domingo, 29 de enero de 2017

Un paisaje llamado Samperio

29/Enero/2017
Jornada Semanal
Miguel Ángel Quemain

Una de las formas creadoras que adoptaba la mente de Guillermo Samperio era la reinvención constante de sí mismo, en una especie de work in progress que consistía en percibir la anomalía, la paradoja y el lado bufonesco de las cosas para dotarlo de una arquitectura que, esencialmente, transcurría sobre los rieles de una narrativa que arrojaba estructuras poliédricas, es decir de muchas caras, que eran las posibilidades que una narración tenía de ser contada una y otra vez de modos distintos.
Lo entrevisté muchas veces, todas con la esperanza de que sus discursos mostraran la sabiduría de lector, tallerista y escritor. Pero no, su conversación como entrevistado es de las más morosas y desorganizadas con las que me he encontrado como periodista. Nuestra amistad y conversación se inició desde esos años de figura expansiva hasta el adelgazado dandy de corbata y su transformación en una especie de Keith Richards mexicano.
Con el tiempo entendí que nunca iba a sacar de esos diálogos la palabra prístina de Carlos Fuentes, que siempre emprendía una suerte de dictado donde parecía conocer de antemano la pregunta planteada y la respuesta era un conjunto de ideas previamente ensayadas. En el caso de Guillermo, cualquier cuestionamiento parecía implicarle una reflexión sobre el origen de la literatura, que tardaría mucho en llegar hasta el presente y explicar los mecanismos que articulaban la suya.
Pero no pasaba así cuando explicaba los procedimientos que se podían seguir para encontrar las claves de un relato, o para construirlo, o los tratamientos temáticos que implicaban estructuras de facturación muy precisa. Quienes tomaron talleres con él, quienes fueron leídos por su agudeza, a los que les regaló temas e ideas, saben a qué me refiero y saben que hará falta su testimonio para reunir las piezas de ese paisaje llamado Samperio y que difícilmente será objetivado por el mundo académico tan afecto a construir fronteras.
La imaginación compartida de Guillermo Samperio con sus amigos ocurría en varias pistas. Tal vez la primera de ellas sea la de la amenidad, las anécdotas, los chistes, el mundo animado, humorístico, que él siempre relacionaba con un padre músico capaz de ver más allá de lo presente para instalarse en la visión poética de los acontecimientos, así como la memoria de su hermana que quería, admiraba y edipícamente presumía por su belleza y talento.
En otra pista estaba el Samperio de las entrevistas, lento, persiguiendo las palabras y colocándolas una a una, una tras otra, en ideas que quería organizar con elocuencia pero fracasaba en ese intento tartamudo. En otro escenario estaba el gran promotor y difusor de la cultura, el gran lector que desmenuzaba, ironizaba, desmembraba y también se burlaba sin sadismo de la estupidez, la ineficacia narrativa, la fanfarronería, el mundo institucionalizado de los reconocimientos, los apoyos, las becas.
Creó una fundación que no prosperó como hubiera querido, pero que fue uno de los primeros intentos serios de establecer un proyecto independiente. Lo siguió René Avilés Fabila y ambos esfuerzos son bastiones que permiten una gestión autoral anómala en nuestro medio.
En otra pista estaba el maestro del cuento, de la narración, el gran lector, el hombre de las ideas compartidas, el ejemplo de generosidad y la antípoda de la rivalidad y la envidia entre escritores, compartiendo ideas, ofreciendo temas. Ese Samperio es justo el que quiero que sea el eje de este comentario sobre la idea de un Samperio work in progress.
Ese work in progress es la multiplicidad de formas de transmitir, ejercer y moldear la creación propia y ajena, a través de una enseñanza prescriptiva y otra involuntaria. Creo que las personas cercanas a Guillóm saben en qué consiste esa manera tan particular de enseñar compartiendo o de compartir de tal manera que lo comentado y lo que se muestra se acompañan del ejercicio de intelección que lo explica y entrega con sus claves de elaboración. Juan Villoro lo llama “hombre de laboratorio” y creo que es una de las mejores descripciones.
Tanto Silvia Molina como Vicente Quirarte anotan el tema de la extrañeza en Samperio. En Los Universitarios, Silvia Molina escribió que Samperio se sale de “los moldes tradicionales y plantea estructuras formales diferentes; elabora su propia teoría del lenguaje –válida o no– en un nuevo modo, sistemático de narrar.”
Como Molina, parte de su generación es Hernán Lara Zavala, quien lo ha considerado “no solamente el escritor más imaginativo y original de nuestra generación, él ha logrado abrir un camino en la narrativa que estaba apenas vislumbrado por escritores de la talla de Efrén Hernández, Julio Torri y Juan José Arreola”. Edmundo Valadés lo consideró dueño “de un estilo que acabaremos por reconocer como samperiano”. Evodio Escalante es definitivo cuando señala que Samperio “ha encontrado el punto en que se equilibran, sin hacerse sombra, tradición y experimentación, rigor de escritura y vértigo imaginario”.
Los que han asistido a varios talleres de creación saben de la distancia que muchos maestros toman frente a sus alumnos/clientes, a quienes explican cómo funciona la tradición y cómo se establece la continuidad de un género, incluso al interior de una lengua. Muchos explican lo que se debe hacer o lo que haría tal o cual cuentista, pero pocos como Samperio les señalan que no guarden ases en la manga para sorprender, porque su propio ejercicio reflexivo es el proceso de facturación de la ficción que él hubiera acometido, revelando así las estructuras y procedimientos de su fascinación, los adquiridos y los innatos.
Me parece que junto a su antología Sueños de escarabajo (FCE, 2011) y Al fondo se escucha el rumor del Océano (Trama Editorial y EyC, 2013), el libro que más contento le produjo al final de su vida fue Maravillas malabares (Cátedra, 2015), donde prácticamente está reunida su obra más importante con la edición inteligente y amorosa de Javier Fernández. Tres libros imprescindibles para entender a este escritor del pasado mañana.

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