Laberinto
sábado, 17 de diciembre de 2016
La importancia de ser Guillermo Samperio
Laberinto
domingo, 7 de junio de 2015
Eros a debate
Confabulario
domingo, 20 de abril de 2014
Confabulario
La memoria, esa cámara fotográfica
“Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas”, escribió el enorme —en muchos sentidos— Julio Cortázar. Con ello, Cortázar parece cifrar en la imagen de la magdalena de Proust ese disparador voluntarioso de los recuerdos, como si la memoria fuera una cámara fotográfica sui generis. Porque si bien el estímulo que desata las oleadas de la memoria surge de un sabor, un olor, una melodía, también es cierto que la imagen desatada que se nos viene a la mente a la hora que la memoria discurre sus magdalenas, es un cuadro vivo, una imagen visual, una fotografía refulgente. Y guardamos en nuestro interior tesoros fotográficos, iridiscentes, en blanco y negro, en sepia, álbumes de la memoria secreta y fragante como si acabáramos de cortarlos o de captar sus imágenes el día de ayer. Entonces surgen las palabras para recrear ese mundo, los siete volúmenes, las siete páginas, las siete líneas para recuperar el tiempo perdido y a la vez precioso para cada quien.
No conocí a Gabriel García Márquez en persona y la verdad es que pienso que no fue necesario. A un escritor se le conoce por sus libros. Pero he aquí algunas de las fotografías de mi álbum personal, de mi relación filial con ese prodigio de belleza y verdad inagotables que es su obra.
Fotografía primera
Me recuerdo de 16 años, tendida sobre la cama y resuelta a no abandonarla, tal era la magia, el hechizo, el hipnotismo que ejercía sobre mí un libro que me había prestado un amigo del bachillerato. El libro se llamaba Cien años de soledad y como nunca hasta ese entonces con otra obra, abrevé de él sin parar, hasta las cuatro de la tarde del día siguiente en que concluí, maravillada, su lectura. Entonces no sabía que sería escritora y mucho menos que me invitarían a participar en esta suerte de exequias a García Márquez, él que siempre me pareció eterno. Pero ese primer encuentro sería, sin yo saberlo, trascendental para mi educación literaria y escritural: el mundo revelado con la fuerza y la veleidad de las palabras y su desbordarse en un ritmo mítico y fundacional. Hasta aquel momento había leído atolondradamente, como suelen ser las lecturas de la adolescencia, lo mismo a Herman Hesse que a Thomas Mann, a Rulfo que a Dante Alighieri. Pero la revelación fulgurante de los Cien años fue un golpe en la médula de los sentidos: un caudal de belleza en el río del lenguaje. ¿Cómo no sumergirse en su magia primordial de aguas amnióticas y renovadas?
Fotografía cuarta
En mi curso de “Estrategias visuales de la escritura” que impartía hace unos años en el Claustro de Sor Juana, acostumbraba pedir a mis estudiantes que leyeran ese portento de estructura y trama que es Crónica de una muerte anunciada, en la que cuadro por cuadro, “vemos” literalmente la trágica muerte de Santiago Nasar a manos de un pueblo que se confabuló para convertirlo en chivo expiatorio de sus pasiones. También acostumbro leerles a mis estudiantes un fragmento de la introducción de García Márquez a Cómo se cuenta un cuento que dice así:
“El otro día, hojeando una revista Life, encontré una foto enorme. Es una foto del entierro de Hirohito. En ella aparece la nueva emperatriz, la esposa de Akihito. Está lloviendo. Al fondo, fuera de foco, se ven los guardias con impermeables blancos, y más al fondo la multitud con paraguas, periódicos y trapos en la cabeza; y en el centro de la foto, en un segundo plano, la emperatriz sola, muy delgada, totalmente vestida de negro, con un velo negro y un paraguas negro. Vi aquella foto maravillosa y lo primero que me vino al corazón fue que allí había una historia. Una historia que, por supuesto, no es la de la muerte del emperador, la que está contando la foto […]. Se me quedó esa idea en la cabeza y ha seguido ahí, dando vueltas. Ya eliminé el fondo, descarté por completo los guardias vestidos de blanco, la gente… Por un momento me quedé únicamente con la imagen de la emperatriz bajo la lluvia, pero muy pronto la descarté también. Y entonces lo único que me quedó fue el paraguas. Estoy absolutamente convencido de que en ese paraguas hay una historia”.
Y entonces he podido constatar en los rostros de mis estudiantes la magia y el asombro que es capaz de suscitar García Márquez con la sola promesa de una historia que aún no ha sido escrita.
Fotografía séptima
El otoño del patriarca puede sonar como un enunciado seductor y hasta poético pero es en realidad el título de un libro que encierra la parodia atroz del poder de vida y muerte —sobre todo de muerte— de nuestros caudillos y dictadores muy a la latinoamericana. Cuando Gabriel García Márquez cumplió 82 años, alguien tuvo la idea de usar el nombre de ese libro para organizarle un homenaje. Supongo que ese alguien no había leído en realidad el libro y le pareció adecuado por la edad y la importancia del autor: todo un patriarca de nuestras letras. Pero a unas horas de la partida de este escritor generoso como pocos, estoy muy lejos de contemplar la instantánea fotográfica con la que concluye la novela homónima, donde las muchedumbres frenéticas se echaban a las calles cantando himnos de júbilo por la noticia de la muerte del patriarca, quien yacía picoteado por los democráticos zopilotes o gallinazos, “ajeno para siempre jamás a las músicas de liberación y los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado”. Por el contrario, tengo la certeza de que Gabriel García Márquez seguirá cada vez más presente en la memoria literaria colectiva, latinoamericana y universal. Cada quien sus magdalenas de la memoria, pero de verdad creo que la obra de García Márquez nunca llegará a su otoño.
lunes, 3 de febrero de 2014
Érase una vez José Emilio
Confabulario
Ignoro por qué se me vienen a la mente unos versos de José Gorostiza cada vez que tengo una pérdida cercana. Se trata del poema Elegía: “A veces me dan ganas de llorar, / pero las suple el mar”. Me sucedió recientemente con Carlos Fuentes, con Bonifaz Nuño, con Juan Gelman… Digo pérdidas cercanas no porque fueran amistades mías, sino porque su presencia y su obra me los habían hecho íntimos, familiares. Al enterarme de la partida de José Emilio Pacheco los versos de Gorostiza me fueron insuficientes. Murmuré: “A veces me dan ganas de llorar, / y no las suple el mar”.
