19/Enero/2014
Reforma
Silvia Isabel Gámez, Beatriz De León, Maricarmen Vergara y Jorge Ricardo
Convocados con motivo del 80 aniversario de Gabriel Zaid, 18 intelectuales explican cuál es el punto más destacable de su obra.
Despertador de conciencias
Juan Domingo Argüelles
Gabriel
Zaid es poeta, es ensayista literario, es antólogo (que es una forma de
hacer crítica literaria), es un divulgador y un promotor de la lectura
como pocos, pero lo que más me importa de Zaid (en donde confluye quizá
todo lo anterior) es su pensamiento despierto y su capacidad de hacer
pensar a los lectores. Junto con ello, es un escritor que no rinde
pleitesía a la fama ni a las vanidades del medio literario y cultural,
lo cual es admirable, porque todos los que estamos en este medio, de una
u otra forma, acabamos enrolados en lo mismo: la vanidad de la figura
pública, la arrogancia de la imagen propia por encima de la verdadera
obra. (A veces lo que hay es imagen y ninguna obra. Y esta imagen cree
la gente que es el escritor.)
Lo admirable en Zaid es que
predique con el ejemplo o que, más bien, haga lo que predica. En un
medio tan lleno de vanidades dedicadas a cultivar la fama, Zaid es un
ave rara; un escritor que establece el diálogo a través de sus libros y
no a través de sus declaraciones. Borges dijo que quizá las opiniones
sean lo más superficial de todo escritor, pero advertía también que si
uno prescindía de sus opiniones sería imposible conversar. Lo malo de
las opiniones es que acaban por ocultar al escritor, y todo termina en
cháchara vacía.
Creo que en este sentido, Zaid ha obrado con gran
sabiduría y con una congruencia increíble: lo que vale de un escritor
es lo que escribe, no lo que declara; lo que reflexiona (en un ejercicio
de meditación y análisis), no lo que opina en un arranque de confianza y
amor propio. Zaid es un crítico radical de la cultura y de la sociedad,
y por ello mismo se ha impuesto una autocrítica radical. Leerlo es
animarnos a la reflexión, y desanimarnos a esa forma superficial de la
cultura literaria que consiste en opinar sobre todo, sobre cualquier
cosa y sobre todo lo demás. Carlos Monsiváis fue el exceso supremo de
esta cultura, incluso a su pesar, porque cuando ya se ha formado alguien
un perfil y se ha convertido en "un personaje", importa más el
personaje que el escritor.
En el caso de Zaid, siempre importa más el escritor que está en sus libros: Reloj de sol , Los demasiados libros , La economía presidencial , El progreso improductivo
, etcétera. Nunca lleva su presencia a una actividad literaria (mucho
menos a algún homenaje que se haga a iniciativa de sus admiradores y
amigos) porque él sabe, y lo ha escrito, que en una actividad literaria
lo que importa es la actividad y no la literatura.
Podría decir
mucho más al respecto, pero lo mejor es abreviar: Zaid es un despertador
de conciencias, un admirable pensador socrático, un escritor imposible
(es la verdad) en cualquier medio literario de cualquier país del mundo.
Precisión erudita, ironía tranquila
Gilles Bataillon
Descubrí a Gabriel Zaid en la década de 1980 a través de libros y artículos de naturaleza muy disímbola. Se trata de Ómnibus
de la poesía mexicana, Cómo leer en bicicleta, El progreso
improductivo, Colegas enemigos, una lectura de la tragedia salvadoreña
. Ya fuera en el terreno de la poesía, de la economía o de la crítica
política, su escritura se caracterizaba por una mezcla de precisión
erudita y de ironía tranquila. En aquellos años no abundaban las
antologías literarias que reunieran textos provenientes de horizontes
tan diversos como aquellos que aparecen en el Ómnibus . Raros eran también los autores que describían minuciosamente los impasses
del desarrollo estabilizador, del presidencialismo faraónico o de los
juegos sangrientos de la disputa por el poder en América Central.
Existía
en él un temperamento democrático preocupado por la existencia de
pruebas y la constatación a través de la experiencia práctica. Zaid se
reía del poder y mostraba sus limitaciones e incompetencias, así se
tratara de escritores o de economistas, del presidente de la república o
de algún guerrillero que aspiraba a convertirse en éste. Era el hombre
capaz de asentar los razonamientos más sutiles en el sentido común o la
experiencia compartida de una lectura, un encuentro, una conversación.
