Sorprende la frescura de Gazapo a medio siglo de distancia. También ese prodigioso monólogo de La princesa del Palacio de Hierro, donde la protagonista cuenta su juventud temeraria, delirante y de una vitalidad que no deja de asombrarnos. El humor, el ir y venir del tiempo narrativo a través de los diálogos donde el pasado está presente y el presente parece interminable son quizá el porqué sus primeros libros puedan leerse en nuestros días sin dificultad.
Sainz y Agustín reconocían, sí, a sus mayores, pero estaban seguros de que las historias se podían contar de otra manera. El escritor, el intelectual debía comprometerse con su entorno a través del lenguaje vivo.
No me extraña que Sainz fuera un devoto lector del Ulises y deFinnegans Wake, de Joyce, o de Marcel Proust, escritores cuya propuesta estética es el lenguaje y el tiempo. Sainz, sin embargo, no pretendía escribir a la manera de, sino con las reglas que sus mismas historias le imponían. Y sus reglas trascendían al mero mundo literario. Su biblioteca, además de libros, tenía imágenes de su santoral laico. Había escritores, pero no sólo escritores. Allí estaban, como confesó hace tiempo, John Ford, Visconti, Antonioni, Howard Hawks, Luis Buñuel, Truffaut, Goddard, Francis Gray, Stravinsky, John Cage y, claro, escritores como Robert Graves, Cortázar, Lawrence Durrell, Fuentes, Vargas Llosa, Octavio Paz, por mencionar sólo a algunos.
Sainz aprendió, como su admirado Proust, que misteriosamente las obras del pasado nos hacen leer el pasado, pero sobre todo, el presente. Más aún: sabía que las grandes obras modifican incluso a sus predecesoras. Para Gustavo Sainz la literatura hace posible lo que normalmente no lo es: participar en experiencias y observarlas al mismo tiempo. Leemos porque amamos o porque queremos ser amados... Leemos como amamos.
¿Cuánto tiempo hemos perdido por haber dejado de leer libros como La princesa del Palacio de Hierro? ¿Por haber dejado que la maquinaria del mercado editorial triturara el gusto para imponernos libros que no tienen nada que ver ni con la lucha por la expresión?
La novela para él era un viaje de descubrimiento, una máquina de preguntas. Convendría, creo, recuperar ese principio.

miércoles, 24 de junio de 2015

Monsiváis: aproximaciones y reintegros

24/Junio/2015
La Jornada
Javier Aranda Luna

Hace cinco años murió uno de los críticos más agudos de la sociedad mexicana. Pocas zonas no escrutó su mirada: sus lecturas multiculturales de la política, la sociedad y la literatura donde se cruzaron el cine, la poesía de Borges, la deslumbrante prosa de Martín Luis Guzmán con las canciones de José José, Chavela Vargas y Paquita la del Barrio.
La investigación erudita y el rumor de la calle fueron el crisol de su crítica.
Ya lo he escrito, pero conviene repetirlo: durante muchos años Carlos Monsiváis fue nuestro Google, nuestro disco duro, nuestra biblioteca de Alejandría.
Por fortuna nos dejó espléndidas crónicas donde fijó su quehacer memorioso y el brillo de una inteligencia poco común. Carlos, a diferencia de otros intelectuales, siempre nos sorprendió mostrándonos correspondencias inimaginables, como encontrar en La Guayaba y La Tostada de la cinematografía de Pedro Infante el impulso rector de las brujas de Macbeth.
Escuchamos con frecuencia un ¿qué hubiera dicho Monsiváis de tal o cual tema? Del fallo de la Suprema Corte, por ejemplo, sobre la constitucionalidad de matrimonios entre homosexuales o sobre los novísimos candidatos ciudadanos en las pasadas elecciones.
Al margen de las nostalgias personales allí están los depósitos morales de sus ensayos, la cultura comprendida como un elemento indispensable de movilidad social, la tolerancia no vista como gesto de superioridad sino como principio fundador del lenguaje de la convivencia; la solidaridad como voluntad democrática y su certeza de que la creación literaria es, sobre todo,respeto a los dones y a las posibilidades de la palabra y a la imaginación y razón de los lectores.
Un sábado, mientras platicábamos con Carlos y mirábamos sus fotografías vintage recién compradas en la Plaza del Ángel, llegaron al salón de té Auseba dos jóvenes diplomáticos. Uno resultó ser agregado cultural de la desaparecida Checoslovaquia.
Después de abordar los lugares comunes de la literatura checa, el funcionario de aquel país empezó a mencionar autores menos conocidos hasta llegar al punto en el que el único que los conocía era Monsiváis.
Quizá para llamar la atención, el diplomático empezó a hablar de cine checo y Carlos, naturalmente, fue el único que pudo seguirle la conversación y demostrarle, por cierto, que sabía más de cine checo que el funcionario de marras.
Herido en su orgullo el diplomático decidió ensayar un salto mortal: pasó del cine a la fotografía de su país.
Recuerdo entre penumbras que empezó hablando del único fotógrafo checo que yo conocía: Václav Chochola, al que debemos algunos de los mejores retratos de Salvador Dalí, y después pronunció un nombre que me pareció casi un conjuro: Frantisek Drtikol, que Monsiváis ubicó perfectamente y le sirvió incluso para hablar de otro fotógrafo que el attachésólo conocía de nombre. El hombre se derrumbó…
Ese día confirmé que a Monsiváis le apasionaban la fotografía, el cine, la literatura. Que era un grafógrafo, un grafómano, un grafófago, y que la cultura de la imagen lo cautivaba. Las 11 mil fotografías de la colección de El Estanquillo lo confirman.
Los últimos programas de televisión que hizo fueron producidos por TV UNAM. Llegó varias veces con oxígeno. Recuerdo con claridad una tarde cuando me dijo, después de grabar un programa, que lamentaba que las distintas minorías por las que había luchado no se pusieran de acuerdo en lo esencial, que cada una caminara por su lado.
Esa observación, por desgracia, sigue siendo cierta: muchas veces a las minorías sexuales parece no importarles la intolerancia religiosa ni a las minorías religiosas los crímenes de odio. El laissez faire, laissez passeren materia de derechos, me dijo, es suicida. Como sea, ante la adversidad siempre existen reservas morales que combaten la barbarie.
Ahora que Monsiváis ya es solo sus lectores es deseable que sus indignaciones, sus no sistemáticos y las reservas morales de la sociedad nunca descansen en paz.

miércoles, 27 de mayo de 2015

La palabra o el arca de la memoria de Rosario Castellanos

27/Mayo/2015
La Jornada
Javier Aranda Luna


En la historia de México, nos dice Rosario Castellanos, hay tres figuras en las que encarnan diversas posibilidades de la feminidad. Cada una de ellas representa, según la poeta, un símbolo y ejerce una vasta y profunda influencia en sectores muy amplios del país.

