domingo, 18 de octubre de 2015

El insólito caso del gran poeta Gabriel Zaid

18/Octubre/2015
La Jornada
Elena Poniatowska

¿Cómo es posible que un escritor que jamás aparece en público, rechace a los fotógrafos y se niegue a dar entrevistas y conferencias tenga la presencia y la fuerza moral de Gabriel Zaid? ¿Será porque es ingeniero y está acostumbrado a las estructuras sólidas y concretas, a levantar torres de soledad y de silencio en las que el vecino de abajo no puede ser molestado por el arrendatario de arriba? ¿Cómo ser un hombre público sin aparecer ni figurar, sin que nadie logre seguirlo en la calle porque no tiene idea de quién es? ¿Cuánta fuerza interior se necesita para permanecer al margen de la vida literaria que glorificaron en Francia los hermanos Goncourt? ¿Cuánta convicción y fuerza de carácter se requiere para no dejarse llevar por el aplauso? ¿En qué momento tomó Zaid la decisión de apartarse de la feria de vanidades y mantenerse lejos de la publicidad? Quizás en el mismo momento en que comprobó que en países como el nuestro exponerse es esclavizarse a una interminable lista de compromisos, atarse a un público que espera que el intelectual todo lo sepa y de todo opine, desde los beneficios del Yakult en ayunas hasta el resultado de las últimas elecciones presidenciales. No importa que tenga que dividirse en diez para asistir a todos los actos a que lo invitan como sólo lo logró Carlos Monsiváis: presentaciones de libros, manifestaciones en contra del gobierno en turno, reclamos ante la Suprema Corte de Justicia, exposiciones de pinturas, conferencias, y que opine de política venga o no al caso, el público se le echa encima como en Circe, ese extraordinario cuento de Cortázar, hasta exprimirle el corazón y el alma.

En nuestros países es tal el vacío de líderes políticos que la gente entroniza al escritor en un altar al que puntualmente le enciende su veladora siempre y cuando opine en favor de en contra de. ¡Ah!, pero si se le ocurre salirse del libreto que a la mayoría atrae, entonces lo tildan de vendido traidor reaccionario y recomiendan no hacer caso a semejante guiñapo. Escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz y Carlos Fuentes han sido convocados a ser embajadores, secretarios de Estado y hasta presidentes de su país. Vargas Llosa fue candidato a la presidencia de Perú al que habría gobernado mucho mejor que el horrible Fujimori que jamás le llegó a los tobillos.

Quizá todo esto espantó a Gabriel Zaid y recordó la sentencia de ese otro gran crítico que fue Jorge Cuesta, quien sostenía que la primera obligación del escritor es escribir bien; Zaid tomó el consejo al pie de la letra y se concentró en una escritura por demás admirable, pero no encerrado en su torre de marfil, porque a pesar de no ser un intelectual público sus temas son tan vigentes como incisivos. La educación, la lectura y los libros han sido sus preferidos en un país en el que en promedio se leen dos libros al año y que ha llevado a los cerebros en el poder a crear un eslogan que sabe a emulsión Scott: Lee 20 minutos al día, de la misma manera aconsejan hacer 20 minutos de ejercicio al día para evitar la obesidad, que por cierto es lo único en lo que superamos a nuestros vecinos del fast food, el tv dinner, las palomitas y la coca.

Hay que destacar que Zaid es un bicho raro en un país en el que el rige el protagonismo; mientras más conferencias de prensa y reuniones se acumulen en la agenda del escritor más alto asciende su figura en el altar, incluso más que la mismísima Guadalupe, que ya es mucho decir.

Hace mil años coincidí con él en algún acto en el Palacio Nacional y un fotógrafo de prensa le tomó una instantánea en el patio interior en un barandal en el que ambos nos habíamos recargado. Gabriel lo correteó y le ganó. Hace mil años también solía yo llamarle a su trabajo a eso de la una de la tarde a Ibcon SA y me daba muy buenos consejos. Con un seco no lo hagas me salvó de meter una pata elefantiásica cuando le conté de una propuesta que creía yo buenísima. Resultó un asesor excelente y por vez primera el Pen Club tuvo una posibilidad de subsistir. Recibir sus consejos áulicos era un deleite y nunca me los negó, creo que porque a él le gustan las polacas. Otras figuras públicas se convierten en vedettes como ironizaba Guillermo Haro y hasta tienen un servicio de prensa que busca su nombre en todos los periódicos, un noticiero matutino que los anime o los mande al abismo. Pero a Zaid eso ni le va ni le viene, aunque es un intelectual sofisticado, ensayista de excepción, miembro del Colegio Nacional (en el que no cobra un centavo), consejero de Octavio Paz y de Enrique Krauze, amigo de José Emilio Pacheco, colaborador de la revista Letras Libres y del periódico Reforma. Guardo con fervor todos sus libros, los de poesía Práctica mortal y Campo nudista, entre otros, así como El progreso improductivo y Los demasiados libros, que me hacen recordar que Zaid es un ingeniero, un analista, un escritor capaz de demoler cualquier argumento, uno de los jueces más estimulantes y comprometidos de la literatura contemporánea, pero también de las terribles fallas de nuestro gobierno y, como pidió Maquiavelo, uno de los pocos que siempre ha guardado distancia del príncipe. Además, como escribe Víctor Hugo Piña en Reforma del 19 de enero de 2014: Zaid escribe para hacerse oír, no para dejarse ver.

También es casero y cultiva su chinampa. Gabriel Zaid es buen jardinero; recoge en su morral poesía sofisticada y en la poesía popular es pizcador algodonero de todos los romances viejos, calaveras, letreros de camión y de letrina, así como la poesía inocente que florece en este país de nuestras tristezas y de nuestros amores. También incluye desde los poetas de la Nueva España, los románticos, modernistas y contemporáneos hasta el arribo de Octavio Paz, los poemas ideográficos, las diatribas, las sátiras, los himnos, los corridos. Recibe a todos los viajeros, checa sus boletos y consigna las expresiones poéticas mexicanas. Y de repente los poemas, las rimas, los versos se nos hacen tan accesibles como las pepitas, los cacahuates, los tamales, las garnachas, las tortas de pierna, los tacos al carbón, el agua fresca, los mangos verdes y las jícamas blancas con chile, sal y limón.

Pocos saben que es experto en poesía indígena: cora, chinanteco, huichol, lacandón, marantino, maya peninsular, mixe, mixteco, náhuatl, otomí, quiché, seri, tarahumara, tarasco, tzotzil, zapoteco y zoque. Conoce refranes y conjuros, arrullos y trabalenguas, además de saberse de memoria La suave patria y El brindis del bohemio. En su Ómnibus mexicano siempre viajaron los frutos y las flores de la tierra.

Aunque Gabriel Zaid nunca da entrevistas, tuve la fortuna de que me diera una (pequeña) el lunes 17 de enero de 1972. Entre los libros que más se mencionaron ese fin de año estuvo Ómnibus de poesía mexicana. La gente no suele leer poesía, sin embargo, durante vacaciones todos nos llevamos el cargamento de poemas que Zaid supo escoger, un buen tomo de versos donde leer y releer con gusto; un libro flexible y elástico que cabe en el veliz, que toma la forma de la arena caliente, que se amolda al pasto; que se lee tirado de panza en el campo, que puede llevarse bajo el brazo; un libro de canciones domingueras; un libro alegre y fácil sobre la mesa del comedor junto a la manzana y el queso y la copa de vino tinto; un ómnibus de poesía que se confunde con el tejido, porque entre una hilera de derecha, otra de izquierda, y cuatro puntadas de arroz, más dos de resorte, puede tararearse mientras descansan las agujas: No quiero paz/ ni quiero unión;/ lo que quiero son balazos./ ¡Viva la Revolución!

