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domingo, 25 de octubre de 2015

Cuentistas

24/Octubre/2015
Laberinto
Santiago Gamboa

A pesar de haber admirado a muchos cuentistas, he escrito muy pocos cuentos y solo en una época de mi vida. La mayoría en París, a fines de los años noventa, y casi todos respondieron a mi falta de personalidad o incapacidad de decir no. Me explico. A diferencia de muchos colegas, mi primer libro no fue una colección de cuentos, sino una novela, y esto porque mi vocación de escribidor surgió justamente de mi pasión devoradora de lector de novelas. Sobre todo de autores latinoamericanos. Por eso lo que mi intención me dictó desde un principio fueron historias largas, complejas, con muchos personajes que permitían desdoblar la narración en un concierto de voces, contradictorias a veces, y cambiar de punto de vista a lo largo del argumento.

El primer cuento que escribí se llama “La vida está llena de cosas así” y surgió de una llamada telefónica del escritor chileno Sergio Gómez, a fines de 1995, quien me invitó a participar en una antología que, junto con Alberto Fuguet, pensaban titular McOndo. Me preguntó si tenía algún cuento para enviarles, y yo, incapaz de decir no, le dije que claro, que en un par de días le enviaba algo. Y me puse en la tarea. Gracias a ese pequeño cuento pude publicar al año siguiente mi segunda novela en España, Perder es cuestión de método, que muy poco después se editó en varios países europeos. En otra ocasión, hacia 1999, volvió a sonar el teléfono. Esta vez era mi editora francesa, Anne Marie Metailié, quien me preguntó si tenía algún cuento de amor para una antología que estaba preparando con motivo de los 20 años de su editorial. Volví a decir que sí, y de nuevo me puse en la tarea. ¿Un cuento de amor? Lo más que logré fue algo que titulé “Tragedia del hombre que amaba en los aeropuertos”, una versión algo saltarina y accidentada del amor. Y así, cada cuento nació de un encargo. De mi incapacidad de decir no.

A estos vinieron a sumarse otros, escritos siempre para antologías y que circulan por ahí, pero cuando pienso en ellos me convenzo de que el novelista y el verdadero cuentista son dos animales diferentes en el ecosistema literario. Un gran cuentista como Julio Ramón Ribeyro, por ejemplo, nunca pudo hacer una novela que no fuera una sucesión de episodios (o cuentos), del mismo modo que para un novelista es difícil contar una sola y única historia, esférica, como decía Cortázar que debían ser los cuentos. Y ahí está Cortázar, otro cuentista insigne. Sus cuentos continúan teniendo una lozanía extraordinaria mientras que sus novelas decaen y envejecen mal. El novelista por excelencia sería Vargas Llosa. Sus novelas monumentales están a un nivel literario al que no llegan ni de lejos sus tímidos cuentos de Los jefes y Los cachorros. Pero, por supuesto, no podía faltar la gran excepción, el genio que contradice todos los esquemas y que se llama Gabriel García Márquez, cuyos cuentos y novelas son igual de geniales. Pero así es la literatura, reacia a cualquier dictamen de la razón.

sábado, 10 de octubre de 2015

Henning Mankell, adiós

10/Octubre/2015
Laberinto
Santiago Gamboa

La novela negra es una de las expresiones más interesantes de la novela contemporánea, qué duda cabe, y por eso alguien como el sueco Henning Mankell, muerto este lunes a los 67 años —edad en la que ya no es normal morir—, merece ser recordado y probablemente celebrado. Para ubicar su obra vale la pena hacer un rápido recuento de la novela negra. El género comienza en abril de 1841, con la publicación de Los crímenes de la rue Morgue, de Edgar Allan Poe en la revista Graham’s Magazine de Filadelfia. A partir de ahí seguirían otros cuentos detectivescos de Poe que darían pie a la novela inglesa de detectives, con Conan Doyle y Agatha Christie, a los que vino a sumarse el belga Georges Simenon, una gran influencia para Henning Mankell. En esta tradición, la novela negra es un enigma que desafía la inteligencia de un hombre brillante y aristocrático: el detective. Este es el formato de Sherlock Holmes, Hercules Poirot y el inspector Maigret. Las novelas transcurren en ambientes elegantes. Se busca el crimen perfecto y ciertos espíritus nobles consideran el asesinato como una de las bellas artes.

Al llegar a Estados Unidos la novela negra se desclasa y baja de categoría social. Los criminales son escorias de barriada, jefes de bandas, estafadores y secuestradores que extorsionan y trafican con alcohol o drogas. Los detectives también bajan su perfil y ahora son solitarios, alcohólicos y depresivos. Es el caso de Philip Marlowe en las novelas de Raymond Chandler, o de Sam Spade, el de Dashiell Hammet. La novela es un tratado sociológico sobre las ciudades. Este es el formato que llega a América Latina y España: la novela sociológica urbana que retrata su psique atormentada a través de los crímenes, pero le agrega el compromiso político de los años setenta y ochenta del pasado siglo. Está el mexicano Paco Ignacio Taibo II, creador del “neo policial latinoamericano”, y Manuel Vázquez Montalbán, mostrando los retruécanos de la realidad en la España pre y post franquista. Más adelante surgirá Leonardo Padura, en Cuba, con un detective semi alcohólico, Mario Conde, que sueña con ser escritor y lucha contra la corrupción.

La novela negra sueca o nórdica de la que Mankell fue abanderado se parece a esta última, aunque un poco más globalizada: por un lado muestra las desgracias de una sociedad que el resto del mundo veía como perfecta, la nórdica, a través de la ciudad de Ystad, donde transcurren las novelas de Kurt Wallander, pero también se va a controversias más universales y de rabiosa actualidad como el imperialismo chino en África, la situación de los inmigrantes en Europa o la causa a favor de Palestina. Mankell quiso hacer un poco mejor el mundo a través de sus denuncias literarias, pero también con un compromiso personal y una coherencia que son ejemplo para sus colegas y lectores. Por eso desde esta lejana —para él— esquina del mundo le decimos: “Descanse en paz, maestro”.

domingo, 15 de marzo de 2015

Ambos mundos: García Márquez: sus 88 años sin él

14/Marzo/2015
Laberinto
Santiago Gamboa

La semana pasada, el 6 de marzo, se celebró el primer cumpleaños de García Márquez sin estar él presente. En Ciudad de México un grupo de personas se reunió en la calle Fuego 144, frente a su casa, y cantó a todo pulmón Las mañanitas. Es la suerte de los mexicanos: tener un lugar donde recordarlo y homenajearlo, donde recogerse un momento en silencio, para pensar en él y en sus libros. Lo que tenemos acá en Colombia, su casa de Cartagena e incluso un apartamento en Bogotá, en el Parque de las Flores, no tiene ese halo de casa habitada y vivida por él que sí se respira en la del DF. La casa de Bogotá, desde que la abandonó a principios de los años ochenta, cuando se exilió para evitar un peligroso arresto en épocas de Turbay Ayala, fue después una residencia muy ocasional, casi de paso. Y la de Cartagena es muy posterior. Nos queda la de Aracataca, claro, pero aún estando en el origen de su obra el propio García Márquez la fue dejando atrás y, salvo en un par de ocasiones especiales, todos dicen que no iba nunca. Yo lo comprendo. Debía de ser difícil enfrentarse con la realidad de su más poderoso fantasma literario. Tampoco Bolaño quiso nunca regresar a México, a pesar de que fue invitado una y otra vez. Siempre decía: “El día que vuelva a México ya no tendré de qué escribir”.

Es raro un mundo sin García Márquez. A pesar de que fue fundamental para mí y de que me ayudó en muchas ocasiones (por un empeño suyo fui diplomático), no podría considerarme su amigo del modo en que lo fueron otros. Pero lo quise mucho y la verdad es que no me acostumbro a su ausencia. Ya sé que llevaba varios años retirado, pero al estar vivo, aún sumergido en la desmemoria, seguía diciendo cosas extraordinarias. Se hará famoso eso que le dijo a Roberto Pombo: “Sé que te quiero mucho, pero no sé por qué”. O lo que le dijo a Héctor Abad, refiriéndose a su casa cartagenera: “No sé de quién sea, pero nosotros sembramos árboles y nos quedamos”.

Uno de los momentos que más me intriga de su vida es su periodo de formación. El enorme carisma que debía tener. Increíble que siendo tan pobre y de un pueblo insignificante como Aracataca haya seducido a la crema de la burguesía de Barranquilla. Algo parecido le pasó en México una década más tarde. Al poco de llegar se hizo amigo íntimo nada menos que de Carlos Fuentes. Yo que he sido inmigrante y viví las dificultades de esa situación, he pensado siempre en la irresistible atracción que debía emanar de García Márquez para que las puertas se le abrieran de ese modo, teniendo en principio tanto en contra. Esa fuerza estaba en su pluma, claro. Lo aceptaban porque lo habían leído, y sabían que era solo cuestión de tiempo antes de que ese joven humilde pasara al comando del pelotón. La suya es una historia humana emocionante y por eso lo sigo extrañando. Ahora todo concluyó y nos queda el mundo sin él pero con sus libros. Un mundo que, por ellos, es mejor del que él encontró al llegar.

sábado, 19 de abril de 2014

Para volver a empezar

19/Abril/2014
Laberinto
Santiago Gamboa

No es una hipérbole sugerida por la tristeza afirmar que García Márquez fue uno de los últimos gigantes del siglo XX, un tipo de escritor que no parece que vuelva a existir, pues sus obras sumaron al menos dos elementos muy difíciles de conciliar en el mundo de hoy, a saber, una popularidad desmedida entre los lectores y a la vez una admiración rotunda por parte del establecimiento culto, la Academia y la crítica literaria. Hoy es casi imposible que vuelva a surgir un fenómeno como Cien años de soledad, con 60 millones de ejemplares vendidos en menos de 50 años (más de un millón por año), y que a la vez sea respetado y leído en los más altos círculos, objeto de miles de tesis doctorales y que logre la universalidad de un modo exhaustivo, pues tan solo en India ha sido traducido a 24 idiomas. Hoy la celebridad está siempre dividida: o los libros son populares, pero desdeñados por la crítica y la Academia, o son considerados cultos por el establishment, pero viven a través de pequeñas ediciones. El fenómeno de García Márquez es como si un autor tuviera las ventas de la trilogía Cincuenta sombras de Grey, con la admiración y el culto de un Foster Wallace o un Bolaño.