Estas figuras son:

1) La Virgen de Guadalupe: la sustentadora de la vida, la protectora de los peligros que nos acechan, la consoladora, la que nos salva.

2) La Malinche, que representa algo así como lo opuesto a la anterior: la sexualidad en su forma más irracional, más irreductible a las leyes morales, más indiferente a los valores de la cultura. Es la que ejerce su fascinación de hembra, de seductora de hombres. La traidora para unos y para otros la que funda una nación, y

3) Sor Juana, la prisionera de un amor imposible que se refugia en un convento donde escribe sonetos memorables. La inteligencia como llama viva.

En una entrevista memorable Rosario Castellanos decía que la literatura también era un medio para que el escritor mostrara sus diferencias e inconformidades con su mundo.

Naturalmente una de sus principales inconformidades fue el trato que socialmente se da a la mujer. Aunque decía que no era feminista tenía claro que a lo largo de los siglos, la mujer ha sido, elevada al altar de las deidades y ha inspirado el incienso de los devotos. Cuando no se la encierra en el gineceo, en el harén a compartir con sus semejantes el yugo de la esclavitud; cuando no se la confina en el patio de las impuras; cuando no se la marca con el sello de las prostitutas; cuando no se la doblega con el fardo de la servidumbre; cuando no se la expulsa de la congregación religiosa, del ágora política, del aula universitaria.

No es casual que en su novela Balún Canán la niña protagonista carezca de nombre y también su nana. Esta historia armada con recuerdos de su infancia en Chiapas rescata muy bien ese mundo terrible donde las mujeres son poco más que seres de segunda o mejor, son representantes del sexo vencido.
Pero el maltrato no es exclusivo de las mujeres. Los indios son tratados como bestias por los terratenientes que antes de despacharlos a la labor les descargaba sus buenos fuetazos. No como castigo sino para despabilarlos.

Los indios eran prácticamente los irredimibles en una Chiapas cardenista en la que la educación y el reparto de tierras  sólo llegó a trompicones y después de muchos muertos:

“Ellos son tan rudos que no son capaces de aprender a hablar español. La primera vez que vine a Chajtajal quise enséñale a hablar a la cargadora de la niña. Y ni atrás ni adelante. Nunca pudo pronunciar la f. Y todavía hay quienes digan que son iguales a nosotros”, dice César Argüello, el hacendado de la novela.

 No exagera la investigadora Laurette Godinaz cuando afirma que Balún Canán es una de las mejores novelas mexicanas de todos los tiempos. Una novela atravesada por la poesía donde las imágenes y la sonoridad le dan una estructura que atrapa al lector. Cuatro años después de su primera publicación de 1957, Balún Canán se ha reditado casi una vez por año. Fue la primera novela de Rosario Castellanos y el paso de esta escritora de la poesía a la prosa.

Los políticos, según Rosario Castellanos, deberían leer literatura más que historia, porque la literatura les ofrece un testimonio más vivo, mucho más completo en este continente que agoniza donde bien podemos plantar una esperanza. En estos tiempos de frivolidad política convendría escuchar a esta poeta que no ha bajado el tono de su voz.

miércoles, 7 de enero de 2015

El fomento a la lectura en México

7/Enero/2014
La Jornada
Javier Aranda Luna

Son muchos los retos en cultura para este año que inicia. Sólo en fomento a la lectura el desafío es mayor: no hemos aumentado ni medio punto porcentual los niveles de lectura en una década, aunque del 2000 a la fecha los presupuestos en materia de cultura se cuadruplicaron.
Para Néstor García Canclini tendrían que revisarse las formas de medición de los hábitos culturales. En materia de lectura, por ejemplo, más que estudiar la lectura habría que estudiar, nos dice, las competencias lectoras: para qué se lee, en qué lugares e incluir la lectura hecha en pantallas electrónicas y no sólo en papel. Tiene razón.
Pero también es cierto que se incrementaron notablemente los recursos públicos para fomentar la lectura y los promedios de lectura, pero según varias mediciones han ofrecido los mismos resultados. Es decir: con más dinero se ha obtenido lo mismo.
Esos modelos de medición por lo demás han servido para calcular los niveles de lectura de otros países y frente a ellos somos un país de lectores precarios. Nos encontramos en los últimos lugares de graduación de la lectura.
Si sólo se pudieran aumentar los niveles de lectura en papel sería un gran logro. Tal vez por ello convendría revisar las políticas al respecto.
Subir a un portal catálogos de novedades y best sellers de grandes editores, ¿fomenta la lectura? ¿No bastan las páginas de esos mismos editores y de varias librerías mucho más actualizadas, funcionales y atractivas? ¿Quiénes son los responsables directos de los planes de fomento a la lectura y cuáles son sus criterios? ¿Cuál es la institución rectora en este asunto?¿La Secretaría de Educación Pública?
Más aún: ¿organizar entrevistas con funcionarios para hablar de asuntos políticos debe ser parte de la estrategia para impulsar la lectura? ¿Las editoriales públicas deben medir sus planes de promoción a la lectura por el número de ejemplares y títulos que tiran al año o por el número de nuevos lectores? ¿Requerimos actualmente de un Estado editor?
A veces me pregunto si no convendría mejor tener un Instituto del Libro con unas 30 personas para que se tenga una auténtica política pública en materia de fomento a la lectura.
Un instituto que sea una especie de ombudsman de los lectores para mantener ciertos estándares de calidad. Porque publicar más títulos y ejemplares, presentarlos, organizar entrevistas con sus autores, regalar algunos ejemplares a los periodistas para que los reseñen, aunque los libros no lleguen a las librerías y bibliotecas, no es, me parece, la mejor manera de alimentar el gusto por leer.
¿Se vale que se destinen más recursos públicos para editar libros con fotografías de las lápidas de Montparnasse o tesis donde se reproduzcan los anuncios dentales en la prensa mexicana?
A dos editores formidables, Fernando Benítez y Octavio Paz, los acusaron por publicar sólo a ciertos autores. Durante muchos años los consideraron mafiosos. La acusación fue injusta: como buenos lectores publicaron sólo lo que les gustaba con sus propios recursos. Sin duda los dos tuvieron aciertos y desaciertos, pero no con recursos públicos. A ninguno se le hubiera ocurrido editar el libro de las lápidas del panteón francés ni de la prensa dental.
Por lo demás, si uno revisa La cultura en México, México en la cultura, Plural y Vuelta podrá darse cuenta que dieron a conocer en nuestro país a buena parte de nuestros clásicos modernos: Rulfo, Pacheco, Monsiváis, Monterroso, Levi Strauss, Kundera.
Así animaron como pocos la mesa de la cultura. Mantuvieron muy buenos estándares de calidad en sus publicaciones. Prevaleció el gusto sobre la política.
Un Instituto del Libro podría impulsar más la lectura que la mera producción de libros. Muestra de que se puede son las ferias del libro de Hidalgo y Chihuahua, que no han dejado de crecer, y particularmente la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán, que con más imaginación que recursos ha fomentado el gusto por la lectura. Creó hace tres años el Premio José Emilio Pacheco, se lo otorgaron a Elena Poniatowska antes de que se anunciara el Cervantes y este año se lo darán al gran novelista Fernando del Paso.
Si las políticas de fomento a la lectura han fallado, tal vez sea hora de cambiarlas. Si se siguen haciendo las mismas cosas sólo se obtendrán los mismos resultados.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Nicanor Parra: el poeta de la demolición

