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sábado, 17 de diciembre de 2016

La importancia de ser Guillermo Samperio

17/Diciembre/2016
Laberinto
Ana Clavel

Las palabras se me hacen nudo en la página. Uno cree que sus mayores estarán ahí siempre. Me decido, no me decido a echar mano de momentos compartidos. Encuentro un ejemplar de La Jornada Semanal del 24 de marzo de 1991. Ahí aparece una entrevista que le hice a Guillermo Samperio, en la que se pintaba a sí mismo, a un tiempo serio, al otro burlón, enfundado en su saco de pana y una corbata de seda elegantísima, el cabello impecablemente peinado: “En el 68 era yo dibujante y diseñador técnico-industrial, oía a Jimmi Hendrix, a Bartók; me gustaba mucho la pintura de Antoni Tàpies; leía a los escritores norteamericanos Truman Capote, Faulkner; leía filosofía, economía política; erahippie, escribía, tenía una familia, hacía política, dormía poco. Ahora, hago ejercicio, estoy distante del alcohol, intento estar abierto a los aspectos vitales del mundo. Me encanta bailar —tropical, soy muy bueno—. Me apasionan el cine y ciertos filósofos (María Zambrano, Heidegger, Bachelard). En música, desde Mozart y Beethoven hasta Los Caifanes, Sting, Rubén Blades, Ana Gabriel y Acerina. Me catalogo ecléctico”. Acababa de salir publicada su Antología personal en la Universidad Veracruzana. El volumen era uno de los ajustes de cuentas que su autor realizaba, de tanto en tanto, con sus textos y libros publicados e inéditos en un permanente monólogo del cuentista inconforme.




Conocí a Guillermo Samperio en los años ochenta. Primero como joven y ya laureado cuentista a través del volumen Miedo ambiente (Premio Casa de las Américas 1977), poco después como coordinador del taller de Narrativa de las becas INBA Fonapas en 1982. Recuerdo que era muy críptico en sus comentarios hacia mis cuentos pero al final de la beca me pidió que armara un libro y cuando se lo entregué, lo propuso él mismo a una colección que por entonces empezaría a publicar a autores noveles, Letras Nuevas de la SEP, donde más tarde publicarían Rosa Beltrán, Francisco Segovia, Mónica Lavín, Pablo Soler Frost, Malva Flores, entre otros, sus primeros libros. Es decir, que por su intermediación y generosidad publiqué mi primer libro de cuentos: Fuera de escena(1984). Es decir, que a la par de su propia labor creativa, Samperio fue siempre un encaminador de escritores incipientes como lo atestiguarán también los numerosos alumnos de sus talleres, o ese volumen de consejos para los que se inician: Cómo se escribe un cuento. 500 tips para nuevos cuentistas del siglo XXI (Berenice, 2008).




Hurgo en mis papeles y libros conminada a este inesperado y veloz recuento. En la primera página de su Manifiesto de amor (Ediciones del Tucán de Virginia) encuentro estas líneas en tinta azul fuente: “Para Ana esta temprana prosa que no reposa porque viene de los sueños de un amante de la vigilia; con mi amistad: Samperio, 18-sep-‘80”. Tengo otros libros dedicados por él como el libro de poemas De este lado y del otro(colección Luna Hiena de la Universidad Veracruzana, 1982) en el que aparece un epígrafe de Juan Gabriel: “Tú ponte en mi lugar, a ver qué harías/ La diferencia entre tú y yo sería, corazón,/ que yo en tu lugar… sí te amaría”. En los tempranos años ochenta el famoso cantautor no era nada bien visto por la alta cultura, así que para mí fue muy significativo que Samperio utilizara una de sus letras para preceder las suyas. Es decir, que Guillermo abrevaba de toda fuente de vitalidad posible, sin prejuicios ni inhibiciones. Si en un principio, como él mismo me reveló alguna vez, trabajaba sus textos a partir de una suerte de “teoría de las miserias”, después descubriría que valía la pena dirigir sus impulsos creativos hacia un lado imaginario, lúdico, gozoso de la existencia. Ahí están para constatar ese itinerario con el lenguaje y la vida, entre mis más preferidos, “Cuando el tacto toma la palabra”, “La señorita Green”, “Sencilla mujer de mediodía” y muchas de sus minificciones como “Tiempo libre”, “El hombre de negro” o “Mujer con ciruela”.




He hablado de la generosidad de Samperio pero no recordaba esta otra muestra: revisando mis archivos encuentro una reseña suya, aparecida en la revista Siempre! el 31 de enero de 2001. Ahí saludaba mi primera novela: “Cuando leemos Los deseos y su sombra, en más de una ocasión pensamos en una Alicia-Lolita atrapada entre el País de las Maravillas y el mundo cotidiano”. No creo haberle agradecido la larga y entusiasta nota porque entre nosotros no mediaban esas lisonjas. Cuando nos encontrábamos, nos abrazábamos, intercambiábamos lecturas y chismes del medio, me contaba sobre sus más recientes conquistas o desamores. Hasta que el azar volvía a reunirnos como cuando presenté su hermosa antología Cuando el tacto toma la palabra. Cuentos, 1974-1999, publicada por el Fondo de Cultura Económica; o la vez que lo encontré en Casa Refugio Citlaltépetl, donde daba un taller de Narrativa, por ahí de 2006, y me llevé un tremendo susto al verlo con la cara inflamada, llena de moretones verde-violáceos, y un brazo en cabestrillo. Me contó que habían intentado asaltarlo y él opuso resistencia. Desde entonces, cada vez que lo encontraba, me parecía que su aspecto físico se regía según una estética extravagante, o que se había transformado en un personaje burlón de las buenas apariencias, lleno de tatuajes, sortijas y aros, tintes de pelo color zanahoria. Pero de igual manera seguía siendo adorable.




Cuando lo invité a presentar la antología Yo es otr@. Cuentos narrados desde otro sexo(Cal y Arena, 2010), en la que había incluido su texto “La desgracia” (donde Samperio da voz a una tierna Lolita que, contra toda corrección política, lamenta la huida de su captor: un trabajador de limpieza del colegio al que asiste la pequeña y que la ha seducido como un lobo dulce y delicado), algunos de los asistentes en esa sesión de la FIL Guadalajara, que conocían al Samperio de sus años mozos y formales, llegaron a creer que Guillermo se había disfrazado ex profeso por el tema de la antología. Mayor estruendo llegó a generar el texto que leyó para la ocasión: “The importance of being a Drag”. Nos hizo reír mucho con un sentido del humor extraño y su idea de que Tiresias, Sor Juana y Oscar Wilde habían sido travestis literarios. No sé por qué pero recordé la golpiza que le habían propinado y que quizá desde entonces el Samperio elegante y formal se había difuminado tras una sonrisa a lo gato de Cheshire. Pero igualmente cálida y amorosa era esa sonrisa. Ahora la recuerdo y regreso a los nudos del principio. Y no puedo evitar pensar: maestro, amigo, cómplice piantado... Cómo te voy a extrañar, Guillom. La importancia de ser Guillermo Samperio, más acá del cuentista afamado, de su imaginación desbordante, su estilo perfeccionista y perfecto, su sensibilidad de cien ojos y cien tactos, puente entre los maestros del género en el siglo XX y los hacedores del nuevo milenio.

domingo, 7 de junio de 2015

Eros a debate

7/Junio/2015
Confabulario
Ana Clavel


Pobre Eros… Como si no fuera suficiente tarea abrirse espacio en nuestras sociedades profanas pero fanáticas, híper informadas pero cada vez con menos contacto amoroso, ahora lo hemos traído a la mesa de discusión a partir de un fenómeno de mercadología comprobada:Cincuenta sombras de Grey. (Ahí están, por ejemplo, su génesis en un blog como vertiente erótica de la zaga vampírica de Crepúsculo y sus coqueteos con la estupenda películaSecretary de Steven Shainberg, de 2002, en la que un discreto Edward Grey sostiene juegos sádicos con su torpe y sumisa secretaria.)

Y las preguntas que vienen al caso: ¿Ha puesto esta obra en circulación de nueva cuenta al género erótico? ¿Aunque sea nula su calidad literaria, en estos tiempos post-feministas, liberaliza a las mujeres frente a sus fantasías de sumisión? ¿O cuando menos las gana como lectoras potenciales para otros géneros o abre puertas para captar nuevos lectores? Se le ha tildado de “mommy-porn” porque ha sido consumida por millones de lectoras en el mundo, muchas de ellas guarecidas en dispositivos electrónicos que impiden saber qué clase de libro están leyendo, en una gran mayoría jóvenes señoras medio aburridas, medio confundidas como la propia protagonista de la zaga: Anastasia Steele… Y uno se pregunta: ¿Qué clase de vida sexual deben llevar estas mujeres para excitarse con una obra tan anodina, una prejuiciosa telenovela rosa con tantita tinta roja-sado-maso, un estereotipado y simplista cuento de hadas a lo Bella y la Bestia –o más bien: la mujer Bestia y el Bello y poderoso señor? Y no es que les pida que disfruten 120 días de Sodoma porque la racionalización del sexo a niveles de profanación y perversión del Marqués no es para cualquiera.

Se trata sin duda de un fenómeno complejo del que sociólogos, semiólogos, filósofos de la nueva era digital podrían ocuparse. Pero al menos a mí me evidencia una ambigüedad, una contradicción, un síntoma de estas sociedades neo-puritanas que, espantadas de los excesos, propagan al menos en la superficie y de cara a los medios, la corrección política a ultranza –aunque me sospecho que en realidad buscan prevenirse, por demás inútilmente, de la obsolescencia, la vejez, la enfermedad, la locura, la muerte.

Tras las bambalinas del mercado
En Los siete pecados capitales (2005) Fernando Savater señala que nuestra sociedad de consumo nació en el siglo XVIII y, como bien dice el filósofo y médico británico Bernard de Mandeville en su obra Vicios privados, virtudes públicas (1714), esa sociedad de consumo vive precisamente “gracias a los vicios”. Desde entonces asistimos a la secularización escalonada de la satisfacción de los deseos en aras de intereses predominantemente económicos. De hecho, existe una industria cada vez más sofisticada para generar deseos y apetitos ficticios. Señala Omar Abboud, orientalista citado por Savater: “Estamos viviendo una época en la que muchos dicen no tener religión. Creo que pueden no tener creencias monoteístas o de cualquier otro tipo relacionado con dioses, pero sí tienen una gran religión: el capitalismo y el consumo llevados al paroxismo, como absolutos. Vivimos inmersos no en los pecados capitales, sino en los pecados del capitalismo”.