Treinta
años después, sigue siendo el mismo a pesar del reconocimiento por su
obra, e incluso parece haber afinado su sentido democrático. En épocas
recientes identificó mejor que muchos las potencialidades de Wikipedia
como un espacio en el que lectores y autores interactúan críticamente.
De la misma forma, Zaid se propuso extender su público y escribir no
sólo para los grandes periódicos y revistas, sino también en la prensa
popular. Sus artículos en la revista Contenido abordan a la vez con seriedad e irreverencia temas políticos o literarios de fondo, de los que había escrito en libros como La economía presidencial y El secreto de la fama .
Interlocutor indispensable
Marco Antonio Campos
Tendría
que decir dos aspectos: su poesía, que es breve, leve, pero que tiene
una carga de dinamita. Y su revisión crítica de la cultura en México.
Gabriel Zaid es de una honestidad granítica que sería bueno que también
tuviera la derecha liberal. Se puede estar o no de acuerdo con él,
compartir o no una ideología, pero ha sido un interlocutor indispensable
en el medio literario y cultural en general. No cabe más que
felicitarlo en sus 80 lúcidos años.
Pasión por las ideas
Adolfo Castañón
En
Gabriel Zaid germina, florece y se vuelve a hacer semilla el amor
intelectual, la pasión por las ideas, la capacidad invariablemente
renovada de reinventar el sentido común, el júbilo edificante y la
alegría de la crítica política, literaria y cultural.
No es fácil
definir a un escritor, poeta y pensador tan completo y al que no sólo
le debemos tanto sino al que en cierto modo nos urge redescubrir. Se da
en Gabriel Zaid una renovada epifanía poética, crítica, civil, sobre
todo porque es un lector en el que convergen diversos oficios de la
lectura cuyo común denominador es la lucidez y la veracidad.
El ensayista, el poeta
José de la Colina
Me
interesa como ensayista, que es excelente, es uno de los ensayistas que
sí entienden muy bien el género; ese género que, decía Alfonso Reyes,
es un género centauro, es decir, que puede ser muchos géneros al mismo
tiempo. Pero en fin, creo que es un excelente ensayista que además ha
introducido al género literario una serie de temas como la economía,
como la administración de empresas, temas de los que la literatura, para
ser pura, no debería de contaminarse. Creo que lo magnífico es que él
ha mantenido una gran parte del mundo en su obra ensayística.
En
cuanto al poeta, me parece un poeta cuyo único defecto es su parquedad,
parquedad no tanto porque no esté publicando poemas de cuando en cuando,
sino porque no hace poemas retóricos, no hace poemas gordos, digamos
que hace poemas delgados, esbeltos y eso me parece extraordinario porque
hay una especie de inflación de lo lírico en muchos poetas (no daré
nombres para que nadie se moleste), pero me parece eso extraordinario.
Es un querido amigo y tengo una gran admiración por él.
Somos del mismo año, y somos muy coetáneos, espero que también seamos contemporáneos, aunque él va muy por delante en todo.
El optimismo práctico
Christopher Domínguez Michael
Reviso
lo que he escrito en los últimos años sobre Gabriel Zaid y confirmo
siempre mi desacuerdo con aquello dicho por Paz en el sentido de que es
un tradicionalista. No, no hay en Zaid ninguna condena del mundo
moderno. Me interesa más, ya que estamos en Paz, su comparación entre
Cuesta y Zaid, poetas tan distintos, pero ambos poetas-pensadores. Hay
en Zaid un optimismo práctico, quizá evangélico, que encuentra en las
manías reaccionarias a veces en la izquierda, a veces en la derecha.
¿Anarquista conservador? No lo creo, aunque he llegado a pensarlo. Es un
optimista práctico interesado en una ciudad de Dios muy distinta a la
de Agustín de Hipona: hay que rediseñar permanentemente nuestra vida
pública.
"En el pensamiento de Zaid", escribía yo en mi Diccionario crítico de la literatura mexicana
, "como en todo pensamiento complejo y más aun en aquel que se quiere
simple, hay un drama sin solución dramática. En su renuncia conceptual a
imponer un sistema hay una profunda necesidad utópica y al ofrecer
soluciones prácticas a problemas complejos, Zaid puede acertar mil veces
y, sin embargo, quedar como un utopista cuyos pequeños diseños aspiran a
una inmensa ingeniería social que en apariencia no es de este mundo".
