sábado, 16 de enero de 2010

Intimidad, lectura y beneficio

01-16-2010
Suplemento Laberinto
Iván Ríos Gascón

Si me preguntan lo que leo, evado la respuesta. Cambio el tema, hago una pregunta inocua o francamente absurda, y en ocasiones menciono alguna obra que leí mucho tiempo atrás, quizá porque revelar el título que concentra mi atención, sería como describirme en calzoncillos. Tal vez la imagen proviene de la idea de Lawrence Ferlinghetti, que dijo que la poesía es la ropa interior del alma o posiblemente sólo sea una especie de pudor mal entendido, o avaricia literaria o el reflejo por mantener cierto misterio en mi privacidad.

La lectura, observa Harold Bloom, es una praxis personal, más que una empresa educativa. Y aunque referir al libro o al autor que ocupa mi tiempo me parece un verdadero incordio, sucede lo contrario cuando alguien solicita sugerencias para ir llenando su biblioteca particular. Al fin y al cabo, recomendar novelas, ensayos o poemarios no es lo mismo que confesar la ruta por la que vamos caminando, un periplo que es más saludable recorrer en completa soledad, ya que a la insidiosa pregunta de ¿qué es lo que estás leyendo ahora?, generalmente le prosiguen otras: tu opinión sobre el ritmo de la obra, la valía del autor, el frenesí o el aburrimiento que el libro te provoca, y esas cuestiones no pueden responderse de improviso, es perentorio alcanzar la página final y luego meditar por un tiempo lo leído, para esclarecer las consecuencias. Después de todo, la sensibilidad es como una esponja. Puede absorber o expeler las sustancias intelectuales o emotivas que transpira el arte.

A la gente le encanta inmiscuirse en tus afinidades. Nunca falta quien merodee por tus estanterías. Que coja los volúmenes, los hojee, revise subrayados y, peor aún, te increpe por haber resaltado una frase o dos renglones, que pretenda analizar por qué determinada idea adquirió un aura fluorescente. En estos casos, lo recomendable es guardar silencio. El debate sería inútil, cada quien percibe distintas claves o pulsiones, se identifica con un párrafo, una escena, o se conmueve con versos y episodios que para ti o para los otros no tienen valor alguno: los libros hablan cuando súbitamente, por inercia, evocamos algo que creíamos haber perdido en alguna región ignota de la psique, y reclama su sentido.

Sin embargo, debo confesar que me llaman la atención aquellos lectores que buscan un beneficio personal. Los que no dejan de hablar de lo que están leyendo, los que adelantan comentarios o de plano, cuentan las tramas de cabo a rabo para privarte del asombro, el fiasco o la sorpresa. Los que presumen una memoria elefantina, aunque ya Patrick Süskind escribió sobre ese curioso fenómeno que es la amnesia in litteris (el olvido momentáneo o irreversible de las viejas lecturas), y los que llevan a cuestas una inabarcable casa de citas (librescas, por supuesto). De todos, quienes más me intrigan son los donjuanes eruditos. Sus estrategias de cacería (poses, dichos, temas), persiguen un objetivo peculiar, un ideal paradigmático que me recuerda lo que Lawrence Durrell escribió en Balthazar: “enamorarse de alguien más ignorante que uno mismo añade el delicioso estremecimiento que produce la conciencia de pervertirlo, de sumirlo en el barro del que nacen las pasiones, y los poemas y las teorías sobre Dios”…

¿Qué es Flarf?

01-16-2010
Suplemento Laberinto
Heriberto Yépez

Si, para bien y mal, Kenneth Goldsmith es el escritor actual más emblemático, la corriente versal más interesante —nos guste o no— es Flarf.

Como Alan Sokal y su broma pesada a Social Text (para demostrar que el posmodernismo era teoría pitufina), Gary Sullivan logró que Poetry.com ofreciera publicarle un poema suyo deliberadamente pésimo.

Nació oficialmente Flarf, una corriente norteamericana que antipoetiza googlemas y descréditos, detritus digital y apropiación inapropiada, sátira y sitcom, cut-&-paste, gringodadaísmo & performance.

Sus miembros son Kasey Silem Mohammad, Katie Degentesh, Gary Sullivan, Nada Gordon, Jordan Davis, Drew Gardner, entre otros.

A Flarf se le conoce por poemas-collage a partir de googleos. Pero sus técnicas son múltiples. Procura lo impertinente, cómico, bufón, pseudo-ingenuo. Flarf pretende ser big-banguardia en vano. Flarf es cacopoesía, (mal)versación y sampleo.

