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domingo, 1 de julio de 2012

El caso Pasolini, un asesinato político

1/Julio/2012
Jornada Semanal
Annunziata Rossi

Se ha abierto en Roma una nueva investigación sobre la muerte del poeta Pier Paolo Pasolini, que este año habría cumplido noventa y fue masacrado el 2 de noviembre de l975 en el Hidroscalo de Ostia. La primera investigación concluyó con la condena del menor Pino Pelosi, apodado Pino la Rana, ragazzo di vita lumpen de un barrio de Roma. Según la versión de Pelosi, la noche del 2 de noviembre Pasolini había ido a la Plaza Cinquecento (estación Termini) para ligárselo y él accedió. Pino tenía hambre y el escritor lo llevó a comer al Tevere Biondo. Después, el poeta se dirigió en su Alfa a Ostia donde, consumado el acto sexual, habría surgido entre los dos un pleito que terminó en la muerte del poeta. Huyendo en el coche de Pasolini, Pelosi fue interceptado por una patrulla de carabineros, por exceso de velocidad. La documentación del coche reveló el nombre del propietario y luego su conexión con el asesinato del poeta, del cual Pino la Rana se declaró culpable. Pelosi no mostraba señales de pelea, sólo una mancha de sangre en un puño de su camisa y en el pantalón, y una escoriación en la frente provocada por un frenazo durante la persecución de la patrulla. No se tomó en consideración la imposibilidad de que un adolescente grácil como Pelosi hubiera podido masacrar al atlético deportista Pasolini. Por ineptitud, o intencionalmente, las investigaciones fueron llevadas con la máxima negligencia; el lugar del delito no fue acordonado y por lo tanto se dejó abierta la entrada a los curiosos que borraron las huellas que habrían permitido la reconstrucción científica de los hechos; el coche de Pasolini fue dejado a la intemperie sin tomar en cuenta lo que se encontraba en su interior, un suéter ensangrentado y una plantilla que no pertenecían ni a Pasolini ni a Pelosi; tampoco se prestó atención al documental que Sergio Citti, cineasta amigo de Pasolini, giró en el lugar del crimen al día siguiente de los hechos. La investigación terminó apresuradamente un año después con la condena del menor a nueve años y nueve meses de prisión, entre las dudas y sospechas de la familia, de Laura Betti, Citti, y de Oriana Fallaci (quien sostuvo que los asesinos de Pasolini habían sido dos hombres y, obligada por el secreto profesional impuesto por la ética periodística, se negó a revelar sus fuentes, por lo cual fue acusada de reticencia por el tribunal). Después de un rápido proceso, el tribunal cerró el caso del asesinato del poeta como una vulgar pelea entre froci (“maricas”). 
En 2005, un golpe de escena coloca de nuevo en primer plano el caso Pasolini y, esta vez, de manera definitiva. Después de treinta años del delito, el ya casi cincuentón Pino Pelosi se presenta en un programa de la RAI 3 para declarar que no había sido él quien mató al poeta. Los asesinos habían sido tres hombres meridionales, por su acento sureño, sicilianos o calabreses, que habrían atacado a Pasolini insultándolo de ser un sucio comunista, de fetusu (término dialectal siciliano para sucio o fétido) y golpeándolo con ferocidad hasta dejarlo agonizante. Pelosi, amenazado de represalias contra sus familiares si confesaba, habría huido en el coche de Pasolini, pasando sin querer sobre su cuerpo destrozado terminando así con su vida.
No se trató entonces de un delito entre froci, sino de un crimen político planeado para eliminar una voz demasiado incómoda para el Palacio, metáfora usada por Pasolini para llamar al poder. La retracción de Pelosi en 2005 viene a confirmar las dudas del homicidio político premeditado que muchos habían sostenido durante el proceso de 1975-1976. La importante revista bimestral Micromega dedicó la mitad de su número 6 del 2005 al asesinato de Pasolini, reconstruyendo minuciosamente los hechos que habían acompañado la muerte del poeta, situándolo en el contexto de los años setenta, años de feroz terrorismo, anni di piombo, años del plomo (título de la película que Margarethe von Trotta dedicó en 1981 a los paralelos años de terrorismo en Alemania), que conocieron la violencia y las masacres perpetradas desde finales del l968 hasta el l981 por las Brigadas Rojas, los NAR (Núcleos Armados Revolucionarios) y otros grupos de izquierda que, con sus atentados en serie, mantuvieron la península en el terror. Con la declaración de Pelosi se impuso la exigencia de una nueva investigación que, solicitada por intelectuales y políticos –entre ellos Walter Veltroni, quien presentó una interpelación al Parlamento– fue asumida en 2009 por el ayuntamiento de Roma.
Pier Paolo Pasolini fue el más discutido de los intelectuales que Italia haya tenido en el siglo XX, y también el más completo: poeta, narrador, dramaturgo, crítico literario, ensayista, guionista, periodista polémico de primer plano en la prensa italiana, y gran cineasta. El poeta, llegado a Roma en l950, dejaba tras de sí una experiencia dolorosa: la muerte de su hermano inocente en la masacre de Porzus, las diferencias con el padre y el escándalo de su preferencia sexual. Había tenido una relación con un muchacho, quien le confiesa a un cura que, a su vez, violando el sacramento del secreto de confesión que el código del derecho canónico impone a los sacerdotes, la hace pública. El tabú de la homosexualidad que acomuna a católicos, fascistas y comunistas fue un golpe duro para Pasolini, expulsado por “indignidad moral” del Partido Comunista al que se había adherido en l947. “Mi homosexualidad –escribe– la he sentido siempre como un enemigo a mi lado, nunca la he sentido dentro de mí.” La discriminación, aunque más discreta en el ambiente comunista, continuará siguiéndolo inclusive en el ambiente intelectual (para dar un solo ejemplo, el poeta Eugenio Montale –notoriamente homófobo– lo detesta, y en una carta a Maria Luisa Spaziani lo llama con desprecio “pobre y pederasta”). 
