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domingo, 12 de noviembre de 2017

La censura en sábado

12/Noviembre/2017
Confabulario
Huberto Batis

Como editor de un suplemento tienes que buscar opciones para hacer atractiva tu publicación. Así fue como nació, sin una intención premeditada, una sección que fue muy popular entre nuestros lectores porque combinaba lectura y erotismo. Se llamó “El diván”. Había comenzado por accidente, porque cada que me visitaba algún escritor en las oficinas del suplemento sábado, llamaba por teléfono al departamento de fotografía del periódicounomásuno y pedía que me mandaran un fotógrafo para que le hiciera un retrato, pero casi siempre estaban haciendo sus labores en la calle. Además, decían que “político mata a escritor”. Uno de los fotógrafos me dio una cámara y me dijo: “Tómalas tú y aquí te las revelamos”. Me dieron unas pequeñas clasecitas y empecé a tomarlas yo mismo. De este modo logré hacer un archivo muy variado y rico. Tengo retratos de varios escritores mexicanos que reuní a lo largo de 25 años.
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En una ocasión vino Claudia Hernández de Valle Arizpe, alumna mía. Se sentó en el diván a leer el suplemento. Entonces, me llamaron la atención sus piernas. El ejemplar tenía en sus manos le tapaba el rostro. Le tomé una foto y una semana después la publiqué. Como título sólo le puse: “Guess who?” Cuando encontré a Luis Gutiérrez, director del periódico, y me preguntó quién iba a salir en la sección “Guess who?”, su pregunta me sorprendió y le dije que eso había sido una puntada. Me dijo que le habían hecho buenos muy comentarios y que había varias candidatas que querían aparecer ahí. Cuando retraté todas las piernas del periódico, comenzaron a visitarnos las poetas y escritoras. No necesitaba decirle dos veces a una escritora que la quería retratar. Si no le decía, se ofendía. Al final del año, publiqué, en fotos pequeñas, retratos de cada una de ellas con el rostro descubierto para revelar la incógnita. Algunas competían por ver quién enseñaba más pierna. Así fui haciendo mi archivo de “divanesas”, fotos increíbles. Pero en “El diván” no sólo posaron mujeres. Por ejemplo, Fernando Tola de Habich llegó a despatarrarse ahí.
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También comenzaron a llegar artistas, actrices y cantantes. Algunas fueron Paty Manterola, Edith González y Biby Gaytán. Empezamos a recibir poemas dedicados a ésta. Era tanto el éxito que teníamos la sensación que estábamos viviendo una Bibymanía. Algunos lectores empezaron a pedir que publicáramos fotos de Gloria Trevi. Tuvimos sesiones memorables a puerta cerrada con varios fotógrafos simultáneos, con actrices en paños menores. Muchas de ellas no se publicaron pero nos hicieron gozar mucho. Milagrosamente, ahí sí aparecieron los fotógrafos que antes nos hacían falta.
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“El diván” era una de las páginas más buscadas. Como el unomásuno no tenía secciones separadas, sábado era él único que se podía desprender del resto del periódico porque se encartaba al centro. Algunos voceadores me dijeron que sacaban el suplemento y lo vendían aparte. Cuando tenían que regresar las existencias, nadie se daba cuenta que no lo traía. Así se sacaban un dinero extra.
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Un suplemento es la revista cultural de un periódico. Recuerdo que en sábado teníamos autores para aventar para arriba en temas de cine, teatro y literatura. Llegamos a tener hasta cuatro críticos publicando simultáneamente en el suplemento, aunque a veces hablaran del mismo tema. Eso permitía comparar opiniones.
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Con “El diván” descubrimos que incluir recursos eróticos en los temas culturales era algo novedoso. Lo más cercano al erotismo que tenían los lectores eran las secciones de espectáculos, donde aparecían fotografías pícaras, graciosas, muy bellas, de actrices de teatro y cine. Hoy no veo que las secciones culturales tengan algún aporte erótico, salvo algunas excepciones.
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Poco tiempo después de que Manuel Alonso Muñoz tomó la dirección del periódicounomásuno, nos encontramos en la boda de un escritor amigo mío. Yo llevaba mi cámara. Me dijo: “¿Cómo es posible que te aproveches del periódico, de la cámara y los laboratorios, tomando fotografías de sociales? ¿No te da vergüenza?” Pensó que estaba ganándome otros ingresos como fotógrafo de eventos sociales, cuando esas fotografías se destinaban al periódico, se publicaban o se archivaban para formar parte de un dossier.
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Su hijo, Manuel Alonso Coratella, no intervenía en mi trabajo. Otra de sus hijas era la que le decía qué estaba bien y qué estaba mal. Así supe que el papá se guiaba por el criterio de Guadalupe Alonso.
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Cuando llegó, don Manuel me había dicho que el suplemento era lo mejor del unomásuno y que debía de ayudar al periódico a adquirir la fama de sábado. Muchos intelectuales decían que compraban el periódico sólo para leer el suplemento. Pero la censura, que nunca me ocurrió con los directores anteriores, la padecí con Manuel Alonso Muñoz. Me regresaba cada número del suplemento con indicaciones de las cosas que no le gustaban: tachaba las fotos que le parecían escandalosas. Llegó a tachar la plana entera, diciendo que era un artículo indigno de publicarse. No daba argumentos, lo hacía porque le daba la gana. Es muy lamentable que un director de un suplemento tenga encima la voluntad o el capricho de un director sin criterio ni voluntad de escuchar. Luego, llegó a tacharme todo el suplemento. Me di cuenta que ya no tenía nada que hacer ahí: en algún momento me iba a tachar a mí.
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domingo, 15 de octubre de 2017