Casi de inmediato recordé su poema Mar eterno: “Digamos que no tiene comienzo el mar: / empieza en donde lo hallas por vez primera / y te sale al encuentro por todas partes”. No es que me sepa de memoria la obra de José Emilio Pacheco pero sucede que tuve el privilegio de cuidar la edición de su obra poética reunida, Tarde o temprano, para el Fondo de Cultura Económica, en su tercera edición, la del 2000. Ese privilegio se lo debo directamente a él que me llamó una mañana de noviembre de 1997 para pedirme que me hiciera cargo. Iba a decirle: “Es un honor”, pero me detuve. Poco antes me había pasado con don Octavio —yo le decía don Octavio a Octavio Paz—, cuando colaboré en el cuidado de edición de sus Obras Completas y un día me pidió que también lo ayudara a integrar las entrevistas y los últimos escritos para el tomo correspondiente. Había dicho entonces: “Es un honor” y don Octavio calló un momento antes de reconvenirme: “Preferiría que me dijera: es un placer…” Así aleccionada, pero también por convicción, le contesté a José Emilio cuando me invitó a trabajar en la edición de Tarde o temprano: “Es un honor y un placer…” Estoy segura de que sonrió porque al instante respondió con su amabilidad habitual: “Al contrario: el placer es mío”.
Me acuerdo, no me acuerdo…
A José Emilio, no al maestro José Emilio Pacheco porque él no permitía esas jerarquías de autoridad, lo había yo leído en los ochenta en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Su poemario No me preguntes cómo pasa el tiempo, editado por Mortiz, pasaba de mano en mano entre mis compañeros de generación. Pero fue su nouvelle: Las batallas en el desierto, publicada originalmente por el suplemento Sábado de Unomásuno el 17 de junio de 1980 como un “cuento”, la que me abrió las puertas a una literatura deslumbrante y perfecta, que conjuntaba la precisión de mecanismo de relojería del cuento con la profundidad oceánica de una novela, la cadencia hipnótica de un bolero con los abismos de la memoria y la imposibilidad del amor vueltos escritura exacta y prodigiosa.
Cuando me pidió que trabajara la edición de su obra poética reunida sólo lo había saludado personalmente un par de veces en alguna presentación o conferencia, pero nada más. La primera vez que revisamos el original nos vimos en su casa de Condesa. Su esposa Cristina salió corriendo a una entrevista pero gentilmente se hizo tiempo para dejarnos un pastel de chocolate de la Balance —en aquel momento José Emilio no tenía problemas con el azúcar— y café express para acompañar la labor. En ese primer encuentro me maravillaron muchas cosas, pero sólo consignaré dos. La primera, que aceptara sin objeción alguna mi sugerencia de abreviar la larga nota explicativa que acompañaba a la edición anterior de Tarde o temprano por una mucho más concisa, que terminó finalizando con estas palabras certeras de José Emilio: “Escribir es el cuento de nunca acabar y la tarea de Sísifo. Paul Valéry acertó: No hay obras acabadas, sólo obras abandonadas. Reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección”. La segunda maravilla fue que me recordara un hecho que yo misma había olvidado por haber sucedido quince años antes. Me dijo que me había escrito una carta donde me agradecía el envío de Fuera de escena, un primer libro de cuentos que había yo publicado a los 22 años, y donde me comentaba que le habían gustado mis relatos. De verdad yo había olvidado ese envío lanzado como una botella al mar, pero no se lo dije. Sin salir del pasmo, tan sólo comenté: “Qué raro… nunca recibí esa carta”. Con su nerviosismo habitual, él me confesó: “Es que nunca la mandé. No tenía tu dirección. El sobre de tu libro venía sin remitente. Pero ahí está la carta —e hizo un gesto vago a su mar de papeles—. Te la voy a buscar…”
El arte de la sombra
Cualquiera que haya platicado con él sabía cómo la vida lo abrumaba, cuánto lo desconsolaba el incierto porvenir de las ballenas, la barbarie de nuestros políticos, la indecencia de estos tiempos de tinieblas cada vez más acechantes. Sin embargo, en una de nuestras sesiones de trabajo me contó un drama más particular: la mujer que por entonces los ayudaba en casa tenía muy mala opinión de él. La había escuchado platicarle a una vecina: “La pobre señora Cristina trabaja como loca. Todo el día de un lado para otro, mientras el señor ahí echadote, nomás leyendo y escribiendo…”
Cuando terminamos por fin la revisión de Tarde o temprano, recibí a los pocos meses un obsequio por la Navidad próxima: una botella de vino francés enviada precisamente por Cristina. Fue un detalle gentil e inesperado, máxime que a parte de la gracia de trabajar con José Emilio, él me había hecho el regalo de insistir con el Fondo de Cultura Económica para que se mencionara mi nombre en el volumen. Mi sorpresa fue mayúscula porque si bien yo había hecho algunas sugerencias y cuidado el libro, la generosa insistencia de José Emilio no paró hasta darme un crédito inusual en la portadilla: “Edición de Ana Clavel”, debajo de su nombre y del título de la obra. También máxime que él ya me había hecho el mayor de los regalos: una lección de escritura particular. Por esos días yo escribía una novela de un Orlando al revés, una mujer que, por obra y gracia de su deseo de conocer el deseo de los hombres, se despierta en el cuerpo de un varón y en su nueva circunstancia comienza a indagar en los rituales de la masculinidad. Muy temeraria yo, no había medido el atrevimiento de retomar e invertir la propuesta del libro de la Woolf. Cuando me di cuenta en lo que me había metido, me espanté y le platiqué a José Emilio sobre los libros de medicina, anatomía, sociología, antropología, estudios de género que pretendía revisar. Él me tranquilizó con una sonrisa y me dijo: “No importa lo que los demás digan sobre la masculinidad. Lo importante es cómo la miras tú…” Yo andaba también metida en el asunto de fotografiar mingitorios en los baños de hombres como un singular objeto de la virilidad occidental y me sentía peligrosamente transgresora y con riesgo de resbalar… Así que las palabras de José Emilio fueron como un permiso, un “abrid espacio a la sombra”, un “escribe lo que tengas que escribir desde tu propia mirada”. Terminé escribiendo Cuerpo náufrago e incorporando fotos de urinarios en el texto —y descubrí que el deseo es una encarnación de la sombra.
