sábado, 19 de febrero de 2011

Jorge Cuesta y el nacionalismo

19/Febrero/2011
Laberinto
Evodio Escalante

Cuando se trata de hablar del nacionalismo, nada mejor que recordar el genio provocador de Jorge Cuesta. Para esta inteligencia mercurial y maldita que desplegó su talento en artículos de periódico, y que nunca tuvo el modo de publicar un libro, el nacionalismo era la peste. No porque fuera un adelantado de los estudios post-coloniales, que han hecho furor en la academia norteamericana de hoy, sino porque tenía una profunda aversión a todo lo que fuera dogma y esclerosis del pensamiento. El nacionalismo, esgrimido como bandera, era para él una manifestación de irracionalismo que sólo podía traer más atraso para el país. Es célebre su polémica con Abreu Gómez, cuando le replica: “El nacionalismo equivale a la actitud de quien no se interesa sino con lo que tiene que ver inmediatamente con su persona; es el colmo de la fatuidad. Su principio es: no vale lo que tiene un valor objetivo, sino lo que tiene un valor para mí. De acuerdo con él, es legítimo preferir las novelas de Federico Gamboa a las de Stendhal, y decir: don Federico para los mexicanos, y Stendhal para los franceses.” Concluye desafiante Cuesta: “Por lo que a mí toca, ningún Abreu Gómez logrará que cumpla el deber patriótico de embrutecerme con las obras representativas de la literatura mexicana. Que duerman a quien no pierde nada con ella; yo pierdo La cartuja de Parma y mucho más.”

El más agudo polemista del siglo XX mexicano tiene mucho más que decir al respecto. En efecto, en otro artículo sobre el mismo tema, Cuesta señala: “El nacionalismo es una idea europea que estamos empeñados en copiar.” Ergo, cuando más nacionalistas nos sentimos es cuando nos volvemos más extranjerizantes. La idea misma de una nación mexicana le parece a Cuesta tan sólo una ficción desprovista de referente. La Constitución política que nos rige, en tanto copiada de modelos extranjeros, poco tendría que ver —en este hilo de razonamiento— con la verdadera realidad del país. En consecuencia, nos hemos formado una idea falsificada de lo que somos: “La nación mexicana ha tenido una mera existencia convencional y política; no obedece a una razón constitucional verdadera. Y por eso, al haberse dado la idea europea de nación como la constitucional de ella, toda la vida de México ha adquirido un carácter ilícito y clandestino…”

El juicio se extiende por supuesto al campo artístico y literario, y no deja de ser terminante: “La idea más infecunda en el arte y la literatura mexicano ha sido la idea nacional. Las obras nacionalistas no han logrado otra cosa que imitar servilmente a los nacionalismos de Europa. El nacionalismo mexicano se ha caracterizado por su falta de originalidad, o, en otras palabras, lo más extranjero, lo más falsamente mexicano que se ha producido en nuestro arte y nuestra literatura, son las obras nacionalistas.”

Estos dictámenes tremendos, empero, no han brotado del puro talento del polemista. Muchas son las fuentes que nutren su pensamiento. Cuesta era un lector riguroso de Nietzsche, de Julien Benda, de pensadores anarquistas como Proudhon, y por supuesto, del filósofo mexicano Samuel Ramos, quien por entonces acababa de publicar El perfil del hombre y la cultura en México (1934). De este libro toma varias afiladas nociones que él esgrimirá como espadachín imbatible. ¿Qué cosas obsesionan a Ramos? Discípulo de Antonio Caso, quien habría acuñado la expresión de “imitación extra-lógica” para referirse a una asimilación que está fuera de lugar, Ramos también encuentra que la imitación sin discernimiento es uno de nuestros errores históricos más recurrentes y más nocivos. He aquí un pasaje que me parece central de su libro El perfil del hombre y de la cultura en México, y que, por supuesto, sirvió a Cuesta para articular su polémica posición: “El fracaso de múltiples tentativas de imitar sin discernimiento una civilización extranjera, nos ha enseñado con dolor que tenemos un carácter propio y un destino singular, que no es posible seguir desconociendo. Como reacción emanada del nuevo sentimiento nacional, nace la voluntad de formar una cultura nuestra, en contraposición a la europea. Para volver la espalda a Europa, México se ha acogido al nacionalismo… que es una idea europea.” (Subrayado mío.)

