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domingo, 14 de enero de 2018

Una carta inédita de Jorge Cuesta

14/Enero/2017
Confabulario
Sergio Téllez-Pon

Una carta privada es un universo cerrado y para intentar descifrarlo hay que echar mano de varios elementos biográficos de los involucrados e incluso de algunas personas de su círculo íntimo. Aunque breve, esta carta de Jorge Cuesta contiene muchos puntos por dilucidar, los cuales la hacen sumamente interesante para entender mejor una etapa de su vida. El asunto central es su relación amorosa con Lupe Marín pero alrededor se desprenden varios temas más. Para empezar, la fecha no está completa, sin embargo, es fácil saber que se trata de 1928 pues ese año Cuesta viaja por única ocasión a París, como lo consigna la dirección del hotel al calce. Allá se reencuentra con el pintor Agustín Lazo y gracias a él conoce a Luis Cardoza y Aragón y al poeta peruano César Moro; también conocerá a algunos surrealistas como André Breton y Robert Desnos y —aunque no lo conoció—, leyó, admiró y tradujo la obra de Paul Éluard. Al regresar a México, Cuesta escribió sobre estos surrealistas o publicó traducciones de su obra en la revista Contemporáneos. El Octavio a quien está dirigida no es otro que Octavio G. Barreda, quien fue más que un amigo cercano y cómplice de las aventuras de los Contemporáneos. Este amigo se vuelve confidente al contarle sus cuitas amorosas y tal vez por eso la carta es de un tono desolado por lo mal que se siente en Europa cuando sus pasiones están en México.
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En un número anterior de Confabulario (núm., 188, 15 de enero de 2017), Ángel Gilberto Adame documentó con base en documentos judiciales las causales y las circunstancias del divorcio entre Jorge Cuesta y Lupe Marín el 19 de abril de 1933, pero toda la etapa previa del romance y el matrimonio lo recrea Elena Poniatowska en su novela sobre Lupe Marín Dos veces única (Seix Barral, 2015). Sin embargo, Poniatowska cae en varias imprecisiones a lo largo del libro lo cual resulta extraño pues tuvo información de primera mano al conocer y entrevistar a varios de los protagonistas y ha escrito algunos libros ambientados en esa época como Tinísima (1992; Seix Barral, 2016) o Juan Soriano. Niño de mil años (2000). EnDos veces única parece no haber ningún rigor cronológico, lo que le permite confundir hechos que no sucedieron cuando los hace coincidir o los inserta cuando no pasaron, por ejemplo, los Contemporáneos aún no se llamaban así en el capítulo que les dedica. Otros errores aunque mínimos pero que al ser tantos muestran el nivel de embrollo es que confunde el templo de san Pedro y san Pablo, donde Diego Rivera nunca pintó, con el Colegio de San Ildefonso. También escribe que Xavier Villaurrutia era “el más entendido en política” de los Contemporáneos, cuando en realidad era todo lo contrario pues Villaurrutia vivía en su mundo nocturno de sombras, ángeles y muerte; o que el grupo era “lidereado” por Salvador Novo, sin embargo, ese lugar le correspondería más a Jaime Torres Bodet pues al ser cercano de Vasconcelos era quien ideaba los proyectos editoriales del grupo y en cambio Novo estaba más cercano al grupo de Henríquez Ureña, enemigo de Vasconcelos, de manera que no publicó mucho en la revista que los bautizó y un par de años después cuando la mayoría de ellos estaba al amparo de Bernardo Gastelum en el Departamento de Salubridad, Novo estaba en otro grupo, el de Puig Casauranc, en la Secretaría de Educación. Concretamente sobre Cuesta, él no participa en la selección de la Antología de la poesía mexicana moderna (1928) porque está en Córdoba así que sólo escribe el prólogo y acepta firmarla; cuando está contando sobre la Antología menciona la crítica feroz a Vicente Lombardo Toledano, pero en realidad ese episodio se dio hasta los años treinta; tampoco destroza la poesía de López Velarde ni la de Villaurrutia, al contrario, las elogia y menos “hace polvo” la pintura de Lazo, la ensalza. De manera que más que esclarecer hechos la novela de Poniatowska abona al rumor y a la confusión.
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Cuesta está en París porque su familia lo ha enviado casi forzosamente para que de esa manera se olvide de Lupe Marín, quien había sido la segunda esposa de Diego (se casaron en julio de 1922 y poco después la pintó su fabuloso mural de San Ildefonso, “La creación”). La familia de Cuesta quiere que se olvide de ella no sólo porque es una mujer mayor para la época (tenía 32 años y él era un muchachito de 24), sino sobre todo porque aún está casada y tiene dos hijas pequeñas, así que querían evitar que su hijo se enamorara y viviera con una adúltera. Sin importarle la prohibición familiar, como él lo dice en la carta, al regresar a México se casa con Lupe y ella se separa de Diego (y Diego se va con Frida Kahlo). Es así como de pronto ambos matrimonios convivían muy de cerca pues vivieron en la misma casa, en la calle de Mixcalco número 12: Lupe Marín y Jorge Cuesta con las dos niñas, Lupe y Ruth, en el piso de arriba, y Frida y Diego abajo.
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Además de la renuencia de la familia de Cuesta, él y Lupe Marín tienen que enfrentarse a la oposición del propio Diego Rivera. A mediados de 1928 viaja a Rusia pero al parecer antes de irse y todavía desde allá lanza varios “denuestos” en contra de Cuesta. En sus sonetos satíricos contra Diego, “La diegada”, Novo abunda más sobre el romance que inició cuando los jóvenes poetas frecuentaban la cena semanal de los miércoles en la que Lupe Marín agasajaba a sus invitados con tamales (“simbólicos tamales obsequiaba / en la su cursi semanaria fiesta”); la frecuencia semanal hizo inevitable el enamoramiento y pronto engañó a Diego Rivera pues Novo no pierde oportunidad de tratarlo como “cornudo” o más precisamente “buey”; finalmente fue cuando “marchóse a Rusia el genio pintoresco” es que tuvieron tiempo para establecer su relación, cosa que sin duda no habrá agradado a Diego. Aunado a eso, los enamorados también tuvieron que enfrentar la negativa de la familia de Lupe, en particular de Carmen, una de sus hermanas y quien estaba casada con Octavio G. Barreda, precisamente el receptor de esta carta; de allí que en estas líneas, Cuesta se lamente por ya no poder contentarla con los libros que antes le habrían servido para ganarse su aprobación.
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En su ruta hacia París, Cuesta hace una escala en Londres donde se encuentra con José Gorostiza y Eduardo Luquín (no con su hermano Carlos, como escribe Poniatowska) quienes están con Barreda en la embajada de México en Inglaterra. Al igual que Barreda, los hermanos Luquín, Carlos y Eduardo, deberían ser considerados como parte del grupo de Contemporáneos, no sólo porque fueron grandes amigos y participaron en las actividades del grupo sino porque compartían el mismo espíritu vanguardista. Es probable que, como ellos y Torres Bodet y Gilberto Owen, Cuesta haya querido ingresar al Servicio Diplomático, como también lo quiso hacer Villaurrutia. O al menos eso se desprende de lo que escribe en la carta, pero una de las máximas del grupo era el “viaje alrededor de la alcoba”, es decir, el viaje en sentido metafórico no real, pues como escribió Owen lo ideal era “conservarse en el deseo del viaje, que es fecundo” y no en “el viaje realizado, que es ceniza”. París, escribe Cuesta, aún no le dice mucho porque sin duda está pensando en el amor por Lupe pero a su debido momento le dirá demasiado, como ya se dijo, gracias al encuentro con los surrealistas.
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Años después Lupe Marín publicó La única (Editorial Jalisco, 1938), una supuesta novela que era su versión del matrimonio con Cuesta. Entre las cosas que contaba, era que Cuesta se había acostado con su propia hermana, Natalia, y con ella había tenido un niño; en realidad, Cuesta se había acostado con la hermana de Lupe, Isabel (la imagen en la portada de Diego Rivera, a la manera de Salomé exigiendo la cabeza del profeta Juan Bautista: “Dadme la cabeza de Yokanaan”, representa a las dos hermanas sosteniendo a Cuesta decapitado sobre una charola). Con el tiempo, Lupe Marín se arrepintió del libelo y consciente de que lo que había contado sólo había contribuido a desprestigiar más a Cuesta, a todos sus conocidos les preguntaba si tenían un ejemplar, se ofrecía a comprarlo y acto seguido lo destruía.

La carta
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2 de julio [de 1928]
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Querido Octavio:
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Hasta hoy recibo dinero de mi casa, salgo de una escandalosa brujez que me tenía, junto con los acontecimientos que se desarrollaban simultáneamente, estupefacto y embrutecido. Ahora salgo de mi miseria y de mi angustiosa ignorancia.
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Encontré, al día siguiente de llegar a París, carta de Lupe [Marín] donde me decía que llegaría Diego [Rivera] el día 12 o 13 [de junio] y que me cablegrafiaría el resultado del encuentro. No me cablegrafió, sino tuve que esperar la carta donde me contara todo. Ayer me llegó y empieza a contarme cosas.
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Todo quedó arreglado. Ella se separará inmediatamente de Diego. Yo no sé si Diego se quede en México o se vaya. Yo regresaré enseguida, apenas tenga dinero de mi casa para el viaje. Ya me quisiera regresar hoy mismo. En llegando, como se dice, me caso con Lupe.
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Diego se soltó en denuestos contra mí. Yo espero encontrarlo en México todavía y tener con él una explicación, así sea innecesaria o así pueda ser inconveniente.
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Lamento, por un lado, tener que regresar tan pronto. Durante mi brujez ya había pensado en escribirle para ver si era posible arreglar lo de Martínez Vaca para quedarme en Londres pues nada me decía todavía París de importante. Todavía no me dice nada. Espero que empezará a decirme cuando ya esté a punto de embarcarme me arrimaré al mástil, como Ulises.
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Hoy saldré a buscar unos libros para Carmen [Marín]. Antes los hubiera mandado si hubiera recibido pronto el dinero. Es lo que mi brujez ha lamentado más. Y me da pena mandárselos ahora junto con las noticias que podrán hacer definitivo su disgusto de nosotros o su disgusto de mí. Ud. comprendió todo, así me imagino, hasta ver en cada uno de nosotros la falta de libertad para elegir. ¿Acaso por ser en este momento la más cercana, es la reprobación de Carmen la que me pesa más? Que el afecto que le tiene a Lupe, que la comprensión de Ud. y que el afecto que para ella tengo ya, puedan limitar su libertad de condenarnos.
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Salude a Pepe [Gorostiza] y a [Eduardo] Luquín. Los recuerdo con la más presente amistad.
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Tuyo,
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Jorge Cuesta