La avasalladora imperfección
En una de nuestras últimas conversaciones, me regaló la nueva edición de Batallas en el desierto publicada por Era, que había vuelto a corregir, como era su costumbre de Sísifo de la escritura. Apenas hojear el libro advertí en la última línea un cambio sustancial. En vez de decir: “Si hoy Mariana viviera tendría ya sesenta años”, decía que tendría “ochenta”. De una señora mayor, me la había convertido en una anciana. No estaba de acuerdo. Se lo dije: “Querido José Emilio, no tienes derecho… También es mi Mariana”. Le recordé las edades eternas de Ana Karenina y Emma Bovary. Me interrumpió: “Yo tampoco estoy de acuerdo con el paso devastador del tiempo… pero uno a veces no es más que un cronista. Para los muchachos de hoy en día, Mariana tendría ochenta años”. Le contesté que para sus lectores del año 2030 habría que corregir la cifra para decir que tendría más de cien años, y así… Se encogió de hombros antes de sentenciar: “Quién sabe si para entonces Las batallas seguirán dando batalla a nuevos lectores…” No dije nada más, pero no pude evitar acordarme del último poema de Tarde o temprano, que es en realidad una victoria contra el tiempo y la muerte:
Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo imposible.
Cabo
“Ni miento ni me arrepiento” fue la divisa de Jorge Manrique, lema que también podría aplicarse a José Emilio Pacheco. Varios poemas del poeta mexicano dialogan con la obra del poeta español del siglo XV. Ahora , ante la triste sorpresa de su partida, cómo no recordar los primeros versos de las afamadas Coplas a la muerte de su padre de don Jorge Manrique:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando…
Y recordando el título de No me preguntes cómo pasa el tiempo, ese poemario que mejor resume una de las mayores preocupaciones de la poesía de José Emilio Pacheco, deletrear ahora en la pantalla este homenaje silencioso a su amorosa presencia:
No me preguntes cómo pasa la vida
tan callando.
jueves, 24 de octubre de 2013
Cómo no ser mujer en México —sin morir en el intento
Confabulario
“Yo no soy mujer…”, solía decirles a los públicos a los que presentaba Las Violetas son flores del deseo (2007), una novela corta cuyo narrador y protagonista es un hombre que cuenta los abismos de una pasión tabú: el deseo por su hija adolescente, Violeta. “Ustedes me ven con cabellos largos y una apariencia femenina, pero yo no soy una mujer… yo soy escritora”. Además de aludir a las razones propias de la narración, jugaba al anteponer mi oficio a mi condición de género, pero también hablaba de mi compromiso con la escritura, un llamado de las sombras que me despertó una madrugada a los 14 años para dictarme un texto entre rémoras de sueño y los primeros aletazos de la vigilia. Eran los años setenta y, aunque provenía de una primaria pública sólo de mujeres, y asistía a una secundaria mixta, tanto en una como en otra era común el discurso oficial inclusivo de que hombres y mujeres éramos presuntamente iguales. Más allá del ámbito de ideas, ideales e ideologías, en los hechos a las mujeres se nos exigía un mayor recato, un no te salgas de la raya o el molde. Un ejemplo: los uniformes no debían ser más de 10 cm arriba de las rodillas —aunque por supuesto, apenas salíamos de clases, nos las ingeniábamos para acortar las faldas—. O como cuando un grupo de chicas de tercero se vio en una bodega de la escuela con muchachos del turno vespertino para encarnar sus cuerpos y sus deseos. Un episodio que relato en Las Violetas y que concluyó con la expulsión de unos y otras, pero en el caso de las mujeres se añadió el juicio moral y el escarnio público.
El discurso político general era un amasijo de buenas intenciones de modernidad, por lo que no era de extrañarse que la ONU decretara 1975 como Año Internacional de la Mujer. No había mujeres astronautas todavía, pero ¿acaso Indira Gandhi no había sido nombrada Primer Ministro en India en 1966? Claro que se trataba de un plano ideal porque en casa mi madre me hacía servir la comida a mis hermanos, plancharles la ropa y me decía cada vez que adivinaba mi rebeldía: “Una mujer sin un hombre no tiene valor”. A lo que yo arremetía con más rebeldía y un deseo de demostrarle que yo podría sola, que estudiaría una carrera en la Universidad —la UNAM, por supuesto— y que sería independiente. Yo no sentía necesidad de reivindicar ningún derecho feminista en general, pero sí de demostrar que podía ser tan buena como cualquier hijo de vecina en lo que me propusiera.
Por esos días de “cicatrices resplandecientes”, como diría Octavio Paz en el prólogo de ¿Águila o sol? al hablar de la adolescencia, se me reveló la escritura con aquel llamado de las sombras. Ya en pleno bachillerato leí encarnizadamente y sin orden, lo mismo La muerte en Venecia que Pedro Páramo, el Manifiesto del partido comunista que la Visión de los vencidos. Poco a poco mis elecciones y mi rebeldía me llevaron, primero, a un taller literario de cuento de Promoción Nacional del INBA, donde revisé mis primeros relatos, y después, a la carrera de letras hispánicas por más que mi familia creyera que estudiaba periodismo para que no me hostigaran con aquello de que con una carrera semejante me iba a morir de hambre.
