sábado, 27 de diciembre de 2014

Maestro pero sobre todo francotirador

27/Diciembre/2014
Laberinto

Entre 1985 y 2000, Huberto Batis dirigió sábado, el suplemento cultural del diario unomásuno. De él y de aquella aventura rijosa y antisolemne tratan las páginas siguientes, que reúnen, como en aquellos años, a colaboradores, amigos y discípulos, entusiastas de su temperamento y sus dones para la edición


Por: Enrique Serna
Conocí a Huberto Batis en 1985, cuando le llevé a sábado dos poemas desconocidos de Luis de Sandoval y Zapata. El hispanista Gerardo Torres me acusó en Vuelta de haberle robado el hallazgo y yo lo refuté en sábado con argumentos que zanjaron la discusión. Complacido por mi desempeño en esa escaramuza, Huberto me invitó a enviarle más colaboraciones. El carácter iconoclasta del suplemento influyó sin duda en la tónica de mis artículos, pero yo compartía plenamente ese enfoque de la vida cultural.
Energúmeno y erotómano, Huberto era por encima de todo un francotirador y lo sigue siendo desde las redes sociales. Hasta yo he sido víctima de su lengua pero se lo perdono todo porque lo veo como una figura paterna. Estoy muy agradecido por el espacio y la libertad que me dio en un momento decisivo de mi formación literaria. Gracias a la vitrina del suplemento logré sacar del cajón mis dos primeras novelas, que encontraron un pequeño público lector entre la familia sabatina.
Pura López Colomé
Huberto Batis no fue, sino que sigue siendo, mi maestro con M mayúscula. Le debo (y le agradezco profundamente) una formación bastante atípica, que fue mucho más allá de los salones de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Huberto me “salvó” de una carrera  convencional en una universidad privada, de la que él, por cierto, iba de salida. Un buen día, después de una de muchas horas dedicadas a la obra de Robert Graves, páginas y páginas de la cual él leía en voz alta, haciendo pausas para ponernos a prueba o celebrar algo que, de pura casualidad, sabíamos, me dijo, cuando íbamos rumbo al estacionamiento: “Bueno, y tú, ¿qué haces aquí?”. Todo lo que no había yo tartamudeado en clase (porque sí había leído, al menos, La diosa blanca), afloró en ese momento. “Pues... e–e–entre o–o–otras co–co–sas, Maestro, vengo a tomar s–s–su clase”. “Para eso no necesitas venir aquí.  Búscame en la UNAM”. Y lo hice. Logré que me revalidaran las materias que había llevado, y me inscribí en su curso, antes que nada. A diferencia de otros casos, yo no tomé sus clases de periodismo cultural o revistas, sino las de investigaciones literarias. Con todo y que me precio de leer sin parar, creo que nunca en mi vida he vuelto a hacerlo con la avidez que lo hice entonces, en serio, viajando de Lautréamont a García Ponce, de Keats a Paz, de Montale a Yeats, de Sor Juana a Grace Paley, etcétera y sin fin. Muy poco tiempo después, Huberto me invitó a visitarlo (ojo, no a colaborar con él) en sus oficinas de sábado, el suplemento del flamante y por demás enorgullecedor unomásuno. Nunca me atreví a pedirle trabajo. A lo más que llegué fue, de ahí en adelante, a presentarme a ayudarlo en lo que necesitara. Tardes y noches sin ver el reloj. Sobre la marcha, me iba enseñando los gajes del oficio con enorme generosidad, al tiempo que moldeaba mi gusto, aderezando lo que corregía o editaba con picantes observaciones, crítica demoledora, uno que otro elogio (pocos). Paulatinamente, me fui animando a darle poemas y traducciones, que me iba publicando a cuentagotas. Años después, comencé a escribir reseñas de libros, hasta que me ofreció la secretaría de redacción del suplemento (porque quien se había ocupado del asunto abandonó el barco). Aprendí a leer entre líneas a su lado, a tomar en serio y conmoverme a fondo con lo que valía la pena y a no dejarme impresionar por la pirotecnia.