Ahora
que Zaid cumple 80 años, me gustaría enfatizar en su creencia católica
de que la gracia y el libre albedrío colaboraban felizmente en la
cotidiana divinidad de lo humano. Claro, a Zaid no le tocó hablar desde
el púlpito ni desde la tribuna política, sino desde la literatura, la
única posición en la cual el mundo contemporáneo podía garantizar su
libertad: estoy seguro que casi todos sus ensayos se cuentan entre lo
más original que se ha escrito en México. Por eso lo conocen y lo leen
en España o en Estados Unidos y en varios países de América Latina,
desde hace muchos años. Es el original ante el Altísimo y creo que no
escogería ninguno de sus libros para irme a la isla desierta.
Acostumbrado como estoy a desfondar maletas por exceso de libros, me
llevaría sus Obras completas .
Sorpresa constante
Luis González de Alba
La
constante sorpresa en lo que Gabriel Zaid dice, el ángulo que no se me
había ocurrido, el vislumbre de una nueva forma de ver algo ya conocido,
clasificado y así urgido de reclasificar. ¿Y por qué? Por eso mismo.
Pensar, leer, conversar
Teodoro González de León
Conozco
a Gabriel Zaid hace más de medio siglo y creo que he leído todos sus
libros, siempre me sorprende. Piensa distinto –comentario que compartí
con Octavio Paz– en cualquier tema que aborda: la historia, la
filosofía, la literatura, la poesía, la lectura, la educación, el poder,
la cultura, el progreso, los pobres, la izquierda, la conversación, los
libros, los títulos profesionales, la economía.
Los aborda con
rigor, con humor y seriedad, siempre con el gozo de escribir juegos
matemático-literarios con los que desmonta las ideas hechas, no pensadas
y, a veces, hace poemas concretos.
Gabriel Zaid cree
profundamente en la lectura como manera de ser, como formación, y en la
conversación, que es otra forma de lectura y de formación, que
afortunadamente compartimos él y yo.
Cierro este breve testimonio con la misma frase que termina un largo ensayo suyo sobre los libros: leer no sirve para nada, es un vicio, una felicidad .
Autor de haceres
Julio Hubard
Su
peculiarísimo optimismo de la estirpe de Erasmo, inquebrantable incluso
ante la catástrofe (en su Apocalipsis, las almas se elevan bailando un
danzón, antes que sucumbir al Dies irae ). Y es optimismo como
actividad, labor, no complacencia: viene del oficio de ver, observar,
escrutar hasta que las cosas se miren como si fuera la primera vez,
recién nacido el mundo y Zaid con él. Y este poeta de la luz primera es
el mismo ensayista que se sienta a hacer las cuentas del informe
presidencial y no se queda con la verborrea del presidente; el mismo
intelectual que se puso a revisar las finanzas y el capital de los
pobres para descubrir que lo importante es la proporción humana de las
cosas y no su dimensión... Y en eso es único, porque se juntan dos cosas
que no salieron del todo bien hace tres siglos: el poeta de verdad
poeta (que escaseó en el XVIII) y el ilustrado que tiene el valor de
pensar por cuenta propia. Es prácticamente inmune a las ideologías de
militancia. Me admira cómo recurre –como quien señala una evidencia– al
vínculo entre poesía y práctica. No es un autor de saberes sino de
haceres (un caso raro en la civilización de lengua española: alguien que
concibe la riqueza no como lo que tiene, sino como lo que hace). Y si
bien la amplitud de su cultura es apantallante, jamás le ha interesado
mercar con saberes sino con la actividad de pensar lo que dice y lo que
escucha, lo que lee, lo que escribe. Y, encima, con prosa y prosodia
envidiables. Es lo contrario del que ha leído todos los libros. Jamás lo
hemos visto ceder al ennui, al tedio ni a las lamentaciones. Ni
siquiera ante los desastres morales, políticos, económicos.
Repito lo que me dijo una vez Hugo Hiriart: nunca he leído a Zaid sin aprender algo nuevo.
Claridad, precisión y puntería
Ruy Pérez Tamayo
Así
que Gabriel Zaid está cumpliendo sus primeros 80 años. Menuda noticia,
porque a juzgar por la beligerancia y la claridad de sus escritos uno
diría que se trata de un joven estudiante, un poco impaciente con la
realidad que lo rodea, a la que diseca con su afilado bisturí racional
sin importarle que le duela un poco y que a veces hasta pierda algo de
sangre. Conozco a Gabriel desde hace muchos años, y siempre ha sido
gentil, afectuoso y muy discreto en su trato personal, aunque
últimamente nos vemos poco porque ya no asiste ni a El Colegio Nacional
ni a la Academia Mexicana de la Lengua, en donde antes coincidíamos.
