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sábado, 10 de diciembre de 2016

La volubilidad del olvido

10/Diciembre/2016
Laberinto
Armando González Torres

¿Por qué, fuera del elogio inercial de Los recuerdos del porvenir, la obra de Elena Garro resulta tan poco conocida y difícilmente asequible? Me imagino que la deslumbrante presencia de su primera novela no logró revertir el efecto adverso de un temperamento indómito y desafiante, que tan mal se llevó con la promoción literaria. Acaso sus equívocos políticos  y sus conflictos públicos y privados le cerraron la vía, estrechamente ligada, de la sociabilidad y el reconocimiento literario, condenándola a una inmerecida penumbra.   Dado el escaso eco que tuvo la producción ulterior a su obra más famosa, tendería a pensarse que su escritura fue un fenómeno de juventud. Por eso, a primera vista parecería sorprender la prolijidad y calidad de la Antología de Elena Garro, que publicó Cal y Arena, con esmerada selección y prólogo de Geney Beltrán Félix. Esta muestra, que consta de cinco obras de teatro, una docena de cuentos, una novela y tres novelas cortas, constituye un auténtico rescate y brinda elementos para justipreciar una obra marcada por el prejuicio. La antología hace evidente que, pese a sus crecientes excentricidades y fallas de juicio, la escritora mantuvo una actividad febril y conservó en su  madurez el dominio de la arquitectura narrativa, el manejo maestro de las situaciones dramáticas, aun las más delirantes, y, sobre todo, una intensa dicción poética. Por lo demás, no se me ocurre otra autora mexicana que haya concebido (y acaso experimentado) una visión tan pesimista de las relaciones humanas y explorado tan hondamente el precepto sartreano de “el infierno son los otros”. 


En particular, en su obra la relación de pareja parece ser un túnel sin salida, en el que la agresión, la violencia sin sentido, la  traición y la degradación  recuperan su halo trágico y se revelan como actos morales llenos, en ocasiones, de grandiosidad y misterio (como en Isabel que, en Los recuerdos del porvenir, se petrifica de amor por el victimario de su estirpe). Así, en esta obra llena de persecuciones, fugas, confabulaciones y revoluciones, piénsese en Andamos huyendo Lola o en la tan apasionante como enrarecida Reencuentro de personajes: se muestra la fecunda conversión de la paranoia personal en un arte. Por supuesto, muchas de sus libros padecen descuidos, las situaciones se reiteran, los personajes se multiplican sin ton ni son; sin embargo, aun en sus páginas más fallidas, hay un rastro de genial desvarío inédito en la literatura mexicana.

sábado, 30 de mayo de 2015

Ida Vitale: poesía tónica

30/Mayo/2015
Laberinto
Armando González Torres

Hace más de 65 años que se publicó, La luz de esta memoria, el primer libro de la poeta uruguaya Ida Vitale. Desde entonces, esta autora ha sido una presencia tan activa como reservada en el panorama de la cultura hispanoamericana y ha ido escanciando una obra breve pero luminosa. Ampliamente apreciada por sus pares y un círculo selecto de lectores, recientemente esta escritora ha sido enfocada por los reflectores de dos Premios, el Alfonso Reyes de México y el Hispanoamericano de Poesía Reina Sofía. En la poesía de Vitale y en esa prosa heterogénea y cantarina que sus editores denominan por comodidad ensayo, se observan diversas cualidades que, en muchos poetas, marchan de manera separada. Léxico de afinidades, por ejemplo, es un libro anfibio, un diccionario personal y  caprichoso en el que Vitale va mezclando reflexiones filosóficas, evocaciones íntimas, prosas de ocasión, versos aventureros o aforismos.  Como poeta, Vitale cultiva una lírica reacia a la confesión que, aun siendo profundamente personal, busca salir de sí y encontrar en el paisaje y en los otros una comunión sencilla y límpida. Es una poeta dotada y formada que posee lo mismo un oído facultado para cultivar las más variadas musicalidades que una visión precisa para enfocar y trabajar la imagen poética. De modo que, en ocasiones, Vitale practica una melodía grata y alegre, generalmente de versos cortos y virtuosamente encabalgados (su magnífico Mella y Criba, por ejemplo), otras, trabaja con gran exactitud una escena, desnudando y depurando elementos, hasta que queda lo esencial de la imagen.  A veces, canto e imagen se fusionan: (Puedo cantar/en medio del más cauto, atroz silencio./Puedo, lo descubro/en medio de mi estrépito,/parecer una callada playa/sin sonidos,/que atiende, suspensa,/ el grito permitido de un pájaro/que llama a amor/al filo de la tarde).
n la poesía de Vitale subyace, por supuesto, el soplo de la experiencia, pero esa experiencia trasciende las cuitas personales y se traduce en un halo sapiencial y de agradecimiento a la vida que resulta estimulante tanto en el sentido poético como físico: es una poesía que revela hechos inusitados del mundo y que, a la vez, ayuda a percibir y observar mejor su belleza y transitoriedad.  A menudo la poesía de Vitale transcurre como un canto seductor que, de pronto, se resuelve en una imagen contundente y reveladora. (Quien se sienta a la orilla de las cosas/ resplandece de cosas sin orillas). Gracias a su facultad para la contemplación fronteriza entre lo cotidiano y el prodigio, entre lo concreto y lo abstracto, entre la alegría y la nostalgia, entre lo pintoresco y lo inefable, Vitale descubre y explora un territorio propicio para la hierofanía. En sus más altos momentos, su poesía se vuelve un orbe imantado donde cada palabra adquiere una nueva intencionalidad, participa de sutiles metamorfosis y milagros y parece responder a un orden no sólo poético, sino cósmico.

sábado, 21 de febrero de 2015

El solista y sus amigos

21/Febrero/2015
Laberinto
Armando González Torres

En el ensayo que da título a su libro Retrato de mi cuerpo (Tumbona, 2010), Phillip Lopate se solaza describiendo algunas características de su cuerpo y menciona una que me conmovió y me hizo identificarme: tiene los hombros estrechos, apenas más anchos que las caderas, y le da vergüenza comprarse trajes. ¿Cuál es el encanto de quienes hablan de sí mismos? ¿De qué manera ciertos solistas de la conversación mantienen el interés y la conexión emocional con sus escuchas? Precisamente, la introducción de Lopate a su conocida antología The Art of Personal Essay (Anchor Books, 1995) constituye una preceptiva iluminadora sobre el ensayo personal, esa escritura híbrida centrada en el “yo”, cuyo apelativo moderno fue acuñado por Montaigne, pero que tiene antecedentes en la literatura clásica y numerosos descendientes contemporáneos. A diferencia del ensayo formal que ha conquistado los feudos universitarios y que pretende ser impersonal y objetivo, el ensayo informal y personal despliega una visión subjetiva, contiene abundante material emocional y confidencial y contempla una participación del propio autor como personaje de la página.


¿Qué hace del ensayo personal y su aparente egocentrismo un género con arrastre entre algunos lectores? Para Lopate, el ensayo personal parte de una noción de la unidad de la experiencia humana en la que hablar del yo es apelar al tú. El ensayo personal es un ejercicio de apertura con el que el autor comparte sus más hondas impresiones, expectativas y miedos. Sin embargo, la sinceridad no basta y debe acompañarse de lo que podría llamarse la “inteligencia de sí”, es decir el reconocimiento de virtudes y limitaciones, de esos sentimientos de ignorancia e inadecuación que la mayoría de las personas se empeñan en ocultar. Ese reconocimiento es el punto de partida de una exploración intelectual en la que, con base en la humildad y la espontaneidad, se pueden emprender “grandes aventuras de la meditación”. Por eso, el ensayo personal se escribe desde una circunstancia marginal, sin aires de autoridad, asumiendo la fragilidad o banalidad de lo afirmado. Desde esa posición lateral, se ejercita el arte de la observación, ya sea de la naturaleza, de la sociedad o de uno mismo. El ensayista personal destaca lo privado, lo pequeño, lo transitorio; sin embargo, a veces inadvertidamente, llega a expandirse para rozar los grandes temas y misterios. Muy a menudo, sin aspavientos, el ensayista personal también reta la moral convencional; observa la ambigüedad y tensiones entre distintos valores y denuncia los dobles raseros y los dilemas irresolubles. Por supuesto, para cumplir su función, el ensayista personal debe estar dotado con ideas, humor y habilidad narrativa para romper la tensión. Los recursos del ensayo son, al final, los de la buena conversación: llevar la batuta sin avasallar; sugerir ideas y desplegar la elegancia y amenidad para desarrollarlas sin aburrir y sin imponer.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Sin banderas

15/Noviembre/2014
Laberinto
Armando González Torres

Hace algunas décadas, la posesión de un libro de José Revueltas, deshojado y obsesivamente subrayado, era un distintivo progresista. Hoy, ese carisma ya no funciona; sin embargo, basta hojear sus libros para constatar la elasticidad casi clásica que conserva su narrativa. Con poco más de una decena de novelas y libros de relatos, Revueltas asimiló como nadie las nociones de sufrimiento y expiación. Aunque sus tramas se insertan en las circunstancias de la Revolución mexicana, la guerra entre el poder civil y religioso, la vida obrera y campesina, la militancia comunista y el ámbito carcelario, en realidad constituyen una auténtica fenomenología del suplicio. 

Revueltas crea un universo literario original e irreductible que le permite rebasar la fecha de caducidad de los productos de una corriente literaria y adquirir una vigencia basada en el exceso virtuoso de su prosa y en la corporeidad escalofriante de sus personajes. Porque los hombres del subsuelo, los humillados y ofendidos, los endemoniados de Revueltas resultan seres profusamente reales, que protagonizan una narrativa de pasiones exaltadas y situaciones límite y que se plasman con una huella estrafalaria y violenta en la memoria. La presencia de los marginados, los parias, los freaks, más que un recurso literario, constituye una exploración de las agobiantes semejanzas entre la vida ordinaria y los extremos de fealdad, degradación e ignominia.