sábado, 14 de enero de 2017

El escritor total

14/Enero/2017
El Cultural
Sergio Téllez-Pon

A Rose Corral y Daniel Balderston

El hombre de letras fue la figura más representativa de la literatura latinoamericana (como antaño lo fueran Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, entre otros) pero las circunstancias de hoy en día hacen que sea difícil que vuelva a surgir. De esa figura actualmente quedan pocos ejemplos; uno de ellos era Ricardo Piglia (1941-2017), un polígrafo que pudo escribir en varios géneros con la misma maestría, un escritor completo: el escritor total. Así, el narrador permea al lúcido ensayista y éste, a su vez, está presente en su veta académica (parece que sólo le faltó escribir poesía y teatro).
Durante mucho tiempo, el nombre y la obra de Piglia fueron poco conocidos más allá de las fronteras argentinas. Piglia era un escritor para una minoría, esos numerables pero fieles lectores que semejan más una secta clandestina que estruendosos fans de un rockstar. Era, sobre todo, un escritor para escritores. Y esto se debe, en principio, a que a diferencia de la gran mayoría de los narradores actuales, la narrativa de Piglia no está a expensas de una anécdota, de la historia.
La invasión, su primer libro, fue una reunión de cuentos que en 1967 ganó el entonces prestigioso premio de Casa de las Américas (Cuba) en el que son evidentes sus lecturas de William Faulkner, Hemingway, pero también de Macedonio Fernández, Borges, Onetti, Roberto Artl y Felisberto Hernández, lecturas que todavía son perceptibles en su siguiente libro de cuentos, Nombre falso (1975), por lo cual estos dos volúmenes tienen un aire familiar. Es en “La invasión”, que presta su nombre para titular el libro, donde aparece por primera vez Emilio Renzi, una especie de alter ego que después aparecerá a lo largo de casi toda su obra, por lo que se ha convertido en uno de sus personajes más entrañables. También se incluyen un par de ficciones históricas como la genial “Las actas del juicio” y “Mata-Hari 55”, ésta sobre las actividades subversivas para derrocar a Perón.
Para la segunda edición (Anagrama, 2006), Piglia añadió cinco relatos: “El joyero”, “Desagravio”, “En noviembre”, “El pianista” y “Un pez en el hielo”: quince relatos en total de una primera etapa narrativa. En “Un pez en el hielo”, el relato con el que cierra esta segunda edición, están ya todas sus ideas y gustos literarios pero además anticipa un libro asombroso, El último lector. Me explico: toda la historia, que vuelve a protagonizar su alter ego, Emilio Renzi, quien ahora persigue y al mismo tiempo huye del fantasma de un amor mientras disecciona los últimos días de vida del poeta italiano Cesare Pavese, en realidad es un pretexto para hablar de la escritura y en particular del diario de Pavese, tal y como lo hace en El último lector con la escritura/lectura de Borges, Kafka, el Che Guevara, Tolstói, Joyce.
Sin embargo, me parece que en el cuento “La loca y el relato del crimen” (en Cuentos con dos rostros, UNAM, 1999) están las claves de su obra narrativa, la permean toda y vuelven a ser más notorias en su novela más reciente, El camino de Ida: sólo el que sabe descifrar códigos, leer entre líneas puede esclarecer una desaparición o asesinato. El giro de personalidad que hace Emilio Renzi no es gratuito ya que es el único que sabe leer, es decir, interpretar, decodificar el o los mensajes encubiertos del delincuente: por eso para Piglia un detective privado es también un lector, o una de las tantas especies de lector. Esta metaliteratura, de evidente raíz borgesiana, será el rasgo más distintivo de su obra futura.
Respiración artificial es una clara muestra de ese juego metaliterario al que era tan aficionado, pues es una novela dentro de la novela, un libro dentro del libro, una historia dentro de la historia: Emilio Renzi escribió una primera novela sobre un tío lejano del que escuchó disparatadas historias familiares; ese tío se llama Marcelo Maggi y en unas cartas que le escribe a Emilio Renzi le aclara la historia que han contado de él y de paso le confiesa que está escribiendo la historia de un traidor que fue secretario particular de un político autoritario del siglo XIX y quien también escribe una historia, después de haber escapado por el mundo. Para el lector que no esté familiarizado con este recurso tan usado por Piglia, la novela podría llegar a ser impenetrable, sin rumbo, y cada página puede presentarse como un obstáculo. Por eso el lector de Piglia debe ser muy avezado. Piglia veía a su lector ideal como un investigador, como un espía que le seguía la pista, que descifraba sus gustos y entonces sólo así uno y otro tenían empatía.
Hay algo que me llama la atención en la narrativa de Piglia: más que la historia que narra en sus cuentos o novelas, siempre hay detrás una historia sobre cómo llegó a ellas. El azar juega un papel determinante en la concepción de sus historias. Por ejemplo, cuando vivía entre dos ciudades, en una pensión en una y en la otra en un hotel, encontró las cartas que se cruzaron dos amantes, las de ella en el hotel de Buenos Aires, las de él en la pensión para estudiantes de La Plata, como si la historia le llegara para ser contada sólo por él. En el caso de Plata quemada fue a partir del encuentro con una pasajera con quien coincide en el tren a Bolivia; ella le cuenta la asombrosa historia de tres mafiosos que asaltaron un banco, huyeron a Montevideo, fueron traicionados, se parapetaron en un departamento donde resistieron la balacera cruzada con la policía durante quince horas y finalmente le prendieron fuego al dinero robado. La mujer había sido la última amante de uno de los delincuentes, el Cuervo Mereles, así que conocía bien el caso y de esa manera le inoculó la historia, al grado de que Piglia emprendió una investigación en periódicos y legajos de la época y, finalmente, entre versiones y versiones escritas a lo largo de veinticinco años, pudo concluir su asfixiante novela.
Piglia fue un entusiasta lector de novela policiaca. Consideraba Un largo adiós, de Raymond Chandler, la mejor novela policiaca de los tiempos recientes y dirigió la colección Serie Negra de editorial Planeta. Así, pues, basada en hechos reales que sucedieron a finales de 1965 entre Buenos Aires y Montevideo, Plata quemada es una novela policiaca que además del asalto a un banco narra la corrupción y la traición (o en el caso de dos personajes, los mellizos, la fidelidad a ratos homoerótica) que impera cuando el dinero hace la disyuntiva. Es una novela coral, desde las voces que surgen en la cabeza de uno de los mellizos hasta la de Emilio Renzi, el periodista que atestigua y reporta para un diario el fuego cruzado.
En El último lector (Anagrama, 2005), Piglia volvió a fusionar sus dotes de experimentado narrador y lúcido ensayista para demostrar porqué es uno de los escritores más vanguardistas de la actual literatura latinoamericana. El último lector es, para decirlo en sus propias palabras, “una historia imaginaria de los lectores y no una historia de la lectura”. Parte de la pregunta “¿Qué es un lector?” y al aislarlo puede nombrarlo, individualizarlo y entonces sí contar su historia. La respuesta es múltiple, el lector es muchos lectores o, mejor dicho, muchos tipos de lectores: Piglia observa y analiza a los lectores en situaciones límite, en circunstancias extremas, por ejemplo, ¿cómo son los lectores en la obra de Borges y cómo lee él mismo siendo un escritor ciego? O ¿un lector como el Che Guevara mientras es perseguido en Bolivia? A través de estos personajes busca “rastrear el modo en que está representada la figura del lector en la literatura”, pues son “historias particulares que cristalizan redes y mundos posibles”. Porque la condición de leer es saber leer entre líneas “para encontrar el camino”, pues también hay otra clase de lector que “lee mal, distorsiona, percibe confusamente”, y agrega: “no siempre el que tiene mejor vista lee mejor”. A la “lectura fuera de lugar” de nosotros como “lectores imperfectos” opone la lectura atenta, detallada, microscópica. A ellos los llama “lectores puros”, es decir, aquellos para quienes “la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida”. La historia del lector es un relato: para decirlo con otras palabras, el ensayo literario está aprisionado, contenido en la estructura propia del relato, creando así un nuevo elemento narrativo. Piglia narra para exponer o confirmar una idea, no para desarrollar una historia a la manera ortodoxa. A la lucidez le acompaña la claridad de su escritura, y la vasta cultura literaria está aderezada con la amenidad.
Hay otro rasgo llamativo en la obra de Piglia: trabaja y guarda durante varios años los manuscritos de sus novelas. Es el caso también de Blanco nocturno (Anagrama, 2011): desde 2005, cuando apareció El último lector, se especuló primero que en su próxima novela Emilio Renzi, encerrado en un cuarto de hotel, se pone a leer sus diarios —historia de la cual podría ser un guiño el relato “Un pez en el agua”—, al tiempo que espía e intenta seducir a su guapa vecina. O, también, que por fin publicaría el diario que escribió por más de cincuenta años, cuya frecuente mención de su parte lo había vuelto toda una leyenda literaria.
Nada de eso. Blanco nocturno, el regreso de Piglia a la novela desde la polémica Plata quemada y con la que ganó el premio Rómulo Gallegos, es una obra en la que vuelven a aparecer sus obsesiones personales: la provincia argentina, extranjeros trasplantados, la estirpe de las familias, las alusiones metaliterarias y, sobre todo, la novela negra. Sin embargo, el asesinato se plantea desde el principio y se resuelve a la mitad con lo que Piglia va más allá de los cánones de la novela negra. Sigue, por lo tanto, la línea de Plata quemada más que de Respiración artificial o El último lector, aunque hay cierta hermandad con esas y otras obras suyas (por ejemplo, es fácil pensar en el padre Belladona como el protagonista de Respiración artificial; el forastero puertorriqueño bien podría ser Steve Ratliff, de Prisión perpetua, y los guiños literarios de las notas a pie de página remiten obligatoriamente a El último lector). En las novelas policiacas, las familias son las primeras que traicionan, y por lo tanto las últimas sospechosas, en ellas nunca se inicia la investigación. En el caso de Blanco nocturno es la familia Belladona, los fundadores del pueblo: el abuelo, Bruno; el padre, Cayetano, sus dos esposas, con dos hijos de cada matrimonio: dos varones, Lucio y Luca, y dos gemelas, Sofía y Ada, de quienes, a la manera de Borges y el otro Borges, dice Piglia: “Era como tener un doble que hiciera las tareas desagradables (y las agradables)”.
Hace un par de años publicó Antología personal (FCE, 2014), una compilación que muestra de forma más evidente todas sus facetas. Todas son complementarias, unas a otras se retroalimentan para crear textos radicales en estrecha comunicación. No sé si en esta antología Piglia compiló lo mejor o lo que más le gusta de su propia obra; sí sé, en cambio, que está todo lo que lo muestra mejor: sus temas recurrentes, sus teorías sobre el cuento, el estudioso de la literatura en discursos y conferencias, sus diarios, fragmentos, sus novelas y algunos cuentos (la serie “Los casos de Croce” son cuentos inéditos y todo parece indicar que pertenecen a un libro de relatos que, al parecer, alcanzó a terminar antes de morir). Es por eso que en el breve pero sucinto prólogo Piglia puede decir que es el libro que mejor lo representa.
Durante varias décadas, Piglia impartió cátedra en la Universidad de Princeton, una faceta poco conocida en su vida pero de la que da testimonio su novela El camino de Ida (Anagrama, 2013). Aunque al principio El camino de Ida se centra en la tranquila vida académica en una universidad de Nueva Jersey, esa armonía se ve trastocada por la muerte de la profesora Ida Brown y así la historia se convierte en una novela negra —como ya he dicho, un género muy caro a Piglia. Como en el cuento “La loca y el relato del crimen”, Emilio Renzi pasa de ser un profesor principiante a volverse un detective que esclarece la muerte de Ida: como en aquél cuento, en esta novela Renzi es el único que puede leer, es decir, interpretar, decodificar el mensaje cifrado del enigma (en el cuento el asesinato de una prostituta, en la novela la muerte de Ida Brown) hasta resolverlo.
Tal vez el Piglia memorioso sea la faceta que encierra mejor al escritor. En “El pez en el agua”, al hablar sobre los diarios de Cesare Pavese, Piglia escribió: “Sólo quien escribe un diario puede entender el diario que escriben otros”. Piglia sabía de lo que hablaba y finalmente los suyos se han publicado hasta ahora en dos tomos: Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación (Anagrama, 2015) y Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices (Anagrama, 2016), a los que se va a sumar un tercer y último tomo: Un día en la vida. Estos diarios no están contados en primera persona, le cede la voz a su alter ego Emilio Renzi, seguramente para evitar el “yo odioso” de Montaigne. Dado que les dedicó casi toda su vida puede decirse que sus diarios son el gran proyecto de su obra. Pero el mayor mérito de Piglia con sus diarios fue darles el nivel literario de un género marginal que, al menos en la lengua española, no goza de suficiente prestigio ni abundantes lectores.
Como ya he dicho también, la vida académica no le era ajena. Por fortuna, sus ensayos no tienen ese aire académico, son netamente literarios, pues creo que Piglia era consciente de que los dos estilos debían escindirse, cada uno funciona sólo en su ámbito. En Madrid hay una librería especializada en literatura latinoamericana, el Centro de Arte Moderno, que es atendida por un par de argentinos; según me contaron, una vez fue Piglia a firmar ejemplares de sus libros y cuando tomó la palabra para agradecer la asistencia en realidad improvisó una cátedra que duró una hora y los asistentes ni resintieron gracias a la lucidez de las palabras. El diálogo, la conversación como un recurso que crea complicidad y familiaridad con el interlocutor (ya sea un reportero o un auditorio), a eso apelaba Piglia como queda claro primero en Crítica y ficción (Anagrama, 2001) y recientemente en La forma inicial. Conversaciones en Princeton (Sexto Piso, 2015).
Desde que su obra empezara a recorrer todo el ámbito de la lengua española, Piglia se convirtió rápidamente —poco más de tres lustros— en uno de los escritores que marcaron la pauta, el ritmo y el tono de lo mucho que se escribe en la lengua española en los inicios de este siglo XXI.

