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sábado, 21 de enero de 2017

Obras completas de Juan Rulfo

21/Enero/2017
Laberinto
José Emilio Pacheco

Hay que decirlo una vez más: el prestigio de Juan Rulfo crece, como aumentó la fama de E. M. Forster, con cada nuevo libro que no publica. Él puede estar tranquilo con dos obras maestras que muchos otros han intentado en vano a través de cincuenta volúmenes. Pero su silencio es una catástrofe para nuestra literatura. 

Como número 13 de la Biblioteca Ayacucho de Caracas empieza a circular la Obra completa de Juan Rulfo. La admirable edición de Jorge Rufinelli inaugura una nueva etapa de los estudios rulfianos, una industria que en materia de páginas ya centuplica a su materia prima. A los libros canónicos se añaden los dos fragmentos de Ur-Rulfo o Rulfo antes de Rulfo: “La vida no es muy seria en sus cosas” (1945) y “Un pedazo de noche” (1940, publicado en 1959), así como los dos textos para cine rescatados por Jorge Ayala Blanco.

Respecto a ellos: para entender “El despojo” hace falta una descripción de las secuencias que rodean el laconismo extremo de los diálogos. Por lo que hace a “La fórmula secreta”, uno se pregunta si Rulfo entregó el texto en prosa y las líneas de dividieron como aparecen ahora para buscar alguna simetría con la imagen. Al publicarlo en verso parece conveniente una disposición más de acuerdo con el ritmo interno. Por ejemplo la estrofa de la página 206 se leería de este modo:

Cuando dejemos de gruñir como avispas en enjambre
o nos volvamos cola de remolino,
o cuando terminemos de escurrirnos sobre la tierra
como un relámpago de muertos,
entonces
tal vez nos llegue a todos el remedio. 


Refutación de una leyenda 
Para “completar” esta Obra ¿pudo añadirse algo más? Se sabe de un prólogo a Nuño de Guzmán y de textos ocasionales sobre Elena Poniatowska y Alberto Gironella. Rufinelli quiso ceñirse a lo que es ficción estrictamente, aunque la extrema parquedad de Rulfo hace de cada línea suya un tesoro digno de conservarse.

El autor pidió que se cambiara el orden de los cuentos. El llano en llamas queda completo ahora con “Paso del Norte”, suprimido en la novena reimpresión, en realidad segunda edición de 1969, que añadió “La herencia de Matilde Arcángel” y “El día del derrumbe”, los últimos cuentos que publicó Rulfo en 1955 y los únicos aparecidos después de sus libros si se exceptúan las tentativas de los años cuarenta.

Gracias a la minuciosa cronología preparada también por Rufinelli, sabemos el orden en que se escribieron o al menos se dieron a conocer algunos cuentos (del resto no hay publicación en revista). 1945: “Macario” y “Nos han dado la tierra”. 1948: “La cuesta de las comadres”. 1950: “Talpa y “El llano en llamas”. 1951: “Diles que no me maten”. Y los dos citados de 1955.

Aquí conviene salir, por vez primera en forma pública, al paso de una leyenda que ha alcanzado cierta difusión oral por nuestras inclinaciones a pretender que sabemos la historia secreta de algo y suponer que Shakespeare no escribió las obras de Shakespeare sino lo hizo un contemporáneo suyo que tenía el mismo nombre.

Unas cincuenta veces este redactor ha escuchado, en labios de interlocutores que pretenden hacerle la gran revelación, la teoría delirante de que en 1955 Rulfo entregó al Fondo de Cultura Económica un manuscrito informe y cercano a las mil cuartillas. De ellas, se dice, el poeta Alí Chumacero extrajo Pedro Páramo a base de recortes, tachaduras ycollages.