No es sutileza narrativa o delectación con el estilo lo que se encuentra en las páginas de Revueltas, sino un naturalismo áspero, plagado de una violencia y una convulsión próximas a lo sublime. Por ejemplo, las peleas brutales, los empalamientos de cristeros, las torturas a los animales (la epifanía de un hombre ante su perro, al que ha castigado hasta arrancarle un ojo y romperle la espalda y que aun así se arrastra para lamer sus pies) o, en otro extremo, la impasibilidad de Fidel, el burócrata comunista, ante el cadáver de su hija Bandera son imágenes pavorosamente concretas que exaltan el sufrimiento físico y mental como una forma de la revelación. Revueltas crea, desde Los muros de agua hasta El apando, un universo carcelario que no se remite únicamente a la prisión, sino a la generación de paisajes opresivos y personajes cautivos, piezas inermes del destino que, sin la grandeza de los héroes, acuden a un sacrificio sin sentido. Desde el encierro vital, desde esa prisión metafísica en la que los hombres reptan en una caverna, Revueltas explora y revela que el hombre es el juguete de un Dios violento y caprichoso.
¿Cómo se concilian las perspectivas de un espíritu trágico y pesimista adscrito a una iglesia política, mesiánica y optimista? ¿Cómo evoluciona y se desenvuelve esta obra escrita entre el ritmo delirante de la militancia marxista, los frecuentes encarcelamientos y los padecimientos personales? Ya desde Los muros de agua, su primera novela publicada en 1941, Revueltas traza la índole de sus atmósferas y sus personajes dilectos: se trata de una novela sobre un grupo de presos políticos en las Islas Marías, en la que, más allá del testimonio descarnado de la vida en la prisión, se explora con agudeza psicológica los caracteres y motivos más profundos y ocultos de la militancia comunista. En 1943 aparece El luto humano, una novela de atroz belleza que narra la muerte por agua de un grupo de campesinos y en la que, desde la seminconciencia de la agonía, se asiste al retrato de personajes memorables como Natividad, el reformista social; Úrsulo, el bastardo perplejo entre su incertidumbre y sus ideales; Adán, el asesino a sueldo; o el anónimo cura cristero, atormentado por la duda sobre su vocación y la realidad del pecado. En 1944, Revueltas publica Dios en la tierra, un libro de relatos oscuros y barrocos cuyo tono y características lo vuelven más un alegato metafísico y religioso que una denuncia política. Sin embargo, el desgarramiento más visible entre su credo político y la humanidad de sus personajes se presenta en Los días terrenales de 1949, esa radiografía del comunismo cuya crudeza le valió la crítica y el aislamiento y lo obligó a una retractación pública. Las novelas de enmienda de Revueltas, de 1956 y 1957, En algún valle de lágrimas y Los motivos de Caín, son más ceñidas a un realismo limpio, aunque, por supuesto, menos ricas y complejas. En 1960, Revueltas publica su libro de relatos más celebrado, Dormir en tierra, en el que depura y perfecciona su galería de personajes. Los errores, de 1964, es otra novela, quizá tardíamente herética, que aborda la vida comunista y los procesos de Moscú y en la que nuevamente la dimensión moral de sus personajes interroga a la profecía. Finalmente, en El apando se perfeccionan los temas revueltianos en una pieza de perfecta crueldad.


No es extraño que en su tiempo esta narrativa de la angustia y el abatimiento, este realismo escasamente edificante (la ambigüedad de las situaciones, la complejidad de sus personajes no facilita la extracción de moralejas), resultara poco aceptable y útil para su militancia. Años después, la narrativa de Revueltas pero, sobre todo, su rebeldía heterodoxa, generaron una corriente de empatía con los protagonistas del 68 y se convirtieron en el emblema de toda una generación de izquierda. Sin embargo, hoy que las causas que hicieron a Revueltas un mito cívico son rebasadas por la realidad (el desencanto ideológico, la anorexia política), sus personajes y situaciones aún tienen el poder de conmover y estremecer pues, con una poesía sorda que resiste descuidos y digresiones, recrean la miseria, el sufrimiento, la pasión y la desesperanza.

sábado, 16 de agosto de 2014

Perdura y es bonito

16/Agosto/2014
Laberinto
Armando González Torres

El poeta ha cumplido ochenta años, pero su poesía tiene el impudor, la carga hormonal y la provocación de un adolescente.  El cuerpo inevitablemente envejece, la precoz maestría y subversión del poeta, en cambio, se niegan a dejarse domesticar y a volverse canónicas. Si alguien se acerca a las páginas de esa genial invención literaria denominada Gerardo Deniz descubrirá que, en todas sus etapas, ha sido el vehículo de una escritura desconcertante y reveladora, que ha despabilado a varias generaciones. Pese al culto furtivo de que es objeto, esa escritura socarrona de sí misma se empeña en resistirse a conformar una obra definible e imitable.  Y si bien, por alguna anticuada manía clasificatoria, se ha llegado a dividir la obra de Deniz en los estancos convencionales, el lector verá saltar  de entre sus abundantes poemas y su puñado de relatos y prosas, entes extraños y simpáticos, productos de las más diversas cruzas entre géneros y lenguajes.   


¿Qué ofrece la lozana poesía de este nuevo octogenario? Neologismos y reliquias del idioma, jergas recónditas y especializadas al lado de albures y frases de doble sentido, un larguísimo e interminable canto al deseo, una exigencia erudita que, sin embargo, rezuma humor y picardía. Con una curiosidad poética a la Pound y una curiosidad científica a lo Valéry, Deniz crea un universo verbal, gobernado por sus propios ritmos y climas, donde el lenguaje es protagonista de trances y desenlaces inesperados.  En esta peculiar poesía de la experiencia, llena de palabras y, al mismo tiempo, de vida, sobresale la especie femenina: visiones augurales de muchachas, Venus que emergen de la espuma, mujeres pujantes en el lecho, flacas hacendosas en sus artes amatorias. Sus atmósferas y personajes más entrañables parecen escaparse de una novelita de amor y seducciones gozosas y su galante poesía transita de la emulación de los trovadores, a la germanía del siglo de Oro y a la sicalíptica dieciochesca. La obra poética de Deniz se puede adscribir a diversas genealogías poéticas, aunque, ya se ha dicho, las influencias más profundas no son librescas, sino científicas, musicales y ¿por qué no? genitales. La palabra en Deniz es una materia para experimentar asociaciones sonoras y mentales que a ratos escapan a cualquier linealidad e intencionalidad y que, sin embargo, pueden ser seductoramente poéticas y narrativas.  Ciencia pura y ciencia ficción, melodrama amoroso, deseo en seco, y mucha e inteligente mala leche contra las ideologías surcan los textos de este creador escéptico.  Es fácil, pese a su exigencia, hermanarse con esta escritura: cada texto es un desafío intelectual, un acertijo que conmina a hurgar diccionarios, pero es, sobre todo, un guiño de complicidad. Porque curiosamente, esta poesía hermética y escéptica oculta una forma auténtica y profunda de vitalismo.  Aglutinador de palabras y de historias, inventor de lenguajes y personajes híbridos en Deniz opera más que la noción de obra, la de juego. El poeta incursiona como pocos en la materialidad y en la espiritualidad del lenguaje, ironiza y agota sus significados, pero no intenta crear otros significados más perdurables y más puros, sino acaso simplemente retozar, solazarse, esparcirse, celebrar el vocablo y el instante,  “alabar lo que no dura pero es bonito”.

sábado, 21 de junio de 2014

La transmisión gozosa

21/Junio/2014
Laberinto
Armando González Torres

Paralelo al descubrimiento del gran poeta, recuerdo que incidentalmente comencé a leer la columna de libros de Efraín Huerta, la cual por su tono afable y divertido llamaba mi atención de temprano adolescente.  Leer es una forma extrema del goce intelectual. La columna “Libros y Antilibros” que por varios años mantuvo Efraín Huerta en el suplemento “El Gallo Ilustrado” del periódico El Día, muestra esta forma del goce. En efecto, los “Libros y Antilibros” de Huerta constituían una manera viva, jocosa, erudita y desenfada a la vez, de compartir una devoción: la lectura, y los diversos prodigios que la rodean. La columna tenía el modesto propósito de brindar noticias y anécdotas literarias, pero ofrecía mucho más: una muestra de la rica formación y del paladar omnívoro del lector Huerta; un testimonio del medio ambiente-intelectual de la época y una visión jubilosa del acto creativo y amistoso de la lectura. Cierto, el genuino amor a los libros no tiene nada que ver con la pomposidad académica o el ánimo de brindar certificados de aptitud y pertenencia a los autores. La biblioteca de Huerta no era la del bibliófilo que se concentra en el libro como objeto, ni la del académico que aspira a depurar un acervo canónico, sino la del lector voraz y abierto que llena sus libreros a la luz del azar, la varia afición y la amistad. 
El lector Huerta era un lector activo y festivo cuyas notas y recensiones resultaban tan divertidas como instructivas y cuyo estilo se permitía la reflexión, la evocación, el juego de palabras, la broma privada y el gracejo. Muchas columnas de Huerta constituían una chispeante tertulia en la que convocaba a sus más preciados volúmenes y amigos y en la que, al lado de las ideas y revelaciones, campeaba el desenfado y el buen humor. En la tertulia de Huerta no solo aparecían los nombres consagrados de su tiempo, sino esos otros animadores a menudo olvidados (libreros, editores, correctores, bohemios), que conforman el complejo ecosistema literario de una época. Así, al lado de los conocidos nombres de José Gorostiza, Xavier Villaurrutia o José Emilio Pacheco, también aparecían los José Herrera Petere, Octavio Barreda, Ricardo Cortés Tamayo, Salomón de la Selva, Demetrio Aguilera Malta, Rafael Gimenes Siles, Jacobo Glanz, Parménides García Saldaña o los aguerridos infrarrealistas. A través de este registro personal y bibliográfico es posible recuperar protagonistas olvidados, restituir atmósferas intelectuales, inferir filias y fobias y revivir el clina vibrante de los setenta. 
Otro rasgo de “Libros y Antilibros” era el sentido común: Huerta ejercía una crítica afable contra la petulancia, la simulación y la banalidad que suelen enquistarse en la República de las Letras. La columna de Huerta representa el aspecto más fecundo y fraternal de la mundanidad literaria, de esos círculos de amistades y afectos que se forman en torno a la página escrita. La forma en que el lector lee, el estilo con que transmite su gusto y su juicio hablan profundamente de su personalidad. En el caso de Huerta, denota a un lector abierto, cálido y efusivo, que a la hora de leer evade las jerarquías y los prejuicios e inicia una aventura en la que incursiona en las páginas ajenas con una generosidad que no excluye la exigencia y la inteligencia. Porque en este torrente gozoso de anécdotas, ocurrencias y juegos de palabras, subyace el afecto, pero también el ánimo crítico y la apuesta por el gusto. Cierto, el arte de leer se acompaña de un arte de escribir, porque la transmisión es una de las formas más altas y rigurosas de la camaradería.