domingo, 10 de julio de 2016

“La crítica abierta” de José Gorostiza

Julio/2016
Confabulario
Sergio Téllez-Pon

La crítica fue uno de los rasgos que caracterizaron la actitud y la obra de la generación de Contemporáneos, pues como escribió Jorge Cuesta, si bien no todos fueron críticos sí, al menos, “adoptaron una actitud crítica” y tuvieron “la voluntad de mirar las cosas con incredulidad y desconfianza”: todo lo pusieron en duda, con ellos todo entró en crisis. Y muchas de esas cosas las cimbraron antes de cumplir los treinta años pues, al decir de José Joaquín Blanco, “la precocidad de los Contemporáneos es más que un episodio biográfico; surge, naturalmente, de la particular disposición intelectual y anímica de cada escritor, pero al convertirse en una precocidad colectiva excede las historias personales y exige otro tipo de explicación” (en Crónica literaria, Cal y Arena, 1996, p. 160).

Esa precocidad fue un efecto natural pues desde 1914 el apogeo de la Revolución ciertamente había dispersado al Ateneo de la Juventud: Alfonso Reyes se va a España; Pedro Henríquez Ureña y José Vasconcelos a Estados Unidos; José Juan Tablada a Venezuela y Colombia… Sólo se quedaron aquí Antonio Caso, cuyos libros de filosofía no le gustaron a Cuesta y a quien Samuel Ramos criticó con vehemencia; Ramón López Velarde, con quien convivieron muy poco por su muerte prematura y Enrique González Martínez, el único bajo cuya ala los jóvenes pudieron cobijarse. Xavier Villaurrutia le dijo a José Luis Martínez en una entrevista para la revista Tierra nueva: “en los primeros años de nuestra actuación los maestros mexicanos se encontraban fuera de la capital: Alfonso Reyes y José Vasconcelos… eso nos llevó a trabajar solos y a buscar en las lecturas al maestro”. La falta de un ambiente intelectual dinámico, evitó que hubiera una crítica sistemática a las manifestaciones culturales: todo estaba como anestesiado. Y todos se conformaban, nadie ponía en tela de juicio lo que se hacía. Era, agregó Cuesta, un medio “cuya cualidad esencial ha sido una absoluta falta de crítica”.

Gilberto Owen recordaba que “hacia 1921, año en que empezamos a medir nuestro México, no había en todo el país un solo viejo, ni un solo brazo cansado, ni una sola voz roída de toses. Nos habían dejado solos, como a los buenos toreros, ante una larga faena, ante una tarea que iba a ocupar ya todos los minutos de nuestra vida”. Y Cuesta rememora que un rasgo en común fue “no tener cerca de ellos, sino muy pocos ejemplos brillantes, aislados, confusos y discutibles; carecer de estas compañías mayores que decidan desde la más temprana juventud un destino”. Es por eso que José Gorostiza, al igual que Cuesta, Owen y Villaurrutia reivindicó la obra de esa nueva generación que “se formó por sí sola, sin anuencia de ellos, esta literatura incompleta, pero innegable de la juventud” y reclamó a los viejos intelectuales que cuando colaboraron “en los gobiernos de entonces no procuraron legar a la juventud un ambiente propicio” (en “Juventud contra Molinos de viento”, La antorcha, 24 de enero de 1925; todas las citas provienen de Prosa, edición de Miguel Capistrán, Conaculta, 1995, pero citaré la edición original para atenerme al orden cronológico). Gorostiza parece decir: “Lo que hicimos, bueno o malo, lo hicimos sin figuras tutelares, guiados sólo por nuestro impulso juvenil”. Así, pues, a la nueva generación, la de Contemporáneos le tocó hacer, incluso volver a hacer muchas cosas, por eso escriben y participan de todas las manifestaciones culturales que se les ponen en el camino (teatro, revistas, cine, crítica de artes plásticas, de política y hasta de deportes).

En su mayoría, los temas que pusieron en crisis fueron del ámbito público y por tanto esa crítica tuvo bastante difusión y resonancia. Sin embargo, también al interior del grupo hubo algunos puntos en los que no coincidían y, creo, esto se ajustó mejor al carácter reservado pero lúcido de Gorostiza. Torres Bodet confesó que leían los mismos libros pero rara vez subrayaban los mismos párrafos: en esos años, por ejemplo, Torres Bodet y Villaurrutia leen con avidez a André Gide pero las obras que les interesan del francés son muy distintas: el primero prefería los ensayos y al segundo le gustaban más las novelas comoLos alimentos terrestres, Los monederos falsos o el relato El regreso del hijo pródigo que el propio Villaurrutia tradujo. Cuando varios de ellos se llaman “grupo sin grupo”, “archipiélago de soledades” o “grupo de forajidos”, lo que quieren dejar claro son los puntos en común pero sobre todo las discrepancias pues aunque los unían algunas ideas sobre el arte incluso en ellas tenían puntos de vista distintos y en su crítica Gorostiza dejó claras sus posturas.

Unas semanas antes de morir, Ramón López Velarde le entregó al joven poeta que entonces era Gorostiza el manuscrito de su poema más conocido, “La suave patria”. Gorostiza era el editor de El maestro (la revista que editaba la Secretaría de Educación Pública de Vasconcelos) y pensaba publicarlo en el número de septiembre para conmemorar el centenario de la consumación de la Independencia pero ante la sorpresiva muerte del jerezano tuvo que publicarlo con premura en el número de junio (núm., 3, 1 de junio de 1921). Me parece que el gesto tiene un enorme valor simbólico: el maestro le pasa la estafeta de la poesía moderna al alumno, un notable integrante de la siguiente generación literaria. Desde luego, el jerezano estaría muy orgulloso al saber que, al igual que él, su discípulo es uno de los mayores poetas de la literatura mexicana y de la lengua española. Sin embargo, el altísimo poeta opaca al buen lector y puntual crítico que también fue Gorostiza. La crítica literaria que escribió Gorostiza es casi tan magra como su poesía, pero si se ubica en su contexto es fácil darse cuenta que estuvo muy atento a los temas que interesaron y polarizaron a sus compañeros de generación. Las reseñas de libros son el medio idóneo que encuentra Gorostiza para entrar con extrema discreción en esos debates pues en esas reseñas expresa sus ideas entorno a los temas estéticos que les interesaban.