Eran los comienzos de los ochenta y la literatura engagée despertaba desconfianzas porque muchas veces se quedaba a medio camino de la consigna y la tesis, sacrificando el poder revelatorio de la literatura en aras de ideologías que ya mostraban el cobre en los nuevos estados de pensamiento totalitario. De hecho, yo percibía una actitud reduccionista de varias mujeres que publicaban por ese entonces y que se limitaban a hablar de sus vidas, sus anhelos, sus combates. Mis relatos hablaban de otras cosas, de un hombre que se mudaba a la casa de un amigo y se metamorfoseaba en él, de un muchacho que aprovechaba las ausencias de su familia para travestirse, de una pareja que alquilaba un departamento soñado para luego no querer salir de él… Recuerdo incluso que mi primer libro de cuentos, Fuera de escena (1984), había despertado el interés de varios críticos porque no se circunscribía a las temáticas femeninas que estaban de moda: “no puede decirse que estemos ante un libro susceptible de ser considerado entre esa balumba narrativa producida por nuestras escritoras jóvenes que podríamos llamar de intenciones feministas […] Ana Clavel evade ese enclaustramiento recurriendo a personajes de las más disímiles características […] Que a esta autora le interesa la ficción per se se demuestra por su constante búsqueda de procesos narrativos y estructurales variados”, escribió Ignacio Trejo Fuentes en una reseña publicada en Excélsior.
Cuando trabajé la novela Cuerpo náufrago (2005) me propuse retomar el Orlando de Virginia Woolf e invertir su premisa: una “ella” que transita hacia un “él” por la fuerza del deseo y la fantasía. También era un homenaje a la Metamorfosis de Kafka y Ovidio, en pleno diálogo con la tradición literaria. Pero sucedía que en mi caso, por el ritmo de los tiempos que habían cambiado con la llamada revolución sexual de los sesenta, la presencia del cuerpo era sencillamente irreductible. Antonia/Antón no era homosexual, ni había nacido en un cuerpo equivocado, pero se preguntaba cómo podían ser esos seres que parecían más libres y completos que ella. No la envidia del pene, como dijera Freud, sí su fascinación. Y la vuelta de tuerca a través de un objeto transicional: el mingitorio, que en la novela se vuelve un auténtico fetiche que le cuestiona a la protagonista su identidad. Desde entonces se me ha tildado de escritora erótica por unos, y escritora poco feminista por otras… Luego con Las Violetas y su escudriñamiento en el deseo del incesto, se me ha acusado de políticamente incorrecta, pero varios lectores me han agradecido por hablar del deseo masculino, aunque no sea “fácil que la gente se atreva a plantarse sin trepidación ante un espejo literario para examinar sus propios sentimientos enjaulados”.
En un principio yo ensayaba deliberadamente un “travestismo textual”, que practicaba la primera voz narrativa masculina con alevosía y flagrancia. Creía que la literatura no necesitaba de adjetivos. Sigo creyéndolo pero mi propio trabajo, esa mirada personalísima con que sólo yo pude contemplar los mingitorios en Cuerpo náufrago o las muñecas sexuadas con las que ritualiza su deseo el narrador de Las Violetas, me hizo anticipar la frase de Henry James en torno a la novela y a toda literatura necesaria: una buena novela es una impresión personal e intensa de la vida. Toda la literatura que vale la pena parte de la singularidad de la visión de quien escribe. No me imagino a Kafka ni a la Woolf sino siendo cada uno desde la singularidad que les es propia: su pasado, su familia, sus experiencias vitales, su mirada, sus deseos, su corazón, su sexo y, por supuesto, su género. Pero tampoco vamos a supeditar su singularidad a uno solo de sus rasgos. La literatura es visión original, única, individual, aunque se esfuerce por ser otra cosa y traicionarse. La única manera de ser profundamente universal, decía Alfonso Reyes, es ser profundamente particular. Y tenía razón.
Más allá de los disfraces, encarnaciones, etiquetas he querido decir que ser escritora en México ha sido para mí un ejercicio de imaginación y libertad transgresoras. Lo he dicho a manera de juego, pero también como seña de identidad: “Yo no soy mujer… soy escritora”. Uno de los pocos espacios de libertad íntima y auténtica son la escritura y el arte. Y al menos a mí, en mi trabajo, me interesa hacerles lugar, a trasmano de militancias y posiciones de corrección ortopédica y política. Una forma de no ser solamente mujer en México, sin morir en el intento, precisamente ahora que la realidad encarna con brutal literalidad la sutileza y el placer de las metáforas.
domingo, 7 de julio de 2013
Territorio Lolita
Confabulario
Todo objeto de deseo se vuelve en la imaginación, en la fantasía, fetiche. Fetiche, del latín facticius: artificial, y facere: hacer. Aparente contradicción: no es el objeto pero es igual —o incluso más—. Sinécdoques del deseo. La parte por el todo, o el todo por la parte. ¿No es acaso la esencia de Lolita o del deseo mismo? ¿Ser encarnaciones o sucedáneos del objeto amoroso perdido, de ese inefable placer que nunca se ha de volver a recuperar? El mito de la hija de Butades que explica el origen de la pintura, según Plinio, como un acto amoroso por preservar la huella del amado que partía, pero también el origen y la esencia del deseo, según nosotros.
Un latido en el tiempo y el supuesto plagio
En 1953 cuando Vladimir Nabokov pone punto final a Lolita, tenía 54 años, llevaba trece de haber emigrado a los Estados Unidos, colaboraba como voluntario en el departamento de Lepidopterología del Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard y era también profesor de literatura rusa y europea en la Universidad de Cornell, Ithaca. La novela aparecerá publicada dos años después en París por la editorial Olympia Press, célebre por poner en circulación obras controversiales, pues ninguna editorial norteamericana quiso publicarla. Comenta Juan Villoro en “La piedad del asesino” (Letras Libres, mayo 1999):
Pero si se lee el relato en cuestión, una historia fantasmal de corte gótico, uno se pregunta cómo pudo Nabokov, de ser cierto que leyó el cuento de von Lichberg, transformar a esa apenas esbozada joven española de Alicante, llamada también Lolita, sobre quien pesa una maldición ancestral, en la dorada nínfula de su novela. ¿Qué magia habría podido surtir efecto en él a partir de esta escueta –y única-– descripción que el autor alemán hace de su Lolita?
¿Ninfeta o nínfula?
