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sábado, 31 de mayo de 2014

Dormir en tierra. El lenguaje de nadie.

31/Mayo/2014
Laberinto
Juan Vicente Melo

Escrito y publicado en 1960, este texto, que nunca antes se había recogido en volumen alguno, forma parte de La vida verdadera, una breve antología con el sello del Instituto Literario de Veracruz, de carácter celebratorio y no menos esencial para comprender la visión desgarrada de José Revueltas


Primero es una especie de caos: el asunto esencial de la historia y aquellos otros motivos y con- secuencias —ramas paralelas y hermanas— que con él se gestan, el ritmo (ese ritmo que tiene la prosa de José Revueltas, progresivamente sostenido, a veces incisivo y cortante, interrumpido siempre por un momento imprevisto, un ritmo no del todo ajeno a aquellos “pujantes, dinámicos, táctiles, visuales” de su hermano Silvestre, el músico admirable; ritmo, en suma, eminentemente musical), los colores, y la palabra —la palabra enlutada, aterradora en su ácida verdad, en su grandeza miserable, en esa muerte que lleva encima como signo único de vida— danzan y combaten por hacerse ver y oír —por nacer— en un universo de tinieblas, en un mundo que se va formando y afinando, múltiple y diverso y disonante, mundo de muerte y desastre en el que todo, sin embargo, apenas comienza. 

Colores y personajes, asuntos y ritmos, y las palabras —vivientes mientras no son dichas— son como piedras calcinantes e hirientes que ordenan y organizan el terrenal edificio que Dios ha construido fuera de las po- sibilidades del hombre, la inhumana habitación en que todo intento de comunicación —es decir de vida— resulta inútil, imposible. De pronto la luz se hace (una luz mortecina y lúgubre) y aquel caos inicial se disuelve —hacia delante, hacia atrás— y las criaturas arrancadas del momento límite en que José Revueltas las sorprende, se ponen a vivir frenéticamente, trastornándose en la situación vital que supone su existencia en la particular historia que nos es contada, destruyéndose antes de cumplir su más inmediata y elemental función, su objetivo primero y último, su definitiva razón de ser: el milagro —poder y gloria— de la comunicación. Cada uno de los ocho cuentos de José Revueltas incluidos en Dormir en tierra (decimosexto volumen de Ficción, colección de la Universidad Veracruzana al cuidado de Sergio Galindo) nos revela que la condición esencial del ser humano reside en la soledad, en la absoluta, profunda, total imposibilidad de comunicación. “Lenguaje de nadie”, las palabras mueren al vivir, son la muerte misma, la invencible frontera que separa a los hombres. Amputadas, las criaturas de Revueltas arrastran el minuto voraz, el fuego impotente de su soledad que contamina todo lo que toca. No el anhelo de la muerte sino el silencioso incendio preside sus nombres y figuras; no la resignación sino el derrumbe, lento y total, de toda esperanza de vida verdadera. La rebelión es inútil porque la mudez ha aniquilado la tierra consistente de su razón. En ese mundo en que la magia es inadmisible, se mueven suspendidas en un tiempo sin sueño que corre en el vacío; dominadas, manejadas por el sexo, por un insaciable apetito carnal, regresan al caos primero, intentando la última y fatal comunicación que solo se cumple en el completo abandono de toda palabra: en la muerte.

(Los escritores de la más reciente generación veían a José Revueltas como un escritor “que fue”. La indiferencia y el silencio acompañaban a los jóvenes lectores respecto de su figura, y los críticos -en considerable desventaja con respecto al talento de los primeros y a la asiduidad de los segundos- aprendieron a reverenciar como letra muerta al ejemplar autor de El luto humano, Los días terrenales y Dios en la tierra, distraído, pervertido o esterilizado por las películas pomposas de Roberto Gavaldón. Con envidiable lucidez y con una calidad crítica poco común en nuestro medio, José de la Colina ha puesto en claro, otorgándoles su justo valor, las virtudes literarias, el fondo, la forma y el trasfondo de los cuentos de José Revueltas en quien ve, luminosamente, el camino que deben seguir los jóvenes escritores mexicanos. Dueño, paradójicamente, de un lenguaje propio y profundamente comunicativo, Revueltas ha logrado con Dormir en tierra, el mejor libro de cuentos escrito en México en los últimos años).
 