Fue justamente la generación de Gorostiza a la que le tocó señalar, desde temprano, el lugar preponderante de López Velarde en las letras mexicanas. Primero Gorostiza, y por esos días Villaurrutia y años después Cuesta, escribieron ensayos puntuales para acentar la obra poética de López Velarde pero a la vez para unirse volutariamente a esa estirpe: ya que “la juventud” (o sea, ellos, los Contemporáneos) reclamaban para sí la obra de López Velarde pues si de una poesía querían sentirse deudores era de ésta. En “Ramón López Velarde y su obra” (Revista de Revistas, 29 de junio de 1924), lo ve como un payo, es decir, un provinciano que llega a la ciudad y la observa con sus cinco sentidos. Con tino y buen ojo crítico Gorostiza afianza la obra del zacatecano a tan sólo tres años de su muerte, pues en su poesía descubre “una nueva armonía de las palabras” gracias a la cual le descubrió cualidades ocultas a los objetos. Sin embargo, asegura, “la patria fue, sin duda, el descubrimiento más plausible de López Velarde, porque, teniéndola al alcance de la mano, nadie antes de él quiso enterarse de su existencia. Repetíase indefinidamente la primavera o el otoño de los poetas franceses junto a la oda a Morelos, cuando Ramón descubre la patria suave. Le dijo sus mejores versos como para reafirmar las alusiones y alabanzas de su obra entera.” Si a los Contemporáneos se les acusó tantas veces de extranjerismo, de afrancesamiento, fue porque no les interesaba el patriotismo sino la patria íntima, el México más auténtico y no el folclórico, y sin duda eso lo supieron ver en la poesía de López Velarde y en la narrativa de Mariano Azuela.

Dos temas hicieron que se polarizaran los ánimos al interior de los Contemporáneos: la “poesía pura” y las noveletas poéticas que publicaron. Gorostiza no era nada adepto a la poesía pura, como Cuesta, Owen y Villaurrutia, y aunque en su momento había reseñado Biombo (1925), un libro de poemas de Torres Bodet, dejó más claras sus hipótesis al comentar la publicación de Cripta (1937) en una larga reseña titulada “La poesía actual de México. Torres Bodet: Cripta” (El Nacional, 20 y 27 de junio y 4 de julio de 1937). La teoría de la poesía pura estipulaba que la poesía no debía contaminarse de sentimientos o vivencias personales, debía ser más intelectual que emocional; era una teoría que venía desde Baudelaire y Mallarmé, pasando por Edgar Allan Poe y Paul Valéry, pero Owen la llama “la ley Cuesta” según la cual les exigía “ordenar la emoción, reprimirla hasta el grado en que parezca haber sido suprimida, simular que no existe, disimular su presencia inevitable, para que el ejercicio poético parezca un mero juego de sombras”.

Al comentar Cripta, Gorostiza ve que con ese libro Torres Bodet “no exalta, ni define, ni demuestra, como es hoy costumbre en México, ningún programa de poesía”. Sin mencionarlos, se refiere a la definición y exaltación de la poesía pura que hicieron Cuesta y Owen, y a la demostración de ese tipo de poesía que fue Reflejos, de Villaurrutia. Si Gorostiza elogia ese libro, es porque no hay poesía pura “sino poesía fundada en las raíces mismas del sentimiento o ‘contaminada’ –si así lo quieren algunos– de una sencilla humanidad”. Reseñar el libro de Torres Bodet es sólo un pretexto para que Gorostiza pueda hacer patente su crítica contra la poesía pura, pues él piensa que la poesía siempre va a nacer “en las zonas más vivas del ser: el deseo, el miedo, la angustia, el gozo… en todo lo que hace, en fin, hombre a un hombre”. Todos esos sentimientos que ennumera Gorostiza, Valéry los llamaba “elementos no poéticos”.

En 1927 empezaron a publicar las novelas poéticas que habían escrito bajo la influencia, sobre todo, de Proust y James Joyce, pero también de los franceses Paul Morand y Jean Giraudoux: la primera en aparecer fue Novela como nube, de Gilberto Owen, a la que le siguieron Margarita de niebla, de Jaime Torres Bodet, Dama de corazones, de Xavier Villaurrutia y Return ticket, de Salvador Novo (aunque esta última más bien habría que considerarla como una de sus primeras crónicas). Gorostiza no escribió un relato poético pero supo observar con detenimiento las características de este impulso y, así, en “Alrededor del Return Ticket” (Mexican Folkways, 4 de diciembre de 1928) empieza a ver ese proceso que luego seguirá rastreando al reseñar las novelas poéticas de dos escritores españoles cercanos a la Revista de Occidente: “De Paula y Paulita” (Contemporáneos, agosto de 1929), de Benjamín Jarnés, y “Luna de copas” (Contemporáneos, septiembre de 1929), de Antonio Espina. La narrativa del grupo, surguida como respuesta a la novela realista de la Revolución, fue un ejercicio narrativo que emprendieron de la misma forma en que lo hicieron varios escritores alrededor del mundo.

Sin embargo, para Gorostiza no ve en ninguna de las noveletas de sus amigos la culminación del experimento. Él está convencido de que las auténticas novelas de vanguardia eran La rueca de aire (1930) de José Martínez Sotomayor y La señorita etcétera de Arqueles Vela. A Martínez Sotomayor comienza por considerarlo el “hermano menor” de “los espíritus más avanzados de la joven generación” (“Morfología de La rueca de aire”, Contemporáneos, junio de 1930). Gorostiza cree que La rueca de aire “no pretende ser la resolución de un problema estético de carácter general, sino la narración de una experiencia íntima de José Martínez Sotomayor. Es una obra de arte, no un manifiesto”. Es decir, es un ensayo, un experimento, porque la idea en común de todos ellos era que novela en lengua española pasaba por una etapa de transformación. Por eso en esas obras sólo podían ser tanteos pero acometidos con arrojo, arriesgando para después, cuando el fruto haya madurado, participar de la literatura futura. Y esa literatura futura será la que escriban Juan Rulfo y luego Carlos Fuentes.

En los anales de la literatura mexicana se ha consensuado que Cuesta fue un puntual crítico de las circunstancias sociales y políticas del México de los años treinta, pero como se ha visto a lo largo de estas líneas, Gorostiza fue, junto con Villaurrutia, el mejor crítico literario de la obra de sus propios compañeros.

domingo, 1 de febrero de 2015

Letras garabateadas con rouge

1/Febrero/2015
Confabulario
Sergio Téllez-Pon

Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952-2015) entró a la literatura chilena dando portazo o, para decirlo con otras palabras, con un arrebato, con un desplante en septiembre de 1986 al leer su “Manifiesto (Hablo por mi diferencia)” durante un acto político de la izquierda: en él asumió su posición: era el excluido de todo. Allí dejaba claro que no era Gingsberg, no era Pasolini, no era el Genet excarcelado y propalestino, no era el gay intelectualizado que es respetado en el primer mundo, más bien era el travesti mal visto tanto por los grupos reaccionarios como por los compañeros de izquierda; era “La Manuela”, el entrañable personaje travesti y pobre de El lugar sin límites, la novela del también chileno José Donoso; era Lezama Lima, Piñera y Arenas reprimidos por la dictadura castrista; era Puig huyendo de la dictadura argentina a Río de Janeiro y luego a México; era el poeta sonorense Abigael Bohórquez invisibilizado por los grupos del poder cultural mexicano. No era el “gay” que iba ganando terreno en el mundo globalizado, sino la loca, la maricona estruendosa, incómoda, un marginado dentro de toda una serie de marginados sociales de Chile que es decir de toda Latinoamérica.

Un año después, en diciembre de 1987, Pedro junto con Francisco Casas hicieron su primera aparición pública como el colectivo “Yeguas del Apocalipsis” con un performance en la Feria del Libro de Santiago, durante la presentación de un libro de la poeta Carmen Berenguer, a quien también se debería considerar dentro del colectivo pues fue les ayudó con sus numeritos. A partir de ese momento harán una serie de intervenciones y performances que darán mucho de qué hablar en la constreñida sociedad santiagueña que se preparaba para salir del ostracismo pinochetista. En una ocasión le pregunté a Pedro sobre esa etapa con las Yeguas del apocalipsis y me contestó que los performances eran improvisados, que él y Francisco Casas se ponían a beber y lo que se les ocurriera hacer y ponerse (o quitarse, pues también salieron desnudos) durante la borrachera eso es lo que salían a hacer, violando incluso el temido toque de queda de la dictadura. Por el tono que usó en su respuesta, me quedé con la impresión de que Pedro trató de restarle importancia a sus acciones –o tal vez estaba cansado de hablar una vez más del tema–, pero lo cierto es que el gesto lo era todo: el desafío a las instituciones del poder, ya sea una Feria del Libro o la Comisión de Derechos Humanos, y sea lo que sea que lo haya provocado era digno de pasar como leyenda y ellos como héroes populares.

El mismo año en que leyó su “Manifiesto”, se compilaron unos cuentos de Pedro en el libro colectivo Intocables (aparece como Pedro Mardones, el apellido de su padre que poco después dejó de usar), pero la crónica era un género que se ajustaba mejor para hablar de todo lo que quería de manera que, dijo, “el intemporal cuento se hizo urgencia crónica”. Bajo ese impulso nació su primer libro de “crónicas urbanas”, como él las llamó, La esquina es mi corazón (1995). En ellas, documenta el ligue en los urinarios de un estadio de futbol, en los baños turcos, del sexo en las cárceles, todo observado con su mirada aguda y sarcástica desde su esquina, pero subrepticiamente también desenmascaraba el machismo, el clasismo, la doble moral y el autoritarismo de la sociedad chilena. Desde ese libro, Pedro se colocó como el escritor queer que ahora reconocemos en todo el mundo de habla hispana. No digo “el escritor gay” por la simple y sencilla razón de que no era un simple escritor gay y porque era una palabra que no le gustaba, “esa palabrita siempre la encontré tan cursi y tonta”, declaró alguna vez.