Etimológicamente “ninfa” proviene del latín nympha y ésta del griego νύμφη: novia, la que porta un velo. De las seis acepciones que consigna el Diccionario de la Real Academia, la primera es por supuesto la mitológica (“Cada una de las fabulosas deidades de las aguas, bosques, selvas, etc., llamadas con varios nombres, como dríada, nereida, etc.”). La segunda y la tercera tienen un uso coloquial: “joven hermosa” y “cortesana (mujer de costumbres libres)”. Otra definición no deja de ser sorprendente: “pl. Labios pequeños de la vulva”. La cuarta definición, del ámbito de la zoología, se refiere a “los insectos con metamorfosis sencilla, estado juvenil de menor tamaño que el adulto, con incompleto desarrollo de las alas”,[5] curiosamente, en lo referente a la edad temprana, una acepción más cercana al concepto de “ninfeta” nabokoviano:
En una estupenda nota, “Lolita censurada” (Letras Libres, diciembre 2001), Ernesto Hernández Busto consigna una muestra de omisiones y distorsiones debidas a la censura de Tejedor sobre todo en materia de sexo, frases sugestivas y otras no tanto con que Humbert Humbert, el narrador y protagonista de la novela, se refiere a su amada y a sus hermosas partes, los sentimientos y reacciones de excitación que le provoca, las situaciones ambiguas en las que se ve inmerso por su pasión exaltada, entre otras.
Pero, en lo referente a la decisión de cómo se nombró en español a la pequeña ninfa, salvo por quienes rechazan el término usado por el traductor y que se refieren a Lolita con el anglicismo “ninfeta” trasladado del original, nadie parece reparar en el hallazgo de la palabra “nínfula”.
Vayamos por partes. Cuando Nabokov decide usar la palabra nymphet para designar a esos seres de “gracia letal”, esas pequeñas ninfas de naturaleza daimonica, emplea un término consignado ya por The Century Dictionary y atribuido al poeta Michael Drayton en 1612, fecha en que publica su extenso poema Poly-Olbion, en el que escribe: “Of the nymphets sporting there In Wyrrall, and in Delamere”. La expresión “nínfula”, en cambio, parece ser una derivación creada por Enrique Tejedor, a partir de la palabra “ninfa” y el sufijo latino –ula, diminutivo femenino. Esta adaptación que no violenta las reglas de castellanización, goza, a mi juicio, de aumentar el grado de sonoridad dulce de una consonante líquida como la “l” que, muy bien conocía Nabokov al decir en las líneas iniciales de su obra: “Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”. Así pues, aunque a algunos de los lectores y críticos que frecuentan el original en inglés les disguste que el traductor no haya empleado la palabra “ninfeta” –no obstante la tonalidad despectiva que en español sugiere ese anglicismo–, lo cierto es que el uso de “nínfula” se ha extendido en la designación de las ninfitas nabokovianas –quiero creer– por sus resabios de la lengua madre y por la dulzura de su fonética que la acerca a la esencia sutil, palatal, volátil de Lo-li-ta, “light of my life”. Una de esas ocasiones en que el traductor no es traidor.
Lecciones de entomología aplicada
I
II
Pero las coincidencias y los azares no terminan ahí, por lo menos en lo que respecta a la figura del padre. Según cuenta Nabokov en el capítulo 9 de Habla, memoria, su padre fue autor de una colección de artículos sobre derecho penal, publicada en San Petersburgo hacia 1904. Resulta sorprendente, por no decir cuestión del destino al menos literario, que en un artículo de esa colección, se escriba sobre algunos casos de niñas que fueron objeto de abuso sexual.
sábado, 2 de octubre de 2010
El milagro de los panes
Laberinto
Cuando se habla de que la literatura latinoamericana actual está fuera del escenario internacional, se está pensando sobre todo en términos comerciales y de marketing. ¿Acaso no se vanagloriaba la agente catalana Carmen Balcells de haber ella “inventado” el Boom? Fue un momento coyuntural porque me parece que los lectores del mundo necesitaban recuperar una imagen del paraíso perdido. Esa nostalgia, sumada a una idea preconcebida y exótica de lo “otro”, permitió el milagro de los panes. La realidad que podemos ofrecer los nuevos narradores es múltiple y movediza, y para nada paradisiaca ni convencional. De hecho, creo que la literatura necesaria, que no tiene que ver con la literatura exitosa ni con la desechable, trabaja de un modo misterioso y casi siempre en silencio. Obras que me han marcado nunca han sido best-sellers. En todo caso han sido long-sellers, libros que van resonando y dialogando con sus lectores a lo largo del tiempo. Una editora me decía hace tiempo que no conocía escritores que no quisieran que sus libros se vendieran. Pienso que ahí está la confusión de muchos editores y no pocos autores: es muy legítimo pretender vivir del trabajo de uno, pero lo que realmente desea un escritor es que sus libros se lean. Tal vez suene demasiado idealista tener este tipo de convicciones en un mundo donde las editoriales globalizadoras se comen a las pequeñas, en el que la exigencia y el nivel de lectura
se banalizan al grado de que la gente lee cada vez menos o sólo lee literatura complaciente, un mundo en el que nos flagelan la violencia y el horror cada vez más inmediatos. Tampoco considero que no valga la pena utilizar los recursos de democratización de la lectura que ofrecen los medios electrónicos y otros. Pero un autor secreto como Felisberto Hernández, una autora discreta como Josefina Vicens nunca tendrán públicos masivos —aunque sí lectores de calidad, que los han convertido en escritores de culto—. Esto me confirma en mi convicción de apostar por las palabras de Italo Calvino cuando dice que se trata de hacerle lugar a lo que en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar. Pero además, hacerlo desde una propuesta literaria, verbal, estética, de escritura verdaderamente creativa, llámese como se llame, literatura latinoamericana, o subterránea, o “saltapatrás”.
La nueva literatura latinoamericana, ¿fuera de moda?