Pero sigo estando cerca de él porque soy uno de sus lectores más fieles y
poseo todos sus libros, que consulto con frecuencia para confirmar que
me convence y estoy de acuerdo con mucho de lo que dice, y que no estoy
de acuerdo cuando ataca a las universidades, y en especial a la UNAM.
Acepto y me duelen algunas de sus críticas, porque reconozco que a veces
(pocas) tiene razón, pero en cambio la mayor parte de sus acusaciones
generalizan de manera injusta a esas instituciones, una de cuyas
características sobresalientes es su heterogeneidad.
Lo que más
me atrae de la obra de Gabriel es su generalidad, su amplitud, su
dominio de una amplísima variedad de temas, siempre vistos en forma
objetiva y con gran perspicacia. Nos habla de cultura, de educación, de
economía, de política, de sociología, de literatura, de moral, y de
muchos otros temas, siempre con la misma claridad, precisión y puntería.
Sus textos son breves y concisos, alejados de la verborrea tan común en
muchos escritores, y en sus líneas siempre se distingue una estructura
lógica y bien ordenada.
¡Felicidades, Gabriel, y que sigas compartiendo tu sabiduría y tu visión de nuestra realidad durante muchos años más!
Hacerse oír
Víctor Hugo Piña Williams
El
aspecto que me interesa en la obra de Gabriel Zaid es la cabalmente
trabada y dinamógena articulación de sus aspectos plurales. Por ejemplo,
la aventura verbal de su poesía, cursada en el recato de lo íntimo
imposible, fruiciosamente imposible, y su abrazo armónico con la
aventura pesquisitoria de la tasación de la poesía como parte de una
improbable hacienda pública. O, asimismo, la articulación de lo
invisible con lo audible en la comparecencia intelectual genuina,
aquella que se centra y concentra en los asuntos de la sociedad y del
bien común. Según ese oriente, Zaid escribe para hacerse oír, no para
dejarse ver. Y en este movimiento poderosamente articulatorio, su prosa
constituye la pieza de engarce eficiente y generatriz. La notable
facultad suasoria de su escritura procede en forma importante de su
excepcional pragmática argumentativa (no pocas veces demoledora) en la
que se aprecian no sólo las pinzas agudísimas de la lógica, sino una
especie de poética de la coordinación, yuxtaposición y subordinación
oracional. Una poética de la articulación. ¿Una artización?
Un autor en su obra
Elena Poniatowska
Creo
que nadie ha hecho más por la cultura en México y por que los mexicanos
lean que Gabriel Zaid, y además es un gran poeta y un gran ensayista
fuera de serie, yo lo aprecio de igual manera. Lo quiero mucho a él y a
su mujer. Creo que es el más inteligente de los intelectuales mexicanos
de la actualidad.
Nunca se ha dejado ver, y eso me parece de una
gran sabiduría, dijo que no lo haría y lo ha cumplido a carta cabal, a
él lo tenemos que buscar en su obra, no en la sección de sociales de los
periódicos.
Claridad y transparencia
Francisco Prieto
Si
la poesía de Gabriel Zaid es luz: luz de la tristeza, de la belleza del
mundo, luz del acatamiento de la experiencia que nos forma, a veces esa
luz se suelta "como el Espíritu fiel sobre las aguas". Así, la obra
ensayística del poeta ilumina la realidad cotidiana sometiéndola a ese
sentido que reunifica todos los sentidos: el común que en épocas aciagas
escapa al común de los hombres. En la claridad conquistada por Zaid
desde su compromiso con el rigor y la autenticidad, la pasión de
confrontar, emergen los valores últimos que nos dan la experiencia de
comunidad: el bien que apacigua nuestra alma, la verdad que nos confirma
como seres que en temor y temblor dejaron atrás a la bestia primitiva,
la búsqueda de la unidad que subyace a todo lo que es y el resplandor
del ser que es la belleza y reconcilia en un haz de tonalidades la lucha
sin fin de los contrarios.
No puedo escindir la poesía de Zaid
de su pensamiento. Ambos tienen en común la pasión por iluminar el caos
aparente. Su experiencia poética dominante es la luz que da sentido a
todo lo que es, que por ella es. Si su poesía hace renacer en mí el amor
a la vida, su pensamiento me hace presente que no todo está perdido
puesto que cultos e incultos en su cercanía nos reconocemos en una
naturaleza común.