Gracias al dinero, como lo profetizó José Joaquín Blanco desde 1979 en su memorable crónica “Ojos que da pánico soñar”, los gays se han ido incorporando al modelo heteronormado, al “american gay of life”, como yo lo llamo, y han excluido de su estereotipo gay a las otras sexualidades minoritarias. Pedro supo ver muy bien que las mariconas, las travestis con VIH y los pobres, “los rotos y las colizas”, tenían muchas cosas en común al encontrarse en los márgenes de la ciudad pues son los excluidos del modelo capitalista, a quienes no les hace justicia “la modernidad tardía de Chile”. Fue así, observando y relatando, como Pedro construyó una obra transgresora, con arrojo, sin que le temblara el pulso. Como dice el poeta Alfredo Fressia “toda loca es barroca”, y en ese abigarrado estilo que también practicaron Sarduy, Perlongher y Puig, Pedro agarró la pluma para garabatear sus letras con bilé, pues si transgredió las leyes de la dictadura podía hacer lo mismo con las de la gramática; y llenas de erratas, porque ni la ortografía pudo apresarlo con sus reglas.

En una especie de doble cruzada, contra la homofobia heredada de la dictadura militar y contra normalización de la vida homosexual cuya meta sólo parece ser el matrimonio, Pedro mostró en sus crónicas a un variopinto repertorio de personajes: hombres que sin ser homosexuales tienen sus escarceos sexuales con quienes sí lo son, travestis que se prostituyen, personas que viven con VIH y mueren en la pobreza aunque con mucho garbo, etcétera, todos esos temas que el escritor queer reivindicó. A la uniformidad gay, Pedro opuso la diversidad sexual invisibilizada, las maneras ceremoniosas del travesti, criticó las discos gays pues “reúnen el gueto con más éxito que la militancia política”. Para Pedro la sexualidad no era una clasificación fija, él mismo se definió como “un devenir cambiante, una sexualidad en fuga”. Todo eso es el tema de sus mejores crónicas, las reunidas en el libro Loco afán. Crónicas de sidario (1996).

Recientemente sus libros empezaron a publicarse bajo un sello de Planeta, pero como ni las transnacionales distribuyen bien los libros que publican, son difíciles de conseguir en México, salvo un par de ellos. Su novela Tengo miedo torero (2001) se inserta en la corriente de las novelas de dictadores latinoamericanos (El señor presidente, La novela de Perón, Conversación en La Catedral, Respiración artificial…), aunque tiene más relación con El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, en la que los personajes son una loca y un revolucionario, como en la novela de Pedro. Además de De perlas y cicatrices (1998), publicó otros libros en los que reunió las crónicas que publicaba en distintos medios y que tienen nombres de boleros, tangos y cuplés: Adiós mariquita linda (2004) y Serenata cafiola (2008). En Zanjón de la aguada (2003), “arremango los años y retrocedo al jodido ayer” y por lo tanto es un homenaje al barrio pobre al sur de Santiago donde nació y donde ya era el niño afeminado que todos veían mal, donde su abuela construyó con palos y hule un refugio para protegerse de la lluvia: “Los pobres odiamos la lluvia”. Háblame de amores (2012) reúne crónicas de su vida más reciente aunque continúa con sus amores de una noche con los obreros o forajidos, de los explotados para hacer posible el milagro económico chileno.

Así, Pedro siempre se mantuvo fiel a su condición de marginado. Carlos Monsiváis tituló su libro sobre Salvador Novo como Lo marginal en el centro: su teoría es que por sus relaciones con el poder (político, social, cultural…), el marginal pasa a ocupar un lugar de privilegio en la sociedad, y lo mismo repitió al escribir sobre Pedro Lemebel, sin embargo, aunque estuvo cerca del poder, al contrario de Novo, Pedro no se dejó seducir por los poderes, no entró en sus mecanismos y literalmente lo escupió como lo cuenta en una crónica cuando escupe al Ministro de Cultura del gobierno de Piñera. Por eso es significativo que la gente haya lanzado una campaña en las calles para que le concedieran el Premio Nacional de Literatura en 2014 que finalmente no le dieron, en cambio, de sus lectores ganó el “Premio Popular de Literatura”. Los primeros reconocimientos y becas llegaron de las fundaciones y universidades estadounidenses: Jean Franco fue una de las primeras en estudiar su obra.

Uno de los comentarios que más me llamaron la atención por su reciente fallecimiento fue uno que lo llamaba “el” cronista de la Latinoamérica. En efecto, las crónicas de Pedro bien pueden ajustarse a la realidad de todo nuestro subcontinente: lo que escribió sobre dictadura chilena bien podría haberlo dicho de las dictaduras en Argentina, Uruguay, Paraguay, Venezuela, República Dominicana, Guatemala, Cuba y México; el cronista de origen mapuche bien pudo escribir sobre los indígenas salvajemente colonizados en los países más mestizos como Paraguay, Guatemala, Perú, México; fue el cronista de los homosexuales y travestis que campean (patinan, diría él) en las calles nocturnas de muchas ciudades latinoamericanas al acecho del deseo, del ligue “al paco o al milico” en los urinarios y los parques públicos. Y el cronista de los pobres del continente, los obreros, los drogadictos, en suma, los marginados.

El primer libro suyo que leí fue Loco afán. Alguien me lo regaló a su regreso de un viaje a Chile donde estuvo con Pedro. Lo leí de un tirón porque era muy divertido leer las andanzas de esa camada de locas arrasadas por el sida. Le dije a ese alguien que felicitara a Pedro de mi parte y que desde ya me declaraba su ferviente admirador, me contestó que yo lo felicitara directamente y acto seguido me dio su correo electrónico. Me di cuenta que era un correo de Hotmail y pensé que tal vez Pedro podría usar el ahora antediluviano Messenger y, en efecto, lo usaba y así fue como “platicamos” muchas veces: recuerdo que una vez me preguntó si me gustaba Adiós mariquita linda u otro que mencionó, seguramente de una canción, para su próximo libro y le dije que claro que me gustaba el primero. Sólo nos vimos en dos ocasiones aquí en México, la primera tal vez en 2005, nos encontramos en su hotel, platicamos largamente y cuando le conté sobre el Spartacu’s, un tugurio a las afueras de la ciudad a donde va mucha farándula (Alaska, Pedro Almodóvar, entre muchos otros), quiso que lo llevara, sin importarle que al día siguiente tenía que viajar (recordé una de sus crónicas donde cuenta que pierde un vuelo por irse de parranda en Lima). La segunda, en la Feria del Libro de Guadalajara en noviembre de 2012, donde presentó su espectáculo Susurucucú Paloma, un juego en el título pues, con el hilito de voz que le quedó por el tratamiento para el cáncer de laringe, ciertamente hablaba como en un susurro. Al finalizar me preguntó dónde estaban las locas de esa ciudad porque no las veía por ningún lado. Todavía hace un año le envié por mail mi texto sobre Lorca y Novo que apareció en Confabulario y me contestó: “¡eran las dos locas!”. Como él mismo decía, huyó de la devastación del sida pero lo agarró el cáncer, que lo condujo al performance de su muerte. En su caso, no podría decir que “descanse en paz” porque un valiente guerrero como él nunca va a descansar.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Miguel Capistrán, el último de los Contemporáneos

28/Septiembre/2014
Confabulario
Sergio Téllez-Pon

Miguel Capistrán tenía tres años cuando se suicidó Jorge Cuesta, su paisano. Unos años después, la leyenda negra sobre Cuesta que corría por todo Córdoba llegó a los oídos del avispado niño que ya era Capistrán y desde entonces sintió una fascinación por su obra y por su vida. Lupe Marín, con quien Cuesta tuvo un hijo, fue la encargada de propagar los rumores en su libro La única (1938): para empezar, el dibujo de la portada —obra de Diego Rivera—, muestra a las hermanas Lupe y Carmen Marín con la cabeza de Cuesta sobre una charola pues las dos lucharon por el amor del poeta, luego Lupe Marín contaba que la madre de Cuesta abusaba sexualmente del niño y que ya mayor este había cometido incesto pues el hijo de su hermana Natalia era de él. Capistrán se propuso investigar para derribar esos mitos: el párpado caído de Cuesta se debía a que de niño se le cayó a la madre y él se pegó con el filo de una mesa; ese accidente, aunado a una golpiza que recibió por parte de los lombardotoledanistas y los experimentos que hacía y que el propio Cuesta probaba en su cuerpo, desencadenaron su “locura”. Cuesta no le bajó la mujer a Diego pues éste ya estaba con Frida, aunque sí vivían en el mismo edificio por el rumbo de Mixcalco; el hijo de Natalia nació cuando él ya se había suicidado y, finalmente, no se emasculó: en la serie de piquetes que se hizo con una cuchara, Cuesta llegó a lastimarse los genitales así como se lastimó el pecho, el cuello y los brazos. Un día que fuimos a visitarlo, Juan Soriano confirmó que Cuesta no se había acostado con su hermana sino con Carmen Marín, posterior esposa de Octavio G. Barreda. Después, Lupe Marín se arrepintió de ese libro y empezó a comprarle su ejemplar a todo aquél que tuviera uno para destruirlo. A principios de los sesenta, Capistrán se encontró en la Biblioteca Nacional con un joven investigador argentino llamado Luis Mario Schneider, quien también rastreaba los textos dispersos de Cuesta, así que decidieron unir esfuerzos para publicar las obras del poeta en cuatro tomos (UNAM, 1964). Poco antes de morir, Capistrán recibió la beca del Sistema Nacional para la Cultura y las Artes para escribir la biografía novelada de Cuesta de la que llegó a publicar algunos fragmentos.

Gracias a su pasión por Cuesta Capistrán entró en contacto con los Contemporáneos sobrevivientes. Junto con las hermanas Galindo, Carmen y Magdalena, Luis Terán y Roberto Páramo, Capistrán fue alumno de Salvador Novo. Novo solía decir que Capistrán conocía mejor su obra que él mismo: si Novo tenía duda sobre dónde había publicado tal o cual artículo se lo consultaba a Capistrán y éste le decía el nombre de la publicación, número, año y hasta las páginas. Más tarde, por Novo Capistrán pudo conocer a Jaime Torres Bodet y a José Gorostiza, “don José”, como le llamaba, de quien preparó la Prosa (Universidad de Guanajuato, 1969). Capistrán había iniciado sus estudios de arquitectura para sólo complacer a su padre pues en realidad le habría gustado ser bailarín, me confesó una vez que salimos de ver la película Billy Eliot.