Directores del FCE

15/Octubre/2017
Confabulario
Huberto Batis

En mi colaboración anterior conté cómo fue la fundación del suplemento sábado, en el que Fernando Benítez, José de la Colina y yo fuimos el equipo editorial.
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Benítez tuvo la intención de que el suplemento fuera una revista literaria, algo que yo siempre busqué hacer desde que fundé Cuadernos del Viento. De repente, con la salida de Benítez me quedé solo, al frente de esta “revista”, en la que tenía colaboradores de todas las épocas. Intenté hacer algo que en el siglo XIX se dio muy bien, que eran las polémicas entre los escritores y sus lectores. No lo logré nunca. En sábado, cuando ya no contábamos con “la mafia” de Benítez, busqué reunir a las plumas más señeras de todo el país, que compitieran con las que publicaba Octavio Paz en la revista Vuelta. Yo conté con mis amigos, entre ellos, Juan García Ponce, quien, aunque estaba enfermo, dictaba sus artículos además de su propia obra literaria. En segundo lugar, con Raymundo Ramos, compañero mío de la Facultad de Filosofía y Letras, y Carlos Valdés.
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Conté también con Evodio Escalante, Federico Patán, Ignacio Trejo Fuentes, Margarita Peña, José Antonio Alcaraz; la crítica de cine, de rock y televisión estaban a cargo de Rafael Aviña, quien creó una novedosísima sección dedicada a los videos. La parte de cine estaba a cargo de Gustavo García, Felipe Coria, Naief Yehya y el mismo Aviña. Todos ellos aportaban artículos excelentes. Tenían opiniones encontradas que le daban una gran riqueza y color al suplemento. La sección de música era la más difícil porque los músicos hacen crítica de manera ocasional. En esa época no había críticos de música profesionales. Raúl Cosío Villegas era mi carta fuerte en este tema. Debo confesar que al ocuparme de la dirección y edición del suplemento trunqué mi labor y mi vocación como crítico literario.
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En sábado llegué a recibir una gran cantidad de libros que enviaban las editoriales. De ahí elaborábamos fichas de recomendaciones, que eran muy agradecidas por los libreros, bibliotecarios y lectores. Eran una gran guía. Siempre teníamos libros en espera para darles salida oportuna. Nos podían llegar más de cincuenta libros y revistas cada semana. Todo mundo quería aparecer en “El Laberinto de Papel”, como se llamaba mi colaboración.
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También teníamos pequeños anuncios de varias editoriales: Planeta, Grijalbo, Diana, Joaquín Mortiz. Las editoriales trasnacionales no tomaban en serio las páginas de libros de los diarios. El suplemento incluyó la publicación de pequeños anuncios de varias editoriales del gobierno, entre ellas el Fondo de Cultura Económica. El formato se conocía como “orejas” porque iban al lado del cabezal, que hicimos más reducido para que éstas cupieran.
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Pero en el mundo editorial te encuentras con pequeños sátrapas que te quieren ningunear, como Jaime García Terrés; otro fue el ex presidente Miguel de la Madrid, quien al llegar a la dirección del Fondo empezó a darnos un trato basado en los criterios que sólo puede tener un político, pues empezó a retirar la publicidad al medio que hiciera críticas adversas a los libros del Fondo.
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Esto sucedió cuando el editor Fernando Tola de Habich escribió una reseña en la que criticó el catálogo del Fondo de Cultura. Dijo que estaba desordenado, desaliñado, que era un desastre porque había títulos que aparecían en distintas secciones y con distintos precios. Si en una página costaban quince pesos, en otra aparecían a 300. José Luis Trueba Lara también criticó el catálogo. Dijo que era un indicador de que esta editorial publicaba libros obsoletos y con años de retraso. Poco después nos retiraron el envío de libros y los anuncios. Nunca más me llegó oficialmente una novedad del Fondo, ni siquiera el catálogo. Nada.
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El encargado de publicidad de cualquier editorial sabe que la crítica puede ser adversa o favorable, sin embargo te da ejemplares de sus novedades. Pero si pones una editorial en manos de un ex presidente de la República no tardan en presentarse errores tajantes porque están poco enterados del mundo editorial y el trato entre autores. Quitarte el envío de libros es una cosa, pero quitarte la publicidad en todas las publicaciones porque los “trataste mal” es el colmo de la tozudez y el capricho. Como editor de un suplemento sabes que no puedes pedir notas favorables o desfavorables para libros, películas u obras de teatro. No puedes utilizar con amiguismo tu poder como editor o guiarte por tus afinidades y tus pleitos. No es nada profesional.
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El desencuentro mayor se dio con Jaime García Terrés cuando el Fondo de Cultura Económica festejó sus 50 años con un coctel. Recuerdo que Roberto Vallarino, al que tampoco habían invitado, me propuso que nos coláramos a la fiesta. Y así lo hicimos. Yo entré por la puerta principal. Les expliqué a unos amigos míos que los vigilantes no me dejaban pasar. Me dijeron que me fuera con ellos. Cuando íbamos entrando, uno de los vigilantes dijo: “Ese señor no entra”. Mis amigos amagaron con no hacerlo tampoco a menos que yo pasara. Vallarino entró por la cochera o por una puerta trasera. Ya adentro, nos fuimos a sentar en la oficina del director García Terrés. Teníamos nuestros tragos y canapés en su escritorio cuando éste llegó. Se encolerizó tremendamente. Pensó que era una burla. Nos levantamos, tomamos nuestros tragos, los canapés y nos salimos. Al poco rato ya estábamos en la calle.