Este volumen presta espléndido material para estudiar ese mundo tajado que separa a los hombres, cuarto cerrado en el que el moribundo traspasa, como “planeta de fuego, dios furioso sin límites”, el círculo lloroso de “ese mar de los cuatro seres de su carne y de su sangre que lo rodeaban como una túnica, mortaja humana incomprensible”, es- perando su palabra, la impronunciable, “el último signo de vida” que, reconfortante y luminoso a la vez, dé testimonio de esa envoltura terrenal. Y si en ese cuento —“La frontera increíble”— única- mente el moribundo comprende que la patria, el territorio, la habitación de los todavía vivientes está limitada por la palabra, en “La palabra sagrada”, el admirable relato que inicia el libro, se logra esa comunicación mediante la única que es justa, la que marca, indeleble, a toda mujer. Mas también esos dos cuentos nos advierten de la absurda y grotesca escena en que transcurren sus torpes relaciones: el cuarto cerrado del moribundo que es una prolongación de la infantil habitación en la que Alicia toma conciencia de su ser. Y en ambos vemos también cómo sus acciones y palabras son consecuencia de sucedidos anteriores que se hermanan con los propios, que los esclarecen y justifican. (Recuérdense los accesos histéricos de Alicia y los gemidos de la tía Enedina; las úl- timas palabras de Cristo en la cruz y el tránsito del moribundo anónimo en la oral circuncisión de vinagre.) El silencio tenso, poblado de ruidos casi fantasmagóricos, que inunda por los cua- tro costados a los personajes de “Los hombres en el pantano”, se vuelve, en “Lo que solo uno escucha”, melodías que no serán escritas, inútil trascendencia de un violinista agonizante. Y esa guerra inhumana, a veces salvada por telegráficos signos de comprensión, terminará en la muerte ridícula (“El lenguaje de nadie”), en la anónima consumación del amor (“Noche de Epifanía”), en la oreja arrancada por la boca furiosa del niño que no distingue dónde está la muerte y la vida, desesperada mordida que intuye la impotencia auditiva (“Dormir en tierra”). La muerte total de “La frontera increíble” es idéntica a aquella, transitoria, que experimenta el contramaestre al dormir, por única vez, en tierra con la mujer acuática y a aquella otra, no menos transitoria, del mismo contramaestre en el mar despoblado de signos humanos.

Escrito con pasión, Dormir en tierra devuelve a la literatura mexicana a José Revueltas. Y lo devuelve con vigor, íntegramente. De él se puede decir, con auténtica justicia, que es un escritor viviente. 
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Juan Vicente Melo (Veracruz, 1 de marzo de 1932–9 de febrero de 1996) formó parte de la “Generación del Medio Siglo”, integrada también por Juan García Ponce, José de la Colina, Inés Arredondo, José Emilio Pacheco, Tomás Segovia, Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo, Vicente Leñero, Sergio Pitol, Eduardo Lizalde, Gabriel Zaid y Huberto Batis.

Médico, escritor y crítico musical, fue colaborador de la Revista de la Universidad de México, la Revista Mexicana de Literatura, México en la Cultura y La Cultura en México, entre otras publicaciones. Sus obras comprenden las novelas La obediencia nocturna (1969) y La rueca
de Onfalia (1996), y los volúmenes de relatos La noche alucinada (1956), Los muros enemigos (1962), Fin de semana (1964) y El agua cae en otra fuente (1985).
 

sábado, 1 de febrero de 2014

Un libro de amor

1/Febrero2014
Laberinto
Juan Vicente Melo

En la colección “Poesía y Ensayo” que dirige Jaime García Terrés para la Imprenta Universitaria, José Emilio Pacheco reúne, con el título de Los elementos de la noche, poemas escritos entre 1958 y 1962, la mayor parte de los cuales se hallaban dispersos en varias publicaciones y sujetos, por tanto, a la suerte imprevisible que corren nuestras revistas y suplementos literarios. (Con criterio antológico que no olvidaba las condiciones tipográficas, la revista Nivel recogió —número 28, 25 de abril de 1961— algunos excelentes poemas de Pacheco acompañados de unas estimulantes frases de Rosario Castellanos. En esta ocasión, la muestra era suficiente para conocer a Pacheco, para seguir sus pasos y poder adivinar o suponer el sitio que ya ocupa en el panorama actual de nuestra literatura. Sin embargo, Los elementos de la noche tendrá que ser, obligadamente, la publicación que señale el paso primero, la piedra inicial de la trayectoria poética de este muy joven escritor, cuya precocidad no ha dejado nunca de provocar envidia).