Sin duda, esta puesta en circulación de los deseos en aras del consumo va de la mano con la liberalización de la sexualidad y de los cuerpos a partir de la Revolución Industrial. En palabras de San Foucault en su Historia de la sexualidad:

Merced a una inversión que sin duda comenzó subrepticiamente hace mucho tiempo … hemos llegado ahora a pedir nuestra inteligibilidad a lo que durante tantos siglos fue considerado locura, la plenitud de nuestro cuerpo a lo que mucho tiempo fue su estigma y su herida, nuestra identidad a lo que se percibía como oscuro empuje sin nombre. De ahí la importancia que le prestamos, el reverencial temor con que lo rodeamos, la aplicación que ponemos en conocerlo. De ahí el hecho de que, a escala de los siglos, haya llegado a ser más importante que nuestra alma, más importante que nuestra vida; y de ahí que todos los enigmas del mundo nos parezcan tan ligeros comparados con ese secreto, minúsculo en cada uno de nosotros, pero cuya densidad lo torna más grave que cualesquiera otros. El pacto fáustico cuya tentación inscribió en nosotros el dispositivo de sexualidad es, de ahora en adelante, éste: intercambiar la vida toda entera contra el sexo mismo, contra la verdad y soberanía del sexo. El sexo bien vale la muerte.

Dice el filósofo Gilles Lipovetsky en la Era del vacío (1983) que el universo de los objetos, de la publicidad, de los mass media, la vida cotidiana y el individuo ya no tienen un peso propio, han sido incorporados al proceso del consumo y de la obsolescencia más acelerada, formas de control de los poderes actuales que se dedican a producir y organizar lo que debe ser la vida de los grupos e individuos, hasta en sus deseos más íntimos.
Es en este terreno donde considero que podría situarse buena parte del fenómeno deCincuenta sombras de Grey. No una obra de verdadero erotismo, con su más allá siempre transgresor, sino una puesta en escena para ofrecerle a un público aturdido por la frivolidad y la moda, y por su escaso contacto con su propia intimidad, la tentación de una idea de erotismo superficial y esquemático, dictado por unas buenas conciencias que hoy, más que nunca, le han vendido su alma, en términos de transacción económica, no al diablo, sino a dios…

Peligros de la literatura chatarra

En una entrevista reciente, la especialista en temas de literatura erótica, Rocío Barrionuevo, comenta que “actualmente se maneja una doble moral en nuestro país: respiramos sexo en la TV, en internet, en el cine, en las letras de las canciones más fresas; indudablemente se habla más sobre el tema, pero a los mismos hombres y mujeres que oyen y ven diariamente toda esa lujuria desbordada les causa rubor que los vean leyendo una novela erótica o que los atrapen leyendo una revista pornográfica”. Pero no sólo en nuestro país, un neopuritanismo campea en todos lados como puede verse en las políticas de redes sociales mundiales en cuanto a temas como la desnudez; o en los lineamientos de museos e instituciones culturales sobre lo que se exhibe o no cuando se tocan las sensibles fibras de temas que pueden mancillar el “decoro” de las buenas conciencias, y se juzga con filtraciones de lo moralmente correcto un terreno que en principio no debería ser invadido por tales prejuicios: el arte.

(Un caso ejemplar se presentó en el 2008 en la exposición temática Controversias. Una historia ética y jurídica de la fotografía, en la que la escandalosa imagen de Brooke Shields desnuda de escasos diez años fue motivo de censura, de tal modo que la sede que albergaba la muestra, el Museo Fotográfico del Elíseo de Lausana, Suiza, tuvo que alinearse y prohibir la entrada a menores de 16 años. A la inauguración asistió el fotógrafo responsable de esas fotos polémicas de los años setenta: Garry Gross, quien con ironía y tristeza reconocería: “Sencillamente, son fotos que hoy no podrían hacerse”. De puritanismos semejantes hablaba el pintor de nínfulas resplandecientes, el místico Balthus, quien no pocas veces vería calificado su trabajo de pornográfico: “Realmente no entiendo la incapacidad de la gente para captar las diferencias esenciales entre erotismo o sexualidad y pornografía. Por ejemplo, la industria publicitaria es pornográfica, especialmente la de Estados Unidos, donde se ve a una jovencita poniéndose un producto de belleza en la piel como si tuviera un orgasmo”.)

Ante tal acometida de principios de corrección política, que va de la mano con la pudibundez de un público que se solaza en fórmulas repetidas y superficiales porque le resultan cómodas y familiares, y porque le tiene miedo a enfrentar su propia interioridad, no es de extrañar el éxito de ventas de productos para consumo masivo. Se me dice a menudo que estos productos estimulan por lo menos el hábito de la lectura y que en el terreno del erotismo reactivan un territorio anquilosado. Creo que se equivocan: si bien las escenas de sexo implícito o explícito han pasado a formar un registro más de lo literario en las obras de la mayoría de los escritores actuales, también es cierto que la verdadera literatura erótica –la que trasgrede y nos habla de lo individual humano, esa zona en penumbras que todos compartimos– nunca ha sido un asunto de mayorías absolutas, como no lo es tampoco el asunto de la lectura. Cierto que en otras épocas cuando no existían ni la televisión ni el cine ni mucho menos internet, gozaba de cierta popularidad por ser uno de los espacios de entretenimiento “masivos” de entonces.

En nuestros días de vértigo y aceleración de la información, la lectura literaria es un antídoto contra el vacío y la disolución, pero es también un acto moroso y amoroso que nos exige tiempo, paciente entrega, exponernos con toda nuestra memoria involuntaria pasada y la memoria futura que no sabríamos que nos habita si no fuera por intermedio de este ejercicio de imaginación y libertad íntima e individual. De acuerdo con Fernando Escalante Gonzalbo y su espléndido A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública, ahí están las estadísticas de países acostumbrados a la lectura como Alemania en las que los lectores “habituales”, o lectores “libres” como escuché hace poco nombrar a aquellos que eligen lo que leen y van más allá de las modas y los imperativos del mercado, apenas alcanzan un 11 % de la población. Los sueños de lectura totalitaria producen monstruos: todos a leer sin importar qué. Todos a consumir aunque sea literatura chatarra, total qué importan la gordura y la zafiedad interiores si podemos disimular con cirugía plástica la fachada exterior. Todos a iniciarnos en la lectura aunque sea con best-sellers… para uniformarnos mejor, para ser la gran medianía de seres informes, cuerpos esclavizados por nuestras mentes, desconocidos hasta para nosotros mismos. Así se perpetúan los esquemas de dominación y violencia, los clasismos, los racismos, los prejuicios, la saña y la virulencia: una gran masa que sólo aspira a telenovelas en la vida pública y privada; pan, sexo y circo como lo venden plastificado y en dosis convenientes los mercaderes y los políticos.

En una conferencia reciente en la ciudad de México, el filósofo Lipovetsky, quien ha definido a la actual como una sociedad hiperconsumista, habló sobre el verdadero ideal del ser humano: no se trata de consumir, sino de crear, compartir, amar. No basta con buenas intenciones, hay que formar personas inteligentes, “que hagan de su existencia una obra de arte, como quería Óscar Wilde”.

En “Derecho de muerte y poder sobre la vida”, último capítulo del primer tomo de su Historia de la sexualidad, Michel Foucault nos habla de las argucias de una sexualidad que se exhibe por todos lados, nos tiraniza al ofrecer revelarnos todos sus secretos, y al mismo tiempo nos escamotea su libre acceso y su auténtico misterio: “Ironía del dispositivo: nos hace creer que en ello reside nuestra ‘liberación’.” Y la ironía se prolonga a dispositivos de control del erotismo y la sexualidad perpetuados en reality shows, telenovelas, best-sellers, manuales de autoayuda, publicidad. A partir de la confusión de suponer que la cultura es igual a entretenimiento, llegamos a la banalización del arte y su papel ritualizador en nuestras vidas. Según la escritora Luisa Etxenike una poderosísima industria del entretenimiento es en buena medida responsable de hacernos perder de vista el impulso emancipador, el sentido de crecimiento personal y social de la cultura. Como bien puntualiza Etxenike, la cultura –y yo añadiría en especial el arte, la literatura y por supuesto la verdadera literatura erótica– no es “una actividad del tiempo libre sino lo que nos hace libres todo el tiempo”.

domingo, 20 de abril de 2014

20/Abril/2014
Confabulario
Ana Clavel

La memoria, esa cámara fotográfica

“Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas”, escribió el enorme —en muchos sentidos— Julio Cortázar. Con ello, Cortázar parece cifrar en la imagen de la magdalena de Proust ese disparador voluntarioso de los recuerdos, como si la memoria fuera una cámara fotográfica sui generis. Porque si bien el estímulo que desata las oleadas de la memoria surge de un sabor, un olor, una melodía, también es cierto que la imagen desatada que se nos viene a la mente a la hora que la memoria discurre sus magdalenas, es un cuadro vivo, una imagen visual, una fotografía refulgente. Y guardamos en nuestro interior tesoros fotográficos, iridiscentes, en blanco y negro, en sepia, álbumes de la memoria secreta y fragante como si acabáramos de cortarlos o de captar sus imágenes el día de ayer. Entonces surgen las palabras para recrear ese mundo, los siete volúmenes, las siete páginas, las siete líneas para recuperar el tiempo perdido y a la vez precioso para cada quien.

No conocí a Gabriel García Márquez en persona y la verdad es que pienso que no fue necesario. A un escritor se le conoce por sus libros. Pero he aquí algunas de las fotografías de mi álbum personal, de mi relación filial con ese prodigio de belleza y verdad inagotables que es su obra.

Fotografía primera

Me recuerdo de 16 años, tendida sobre la cama y resuelta a no abandonarla, tal era la magia, el hechizo, el hipnotismo que ejercía sobre mí un libro que me había prestado un amigo del bachillerato. El libro se llamaba Cien años de soledad y como nunca hasta ese entonces con otra obra, abrevé de él sin parar, hasta las cuatro de la tarde del día siguiente en que concluí, maravillada, su lectura. Entonces no sabía que sería escritora y mucho menos que me invitarían a participar en esta suerte de exequias a García Márquez, él que siempre me pareció eterno. Pero ese primer encuentro sería, sin yo saberlo, trascendental para mi educación literaria y escritural: el mundo revelado con la fuerza y la veleidad de las palabras y su desbordarse en un ritmo mítico y fundacional. Hasta aquel momento había leído atolondradamente, como suelen ser las lecturas de la adolescencia, lo mismo a Herman Hesse que a Thomas Mann, a Rulfo que a Dante Alighieri. Pero la revelación fulgurante de los Cien años fue un golpe en la médula de los sentidos: un caudal de belleza en el río del lenguaje. ¿Cómo no sumergirse en su magia primordial de aguas amnióticas y renovadas?