1/Octubre/2014
La Jornada
Javier Aranda Luna

Dicen que Nicanor Parra es el poeta de la incertidumbre, de la demolición. Del ya no más, del se acabó, de los tres amargos puntos suspensivos que nos hacen ver la inutilidad de toda empresa y que pese a todo también son puente de esperanza. Para él también existen las buenas noticias: “La tierra –escribe el poeta– se recupera en un millón/ de años/ Somos nosotros los que desaparecemos”.
Físico matemático de profesión Nicanor Parra ha renovado como pocos la forma de acercarse a la poesía. Notoriamente desde Poemas y antipoemas y no me refiero a la mera cuestión formal, que cuenta, claro, sino a los temas y sus conclusiones.
En Manifiesto, un poema verdaderamente memorable –y memorable es lo que se puede memorizar– Nicanor Parra nos dice que los poetas bajaron del Olimpo. Que la poesía para sus mayores era un objeto de lujo pero para él y los suyos, un artículo de primera necesidad: nosotros no podemos vivir sin poesía.
Para Parra el poeta no es un alquimista sino un hombre como todos: un albañil que construye su muro/ Un constructor de puertas y ventanas. Él, apunta más adelante, conversa con el lenguaje de todos los días y es cierto. Lejos de la tradicional retórica poética, el lenguaje de Nicanor Parra rehúye de la sofisticación solipsista, del onanismo literario. Quiere que lo escuchen en la plaza pública, en las calles donde fluye la vida.
Por eso repudia la poesía de gafas obscuras de capa y espada, de sombrero alón. Descree de los signos cabalísticos, de las ninfas y tritones para su quehacer poético. No sólo eso: sostiene que los poetas de la retórica vacua deben ser procesados por construir castillos en el aire, malgastar el espacio y el tiempo redactando sonetos a la luna o por agrupar palabras al azar a la última moda de París.
Sería un error considerar a Parra un iconoclasta improvisado, un destripado de la literatura. Su formación literaria, por el contrario, esta hecha a la antigüita, leyendo a los grandes autores, conversando con los clásicos e intercambiando con sus contemporáneos. Nicanor Parra diálogó largamente con sus poemas con uno de sus más distinguidos contemporáneos. Con Pablo Neruda compartió la indignación por la injusticia pero sus poemas no fueron de la militancia de Neruda.
Para el autor de El hombre imaginario el pensamiento no nace en la boca sino en el corazón del corazón. Por eso denuncia al poeta demiurgo, al poeta barato, al poeta ratón de biblioteca que practica un surrealismo de segunda mano, un decadentismo de tercera, para ofrecer al lector una Poesía adjetiva/ Poesía nasal y gutural/ Poesía arbitraria/ Poesía copiada de los libros.
Poesía, en fin, de círculo vicioso. Conversar con el lenguaje de todos los días para hablar de las cosas de todos los días es lo realmente importante para este escritor chileno a quien Harold Bloom considera uno de los mejores poetas de Occidente y Roberto Bolaño un verdadero desafío:
“El que sea valiente que siga a Parra. Sólo los jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza (…) Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado.”
Este poeta iconoclasta cumplió el pasado 5 de septiembre cien años y según testimonios periodísticos aún conduce un Volkswagen sedán.
Recuerda Phillip Ward que un antipoeta es para Parra, una persona non grata que se reserva el derecho de decir lo que se le antoje.
Parra publicó Cancionero sin nombre en 1937. Tenía entonces 23 años y no fue sino hasta 1954 que dio a conocer el célebre Poemas y antipoemas.
Temporal es su libro más reciente. Aunque el libro cuenta el desbordamiento del río Mapocho también es una denuncia de la dictadura. Un río de voces que transcurren y se desbordan de su cauce.
Al poeta mismo le debemos su mejor autorretrato. Escribe en Epitafio:
De estatura mediana,/ Con una voz ni delgada ni gruesa,/ Hijo mayor de profesor primario/ Y de una modista de trastienda;/ Flaco de nacimiento/ Aunque devoto de la buena mesa. Y apunta más adelante:
Ni muy listo ni tonto de remate
Fui lo que fui: una mezcla
De vinagre y aceite de comer
¡Un embutido de ángel y bestia!
Patti Smith le compuso una canción a este traductor del Rey Lear al español, a este escritor centenario que quiere vivir 116 años y que tal vez por pura rebeldía lo cumpla.

