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viernes, 10 de mayo de 2013

Una generación inexistente (II)

29/Abril/2013
emeequis
Tryno Maldonado

“La mía se trata de una generación que
apenas se lee y que se insulta muchísimo”
Pablo Raphael

En su columna semanal del diario Milenio, Heriberto Yépez abordó y amplió el tema de mi anterior entrega: el grupo de narradores mexicanos que nacimos a partir de 1970. Aquí puede leerse. El texto de Heriberto coincidió con mi lectura en días recientes de otro autor que ha abordado con mayor amplitud el tema: Pablo Raphael, en su ensayo La fábrica del lenguaje, S.A. Se trata de dos visiones distintas, a veces divergentes y hasta opuestas. Pero ambas, a su modo, igualmente provocadoras e interesantes. Veamos.
Estoy de acuerdo desde hace tiempo con muchos de los argumentos de Heriberto respecto a éste y otros temas. En otros no tanto. Pero en concreto, su lectura esta vez me ha hecho replantearme la idea central de todo este asunto: la validez o pertinencia del concepto de generación del que yo había partido desde que coordiné la antología Grandes hits, Vol. 1 como editor de Almadía en 2008. Pienso ahora que tal vez valdría la pena arrancar un nuevo ejercicio prescindiendo o generando un nuevo concepto (o una nueva forma de leer retando al canon) para abordar la obra de estos y otros autores.
Es verdad que la noción de “generación” es insuficiente o inoperante para tratar de explicar a los más recientes autores y autoras mexicanos. De inicio porque la propia idea de generación es excluyente y elitista, como nuestra propia literatura. Aunque en mi anterior texto afirmo que ésta es una generación sin jerarquías ni patriarcas, para Heriberto mi propia elección del concepto es de por sí contradictoria. Pretender dar orden a un grupo de individuos que toman la estafeta dentro de una tradición ya implica tácitamente un orden vetusto, vertical y jerárquico que busca revalidar ese mismo coto y mecanismos de poder. Cierto. Y hay que reconocer también que pensar en términos de generaciones es muy cómodo, perezoso. Pero es que hasta hoy, nuestros críticos no han hecho su trabajo más allá de reforzar y privilegiar muchas veces los viejos usos y costumbres de una élite que antes solía llamarse la República de las Letras. Excluir. Tender alianzas. Paradójicamente, hemos sido los propios autores de esta no-generación quienes, bien que mal, hemos tomado el toro por los cuernos. Pero valdría la pena cuestionarnos la forma en que elegimos-excluimos nuestras lecturas-afinidades y cómo y por qué es que leemos lo que leemos al momento de elaborar listas y antologías.
El concepto de generación suele aplicarse dentro de estructuras sociales relativamente estáticas y patriarcales, gerontocráticas. Funciona para describir cómo los miembros menores van asumiendo los roles y el poder de los mayores, cómo van reproduciendo las estructuras sociales y las relaciones de poder. Cuando aparece un fenómeno inédito dentro de esas estructuras, es normal que se le excluya por sistema, que cause fricción, que incomode, que los individuos involucrados lo nieguen y hasta muestren posturas encontradas.
Tanto Heriberto Yépez (Tijuana, 1975) como Pablo Raphael (Colima, 1970) —igual que muchos de los autores de esta no-generación— son reacios a identificarse como colectividad dentro de aquel viejo concepto de generación gassetiano. Es comprensible. Es Pablo Raphael quien, a partir de la figura retórica del oxímoron para describir la naturaleza contradictoria de estos autores y autoras, se anima a ir más allá y se aventura a proponer un concepto alternativo al de generación. Lo llama nubes.
El modelo de Bohr para describir el comportamiento de las partículas atómicas tanto como el concepto de nube de electrones, contemplan movimiento, inestabilidad, atracción, afinidad, fricciones, centro, márgenes. Un símil más o menos adecuado para describir lo que sucede con este grupo de nuevos autores. Dice Pablo:
“Las nubes son una masa visible, se forman de partículas independientes, las nubes migran, mutan y desaparecen, flotan. (…) Las nubes tienen una relación directa con lo que sucede abajo pero en apariencia son independientes. (…) En mi generación, ya lo dice la Wikipedia, existen nubes demasiado gruesas o densas para que la luz las atraviese. El pensamiento de nuestras nubes es un pensamiento contradictorio. La fragmentación hace imposible que se produzcan escuelas o tendencias. El individualismo hace que se multipliquen los gustos”.
A partir de una serie de cuestionarios que nos hiciera a varios autores de esta no-generación, Pablo Raphael publicó un artículo para la revista catalana Quimera en 2007. Con el tiempo, el texto creció hasta convertirse en el libro La fábrica del lenguaje, S.A. (Anagrama, 2011). Además del argumento de lo contradictorio de la no-generación de la que escribe Pablo (llamada a lo largo del libro indistintamente Generación Inexistente vía Jaime Mesa o Generación Atari vía mi novela Temporada de caza para el león negro), esgrime la tesis aún más controvertible de que, en su gran mayoría, a los que se refiere en dicho ensayo son/somos “autores neoliberales”. No estoy de acuerdo, pero Pablo, provocador, va desgranando así sus argumentos:
“El neoliberalismo apostaba por la descentralización y desde entonces la periferia fue reclamando su espacio. (…) El neoliberalismo creía en las libertades individuales por encima del bienestar social y desde entonces el menú literario es tan amplio como una carta de McDonald’s. Se acabaron las corrientes y los estilos compartidos. (…) El neoliberalismo cala hondamente en los apologistas del resentimiento. Es su objeto odiado, el grito de batalla al que dirigen todo el enojo, pero también es su sitio de confort. (…) El neoliberalismo simula maquetas. Hace confortable la protesta, se moviliza siempre que sea en el espacio de la red, en el activismo online, en la militancia de café, en la pasividad de quien apuesta a que todo permanezca, para que la queja eterna también perdure. (…) Somos neoliberales muy a nuestro pesar. Por eso quizá la idea de generación se puede sustituir poco a poco por la idea de ‘nubes’”.
Pero hay algo que ni a Heriberto ni a Pablo, a pesar de discrepar a la hora de abordar el tema, se les escapa al criticar el elitismo del viejo molde de la antes llamada República de las Letras y de esta no-generación: nuestros nuevos escritores son en, su gran mayoría, niños privilegiados. Criados y educados en el centro. Autores que han heredado o creado alianzas de poder. Blancos. Criollos. Varones en buen porcentaje. Hijos de inmigrantes. Con capitales simbólicos, pecuniarios y culturales. “La República de las Letras exilia a los indios de México”, dice Pablo Raphael. Pero no sólo a los indios, sino a todas las “incontables autorías que no pertenecen a los círculos sociales prestigiados”, dice Heriberto. Es una “República de las Letras numéricamente reducida, reconocible, centralizada vía alianzas y, sobre todo, exclusiones. Literatura élite.” Y agrega: “El centro y lo nacional son fantasmas. Pero los grupos dominantes usan el poder institucional y sombra del pasado para mantener la ilusión de una ‘literatura nacional’ simulada por mezcla de penúltimas Autoridades Republicanas y una nueva ‘generación’ de ‘relevo’ en poesía, narrativa y crítica. Para conseguir la ilusión de la legitimidad de esa transmisión de poderes, hoy se hacen reseñas, listas, panoramas, colecciones, dossiers o antologías para persuadir a los lectores de ese nuevo mapa selecto.”
Ortega y Gasset afirma que aquello que mejor ejemplifica la solvencia del concepto de generación es que exista una identidad de tendencias respecto a estos temas, aun en un ámbito tan amplio de divergencias: “Entre sí se pelearán unos contra otros precisamente sobre sus temas y se sentirán antípodas. No habría, en efecto, medio de poner paz sobre la precedencia del todo y las partes, y sin embargo (los debates de los opuestos contemporáneos serán) dos formas de sentir una idea completamente nueva en la historia del pensamiento”.
Que sea éste el pretexto no sólo para comenzar a leernos, sino para leernos de manera crítica.