Se gestó entre 2000 y 2002 en listas de emails y blogs. Sus opositores le acusan de ser una mera payasada. Otros le creen, junto con el conceptualismo, lo más intrépido del experimentalismo norteamericano hoy.

El vocablo Flarf parece no tener sentido. Pero estoy convencido que en él está codificado el significado de este movimiento. Me explicaré. “Flarf” es una reunión inconsciente de fart (pedo) y bluff (engaño). Pedo presuntuoso, además, que se mezcla con flat (plano) y que suena como ladrido en inglés: arf! Arf! Flarf es una burla del arte (art) y una farsa (farce). Busca evidenciar que la poesía es un chiste y una onomatopeya cultural.

Hay algo también de fluff (ligero) mezclado con war (guerra). Fluff-war, guerra inverosímil. Todo esto es la fórmula secreta de Flarf.

¿Recuerdan aquel extraterrestre ochentero de peluche? Bueno, si E.T. era un símbolo de la otredad extraplanetaria, Alf era su parodia, la otredad venida a menos. Lo retro-inmediato. Flarf es Alf. Y Flarf es al experimentalismo lo que Alf es a E.T.

Y si Kenneth Goldsmith es Max Headroom, Flarf en Bart.

Decía George Oppen que “hay un ego simple en la lírica, pero uno extraño en la guerra”. El ego kitsch absurdo-bufón de Flarf es un reflejo del sin-sentido del discurso político norteamericano en el contexto del surgimiento del palabrerío global.

Flarf es Cantinflas hablando Neospeak. Aunque no lo parece, Flarf es una poética de guerra (de la reality war norteamericana). Y la prueba es que la palabra “guerra” no aparece en ella.

Así como Warhol (war-hole, hoyo de la guerra) es la frivolidad balsámica de la posguerra, Flarf es la poesía surgida del vacío dejado por la irrealidad de la post-Guerra Fría. La risa lela para masticar el shock Schwarzkopf.

Hay poesía veterana de guerra que jamás ha puesto un pie en el campo de batalla. Flarf es lo que quedó de la poesía estadunidense después del Medio Oriente.

lunes, 11 de enero de 2010

Adopción

2010-01-11
El Universal
Guillermo Fadanelli

Podría hacerse una máxima universal del caso siguiente: son las personas menos adecuadas para hacer una tarea quienes más se empeñan en realizarla. Me imagino a un puerco empeñado en hacer el aseo de los corrales o a un ciego que se obstina en llevar a cabo las tareas del centinela. Más o menos así funciona nuestra sociedad. Esto viene a mi mente cuando escucho los argumentos de quienes insisten en imponer sus normas morales a los demás y conciben un mundo a su imagen y semejanza, como pequeños dioses que intentan someternos a las costumbres de su reino. Su provincianismo es atroz en cuanto no conciben o aceptan nada que rebase los límites de sus estrechas fronteras. Sus razones son superficiales y sus prejuicios profundos. No tengo ningún empacho en declararlos mis enemigos.

Pese a mi declaración de enemistad no tengo ningún inconveniente en que continúen pensando como deseen. No movería un dedo en contra de ellos ni promovería su expulsión de mi comunidad. Incluso estaría dispuesto a escuchar sus homilías atentamente para cerciorarme de que en realidad estamos en desacuerdo. Lo que no haré es permitir que me impongan sus costumbres morales ni que gobiernen en mi intimidad por medio de ninguna clase de coerción. Me imagino a un sacerdote sentado en una silla frente a mi cama censurando lo que le parece incorrecto y deseando al mismo tiempo que lo correcto suceda para lograr colmar sus placeres. Es una imagen lastimosa, pero es más o menos así como sucede en nuestros tiempos.

Si mis vecinos deciden adoptar una cabra y me invitan a celebrarlo, con mucho gusto acudiré a la fiesta e incluso investigaré en la enciclopedia qué clase de alimentos prefieren las cabras para no presentarme con las manos vacías a su casa. Si adoptar quiere decir recibir como hijo a quien no lo es naturalmente, consideraré a mis vecinos seres civilizados y sin duda envidiaré a la cabra por la buena suerte que ha tenido al conseguir un hogar. Si esta adopción hace felices a mis vecinos y a la cabra esto redundará también en mi felicidad, puesto que no hay nada tan pernicioso que vivir junto a personas amargadas.