Luminoso y crítico
Vicente Rojo
Gabriel Zaid nos enseñó (entre otros importantes ejercicios) a leer en bicicleta.
Poeta
luminoso ("La luz final que habrá/ ganado lo perdido.// La luz que va
guardando/ las ruinas del olvido.// La Luz con su rebaño de mármol
abatido"), poeta perturbador en su brevedad (cada vez que publica una
recolección de sus poemas en libros, ésta es menor que la anterior). Y
poeta secreto, porque cada uno de sus poemas, como en toda la gran
poesía, esconde el misterio de nuestra lectura, en la que encontramos el
propio reloj de sol.
Y un ensayista y crítico original con sus
pares. Y feroz (y exacto) con la vida cultural y también con la política
en la que estamos inmersos y que no nos merecemos.
Obra estimulante
Enrique Serna
La
obra de Gabriel Zaid es una de las rarezas más estimulantes de la
literatura mexicana contemporánea. Lo califico de raro en el sentido que
esta palabra tenía para los escritores del Siglo de Oro español, cuando
se apreciaba, por encima de todo, el carácter anómalo del talento, su
involuntaria singularidad. La rareza de su poesía, un género que ha
cultivado a cuentagotas, quizá por un exceso de rigor, consiste en
retratar el vértigo de la modernidad con una lucidez relampagueante, sin
transigir con su compulsión autodestructiva, que el poeta observa desde
una atalaya irónica.
En Sonetos y canciones , el último
recuento de poemas que ha publicado hasta hoy (El Tucán de Virginia,
2011), recicla una forma clásica, el soneto, despojándola de su carácter
intemporal, para reinsertarla, monda como una osamenta, en la
"eternidad fugitiva" de nuestra época, una época en que las experiencias
cruciales de la vida (el amor, la muerte, el arrobo frente a la
belleza) se evaporan sin dejar huella en las conciencias embotadas por
el ruido.
En la segunda parte del libro, Zaid reinventa en
lengua española las canciones de Vidyapati (uno de los poetas más
aclamados de la antigua lírica popular hindú), con una orfebrería
voluptuosa y una fidelidad al lenguaje de la pasión, que recuerdan, por
momentos, la paráfrasis del Cantar de los Cantares que le costó
seis años de cárcel a Fray Luis de León. Como ensayista, Zaid ha
conquistado merecidamente una legión de lectores. Su poesía es mucho
menos conocida, pero le depara una ebriedad permanente a los lectores
creativos que lo sigan por ese camino.
La lealtad de Gabriel Zaid
Jesús Silva-Herzog Márquez
Vicente
Lombardo Toledano y Manuel Gómez Morin equivocaron el impulso. Para
Gabriel Zaid la vida pública en México habría encontrado mejor estímulo
si esos hombres hubieran creado revistas en lugar de haber fundado
partidos políticos. A ambos los perdió la idolatría política: la
creencia de que las cosas se cambian si se trepa a la cima. Araron en el
mar del autoritarismo. Su genio se perdió en burocracias inservibles
durante décadas. Y en lugar de darnos versiones mexicanas del New Statesman o del Economist , sostuvieron la imagen de competencia en un régimen de piedra.
Zaid
ha estado libre de esa reverencia política que marcó el siglo XX: esa
pasión desdichada por el poder de la que habló Octavio Paz y que, en
alguna medida, lo atrapó también. ¿No calificó Paz de filantrópico al
Estado mexicano? El hechizo del palacio como epicentro de la historia,
la seducción del mando transformador, la fascinación por la revolución
que lo limpia todo. Nadie entre nosotros ha mantenido con tan firme celo
la independencia frente al poder como Gabriel Zaid. No le ha escrito al
poder, le ha escrito siempre al lector. Su carta a Carlos Fuentes
quedará como uno de los emblemas fundamentales del compromiso
intelectual en el siglo XX mexicano.
Esa ha sido su lealtad desde
el primer momento. Esa confianza de encontrar hoy o mañana un lector
atento, inteligente. Para Zaid, la letra impresa, la música, el teatro
son obras públicas tan importantes como lo son las calles, el alumbrado,
los puentes o las presas. Por eso ha visto en la crítica de Cosío
Villegas, en las empresas editoriales, en los corridos la
infraestructura milagrosa de esa conversación que hace más habitable el
mundo. La cultura es una fiesta cuyo sentido es el asombro, el
descubrimiento, las ganas de vivir, la pasión por comprender, la
inspiración, atisbos de plenitud. Una conversación que es una fiesta. No
importa si uno es culto, dice Zaid. No importa si uno ha leído mucho o
poco: lo que cuenta es "cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa después
de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen
algo que decirnos. Si leer nos hace físicamente más reales".