A lo largo de sus novelas y cuentos, Gabriel García Márquez le dio forma literaria a un mundo, el del Caribe, y lo hizo con tal universalidad, fuerza y talento que durante décadas la imagen de sus libros fue el estereotipo de toda América Latina para el resto del mundo. En español, no hay duda de que Cien años de soledad es la obra literaria más importante después de Don Quijote. En ella el mundo y el lenguaje vuelven a nacer y a revelarse con tal fuerza que la cultura de lengua española volvió a ser predominante. Desde Cervantes, el español no tenía tal protagonismo en el mundo y su literatura no estaba en la primera fila, en el escenario central de la cultura de Occidente.

Otro de los aspectos de la obra de García Márquez fue su propia vida. Nacido en un pueblo insignificante y miserable de la región Caribe de Colombia, Aracataca, llegó a ser una de las personas más célebres del mundo. Presidentes, empresarios, artistas, deportistas, hasta el Papa esperaba para tener una cita con él, conocerlo y escucharlo. Su itinerario vital fue uno de los más intensos e increíbles. “Tuve la suerte mal repartida”, dijo, refiriéndose a que hasta los 40 años no tuvo éxito ni dinero, y debió hacer infinidad de trabajos para sostener a su familia, hasta que llegó la fama mundial y todo lo demás al mismo tiempo. “Ser famoso”, dijo una vez, “es como cumplir años todos los días”. Al igual que la mayoría de intelectuales de los años sesenta, García Márquez fue comunista y vio en Cuba una esperanza de libertad e independencia para todo el continente. Fue el amigo más cercano de Fidel Castro y el más incondicional, lo que le supuso numerosas críticas. También fue amigo de Felipe González, en cuyas campañas políticas solía aparecer, y de François Mitterrand, quien le dijo una vez, entregándole la Legión de Honor: “Vous appartenez au monde que j’aime”, y a García Már- quez se le escurrieron las lágrimas. Fue amigo del sueco Olof Palme y durante su presidencia recibió el Premio Nobel de Literatura, con apenas 54 años. En una ocasión se quedó encerrado con el Papa Pablo VI en la biblioteca del Vaticano y debieron llamar a la seguridad. También fue amigo de Bill Clinton, quien dijo durante la celebración de los 80 años de García Márquez: “One hundred years of solitude is the most important novel ever written, in any lenguage, on the New World”.

Lo vi por primera vez en 1995, en un festival literario en Biarritz. Después de una sesión de fotos en su hotel, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski lo invitó a acercarse a una mesa para presentarle a un grupo de escritores que ansiaban conocerlo, entre los que me encontraba, junto a Jean Claude Izzo, José Manuel Fajardo y Luis Sepúlveda. García Márquez saludó a cada uno con cordialidad, y al llegar a mí, dijo: “Te estoy leyendo”. A la semana siguiente me llamó y hablé con él cerca de dos horas. Hace poco encontré un episodio idéntico en las memorias de Rushdie, cuando habló por teléfono con García Márquez: “¡Gabo!”, como llamar a un dios por un apelativo cariñoso”, dice Rushdie. Yo sentí lo mismo y por eso nunca lo llamé “Gabo”. Más adelante lo vi en Bogotá, pues trabajé con él en un libro de memorias del jefe de la Policía Nacional, y a partir de ahí lo frecuenté en varios países, sobre todo en Colombia, España y México. Mi paso por la diplomacia se debió a una recomendación suya a la ministra de Exteriores de Colombia, pero el mejor recuerdo fue una historia que me contó en el 2011, durante un almuerzo en el restaurante San Ángel Inn, con Carlos Fuentes y otros invitados. “¿En qué parte del mundo andas ahora?”, me preguntó. Le contesté que en India y quise saber si había estado allí alguna vez. Me dijo que sí. “Una vez Fidel me pidió que lo acompañara a una reunión en Nueva Delhi de los No Alineados”, dijo, “y al llegar al aeropuerto decidí quedarme en el avión, para no distraer el protocolo. De pronto vi por la ventanilla que Indira Gandhi bajaba del palco presidencial y subía por la escalera del avión. Al entrar a la aeronave gritó, ‘¿Where is García Márquez?’. A partir de ahí no nos separamos. Ella hablaba francés y al tercer día a mí me parecía que Indira había nacido en Aracataca. Me invitó a hacer un viaje por toda la India, organizado por ella, y acepté. Quedó de avisarme”. El rostro de García Márquez se oscureció, sus ojos se llena- ron de lágrimas, y dijo: “Luego llegó la noticia de que la habían asesinado, y por eso prometí no ir nunca más a India”.

En los últimos años de su vida, fue Mercedes Barcha de García, su esposa durante 60 años, quien tomó las riendas de todo, con su extraordinario carácter y fortaleza de primera dama. “Es la única persona que conozco que puede regañar a Fidel Castro”, decía García Márquez de ella.

Al cumplir 70 años, en una entrevista, aseguró que cambiaría todo, sus libros y sus millones de lectores, por tener otra vez 40 años. ¿Y eso por qué?, insistió el periodista, y él respondió: “Para volver a empezar”.

sábado, 18 de enero de 2014

Ambos mundos: Del lado de Proust

18/Enero/2013
Laberinto
Santiago Gamboa

A raíz de las celebraciones de los 100 años de la publicación de En busca del tiempo perdido, en 2013, compré a fines del año pasado los siete tomos sueltos en una edición rústica de la editorial Gallimard, y desde entonces lo ando leyendo, a razón de unas treinta páginas diarias. Me apresuro a decir que estoy al tanto del “pecadillo” que supone comprarlo en Gallimard, dado el colosal error de André Gide, editor en esos años, que tras recibir los originales de la obra y mirar con descuido un solo tomo envió a Proust una carta de rechazo. Dios santo, ¡rechazar En busca del tiempo perdido! Solo comparable al español Carlos Barral, que rechazó Cien años de soledad y luego, con los años, debió escribir un libro de memorias solo para dejar consignado a la posteridad que no fue culpa de él, que estaba de vacaciones y que fue otro el que lo rechazó en su nombre. También Gide debió retractarse. Tras la publicación del primer tomo en Grasset, se disculpó con Proust y le rogó publicar los volúmenes siguientes con Gallimard. A diferencia de Carlos Barral, Gide obtuvo después el Nobel de Literatura, lo que le ayudó a borrar de su biografía semejante metida de pata.

Ya había leído la Recherche hace unos 25 años, pero en español, antes de ir a vivir a París, y a pesar del tremendo efecto que me dejó nunca la releí en francés cuando aprendí el idioma. No sé por qué. Hasta el año pasado, a raíz del aniversario y del ruido que hubo en la prensa. Son las ventajas de no tener mucha personalidad. Lo cierto es que, como era previsible, siento que la leo por primera vez. Quise subrayar frases hasta que me di cuenta que sería absurdo, pues rayaría cada página varias veces.

Revisando las fechas de Proust me doy cuenta de que murió a los 51 años, una edad de retiro que parece ser simbólica para grandes escritores. Proust dejó unas tres mil páginas, más o menos lo mismo que Roberto Bolaño, que murió de 50. Raymond Carver completó los 50 y dejó algo menos. Balzac, muerto a los 51, dejó unas veinte mil, todas estupendas. Curioso que de todos (habrá muchos más) el más productivo haya sido el que menos tecnología de escritura poseía: Balzac con su pluma, tintero y papel. Tampoco he oído que alguien diga que Balzac murió joven, lo que sí se dice, por ejemplo, de Bolaño o de Proust.


