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domingo, 14 de mayo de 2017

“Soy un fantasma, no existo”

14/Mayo/2017
Confabulario
Eduardo Cruz Vázquez

Al morir a los 96 años el 9 de agosto de 2016, Álvaro Castaño Castillo legó para la historia de la radiodifusión cultural un patrimonio impresionante. Fundada en 1950, la HCJK, en el 89.9 de FM, la radio “de la inmensa minoría”, fue una emisora privada de Colombia. En el año 2005 se mudó a internet, ya que el modelo de negocios se agotó. A la fecha se puede escuchar la incesante y deliciosa programación que animó por tanto tiempo (www.hjck.com).
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En virtud de mi trabajo como agregado cultural de la Embajada de México en Colombia, de 2001 a 2005 estreché una gran amistad con Álvaro. Afectos que me acercaron a su esposa Gloria Valencia (fallecida en 2011, otra gran figura de la cultura colombiana), con sus hijos Rodrigo (quien falleció en febrero de 2015) y con Pilar. Al magnífico equipo de colaboradores permanecí vinculado hasta el año pasado, pues de colaborador semanal en la HCJK pasé a ser su corresponsal. Cada semana, durante 15 años, no dejé de hacer mi reporte.
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La radiodifusora de “El Mundo en Bogotá”, generó el mayor de los acervos sonoros no sólo de Colombia, quizá de los países de habla hispana. Gran parte de ellos los donó Álvaro al Gobierno Nacional.
Durante aquellos años de estancia, salieron a relucir diversos registros del paso de Juan Rulfo por Cali. En 1979 Gloria Valencia conducía el programa Correo cultural, en el canal RTI. En el mes de agosto, en el marco de un Encuentro de Narrativa Hispanoamericana promovido en Cali por Amparo Sinisterra de Carvajal, entrevistó a Juan Rulfo.
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La entrevista de la única visita del escritor mexicano a Colombia fue transmitida al aire y grabada sólo en audio para la HJCK. Por razones técnicas, lamentablemente sólo se conservaron siete minutos de conversación. Tal testimonio salió del olvido y lo dimos a conocer en exclusiva en la sección cultural de EL UNIVERSAL el 9 de marzo de 2005, al cumplirse en dicho mes los 50 años de la publicación de Pedro Páramo.
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“Callado y tímido, conversamos cosas muy brillantes”, me dijo en el momento del hallazgo Gloria Valencia. Al final de esa entrevista, entró a cuadro el escritor Manuel Mejía Vallejo y obtuvo una hermosa respuesta del autor de El llano en llamas, que da título a esta publicación.
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Por otra parte, en El Semanario, “la revista del pueblo” de Cali, el entonces joven narrador Sandro Romero escribió una larga crónica del referido encuentro, en tanto el editor Hernando Guerrero, publicó tres fotografías de su autoría del Rulfo de entonces, por quien profesaba, al decir del ensayista Juan Gustavo Cobo Borda, una admiración “alucinante”.
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Con motivo del centenario del natalicio de Juan Rulfo, traemos de nuevo a estas páginas el portentoso pensamiento y la encantadora personalidad del escritor jalisciense, así como otros registros que me fueron donados por el sensacional e inolvidable Álvaro Castaño Castillo.
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El otro día hablando con alguien a quien usted conoce bien, repetíamos una frase clásica: que todo hombre viene del territorio de su infancia. ¿Cómo es esto para usted?
Bueno, es la nostalgia propiamente de la infancia, no es el territorio. Es el aire, el sol, la atmósfera en que uno vivió durante la infancia, durante la niñez. El territorio es en realidad muy complejo, no se puede ubicar en realidad cómo es exactamente. Más bien es un territorio inventado.
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¿No es recordado?
Es recordado por ciertas experiencias, pero no por ubicación.
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¿Hay algo fuerte que persista: la imagen del padre, un paisaje, un acontecimiento especial?
Bueno no, porque a mi padre no lo conocí.
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¿Tenía relatos de él?
No, ninguno, no lo conocí, él murió cuando yo tenía 4 o 5 años.
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No alcanza a recordarlo.
No.
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Pero entonces esa ausencia ¿no es importante también en su obra?
La sentí un tiempo, sí. En realidad no fue un sentimiento así, dijéramos de necesidad, sino de ausencia. Fue una cosa que pasó casi desapercibida.
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Sin embargo, ¿eso mismo no le dio una imagen fuerte de soledad que hay en sus personajes?
Efectivamente. Del pueblo donde nací pasé a un orfanatorio, entonces ahí la soledad fue todavía más cruel.
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Es indudable que es ésa la que encuentra uno en los personajes suyos. Hay otra cosa que las gentes se han preguntado acá, que usted mismo ayer dijo en un momento dado, cuando hablábamos de la autocrítica, la cual es destructiva según afirmó. ¿No cree que para usted precisamente ha sido destructiva?
La autocrítica llevada a extremos, a los extremos que yo la he llevado sí es destructiva, es negativa, eso ha impedido que se pueda producir, puesto que uno nunca está conforme con lo que hace.
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Por ejemplo, sobre su último libro usted contestó con su humor, que por cierto lo tiene a flor de piel y que le sale duro muchas veces, que su libro La cordillera se había quedado “en cerro”. ¿Qué nos quiso decir?
Bueno, que desapareció, desapareció definitivamente.
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¿De verdad lo destruyó?