Laberinto
Para Rafael Pérez Gay
Berlín se iluminó de letras. Si durante el régimen nazi se prendían hogueras de libros en sus plazas, ahora fueron los libros los que incendiaron las miradas y el interés de niños, jóvenes y adultos durante la celebración del 10° Festival de Literatura de Berlín. Realizado del 15 al 25 de septiembre, el encuentro contó con la presencia de más de 270 autores de las más variadas nacionalidades, pero sobre todo de países de Europa del Este. No en balde el tema central del encuentro fue precisamente “La cultura y las políticas en Europa del Este: entre las sociedades abiertas y el nacionalismo, entre la tristeza y una nueva alegría de vivir”. Así pues, no es de extrañarse que la plana mayor estuviera encabezada por Vladimir Sorokin (Rusia), Yuri Andruyovich (Ucrania), Wladimir Kaminer (Rusia-Alemania), Ilya Trojanov (Bulgaria-Alemania) y Herta Muller (Rumania-Alemania).
Más de 30 mil asistentes, 232 actividades, un premio de 30 mil euros para el escritor alemán Thomas Lehr por “la originalidad de su creación en prosa”, un récord Guinness por el maratón de lectura ininterrumpida de 75 “Autores por la Paz”, más de 13 mil niños y jóvenes en actividades diseñadas ex profeso.
Presentaciones, lecturas, conferencias, discusiones, slams poéticos, videos, conciertos, exposiciones y espectáculos multimedia completaron el programa. Una nota de escándalo: el político alemán Thilo Sarrazin fue cordialmente “desinvitado” a participar. Un toque hollywoodense: la aparición de Elizabeth Gilbert, autora del best-seller: Ama, reza, come, cuya versión cinematográfica es estelarizada por la taquillera actriz Julia Roberts y el no menos galán, Javier Bardem.
El discurso inaugural corrió a cargo del escritor español Juan Goytisolo con una conferencia titulada “Espacio en movimiento. Cuando la topografía se transforma en tipografía”. Se rindieron homenajes al portugués José Saramago y al argentino Tomás Eloy Martínez. De hecho, Argentina será el país invitado de honor en la próxima Feria de Francfort pero aquí sólo estuvo representada por tres autores: Alberto Manguel, Alan Pauls y Marcelo Birmajer. La literatura latinoamericana se hizo presente a través de una decena de autores. Además de los argentinos mencionados, las escritoras chilenas Carla Guelfenbein y Lina Meruane, el peruano Antonio Encinas Marroquín, el colombiano Antonio Ungar, los mexicanos Élmer Mendoza y Ana Clavel.
Élmer Mendoza sostuvo un diálogo con el economista mexico-americano Edgardo Buscaglia, titulado “La economía y la cultura de la droga en México”. Por mi parte, participé en la presentación de una nueva antología de cuento latinoamericano: Schiffe aus feuer (“Barcos de fuego”), preparada por Michi Strausfeld, editora de más de 350 obras latinoamericanas en su paso por la afamada editorial Suhrkamp.
Aunque en alemán no suelen editarse ni mucho menos comentarse libros de cuentos, la antología recibió en los días del festival críticas elogiosas en Literarische Welt, suplemento literario de Die Welt, en el Berliner Zeitung y en varias entrevistas de radio. “Índices para la esperanza…”, me confía Michi Strausfeld. La intención de la compiladora fue abrir un espacio a la literatura latinoamericana actual que ha estado “fuera de moda” en el ámbito internacional, muy lejos de las glorias millonarias del Boom y sus epígonos. Salvo Roberto Bolaño que preside desde ultratumba su imperio hegemónico.
Recordé entonces un comentario de mi editor norteamericano, Jay Miscowiec, dueño de una pequeña editorial independiente de Minneapolis, Aliform Publishing, que ha publicado una docena de escritores latinoamericanos desconocidos en el mundo. En el pasado reciente Jay había concursado en su país por una beca de traducción de una obra latinoamericana. La institución al cargo era la National Endowment for the Arts, pero Jay no corrió con suerte: si uno revisa las más recientes emisiones de la NEA a través de su página oficial, hay muy pocas obras del ámbito latinoamericano. La percepción de mi editor es que se prestaba más atención a obras de otras literaturas marginales: los tiempos dorados del Boom habían terminado.
Pero, ¿puede hablarse en verdad de que la nueva literatura latinoamericana está fuera del interés internacional? Para abrir la discusión presento a continuación las opiniones de algunos amigos editores y de Hugo J. Verani, especialista en literaturas hispanoamericanas de vanguardia. Incluyo también las opiniones de la propia Michi Strausfeld, y los escritores Lina Meruane, Antonio Ungar y Marcelo Birmajer, con quienes compartí la presentación de Schiffe aus feuer en el Festival de Berlín que, por cierto, tuvo como subtítulo “Latinoamérica sin el realismo mágico”, en un claro intento por desenraizar la literatura actual de tierras macondianas y diversificar sus caos, sus intereses y preocupaciones.
JAY MISCOWIEC
No, la literatura latinoamericana no está fuera del interés internacional, pero no hay ninguna duda de que ya no tiene el espacio que tenía antes. Creo que en EUA hay ahora tanta diversidad que el poco espacio que existe en el mercado para la literatura extranjera ha estado llenándose con la literatura de todo el mundo. Y... me da pena decirlo, pero hay también un sentimiento antilatino en Gringolandia ahora con el Tea Party y la ley de Arizona y la “talk radio”, que no trabaja en favor de la literatura latinoamericana.
Editor y director de Aliform Publishing de Minneapolis
MARISOL SCHULZ
La literatura latinoamericana como generalidad sí está fuera de moda en el escenario internacional, lo que no quiere decir que no se lea a autores latinoamericanos. Ahora mismo en Estados Unidos hay un auge de los libros de Roberto Bolaño, autor que se ha vuelto un best-seller. Lo mismo ocurre con autores de otros países, pero son casos aislados y no se agrupan en un movimiento literario específico. Esta situación la atribuyo a que las modas en el ámbito editorial duran poco tiempo y ahora, por ejemplo, se leen historias de vampiros; hace unos años eran temas relacionados con El Código da Vinci o con niños magos. Como fenómenos editoriales, estas modas son poco trascendentales en lo que se refiere a la calidad y obedecen más a circunstancias comerciales y de marketing.