Y se descubre con sorpresa que la canción Usted fue escrita nada menos que por Elías Nandino en 1903: Usted es la culpable/ de todas mis angustias/ y todos mis quebrantos./ Usted llenó mi vida/ de dulces inquietudes/ y amargos desencantos./ No juegue con mis penas/ ni con mis sentimientos/ que es lo único que tengo./ Y que Naranja dulce, limón celeste tiene rimas insospechadas: Naranja dulce/ limón celeste/ dile a María/ que no se acueste. /María, María/ ya se acostó/ vino la muerte/ y se la llevó. Se disfrutan los refranes populares: Mala yerba nunca muere/ y si muere ni hace falta. El que por su gusto es buey/ hasta la coyunda lame. Enero y febrero: desviejadero.

–Esta es una antología de lector –dice Gabriel Zaid–, un buen tomo de versos, donde leer y releer con gusto, con emoción o con asombro palabras memorables, imágenes que hieren para siempre los ojos, músicas del oído, la articulación, el espacio, la sintaxis; felicidades de expresión que liberan porque son libres.

–Pero, ¿cómo lo fue armando?

–Todo empezó por releer, por marcar los poemas preferidos, por la sorpresa de encontrar marcas de un gusto que no siempre se reconocía; por la decisión juvenil, imposible y desmesurada de leer toda la poesía de México.

–¿Y cuánto tiempo le tomó hacer esta enorme antología, cuyas características la convierten en un libro único en nuestro medio?

–Leer y releer por años, sin prisa, vuelve otro al lector, y otra su lectura, al paso de esa extraña experiencia de la vida que es la lectura misma. Hay versos tan familiares que ni nos damos cuenta de qué dicen, si algo dicen. Hay otros tan ajenos a nuestras familiaridades que ni nos parecen poesía. No es fácil desprenderse de la incestuosidad poética, leer o releer con otras expectativas, esperar lo inesperado, quedarse a la intemperie de no saber realmente si uno supo leer.

“Esa aventura tiene giros insólitos. Descubrir, por ejemplo, algo más vivo en el Brindis del bohemio que en la poesía de Altamirano y Cuesta, hombres tan importantes en la historia de nuestra poesía. Este Ómnibus es un gran donador de poesía. Recorre con sus carros provincias enteras, trigales que desparraman sus bondades, huertas y pinares que huelen a sierra. Va corriendo sin detenerse en las estaciones y nos va enseñando la excepcional riqueza poética de México; viaja desde el siglo XIV e incursiona por la poesía indígena y la poesía popular, sin que falten los poetas novohispanos, los románticos, modernistas y contemporáneos.”

Por Zaid también nos enteramos de una noticia que me conmocionó: a Roque Dalton lo mataron sus propios compañeros de lucha, como corroboró Eduardo Galeano años más tarde. Zaid nos hace ver lo mucho que le preocupaba a Marx la venta de sus libros, nos previene contra la proliferación de elogios rimbombantes, nos enseña a leer en bicicleta y si ha habido un defensor de la educación a través de la lectura, ha sido él. Ingeniero de profesión, su visión de la literatura lo convierte en crítico invaluable. Calcula el valor y el costo de la comunicación humana, se manifiesta contra los textos mal escritos, los que tienen poco que decir o están mal editados. No cree en los “héroes por default”, como tampoco creía Guillermo Haro. En México, donde fabricamos sueños y cosechamos pesadillas, el ómnibus de Gabriel Zaid es el único transporte seguro a la felicidad poética que es probablemente la mejor de todas.



sábado, 10 de octubre de 2015

Henning Mankell, adiós

10/Octubre/2015
Laberinto
Santiago Gamboa

La novela negra es una de las expresiones más interesantes de la novela contemporánea, qué duda cabe, y por eso alguien como el sueco Henning Mankell, muerto este lunes a los 67 años —edad en la que ya no es normal morir—, merece ser recordado y probablemente celebrado. Para ubicar su obra vale la pena hacer un rápido recuento de la novela negra. El género comienza en abril de 1841, con la publicación de Los crímenes de la rue Morgue, de Edgar Allan Poe en la revista Graham’s Magazine de Filadelfia. A partir de ahí seguirían otros cuentos detectivescos de Poe que darían pie a la novela inglesa de detectives, con Conan Doyle y Agatha Christie, a los que vino a sumarse el belga Georges Simenon, una gran influencia para Henning Mankell. En esta tradición, la novela negra es un enigma que desafía la inteligencia de un hombre brillante y aristocrático: el detective. Este es el formato de Sherlock Holmes, Hercules Poirot y el inspector Maigret. Las novelas transcurren en ambientes elegantes. Se busca el crimen perfecto y ciertos espíritus nobles consideran el asesinato como una de las bellas artes.

Al llegar a Estados Unidos la novela negra se desclasa y baja de categoría social. Los criminales son escorias de barriada, jefes de bandas, estafadores y secuestradores que extorsionan y trafican con alcohol o drogas. Los detectives también bajan su perfil y ahora son solitarios, alcohólicos y depresivos. Es el caso de Philip Marlowe en las novelas de Raymond Chandler, o de Sam Spade, el de Dashiell Hammet. La novela es un tratado sociológico sobre las ciudades. Este es el formato que llega a América Latina y España: la novela sociológica urbana que retrata su psique atormentada a través de los crímenes, pero le agrega el compromiso político de los años setenta y ochenta del pasado siglo. Está el mexicano Paco Ignacio Taibo II, creador del “neo policial latinoamericano”, y Manuel Vázquez Montalbán, mostrando los retruécanos de la realidad en la España pre y post franquista. Más adelante surgirá Leonardo Padura, en Cuba, con un detective semi alcohólico, Mario Conde, que sueña con ser escritor y lucha contra la corrupción.

La novela negra sueca o nórdica de la que Mankell fue abanderado se parece a esta última, aunque un poco más globalizada: por un lado muestra las desgracias de una sociedad que el resto del mundo veía como perfecta, la nórdica, a través de la ciudad de Ystad, donde transcurren las novelas de Kurt Wallander, pero también se va a controversias más universales y de rabiosa actualidad como el imperialismo chino en África, la situación de los inmigrantes en Europa o la causa a favor de Palestina. Mankell quiso hacer un poco mejor el mundo a través de sus denuncias literarias, pero también con un compromiso personal y una coherencia que son ejemplo para sus colegas y lectores. Por eso desde esta lejana —para él— esquina del mundo le decimos: “Descanse en paz, maestro”.