martes, 26 de agosto de 2014

El misterioso origen de los cronopios

26/Agosto/2014
La Jornada
Javier Aranda Luna

Lo saben sus lectores: Julio Cortázar –cuyo centenario recordamos hoy– murió hace 30 años y cada día escribe mejor.
Más allá de los ismos y del “boom latinoamericano”, con los que se relaciona su obra, sus cuentos, novelas y poemas continúan atrayendo nuevos lectores con el poder magnético de sus palabras.
Hace tiempo escribí que las grandes obras crean su propia legislación, fijan sus reglas, crean sus propios universos. Permean el imaginario colectivo con atmósferas, frases, historias, personajes, imágenes poderosas que se vuelven indelebles.
Ya no es posible imaginar al mundo sin Don Quijote, sin Romeo y Julieta, sin el minotauro que habita el centro del laberinto. Tampoco sin los cronopios, los famas, los esperanzas, las manscupias o sin ese idioma en el que los amantes cifran sus pasiones y que Cortázar nos dio a conocer en el capítulo 68 de Rayuela: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes…”
Ese idioma se llama glíglico y todos, en algún momento, hemos recurrido a él inventando algunas palabras, resemantizando otras para tender esos puentes de entendimiento y complicidad que sólo pueden cifrar y descifrar quienes sostienen pláticas de sobrecama.
Todos sabemos qué es un cronopio aunque no podamos definirlo. Todos podemos entender el glíglico aunque tal vez seamos incapaces de poderlo escribir. Su importancia es tal que existen tesis académicas sobre ese idioma inexistente fijado magistralmente por Julio Cortázar.
Uno tiende a pensar que las nuevas palabras o los seres inventados por los escritores son producto de un laboratorio donde los ingredientes y las mezclas son minuciosamente preparados. En el caso de Julio Cortázar no es así:
Un día en un teatro de París durante el intervalo entre un acto y el siguiente tuvo la visión interior de unos seres que se paseaban en el aire y eran como globos verdes. Globos que tenían orejas y una figura humanoide aunque no eran exactamente seres humanos. Y así como tuvo la visión de esos seres redondos y verdosos le llegó su nombre: cronopios.
A Cortázar le divertía mucho ver cómo críticos sesudos descifraban la etimología de la palaba cronopio porque no tenía que ver con lo que elucubraban: naturalmente la relacionaban con Cronos, el dios del tiempo. Pero no tenían que ver nada con el tiempo, en absoluto. Días después aparecieron sus antagonistas: los famas.
Los cronopios comentó en algunas conferencias los sintió como unos seres muy libres, anárquicos, locos. Capaces de las peores tonterías y al mismo tiempo llenos de astucia, de sentido del humor, una cierta gracia. Y a los famas los vio con mucho cuello, mucha corbata, mucho sombrero y mucha importancia. Eran los representantes de la buena conducta, del deber ser, del mundo de las sanciones y los castigos.
El mundo de los cronopios, los famas y los esperanzas se fue articulando en algunos cuentos que formaron Historias de cronopios y de famas. Textos ligeros y lúdicos que algunos amigos le objetaron a Cortázar por ser demasiado lúdicos.
Sus críticos, amigos o no, no se habían dado cuenta que para Cortázar el juego era importante porque el escritor empieza jugando con las palabras al seleccionarlas, combinarlas o rechazarlas. Un juego serio e importante como el juego de los niños que berrean cuando los quieren sacar de ese mundo apasionado y fundamental. Aunque el juego divierte, su sentido es tan profundo que debemos tomárnoslo en serio. El juego es un territorio personal, un territorio que se comparte y se respeta y nos permite en su infinita combinatoria mirar las cosas de este mundo desde otra perspectiva.
No me extraña que le atrajera poderosamente el surrealismo en su juventud. El surrealismo fue para Julio Cortázar una gran lección. Lección más que literaria, metafísica: le mostró la posibilidad de enfrentar la realidad cotidiana no a partir de la lógica aristotélica sino a partir de los intersticios del mundo. Acercarse a las cosas a partir de las excepciones más que de las leyes. A partir de esas hendiduras secretas a las que accedemos gracias al amor y al humor, dos ejes del surrealismo. Muchas exposiciones de pintores surrealistas engendraron no pocos de sus cuentos fantásticos. No para copiar los temas de los cuadros sino por el estímulo que producían en el corazón creativo del Gran Cronopio.
Además de ser un gran escritor Julio Cortázar fue un estupendo lector. Por eso sabía que escribir y leer significan siempre interrogar y analizar la realidad. También luchar para cambiarla desde adentro, desde el pensamiento y la conciencia de los que escriben y de los que leen. No es forzoso, decía que esa literatura tuviera un contenido político: un poema de amor, un relato puramente imaginado bastaban para lograr ese cambio.
Desde 1958, según su correspondencia, Cortázar quería escribir una novela que fuera una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos. La crónica de una locura. Estaba convencido de que nada ocurre de una cierta manera, sino que cada cosa es a la vez muchísimas cosas. Por eso quería construir una narración hecha desde múltiples ángulos. La primer versión de Rayuela que originalmente se iba a llamar Mandala estaba llena de materia explosiva, una especie de bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana. Y no exageraba.
Desde sus primeros cuentos publicados en Bestiario en 1951 Julio Cortázar nos mostró que para él la literatura era un juego demasiado serio como para improvisarlo. Un juego donde la imaginación es su principal ingrediente y el lenguaje minuciosamente estructurado el único camino para provocarla.
Con los lectores de Julio Cortázar pasan los años, persisten los momentos. Momentos que son un cuento, el fragmento de una novela, la sombra de Charlie Parker en El perseguidor, los versos de un poema o la aparición de un cronopio que encontramos al doblar la esquina de cualquier calle y en cualquier lugar. Su juego está jugado, por eso cada día escribe mejor.

miércoles, 20 de agosto de 2014

José Agustín: vida con sus lectores

20/Agosto/2014
La Jornada
Javier Aranda Luna

Los libros se miden por la emoción que provocan. Lo supo el griego en la antigüedad cuando después de repetir los 24 cantos de la Odisea de manera oral los imprimió en los caracteres de su primer alfabeto. También lo saben los últimos cibernautas que lanzan sus textos a esa red digital que nos comunica como no habíamos imaginado.
No todos los cuentos, poemas y novelas corren la misma suerte. Unos naufragan en las ondas del tiempo mientras otros navegan de manera constante encontrando nuevos lectores. Cuántos libros que nos entusiasmaron de adolescentes no soportan con los años una segunda lectura.
José Agustín conoció ese milagro de encontrarse con el otro gracias a sus libros. Lo conoció desde los 16 años y ahora que cumplió 70 no ha dejado de hacerlo.
Se encontró, adolescente, a un generoso Juan José Arreola que después de leerlo lo estimuló a seguirlo haciendo, pero también a la crítica envidiosa que intentó menospreciar su propuesta literaria tachándola como literatura de la onda. Esos críticos son los zombies, los muertos vivientes que aún deambulan por algunas redacciones.
A Elena Poniatowska le llamó tanto la atención aquel casi adolescente interesado en la escritura que lo entrevistó en 1965. En dos años –entre 1964 y 1966–, José Agustín ya tenía tres libros publicados: La tumba, su Autobiografía y De perfil.
Los lectores de José Agustín en los años 60 fueron jóvenes. Sus libros abundan en referencias culturales de esos años. Sorprende que los jóvenes de ahora, conectados por la Internet y viviendo en una sociedad de masas que poco tiene que ver con la de aquellos años, continúen leyendo con devoción libros como La tumba y De perfil. También sorprende que una buena parte de ellos, si nos atenemos a los reportes de ventas de sus libros, se hayan acercado a otras novelas del mismo autor como El rock de la cárcel, Inventando que sueño o Vida con mi viuda, una reflexión profunda sobre la muerte y el amor.
¿Qué hilos han tocado los libros de José Agustín para permanecer en el ánimo de los lectores? Algunos han tratado de imitar su lenguaje y se han ido con el viento. Otros más sus temas sin alcanzar mejores resultados.
Hace unos años José Agustín casi pierde la vida víctima de sus jóvenes lectores. Después de una conferencia en un teatro de Puebla, una multitud de jóvenes subió al foro en busca de un autógrafo o de una fotografía y lo hizo caer desde el presídium. Se rompió el cráneo y varias costillas.
Tal vez José Agustín se ha convertido con el tiempo en el mejor y más complejo de sus personajes. El personaje interesado en la contracultura y el uso de las drogas; en el cine y el rock and roll; en el lenguaje como medio para crear tensiones narrativas; en el historiador de la historia inmediata y en el lector agradecido de los libros de otros; en el escritor que respetando a los narradores solipsistas siempre escribe para que otro lo lea en esta aventura que parece arrancada de sus novelas.