sábado, 14 de junio de 2014

Eterna adolescencia

14/Junio/2014
Laberinto
Armando González Torres


La relación del escritor maduro con su vocación adolescente es compleja: para unos, la lejana adolescencia puede ser una época pueril y divertida, afortunadamente superada; para otros, el testimonio de una promesa traicionada. Pero hay quienes pueden armonizar toda su trayectoria con esa inflamada mocedad y encontrar en la escritura una perpetua ilusión y placer juvenil. Gran parte de la poesía de Efraín Huerta tiene ese aire de descubrimiento y renovación juvenil y ni el ortodoxo militante político de mediana edad o el hombre ya maduro y enfermo logran acallar las chanzas, ilusiones y genio poético del muchacho. El joven Huerta es un poeta excepcionalmente dotado que escribe piezas magistrales antes de los treinta años. Sus textos siguen conmoviendo porque recuerdan esa edad de oro en que coinciden el despertar poético con el despertar sexual y civil y el artista adolescente busca simultáneamente la reivindicación amorosa y la reivindicación política. Los temas recurrentes de la juventud de Huerta y que reaparecerán transfigurados en diversas formas y tonos a lo largo de los años, son precisamente la revolución y el amor. No es extraño que una imagen capital en Huerta, alrededor de la que construye toda su primera poesía, sea la del alba, una imagen que señala una expectativa de nuevo amanecer, de despertar y renacimiento, de recuperación temprana de la conciencia vital y política tras el sopor del sueño. Huerta canta al alba con un lenguaje audaz que combina la lectura atenta de la generación del 27 con algunos hallazgos surrealistas y con la incorporación incipiente del lenguaje cotidiano y callejero. Esta primera poesía ya hace evidente un toque estrambótico, una delicada sonoridad y una unidad de tono propias, que alcanzan su culminación en Los hombres del alba.
 
Luego de este gran libro, hay un periodo en que parecen dominar la convicción y la seriedad política, pero no deja de estar presente el poeta adolescente y, si sus doctrinas son intransigentes, su idioma es liberador. Eso le permite patentar una poesía plebeya y coloquial que celebra y condena a la vez la monstruosidad de la urbe y que hace a Huerta precursor de la mayoría de los registros de inspiración citadina. La referencia concreta a espacios de la urbe aterriza las imágenes; el apego genuino a la ciudad y sus criaturas hacen creíble la figura del poeta peatón. Con espontaneidad, sin poses, Huerta logra armonizar ciudad y poesía y sin ningún esfuerzo una lírica deviene urbana, sin descender jamás a lo típico, sino guardando su misterio y su capacidad de impacto e indignación. Su última actualización son sus poemínimos, esos juegos de ingenio, que le permiten una auténtica renovación y un encuentro con las generaciones más jóvenes y que revelan un Huerta mucho más humano, sabio y escéptico que ya no cree en el cambio mágico del hombre y que tiene una visión antropológica más ácida, pero también más noble y risueña.

sábado, 15 de febrero de 2014

Amor es civilización

15/Febrero/2014
Laberinto
Armando González Torres

Pocos autores han sido tan fieles a sus pulsiones y emociones de juventud como Octavio Paz. El joven Paz es un exaltado creyente en la religión del amor, lo aprecia y lo padece, lo vive en sus romances adolescentes, lo asimila en sus lecturas y, sobre todo, lo incorpora en su temprana cosmovisión intelectual. Paz inserta al amor en su poesía, en su poética, en su pensamiento literario e, incluso, en su política, pues el pensador agudo y realista que llegó a ser nunca abandona al atrevido utopista que sueña con infundir la emoción y la razón amorosa en la vida pública. La concepción amorosa de Paz nunca se queda estática: el joven escritor abreva primariamente del romanticismo y de D.H. Lawrence; luego descubre en el surrealismo una auténtica revelación, pues implica un experimento radical de hacer del amor loco una guía vital; encuentra más tarde en Sade o Fourier dos modelos distintos de república amorosa y erótica, y simpatiza con las rebeliones juveniles de los años sesenta en parte por su reivindicación del sentimiento amoroso y el placer. La subversión transformadora del amor está presente en toda su obra y es uno de los secretos de la sorprendente lozanía de su escritura.  
 
Esta larga querencia, sin embargo, demora en culminar en libro y, casi a sus ochenta años, Paz publica su homenaje literario al amor, La llama doble. En este libro, traza las distinciones entre sexo erotismo y amor. Para Paz, mientras el sexo es una fuerza de vida, una expresión básica del instinto animal de conservación, el erotismo extrae al sexo del objetivo meramente biológico y suele ser invención de los sentidos y del intelecto, pero el amor es todavía más: es fascinación por el alma, elección de una persona única y apuesta por la libertad de ambas. El amor, según Paz, expresa lo paradójico de lo humano, pues mezcla la atracción involuntaria con la libertad de elegir, la fatalidad del enamoramiento con la voluntad de enamorarse. El amor resulta una forma del deseo, el juicio y la inteligencia que eleva la libertad de elección por encima de los condicionamientos sociales. No obstante, para Paz, en la época contemporánea, el erotismo y el amor entran en declive: la ideología y el mercado hacen de ellos una divisa política, un engranaje de la economía o un fetiche comercial, lo que legitima la libertad corporal pero empobrece la dimensión espiritual. Paz llama a recuperar el amor como un instrumento de emancipación individual y colectiva, como una forma de restituir a la persona por encima de los imperativos anónimos del mercado o de la razón de Estado y hace de la reivindicación del amor una reivindicación de la cultura y del humanismo. La llama doble es un libro conmovedor por sus argumentos y, también, por la imagen de su hechura: el octogenario escritor que, mediante la evocación intelectual, recupera la juventud y restaura ese sentimiento adolescente que muere por atisbar  otra mirada definitiva, accidental, elegida.

sábado, 25 de enero de 2014

Gabriel Zaid: ¿Quién, qué?

25/Enero/2014
Laberinto
Armando González Torres

Nació el 24 de enero de 1934 en Monterrey, Nuevo León. Es ingeniero mecánico administrador por el ITESM, pero ha dedicado gran parte de su vida a la literatura: poeta, ensayista, crítico, traductor, investigador y editor, además de promotor del humanismo. Entre sus premios se encuentra el Xavier Villaurrutia (1972), el Magda Donato (1986), la Medalla Estado de Nuevo León en la disciplina de literatura (1990). En 1984 ingresó a El Colegio Nacional; desde 1986 es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Muchos de sus libros son imprescindibles para comprender a la cultura nacional como expresión y como industria, sus aportes son incontables en esta materia. Para celebrar sus 80 años de vida, ofrecemos la mirada de algunos de sus más fieles lectores
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Este año Gabriel Zaid cumple ochenta años. Curioso: pese a su heroica reserva ante los micrófonos y las cámaras, todo mundo sabe quién es Zaid, pero, dada la novedad y versatilidad de su obra, algunos habrán de preguntarse ¿qué es Zaid? ¿en qué estante se pueden poner sus libros? Las tentaciones de respuesta son muchas: un poeta de obra parca y reveladora; un cuidadoso lector de parte del canon poético mexicano; un sociólogo de la literatura; un observador de las costumbres intelectuales; un economista práctico y heterodoxo, un antologador atípico; un valiente y sagaz comentarista político, o un crítico de la cultura en el sentido más amplio. En realidad, Zaid es todo eso y más; su escritura conduce una inteligencia móvil, risueña y luminosa, cuya dinámica se ahoga en las etiquetas genéricas. Zaid ha escrito libros de asuntos aparentemente inconexos y ha cultivado lectores en los más diversos territorios y en las más distintas audiencias (un cuñado mío, ingeniero, aplica algunas de sus ideas para administrar sus empresas; una amiga poeta ratificó su vocación leyendo un ejemplar amarillento de Cuestionario; una joven economista, interesada en las finanzas populares, se sorprendió con la actualidad de los diagnósticos y prescripciones de El progreso improductivo). En poesía, en economía, en política, en el ámbito intelectual, la obra de Zaid aspira a que el lector aprenda a desconfiar de la retórica, a exigir el hecho concreto, la demostración contundente, la palabra justa y clara. Puede decirse que Zaid aspira a decir claridades, esclarecer el ambiente, provocar esa higiene que parece surgir cuando alguien descubre, articula o se atreve a pronunciar lo que teníamos en la punta de la lengua.

No hay un solo libro que defina a Zaid y su obra está llena de ecos y reverberaciones internas. Como en pocos escritores de habla española (Reyes, Ortega y Gasset, Paz), en Zaid hay una fecunda conjunción y mezcla de competencias y vocaciones: la intuición del poeta, la lucidez del crítico, el sentido práctico del ingeniero, la visión de conjunto del pensador.  En la obra de Zaid se hace patente un ejercicio de integración que rebasa con mucho la correspondencia entre saberes y tiene que ver con la noción de integridad de la persona: en un mismo individuo pueden cohabitar el poeta que descubre el prodigio en lo ordinario, el hombre práctico que busca su progreso personal mediante elecciones racionales o el ciudadano que observa los pormenores y sinsabores de la vida pública, y hay una escritura capaz de reunirlos.  Dado que Zaid ha elegido la página como su única plaza pública, en sus ochenta años nadie lo verá en algún programa de televisión, ni podrá acudir a una mesa de homenaje a pedirle una foto o un autógrafo; sin embargo, está el universo de sus libros y cada lector podría escoger sus ocho predilectos (uno por década) para rendir homenaje a esta clásico elusivo y subversivo de la literatura y el pensamiento hispanoamericanos.