Pero vuelvo a Proust para señalar algo que me parece obvio, y es cómo sin él esta tendencia contemporánea de la autoficción tal vez no existiría. Romper la frontera entre la realidad, la crónica y la ficción, y hacerlo con las herramientas de la novela, es algo que comienza con él. Sin ese territorio abierto hace cien años, y con los seguidores que lo fueron manteniendo vivo, hoy nadie consideraría novelas a libros como El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel; Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra; Canción de tumba, de Julián Herbert o Tiempo de vida de Marcos Giralt Torrent. Porque los caminos que abre un gran escritor ya no vuelven nunca a cerrarse.

viernes, 4 de octubre de 2013

Ambos mundos: Un bel morir

28/Septiembre/2013
Laberinto
Santiago Gamboa

“Un bel morir honra toda una vida”, escribió Petrarca, y es el epígrafe de la novela homónima de Álvaro Mutis, Un bel morir. Morir bien, ¿qué significa? Llegar a ese momento con ingenua dignidad, ligero de equipaje, agotada tal vez la fuerza pero no los sueños. ¿Cómo saberlo? Son suposiciones, pues los únicos que lo saben por definición no están. Tal vez por eso la muerte es uno de los temas centrales de la poesía de Mutis (pero también de la poesía en general, del arte, de la vida). Él mismo lo dijo en una entrevista concedida al escritor Héctor Abad, publicada hace más de diez años: “Cuando leí los Cuadernos de Malte Laurids Brigge a los 17 años, encontré por fin lo que a mí me obsesionaba de la muerte, y es, aunque puede parecer un lugar común (pero hay que tener cierta fe en los lugares comunes porque por algo existen), que nosotros llevamos la muerte, nuestra propia muerte, la llevamos con nosotros desde el instante en que nacemos. Ahora, Rilke sostiene que debemos ir diseñando, preparando, construyendo la muerte que nosotros merecemos, o más que merecemos, la muerte que nos pertenece, la que va con nosotros, la que termina de verdad nuestro destino. Y eso se construye día por día, dice Rilke. Esa idea de que llevamos nuestra propia muerte y de que debemos cultivarla y diseñarla para que esté en armonía con ciertas convicciones que tenemos, me parece muy bella y me ha acompañado el resto de mi vida”.
Mutis fue un hombre de convicciones, sobre todo literarias pero también vitales, y es esto lo que le da ese especial carisma a sus personajes, que son todos como él. Es el caso de Maqroll el Gaviero —el que, desde la gavia del barco, anuncia las tormentas, la cercanía del puerto, el porvenir—, que es capaz de atravesar el océano para cumplir una promesa o socorrer a un amigo. Su divisa es la lealtad, el sentido romántico de la libertad, oponerse a toda ley y rechazar cualquier autoridad.

Esa libertad que él veía representada en la vastedad del mar, por donde deambulan sus personajes, marineros pesimistas, con un profundo sentido de la discontinuidad de la existencia y un saludable desprecio por las leyes humanas. El mar, espacio de navíos y bajeles y Tramp Steamers. Espacio de la poesía y de la prosa que él confundió a su antojo. Lo recuerdo saludando la tumba de Chateaubriand, con una gorra azul de marinero, en la localidad portuaria de Saint Maló, capital de la piratería francesa. Frente al mar, delante del islote en el que está enterrado el autor de Memorias de Ultratumba (que consideraba el modernizador de la lengua francesa), Mutis unió sus manos, bajó la cabeza y se recogió un momento, y yo pude verlo con su chaqueta y su gorra, con las nubes al fondo, un violento atardecer a punto de reventar en el cielo, y así lo imagino ahora, alejándose hacia ese espacio entre violeta y plateado más cerca de la poesía, ese otro cielo creado por él para ser habitado en la muerte.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Ambos mundos: Álvaro Mutis, casi un siglo

31/Agosto/2013
Laberinto
Santiago Gamboa

Escribo esta nota recién llegado de México, donde vive Álvaro Mutis hace más de 50 años, convencido como nunca de que el país azteca es la patria de los mejores escritores colombianos, y aquí me refiero por supuesto a Gabriel García Márquez, a Mutis y a Fernando Vallejo. Por eso siempre he creído que a México los escritores debemos merecerlo, y lo repito pensando en Mutis, en su genial obra poética y en sus novelas extraordinarias. Mutis contradice esa vieja idea de que las novelas escritas por poetas son farragosas, como barcos que se hunden por exceso de adornos, mármoles y porcelanas. Barcos que no logran salir del puerto. No es su caso. Las novelas de Mutis son trepidantes, y el hecho de que su autor sea un poeta opera de un modo muy fuerte sobre el lenguaje, sí, porque cada palabra es como una flecha que parte y da en el blanco. Su escritura no es hipnótica, exclusivamente lírica. ¿Y por qué? Porque incluso siendo un poeta es capaz de escribir frases banales, sin las cuales es imposible escribir buenas novelas. Sus poemas, que leí desde los 17 años, parecen tallados con navaja sobre marfil. Ni sé lo que estoy diciendo, pero es por influencia de poetas como Mutis, que vengo leyendo desde siempre.
Admiré de la persona muchas cosas: la elegancia con la que se refería a su reclusión en la cárcel de Lecumberri (donde leyó a Proust), el orgullo de haber tenido un mandato de arresto internacional por haberse gastado la plata de la Esso en repetir la cena del célebre cocinero francés Vatel en Bogotá, invitando a la francachela a poetas y escritores en lugar de a banqueros. Su fuertísima voz. Su humor. Su conocimiento de la poesía francesa, su elegante acento belga, su capacidad sobrehumana para seducir, su elegante chaqueta azul marino en el puerto francés de Saint Maló recordando a Chateaubriand ante su tumba. La seguridad con la que una vez me dijo, en el Pont des Arts de París, señalando a la isla de Saint Louis: “Mira esto, míralo bien, es la vista más hermosa que ha construido el ser humano en toda su existencia”. Admiré también el modo en que se burlaba de todos, incluido yo, mientras se tomaba un tequila en Tlaquepaque, pues su humor unido a su vozarrón hacían verdaderos estragos. Una vez me dijo: “Tú eres el mejor novelista de Chapinero”, que en el DF equivaldría a decir, “tú eres el mejor novelista de la Guerrero”, o puede que menos, y a pesar de las risas de los demás comensales para mí fue un cumplido porque provenía del autor de Reseña de los hospitales de Ultramar, y eso era ya mucho.
Mutis el monarquista, que a la invitación del subcomandante Marcos para ir a La Realidad respondió: “Cuando le devolvamos todas estas haciendas a la corona española, hablamos” (se refería a los países de América Latina). A este provocador entrañable, que vive en la calle Louis–Ferdinand Céline de México DF, le mando un abrazo por su entrada a los noventa.

sábado, 3 de agosto de 2013

Ambos mundos: A propósito de diarios

3/Agosto/2013
Laberinto
Santiago Gamboa

Siempre he admirado a las personas que llevan un diario, a quienes deciden llevar cuenta escrita de su existencia y son capaces de mantenerlo durante años, con férrea disciplina, solazándose, maldiciendo o sencillamente interpretando el espectáculo de su propia vida. Al respecto hay una clasificación de los caracteres humanos hecha por un psicólogo francés, René Lésaine, dividiendo a las personas en tres tipos: nerviosos, sentimentales y apasionados, y a su vez, a cada uno de éstos en activos y pasivos. El diarista sería el producto natural del nervioso pasivo.
Pero hay muchos tipos de diarios. Los íntimos juveniles tienen su cima en el Diario de Anna Frank, la joven judía holandesa. Su veracidad y frescura lo convirtieron en uno de los testimonios más desgarradores del Holocausto. Están también los diarios con intención didáctica, como el de Henri–Fréderic Amiel, quien consideraba al diarista una especie de nadador que bucea en círculos concéntricos en torno a la experiencia.
Y, cómo no, el diario de viajes, siendo una excelente muestra el del médico Albert Schweitzer en el África Ecuatorial, con el título de Al filo de la selva aborigen, o los Diarios de Sir David Livingston, explorador célebre entre otras cosas por haberse perdido y porque lo encontró Henry Morton Stanley, diciéndole la conocida frase: “Mr. Livingston, supongo”. El diario de guerra es un género aparte y en éste sobresalen los de Ernst Junger, publicados en español con el título de Radiaciones, sobre la ocupación alemana de París. O, del otro lado, los del romanista judío Víctor Klemperer (también en el género testimonial), quien nos cuenta día a día el infierno en la Tierra, ese reino del miedo que fue el Tercer Reich.
El diario del escritor es, sin duda, el más conocido. Los Diarios de Kafka, por ejemplo, los de Gide, Camus, Tolstoi, Thomas Mann, o los de Virginia Woolf y Silvia Plath, que son tratados sobre la tristeza y sobre el “sol negro” de la melancolía, o los de Gombrowicz, a medio camino entre el diario y el ensayo. Pero el escritor, cuando escribe un diario personal, sabe que tarde o temprano lo va a dar a la imprenta, por lo que siempre es sospechoso, incluso cuando se trata de autores que solo son conocidos por sus diarios, como Anaïs Nin o Paul Léautaud.
Los mejores que he leído son los de Julio Ramón Ribeyro, con el título de La tentación del fracaso, una verdadera escuela de escepticismo, humor y observación. Leyéndolos me he convencido de que sí existen las vidas literarias, y que éstas, cuando son verdaderas, producen de modo inevitable literatura verdadera. Porque es la vida la que precede a la escritura. Es lo que cada uno hace con ella lo que dictará las palabras que deben ser escritas, y el destino o la suerte de esas palabras. Esa es la gran enseñanza de Ribeyro en sus diarios: que siempre, al final, lo más valioso es la vida.