Editora y exdirectora de Alfaguara México
CHRISTOPHE LUCQUIN
No me parece que la literatura latinoamericana contemporánea sea una literatura que no atrae. En realidad no creo en una moda para la literatura. Es verdad que en Francia y en Europa de manera general estos últimos años han sido los de la literatura “negra” del norte de Europa: Escandinavia, Suecia, Islandia, entre otros países. En este caso se podría hablar de “moda” porque antes estos autores noreuropeos no existían aquí. Pero lo que hizo que funcionaran es el dinero que les han invertido para hacer una promoción muy importante. Como el género negro es un género que atrae tanto a los lectores de siempre como a los que no leen, era el jackpot garantizado. La gente lee cada vez menos. Sobre todo los jóvenes que nacen con una oferta tan importante de medios culturales que el libro se queda atrás. Yo creo que hoy en día un libro que tiene éxito es un libro que tiene una buena promoción. Creo que los editores en Francia prefieren hacer la promoción de un autor francés y no la de un autor latinoamericano porque el francés está hoy en día muy cerrado de mente. Le gusta todo lo que sea francés, tiene demasiado orgullo para abrirse al mundo. Ese es el problema.
Editor y escritor francés
HUGO J. VERANI
Respecto a la literatura latinoamericana me parece razonable pensar que ya no tiene el impacto que tuvo con el Boom, seguido de un “boomcito”. Muy buenos escritores, sin duda, Piglia, Levrero, Skarmeta, Pacheco, Peri Rossi, etcétera, pero que no han tenido la resonancia de los anteriores. Salvo Bolaño, no hay nadie que haya tenido mucha difusión en el mundo no hispano. ¿A qué atribuirle, además de lo anterior? Tuvimos unos treinta años de primera fila, de los 60 a los 90, es natural que venga un recambio, aunque ninguna otra cultura la ha reemplazado. Creo que el cambio se debe a la importancia que los estudios culturales le han dado a las minorías étnicas, a otras culturas marginadas, y eso naturalmente quita espacio y dinero para lo nuestro.
Ph. D. University of Notre Dame, autor de Las vanguardias literarias en Hispanoamérica
MICHI STRAUSFELD
América Latina, como continente, está recibiendo mucha menos atención que en las décadas pasadas —en cuanto a comentarios políticos, económicos, sociales; más bien se habla de las catástrofes: los muertos por el narco, los mineros chilenos atrapados, los terremotos, etcétera. Brasil es un poco la excepción: se le presta más atención, por ser un país BRIC, se habla de Lula y sus logros. Esta falta de interés general e información regular tiene efectos o daños colaterales para la cultura y la literatura: México fue el país invitado de honor en la Feria de Francfort en 1992, Brasil en 1994, después no ha habido ningún otro gran acontecimiento latinoamericano relacionado con la literatura en Alemania. Son muchos años sin tener un hype mediático (como lo está teniendo Argentina ahora porque será Guest of Honour en Francfort 2010) y faltan nombres nuevos que ya hubiesen “triunfado”. El único, Bolaño, lo hizo después de su muerte. Por lo tanto tenemos ahora algo como desinterés, como déjà vu: ¿dónde está lo nuevo en el continente? Siempre los mismos nombres: los conocemos y éstos tienen su público, pero no necesariamente cautivan nuevos y jóvenes lectores. Por ello es muy difícil hoy introducir nuevos autores, y adicionalmente está la reducción de páginas literarias y programas culturales en todos los medios, así como los cambios de marketing en las grandes cadenas de librerías. También han recibido mucho interés otras literaturas del mundo antes dejadas de lado (en Alemania, por ejemplo, los países de Europa del Este). Es decir: el desafío es grande para las nuevas generaciones, los nietos del Boom. Tengo confianza, sin embargo, en que gracias a la Argentina, Guest of Honour en Francfort 2010, algo va a cambiar, para bien, y ojalá sirva para despertar un renovado interés para los autores de todo el continente. De ahí el esfuerzo de la antología Schiffe aus feuer. Lo que desearía: que México también opte de nuevo por ser país invitado de honor en Francfort para repetir la presencia que tuvo en 1992. India ya ha repetido (1986, 2006), Brasil lo hará en 2013. Creo que sería muy importante.
Editora de más de 350 obras latinoamericanas en Suhrkamp y antologadora de Schiffe aus feuer
MARCELO BIRMAJER
No creo que se pueda categorizar como de moda o fuera de moda la literatura latinoamericana, francesa o australiana. Hace ya varios años que Bolaño está de moda. Nació en Chile y vivía y murió en España. ¿Eso significa que la literatura latinoamericana está de moda? No me lo parece. En cualquier momento puede surgir una novela latinoamericana que se convierta en un best-seller mundial. Y también puede ocurrir que en los próximos cinco años no aparezca nada, ni exitoso ni bueno. La literatura no es como el clima, que puede predecirse según una serie de datos. Y en realidad, ni siquiera el clima puede predecirse. La literatura latinoamericana tiene la garantía de su pasado, pero es tan misteriosa y variada como el futuro.
Escritor argentino
LINA MERUANE
Pensar la literatura en esos términos es un despróposito, la literatura tiene muchas vidas y muchas vueltas. La reducción de la literatura a los mecanismos del mercado global o digamos del europeo es problemática, porque, uno, cada país europeo mantiene una relación, histórica y actual, distinta con las literaturas de nuestro continente, y dos, porque los escritores jóvenes no están escribiendo con el mercado en la cabeza. No se escribe a la medida del interés o del desinterés del mercado editorial internacional, y es esa libertad la que está produciendo escritores con visiones alternativas —y estilos alternativos— de la realidad latinoamericana. Y no sólo de la sociedad que a cada uno le toca sino incorporando exploraciones más cosmopolitas por un lado y exploraciones intimistas por otro. Eso me parece muy propositivo, prometedor incluso, es lo que mantiene nuestras literaturas vivas y posiblemente lo que haga surgir un nuevo interés en lectores también nuevos. Quizá esa relativa pérdida de interés haya tenido un paralelo en la pérdida de interés político por el continente, pero yo me pregunto si esa idea está magnificada o distorsionada. Hace no mucho escuchaba a jóvenes escritores españoles quejarse de que ellos seguían leyendo con mucho interés a los latinoamericanos, los que se publican en España y los que se encontraban en sus viajes por el continente, pero que los escritores latinoamericanos no los leían a ellos. España, por supuesto, es apenas un país más entre los países hispanohablantes, y uno siempre siente que no está al tanto con todos los escritores jóvenes de cada país, pero pienso que la mirada sobre este problema está siempre muy mediada por la experiencia personal e incluso cuantitativa. Pienso que habría que redirigir la mirada hacia la calidad de las escrituras actuales y apostarle a eso. Apostarle y seguirle apostando.