En Roma, Pasolini descubre el “bajoproletariado” romano y dirige su interés a los ragazzi di vita, protagonistas de sus dos primeras novelas, que viven en el mundo primitivo y salvaje de los barrios pobres y desheredados de la periferia de la capital, un mundo salvaje, genuino y auténtico en su vitalidad (al que dedica su Trilogía de la vida: El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches, que le procuraron al cineasta dieciocho querellas), comparado con el mundo de la alta burguesía económica (ignorante e “ideológicamente pequeñoburguesa”, como la llamará en Teorema). La relación amorosa con Ninetto Davoli, comparable sólo al enorme amor que lo ligó siempre a su madre, durará nueve años, hasta que éste lo abandona para casarse. Pasolini gritará su dolor en cartas lacerantes a sus amigos, e inclusive a la novia de Ninetto. Tendrá una vida sexual libre y desenfrenada, hecha de encuentros fortuitos durante sus batidas nocturnas. En l966 explica a su preocupado amigo Alberto Moravia: “Soy un gatazo turbio que una noche será aplastado en una calle desconocida.”
Sin embargo, el final trágico del poeta no llega del mundo lumpen; llega desde arriba, desde el Palacio, como ya he dicho, la metáfora que Pasolini utiliza para llamar al poder. Intelectual engagé, periodista que sigue los acontecimientos de los “años de plomo” hasta su muerte el 2 de noviembre de l975, que ejerce la denuncia con un valor y una pasión sin equivalente en el mundo intelectual de la izquierda, misma que reacciona, a veces, con fastidio ante los excesos del poeta friulano. Maestro de la paradoja y piedra de escándalo, Pasolini fue un personaje incómodo no sólo para la derecha corrupta, sino también para la izquierda del Partido Comunista, un bastian contrario (un “contreras”), corsario herético no por parti pris, sino por una pasión auténtica. Tolerado, pero la tolerancia, escribe el poeta, es más bien una forma de condena más refinada. Sigue con lucidez e inflexibilidad las evoluciones de la realidad italiana que llevarán, después de la segunda postguerra, a la “transformación antropológica” del pueblo italiano, una realidad que empieza a “olfatear”, y que denuncia desde l962 en un artículo de Vie Nuove, semanal del Partido Comunista: “Italia está pudriéndose en un bienestar que es egoísmo, estupidez, incultura, moralismo, coacción, conformismo a prestarse y a contribuir de alguna forma a la podredumbre de la democracia cristiana, una prolongación del fascismo, y peor todavía que éste.” Los italianos, escribirá años más tarde, se han vuelto un “pueblo degenerado, ridículo, monstruoso, criminal”. Triunfa el hombre medio: “un monstruo, un peligroso delincuente, conformista, colonialista, racista, esclavista, qualunquista ” que, de hecho, encarnará años después en el parvenu Silvio Berlusconi. 
Pasolini vive ese infierno, pero no a la manera de Italo Calvino, con quien a veces polemiza. Calvino escribía: “El infierno está aquí. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es más arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio de ese infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.” En el país que se sostiene sobre lo ilícito, Calvino se siente con la conciencia tranquila; él es honesto y, en un artículo de l980, hace una apología de la honradez en un país de corruptos (una postura parecida a la que sostuvo recientemente, en enero de 2012 y con demasiado énfasis, Umberto Eco, quien defiende su honor y el de Italia frente a un público que aplaude frenéticamente). Al contrario, Pasolini entra en pugna, sin preocuparse de su reputación, y reprocha: “Yo soy uno que vive las cosas de las que ustedes hablan, y que ustedes no viven.” A menudo, en Italia se compara a Calvino con Pasolini, los dos escritores más representativos de la literatura italiana de la segunda mitad del siglo XX. A las historias de “papeles y de tinta” de Calvino, vienen opuestas frecuentemente las “historias de carne y de sangre” de Pasolini. Ambos aman la verdad y, de manera diversa, denuncian la difícil situación política y social. Pasolini no sabe ni puede refugiarse en un espacio “puro” e incontaminado de la corrupción como Calvino, apartarse del infierno y conformarse con ser íntegro, honesto en un mundo corrupto. Son dos temperamentos opuestos. Por temperamento, Calvino estaba alejado de cualquier extremismo y había asimilado la lección de estoicismo derivada de Eugenio Montale, que había sido también el legado de Benedetto Croce, el Croce moralista, el de los escritos menores de moral y de vida práctica: una moral toda terrenal, estoica y sin ilusiones.