sábado, 20 de julio de 2013

Bolaño: 10 años después

20/Julio/2013
Laberinto
Santiago Gamboa

Conocí a Bolaño en Roma, en 1999, cuando vino con su mujer y su hijo a tomar notas para Una novelita lumpen. Yo había leído todos sus libros y Los detectives salvajes me parecía una obra maestra. No era un descubrimiento insólito ni original, pues era la opinión de la mayoría de los autores de mi generación y por eso Bolaño fue en esa época un best seller entre los escritores latinoamericanos. Ningún otro autor de generaciones posteriores al boom llegó a ser tan influyente y leído.
México fue el lugar clave para su obra y su país de adopción. El recuerdo de lo que vivió en México lo llevó a escribir sus libros más ambiciosos: Los detectives salvajes y 2666. “Temo ir a México”, solía decir, “pues el México real puede inhibirme el México que tengo en el recuerdo”. Bolaño siguió la tradición anglosajona de considerar a México un género literario. En este sentido, Los detectives salvajes es una de las grandes novelas urbanas escritas en Latinoamérica. Las generaciones posteriores a él, los jóvenes de hoy, lo convirtieron en un clásico de la literatura en español, y al leer esas novelas el territorio mexicano se sigue afianzando como un espacio mítico y profundamente literario.
Su éxito es arrollador, pero salvo en Estados Unidos, la obra de Bolaño no ha estado nunca en las listas de los libros más vendidos en ningún país, y esto es un signo de los nuevos tiempos. En épocas de García Márquez o de Nabokov o de Fitzgerald era común que el talento estuviera asociado al éxito de ventas internacional, pero eso es algo que ha ido desapareciendo. Son muy raros los casos, hoy, en los que esto se da por fuera de las fronteras nacionales del autor. La obra de Javier Marías o de Javier Cercas podrían ser excepciones. Ahora todo ha cambiado: la gran masa de lectores se fue de la literatura y los grandes éxitos internacionales los tienen escritores sin relevancia en las generaciones que les siguen.
Bolaño es todo lo contrario: la juventud latinoamericana lo lee con admiración y una pasión similar a la que en su momento produjo Cortázar, pues además de sus libros sacralizaron también su modo de vivir. Algunos lo imitan excesivamente y esto a la larga le hará daño. El caso de Cortázar y de García Márquez nos muestran hasta qué punto los imitadores contaminan la lectura del original.
Bolaño lo leía todo, era una especie de oso devorador. Por eso antes de publicar cualquiera de mis novelas yo trabajaba y corregía sin parar, de un modo obsesivo, pues sabía que él iba a leerlas y temía defraudarlo. Esto me llevó a plantearme la literatura de un modo aún más visceral, y a concebir proyectos ambiciosos y arriesgados. Ese fue su legado. La exigencia era enorme, pues en su mesa de juego la apuesta era muy fuerte. Cuando murió sentí un gran vacío, una enorme tristeza. Pero sigo escribiendo como si cada una de mis frases fuera a ser leída por él.

sábado, 6 de julio de 2013

Ambos mundos: Rayuela y sus consecuencias

6/Julio/2013
Laberinto
Santiago Gamboa

Ya conté en otro artículo en Laberinto la perplejidad que me produjo releer Rayuela 30 años después, así que en esta ocasión, para seguir evocando a ese gran autor que fue Cortázar, me propongo escribir sobre las “consecuencias” de Rayuela, esa extraña y, en el fondo, muy tradicional novela–texto sagrado que transformó a sus lectores en adeptos, en furiosos muyahidines que, a partir de su lectura, anhelaron cambiar sus vidas hacia algo rabiosamente estético y moderno. Rayuela fue, creo, la novela que más sojuzgó voluntades, y Cortázar el escritor que, a pesar de competir con Vargas Llosa, García Márquez y Carlos Fuentes —la pesada del Boom— resultó sin duda el más carismático, el que todos querían tener en su mesa o en su vagón de tren o en su cama. Esto último es un signo de los tiempos: a pesar de ser una novela increíblemente machista —las mujeres de Rayuela, por lo general, no son cultas, y lo compensan siendo buenas en la cama—, las féminas suspiraban por Cortázar, hacían gárgaras con sus lágrimas pensando en él y cuando murió todas se transformaron en sus viudas. Soy consciente de que en los años sesenta y setenta, época de revolución sexual y rebeldía planetaria, el machismo no era aún visto como ese comportamiento cavernícola y delincuencial de hoy, pero ya se denunciaba y sobre todo ya había un feminismo opuesto que a su vez, también, era bastante rudo y primario. La vida era así en esos años. Conozco decenas de cronopios de esa generación que siguen considerándose revolucionarios, pero que en sus casas son verdaderos tiranos.
En mi caso, la consecuencia más grande de la lectura de Rayuela fue la convicción de que París era la capital de las letras. Si Hemingway y Henry Miller transformaron París en el Olimpo de los norteamericanos de su generación, Cortázar lo hizo en la mía e intermedias: París, tras leer Rayuela, se asociaba no solo con la escritura sino en general con la libertad creativa, con la respiración de un mundo y el deseo de abarcarlo: todas las culturas, todas las lenguas, todas las experiencias. París, en la imagen que Cortázar me transmitió a los 17 años, era algo más que una ciudad: era un modo de ser y de vivir, un modo de ser culto y cosmopolita, un modo político de concebir la realidad y las relaciones humanas. La consecuencia de Rayuela, para mí, fue haber llegado a vivir a París, en 1990, con una maleta de 23 kilos y 700 dólares. Venía a hacer mi peregrinaje, pero ya todos se habían ido. El París de Rayuela no aparecía por ningún lado. En su lugar había una ciudad inhóspita y cruel que se resistía a abrazarme. Yo buscaba la literatura y encontré la vida, solamente. Me sumergí de lleno en la piscina de los tiburones y procuré resistir, hacerme fuerte. Nada de eso estaba en el libreto que me dejó Cortázar, pero esos años de dureza y soledad parisina acabaron siendo mi mayor tesoro y, al final, un poco después, la literatura al fin llegó.

domingo, 12 de mayo de 2013

Carlos Fuentes, un año despues

11/Mayo/2013
Laberinto


Dos cenas
Carlos Franz
Una semana antes de morir, Carlos Fuentes estuvo cenando en mi casa, en Santiago de Chile. Mi mujer se desvivió ante la posibilidad de retribuir tantas atenciones anteriores de Fuentes: en Madrid, en México, en Aix–en–Provence, entre otras. Por eso se esmeró en presentar una mesa bonita y en preparar una comida escogida. Dispuso un mantel largo, copas de cristal, contrató a un camarero.
Carlos y Silvia llegaron muy puntuales y elegantes, como siempre. Después de unos aperitivos con pisco sour y mariscos, pasamos a la mesa. La conversación mezcló, sin aparentes fisuras, la literatura universal y la política contemporánea. Era parte del estilo inimitable de Fuentes su habilidad para conectar Guerra y Paz, de Tolstoi, con la guerra contra el narco en México, por ejemplo, haciendo patente que una podía iluminar a la otra. Fuentes tenía esa capacidad de hacer actual la tradición y enlazarla con la acción contemporánea.
Sus dedos finos, culminados en uñas largas, de mandarín, manejaban los cubiertos con delicadeza, pinchando y cortando la carne frugalmente. Se lo veía pálido y cansado. Envejecido desde la última vez que nos vimos. Venía de un viaje de seis semanas, nos contó, por cinco países. A último minuto, estando en Buenos Ares, había decidido agregar esta sexta parada, en Chile. Aun así se sentaba muy recto en su silla y, mostrando sus perfectos modales, animaba con bríos y gentileza la conversación, siempre demasiado veloz, de sus amigos chilenos invitados a la cena. Esos modales suyos eran una parte necesaria de su manera de ver y encarnar la cultura, como fuerza civilizadora.
Por mi parte, yo lo escuchaba hablar y lo miraba comer, más bien en silencio. Me preguntaba de dónde sacaba Fuentes esa energía a sus 83 años. Y también experimentaba esa curiosa sensación de déjà vu, de ya haber visto antes esa escena. ¿Pero dónde?
Al fin lo recordé. En su ensayo titulado “Cómo empecé a escribir”, Carlos Fuentes narró su encuentro con Thomas Mann, en Suiza, en 1950. Fuentes tenía solo 22 años y unos amigos suyos lo habían invitado a cenar en un lujoso restaurante, que flotaba sobre una balsa en el lago de Zurich. Era una cálida noche de verano y el joven notó que en la mesa vecina cenaba un señor septuagenario. Mudo de admiración reconoció a Mann. Así lo describe: “Era un hombre tieso y elegante, vestido con un traje cruzado blanco e inmaculadas camisa y corbata. Sus largos y delicados dedos cortaban el faisán frío casi con exquisitez. Pero incluso comiendo me pareció indoblegable, con una espalda recta y un porte militar. Su envejecido rostro mostraba una ‘creciente fatiga’, pero el orgullo con el cual sus labios y mandíbulas se cerraban buscaba desesperadamente esconder el hecho, mientras sus ojos titilaban con su ‘fogosa fantasía’. […] Thomas Mann se las había arreglado para, a partir de su soledad, encontrar esa afinidad ‘entre el destino personal del autor y aquel de sus contemporáneos en general’.”
Ahora que escribo esto, temo que se vaya a creer que yo he inventado esa postrera semejanza, incluso física, entre Fuentes y Mann, con la impune fantasía que se nos atribuye a los novelistas. Pero no, más bien fue Fuentes el que asumió como un deber esa similitud. Y luego tuvo el coraje y la energía para ser fiel a ella, prácticamente hasta el día de su muerte.
Carlos Fuentes representó, para Hispanoamérica, lo que Thomas Mann llegó a representar para Europa: un hombre universal, en el cual se sintetizó la cultura de su época. Esa enorme y acaso imposible tarea exigía una voluntad titánica. Voluntad que, sin embargo, solo se justificaba si se ejercía con gracia, con ligereza, como si no pesara.
Cuando nos levantamos de la mesa Fuentes aún se dio tiempo para examinar mi biblioteca. Decir unas cuantas gentilezas sobre mis libros favoritos. Esconder cualquier urgencia por partir, a pesar del notorio cansancio. Al día siguiente me llegó una amable nota, enviada desde su hotel, agradeciendo la cena. Dos días más tarde, preocupado de que no me hubieran remitido su nota, me llamó desde México para decirme lo mismo. Cinco días después había muerto.