El nombre de José Emilio Pacheco no es, desde luego, extraño al público y a la crítica que frecuentan la literatura mexicana. Por el contrario: se le tiene por un escritor de prestigio. Dueño de una riqueza verbal y de un oficio sorprendentes, Pacheco incursiona, desde hace mucho tiempo y con una asiduidad digna de imitación, por la poesía, la crónica literaria, el cuento. Una sección en la Revista de la Universidad de México (“Simpatías y Diferencias”), notas ocasionales sobre textos y autores, lo califican como infatigable lector, poseedor de una cultura literaria vasta y sólida, herencia adquirida del repetido trato con la obra de Alfonso Reyes, autor a quien admira casi tanto como a Octavio Paz y Jorge Luis Borges. Cierto es que en esas páginas sueltas impera la información y el riesgo crítico se halla subordinado a la reconstrucción de hechos y fechas, al recuerdo o a la cita textual de numerosas lecturas. Pareja a esta actividad, Pacheco ha cultivado el cuento, la prosa poética, esa abstracción que se ha dado en llamar, por definición, el “texto”: en 1958, y bajo el amparo de los Cuadernos del Unicornio que una vez animó Juan José Arreola, apareció La sangre de Medusa, título de ficción que agrupaba dos “textos” clara e irremediablemente influidos por la fascinación de Jorge Luis Borges, quien no ha dejado de señalar su presencia en los siguientes ensayos de Pacheco. Recibidos siempre con más simpatías que diferencias, estos trabajos (crónica, cuento) dominaron en algún tiempo toda la atención de su autor y hasta postergaron su experiencia poética, renglón vital y, a mi juicio, terreno propicio que siempre le ha permitido expresarse plenamente por representar un acceso al encuentro consigo mismo, a su propio descubrimiento. Estimo que, ante todo y sobre todo, José Emilio Pacheco es un poeta. Un excelente poeta. Lo prueba repetidamente el libro que hoy publica con extremo rigor y autocrítica severa: la selección de poemas traduce exactamente su intención y nos revela algo (o mucho) más de lo que esos mismos (y otros) poemas ofrecían aisladamente. En ellos se encuentran, desde luego, el espléndido dominio del lenguaje, la sorprendente facilidad con que se domina a las palabras, la sumisión que éstas muestran al unirse entre sí, al acompañarse, al convertirse en ritmo fluido, musical, muy puro, en todo momento justo. Pero esta condición de la poesía de José Emilio Pacheco, siempre a un paso de la retórica y siempre libre de ella, al igual que la luminosa perfección formal, mantenía ocultos un romanticismo y una pasión que la lectura fragmentaria no dejaba suponer. Ahora, reunidos, esos poemas son ya otra cosa: se complementan al mismo tiempo que se constituyen en sistema cerrado, en un todo, en intercambio de señales, en preguntas y respuestas. Se desvanece el hielo que presidía la habilidad de su construcción; aparece, con pudor, una pasión secreta que es sinónimo de nostalgia, conciencia del desastre, silencio.

Los elementos de la noche es un libro de amor, el recuento de los actos, las sensaciones, las consecuencias de un amor que se ha convertido en la terminación del mundo. Por una parte, la conciencia, la certidumbre del desastre (Mientras avanza, el día se devora/ y sus ruinas se esparcen sobre un reino asolado... Pero tu nombre llega lacio y gastado como una promisión que no se cumple... El sol se desvincula y ya no late y es un clamor desértico... Los mundos atraviesan la sorpresiva fecha,/ y dejan como estela, como ruinosa huella,/ los instintos del polvo). Por otra, la añoranza del tiempo primero, del origen de todas las cosas, la búsqueda del linaje (Todo lo que has perdido, concluyeron, es tuyo/ Es tu sola heredad, tu recuerdo, tu nombre... En lo alto del día/ eres aquel que vuelve/ a borrar de la tierra la oquedad de su paso... La edad de piedra petrifica el misterio. Y la ceniza, oh tierra, siente nostalgia del incendio...) El amor —o sea el tiempo, el paraíso también perdido— buscará refugio y consuelo en el “silencioso estruendo del olvido”, en el “acre sabor de lo que muere y lo que comienza”, en el símbolo de una infancia demolida como el castillo de arena edificado en la playa cuando el poeta tenía nueve años, pero también en el rostro nocturno de las cosas (Se apaga el ruido: áspera la noche/ ya vulnera mi voz, arrasando sus símbolos), en la fidelidad última al desastre (Porque hoy el día amaneció de cobre/ y era su advenimiento/ la multitud del término.) Sin embargo, y pese a que repetidas veces se afirme que es “inútil el lamento, inútil la esperanza, el desterrado adjetivo del viento”, la causa —objeto del amor, o sea de la pérdida del paraíso, del fin del mundo, de la abolición del tiempo— se mantiene viva, cierta, soledad que desea ser compartida (Más tú, señora, creces sobre ese largo acotamiento,/ sobre el filo desnudo de ese acontecer que nos llega de lejos... Alguien que no eres tú/ vive esa vida/ para que tú la vivas).
Los elementos de la noche es un libro definitivo para su autor y para la literatura mexicana. El libro más hermoso que ha dado nuestra joven poesía. Uno de los más importantes que se han escrito en los últimos años. No nos preocupamos por relatar exhaustivamente las influencias, las voces que en él se encuentran: a esa ingrata e inútil tarea preferimos la de ocupar nuestra oreja con la voz con que el autor nos habla. No nos preocupemos amenazando, exigiendo a José Emilio Pacheco la superación en libros futuros: a ese afán inquisidor preferimos la decisión de acompañar al poeta en su peregrinaje sobre la tierra, a participar de la resurrección de las cosas y del nombre que otorga a lo que había muerto.
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* “José Emilio Pacheco: un libro de amor” en Revista Mexicana de Literatura, núms. 3-4, marzo-abril, 1963, pp. 65-67.