La
lealtad de Zaid es gozosa y risueña, sabia y juguetona. Ensaya con
máquinas verbales, aforismos, parodias. Su fidelidad es también
venenosa. Contra "la fauna parasitaria de la cultura" ha lanzado dardos
letales. La fiesta encuentra en burocracias y camarillas intelectuales a
sus peores enemigos. Es la convicción de que hay que cultivar un
público exigente, que al lector no se le adula, que hay que abrir en
México un espacio para la verdad.
Ingeniería luminosa
Minerva Margarita Villarreal
Gabriel
Zaid es una de las voces imprescindibles de la literatura mexicana. Con
una capacidad extrema de contemplar la complejidad con agudeza, desde
la lírica intensidad, hace de la poesía un conocimiento alado, que
indaga la libertad a la velocidad del vuelo, del nado, del camino
trazado como canción y ética para alcanzar, nombrándolos, distintos
planos de la vida.
Su poesía tiene la cualidad de la
transparencia. Se adentra en el viento y el agua con la certeza de que,
sean tierra o mar los atisbos del viaje, siempre llegará al fondo o nos
llevará a las alturas, porque la empresa de sus hallazgos proviene de la
fe, y su inteligencia está puesta en esta etérea llama, con todas las
implicaciones que de tal hecho derivan. De ahí que sus profundidades
puedan revelarse en la pulcra concisión de la imagen.
Como vemos,
paralela a la criba y reelaboración de versos y poemas, hay en su obra
una permanente e ingeniosa lectura reflexiva del entorno, que, como
paisaje, nos contiene y observa, mientras nosotros, ¿lo contenemos?, ¿lo
observamos?
Porque no sólo de pensamiento crítico vive el
hombre. Y mucho menos el poeta, que puede encontrar, en el ojo mismo de
la razón, la sinrazón que llama, la sinrazón que obliga, la sinrazón que
anuncia.
La poesía de Gabriel Zaid se pone a sí misma en duda. ¿No es éste un paso definitivo hacia la grandeza?
El viñedo de Zaid
Juan Villoro
En su libro En el viñedo del texto
, Ivan Illich se ocupó de la creación del libro en el siglo XII, con
páginas, títulos, índice y puntos y aparte. En el Renacimiento la
imprenta multiplicó ese invento. Ahora, con el libro electrónico y las
redes sociales, se anuncia un horizonte cuyos alcances ignoramos.
La
etimología de "página" proviene de "viñedo". La lectura es una forma de
la cosecha. Gabriel Zaid cumple 80 años como custodio de ese viñedo. No
es casual que compare la creación de una editorial con plantar un
olivo.
En Los demasiados libros , aborda el temor
reverencial que algunos padecen ante la abundancia de textos y la
superstición de otros por coleccionarlos para fingir sabiduría. Con
sensatez, propone un tipo de lectura asequible para todos: "La cultura
es conversación [...] Una conversación que nace, como debe ser, de la
tertulia local; pero que se abre, como debe ser, a todos los lugares y a
todos los tiempos".
Introducir un libro en la conversación
produce un efecto superior al de cualquier publicidad. No hay nada más
viral que el comentario de un amigo.
Esto no significa que todos
deban participar en la misma plática. La economía del libro es de escala
reducida. Un título que vende tres mil ejemplares se paga a sí mismo y
deja ganancia. En cambio, una película con ese número de espectadores es
un desastre.
Aunque los lectores de un best-seller se
cuenten por millones, lo que define al hecho cultural es la diversidad
de pequeños públicos. Entender esto es un antídoto contra la crisis.
"El
aburrimiento es la negación de la cultura", escribe Zaid. El organismo
puede vivir sin distracciones, pero el arte revela una urgencia ajena a
la biología y la economía: "Lo innecesario es la necesidad que integra
todas las demás". De pronto necesitamos salir de nosotros mismos y un
destino ideal es el libro que, paradójicamente, nos hace "más reales".
Cartógrafo de la letra, Zaid ha analizado con ironía las costumbres lectoras (Cómo leer en bicicleta ), la relación de los textos con la política (De los libros al poder ) y los milagros que se producen al pasar las páginas (Leer ).
Imposible saber cómo se leerá en el ignorado porvenir. En nuestro tiempo, Zaid cuida los brotes del jardín.
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