Pasolini es campeón de la paradoja y piedra de escándalo. Siempre a contracorriente, ataca en su poema “Villa Giulia” la protesta juvenil de l968. Él simpatiza con los policías, hijos de pobres, en contra de los “hijos de papás”, y ve la confrontación del ’68 entre los estudiantes burgueses y los policías como una lucha de clase, lo que suscita la indignación general de los intelectuales de izquierda, entre ellos su amigo Alberto Moravia y Franco Fortini. En l973, acepta la invitación a colaborar con Il Corriere della Sera, después del viraje a la izquierda de su director Piero Ottone, a quien el año anterior Pasolini había enviado una carta insultante: “Querido inefable Ottone, ¡sería hora de que te avergüences por lo que ‘haces’ escribir a tus deshonestos redactores sobre Vietnam! Es un acto vergonzoso que sólo los siervos y los que como tú no poseen ninguna dignidad moral tienen la impudencia de hacer.” Y termina la carta llamándolo “trivial y obscena puta”. No obstante, Pasolini acepta y empieza una intensa actividad periodística publicando artículos implacables, en los que toca sin pelos en la lengua todos los aspectos de la cruda realidad de los años del terrorismo (ahora recogidos en Escritos corsarios y Cartas luteranas). Amado y odiado, criticado por la derecha y también por la izquierda, constantemente perseguido por procedimientos judiciarios, por inmoralidad, por vilipendio a la religión de Estado, por pornografía. Pasolini es, sin embargo, la conciencia crítica de la parte sana de Italia. No hay aspecto negativo de la realidad italiana que le pase inadvertido. Critica a la Iglesia que “se ríe” del Evangelio, al Partido Democristiano, una asociación de delincuentes, continuación del fascismo histórico, cuyos poderosos políticos –“máscaras fúnebres bajo sonrisas radiantes”– son responsables de la “transformación antropológica” del pueblo italiano, cuya conciencia ni siquiera el fascismo totalitario había logrado modificar, responsables, con la connivencia de la mafia, de la degradación paisajística y urbanística de Italia (denunciada también por Calvino), responsables a través de la televisión –explosión salvaje de la cultura de masas– de la homologación de la lengua italiana y la vitalidad lingüística de los dialectos, lo que no había logrado el fascismo. Pasolini termina sus acusaciones proponiendo un proceso en contra de los crímenes de los democristianos (sobre todo Andreotti, siete veces presidente del consejo y catorce veces ministro –protagonista de Il Divo, la película de Paolo Sorrentino– quien, como se sabe, salió siempre indemne de los procesos en su contra).
En enero de l975, el siempre a contracorriente Pasolini se declara en contra del aborto, al que considera un asesinato porque existe una vida prenatal, y que él mismo vive feliz su “inmersión en la vida prenatal”; sin embargo, no se opone a su legalización, que deja libre a la voluntad de la mujer, como subraya su amiga Maria Antonietta Macciocchi. Recurriendo a paradojas, cuestiona el aborto que deja vía libre al coito, y afirma que ya que la reproducción se considera un delito ecológico en un mundo superpoblado, el coito heterosexual se ha vuelto inmoral, feo y contra natura, ergo la homosexualidad se vuelve moral. En un artículo del mismo año, “El vacío del poder”, denuncia la desaparición de las luciérnagas, que se han vuelto ya un recuerdo lacerante del pasado. Pasolini lanza su crítica más feroz contra el nuevo fascismo: el consumismo. Escribe: “Existe una ideología real e inconsciente que unifica a todos: es la ideología del consumismo. Uno adopta una posición ideológica fascista, otro una posición ideológica antifascista, pero ambos tienen un terreno en común, que es la ideología del consumismo.” Y concluye que el gran mal del hombre no consiste en la pobreza ni en la explotación, sino en la pérdida de su singularidad bajo el imperio del consumismo. La nostalgia de Pasolini por el mundo agrícola y paleoindustrial, su defensa de la tradición, de las raíces que expresa en el poema “Un solo rudere” (Io sono una forza del passato/ Solo nella tradizione è il mio amore) un sentimiento que inclusive Calvino considera retrógrado.
Las últimas pesquisas han confirmado que el asesinato del poeta fue político. Desde 1972 Pasolini, mientras colaboraba con la prensa y rodaba sus películas, empezó a escribir su novela Petrolio, una novela de las masacres, y éste fue el libro que decidió su eliminación. En un capítulo del libro titulado: Lampi sull’eni, Pasolini indaga el caso Enrico Mattei, presidente del eni (Ente Nazionale degli Hidrocarburi), quien había desaparecido en un avión que explotó en el aire y que, oficialmente, fue considerado un accidente. Mattei, hombre político excepcional, buscaba para el país fuentes energéticas más baratas y se había enfrentado al monopolio de las “Siete Hermanas”, como él llamaba a las grandes sociedades petroleras extranjeras. Para filmar El caso Mattei, Francesco Rosi había pedido que investigara el caso al periodista Mauro de Mauro, quien desapareció en 1970 eliminado por la mafia. ¿Quién lo ordenó? Seguramente la cia en acuerdo con la mafia. Pasolini indaga el caso y, sobre todo, la figura ambigua de Cefis (bajo el nombre de Troya), el más interesado en la desaparición de Mattei, de quien ocupó inmediatamente la plaza, y regresó al acuerdo con las siete sociedades petroleras. Ahora bien, el capítulo dedicado por Pasolini al eni desapareció misteriosamente la víspera de su muerte.
La investigación sobre Pasolini llevó, además, a una nueva pista: detrás del delito estaría el hurto de los carretes de Salò, lo que obligó al poeta a filmar de nuevo las escenas durante quince días. Los ladrones buscaron antes extorsionar al productor del filme, Grimaldi, quien se negó. Luego ofrecieron su restitución gratuita a Pasolini, quien el 1 de noviembre fue a la estación Termini no para ligarse a un muchacho de la vida, sino para cerrar las negociaciones, cayendo en la emboscada que le costó la vida.
Ahora esperamos que las conclusiones de los tribunales recompongan la memoria del poeta asesinado.

