Octubre/2013
Letras Libres
Armando González Torres, Jorge F. Hernández y Álvaro Díaz
El arte de armar pleito
Armando González Torres
La
historia del debate intelectual aspira a llenar sus páginas con esa
fina esgrima de las ideas que, se supone, marca los momentos climáticos
en la conciencia colectiva. Sin embargo, no toda la polémica es
civilizada y, a menudo, la lucha intelectual renuncia a las formas y
adquiere un carácter de pleito arrabalero. Por lo demás, si bien las
ideas son el ingrediente indispensable del debate, suele subestimarse el
papel del ardor y el humor. Jorge Ibargüengoitia fue un observador
controvertido y polémico de la vida y la historia nacional, que detentó
una peculiar potencia polémica. Como es muy sabido, Ibargüengoitia fue
un hombre de vocación pragmática que llegó, casi por casualidad, a la
vida literaria: el joven ingeniero que, según relata el propio autor, se
empeñaba en hacer funcionar una hacienda en Guanajuato y aprender el
trato ambiguo de los campesinos súbitamente se convirtió, por la
poderosa seducción de una puesta en escena de Emilio Carballido, en un
aprendiz de arte dramático y, durante muchos años, picó piedra en el
medio teatral. Luego de su decepción ante sus pocos logros y muchos
obstáculos en ese terreno pasó con gran éxito a la narrativa. También
cultivó el periodismo, publicó centenas de artículos y ejerció una
crítica de las costumbres con una mirada tan amarga como festiva. Este
autor atípico no respondía al arquetipo entonces vigente del artista: no
blandía el escudo de la erudición, ni la lanza ética o ideológica;
tampoco aguantaba las detracciones desde una altura olímpica o una
indiferencia estoica y, a menudo, discutía con sus críticos (Ruffinelli,
Alatorre) y hacía gala pública de sus filias y fobias. Su estilo
directo, de una diáfana y seca corrección, así como su argumentación
crítica, no apelan a los grandes discursos sino al sentido común, al
legítimo egoísmo, a las flaquezas y prejuicios con que se identifica el
individuo promedio.
Toda su obra puede observarse como una visión
acerba de la historia, la vida social y política y el medio literario.
Sin embargo, quizá la faceta más representativa de su vena polémica sea
su etapa como crítico de teatro (
El libro de oro del teatro mexicano, México, Ediciones El Milagro-
UAM,
1999, es una magnífica antología de su trabajo en la materia).
Ibargüengoitia hace crítica, cuando ya se ha desengañado, más que del
arte, del gremio teatral, y guarda esa distancia, y ese resentimiento,
que agudizan su pluma. “Durante un tiempo, hace años, fui crítico de
teatro. Mis crónicas tuvieron un éxito modesto. Con ellas logré lo que
nunca pude lograr con mis obras de teatro; es decir, que alguien las
leyera.” En sus críticas de teatro, Ibargüengoitia ensaya una
apreciación aparentemente ingenua, desde la perspectiva del espectador
no especializado, que acude al teatro a divertirse y resulta
frecuentemente decepcionado, agredido, ideologizado o aburrido sin
misericordia. Por supuesto, este tono ingenuo oculta al conocedor
solvente de todos los aspectos del teatro: la escritura, la dirección,
el desempeño actoral, la música, la escenografía y hasta los problemas
tras bambalinas (manejo de egos, recopilación de dineros, persuasión de
autoridades incultas).
Hay dos momentos excepcionales en estas
críticas que tal vez no son modelos del debate intelectual, pero sí son
joyas del arrojo polémico y del afán parricida. Por un lado, su desahogo
contra Rodolfo Usigli, su mentor, quien lo había formado e impulsado en
el oficio teatral con un magisterio estricto. “Rodolfo Usigli fue mi
maestro, a él debo en parte ser escritor y por su culpa, en parte, fui
escritor de teatro diez años. Digo que fue mi maestro en el sentido más
llano de la palabra: él se sentaba en una silla y daba clase y yo me
sentaba y le oía, haciendo de vez en cuando un apunte en mi libreta...”
Usigli e Ibargüengoitia se conocieron en 1951 cuando el ingeniero
prófugo entró a estudiar arte dramático con el dramaturgo consagrado.