Otras cincuenta veces la respuesta ha sido desmentir la versión y restituirle a Rulfo la autoría absoluta de su gran obra. Las bases para la administrativa calumnia son: a) en efecto, como funcionario del FCE, Alí Chumacero ordenó los cuentos de El llano en llamasen la disposición que conservaron en las ediciones anteriores a la presente; b) por esos años Juan José Arreola dedicó gran parte de su tiempo a la actividad, insólita entre nosotros, de reescribir gratuita y generosamente muchos libros ajenos pero en modo alguno los de su amigo Rulfo.

Por lo demás, y como se sabe, las editoriales mexicanas no hacen ni han hecho nunca trabajos de “edición” en el sentido que posee el término en lengua inglesa. Si Alí Chumacero hubiese sido el Maxwell Perkins de este Scott Fitzgerald, no hubiera reprochado a Pedro Páramo, en la reseña inicial que se escribió de este libro, precisamente “una desordenada composición que no ayuda a hacer de la novela la unidad que, ante tantos ejemplos que la novelística moderna nos proporciona, se ha de exigir de una obra de esta naturaleza”. 

El silencio de Rulfo 
Rufinelli no cancela las lecturas míticas que se han hecho de Rulfo pero nos pide que consideremos el contexto histórico y social de su obra: el despoblamiento del campo, la violencia y la corrupción que han convertido el éxodo campesino a los centros urbanos en uno de los más agudos y explosivos problemas nacionales. Casi todos descendemos de gente que tuvo que abandonar su tierra: así pues, reconocemos en Rulfo viejas historias familiares. Al margen de su gran calidad artística, esta circunstancia explica su éxito mejor que la veneración al escritor que escribe poco o ya no escribe, y por tanto ya no amenaza ni molesta al prestigio autoconferido de nadie.

¿Dijo Rulfo cuanto tenía qué decir y prefirió callarse a repetirse? ¿No ha dicho aún su última palabra? Imposible responder a estas interrogantes. El talento de un escritor constituye un recurso natural no renovable. ¿Qué debe hacer con ellos una sociedad? Es un problema irresoluble como la educación de nuestros hijos. Entre el niño golpeado y el niño mimado, entre las facilidades y dificultades que se presentan a un escritor, hay un terreno que aún desconocemos. A juzgar por la evidencia todavía queda un espacio posible para las grandes obras aisladas. Lo que difícilmente volveremos a tener son condiciones que permitan a nuestros escritores madurar, al alcanzar la continuidad y mantener de principio a fin su excelencia literaria.



1 de agosto de 1977

domingo, 1 de marzo de 2015

“Apenas se escriben cuentos entre nosotros”

1/Marzo/2015
Confabulario
José Emilio Pacheco

La siguiente carta, hasta hoy inédita, fue encontrada por la reportera Yanet Aguilar Sosa en el archivo del Centro Mexicano de Escritores. En ella José Emilio Pacheco, entonces un joven de treinta años, solicita la beca de la institución al tiempo que hace una defensa del género cuentístico en México. “Tengo una afición incontrolable por el género”, afirma Pacheco tras exponer su proyecto que consiste en escribir un volumen de cuentos. Tres años después se publicaría El principio del placer, título que compila seis cuentos y una novela corta, y que le valió en 1972 el Premio Xavier Villaurrutia. La viuda del poeta, la periodista Cristina Pacheco, confirmó que se trata de un texto inédito y concedió su autorización para reproducirlo de manera íntegra.

***

25 septiembre de 1969

Centro Mexicano de Escritores A.C.
Valle Arizpe 18
México, D.F

Estimados señores:

Acaso mi solicitud les parecerá indebida o tardía, porque desde antes de los veinte años tuve oportunidad de ganarme la vida en actividades más o menos relacionadas con la literatura. Ya que me dejaban tiempo para leer, estudiar y escribir, juzgué conveniente no interferir en la posibilidad de que las becas fueran otorgadas a quienes con mayores méritos, no tuvieran la misma suerte que yo.

Al paso de los años aumentaron naturalmente mis obligaciones familiares; el espacio libre se fue reduciendo con la multiplicación de mis trabajos paraliterarios. Hoy, si gracias a ellos no tengo una necesidad económica muy grande, también carezco del tiempo necesario para dedicarme a lo que verdaderamente me importa. Así pues, hago esta petición como una tentativa de lograr una nueva oportunidad de escribir.