sábado, 21 de junio de 2014

Efraín Huerta: entre la bala y la flor

18/Junio/2014
La Jornada
Javier Aranda Luna

Contaba el propio Efraín Huerta que hace 70 años, el 6 de junio de 1944, sus amigos Enrique Ramírez y Ramírez y Rodolfo Dorantes lo fueron a buscar a su casa a la una de la mañana. Querían enseñarle un cable con la noticia más reciente de Europa que anunciaba la embestida final contra los nazis. Su reacción fue ponerse a escribir un poema que estuvo listo en dos horas.
Así nació Canto a la liberación de Europa que publicó José Revueltas en la primera plana de El insurgente, periódico quincenal de divulgación política y vida efímera.
Esta anécdota describe el carácter del poeta que hoy recordamos en el centenario de su nacimiento. Un poeta que lo mismo cantó al amor que al Che Guevara, al más puro misterio –que es misterio del aire– que a la amplia y dolorosa ciudad de ceniza y tezontle, a María Félix y al petróleo, a Lorca, al Tajín, a la Diana Cazadora.
A Carlos Montemayor debemos uno de los razonamientos más contundentes contra las razones de quienes menosprecian la poesía con temas políticos: los poemas sólo deben valorarse en función de criterios poéticos. No más, pero tampoco menos: por su lenguaje, sus imágenes, su ritmo. Yo agregaría un elemento adicional: por la emoción que provocan. Emoción duradera, claro, aquella capaz de pasar de una generación a otra.
Así como un trabajo químico sólo puede medirse químicamente, un poema sólo puede medirse poéticamente.
Eso significa que sólo de esa manera podremos distinguir un buen poema de amor de uno pésimo y un poema político mediocre de uno que valga la pena.
Estar enamorado, escribió Montemayor, no exime de hacer un pésimo poema de amor: el ser presa de un arrebato místico o de un fervor religioso, no exime de hacer un mal poema religioso.
La Orestiada, Antígona, La Eneida, La divina comedia son obras geniales aunque también sean poemas políticos.
La crítica a papas deleznables no merma el valor de la obra de Dante, como no disminuye la carga política, el valor estético de El acorazado Potemkin de Serguei Eisenstein.
Efraín Huerta fue, sigue siendo, un gran poeta que lo mismo escribió poemas eróticos o de amor que poemas políticos. Y como todo poeta hizo algunos poemas mejores que otros. Y otros más, francamente memorables como el Responso por un poeta descuartizado dedicado a Rubén Darío, o la Declaración de odio, que se encuentra en ese magnífico libro que es Los hombres del alba que este año cumple 70 años de haber sido publicado y que Efraín Huerta dio a conocer cuando tenía 35.
Con Declaración de odio, Declaración de amor y La ciudad poemas incluidos en el libro citado, Efraín Huerta deja claro que la ciudad será uno de los grandes ejes de su poesía.
La ciudad no como un paisaje ni un ambiente: como un personaje vivo que se dilata y contrae. En ese organismo transcurren nuestras horas que son días, nuestros días que son siglos. Por eso su poesía es triste y absurda, provoca la rabia, el desencanto o nos arranca la risa. Si la ciudad es hoy en nuestra literatura una constante, Huerta nos la hizo ver desde los años 30.
Hace tiempo le comenté a la escritora Mónica Mansour que me parecía que habíamos sido un poco ingratos con El Gran Cocodrilo. Si te refieres a los premios, me dijo, esos no importan. Importan los lectores. No formó parte de ninguna institución que da cobijo o reconocimiento a los creadores, a ninguna academia y sólo fue premiado cuando se supo que tenía una enfermedad terminal.
Más que por su poética se le ha juzgado por su política.
Eugenia, la hija del poeta fue más contundente cuando platicamos hace unos días sobre ese mismo asunto: Efraín Huerta más que un poeta marginal ha sido, desde hace tiempo, un poeta marginado.
Pero si la tragedia, el amor, el erotismo y la política son unas constantes en la obra de Efraín Huerta hay que señalar que los destellos del humor aparecen a lo largo de su obra hasta concentrarse en los famosos poemínimos.
Recordaba el poeta Luis Cardoza y Aragón que cuando Efraín Huerta murió, el mejor homenaje se lo hizo un guerrillero salvadoreño: puso en su ataúd una rosa roja y una bala. Hoy que el mundo es otro, y recordamos el natalicio del poeta, el mejor homenaje que se le puede hacer es leerlo sin prejuicios ideológicos. Acercarnos a su poesía. Leerlo entre la flor y la bala como lo que es: un gran poeta.

miércoles, 22 de enero de 2014

Gelman: el Lázaro perenne

22/Enero/2014
La Jornada
Javier Aranda Luna

Juan Gelman fue el poeta de la rebeldía, el indignado sin tregua, el poeta que no creyó en los matices porque éstos muchas veces permiten –las más– que reine la injusticia, la explotación continúe y la muerte multiplique sus sombras.
Creyó más en la voz apasionada y sin matices. Voz que fue grito en ocasiones o silencio encendido.
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, su rebeldía duró hasta el final de sus días:
No expurgó sus poemas políticamente incorrectos para algunos como los que dedica a Cuba o Fidel Castro. Tampoco evitó esos temas sociales que para otros hacen de los versos propaganda: las madres de la Plaza de Mayo, el dolor que infligió la dictadura argentina y la impunidad que aún permite a varios asesinos deambular por las calles de aquel país sin problema, el frío de los miserables, las momias del comunismo que más que buscar el cambio lo petrifican y la complicidad de los puros y sus matices con las cañerías del poder.
Conocí la poesía de Juan Gelman en los años en que se decretó, en muchas páginas de diarios y revistas, la asepsia del quehacer poético. Nada de temas sociales, nada de revoluciones, nada de líderes socialistas o comunistas. Se oía mal y estaba mal, cualquier atisbo de esos temas. El canto de amor a Stalingrado de Neruda fue anatema y el No pasarán de Octavio Paz, se consideró un desliz de de juventud.
Pero Gelman fue un poeta rebelde que no sólo se sublevó contra la dictadura argentina, sino también contra el lenguaje pétreo de la retórica. En uno de sus versos Gelman pide que no poeticen la poesía, que no paisajen músicas hechas para otra cosa.
Le fastidiaba la retórica que a fuerza de repetirse decía nada; la prosa perfecta cuya pulcritud sin sustancia la convertía en un artefacto verbal hueco y absurdo.
Rebelde de tiempo completo, hizo la crítica y autocrítica al quehacer poético mismo.
Se acercó al tango que le permitió contarnos cosas, al sefaradí para asirse a una patria, a los proverbios orientales y azotó las palabras para darles otro sentido. O mejor aún: para darles sentido.
Al sustantivo dictadura lo hizo verbo, vivimos dictatoriados recurso que sorprendió al mismísimo Julio Cortázar y que también celebró.
Juan Gelman, me parece, logró devolver a los poemas lo que siempre deben ser: arquitecturas verbales que emocionen, sonoridad que conmueva, palabras vivas.
Gelman, dice José Emilio Pacheco, fue hasta el día de su muerte el poeta vivo más importante de nuestra lengua. Ya era irrepetible. Hizo suyo, como pocos, el lenguaje: le devolvió la transparencia.
De hoy en adelante el destino de Juan Gelman será, creo, el de un Lázaro perenne que al leerlo, resucite.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Reivindicación de la literatura

