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domingo, 7 de noviembre de 2010

Ausencias

7/Noviembre/2010
Jornada Semanal
Jorge Moch

La televisión en México apenas rebasa los sesenta años de edad pero en esas seis décadas, diez, once sexenios de sino fatal, parece haber apuntado más a su degradación que a su enriquecimiento. Alguna vez exhibió contenidos esencialmente ligados –no muchos pero había– a la cultura y las artes. Programas de entrevistas, de comentarios, documentales, semblanzas. Hasta de concursos que ponderaban el conocimiento, allí los que condujeron Pedro Ferriz (el padre, no el palafrenero de derechas y apologista de la idiotez que resultó el hijo) o don Jorge Marrón, el Doctor I. Q. Se acudía a los intelectuales como constructores de un marco referencial. Ya no. En parte porque la televisión, como la vida nacional toda, se ha tugurizado, y en parte porque la muerte le va ganando la partida al hombre. Cosa simple, que la gente muere, que dejamos de verla si es que supimos de ella. Muere tanta todos los días que no debería ser particularmente llamativo si se trata de un odontólogo, un alarife o un poeta. Qué importa si era sabio o no. Pero últimamente el panorama mexicano, la sociedad y su cultura con sus sabios –y pelados de a pie por decenas de miles, en el horror cotidiano– muertos, es una postal lastimera, la suma de infinitas restas, remachará con exactitud quirúrgica Sergio Pitol, porque eso es lo que hay: restas constantes, una clase intelectual cada vez menos nutrida y además víctima de la indiferencia oficial, de una visión bovina de la cultura convertida en lastre para el presupuesto, lo prescindible. Los últimos años, los últimos meses han sido particularmente duros con la república de las letras mexicanas, con las artes, con lo que nos queda de erudición y en ello con lo mejor de la conciencia cívica. Se nos han muerto demasiados sabios. Personajes que al margen de lo filial, porque muchos de ellos fueron madres y padres sin saberlo, constituyeron la vieja escuela de nuestra intelligentzia.

TV Azteca mantuvo al aire por poco más de cuatro años –una raya en el agua que sin embargo muchos creímos que duraría mucho menos– la revista cultural Domingo 7, conducida por Pablo Boullosa, Nicolás Alvarado, Déborah Holtz, Marisol Schultz, Fernanda Solórzano y Javier Cruz. Finalmente sacó del aire la serie para privilegiar la basura que caracteriza a la televisora de los Salinas y terminó por darnos la razón a los agoreros. Hoy son mínimas las intervenciones de comentaristas culturales –en Azteca son prácticamente inexistentes– en los noticieros de Televisa. Los espacios culturales –revistas, suplementos– han ido desapareciendo, reduciéndose.

La televisión, dueña y señora del ideario masificado antes aceptaba, tenía que hacerlo, que una fracción de su barra programática incluyera creadores de las bellas artes o eruditos y pensadores, ya fuera entrevistados en programas de toda laya o hasta como conductores: aparecían a cuadro coreógrafos como Guillermina Bravo, poetas como Salvador Novo, quien opinaba que la televisión era “como una hija monstruosa del oculto coito entre la radio y el cine” y sin embargo fue alguna vez reportero del medio. Brotaba extravagante Juan José Arreola, de capa, chistera y bastón, recorriendo mercados y plazas, haciendo poesía de su sola memoria proverbial. Ricardo Garibay llenaba la pantalla de su Caleidoscopio, interrumpía a sus entrevistados, desenrollaba una belicosidad enciclopédica. Veíamos a pintores como Rufino Tamayo o José Luis Cuevas; veíamos a escritores, filósofos, escultores, dramaturgos. Maruxa Vilalta recomendaba libros sin parar en Canal 13 antes de ser fagocitado por el salinismo. Hoy, fuera de los canales culturales universitarios o estatales como TV UNAM, Canal 22 u Once Televisión, los creadores artísticos y hacedores de cultura han desaparecido del gran escaparate. Pero no hace tanto que estaban allí. Aparecían a cuadro. Seguían siendo necesarios para aglutinar, incluir, conformar el mosaico pluriétnico y multicultural que alguna vez fuimos.