La elegancia de Fuentes
Santiago Gamboa
Sigo creyendo que la muerte de Carlos Fuentes, hace ahora un año, fue otro de esos episodios suyos marcados por el estilo y la elegancia. Haber vivido 85 años sin deterioro físico notable y un día morirse casi sin sufrir, aparte del momento de la muerte (supongo que será con dolor, pero es una suposición, nunca lo he vivido) me parece una suerte increíble. Firmaría desde ya por algo así, incluso con diez años menos de saldo. ¿Cómo será la propia muerte? Dijo Petrarca: “Un bel morir tutta una vita onora”.
Conocí poco a Fuentes, más o menos desde el 2008, pero en esos años fue amable y generoso y pude hablar con él de mil temas. ¿Le pregunté por la muerte? Recuerdo haber hablado con él sobre las muertes prematuras de escritores, y que él dijo que un escritor, en el fondo, nunca moría prematuramente así muriera de 20 años, pues si moría como escritor es porque había concluido su trabajo, y que a veces la muerte se encargaba de completar el ciclo.
Pero este no fue su caso: él sí pudo concluir su obra, darle un sentido global e insertarla en el tiempo y en la Historia, organizarla y rebautizarla con el nombre de “La edad del tiempo”, haciendo que cada novela fuera pieza de una maquinaria relojera más grande. Supongo que esto es el resultado de algo bastante obvio y es que en la literatura no existe el retiro por edad, ningún escritor se jubila y por lo tanto sigue y sigue reflexionando sobre su propio trabajo, el presente y el pasado de su trabajo. Incluso, por qué no, sobre el futuro.
Con los avances de la medicina y la ciencia la situación de longevidad será cada vez más visible y los escritores vivirán más. Esto podría llegar a ser algo monstruoso. ¿Se imaginan que Balzac estuviera vivo aún, con 202 años recién cumplidos? Calculo que habría podido escribir 75 mil páginas más, lo que sería francamente enloquecedor, y además sería considerado de la misma “generación” de Victor Hugo y Stendhal, y puede que también de la de Dostoievski, “la generación del siglo XIX”, pues la longevidad tiende a acercar las fechas.
Visto así, la muerte es una mano que detiene con suavidad a otra mano que escribe, y esto es razonable. Más razonable aún cuando el autor, como fue el caso de Fuentes, logra organizar su obra y darle un rumbo en medio de la nada, para que perdure en un sentido y orden específico y no a la deriva, como le sucede a tantos libros. Esto de la nada, en literatura, es también extraño. Cuando escribo me asalta la idea de que las novelas, todas, ya están acabadas en alguna parte, y que uno lo que hace es “traerlas” a la realidad del lenguaje y la imaginación. Pero entonces, ¿qué pasará con las novelas de Fuentes que no escribió ni escribirá?, ¿se quedarán flotando en esa especie de nada o magma esencial? Creo recordar que una vez Fuentes opinó al respecto, algo así como: “El mundo de lo no escrito siempre será más grande, abismalmente mayor que el de lo escrito”. Esto nos permite pensar que “La edad del tiempo” podría haber llegado a tener 100 mil páginas si la longevidad de Fuentes le hubiera dado más oportunidades. ¿Y por qué no un millón de páginas? Acá entraríamos, como con Balzac, al terreno algo monstruoso del virtuosismo infinito. Pero no fue así, pues con su proverbial elegancia, Fuentes llegó hasta un punto y luego, pudorosamente, se retiró, para que hoy podamos recordarlo.

sábado, 9 de febrero de 2013

Ambos mundos: Rayuela, 50 años

9/Febrero/2013
Laberinto
Santiago Gamboa

Leí Rayuela más bien tarde, al menos para mis estándares de esos años, pues tenía ya veinte años y vivía en Madrid, donde estudiaba Filología Hispánica. Digo que lo leí tarde porque empecé por García Márquez, luego Vargas Llosa y Carlos Fuentes, José Donoso y Cabrera Infante e incluso Alejo Carpentier, y el motivo de haber retardado a Cortázar tuvo que ver con el mundo de Bogotá del que salí corriendo, la facultad de literatura de la Universidad Javeriana de esos años, donde los más postmodernos se consideraban dueños de Cortázar y por supuesto sus viudas y viudos, lo que fue suficiente para poner distancia con él.
Pero en Madrid, lejos de eso que, de forma injusta, yo relacionaba con Cortázar, agarré Rayuela y me la leí de un tirón siguiendo la tabla recomendada por él, y luego, uno por uno, todos sus libros de cuentos y novelas, más los libros de miscelánea como Último Round o La vuelta al día en 80 mundos, o Los autonautas de la cosmopista, y sus escritos políticos, y en el entusiasmo me volví coleccionista y empecé a buscar sus poemas, Pameos y meopas, y el cómic Fantomas contra los vampiros multinacionales —que encontré en primera edición—, y por supuesto, toda esa pasión quedó reflejada en una serie de cuentos “cortazarianos”, con personajes que hablan de jazz en un apartamento parisino. Al terminar la universidad en Madrid me fui a París persiguiendo el espectro de Cortázar, del que no quedaba nada salvo algunos latinoamericanos presuntuosos —como mis antiguos compañeros de la Javeriana— que se vanagloriaban de haber conocido a “Julio” y de tener por ahí una o dos cartas de él.
El mundo de Cortázar, esa libertad estética que él promulgó y practicó, y ese espacio tan atractivo de gentes cosmopolitas que se pasean por escenarios europeos y bonaerenses hipercultos, tuvo la mala suerte de caer, tras la muerte de su autor, en manos de programadores culturales esnobs y presuntuosos. Algo parecido ocurrió con la obra de Bolaño. Quienes leen y disfrutan los libros, los lectores sinceros, le dan sentido y actualidad a la obra, pero la corte de jerarcas literarios que se proclamó “heredera oficial” en universidades, medios de prensa y en el mundo literario posterior acabó por construir en torno una muralla o “clan de iniciados” que le hizo mucho daño al original, inocente de todo eso. Lo vi en París, por supuesto, pero también en Madrid y en otras ciudades. Ese establishment post–cortazariano que tuvo el poder cultural latinoamericano en Europa en los años ochenta y parte del noventa menguó en momentos en que también Rayuela envejeció un poco. Hoy, 50 años después de su publicación, queda el sabor de una prosa inteligente y original, pero vistos los tiempos arduos que corren para la literatura, me surge la misma pregunta que me hago con Cien años de soledad, Conversación en la catedral o La región más transparente: ¿tendría lectores si fuera publicada por primera vez en 2013 o pasaría desapercibida?