Batis posee uno de esos rarísimos espíritus creadores que no se encierran en sí mismos, que huyen de la autocomplacencia. Sabe investigar exactamente de la misma manera entre palabras que entre acontecimientos o epifanías, con la pluma o con la cámara en ristre. Ya quisiera yo, para un día de fiesta, su disposición a abandonarse a lo nuevo, a lo loco, a lo inusitado, a la verdad escondida en la belleza y viceversa. A Huberto le debo no nada más el reconocimiento puntual de la actividad para la que había nacido, sino la devoción con que hay que dedicarse a ella. Cada vez que me siento a escribir, como mi Maestro al pasar las hojas de un libro, intento revestir mi atención del cuidado y la delicadeza con que se enfrenta lo sagrado de la palabra, que es tal por el simple hecho de salir del corazón.
Andrés de Luna
Huberto Batis es un hombre que sabe contar historias. Si como escritor siguió el mal consejo de Antonio Alatorre de “no publicar sus cuentos”, sabe trasladar las anécdotas propias o ajenas a un plano verbal increíble por lo que se extrañan sus relatos. Comer con Huberto es una experiencia soberbia: sabe probar unos caracoles o un asado, un faisán o lo que sea sabroso. Beber con él es otra de las experiencias de la vida, es un hombre que conoce los dones del vino y los lleva por donde quiere y prefiere. Luego de las insistencias de la gastronomía, Huberto comienza sus relatos. Se acuerda de muchas cosas y las describe con multitud de detalles y con espacios que permiten el comentario. Recuerda escenas del pasado y momentos cercanos en el tiempo, todo lo anuda y lo convierte en verdaderos cuentos. Describe situaciones grotescas que le proporcionaron los amigos de Juan José Gurrola, o momentos de intensidad erótica con Betty Sheridan, una actriz argentina de belleza magnífica, o los comentarios sobre el diván de sábado, o los pleitos entre ahora dos fallecidos: Héctor García y Roberto Vallarino. Todo esto entre la comida y el postre, la sobremesa y el encuentro con los alimentos que presagian el desayuno. Batis será siempre un personaje legendario, uno de los mejores críticos y un hombre que sabe escribir la mejor prosa para comentar tal o cual libro. Sus historias forman parte de la pesquisa culinaria, de los atroces banquetes compartidos con él y con Patricia González, su compañera actual. De esta forma, entrar en contacto con los alimentos y con Batis es un sinónimo de placer. Alguna vez lo vimos, mi esposa la fotógrafa Norma Patiño y yo, en la Biblioteca México, lo saludamos y nos dio mucho gusto verlo luego de escuchar a Mario Vargas Llosa. Nos despedimos con la idea de tener otra de esas sesiones alimenticias. Ha quedado pendiente pero deberá cumplirse en estos días.
Guillermo Fadanelli
El que haya dedicado mi vida a escribir ficciones se debe, en buena medida, al aliento que me dio Huberto Batis. El director del suplemento sábado tenía el talento y la cultura necesarias para tolerar, animar y comprender a los escritores jóvenes y ofrecerles un lugar en las páginas que él confeccionaba desde su escritorio atiborrado de cuartillas, libros y objetos de toda clase (había allí hasta un machete que le había regalado su secretaria Aída). En las mismas páginas, como sabemos, escribían también los historiadores, filósofos y eruditos más importantes de México. En su oficina conocí a Roberto Moreno de los Arcos, a Evodio Escalante, Beatriz Espejo, Margarita Peña y a tantos otros intelectuales de valor. Huberto Batis es, probablemente, el hombre vivo más culto de México. Su curiosidad es la propia de un intelectual y un polígrafo genuino. Su carácter, genio y malicia no sentaban bien en el zalamero y reprimido medio de la cultura mexicana. Huberto se divertía y jugaba con la imagen que él mismo se había creado. Yo he sido un hombre afortunado, no solo por haber recibido su guía, sino porque me ofreció su amistad. Que se le haya negado durante tantos años el ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua es una afrenta para la inteligencia y un desacato ordinario. Casi todos los escritores de ficción y ensayistas que poseen cierto valor le deben algo a Huberto Batis, profesor, formador, ensayista prolífico y audaz, animador de la creación y de la crítica literaria. Hace años que no me encuentro con él, pero creo que me comprende, y es a la única persona que puedo llamar “mi maestro” con absoluta humildad y honradez. En ocasiones llego a pensar que mi irracional lejanía puede ser motivo para que se decepcione de mí. No le importa: su mundo literario es vasto, complejo, y su imaginación nos trasciende.