Las cartas del maestro Usigli al discípulo que reproduce Vicente Leñero
en
Los pasos de Jorge (México, Joaquín Mortiz, 1989) son
generosos consejos que constituyen una profesión de fe en el oficio
artístico y muestran una preocupación casi paternal por la formación del
pupilo. Con todo, el tiempo y diversos malentendidos los fueron
distanciando: cuando en 1961 Usigli vuelve a México después de un largo
periplo diplomático, en una entrevista con Elena Poniatowska menciona a
los autores jóvenes más distinguidos y prometedores del teatro mexicano y
el nombre de Ibargüengoitia no aparece. Sin ocultar su molestia, el
alumno despechado reacciona de inmediato: “El caso es que yo, en
venganza, escribí, y publiqué en el suplemento de
Novedades,
una nota intitulada ‘Sublime alarido del ex alumno herido’, acompañada
de una tragedia en verso libre que se llama ‘No te achicopales, Cacama’.
Nada de lo que he escrito ha sido tan venenoso, ni nada ha tenido tanto
éxito.” La nota en cuestión comienza directamente con un reclamo ¡por
qué no me menciona a mí! y para demostrar sus “méritos” el reclamante
escribe una delirante y divertida mini-tragedia que ridiculiza la obra
reciente de Usigli “Corona de fuego”, que trata del martirio de
Cuauhtémoc y, de paso, se burla de la jerga y el tópico indigenistas,
cuyos ecos rezagados se cuelan en la creación del maestro. (“Suena el
teponaxtle, el xoxtle y el poxtle, la chirimía y el chichucaxtle; blanda
el guerrero la macana con gana, porque yo, Cacama, lo ordeno.”) Este
arrebato no solo muestra el enojo del ofendido, sino la forma en que una
reacción visceral puede ser iluminada por el ingenio.
Otro de sus
momentos polémicos controvertibles y memorables es cuando hace una
crítica a la puesta en escena de Juan José Gurrola, en la Casa del Lago,
de dos textos de Alfonso Reyes, el relato “La mano del comandante
Arana” y “Landrú”. El primero es un relato fantástico de tono menor
donde la mano de un militar adquiere vida propia, mientras que el
segundo es un texto dramático sobre el célebre asesino francés que Reyes
trabajó por muchos años sin atreverse nunca a publicarlo y que su viuda
autorizó para su aparición en la revista
Universidad de México,
en 1964. Ibargüengoitia no gustó de ninguna de las dos obras y apenas
celebra la voluntad de los actores para “hacer parecer ingenioso un
texto que es de una estupidez y densidad verdaderamente lamentables”.
Ibargüengoitia no solo se indigna contra la obra, sino contra la
reacción del público que aplaude y se desternilla cada vez que la mano
hace signos procaces. “Esto es más lamentable todavía que la obra,
porque ocho cuartillas malas cualquiera las escribe, pero que el público
no tenga alientos para protestar ante un fraude, es signo nefasto del
tiempo y la sociedad en que vivimos.” En el mismo número, Carlos
Monsiváis escribe una nota en la que defiende al Reyes ultrajado y
condena la crítica impresionista y chistosa. En un número ulterior,
Ibargüengoitia responde y renuncia su columna, cancelando así uno de sus
últimos vínculos con el género que lo llevó a la literatura. “Los
artículos que escribí, buenos o malos, son los únicos que puedo
escribir. Si son ingeniosos (ver Monsiváis,
loc. cit.) es
porque tengo ingenio, si son arbitrarios es porque soy arbitrario y si
son humorísticos es porque así veo las cosas, que esto no es virtud ni
defecto, sino peculiaridad. Ni modo. Quien creyó que todo lo que dije es
en serio es un cándido y quien creyó que todo fue broma es un imbécil.”