domingo, 4 de octubre de 2015

Hugo Gutiérrez Vega y la persona del poeta

4/Octubre/2015
Jornada Semanal
Evodio Escalante

El problema de la “tonalidad” aquejó durante mucho tiempo a los poetas mexicanos modernos, acaso desde que, a principios del siglo XX, el dominicano Pedro Henríquez Ureña dictaminó que, dado el toque crespuscular que en ella dominaba, la poesía mexicana tendría que definirse como una “poesía de tonos suaves, de emociones discretas.” El suyo sería, en todo momento, un modesto tono menor al que le vendrían bien el color gris y las atmósferas melancólicas. Aunque es cierto que la preponderancia, primero de Pellicer, “el poeta del sol”, y luego de Paz en la cultura mexicana de los últimos cincuenta años parecería haber vuelto obsoleta la idea de Henríquez Ureña, de tarde en tarde el asunto del “tono menor” dizque característico de nuestros bardos parece regresar por sus fueros. Un poema de Hugo Gutiérrez Vega en el que este “contesta” una observación de su amigo el editor y también poeta Alí Chumacero, que lo instaba a incorporar en sus versos un “tono mayor”, podría servir de ejemplo para ilustrar este intermitente retorno. Escribiendo desde la “sombra sarcástica”, y rodeado como lo está de seres “coludos, cornudos y variopintos”, a pesar de que intenta aclararse la garganta, Gutiérrez Vega confiesa que no alcanza a lograrlo: “Lo intento y se me cae,/ me gana la risa/ y la autocompasión lo gana todo,/ pues es una oronda señora/ de narices violáceas/ y enorme culo morado.” Este escarnio del pretendido tono mayorimpone, tal como se ve, un exabrupto, una “salida de tono” que me parece más que sintomática. En efecto, ¿cómo sabe el poeta que la señora gorda del tono mayortiene un enorme culo morado, que acaso no es sólo poco atractivo, sino repugnante? ¿O es que la susodicha se pasea “en cueros” delante del poeta y deja que éste la inspeccione? El exabrupto me interesa porque saca a la luz un rasgo de veracidad que estriba en lo siguiente: no hay “compasión” ante el objeto externo, en este caso un objeto denigrado; lo que hay es autocompasión, lo que quiere decir que también el poeta mismo se encuentra inmerso en el ridículo.
¿El poeta, el dueño de las palabras, en ridículo? Sí, y me parece que esta es una señal que tiene que ver con un asunto más general, lo que yo llamaría la crisis del estatuto general del poeta. El poeta no se siente bien en su piel, le parece que debería guardar silencio, o que usurpa un lugar que no le pertenece. La crisis a la que aludo, tal y como se manifiesta en la poesía de Hugo Gutiérrez Vega, no tiene nada qué ver con la famosa muerte del autor que promovieron los estructuralistas franceses (Barthes, Foucault), ni mucho menos con el eclipse de la imagen del poeta tal y como llegó a plantearla Octavio Paz en Los signos en rotación: “La figura del poeta corre la misma suerte que la imagen del mundo: es una noción que paulatinamente se evapora.” Con ello quiero decir que el asunto no está vinculado a posiciones teóricas derivadas de modas literarias.
Se trata de otra cosa, ubicable en el temperamento del poeta y en su consecuente actitud ante el mundo y ante la poesía como arma otorgadora de identidad. Hay indicios de esta peculiar problemática en muchos de los textos de nuestro autor. El primero que me viene a la mente es “Georgetown blues”. Este poema algo refiere de lo anterior cuando nos deja leer: “Sólo se puede hablar como lo hacía Wallace Stevens:/ hablando como el que no quiere hablar/ y sabe que el silencio y la oscuridad valen a veces mucho más/ que todas las palabras y las luces de los hombres.”
Primer movimiento, expansivo: alabanza de un poeta admirable a quien haríamos bien en imitar. Segundo movimiento, de retracción: siempre que lo hagamos como él lo hace, o sea, hablando como el que no quiere hablar. Stevens escribe poesía, es cierto, pero lo hace como si no quisiera escribirla, como si hubiera preferido callar. Este presupuesto negativo vulnera la soberanía del poeta: su voluntad creativa queda condicionada por una cláusula no escrita pero no por ello menos efectiva. El escritor debe partir de un reconocimiento que contextualiza su palabra y la pone por decirlo así en segundo lugar, en una situación no prioritaria. Más valor que la palabra misma lo tienen el silencio y la oscuridad. Reconocer que el silencio y la oscuridad valen a veces mucho más que todas las palabras dichas y por decir, introduce un elemento que puede resultar escalofriante en tanto que vulnera en su médula misma el mito del poeta creador.
Hugo Gutiérrez Vega no se la cree, y sin embargo, escribe. Pero lo hace no desde la mitografía de los llamados “espiráculos del dios”, como diría Alfonso Reyes, que reciben la inspiración de las regiones superiores, sino desde un lugar pagano y terrestre carcomido por la reserva crítica. Esta reserva, en un descuido, puede llegar al escarnio. Lo vemos en un texto como “Las ineptitudes de la inepta cultura”, que despliega un abanico de situaciones en la que el supuesto poeta es el protagonista. Sea el poeta chino Li Po, que se deja arrastrar por la corriente y naturalmente fallece; sea Píndaro, que aquí emerge como un experto al que sobornan los poderosos. Sabe, de tal suerte, que es posible escribir “poesía por encargo” sobre todo si “el patrocinador no se da cuenta de la burla”. Sea el poeta en diálogo público con ese antípoda suyo que es el crítico. Al final, el crítico recoge su tiara y se retira satisfecho y hasta contoneándose, acaso porque sabe que ha ganado la pelea. El poeta, en cambio, tuvo que permanecer sobre el escenario: “y procedió a comerse sus poemas/ con una lentitud que denotaba revanchismo,/ y lo que es más grave, delectación.” La escena, me parece, es de un escarnio pocas veces visto en la poesía mexicana. El poeta no sólo se come sus palabras, sino que lo hace lentamente y como disfrutándolo, supongo que como un colmo de su proverbial narcisismo.
Por si lo anterior dejara alguna duda acerca de la burla como método literario, el fragmento final del poema que lleva por título “Recitales” confirma la situación ridícula del poeta que pretende triunfar en sociedad. No quisiera transcribir el texto de Hugo Gutiérrez Vega sin antes mencionar la irónica dedicatoria que dice así: A la poeta Ladislalia de Montemar. ¿Es que tal persona existe? Por supuesto que no. La dislalia es la afección o dolencia de esos poetas manirrotos que no alcanzan a pronunciar bien las palabras que utilizan, incurriendo en incorrecciones al por mayor. Dislálicos, poco falta para decir disléxicos. Esos casos clínicos no pertenecen propiamente al campo de la poesía, sino al de los simuladores. Por eso observa Gutiérrez Vega:
Los poetas dijeron versos
y agitaron sus plumas en el gran salón.
Al día siguiente varias sirvientas
lucieron plumas de pavo real
en sus sombreros viejos.
Ellas opinan que los recitales son útiles
para la república.
El tono epigramático lo dice todo. Por supuesto que los recitales de poesía tienen una utilidad que podría llegar a ser estratégica, pues proporcionan plumas de fina calidad que sirven para adornar los sombreros de las asistentes. Sean sirvientas, sean señoras, lo mismo da. En ambos casos pertenecerían a la casta de la ralea.
La figura del poeta no desaparece, como escribía Paz, y tampoco se disuelve en el aire como otro componente de la modernidad, como quizás sugeriría Marshall Berman, pero sí se convierte en un objeto risible que es posible poner a distancia. Esta enunciación en la prestigiosa primera persona no me deja mentir: “Porque soy un señor domesticado/ que escribe versos/ y gesticula en los parques,/ digo que nada pido.” Así inicia la tercera y última sección del poema “Suite doméstica”. Esteautorretrato en negativo no solicita nada, es acaso tan poca cosa que le basta con sobrevivir sin pedirle nada a nadie. Se trata de un personaje casero, domesticado, quiere decir, un ser inofensivo, de buenas maneras y que no le ladra a las visitas.Escribe versos, asunto inocuo, ¡vaya hobbie con el que se entretiene! El siguiente rasgo redondea la imagen: y gesticula en los parques. Sí, eso es, para que lo vean y acaso para que se apiaden de él.
En uno de sus textos más impresionante y descarnados, “Por favor, su currículum”, Gutiérrez Vega de plano se asume como un expulsado de la fiesta comunitaria: “No pertenezco a nada […], mi vida es un recuento de expulsiones.” El despojamiento, la desnudez impúdica, aunque igualmente se podría decir, ladegradación en verso, prosigue: “ya no tomo café,/ fumo tabaco,/ hablo menos que antes,/ me desvelo/ y escribo confesiones.” La cuerda denotativa de estaconfesión en voz bajaproduce un efecto de verdad que puede poner los pelos de punta: “la primera persona me preocupa,/ pero sé que no es mía.” ¡Tremendo!
En primera persona