sábado, 15 de diciembre de 2012

El horizonte dibujado con un lápiz

15/Diciembre/2012
Laberinto
Santiago Gamboa

El horizonte de la Nueva Narrativa está apenas dibujado con un lápiz, de forma tenue. Es una línea que debemos poder borrar e ir desplazando hacia delante ya que el adjetivo “nuevo” es movedizo.
También fueron “nuevos” autores como Vargas Vila o Rubén Darío, Onetti, los novelistas del Boom e incluso los del post Boom. Todos hemos sido “nuevos”. Llegado el momento mi propia generación, que empezó a publicar en los años noventa del pasado siglo, también recibió el nombre de “Nueva”, pero ya hoy, pasada la primera década del XXI, conviene dejarle el adjetivo a la generación siguiente, como una antorcha que va de mano en mano y que, eso sí, debe mantenerse encendida.
La imagen de la antorcha sirve también para señalar algo y es la continuidad de la tradición: cada uno de los grupos de “nuevos” que se ha ido sucediendo en el tiempo, de algún modo, se ha apoyado en la tradición creada por los anteriores, por los “nuevos” de antes. Incluso cuando el grupo se anuncia o proclama como portador de una estética de ruptura, también ésta resulta enlazada a una tradición. La ruptura es tradición (lo dijo Octavio Paz). Supone un cambio en el entramado de la tela, pero la tela continúa.
También la Nueva Literatura Latinoamericana, vista como conjunto, responde a una tradición, a una continuidad, a un modelo de estética que tiene ecos y resonancias y que proviene tanto de sí misma como de otras culturas, en rincones del mundo lejanos que se mueven, en muchos casos, por sistemas culturales diferentes, que se rigen por otras metáforas.
Al decir esto pienso en Lezama Lima, pues él formuló una interpretación poética de la historia a la que llamó “Las eras imaginarias” según la cual cada época responde a un sistema metafórico preponderante. Desde este punto de vista la religión y la política pueden ser consideradas metáforas. Sistemas que se convirtieron en estética y tuvieron su literatura. En el caso de América Latina, ¿cuál o cuáles fueron esas metáforas? En sus orígenes, la necesidad de nombrar la propia realidad, la necesidad de fundarla poéticamente y de darle una historia y un espacio en la cultura de Occidente; también de crear una versión de Occidente desde Latinoamérica y sobre todo definir una identidad, hecha de retazos y herencias.
Sin duda, la imagen de América Latina que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XX proviene de la literatura y de la política. Es una imagen que se instaló en la imaginación y finalmente en la razón del resto del mundo, y que tiene que ver tanto con la revolución cubana y el rostro del Che Guevara y Tlatelolco y el bombardeo de la Moneda y el suicidio de Allende, como con la aldea de Macondo, la Santa María de Onetti, el jardín de senderos que se bifurcan, la casa verde y la región más transparente del aire.
Más adelante surgió una metáfora impuesta que, con los años, dejó de serlo y se convirtió más bien en un estereotipo. Referido a América Latina, lo que quedó por un tiempo muy largo en la imaginación de Europa y Estados Unidos fueron sobre todo tres palabras: exotismo, evasión y revolución, y pasados los años del Boom los narradores latinoamericanos que fueron llegando se vieron atrapados por esta exigencia. El eurocentrismo tiende a dividir el mundo en una serie de, por decirlo así, jardines frutales, y del jardín latinoamericano las frutas que se esperaba recibir eran esas: exotismo, evasión y revolución; quien pudiera ofrecer ese bodegón frutal con mayor gracia y talento era quien más posibilidades de éxito tenía. La revolución latinoamericana se convirtió en el realismo mágico de la izquierda europea. El exotismo era exigido sobre todo a los autores provenientes del área del Caribe —y ni hablar si eran colombianos— como condición para ser escuchados, tomados en cuenta, y muchos autores, por necesidades de supervivencia, decidieron jugar el juego disfrazándose de latinoamericanos para animar los congresos literarios de Europa y Estados Unidos. La evasión era el máximo deseo, lo que justificaba todo lo anterior. La frase parecía ser: “Permite que me evada y te amaré”.
Cuando mi generación empezó a publicar, a principios de los noventa, Europa estaba cerrada para quien no fuera un escritor latinoamericano en esos términos. Para los europeos no tenía ningún sentido ni el menor interés que un colombiano, por ejemplo, escribiera de otro modo o planteara personajes y situaciones que se salieran del estereotipo. Para ellos, era como si un músico cubano, en París, se pusiera a tocar “La marcha Radetzky” en lugar de “El manisero”. Lo mismo pasaba en Estados Unidos, según dieron cuenta los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez en su antología McOndo, publicada en 1996, uno de los primeros intentos por derribar los muros de ese jardín frutal latinoamericano en el que solo se podían cosechar ciertas frutas.
En esa antología, como ocurrió poco después con la antología Líneas aéreas, publicada en España en 1999 por la editorial Lengua de Trapo, se empezó a ver el perfil de lo que podría ser una “nueva narrativa”, y desde ese momento se vio que ésta sería, como la definición que da Stephen Dedalus del arte irlandés, “un espejo roto”. Las mil astillas de este espejo se disgregaban en un deseo de abarcar experiencias muy disímiles y variadas.
En México, como una reacción a la frivolidad que terminó por instalarse en cierta literatura latinoamericana posterior al Boom, que respondía a los estereotipos exitosos, los mexicanos Volpi, Padilla, Palou y Urroz, hicieron público el manifiesto del Crack!, […] el cual pregona, entre otras cosas, la importancia de hacer novelas complejas, ambiciosas, totales. Es decir, una herencia de la mejor literatura del Boom.
La antología McOndo y el manifiesto Crack, con solo dos meses de diferencia de publicación, en 1996, y luego Líneas aéreas en 1999, crearon un primer mapa, muy general, de lo que podría ser esta nueva narrativa latinoamericana, pues al menos establecieron un listado de autores jóvenes (en ese momento), y nos pusieron a leer. A esto se sumaron muchos otros, poco a poco, que venían de más atrás pero que publicaron tarde, como fue el caso de Roberto Bolaño, o simplemente que estaban ahí pero que no fueron detectados en su momento por los antologadores.
El resultado de estas lecturas volvía a ser de nuevo la definición de Dedalus: el espejo roto, las astillas dispersas por el suelo y regadas en todas las direcciones. Narrativa clásica, novela negra, histórica, psicológica, novela urbana y política, novelas, cuentos, ficciones y autoficciones, memoria e imaginación, narrativa lírica y dialógica, novelas del YO y del TU, del nosotros, del ELLOS y ELLAS, novela erótica y novela filosófica, y en el caso de Colombia y, por desgracia, más tarde también de México, ese subgénero de la novela negra que en Colombia se bautizó con el nombre (creo que fue Héctor Abad) de “sicaresca”.
Un elemento llamativo de esta “Nueva Narrativa” fue que, en algunos autores, o más bien en las obras de algunos autores, la especificidad tenía cada vez menos que ver con rasgos exclusivos de América Latina y más con cierta idea de un mestizaje universal, con protagonistas que son cada vez menos caracteres típicos y más seres humanos globales, con soledad global y problemas de identidad o desamor o alcoholismo global, y que buscan respuestas o alivio por igual en la poesía erótica traducida del sánscrito, la música africana de Amadou y Mariam o las letras de Bob Dylan. En la mayoría de los casos los personajes siguen siendo latinoamericanos pero ya no están, por decirlo así, inmersos en un sistema cultural exclusivo, sino que participan de ese sustrato global que hoy está por encima de las particularidades regionales y que hace que un joven en Tokio o en Varsovia pueda tener una enorme zona de contacto en su educación sentimental con otro de Tegucigalpa o Bogotá.
Pero apenas escrito lo anterior, compruebo que esto no es una novedad ni que surgió de la nada, pues ya en la literatura latinoamericana anterior había experiencias similares. Pienso en la obra de Octavio Paz, haciendo la síntesis entre la India y México. Pienso en Borges, en Neruda, o en esa “obligación” señalada por Vargas Llosa de incorporar todas las tradiciones, todas las lenguas, todas las literaturas. Pienso en los cuentos franceses de Julio Cortázar o Ribeyro, en la infinidad de pasajes en las obras de Fuentes en donde los personajes, mexicanos o europeos, se pasean con propiedad por Washington, Londres o Berlín escuchando jazz y hablando de cine con un gran cosmopolitismo. Tal vez esa sea la palabra clave. Cosmopolitismo.
En el cosmopolitismo de esas obras, que movieron la frontera de lo posible en la escritura más allá de los propios límites regionales, está el germen de lo que luego se desarrolló en autores más jóvenes, algunos de los cuales, no todos, fueron directamente a narrar desde Europa, Asia o África, sintiendo que todo eso les pertenecía por igual y tanto como sus propios países. Tal como los autores anglosajones del siglo XX, pongo como ejemplo a un Graham Greene o a un Conrad, los autores latinoamericanos de hoy (autorizados por los maestros del Boom) tienen el mapa del mundo en su mesa de trabajo y se sumergen en él con gran desparpajo y propiedad, pues la experiencia de la vida es mucho más transnacional. Hoy, en Colombia y sin duda en los demás países de América Latina, muchos jóvenes no conocen los pueblos de sus países, pero sí conocen Sidney y El Cairo. Estos jóvenes dejaron de ser municipales y se volvieron universales, cosmopolitas, y es apenas natural que la literatura, cada vez más, siga ese camino. Aunque lo local pervive, claro. Simplemente se ensacharon las fronteras, se conquistaron territorios y espacios narrativos que antes eran menos convencionales.
Pero volvamos a la idea de lo “nuevo”, ese nombre ritual que vuelve con el tiempo.  Tal vez en literatura ser “nuevo” significa esencialmente tener un punto de vista nuevo sobre lo mismo, sobre las mismas cosas de siempre. Por mucho que cambiemos, por mucho que el ser humano pase de ser el rey del municipio al rey del mundo, el sustrato es el mismo. Por eso es que hoy nos seguimos reconociendo en el perfil trazado por Shakespeare, un hombre que vivió en un mundo y una sociedad de cuyas coordenadas ya no queda nada, y sin embargo su retrato del ser humano es de absoluta actualidad. Cambiamos, pero tampoco tanto. Por eso es difícil ser completamente original. Al fin y al cabo la propia vida es un sistema limitado de acciones y tramas, las cuales se transmiten a la literatura, en donde también son limitadas.
Siguiendo esta idea, en la Nueva Novela Latinoamericana vuelven a encontrarse los viejos argumentos, las más conocidas tramas literarias. Mencionaré algunas:
Alguien mata a alguien y es descubierto; alguien se mete en un lío y sale de él encontrando algo que lo transforma; alguien pierde algo y con gran esfuerzo lo recupera; alguien es víctima de una injusticia, es traicionado, y se venga; alguien empieza a ir cuesta abajo y así continúa hasta descubrir algo muy sucio; alguien descubre que ya no se reconoce en el espejo; dos se aman y mucha gente se interpone; alguien se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; alguien inicia una investigación para conocer la verdad de un asunto y descubre lo inesperado; alguien se entera de algo que le cambia su vida o que le anula la identidad, y debe recuperarla.
Y esto sin mencionar aún el gran tema de la novela a secas. ¿Qué es lo que dice la novela que no puede ser dicho por los demás géneros?, ¿cuál es su especificidad en las artes escritas?
El gran tema de la novela es el paso del tiempo.
La experiencia de la vida, desde cualquier ángulo, sujeta al paso del tiempo.
Solo la novela puede transmitir y transformar esto en “experiencia”, pues su lectura está también sujeta al tiempo. Leer una novela toma algunos días, a veces semanas, una temporalidad que puede ser superior o inferior a la del argumento del libro, pero es en esa extraña conjunción de dos tiempos que fluyen paralelos, en ese diálogo de tiempos enfrentados, el de la historia contada y su lectura, donde la novela existe, donde su voz se hace única.
Hace casi 30 años un jesuita profesor de literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá, don Marino Troncoso, dijo algo que me impresionó mucho. Según él, uno podía estudiar todas las formas de la literatura universal sin salirse de la literatura latinoamericana. Esta afirmación es tal vez excesivamente entusiasta y radical, y lo es al modo radical en que se hacen las afirmaciones literarias. Pero la conclusión es que la Literatura Latinoamericana es sin duda un planeta muy autónomo, pero también un planeta que está en órbita junto a otros, al interior del gran universo de la creación literaria.