21/Noviembre/2013
La Jornada
Javier Aranda Luna

Algo debe tener la prosa de Elena Poniatowska que tantas emociones provoca. Y digo su prosa porque es como escribe. A veces su prosa es tan transparente que se olvida que estamos leyendo y amanecemos en un Zócalo repleto de inconformes o al lado de un estanque donde Leonora Carrington se baña desnuda en medio del bosque o en la plaza enrojecida de las Tres Culturas, después de una matanza de estudiantes que a casi medio siglo aún se busca minimizar.
Y es tan transparente que algunos piensan que ella y su prosa algo oculta. Que detrás de su militancia se encuentran los contratos, las prebendas, los viajes; que su prosa por clara no puede ser literatura sino periodismo.
Hace más de 20 años le pregunté qué pensaba de los críticos que no la consideraban escritora sino periodista; que no escribía cuentos ni novelas sino crónicas. Y Elena con esa sonrisa que no la abandona me dijo que sí la clasificaban bien o mal, arriba o abajo, bah. Que ella escribía cuentos, novelas, ensayos, crónicas y si esos críticos medían la literatura de esa manera tan básica era su problema.
Poniatowska tenía razón: los libros se miden por la emoción que provocan. Hace algunos años la Academia Sueca incluyó entre sus candidatos al periodista Ryszard Kapuscinski y ahora este Premio Cervantes reivindica que el periodismo también es literatura, que la prosa imantada es lo que cuenta, que los close up de las emociones existen en textos de ficción y sin ella.
¿Cuántas historias reales no nos cuentan la historia de La noche de Tlatelolco? Esa historia contada a voces no es menos emotiva por cierta ni Querido Diego, te abraza Quiela expresa menos la condición humana por construirse alrededor de ese monstruo de la pintura que fue Diego Rivera.
Elena nos cuenta el cuento de la verdad. A sus personajes de ficción los hace verosímiles y a los que toma de la realidad los fija contándonos el cuento de su historia verdadera. Para los grandes escritores poco importa que sus personajes sean de carne y hueso, que su inspiración sean archivos o entrevistas. Importan sus historias, no cómo llegaron a ellas.
Elena Poniatowska pertenece a esa estirpe de escritores de acción y reflexión; que lo mismo construyen vidas imaginarias que recuperan la vida de lo que pasa. Para ella, como para los miembros de la Academia de Letrán, periodismo y literatura es una y la misma cosa: forma de expresión, necesidad, compromiso, trabajo que es destino y placer; método para animar la mesa de la cultura y la plaza pública como lo ha hecho, por ejemplo, al lado de los movimientos de izquierda.
También para ella escribir cuentos y novelas, crónicas y testimonios, biografías o cuentos para niños es un antídoto contra el olvido. Por eso ha escrito sobre uno de esos personajes del montón, de la bola, que luchó en la Revolución y murió en la inopia como Jesusa Palancares o sobre la infamia que sufrió Paulina, la niña a la que el Estado obligó a ser madre. Por eso se ha detenido para recuperar los días de una ciudad destruida por el temblor de 1985 donde la gente común y no el gobierno tomó las riendas de su destino o nos ha hecho ver a un Demetrio Vallejo, a una Tina Modotti, a un Carlos Monsiváis, a un Octavio Paz o a un Guillermo Haro como sólo ella y su escritura han podido hacer.
Gracias a ella hemos encontrado grandes emociones en pequeñas vidas y en los personajes que habrán de trascendernos la vida menuda con todas sus miserias y alegrías.
Y si a Poniatowska no le ha preocupado la manera en que clasifiquen sus libros arduo trabajo tendrán quienes se empeñen en hacerlo en libros como Leonora o El universo o nada así nos digan que una es novela y la otra biografía porque ambas comparten la prosa vigorosa, el registro obsesivo, los diálogos que retratan, las atmósferas que son casi un personaje, la ausencia de prosa sociologizante o aquella que en nombre de un supuesto valor literario padece las tres funestas fu como decía Octavio Paz: el ser profusa, confusa y difusa.
Hace tiempo Poniatowska me explicó por qué algunos escritores son mejores que otros: porque unos escriben plano, me dijo, y otros sexy. Entendí entonces por qué su textos eran pegajosos, se adherían en la memoria de críticos y admiradores entusiastas: porque escribía sexy; porque su personajes tienen tres dimensiones, respiran, tienen vida interior, porque no son planos ni estáticos como las fotografías, porque proyectan sombra y volumen.
En 1986 José Emilio Pacheco me reveló cómo las ondas expansivas de la Academia de Letrán han llegado, de manera directa hasta nuestros días: Ignacio Ramírez, El Nigromante, tuvo un joven y talentoso discípulo llamado Ignacio Manuel Altamirano. Este último también tuvo un seguidor distinguido, don Luis González Obregón, quien enseñó a su vez a un jovencísimo Fernando Benítez la pasión por la literatura. Benítez, para quien el periodismo era literatura, impulsó el trabajo de tres jóvenes: José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska. Me alegra que el premio José Emilio Pacheco le haya sido otorgado a Poniatowska hace unos días y hace unas horas el Cervantes de Literatura, que reconoció que su obra vale por las historias que cuenta sin importar que sus personajes a veces sean de carne y hueso y sus historias verdaderas.