El estatuto del poeta lírico, justamente el poeta que siempre habla en primera persona, sufre un embate frontal y para el que no existe escapatoria. En efecto, el poeta habla, o mejor dicho, escribe en primera persona. Es la enunciación que se dispara desde el “yo” la que le confiere verosimilitud y eficacia a lo escrito, pues el “yo” del poeta es muy fácil que resuene con el “yo” del lector que en cada caso deletrea el poema y lo hace suyo. Pero esta declaración cínica nos desprotege a todos, lo mismo a críticos que a lectores: “la primera persona me preocupa, pero sé que no es mía”. ¿Entonces? ¿De quién demonios es ese “yo” que creíamos responsable del dificultoso proceso de la enunciación? Si el poeta no es ni siquiera dueño de su primera persona ¿cómo darle validez a su dicho?
¿No está desautorizando el poeta todo lo que escribe cuando llega a esta confesión inesperada? Por supuesto que sí. Diré más: está despojando al poeta lírico de su autoridad de poeta. El poeta puede seguir escribiendo, es más, lo seguirá haciendo, esto es seguro, dislálico como es, pero lo hará desde un estatuto ingrávido y a la vez carente de sustento. Sus palabras serán sin arraigo y sin peso. Pura vejiga inflada. Globos de aire que se disolverán en la atmósfera sin que nadie lo note. Flatus vocis, como decían los antiguos.
No sólo la gallardía y el magisterio del poeta sufren una deposición violenta. Se abre, mucho más que eso, un abanico de posibilidades cuyo punto de arranque es la no significatividad de la persona del poeta. La máscara del poeta lírico, en la medida en que decía “yo”, construía textos de los que una tradición poética podría enorgullecerse. Un insólito acento, acaso de procedencia beckettiana (no se olvide la larga asociación de Gutiérrez Vega con el teatro), interrumpe esta secuencia y se abre a un territorio inexplorado que también podría ser calificado como un desierto. Cuando leemos: “la primera persona me preocupa, pero sé que no es mía”, las certezas y los hábitos lingüísticos que dábamos por buenos se desmoronan como por un conjuro. Si la primera persona no es del poeta, ¿debemos entender que no habla a través de ella? ¿Que el “dueño” de la primera persona es un sujeto anónimo y acaso colectivo, a quien no conocemos, esto es, una suma de voces mostrencas a las que podría ser que el verso articulara y otorgara unidad?
Se conoce la admiración irrestricta que Gutiérrez Vega le profesa a Ramón López Velarde, a quien ha llamado “el padre soltero de la poesía mexicana”. En este punto específico, sin embargo, me parece que Gutiérrez Vega asume una convicción literaria que se ubica en las antípodas del poeta zacatecano. La puesta en crisis beckettiana de la primera persona nada tiene qué ver con las convicciones que expresaba López Velarde cuando de forma enfática escribía en su poema “Todo…”:
Si digo carne o espíritu
paréceme que el diablo
se ríe del vocablo;
mas nunca vaciló
mi fe si dije “yo”.
He aquí el quid del asunto. No es que Gutiérrez Vega haya dejado de recurrir a la primera persona: es que la emplea sabiendo bien que ella no garantiza nada, y que ni siquiera puede presumir que es suya. La fe en el “yo”, en este orden de pensamientos, pertenecería ya a una escala superior. Lejos de plantearse esta credulidad primaria, al contrario, Gutiérrez Vega deja muy claro que le preocupa. 
¿De dónde le viene este toque escéptico respecto a la primera persona? ¿A qué genealogía responde esto que podemos llamar una crisis del estatuto del poeta? Quiero pensar que se trata en el fondo de una contestación histórica, o mejor dicho, de una protesta en contra de la historia. La historia nos ha hecho, somos los hijos de la historia, esto pertenece a nuestra vulgata. Después de la Revolución francesa y de Marx no podemos ignorar este vínculo con los acontecimientos colectivos. Pero la historia, que nos ha formado, y a la que debemos lo que somos, también ha dejado atrás, como cosas caducas, reliquias que duermen en el fondo de nuestro imaginario, y que animan poderosos impulsos de nostalgia. La idea de la inocencia perdida resume lo que intento decir. Perdimos el paraíso original, la edad de la inocencia, lo que había en nosotros de niños felices extraviados en algún rincón de la eternidad. Sospecho que Gutiérrez Vega tiene plena conciencia de ello, y que es esta conciencia la que le da derecho a no sentirse a gusto con la poesía: esa materia que mantiene ocupados a los adultos. Me parece altamente indicativo de ello lo que acontece en la “Canción de las cosas cercanas”. El poema presenta dos épocas contrapuestas y que están en conflicto: la época de los plenos poderes, que es la época de los niños, y la época de la decadencia, o sea, de la historia, que es la época de los poetas. Así lo ve Gutiérrez Vega:
Antes de que nacieran los poetas
todas las cosas eran de los niños,
los niños reinaban sobre una tierra indisputada.
Después llegaron los poetas épicos,
los líricos dramáticos, los calvos amorosos,
los profetas gruñones, los asoleaditos,
los telúricos, los gorditos tiesos.
Llegaron y ocuparon los terrenos del misterio
     y de las voces que no dicen nada.
     Hoy luchan los poetas con los niños…
Adviértase, de paso, la ironía que campea en el fragmento. Los poetas son, ante todo, un motivo de escarnio. Salvo acaso los antiguos, los que cultivaban la épica (como Homero), todos los demás aparecen como sujetos risibles. Los “líricos dramáticos”, los “telúricos”, los “gorditos tiesos”… La galería podría aumentar hasta el infinito. La lucha queda claramente planteada: de un lado, los poetas (esos ridículos), del otro lado, la inocencia que vuelve por sus fueros (y que será de todos modos derrotada).
Este es, a mi modo de ver, el conflicto originario que recorre, no siempre de manera explícita, los parajes de la poetización de Gutiérrez Vega. Aunque esta vez asociado al problema del poder, representado por la temible figura del césar-poeta, este conflicto es el que articula uno de sus textos más ambiciosos y abarcadores, los Cantos del Despotado de Morea. Así vemos esta reconstrucción histórica en la voz del rey que ha perdido Bizancio: “Estoy seguro de que nadie me recordará/ y esto significa que fui un Déspota eficiente,/ un político que cubrió su trecho de viaje/ y entregó la estafeta en buenas condiciones./ No tuve tiempo de ser feliz/ y así lo consigné en mis poemas más sinceros.”
Se habla desde el trono, pero también desde una incomodidad final, pues al rey lo aqueja la nostalgia de la figura insignificante del pastor. No el pastor de la Iglesia, al fin otro hombre de poder, sino el humilde campesino que conduce su rebaño de cabras por las peripecias del monte. Habla el señor que una vez fue todopoderoso: “Cierro los ojos y pienso en mis informes,/ en esos documentos que fueron mi historia/ y que ahora flotan despintados en el río del olvido./ Pienso en mis poemas más suntuosos y los siento vacíos/ como si fueran el producto de una floración artificiosa.” La conclusión de este razonamiento es la nostalgia pura: “Pido a Dios que me permita pasar inadvertido./ Si es así, me iré al Taigeto y me convertiré en pastor.”
Sic transit gloria mundi, podríamos añadir. Hugo Gutiérrez Vega, con una larga carrera diplomática, sabe de lo que habla.
Pero todo lo que sabe lo sabe mejor el poeta que alienta en su interior. Ahí mismo, en otra sección de su Canto del Despotado de Morea, vuelve a abordar el espinoso asunto del métier literario. ¿Cómo concibe a la poesía? ¿Cómo procede? ¿Qué es lo que le solicita al verso? Después de la suntuosidad bizantina, a la que acabo de referirme, se impone un regreso a lo riguroso, a la economía ática: “Me exijo claridad./ Nada me dice/ el turbio soliloquio.” En tres breves versos, la formulación de una ética. El poeta no es nadie si no está al servicio de la poesía, si no se vuelve un obediente fiel de lo que le dictan las palabras del hipotético poema, quiero decir, del poema que se está formando en él y que habla a través de él: “El poema, conjunto de palabras,/ no se cumple/ hasta que algo lo alienta./ ¿Y qué es ese algo?/ ¿de qué fuente secreta/ brota el agua/ que va a fertilizarlo?/ Todas estas preguntas palidecen/ cuando tomo el papel./ El poema solo/ se juega su aventura.”
Se equivocaba Vicente Huidobro: el poeta no es un pequeño dios. No es esa voluntad soberana que decide crear imágenes y metáforas insólitas con el fin de sorprender al atento auditorio. El poeta no es sino el sirviente fiel de las palabras. ¿Hacia dónde va el poema? ¿Qué es lo que se propone? El mismo poeta no lo sabe: Todas estas preguntas palidecen/ cuando tomo el papel. ¿Por qué? Porque más allá del poeta, y a través del poeta, que queda reducido a la función de un intermediario, de un intermediario sin voz, el poema solo/ se juega su aventura. La única y final soberanía, podría decirse, es la del lenguaje. Con esta hermosa lección de despojamiento quisiera terminar esta evocación de la poesía de Hugo Gutiérrez Vega.