 

domingo, 12 de febrero de 2012

Musil El hombre sin atributos y el filisteo burgués

12/Febrero/2012
Jornada Semanal
Annunziata Rossi

Para el entrañable Huberto Batis

I

En un capítulo de la segunda parte de El hombre sin atributos, del austríaco Robert Musil, uno de los numerosos personajes de la novela, el general Stumm von Bordwehr, conversando con el protagonista Ulrich Anders (anders: diferente, alusivo a su diversidad), expresa más o menos así su desconcierto respecto al industrial prusiano Dr. Paul Arnheim, otro personaje central de la primera parte de la novela: “No puedes imaginar lo avaro que es. ¡Perdona, más bien quería decir, con cuánta dignidad trata este género! Yo no tenía idea, por ejemplo, que diez centavos por cada tonelada de mercancías transportadas por ferrocarril, fuera un asunto por el cual [Arnheim] debiera de molestarse cada rato, citando a Goethe o la Historia de la filosofía.”*

Estas son líneas que de manera casi lapidaria definen al industrial alemán que, llegado al vértice de la riqueza y del poder, quiere dar una justificación espiritual a la posesión, al dinero. A lo largo de toda la novela Ulrich, alter ego de Robert Musil, reitera cómica y sarcásticamente la mistificación del industrial Arnheim que busca conciliar el alma con el capital, las ideas con el carbón, al comentar con humorismo las observaciones que el ingenuo o falso tonto Stumm le va haciendo.

Para el personaje de Arnheim, Musil se inspiró en una figura real de su tiempo, la del prominente industrial judío-prusiano, escritor y hombre de Estado, Walter Rathenau, quien fuera asesinado en 1922 por los freikorps nacionalistas, responsables también del asesinato de los dirigentes de la Liga Espartaco. No interesa aquí comparar a Paul Arnheim con el Rathenau de la realidad porque, para crear a sus personajes, Musil, al igual que otros escritores, acostumbraba tomar como modelos a muchos de sus contemporáneos que jugaban un papel importante en la cultura del tiempo, para abandonarlos después y construir figuras autónomas que son casi siempre personajes límite.

El hombre sin atributos acompañó a Robert Musil hasta su muerte, al igual que En busca del tiempo perdido a Marcel Proust. El protagonista, Ulrich Anders, es “el hombre sin atributos” que, al contrario de lo que podría suponerse, dispone de un exceso de cualidades, virtudes e intereses “verdaderos” –y a lo largo de su novela, Musil reitera con insistencia el adjetivo verdadero para oponerlo a lo no verdadero, a lo no auténtico–, es decir, los atributos no codificados por el conformismo y los intereses materiales de la sociedad burguesa. Según Ulrich, los atributos admitidos y exaltados en el mundo burgués son sólo abstracciones que toman el lugar de la persona que vale sólo en relación con lo que produce, y cuyas cualidades se evalúan por su capacidad de ganar dinero y poder. Por contribuir, en pocas palabras, con sistema social vigente. En este sentido, el “hombre con atributos” en la novela, resulta ser el rico industrial y constructor de cañones Paul Arn­heim, quien llena de sutilezas sus conversaciones sobre el alma. En fin, en la novela de Musil, la famosa frase griega de Protágoras, “el hombre es la medida de todas las cosas” se convierte en “el dinero es la medida de todas las cosas”.