Fotografía cuarta

En mi curso de “Estrategias visuales de la escritura” que impartía hace unos años en el Claustro de Sor Juana, acostumbraba pedir a mis estudiantes que leyeran ese portento de estructura y trama que es Crónica de una muerte anunciada, en la que cuadro por cuadro, “vemos” literalmente la trágica muerte de Santiago Nasar a manos de un pueblo que se confabuló para convertirlo en chivo expiatorio de sus pasiones. También acostumbro leerles a mis estudiantes un fragmento de la introducción de García Márquez a Cómo se cuenta un cuento que dice así:

“El otro día, hojeando una revista Life, encontré una foto enorme. Es una foto del entierro de Hirohito. En ella aparece la nueva emperatriz, la esposa de Akihito. Está lloviendo. Al fondo, fuera de foco, se ven los guardias con impermeables blancos, y más al fondo la multitud con paraguas, periódicos y trapos en la cabeza; y en el centro de la foto, en un segundo plano, la emperatriz sola, muy delgada, totalmente vestida de negro, con un velo negro y un paraguas negro. Vi aquella foto maravillosa y lo primero que me vino al corazón fue que allí había una historia. Una historia que, por supuesto, no es la de la muerte del emperador, la que está contando la foto […]. Se me quedó esa idea en la cabeza y ha seguido ahí, dando vueltas. Ya eliminé el fondo, descarté por completo los guardias vestidos de blanco, la gente… Por un momento me quedé únicamente con la imagen de la emperatriz bajo la lluvia, pero muy pronto la descarté también. Y entonces lo único que me quedó fue el paraguas. Estoy absolutamente convencido de que en ese paraguas hay una historia”.

Y entonces he podido constatar en los rostros de mis estudiantes la magia y el asombro que es capaz de suscitar García Márquez con la sola promesa de una historia que aún no ha sido escrita.

Fotografía séptima

El otoño del patriarca puede sonar como un enunciado seductor y hasta poético pero es en realidad el título de un libro que encierra la parodia atroz del poder de vida y muerte —sobre todo de muerte— de nuestros caudillos y dictadores muy a la latinoamericana. Cuando Gabriel García Márquez cumplió 82 años, alguien tuvo la idea de usar el nombre de ese libro para organizarle un homenaje. Supongo que ese alguien no había leído en realidad el libro y le pareció adecuado por la edad y la importancia del autor: todo un patriarca de nuestras letras. Pero a unas horas de la partida de este escritor generoso como pocos, estoy muy lejos de contemplar la instantánea fotográfica con la que concluye la novela homónima, donde las muchedumbres frenéticas se echaban a las calles cantando himnos de júbilo por la noticia de la muerte del patriarca, quien yacía picoteado por los democráticos zopilotes o gallinazos, “ajeno para siempre jamás a las músicas de liberación y los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado”. Por el contrario, tengo la certeza de que Gabriel García Márquez seguirá cada vez más presente en la memoria literaria colectiva, latinoamericana y universal. Cada quien sus magdalenas de la memoria, pero de verdad creo que la obra de García Márquez nunca llegará a su otoño.

lunes, 3 de febrero de 2014

Érase una vez José Emilio

2/Febrero/2014
Confabulario
Ana Clavel

A Cristina, Laura Emilia y Cecilia

Ignoro por qué se me vienen a la mente unos versos de José Gorostiza cada vez que tengo una pérdida cercana. Se trata del poema Elegía: “A veces me dan ganas de llorar, / pero las suple el mar”. Me sucedió recientemente con Carlos Fuentes, con Bonifaz Nuño, con Juan Gelman… Digo pérdidas cercanas no porque fueran amistades mías, sino porque su presencia y su obra me los habían hecho íntimos, familiares. Al enterarme de la partida de José Emilio Pacheco los versos de Gorostiza me fueron insuficientes. Murmuré: “A veces me dan ganas de llorar, / y no las suple el mar”.

Casi de inmediato recordé su poema Mar eterno: “Digamos que no tiene comienzo el mar: / empieza en donde lo hallas por vez primera / y te sale al encuentro por todas partes”. No es que me sepa de memoria la obra de José Emilio Pacheco pero sucede que tuve el privilegio de cuidar la edición de su obra poética reunida, Tarde o temprano, para el Fondo de Cultura Económica, en su tercera edición, la del 2000. Ese privilegio se lo debo directamente a él que me llamó una mañana de noviembre de 1997 para pedirme que me hiciera cargo. Iba a decirle: “Es un honor”, pero me detuve. Poco antes me había pasado con don Octavio —yo le decía don Octavio a Octavio Paz—, cuando colaboré en el cuidado de edición de sus Obras Completas y un día me pidió que también lo ayudara a integrar las entrevistas y los últimos escritos para el tomo correspondiente. Había dicho entonces: “Es un honor” y don Octavio calló un momento antes de reconvenirme: “Preferiría que me dijera: es un placer…” Así aleccionada, pero también por convicción, le contesté a José Emilio cuando me invitó a trabajar en la edición de Tarde o temprano: “Es un honor y un placer…” Estoy segura de que sonrió porque al instante respondió con su amabilidad habitual: “Al contrario: el placer es mío”.

Me acuerdo, no me acuerdo…

A José Emilio, no al maestro José Emilio Pacheco porque él no permitía esas jerarquías de autoridad, lo había yo leído en los ochenta en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Su poemario No me preguntes cómo pasa el tiempo, editado por Mortiz, pasaba de mano en mano entre mis compañeros de generación. Pero fue su nouvelle: Las batallas en el desierto, publicada originalmente por el suplemento Sábado de Unomásuno el 17 de junio de 1980 como un “cuento”, la que me abrió las puertas a una literatura deslumbrante y perfecta, que conjuntaba la precisión de mecanismo de relojería del cuento con la profundidad oceánica de una novela, la cadencia hipnótica de un bolero con los abismos de la memoria y la imposibilidad del amor vueltos escritura exacta y prodigiosa.

Cuando me pidió que trabajara la edición de su obra poética reunida sólo lo había saludado personalmente un par de veces en alguna presentación o conferencia, pero nada más. La primera vez que revisamos el original nos vimos en su casa de Condesa. Su esposa Cristina salió corriendo a una entrevista pero gentilmente se hizo tiempo para dejarnos un pastel de chocolate de la Balance —en aquel momento José Emilio no tenía problemas con el azúcar— y café express para acompañar la labor. En ese primer encuentro me maravillaron muchas cosas, pero sólo consignaré dos. La primera, que aceptara sin objeción alguna mi sugerencia de abreviar la larga nota explicativa que acompañaba a la edición anterior de Tarde o temprano por una mucho más concisa, que terminó finalizando con estas palabras certeras de José Emilio: “Escribir es el cuento de nunca acabar y la tarea de Sísifo. Paul Valéry acertó: No hay obras acabadas, sólo obras abandonadas. Reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección”. La segunda maravilla fue que me recordara un hecho que yo misma había olvidado por haber sucedido quince años antes. Me dijo que me había escrito una carta donde me agradecía el envío de Fuera de escena, un primer libro de cuentos que había yo publicado a los 22 años, y donde me comentaba que le habían gustado mis relatos. De verdad yo había olvidado ese envío lanzado como una botella al mar, pero no se lo dije. Sin salir del pasmo, tan sólo comenté: “Qué raro… nunca recibí esa carta”. Con su nerviosismo habitual, él me confesó: “Es que nunca la mandé. No tenía tu dirección. El sobre de tu libro venía sin remitente. Pero ahí está la carta —e hizo un gesto vago a su mar de papeles—. Te la voy a buscar…”

El arte de la sombra

Cualquiera que haya platicado con él sabía cómo la vida lo abrumaba, cuánto lo desconsolaba el incierto porvenir de las ballenas, la barbarie de nuestros políticos, la indecencia de estos tiempos de tinieblas cada vez más acechantes. Sin embargo, en una de nuestras sesiones de trabajo me contó un drama más particular: la mujer que por entonces los ayudaba en casa tenía muy mala opinión de él. La había escuchado platicarle a una vecina: “La pobre señora Cristina trabaja como loca. Todo el día de un lado para otro, mientras el señor ahí echadote, nomás leyendo y escribiendo…”

Cuando terminamos por fin la revisión de Tarde o temprano, recibí a los pocos meses un obsequio por la Navidad próxima: una botella de vino francés enviada precisamente por Cristina. Fue un detalle gentil e inesperado, máxime que a parte de la gracia de trabajar con José Emilio, él me había hecho el regalo de insistir con el Fondo de Cultura Económica para que se mencionara mi nombre en el volumen. Mi sorpresa fue mayúscula porque si bien yo había hecho algunas sugerencias y cuidado el libro, la generosa insistencia de José Emilio no paró hasta darme un crédito inusual en la portadilla: “Edición de Ana Clavel”, debajo de su nombre y del título de la obra. También máxime que él ya me había hecho el mayor de los regalos: una lección de escritura particular. Por esos días yo escribía una novela de un Orlando al revés, una mujer que, por obra y gracia de su deseo de conocer el deseo de los hombres, se despierta en el cuerpo de un varón y en su nueva circunstancia comienza a indagar en los rituales de la masculinidad. Muy temeraria yo, no había medido el atrevimiento de retomar e invertir la propuesta del libro de la Woolf. Cuando me di cuenta en lo que me había metido, me espanté y le platiqué a José Emilio sobre los libros de medicina, anatomía, sociología, antropología, estudios de género que pretendía revisar. Él me tranquilizó con una sonrisa y me dijo: “No importa lo que los demás digan sobre la masculinidad. Lo importante es cómo la miras tú…” Yo andaba también metida en el asunto de fotografiar mingitorios en los baños de hombres como un singular objeto de la virilidad occidental y me sentía peligrosamente transgresora y con riesgo de resbalar… Así que las palabras de José Emilio fueron como un permiso, un “abrid espacio a la sombra”, un “escribe lo que tengas que escribir desde tu propia mirada”. Terminé escribiendo Cuerpo náufrago e incorporando fotos de urinarios en el texto —y descubrí que el deseo es una encarnación de la sombra.