“No tengo por qué callarme ahora”

4/Octubre/2015
Jornada Semanal
Elena Poniatowska

La casa de Hugo y Lucinda me conmueve. Ahora miro a la pareja, la primera, la de a de veras, Hugo y Lucinda el uno al lado del otro, hombro con hombro, los dos frente a mí, Lucinda, Hugo, el hombre y la mujer que forman “la familia del hombre”, la multitud que de ellos desciende, la que viene atrás; ellos son esa multitud de seres esperanzados, Hugo y Lucinda encabezan la manifestación y me pregunto por su amor y por lo que han vivido, sus largas misiones diplomáticas en Roma, Londres, Washington, Madrid, Río de Janeiro, Atenas, San Juan de Puerto Rico. ¡Con cuánta gallardía han representado a México!
[…]
Los recuerdos más sentidos y personales de Hugo son para el Actor’s Studio de Elia Kazan que en Nueva York lo convirtió en actor; para Ionesco y La cantante calva, que Hugo montó en el Teatro de la República en Querétaro; para Rafael Alberti, quien le hizo un poema; Félix Grande, especialista en flamenco; don Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Rita Macedo y Cecilia, que vivieron con él en Londres; José Carlos Becerra, el joven tabasqueño que salió de una curva en su coche camino a Brindisi y encontró la muerte; Sergio Pitol, Manuel Puig y su madre Male en Río de Janeiro; Carlos Drummond de Andrade y Joao Cabral de Melo Neto, y sobre todo para su gran, gran amigo Carlos Monsiváis.

“La inteligencia universal enriquecida por una memoria verdaderamente prodigiosa” de Carlos Monsiváis, es la que más falta le hace. Hugo y Lucinda albergaron a Monsi en la Inglaterra de John Lennon, “Give peace a chance”, “All you need is love”; lo cuidaron, consintieron, aguantaron y llevaron al cine durante meses. A José Gorostiza, “yo lo quise mucho”, como hoy busca a sus amigos en la Academia de la Lengua, Margit Frenk, Eduardo Lizalde y Jaime Labastida. También en Puerto Rico, Hugo hizo una muy buena amistad con Luce y Mercedes López Baralt y Carmen Dolores Hernández, así como Rosario Ferré y su prima Olga Nolla, que por desgracia murió.
Como es un extraordinario actor y sigue pareciendo un personaje chejoviano igualito al tío Vania de El jardín de los cerezos, el polaco Ludwig Margules sigue siendo para él una presencia. Con Gurrola montó Lástima que sea puta, y participó en Roberte ce soir, de Klossowski, una obra que causó escándalo y ahora podría figurar en Rosas de la infancia, de María Enriqueta.
[…]
Cuando Rafael Tovar y de Teresa invitó a Hugo Gutiérrez Vega a hablar ante el presidente Peña Nieto en el veinticinco aniversario del Conaculta, Hugo, hombre de izquierda, militante activo de Morena y partidario de Andrés Manuel López Obrador, respondió: “Con todo gusto, Rafael, pero diré lo que pienso. Toda la vida lo he hecho, no tengo por qué callarme ahora.”  “Claro, tienes absoluta libertad”, respondió el director del Conaculta. Hugo no quería escandalizar ni jugarle al radical, pero sí condenar la actual política de México regida por el PRI. Almeida Garret, el escritor favorito de Saramago, un constitucionalista portugués de mediados del siglo XVIII, llamó “barones” a todos los miembros de la política capitalista. Los barones son los jerarcas católicos, los banqueros, los empresarios, los senadores y diputados (que ahora reciben 225 millones de pesos por “subvención especial”). “Gobierno que deja comer de más a sus barones es mal gobierno”, dice Almeida Garret. El gobierno mexicano no sólo deja comer de más a sus barones, sino que se alía con sus socios, empresarios y políticos, para despojar al país de sus bienes.
Hugo habló de reformas constitucionales, sobre todo la energética, y de la necesidad de un debate con científicos e intelectuales para aprobarlas. Hasta la fecha, Peña Nieto ni siquiera ha respondido a las diez preguntas del mejor director de cine de México, Alfonso Cuarón, ni ha mostrado respeto por el acto de ciudadanía del ganador del Oscar.
La lista de premios que Hugo ha recibido no tiene fin y hasta aburre. ¿Dónde guardar tantas preseas, tantas copas, medallas, galardones y diplomas? Entre todos, el único que conserva a la vista es el de su hija Mónica, que en Londres tenía que ir al dentista. Como se portaba muy bien, no gritaba ni le mordía el dedo, al término del tratamiento el médico inglés le dio un diploma de letras doradas: “To Mónica Gutiérrez Ruiz, for distinguished conduct on the dental chair”. Hugo se enceló y reclamó: “Yo también quiero un diploma así.”
Siempre fue un jefe alto y hermoso, un rebelde al que expulsaron del PAN. Desde entonces, lo tachaban de comunista (como tachan a cualquier joven idealista) y lo corrieron por tener ligas con la Revolución cubana y por apoyar al líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo en su huelga de 1959. De la cárcel de Mérida tuvo que exiliarse a Belice. Y de ahí en adelante, joven fogoso y lúcido, siguió desafiando al sistema de prebendas y al tejido de corrupciones que caracteriza al México actual, como lo hizo en Querétaro, frente a los latigazos del todavía incomprensible y absurdo Diego Fernández de Cevallos.
Quien lo condujo por el camino de la diplomacia fue el gran poeta José Gorostiza, su amigo y compañero poeta. “Ponga tierra de por medio, Hugo; la derecha nunca es inventada”, le dijo el entonces presidente Adolfo López Mateos. “Una frase muy sabia, muy certera”, reflexionó Hugo en esos días de persecución y cárcel.
A sus ochenta años ejemplares, Hugo Gutiérrez Vega asegura que las mayores alegrías de su vida han sido sus nietos, verlos crecer. “Tengo uno que ya anda por los dieciocho años y es muy buen rockero, Bruno, hijo de Lucinda, y tengo a Rita, hija de Mónica, mi hija que murió a los cuarenta y cuatro años. Rita cumplió quince años y le gusta la pintura. También tengo a los tres de Fuensanta, que viven cerca de Nueva York: Gabriel, un futbolista muy exitoso, y los gemelos Nicolás y Fiona, quien se dedica a la danza. Nicolás es un filósofo desde que tenía nueve años. Gabriel también lo es, y me ha enseñado muchas cosas. Cuando era pequeño lo vi pasar a mi lado y le pregunté: “¿A dónde vas, Gabo?”
–Voy a mi cuarto a encerrarme para ver si entiendo.
Le respondí: “Voy a hacer lo mismo que tú. Voy a mi cuarto a encerrarme para ver si entiendo.”
*Fragmento del prólogo al libro Hugo Gutiérrez Vega, itinerario de vida,
de Angélica María Aguado Hernández y José Jaime Paulín Larracoechea