Me parece un síntoma de buena salud que las personas tomen para sí el sexo que deseen y que no se detengan en hacer públicas sus pasiones. Considero el género como un horizonte al que las personas tienden, no como una imposición moral que limita su imaginación y por lo tanto su libertad. Si los transgresores de género quieren casarse y adoptar niños tailandeses no tengo más que desearles una vida a la medida que desean. Yo no les recomendaría el matrimonio a no ser que consideren que las leyes imperantes son convenientes para su bienestar, pero esa es una opinión privada y lo único que les pediría es que me inviten a la celebración.

Conforme pasa el tiempo me convence más la postura de Rawls que la de Nozick en lo que respecta a los principios que una sociedad liberal tiene que seguir para procurar la justicia y el bienestar entre sus miembros. La diferencia más evidente se encuentra en lo relativo a la presencia del Estado y sus atribuciones: o se busca que éste lleve a cabo solamente unas cuantas funciones administrativas, como quiere Nozick; o se le considera un medio para defender la libertad, la igualdad y la equidad económica, como desea Rawls. Un mínimo orden es necesario y un Estado sensato debería velar porque las libertades se respeten, sin violar la libertad que el mismo intenta preservar. Si los homosexuales o quienes sean van a adoptar un niño, deben hacerlo sólo si el adoptado va a estar en mejores condiciones de vida que en la orfandad. De lo contrario el contrato sería una diatriba (nadie estaría, por ejemplo, de acuerdo en que las personas se valieran de las adopciones para el comercio de menores). Es allí donde hacen su aparición las leyes que en vez de prohibir matrimonios entre personas libres o rechazar adopciones a priori se disponen tan sólo para evitar abusos y preservar las libertades de los individuos.

En mi opinión es más perniciosa la existencia de diputados que mes con mes adoptan sueldos tan elevados y que promueven sus prejuicios a la categoría de dogmas legales. Yo estoy seguro que hasta una cabra rechazaría vivir bajo su mismo techo.

¿Problema mental?

Lunes 11 de Enero de 2010
Periódico Noroeste
Denise Dresser

Independencia. Revolución. Conmemoración. 1810. 1910. 2010. La historia de bronce festejada cuando debería ser cuestionada; la historia oficial cincelada cuando debería ser escrita de nuevo.

Porque han sido 200 años de héroes falsos y mentiras propagadas y dictaduras perfectas y democracias que están lejos de serlo.

Doscientos años de aspirar a la modernidad sin poder alcanzarla a plenitud y para todos.

Veinte décadas de justificar el Estado paternalista y el predominio del PRI, la estabilidad corporativa y el País de privilegios que creó.

Buen momento, entonces, para examinar la herencia, los mitos compartidos, las ficciones fundacionales, el bagaje con el cual cargamos.

Gran oportunidad para emprender un proceso de instrospección crítica sobre nuestra identidad nacional, para cobrar conciencia de lo que hemos hecho consistentemente mal.

Para entender por qué no hemos construido un país más libre, más próspero, más justo durante los últimos dos siglos.

Abundan las explicaciones. La Conquista, la Colonia, la ausencia de una tradición liberal, el Porfiriato, la vecindad con Estados Unidos, la desigualdad recalcitrante, el nacionalismo revolucionario, los ciclos históricos marcados por proclamas, seguidas de alzamientos y la instauración de líderes autoritarios que prometen salvar al País del caos y de sí mismo.

Muchos piensan que México no avanza por su pasado fracturado, por su historia insuperada, por sus creencias ancestrales, por sus costumbres anti-democráticas. Muchos esgrimen el argumento cultural como explicación del atraso nacional.

"Es un problema mental", afirman unos.

"Es una cuestión de valores", insisten otros. "Es un asunto de cultura", sugieren unos. "Así somos los mexicanos", proclaman unos.

Según esta visión cada vez más compartida, el subdesarrollo de México es producto de hábitos mentales premodernos, códigos culturales atávicos, formas de pensar y de actuar que condenan al país al estancamiento irrevocable.

Es cierto que muchos mexicanos creen apasionadamente en los componentes centrales del "nacionalismo revolucionario".

Es cierto que muchos mexicanos han internalizado las ideas muertas del pasado, y por ello les resulta difícil forjar el futuro.

Es cierto que muchos mexicanos han sucumbido al romance con la supuesta excepcionalidad histórica de México, y por ello se resisten a apoyar medidas instrumentadas con éxito en otros países.

Aquí, los hábitos iliberales del corazón son como un tatuaje. Aquí, ideas como el Estado de Derecho, la separación de poderes, la tolerancia, la protección de las libertades básicas de expresión, asamblea, religión y propiedad, no forman parte del andamiaje cultural post-revolucionario.