II

Iniciada en l913 (un año anterior a la declaración de guerra de Austria a Serbia, que involucraría a toda Europa y llevaría a la caída del imperio austrohúngaro), El hombre sin atributos refleja y compendia la incertidumbre y desorientación del imperio austrohúngaro, las cuales explicarían en parte las oscilaciones y la paralela incapacidad de decisión y vacilaciones del protagonista Ulrich.

Ulrich Anders, hijo de un jurista de clara fama, entra a la vida seguro de estar destinado a “algo bello y grande”; en la vida busca una acción en la cual canalizar sus inquietudes sin lograrlo, justamente por el exceso de sus cualidades que lo mantienen indeciso, siempre en un estado de indeterminación entre una u otra cosa, de espera y de disponibilidad; por otro lado, su coherencia no le permite llegar a compromisos que su integridad detesta y rechaza, como veremos en su relación con Arnheim. De Ulrich, André Gide dice que es un hombre sin definición, y Pietro Citati lo define como “aquel cuyo destino se cumple no cumpliéndose nunca”. En efecto, Ulrich es el hombre potencial que no elige porque la elección significaría la exclusión de sus otros atributos y anularía la integridad de su persona. Por otro lado, sabe que lo que hoy es elección puede no serlo mañana, superada por el tiempo que en su fluir es mutable, así como mutable es la identidad humana. Escoger una carrera sería para Musil una amputación, lo que se aproximaría a “la barbarie del especialismo”, como Ortega y Gasset llama a la especialización en un capítulo de La rebelión de las masas. Formula su conflicto con estas palabras: “Un hombre que quiere la verdad se vuelve científico, un hombre que quiere dejar libre juego a su subjetividad se vuelve probablemente escritor, ¿pero qué pasa con un hombre que quiere algo intermedio entre los dos?” La respuesta es evidente: el ensayo, la experimentación, la búsqueda y, finalmente, la escritura que le permite mantener unidas sus múltiples cualidades para observar la realidad en sus múltiples aspectos. Para Musil la literatura se volverá, como observa justamente José María Pérez Gay en su exhaustivo ensayo sobre el escritor austríaco, “una forma de leer y actuar autobiográficamente la realidad” (El imperio perdido.)

En su recorrido, Ulrich pasa de una experiencia a otra. Luego de abandonar su inicial carrera militar, se dedica una temporada a la ciencia obteniendo con sus primeras obras gran éxito, la abandona después para dedicarse a la psicología y a la filosofía (como el mismo Musil, quien se doctora con una tesis sobre El análisis de las sensaciones entre físico y psíquico, de Ernst Mach), pero tampoco quiere vincularse con los filósofos, que son unos violentos, que no disponen de un ejército y por eso se adueñan del mundo encerrándolo en un sistema. Para saber qué quiere, Ulrich se concede un año durante el cual se le presenta en el camino la “Acción Paralela” –núcleo central de la narración– creada para festejar las celebraciones del emperador Francisco José, quien está por cumplir ochenta y ocho años de edad y setenta de gobernar el vasto imperio austrohúngaro. Compuesto por un aglomerado de países con tradiciones y costumbres heterogéneas, el imperio está minado por los movimientos irredentistas que amenazan su desintegración. Sin embargo, ese imperio agonizante es un país de genios, cuyo ocaso se acompaña con un florecimiento deslumbrante –desde la Checoslovaquia de Kafka y Rilke hasta la Bulgaria de Elías Canetti– en todos los campos de la cultura: narrativa, poesía, pintura, teatro, música, filosofía, ciencia, medicina y el nuevo psicoanálisis.

La crítica situación política del imperio hacía difícil e imposible la tarea que se proponía la Acción Paralela: encontrar una idea unificadora que simbolizara al espíritu, la esencia universalista del imperio. El germanista italiano Ladislao Mittner define la Acción Paralela como “el centro inexistente de la novela, cuyo sentido es no tener y no poder tener un centro; lo que logra es sólo presentar todos los aspectos contrastantes de la gran crisis europea, que se manifiesta con más evidencia en el ambiente político y cultural de Viena”. Clarisse, un personaje central de la novela de Musil, con una bella y acertada metáfora afirma más o menos lo mismo, la absurdidad de la búsqueda de un centro unificador. Si se pudiera seccionar toda nuestra vida, dice, tendría el aspecto de mi anillo –y se lo desliza del dedo para enseñarlo–, quiero decir que en el centro no hay nada, está vacío y, sin embargo, es el centro lo que cuenta. Ulrich también termina por abandonar la Acción Paralela que logrará manifestar lo fragmentario, lo absurdo, lo contradictorio de un mundo en desintegración, y que concluye demagógicamente con el trillado lugar común del “rearme para mantener la paz” y, asimismo, con la obtención de Arnheim de los campos de petróleo de Galitzia.