Hoy los cánones son otros, más cínicos, y no sólo rechazan la presencia de los intelectuales, sino que éstos son bichos raros que parecen más bien estorbar. Quizá por la vena crítica que algunos no han ocultado en un cortinaje de connivencias con el régimen. Y en televisión lo que incomoda, desaparece. Primero desaparecieron de la pantalla, luego de la vida pública, luego han ido desapareciendo simplemente de la vida, dejando huecos irresolutos, nichos desolados de un linaje intelectual que quedan vacíos a un ritmo mucho mayor del que podrán ser colmados.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Los papeles del narco

26/Septiembre/2010
Jornada Semanal
Jorge Moch

Cruzaron por el desierto
para llegar a Tijuana
en una caja de muerto
llevaban la marihuana

Chalino Sánchez,
“Contrabando en la frontera”

El narcotráfico es acertijo irresuelto y signo de dilución social que en México parece haber rebasado los cartabones mundiales del arquetipo. Aunque aparenta simple procuración desquiciada de evasión y delirio por un lado –la demanda– y avidez por dinero fácil de otro –la oferta–, es en realidad un fenómeno con matices y ramificaciones sociales quizá infinitas como los mecanismos de la ilegalidad: el trasiego de lo prohibido siempre encuentra cauce al bolsillo ajeno. El clandestinaje del narcotráfico encaja particularidades regionalistas donde lo geográfico y lo local son relevantes –los cárteles y sus gremios suelen adueñarse del colectivo a partir del sitio específico: de Tijuana, de Sinaloa, del Golfo, de Juárez, La Línea, Familia Michoacana–, y ha dado pie a una cultura subterránea con vasos comunicantes endémicos, su propio lenguaje y hasta sus propias deidades, como el culto a Jesús Malverde, de cepa sinaloense, o la extrapolación del culto a la Santa Muerte nacido en la polisemia contracultural de Tepito y luego extendido, por macabro, presunto patronazgo de los sicariatos, a buena parte del país y del extranjero, desde las pandillas del barrio Logan, en San Diego, hasta las maras centroamericanas. El narco, como hampa o como personaje, como forma de vida y como cultura de lo clandestino, capitaliza una base social enfrentada a la pobreza, a la escasez de oportunidades de desarrollo y a sus propios rencores de clase. El narcotráfico ha creado así una subcultura temida y anhelada por la masa desposeída con lo que podría llamarse sincretismo moral, esa moral que tolera, en pos de un fin, los medios más extremos de competencia y control territorial si se guardan algunas demosóficas formas, como venerar a sus santos patronos y observar códigos de conducta propios de cada grupo o región que en su diversidad, sin embargo, unifican y crean estereotipos –las botas de pieles exóticas, los sombreros Stetson, las camisas Versage, las camionetas lujosas, de preferencia blindadas, la exhibición de torzales, pulseras, relojes, el armamento hasta los dientes ornado de oro, plata y pedrería, y sobre todo la disposición feroz a matar o morir– reconocibles hasta la metonimia y representativos, dependiendo de dónde está situado el observador, de admiración, respeto, desprecio o terror.

Una actividad que a pesar de su ilegalidad y su marginalidad es capaz de gestar arquetipos tiende forzosamente a retratarse con épica propia y explora así formas de narrar su mundo. Al narcotráfico no le interesa mucho el secretismo, o no en todos los ámbitos de su quehacer, y gusta de presencias notorias que sirven de advertencia a su entorno y a sus iguales. Quizá por sus propios ambages y carencias, por su falta de sofisticación artística –causas y efectos de marginación del medio rural y remoto del que suele surgir el narcotraficante–, la primera literatura del narco es musical y en principio lírica, expresión sintética de músicos hechos a sí mismos, salidos de las filas de la pobreza en un mundo duro. Género sincrético, abigarrado, nacido de estilos musicales populares en los estados del norte, como la polca, y mezclando la herencia trovadora del corrido mexicano con estridencia de ritmos comerciales como la cumbia y hasta el reguetón, pero manteniendo en lo posible su linaje norteño de banda sinaloense, de tambora, de redova, canción ranchera y chotis, el narcocorrido se desarrolló rápidamente no sólo como apología, ya por homenaje, ya por encargo a veces caro a sus autores e intérpretes, porque un narcocorrido es muchas veces alusión directa, un mensaje de amenaza o advertencia entre facciones, osado sainete a oídos de un capo enfurecido, sino también como un complejo sistema de correspondencias, un código de comunicaciones en clave, epistolario a veces letal. Varios cantantes de narcocorridos han sido ultimados porque sus canciones o sus apariciones públicas fueron actos de indiscreción que los pusieron en la mira de un grupo que se consideró rival, desfavorecido o irrespetado. Los medios masivos se han hecho eco de esas muertes casi siempre a balazos. El cantante sinaloense Chalino Sánchez (Las Flechas, Sinaloa, 1960-La Presita, Sinaloa, 1992) a quien se debe el epígrafe que inaugura este texto, fue uno de los primeros cantautores del género que cayeron víctimas de su propia fama, del mismo estilo de vida que ponderaba en sus composiciones. La música del narco narra carreras violentas, vidas a salto de mata, y a menudo se retrata a sí misma en vida y muerte.