domingo, 9 de julio de 2017

Juan José Arreola

9/Julio/2017
Confabulario
Huberto Batis

Como originario de Jalisco, no puedo dejar de hablar de uno de mis paisanos. Ya lo he mencionado, pero sólo de pasada, sin dedicarle propiamente una entrega de mis memorias. Justo lo recuerdo porque hace unas semanas el suplemento Confabulario cumplió cuatro años de vida y el nombre de esta publicación se debe a uno de los libros más célebres de Juan José Arreola.
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A mí me tocó ver cuando llegó toda una camada de jóvenes jaliscienses a la Ciudad de México. Por esas fechas, a mediados de los años 50, vinieron los Alatorre (Antonio y Enrique); también a José Luis Martínez, Alí Chumacero (que era de Acaponeta, pero se decía jalisciense por adopción), y el mismo Juan Rulfo, quien a diferencia de todos los demás no tuvo la oportunidad de entrar a la Universidad, pero compensó esa carencia con una gran avidez por la lectura. Fue un gran lector y sabía muchísimo de música. Era un melómano.
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Arreola era todo un personaje. Le tenía miedo a la calle, a la gente. Siempre tenía que salir acompañado de sus hijos o de sus alumnos. Incluso una vez, en medio de un ataque de pánico, se quedó agarrado a un poste diciendo: “De aquí no me mueven”.
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A él lo descubrió Neruda. En una visita que el poeta hizo a su pueblo, Zapotlán el Grande (Ciudad Guzmán), Arreola, que era un muchacho, declamó unos poemas del chileno. Así se hicieron amigos. Neruda le dijo que tenía que irse de ese pueblo, y se lo llevó a Guadalajara. Podemos decir que a Arreola lo apadrino Pablo Neruda. Y sí, tuvo mucho éxito. Después se unió a un grupo de teatro francés que estuvo de gira en México. Ahí conoció a Jean Louis Barrault y a Marcel Marceau, dos grandes de la actuación, y en especial de la mímica. A su regreso a México escribió algunas de las páginas más importantes y fantásticas de la literatura mexicana. Algunas de sus obras más memorables son “El guardagujas”, un cuento fantástico, también BestiarioConfabulario y una novela excepcional que se llama La feria.
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Los años 50 fueron una época dorada de cineclubes y teatro universitario. En mi época nos tocó disfrutar de “Poesía en voz alta”, un invento de Juan José Arreola. Gracias a esta iniciativa pudimos ver obras de clásicos españoles, como García Lorca, montadas en el frontón cerrado de Ciudad Universitaria. En “Poesía en voz alta” Arreola se inició como autor y luego como director de teatro, junto con Rosenda Monteros, quien acaba de cumplir 80 años y sigue trabajando.
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Gracias a los cineclubes orquestados por Arreola vimos todo el cine de la Nouvelle vague. También llevó “Poesía en voz alta” a todos los jardines de la Ciudad Universitaria y a la Casa del Lago. Tiempo después, cuando se fundaron unos talleres en la Facultad de Filosofía y Letras, el director mandó llamar a Arreola. Éste llegaba a impartir sus talleres con una gran capa española negra, una capa como de vampiro. Era un personaje muy curioso y con una voz que retumbaba en los salones. Yo daba mi taller al mismo tiempo que él. A tres salones de distancia se oía la voz de Arreola, impostada, una voz de actor.
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Por su parte, Arreola terminó dando clases en la Universidad donde impartió el taller de narrativa. Yo le llamaba taller de “Arreolería”; prácticamente nos enseñaba a escribir como él, a su imagen y semejanza. Todo giraba en torno a su persona, en lugar del alumno y sus talentos. Uno de sus alumnos más cercanos y quien le retomó muchos de sus rasgos histriónicos fue Jorge Arturo Ojeda.

domingo, 16 de abril de 2017

Aprendiz de limosnero

16/Abril/2017
Confabulario
Huberto Batis

En el periódico unomásuno trabajé por más de dos décadas. Ahí llegué con José de la Colina por invitación de Carlos Payán Velver para trabajar con Fernando Benítez en el suplemento sábado. Colina no quiso quedarse con Benítez, y se fue a invitación de Octavio Paz a fundar con Eduardo Lizalde el suplemento de EL UNIVERSAL. Finalmente terminó en El Semanario Cultural del Novedades, donde estaría veinte años.
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Recuerdo que un día Benítez me dijo: “Te tengo una muy buena noticia. Convencí a José Emilio Pacheco para que se viniera a trabajar con nosotros. Así que vamos a su casa por él”. Yo comía en casa de Fernando todos los viernes. De ahí nos íbamos al periódico para planear el próximo número del suplemento. Nuestra dinámica seguía igual a cuando lo conocí en la redacción de la revista Siempre!, al lado de Vicente Rojo, quien nos fue recomendando diseñadores que eran sus alumnos. Cuando llegamos a casa de José Emilio, nos dijo que no se había convencido de trabajar en el suplemento, pero que Cristina estaba dispuesta a irse con nosotros. Fernando dijo: “Éste ya nos chingó”. Simplemente no iba a ir. Cristina resultó un poco pesada conmigo. Un día me dijo que me faltaba amor de una mujer. No sé por qué diría eso.
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Por aquellas fechas yo tenía alojado en mi casa a Guillermo Sheridan, que estaba en la “quinta chilla”. En esa época él estudiaba en la Universidad Iberoamericana, donde había conocido a su primera esposa, María Elena Sofía Cárdenas, también conocida como Magolo. Ellos vivieron en mi casa un tiempo, mientras se establecieron por su cuenta en un cuartito al fondo de un estacionamiento en Coyoacán.
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Guillermo Sheridan iba al suplemento a entregar sus colaboraciones de teatro. Cristina no lo tragaba muy bien. Decía que él hacía fintas de apuñalarla por la espalda. Le pregunté cómo sabía y respondió que lo veía reflejado en los lentes de Benítez.
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Mi relación con José Emilio fue distinta. Él fue de las primeras personas que conocí cuando llegué a la Ciudad de México cuando él trabajaba en la Revista de la Universidad, al lado de Juan García Ponce, Carlos Valdés y José de la Colina. Pero no hacía ronda con nosotros. Él era amigo de Carlos Monsiváis. Eran inseparables. José Emilio fue un hombre de gran talento, un gran escritor, con una memoria increíble. Él y Cristina eran gente bien portada, a diferencia de García Ponce, Colina y yo, que éramos unos “indecentes”. La muerte prematura de García Ponce, Monsiváis y Pacheco han dejado un hueco muy grande.
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Siempre me sorprendió la capacidad de trabajo de Pacheco. Ya platiqué en una entrega anterior que una vez lo encerramos junto con Cristina, que era secretaria de Difusión Cultural, en una oficina del décimo piso de la Rectoría. Lo hicimos para ver qué pasaba. Se quedaron ahí horas y se terminaron casando.
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José Emilio siempre estaba rodeado de libros en su casa de la colonia Condesa, detrás del cine Lido, muy cerca de donde vivía Alfonso Reyes. Entre todas esas montañas sabía dónde estaba cada título, tenía un orden interno. Sabía de dónde sacar cualquier cosa. En una ocasión le dije que quería hacerme de un libro, él me lo envió de regalo.
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El capitán Becerra Acosta
Cuando tronó el unomásuno por el golpe de estado que le dieron a Manuel Becerra Acosta los que se llamaban a sí mismos “disidentes”, le pregunté a Benítez cuál sería nuestra postura porque yo no tenía amistad ni contacto cercano con Becerra Acosta, aunque su oficina estaba a pocos metros de la nuestra. Él me respondió que no teníamos nada que ver con ese pleito y que había que quedarse en el unomásuno. La división del periódico estaba organizada por Miguel Ángel Granados Chapa, Carlos Payán Velver el subdirector y por Carmen Lira. En lo más agitado de ese conflicto interno oí a Payán decirle una noche a Becerra Acosta: “Hermano, no quiero irme, pero me veo obligado”.
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Por esas fechas los tres comíamos con cierta frecuencia con el rector Jorge Carpizo. En una ocasión empezaron a comentar qué habían hecho en semana santa. Cada uno dijo: “Yo estuve en Inglaterra”. Otro: “Yo estuve en Roma”; uno más en la “Cochinchina”. Cuando me preguntaron qué había hecho yo, dije que me quedé trabajando en la casa. Cuando salimos de ahí, uno de los ayudantes de Carpizo se me acercó mientras orinaba en el baño y me dijo: “Manito, ya chingaste. Te vas a ir a Europa un año”. Me explicó que a su jefe le había conmovido mucho que todos hablaran de sus viajes y que yo no había ido a ninguna parte. Le encargó decirme que lo fuera a ver a la Rectoría. Prometía mandarme un año a Europa. De regreso al periódico, le conté todo a Manuel Becerra a bordo de su vagoneta. Me dijo: “No te conocía esas dotes de limosnero”. Me amenazó que si aceptaba el viaje a Europa, me olvidara del unomásuno y de él. Por supuesto, nunca fui a ver a Carpizo.
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Pero Benítez se quedó con nosotros sólo por un tiempo. Discutía incansablemente con Becerra. En otra de esas comidas con el rector se pelearon horrendamente, tanto que Carpizo me preguntó: “¿Qué hacemos, Huberto?”, y nos fuimos a dar la vuelta a la manzana. Luego Benítez empezó a decir que en el unomásuno se habían quedado puros periodistas “maletas”, que los más inteligentes se habían ido con los “disidentes”. Terminó por irse a La Jornada a invitación de Becerra Acosta: “Si tanto los extrañas, Fernando, ¿por qué no te vas con ellos?”