domingo, 5 de enero de 2014

Reyertas ejemplares

Enero/2014
Nexos
Armando González Torres

Tal vez mi generación, la nacida en los años sesenta, fue la última que vivió el apogeo polémico de Octavio Paz. Su figura era controvertida en todos los ámbitos, desde los círculos consolidados de la cultura y la política hasta las incubadoras de artistas adolescentes. En mi preparatoria, por ejemplo, Paz era un nombre inflamable: se rumoraba que era un autor cuya poesía gozaba de propiedades afrodisiacas, pero cuyo pensamiento contenía semillas sediciosas. Era, decían algunos mentores, un artífice de la palabra seductora, pero envenenada ideológicamente, ante el que no se valía ser neutral. No recuerdo exactamente qué fue lo primero que conocí del amenazante escritor. No sé si me acerqué al poeta amoroso, que era natural frecuentar en esa edad, o descubrí asombrado al poeta en prosa de Águila o sol o, simplemente, vi en un programa de televisión al tan irascible como deslumbrante expositor. Lo cierto es que, a medida que comencé a leerlo de manera compulsiva, la figura del ogro intelectual se disipó y comenzó a aparecer un autor complejo, revelador y, al mismo tiempo, incómodo y provocador.
Pese a mi entusiasmo por su obra, nunca me atreví a intentar conocerlo personalmente. Más allá de su fachada adusta, Paz solía interesarse en las jóvenes generaciones y varios de mis contemporáneos iniciaron un peregrinaje iniciático a su casa. Algunos presumían, después de las primeras visitas, una familiaridad inmediata con el poeta que había provocado que se les confiara la custodia de la cría de una de sus gatas. Después sospeché, ante la profusión de jóvenes poetas premiados con gatos, que Paz utilizaba a sus numerosos admiradores para fungir como eficaz agencia de adopción de felinos. A mí, la timidez y, sobre todo, cierta reserva “científica” me refrenaron de gestionar algún acercamiento: escribir algo sobre él se me había convertido en una tan difusa como firme aspiración y me preguntaba si sería capaz de resistir la aproximación a una personalidad tan magnética o si podría ser “objetivo” al escribir de alguien que, si tenía suerte, me podría regalar un gato. Me perdí la oportunidad de conocerlo y, acaso, de recibir el respectivo gato. No obstante, ya había establecido una amistad entrañable con su obra y lo admiraba, como decía Nietzsche que hay que hacerlo, con violencia. Años después, intenté pagar un poco mi deuda como lector escribiendo un libro que se asoma a su biografía polémica: las disputas de Paz no sólo son joyas de la inteligencia pugilística, sino una radiografía de su evolución intelectual, de las encrucijadas históricas que le tocó vivir y de la manera en que su obra incide en muchos de nuestros reflejos culturales.

El ente polémico

La vida intelectual, poco sujeta al dictamen público por su sacralidad, tiende con facilidad a anquilosarse en la corrupción y el conformismo. No es bueno que dominen los incentivos para quedarse callado, o para aplaudir en público y denostar en privado. Por eso, la polémica es mucho más que la pimienta de la vida intelectual, es su vitamina, lo que le permite crecer, adquirir madurez y flexibilidad, mantener a raya las arrugas y el sedentarismo.
Acaso nada refleja más a un personaje, a una época o a un país, que su forma de hacer polémica. Por diversas razones, en Hispanoamérica la polémica intelectual es escasa y, tanto en el ámbito político como en el cultural, es más común la maniobra o la intriga silenciosa que el debate abierto. La polémica aflora cuando la forma subterránea de procesar los conflictos y las falsas unanimidades son rebasadas por las tensiones acumuladas o por la iniciativa de individuos insumisos. La disputa pública entonces resulta higiénica e instructiva, pues ayuda a hacer evidentes los antagonismos, obliga a cada parte a afinar sus argumentos (o sus dogmas) y permite un retrato público de las pasiones y los valores. No siempre es sencillo discriminar entre la oposición de discursos y la oposición de personas. Esa tensión entre lo racional y lo emocional, entre la inteligencia y la vehemencia, entre la prueba y el exabrupto, le otorgan especial atractivo e intensidad al género polémico. Por supuesto, la polémica puede degenerar en un diálogo de sordos o en el espectáculo banal y comercializado del insulto; sin embargo, los ecos de la polémica también pueden penetrar auditorios inusitados, hacer dudar e inducir matices, sacar a los convencidos de su espacio de comodidad y promover el acercamiento de posiciones, el consenso, la conversión y toda esa serie de actos prodigiosos del albedrío. Acaso por ello las mejores controversias sobreviven al fragor del enojo, logran superar la caducidad de sus motivaciones y volverse, por decirlo así, reyertas ejemplares.
No hay duda de que Paz fue el mayor polemista hispanoamericano del siglo pasado y que la disputa fue su gimnasia intelectual y su laboratorio de ideas. Prácticamente no hay debate importante del siglo XX en que Paz no haya tomado postura y sus polémicas abarcan desde los temas sobre la función del arte en los años treinta hasta las coyunturas políticas nacionales e internacionales de los noventa. Paz fue un polemista precoz, explosivo y frontal: las anécdotas en torno a su vida literaria están llenas de episodios animados, discusiones acaloradas que casi llegan a las manos, amistades que se terminan por motivos graves o triviales. Es el signo de un siglo de pasiones y antagonismos y, también, de un temperamento personal arrebatado. Desde su adolescencia Paz expresó sus diferencias con sus contemporáneos y antecesores (su revista de párvulos, Barandal, tenía una irreverente sección de pullas a sus mayores que guarda su huella), tuvo rompimientos dolorosos con personajes entrañables para él como Pablo Neruda, y no dudó en discrepar de compañeros de ruta o en mantener, siendo funcionario del servicio diplomático mexicano, visiones muy distintas a la oficial. Sus roces públicos con Daniel Cosío Villegas, Antonio Castro Leal, Rubén Salazar Mallén o Emmanuel Carballo, por mencionar algunos, daban cuenta tanto de la mecha corta del poeta, como del saludable ánimo de ventilar las diferencias en público. Sin embargo, su etapa más atareada como polemista comienza después de 1968. A partir de esa fecha, Paz se convirtió en el interlocutor más controvertido del conjunto de la intelectualidad mexicana y se consolidó como una figura prominente en el debate internacional de la ideas.

El apogeo polémico

La historia es muy conocida: para los años sesenta Paz es una figura en ascenso en el panorama internacional, su poesía ya ha recorrido todos los registros y establece tendencias, mientras que sus ensayos ya han marcado agenda en varias disciplinas y, aunque ha roto por motivos políticos con muchos de sus contemporáneos, tiene un auditorio propicio en parte de las generaciones más jóvenes de artistas mexicanos. Por lo demás, si bien Paz hizo eco a las denuncias al socialismo real en los cincuenta, sigue perteneciendo a la órbita de izquierda y acude a las manifestaciones del movimiento ferrocarrilero al tiempo que en principio saluda, aunque con cautela, acontecimientos como la revolución cubana. En 1968, con su renuncia al servicio exterior por la represión del gobierno a los estudiantes, su figura se distingue en el medio intelectual y genera expectativas políticas en las camadas más nuevas y radicales. Sin embargo, pronto se rompe este flechazo, Paz rechaza subirse al templete de la política partidista y decide emprender su combate por otros caminos.
Por supuesto, en su batalla después del 68, Paz no fue un solitario. Desde su mocedad, aunque se reputaba aislado, supo lograr relaciones estratégicas e impulsar proyectos colectivos. En las décadas de su apogeo encabezó un grupo de espíritus afines en lo político y lo estético, que lo acompañó en sus publicaciones y aportó competencia y tensión al debate de la época. Al regresar a México, a principios de los setenta, tras un breve periodo de exilio académico, Paz reanuda su añeja afición de editor de revistas y, a invitación del director de Excélsior, comienza a dirigir Plural en 1971. Esta revista se convierte en una ventana cosmopolita y en un foro de crítica que crea una amplia agenda de discusión. La lista de autores que difunde Paz es copiosa, también los asuntos polémicos que toca (la función social del escritor, la ausencia de crítica en Hispanoamérica, la política internacional). Cuando en 1976 Excélsior es víctima de una maniobra política desde el poder para desarticular su dirección, Paz y los miembros de Plural se solidarizan con el director y continúan, en Vuelta, su proyecto editorial de manera independiente.
Aunque Paz reparte mandobles a las distintas facciones del espectro político, su diálogo, o disputa fundamental, ocurre con las distintas izquierdas. La actividad de Paz resulta polémica en muchos aspectos: en su apuesta estética que, en una época de renovada militancia y sospecha de la llamada alta cultura, a muchos parece elitista y alejada de los imperativos de la realidad social; en su adscripción a un humanismo literario que invade terrenos especializados y no respeta jerarquías académicas; en su actitud escéptica ante algunas de las corrientes dominantes del pensamiento que adquirían gran influencia en el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales; pero, sobre todo, en sus posturas políticas. De entrada, cuando para muchos miembros de las generaciones recientes el cambio revolucionario en México y el mundo es una inminencia histórica y no desdeñan la vía armada para apurarlo, Paz aboga por un gradualismo poco excitante que pasa por la reforma democrática. Pero no sólo eso, Paz reprocha que parte de la izquierda ignore la situación de falta de libertades y violencia selectiva en los países socialistas.
Algunos de sus adversarios más agudos, a su vez, desconfían de la falta de formación teórica y del impresionismo literario del poeta, que es capaz de utilizar audaces metáforas históricas en el análisis político; recelan de la independencia de quien se maneja como pontífice cultural; reprochan su creciente anticomunismo, y piensan que su participación pública, así sea bien intencionada, es distractora de las urgencias y legitimadora para el régimen.
La polarización de la época no favorece las buenas maneras y en las disputas hay frecuente rispidez, simplificaciones y descalificaciones. Paz engloba a su variado espectro de interlocutores, como si fueran parte de una sola cabeza de izquierda dogmática. Sus adversarios, a su vez, tienden a reducir a Paz a una caricatura vanidosa y reaccionaria. Sin embargo, más allá de los excesos, muchos de los debates resultan esclarecedores en temas fundamentales, como los límites y potenciales de la participación del intelectual en la vida política; el papel de las artes en las sociedades y las posibilidades viables de cambio político.
Si Paz tiene una fuerte presencia polémica en la vida mexicana, también adquiere creciente relevancia en el plano cultural internacional, como defensor de un concepto de cultura no instrumental, de una serie de libertades básicas en los países que sufren dictaduras militares y, sobre todo en los países socialistas, y como militante en la Guerra Fría de las ideas.
En los ochenta, aunadas a las viejas diferencias, se establecen nuevas discrepancias con la izquierda, que se centran en el papel del Estado y en la función de la democracia formal en México, así como en los temas de política internacional. Paz critica el gigantismo estatal, aboga por la normalidad y formalidad democrática y fustiga la falta de pragmatismo de la política exterior mexicana. En particular, el tema de los movimientos revolucionarios en Centroamérica se convierte en la manzana de la discordia y la crítica de Paz a las reticencias democráticas del sandinismo culmina con el conocido episodio de la quema en efigie de 1984.
Puede pensarse en otros momentos climáticos, donde se despliega el temperamento polémico de Paz y sus posturas generan tormentas: en 1988 cuando Paz se pronuncia sobre las elecciones y va coincidiendo (lo mismo que muchos adversarios ideológicos) con los propósitos modernizadores del nuevo gobierno; en 1990, cuando Paz celebra la caída del socialismo real como una victoria analítica y moral de las posturas que había hecho patentes cuatro décadas atrás y organiza un encuentro rico en ideas y personalidades, aunque sazonado con el estilo personal del poeta y las ocurrencias incómodas de sus invitados (la famosa dictadura perfecta de Vargas Llosa); en 1992, cuando las añejas diferencias que había tenido con los miembros de la revista nexos se aúnan a una disputa por el mercado y la influencia cultural y se suscita un debate tan acre como aleccionador, alrededor del Coloquio de Invierno, o en 1994, acaso la última aparición polémica sustantiva de Paz, cuando irrumpió el movimiento zapatista ante el cual demostró simpatía por sus orígenes, pero reiteró su rechazo a la vía armada y criticó el entusiasmo fácil y voluble de buena parte de la intelectualidad de izquierda.

