sábado, 30 de julio de 2011

Libros made in Tijuana

30/Julio/2011
Laberinto
Heriberto Yépez

Recorreré cinco libros recientes de la literatura de Tijuana.

Fuera de Tijuana pocos saben que por muchos años la obra de Luis Humberto Crosthwaite se leía junto a la de Roberto Castillo Udiarte (1951), poeta emblemático de la literatura fronteriza. Nuestras vidas son otras. Antología personal 1985-2010 (Aullido Libros-Nortestación, 2010) congrega algo de su poesía, que como su prosa tiene tono de bato de barrio cálido y cabrón. Castillo es clásico fronterizo.

Tijuana: crimen y castigo (Tusquets, 2010) de Luis Humberto Crosthwaite (1962), como otras novelas suyas, es fragmentaria y norteña de tonada. Crosthwaite usualmente es paratáctico y lúdico; en este libro decidió ser más sintáctico y dramático. Sería simplista leer este libro sólo buscando trama que atrapa; hay que leerlo como una garita de estructuras narrativas.

Los escritores de Tijuana han sido influidos por inglés, multiculturalismo, música y nuevas tecnologías. Su retórica remezcla. Del spanglish al blog, la literatura de Tijuana nació lejos del DF; soñada en casinos, casas de cambio, filas al otro lado y centros nocturnos, cobró una forma propia. Tiyei style.

De esta clica de escrituras sintéticas todavía deriva Señora Krupps (Static Books, 2010) de Javier Fernández (1971). Más que cuentos, máquinas de prosa heterodoxa. El texto de Tijuana se distingue por su armazón pieza a pieza. Concibe a la página como menú, rocola, Foreign Club y maquila.

Junto al de Crosthwaite, también circula nacionalmente Confesión de un sicario. Testimonio de Drago, lugarteniente de un cártel mexicano (Grijalbo, 2011) de Juan Carlos Reyna (1980). Reyna se formó leyendo a Crosthwaite, Castillo y Saavedra. Su libro es una aplicación periodística de recursos de la literatura tijuanense. ¿Testimonio de un sicario? Sí, pero también dosis del Zeta y Nortec. Reyna hizo que el narco fuese transcrito por la literatura fronteriza.

Crossfader 2.0. B-sides, hidden tracks & remixes (Nortestación, 2011) de Rafa Saavedra (1967) es el segundo libro de este free-lance post-everything; voz en off de radiante desesperación. Quienes saben leer percatan que esta post-literatura es una barra libre de verbosidad. Ruido y voces en clubes y fiestas. Música de página. Pessoa plus pop.

La literatura de Tijuana codifica, fusiona y utopizza.

Quizá ya terminó: se fue la urbe que le dio forma. La literatura de Tijuana es una colección de postales de su entropía.

TJ es una literatura menor —Deleuze dixit— hecha por una minoría dentro de una lengua mayor. Defensa de la negada diferencia. Gregaria, sobrecodificada, ironizada.

Sólo que TJ no se desterritorializa sino se hiperterritorializa.

Tijuana no escribió para continuar la Literatura Mexicana sino narrar una ciudad no-nacional. Ensamblar literatura, bilengua y música. Cool corrido: otra identidad.

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