martes, 10 de abril de 2012

Literatura mexicana: Un menú para todos los gustos

Abril/2012
Nexos
Emily Hind

Leo la literatura mexicana contemporánea con reverencia, una actitud que sorprenderá a un sector de los lectores en México. Por la selección creciente de novelas en inglés de venta en las librerías mexicanas, deduzco que algunos consumidores de novelas en México las prefieren gringas. Observo con preocupación este fenómeno naftoso. Por si esa visión no me bastara, me amenaza ese espectro del libro electrónico, hasta ahora dominado por títulos en inglés. Contra esa abundancia digitalizada batallan con cada vez menos esperanza de ganar las ediciones limitadas mexicanas de papel.

A lo mejor detectan mi acento por sus aparatos de lectura automática y saben que sería hipócrita de mi parte declarar el embargo del inglés. Mejor pensemos de modo libre pero comercializado, como se estila ahora: importa menos lo que se lee y pesa mucho más lo que se compra. De ahí que lean en inglés si quieren, pero de modo gratuito, de pie en la tienda o sentados a gusto frente a las páginas públicas de la internet. Cuando llega la hora de llevar un libro a casa hay que comprar (o hurtar, si realmente no hay de otra) a los mismos escritores que la ciudadanía mexicana ya respalda a través del sistema nacional de becas. ¿Con qué se topará entre las páginas recientes de prosa nacional? Seguramente será insólito. Los escritores mexicanos se han cultivado libertades estéticas por estar escribiendo casi sin público. Se escribe de todo y con todos los estilos, desde la perfección absoluta hasta la loca experimentación. Por lo general, los autores mexicanos no imitan lo que leen en inglés, por mucha influencia gringa que me declaren en las entrevistas. Los textos recomendados a continuación valen la inversión por originales y relevantes. Cómprenlos, ingiéranlos, déjenlos al alcance de los más susceptibles. Sirven para más de una lectura. De hecho, son aptos para la exportación.

Prosa perfeccionista: Textos spa

Los estilistas de control lingüístico encabezan mi lista porque nadie cuerdo podrá decir que los textos siguientes tengan falla en cuanto al uso de la palabra mexicana. En primer lugar, recomiendo el libro de ensayos de Vivian Abenshushan, Una habitación desordenada. Estos ensayos perfectos me hacen pensar en la maquinita estelar de Cronos, la película de Guillermo del Toro. Cronos es un bicho mecánico cuya mordida perpetrada por ingenio técnico otorga la vida eterna; de modo parecido, los ensayos de Vivian Abenshushan no se dejan envejecer nunca. Este fenómeno de mordida inmortalizante de técnica casi sobrenatural por precisa también sucede con la escritura de Fabio Morábito. Rejuvenece leer a estos dos escritores y todo texto de su autoría vale la pena. Por cierto, el bilingüismo caracteriza las carreras de estos dos escritores. Morábito vivió su niñez en Italia y ahora trabaja como traductor, y aunque siempre ha residido en México Abenshushan promueve la traducción al español a través de su editorial Tumbona.
Creo que estudiar más de un idioma lleva a la capacidad de escribir esta prosa tan rica y tan elemental a la vez. Por no dejarles sin un título específico de Morábito, confieso mi predilección por los cuentos y ensayos de También Berlín se olvida, y me he vuelto aficionada de la novela Emilio, los chistes y la muerte. ¡Ojo! El contenido de este último libro no agradará al público intolerante de riesgos. La novela explora la chispa sexual incómoda entre una mujer de cuarenta y tantos años y un niño de doce, y a lo largo del libro unos tres —sí, TRES— personajes deciden en momentos distintos a orinar al aire libre en un cementerio. Las escenas ofensivas y las relaciones a veces inverosímiles sólo ayudan a resaltar la perfección del estilo de esta novela preciosamente rara.

La misma rareza cultivada se produce con otra novela de estructura extraña y lenguaje perfecto, El taller del tiempo de Álvaro Uribe. Por medio de la prosa rigurosa, lírica y limpia, Uribe hace trascendente la historia banal de una familia de priistas economistas y su esperanza de aprovechar un tiempo recurrente para rectificar los errores provocados por un ciclo de abuso generacional. ¿Será coincidencia que Uribe domine el mismo idioma que también habla la cuarta autora en la lista de perfeccionistas?
Guadalupe Nettel pasó varios años de su adolescencia en Francia, país donde radicó un tiempo también el traductor Uribe. Entre la obra de Nettel, admiro el libro de cuentos Pétalos y otras historias incómodas y la autobiografía El cuerpo en que nací. Al leer a Nettel percibo de repente que sus textos nacieron completos. En el caso del libro autobiográfico, me da la impresión que a pesar de sus descripciones de una niñez desarticulada en el México de los años setenta, siempre se valía de esa voz tan propia.