Y por ello tenemos elecciones competitivas que producen gobiernos ineficientes, corruptos, solipsistas, irresponsables, subordinados a los poderes fácticos, e incapaces de entender o promover el interés público.

En términos políticos, México es una democracia electoral; culturalmente sigue siendo un país iliberal.

Nadie duda que esto es así. Pero el problema de las explicaciones culturales es que conducen a callejones sin salida.

Si partimos de la premisa "así es México", la Nación no tiene futuro, ni solución, ni posibilidad, ni salvación.

Si el clientelismo y la corrupción y el patrimonialismo y la confrontación son producto de a una cultura bicentenaria, no queda claro cómo reformarla ni reformarnos.

Peor aún, el uso de la cultura como herramienta analítica o como justificación política, obscurece las causas estructurales detrás del atraso.

La cultura heredada, promovida, aprendida por los mexicanos a partir de la Revolución es una invención interesada, un cálculo deliberado; es aquello que los políticos y los ideólogos del régimen decidieron enseñarnos en la escuela pública. Las costumbres iliberales y las creencias reaccionarias que dibujan el mapa mental de tantos mexicanos fueron colocadas allí porque eran útiles. El poder político de México vivió, y vive aún, de alimentarlas.

Pensar que el problema de México es mental desvía la atención de donde debería estar centrada: en ese artificio contractual que es el corporativismo post-revolucionario y el "capitalismo de cuates" que engendró.

En la permanente redistribución de la riqueza en favor de los grupos beneficiarios del statu quo que este acuerdo ha entrañado.

En las prácticas de rentismo acendrado que este pacto ha perpetuado. En la apabullante concentración de la riqueza que este modelo ha permitido.

En la economía oligopolizada que este arreglo ha producido. Esas son las raíces de tantas mentiras piadosas que la clase política elaboró y sigue diseminando; esas son las razones detrás de códigos culturas que las élites han usado para controlar a la población.

El verdadero problema del País no es cultural sino estructural; no es una cuestión de valores sino de intereses.

A México no le hace falta ir al psiquiatra para resolver un problema mental; más bien necesita combatir una estructura de privilegios que ni la Independencia ni la Revolución lograron encarar.

sábado, 9 de enero de 2010

El autor más emblemático: 2000—2010

2010-01-09
Suplemento Laberinto
Heriberto Yépez

Si encuestamos a los críticos usuales qué fue lo mejor de la literatura norteamericana durante la última década, Cormac McCarthy o Philip Roth serán consenso. Son la fachada de las letras estadunidenses.

Sus novelas son mainstream. ¿Agregan algo a la historia de la literatura? Hollywood puede llevarlos al cine. “Realismo”.

Las tendencias que alteraron la literatura norteamericana actual no están en la novela. Ni en la poesía de receta lírica, traducible a cualquier idioma, hecha de variantes de las mismas imágenes, anécdotas o sentimientos compartidos por millones y que los respectivos versistas no hacen sino engalanar vía ritmos y espacios en blanco.

Lo innovador proviene de quienes desafían e incluso frustran el gusto público.

La tendencia más innovadora de la literatura norteamericana de este siglo es la corriente llamada “escritura conceptual”. No le interesan las obras maestras.

Craig Douglas Dworkin así la formuló: “¿Cómo sería una poesía no-expresiva? ¿Una poesía del intelecto y no de la emoción? Una en la que las sustituciones en el corazón de la metáfora y la imagen fueran reemplazadas por la presentación directa del lenguaje mismo, y el “flujo espontáneo” suplantado por procedimientos meticulosos y procesos exhaustivamente lógicos”. Sus precursores son el concretismo brasileño, las ideas de Barthes, los juegos de Oulipo, los Language Poets y, por supuesto, la obra verbal de Duchamp, padre-queer del conceptualismo.

Hoy en Estados Unidos el conceptualismo escritural tiene un nombre: Kenneth Goldsmith. ¿Es Goldsmith un escritor? Ahí inicia la polémica. Generalmente se le detesta.

En su libro Soliloquy (2001) transcribió todo lo que dijo durante una semana; en Day —su libro más célebre— cada palabra y letra aparecida en la edición impresa del New York Times del primero de septiembre del 2000.

En otras obras suyas ha anotado cada movimiento que hizo su cuerpo durante medio día; y en los más recientes, los reportes de tráfico, clima y deportes.

Goldsmith denomina a su práctica “escritura no-creativa”. Se trata de una forma de apropiación, ready-made, cuya meta es “aburrir”.

