sábado, 14 de junio de 2014

La entropía en los poemínimos

14/Junio/2014
Laberinto
Andrea Abarca Orozco

En la etapa de la madurez lírica, Efraín Huerta sintetiza sus voces poéticas a condición de moléculas conviviendo en el escenario de la brevedad, la convulsión, el gancho, la vuelta de tuerca y el golpe. La maestría del laconismo en sus versos enclaustra la epifanía de un discurso sarcástico con trasfondo histórico, político y social, sin caer en el coloquialismo del pensamiento, a pesar de la aparente simpleza constructiva del texto. La ilación que hay en cada uno de sus poemínimos conecta la expresión estética con un trago de ácido muriático, idóneo para corroer cualquier estado anímico.

Efraín Huerta va de un hemisferio a otro, como quien dice: del poemáximo al poemínimo, del verso de largo aliento al instante de la metáfora escueta. Dice Huerta: “el poemínimo está a la vuelta de la esquina, o en la siguiente parada del metro. Un poemínimo es una mariposa loca, capturada a tiempo y a tiempo sometida al rigor de la camisa de fuerza”. El poemínimo parece un producto fácil, pero su terminación arquitectónica es compleja de abordar. El poema no solo contiene niveles de abstracción sino también abraza la magnitud del cosmos, lo sustituye, lo asedia, lo prostituye y lo santifica. La reflexión del poeta guanajuatense acerca de su vanguardia es la concepción de un poemínimo que requiere de una espontaneidad diferente a la de un epigrama —que fundara Guillaume Apollinaire— y de una perversa fricción poética que dista del haikú —que tiene como máximo exponente a Matsuo Basho—, pues tampoco es un aforismo, un apotegma o un dogma, por lo que el mismo Huerta inventa un término, apodogma, que nadie reconoció. El libro que contuvo el primer balazo de poemínimo fue Los eróticos en 1947. Pero un año antes, en Poemas prohibidos y de amor, se presentó un manojo de éstos, siendo la pauta para el libro que le siguió. Luego, como tornado de arena, surgieron Circuito interior y 50 poemínimos.

Cuenta Efraín Huerta, a modo de anécdota y aclaración, que Octavio Paz y su hija Raquel coincidieron en la misma opinión: “Durante mucho tiempo, supuse con ingenuidad que estos breves poemas podían ser algo así como epigramas frustrados. Error. Mi hija Raquel (de 8 años), al leer algunos declaró lo siguiente: ‘Son cosas para reír’. Poco después, en la casa de un famoso pintor, Octavio Paz los definió de esta manera: ‘Son chistes’. Me alegro en extremo que, separados por medio siglo de experiencias y cultura, Raquelita y Octavio hubieran coincidido”.

El desorden que provocan los poemínimos de Huerta progresa en la destrucción suntuosa del pensamiento y la estructura de los versos. Esta expresión lírica corta de tajo la monotonía de la tradición y busca el lado innovador de la poesía. Con ello se da por cumplida la entropía, inherente al universo que se recrea constantemente a partir del caos consecuente con el orden.

La termodinámica es una especialidad de la física que utiliza la entropía para determinar la energía que no puede emplearse en la fuerza de trabajo, y que crece en un sistema aislado con base a un proceso de carácter natural. La palabra entropía significa en griego “evolución”, “transformación”. Umberto Eco la emplea en la teoría de la información para explicar el modelo de comunicación. En este caso, la entropía en los poemínimos funciona como la cantidad de información promedio que contienen los símbolos usados, y los que aportan con menor probabilidad son los que mayormente ofrecen información. Es decir, las ideas concretas son dirigidas al lector sin necesidad de figuras retóricas complicadas. La intención del texto es directa, con máximos niveles de entropía, fáciles de digerir, como lo explica “La ley”: “Todo/ Cabe/ En un/ Poemínimo/ Sabiéndolo/ Acomodar”.

Considerando al poemínimo como energía indispuesta para colocarlo en la tradición poética de su momento histórico, Efraín Huerta logra situarlo por sí solo en una clasificación en la que nadie habita más que él. Su jocosa perspicacia hace posible que los poemínimos sigan creciendo en una atmósfera inseparable de la realidad, a tal grado que jóvenes poetas intentaron imitarlo: “Primero/ Que nada:/ Me complace/ Enormísimamente/ Ser/ Un buen/ Poeta/ De segunda/ Del/ Tercer/ Mundo”.

Sean pues estos poemínimos espasmódicos un ejemplo claro para alcanzar el equilibrio y la entropía absoluta, que significativamente conducen hacia la nada o la transformación del establishment, en un afán lúdico de contener toda la materia en la menor cantidad de versos posibles.

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