Nostalgia de la polémica

A lo largo de su trayectoria, sobre todo a partir de los setenta, Paz ejerce una “jefatura espiritual” que no carece de contradicciones y genera innumerables controversias que, en sus mejores momentos, trascienden el mundo literario y se transforman en debates públicos. Cierto, a menudo en dichos debates se impuso el tono colérico y, más que persuadir, se buscaba descalificar al adversario; con todo, ese cúmulo de discusiones, ya aseadas de sus vociferaciones, constituyen un espléndido legado de educación intelectual e interacción argumentativa. Paz peleó con un amplio elenco de intelectuales de todos los campos y por las más diversas razones, grandes o menudas. Algunos de sus roces más memorables comprenden apellidos como los de Aguilar Mora, Aguilar Camín, Alatorre, Bartra, Castañeda, Del Paso, Krauze, Monsiváis, Pereyra, Semo y Trabulse, entre muchísimos otros. En esta bitácora polémica de Paz hay de todo: fibra moral y bilis, intentos de diálogo y momentos de cerrazón, generosidad y vanidades.
No hay una manera unívoca en que Paz haya enfrentado las coyunturas y dilemas de la época, sus posturas se caracterizan por esa capacidad de sorprender, decepcionar o subvertir lo que esperaría una feligresía. Responden, no a una teoría o a un programa político, sino a una razón en permanente autoescrutinio y, sobre todo, a un temperamento suspicaz, levantisco y libertario. Quizá lo más importante es que Paz conserva su capacidad de señalar vetas de interés en todos los campos: los estudios sobre su obra que siguen surgiendo en muy distintos ámbitos intelectuales demuestran que su figura y su estilo de encaramiento continúan marcando rumbos, planteando preguntas, propiciando, como lo haría un maestro socrático, la irritación, la reflexión o la revelación.



lunes, 18 de noviembre de 2013

Los otros pasos de Jorge

Octubre/2013
Letras Libres
Armando González Torres, Jorge F. Hernández y Álvaro Díaz

El arte de armar pleito
Armando González Torres
La historia del debate intelectual aspira a llenar sus páginas con esa fina esgrima de las ideas que, se supone, marca los momentos climáticos en la conciencia colectiva. Sin embargo, no toda la polémica es civilizada y, a menudo, la lucha intelectual renuncia a las formas y adquiere un carácter de pleito arrabalero. Por lo demás, si bien las ideas son el ingrediente indispensable del debate, suele subestimarse el papel del ardor y el humor. Jorge Ibargüengoitia fue un observador controvertido y polémico de la vida y la historia nacional, que detentó una peculiar potencia polémica. Como es muy sabido, Ibargüengoitia fue un hombre de vocación pragmática que llegó, casi por casualidad, a la vida literaria: el joven ingeniero que, según relata el propio autor, se empeñaba en hacer funcionar una hacienda en Guanajuato y aprender el trato ambiguo de los campesinos súbitamente se convirtió, por la poderosa seducción de una puesta en escena de Emilio Carballido, en un aprendiz de arte dramático y, durante muchos años, picó piedra en el medio teatral. Luego de su decepción ante sus pocos logros y muchos obstáculos en ese terreno pasó con gran éxito a la narrativa. También cultivó el periodismo, publicó centenas de artículos y ejerció una crítica de las costumbres con una mirada tan amarga como festiva. Este autor atípico no respondía al arquetipo entonces vigente del artista: no blandía el escudo de la erudición, ni la lanza ética o ideológica; tampoco aguantaba las detracciones desde una altura olímpica o una indiferencia estoica y, a menudo, discutía con sus críticos (Ruffinelli, Alatorre) y hacía gala pública de sus filias y fobias. Su estilo directo, de una diáfana y seca corrección, así como su argumentación crítica, no apelan a los grandes discursos sino al sentido común, al legítimo egoísmo, a las flaquezas y prejuicios con que se identifica el individuo promedio.
Toda su obra puede observarse como una visión acerba de la historia, la vida social y política y el medio literario. Sin embargo, quizá la faceta más representativa de su vena polémica sea su etapa como crítico de teatro (El libro de oro del teatro mexicano, México, Ediciones El Milagro-UAM, 1999, es una magnífica antología de su trabajo en la materia). Ibargüengoitia hace crítica, cuando ya se ha desengañado, más que del arte, del gremio teatral, y guarda esa distancia, y ese resentimiento, que agudizan su pluma. “Durante un tiempo, hace años, fui crítico de teatro. Mis crónicas tuvieron un éxito modesto. Con ellas logré lo que nunca pude lograr con mis obras de teatro; es decir, que alguien las leyera.” En sus críticas de teatro, Ibargüengoitia ensaya una apreciación aparentemente ingenua, desde la perspectiva del espectador no especializado, que acude al teatro a divertirse y resulta frecuentemente decepcionado, agredido, ideologizado o aburrido sin misericordia. Por supuesto, este tono ingenuo oculta al conocedor solvente de todos los aspectos del teatro: la escritura, la dirección, el desempeño actoral, la música, la escenografía y hasta los problemas tras bambalinas (manejo de egos, recopilación de dineros, persuasión de autoridades incultas).
Hay dos momentos excepcionales en estas críticas que tal vez no son modelos del debate intelectual, pero sí son joyas del arrojo polémico y del afán parricida. Por un lado, su desahogo contra Rodolfo Usigli, su mentor, quien lo había formado e impulsado en el oficio teatral con un magisterio estricto. “Rodolfo Usigli fue mi maestro, a él debo en parte ser escritor y por su culpa, en parte, fui escritor de teatro diez años. Digo que fue mi maestro en el sentido más llano de la palabra: él se sentaba en una silla y daba clase y yo me sentaba y le oía, haciendo de vez en cuando un apunte en mi libreta...” Usigli e Ibargüengoitia se conocieron en 1951 cuando el ingeniero prófugo entró a estudiar arte dramático con el dramaturgo consagrado. Las cartas del maestro Usigli al discípulo que reproduce Vicente Leñero en Los pasos de Jorge (México, Joaquín Mortiz, 1989) son generosos consejos que constituyen una profesión de fe en el oficio artístico y muestran una preocupación casi paternal por la formación del pupilo. Con todo, el tiempo y diversos malentendidos los fueron distanciando: cuando en 1961 Usigli vuelve a México después de un largo periplo diplomático, en una entrevista con Elena Poniatowska menciona a los autores jóvenes más distinguidos y prometedores del teatro mexicano y el nombre de Ibargüengoitia no aparece. Sin ocultar su molestia, el alumno despechado reacciona de inmediato: “El caso es que yo, en venganza, escribí, y publiqué en el suplemento de Novedades, una nota intitulada ‘Sublime alarido del ex alumno herido’, acompañada de una tragedia en verso libre que se llama ‘No te achicopales, Cacama’. Nada de lo que he escrito ha sido tan venenoso, ni nada ha tenido tanto éxito.” La nota en cuestión comienza directamente con un reclamo ¡por qué no me menciona a mí! y para demostrar sus “méritos” el reclamante escribe una delirante y divertida mini-tragedia que ridiculiza la obra reciente de Usigli “Corona de fuego”, que trata del martirio de Cuauhtémoc y, de paso, se burla de la jerga y el tópico indigenistas, cuyos ecos rezagados se cuelan en la creación del maestro. (“Suena el teponaxtle, el xoxtle y el poxtle, la chirimía y el chichucaxtle; blanda el guerrero la macana con gana, porque yo, Cacama, lo ordeno.”) Este arrebato no solo muestra el enojo del ofendido, sino la forma en que una reacción visceral puede ser iluminada por el ingenio.
Otro de sus momentos polémicos controvertibles y memorables es cuando hace una crítica a la puesta en escena de Juan José Gurrola, en la Casa del Lago, de dos textos de Alfonso Reyes, el relato “La mano del comandante Arana” y “Landrú”. El primero es un relato fantástico de tono menor donde la mano de un militar adquiere vida propia, mientras que el segundo es un texto dramático sobre el célebre asesino francés que Reyes trabajó por muchos años sin atreverse nunca a publicarlo y que su viuda autorizó para su aparición en la revista Universidad de México, en 1964. Ibargüengoitia no gustó de ninguna de las dos obras y apenas celebra la voluntad de los actores para “hacer parecer ingenioso un texto que es de una estupidez y densidad verdaderamente lamentables”. Ibargüengoitia no solo se indigna contra la obra, sino contra la reacción del público que aplaude y se desternilla cada vez que la mano hace signos procaces. “Esto es más lamentable todavía que la obra, porque ocho cuartillas malas cualquiera las escribe, pero que el público no tenga alientos para protestar ante un fraude, es signo nefasto del tiempo y la sociedad en que vivimos.” En el mismo número, Carlos Monsiváis escribe una nota en la que defiende al Reyes ultrajado y condena la crítica impresionista y chistosa. En un número ulterior, Ibargüengoitia responde y renuncia su columna, cancelando así uno de sus últimos vínculos con el género que lo llevó a la literatura. “Los artículos que escribí, buenos o malos, son los únicos que puedo escribir. Si son ingeniosos (ver Monsiváis, loc. cit.) es porque tengo ingenio, si son arbitrarios es porque soy arbitrario y si son humorísticos es porque así veo las cosas, que esto no es virtud ni defecto, sino peculiaridad. Ni modo. Quien creyó que todo lo que dije es en serio es un cándido y quien creyó que todo fue broma es un imbécil.”
Hasta aquí la anécdota. Lo cierto es que estas exhumaciones de la malquerencia literaria de Ibargüengoitia, más allá de su carácter hilarante, hacen pensar en la naturaleza de la crítica: ¿hasta qué punto es imparcial el opinador? ¿Hasta qué punto la argumentación y apreciación la gobiernan el altruismo, la convicción ética, la apuesta por valores estéticos y el conocimiento profesional? ¿Cómo se puede guardar una distancia crítica ante la cercanía del sujeto a criticar? Y es que, como lo deja ver Ibargüengoitia, muy probablemente cuando se critica al contemporáneo no se critica al artista, sino al amigo o, al contrario, al pesado que no saluda en las tertulias, al galancete que se lleva las mejores muchachas de las fiestas o al gorrón que nunca paga los préstamos. Igualmente, en un medio polarizado el método más socorrido para apreciar a un contemporáneo suele ser el hígado y no es extraña la crítica de consigna y de conveniencia. Esta frecuente e inevitable situación de cercanía emocional y conflictos de interés apela, para mitigarla, tanto a la ética del crítico, como a su humor y realismo. Al poner en suspenso la banderas morales y profesionales de la crítica, Ibargüengoitia hace recaer en el texto, en su ingenio y verdad intrínsecas, el peso de la prueba polémica. Por eso, ese insigne golpeador tuvo, al menos, el mérito de llevar a la superficie, con una inusual sinceridad y con la dignidad del humor, esa oscura y fascinante república subterránea de la maledicencia.