La avasalladora imperfección

En una de nuestras últimas conversaciones, me regaló la nueva edición de Batallas en el desierto publicada por Era, que había vuelto a corregir, como era su costumbre de Sísifo de la escritura. Apenas hojear el libro advertí en la última línea un cambio sustancial. En vez de decir: “Si hoy Mariana viviera tendría ya sesenta años”, decía que tendría “ochenta”. De una señora mayor, me la había convertido en una anciana. No estaba de acuerdo. Se lo dije: “Querido José Emilio, no tienes derecho… También es mi Mariana”. Le recordé las edades eternas de Ana Karenina y Emma Bovary. Me interrumpió: “Yo tampoco estoy de acuerdo con el paso devastador del tiempo… pero uno a veces no es más que un cronista. Para los muchachos de hoy en día, Mariana tendría ochenta años”. Le contesté que para sus lectores del año 2030 habría que corregir la cifra para decir que tendría más de cien años, y así… Se encogió de hombros antes de sentenciar: “Quién sabe si para entonces Las batallas seguirán dando batalla a nuevos lectores…” No dije nada más, pero no pude evitar acordarme del último poema de Tarde o temprano, que es en realidad una victoria contra el tiempo y la muerte:
Despedida
Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo imposible.

Cabo

“Ni miento ni me arrepiento” fue la divisa de Jorge Manrique, lema que también podría aplicarse a José Emilio Pacheco. Varios poemas del poeta mexicano dialogan con la obra del poeta español del siglo XV. Ahora , ante la triste sorpresa de su partida, cómo no recordar los primeros versos de las afamadas Coplas a la muerte de su padre de don Jorge Manrique:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando…
Y recordando el título de No me preguntes cómo pasa el tiempo, ese poemario que mejor resume una de las mayores preocupaciones de la poesía de José Emilio Pacheco, deletrear ahora en la pantalla este homenaje silencioso a su amorosa presencia:
No me preguntes cómo pasa la vida
tan callando.

jueves, 24 de octubre de 2013

Cómo no ser mujer en México —sin morir en el intento

12/Octubre/2013
Confabulario
Ana Clavel

“Yo no soy mujer…”, solía decirles a los públicos a los que presentaba Las Violetas son flores del deseo (2007), una novela corta cuyo narrador y protagonista es un hombre que cuenta los abismos de una pasión tabú: el deseo por su hija adolescente, Violeta. “Ustedes me ven con cabellos largos y una apariencia femenina, pero yo no soy una mujer… yo soy escritora”. Además de aludir a las razones propias de la narración, jugaba al anteponer mi oficio a mi condición de género, pero también hablaba de mi compromiso con la escritura, un llamado de las sombras que me despertó una madrugada a los 14 años para dictarme un texto entre rémoras de sueño y los primeros aletazos de la vigilia. Eran los años setenta y, aunque provenía de una primaria pública sólo de mujeres, y asistía a una secundaria mixta, tanto en una como en otra era común el discurso oficial inclusivo de que hombres y mujeres éramos presuntamente iguales. Más allá del ámbito de ideas, ideales e ideologías, en los hechos a las mujeres se nos exigía un mayor recato, un no te salgas de la raya o el molde. Un ejemplo: los uniformes no debían ser más de 10 cm arriba de las rodillas —aunque por supuesto, apenas salíamos de clases, nos las ingeniábamos para acortar las faldas—. O como cuando un grupo de chicas de tercero se vio en una bodega de la escuela con muchachos del turno vespertino para encarnar sus cuerpos y sus deseos. Un episodio que relato en Las Violetas y que concluyó con la expulsión de unos y otras, pero en el caso de las mujeres se añadió el juicio moral y el escarnio público.

El discurso político general era un amasijo de buenas intenciones de modernidad, por lo que no era de extrañarse que la ONU decretara 1975 como Año Internacional de la Mujer. No había mujeres astronautas todavía, pero ¿acaso Indira Gandhi no había sido nombrada Primer Ministro en India en 1966? Claro que se trataba de un plano ideal porque en casa mi madre me hacía servir la comida a mis hermanos, plancharles la ropa y me decía cada vez que adivinaba mi rebeldía: “Una mujer sin un hombre no tiene valor”. A lo que yo arremetía con más rebeldía y un deseo de demostrarle que yo podría sola, que estudiaría una carrera en la Universidad —la UNAM, por supuesto— y que sería independiente. Yo no sentía necesidad de reivindicar ningún derecho feminista en general, pero sí de demostrar que podía ser tan buena como cualquier hijo de vecina en lo que me propusiera.
Por esos días de “cicatrices resplandecientes”, como diría Octavio Paz en el prólogo de ¿Águila o sol? al hablar de la adolescencia, se me reveló la escritura con aquel llamado de las sombras. Ya en pleno bachillerato leí encarnizadamente y sin orden, lo mismo La muerte en Venecia que Pedro Páramo, el Manifiesto del partido comunista que la Visión de los vencidos. Poco a poco mis elecciones y mi rebeldía me llevaron, primero, a un taller literario de cuento de Promoción Nacional del INBA, donde revisé mis primeros relatos, y después, a la carrera de letras hispánicas por más que mi familia creyera que estudiaba periodismo para que no me hostigaran con aquello de que con una carrera semejante me iba a morir de hambre.

Eran los comienzos de los ochenta y la literatura engagée despertaba desconfianzas porque muchas veces se quedaba a medio camino de la consigna y la tesis, sacrificando el poder revelatorio de la literatura en aras de ideologías que ya mostraban el cobre en los nuevos estados de pensamiento totalitario. De hecho, yo percibía una actitud reduccionista de varias mujeres que publicaban por ese entonces y que se limitaban a hablar de sus vidas, sus anhelos, sus combates. Mis relatos hablaban de otras cosas, de un hombre que se mudaba a la casa de un amigo y se metamorfoseaba en él, de un muchacho que aprovechaba las ausencias de su familia para travestirse, de una pareja que alquilaba un departamento soñado para luego no querer salir de él… Recuerdo incluso que mi primer libro de cuentos, Fuera de escena (1984), había despertado el interés de varios críticos porque no se circunscribía a las temáticas femeninas que estaban de moda: “no puede decirse que estemos ante un libro susceptible de ser considerado entre esa balumba narrativa producida por nuestras escritoras jóvenes que podríamos llamar de intenciones feministas […] Ana Clavel evade ese enclaustramiento recurriendo a personajes de las más disímiles características […] Que a esta autora le interesa la ficción per se se demuestra por su constante búsqueda de procesos narrativos y estructurales variados”, escribió Ignacio Trejo Fuentes en una reseña publicada en Excélsior.

Cuando trabajé la novela Cuerpo náufrago (2005) me propuse retomar el Orlando de Virginia Woolf e invertir su premisa: una “ella” que transita hacia un “él” por la fuerza del deseo y la fantasía. También era un homenaje a la Metamorfosis de Kafka y Ovidio, en pleno diálogo con la tradición literaria. Pero sucedía que en mi caso, por el ritmo de los tiempos que habían cambiado con la llamada revolución sexual de los sesenta, la presencia del cuerpo era sencillamente irreductible. Antonia/Antón no era homosexual, ni había nacido en un cuerpo equivocado, pero se preguntaba cómo podían ser esos seres que parecían más libres y completos que ella. No la envidia del pene, como dijera Freud, sí su fascinación. Y la vuelta de tuerca a través de un objeto transicional: el mingitorio, que en la novela se vuelve un auténtico fetiche que le cuestiona a la protagonista su identidad. Desde entonces se me ha tildado de escritora erótica por unos, y escritora poco feminista por otras… Luego con Las Violetas y su escudriñamiento en el deseo del incesto, se me ha acusado de políticamente incorrecta, pero varios lectores me han agradecido por hablar del deseo masculino, aunque no sea “fácil que la gente se atreva a plantarse sin trepidación ante un espejo literario para examinar sus propios sentimientos enjaulados”.

En un principio yo ensayaba deliberadamente un “travestismo textual”, que practicaba la primera voz narrativa masculina con alevosía y flagrancia. Creía que la literatura no necesitaba de adjetivos. Sigo creyéndolo pero mi propio trabajo, esa mirada personalísima con que sólo yo pude contemplar los mingitorios en Cuerpo náufrago o las muñecas sexuadas con las que ritualiza su deseo el narrador de Las Violetas, me hizo anticipar la frase de Henry James en torno a la novela y a toda literatura necesaria: una buena novela es una impresión personal e intensa de la vida. Toda la literatura que vale la pena parte de la singularidad de la visión de quien escribe. No me imagino a Kafka ni a la Woolf sino siendo cada uno desde la singularidad que les es propia: su pasado, su familia, sus experiencias vitales, su mirada, sus deseos, su corazón, su sexo y, por supuesto, su género. Pero tampoco vamos a supeditar su singularidad a uno solo de sus rasgos. La literatura es visión original, única, individual, aunque se esfuerce por ser otra cosa y traicionarse. La única manera de ser profundamente universal, decía Alfonso Reyes, es ser profundamente particular. Y tenía razón.

Más allá de los disfraces, encarnaciones, etiquetas he querido decir que ser escritora en México ha sido para mí un ejercicio de imaginación y libertad transgresoras. Lo he dicho a manera de juego, pero también como seña de identidad: “Yo no soy mujer… soy escritora”. Uno de los pocos espacios de libertad íntima y auténtica son la escritura y el arte. Y al menos a mí, en mi trabajo, me interesa hacerles lugar, a trasmano de militancias y posiciones de corrección ortopédica y política. Una forma de no ser solamente mujer en México, sin morir en el intento, precisamente ahora que la realidad encarna con brutal literalidad la sutileza y el placer de las metáforas.

domingo, 7 de julio de 2013

Territorio Lolita

7/Julio/2013
Confabulario
Ana Clavel

Es imposible saber si fue un feliz accidente o un objetivo deliberado, pero es claro que en algún momento en el pasado remoto alguien creó la representación de un objeto del deseo erótico, probablemente un cuerpo o una parte del mismo, y al contemplarlo descubrió que tenía un poder insólito.
Naief Yehya: Pornografía


Todo objeto de deseo se vuelve en la imaginación, en la fantasía, fetiche. Fetiche, del latín facticius: artificial, y facere: hacer. Aparente contradicción: no es el objeto pero es igual —o incluso más—. Sinécdoques del deseo. La parte por el todo, o el todo por la parte. ¿No es acaso la esencia de Lolita o del deseo mismo? ¿Ser encarnaciones o sucedáneos del objeto amoroso perdido, de ese inefable placer que nunca se ha de volver a recuperar? El mito de la hija de Butades que explica el origen de la pintura, según Plinio, como un acto amoroso por preservar la huella del amado que partía, pero también el origen y la esencia del deseo, según nosotros.