Capistrán también frecuentaba a las hermanas de Villaurrutia, Cristina y María Teresa, quienes le permitieron entrar en el archivo del poeta que Félix, el hermano menor, había depositado en el sótano de su casa en la calle Puebla de la colonia Roma en la ciudad de México. Capistrán sabía que Villaurrutia recortaba sus colaboraciones, de manera que cuando preparaba la Crítica cinematográfica (UNAM, 1970) metido en la Hemeroteca Nacional no localizó varias, así que fue a ver a las hermanas para que le dejaran echar un vistazo a los papeles en los que tampoco aparecían esas reseñas, hasta que un día movieron un chifonier y detrás de él cayó el cartapacio donde Villaurrutia había guardado todos los recortes de sus críticas cinematográficas. Para entonces, Capistrán, Schneider y Alí Chumacero ya habían publicado las obras de Villaurrutia, que tuvieron que trabajar a marchas forzadas porque justo cuando estaban en el proceso de edición corrieron a Orfila Reynal del Fondo de Cultura Económica. Así que una noche que Capistrán y Chumacero estaban en el Fondo de Avenida Universidad revisando las galeras, el policía que cuidaba el edificio fue a ver por qué no se iban esos señores que trabajaban a deshoras; ellos le contestaron lo que hacían y el policía les replicó: “¿Y por qué no viene el señor Villaurrutia a revisarlas?”

Conocí a Capistrán en 1998, cuando iba a entregar sus colaboraciones para la revista Equis, cultura y sociedad. Muchas veces nos encontramos en la puerta, en el elevador, en la sala esperando a ser atendidos por Braulio Peralta, el director, y platicábamos. Una de esas veces, no sé a razón de qué, me contó que había sido discípulo de Salvador Novo y, sorprendido, le contesté que me encantaba un poeta de esa generación, Xavier Villaurrutia. Así empezó nuestra amistad. Después le dije que quería escribir una biografía de Villaurrutia, le pregunté si me podía ayudar, tomó mi entusiasmo con generosidad y me contó muchas cosas que, a su vez, le había contado Novo. En diciembre de 2000, planeamos juntos un homenaje por los 50 años del fallecimiento de Villaurrutia en el Panteón del Tepeyac, donde está enterrado el poeta, cerca de un pariente suyo y de Santa Anna. Pensamos en un evento íntimo por la fecha (plena Navidad), así que envíamos una carta a La Jornada anunciando el evento y la firmamos, entre otros, Alí Chumacero, Alicia Zendejas, Elena Poniatowska —a mí me tocó sacarle la firma, no sin sus característicos remilgos—, Carlos Monsiváis y, claro, Capistrán y yo. El acto que nosotros pensábamos iba a pasar inadvertido en realidad fue un éxito: nos llamó Alejandro Aura (a la sazón director del Instituto de Cultura del D. F.) para ofrecer ayuda en lo que hiciera falta y a él se unió después Nacho Toscano, entonces director del INBA. En el acto leíamos algunos textos sobre la importancia de Villaurrutia y unos actores leyeron de sus poemas, en particular “Décima muerte”, el poema que 50 años antes leyó Pita Amor mientras bajaban el féretro de Villaurrutia. Con el apoyo de las instituciones que encabezaban Aura y Nacho, y otras más que se sumaron luego, inició el grupo “Contemporáneos 100″ que se propuso conmemorar los centenarios de todos los integrantes de esa generación. Nuestra colaboración y amistad se estrechó: Capistrán me invitó a ayudarle en la curaduría de una exposición en memoria de Villaurrutia en la Biblioteca de México y, ¡oh, sorpresa!, en una nueva edición de las obras de mi venerado Villaurrutia que ahora me tocará concluir para que finalmente aparezca en el FCE. Para esa edición de las obras de Villaurrutia que pensamos en dos tomos, capturé todas las cartas que fuimos juntos a buscar: al Archivo General de la Nación para consultar el archivo de Carlos Chávez, donde no había ninguna; a la Capilla Alfonsina, en la que encontramos algunas muy interesantes no sólo dirigidas a Reyes; a la Fundación Cardoza y Aragón, cuyo archivo nos abrió gentilmente Andrea Huerta (la hija de Efraín Huerta) y donde tampoco encontramos nada pero sí una curiosidad que nos hizo reír mucho: cuando murió Lya Kostakowsky, Juan Soriano y Marek Keller le enviaron sus condolencias a Cardoza y Aragón, pero quien catalogó el archivo escribió: “Por la muerte de Lya Kostakowsky, el señor Juan Soriano y su señora, Marek Keller, envían condolencias”.

Salíamos a tomar café al Woolworth cercano a su casa o a cualquier Sanborns, donde llegó a contarme sobre sus visitas a Argentina. En uno de esos viajes le había pasado una historia casi policíaca que quería contar en una novela. Lo animé a que la escribiera, que dejara un momento sus investigaciones, pero nunca lo hizo. Allá se enamoró de un guapo joven argentino con el que Novo lo bromeaba diciéndole que lo había sacado del Satiricón, de Fellini. También en Argentina conoció a su venerado Borges (pasión que me contagió) y sobre el cual hizo el libro Borges y México (1998; Debate, 2012); le insistí en que mejor hubiera contado sobre las visitas de Borges a México, pues él tuvo algo que ver en los primeros dos viajes y supo los detalles del último, así que el libro debía llamarse “Borges en México”, le insistí. Por cierto que una de sus últimas apariciones fue cuando presentó la segunda edición de ese libro durante una visita en la que María Kodama hizo una declaración en contra de los supuestos poemas de Borges que Poniatowska citaba en su entrevista; Capistrán se angustió muchísimo porque el libro tuvo que ser retirado de las librerías por órdenes de Kodama.

Poco antes de que ganara el Premio Alfaguara, Elena Poniatowska nos invitó a comer en su casa y en la sobremesa recordó que Capistrán la había invitado a dar una conferencia en el Museo de Xalapa, que él dirigía, el 19 de septiembre de 1985 pero ese día, como todos sabemos, ocurrió el terremoto que devastó la Ciudad de México. La impresión al enterarse que parte de su familia yacía bajo los escombros le desencadenó a Capistrán la diabetes con la que vivió desde entonces. Sin embargo, no por eso se cuidaba: Miguel comía y bebía todo lo que no debía: pan, pan dulce, vino o digestivos (¡Campari!), mientras sus amigos lo veíamos aterrados al saber el daño que todo eso le hacía. “Antes de venir me tomé la pastilla para poder tomarme una copita”, contestaba. En los últimos años su salud se había deteriorado demasiado, la luz le lastimaba el ojo izquierdo, estaba más delgado y tenía que usar bastón para caminar aunque seguía lúcido y activo como siempre. Estuvo internado en el Hospital de la Nutrición al mismo tiempo que Carlos Monsiváis, pero justo el día que Carlos murió Capistrán salió de allí y la doctora que lo atendía le dio la noticia: “Su amigo acaba de morir en el piso de arriba”, le dijo. Él la había librado al menos por un tiempo. A pesar de esa cercanía, nunca lo tutee, siempre le hablé de usted, no sólo por ser una persona mayor, como me enseñó mi padre, sino para dejar clara la relación maestro-discípulo. El 24 de septiembre de 2010, Miguel Capistrán empezó a sentirse mal de lo que él creía que era el estómago; al día siguiente fue llevado de urgencias a Nutrición y de inmediato lo metieron al quirófano pues le había dado un infarto, pero su corazón ya no soportó la cirugía. Con su muerte se fue un amigo, un maestro, un confidente, un interlocutor que recordaré siempre.

sábado, 18 de enero de 2014

Una fugaz pero intensa pasión

11/Enero/2013
Confabulario
Sergio Téllez-Pon

La poesía para Salvador Novo, escribió Carlos Monsiváis, fue una confesión que le ayudó
a la salud mental. Esto se percibe muy claramente en tres de sus libros: XX Poemas (1925),
Espejo. Poemas antiguos (1933), Poemas proletarios (1934), además del “Romance de
Angelillo y Adela”, dedicado a Federico García Lorca, que Novo escribió a su regreso de
un viaje por Sudamérica, en 1933:

Ella venía de México
—quietos lagos, altas sierras—,
cruzara mares sonoros
bajo de nubes inciertas:
por las noches encendía
su mirada en las estrellas.
Iba de nostalgia pálida,
iba de nostalgia enferma,
que en su tierra se dejaba
amores para quererla
y en su corazón latía
amarga y sola la ausencia.
Él se llamaba Angelillo
—ella se llamaba Adela—,
él andaluz y torero
—ella de carne morena—
él escapó de su casa
por seguir vida torera;
mancebo que huye de España,
mozo que a sus padres deja,
sufre penas y trabajos
y se halla solo en América.
Tenía veintidós años
contados en primaveras.
Porque la Virgen lo quiso
Adela y Ángel se encuentran
en una ciudad de plata
para sus almas desiertas.
Porque la Virgen dispuso
que se juntaran sus penas
para que de nuevo el mundo
entre sus bocas naciera,
palabra de malagueño
—canción de mujer morena—,
torso grácil, muslos blancos
—boca de sangre sedienta.
Porque la Virgen dispuso
que sus soledades fueran
como dos trémulos ríos
perdidos entre la selva
sobre las rutas del mundo
para juntarse en la arena,
cielo de México oscuro,
tierra de Málaga en fiesta.
¡Ya nunca podrá Angelillo
salir del alma de Adela!
(De Nuevo amor y otras poesías, SEP, 1984)

Durante ese viaje, Novo había conocido a Lorca quien, según una cronología muy
detallada, estuvo en Buenos Aires, del 13 de octubre de 1933 al 24 de marzo de 1934.
Sobre ese fugaz pero intenso y apasionado encuentro, Novo dejó algunas huellas en la
crónica del viaje, Continente vacío (1935; en Viajes y ensayos I, FCE, 1996), donde dice
que había llegado a Montevideo, ocho días antes de iniciar la VII Conferencia Internacional
Americana a la que Novo iba como parte de la delegación mexicana. Decidió, entonces,
que pasaría esos días previos descansando en Buenos Aires donde vivía Pedro Henríquez
Ureña, su maestro en la adolescencia.

Novo escribe que conoció a Lorca gracias al poeta Ricardo E. Molinari. Además
de poeta, Molinari era editor y él haría una edición limitada de Seamen Rhymes (1933), un
poema en inglés que Novo escribió durante la travesía en barco al Cono Sur. Se les ocurrió
que Lorca podría hacer unas viñetas para acompañar la edición del poema. Lorca las hizo
y así apareció el poema, incluyendo el conocido dibujo de un marinero con la mitad del
torso sobre una mesa y, en el lado izquierdo de ésta, las palabras en mayúsculas: “NOVO
AMOR”.