Afirma que no hay necesidad de novedad alguna. Basta reenmarcar lo viejo.

No oculta que emula a Andy Warhol. Incluso editó un libro de entrevistas del inventor del pop art. Juega siempre a ser ultra-frívolo.

Como anti-provocador, persigue una literatura sin originalidad, shock o aura. Sostiene que no tiene caso inventar nada porque ya hay demasiadas palabras. Basta plagiarlas. Es la cumbre del experimentalismo posmoderno y, a la vez, su reducción al absurdo. Deliberadamente exaspera. Y se le adora. Evidenció que la literatura moderna ya ha quedado agotada.

Joyce hoy, Kenneth Goldsmith es el autor más emblemático de la primera década del siglo XXI.


jueves, 7 de enero de 2010

Así escribo (Francisco Hinojosa)

Enero del 2009
Revista Nexos
Francisco Hinojosa
De cualquier manera

En total desorden. En el caos absoluto. Saltando de un texto al otro. Con fastidio cuando las musas me abandonan y con furor cuando me visitan. Todos los días. Por las mañanas, por las tardes, por las noches y, con la ayuda no infrecuente del insomnio, por las madrugadas. En silencio de preferencia. Aunque de vez en cuando, según qué escriba, con música: salsa, rock, Mozart, jazz, blues y, una vez, juro que una sola, Los Tigres del Norte. Nunca con mariachi. Con café, jugo o té antes de las doce.

Con cerveza cuando ya el juego es legal. Con un libro al lado que me empuje a escribir y me guíe por el buen camino (tengo muchos, además de Borges). Entre revisadas constantes al @gmail, telefonazos y todo tipo de interrupciones. En mi lugar de trabajo o en cuartos de hotel y aeropuertos. Nunca a mano. Tampoco con máquina de escribir. Casi siempre con risas y a veces, de plano, a carcajadas. Antes de ir al súper o al banco y también después. Sin ganas o con muchas. De los niños a los adultos, del cuento al ensayo, de la poesía a las cartas, del pastiche al experimento. A quince palabras por minuto o a cinco por hora. A pedradas, a latigazos. Pensando en un amor imposible, en una deuda que tengo o en el menú del día. Con la emoción de un encuentro, con la decepción de una mala comida, con certidumbres, con dudas. De cada tanto con coraje (hoy fue con mucha furia). Con la vida rota o con esperanzas. Después de un abrazo o antes de un beso. Sin saber por dónde comenzar o cómo seguir. Deshabitado, inseguro, nervioso, como cable eléctrico. Y sobre todo corrigiendo sin fin, buscando cada palabra, borrando demasiado.
Cuando era joven, hubo quienes me hicieron creer que para escribir era necesario preparar el entorno que propiciara el ritual de la creación: el escritorio digno de un escritor, la escenografía libresca, los cuadros en las paredes con las fotografías de grandes autores (Kaf-ka, Melville, Baudelaire, Groucho), quizás una varita de incienso y una botella de vino, y el letrero: “Silencio: escritor en funciones”. La escritura como un ritual masturbatorio y fetichista. La escritura como efecto y no como deseo. La escritura como apuesta al hit parade y no como desplazamiento. El escritorio y la Montblanc como el escenario y el instrumento que hacen al escritor. Y luego los medios que todo lo confirman. Y al mismo tiempo la chorcha que lo reconfirma: hay que buscar la legitimidad antes que las palabras. Por eso las lecturas públicas —comprometidas con llamadas telefónicas, promesas de amistad perdurable y correos electrónicos personalizados— suplen la escritura con la fiesta. El aplauso de pie luego de la función. Con vino de honor. De honor. Y el jaripeo en vez de la escritura. Y a veces ni siquiera jaripeo.

Hasta hace poco me sentía observado cuando le pegaba al teclado: escribía bajo vigilancia. Especialmente al escribir para niños. Tenía objetos que me miraban y me obligaban: el libro que me regaló la niña Elisa en Medellín, un alfiletero que me dio Lucero, que vive en la Portales, dibujos, muchos dibujos, cartas, muchas cartas, un pisapapeles que deja caer nieve, muñecas, una piedra, fotografías, un luchador de plástico…: esos objetos que tienen nombre y rostro y que ahora viven momentáneamente en una bodega, en lo que vuelven a encontrar casa, siguen exigiéndome. Y así escribía: con testigos, con un tribunal que castiga cuando se traicionan los principios, con la mirada atenta y a la vez ávida de una novedad, de algo que cambie las cosas y las haga más agradables. Escribía observado, con muchos ojos que me miraban a través de los objetos para decirme que siempre es posible mejorar. Y escribo y escribía así, con la conciencia limpia de que nunca ha habido una traición, aunque me haya equivocado tantas y tantas veces.