FENOMENOLOGÍA DE LA CRUELDAD

Caldo suculento para hacer de la sociedad mexicana un retrato delirante, el narcotráfico al ser esencialmente esperpéntico resulta magnífico candidato a la personificación literaria, del hiperrealismo a la exageración con buenas dosis de humor negro, porque la literatura está llamada a reinventar la realidad aunque sea en el hipertrófico reflejo que abreva en el periodismo de nota roja. Para algunas facetas crudas, y por ello recónditas de la realidad humana, el modo de salir a la luz es la ficción, porque otras maneras de exposición o denuncia suponen condena de muerte. La beligerancia islamita y sus métodos de reclutamiento, la opresión que ejerce sobre la mujer y la guerra terrorista contra Occidente, el fundamentalismo neocristiano de los grupos de sobrevivencialistas estadunidenses muchas veces ligados al neo-fascismo o a corrientes de supremacismo racial, el esclavismo vinculado a las minas de piedras preciosas que a su vez alimenta guerras tribales y exterminio étnico en África y el narcotráfico latinoamericano, particularmente en México y Colombia, son realidades de esa ralea. Entre los saldos con que se hace el doloroso recuento de ese lado brutal del negocio de las drogas que son los muertos hay muchos periodistas desaparecidos y asesinados.

La literatura, a diferencia de otros lenguajes divulgativos que hacen registro del narcotráfico, de sus incidencias en la vida diaria y el ideario colectivo como ese periodismo convertido de pronto en víctima de sí mismo, ha permitido el oficio de autores que puedan explicarlo sin poner en entredicho –aunque siempre habrá excepciones que lamentar– la integridad física personal o familiar. El periodismo, el ensayo literario y el reportaje de investigación son también fuente de libros sobre el narcotráfico, como La reina del Pacífico (Grijalbo Mondadori, México, 2008), de Julio Scherer, pero esos son documentos ajenos a la narrativa. En este sentido podría decirse, al menos hasta ahora y dentro de ciertos límites, que la literatura permite acercarse a narrar la fenomenología del narcotráfico, de retratar sus causas y efectos, sin ofender a quienes se dedican a ello. Este puede ser uno de los motivos del auge, que algunos críticos siguen empecinados en pontificar como pasajero, de las novelas sobre el tema.

El narcotráfico no es tema pasajero. Es una fenomenología de la crueldad que deja huella indeleble en las comunidades que asola. Pero es parte de la sociedad contemporánea, y la narrativa que se hace cargo del tema busca, y en mucho consigue, congelar la estampa de una época, retratarla, mantenerla viva en la memoria colectiva. Si se hiciera caso a los panegiristas de la esclerosis de la novela que vaticinan su agotamiento y muerte, buena parte de la literatura que atesoramos no hubiera llegado a sus lectores: Stendhal y Balzac hubieran pasado por alto las convulsiones de la sociedad francesa; Rulfo no hubiera tenido interés en narrar los fantasmagóricos saldos de la Revolución mexicana; Hammett quizá hubiera preferido no narrar el bajo mundo estadunidense y, en fin, buena parte de la literatura estaría perdida en el limbo de una apatía justificada por no retratar su espacio y su tiempo, no reinventarlo, no recrearlo con tal de no parecer moda pasajera.