Un latido en el tiempo y el supuesto plagio
En 1953 cuando Vladimir Nabokov pone punto final a Lolita, tenía 54 años, llevaba trece de haber emigrado a los Estados Unidos, colaboraba como voluntario en el departamento de Lepidopterología del Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard y era también profesor de literatura rusa y europea en la Universidad de Cornell, Ithaca. La novela aparecerá publicada dos años después en París por la editorial Olympia Press, célebre por poner en circulación obras controversiales, pues ninguna editorial norteamericana quiso publicarla. Comenta Juan Villoro en “La piedad del asesino” (Letras Libres, mayo 1999):
En 1948 empezó a escribir Lolita. Algunos meses más tarde dudó de su material; tal vez inspirado por Gogol y su incertidumbre ante Las almas muertas, quiso quemar el manuscrito. Siempre atenta a sus textos, Vera impidió el auto de fe. En 1953 puso punto final a la historia de amor de una ninfa de doce años con un hombre de 42, pero no hubo forma de publicarla en Estados Unidos. La primera intención de Nabokov fue firmar con un seudónimo, sin embargo el editor Roger Strauss lo convenció de usar su nombre: si la novela era llevada a juicio, el nom de plume sería visto como un reconocimiento tácito de su indecencia; en cambio, ampararla con un apellido de profesor universitario ayudaría a demostrar que el autor buscaba superar con recursos artísticos un tema repugnante. Nabokov siguió el consejo. En 1955 Lolita apareció bajo su nombre en París, en la editorial Olympia, que había publicado a Miller, Genet, Durrell y toneladas de basura porno.
Conocida es la historia de la génesis de la novela. Según el propio Nabokov en el epílogo del libro, la idea surgió a partir de fines de 1939 o principios de 1940, cuando leyó una nota periodística en París acerca de un chimpancé que, cautivo en una jaula en el Jardin des Plantes, dibujó los barrotes de su jaula. El especialista en la obra de Nabokov, Michael Juliar, señala que por esos años se publicó en la revista Life un artículo sobre un mono llamado Cookie que, adiestrado por un científico, tomó varias fotografías desde su jaula, y que Nabokov en el recuerdo pudo haber tergiversado como dibujos hechos con carboncillo. Sea cual fuere, como señala Alberto Chimal, de ahí surge la imagen “del prisionero que mira desde el interior de la jaula” que inspiró el punto de vista de Humbert Humbert, quien cuenta su historia preso y en espera de sentencia. Pero, más que una circunstancia jurídica, se trata de una imagen que es metáfora del delirio, la pasión en la que se halla prisionero el protagonista, poseído por su deseo pederasta.

La idea resultó tan poderosa –Nabokov habla de un “latido” que vibró  en él a lo largo del tiempo– que llevó al autor a un primer intento en el que ya se encuentra presente el triángulo de Lolita con algunas variantes: El hechicero. [1] La historia se desarrollaba en París y Florencia. Arthur, un hombre mayor de Europa central, se casa también con la madre enferma de una prepúber de quien está  enamorado; al morir la madre, viaja con su hijastra a un hotel en el que intenta tocarla dormida. La chica se despierta y al reaccionar con sorpresa y horror, el protagonista sale despavorido y es atropellado por un camión.
La ninfulomanía estará presente en toda la obra del escritor ruso, aunque corresponda a Lolita ser la obra que especialmente desarrolla a profundidad el tema. [2] Polémico pero a la vez censurado por la estrechez de criterios en torno a la palabra “plagio”, es el asunto del antecedente de Lolita en el cuento homónimo de 1916, de escasas diez páginas, escrito por Heinz von Lichberg, seudónimo del alemán Heinz von Eschwege (1890-1951), dado a conocer por Michael Maar en marzo de 2004 en la revista Frankfurter Allgemeine Zeitung. [3] Hay que recordar que Nabokov, después de graduarse en Cambridge, se trasladó a Berlín en 1922. Ahí permaneció hasta 1937 cuando emigró a los Estados Unidos. Así pues, es posible que Nabokov leyera la colección de cuentos de Lichberg, Die verfluchte Gioconda (La Gioconda maldita), y que incluso, la olvidara como efecto de una peculiar criptomnesia. [4]
Pero si se lee el relato en cuestión, una historia fantasmal de corte gótico, uno se pregunta cómo pudo Nabokov, de ser cierto que leyó el cuento de von Lichberg, transformar a esa apenas esbozada joven española de Alicante, llamada también Lolita, sobre quien pesa una maldición ancestral, en la dorada nínfula de su novela. ¿Qué magia habría podido surtir efecto en él a partir de esta escueta –y única-– descripción que el autor alemán hace de su Lolita?
Ella era terriblemente joven para nuestros estándares del norte, con ojos sureños velados y cabellera de un inusual rojo-dorado. Su cuerpo era delgado y flexible como el de un muchacho y su voz plena y grave. Pero había algo más en su belleza que me atraía: el extraño misterio que la rodeaba y me perturbaba a menudo en aquellas noches de luna llena.
Porque esa tierna Lolita, de quien se enamora el estudiante alemán que viaja a  España para seguir sus estudios, es heredera de una profecía que ha ultimado a todas las mujeres de su familia por generaciones, desde un lejano antecedente, una mujer diabólica por quien los hombres se pelean y se matan, es a todas luces un personaje más en la trama de un relato fantástico donde lo insólito se da la mano con lo siniestro, muy en el estilo de las historias de este corte. Nada que ver con la creación nabokoviana. A no ser que aquella lejana Lolita, fiel a la legendaria naturaleza maléfica heredada por las mujeres de su familia, hubiera embrujado al autor ruso despertando vagamente en él la promesa de un ser no humano, nínfico, demoniaco… Y que por efecto de la mencionada criptomnesia, Nabokov hubiera encapsulado en algún lugar de su psique para, muchos años después, dar a luz a la letal y perturbadora nínfula de su novela.

¿Ninfeta o nínfula?
Etimológicamente “ninfa” proviene del latín nympha y ésta del griego νύμφη: novia, la que porta un velo. De las seis acepciones que consigna el Diccionario de la Real Academia, la primera es por supuesto la mitológica (“Cada una de las fabulosas deidades de las aguas, bosques, selvas, etc., llamadas con varios nombres, como dríada, nereida, etc.”). La segunda y la tercera tienen un uso coloquial: “joven hermosa” y “cortesana (mujer de costumbres libres)”. Otra definición no deja de ser sorprendente: “pl. Labios pequeños de la vulva”. La cuarta definición, del ámbito de la zoología, se refiere a “los insectos con metamorfosis sencilla, estado juvenil de menor tamaño que el adulto, con incompleto desarrollo de las alas”,[5] curiosamente, en lo referente a la edad temprana, una acepción más cercana al concepto de “ninfeta” nabokoviano:
Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana (o sea demoníaca); propongo llamar “nínfulas” a esas criaturas escogidas.
     Se advertirá que reemplazo términos espaciales por temporales. En realidad, querría que el lector considerara los “nueve” y los “catorce” como los límites –playas espejeantes, rocas rosadas– de una isla encantada, habitada por esas nínfulas mías y rodeada por un mar vasto y brumoso.[6]
Nabokov usa la palabra inglesa nymphet en el original de su novela,[7] razón por la cual los estudiosos de habla hispana que han leído la obra en su idioma original, suelen usar el término “ninfeta”[8] en vez de “nínfula” que es como aparece en la traducción que circula en español desde 1959, editada por la editorial Sur[9] y después reproducida por Grijalbo y Anagrama, realizada por Enrique Tejedor, seudónimo del argentino Enrique Pezzoni.
En una estupenda nota, “Lolita censurada” (Letras Libres, diciembre 2001), Ernesto Hernández Busto consigna una muestra de omisiones y distorsiones debidas a la censura de Tejedor sobre todo en materia de sexo, frases sugestivas y otras no tanto con que Humbert Humbert, el narrador y protagonista de la novela, se refiere a su amada y a sus hermosas partes, los sentimientos y reacciones de excitación que le provoca, las situaciones ambiguas en las que se ve inmerso por su pasión exaltada, entre otras.
Pero, en lo referente a la decisión de cómo se nombró en español a la pequeña ninfa, salvo por quienes rechazan el término usado por el traductor y que se refieren a Lolita con el anglicismo “ninfeta” trasladado del original, nadie parece reparar en el hallazgo de la palabra “nínfula”.
Vayamos por partes. Cuando Nabokov decide usar la palabra nymphet para designar a esos seres de “gracia letal”, esas pequeñas ninfas de naturaleza daimonica, emplea un término consignado ya por The Century Dictionary  y atribuido al poeta Michael Drayton en 1612, fecha en que publica su extenso poema Poly-Olbion, en el que escribe: “Of the nymphets sporting there In Wyrrall, and in Delamere”. La expresión “nínfula”, en cambio, parece ser una derivación creada por Enrique Tejedor, a partir de la palabra “ninfa” y el sufijo latino –ula, diminutivo femenino. Esta adaptación que no violenta las reglas de castellanización, goza, a mi juicio, de aumentar el grado de sonoridad dulce de una consonante líquida como la “l” que, muy bien conocía Nabokov al decir en las líneas iniciales de su obra: “Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”. Así pues, aunque a algunos de los lectores y críticos que frecuentan el original en inglés les disguste que el traductor no haya empleado la palabra “ninfeta” –no obstante la tonalidad despectiva que en español sugiere ese anglicismo–, lo cierto es que el uso de “nínfula” se ha extendido en la designación de las ninfitas nabokovianas –quiero creer– por sus resabios de la lengua madre y por la dulzura de su fonética que la acerca a la esencia sutil, palatal, volátil de Lo-li-ta, “light of my life”. Una de esas ocasiones en que el traductor no es traidor.