Escribo, y eso hay que hacerlo de alguna manera, cualquiera. Yo creía haber encontrado una propia, y me aferraba a ella aunque no tuviera ningún orden. O quizás creía en una rutina que me hacía estar seguro y de la que no podría prescindir. Desde hace varios meses he aprendido que escribo de cualquier manera, con sol o con lluvia, con escritorio o sin él, enamorado o con un duelo que no deja de llorar. Así escribo: conmigo mismo y con la lap top. Por ahora es suficiente. Y aunque vuelva a poblarse mi mundo de amores y extrañamientos, de objetos y nuevos rituales, sé ahora que para escribir no necesito más. Y si la lap top se pierde o me abandona, regresaré al lápiz y la hoja en blanco.

miércoles, 6 de enero de 2010

Los libros del año

3 de enero de 2010
Suplemento el Ángel
Sergio González Rodríguez

El libro del año: Tarde o temprano (Poemas 1958-2009) (FCE), de José Emilio Pacheco;

Novela: Nos acompañan los muertos (Planeta), de Rafael Pérez Gay; La Biblia Vaquera (Tierra Adentro), de Carlos Velázquez; La noche será negra y blanca (Era), de Socorro Venegas; La fiesta del oso (Mondadori), de Jordi Soler; Verloso (Mondadori), de Felipe Soto Viterbo; El dilema de Houdini (Mondadori), de Norma Lazo; No tengo tiempo (Alfaguara), de Arturo Vallejo Novoa; Los escritores invisibles (FCE), de Bernardo Esquinca; Señales que precederán al fin de mundo (Periférica), de Yuri Herrera; Morirse de memoria (Sexto Piso), de Emiliano Monge;

Crónica: Palmeras de la brisa rápida (Almadía), de Juan Villoro; Gula. De sesos y lengua (Mantarraya), de Antonio Calera-Grobet; El último mundo (Mondadori), de Laura Emilia Pacheco;

Memoria: Un tiempo suspendido. Cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo (CNCA), de Roberto García Bonilla; Los aprendizajes del exilio (Siglo XXI), de Carlos Pereda; La guerra fue breve (Magenta), de Gabriel Bernal Granados; Padre y memoria (UAM/Ediciones sin Nombre), de Federico Campbell; Yo te conozco (Era), de Héctor Manjarrez; Memoria y espanto o el recuerdo de infancia (Siglo XXI), de Néstor A. Braunstein;

Ensayo: Una visita a Marius de Zayas (Universidad Veracruzana), de Antonio Saborit; El insomnio de Bolívar (Debate), de Jorge Volpi; La gramática del tiempo (Almadía), de Leonardo da Jandra; Inmanencia viral (Tierra Adentro), de Fausto Alzati Fernández; Ensayos fundamentales (Taurus/Colmex), de Enrique Florescano; Pop art y sociedad del espectáculo (UNAM), de Jorge Juanes; La vida íntima de los encendedores (Páginas de Espuma), de Ignacio Padilla;

Antología: Un sol más vivo (Era), de Octavio Paz, editado por Antonio Deltoro;

Aforismos: 99 (Taller Ditoria), de Luis Alberto Ayala Blanco;

Poesía: Libelo de varia necrología (Tierra Adentro), de Balam Rodrigo; Mientras menos hagas (Lenguaraz), de Feli Dávalos; Tríptico del desierto (Era), de Javier Sicilia; Bomarzo (Era), de Elsa Cross; Imperio (Motín Poeta), de Rocío Cerón; Nueces (Trilce), de Pedro Serrano; Estado de sobrevuelo (Bonobos), de Salvador Gallardo Cabrera;

Narrativa histórica: Tiempo de zopilotes (Planeta), de Paco Ignacio Taibo II; Ficciones de la revolución mexicana (Alfaguara), de Ignacio Solares; El secreto de la Noche Triste (Joaquín Mortiz), de Héctor de Mauleón; La cena del bicentenario (MR/Planeta), de Héctor Zagal;