Lo destruí, sí, lo tiré a la basura, pues no llenaba, no me satisfacía, era una cosa que me llevó a un callejón sin salida.
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Es interesante oírle a usted decir y pensar esto. ¿Ha visto la realización cinematográfica de Pedro Páramo (Carlos Velo, 1966)?
Sí. Fue, por cierto, una realización muy mala.
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Hablemos un poco de eso.
Bueno, en primer lugar porque quien la hizo era un biólogo que no sabía nada de cine. Entonces quiso ser original y dejó todo en manos de los actores; actores por cierto muy malos, y les dejó todo el movimiento de la película.
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Hay una imagen buena, la del comienzo.
Bueno, sí.
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Esa llegada es buena.
Sí.
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Es bien hecha.
Bueno, la segunda versión es mejor. No creo que haya llegado aquí. En México nada más la exhibieron durante dos semanas.
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¿Fue un fracaso?
Duraba mucho tiempo, tres horas. Entonces parecía que el director José Bolaños, que era esposo de la actriz Venecia Viarello, entregaba más bien la persecución de Susana San Juan, porque toda la película la relacionaba con eso. Entonces los Estudios Churubusco pensaron que era demasiado cargar, hacer énfasis sobre un solo personaje.
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Usted habla de su película además con un conocimiento cinematográfico, ya que ha tratado de incursionar en el mundo de las imágenes después de que tiene dominado el mundo de las palabras. ¿Le gustaría seguir por el lado cinematográfico?
A mí me gusta el guión cinematográfico, lo he hecho. Hice una película que se llama El gallo de oro, luego hice una que se llamó El despojo, después otra que se tituló finalmente La fórmula secreta, pero se llamaba Coca Cola en la sangre, que era a base de pesadillas de un hombre que le están inyectando en lugar de suero Coca Cola. He supervisado algunas películas, aunque el cine en realidad no me interesa como profesión, como oficio, pero he tenido que incursionar en eso.
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Manuel Mejía Vallejo: Alguna vez Miguel Ángel Asturias, en uno de los reportajes que me concedió, me dijo: “Yo hubiera cambiado toda mi obra por Pedro Páramo”. Yo le preguntaría a Juan Rulfo si hubiera hecho ese cambio.
Es natural que no. La obra de Miguel Ángel Asturias es muy importante. Ahora, fue una amabilidad de Miguel Ángel, que siempre fue un hombre muy consecuente, pero no creo que lo haya dicho exactamente.
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Usted tiene en su obra un aspecto permanente sobre la soledad y la muerte. A veces, cuando lo veo, me lo imagino como un fantasma creado por usted mismo.
Así es. Soy un fantasma, no existo. Es un mito la existencia, mi existencia. En realidad a veces pienso que no existo.
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RULFO ALZA LA VOZ
Durante su participación en el Encuentro de Narrativa Hispanoamericana, realizado en agosto de 1979 en Cali, Colombia, esto fue lo que dijo Rulfo sobre su obra y su apreciación de la literatura mexicana:
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Estuve buscando muchos editores y no me quisieron publicar hasta el año 53. Ya tenía escrito mentalmente Pedro Páramo. Considero que es anterior a los cuentos. No encontraba la fórmula para contarla. Al escribir los cuentos me dediqué a hace   r una especie de ‘ejercicios literarios’ hasta que por fin encontré, en un cuento que se llama “Luvina”, la atmósfera que necesitaba para Pedro Páramo. Si se publicaron primero los cuentos, fue porque ya habían los suficientes medios para hacerlo, y entonces me dediqué exclusivamente a la novela. Es una cosa que siempre me he reservado: Pedro Páramo es anterior a El llano en llamas”.
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Me quedaba después del trabajo a escribir. No tenía amigos ni a donde ir. Así que escribí una novela que titulé provisionalmente El hijo del desaliento. Fue una novela que, como ustedes pueden suponer, fue a parar a la basura, como otras que también fueron a parar al mismo lugar”.
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La novela mexicana ha caído en el terreno de la pornografía, el escándalo y la comercialización. Grijalbo ha incrementado este tipo de literatura. Si antes vendía best-sellers norteamericanos, ahora vende escándalo. Han aparecido seis u ocho escritores que exclusivamente escriben eso, novelas llenas de vulgaridades, pero como se dice, de sal, de pimienta, que llaman la atención y que el público que no lee literatura, la consume. Así como se venden los cómics, así se venden esas obras. Puedo citar nombres: Parménides García Saldaña, Gustavo Sáinz, José Agustín, Luis Zapata; tres o cuatro más que escriben pornografía absoluta”.
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El acierto más grande de Carlos Fuentes fue La muerte de Artemio Cruz. En cambio Terra Nostra está plagada de esa obsesión de hacer farragosa alguna cosa. Carlos Fuentes no sacrifica nada. No tacha nada de lo que escribe. Cree que cualquier línea es valiosa y eso le ha perjudicado. Terra Nostra podría haber sido una novela magnífica. Se le fue de las manos… Debería de concretarse a lo que conoce: la historia de México. El problema es que él no conoce su país. Al principio quiso imitar a su padrino Octavio Paz. Lo ha superado en muchos aspectos, sobre todo en el terreno de la ficción. Lo que me molesta de Fuentes es que trabaja sus obras con el conocimiento y no con la imaginación. Y esto es una falla”.
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SUSURROS PROPIOS Y AJENOS