jueves, 24 de octubre de 2013

La poesía y los tartufos

9/Octubre/2013
La Jornada
Javier Aranda Luna

Uno podría estar de acuerdo con Ernesto Cardenal cuando dice que en general es mala la poesía que actualmente se escribe en español.
La poesía, según él, debe acercarse a la gente, entenderse, pues de lo contrario no comunica nada. Escribir poesía que el lector no entienda se ha convertido en una especie de plaga.
Y tal vez tenga razón si aceptamos que la poesía no necesariamente debe entenderse como se entiende cualquier texto. Uno de los versos más populares de García Lorca es todo un misterio: Verde que te quiero verde/ verde viento, verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Si hiciéramos una encuesta sobre lo que dice el poeta en esos versos, seguramente nos sorprenderíamos con las diferentes respuestas. Otros versos en cambio no dejan lugar a dudas sobre lo que el poeta nos dice como cuando Octavio Paz escribe: Óyeme como quien oye llover, ni atenta ni distraída.
Los versos de Lorca y de Paz más que decir, comunican, expresan. ¿Qué expresan? La pasión, el amor por la persona amada. Por aquella que es una entre mil, por la Sulamita del poeta hebreo, o por la mujer que ahora vemos con los ojos cerrados y que tiene el rostro que sólo cada uno de nosotros puede mirar así se llame Perséfone, Julieta o Melusina.
He escrito que un buen poema es el principio de una conversación. Un escuchar al otro para escucharnos en él. Por eso existen versos que leemos una y otra vez: nos leemos en ellos; descubrimos en sus líneas una voz nuestra que no conocíamos, una voz que no habíamos escuchado con atención pero que dice exactamente lo que queremos decir. Algo, incluso, que quizá ni siquiera habíamos imaginado.
La poesía es la zarza ardiente, la voz que crepita ante nosotros y que por momentos tiene nuestro acento y por momentos es la revelación de un misterio. Por eso los buenos versos y poemas sobreviven en sus lectores. Los ancla en la memoria la emoción que provocan. Son conversaciones vivas que iniciaron otros el día de ayer o hace 200 años y que siempre, siempre, nos dicen cosas nuevas aunque sus temas sean los mismos: el amor y la muerte, la mujer y la vida. Los poemas verdaderos siempre son actuales. ¿Cuántos poemas no se han hecho con el tema de la rosa? ¿Cuantos con la imagen del mar y sus aguas encrespadas?
Los poetas ya no hablan de lugares, dice Ernesto Cardenal. Escriben lo que llama poesía del Hotel Hilton, que son lugares exactamente iguales en El Cairo o Jerusalén. Y eso, según él, hace que la poesía sea poco leída y no se entienda. Más aún, para el escritor nicaragüense hay poetas a los que les gusta que la poesía no se entienda.
Yo no estoy muy seguro de esto último: todo escritor, todo poeta aspira a tener lectores. Cantar para alguien, decir para ser escuchado, aunque sea por unos cuantos. Que existan poetastros ilegibles o, mejor, inaudibles que se escuden en la supuesta impenetrabilidad de la poesía, es otra cosa. Allá ellos y los editores que los publican.
Hace un par de años otro escritor hizo una crítica similar a la de Cardenal. Fernando Vallejo dijo de manera rotunda que “la poesía no está en esa pedacería de frases que no tienen ritmo ni rima… ojalá tuvieran resonancia, música, emociones. Si hay un lugar en donde no se encuentra la poesía es en los libritos de versos que se publican y que llaman poesía”.
Tal vez ahora que las nuevas tecnologías nos están obligando a la concreción, a la síntesis, se renueve el interés por el verso, por las líneas que expresen algo, que causen emoción (que sean emocionantes) o que dejen en quien las lee una imagen memorable, una imagen que se fije de manera indeleble en la memoria como aquel verso de Lorca que cité al principio: verde que te quiero verde. ¿Verdad qué la sonoridad atrapa? Quevedo decía que deberían escribirse cosas para atorarse en las orejas y escribir, claro, con pluma, no con plumaje.
Pero a pesar de todo existen poetas que cantan para unos pocos. No todos los poetas cantan en Do de pecho como Sabines. No todos tienen tantos registros como Paz, ni se multiplican en imágenes como Pellicer, ni son tan entrañables y cercanos como Pacheco, ni tienen la profundidad de T.S. Eliot que pudo cifrar en sus poemas el antes y lo que no ha llegado. No todos son tan claros y tan oscuros como Juana de Asbaje o tan sonoros como el bronce de Francisco de Quevedo celebrado por ese otro poeta que ya es un clásico porque ya escribió El Poema y que podemos leerlo en El otro poema de los dones o en El último lobo de Inglaterra.
Hay poetas que cantan para unos pocos, para los pocos que conocieron y los que llegarán mañana. Para los pocos que aún se emocionan con un haz de luz, el vuelo de un pájaro, el lento y luminoso deambular de un Caracol de campo. Si la poesía también es un punto de encuentro entre dos desconocidos, mientras existan lectores habrá poesía, así el otro, el desconocido, sea uno mismo.
Qué bueno que Cardenal y Vallejo nos adviertan de los tartufos, de los hacedores de puntos con publicaciones efímeras, de los que con plumajes afonden su incapacidad expresiva. Pero no deben preocuparnos tanto, que ocupen presupuestos y academias porque serán, ya son como la hierba.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El último viaje de El Gaviero

25/Septiembre/2013
La Jornada
Javier Aranda Luna
 
Murió el poeta de la condición humana, de los ríos insalubres, del mar que se desborda, de las tierras de calor, de las fiebres, de las pesadillas, de las salinas y de los arenales; el poeta que vio la vida como una aventura, como una travesía donde todos los elementos que forman su inventario, las mujeres que se fueron como se marchan los días, el olor de la hierba y el ruido que producen los insectos con sus élitros o esas piedras que vimos y habrán de sobrevivirnos ásperas y pequeñas, son los elementos que nos vencen en esta lucha estéril que nos agota y nos lleva mansamente a la tumba.
Álvaro Mutis, 1923-2013 fue más conocido como narrador que como poeta. La nieve del almirante, Ilona llega con la lluvia, La última escala del Tramp Steamer o Abdul Bazur soñador de navíos son algunos de sus libros que reinventaron el género de novela de aventuras de mar y selva. Pero toda su narrativa, hay que decirlo, nació en su poesía, en aquella oración de Maqroll El Gaviero, quien después de vivir experiencias liquidadoras, terminales, sólo quiere, pese a su rebeldía, no ser olvidado.
El miércoles 20 de enero de 1989 le pregunté a Mutis en su casa donde tenía la reproducción de La muerte de Marat de Jacques-Louis David y un Tramp steamer a escala (uno de esos barcos de carga vagabundos donde transcurrieron muchas de sus historias), si escribía para, como Maqroll, no ser olvidado.
Poeta al fin, prefirió contestarme con una imagen: recordó que una noche al escribir bajo la luz de una vela pensó que la poesía era semejante a esa luz luchando en medio de la noche. Una luz que parpadeaba, que daba la impresión de sucumbir pero que era más fuerte, a fin de cuentas, que el corazón de la noche.
La poesía, dijo, es un testimonio de la vida, de la infructuosa lucha contra la muerte. Mutis creía que el poeta era un visionario, alguien que ve de lejos, desde la otra orilla; el que desde el otro lado del mundo nos ayuda a mirar.
Por supuesto eso nunca se alcanza, por eso todo poema es un ensayo, un fracaso, el testimonio de lo que no se logró. Pero el que un poema sea sólo el intento fallido no le quita mérito. Es el testimonio del hombre en el mundo. Por eso la poesía tiene esa condición de oración, de invocación, de maldición.
Octavio Paz alguna vez dijo que Mutis era un poeta de la estirpe más rara en español: rica sin ostentación y sin despilfarro. Es cierto, su sonoridad no cansa, le sirve al poeta para contarnos historias. Historias mínimas o grandes aventuras. El oscilante paso de los ríos que cambian su rumbo con los años o las andanzas de un marino envejecido, sin barco, viviendo siempre en los bordes de la vida.
El secreto de la narrativa de Álvaro Mutis está en su poesía: allí se encuentran los temas, las atmósferas, los personajes que ha desarrollado en todas sus novelas. Allí está todo el universo de este escritor colombiano. Su tradición es la de Conrad y la de Stevenson pero, también, la del cardenal de Retz y Chateaubriand. Mutis, como todo gran escritor, es un autor excéntrico. Su creatividad ha formado, con los años, su propia legislación: por eso Maqroll, el personaje que ha saltado de una a otra de sus novelas y ha vencido incluso a la muerte pues ha resucitado.
Alguna vez, hablando del origen de su universo narrativo, le expresé que en sus poemas existían muchos rastros de sus novelas. En un poema, que era una especie de oración, le comenté, aparecía Maqroll El Gaviero. Allí está todo me dijo Mutis, 'en la poesía se encuentra todo.
Si Álvaro Mutis fue la voz narrativa de Eliot Ness en Los Intocables, si fue el primer lector de las novelas de su amigo Gabriel García Márquez, si fue el personaje encerrado en Lecumberri por una trasnacional, si fue un amigo como pocos y un gran conversador, ahora Álvaro Mutis ya sólo será sus lectores, los que volverán a sus libros como ocurre sólo con la obra de los grandes escritores o aquellos que empezarán las verdaderas aventuras de Maqroll el Gaviero que sabe que ni el amor, ni la desdicha, ni la esperanza, ni la ira, volverán a ser las mismas para él ante los ojos de cada uno de sus nuevos lectores.