sábado, 3 de octubre de 2015

Estar aquí y estar de viaje

3/Octubre/2015
Laberinto
José Javier Villarreal

Tuve la enorme suerte de conocer a Hugo y a Lucinda, de comer con ellos, de caminar, conversar y entregarme a un estado de contemplación en que el cariño de ella y la magia sapiencial de él hacían que me encontrara cómodo en cualquier sitio u hora que compartiera con ellos. La penúltima vez Hugo habló sobre Wilde, y Lucinda, pasado un buen rato, me lo encargó y se retiró a descansar. Lucinda era la presencia que nos construía el paisaje propicio, la zona afectuosa, donde el milagro era cosa de tiempo. Hugo me contó todo sobre Wilde y, a la menor provocación, desplegó un mapa sobre la poesía griega, polaca, rumana, y yo no hice más que asombrarme y asombrarme. La última vez que los vi mi amor y respeto por ellos ya era total y gozoso. Hugo y Lucinda se convertían en mi familia cuyo afecto e inteligencia me vulneraban. Hugo ahora ya no está, pero su poesía y Lucinda nos guían como la prueba de vida que son, que me son tan necesarios. A finales de 2013 tuve la suerte de leer y presentar Los pasos revividos (Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2013, 112 pp.), libro que me acompaña y protege. Ahora, en este septiembre que finaliza de 2015, lo releo como la veta de luz y vida que es. Nuestra deuda con Hugo es inmensa, como su sabiduría y cordialidad. Me quedo con esos poemas suyos que ahora, desde hace tiempo, son nuestros.

***
He leído con atención, que es decir, con mucho detenimiento, Los pasos revividos, de Hugo Gutiérrez Vega. Las lecturas se han repetido bajo el pretexto de una mejor compresión; pero estas reiteradas lecturas —pluma en mano— han estado condicionadas por el deseo, un placer de ir recorriendo y haciendo mía la isla cantada. La isla se me ha vuelto conocida, y bajo esa proximidad me alude. Es y no es, pero es una geografía tan íntima que me produce vértigo, una sensación de inseguridad, un estado de desasosiego próximo a todo paraíso perdido. Pero no podemos seguir avanzando, si es que lo estamos haciendo, sin aferrarnos a la única tabla que flota sobre la superficie del océano, la voz del poeta, la expresión que domina con su presencia:

            Hoy he sentido un amor terrible, un poco deshabitado, tenuemente
desesperanzado… un amor como esos días de lluvia sobre el mar, con los perfiles
desdibujados y la niebla apoderada del horizonte gris. Pero es un amor y por eso
importa. Las palmeras se inclinan al paso del viento, apenas hay jirones de azul y
por obra y gracia de ese amor sin forma sigo escribiendo mientras la noche
encuentra su camino.

Ahora sé que lo que me ata y llama es la poderosa fuerza del amor. Es el Mediterráneo, pero es un espacio plomizo que se funde, que me hace suyo. La línea del horizonte está muy cerca, tanto que la podemos tocar con la punta de los dedos. Todo se acerca, los rostros, las voces, los cuerpos, los gestos y sus silencios; pero lo que más se carga es la ausencia que se remansa en estos cantos, en estas islas que conforman la presencia incuestionable de una isla que es el escenario sentimental donde transcurre mi aventura. Estoy ante presencias, sujetos que me rodean. La diáfana luz que creí percibir en un principio se me ha vuelto gris; los paisajes —tanto interiores como exteriores— obedecen a una luz opaca que difumina y evidencia como en esas tomas lluviosas, otoñales e invernales que veo en las películas de Angelopoulos, que me rodean en los monólogos de Ritsos, en ciertos poemas de Seferis o en algunos umbrales de Cavafis. No cito a Elytis por parecerme obsesivo en su resolana. No creo estar divagando, al contrario, me estoy arropando en un espacio que Hugo Gutiérrez Vega me presentifica, me impone, despliega al transitar esta estación de Amorgós, primer apartado de la arquitectura de este libro. Pero no olvidemos, yo no puedo hacerlo, que es el amor lo que nos mueve; entonces, el yo poético, que somos quienes leemos, dice: “me dejó, adolorido y deslumbrado, a merced del misterio”. El tono va subiendo, lo invisible se manifiesta y nos trastoca, lo implícito se adueña de un discurso que rebasa la anécdota y los personajes nos delatan, nos integran. Ya estamos a merced de todos nuestros fantasmas.

Soy rico y poderoso, señor extranjero,
el más rico y el más poderoso
de esta casa en donde vivo solo.

Murilo Mendes, en un memorable y sabio aforismo, sentencia: “Todos tienen una misión, pero no todos tienen una misión excepcional”.
Hay una edad, un momento en el camino de la vida, en que nos encontramos pasos adelante de ese justo medio, de esa promesa que se nos va quedando atrás. Es el otoño, la ruta que nos lleva bajo “Los soles griegos”, segundo apartado en el que las concesiones brillan por su ausencia. La ausencia se nos ha vuelto vida, memoria que nos sostiene. La vida de todos los días se nos muestra ya que

            Las sinrazones nos permiten vivir todos los días como si fueran los únicos. Son
intransferibles, pero no siempre sabemos identificar lo irrepetible de sus rostros.

Cada día tiene impenetrable originalidad que su misterio rebasa las precisiones del
calendario, va más allá de las predicciones, oráculos y horóscopos.

No hay nada más misterioso que el día de mañana.