Cuento: Cuentos reunidos (FCE), de Amparo Dávila; Mis días en Shangai (Almadía), de Aura Estrada; Cicatrices (Páramo), de Esther Seligson; Sombras detrás de la ventana (Era), de Eduardo Antonio Parra; La corredora de Cuemanco y el aficionado a Schubert (Punto de Lectura), de Mónica Lavín; Los animales invisibles (UAM), de Mauricio Montiel Figueiras; Telaraña (UNAM), de Mauricio Molina; Firmado con un klínex (Tusquets), de Élmer Mendoza;

Arquitectura: Arquitectura mexicana contemporánea (Designio), de Gustavo López Padilla; El centro comercial como nuevo espacio público (Arquine), de Grupo Arquitech. Juan José Sánchez Aedo; 10 concursos perdidos 1 ganado (Arquine), de Lucio Muniain;

Periodismo: Contacto en Italia (Debate), de Cynthia Rodríguez; El Cártel de Sinaloa (Grijalbo), de Diego Enrique Osorno; Breviario de correrías (CNCA), de Ariel González;

Fotografía: Pata de perro. Biografía de Héctor García (CNCA), de Norma Inés Rivera; Gabriel Figueroa/Luna Córnea 32, investigación y dirección de Alfonso Morales Carrillo; El imaginario fotográfico (UNAM), de Michel Frizot; Teresa Margolles/ What Else Could We Talk About (RM), editado por Cuauhtémoc Medina;

Crítica literaria: Alfabeto de las esfinges (UNAM), de Adolfo Castañón; La voz del espejo (DGE/Equilibrista), de Fabienne Bradu; El complejo Fitzgerald (Tierra Adentro), de José Mariano Leyva; El asesino de la palabra vacía (CNCA), de Héctor Orestes Aguilar; Crónicas literarias (Eón), de Federico Patán; Ojos de Reyes (UNAM), de Héctor Perea; El sueño no es un refugio sino un arma (UNAM), de Geney Beltrán Félix; La sabiduría sin promesa. Vida y letras del siglo XX (Lumen), de Christopher Domínguez Michael;

El peor libro del año: Réquiem para un Ángel (Alfaguara), de Jorge F. Hernández.

lunes, 4 de enero de 2010

Diez buenos libros en el 2009


Periódico Milenio
Israel Morales

El año que terminó fue vital en las letras mexicanas, pues vaya que abundaron los títulos, mas no su buena distribución por cuestiones editoriales o de orgullo, vaya usted a saber. Pocos títulos y muchos a la sombra, pero aquí una muestra en que se reúnen novelas, cuentos, estudios y biografías; diez buenos libros, todos ellos lanzados en 2009, para no dejar fuera un solo renglón de lectura.

10. Dolores, Felipe Montes (Ed. Acero)

Un libro en el que no hay armonías ni lucidez, sino que lo que vale es lo que se dice de Dolores, protagonista y víctima, lo que le da un sitio abismal a los fantasmas que pueblan una ciudad y que se la llevan de encuentro; sin que se trate ésta de una novela de horror, sino de la realidad misma.

9. Temporada de caza para el león negro, Tryno Maldonado (Anagrama)
Esta novela tiene la noción de lo efímero, tanto que de quien se habla, Golo, ya está en la tumba, y se acude a un recuento personal, elocuente, haciendo honor a la brevedad, con las reiteraciones de una estética por el mundo freak del amante y narrador, y su vida por exposiciones de arte.

8. Recordatorio de Federico Gamboa, Álvaro Uribe (Tusquets Editores)
Nunca va a dar pereza leer la vida de un autor que dejó en Santa esa cualidad de mito popular, el cual, no dudaban en Chimalistac, que en realidad existió. Gamboa, a través de Uribe, es una muestra de que un apasionado de las letras encontró su camino, aunque acaso la vida no es eso, una suerte de encontrase ante el autor y sus hazañas, sus vivencias, postales del porfiriato y esas acusaciones de pornógrafo, por ser el padrote que llevó a su personaje desde la novela hasta la primera muestra de cine sonoro en México.

7. Temporada de zopilotes, Paco Ignacio Taibo II (Alfaguara)
Otro libro que se lleva en torrente la Revolución Mexicana contado desde la perspectiva de Taibo II, experto en los temas y que en el Centenario aguarda aún más sorpresas. Con una narrativa elocuente y directa, Taibo II saca algunos demonios de un capítulo vital en la historia de nuestro país.

6. Siete esqueletos decapitados, Antonio Malpica (Océano)

Esta novela tiene los efectos del cine de horror y la buena música. Mientras nuestros jóvenes buscan con voracidad a autores crepusculares y de escuelas de magia de lugares de quién sabe dónde, Malpica hace lo propio con originalidad y un gran sentido del universo para los lectores en crecimiento. Es una muestra de que en la literatura de misterio pocos levantan la mano y afilan la pluma, y este autor lo hace con tinta sangre, una osamenta y la mejor música de Led Zeppelin.