No deja de ser curioso, ya que estamos con Ramos, que mientras los filósofos europeos redescubren la ontología y se proponen una indagación acerca del ser y del sentido del ser (como sucede con Heidegger), entre nosotros esta investigación se entrampe de inmediato en el asunto particularista del ser del mexicano, rasgo eminentemente provinciano que mucho me temo no hemos alcanzado a superar. Lo digo porque de tarde en tarde siguen surgiendo todavía en la actualidad estos intentos trasnochados de hacer una ontología del mexicano, expresión que encierra una contradicción en los términos.

Pero los embates más fuertes en contra del nacionalismo de Jorge Cuesta se despliegan en su artículo “La decadencia moral de la nación”. No es que el nacionalismo per se constituya un sentimiento aberrante. Lo que yo entiendo, y es preciso distinguir esto, es que habría en realidad dos nacionalismos muy distintos entre sí. El nacionalismo voluntarioso, estentóreo, vociferante y de aparador, vinculado a los aspectos más reaccionarios de nuestra ideología; y un nacionalismo sereno, inconsciente, decantado en el fondo de nuestro ser y que pertenecería a lo que Proust llamaba la “memoria involuntaria”. De tal suerte, seríamos nacionalistas justamente en aquellos momentos de nuestra vida en que no pensamos para nada en el nacionalismo; por el contrario, recaeríamos en lo extranjerizante tan pronto como la idea de lo nacional prende en nuestra conciencia obligándonos a adoptar actitudes artificiosas y convencionales.

El eje de este artículo, inspirado todo él en nociones anarquistas, es una sugerente definición de democracia aportada por Cuesta: es democrática aquella sociedad en la que puedes hablarle al Estado de tú. Los ricorsi revolucionarios, los estallidos recurrentes de la violencia que desmembran el cuerpo social y acarrean la caída de los poderosos, son para el Cuesta de este artículo la más señalada muestra de salud pública. Resulta lamentable que la misma autoridad se perpetúe por decenios (como sucedió en la época de Porfirio Díaz): esta eternización institucional conduce a la esterilidad y al adormecimiento de las conciencias. Por eso señala categórico: “Los movimientos revolucionarios, otorgándola de un modo inmerecido y caprichoso, desprestigian a la autoridad y elevan el espíritu de los que han sido aplastados por ella.”

Adviértase que Cuesta no desea el entronizamiento de la autoridad, cualquiera que ella pudiera ser, sino su desaparición. Por eso me parece notable en este sentido la referencia explícita a Proudhon: “Las inepcias de los gobiernos hacen la ciencia de los revolucionarios.”

La conclusión de Cuesta tiene mucho de terrible si pensamos que en estos momentos México atraviesa por una situación de crisis de las instituciones y de desprestigio creciente de la autoridad política que nos rige. Según Cuesta, en lugar de quejarnos y lamentarnos, como tanto nos gusta, tendríamos que sentirnos dichosos de estar inmersos en esta debacle y sus torbellinos: “Las inepcias de los gobiernos, por lo tanto, hacen la verdadera fortuna de los pueblos que les brindan ocasión de formar su carácter, que es la más apreciable virtud.” Dicho de otro modo: mientras que las administraciones eficientes provocan la molicie de Roma, las que fracasan son el verdadero pasto de le los revolucionarios porque elevan el espíritu de contradicción y de lucha.

Fáustico, agónico, abismal, Cuesta propone una visión relampagueante de la historia de México: puesto que siempre hemos estado implicados en procesos de cambio, nuestra verdadera tradición no es la estabilidad sino la revolución. La paz social propiciada por el estado paternalista es sólo una ilusión que ha de quebrarse con el saludable “instante explosivo”. Por ello mismo argumenta: “Puede decirse con mayor fundamento que nuestra verdadera tradición es el estado revolucionario, y que las perturbaciones de nuestra historia son las épocas de administración y de paz.” Serían estas últimas, en efecto, las que propiciarían la bancarrota de la nación. Por fortuna, agrega Cuesta: “Nuestra historia está más preocupada por hacernos un carácter que por hacernos un paraíso; está más ávida de experiencias y de poder que de tranquilidad. En consecuencia, las épocas de administración, de felicidad y de economía dirigida son las que habrían de significar un abandono de nuestro destino y una decadencia moral de la nación.”

No estaría mal que tomáramos en cuenta este sorprendente diagnóstico.