Escritora chilena
ANTONIO UNGAR
No creo que la literatura contemporánea latinoamericana esté menos de moda que la contemporánea árabe, hindú, china, africana o de cualquier otra región. Somos menos populares que lo que fueron escritores muy vendedores como García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, nada más, pero creo que dentro de unos veinte años algunos de nuestros nombres sonarán tanto como suenan los suyos. Los únicos escritores contemporáneos que están más de moda que los demás son los anglosajones, porque están respaldados por un aparato editorial muy poderoso.
Escritor colombiano
Editada bajo el sello S. Fischer Verlag, la antología Schiffe aus feuer reúne a 36 escritores contemporáneos provenientes de Uruguay (Claudia Amengual, Henry Trujillo), Ecuador (Carolina Andrade), Perú (Daniel Alarcón, Santiago Rocagliolo, Iván Thays), Argentina (Washington Cucurto, Rodrigo Fresán, Patricia Suárez, Guillermo Martínez, Matías Néspolo, Pablo Ramos, Marcelo Birmajer), México (Álvaro Enrigue, Guillermo Fadanelli, Guadalupe Nettel, Antonio Ortuño, Ignacio Padilla, David Toscana, Ana Clavel), República Dominicana (Junot Díaz), El Salvador (Jacinta Escudos), Colombia (Jorge Franco, Pilar Quintana, Juan Gabriel Vásquez, Antonio Ungar), Chile (Alberto Fuguet, Alejandro Zambra, Lina Meruane), Cuba (Karla Suárez, Ena Lucía Portela, Alberto Guerra), Nicaragua (María del Carmen Pérez Cuadra), Bolivia (Giovanna Rivero), Puerto Rico (Mayra Santos Febres) y Venezuela (Slavko Zupcic).
viernes, 9 de julio de 2010
Así escribo (Ana Clavel)
Nexos
“Su cuerpo no la contiene”
La verdad es que a mí eso de los rituales y parafernalias del oficio de escritor no se me da. Ni uso una pluma Montblanc —la perdería al día siguiente—, ni prefiero las libretas Moleskine, ni tengo afición por las antediluvianas Remington, ni me seduce la laptop más veloz y nueva del oeste. Si acaso, el café expreso por las mañanas que me ayuda a activarme un poco y que a la vez me permite seguir en un estado de inconciencia similar al de un pez que aletea en una orilla húmeda. Pero ni siquiera eso del café alcanza a ser un ritual de escritura, puesto que no siempre escribo por las mañanas, y ni siquiera me siento a escribir todos los días.
No, yo los libros los escribo antes de empezar a escribirlos, antes incluso de saber que tendrán una vida secreta y propia. Por ejemplo, hay libros que comencé a escribir antes de los tres años, cuando mi padre aún vivía. (Mi padre era inspector agrario pero extrañamente prefería escribir con tinta verde sus reportes, soñaba con comprarse un helicóptero y le encantaba tomar fotografías —como ésa en la que estoy frente a una máquina de escribir y por la cual bromeo que mi destino era ser secretaria… o escritora.)
Cada libro tiene una respiración y un crecimiento propios. El gran Felisberto Hernández explicaba que una historia es como una planta que nace y crece misteriosamente en un rincón del escritor. El deber de uno es cuidar que esa planta no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, que sea lo que está destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Hay libros que me han exigido caminar en calidad de invisible por la ciudad de México y treparme al Caballero Alto del Castillo de Chapultepec, libros que me han llevado a incursionar en los baños públicos masculinos y tomarles fotos, libros que me han hecho jugar a las muñecas como sólo
un hombre asomado a sus abismos podría hacerlo. Hay libros que nunca me imaginé escribir.
También hay libros que me imponen contradecirme y me obligan a una liturgia propia: recorto de un periódico la imagen de un jarrón chino; me compro en un mercado de antigüedades un ruinoso mingitorio acorazonado de la marca American Standard y lo dejo dormir en la sala de mi casa; cuelgo de la cabecera de mi cama una postal de Marcel Duchamp jugando al ajedrez con Man Ray. Lo que sí sucede en todos los casos es que voy conteniendo la escritura que empieza a cosquillearme en una costilla del sueño o en la punta de los dedos. Y no la suelto por más que se me revele en jirones de ensueño, por más que me haga temblar de ansiedad.
Voy armando la estructura en mi cabeza, o más propiamente, voy dejando que la historia me prometa cosas: “Si te vas por aquí, encontrarás que el laberinto más perfecto es aquel del que no se desea salir”. A veces tomo notas en servilletas, cuadernos de espiral o engrapados, con una pluma Bic u otra cualquiera con el logo de un hotel o un banco, no importa. O uso una computadora ajena porque la mía se descompone a cada rato.
Poco a poco la tentación de sentarse a escribir comienza a ser insoportable. Pero no cedo. No puedo empezar si no doy con la primera frase. Para escribir, por ejemplo, una primera línea como “La violación comienza con la mirada”, tuve que esperar más de veinte años a que Las Hortensias que había leído en la Facultad de Filosofía y Letras florecieran con una extraña intensidad violeta; así como tuve que recordarme mirando mirar a los hombres: lecciones silenciosas del deseo y sus anatomías que contemplé en la mirada de hermanos y primos mayores desde que era niña.
Pero tampoco puedo terminar de empezar si no doy, aunque sea vagamente, con la última frase. Inventarla o, por ejemplo, retomar la que leí grabada en un epitafio de un cementerio de Oaxaca y que me vino como anillo al dedo para la historia que entonces trabajaba: “Su cuerpo no la contiene”.
Como para mí la escritura es contención y latido, llegada a este límite soy yo la que está a punto de desbordarse. Y claro, ya con el principio y el final de la historia, sin parafernalias ni rituales exteriores, ahora sí, incontenible, termino de escribir.