Por eso lo esperamos, sabiendo que nuestros ojos, si lo logran, inauguran, con el
primer sol, un mundo siempre desconocido.

Debemos llegar sin miedo a ese acontecimiento,
pues los días son totalmente nuevos,
pero también absolutamente inocentes.

Y ante esta claridad el poeta canta la vida de todos, de esa inmensa mayoría que no sabe del poeta ni del poema, pero que un día, en esta o en otra vida, con conciencia o sin ella, se leerán en la épica íntima del discurso lírico, de ese testimonio sentimental que nos aglutina, aquello que al decir de Quevedo “permanece y dura”; esa memoria emocionada que puebla el mundo del sujeto, ese cruce de miradas donde la epifanía se hace presente. El milagro, el milagro de la vida cotidiana, aquella que transcurre y sostiene y da sentido al mundo; ya que ahora sabemos que

Una columna trunca, rota, sola
basta para sentir una ciudad.

La intensidad del lenguaje ha hecho que las frases, los golpes de voz, las metáforas e imágenes, nos sean intraducibles. El lenguaje poético ha optado por el verso, sin desdeñar la prosa, por la agudeza y la síntesis. Los poemas ya no hablan, presentan todo aquello que nos rodea y constituye, una sentimentalidad desde dónde habitar el mundo. La belleza es tal que nos duele, se nos descubre como la huella viva de lo terrible, pero el poema, desde su composición, da forma, presentifica un rostro que nos ve y, a veces, vemos. La materia, que es la lengua, produce aquello que no estaba antes, pero que ahora, al haber leído el poema, nos acompaña, es nuestro. Más realidad a nuestra realidad.

            Supongo que a veces
            te duele esta belleza
            y lloras ante el espejo fascinado.
            Ten compasión de ti misma
            y de todos los heridos por tu vista.
            Agradece al cielo esta belleza
            y entrégala a los ojos del mundo
            con la terrible sencillez
            de las orquídeas que se abren
            en la noche de la selva,
            rodeadas de serpientes.

Estamos viendo porque asistimos al cuadro, porque vemos el poema y el jardín está ahí con su fuerza constante.
Hablamos de una isla, luego de una épica íntima, particular; ahora estamos, tal parece, ante el caudal de lo social, de lo que involucra a toda una comunidad. Pienso en ciertos poemas de Seferis en que la tradición se remansa, en Cernuda con sus alter egos que pronuncian el soliloquio que a todos nos atañe, en los personajes históricos que se mueven en los monólogos de Álvaro Mutis. Sin embargo, en “Cantos del despotado de Morea”, tercera y última sección del libro, la paradoja nos hace presa de su peso y sabiduría. De pronto me da por pensar en Tamerlán el grande, de Cristopher Marlowe; en ese dolor tan hondo que no le cabe al protagonista y tiene que compartirlo con el pueblo todo por medio del horror y la barbarie. Aquí se trata de una negación, de una derrota que no se puede asumir y se confunde con una pesadilla que se ha de disipar con la llegada del alba. Ahora me da por pensar en el Cantar de Roldán, del abad Turoldo; otro poema a partir de una derrota poblado por héroes históricos y literarios que nos cantan desde el dolor. Pero la pesadilla es la historia sentimental de una voz que va recogiendo todo a su paso, un río emocional que se involucra con todos los sedimentos, con los materiales que el río arrastra. Volvemos a lo íntimo, a ese rostro que nos ve y vemos en el reflejo del poema. Las grandes aventuras, que no fueron —ciertamente— tan grandes, pero sí hondas en sus consecuencias, han pasado y son nuestra historia. Estamos más allá de la mitad del camino de nuestra vida y las cicatrices nos otorgan una corporeidad emocional desde la cual es posible pronunciar versos tan densos, fuertes y necesarios, como los siguientes, líneas medulares que nos obligan al silencio, al eco de todo lo vivido y con lo cual habremos de continuar:

            pero pensar en los demás,
            en los arrebatados por la muerte,
            es pensar en nosotros.
            Somos el mismo río que va pasando,
            lo dicen los poetas,
            el río es inmenso y en su seno oscuro
            habitan las tinieblas,
            sin embargo, debe haber una luz imperceptible
            al fondo del fracaso,
            una luz que encendieron los amores,
            una luz que vacila y permanece.

No me queda la menor duda de que esta “luz que encendieron los amores”, “que vacila y permanece”, es la que alumbra y canta lo nombrado y celebrado en este libro de Hugo Gutiérrez Vega. Las historias que se han decidido y conforman la arquitectura de Los pasos revividos hablan de un viaje, de un estar y de una exposición; también creo que el viaje es un pretexto afortunado, que el estar es una circunstancia y la exposición una forma de vida; considero que este libro va mucho más allá de estos accidentes, ahonda en un vacío donde el gesto entre el lector y el autor se nos vuelve impostergable, y es así como lo vamos llenando, primero, con nuestra voz, después, con una historia sentimental que solo a cada uno de sus lectores compete.
Me congratulo de ser un lector más de este libro, de haber conocido a su autor, de estar bajo su tutela y guía. Me congratulo de ser contemporáneo y cómplice de esa pasión que sin duda es y seguirá siendo Hugo Gutiérrez Vega.

Hugo Gutiérrez Vega: “La muerte personal llega y ni cuenta nos damos”

3/Octubre/2015
Laberinto
Iván Trejo

En febrero de 2014, tras varios meses de no verlo, me reencontré con Hugo Gutiérrez Vega en la Capilla Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Bromeó sobre la edad (la semana anterior había cumplido 80 años), platicamos con gran ánimo con los poetas Minerva Margarita y José Javier Villarreal y acordé con él esta entrevista para el día siguiente en el Hotel Ancira. Al llegar al hotel, Lucinda, su esposa, amable como siempre, me pidió que subiera a la habitación, donde el autor de Los pasos revividosplaticó conmigo durante dos horas. Aquí presentamos un fragmento de aquella charla en la que advertí que su memoria era lluvia inextinguible.

¿A qué jugaba cuando era niño?
Era un poco solitario. Nací en Guadalajara pero muy chicos nos fuimos a Lagos de Moreno. Mis primos eran charros aguerridos, capaces de suertes prodigiosas; yo me escondía debajo de la cama. Un día me perdonaron y un tío dijo: “Está bien, denle oportunidad de que tire un píalo”. Me dieron la reata, cerré los ojos, la aventé y lacé a la tía Elena. A raíz de esa aventura, el dictamen de mí tío fue categórico: ese pendejo que se vaya a leer.

¿Cuál es el primer recuerdo de su educación sentimental?
Una prima. Con las primas se hacían comparaciones de lo que uno tenía y ellas no, y no se llegaba generalmente al extremo final. Poco después vino una sirvienta encantadora, porque fue la iniciadora, con una paciencia infinita lo sacaba a uno adelante. Se llamaba Margarita.

En Lagos de Moreno, Francisco González León significó el primer contacto con un poeta vivo, en la farmacia donde trabajaba.
González León era un poeta extraordinario, escribía en papel estraza y lo guardaba en un cajón de la botica, hasta que un día llegó Ramón López Velarde y dijo: “A ver, enséñeme esos poemas, ¿me los regala?”. Se los llevó a México y con ayuda de Pedro de Alba los publicó con el título de Campanas de la tarde. González León era un simbolista tardío.