Sin embargo debo confesar que, para mí, lo más interesante de la posible beca es el método de trabajo. La abundancia de mis obligaciones periodísticas y editoriales me han conducido a un aislamiento cada vez mayor, y nada me gustaría tanto como escuchar opiniones críticas acerca de mis textos en proceso. Como es bien sabido, el desarrollo de nuestra ciudad acabó con la vida literaria de cafés y redacciones que tradicionalmente habían hecho posible un intercambio directo entre los escritores.

Para aspirar al generoso patrocinio del Centro Mexicano de Escritores, me comprometo a escribir una colección de doce o catorce cuentos. No puedo ofrecer un minucioso plan de este libro pues de él lo único que tengo es el deseo de hacerlo.

Junto a los temas que ofrece la vida contemporánea de la capital y del país, me gustaría aprovechar también las sugestiones –hasta ahora casi inexploradas- de la historia mexicana, que siempre ha ejercido una fascinación muy honda en mí. Quisiera utilizar las posibilidades literarias de algunos momentos determinados: la caída de Porfirio Díaz en 1911, el asesinato de Vicente Guerrero en 1831, para solo mencionar dos ejemplos.

El cuento parece haber perdido en los últimos años el sitio que tuvo en nuestras letras a partir del Modernismo. Aunque se han publicado obras importantes, en términos generales el cuento quedó atrás del desarrollo novelístico y de la indisoluble continuidad poética.

Hasta hace una década el cuento era considerado, en el peor de los casos, un aprendizaje para la novela y un ejercicio indispensable para todo escritor joven. Hoy apenas se escriben cuentos entre nosotros. Ello podría reflejar un fenómeno planetario: las funciones que llenó el cuento en los grandes semanarios a partir de los cuarenta del siglo xix, han sido ocupadas por las series de televisión y por el cómic. Es decir, por formas masivas, tecnificadas e industrializadas del cuento. El género  ha pasado a ser, pues, una materia prima para la industria de la diversión.

En México -más importador que exportador de películas para televisión y publicaciones dibujadas- revistas y suplementos que antes publicaban al menos un cuento por mes, dedican sus páginas a otros asuntos. En el mercado editorial se ha difundido la creencia de que los libros de cuentos no se venden: el lector busca nuevos materiales de lectura y no los ya conocidos a través de revistas. Contra este argumento puede citarse la venta alcanzada por algunos libros, no sólo los ya clásicos de Juan Rulfo y Juan José Arreola sino también los de Edmundo Valadés y Francisco Rojas González. Se dirá que son casos excepcionales pero excepciones resultan asimismo las novelas que sobreviven al año de su publicación. El noventa y ocho por ciento que forman las demás representan un sólido fracaso, fracaso que se extiende al terreno artístico: la ilusión de que existe un mercado abierto para todo tipo de  novelas lleva cada vez en mayor medida a editar libros muy mal escritos y apresuradamente concluidos.

En estas condiciones de hostilidad o desinterés hacia el género, resulta especialmente atractiva la idea de trabajar en un libro de cuentos. Como lector tengo una afición incontrolable por el género. Como escritor –aunque nada me cuesta confesar sin ninguna modestia que no he escrito ningún cuento que me satisfaga- lo siento más afín que la novela a mis posibilidades y también mis limitaciones.

Adjunto a estas líneas algunos datos biográficos y bibliográficos; así como ejemplares de mis dos últimos libros.