Dejando ya a un lado el cosmopolitismo en la Nueva Narrativa Latinoamericana, miremos qué pasa en la orilla contraria. En quienes narran de nuevo sus propios países, sus sociedades, sus ciudades… ¿Qué hay ahí? Mirando desde arriba, vemos que una de las formas más frecuentes es una versión muy latinoamericana de la novela negra clásica, en donde, por supuesto, el contexto “nacional” es indispensable.
Si desde el punto de vista de la población, en los años cincuenta y sesenta América Latina era un continente basicamente rural, hoy podemos decir que es mayoritariamente urbano. A veces por razones nada románticas como la pobreza o la guerra y los desplazamientos forzados, en el caso de mi país. Lo cierto es que la inmigración del campo ha convertido a las ciudades latinoamericanas en grandes urbes del Tercer Mundo, metrópolis alocadas que viven todas las edades del hombre de forma simultánea, con hordas de vagabundos enloquecidos que buscan comida con un garrote en la mano, como en la Edad de Piedra, y que conviven, en la misma avenida, con jóvenes yuppies que, desde su automóvil, con sus blackberrys, hacen transacciones en Bolsas europeas o intercambian mensajes de amor con alguien que está en Tokio, y al que probablemente nunca han visto.
La realidad despiadada y violenta de estas ciudades ha ido formando otra de las sendas más transitadas por la narrativa latinoamericana de hoy. Esas megalópolis repletas de desplazados o de perdedores que deambulan de aquí para allá, como un banco de peces, acaban por hacer implosión, y la escritura que las interroga se vuelve muy negra.
Una vieja usanza literaria: la curiosidad, el enigma, la intriga, es propuesto muchas veces en la literatura latinoamericana de hoy con las especificidades, ahora sí, de cada lugar, para mostrar, desde todos los ángulos, las cosas que pasan o han pasado y que siguen pasando en nuestros países.
Recordemos de qué se trata.
Si acercamos la cámara, ¿qué es lo que vemos en el lente?
Hay un cadáver en un sillón y un arma de fuego. Los vecinos opinan que el occiso era un hombre extraño pero amable, y coinciden en que no lo merecía. Las huellas conducen a la ventana y hay un cristal roto, pero es mejor desconfiar. El apartamento está en un tercer piso. Suenan las sirenas y no lejos de ahí un desconocido huye por las cocinas de un restaurante chino, causando un estrépito de ollas y sartenes.
El detective, un tipo solitario, acosado por las deudas y en cuyo test psiquiátrico hay una triple D que equivale a Depresivo, Divorciado y Dipsómano, decide tomar el caso; investiga y persigue, pregunta, irrumpe con violencia en extraños domicilios nocturnos, encuentra indicios, golpea a un drogadicto un poco más de la cuenta y obtiene el nombre de una casa de masajes, hace conjeturas, se desvela y por lo general, al amanecer, llega a conclusiones escalofriantes: vivimos en un mundo extraño y las urbes anónimas despiertan al monstruo que duerme en ciertos transeúntes, ciudadanos con historias que podrían ponernos la piel de gallina, sufrimientos atroces que solo pueden ser atenuados con altas dosis de alcohol, drogas, sexo frenético y brutal entre actores desesperados.
La corrupción y el delito son demasiado frecuentes, como el atardecer o la lluvia o los disparos en las cafeterías. Hemos perdido el decoro, ya nadie respeta nada. “Mesero, sírvame un café debajo de la mesa”, dice alguien en Ciudad Juárez. El detective camina al lado de un puente peatonal repleto de grafitis y moho. La poesía de los callejones está siendo escrita con dedos embarrados de crack y alguien duerme en el cubo de la basura, al fondo, junto al cadáver de un gato. El hospital de poetas está lleno a reventar y ninguno quiere irse. Todos somos efímeros.
El detective, bebiendo un vaso de bourbon ante un mesero sonámbulo, evoca la sonrisa de una mujer y se retira una lágrima. Luego, en silencio, paga el consumo y camina hasta la puerta, la empuja haciendo rechinar los goznes y se pierde entre las sombras, pateando una lata vacía de refresco, leyendo el titular de una hoja de periódico mecida por el viento.
“Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún sentido. Cuando decirlo era algo triste, solitario y final”, escribe Chandler en El largo adiós.
Pero hoy este tipo de novelas no se escriben solo para narrar la resolución de un enigma, sino sobre todo para retratar la golpeada psique de la ciudad: el modo en que en ella se vive y se muere. O de una sociedad y un país. Lo relevante no es el misterio sino el camino recorrido: los paisajes, no después de la batalla sino de las cotidianas escaramuzas de la vida. Las novelas son radiografías de las urbes, cada vez más desesperadas y nerviosas. El hombre solitario, el ser anónimo de la ciudad, sigue siendo el héroe, pero está muy cansado, se siente solo y tiene miedo. Cree, y no se equivoca, que es hora de tomarse un buen trago.
Las novelas negras en la Nueva Novela Latinoamericana no son convencionales y se escriben para hablar de los desacuerdos humanos. Presenta además una característica insólita y es que por momentos deja de ser un subgénero y se confunde con la novela a secas. Se vuelve novela costumbrista.
Podríamos incluso hablar de “novela negra involuntaria”: la crónica de una realidad, las preguntas graves de una región, como la nuestra, que sigue sacando huesos debajo de sus hermosas montañas, planicies y valles. Es otra modalidad de esa búsqueda por comprenderse mejor, a sí mismos y a lo que nos rodea: la sociedad globalizada, las economías emergentes, el vacío ideológico, el choque de generaciones, el terrorismo del odio racial, religioso o social, pero también el de la abulia, el terrorismo como forma para combatir el ocio; la inmigración desatada, los grupos neonazis que en la noche recorren las avenidas ventosas como huestes prehistóricas.
Es el tema, la negra realidad, lo que en ocasiones da el color predominante, el sombreado, los grises de fondo y el violeta, que puede ser el de la sangre.
Pondré dos ejemplos de esta “novela negra involuntaria”: es el color de los libros de Rodrigo Rey Rosa en Guatemala y de Horacio Castellanos Moya, en El Salvador, escribiendo la historia reciente de Centroamérica.
Hablando de su propio país, Castellanos Moya le hace decir a uno de los personajes de su novela El asco lo siguiente:
Moya, este país está fuera del tiempo y del mundo, solo existió cuando hubo carnicería, solo existió gracias a los miles de asesinados, gracias a la capacidad criminal de los militares y los comunistas, fuera de esa capacidad criminal no tiene ninguna posibilidad de existencia.
Ahí está la literatura: abriendo una ventana terrible que nos acerca al horror, pero sin padecer sus consecuencias, asistir a él sin peligro. Visitar la frontera final, la última trinchera de la condición humana y regresar sin cicatrices. Así define Kant lo sublime: la contemplación de lo aterrador desde un lugar seguro.
Esta es la negra realidad. El novelista solo la persigue. La realidad convierte su novela en novela negra.
Miremos el principio de Piedras encantadas, de Rodrigo Rey Rosa. Dice así:
Guatemala. Centroamérica.
El país más hermoso, la gente más fea.
Guatemala. La pequeña república donde la pena de muerte no fue abolida nunca, donde el linchamiento ha sido la única manifestación perdurable de organización social.
Ciudad de Guatemala. Doscientos kilómetros cuadrados de asfalto y hormigón (producido y monopolizado por una sola familia durante el último siglo). Prototipo de la ciudad dura, donde la gente rica va en blindados y los hombres de negocios más exitosos llevan chalecos antibalas. La metrópoli precolombina que financió la construcción de grandes ciudades como Tikal o Uaxactún —y sobre la que fue construida la actual— había alcanzado su auge económico a través del monopolio de la piedra obsidiana, símbolo de la dureza de un mundo que desconocía el uso del metal.
Ciudad plana, levantada en una meseta orillada por montañas y hendida por barrancos o cañadas. Hacia el Sureste, en las laderas de las montañas azules, están las fortalezas de los ricos. Hacia el Noreste y el Oeste están los barrancos; y en sus vertientes oscuras, los arrabales llamados limonadas, los botaderos y rellenos de basura, que zopilotes hediondos sobrevuelan en parvadas “igual que enormes cenizas levantadas por el viento” —como escribió un viajero inglés— mientras la sangre que fluye de los mataderos se mezcla con el agua de arroyos o albañales que corren hacia el fondo de las cañadas, y las chozas de miles de pobres (cinco mil por kilómetro cuadrado) se deslizan hacia el fondo año tras año con los torrentes de lluvia o los temblores de tierra.
Esta descripción contiene un eco sutil de la imprecación de Ixca Cienfuegos a México, DF, al inicio de La región más transparente, de Fuentes, que podría ser la descripción de muchas otras ciudades de la región, casi diría: de cualquiera de nuestras presuntuosas y violentas aldeas.
Sin embargo, Piedras encantadas se acerca más al género negro clásico porque hay un crimen y una investigación. Un niño es atropellado y el conductor huye. Una cosa normal por estos lados. Recuerdo que un conocido abogado me dijo una vez, en Bogotá, que no había que ponerle calcomanías llamativas a los carros ni aceptar placas con números repetidos o capicúas para, en casos así, poder escapar y que nadie memorizara nada. Escapar, escapar, es lo que todo el mundo hace, porque, en el fondo, nadie es inocente en estas ciudades sin ley. Todos, de algún modo, son asesinos, y tal vez por eso nunca hay justicia.
Porque aun si se esclarece el crimen, no se condena a nadie.
No se recupera la armonía, como en la novela anglosajona. Pero es que ellos son protestantes y creen en ciertos principios. En el mundo anglosajón las leyes humanas deben triunfar y el orden, temporalmente deshecho por una anomalía, debe restablecerse. Entre nosotros no: somos hijos de la Contrarreforma, del hombre que reta a dios y sus leyes y es perdonado.
Nuestro antepasado es un Juan Tenorio sentado en una cafetería de Ciudad Guatemala o Monterrey o San Salvador, esperando que no empiece una molesta balacera que le impida terminar tranquilo su desayuno. Aquí el triunfo de la ley es poco realista. Por eso la figura del detective es infrecuente.
El detective, en América Latina, es más bien una metáfora. Un modo de mirar, un modo romántico de estar solo.
Es también un modo de ser poeta.
“Soñé que era un detective latinoamericano muy viejo”, dice Roberto Bolaño en un poema, “Vivía en Nueva York y Mark Twain me contrataba para salvarle la vida a alguien que no tenía rostro. Va a ser un caso condenadamente difícil, señor Twain, le decía”.
Una de las mejores novelas publicadas en español en las últimas décadas se llama Los detectives salvajes y sus personajes son poetas.
Pasando a otros argumentos, la Nueva Novela Latinoamericana contiene muchos otros géneros, como la novela histórica. Pero tampoco es novedoso, es también una larga tradición de América Latina, desde Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri, o libros como Terra Nostra, de Carlos Fuentes. Siempre he creído que los novelistas que tuvieron infancias tristes escriben novela histórica, pero es solo una hipótesis. Yo tuve una infancia feliz.
Lo que sí parece casi definitivo es la predominancia de la novela urbana. Nuestras ciudades lo abarcan todo, y no es para menos.
Y otra característica interesante, y quizá la más novedosa: el ascenso de novelas que son más bien crónicas de hechos reales, familiares o personales, pero narrados con las herramientas de la novela. Es el caso de El olvido que seremos, de Héctor Abad, El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel, o Canción de tumba, de Julián Herbert. Tres libros que narran hechos reales, pero con las armas de la ficción.
Y ya para terminar, ¿cómo es el escritor de esa nueva narrativa latinoamericana? La verdad es que al verlo de lejos es una persona bastante banal. Ya no es un héroe, como en la época del Boom. Tal vez diría que ningún país latinoamericano le ha vuelto a dar a ningún escritor ese rol casi mitológico que le dio a los autores del Boom. No, eso no volvió a suceder y tal vez sea mejor así. Hoy el escritor es solo un escritor, nada más que eso. Un tipo que escribe, una mujer que escribe.
    