En resumen, receto estos cuatro autores a todo lector que busque el refugio de un jardín verbal tranquilo y orgánicamente ordenado, algo así como un espacio de biblioteca bonsái creada por gente que no da señales de haber prestado atención a los best sellers, ni a los valores de la publicidad, ni a los medios en general. Los textos de Abenshushan y Morábito, de Uribe y Nettel se deben leer porque su mordida mágica nos infunde con una coherencia anhelada y nos aleja de esa sensación de fútil mortalidad contemporánea, de que la vida acaba sin que lo que hicimos ayer se relacione con lo que los demás harán mañana.

Ya se había publicado una parte de esa autobiografía de Nettel en la colección Trazos en el espejo: 15 autorretratos fugaces. Aquel libro me impresiona por la gama amplia de relatos autobiográficos divertidos de, entre otros, Alberto Chimal, Hernán Bravo Varela, Julián Herbert, Luis Felipe Fabre y Socorro Venegas. Fascinan las vidas de estos escritores, aunque no todos relaten una historia verídica. Sigo riéndome de la descripción delirante de Fabre respecto a su trayectoria glamorosa como personalidad literaria perseguida por los paparazzi, siempre a punto de comprarse un yate o conceder todavía otra opinión ante los medios, todos ansiosos por transmitir el último capricho de ese indudable poetry star.

Lecturas para humor masculino, y otras para el genio femenino

Divido las siguientes recomendaciones entre textos ideales para la estética masculina y textos adecuados para una orientación femenina. Dentro del mismo lector pueden alternar los dos humores, y soy ejemplo de esa curiosidad bifurcada. Comienzo con los autores que exploran la tarea difícil de ser hombre. No por nada me considero una observadora informada del problema del macho contemporáneo; he leído estas novelas para aprender del asunto. Me extraña que los autores generalmente no puedan contestarme cuando pregunto por la teoría de masculinidad que informe sus textos, y he pensado que toca al público desentrañar las contradicciones presentadas en estas obras sobre hombres mexicanos. Por el momento, los maestros más concentrados en la masculinidad mexicana incluyen a Antonio Ortuño y J.M. Servín. Tal vez por no ser hombre todavía no me he vuelto fan incondicional de ninguno de sus libros. Recomiendo Buscador de cabezas de Ortuño (aunque Recursos humanos no queda muy atrás) y de Servín tengo aprecio especial para Cuartos para gente sola y sus crónicas de la vida cotidiana transitada por la clase baja. Confieso que Ánima de Ortuño y Al final del vacío de Servín, sus novelas más recientes, me desconciertan porque no sé a fin de cuentas si todas esas páginas de cada novela se necesitaban.

Otra corriente de textos machos mezcla el tema de hombría con unos temores quizá acertados respecto al porvenir. Bernardo Esquinca escribe una novela de temer con Belleza roja. Ganó un premio apoyado por la Feria del Libro de Guadalajara, que dio a leer la novela a cuatro mil alumnos de las preparatorias mexicanas. Éstos recibieron la novela con entusiasmo. Aplaudo el hecho de que se permita una temática tan adulta para los jóvenes. Al facilitar textos de esta índole se llegará a un país de lectores, sin duda. Para no echar a perder los aspectos más sorprendentes de la imaginación tremendista de Esquinca, basta explicar que Belleza roja cambia entre la voz de un cirujano plástico y la de un fotógrafo de nota roja. Las posibilidades sociales propiciados por sus tareas sangrientas y estéticas sugieren un terreno que sería futurista si lo poshumano no fuera ya una realidad para los que puedan costear el tratamiento médico. Esquinca ha escrito otra novela que toma inspiración de la nota roja; La octava plaga divierte al ritmo de un Stephen King evolucionado en mexicano y más conocedor de los subgéneros periodísticos.

Recomiendo la novela Gel azul de Bernardo Fernández (BEF). Éste también consiente un gusto por el horror de King. A diferencia de su modelo gringo, BEF siempre produce obras interesantes y relevantes, aunque como su precursor la perfección lingüística no tiene mucho que ver con sus metas literarias. Los textos de BEF se inclinan por los subgéneros algo acartonados, como las convenciones de la ciencia ficción, la fantasía y lo noir de corrupción social. Al encajarse en combinaciones creativas de esos moldes BEF abandona el esfuerzo de elaborar una prosa poética. No obstante, en Gel azul las aventuras malogradas del detective enterado del lado oscuro de una ciudad de México del futuro provocan al lector desde la primera página. Igual, Hielo negro diseña unos personajes exorbitantes y sin embargo reconocibles desde las tradiciones de subgéneros literarios, y la novela entretiene. Los textos de BEF son ideales para regalar al adolescente que sería cínico y al fan mayor de subgéneros que disfruta del cultivo respetuoso de éstos. Sus personajes intrigarán a estos grupos de lectores con las imágenes digeribles de perdedores endurecidos y violencia inteligente.