domingo, 2 de abril de 2017

Yo, ¿crítico literario?

2/Abril/2017
Confabulario
Huberto Batis
El primer ejercicio de crítica literaria lo recibí de mi padre. Cuando le dije que me quería venir a la Ciudad de México a estudiar Filosofía y Letras, me preguntó qué tipo de escritor iba a ser y me pidió que escribiera algo para que él pudiera leerlo. Fue mi primer crítico implacable. Me dijo que no servía para nada. Sin embargo, yo quería ser escritor. Esa era una idea que había “mamado” en el Instituto de Ciencias, por las enseñanzas de mis maestros jesuitas Enrique Ríos Turnbull y Manuel Lapuente, ambos poblanos. Enrique Ríos me decía que mis escritos en la revista Folklore eran muy buenos.
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Tiempo después, en la casa de probación jesuita de Santiago Tianguistenco, Estado de México, conocí al padre Alberto Valenzuela Rodarte, mi maestro de español y latín. Era un zacatecano que publicaba artículos en la revista Ábside, de los hermanos Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte y Alfonso Junco. Valenzuela era un cabrón tremendo. Todos los días me humillaba y me hacía limpiar su cuarto, su baño, su excusado. Aun así le debo mucho. Después el profesor Valenzuela se fue a Guadalajara y se hizo amigo de mi papá, quien lo admiraba. Yo le tenía animadversión, por no decir rencor por el trato que me había dado.
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En 1956 en la Ciudad de México entré a trabajar a la Imprenta Universitaria de la UNAM, que había fundado en 1935 el rector Luis Chico Goerne. Mi oportunidad se dio por invitación de Henrique González Casanova, su director. A él lo conocí por coincidencia en un camión que yo tomaba sobre Insurgentes, en la colonia Noche Buena, donde rentaba un departamento con Carlos Valdés y luego fue mi departamento de casado con Estela Muñoz Reinier, mi primera esposa. Cuando me preguntó qué hacía, le dije que había entrado a la Facultad de Filosofía y que también escribía. Entonces me ofreció trabajar en la Imprenta Universitaria. Le dije que sí sin saber lo que decía porque debía hacer todo un viaje a la calle de Bolivia #17, en el Centro Histórico. Por fortuna, cuando la imprenta se mudó a Ciudad Universitaria, quedó en la entrada principal de Avenida Universidad. Ahí, afuera de sus instalaciones, aún tienen exhibida una máquina de linotipo a la que llamábamos “La Mamuta”, casi de la época de los incunables (1450-1500).
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Al mismo tiempo que trabajaba en la Imprenta, empecé a colaborar en la Revista de la Universidad de México, donde trabajaba Carlos Valdés. Él publicó mis primeras reseñas críticas. En 1963, Federico Álvarez, a quien conocí durante mi doctorado, me preguntó por qué no hacía reseñas para La Cultura en México, el suplemento que dirigía Fernando Benítez en la revista Siempre! La redacción estaba en la calle de Vallarta #20, colonia Tabacalera, muy cerca del Monumento a la Revolución. Ahí me sentí en familia porque encontré a un hombre bondadoso y amable: era Fernando Benítez. Su diseñador era el pintor Vicente Rojo. Cuando lo conocí estaba haciendo el dummy del próximo número. El secretario de redacción era mi amigo, el escritor, José Emilio Pacheco. Él revisaba los artículos, los corregía, calculaba el espacio. Si la revista ya tenía su prestigio, empezó a ser más leída después del escándalo de la separación de Benítez de Novedades y del recibimiento que le dio José Pagés Llergo en Siempre! Ahí empecé a alternar mis reseñas con Federico Álvarez y Salvador Reyes Nevares. Sin embargo, te pagaban muy poco por la reseña de un libro que te podía llevar semanas de lectura. Le llamábamos reseña “fenomenológica” a la reseña que sólo describía el libro. Era muy raro que aventuráramos elogios, censuras o correcciones, no digamos reprobar o recomendar la lectura del libro.
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Sé que ahora las editoriales mandan libros de cortesía a las redacciones de los periódicos con la intención de que les ayuden en la promoción, para ofrecerles entrevistas o adelantos editoriales. En aquella época te los daban con mucha dificultad. Por ejemplo, en el Fondo de Cultura Económica había que ir con el señor Antúnez, quien nos exigía copia de la reseña de alguno de los libros que te había dado. Sólo así te daba otro. A medida que me fui haciendo de un nombre, los autores mismos me empezaron a mandar sus libros dedicados.
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Si se reunieran las reseñas que un escritor hace en su vida, se llenarían varios tomos que serían base para establecer historias de la literatura de un periodo, no se diga si se hicieran antologías de crítica comparada. El periodismo literario es un cementerio de frustraciones y embelecos.
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Pero el oficio de crítico literario es muy ingrato. Te consigues muchas enemistades gratuitas. Aunque trates de ser objetivo, los autores se molestan contigo. En una ocasión reseñé un libro de Archibaldo Burns. El día que nos conocimos creo que en un cine—, sin decir “agua va”, me dio un golpe durísimo en el estómago y caí al suelo. Dijo que le habían molestado mucho mis “insultos”. En realidad a mí me había gustado el libro, pero tampoco era del otro mundo. En segundas nupcias se casó con Beatrice Trueblood, mi jefa en el Comité Olímpico, y nos hicimos muy amigos. Él caminaba renqueando porque de joven lo habían mandado a estudiar a Inglaterra y en un partido de polo se cayó con todo y caballo.
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Pero la crítica literaria también me dio amigos de provincia. Cada que venían a la Ciudad de México me buscaban y me traían golosinas, en especial recuerdo una caja de aguacates de Uruapan. Si algo leí en mi vida fueron los libros de mis coetáneos. Quedo debiendo una historia crítica de la última mitad del siglo XX, que viví con profunda intensidad; pero al mismo tiempo que los libros del nuevo milenio, una vez desaparecidos mis compañeros de generación, me dejan frío. Podría decirse que no me interesan, justo castigo a los pecados de juventud.
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En especial, debo a Juan García Ponce gran parte de mis conocimientos en la literatura europea: Robert Musil, Thomas Mann, Heimito von Doderer, Pierre Klossowski, etc., con la música y la pintura que arrastran consigo y forman parte del mundo precioso que viví gracias a su guía.
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Al café de la Facultad de Filosofía y Letras solían presentarse compañeros con decenas de libros bajo los brazos, apoyados en la cintura. “Bibliografía de combate”, le llamaba Alí Chumacero. Querían presumir que estaban leyendo todo eso. Nos prestábamos unos a otros los libros más preciados. Había maestros del robo que se metían ejemplares en los calcetines (principalmente libros de bolsillo). Los sujetaban contra su pantorrilla con el resorte del calcetín y lo cubrían con el pantalón. Recuerdo haber dejado en mi biblioteca a Luis Mario Schneider mientras yo atendía algún asunto. A mi regreso, el “ché” me enseñó más de diez ejemplares metidos en el pantalón, la espalda, la camisa, el portafolios. Dante no imaginó castigo para la bibliofilia de los acervos ajenos, tanto públicos como privados. Es el más odioso de los latrocinios, según considero.
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Mi amigo Vicente Alverde fundó dos o tres librerías muy concurridas por sus amigos, quienes no se tentaron el corazón para dejarlo en la ruina. Tuvo que rematar los ejemplares que logró salvar y cayó en una profunda tristeza que lo llevó al suicidio.