Hasta
aquí la anécdota. Lo cierto es que estas exhumaciones de la
malquerencia literaria de Ibargüengoitia, más allá de su carácter
hilarante, hacen pensar en la naturaleza de la crítica: ¿hasta qué punto
es imparcial el opinador? ¿Hasta qué punto la argumentación y
apreciación la gobiernan el altruismo, la convicción ética, la apuesta
por valores estéticos y el conocimiento profesional? ¿Cómo se puede
guardar una distancia crítica ante la cercanía del sujeto a criticar? Y
es que, como lo deja ver Ibargüengoitia, muy probablemente cuando se
critica al contemporáneo no se critica al artista, sino al amigo o, al
contrario, al pesado que no saluda en las tertulias, al galancete que se
lleva las mejores muchachas de las fiestas o al gorrón que nunca paga
los préstamos. Igualmente, en un medio polarizado el método más
socorrido para apreciar a un contemporáneo suele ser el hígado y no es
extraña la crítica de consigna y de conveniencia. Esta frecuente e
inevitable situación de cercanía emocional y conflictos de interés
apela, para mitigarla, tanto a la ética del crítico, como a su humor y
realismo. Al poner en suspenso la banderas morales y profesionales de la
crítica, Ibargüengoitia hace recaer en el texto, en su ingenio y verdad
intrínsecas, el peso de la prueba polémica. Por eso, ese insigne
golpeador tuvo, al menos, el mérito de llevar a la superficie, con una
inusual sinceridad y con la dignidad del humor, esa oscura y fascinante
república subterránea de la maledicencia.
La patria a cuestas
Jorge F. Hernández
Basta
verlo en fotografías o mirarlo en el recuerdo para confirmar que Jorge
Ibargüengoitia viajaba con México sobre los hombros, filtrado en las
retinas o conjugado en la saliva como un sabor inevitable que se
mezclaba con todos los paisajes posibles del mundo, así como todo lo que
veía tenía una o varias dioptrías de comparación o identificación con
la matria de sus recuerdos. Hay mexicanos que en cuanto se llegan a
Madrid empiezan a cecear como si no fueran descendientes indirectos de
Tetlepanquetzal y hay los que ya son viajeros frecuentes a New York que
no solo niegan haber utilizado triángulos de tortilla como tenedores
para comer huevo revuelto en algún momento de sus triunfadoras vidas,
sino que además ya miran con desprecio a los paisanos que siguen
llamando
mojados aunque llevan más de diez años de residencia
oficial en New Jersey... pero hay mexicanos que viajamos dentro y fuera
de México como si lleváramos la patria a cuestas, como una inmensa
piedra que nos convierte en Pípilas para todo paisaje.
Ibargüengoitia
llevaba la patria a cuestas cuando detectaba con ojo clínico en un
aeropuerto de una nórdica ciudad a un mexicano que “llevaba una gorra de
piel y un pesado abrigo negro. Esto no daba ninguna pista. Los bigotes
finos y bien recortados lo hacían sospechoso, pero lo que precipitó mi
conclusión fue que del abrigo negro salían unos pantalones de gabardina
azul pavo y, de ellos, unos zapatos amarillos, que es una combinación
que solo se encuentra entre la personas nacidas en los alrededores de
Moroleón, estado de Guanajuato”.
Es inevitable. Uno se propone
guardar y hacer guardar preceptos de la hermandad universal y, sin
querer, vemos de lejos (y luego, con estupor en cuanto se nos acercan) a
los paisanos que nos recuerdan precisamente aquello de que
la Patria es primero,
que solo estamos de viaje y luego hemos de volver a las pesadillas y
quesadillas de siempre. En la enredada balanza de las comparaciones a
Ibargüengoitia le tocó una larga época –no muy diferente a la de hoy
mismo– en la que el viajero mexicano vuelve del extranjero para presumir
maravillas tecnológicas que aún no llegan al Valle de Anáhuac o bien
quejándose de que Tokio será la ciudad del mañana, pero allí ya nadie
sabe hacer un buen huevo estrellado.
Lejos del Síndrome del
Jamaicón (ese nostalgia irrebatible que aqueja a quienes no pueden estar
más de veinticuatro horas lejos del comal maternal), Ibargüengoitia
aguzaba la miraba de sus ojos inmensos como si fuera un ensayista inglés
de principios de siglo XX, un Chesterton agudo y cuevanense que con
genial sentido del humor (y no por hacerse el chistosito) detectaba al
instante la ironía, los sarcasmos, el ridículo, la pura verdad, belleza o
engendro de reconocer en pleno centro de Berlín a un volador de
Papantla o al licenciado Rivadavia, catedrático de la Universidad de
Guanajuato, en viaje de evidente placer con siete miembros horrendos de
su familia.