miércoles, 3 de julio de 2013

El futuro y Carlos Monsiváis

3/Julio/2013
La Jornada
Javier Aranda Luna

Cuando Carlos Monsiváis murió hace tres años su amiga Elena Poniatowska se preguntaba en voz alta “¿qué vamos a hacer sin ti, Monsi?” Y no se refería al justo reclamo de la amistad perdida, sino a ese telón de fondo que los historiadores a veces miran de reojo y que conforma el núcleo más dinámico de la sociedad misma: las minorías que se rebelan contra la inercia del establishment, del así son las cosas… los eternos militantes, como los llamaba el propio Carlos recordando a Víctor Hugo, de las causas perdidas.
Cuando llevaron su cuerpo al Museo de la Ciudad y posteriormente al Palacio de Bellas Artes para velarlo y rendirle homenaje, allí estaban esas minorías: las mujeres indígenas del movimiento zapatista que hicieron suya aquella frase de no más un México sin nosotros, el sindicato de electricistas con banderas rojas, consignas de sí se puede y puños en el féretro, los viejos comunistas con quienes marchó muchas veces por las calles de esta ciudad, los funcionarios progresistas, los homosexuales que reclaman su derecho a ejercer su sexualidad heterodoxa, las feministas que propugnan por el derecho al aborto o a la maternidad voluntaria, los universitarios que creen que la solución a nuestros problemas es la educación, los sin casa, los veteranos del 68 cuya justa indignación encendió la chispa del México democrático, las costureras cuyas miserables condiciones laborales nos las mostró terriblemente el temblor del 85 o los grupos de evangélicos que aún son apedreados y expulsados de sus comunidades por  curas y caciques católicos y que fueron tolerados por gobiernos estatales y federales notoriamente durante los sexeniors de Vicente Fox y Felipe Calderón.
También estaban esas otras minorías más festivas sin las que Carlos no podía imaginar un futuro deseable: los coleccionistas de libros antiguos, la actrices de la farándula cuyas canciones y desnudos han hecho más por las causas de la mujer que muchas feministas de cubículo, los fotoperiodistas cuyo trabajo Carlos Monsiváis nos enseñó a valorar de veras, los moneros (que según Carlos eran especie aparte ) y muchos jóvenes pintores y escritores que encontraron la mirada atenta del más completo y complejo cronista que ha tenido esta ciudad.
Alguna vez le pregunté a Monsiváis en un programa que hacíamos para TVUNAM con Antonio Navalón qué le parecía la aparente pasividad de los jóvenes ante un país que cimbraba la pobreza, el desempleo, la violencia, el cinismo de una política ejercida como ejercicio patrimonial. Contestó que estaba un poco desconcertado, me dijo, porque por menos los jóvenes del 68 salieron a las calles. No conoció desgraciadamente al movimiento #YoSoy132 ni a lo que ha quedado de él. Al terminar la grabación me dijo algo más: que no entendía cómo las distintas minorías no lograban integrarse con causas comunes.
Tenía razón. Las minorías generalmente luchan por objetivos particulares y dejan de ver lo común que su causa tiene con otras causas. Tal vez si compartieran sus SÍ esenciales y sus NO absolutos, podrían influir con mayor efectividad en la vida social. ¿O no es verdad que todas las minorías luchan esencialmente por la libertad, para creer en la divinidad que les plazca, la sexualidad que prefieran, o para ser madres o no cuando decidan?
Para Monsiváis, me parece, la construcción del futuro era una tarea de todos. Y más nos convenía participar activamente y no por omisión o bajo la lógica perversa del dejar hacer-dejar pasar porque si algo nos ha perjudicado es ese delegar en los otros el destino de todos.
Es cierto que nos falta Carlos, que aún nos preguntamos qué habría dicho por ejemplo sobre el encarcelamiento de Elba Esther Gordillo, sobre los millones de Granier, sobre la disposición de Vicente Fox a vender mariguana cuando se legalice, de los usos y abusos de los presupuestos de cultura en la era calderonista, de la entrega de las llaves de la ciudad en Nuevo León a Jesús el Cristo, o de los documentos que nos han revelado los coqueteos que los jerarcas históricos del PAN tuvieron con el nazismo y aquí paro el inventario oscuro pues muchos lo pueden continuar.
Para Carlos recuperar la memoria a través de la crónica fue la posibilidad de mirar nuestro futuro anticipado, nuestro futuro que empezó ayer porque el hoy, motivo de la crónica, siempre se nos está yendo.
Y aunque nos falta su mirada crítica, su memoria increíble, su conversación que me hizo sentir como pocas veces la inteligencia como algo material (esa sensación la tuve con mi padre cuando yo apenas era un niño) tenemos su libros para continuar conversando con él.
No será lo mismo escucharlo con los ojos en silencio sin su carcajada de estruendo y su mirada que refulgía por momentos. No será lo mismo, porque ya no lo escuchamos mientras lo rodea una troupe de gatos y el teléfono interrumpe cada cinco minutos la conversación. No será lo mismo porque ya no le dirá a su tía María que vuelve al rato –y que podría prolongarse muchas horas– ni dará a su sobrina Bety un papel con garabatos para que los pase a una de sus tres computadoras y los mande a tal o cual periódico o revista. No será lo mismo pero seguro lo podremos seguir escabuchando en silencio en su memoria de tinta.