domingo, 19 de marzo de 2017

Aventuras en el periodismo cultural

19/Marzo/2017
Confabulario
Huberto Batis

Luis Spota, el “intelectual”


En la correspondencia entre Carlos Fuentes y Octavio Paz, el primero decía que en México había que cuidarse de Luis Spota, Huberto Batis, José de la Colina y otros de su calaña. Yo nunca crucé palabra con Fuentes, a diferencia de Juan García Ponce y Juan Vicente Melo, quienes sí llegaron a ser sus amigos. Con él coincidimos en el Concurso de Cine Experimental de 1967, en el que Fuentes participó con el guión de un cortometraje: Las dos Elenas, dirigido por Luis Ibáñez; García Ponce con Tajimara, dirigido por Juan José Gurrola; Inés Arredondo con Mariana y La sunamita, dirigidas por Héctor Mendoza, y otros.


El jurado de este concurso estuvo integrado por mí, como representante del INBA; Luis Spota por la Sociedad de Escritores; José de la Colina por la UNAM; Efraín Huerta por Periodistas Cinematográficos de México (PECIME); Jorge Ayala Blanco por la sección de Técnicos y Manuales del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica, y  Andrés Soler, por la Asociación Nacional de Actores, entre otros. Ahí conocimos a Luis Spota Saavedra.


En esas cartas, Paz le contesta a Fuentes que no hay cuidado con nosotros, que Spota no era lo mismo que De la Colina y yo. Y sí, para mí Spota era totalmente ajeno a mi forma de vida, a mi forma de pensar. Spota tenía hábitos muy particulares. Se paraba en la madrugada para irse a los baños de vapor del Hotel Regis, a los que iban muchos políticos, periodistas y empresarios. Un día me invitó a comer a la calle de López, cerca de Bellas Artes, a un restaurante que estaba en un sótano. Como era presidente del Consejo Mundial de Boxeo fuimos al box, en el ring side. Estábamos tan cerca que por cada guantazo que se daban salpicaban los lentes de sangre. Hacía todo esto porque en realidad me estaba “cortejando”. Fue entonces cuando me invitó a ser el coordinador editorial del suplemento que le habían ofrecido en El Heraldo de México. A mí me nombró coordinador y a José de la Colina secretario de redacción.


Pienso que en el fondo nos subestimaba, pero nos necesitaba para hacerse un nombre de “intelectual”. ¿Cómo podía competir con Fuentes si no era reconocido por los intelectuales? Dirigía el suplemento de El Heraldo, pero como no tenía idea de cómo  hacerlo, aunque él era periodista. De la Colina y yo le enseñamos, le dimos nuestros contactos y lo ilustramos en la medida de lo posible.


Recuerdo que él estaba casado con una mujer que padecía alguna enfermedad. Vivían en una casa que nunca conocí, pero que supe que estaba cerca de lo que fue la tienda  Gigante de Revolución y Periférico. Pero también tenía una amante muy guapa, muy alta: Elda Peralta, una sonorense de Hermosillo. Creo que se casó con ella después de que enviudó. Me los encontré muchísimos años después en Cuernavaca. Ella llegó a ser su biógrafa. Escribió un libro que se llama Luis Spota. Las sustancias de la tierra, publicado por Grijalbo.


Recuerdo que en la entrada trasera de El Heraldo había un comedero que se llamaba Pollos Sin Aloas, y cerca de ahí, en la esquina de Cuauhtémoc y Álvaro Obregón, estaba el Cine México. Spota llegaba temprano al suplemento y luego se desaparecía. Su escritorio nunca tenía nada encima. Nada. Todo lo que necesitaba estaba en los cajones. En una ocasión llegó Juan Miguel de Mora Vaquerizo –profesor de sánscrito en la UNAM, periodista, viajero y autor de innumerables novelas de ocasión– y se sentó en su escritorio. Spota sacó una regla y le picó las nalgas.