Aquí quizá quepa aclarar que Jorge Ibargüengoitia era viajero profesional desde la infancia por el hecho de haber sido
boy scout,
ese gremio de empedernidos excursionistas, montañistas heroicos que son
capaces de encender una fogata sin cerillos, amarrar un mástil en medio
del bosque con nudos infalibles y conquistar todos los campos de
estrellas con interminables narraciones de madrugada. Es celebrado el
cuento donde Ibargüengoitia narra la envidiable aventura cuando asistió
con su amigo Manuel Felguérez al Jamboree mundial de los
scouts en
Europa sin la venia oficial de la organización y por la vía libre en su
más honesta acepción: desde entonces se explaya en él la habilidad no
solo de la detección instantánea de paisanos, sino de la contemplación
del mundo y de todos los Otros con ojos de papel volando, esa suerte de
invisible penacho con el que medimos la ridiculez ajena o detectamos
vicios y virtudes en los países sin
ñ.
Bien vista, esta
sabia virtud de Ibargüengoitia –que se contagia en cuanto lo leemos– se
aplica no solo para viajes por la América ignota, sino también en
recorridos por el México insólito. Tal como hiciera él mismo, el viajero
que se arma con este tipo de sinceridad en las maletas detecta que un
hotel en pleno centro de San Andrés Tuxtla, Veracruz, bien podría ser un
edificio clonado de la colonia Narvarte en la ciudad de México y además
consigna que sobre el escritorio de la habitación que parece un horno
transita “una cucaracha del tamaño de un pambazo”, así también un viaje
relámpago a Tepoztlán, Morelos, se envuelve en una neblina de nostalgias
de cuando Ibargüengoitia llegó siendo
scout y contrasta con la
crónica donde va del brazo de Joy Laville y en donde no se libran de
que un fulano invisible le robe a Jorge la libreta de direcciones
creyendo que era su cartera y un dipsómano empedernido se acerque necio
en medio de una plaza recién llovida para insistir que le regale un
cigarro, como el personaje necio de su novela
Estas ruinas que ves que
se empeña en conocer a los comensales de una tertulia cantinera hasta
terminar orinándose encima de ellos porque no lo reconoce nadie.
Ibargüengoitia
en Washington es también capaz de definir a primera vista la blanca
ciudad de los negros como la capital mundial de las estatuas en bronce
verde, zurradas ad náuseam por palomas más que groseras y poner en real
perspectiva la desconcertante opulencia de los monumentos griegos,
banquetas, letreros y hasta obelisco si no de mármol al menos de granito
dizque impoluto que nada tienen que ver con los estrechos callejones
empedrados de Guanajuato; y es también el agudo observador que descubrió
que llegar a Lima produce una sensación idéntica a la de aterrizar en
Querétaro y el narrador que supo distinguir los distintos grados de
nostalgia que destila Buenos Aires, no sin antes acotar que muchos
mexicanos la definirían como ciudad europea o más bien “París pero con
Paseo Montejo”. Ibargüengoitia en La Habana es el dramaturgo que ha
dejado de serlo para consagrarse como novelista premiado y escoltado por
un inseparable uniforme verde olivo que no lo deja solo ni en los
elevadores del hotel; Jorge con Joy en París es el que dice vivir todas
las noches en México por los sueños donde se le aparecen choferes de
autobús que parecen siempre rondar las calles aledañas al Paseo de la
Reforma, porque uno se acuesta con la patria sin importar en realidad
dónde duerme al llevar encima tanta pesadilla y tanto sueño entrañable
como quien memoriza charlas de sobremesa que se guardan en la saliva y
reaparecen inesperadamente en un comedor de Italia y porque uno lleva
tatuados en el alma escenarios biográficos que luego se confunden y
parecen un
déjà-vu al cruzar una esquina de Praga o un prado en
Bulgaria y creer que hemos vuelto sin explicación posible a un
rinconcito ya casi olvidado de Morelia o al prado intacto de un jardín
en Silao.