Del lado de lo femenino, imperdonablemente “cursi” dirían algunos, algunas escritoras están confeccionando sobre la página el equivalente de la alta repostería. Saborear uno de estos textos me hace sentir un poco mareada y ricamente feliz, como si los cuentos fueran una inyección de bienestar emocional azucarado. Liliana V. Blum narra una temática deliciosa de mujeres y niños. ¿En qué se nos fue la mañana? y Vidas de catálogo incluyen textos que me hacen buena compañía en los días en que necesito la lectura como una bebida caliente. Socorro Venegas escribe menos de lo mismo, pero la cantidad reducida no indica menor calidad. Mi cuento preferido de Venegas se titula “Pertinencias” de Todas las islas. Yo sabía de modo intuitivo y no por eso equivocado que Venegas había sufrido la pérdida de un ser querido por su descripción tan exacta aunque probablemente ficcional del proceso de volver a tomar las riendas como sobreviviente. No se acepta en círculos académicos este modo de lectura biográfica, pero en el caso de Venegas los temas realistas y repetitivos dejan intuir que escribe desde una experiencia íntima. Y sí, Venegas es viuda. Los cuentos recogidos en La risa de las azucenas repasan algunos de sus temas preferidos, como la adicción, la pérdida y la sobrevivencia. Del mismo modo, varios de los textos de Blum reflejan una experiencia vivencial realista que se intuye como confesión personal.

Es interesante que Blum y Venegas escriban mejor bajo la compresión lingüística del cuento. No sé a ciencia cierta qué significará esa fuerza en la concisión, pero sospecho que ninguna de las dos provenga de una familia que quiso criar a escritoras que confiarían en su futuro profesional. De niñas estas escritoras a lo mejor aprendieron a callar bastante sin otorgar todo. Ahora de grandes las dos pueden sostener una conversación viva y tan cálida como su escritura.

Miscelánea: Juegos pesados, narconarrativa

Concluyo con dos categorías adicionales. La ficción de juego académico cuenta con la participación estelar de Mario Bellatin y Cristina Rivera Garza. Estos dos escriben literatura que no es literatura, por ambicionar una literatura que sería más que literatura. Sus libros son experimentos incompletos e indomables, y cada entrega renueva el juego-laberinto de meter un sistema de pensamiento irracional en una novela y así desafiar los limitantes de la novelística. Recomiendo que lean a estos dos con los lentes bien puestos y que tengan conciencia de que la elección de un solo título de cada autor es arriesgarse a perder más de lo que se gana. Es decir, al estilo de la paradoja esnob esbozada en Rayuela, elegir un solo título de aquellos dos es leer un libro menos en lugar de uno más.

En cuanto al tema del narcotráfico, no logro disfrutar de los Trabajos del reino de Yuri Herrera como lo hacen mis amigos. (Para no ofender a ese escritor tan generoso con su talento, quisiera hacer explícito el subtexto de mi reseña: reconozco la importancia de esa novela —sólo que hasta ahora no es de mi agrado.) Para mí, los textos de narco más interesantes se escriben por mujer, principalmente Iris García Cuevas con Ojos que no ven, Corazón desierto y 36 toneladas. ¿Cuánto pesa una sentencia de muerte?, y Orfa Alarcón con Perra brava. No quiero lección edificante de mis narconovelas y por eso no me molesta que la Perra Brava no llegue a más que eso y tampoco me asusta que la transformación en narco (o al revés en simple civil) suceda sin cambio de alma en la obra de García Cuevas. Respecto a este tema, me ha marcado la lectura de Luis Astorga, un académico mexicano que desde un principio advertía que los cárteles en realidad se componen por relaciones anárquicas e inestables. Admitir ese caos significa que sólo los ingenuos piden un texto didáctico con personajes narcoalegóricos que de algún modo se distancian de nosotros para entrar en un sistema racional o planeado. En fin, el texto que más delicadamente elabora la violencia narco sin insistir en una resolución simple es Fiesta en la madriguera de Juan Pablo Villalobos, quien escribe tan bien desde la perspectiva de su niño narrador, hijo de un narco mexicano, que llevo dos semestres enseñando la novela. Bueno, “enseñar” es un decir. Más bien, he pedido que se lea la novela y mis alumnos —dos mexicanas norteñas entre ellos (de Monterrey y Ciudad Juárez, para colmo)— me han sugerido unas interpretaciones fascinantes. Sólo tengo una queja respecto al logro literario de Villalobos. Me molesta que no se me haya ocurrido a mí escribirlo primero.

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