lunes, 26 de julio de 2010

El autodidacta

26/Julio/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

Hoy estamos tan acostumbrados a preguntar a los expertos sobre casi cualquier tema, que tenemos temor de dar un paso por nuestra propia cuenta. Sin embargo, los autodidactas, entre otros, han tomado la impopular decisión de recorrer por sí mismos un camino diferente. Creo que es San Juan de la Cruz a quien se le debe el siguiente consejo: para llegar a un punto desconocido es necesario tomar el camino que no se conoce. Hacer lo contrario, es decir, tomar el camino conocido, no encierra demasiada virtud. El autodidacta lo sabe ya que en infinidad de ocasiones invierte mucho tiempo descubriendo lo que otros ya descubrieron (el autodidacta se ahorcará con el hilo negro). No obstante, sabe también que su paciencia podría llevarlo a terrenos no pisados antes por ninguna imaginación. Novalis lo explicaba de este modo: “Un autodidacta tiene la gran ventaja, a pesar de todas las imperfecciones de su saber, de que cada idea nueva de la que se apodera entra inmediatamente en relación con el resto de sus conocimientos e ideas, mezclándose con el todo y dando así lugar a combinaciones originales y a muchos nuevos descubrimientos”. Es confortable saber que la opinión de dos autodidactas acerca de un mismo tema difícilmente será la misma: su opinión, al menos, no será guiada por el programa de una institución ni por ninguna otra convención académica.

Los autodidactas no son colegas como suelen serlo los abogados o los médicos, sino una suerte de anacoretas que viven alejados de los centros organizados del saber. Su ambición se reduce a la de cualquier hombre curioso a quien le interesa el conocimiento. No quiero decir que el autodidacta carezca de método (inductivo, racional, lógico o como quiera llamársele) ni que se desinterese por los descubrimientos de las instituciones universitarias, científicas, etcétera; más bien se dedica a la ambiciosa tarea de conocer, hasta donde le es posible, el mundo que lo rodea, por su propia cuenta. ¿Pero es posible imaginarse un método de conocimiento sin nociones de racionalismo cartesiano o un pensamiento ajeno a las reglas del lenguaje? ¿Puede un escritor desconocer la obra de Eurípides o de Joyce? No sólo es posible, sino incluso deseable. Mantener vivo el pensamiento escolástico tanto como visitar una ciudad haciendo a un lado sus monumentos importantes, son hasta cierto punto síntomas de salud. Los especialistas en cualquier tema no estarán de acuerdo con esta opinión pues consideran que no se puede avanzar si se desentiende uno de los descubrimientos realizados por el hombre a lo largo de su historia (somos enanos en hombros de gigantes), pero no podrán negar lo saludable que es mirar el mundo desde una perspectiva original.

Y algo más: el experto paga su saber con grandes dosis de ignorancia en otros campos del saber: él no es propiamente un científico o un filósofo , sino alguien que dedica su vida a profundizar en un tema esperando a que otros se especialicen en los campos restantes. Quiere ser la tuerca número treinta y dos de la gran máquina. Tomando en cuenta tan desmedida confianza en el género humano, en sus instituciones y en su saber acumulado, me imagino que el experto tampoco tendrá inconveniente en que un hombre más versado que él en asuntos sexuales tome su lugar en la cama (en teoría siempre habrá alguien que realizará mejor tal “actividad”) Hans-Georg Gadamer conocía bien estas limitaciones cuando precisaba que al experto hay que preguntarle, pero no permitirle tomar decisiones. Los expertos son incapaces —por definición— de unir las partes con el todo. Debemos consultarlos, pero siempre conscientes de que su conocimiento es limitado, parcial y anómalo.

Quisiera pensar que los autodidactas han contribuido con muy poco al progreso de nuestras sociedades. Hecho que los hace aún más virtuosos, pues no son culpables de casi nada.

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