Los pasos de Jorge lo convertían en viajero incluso
cuando iba de Coyoacán al Zócalo de la ciudad de México y en más de una
ocasión sus maravillosos párrafos en periódico no eran más que la
detallada crónica de una travesía que parecía inverosímil: el viaje en
metro, los ajetreos del autobús y las peripecias de los taxis como
continuación interminable de las aventuras como
scout al aire
libre, cruzando los cerros morados y luego como viajero de trenes,
experto en navegaciones bizarras para atravesar el Atlántico hasta
llegar al destino inexplicable –y trágico– de volar por todo el mundo (y
no hay quien pueda quedarse quieto ante el óleo de colores pálidos
donde Joy lo retrata sobre el infinito azul y a lo lejos se ve ese avión
que podría llamarse eternidad). Es el instante que ya dura para siempre
donde Ibargüengoitia camina por las calles viejas de Madrid, donde
decía sentirse como en casa, y a cualquiera de sus devotos lectores nos
duele tanto saber que una rara forma de evocarlo es imaginar ya para
siempre que él anda de viaje, precisamente allá y más lejos, aunque
lleva la patria a cuestas.
Desde chile
Álvaro Díaz
“Le cuento que
la visita a la hemeroteca no fue muy exitosa. Pero valga decir en mi
nombre que ahí estuve de 9:30 a 15:00 horas muy dedicada, y que luego me
vine corriendo a mandarle este mensaje antes de pasar por mi chamaca.
En
fin: el sistema de consulta es un desastre, y para acabarla no te dejan
fotografiar los tomos, solo fotocopiar las noticias. Y si el tomo ya
está malito de encuadernación no te dejan ni fotocopiar las notas. Eso
me pasó en varios casos, quizá los más tristes sean los textos ‘De Jorge
solo quedó un zapato; mejor así no le podrán hacer homenajes
nacionales: Juan García Ponce’ (Fernando de Ita,
Unomásuno, 2 de diciembre de 1983) y ‘Fundamental, mi querido Jorge’ de Juan José Gurrola (
Unomásuno,
7 de diciembre de 1983), en el caso del primero quise copiártelo a mano
pero eran tres columnas en casi toda la página y me desalenté rápido.”
Aunque
no lo parezca, el correo de Renata, mi diligente cuñada mexicana,
estaba lejos de ser una decepción. Contenía un puñado de interesantes
recortes de diarios que reseñaban la trágica muerte de Jorge
Ibargüengoitia y apuntes de cercanos que justificaban con creces la
mañana sacrificada entre periódicos desintegrados y funcionarios hoscos.
Me habían encargado el prólogo de
Recuerdos de hace un cuarto de hora,
selección editada en Chile de artículos de Ibargüengoitia, y deseaba
establecer su lugar dentro de las letras mexicanas al momento de su
muerte, objetivo que estuve lejos de cumplir y que a la postre daba lo
mismo. Solo pude asegurar que Ibargüengoitia no tenía la cuenta bancaria
de Vargas Llosa, pero estaba lejos de ser un vagabundo: vivía
tranquilamente en París, cobraba decentemente y tenía una esposa inglesa
y pintora. Lo que sí obtuve fue el relato estremecedor del Avianca
capotado en el aeropuerto de Barajas y las múltiples impresiones de sus
contemporáneos, que daban cuenta de una personalidad compleja, alejada
de la caricatura bonachona que un aficionado podría construir de un
autor eminentemente humorístico. Entre ellas una columna de Enrique
Aguilar titulada “Jorge nos hizo llorar a todos”, aparecida el 29 de
noviembre de 1983, dos días después del accidente. Aguilar, en tono de
ficción, imagina el dolor que provoca en una familia seguidora de
Ibargüengoitia la noticia de su deceso. Lo que para la mayoría era un
hecho impactante pero olvidable, para los protagonistas de la columna es
una fatalidad mayor. Se han leído todas sus crónicas, cuentos y
novelas, y saben que ya no queda nada en ese estante fantástico. El
escritor que producía el milagro de hacer reír ya no publicaría más, y
los libros volverían a ser lo que eran: un decorado en la repisa, amparo
seguro para el aburrimiento. “Ayer todos juntos se pusieron a chillar
–escribe Aguilar en el último párrafo de su columna–. Hubo quien aún no
había leído
Los pasos de López y lo dijo abiertamente. A ese lo
vieron con cierta envidia porque a ese Jorge aún tenía algo más que
contarle que no fuera el único mal chiste que desde en la mañana todos
ya sabían.”