El encuentro Arnheim-Ulrich se realiza en Viena en vísperas de la primera guerra mundial, en casa de la prima de Ulrich, Hermelinda Tuzzi. Arnheim llega de la industrializadísima Alemania declarando con énfasis que quiere descansar del materialismo, del vacío racionalismo del mundo moderno, de los cálculos, etcétera, para gozar en Viena del encanto barroco de la antigua civilización austríaca (todavía ligada a una mentalidad aristocrática feudal, en un país poco industrializado y hostil a la industrialización). En realidad, el industrial constructor de cañones Arnheim esconde motivaciones inconfesables: quiere acaparar los campos de petróleo de Galitzia, y lo logrará, paradójicamente, mediante la Acción Paralela. Ulrich y el rico constructor de cañones Paul Arnheim, que llena de sutilezas sus conversaciones sobre el alma, representan dos polos opuestos que se enfrentan con desconfianza, aunque con la mundana educación de las personas civilizadas.

La contraposición entre Paul Arnheim, hombre de la realidad y de la acción, y Ulrich Anders, hombre de la búsqueda y, por ende, de la disponibilidad, del ensayo y de la experimentación, responde a la contraposición entre lo “real” y lo “irreal” posible, motivo central de la novela de Musil. Ya en la pieza teatral de Musil Los exaltados (publicada en 1921 y que obtuviera en 1923 el Premio Kleist) uno de los protagonistas, Thomas, anticipa el tema cuando declara que lo que acontece carece de importancia respecto a lo que podría acontecer.

La pasión de Arnheim por la bella Diotima –nombre que Ulrich da a su prima Hermelinda, para aludir irónicamente a la célebre Diotima, la única mujer que, entre tantos hombres, discute sobre la naturaleza del amor en El banquete, de Platón– trastorna su vida ya disociada. Empieza la colusión entre alma y negocios, entre amor y capital. Arnheim, que carece por completo de humorismo, teme el ridículo de un matrimonio tardío con una divorciada cualquiera (aunque exesposa de un alto funcionario del imperio). El industrial alemán es un hombre consciente de su responsabilidad y, al entregar su alma, puede sacrificar sólo los intereses pero no el capital, que tiende a la acumulación. Es decir, el dinero-poder se vuelve una cualidad “ontológica” que, incorporada en su sustancia humana, condiciona también sus relaciones eróticas; no le queda pues más remedio que sacrificar el amor, sin ser capaz de resolver el problema con sinceridad no sólo ante Diotima sino ante sí mismo, mistificando la renuncia con motivaciones nobles, espirituales y morales. El espíritu, en suma, se vuelve un hecho de consumo.

Empieza entre los dos enamorados, Arnheim y Diotima, el dueto –de opereta– de la renuncia, por supuesto espiritual. Se esfuerzan ambos por alcanzar los nobles modelos de la comunión platónica, intercambiándose lugares comunes, estereotipos entremezclados con miradas y suspiros que el pequeño gordo general Stumm von Bordwehr intercepta con interés. Ella musita: “¡Ah, poder encontrar una idea que nos salve!” (se refiere a la Acción Paralela, que ella dirige). Él, refiriéndose al amor que los une, exclama: “Sólo un puro, intacto pensamiento de amor nos puede liberar.” Y juntos, repiten: “Las almas se unen cuando los labios se separan”, concluyendo: “Vendrá el tiempo en que las almas se tocarán sin la mediación de los sentidos.” Estos suspiros amorosos se entremezclan con otros más prácticos, como la necesidad de llevar el pensamiento a la cumbre del poder, de conciliar el ánima con la economía. Bajo la influencia de Arnheim, la “colosal gallina” (como en cierto momento la llama Ulrich), declarará que la actividad comercial es poesía. Entre el capital y el amor que une a Arnheim y Diotima, el que triunfa, pues, es el capital, mismo que –quiere convencernos Arnheim–, es una fuerza espiritual.

Esta mediocre pareja hace resaltar la conmovedora belleza del sentimiento que unirá en la tercera parte de la novela a los dos hermanos gemelos Ulrich y Agathe. Agathe es el alma, la encarnación de las tendencias subconscientes y místicas de Ulrich, quien representa el lado intelectual, la exactitud; dos polos: alma-exactitud, sentimiento-razón, que se complementan y se funden a través del incesto –símbolo de la unidad primigenia, de la totalidad que anhela Ulrich– y cuyas interminables conversaciones sobre el amor –diálogos sagrados– constituyen, en la línea de Platón y del neoplatónico florentino Marsilio Ficino, unas de las más bellas páginas de la novela. El amor de afinidad –si se quiere, narcisista– será para ellos el medio para entrar en la utópica dimensión del reino milenario de la perfección, para unir alma y espíritu. En su diario de l930, Musil escribe que su poema “Isis y Osiris” (hermanos-esposos, según la costumbre egipcia) contiene in nuce toda su novela.