Yo estuve sólo un año en ese suplemento porque vinieron las que llamaron “Batirrenuncias” de la UNAM en apoyo a Juan Vicente Melo, quien había sido despedido de la Casa del Lago por Gastón García Cantú, nuevo director de Difusión Cultural cuando llegó Javier Barros Sierra a la Rectoría. Como ya he contado, publiqué mi carta de renuncia en el suplemento, lo que provocó mi salida del mismo. Recuerdo que mi carta también se la di a Luis Villoro para que la publicara en la Revista de la Universidad de México. ¡En qué cabeza cabía que me la iba a publicar!


Cuando se publicó en el suplemento, Spota me dijo que la familia Alarcón Chargoy, propietaria del periódico, consideró que era un ataque a la Universidad y que habían pedido mi cabeza. Spota me llevó a un cafecito que estaba enfrente y me dijo: “Bye, bye”. Dudo que el patriarca de la familia, el señor Gabriel Alarcón Chargoy, un empresario poblano, hubiera tenido empacho por la publicación de mi carta. Creo que fue un invento de Spota para deshacerme de mí. Poco después también se desafanó Pepe de la Colina y se quedó al frente de los “intelectuales” que quisieron colaborar con él.



En Tepotzotlán con Esther Seligson


Entre los colaboradores que yo había invitado a colaborar en el suplemento de El Heraldo de México estaba Esther Seligson, con quien tuve una gran amistad. Una mañana nos fuimos a Tepotzotlán, donde hay una hermosa iglesia de los jesuitas, donde está la Pinacoteca Virreinal. Fuimos en mi Volvo blanco, de manufactura suiza, que en esa época era la octava maravilla. No sé cómo me hice de ese auto. Lo había comprado en abonos. Casi nunca he comprado en abonos. Lo único han sido ese auto y mi primera máquina de escribir, una Olivetti Lettera 22 por la que di 100 pesos mensuales durante un año.


Esther y yo íbamos en mi Volvo por una vereda cuando nos encontramos un hermoso puente colonial: el acueducto que llaman Los Arcos del Sitio. Se empezó a construir en el siglo XVIII por los jesuitas, pero cuando Carlos III lo expulsó de sus colonias se quedó inconcluso hasta que en el siglo XIX Pedro Romero de Terreros ordenó que se terminara su construcción. Recuerdo que yo tenía un amigo que en esos arcos se paraba con un pie en cada barandal y luego daba un giro de 180 grados para poner cada uno de sus pies en el punto opuesto. Todo eso lo hacía sobre el abismo. Yo cerraba los ojos imaginando cómo se despedazaba al caer más de 60 metros.


Esther y yo terminamos perdiéndonos en una vereda a bordo del Volvo. Entonces empezó a llover tanto que detuve el auto. Cuando lo quise echar a andar no pude salir hacia adelante. Logré salir de reversa, pero el auto empezó a resbalarse. Fuimos a caer a un torrente de agua que se formó con el agua pluvial. Salimos del auto, que se quedó con la trompa para arriba.


Ahí estábamos nosotros, en medio del monte, empapados y llenos de lodo. A lo lejos vimos las luces de una carretera y fuimos hacia allá caminando entre las milpas. Allí tomamos un camión “guajolotero” en el que llegamos a Ciudad Satélite. Esther llamó a su marido, Alfredo Joskowicz, para avisarle que íbamos a tomar un taxi y le pidió que le avisara a Estela Muñoz Reinier, mi entonces esposa. Ya era de noche. En casa de Esther nos metimos a bañar. Joskowicz nos ayudaba a quitarnos el lodo con una escoba. Después nos llevó a mi casa de Tlalpan. Allí dormimos los cuatro, ya no recuerdo si en el suelo o en la cama, todos atravesados. Nos venció el cansancio.


Al día siguiente le conté a Enrique Alatorre lo que había pasado. Él era mi jefe en Banxico. Entonces se ofreció a ayudarme a recuperar el auto. Cuando llegamos a Tepotzotlán buscamos el sitio exacto donde estaba. Ahí lo vimos en el agua, con la trompa para arriba. Pedimos una grúa, pero el operador se negó a acercarse al auto porque estaba rodeado de lodo. Tuvimos que rentar unos bueyes con yunta. Los peones que nos ayudaron lo amarraron y lo sacaron. Lo llevaron arrastrando por el lodo hasta Tepotzotlán. Esther y Alfredo siguieron colaborando con Spota mucho tiempo.