Testimonio difundido tras la muerte de Rulfo, en 1986, por la Radio Exterior de España
Dijo durante una de sus visitas a Madrid: “Todos mis personajes son mestizos. Totalmente… muchos son criollos. Nunca he utilizado personajes indígenas. Considero que es muy difícil entrar dentro de la mentalidad indígena, eso lo harán los antropólogos, ¿verdad? Yo no me considero antropólogo, y eso es un terreno muy difícil para un escritor no antropólogo, querer abarcar un mundo que es realmente ajeno a nuestra idiosincrasia occidental”.
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Testimonio de Günter Grass en la Biblioteca Nacional de Berlín Occidental, emitidos en 1982 por la Radio Exterior de España
Es notable que Juan Rulfo, con una obra tan reducida, se haya hecho de un renombre tal y que al mismo tiempo en esas dos obras se incluya todo lo que caracteriza a la literatura latinoamericana actual. Se tiene la sensación de que entre en esas pocas narraciones queda tanto espacio que toda una joven generación de autores la siguiente, encontró ahí su sitio y aprendió de Juan Rulfo.
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Es uno de los padres de la literatura latinoamericana moderna. Gabriel García Márquez en un artículo ha llamado la atención sobre cuán importante fue para él siendo joven, la lectura de esos cuentos y cuánto lo incitaron, o mejor dicho, lo animaron a tomar por asalto los espacios libres. Y es así como a veces sucede que una narración de gran aliento como la de Guimaraes Rosa o la de García Márquez, son como algo así como la continuación de aquello que se inició con Juan Rulfo”.

sábado, 24 de enero de 2015

Una temporada con Berny

24/Enero/2014
Laberinto
Eduardo Cruz Vázquez

En vista de los preparativos del viaje de José Emilio Pacheco a Colombia en el verano de 2004, el poeta y el agregado cultural iniciaron una cálida amistad epistolar. Este texto recupera sus mejores momentos

Como agregado cultural de la embajada de México en Colombia entre junio de 2001 y agosto de 2005, si algo disfruté fue organizar la visita de los exponentes de nuestra cultura. Tan entrañable fue la de José Emilio Pacheco a mediados de junio de 2004 que generó un breve pero intenso intercambio epistolar: mensajes que son cartas que revelan desde las minucias del viaje, pasando por las angustias del trotamundos, hasta emociones vitales al momento de teclear en la computadora.