Afortunadamente no ha sido así con el retrato literario del narcotráfico, tan necesario para explicar un día cómo y qué fue lo que pasó. Como lógica transición de la brutalidad callejera a la relativa seguridad de las páginas, la llamada literatura del norte, producción narrativa y ensayística de autores nacidos o radicados en los estados de Sinaloa, Sonora, Baja California, Chihuahua, Nuevo León, Coahuila, Durango y Tamaulipas, fue por un tiempo el laboratorio de una escritura que de manera cruda, a menudo ligada al género negro o la clave policíaca pero muchas veces también con estilos híbridos, exploratorios y novedosos, fue sumando una valiosa bibliografía de narrativa del narcotráfico casi común a sus territorios. Pero la literatura del narco no es ya potestad de autores cuyo denominador era una vinculación geográfica, y la literatura del norte se va desdibujando como región limítrofe de la misma manera que el narcotráfico ha rebasado su propia, imaginaria frontera. Allí la obra de escritores tan diferentes en estilo como Federico Campbell, Jesús Gardea o Daniel Sada, en este último es llamativa la ausencia del narco, la vaguedad de su horror como trasfondo que subraya en lugar de soslayar. La geografía, entonces, se va haciendo difusa, porque el narco no es sólo ya del norte. Hay narcos y escritores lo mismo en Guasave que en Tuxtla Gutiérrez. No es de sorprender que el narco atraiga autores de toda laya, porque se presta a una amplia gama de intensidades narrativas, de la acuciosa inmersión historicista de Fran-cisco Haghenbeck o las testimoniales de Eduardo Monteverde y Víctor Ronquillo, a las radiografías periodísticas de José Reveles y los desbocados personajes de David Toscana. La globalización toca por igual; el país se ha encendido por todos lados. Tanto pueden relatar peripecias de narcotraficantes escritores sinaloenses, como Élmer Mendoza cuando narra el infortunio de sus aventureros serranos en novelas como El amante de Janis Joplin (Tusquets, México, 2001) y Balas de plata (Tusquets, Barcelona, 2008), como puede surgir el caudillo fatal que retrata César López Cuadras en Cástulo Bojórquez (Fondo de Cultura Económica, México, 2001), pero del mismo modo un acapulqueño asimilado saltillense como Julián Herbert ofrece su narrativa visión desde el consumo delirante del adicto en Cocaína (Manual de usuario) (Almuzara, Córdoba, 2007). Allí libros como Mezquite Road (Planeta, México, 1995) del cachanilla Gabriel Trujillo Muñoz, o la perspectiva narrativa del gatillero salido del lumpen en Nostalgia de la sombra (Joaquín Mortiz, México, 2002) del guanajua-tense Eduardo Antonio Parra. Igualmente podría situarse en muchos rincones de la geografía mexicana la novela-corrido Juan Justino Judicial, del sonorense Gerardo Cornejo (Selector, México, 1997). Valioso es el cuidadoso boceto nihilista del cholo tijuanense de Heriberto Yépez en Al otro lado (Planeta, México, 2008) como los laberínticos trapicheos que describe Yuri Herrera, nacido en Actopan, Hidalgo, en su espléndida Trabajos del reino (Periférica, Cáceres, 2008) o, volviendo al origen de buena parte de la narrativa contemporánea mexicana, en la visión ya neopolicíaca de los capos y su mundo en Sueños de frontera (Pomexa, México, 1990) de Paco Ignacio Taibo II, o esa óptica del matón contada por Bernardo Fernández en Tiempo de alacranes (Pàmies, Madrid, 2009). Autores como el español Arturo Pérez-Reverte con La reina del sur (Alfaguara, Madrid, 2002) y Gabriel García Márquez, en Historia de un secuestro (Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1996) abordan también el tema del narco y su ramificaciones criminales y políticas.

El narcotráfico ha conformado una suerte de estampa retorcida de ser mexicano en el bullente y tradicional maremagno de mermas de identidad que resulta de una sociedad batida por sus propios desgarros. Los sucesos policíacos propios del enfrentamiento entre los sicariatos del narcotráfico, la constante violencia entre grupos rivales, incluyendo en las facciones a los diferentes cuerpos policíacos y militares presuntamente entregados a su combate y, en fin, la cultura de la violencia inherente al trapicheo de la droga es ya un fenómeno nacional, de norte a sur y del Atlántico al Pacífico.

Y alguien debe contar esas historias.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Mi nostalgia retorcida

15/Noviembre/09
Suplemento la Jornada
Jorge Moch
Una vez fui patriota. Hoy sólo apátrida que busca cobijo en explicaciones que nadie pide: ya no siento casi nada por mi país. No será extraño que cualquier día busque marchar. Todavía no; todavía, quizá, logre encariñarme de nuevo, inyectar en mi progenie ese ardor que antes hubo donde hoy sólo sisean los restos de un tizón carcomido.