Héctor Ramírez (corrector de estilo en sábado).
Cuando Huberto fue mi maestro en la Facultad de Filosofía y Letras, me pareció una especie de versión masculina de Scheherazade. Su memoria prodigiosa le permite entrelazar historias y personajes de manera casi interminable y habíamos quienes, no conformes con las horas de clase, formábamos una especie de entourage que lo seguía hasta algún café para no perder el hilo de sus relatos. Eran horas y horas hasta que anunciaba que tenía que irse al unomásuno.
A pesar de que sabía por experiencia en las aulas que su umbral de ira es bastante reducido, un día reuní el valor suficiente y le llevé mi primera colaboración. La leyó en voz alta, con el lápiz que tenía en la mano hizo algunas correcciones y ordenó que se publicara. Ahí no paró mi osadía. Un día me ofreció la oportunidad de corregir sábado y lo hice al lado de personajes como Pura López Colomé, Vicente Anaya y Pablo Soler Frost. La experiencia de Batis en esos menesteres es impresionante. Sin importar la cantidad de revisiones realizadas a las planas, les echaba un vistazo y señalando un párrafo decía triunfante: “donde pongo el ojo, pongo la errata”.
Alberto Ruy Sánchez
Recuerdo con precisión obsesiva la luz de invierno que entraba por la ventana de aquella sala sombría en la fabulosa casa–biblioteca de Huberto Batis. Los sábados, durante casi todo el día, en la calle Mariano Matamoros del antiguo pueblo de Tlalpan, cerca de la clínica psiquiátrica Floresta, una docena de aprendices, además de leer y comentar muy ácidamente lo que cada uno de nosotros había escrito esa semana, leíamos los textos que nos proponía Huberto. Siempre poco comunes, intensos, asombrosos. Tesoros raros de sus libreros que, según él, le evocaban espontáneamente nuestros balbuceos, como mostrándonos en la comparación abrupta indicios del camino que nos faltaba por recorrer para ser mejores y verdaderos escritores. Los libros de Huysmans, Iwaskiewickz, Raymond Roussell, Cioran o Hermann Broch, de Coleridge, John Donne o Zadeg Hedayat, comentados por Huberto se convertían en cajas de Pandora de poderes ilimitados y efectos concretos en nuestros anhelos de escritura y en nuestras vidas. Y, de pronto, como un preciso reloj de sol que se encendía cuando llevábamos un par de horas juntos, un rayo vertical se deslizaba entre las cortinas, rasgaba la penumbra e iluminaba la pecera al fondo de la sala donde un axólotl erizaba de golpe su cresta hacia la luz. El axólotl de Huberto, evidentemente, había sido revisado ahí exhaustivamente con todas sus maravillosas referencias literarias y científicas. Era parte de nuestro círculo encantado desde hacía tiempo. Pero todo era tan intenso en aquellas reuniones en que nadie parecía notar su encuentro sistemático con la luz. Entre absorto y distraído, yo esperaba siempre con cierta impaciencia y lleno de mi desasosiego de principiante de escritor ese momento en el que la pecera iluminada y el anfibio cumplían su cita con el dedo del sol. Esa confluencia extraña se volvió emblema del efecto que aquellas reuniones tenían sobre mí. Y solo a partir de ese momento encendido mi desasosiego se iba transformando en palabras fluidas, imágenes, escenas. Algunas veces las pronunciaba, muchas otras las atesoraba en silencio y yo mismo me asombro de comprobar cómo, tantos años después, las mismas siguen brotando de vez en cuando en lo que escribo. El ámbito creado generosamente por Huberto Batis era propiciatorio. Y fue natural que en cada quien tuviera efectos abruptamente distintos. Yo sigo agradeciendo a Huberto que nunca haya tratado mínimamente de dirigirlos y que en su espléndida y desinteresada extravagancia la vivacidad de la literatura fuera siempre esa semilla múltiple e incontrolable que puso a montones en nuestras manos.
Eko

Huberto Batis tiene el cinismo de Aretino, la osadía de un condenado a muerte y la disciplina de un sádico. Por eso me permitió pervertir las páginas de sábado. Desde entonces es parte de mis pesadillas y de las de Denisse.

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