 
 

sábado, 19 de noviembre de 2011

De los noventa para acá

19/Noviembre/2011
Babelia
Santiago Gamboa

1. Fogwill y la libertad de escribir

Vi por primera vez a Fogwill en Barcelona, a fines de los noventa, en una feria del libro. Cuando le pasaron el micrófono saludó al público diciendo: "Les tengo una mala noticia: no soy un desaparecido". Me pareció toda una revelación, incluso una declaración estética. Lo que en el fondo estaba diciendo era: "No soy lo que ustedes se imaginan o quieren que yo sea". En suma: no soy el escritor argentino que ustedes están acostumbrados a recibir, porque ni fui torturado ni luché por la libertad ni estuve en la cárcel. No soy un desaparecido.

Estas palabras sugerían algo más: el escritor latinoamericano no tiene que ser de un modo específico. No estaba de más decirlo, recalcarlo, pues a principios de los noventa la exigencia europea -y probablemente norteamericana- a ese escritor era muy precisa: sus libros debían contener exotismo, evasión y por supuesto revolución, y él mismo, de algún modo, ser un héroe de la gesta latinoamericana. Un desaparecido. El que mejor respondiera a esto era el más exitoso y Europa parecía el único destino posible.

2. Crack, McOndo, Líneas aéreas y otros

Mi generación comenzó a publicar en los años noventa en medio de este panorama y por eso buscó otros modelos. Si el "posrealismo mágico" era el sello que predominaba, mi generación estuvo entre dos polos: de un lado Vargas Llosa y Fuentes, y del otro Borges.

Narraciones que transitan lo real y lo irreal de la realidad, o meta narraciones en torno a la literatura. Y en cuanto a los escritores del post-boom, los preferidos fueron los más alejados del realismo mágico: Sergio Pitol, César Aira, Fogwill, Fernando Vallejo y, en lo relativo a la novela negra, Paco Taibo II.

A pesar de que en los noventa aún se percibía como necesaria la "bendición" editorial europea -sobre todo española-, no se escribía para ellos y sus estereotipos. Si con el tiempo fueron leídos en Europa fue porque las editoriales europeas y sus lectores cambiaron, comprendieron que América Latina había cambiado.

La antología McOndo, de 1996, mostró uno de los perfiles de la "joven narrativa" de esos años, y se vio que ésta sería como la definición que da Stephen Dedalus del arte irlandés, un "espejo quebrado". Mil astillas disgregadas en experiencias de todo tipo: nihilismo juvenil, amor y sexo, soledad, drogas, la amistad o la traición, nuestras turbias y presuntuosas aldeas latinoamericanas.

En simultánea pero al otro extremo del continente (McOndo salió en Chile dos meses antes), en México, los jóvenes Volpi, Padilla, Palau y Urroz hicieron público el manifiesto del Crack (1996), el cual abogaba, entre otras cosas, por novelas complejas, ambiciosas, totales. Una herencia de la mejor literatura del boom. Hijos de Terra Nostra y Conversación en La Catedral. Descendientes de Octavio Paz y Alfonso Reyes. Mexicanos que reivindicaron todas las tradiciones, filosofías y literaturas. Mexicanos.

La antología Líneas aéreas, publicada en España en 1999, reunió a todos los anteriores y sumó otros tantos hasta llegar a la cifra de setenta escritores, setenta hombres y mujeres nacidos en América Latina que escribían con absoluta libertad, siguiendo cada uno sus propias influencias, armando su propio "árbol de la literatura", como dice Goytisolo, tal vez con el único rasgo común de no seguir ninguno la estética del "realismo mágico", no por negar a García Márquez sino por haber comprendido -es mi hipótesis, fue mi caso- que esa estética se agotaba con su genial creador y, vista la experiencia, no admitía seguidores sino copistas.

A lo anterior se sumaron otros que por algún motivo -sospecho que por su año de nacimiento- no quedaron en las mencionadas antologías, pero que con el tiempo se convirtieron en la gran delantera de esta literatura, nada menos que Roberto Bolaño, Héctor Abad Faciolince, Mario Bellatín, Rodrigo Rey Rosa, Juan Villoro, Horacio Castellanos Moya, Martín Caparrós, Evelio Rosero o Arturo Fontaine, entre otros.

Si al principio decía que estas generaciones no empezaron a escribir satisfaciendo estereotipos europeos, hoy es notorio que sus lectores son mayoritariamente latinoamericanos. Tal vez con la excepción de Bolaño, que fue un best seller en lengua inglesa, los latinoamericanos de hoy tienen muchos más lectores en sus propios países que en Europa o Estados Unidos.

3. Bogotá 39, el siglo XXI

Los que empezaron a publicar en el siglo XXI, o los más jóvenes de los grupos anteriores, se reunieron en el congreso Bogotá 39, donde el "espejo quebrado" de la anterior literatura siguió dispersándose hacia experiencias aún más disímiles e inabarcables -lo único común, de nuevo, es no seguir el realismo mágico-. ¿Tendencias? Todas. La autoficción en Alejandro Zambra o Iván Thays, la literatura de la historia en Juan Gabriel Vásquez, el inconsciente alterado en Guadalupe Nettel, Antonio Ungar o Andrea Jeftanovic, la novela histórica de Juan Esteban Constaín, la América Latina de film y en inglés de Daniel Alarcón.

Después del Bogotá 39 la rueda siguió girando, y hoy, entre otros muy jóvenes, han sobresalido Tryno Maldonado y Yuri Herrera en México, Andrés Felipe Solano en Colombia o Pola Oloixarac en Argentina. Más todos los que no conozco u olvido.

En suma, ¿América Latina hoy? Una cantidad de autores de diferentes generaciones, con todas las tendencias que existen en la literatura, y que esperan ser leídos más por su calidad que por la aún mágica o mítica y muchas veces trágica región en la que nacieron.