Al recobrar de mis archivos de ese tiempo colombiano los correos de José Emilio Pacheco (fluyeron del 18 de marzo al 24 de agosto), no exagero al decir que siento su voz. Pocos tienen la dicha de escribir como hablan, de ser leídos como si estuvieran de frente. Al cabo de más de diez años después de esa temporada, a un año de su fallecimiento, Berny el apellido materno de José Emilio Pacheco aparece lleno de intensidades y sabiduría.
Los preparativos
Para la visita de José Emilio se combinaron dos invitaciones: una de la Universidad Nacional de Colombia, a través del escritor Fabio Jurado, con el fin de rendirle un homenaje; la otra del Festival Internacional de Poesía de Medellín. Cuando pactamos su estancia, aún no ganaba el Premio Pablo Neruda. Y cuando ocurrió el fallo, resultó un privilegio que llegara a Colombia antes de recibir el galardón.

En esos años de diplomacia cultural conté con el apoyo de dos extraordinarias colombianas: Olga Beltrán y Paola Cortés. A Paola le tocó velar por la infinidad de detalles que imponía el periplo de José Emilio Pacheco.

El primer correo data del 18 de marzo de 2004. Lo pongo tal cual:
De: berny1939@yahoo.com
A: angol97@yahoo.com.mx
Querido Eduardo:
Muchas gracias por todo lo que has hecho, por la carta y por el mensaje electronico (sic). Perdona mi silencio pero no habia (sic) recibido nada hasta hoy.
Me parece muy generoso el plan de Colombia. Lo unico (sic) es que no se (sic) si a esta edad tendre (sic) fuerzas para resistir el programa. Respecto a la conferencia, se me ocurre algo respecto al encuentro de Bogota (sic) de Tablada y el joven Pellicer en que se origina la vanguardia mexicana. Si es de tu interes (sic) y de los maestros de la universidad sigo adelante. En caso contrario buscare (sic) otro tema.
Te escribo desde la Universidad porque en la casa, si asi (sic) puede llamarse, no tengo aun Internet. No me se (sic) el numero (sic) de fax y del telefono (sic). Te llamo manana (sic) para saludarte y para dartelo (sic). Perdona la falta de acentos. Ignoro como (sic) poner el teclado en espanol (sic),
Te mando un gran abrazo con todo mi afecto
Jose Emilio
Amarrar una agenda de visita es una labor extenuante. José Emilio fue muy organizado.
Del correo del 3 de mayo destaco estas palabras: “Todo me parece bien excepto las entrevistas. Detesto las entrevistas y no quisiera tener atención ninguna sobre mi persona, por lo demás bastante gris”. “Me parece terrible perder ante una grabadora lo único que tenemos: nuestra manera de ordenar las palabras”.

Y del correo del 6 de mayo lo siguiente: “Dile por favor a Paola que hago con ella lo que aquí llaman blind date y que si me acompaña acepto con gusto hasta el martirio de las entrevistas.
“La emoción especial es que, excepto la ceremonia inevitable en Chile, el viaje a Colombia será mi despedida. Se acabaron las lecturas y presentaciones. Ya llegué (en junio) a la tercera edad que es como el tercer mundo: la séptima o novena”.

Cierto, no tuve el cuidado de conservar mis correos. Sin embargo, José Emilio me deslumbró con la cadencia y el seguimiento en las comunicaciones. El 8 de mayo escribió: “Hice mal en adelantarte mis justificables sentimientos de retirada. Son un buen deseo y, como tal, no depende de mi voluntad. Pero no miento cuando te digo que llegué tarde al mundo del espectáculo.