Compleja es, también, la relación que el industrial alemán sostiene con Ulrich, el hombre sin atributos. Arnheim, al que todos admiran o envidian, advierte que el otro no sólo no lo acepta sino que lo desprecia, porque Ulrich se da cuenta de los chanchullos del industrial-filósofo iluminado y manifiesta su aversión al filisteísmo alemán, aun queriendo –como él mismo dice– respetar “la fe nibelúngica”. A lo largo de la novela se siente una sorda antipatía de Ulrich hacia Alemania, cuyo programa pangermanista contrastaba con el universalismo europeo austríaco. Hay que recordar que Alemania, a su vez, había siempre considerado con espíritu crítico y con suficiencia el “epicureísmo”, la “sensualidad”, la frivolidad y la joie de vivre de la católica Austria, cuya capital continúa viviendo la turbulencia y el glamour de la belle époque.

III

Ulrich Anders es, por cierto, un irresoluto (el mismo Musil confiesa en sus diarios que el rasgo que más lo ha atormentado en su vida es la indecisión), pero no es un irresoluto por inercia sino por falta de “verdaderas” convicciones, y no abandona nunca la búsqueda. Su actitud de espera, de vacilaciones, de contradicciones ha sido a menudo comparada con la incapacidad de decisiones firmes que privaba en Austria, la Kakania de Ulrich, donde todo puede acontecer y nada acontece, un compendio de contradicciones que Ulrich subraya con humorismo. En Kakania se piensa en un modo y se actúa de otro: el país es liberal, pero el gobierno clerical, el parlamento “creado para ejercer la libertad queda cerrado para que no ejerza”. En Kakania se hace hoy lo que se deshizo ayer y se castiga hoy lo que se perdonó ayer. Le falta al país una línea de conducta coherente, porque no se sabe cuál puede ser; se vive al día, “se va tirando”, como dice un dicho italiano: “si tira a campare”.

Ulrich quiere y no quiere, al punto de que uno de los protagonistas lo acusa de ser un perfecto hijo de Kakania. Sus teorías disuelven todas las cosas en lo indeterminado. Y todo es indeterminado porque todo es confuso. Agathe le reprocha: “Me das consejos maravillosos y luego me preguntas si son válidos. La verdad en tus manos es una fuerza maltratada.” Clarisse, la protagonista que se volverá loca y querrá salvar al mundo, le lee un pasaje de Nietzsche sobre el empobrecimiento del hombre moderno por debilitación de la voluntad y le reprocha que, si es capaz de pensar algo, tiene que ser capaz de hacerlo. Pero Ulrich no quiere comprometerse con algo que no sea completamente coherente con sus ideas y, por otro lado, como se dijo, oscila frente a una toma de decisión que lo obligaría a un papel fijo en un mundo en transformación. A Gerda Fishel le dirá que él es hombre capaz de huir a lo largo del pararrayos y hasta por la más angosta cornisa, si no estuviese convencido de que todos los que intentan huir regresan al padre. A veces, en los momentos de desesperación, desea ser arrollado, en una lucha cuerpo a cuerpo, por los acontecimientos, incluso absurdos y delictuosos, con tal de que sean válidos. Hay que recordar que, inicialmente, Ulrich se identifica con el asesino y enfermo de la mente Moosbregger, otro personaje importante de la novela, sobre el cual Musil se anticipa, a la edad de diecisiete años, con Monsieur le vivisecteur. En El hombre sin atributos, Musil afirma ser Moosbregger. Él relaciona el arte con el delito, así como Thomas Mann lo relaciona con la enfermedad.

Al abandonar la Acción Paralela y a los protagonistas alrededor de ella, Ulrich se convence de que el mundo de la realidad no tiene sentido, que es insubstancial. Dice de su tiempo que es inepto, sin vida, sin amor, sin religión. Los hombres repiten por rutina comportamientos que en otras épocas respondían a pasiones, creencias ahora inexistentes, de las cuales sólo queda la cáscara, la apariencia desteñida de un mundo, en su momento, de vida auténtica, cuando la forma coexistía con los valores, con el contenido. Los actos de la vida se han vuelto gestos mecánicos, vacíos de contenido moral, sentimental, intelectual. El resultado es, como dice Claudio Magris, una “enciclopedia de negaciones”, en la que no falta ninguna de las voces que constituyen la realidad de su tiempo: voces desgastadas, escombros con los cuales la humanidad, incapaz de experimentar lo irreal, sigue conformándose.

Sin embargo, Ulrich sigue su búsqueda afuera del mundo de la historia. Si la realidad no tiene sentido, se dice, hay que abolirla. Hay que escoger lo esencial, el mundo de las puras posibilidades. Ulrich entrará a la experiencia mística sin abandonar la esperanza de que la fuerza que en el reino milenario se presenta para dos pueda ser reforzada hasta la tumultuosa comunidad de todos; porque la solución individual no basta para satisfacer su necesidad de totalidad, que implica la unión entre lo subjetivo y lo objetivo, entre lo individual y lo social.