En Buenos Aires había tenido mucho éxito la puesta en escena de Bodas de sangre,
que montó la compañía de Lola Membrives. Así que a Lorca le fue solicitada su presencia
para montar y estrenar otra obra suya, La zapatera prodigiosa, y de paso, impartir algunas
conferencias; era su forma de venir a “hacer la América”. Llegó, finalmente, a Buenos
Aires y pronto se convirtió en el centro de atención de toda la efervescente sociedad
cultural. Novo se da cuenta de eso a los pocos días de llegado pues escribe: “Federico
García Lorca es ahora el ídolo de Buenos Aires”.

Molinari y Novo van a la imprenta donde se imprimirá Seamen Rhymes y, después,
Molinari lo lleva al hotel Castelar, donde se hospeda Lorca. Éste está ocupado en mil
asuntos ya que por la noche se estrenará La zapatera prodigiosa en el teatro Avenida, así
que le pide a Novo que regrese por él a la mañana siguiente para almorzar solos. (Novo ha
advertido ya que no han podido intimar porque Lorca orquesta a todo su séquito de
ayudantes por la prontitud del estreno.) Aunque Novo carece de la invitación personalizada
para asistir al estreno de la obra, esa noche puede verla al acompañar a Henríquez Ureña.

A la mañana siguiente Novo pasa al hotel Castelar por Lorca, como habían
acordado, para dirigirse a un restaurante de la Costanera. Conversan “como dos amigos que
no se han visto en muchos años” (Novo), y García Lorca le externa su admiración por su
“lengua rallada pa hazé soneto”. Y luego, “poniéndose serio”, le dijo: “Para mí, la amista e
ya pa siempre; e cosa sagrá; ¡paze lo que paze, ya tú y yo zeremos amigo pa toa la vida!”.
Novo sigue contando:

Tú cantaste La Adelita, que sabías tan bien, y me dijiste que para ti esa canción
simbolizaba todo el México que querías conocer, que Adelita era para ti una mujer
viva, de carne y hueso, idolatrada por los sargentos, respetada hasta por el mismo
coronel; fiel a su soldado, apasionada, morena y fecunda, y, hechizado por tu
conjuro, por tu promesa de hacerle un monumento, cuando paladeabas su nombre,
Adela, Adelita, y te conté su vida. Porque en Torreón, cuando vivimos la epopeya
de Villa, una criada de mi casa, que era exactamente como tú la imaginas, llevaba
ese nombre cuando nació esa canción, y decía que a ella se la había compuesto
un soldado. Y al proclamarlo satisfecha, con aquella boca suya, plena y sensual
como una fruta, no pensaba sino en el abrazo vagabundo de aquel con quien al fin
huyó por los montes de aquella estrecha cárcel de su laguna; no imaginó jamás esta
perenne sublimación de su vida en un himno que ahora a tus ojos vuelve a prestarle
un corazón y que llena el mío del violento jugo de la nostalgia.

Sentados, pues, en ese restaurante de la Costanera, Lorca entona la canción que evocaban
los revolucionarios mexicanos:

Y Adelita se llama la joven
a quien yo quiero y no puedo olvidar;
en el mundo yo tengo una rosa
y con el tiempo la voy a cortar.

Si Adelita quisiera ser mi esposa,
si Adelita fuera mi mujer,
le compraría un vestido de seda
para llevarla a bailar al cuartel.

Adelita, por Dios, te lo ruego,
calma el fuego de esta mi pasión,
porque te amo y te quiero rendido,
y por ti sufre mi fiel corazón.

Si Adelita se fuera con otro,
le seguiría la huella sin cesar;
si por mar en un buque de guerra,
si por tierra en un tren militar.

He aquí la primera pista: el nombre “Adela” del “Romance…” lo toma Novo de ese corrido
revolucionario que canta Lorca. También es probable que lo haya tomado de la “Oda a
Walt Whitman”. Como se sabe, Lorca estuvo una temporada en Nueva York en 1929,
donde escribió uno de sus libros más célebres, Poeta en Nueva York, y allí se hizo amigo de
Antonieta Rivas Mercado y Gilberto Owen, así como del fotógrafo y pintor Emilio Amero,
quien tomó las fotografías del rodaje de Viaje a la luna, único guión que escribió Lorca;
seguramente, los dos primeros fueron los que le hicieron saber a Lorca sobre la “lengua
ralla pa hazé soneto” de Novo. Sin embargo, Poeta en Nueva York, donde se encuentra la
“Oda…”, no se publicó sino hasta 1940 bajo el sello de editorial Séneca, ¿cómo es posible
que Novo la haya conocido antes? En 1933, los editores de la revista Alcancía, Edmundo
O’Gorman y Justino Fernández, hicieron una edición limitada de 50 ejemplares de la
“Oda…”, uno de cuyos ejemplares con toda seguridad cayó en manos de Novo pues dice:
“yo llevaba fresco el recuerdo de su ‘Oda a Walt Whitman’, viril, valiente, preciosa…” En
la “Oda…”, pues, se encuentra una enumeración que llamó la atención de Novo:

Faeries de Norteamérica,
Pájaros de La Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Apios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

Adelaidas de Portugal. La correspondencia en México de ese epíteto sería Adela, justo el
nombre que Novo utilizó en el “Romance…”, para que con ese guiño se viera el homenaje
a Lorca y a la “Oda…”. De la misma manera en que Novo juega en el título del poema con
la palabra “romance”, como característica composición poética de la lengua española y
como relación amorosa pasajera, de igual forma juega al travestirse literariamente con el
nombre de Adela y le deja el rol masculino a Lorca bajo el Angelillo.

Lo que sigue en Continente vacío aparentemente no tiene coherencia con lo que
ha relatado. Novo va con Molinari, como éste se lo había prometido, a casa de Nieves
Rinaldini donde se ofrecía una de las tantas tertulias literarias de la ciudad. Ahí Novo
empezó a sentirse mal y cayó gravemente enfermo. En casa de Rinaldini se quedó a reposar
la enfermedad respiratoria al cuidado de su anfitriona y las frecuentes visitas de sus amigos,
incluyendo la de Lorca, para atestiguar el mejoramiento del enfermo. Unos días después, ya
sintiéndose un poco mejor, Novo se subió al barco Ciudad de Buenos Aires para seguir con
sus compromisos en Montevideo. Mientras, Lorca se quedaba todavía en Buenos Aires para
después partir a España, a Granada, a la muerte…

En Continente vacío, Novo deja hasta ahí el recuento de su trato con Lorca, por lo
cual resulta un poco desconcertante que haya caído súbitamente enfermo. Sin embargo, él
le contó a su joven y fiel discípulo Miguel Capistrán, y éste varias veces a mí, que después
de haber desayunado en el restaurante de la Costanera, bajaron al Río de la Plata donde
Novo y García Lorca fueron a “procurarse unos marineritos”. En pocas palabras, lo que
ocurrió fue que Novo y Lorca tuvieron una relación sexual a orillas del río. Esa fue la causa
de la enfermedad respiratoria de Novo en casa de Rinaldini.

Cuando Capistrán estuvo en Buenos Aires, a principios de los años setenta, Novo le
pidió que se dirigiera a casa de Rinaldini y le diera las gracias por aquella estancia y una
disculpa por haberse ido de la ciudad sin despedirse. “Una disculpa tardía ¡de cuarenta
años!”, escribe Capistrán en su libro Borges y México (Plaza y Janés, 1998). También
Capistrán solía recordar que Novo le mostró en su estudio de Coyoacán los originales de
los cuatro dibujos que Lorca hizo para su Seamen Rhymes y unas cartas que le escribió
Rivas Mercado; todo eso ahora está perdido.

Cuando Novo regresa a México publica Continente vacío. En ese libro hay un
capítulo inserto sin relación aparente con lo que Novo está narrando. Se llama Canto a
Teresa. Novo también le confió a Capistrán que en ese capítulo había querido verter todas
las referencias que existen sobre el mar en la poesía de lengua inglesa, y que era un
evidente homenaje a Lorca, ferviente devoto de Santa Teresa, la santa patrona de la
península Ibérica. Así pues, la Virgen que quiso que Ángel y Adela se encontraran con “sus
almas desiertas” (de que habla el “Romance…”), no es otra que Santa Teresa; y la “ciudad
de plata”, donde ocurre el encuentro, es, evidentemente, Buenos Aires. Además, el
“Romance…” confirma que, como siempre lo reconoció Novo, Lorca fue el gran amor de
su vida.

Entre 1934 y 1936, cuando la agresión nacionalista contra los Contemporáneos está
en lo más álgido, Novo le escribe a Lorca una carta desesperada en la que externa su deseo
de mudarse a Madrid y le pide ayuda para poder encontrar trabajo allá: “La vida en México
se ha vuelto insoportable para mí. Es indispensable que me marche —y tengo miedo de
la dura lucha en los Estados Unidos. Mi deseo de ir a España se agrava y me obsesiona.
¿Crees tú que podría ganarme la vida —una mediana vida? Puedo dirigir ediciones,
traducir libros, enseñar inglés —en último caso escribir en los diarios o corregir pruebas de
imprenta”. No se sabe que Novo lo haya hecho, así que se quedó a padecer los ataques de
sus detractores.

En 1936, Lorca había ido a su pueblo natal a despedirse de su familia ya que
en unos días más estaría zarpando hacia México, pero, como es de sobra conocido, sus
inconformidades contra los militares que derrocarían a la República lo hicieron una de las
primeras víctimas a manos de los franquistas. Jamás se volvieron a ver, sin embargo, Lorca
“ya nunca pudo salir del alma” de Novo.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Una sucesión de eventos desafortunados

22/Diciembre/2013
Confabulario
Sergio Téllez-Pon

or el camino de Swann, el primero de los siete libros que componen la obra cumbre de
Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, salió a las librerías el 14 de noviembre de
1913. Cualquiera pensaría que este clásico moderno de la literatura universal fue publicado
sin problema alguno y que, como sucede actualmente en el mundillo editorial, su recepción
se dio incluso antes de que apareciera, es decir, que sus editores estaban entusiasmadísimos
de dar a conocer una obra de esa magnitud y esperarían que la crítica la recibiera con
grandes elogios… pero fue todo lo contrario. El manuscrito fue rechazado tres veces:
primero por el editor de Zola y Flaubert, Fasquelle, luego por la editorial Ollendorff y al
final por André Gide para la editorial que acababa de fundar, Gallimard. Ese fue el primero
de varios contratiempos que Proust tuvo que sortear para ver su obra publicada. Finalmente,
fue el editor Bernard Grasset quien accedió a publicar Por el camino de Swann sólo porque
la edición iba a ser costeada por el propio autor.