Mi hermano Rodrigo, pareja de Renata y avecinado en el
Distrito Federal, fue quien me recomendó Ibargüengoitia a ojos
cerrados. Fui a buscar algún ejemplar a la librería
El Sótano de
Coyoacán, pero me costó un mundo encontrarlo, no porque no estuviera
sino porque en la media hora de caminata se me olvidó por completo su
difícil nombre. Después de un rato preguntando sin éxito (es complejo
preguntar por un escritor del que se desconoce su identificación y su
obra) di de rebote con
Dos crímenes y recordé que ese era uno
de los títulos recomendados. La portada en tonos pastel ilustrada por
Joy Laville y la sencillez de la edición me asustaron un poco, porque me
recordaban algunas novelas escolares chilenas de lánguido devenir. Pero
bastaron un par de páginas para echar por tierra los prejuicios.
Ibargüengoitia tenía un ritmo narrativo perfecto, una capacidad de
observación privilegiada y sentido del humor absoluto. Lo que me gustó
de entrada es que escribiera un sencillo
etc. para cerrar
párrafos amenazados por el tedio o un innecesario lucimiento
estilístico. Mientras leía pensaba que era el guión perfecto para una
película, incluso fantaseé con conseguir los derechos, pero al detenerme
en la geografía del Plan de Abajo, región ficticia donde sucede el
universo ibargüengoitiano, me di cuenta de que en Chile era imposible
recrearla. Luego supe que otro se me había adelantado y la película ya
existía. La vi pero no era lo mismo. Donde por escrito todo era encanto,
en la pantalla apenas palpitaba algún esbozo de vida. El director
Roberto Sneider siguió a la pata el relato pero no supo captar en
imágenes su lucidez, sucumbiendo en un estilo de cine latinoamericano
muy propio de hace un par de décadas: turístico, folclórico y
almibarado. Este traspaso de formatos hace evidente por comparación el
genio de Ibargüengoitia: escribir sin moralina, con una precisión
abrumadora y hacerlo ver como si no importara, como si estar del lado
del público para inquietarlo y hacerlo reír fuera fácil, lógico, un
asunto de sentido común.
Ibargüengoitia estaba lejos de ser un
payaso. No le interesaba la burla ni la caricatura, sino la profunda
humanidad que mueve a las personas sobre la tierra. Él mismo lo define
en una entrevista, aparecida en el número 100 de la revista
Vuelta:
“El humorismo no sé qué es. Un señor que hace chistes no me interesa.
Sé que ciertas cosas son chistosas, y puedo hacer chistes, pero no me
parece que la risa tenga ninguna virtud ni que sea una ventaja. Lo que a
mí me interesa es presentar la realidad y si la presentación puede ser
chistosa está muy bien. Pero hacer un chiste de algo que no es chistoso
me parece grotesco. La muerte de alguien, la muerte de un canalla por
ejemplo, puede ser la cosa más chistosa del mundo. Pero en el momento en
que la presentas así pierdes una perspectiva, la escena queda fuera de
su dimensión particular.”
La humanidad tendemos a confundirla con
el humanitarismo y todos los loables valores que de él provienen. Pero
nada más distinto. La humanidad no juzga ni hace valoraciones más allá
de lo que ve. Describe desde un punto de vista concreto una realidad con
ánimo de comprenderla. La desconfianza, el egoísmo y la envidia son
tanto o más humanos que la generosidad o la filantropía. En el
humanitarismo, el pobre y el sometido son mejores que el rico y el
abusador. En la humanidad, no. En este sentido, un autodenominado
“servidor público” era para Jorge un ser digno de toda sospecha, para
qué decir las ceremonias solemnes y los episodios heroicos. En los
mundos político-militar de
Los relámpagos de agosto o universitario de
Esas ruinas que ves no
habita ni un solo ser digno de homenaje. Todos se mueven por miserias y
son la desidia, la vanidad y el deseo los legítimos motores de todo lo
que acontece. “Soy hombre, y a ningún otro hombre estimo extraño”,
escribió Unamuno en
Del sentimiento trágico de la vida. A
Ibargüengoitia esa cita le venía como anillo al dedo.