sábado, 13 de abril de 2013

Una generación inexistente

7/Abril/2013
Emeequis
Tryno Maldonado

La generación a la que pertenezco forma parte de lo que suele llamarse un bono demográfico. Nunca antes existió en México una fuerza creativa y laboral tan grande como la que se está desperdiciando sin remedio por múltiples factores, entre ellos, la falta de crecimiento económico sostenido y la violencia desatada que ha tomado como carne de cañón principalmente a los jóvenes. La mía es, además, una generación a la que su país y el partido hegemónico en el poder (el PRI) han criado a base de grandes dosis de mentira, represión, censura, corrupción y retórica hueca. Ese mismo partido de Estado le prometió a esta generación las virtudes supuestamente lenitivas y purificadoras del neoliberalismo durante los años noventa, las maravillas del primer mundo y de la apertura de los mercados que nos harían vernos más fashion y menos sucios. Pero de eso tampoco hubo nada. Se nos prometió, finalmente, una democracia y una transición del poder ganada por la ciudadanía luego de décadas; pero de eso otro, salvo una sangría que ha dejado más de seis decenas de miles de muertos, tampoco se ve muy claro. ¿Puede entonces hablarse ya de que ésta, la generación más sana y mejor educada en la historia del país, es una generación perdida?
Es sabido que las generaciones de transición dentro de una tradición literaria suelen ser las que, paradójicamente, terminan por aportar los elementos más interesantes a esa misma tradición, hacerla cambiar de rumbo significativamente. Y sucede que, al no haber tenido un evento crucial o una narrativa histórica que les dé sentido y coherencia como generación —no tuvimos un 68, tampoco un movimiento para evitar la reinstauración del PRI como sí lo tuvo la generación del #yosoy132—, la de los nuevos narradores y narradoras mexicanos es, en efecto, una generación de transición.
Al referirme a una “generación”, tomo como corte cronológico los 15 años sugeridos por Ortega y Gasset. Es decir, aquellos autores mexicanos nacidos a partir de 1970 y hasta mediados de los años ochenta. Y tomo como obra inaugural —o de clausura de la generación precedente— la novela La muerte de un instalador de Álvaro Enrigue, publicada en 1996 por el sello Joaquín Mortiz. Hablemos, pues, de aquellos narradores y narradoras dentro de ese margen cronológico que han profesionalizado su escritura y que han conjurado comunidades lectoras gracias a sus carreras, lo significativo de alguna de sus obras, por el número de traducciones, o por haber aparecido en sellos consumados. Me arriesgaré a nombrar unos cuantos.
Alberto Chimal, Juan José Rodríguez, Heriberto Yépez, Yuri Herrera, Guadalupe Nettel, Antonio Ortuño, Carlos Velásquez, Luis Felipe Lomelí, Julián Herbert, Bernardo Esquinca, Valeria Luiselli, Juan José Rodríguez, Emiliano Monge, Rafael Lemus, David Miklos, Bernardo Fernández BEF, Antonio Ramos, Luis Jorge Boone, Brenda Lozano, Daniela Tarazona, Pablo Raphael, Alain Paul Mallard, por nombrar solamente a algunos de los más visibles y corriendo riesgo de ser lapidado por no incluir los nombres de todos.
Salvo los casos de los autores con más tiempo en activo —como Álvaro Enrigue, Alberto Chimal o Fabrizio Mejía Madrid, que pueden ser considerados los autores decanos o parteaguas de esta generación—, se puede hablar de que ésta es la primera generación que comenzó a escribir y a publicar sin la sombra de una figura patriarcal y hegemónica que ejerciera no sólo influencia estética, sino, de hecho, un poder fáctico decisivo. Tomemos en cuenta que cuando Octavio Paz recibía el Nobel los más viejos de esta generación estaban cumpliendo los 20 años y los más jóvenes cursaban apenas la primaria o el preescolar.