Lecciones de entomología aplicada
I
Increíbles azares o extrañas coincidencias se dieron en la vida de Nabokov. Tal vez es así en cualquier existencia pero sólo salta a la vista cuando el sujeto es puesto bajo una lupa porque la fama lo ha convertido en una mariposa de tornasolados dibujos que el asombro o el morbo buscan descifrar. Una ironía sin duda que el propio autor se vuelva objeto de estudio microscópico cuando él mismo fue un especialista en lepidópteros, ese orden de insectos que incluye a las mariposas y polillas.
Según relata en el capítulo 9 de Habla, memoria (1967), el “morbus et passio aureliani” le fue heredado por su padre Vladimir Dimietrich Nabokov. “Aureliano” es un término arcaico para designar a los especialistas en el estudio de las mariposas, proveniente del griego aurelia que quiere decir crisálida por cuanto justo antes de resurgir convertida en mariposa, la antigua ninfa tiene un esplendor áureo (latín aurum: oro). Aurelianos fueron su padre y Nabokov desde niño al punto que cuando encarcelan en 1908 a Vladimir padre unos meses por publicar con un grupo de amigos un manifiesto revolucionario que atacaba al zar, desde la prisión le pregunta a la madre de su hijo: “¿Ha cazado V. alguna Egeria [mariposa de los muros] este verano? … Dile que en el patio de la prisión sólo veo limoneras y blancas de la col”.
Así pues la pasión aureliana era una dádiva que el padre le había conferido al hijo, pero ¿hasta dónde esa pasión era también enfermiza como para que el propio Nabokov la llamara morbus et passio en sus memorias? De cualquier forma, revelación y recuerdo, islas de dorado fulgor, paraíso resplandeciente, parecen estar intrincadamente unidos en el taller del artista Nabokov cuando nos dice:
Parece que durante toda mi vida y con el mayor celo he estado realizando el acto de recordar vivamente algún fragmento del pasado, y tengo motivos para creer que esta casi patológica agudización de la facultad retrospectiva es un rasgo hereditario. Había cierto rincón del bosque, un puentecillo que cruzaba un pardo riachuelo, en donde mi padre hacía una piadosa pausa para recordar la rara mariposa que, el 17 de agosto de 1883, cazó para él su preceptor alemán. La escena ocurrida treinta años atrás era revivida una y otra vez de punta a cabo. Él y sus hermanos se habían detenido bruscamente, desvalidos y excitados ante la aparición del codiciado insecto, que se había posado sobre un tronco muerto y hacía subir y bajar, como si respirase en estado de alerta, sus cuatro alas rojo cereza con una mancha ocular pavoniana en cada una de ellas. En tenso silencio, sin atreverse a proyectar él mismo su cazamariposas, se lo dio a Herr Rogge, que tanteaba el aire para cogerlo mientras su mirada permanecía fija en la espléndida mariposa. Mi vitrina heredó ese espécimen al cabo de un cuarto de siglo. Un detalle conmovedor: las alas se le habían “encogido” por culpa de que la sacaron de la tabla de secado antes de hora.
Las mariposas y la literatura fueron sin duda las grandes pasiones de su vida. Poco después de emigrar a los Estados Unidos en 1940, Nabokov se ofreció como voluntario en el Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard, donde realizó investigaciones y publicó su primer trabajo dedicado a las mariposas Cartherocephalus canopunctatus, una especie que antes de él no era considerada única y diferente. En 1951, cuando escribía Lolita y daba clases en la Universidad de Cornell, Ithaca, hizo un viaje a Colorado, a las Montañas Rocallosas, y ahí, a más de 12 mil pies de altura, capturó a la primera hembra Lycaeides argurognomn sublivens,[10] después llamada Lycaeides sublivens Nabokov en su honor. Fue en ese viaje también donde tomó notas de la panorámica de un pueblo aledaño, Telluride, que eventualmente formarían parte de las líneas finales de Lolita. Esas líneas sublimes donde, al admirar el “abismo amistoso” del valle que se extiende a sus pies, del cual le llega un bullicio de la vida, de mujeres que esperan a hombres, de niños que juegan entre risas y pelotazos, echa de menos a Lolita, desaparecida por la influencia de Quilty, el fauno depravado que le arrebata a su amor.
A medida que me acercaba al abismo amistoso, adquiría conciencia de una melodiosa unidad de sonidos que subía, como vapor, de una pequeña ciudad minera tendida a mis pies, en un pliegue del valle. Se divisaba la geometría de las calles, entre manzanas de tejados grises y rojos, y los verdes penachos de los árboles, y un arroyo sinuoso y el rico centelleo mineral del vertedero de la ciudad, y más allá de ella, caminos que se entrecruzaban sobre la absurda manta formada por campos pálidos y oscuros, y más allá de todo eso, grandes montañas arboladas … Me quedé escuchando esa vibración musical desde mi suave pendiente, esos estallidos de gritos aislados, con una especie de tímido murmullo como fondo. Y entonces supe que lo más punzante no era la ausencia de Lolita a mi lado, sino la ausencia de su voz en ese concierto.
Telluride, en cuyas cercanías descubre y se hace de varios ejemplares de la Sublivens que después llevaría su nombre, es un pueblo asentado en la base de un cañón de las Montañas de San Miguel, a más de 9 mil pies de altura. En su reporte entomológico, Nabokov lo describe ambiguamente: habla de él como de un lugar decepcionante, un inusual callejón espectacular –en el que un prodigioso arco iris se erigía por las tardes–, adonde convergían dos caminos, “uno procedente de Placerville, el otro de Dolores, ambos atroces”. Si se busca Dolores, Colorado, en un atlas de Norteamérica, se descubrirá que también es un pueblo antiguo del condado de Montezuma, asentado en el valle de Dolores, cruzado por un río llamado también Dolores y con un pico de montaña del mismo nombre. Nabokov, que llevaba al menos diez años trabajando en Lolita, debió de haber sonreído ante tan caprichosa coincidencia. Pues para entonces él ya había realizado la taxonomía completa de la mariposa Lolita, aunque sólo le faltara dar los toques finales a su estudio.[11]
II
Pero las coincidencias y los azares no terminan ahí, por lo menos en lo que respecta a la figura del padre. Según cuenta Nabokov en el capítulo 9 de Habla, memoria, su padre fue autor de una colección de artículos sobre derecho penal, publicada en San Petersburgo hacia 1904. Resulta sorprendente, por no decir cuestión del destino al menos literario, que en un artículo de esa colección, se escriba sobre algunos casos de niñas que fueron objeto de abuso sexual.
En uno de ellos (“Delitos carnales”, escrito en 1902) mi padre se refiere, de forma bastante profética en cierto extraño sentido, a algunos casos (ocurridos en Londres), “de muchachitas à l’age le plus tendre, es decir de ocho a doce años, que fueron víctimas de algunos libertinos”. En el mismo artículo muestra una actitud muy liberal y “moderna” ante varios tipos de prácticas anormales, lo cual le permite de paso acuñar una palabra rusa muy adecuada para “homosexual”: ravnopolïy.
Por supuesto Nabokov usa la discreta frase “de forma bastante profética en cierto extraño sentido” para referirse a la obvia coincidencia con la temática de Lolita, pues cuando leyó al fin el libro de su padre, él ya había publicado su novela al menos seis años antes. El libro le había sido obsequiado, según relata en sus memorias, por “un amable viajero, Andrew Field, que lo compró en una librería de segunda mano durante su visita a Rusia en 1961″.  Tal vez otro hubiera sido el destino si su padre no hubiera sido asesinado en 1922 en Berlín, ciudad en la que la familia Nabokov buscó refugio tras los disturbios de la revolución bolchevique.  Las posibilidades de la vida hubieran sido otras como lo confiesa el propio autor en una entrevista de 1967 publicada en The Paris Review:
Los placeres y recompensas de la inspiración literaria no son nada al lado del embeleso de descubrir un nuevo órgano bajo el microscopio o una especie desconocida en una montaña de Irán o Perú. No es improbable que de no haber existido una revolución en Rusia, yo me habría dedicado por entero a la lepidopterología y nunca habría escrito ninguna novela en absoluto.



[1] El hechicero es una novela corta que Nabokov escribió en la segunda mitad de los años treinta y que se publicó después de su muerte. Según el propio Nabokov, fue originalmente escrita en ruso, tal y como lo menciona en el epílogo “Sobre un libro llamado Lolita”, pero ahí afirma que destruyó el original en 1942 pues el libro no lo convencía.
[2] Para una revisión exhaustiva de personajes con tintes de nínfula en la obra de Nabokov, consúltese el ensayo de R.H. Durán, “Ninfas y otras lascivias, especies de dorada pubescencia” en Revista Colombiana de Psicología, Universidad Nacional de Colombia, núm. 4, 1995.
[3] Un estudio dedicado al tema por el propio Maar se publicó con el título D’une “Lolita” l’autre: Heinz von Lichberg et Vladimir Nabokov, Librairie Droz, 2006.
[4] “New Lolita Scandal! Did Nabokov Suffer from Cryptomnesia?” en The New York Observer, 4 de abril de 2004.
[5] En el Diccionario del uso del español de María Moliner se acentúa más el estado larvario de la definición zoológica: “Forma joven de un *insecto de metamorfosis incompleta, que se caracteriza por su semejanza con el adulto en el que se transformará y del que sólo se diferencia por ser más pequeño, carecer de alas y ser sexualmente inmaduro”.
[6] La edición de referencia es V. Nabokov, Lolita, Anagrama, Compactos, 9a. ed., 1999, p. 23.
[7] La referencia original en inglés dice: Now I wish to introduce the following idea. Between the age limits of nine and fourteen there occur maidens who, to certain bewitched travelers, twice or many times older than they, reveal their true nature which is not human, but nymphic (that is, demoniac); and these chosen creatures I propose to designate as “nymphets” [Alfred Appel, ed. The Annotated Lolita. Random House, 1991].
[8] Entre nosotros, los escritores mexicanos Juan García Ponce y Parménides García Saldaña.
[9] Sobre la prohibición y polémica desatada en Argentina por la publicación de Lolita en la editorial Sur, véase el interesante artículo de Guillermo Mayr, “El caso Lolita. Lo que pasó en Argentina”, en su blog “El jinete insomne”, del 23 de julio de 2010.
[10] Es posible leer la descripción de tal aventura entomólogica reportada por el propio autor como “The Female Lycaeides argurognomn sublivens” en Lepidopterist’s News, 1952, pp. 35-36. http://images.peabody.yale.edu/lepsoc/jls/1950s/1952/1952-6%281-3%2935-Nabokov.pdf.
[11] Dice el escritor R. H. Moreno Durán en “Ninfas y otras lascivias, especies de dorada pubescencia”, Revista Colombiana de Psicología: “Como si se tratara de elaborar una nomenclatura del más clásico rigor entomológico, Vladimir Nabokov determina en su escritura géneros, fija variedades, clasifica filiaciones, vivisecciona especies y analiza la estructura y hábitos de unos bichos que no son otros que ciertas deliciosas muchachas en pleno tránsito hacia la pubertad. No es por ello casual que la primera hembra conocida de la variedad Lycaeides sublivens Nabokov caiga en la red del escritor –transmutado en lepidopterólogo– en un punto indeterminado de la compleja geografía por la que, de la caricia al retozo, deambulan Lolita Haze y el “villano” Humbert Humbert, en la más célebre novela del autor ruso”.