5. Oscuro bosque oscuro, Jorge Volpi (Almadía)

Esta novela a manera de poemas y reiteraciones es un libro en el que se muestra a un autor más cómodo, menos agobiado y con las estrategias de saber contar de nuevo esos temas de la Segunda Guerra Mundial y los fantasmas del nazismo, ahora en un pueblo olvidado en donde quieren reclutar a lugareños que no tienen otra intención que continuar con sus vidas.

4. Poesía eras tú: Un hombre… una mujer… un puerco: una historia de amor, Francisco Hinojosa (Almadía)

Pégame, pero no me dejes, y cuéntame un poema. Esta novela de Hinojosa con los tonos de poemas, corridos y frases armoniosas no se escapa a la concepción del autor de ver con humor la relación de pareja, un humor que conforme se abren las páginas se torna negro, sombrío, agónico, sin perder el ápice de juego verbal, sin dejar si quiera respiro al lector ante tanta cochinada. Tal vez uno de los libros en que Hinojosa deja más en claro la carga anecdótica, y que lo hace un lector buscado por niños, grandes y ahora parejas de divorciados.

3. Los puentes de Königsberg, David Toscana (Alfaguara, 2009)
La ciudad de Monterrey y la de Königsberg son la estrategia en que tiende Toscana los puentes, sin revelar secretos, sólo en tono presencial, además de la desaparición de seis niñas en una urbe que crecía, y con ella buscaba convivir con sus fantasmas. Un actor y su amigo, y un polaco, un niño, la maestra, ilustradora de la Segunda Guerra Mundial, conviven y mitifican las posibilidades de una invasión en la cual tales personajes se vuelven prisioneros, y no alcanzan a llegar a la trinchera, y todo es parte de un carnaval por calles de la ciudad o a metros de la presa La Boca, con las botellas vacías (símil con las desaparecidas), con un lenguaje que seduce por lapsos, y por otros se torna asfixiante, entrecortado, como alistándose para la invasión a Monterrey.

2. Aparta de mí este cáliz, Luis Humberto Crosthwaite (Tusquets Editores)

Los mitos son la neta en Luis Humberto, quien balancea el cometido de que en los límites del país las fronteras se borran y hasta la mera Tijuana llega Jesús. Las atmósferas que recrean una llegada son hilarantes y con un lenguaje bien tratado (sacro, pulcro e impulcro), la cual por lo mismo se torna explosiva con todo y los aspavientos de una sociedad asfixiada, en donde se cumple a la perfección por qué el Evangelio es enseñanza, dicha; sinfonía en que el autor se recrea para no dejar pasar una página sin reiterar que el ser humano nunca obviará sus defectos. Así es la literatura de Crosthwaite, desmitificadora, arrabalera y en los planos del humor, que se extingue hasta alcanzar sus mejores estrategias, que es la simpatía por el demonio y sus lectores.

1. Firmado con un klínex, Élmer Mendoza (Tusquets Editores)

Los disparos al lector son contundentes y las esquirlas fulminantes, en un regodeo con el sexo, drogas, muerte y algo de rock and roll. Mendoza es el autor que nos deja este año un libro extraordinario de cuentos que se van rápido, tanto que para cuando acordamos ya estamos regresando a algunos de ellos, lo que me pasó con “Cuerpo”, ese atento despliegue visceral de una Miss Sinaloa con todo y su atractivo en aras del poder que se acerca vestido de traje Armani casual, esclava de diamantes, botas de piel de avestruz mientras la dama espera, casi a ritmo de narcocorrido, o con el entramado en que conviven más que autores, sus frases, aunque no se pone pero a personajes como Arturo Pérez-Reverte, Eduardo Antonio Parra, Rubem Fonseca, Juan José Rodríguez, Alfonso Orejel, David Toscana, Paco Ignacio Taibo II o Luis Humberto Crosthwaite; hablo de “Fiesta”, lo cual nos hace llevarla en paz hasta abrir “La decisión”, “Postal para Diego Luna” (un homenaje a las tomas de cine), “Gard”, “Ytsé”, “Rompecabezas”, “La secta de Gutenberg”, la trama policiaca que da título al libro hasta esa maravilla llamada “Plop”, donde nos da cuenta de lo fugaz, y que la vida se puede ir en un cuento.