Mucho se ha escrito de Ulrich como el hermano mayor de la larga progenie de ineptos, inadaptados, abúlicos, faltos de voluntad, de los irresolutos cuya reflexión prevalece sobre la acción siempre postergada: hombres lenti all’azione, como los llama Eugenio Montale, hollow men según otro poeta, T. S. Eliot.

Ahora bien, si Ulrich es el hermano mayor de esa progenie, nace espontánea la pregunta: ¿de quién es hijo, quién es su progenitor? Si vamos al siglo XIX, le encontramos un padre en Oblomov, de la novela homónima de Iván Goncharov publicada en l959. Por cierto, Oblomov no es un irresoluto, ni un intelectual lúcido como Ulrich, más bien es un alma cándida y sensible que, llena de esperanza y de ilusiones, termina por descubrir que no puede adaptarse a la vida productiva que considera banal y prefiere la vida mediocre y soñolienta de la provincia. Oblomov es el héroe de la renuncia y de la abulia, de las respuestas “¿para qué?” y “¿por qué?” a los amigos que buscan estimularlo a la acción. Su actitud de renuncia a la vida activa ha generado el término oblomovismo, síndrome de un fenómeno inminente que se manifiesta casi siempre en mundos en vía de desaparición o en crisis. Oblomov, con palabras que recuerdan las de Ulrich, lamenta que el mundo no tiene ni centro ni dirección; es decir, que marcha sin intenciones, y que los hombres duermen o están muertos, aun cuando se muevan todo el día en un inútil activismo sin contenido. En la novela de Goncharov encontramos a otro personaje opuesto a Oblomov y ligado a él por el cariño: es su dinámico y entrañable amigo de infancia Stolz, de origen alemán (no es Arnheim, por supuesto) que quiere atraerlo a la esfera del trabajo como el contenido más alto de la vida. Sin embargo, Oblomov, al igual que Ulrich, considera que el éxito, como contenido de la vida, es demasiado poco y que no tiene sentido luchar por él.

Coincidencia curiosa pero no fortuita: al retroceder tres años en el tiempo, encontramos del otro lado del Atlántico a un pariente de Oblomov: se trata de Bartleby, el enigmático y perturbador protagonista de la novela homónima de Hermann Melville. Bartleby, copista que cumple escrupulosamente con su trabajo, de repente rechaza con imperturbable aplomo el trabajo extra que se le pide, recurriendo a la fórmula: “Preferiría no hacerlo” (I would prefer not to), que deja asombrado a su jefe, el narrador de la historia. Bartleby terminará por “preferir” no trabajar del todo y “preferirá” permanecer instalado en la oficina, de la cual su jefe tendrá que mudarse para poder deshacerse de él… El síndrome de Bartleby, escribe Enrique Vila-Matas (“Bartleby y compañía”), es un mal endémico de las literaturas contemporáneas.

Sin embargo, creo que el síndrome de ese mal endémico se manifiesta mucho antes en el Hamlet del to be or not to be. En su Journal (julio de 1931), André Gide, al traducir la obra de Shakespeare, descubre algo que, él dice, no había sido notado antes: el joven príncipe danés había estudiado en la universidad alemana de Wittenberg y de la influencia de “la metafísica alemana dependería su carácter “germanizado”, de duda e indecisión. “Al regreso de Alemania –escribe Gide– él no puede más actuar; él raciocina. Considero pues a la metafísica alemana responsable de sus indecisiones.”

Me parece interesante añadir algo de lo que escribe Luigi Pirandello en un capítulo de su El difunto Matías Pascal. En un teatro de marionetas de Roma, durante una representación de la Electra, de Sófocles, el dueño de la casa donde se hospeda Matías Pascal bajo el nombre falso de Adriano Meis, pregunta a su huésped:

–Dígame, si en el momento culminante, cuando la marioneta que representa a Orestes está por vengar el asesinato de su padre, de repente se abriese una grieta en el techo de cartón del teatrito, ¿qué pasaría?

Matías, que no sabe responder, explica:

–¡Pero es muy fácil, señor Meis! Orestes quedaría terriblemente desconcertado por aquella grieta en el cielo. […] Sentiría todavía los impulsos de la venganza, querría seguirlos con ansiosa pasión, pero sus ojos irían allí, a esa grieta, de donde toda suerte de malos influjos penetrarían en la escena y dejaría caer los brazos. Orestes, en suma, se volvería Hamlet. Toda la diferencia, señor Meis, entre la tragedia antigua y la moderna consiste en esto, créame bien: en una grieta en el cielo de cartón del teatrito.

* Todas las citas son traducidas del italiano
(L’ uomo senza qualità, Einaudi, Turín, 1957).