sábado, 2 de octubre de 2010

El milagro de los panes

2/Octubre/2010
Laberinto
Ana Clavel

Cuando se habla de que la literatura latinoamericana actual está fuera del escenario internacional, se está pensando sobre todo en términos comerciales y de marketing. ¿Acaso no se vanagloriaba la agente catalana Carmen Balcells de haber ella “inventado” el Boom? Fue un momento coyuntural porque me parece que los lectores del mundo necesitaban recuperar una imagen del paraíso perdido. Esa nostalgia, sumada a una idea preconcebida y exótica de lo “otro”, permitió el milagro de los panes. La realidad que podemos ofrecer los nuevos narradores es múltiple y movediza, y para nada paradisiaca ni convencional. De hecho, creo que la literatura necesaria, que no tiene que ver con la literatura exitosa ni con la desechable, trabaja de un modo misterioso y casi siempre en silencio. Obras que me han marcado nunca han sido best-sellers. En todo caso han sido long-sellers, libros que van resonando y dialogando con sus lectores a lo largo del tiempo. Una editora me decía hace tiempo que no conocía escritores que no quisieran que sus libros se vendieran. Pienso que ahí está la confusión de muchos editores y no pocos autores: es muy legítimo pretender vivir del trabajo de uno, pero lo que realmente desea un escritor es que sus libros se lean. Tal vez suene demasiado idealista tener este tipo de convicciones en un mundo donde las editoriales globalizadoras se comen a las pequeñas, en el que la exigencia y el nivel de lectura
se banalizan al grado de que la gente lee cada vez menos o sólo lee literatura complaciente, un mundo en el que nos flagelan la violencia y el horror cada vez más inmediatos. Tampoco considero que no valga la pena utilizar los recursos de democratización de la lectura que ofrecen los medios electrónicos y otros. Pero un autor secreto como Felisberto Hernández, una autora discreta como Josefina Vicens nunca tendrán públicos masivos —aunque sí lectores de calidad, que los han convertido en escritores de culto—. Esto me confirma en mi convicción de apostar por las palabras de Italo Calvino cuando dice que se trata de hacerle lugar a lo que en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar. Pero además, hacerlo desde una propuesta literaria, verbal, estética, de escritura verdaderamente creativa, llámese como se llame, literatura latinoamericana, o subterránea, o “saltapatrás”.

La nueva literatura latinoamericana, ¿fuera de moda?

2/Octubre/2010
Laberinto
Ana Clavel

Para Rafael Pérez Gay

Berlín se iluminó de letras. Si durante el régimen nazi se prendían hogueras de libros en sus plazas, ahora fueron los libros los que incendiaron las miradas y el interés de niños, jóvenes y adultos durante la celebración del 10° Festival de Literatura de Berlín. Realizado del 15 al 25 de septiembre, el encuentro contó con la presencia de más de 270 autores de las más variadas nacionalidades, pero sobre todo de países de Europa del Este. No en balde el tema central del encuentro fue precisamente “La cultura y las políticas en Europa del Este: entre las sociedades abiertas y el nacionalismo, entre la tristeza y una nueva alegría de vivir”. Así pues, no es de extrañarse que la plana mayor estuviera encabezada por Vladimir Sorokin (Rusia), Yuri Andruyovich (Ucrania), Wladimir Kaminer (Rusia-Alemania), Ilya Trojanov (Bulgaria-Alemania) y Herta Muller (Rumania-Alemania).

Más de 30 mil asistentes, 232 actividades, un premio de 30 mil euros para el escritor alemán Thomas Lehr por “la originalidad de su creación en prosa”, un récord Guinness por el maratón de lectura ininterrumpida de 75 “Autores por la Paz”, más de 13 mil niños y jóvenes en actividades diseñadas ex profeso.

Presentaciones, lecturas, conferencias, discusiones, slams poéticos, videos, conciertos, exposiciones y espectáculos multimedia completaron el programa. Una nota de escándalo: el político alemán Thilo Sarrazin fue cordialmente “desinvitado” a participar. Un toque hollywoodense: la aparición de Elizabeth Gilbert, autora del best-seller: Ama, reza, come, cuya versión cinematográfica es estelarizada por la taquillera actriz Julia Roberts y el no menos galán, Javier Bardem.

El discurso inaugural corrió a cargo del escritor español Juan Goytisolo con una conferencia titulada “Espacio en movimiento. Cuando la topografía se transforma en tipografía”. Se rindieron homenajes al portugués José Saramago y al argentino Tomás Eloy Martínez. De hecho, Argentina será el país invitado de honor en la próxima Feria de Francfort pero aquí sólo estuvo representada por tres autores: Alberto Manguel, Alan Pauls y Marcelo Birmajer. La literatura latinoamericana se hizo presente a través de una decena de autores. Además de los argentinos mencionados, las escritoras chilenas Carla Guelfenbein y Lina Meruane, el peruano Antonio Encinas Marroquín, el colombiano Antonio Ungar, los mexicanos Élmer Mendoza y Ana Clavel.

Élmer Mendoza sostuvo un diálogo con el economista mexico-americano Edgardo Buscaglia, titulado “La economía y la cultura de la droga en México”. Por mi parte, participé en la presentación de una nueva antología de cuento latinoamericano: Schiffe aus feuer (“Barcos de fuego”), preparada por Michi Strausfeld, editora de más de 350 obras latinoamericanas en su paso por la afamada editorial Suhrkamp.

Aunque en alemán no suelen editarse ni mucho menos comentarse libros de cuentos, la antología recibió en los días del festival críticas elogiosas en Literarische Welt, suplemento literario de Die Welt, en el Berliner Zeitung y en varias entrevistas de radio. “Índices para la esperanza…”, me confía Michi Strausfeld. La intención de la compiladora fue abrir un espacio a la literatura latinoamericana actual que ha estado “fuera de moda” en el ámbito internacional, muy lejos de las glorias millonarias del Boom y sus epígonos. Salvo Roberto Bolaño que preside desde ultratumba su imperio hegemónico.

Recordé entonces un comentario de mi editor norteamericano, Jay Miscowiec, dueño de una pequeña editorial independiente de Minneapolis, Aliform Publishing, que ha publicado una docena de escritores latinoamericanos desconocidos en el mundo. En el pasado reciente Jay había concursado en su país por una beca de traducción de una obra latinoamericana. La institución al cargo era la National Endowment for the Arts, pero Jay no corrió con suerte: si uno revisa las más recientes emisiones de la NEA a través de su página oficial, hay muy pocas obras del ámbito latinoamericano. La percepción de mi editor es que se prestaba más atención a obras de otras literaturas marginales: los tiempos dorados del Boom habían terminado.

Pero, ¿puede hablarse en verdad de que la nueva literatura latinoamericana está fuera del interés internacional? Para abrir la discusión presento a continuación las opiniones de algunos amigos editores y de Hugo J. Verani, especialista en literaturas hispanoamericanas de vanguardia. Incluyo también las opiniones de la propia Michi Strausfeld, y los escritores Lina Meruane, Antonio Ungar y Marcelo Birmajer, con quienes compartí la presentación de Schiffe aus feuer en el Festival de Berlín que, por cierto, tuvo como subtítulo “Latinoamérica sin el realismo mágico”, en un claro intento por desenraizar la literatura actual de tierras macondianas y diversificar sus caos, sus intereses y preocupaciones.

JAY MISCOWIEC

No, la literatura latinoamericana no está fuera del interés internacional, pero no hay ninguna duda de que ya no tiene el espacio que tenía antes. Creo que en EUA hay ahora tanta diversidad que el poco espacio que existe en el mercado para la literatura extranjera ha estado llenándose con la literatura de todo el mundo. Y... me da pena decirlo, pero hay también un sentimiento antilatino en Gringolandia ahora con el Tea Party y la ley de Arizona y la “talk radio”, que no trabaja en favor de la literatura latinoamericana.

Editor y director de Aliform Publishing de Minneapolis

MARISOL SCHULZ

La literatura latinoamericana como generalidad sí está fuera de moda en el escenario internacional, lo que no quiere decir que no se lea a autores latinoamericanos. Ahora mismo en Estados Unidos hay un auge de los libros de Roberto Bolaño, autor que se ha vuelto un best-seller. Lo mismo ocurre con autores de otros países, pero son casos aislados y no se agrupan en un movimiento literario específico. Esta situación la atribuyo a que las modas en el ámbito editorial duran poco tiempo y ahora, por ejemplo, se leen historias de vampiros; hace unos años eran temas relacionados con El Código da Vinci o con niños magos. Como fenómenos editoriales, estas modas son poco trascendentales en lo que se refiere a la calidad y obedecen más a circunstancias comerciales y de marketing.

Editora y exdirectora de Alfaguara México

CHRISTOPHE LUCQUIN

No me parece que la literatura latinoamericana contemporánea sea una literatura que no atrae. En realidad no creo en una moda para la literatura. Es verdad que en Francia y en Europa de manera general estos últimos años han sido los de la literatura “negra” del norte de Europa: Escandinavia, Suecia, Islandia, entre otros países. En este caso se podría hablar de “moda” porque antes estos autores noreuropeos no existían aquí. Pero lo que hizo que funcionaran es el dinero que les han invertido para hacer una promoción muy importante. Como el género negro es un género que atrae tanto a los lectores de siempre como a los que no leen, era el jackpot garantizado. La gente lee cada vez menos. Sobre todo los jóvenes que nacen con una oferta tan importante de medios culturales que el libro se queda atrás. Yo creo que hoy en día un libro que tiene éxito es un libro que tiene una buena promoción. Creo que los editores en Francia prefieren hacer la promoción de un autor francés y no la de un autor latinoamericano porque el francés está hoy en día muy cerrado de mente. Le gusta todo lo que sea francés, tiene demasiado orgullo para abrirse al mundo. Ese es el problema.

Editor y escritor francés

HUGO J. VERANI

Respecto a la literatura latinoamericana me parece razonable pensar que ya no tiene el impacto que tuvo con el Boom, seguido de un “boomcito”. Muy buenos escritores, sin duda, Piglia, Levrero, Skarmeta, Pacheco, Peri Rossi, etcétera, pero que no han tenido la resonancia de los anteriores. Salvo Bolaño, no hay nadie que haya tenido mucha difusión en el mundo no hispano. ¿A qué atribuirle, además de lo anterior? Tuvimos unos treinta años de primera fila, de los 60 a los 90, es natural que venga un recambio, aunque ninguna otra cultura la ha reemplazado. Creo que el cambio se debe a la importancia que los estudios culturales le han dado a las minorías étnicas, a otras culturas marginadas, y eso naturalmente quita espacio y dinero para lo nuestro.

