domingo, 12 de noviembre de 2017

Buenas y malas intenciones

12/Noviembre/2017
Confabulario
Geney Beltrán Félix

Salvo casos muy particulares, rara vez nos enojamos —cuando menos no lo hacemos con vehemencia— al suponer las intenciones de novelistas o poetas. Usualmente aceptamos que quien escribe una novela o un libro de poesía lo que busca es, en el mejor caso, expresarse, pero sobre todo ganar fama, un premio, regalías, la posteridad. En suma, cualquiera de esos mojones tan elusivos que con frecuencia alimentan las conversaciones ante el espejo o los devaneos en la duermevela. Es decir, se asume que poetas o novelistas tienen el derecho de ver nacer su escritura de un doble impulso: uno elevado —la manifestación de un temperamento, una visión o aspiración o necesidad del espíritu— y otro elemental. El provecho más inmediato. La expansión del ego. Una cuenta bancaria abultada. Etcétera.
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Quienes escriben —escribimos— textos de crítica pareceríamos entrar en otro ramo. Daría la impresión de que tanto colegas del medio literario como lectores de a pie le regatean a los y las oficiantes de la crítica cualquier posibilidad de trascendencia. Escribe crítica y húndete en el olvido, quieren espetarnos, olvidadizos de Aristóteles, Longino o el doctor Johnson. La idea, supongo, sería esta: que nadie llega al paraíso de la literatura desbrozando los caminos de la crítica. Se entiende, de entrada, y quién sabe por qué, que toda persona al borronear unas palabras sobre una hoja de papel o en el procesador de la computadora tendría como justificación única, como avidez máxima, la inmortalidad. “¡Tan largo me lo fiais!”, citaba Esther Seligson al clásico cuando alguien, sin temblor ninguno en la voz, le aseguraba un futuro ilustre e indudable a sus libros La morada en el tiempoSed de mar o Todo aquí es polvo, obras, aún hoy, ya siete años después de su muerte, de muy escasa circulación y menor resonancia crítica.
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Frente a ese panorama de reivindicación final que auguraría la nombradía póstuma, la escritura exegética no tiene, se dice, gran riqueza que ofrecer. He visto con desconsuelo a autores y autoras jóvenes mostrar una indiferencia, a ratos un desprecio, ante la sola propuesta de encarar la página, sin las andaderas de la ficción o el lirismo mal entendido, para comentar un libro, una figura literaria, un tema lateral aunque sea. He conocido, también, a colegas de ya notorio talento en los campos de la narrativa de ficción, el ensayo personal, la poesía o la dramaturgia que aquí o allá —una reseña muy de vez en cuándo, el artículo en ocasión del centenario de un libro egregio— han dejado muestra muy enfática de dotes filosas para la aventura crítica, y que, sin embargo, no han reincidido en esta vía. Ante la sugerencia de garrapatear renglones de crítica con más tenacidad, lo descartan de forma muy espontánea. “No soy crítico”, me han dicho. “Lo mío es la novela”. “O la poesía”. Quizá tienen razón, me he dicho. Tal vez advierten con transparencia algo que, de este lado, por terquedad o mera costumbre, se nos sigue escapando. Pero sigo sin saber cuál puede ser esa verdad.
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Especulo que, de fondo, para perseverar en la crítica se requiere no esencialmente el talento, la inteligencia, la erudición y la capacidad argumentativa que durante décadas y siglos suponíamos se requerían. Para escribir buena crítica, por supuesto, esos atributos son vitales. Pero hablo de la persistencia en este ámbito, el seguir escribiendo que siempre resulta más arduo de sostener que el sólo escribir: aquí lo necesario es, supongo, algo que, a falta de un término más elegante, llamaría “el impulso adversativo”. Se trata de un ánimo inclinado por la confrontación, la puesta de duda, la exigencia polemista. El no poderse estar en paz hasta que no se escribe, se argumenta, aquello que nos ha provocado una lectura.
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¿De dónde vendrá esta energía? Tal vez anide en los genes, o la endilgan los astros al instante de hacer entrar en nuestro cuerpo la primera bocanada de aire, o la teje en alguna de nuestras almas uno de esos episodios de trauma, carencia o humillación que todo ser sufre en la precoz infancia. No estoy tan seguro de que el impulso adversativo se pueda adquirir con los años o con la práctica, quiero decir. Porque tampoco es factible esconderlo, o no sin repercusiones. Es un empuje que reclama hacerse presente, una y otra vez. Si no es perpetrando una reseña, escribiendo una tesis de grado o redactando un tuit de perspicacia, enojo o repulsión, se verá al momento de preparar el temario de una clase de literatura, al dictaminar manuscritos para una editorial o un premio, al organizar una actividad de promoción literaria. Pero estará siempre.
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Se manifieste de la forma que sea, este impulso no acepta quedarse estéril. A través de la palabra, queremos que este cuestionamiento mueva algo. Altere las cosas. Son unas ganas feroces, impostergables, de no dejar el mundo igual que como estaba antes. “¿Cómo?”, se dirá. “¿Qué tiene que ver el mundo en esto?” Lo que a veces no se entiende es que toda persona que escribe crítica no sólo está en una batalla al interior de la esfera literaria, buscando hacer espacio a propuestas que consideramos más valiosas, o retadoras, o exigentes, o cuestionando conceptos, prejuicios, famas. También las intenciones de quien hace crítica aspiran a desbordar las orillas del orbe literario y descomponer el orden ya fijado de lo real. Si leer un libro nos ha cambiado la percepción del mundo y ha transformado así nuestras ideas y nuestro actuar, ambicionamos conseguir que más y más personas lean esas páginas tan poderosas para acrecentar efectos tan necesarios.
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Por eso, cuando se descalifica un texto crítico arguyendo que quien lo escribió es alguien que se ha dejado llevar por la envidia, el despecho, el rencor, la cobardía o el arribismo, los y las oficiantes de la crítica sólo levantamos los hombros. Esa incomprensión es frustrante, sí, pero viene con el oficio; es algo que ya ni ha de preocuparnos. Sabemos que toda persona, sea novelista o poeta o crítico, puede tener inercias desviadas de la ética. Pero los alcances de la crítica —como los alcances de cualquier manifestación artística auténticamente vital— van más allá de nuestras limitadas condiciones personales, y de las supuestamente espurias intenciones de quienes la practican.

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