Les agradezco mucho su atención y los saludo muy atentamente


José Emilio Pacheco
Reynosa 63
México, D.F

sábado, 19 de abril de 2014

Asturias y García Márquez epílogo de una tragicomedia*

19/Abril/2014
Laberinto
José Emilio Pacheco

En la década de los setenta, el Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias catalogó a Cien años de soledad como un plagio de La búsqueda de lo absoluto de Balzac. Sus declaraciones desataron la ira de los amigos y lectores del colombiano, y el ataque de la prensa al escritor septuagenario. No obstante, más allá de los dicterios, nadie había llevado a cabo una justa reflexión sobre ese tema a partir de lo estrictamente literario. Presentamos el texto con que el escritor mexicano puso las cosas en su lugar

La nueva comedia de las equivocaciones empezó el sábado 19 de junio [de 1971] y se ha prolongado una semana. En la historia del periodismo nacional nunca antes una noticia literaria había ocupado las ocho columnas de una primera plana. La “Extra”, como se llama en el habla de la ciudad a la segunda edición de Últimas Noticias, informó: “Asturias acusa de plagio a García Márquez. Cien años de soledad es una grosera copia de una novela de Balzac”. 

El Premio Nobel de Literatura 1967 fue entrevistado en Madrid por el periódico Triunfo. Dijo a Luis Chao que la novela de García Márquez plagiaba La búsqueda de lo absoluto. Le Monde citó a Triunfo. France Press divulgó por todas partes lo que decía Le Monde. El mismo 19 de junio en la propia “Extra” Carlos Fuentes señaló lo absurdo de la acusación y sin proponérselo inició el deporte practicado en los siete días siguientes: “Péguele a Asturias”.

Guillermo Ochoa interrogó por teléfono a García Márquez el martes 22. Se limitó a reír y a callar con la certeza de que ante sus críticos la única respuesta posible de un escritor es su obra. Pero en todo el ámbito de la lengua española se ha alzado un clamor unánime contra Asturias. Poco antes de su muerte, Witold Gombrowicz protestó contra el lenguaje brutal y sin el menor asomo de respeto humano que se emplea en las controversias literarias. Lo que se ha dicho contra Asturias es un buen ejemplo: “viejo chocho, gagá, ablandado, idiota, ignorante, rencoroso y plagiario a su vez del Tirano Banderas de Valle Inclán en El Señor Presidente.”

Me había resistido a opinar sobre el tema porque considero indefendible la apresurada tesis de Asturias y me repugna sumarme a la cargada contra un escritor de 72 años que, de un tiempo a esta parte, ha visto levantarse en contra suya el favor y el prestigio de que gozó en otros tiempos. Sin embargo el escándalo prosigue. Ayer, viernes 25, arremetieron el diario Informaciones de Madrid y el escritor dominicano Juan Bosch, que equiparó a García Márquez con Cervantes y a su novela con el Quijote. Ya es tiempo de hacer una modesta propo- sición para que se devuelva este asunto al limbo del que nunca debió haber salido.

La corriente de la época milita en desfavor de Asturias. Él representa lo pasado, lo establecido, lo oficial, todo aquello que es obligado detestar: recibió el Nobel en tanto que Jean–Paul Sartre lo rechazó, aceptó ser embajador de un gobierno genocida, en tanto que García Márquez rehusó un puesto consular en Barcelona...

Atareados en decir que Asturias es un viejo cho- cho (y todos seremos viejos chochos a menos que la muerte nos dé oportuna licencia), nadie se ha tomado la molestia de comparar ambos libros. La algarabía es jubilosamente contemplada por aquellos sacristanes del antiintelectualismo que se desviven presentando a los escritores como bufones envidio- sos, peleoneros, serviles, enredados en pleitos de comadres y por completo ajenos a la trágica realidad de nuestros días.

Honore de Balzac nació en 1799, un siglo antes que Asturias. En 1834, entre La duquesa de Langeais y Papá Goriot, escribió La búsqueda de lo absoluto. En la organización final de La comedia humana esta novela figura entre Los estudios filosóficos. La edición mexicana traducida por Aurelio Garzón del Camino la incluye en el tomo XIV, páginas 525–689.

