miércoles, 19 de junio de 2013

Medio siglo de Rayuela: el juego que no termina

19/Junio/2013
La Jornada
Javier Aranda Luna

Desde 1954 Julio Cortázar se sentía muy a disgusto por los textos que se publicaban. ¿Ha visto usted lo que se publica habitualmente en las revistas?, le preguntaba en una carta a Juan José Arreola. Los cuentos publicados, decía, eran producto de la haraganería o la incapacidad de los escritores porque eran difusos tratamientos de cualquier tema.
Se publicaban cuentos con el mismo lenguaje más o menos discursivo de la novela y ahí está la burrada: un cuento es siempre el vellocino de oro, y la novela es la historia de la búsqueda de ese vellocino.
Para él, el cuento era una especie de parapoesía. Una actividad misteriosamente marginal en relación con la poesía y sin embargo unida a ella por lazos que faltan a la novela, una verdadera lástima.
Cuatro años después escribía algo similar sobre la novela, pues cada vez más me aburren profundamente. Los escritores se quedaban en la sicología exterior, le escribía a Jean Barnabé, aunque crean ir muy al fondo. La realidad cotidiana en que creían vivir es apenas el borde de una fabulosa realidad reconquistable. Algo que la novela no hacía y que debía hacer.
En este ambiente de crítica a dos géneros literarios petrificados nació Rayuela, la antinovela por excelencia que no ha perdido su vitalidad en medio siglo.
Sigue sacudiendo a sus lectores quizá porque el alud de las novelas que cada año se publican siguen padeciendo de los mismos defectos.
Desde 1958 Cortázar quería escribir otra novela, una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos. La crónica de una locura.
Estaba convencido de que nada ocurre de una cierta manera, sino que cada cosa es a la vez muchísimas cosas. Por eso quería construir una narración hecha desde múltiples ángulos.
La primer versión de Rayuela que originalmente se iba a llamar Mandala estaba llena de materia explosiva una especie de bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana. Y no exageraba.
Si uno revisa la correspondencia de Cortázar resulta claro que la crítica profesional ninguneó a Rayuela, la bomba de Cortázar. O no la leyó o la leyó tan mal que no se atrevió a arriesgar siquiera razones ni sinrazones para descalificarla, probablemente por el ya ganado prestigio de Cortázar como escritor. Criticar al cuentista reconocido por Borges no era una empresa precisamente cómoda para ese mundo amante del confort y del menor esfuerzo.
Cortázar le escribe a su editor, Paco Porrúa, que le llama la atención que ni siquiera las rarezas formales del libro saquen a esos tipos de su actitud habitual que es la de leer emborregadamente el libro, con una falta total de pasión. Rayuela, escribió entonces, buscaba la pelea; la va encontrando pero a mí me hubiera gustado una pelea más alta y más digna de todos.
Lo que la crítica profesional no vio, lo miró muy bien el escritor Mario Vargas Llosa: que el meollo de Rayuela era el juego y la libertad. La gana de que el lector fuera el personaje central del libro.
Cortázar quería exasperar al lector y convertirlo, como le escribe a Jean Barnabé, en una especie de frère ennemi, un cómplice, un colaborador de la obra: “Estoy harto de eso que un personaje de mi libro llama ‘el lector-hembra’, ese señor o señora que compra libros con la misma actitud con que contrata a un sirviente o se sienta en la platea de un teatro: para que lo diviertan o para que lo sirvan”.
Quiso que Rayuela se pudiera leer de dos maneras: como le gusta al lector-hembra, y como me gusta a mí, lápiz en mano, peleándome con el autor.
Rayuela es una crítica contundente a la sociedad occidental que oculta su verdadero rostro en una máscara; una crítica al mundo intelectual atado por las formas, cada vez más lejos de la vida y la poesía, el juego y la libertad.
Yo creo que se escribe y se lee porque la vida no basta. Por eso ceñirla a fórmulas huecas resulta absurdo. Jugar a la rayuela nos lleva al cielo. Hay que saltar y divertirse para ello.
¿Qué pensaría ahora Julio Cortázar cuando ya se han hecho incluso estudios lingüísticos del glíglico –ese lenguaje inventado por él en el que los amantes cifran su mundo privado– con el que escribe el capítulo 68 de Rayuela? ¿Qué de las tesis sobre los adjetivos que usó? ¿Qué de las ondas expansivas de la explosión sorda con que Rayuela cimbró las letras hispanoamericans y que aún siguen sacudiendo a nuevos lectores?
Pocas novelas, contranovelas o antinovelas siguen tan vivas como Rayuela. ¿Será porque su personaje principal sigue siendo el lector? ¿Porque al tocar la vida tocó también la poesía, esa memoria oculta que nos permite vislumbrar la otra orilla?

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