Antes me ponía de pie cuando escuchaba el himno nacional. Cruzaba la diestra sobre el pecho inflado. Más que cantarlas, recitaba para mí aquellas estrofas que lograban erizar los cabellos. Susurraba entre dientes, amenazador, lo de si un extraño osara profanar este suelo nuestro… casi quería irme a la guerra. Una vez, joven, muy joven y tonto, quise ser policía. Hoy estaría muerto o sería capo de alguna mafia.

Hubo otro México. Yo lo conocí. Viví en él. Era un México más cándido y dejado, sí, quizá, o quién sabe: hoy la opinión pública mexicana es menos crédula, más escéptica, pero también enajenada como nunca, embrutecida con espectáculos cutres y masivos, tugurizada su cultura general, que ya era poca.

En aquel México la muerte de un líder campesino hubiera causado gran susto y conmoción. Hoy la masacre en que fueron asesinados él y catorce personas más, entre ellos mujeres y niños, apenas llega a mención de segundas páginas; lleva más inercia mediática si el Papa de Roma volvió a prohibir el condón o un partido de fut.

Hubo un México en que era posible ser empleado y ahorrar para comprar una casa amplia. En ese otro México muchos hubiéramos salido a la calle en una masa furibunda ante los atropellos que hoy comete el gobierno de derechas impuesto a la mala, pero hoy, a pesar de lo lesivo de las heridas en nuestros patrimonios y en nuestros derechos, pero sobre todo en la más elemental de las decencias, son tantos los escándalos y tanto el bombardeo informativo y tal y tan gruesa la costra de nuestra indolencia que ya no pasa nada. En la izquierda, antipática a la derecha por con testataria, que la hubo, hoy medran los vendidos. La derecha, los empresarios, los dueños de las televisoras y sus socios mangonean, tuercen, maquillan la realidad. México es de los banqueros, del suegro de los Salinas que monopoliza el maíz; del contlapache de esos mismos, el que monopoliza las telecomunicaciones; del par de cabrones redomados que gobiernan la información televisiva en México; de clérigos ricachones y panzudos, mentirosos, fariseos enemigos del jodido y atildados traidores de sus propias prédicas de humildad y compromiso social, vestidos de oro, rodeados de guardaespaldas, chupacirios y beatas meonas. ¿Quién de todos ellos reclama, por ejemplo, la fortuna que se querían gastar los politicastros del Congreso en estúpidos botoncitos dorados para la solapa de su trajes caros?

Hubo un México en que los narcotraficantes eran miembros de cofradías peligrosas pero recónditas allá en su mundo, arreglando sus muy privados alijos con el gobierno del que eran al vaivén socios o enemigos que, sin embargo, permanecían en la sombra y, según se sabía vagamente, leales a un viejo código de conducta que no me atrevo, porque no soy tan cínico ni tan pendejo, a calificar de caballerosa. Hoy son, simplemente, en un montón de rincones de este machucado país, los caprichosos dueños de la economía local y también, ante la estupefacción y el embotamiento del pueblo, y a propósito de la ineficacia del gobierno y sus soldados, que jamás han estado en una guerra contra nadie que no sea mexicano y sus policías y funcionarios y gordos peces corruptos hasta la blanda médula, quienes rigen el ritmo de la vida en las calles. Hay ciudades de México donde no se puede caminar tranquilamente ni de día con plena luz, porque si se arma la refriega se muere uno por puro peatón. Hay, también, a quien mucho molesta cuando algunos lo decimos: que no todo México es así, dicen. No, todo no, pero poco falta. Nunca antes, desde la Decena Trágica , hubo tantos, tantísimos muertos de bala en las calles de nuestras ciudades. Caen periodistas. Caen ciudadanos. Entre delincuentes y empleados públicos pavorosamente corruptos lograron convertir lo que fue una nación prometedora en pocilga y basural.

Ya no me pongo de pie ante el himno, ni ante la bandera. Me opila las glotis pensar que lo hace también, hipócritas, la escoria política que encabeza Felipe Calderón, esa recua de traidores a la más elemental noción de patria. Así, patria en minúsculas, mientras siga siendo el territorio que habitan esos malparidos que se creen dueños de todo. Malditos sean.