Ph. D. University of Notre Dame, autor de Las vanguardias literarias en Hispanoamérica

MICHI STRAUSFELD

América Latina, como continente, está recibiendo mucha menos atención que en las décadas pasadas —en cuanto a comentarios políticos, económicos, sociales; más bien se habla de las catástrofes: los muertos por el narco, los mineros chilenos atrapados, los terremotos, etcétera. Brasil es un poco la excepción: se le presta más atención, por ser un país BRIC, se habla de Lula y sus logros. Esta falta de interés general e información regular tiene efectos o daños colaterales para la cultura y la literatura: México fue el país invitado de honor en la Feria de Francfort en 1992, Brasil en 1994, después no ha habido ningún otro gran acontecimiento latinoamericano relacionado con la literatura en Alemania. Son muchos años sin tener un hype mediático (como lo está teniendo Argentina ahora porque será Guest of Honour en Francfort 2010) y faltan nombres nuevos que ya hubiesen “triunfado”. El único, Bolaño, lo hizo después de su muerte. Por lo tanto tenemos ahora algo como desinterés, como déjà vu: ¿dónde está lo nuevo en el continente? Siempre los mismos nombres: los conocemos y éstos tienen su público, pero no necesariamente cautivan nuevos y jóvenes lectores. Por ello es muy difícil hoy introducir nuevos autores, y adicionalmente está la reducción de páginas literarias y programas culturales en todos los medios, así como los cambios de marketing en las grandes cadenas de librerías. También han recibido mucho interés otras literaturas del mundo antes dejadas de lado (en Alemania, por ejemplo, los países de Europa del Este). Es decir: el desafío es grande para las nuevas generaciones, los nietos del Boom. Tengo confianza, sin embargo, en que gracias a la Argentina, Guest of Honour en Francfort 2010, algo va a cambiar, para bien, y ojalá sirva para despertar un renovado interés para los autores de todo el continente. De ahí el esfuerzo de la antología Schiffe aus feuer. Lo que desearía: que México también opte de nuevo por ser país invitado de honor en Francfort para repetir la presencia que tuvo en 1992. India ya ha repetido (1986, 2006), Brasil lo hará en 2013. Creo que sería muy importante.

Editora de más de 350 obras latinoamericanas en Suhrkamp y antologadora de Schiffe aus feuer

MARCELO BIRMAJER

No creo que se pueda categorizar como de moda o fuera de moda la literatura latinoamericana, francesa o australiana. Hace ya varios años que Bolaño está de moda. Nació en Chile y vivía y murió en España. ¿Eso significa que la literatura latinoamericana está de moda? No me lo parece. En cualquier momento puede surgir una novela latinoamericana que se convierta en un best-seller mundial. Y también puede ocurrir que en los próximos cinco años no aparezca nada, ni exitoso ni bueno. La literatura no es como el clima, que puede predecirse según una serie de datos. Y en realidad, ni siquiera el clima puede predecirse. La literatura latinoamericana tiene la garantía de su pasado, pero es tan misteriosa y variada como el futuro.

Escritor argentino

LINA MERUANE

Pensar la literatura en esos términos es un despróposito, la literatura tiene muchas vidas y muchas vueltas. La reducción de la literatura a los mecanismos del mercado global o digamos del europeo es problemática, porque, uno, cada país europeo mantiene una relación, histórica y actual, distinta con las literaturas de nuestro continente, y dos, porque los escritores jóvenes no están escribiendo con el mercado en la cabeza. No se escribe a la medida del interés o del desinterés del mercado editorial internacional, y es esa libertad la que está produciendo escritores con visiones alternativas —y estilos alternativos— de la realidad latinoamericana. Y no sólo de la sociedad que a cada uno le toca sino incorporando exploraciones más cosmopolitas por un lado y exploraciones intimistas por otro. Eso me parece muy propositivo, prometedor incluso, es lo que mantiene nuestras literaturas vivas y posiblemente lo que haga surgir un nuevo interés en lectores también nuevos. Quizá esa relativa pérdida de interés haya tenido un paralelo en la pérdida de interés político por el continente, pero yo me pregunto si esa idea está magnificada o distorsionada. Hace no mucho escuchaba a jóvenes escritores españoles quejarse de que ellos seguían leyendo con mucho interés a los latinoamericanos, los que se publican en España y los que se encontraban en sus viajes por el continente, pero que los escritores latinoamericanos no los leían a ellos. España, por supuesto, es apenas un país más entre los países hispanohablantes, y uno siempre siente que no está al tanto con todos los escritores jóvenes de cada país, pero pienso que la mirada sobre este problema está siempre muy mediada por la experiencia personal e incluso cuantitativa. Pienso que habría que redirigir la mirada hacia la calidad de las escrituras actuales y apostarle a eso. Apostarle y seguirle apostando.

Escritora chilena

ANTONIO UNGAR

No creo que la literatura contemporánea latinoamericana esté menos de moda que la contemporánea árabe, hindú, china, africana o de cualquier otra región. Somos menos populares que lo que fueron escritores muy vendedores como García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, nada más, pero creo que dentro de unos veinte años algunos de nuestros nombres sonarán tanto como suenan los suyos. Los únicos escritores contemporáneos que están más de moda que los demás son los anglosajones, porque están respaldados por un aparato editorial muy poderoso.

Escritor colombiano


Editada bajo el sello S. Fischer Verlag, la antología Schiffe aus feuer reúne a 36 escritores contemporáneos provenientes de Uruguay (Claudia Amengual, Henry Trujillo), Ecuador (Carolina Andrade), Perú (Daniel Alarcón, Santiago Rocagliolo, Iván Thays), Argentina (Washington Cucurto, Rodrigo Fresán, Patricia Suárez, Guillermo Martínez, Matías Néspolo, Pablo Ramos, Marcelo Birmajer), México (Álvaro Enrigue, Guillermo Fadanelli, Guadalupe Nettel, Antonio Ortuño, Ignacio Padilla, David Toscana, Ana Clavel), República Dominicana (Junot Díaz), El Salvador (Jacinta Escudos), Colombia (Jorge Franco, Pilar Quintana, Juan Gabriel Vásquez, Antonio Ungar), Chile (Alberto Fuguet, Alejandro Zambra, Lina Meruane), Cuba (Karla Suárez, Ena Lucía Portela, Alberto Guerra), Nicaragua (María del Carmen Pérez Cuadra), Bolivia (Giovanna Rivero), Puerto Rico (Mayra Santos Febres) y Venezuela (Slavko Zupcic).

viernes, 9 de julio de 2010

Así escribo (Ana Clavel)

Julio/2009
Nexos
Ana Clavel

“Su cuerpo no la contiene”

La verdad es que a mí eso de los rituales y parafernalias del oficio de escritor no se me da. Ni uso una pluma Montblanc —la perdería al día siguiente—, ni prefiero las libretas Moleskine, ni tengo afición por las antediluvianas Remington, ni me seduce la laptop más veloz y nueva del oeste. Si acaso, el café expreso por las mañanas que me ayuda a activarme un poco y que a la vez me permite seguir en un estado de inconciencia similar al de un pez que aletea en una orilla húmeda. Pero ni siquiera eso del café alcanza a ser un ritual de escritura, puesto que no siempre escribo por las mañanas, y ni siquiera me siento a escribir todos los días.

No, yo los libros los escribo antes de empezar a escribirlos, antes incluso de saber que tendrán una vida secreta y propia. Por ejemplo, hay libros que comencé a escribir antes de los tres años, cuando mi padre aún vivía. (Mi padre era inspector agrario pero extrañamente prefería escribir con tinta verde sus reportes, soñaba con comprarse un helicóptero y le encantaba tomar fotografías —como ésa en la que estoy frente a una máquina de escribir y por la cual bromeo que mi destino era ser secretaria… o escritora.)
Cada libro tiene una respiración y un crecimiento propios. El gran Felisberto Hernández explicaba que una historia es como una planta que nace y crece misteriosamente en un rincón del escritor. El deber de uno es cuidar que esa planta no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, que sea lo que está destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Hay libros que me han exigido caminar en calidad de invisible por la ciudad de México y treparme al Caballero Alto del Castillo de Chapultepec, libros que me han llevado a incursionar en los baños públicos masculinos y tomarles fotos, libros que me han hecho jugar a las muñecas como sólo
un hombre asomado a sus abismos podría hacerlo. Hay libros que nunca me imaginé escribir.

También hay libros que me imponen contradecirme y me obligan a una liturgia propia: recorto de un periódico la imagen de un jarrón chino; me compro en un mercado de antigüedades un ruinoso mingitorio acorazonado de la marca American Standard y lo dejo dormir en la sala de mi casa; cuelgo de la cabecera de mi cama una postal de Marcel Duchamp jugando al ajedrez con Man Ray. Lo que sí sucede en todos los casos es que voy conteniendo la escritura que empieza a cosquillearme en una costilla del sueño o en la punta de los dedos. Y no la suelto por más que se me revele en jirones de ensueño, por más que me haga temblar de ansiedad.

Voy armando la estructura en mi cabeza, o más propiamente, voy dejando que la historia me prometa cosas: “Si te vas por aquí, encontrarás que el laberinto más perfecto es aquel del que no se desea salir”. A veces tomo notas en servilletas, cuadernos de espiral o engrapados, con una pluma Bic u otra cualquiera con el logo de un hotel o un banco, no importa. O uso una computadora ajena porque la mía se descompone a cada rato.

Poco a poco la tentación de sentarse a escribir comienza a ser insoportable. Pero no cedo. No puedo empezar si no doy con la primera frase. Para escribir, por ejemplo, una primera línea como “La violación comienza con la mirada”, tuve que esperar más de veinte años a que Las Hortensias que había leído en la Facultad de Filosofía y Letras florecieran con una extraña intensidad violeta; así como tuve que recordarme mirando mirar a los hombres: lecciones silenciosas del deseo y sus anatomías que contemplé en la mirada de hermanos y primos mayores desde que era niña.

Pero tampoco puedo terminar de empezar si no doy, aunque sea vagamente, con la última frase. Inventarla o, por ejemplo, retomar la que leí grabada en un epitafio de un cementerio de Oaxaca y que me vino como anillo al dedo para la historia que entonces trabajaba: “Su cuerpo no la contiene”.

Como para mí la escritura es contención y latido, llegada a este límite soy yo la que está a punto de desbordarse. Y claro, ya con el principio y el final de la historia, sin parafernalias ni rituales exteriores, ahora sí, incontenible, termino de escribir.