viernes, 4 de octubre de 2013

Seis impresiones

28/Septiembre/2013
Laberinto
Francisco Goñi

I. Tatuaje
En su brazo izquierdo tiene un tatuaje en tipografía sencilla. Dice: “Poesía: Lo cura”. Verso del poeta colombiano Jaime Jaramillo Escobar, que descubrió durante una visita a la Casa de Poesía Silva. También es un juego de palabras que puede resumir —literalmente— una vida llena de contrastes, enfermedades, catarsis, premios, momentos de dicha y reconocimiento de un público fiel.
Este año cumplió 67 años y publicó Mal de Graves y Mi casa se cayó del caballoen una hermosa edición artesanal. Le concedieron el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2012 y, en semanas anteriores, el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines–Gatien Lapointe. Para sorpresa de sus lectores y editores, cada día en crecimiento, su creatividad no se detiene, todo lo contario, se reinventa y transgrede sus límites. Desde Mar de fondo en el lejano 1982 hasta el presente, ha forjado un decir poético de oscura belleza, contenidos eléctricos y musicalidad desbordada. Siempre denotando las maravillas de la vida cotidiana y sumergiéndose en los grandes temas. Francisco Hernández es, quizás, el poeta mexicano más leído y respetado de nuestro tiempo. Marco Antonio Campos no se ha cansado de expresar que es el mejor poeta de su generación, empresa nada sencilla.

II. La provincia
San Andrés Tuxtla es una pequeña ciudad sureña de Veracruz, vecina de las cascadas de Eyipantla. Durante la juventud de Francisco no brindaba mayores oportunidades de trabajo ni cubría las expectativas de un joven inquieto que comenzó a leer a poetas y escritores gracias a las recomendaciones su padre: Rubén Darío, Salvador Díaz Mirón y Stefan Zweig. La posibilidad de salir de casa lo más pronto posible cobraría cualquier rostro. Por ejemplo, cursar la preparatoria en Jalapa, aunque el intento fue trunco porque el joven Francisco cayó en las garras de los despiadados profesores de química y lógica.
Las alternativas para intentar una vida fuera de lo ordinario eran escasas hasta que un día, casualmente, vio un anuncio en el Excélsior que decía: “Si no sabe qué hacer con su imaginación, estudie en la Escuela Técnica de Publicidad”, ubicada en la Calle Tabasco de la colonia Roma. Con menos de 20 años decidió “irse a la capital”, como solía decirse, siguiendo el ejemplo de su hermano mayor, Sergio, quien trabajaba de químico en la Central Quirúrgica.

III. La publicidad como forma de vida y escritura
“Fue la beca que duró 29 años”, dice Francisco, con su característico sarcasmo. “Aunque no fue nada fácil, tenías que trabajar 8 horas diarias y hacerte tiempo para escribir”. La publicidad llegó por azar y se convirtió en vehículo de creatividad. De McCann Ericksson, Iconik a Bozell, Francisco estuvo en varias agencias. El trabajo le divertía y a la vez le permitía escribir vertiginosamente al compás de las producciones. Recuerda con particular emoción cuando grabó un comercial por el aniversario de Banamex: tenían que recrear la ceremonia prehispánica del fuego nuevo en El Tajín.
El escritor argentino, Pedro Organbide, colega de Hernández en Arellano Publicidad, era el lector piloto de sus poemas. Un día insistió en el talento que percibía y sugirió que metiera a concurso los textos que le compartía. Así, se decidió a enviarlos al Premio Aguascalientes. Para sorpresa, ganó. De la noche a la mañana irrumpió en la escena literaria y desde entonces conquistó un lugar central. Con Mar de fondo sublimó el dolor de la infancia lastimada y comenzó una trayectoria fulgurante. Con el dinero del premio se fue quince días a New York. Uno de sus viajes soñados: pagó por ver a los Yankees y de noche escuchó a Ella Fitzgerald en el Carnegie Hall. El reconocimiento impreso se lo envió a su padre, quien nunca creyó que la literatura fuera una vocación digna. 

IV. Psicoanálisis
Hace más de veinte años, Francisco llegó al consultorio de Miguel Kolteniuk sin poder escribir nada. Había dejado el alcohol y quería replantear su vida. Francisco ha trabajado duramente en los sótanos de la conciencia. Las sorpresas no han sido pocas. La oportunidad de exorcizar los fantasmas y demonios ha traído algo de sosiego y frutos palpables en la escritura. No ha parado desde entonces, cobró un ritmo veloz y preciso, adquirido en la publicidad, mayor foco, y perfeccionó técnicas. 
El psicoanálisis le dio comprensión sobre un tema fundamental: su padre. También aprendió los recursos para volver a sí y refundar un ser: expandirse y tratar de curarse. De la primera etapa de terapia nació Moneda de tres caras, el poemario que lo consagró. Pero, más allá del logro, esta experiencia dio paso a crear un sistema de escritura para sublimar el dolor y la enfermedad. Así se comprenden libros posteriores: Isla de las breves ausencias, sobre la epilepsia; Mi vida con la perra, frente a la depresión, o Mal de Graves, como bálsamo para la ceguera.

V. Polifonía
El jurado del último premio encomió su escritura espejo. Refiriéndose a los cientos de artistas que habitan su obra, fungiendo como espejos para que el autor exprese desde ellos torrenciales líricos, heridas, conflictos existenciales, apuntes estéticos y amores craquelados. La famosa imagen de Rimbaud, “Yo es otro”, es la estilográfica con la que Francisco puede entrar al “yo” del “otro” que le seduzca, y cantar desde otra isla. EnPoblación de la máscara radicaliza su estilo al intervenir a más de noventa artistas en el momento de autorretratarse. Posteriormente, en Un forma escondida tras la puerta, no solo escribe desde el yo de Emily Dickinson, sino que rompe las fronteras de la poesía, tomando en préstamo recursos de la narrativa. Es decir, también desdobla y espejea el lenguaje: la escritura espejo o polifonía, es la cualidad que funda su obra.

VI. Respirar el arte

El diálogo entre poesía y arte es elemental en la obra de Hernández. En sus libros da voz a todo tipo de artistas, convirtiendo al papel en recinto para la otredad plástica. Francisco ha sido Arturo Rivera, Claudio Bravo o Basquiat. Ha sido desde ellos, aportando elementos de la vida que no se encuentran en las obras. Francisco respira el arte todo el tiempo. Su pasión por la música (jazz, afroantillana y de cámara) también tiene ecos en los poemas. A través de la galería de su mujer, Leticia Arroniz, conversa con artistas y obras de vanguardia, aprendiendo perspectivas nuevas e ingeniando próximos espejos.

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