La patria a cuestas
Jorge F. Hernández
Basta verlo en fotografías o mirarlo en el recuerdo para confirmar que Jorge Ibargüengoitia viajaba con México sobre los hombros, filtrado en las retinas o conjugado en la saliva como un sabor inevitable que se mezclaba con todos los paisajes posibles del mundo, así como todo lo que veía tenía una o varias dioptrías de comparación o identificación con la matria de sus recuerdos. Hay mexicanos que en cuanto se llegan a Madrid empiezan a cecear como si no fueran descendientes indirectos de Tetlepanquetzal y hay los que ya son viajeros frecuentes a New York que no solo niegan haber utilizado triángulos de tortilla como tenedores para comer huevo revuelto en algún momento de sus triunfadoras vidas, sino que además ya miran con desprecio a los paisanos que siguen llamando mojados aunque llevan más de diez años de residencia oficial en New Jersey... pero hay mexicanos que viajamos dentro y fuera de México como si lleváramos la patria a cuestas, como una inmensa piedra que nos convierte en Pípilas para todo paisaje.
Ibargüengoitia llevaba la patria a cuestas cuando detectaba con ojo clínico en un aeropuerto de una nórdica ciudad a un mexicano que “llevaba una gorra de piel y un pesado abrigo negro. Esto no daba ninguna pista. Los bigotes finos y bien recortados lo hacían sospechoso, pero lo que precipitó mi conclusión fue que del abrigo negro salían unos pantalones de gabardina azul pavo y, de ellos, unos zapatos amarillos, que es una combinación que solo se encuentra entre la personas nacidas en los alrededores de Moroleón, estado de Guanajuato”.
Es inevitable. Uno se propone guardar y hacer guardar preceptos de la hermandad universal y, sin querer, vemos de lejos (y luego, con estupor en cuanto se nos acercan) a los paisanos que nos recuerdan precisamente aquello de que la Patria es primero, que solo estamos de viaje y luego hemos de volver a las pesadillas y quesadillas de siempre. En la enredada balanza de las comparaciones a Ibargüengoitia le tocó una larga época –no muy diferente a la de hoy mismo– en la que el viajero mexicano vuelve del extranjero para presumir maravillas tecnológicas que aún no llegan al Valle de Anáhuac o bien quejándose de que Tokio será la ciudad del mañana, pero allí ya nadie sabe hacer un buen huevo estrellado.
Lejos del Síndrome del Jamaicón (ese nostalgia irrebatible que aqueja a quienes no pueden estar más de veinticuatro horas lejos del comal maternal), Ibargüengoitia aguzaba la miraba de sus ojos inmensos como si fuera un ensayista inglés de principios de siglo XX, un Chesterton agudo y cuevanense que con genial sentido del humor (y no por hacerse el chistosito) detectaba al instante la ironía, los sarcasmos, el ridículo, la pura verdad, belleza o engendro de reconocer en pleno centro de Berlín a un volador de Papantla o al licenciado Rivadavia, catedrático de la Universidad de Guanajuato, en viaje de evidente placer con siete miembros horrendos de su familia.
Aquí quizá quepa aclarar que Jorge Ibargüengoitia era viajero profesional desde la infancia por el hecho de haber sido boy scout, ese gremio de empedernidos excursionistas, montañistas heroicos que son capaces de encender una fogata sin cerillos, amarrar un mástil en medio del bosque con nudos infalibles y conquistar todos los campos de estrellas con interminables narraciones de madrugada. Es celebrado el cuento donde Ibargüengoitia narra la envidiable aventura cuando asistió con su amigo Manuel Felguérez al Jamboree mundial de los scouts en Europa sin la venia oficial de la organización y por la vía libre en su más honesta acepción: desde entonces se explaya en él la habilidad no solo de la detección instantánea de paisanos, sino de la contemplación del mundo y de todos los Otros con ojos de papel volando, esa suerte de invisible penacho con el que medimos la ridiculez ajena o detectamos vicios y virtudes en los países sin ñ.
Bien vista, esta sabia virtud de Ibargüengoitia –que se contagia en cuanto lo leemos– se aplica no solo para viajes por la América ignota, sino también en recorridos por el México insólito. Tal como hiciera él mismo, el viajero que se arma con este tipo de sinceridad en las maletas detecta que un hotel en pleno centro de San Andrés Tuxtla, Veracruz, bien podría ser un edificio clonado de la colonia Narvarte en la ciudad de México y además consigna que sobre el escritorio de la habitación que parece un horno transita “una cucaracha del tamaño de un pambazo”, así también un viaje relámpago a Tepoztlán, Morelos, se envuelve en una neblina de nostalgias de cuando Ibargüengoitia llegó siendo scout y contrasta con la crónica donde va del brazo de Joy Laville y en donde no se libran de que un fulano invisible le robe a Jorge la libreta de direcciones creyendo que era su cartera y un dipsómano empedernido se acerque necio en medio de una plaza recién llovida para insistir que le regale un cigarro, como el personaje necio de su novela Estas ruinas que ves que se empeña en conocer a los comensales de una tertulia cantinera hasta terminar orinándose encima de ellos porque no lo reconoce nadie.
Ibargüengoitia en Washington es también capaz de definir a primera vista la blanca ciudad de los negros como la capital mundial de las estatuas en bronce verde, zurradas ad náuseam por palomas más que groseras y poner en real perspectiva la desconcertante opulencia de los monumentos griegos, banquetas, letreros y hasta obelisco si no de mármol al menos de granito dizque impoluto que nada tienen que ver con los estrechos callejones empedrados de Guanajuato; y es también el agudo observador que descubrió que llegar a Lima produce una sensación idéntica a la de aterrizar en Querétaro y el narrador que supo distinguir los distintos grados de nostalgia que destila Buenos Aires, no sin antes acotar que muchos mexicanos la definirían como ciudad europea o más bien “París pero con Paseo Montejo”. Ibargüengoitia en La Habana es el dramaturgo que ha dejado de serlo para consagrarse como novelista premiado y escoltado por un inseparable uniforme verde olivo que no lo deja solo ni en los elevadores del hotel; Jorge con Joy en París es el que dice vivir todas las noches en México por los sueños donde se le aparecen choferes de autobús que parecen siempre rondar las calles aledañas al Paseo de la Reforma, porque uno se acuesta con la patria sin importar en realidad dónde duerme al llevar encima tanta pesadilla y tanto sueño entrañable como quien memoriza charlas de sobremesa que se guardan en la saliva y reaparecen inesperadamente en un comedor de Italia y porque uno lleva tatuados en el alma escenarios biográficos que luego se confunden y parecen un déjà-vu al cruzar una esquina de Praga o un prado en Bulgaria y creer que hemos vuelto sin explicación posible a un rinconcito ya casi olvidado de Morelia o al prado intacto de un jardín en Silao.
Los pasos de Jorge lo convertían en viajero incluso cuando iba de Coyoacán al Zócalo de la ciudad de México y en más de una ocasión sus maravillosos párrafos en periódico no eran más que la detallada crónica de una travesía que parecía inverosímil: el viaje en metro, los ajetreos del autobús y las peripecias de los taxis como continuación interminable de las aventuras como scout al aire libre, cruzando los cerros morados y luego como viajero de trenes, experto en navegaciones bizarras para atravesar el Atlántico hasta llegar al destino inexplicable –y trágico– de volar por todo el mundo (y no hay quien pueda quedarse quieto ante el óleo de colores pálidos donde Joy lo retrata sobre el infinito azul y a lo lejos se ve ese avión que podría llamarse eternidad). Es el instante que ya dura para siempre donde Ibargüengoitia camina por las calles viejas de Madrid, donde decía sentirse como en casa, y a cualquiera de sus devotos lectores nos duele tanto saber que una rara forma de evocarlo es imaginar ya para siempre que él anda de viaje, precisamente allá y más lejos, aunque lleva la patria a cuestas.