domingo, 19 de febrero de 2017

La pax octaviana

19/Febrero/2017
Confabulario
Huberto Batis

Mi relación con Octavio Paz fue de cordialidad y cooperación, pero también de enojos mutuos. El primer trato que tuvimos fue por correspondencia. Fueron ocho cartas en las que me dio su opinión sobre la poesía contemporánea. Él estaba en desacuerdo con algunas ideas que yo había expuesto sobre el valor de la obra de Jorge Cuesta como poeta. Entonces le escribí a la India, donde era embajador y me respondió con cartas muy extensas explicándome sus argumentos.
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La correspondencia que tuvimos fue muy larga. De cuatro o cinco páginas cada carta, a mano. No sé si como embajador tenía todo el tiempo del mundo para responder tanta correspondencia. A mí me regañó por mi adoración por Jorge Cuesta. Me decía ¿qué tanto le ven ustedes, jovenzuelos ignorantes, a ese señor que ni es poeta?
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Cuesta había estado casado con Guadalupe Marín, que era una mujer muy bella y ocho años mayor que él y de la que estaba tremendamente enamorado. Una vez casados, se fueron a París, adonde fueron a dar con André Breton y se codearon con el grupo surrealista. Tres años estuvieron fuera de México y a su regreso se separaron. Jorge Cuesta había estudiado Química. Estaba haciendo experimentos con una sustancia que inyectaba a las frutas y las volvía incorruptibles. Podían durar años: naranjas, papayas, melones, mangos. Tenía un frutero que duró años. Nadie aceptó haber comido una fruta de aquellas, aunque él las ofreciera. Él se comía sus frutas delante de los invitados, quienes no sabían si era fruta fresca o de la inyectada, la incorruptible. Todo mundo empezó a decirle que estaba loco porque empezó a decir que se iba a volver eterno. Sus convidados decían: “A ver si no nos inyecta este loco en un descuido”. Su familia lo internó en el sanatorio San Rafael, en Tlalpan. Ahí estuvo recluido un tiempo hasta que atentó contra él mismo: se emasculó, privándose así de la posibilidad de volver a engendrar, pues ya tenía un hijo con Guadalupe Marín. Después intentó ahorcarse, sin conseguirlo. Los médicos lo devolvieron a su familia.
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Todos los de mi generación andaban investigando y hurgando en los periódicos para conocer los detalles de todo eso hasta que dimos con un libro de Guadalupe Marín sobre su relación con Jorge Cuesta, publicado en 1938. Fue una novela que se llamó La única. Yo traté de conseguir un ejemplar, pero sólo lo encontré en bibliotecas. Quisimos reeditarlo, pero todos los editores nos mandaron por un tubo. Nadie quería hacerlo. Con quien comenté ampliamente la obra de Cuesta fue con Inés Arredondo, mi coetánea. Publicó varios artículos sueltos, que no están recogidos, sobre la obra del Contemporáneo.
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El punto es que en cartas que Octavio me mandó desde la India expuso por qué consideraba que Cuesta no era poeta. Su argumento principal es que Cuesta era “demasiado inteligente”. Decía que fue más un pensador que un poeta. Como si no pudiera haber poetas pensadores, como si la poesía fuera un don divino. Decía que su poesía estaba llena de conceptos y no de metáforas. Yo entiendo por metáfora la definición que le doy a mis alumnos: “una palabra más otra palabra crean una tercera palabra”, un concepto inexistente.
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Años después le ofrecí esas cartas a Guillermo Sheridan, cuando trabajaba en el archivo de Octavio Paz; me dijo: “Si me las das y yo las incluyo en el epistolario, la viuda de Octavio, Marijó, se las va a apropiar. En mis ausencias, ella vende partes de los archivos a las universidades norteamericanas”. Le dije que eso estaba bien. Ahí estarán mejor guardadas. Sheridan no duró al frente de los archivos de Octavio Paz porque chocaba con los intereses económicos de la viuda, que quería vender todo el archivo de Paz. Incluso hubo una polémica en 2003 en la que participaron Miguel Limón Rojas y Gabriel Zaid, según un artículo de Héctor Tajonar, publicado en Proceso en 2014 (“Fundación Octavio Paz: lo que Limón se llevó”).
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Poesía en movimiento
Yo me enteré de la planeación de la antología Poesía en movimiento (1966) por unas cartas de Arnaldo Orfila a Octavio Paz. El primero quería hacer una antología de los primeros cincuenta años de la literatura mexicana, porque todo mundo tomó al medio siglo como un año axial. Participaron como seleccionadores Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Alí Chumacero y Homero Aridjis, con prólogo de Paz. Por esa correspondencia me enteré, años después, que Orfila me había considerado en un principio como parte de los seleccionadores, pero Paz se opuso e insistió que mi lugar lo ocupara Aridjis, como finalmente sucedió.
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Al paso de los años coincidimos muchas veces. No siempre fue amable conmigo. En una ocasión estaba yo con Juan García Ponce en la galería Juan Martín. Y llegó Octavio. Iba solo. Se acercó a saludar a Juan, que iba en su silla de ruedas. A mí no me saludó. Juan se ofendió mucho y le reclamó: “Aquí está Huberto Batis. ¿No lo saludas?” Paz sólo le respondió: “Sí, ya lo vi”. No dijo nada más, y se salió.
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Aun así, cuando lo nombraron miembro de El Colegio Nacional, me invitó a su coctel de recepción. Ahí se acercaba a todos los corrillos para platicar y agradecer que lo hubiéramos acompañado. A cada uno nos invitó personalmente a la cena. Se portó muy amistoso. En las mesas de la cena pusieron los nombres de los invitados especiales. Mi compañera entonces, Mercedes Benet, no llegaba y cuando Octavio vio que estaba su silla vacía preguntó por qué no empezábamos. Le dijeron que faltaba la señora Benet, que venía con el señor Batis. Entonces Octavio dijo: “No esperamos a nadie”. Se molestó mucho por la demora. Pidió que lo cubrieran con otro invitado. Mercedes no llegó, por timidez o porque no quiso.
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En otra ocasión hubo un incidente chusco. No recuerdo si fue en esa cena de ingreso a El Colegio Nacional o en otro evento. Estábamos platicando Ramón Xirau y yo. Él siempre ha sido un gran fumador. Da una pitada y lanza la ceniza hacia atrás, que siempre le cae en el hombro: es un “cenicero ambulante”. Entonces, por descuido, Xirau se sentó en la mesa sin darse cuenta que allí había un pastel. Octavio entró en el momento en que yo le estaba limpiando a Ramón con un cuchillo todo el betún. Se enojó muchísimo y me reclamó. “Usted siempre metido en conflictos”, me dijo. Se tenía que haber enojado con Ramón, no conmigo.