Para esta generación, a diferencia de la generación de autores nacidos en los sesenta —llamada la Generación de los Enterradores por dos autores que apelaban al acto del parricidio como acto de independencia— ya resulta ridículo patear el pesebre y enterrar a los padres literarios simplemente porque, muertos Octavio Paz y Carlos Fuentes, no hay contra quién hacerlo. El poder patriarcal y vertical que los antiguos caciques ejercían en nuestra literatura —el modelo se replicaba casi sin falla en muchos estados del país— está cada vez más disperso. Aunque el centralismo persiste, cada una y cada uno de estos autores escribe desde sus ciudades de nacimiento o residencia de elección; es decir, ya no es imprescindible vivir en la capital del país para ser publicado por las grandes editoriales, como sí sucedía hasta hace muy poco. Esta dispersión de poder geográfico incide forzosamente en la dispersión de influencias, estímulos, formas y temas en los libros de dichos autores. Y no hay que olvidar que ésta ha sido, además, la generación que vivió el apagón analógico y la entrada de la era digital.
¿La “gran novela mexicana”? ¿En qué canal pasan eso? ¿Qué es lo que leen los narradores mexicanos nacidos a partir de 1970? La respuesta es fácil: muchos de ellos leen todo aquello que Carlos Fuentes, el último patriarca de la literatura mexicana por fortuna ya muerto, dejó fuera de su canon personal. Ya no aspiran, por tanto, a esa tarea antes obligatoria para afirmarse como narrador en nuestro continente que desde el siglo XIX hasta el siglo XX se les exigía: escribir la Gran Novela Mexicana o Latinoamericana.
Para quienes les interese, hay antologías y artículos indispensables para comprender cómo se ha agrupado esta generación. El precedente inmediato es la compilación Dispersión multitudinaria, coordinada en 1997 para la editorial Joaquín Mortiz por Leonardo da Jandra, y donde por primera vez aparecen autores emergentes como Álvaro Enrigue, Guadalupe Nettel o David Miklos. Luego, en Nuevas voces de la narrativa mexicana, editada también por el sello Joaquín Mortiz en 2004 a cargo de Andrés Ramírez, así como Novísimos cuentos de la República Mexicana, coordinada por Mayra Inzunza para la editorial estatal Tierra Adentro en 2005, ya se perfila el núcleo de narradores que conformarán la generación, como Heriberto Yépez, Alberto Chimal, Bernardo Esquinca, Bernardo Fernández, Juan José Rodríguez, Pablo Raphael o Julián Herbert. Pero es hasta la polémica —y para algunos “fallida”— antología Grandes Hits, volumen 1, editada por mí para Almadía en 2008, donde se muestran a autores con voces sólidas y reconocibles.
No obstante, el volumen 2 de dicha compilación jamás vio la luz: en él pretendía incluir a la que considero la otra mitad de autores fundamentales de esta generación, como Yuri Herrera, Valeria Luiselli, Juan Pablo Villalobos, Daniela Tarazona, Brenda Lozano, Emiliano Monge o Carlos Velásquez, entre varios otros.
Sólo hasta 2012 fue que la revista Nexos le prestó atención a esta generación como conjunto y se dedicó a publicar una serie de artículos al respecto —algunos muy certeros e informados, como el de Valeria Luiselli o el de Noé Cárdenas, otros francamente maquinazos—. Los artículos de la crítica que, en cambio, considero fundamentales para entender a esta generación como tal son cuatro. Los dos primeros aparecieron en 2007 en el mismo número de la revista Quimera de Barcelona, cuando se celebró el festival Fét a Méxic de literatura mexicana por iniciativa de la escritora catalana Lolita Bosch. Sus respectivos autores son Rafael Lemus y Pablo Raphael (quien hace un par de años quedaría finalista del Premio Anagrama de Ensayo por una versión hecha libro de aquel mismo texto: La fábrica del lenguaje S.A.). Geney Beltrán también estableció las primeras coordenadas de esta generación en un ensayo de la revista Blancomóvil en 2004. Y por último, fue Jaime Mesa quien se animó en el diario Milenio en 2008 a poner el primer apelativo para el concepto que todas las antologías y ensayos anteriores ya barajaban pero que no se habían atrevido a nombrar: la Generación Inexistente.
Inexistente. ¿Será éste el adjetivo que mejor describa a toda una generación de transición dentro de la tradición literaria nacional? Eso está por verse.