Gide, como buen protestante que era, asumió toda la culpa de la negativa para publicarlo y
tan sólo un año después le escribió a Proust en una carta: “El rechazo de este libro quedará
como el error más grave de la editorial y (puesto que me avergüenza ser en gran medida el
responsable) será uno de los pesares y remordimientos más amargos de mi vida”. Otro de
los fundadores de Gallimard, Jean Schlumberger, quiso despojar a Gide de tanta culpa y
aclaró: “Sostengo que nadie, ni Gide, ni Gaston [Gallimard] ni [Jean] Copeau ni yo, había
leído el manuscrito. Como mucho lo habíamos hojeado, examinando al azar unos párrafos
cuyo texto no prometía mucho. Rechazamos el libro debido a su enorme longitud y a la
fama de snob que tenía Proust”.

Para desgracia del autor, al año siguiente de la aparición de Por el camino de Swann
inició la Primera Guerra Mundial (1914-1918), así que, aunque ya estaba en pruebas, no
pudo publicar el otro libro en esos años; sacó provecho de ese suceso pensando que tenía
mucho tiempo para rescribir y corregir y, claro, metió la guerra en su historia como telón
de fondo. Así fue como A la sombra de las muchachas en flor no apareció sino hasta junio
de 1919, ya bajo el sello de Gallimard, sello que confabuló para que la obra recibiera el
premio Goncourt. Desde 1908, cuando empezó a escribir lo que él creyó que sería un solo
libro, Proust pensaba que moriría pronto (los frecuentes ataques de asma lo postraban
todo el día en cama) y que debía dedicar esos pocos años por entero a una obra en la que
quedaran todas las “verdades generales” que había ido acumulando en su vida, pues de otra
manera se irían con él. Proust tenía 42 años cuando apareció Por el camino de Swann. Los
catorce años que aún le quedaban fueron una carrera contra el tiempo: pese a la enfermedad
tenía que acabar su obra en ese lapso, o antes. Entre 1920 y 1922 aparecieron otros dos
de los libros en cuatro tomos: El lado de Guermantes y Sodoma y Gomorra. Finalmente,
ya muerto Proust, a los 51 años (como su admirado Balzac), el 18 noviembre de 1922,
y gracias a las gestiones de su hermano Robert, se publicaron los últimos tres libros: La
prisionera (1923), Albertine desaparecida (1925, después llamado La fugitiva) y El tiempo
recobrado (1927). En total, pasaron trece años entre la publicación del primer libro y el
último.

La Nouvelle Revue Française, que paradójicamente editaba Gallimard, le dedicó
un número especial a Proust en 1923, un año después de su muerte. El número contenía
fotografías del recién fallecido escritor, fragmentos inéditos de su obra y comentarios
de críticos franceses y de otros países. A partir de entonces los elogios no han dejado
de sucederse en todo el mundo, incluso Beckett se ofreció a escribir un ensayo, Proust
(1931; Tusquets, 2013), y Gérard Genette escribió su conocido estudio estructuralista.
El reconocimiento, pues, también le llegó a Proust de forma póstuma. Todo esto porque,
aunque tuvo muchas señales en contra, dice Edmund White en su ensayo biográfico Proust
(Mondadori, 2001), “la fe de Proust en su obra no se tambaleó un segundo”. Años después,
Gide seguía arrepentido por haber rechazado Por el camino de Swann y se preguntaba:
“¿Habría sido capaz de reconocer al instante la valía evidente de Baudelaire, de Rimbaud?
¿Habría, a primera vista, considerado a Lautréamont un loco?”

Antes de que Proust pensara siquiera en la escritura de En busca del tiempo perdido,
en 1895 pergeñó una novela fallida que por fortuna dejó inconclusa, Jean Santeuil, sobre
la que dice Edmund White: “Mientras que el estilo de En busca del tiempo perdido es
olímpico, filosófico, inconsútil y totalizador, un éter en el cual los personajes giran como
cuerpos celestiales perfectamente controlados, Jean Santeuil está escrito a trancas y
barrancas, abunda en cóleras y entusiasmos efímeros, contiene varios bosquejos de una
misma escena y en sus cientos de páginas no se desarrolla un tema ni hay incidente que
produzca secuela. Los personajes desfilan como comparsas pero no cobran densidad ni
perduran en la imaginación”. El tropiezo de esa temprana novelita le sirvió a Proust para
concebir mejor el tono y la estructura de la obra por la que es recordado.

Cuando Proust empezó a escribir En busca del tiempo perdido, sus padres ya habían
muerto (él en 1903 y ella en 1905). De manera que, dice White, el recuerdo que hace de
ellos en su novela “estaba santificado por el tiempo”. Pero sobre todo la muerte de sus
padres lo liberó de su sexualidad, de ser un “invertido”, como decía él, o un “salaísta” (en
referencia al conde Sala, un notorio homosexual), pues Proust no usaba el galicismo pédé.
Mientras vivieron sus padres, Proust ocultó y negó su homosexualidad aunque en muchos
círculos parisinos esto se sabía, incluso llegó al grado de retar a un duelo al novelista
decadentista Jean Lorrain y al padre de un amigo que lo acusaron de homosexual; por
fortuna, ninguno salió herido por las balas.

A pesar de que Proust ya había asumido su sexualidad, sus amores no mejoraron.
Los primeros y platónicos enamoramientos que tuvo con Jacques Bizet, hijo del compositor
de Carmen, con un primo de este último, Daniel Halévy, y la tiránica relación con el
músico Reynaldo Hanh, de origen venezolano y posteriormente director de la Ópera de
París, se volvieron en las atormentadas relaciones con su chofer, Alfred Agostinelli, y
luego con un mesero suizo del restaurante del hotel Ritz llamado Henri Rochat. Por si fuera
poco, cuando apareció Por el camino de Swann, Agostinelli, junto con su esposa Anna, ya
había abandonado a Proust y este no tenía ánimos de celebrar la aparición de su libro. Para
convencerlo de regresar con él, Proust le quiso regalar un aeroplano, pero fue inútil y en
mayo de 1914 Agostinelli murió al estrellarse el avión que tripulaba. Una vez más, Proust
aprendió la lección y supo que debía pasar por esos amores fallidos para tener material que
incluiría en su novela: en un episodio parecido, Swann le quiere regalar a Odette un yate.
A partir de la muerte de Agostinelli, A la sombra de las muchachas en flor se volvió un
libro independiente, Albertine cobró un papel más importante en el desarrollo de la historia
y por lo tanto entraron en los planes de la obra otros dos libros dedicados a Albertine: La
prisionera y La fugitiva. “En los ocho años que siguieron a la muerte de Agostinelli, el
libro de Proust duplicó su extensión”, precisa White.

El caso de las traducciones a otras lenguas también huvo sus contratiempos. La
primera traducción al inglés de Por el camino de Swann apareció poco antes de que Proust
muriera, en septiembre 1922, y fue hecha por C. K. Scott Moncrieff. Sin embargo, esa
versión tenía numerosos errores —incluido el título general: Remembrance of Past Things,
algo así como “Remembranza de cosas pasadas”—, que fueron corregidos y el título
general restituido por Terence Kilmartin en las ediciones posteriores a 1981 y, luego, otra
vez fue revisada por D. J. Enright; Moncrieff murió en 1930 habiendo traducido la novela
de Proust en doce tomos pero sin haber empezado el último libro, cosa que hizo Stephen
Hudson (me baso en los datos de Derwent May en Proust, FCE, 1986). Por su parte, un
traductor alemán hizo una mediocre versión de Por el camino de Swann y luego Walter
Benjamin tradujo A la sombra de las muchachas en flor y El lado de Guermantes, que
aparecieron en distintas editoriales en 1927 y 1930, respectivamente (datos obtenidos de
Iluminaciones 1, Taurus, 1971). En una carta de 1925, Benjamin escribió a Rilke: “Cuanto
más me adentro en el trabajo [de traducción], más agradecido estoy a las circunstancias que
me lo han encomendado”. Después, Benjamin empezó a traducir Sodoma y Gomorra pero
no la terminó y más tarde esas páginas se perdieron.

En 1954 apareció la primera edición de La Pléiade en tres tomos editada y
anotada por Pierre Clarac y André Ferré (quienes además prepararon el Album Proust:
Gallimard, 1965), lo cual hizo que muchas de las traducciones que ya se habían publicado
fueran revisadas minuciosamente, como sucedió en el caso de la hecha en inglés; luego, esa
edición de La Pléiade fue revisada y editada por el eminente proustianista Jean-Yves Tadié
entre 1987 y 1989. Tadié, además, escribió la que varios consideran la mejor biografía, de
casi mil páginas: Marcel Proust (Gallimard, 1996). La primera traducción, sin embargo,
fue al castellano pues ya en 1920 el poeta español Pedro Salinas había publicado Por el
camino de Swann, que apareció en dos tomos, y después sólo tradujo los siguientes dos
libros, así que Consuelo Bergés tuvo que concluir el trabajo. Plaza y Janés publicó en 1952
la traducción de Fernando Gutiérrez en dos tomos: el primero contenía los primeros tres
libros de En busca del tiempo perdido y en el otro los cuatro restantes. En los años setenta,
Soledad Salinas de Marichal y Jaime Salinas tradujeron Por el camino de Swann, que
publicó Alianza editorial. La traducción de Mauro Armiño la publicó Valdemar en tres
tomos entre 2001 y 2005. Recientemente, han aparecido los siete libros traducidos por
Carlos Manzano publicados por Lumen y posteriormente en sus ediciones Debolsillo. Hay
también una versión ilustrada que hizo Stéphane Heuet en 1996 y que a partir de 2006 ha
publicado en México la editorial Sexto Piso; esta versión, sin embargo, sólo mantiene la
historia pero todo el estilo detallado y serpenteante, el tono y la escritura de Proust quedan
reducidas a unos cuantos diálogos que intentan dar una vaga idea de lo que en realidad es
En busca del tiempo perdido. Aunque Alfonso Reyes vivió a finales de los años veinte en
el mismo edificio que Proust, en el número 44 de la Rue Hamelin, ni él ni ningún otro
mexicano ha emprendido la traducción de esta monumental obra.