Después se van a la Ciudad de México. Muchos años después formó parte del cuerpo diplomático de la embajada de México en Roma.
Tenía 28 años, llegamos a Roma en agosto de 1963. Regresamos a México en diciembre de 1965, cuando me nombraron rector de la Universidad de Querétaro. En Roma fui agregado cultural. El embajador era Rafael Fuentes, padre de Carlos Fuentes. Mi amistad principal en Roma fue Rafael Alberti.

¿Cómo eran las tertulias en casa de Alberti en esos años?
Maravillosas. Rafael era un histrión en el mejor sentido de la palabra. Concurrían además Pasolini, Vittorio Gassman, Vittorio Sereni, Alfonso Gato, Renato Guttuso, los españoles de paso por Roma, sobre todo comunistas. Alberti tenía casa abierta, era generosísimo, lo mismo María Teresa León, su mujer, y Aitana, su hija. De repente, a la mañana siguiente de una fiesta oíamos un quejido debajo de un sofá. Alguien se había quedado a dormir, salía de debajo del sofá, nos saludaba amablemente y se iba. Entre otros refugiados estaba Miguel Ángel Asturias, que llevaba una gran amistad con Rafael Alberti, Jorge Amado, los viejos comunistas.

En esos años van a parar a Rumania. ¿La visita tuvo qué ver con la toma de poder de Maurer?
Con Maurer vino una especie de dictablanda. Era de mano suave, mucho más inteligente que los anteriores. Los rumanos empezaban a ver teatro de Ionesco. Se pusoRinoceronte, Radu Beligan actuaba ese papel. Yo había traducido La carta perdida de Ian Luca Caragiale. Obviamente, Rafael influyó para que me invitaran, él iba también. Llegando a Rumania me enteré que los otros compañeros de viaje eran Neruda y Asturias. Recorrimos Rumania de lado a lado. Un muchachito que apenas había traducido una obra y tenía un libro de quince poemas, muchos de ellos plagios de Marinero en tierra, no podía hacer otra cosa que escucharlos y cargar las maletas. De regreso a Roma vi a don Gonzalo Losada, editor de la mitológica Losada de Buenos aires, quien me dijo: “Yo sabía que los mexicanos eran hábiles, pero no tanto. Mis lectores de poesía son Neruda, Alberti y Asturias y usted les cargó las maletas por toda Rumania; no van a poder decirle que no”. Ahí salió Buscado amor.

¿Quiénes eran los poetas italianos más cercanos a usted?
Sobre todo Pasolini. Conocí a Quasimodo, que era un personaje difícil; acababa de recibir el Premio Nobel y era más bien insoportable, muy arrogante. En cambio a Ungaretti lo traté bastante: era un viejito encantador, brincón y enamorado como Alfonso Reyes. Conocí a Montale, fui a verlo a Milán, le hice dos o tres entrevistas y hablamos sobre todo de la época fascista. Fue de los pocos intelectuales que no aceptó la credencial la tessera del partito. Conocí también a Cardarelli. A Umberto Saba no, me hubiera gustado, pero ya había muerto, igual que Dino Campana.

Durante su estancia en Roma fundó una compañía de teatro.
El grupo de teatro latinoamericano de Roma estaba integrado por dos actrices argentinas, un actor mexicano, que era mi caso, un actor puertorriqueño, una actriz venezolana y un actor venezolano. Trabajábamos en un teatro de corte que se llamaba Goldoni. Logramos alquilarlo a buen precio. La dueña era una inglesa excéntrica que salía por la mañana en patines a comprar cosas al mercado. Le caímos bien y nos rentó el Palazzo Altemps, a dos cuadras de la Piazza Navona.

Incluso llegó a actuar en una película de Pasolini.
Estaba filmando El evangelio según San Mateo. Le dije que quería trabajar con él y me citó al día siguiente en Cinecittà. Llegué muy temprano pidiendo mis líneas. Me entregaron unas alpargatas, una túnica y un tarbush. Me dieron un sándwich y una naranjada y me subieron a un camión con un grupo de gente. Yo esperaba mis líneas. Llegamos a un bosque de pinos mediterráneos, nos dieron instrucciones: caminen y al llegar al final del bosque desaparezcan por esta ladera. Yo pregunté por mis líneas, se me quedaron viendo y dijeron que obedeciera. Cuando se estrenó la película yo me buscaba como desesperado, pero no, mi papel fue como lo describe Lucinda: sombra que pasa en la lejanía.

Mientras estaba en Inglaterra, José Carlos Becerra compró un carro para ir a visitarlo.
Carlos estuvo una temporada con nosotros en Inglaterra cuando recibió la beca Guggenheim. Yo le dije: “Toma el tren, el Europass”, pero él quería detenerse en una piedra, en un camino, y se compró un Volskwagen usado en malas condiciones. Manejaba muy mal. Primero fue a España, nos mandó varias cartas, la última fue una postal. Lucinda le estaba pasando a máquina Fotografía bajo un tulipán, una prosita sobre Calcaneo Díaz, un héroe tabasqueño que era familiar de José Carlos. En la postal decía: “Carissima, por favor envíale el prólogo a mi prima Angelita, estoy cansado de esta absurda errancia de ciudad en ciudad, lo que necesito llegando es un departamento como el de Luisita, ojalá que me presentara en Roma con il commendatore Hugo, suo marito”.
Recibimos la postal días después de que murió. Esperaba con ansia una carta de Lezama Lima, le había enviado Relación de los hechos. Nos hablaba por teléfono preguntando por la carta de Lezama y yo le decía: “Ten paciencia, Lezama escribe muy lento, piensa muy bien las cosas, es un perfeccionista”. Por fin llegó ocho días después de la muerte de José Carlos, diciéndole, entre otras cosas: “Su voz es una de las más originales y profundas de la lírica española actual”.
Lucinda y yo le enviamos esa carta a José Emilio Pacheco y a Gabriel Zaid que prepararon la poesía póstuma de José Carlos. Le dieron el título de El otoño recorre las islas, que es un verso de Lezama.

Después del lamentable fallecimiento de su hija, ¿ha podido retomar la escritura?
No he acabado de retomarla totalmente, pero me estoy acercando a ella con cautela. Escribí un poema sobre la muerte de mi hija, un poema muy doloroso que dudo en publicar. Me quedé seco por tres años y medio, estoy tratando de retomarlo. Cada vez que hablábamos, Juan Gelman me decía: “¿Cómo vas? ¿Qué escribes?”

2014 comenzó con un enero negro. Partieron varios de la generación del treinta. Mi camada se va quedando sin maestros. ¿Considera que la generación de los cincuenta está a la altura?
Creo que de momento no, tal vez lo esté dentro de algunos años. Hay gente muy valiosa en proceso de maduración. Efectivamente, se fueron Rubén Bonifaz, Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Félix Grande, Paco de Lucía, Tomás Segovia, Mariano Flores Castro. Ahora que me hicieron un homenaje en Guadalajara, dije: “Huesuda, deja en paz a los poetas, dedícate a los diputados, que son más aburridos”.

A los 80 años, ¿piensa en la muerte?

Siempre, desde hace muchos años, pero cada vez con menos angustia. A mí lo que me duele es la muerte de los seres que amo. Decirle a alguien “Te amo” significa: tú no debes morir. Decía Gabriel Marcel: “Y decía el negro cubano, pensar que llegar a quererte es creer que la muerte se puede evitar”. La muerte de los seres queridos es lo que realmente nos mata. La muerte personal llega y ni cuenta nos damos, pero la muerte de los seres que uno ama nos disminuye.