domingo, 22 de enero de 2017

Las batirrenuncias

22/Enero/2017
Confabulario
Huberto Batis

En mi entrega anterior me referí al éxito que empezó a tener la Escuela de Verano de la UNAM. Se distinguió tanto por sus cursos como por el asedio a las estudiantes extranjeras de parte de los mexicanos. Lo mismo sucedía con los estudiantes gringos y las mexicanas.
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Cuando me contrató para dar mi primera clase ahí, don Antonio Castro Leal, su director, me preguntó de qué quería darla. Le manifesté mi interés por dar clases de Literatura Mexicana y recuerdo que me dijo: “Dé usted esa, pero le voy a pedir que no se la pase hablando de Octavio Paz desde el primer día hasta el último, porque es lo que suelen hacer los maestros de Literatura Mexicana como si no hubiera nadie más”. El poeta Marco Antonio Campos me explicó que Paz había tenido una dificultad muy seria con Castro Leal. Así entendí la animadversión de don Antonio hacia Octavio.
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Después empezaron a venir infinidad de gringos a estudiar a México, tanto a la UNAM como a las universidades de los estados: a Guadalajara, a Monterrey, a Mérida, a Xalapa, a Puebla, sólo por mencionar las más importantes. Y empezaron a venir no sólo en verano, cuando el clima de Estados Unidos podía ser bonancible, sino en invierno, huyendo de los fríos y las heladas. Buscaban el clima “tropical” de nuestros inviernos. Entonces, ante el número tan grande de estudiantes se decidió darles un espacio más amplio y cercano a la Facultad, y empezó a haber cursos todo el año.
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En un momento dado llegó como director de la Escuela de Verano Raúl Ortiz y Ortiz (1931-2016), quien se distinguió como traductor y se hizo famoso por su magnífica versión de la novela Bajo el volcán de Malcolm Lowry.
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Raúl Ortiz y Ortiz fue muy amigo de Rosario Castellanos. Su amistad y aprecio por su obra lo llevó a publicar la correspondencia que cruzaron durante años cuando se conmemoró un aniversario de su muerte en Israel a causa de un accidente eléctrico en su casa. Ortiz y Ortiz fue quien me expulsó de la Escuela de Cursos Temporales. Todo sucedió porque una colega mía me tronó los dedos cuando terminó mi hora de clase. Le azoté la puerta en las narices y como ella usaba marcapasos se empezó a ahogar del susto. Tuvieron que llamar una ambulancia. Raúl me preguntó: “¿Qué vamos a hacer?” Le respondí: “Pues renúnciame”. Y me renunció. Entonces estaban de moda la “Batichica” y la “Baticueva” de Batman. De ahí me empezaron a llamar inventor de las batirrenuncias.
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Las “mariconadas” de Spota
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Al mismo tiempo que daba clases empecé a publicar en La Cultura en México, aunque ya había publicado enMéxico en la Cultura, su antecesora. Empecé a publicar semanalmente porque ahí me llevó de compañero Federico Álvarez, quien era el crítico de literatura asignado.
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Me interesaba mucho tener un sitio fijo para que las editoriales me mandaran libros. Así formé una gran biblioteca y me convertí en crítico e historiador de mi generación, de la cual quedan pocos con vida. Todos me han precedido.
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Fernando Benítez, con quien tuve contacto casi hasta su muerte, era el capo mafioso porque al grupo que lo rodeaba se le conocía como “La Mafia”. (Luis Guillermo Piazza escribió una novela que tituló La Mafia, haciendo referencia a Benítez). Fernando siempre fue muy amable, te recibía muy bien.
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Recuerdo que Benítez modificaba los títulos de los artículos que le traían. Por ejemplo, me dijo que el título de uno de los primeros artículos que escribí estaba muy “lúgubre”. Hasta la fecha lo recuerdo antes de ponerle cabeza a un artículo, busco que no sea “lúgubre”. Él los tachaba y les ponía otro título. Era muy bueno para eso. Un día le pregunté cómo le hacía. Me respondió que dejaba caer el dedo en alguna línea y de ahí sacaba el título, para acabar pronto. Parecía muy cínico su modo de actuar, incluso sus explicaciones, pero puedo decir que son muy efectivas. Yo he recurrido muchas veces a la técnica del “dedo”. Me sale muy bien. Benítez y yo llegamos a ser muy amigos. Años después me tocó trabajar con él en el unomásuno, cuando Manuel Becerra Acosta era el director. Ahí compartí el trabajo en el suplemento sábado, de nuevo con José de la Colina, a quien ya había tenido de compañero en El Heraldo Cultural con Luis Spota. Recuerdo que Benítez había entrevistado a Spota cuando lo nombraron director de El Heraldo Cultural. Le dio un lugar de igual a igual, como director de suplemento. El Heraldo estaba naciendo.
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De la Colina y yo habíamos coincidido con Spota en el concurso de Cine Experimental de 1965. Luego nos invitó a ayudarle a hacer esas “mariconadas de la cultura que me han encargado en El Heraldo”. A él lo que le interesaba era la posición política. Tenía una columna muy leída y de gran influencia que se llamaba “Picaporte”. “Derecho de picaporte” se le llama a la habilidad que tienen algunos periodistas de entrar sin anunciarse a las oficinas de altos funcionarios. De la Colina y yo solos empezamos a hacer el suplemento. Spota nos dejaba trabajar en total libertad.
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Tiempo después me empezó a grillar un periodista de cierto renombre: Juan Miguel de Mora. El pretexto fue una reseña crítica que publiqué en el suplemento de Spota sobre su última novela: Los sueños del insomnio(1966).
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Ahí empezaron las dificultades, que se acentuaron cuando le renuncié al rector Barros Sierra como director de la Imprenta Universitaria. Recuerdo que le di mi renuncia a Spota para que la publicara. Me dijo que no la podía publicar, pero que yo sí podía porque era su segundo. Me dio la indicación de que cuando él no estuviera yo la llevara con las capturistas con la indicación de que se debía publicar. Cuando le dejé una versión previa que llevó a la Rectoría y se la mostró a don Javier Barros Sierra. El rector le dijo que no tenía objeción en que se publicara. Juan Miguel de Mora le preguntaba a Spota: “¿Cómo lo dejas publicar una nota enemistosa y luego su renuncia a la UNAM?” Lo consideraban un insulto a Barros Sierra. Cuando quise ingresar a El Heraldo, el guardia me dijo que tenía órdenes de no dejarme entrar. Pedí que llamaran a Spota. Salió de su oficina y me llevó a un cafecito. Me dijo: “Te ganaste que ya no te pueda publicar después de tu renuncia. Tuve que decir que la publicaste a mis espaldas porque tú la metiste en la edición cuando yo ya no estaba”. Qué traicionero. Me pareció una conducta muy sucia. Yo lo admiraba mucho y ahí se me cayó.
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Cuando me fui, luego de que Pepe y yo hicimos sus “mariconadas de la cultura”, Luis hizo el suplemento a su antojo. Entonces renunció De la Colina y El Heraldo Cultural se convirtió en un suplemento descolorido. Así fue como Spota entró al mundo literario, luego de haber sido muy criticado por su novela más famosa, Casi el paraíso (1956), la que comparaban con La región más transparente (1958) de Carlos Fuentes, aun cuando la había publicado dos años antes. Entonces fundó la revista, tan gruesa como un libro, Espejo, que no tuvo trascendencia.
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Mi salida al mundo fue un total fracaso. Así que me refugié en lo académico y en la crítica de libros. Actualmente estoy jubilado y celebrando el nacimiento de mi nieto Maximiliano Palmer Bátiz-Benet, el 15 de enero en Victoria, Columbia Británica, provincia de Canadá.