Desde chile
Álvaro Díaz
“Le cuento que la visita a la hemeroteca no fue muy exitosa. Pero valga decir en mi nombre que ahí estuve de 9:30 a 15:00 horas muy dedicada, y que luego me vine corriendo a mandarle este mensaje antes de pasar por mi chamaca.
En fin: el sistema de consulta es un desastre, y para acabarla no te dejan fotografiar los tomos, solo fotocopiar las noticias. Y si el tomo ya está malito de encuadernación no te dejan ni fotocopiar las notas. Eso me pasó en varios casos, quizá los más tristes sean los textos ‘De Jorge solo quedó un zapato; mejor así no le podrán hacer homenajes nacionales: Juan García Ponce’ (Fernando de Ita, Unomásuno, 2 de diciembre de 1983) y ‘Fundamental, mi querido Jorge’ de Juan José Gurrola (Unomásuno, 7 de diciembre de 1983), en el caso del primero quise copiártelo a mano pero eran tres columnas en casi toda la página y me desalenté rápido.”
Aunque no lo parezca, el correo de Renata, mi diligente cuñada mexicana, estaba lejos de ser una decepción. Contenía un puñado de interesantes recortes de diarios que reseñaban la trágica muerte de Jorge Ibargüengoitia y apuntes de cercanos que justificaban con creces la mañana sacrificada entre periódicos desintegrados y funcionarios hoscos. Me habían encargado el prólogo de Recuerdos de hace un cuarto de hora, selección editada en Chile de artículos de Ibargüengoitia, y deseaba establecer su lugar dentro de las letras mexicanas al momento de su muerte, objetivo que estuve lejos de cumplir y que a la postre daba lo mismo. Solo pude asegurar que Ibargüengoitia no tenía la cuenta bancaria de Vargas Llosa, pero estaba lejos de ser un vagabundo: vivía tranquilamente en París, cobraba decentemente y tenía una esposa inglesa y pintora. Lo que sí obtuve fue el relato estremecedor del Avianca capotado en el aeropuerto de Barajas y las múltiples impresiones de sus contemporáneos, que daban cuenta de una personalidad compleja, alejada de la caricatura bonachona que un aficionado podría construir de un autor eminentemente humorístico. Entre ellas una columna de Enrique Aguilar titulada “Jorge nos hizo llorar a todos”, aparecida el 29 de noviembre de 1983, dos días después del accidente. Aguilar, en tono de ficción, imagina el dolor que provoca en una familia seguidora de Ibargüengoitia la noticia de su deceso. Lo que para la mayoría era un hecho impactante pero olvidable, para los protagonistas de la columna es una fatalidad mayor. Se han leído todas sus crónicas, cuentos y novelas, y saben que ya no queda nada en ese estante fantástico. El escritor que producía el milagro de hacer reír ya no publicaría más, y los libros volverían a ser lo que eran: un decorado en la repisa, amparo seguro para el aburrimiento. “Ayer todos juntos se pusieron a chillar –escribe Aguilar en el último párrafo de su columna–. Hubo quien aún no había leído Los pasos de López y lo dijo abiertamente. A ese lo vieron con cierta envidia porque a ese Jorge aún tenía algo más que contarle que no fuera el único mal chiste que desde en la mañana todos ya sabían.”
Mi hermano Rodrigo, pareja de Renata y avecinado en el Distrito Federal, fue quien me recomendó Ibargüengoitia a ojos cerrados. Fui a buscar algún ejemplar a la librería El Sótano de Coyoacán, pero me costó un mundo encontrarlo, no porque no estuviera sino porque en la media hora de caminata se me olvidó por completo su difícil nombre. Después de un rato preguntando sin éxito (es complejo preguntar por un escritor del que se desconoce su identificación y su obra) di de rebote con Dos crímenes y recordé que ese era uno de los títulos recomendados. La portada en tonos pastel ilustrada por Joy Laville y la sencillez de la edición me asustaron un poco, porque me recordaban algunas novelas escolares chilenas de lánguido devenir. Pero bastaron un par de páginas para echar por tierra los prejuicios. Ibargüengoitia tenía un ritmo narrativo perfecto, una capacidad de observación privilegiada y sentido del humor absoluto. Lo que me gustó de entrada es que escribiera un sencillo etc. para cerrar párrafos amenazados por el tedio o un innecesario lucimiento estilístico. Mientras leía pensaba que era el guión perfecto para una película, incluso fantaseé con conseguir los derechos, pero al detenerme en la geografía del Plan de Abajo, región ficticia donde sucede el universo ibargüengoitiano, me di cuenta de que en Chile era imposible recrearla. Luego supe que otro se me había adelantado y la película ya existía. La vi pero no era lo mismo. Donde por escrito todo era encanto, en la pantalla apenas palpitaba algún esbozo de vida. El director Roberto Sneider siguió a la pata el relato pero no supo captar en imágenes su lucidez, sucumbiendo en un estilo de cine latinoamericano muy propio de hace un par de décadas: turístico, folclórico y almibarado. Este traspaso de formatos hace evidente por comparación el genio de Ibargüengoitia: escribir sin moralina, con una precisión abrumadora y hacerlo ver como si no importara, como si estar del lado del público para inquietarlo y hacerlo reír fuera fácil, lógico, un asunto de sentido común.
Ibargüengoitia estaba lejos de ser un payaso. No le interesaba la burla ni la caricatura, sino la profunda humanidad que mueve a las personas sobre la tierra. Él mismo lo define en una entrevista, aparecida en el número 100 de la revista Vuelta: “El humorismo no sé qué es. Un señor que hace chistes no me interesa. Sé que ciertas cosas son chistosas, y puedo hacer chistes, pero no me parece que la risa tenga ninguna virtud ni que sea una ventaja. Lo que a mí me interesa es presentar la realidad y si la presentación puede ser chistosa está muy bien. Pero hacer un chiste de algo que no es chistoso me parece grotesco. La muerte de alguien, la muerte de un canalla por ejemplo, puede ser la cosa más chistosa del mundo. Pero en el momento en que la presentas así pierdes una perspectiva, la escena queda fuera de su dimensión particular.”
La humanidad tendemos a confundirla con el humanitarismo y todos los loables valores que de él provienen. Pero nada más distinto. La humanidad no juzga ni hace valoraciones más allá de lo que ve. Describe desde un punto de vista concreto una realidad con ánimo de comprenderla. La desconfianza, el egoísmo y la envidia son tanto o más humanos que la generosidad o la filantropía. En el humanitarismo, el pobre y el sometido son mejores que el rico y el abusador. En la humanidad, no. En este sentido, un autodenominado “servidor público” era para Jorge un ser digno de toda sospecha, para qué decir las ceremonias solemnes y los episodios heroicos. En los mundos político-militar de Los relámpagos de agosto o universitario de Esas ruinas que ves no habita ni un solo ser digno de homenaje. Todos se mueven por miserias y son la desidia, la vanidad y el deseo los legítimos motores de todo lo que acontece. “Soy hombre, y a ningún otro hombre estimo extraño”, escribió Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida. A Ibargüengoitia esa cita le venía como anillo al dedo.

viernes, 4 de octubre de 2013

Piedra de sol y el 68

28/Septiembre/2013
Laberinto
Armando González Torres

El pie de imprenta de “Piedra de sol”, el poema más célebre y celebrado de Octavio Paz, data del 28 de septiembre de 1957. Como ha documentado Víctor Manuel Mendiola en su libro El surrealismo de piedra de sol, la plaquette recibió un amplio beneplácito crítico y se convirtió rápidamente en una referencia generacional. ¿Qué ocurrió para que un poema largo y complejo, escrito por un autor controvertido, alcanzara tal popularidad?  Piedra de sol es muchas cosas: un ejercicio de sincretismo y diálogo intercultural; un prodigio de virtuosismo técnico y, sobre todo, un arrebatado elogio de la rebeldía, el amor y el placer. Es este rasgo el que embona con el clima de ideas por venir y el que establece la mayor empatía con los lectores futuros. Puede decirse que hay una profunda conexión emocional entre el poema y las consignas que, años más tarde, se popularizarán y pretenderán pasar de la utopía a los hechos en los movimientos estudiantiles del 68. Cierto, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la preocupación en torno al cultivo de la personalidad autoritaria, la represión de los sentidos y el nacimiento del hombre unidimensional ocupa a muchos pensadores; sin embargo, la articulación poética de estas inquietudes en Paz resulta especialmente seductora. Con la alusión al calendario azteca (que está lejos de ser un recurso nacionalista), Paz erige el tiempo arquetípico y circular del mito frente a la temporalidad lineal y cronológica de la historia. Lo que hace el poema es ilustrar esas dos formas de temporalidad y encontrar un vínculo entre ellas: el amor. La poesía y el amor son perturbadores, pues extraen el lenguaje y el sexo de su función pragmática y los vuelven, a la vez, gratuitos y trascendentes; pero, sobre todo, porque trastornan el sentido del tiempo. En el encuentro amoroso pueden reconciliarse historia y mito, fugacidad y eternidad, fragilidad y perdurabilidad.

Regresar al tiempo original cuestiona las nociones de futuro, progreso, productividad, normalidad y todas las categorías cerradas que, a decir de los críticos de la modernidad, caracterizan esta época desencantada. El hombre atado al reloj, al dinero y al qué dirán ha dejado de ser humano. Salir del tiempo  reivindicando la ritualidad de la poesía y el éxtasis del placer es, entonces, un acto de libertad poética. Así, las distintas gradaciones del amor aparecen en el poema de Paz, con énfasis en la fuerza telúrica que es el amor loco. Este amor implica una rebelión integral: contra el fanatismo político, el conservadurismo social y el imperio de la rutina. No es extraño que Paz, aunque crítico de sus extremismos, haya mostrado simpatía y solidaridad hacia los movimientos juveniles. Pero lo más importante es que este poema escrito por un hombre de cuarenta y tantos años, desengañado de la ideología y con algunos tropiezos sentimentales a cuestas, no parece decir adiós a la juventud, sino recuperarla en su elocuente elogio amoroso.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Un misterio simple

14/Septiembre/2013
Laberinto
Armando González Torres

Probablemente en varias redacciones estaban azorados por el nombre tan poco familiar: el ganador del controvertido Premio FIL no fue algún célebre narrador locuaz o alguna conocida escritora progresista; sino un viejo poeta, creador de una obra imponente diseminada en varias disciplinas, y desconocido del gran público.  Un veredicto malo para los negocios, pues el poeta francés Yves Bonnefoy (1923) no detenta el atractivo de los escritores bendecidos por los medios; pero bueno para la literatura, pues es un auténtico clásico que, si bien tiene como núcleo creativo la poesía, ha renovado desde la crítica de arte y la teoría literaria hasta la hermenéutica. Bonnefoy  esgrime inquietudes profundas que no se conforman con las respuestas de la razón (la forma perfecta), o de la sinrazón (el surrealismo) y que buscan vínculos fecundos entre estos dos órdenes de la experiencia.  En un ambiente de rentable nihilismo, Bonnefoy busca restituir presencia y significado a la poesía y rehabilitarla como enlace de la unidad del mundo, mediante un esfuerzo para imbuir al poema rigor, lucidez y realidad: (Que este mundo permanezca/Que la ausencia, la palabra/Sean uno, para siempre/En la cosa más simple).  Hay profundas interconexiones entre su ascetismo artístico y su apuesta ontológica: desde  Del movimiento y la inmovilidad de Douve esa vibrante, luminosa y misteriosa forma elegiaca  hasta Las tablas curvas, último libro suyo que conozco, Bonnefoy utiliza al poema como medio de conocimiento y proveedor de sentido. 
La poesía de Bonnefoy, a veces más elaborada, a veces más escueta, pero siempre concreta, aporta una rica cauda de símbolos, en la que confluyen sus vertientes como crítico de arte interesado en distintas épocas, como lector de la extensa tradición de la poesía de Occidente, como explorador de aspectos fundamentales de la correspondencia de las artes y como animador de la gran empresa académica de un diccionario de las mitologías. La formidable curiosidad intelectual de Bonnefoy no se refleja, sin embargo, en una erudición ostentosa, sino en una sensibilidad aguzada que brinda a su poesía múltiples instrumentos para reconocer y descifrar la realidad. En Bonnefoy los mitos recuperan su elocuencia, alimentan una visión estética y espiritual y su aparente hermetismo ilumina y revela: (¿Estás muerta de veras o juegas/a fingir todavía la sangre,/la palidez, tú que al sueño te entregas/con esa pasión que tan solo se pone al morir?).   Bonnefoy ve la naturaleza y los objetos como solo los podrían ver un moribundo o un recién nacido, con una necesidad imperiosa de sentido: (La tomaran o no nuestras manos,/idéntica abundancia./Tuviéramos abiertos o cerrados los ojos,/idéntica la luz.). Habita en su poesía ese realismo que reconcilia de manera prodigiosa lo ordinario con lo imaginario, lo empírico con lo onírico y que revela, con mirada presocrática, que en cada cosa hay presencias originarias y bullen dioses.