“No me gusta verme ni escucharme. Estos dos factores, o mejor dicho sus contrarios, son indispensables para moverse en el (sic). Pero dime tu (sic) si alguien puede negarse a lo que has organizado en Colombia”.
Los tesoros
En esos meses de 2004, con ayuda de mi querido amigo Marco Antonio Campos (hoy en día un extraordinario “colombiólogo”), me di a la tarea de revisar mi pobre producción poética (fui becario Salvador Novo del Centro Mexicano de Escritores en 1983). Por supuesto, no resistí la idea de pedirle a José Emilio Pacheco su lectura y opiniones. Y eso dio paso a una cauda se sentimientos, entre ellos transmitirle que me veía como un viejo.

Al tenor, Berny me escribió el 9 de mayo. “No sabes cuánto te agradezco esta amistad invisible (por Internet y por teléfono). A lo mejor al vernos las caras no sabremos qué decirnos”. “Yo cometí la estupidez de sentirme viejo a los 30 y ahora que de verdad lo soy comprendo mi error ya irreparable”.

Al dialogar sobre el género epistolar, llegó este bello mensaje el 14 de mayo:
La carta poseía una intimidad que no puede alcanzar este nuevo medio. En tres meses y medio no recibí ninguna. Esa emoción de la que hablas se perdió para siempre. Nunca tuve talento para el género y, sin embargo, escribí muchísimas. Nunca guardé copia. Lo aterrador es que muchas de ellas ahora están en los archivos, no por mi (sic) sino por las amigas y los amigos que se volvieron famosos. Es horrible que alguien diga: “Estuve leyendo tus cartas en el fondo reservado de Donoso en Princeton”. Nunca seguí el consejo de Churchill: “Jamás escribas una carta que te avergonzaría ver publicada”.
Me avergonzarían todas, no por lo que digo sino por su falta de vuelo literario. El último gran corresponsal fue Octavio Paz. De las muchísimas cartas que me envió hay (una) que apareció en Vuelta acerca de Jorge Cuesta.
Gracias por enviarme lo de Botero. Está muy bien.
Saludos a Paola y un gran abrazo.
Flashes entre Bogotá y Medellín
A su llegada al altiplano, disfrutamos de un almuerzo con comida del Valle de Cauca, en el restaurante Fulanitos de La Candelaria. Recorrimos el barrio y los museos del Banco de la República. Me enteré entonces de que había entregado al Banco su colección de grabados de Francisco Toledo para su exhibición y resguardo. Así fue la generosidad de José Emilio Pacheco.

Nuestro recordado escritor se fajó bien con la agenda. Atendió todos sus compromisos, incluyendo numerosas entrevistas. Paola lo recuerda agobiado por la gente en Medellín, amable y discreto, y me cuenta al teléfono que al llegar a la ciudad de la eterna primavera, al subir a su habitación de un céntrico hotel, tan pronto entró al baño y abrió la llave... vino una fuga que de tan incontrolable los llevó a salir corriendo a otro hotel de la ciudad.

De su andar bogotano, cómo olvidar una compra callejera. Al caminar por la Zona Rosa, rumbo a la emisora cultural HJCK, nos abordó un vendedor de plumas. Con la musicalidad y rapidez que puede alcanzar un rolo al hablar, le vendió una fabulosa Montblanc. Traté de persuadir a José Emilio. Fue tal su emoción que no dudó en adquirirla. Pocas horas después, me la obsequió: “La mandas a arreglar o le reclamas al vendedor”. Ni una ni otra cosa pude hacer.

Esa tarde la fotógrafa Indira Restrepo, en plena calle, disfrazó a José Emilio Pacheco. Convirtió su saco en una suerte de gabán de detective, le puso lentes oscuros y tomó la bella y enigmática imagen de un maestro que se rindió a todas las muestras de cariño y admiración: una recepción en la embajada de Chile, una cena en una tienda de antigüedades de La Candelaria, una lectura ¡enorme! en la Casa de Poesía Silva...

Creo que Berny estuvo una semana. Y para fortuna de los colombianos, regresaría en 2009.
En julio de aquel 2004, falleció mi padre. Confieso que dejé de escribirle a José Emilio Pacheco. El 24 de agosto llegó este breve mensaje. “Me alegra haber correspondido mínimamente a todo lo que te debo. Espero con ansia el libro publicado. Es muy distinto leer los textos que en manuscrito. Abrazos”. No volvimos a encontrarnos.