sábado, 10 de diciembre de 2011

¿De qué sirve leer?

10/Diciembre/2011
Laberinto
David Toscana

Cada vez batallo más para responder a esa pregunta. A veces pienso que los lectores somos proselitistas a la manera de los testigos de algún dios. No es que toquemos la puerta a horas inoportunas del domingo, pero sí nos gusta atraer gente a nuestro redil.

Descubrimos algo maravilloso y queremos por las buenas o por la fuerza compartirlo con otras personas.

Ahora que en la vida se busca algo llamado éxito, es difícil encajar la lectura en este propósito. Anda, hijo, diría un padre. Lee para que seas alguien en la vida.

Pero el niño ve otras cosas en el mundo. Sabe que se puede llegar a la presidencia del país más poderoso del mundo con apenas saber deletrear. Mucho menos falta hace conocer los clásicos. ¿Poesía? ¿Para qué?

Sabe que a la presidencia de México se llega sin leer a nuestros autores y sin siquiera saber pronunciar sus nombres.

A lo más que llega un buen lector es a escribir los discursos de estos ignaros.

Los actores, los cantantes de moda, están al nivel de un mocoso de primaria. ¿Quién fue la que hace unos años mostró su pequeñez mental ante Juan José Arreola?

Por ahí había una campaña que aseguraba que leer nos hacía mejores. ¿En qué sentido? Obviamente no en el moral. Mis amigos lectores, como diría Joan Manuel Serrat, son unos atorrantes, se exhiben sin pudor, beben a morro, se pasan las consignas por el forro, palpan a las damas el trasero, hacen en los lavabos agujeros y les echan a patadas de las fiestas.

Hitler era un lector. Los nazis eran gente cultivada. El mismo George Steiner dijo así: “Sabemos que un hombre puede leer a Goethe o a Rilke por la noche, que puede tocar a Bach o a Schubert, e ir por la mañana a su trabajo en Auschwitz”.

¿Leer nos hace felices? Por supuesto que no. Los espíritus más sosegados son los ignorantes. En la ignorancia se hacen pocas preguntas. No se tiene la dignidad en un concepto muy elevado. Quien tiene la mente en blanco queda contento con pan y circo.

La lectura sólo es necesaria para el lector. A él lo puede volver infeliz la falta momentánea de un libro.

Leer ni siquiera mejora el carácter. Los lectores suelen ser cascarrabias, seres próximos a la amargura. Quejumbrosos. Nunca se explican por qué sus jefes son tan incompetentes. Les aburre platicar con el vecino, con los cuñados. Las reuniones familiares son una cruz. Sólo se sienten a gusto con los de su misma especie.

¿De qué sirve leer? Es una pregunta que no se hace el amante de los libros. Dejemos que la hagan los iletrados a sus maestros también iletrados. Que el gobierno siga organizando falsas campañas con argumentos huecos, y que invite a futbolistas analfabetos para promoverlas.

Quizá leer sirva de algo o tal vez sea inútil. Hoy no estoy para argumentos. Pero tan pronto ponga el punto final a este texto, me daré la vuelta hacia mi librero. En el segundo estante de abajo para arriba, casi pegado a la pared, entre Las puertas del paraíso y La lección de lengua muerta, coloqué ayer un libro. Es una antología de cuento polaco.

Y ya me anda por encajarle el diente.

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