sábado, 3 de agosto de 2013

Dos intrusos

3/Agosto/2013
Laberinto
Armando González Torres

En 1945, Octavio Paz llega a Francia con un empleo diplomático de medio pelo. Tiene 31 años, una esposa y una hija y ha publicado algunas plaquettes en México. En la cúspide de la vitrina cultural se encuentra la moda existencialista, con sus dos animadores Jean Paul Sartre y Albert Camus. Camus es apenas unos meses mayor que Paz, aunque ya ha publicado varios libros, entre ellos El extranjero, y resulta una estrella ascendente en el firmamento parisino.  Algunos años después de su llegada, Paz conoce a Camus en un homenaje a Antonio Machado en el que Paz participa como orador y de inmediato simpatizan (el escritor con aire de Humphrey Bogart es quien, a decir de Paz, se le acerca para felicitarlo).  El aún desconocido Paz, que proviene de los entonces considerados suburbios intelectuales y hace sus esfuerzos en las tertulias parisinas, aprecia la afabilidad y sencillez del ya célebre Camus (tan distinta a la de otros santones). Camus, por su parte, goza de notoriedad cultural, aunque, en el fondo, su estatus no es muy distinto al de su colega mexicano.  Apenas en 1940 abandonó Argelia y se avecindó en París y su condición no deja de ser periférica y conflictiva.  Por decir algo, ha escrito, sin ser filósofo, un libro heterodoxo de tono filosófico El mito de Sísifo que, discutido por el público, es ignorado por los especialistas. En lo político, reconoce la situación de opresión e injusticia en Argelia, pero no cree en la violencia, ni en el matricidio cultural hacia Francia. Igualmente, pertenece genéticamente a la izquierda, pero ha roto con el marxismo ortodoxo y con la línea soviética que hace pactos deleznables y replica las atrocidades nazistas.  Todo ello lo arrincona en una escena intelectual que lo celebra tanto como lo desdeña.
Camus y Paz representan, con sus distintas batallas, ese proceso mediante el cual las periferias ensanchan el horizonte de percepción intelectual y artística de las metrópolis, son esa presencia intrusiva que es aceptada trabajosamente y que, de repente, se vuelve central (Camus le da espesor vital y moral al existencialismo, Paz revive un surrealismo decrépito y relee la tradición poética de Occidente).  Camus tiene un ascenso vertiginoso y una vida breve de héroe romántico; Paz requiere más tiempo y combates para forjar y hacer reconocer su obra. Ambos comparten rasgos de origen y carácter, pues de modo parecido viven el drama de la orfandad o el abandono; de la pobreza juvenil; de la conflictiva incorporación a círculos intelectuales por su “falta de solidez ideológica”.  Comparten, también, ese vitalismo que ilumina su rigor (son solares, expansivos y sensuales); ese ejercicio de alto diletantismo que alumbra con intuiciones nuevas disciplinas llenas de telarañas, y ese instinto libertario que los lleva, en sus mejores momentos, a dudar, retobar y argumentar desde el margen. Falta mucho por abundar en la amistad y los paralelos entre estos dos indispensables intrusos.  

sábado, 16 de febrero de 2013

Cuatro razones para leer hoy a Manuel Ponce

16/Febrero/2013
Laberinto
Armando González Torres

 
1. Porque  es un poeta católico, de hecho un sacerdote, que, sin embargo, no se ciñe a ninguna ortodoxia y cultiva una poesía libre, audaz y novedosa, que experimenta con metros e imágenes, que utiliza el humor, que descubre texturas, colores y sabores en el lenguaje.
    2. Porque su poesía es un panteísmo inteligente, una celebración constante de lo vivo que tiene un timbre jovial, que se solaza con el sol y la brisa, que sabe asombrarse con los pequeños prodigios cotidianos y que emana caridad y cordialidad con el mundo.
3  3. Porque su obra es un destilado de la tradición más exigente de la poesía religiosa culta, pero también una celebración de la devoción popular y sus entonaciones sencillas, y porque en sus versos conviven fecundamente los homenajes al canon y las improvisaciones, los arcaísmos y los neologismos.
4  4. Porque en su poesía hay mucho más de teofanía que de teología y, por ello, sin la impaciencia por la revelación, su verso ligero y festivo es capaz de percibir una presencia más allá de la palabra, un misterio radiante, una divinidad sencilla y amigable que se despliega en un juego infantil, en el paso de un animal, o en el brote esplendoroso de una flor: “Esa voz deslizada/ que pregona entre orillas/ una finalidad/ sonriente. ¿No eras Tú?”

lunes, 11 de febrero de 2013

Historia de nuestras consagraciones

Febrero/2013
Nexos
Armando González Torres

Era un lejano diciembre de cambio sexenal cuando me anunciaron por teléfono que había ganado un premio literario y me dijeron que la ceremonia de entrega se programaría unos días después. Cuando acudí a recibir el anhelado premio, una de las recurrentes devaluaciones de esa época ya había disminuido su monto real a la mitad. Me importó, por supuesto, pero no tanto: lo más relevante era que ese premio me sacaba del anonimato del aficionado y me brindaba un sentido de pertenencia a un gremio que me resultaba glacial e impenetrable. Por fin podría aventurar un socarrón “colega” hacia esos adustos mentores literarios que dudaban de la aptitud creativa de cualquiera que no hubiese estudiado letras o hacia esos contemporáneos que, más precoces y veloces que yo en la meritocracia literaria, me miraban con desdén cuando intentaba asistir a sus tertulias. Por fin, también, podría presentarme legítimamente como escritor ante mis compañeras de oficina, esas bellas escépticas que cuando les presumía mi vocación invariablemente me exigían pruebas: “Así que eres escritor, ¿y ya te has ganado algún premio?”.

Exagero, pero no mucho: fuera y dentro del medio literario, la forma inicial de distinción de un autor tiende a ser, más que su escritura, la relación de sus premios y su notoriedad mediática. Por eso no es extraño que, para la identidad deteriorada y la vocación vacilante del que se inicia en la vida literaria, un premio pueda ser una especie de confirmación del llamado. Un premio brinda estímulo a un aspirante, le ofrece una ilusión de proyección y movilidad en el difícil medio de la literatura y ayuda a configurarlo en la órbita pública. Además, el premio puede proyectar el trabajo literario más allá de las fronteras iniciales de los devotos y lectores profesionales y darle realce social. Por supuesto, esta convertibilidad del premio en el mercado literario explica su predominancia como mecanismo de ascenso y promoción y los excesos en su utilización y usufructo.

Mucho, y muy lúcidamente (desde Pierre Bordieu hasta James English, desde Anadeli Bencomo hasta Fernando Escalante), se ha escrito en torno a los premios como instrumentos con alta liquidez en la “economía del prestigio”. A la luz de estas lecturas, es innegable que la proliferación de premios implica, en muchos sentidos, una imposición de los criterios del consumo y del espectáculo sobre la creación artística; que a menudo sobrepone los intereses ideológicos o comerciales al mérito creativo; que produce formas evidentes de corrupción; que genera conformismo e inercias críticas, y que tiende a una saturación de reconocimientos en la que lo más raro (y confiable) puede ser un creador, o una obra, que no ostenten ningún premio.

Si bien es fundamental criticar la tendencia a la multiplicación y banalización del reconocimiento literario, el premio es una institución con la que hay que convivir. Por lo demás, un premio bien encauzado, desde un certamen municipal hasta un reconocimiento internacional, puede estimular vocaciones, crear gusto, ensanchar los lindes de las comunidades literarias, reconocer trayectorias ejemplares o impulsar obras innovadoras. De ahí la importancia de insistir en los protocolos de otorgamiento de los premios.

Poco se puede decir cuando los premios provienen de recursos privados, aunque en términos empresariales conviene la credibilidad y calidad de dichos reconocimientos. En lo que atañe a los premios que empeñan el prestigio de instituciones oficiales y el uso de recursos públicos, debe exigirse el máximo cuidado en su transparencia y buen nombre. Vale la pena preguntarse también en torno a la pertinencia del premio como mecanismo hegemónico de promoción literaria. Y es que, acaso por comodidad, las instituciones públicas tienden a generar una sobreoferta de premios, pues este tipo de patronazgo implica una visibilidad y rentabilidad inmediata frente a otras formas de promoción sistemática de la literatura (talleres, fomento a la lectura, bibliotecas). Por eso, pese al bochorno de la FIL, la explosión demográfica de estos mecanismos prosigue y en los meses recientes se han creado, al menos, tres premios dotados con grandes bolsas en dólares. Tal vez nunca sean demasiados los estímulos a la literatura; sin embargo, la suspicacia persistente daña su función. Por eso los organizadores de los distintos premios no sólo deben procurar los fondos, sino establecer reglas sensatas para garantizar su limpieza. Cada nuevo premio debería responder a dos criterios: por un lado, no debe propiciar los favores mutuos entre camarillas, sino ensanchar la comunidad y la conversación cultural; por el otro, no debe responder a una competencia de ocurrencias, ni a una carrera de montos, y debe estar vinculado a otras modalidades de fomento de la creación y generación de públicos. Por supuesto, aun en esta circunstancia idílica, no hay que olvidar que los premios son, simplemente, una práctica de promoción y política cultural y su brillo social no tiene una equivalencia exacta con el mérito literario: muchos escritores eminentes nunca recibirán un premio, y otros serán eminentes pese a sus muchos premios.