En Dovai, en el Flandes francés, Balzac sitúa la historia de Baltasar Claes, un discípulo de Lavoisier. A los 49 años, tras quince de matrimonio con Josefina Temnick, Claes habla con un polaco errante y se obsesiona por cumplir el sueño de los alquimistas: hallar lo absoluto, el principio que da unidad a todos los elementos, “la sustancia común a todo lo criado y modificada por una fuerza única”. Al encontrarla Claes podrá transmutar el plomo en oro, competir con la naturaleza y repetirla. (Como se sabe, hoy las transmutaciones se realizan por medio del bombardeo de los elementos en el ciclo- trón y en el reactor nuclear. La búsqueda alquímica que permitiría a los seres humanos igualar a los dioses concluyó fáusticamente en los infiernos de Hiroshima y Nagasaki.)

Los experimentos de Claes lo conducen al nau- fragio de su vida familiar y a la ruina total. Termina apedreado en la calle como un brujo. Moribundo, se incorpora en el lecho para repetir el “eureka” de Arquímedes. Expira con un terrible gemido mientras su yerno lee en un periódico que el polaco errante vendió a otra persona el secreto de lo absoluto.

El deber de un crítico para con un autor es leer su libro de principio a fin y palabra por palabra. Quienes, según Asturias, “han denunciado en América y Berlín las semejanzas entre las dos novelas” son incapaces de penetrar la sintaxis española o aplicaron la llamada “lectura dinámica” al dominio de la crítica. Allí debiera estar prohibido un método que antes del triunfo de la terminología sobre el lenguaje se llamaba simplemente “ojeadita” (con o sin hache). O bien abandonaron Cien años de soledad en la página 125 y dejaron para otra ocasión las 226 restantes.

Porque la única semejanza entre Balzac y García Márquez, tan remota que cancela hasta la simple sospecha de plagio, es la historia del primer José Arcadio Buendía, una entre muchas que forman esta novela. Las demás no tienen nada que ver con La búsqueda de lo absoluto ni con ninguna otra narración balzaciana.

Como se recordará, el fundador de Macondo queda deslumbrado por lo que el gitano Melquiades llama “la octava maravilla de los sabios alquimistas de Babilonia”: el imán. José Arcadio supone que el imán le servirá para sacar oro de la tierra. Sin embargo lo único que logra extraer es una armadura oxidada. En otra vuelta de los gitanos José Arcadio descubre las posibilidades incendiarias de la lupa gigante. Trata de emplearla como arma de guerra y sufre graves quemaduras. Más tarde obtiene de Melquiades algunos viejos mapas, un astrolabio, una brújula y un sextante. Se encierra al fondo de su casa y emprende arduos experimentos al final de los cuales descubre que la tierra es redonda.

En otras aventuras José Arcadio logra que vuele la canastilla de su hija Amaranta y quiere aprovecharlo para obtener una prueba científica de la existencia de Dios. Antes de que lo avasalle el frenesí del pensamiento, trata de aplicar los principios del péndulo a todo aquello capaz de moverse. Por último, entre 44 hombres lo amarran a un castaño del patio y, delirando en latín y discutiendo de teleología, permanece macerado por el sol y la lluvia. Su muerte provoca una silenciosa tormenta de flores amarillas.

Con esta simple guía puede probarse en el cotejo de ambos libros qué absurda e infundada es la acusación de plagio, como indicó desde un principio Carlos Fuentes. Por lo demás, si al juzgar a Asturias tenemos presentes sus errores y flaquezas, no olvidemos tampoco lo que Luis Harss escribió en Los nuestros, antes del premio y antes de la embajada: “Asturias ha hecho de su obra una especie de tribunal de apelaciones, refugio de los humildes con sus penas anónimas, templo de piedad y justicia donde claman las voces de los desposeídos. Y él, solidario y fraterno, los ha escuchado siempre”.
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*Junio 26 de 1971. Publicado con autorización de Cristina Pacheco.

sábado, 1 de febrero de 2014

El desierto del pasado*

1/Febrero2014
Laberinto
José Emilio Pacheco

1957 ya es una fecha tan remota como 1492. Vol- ver al 57 es adentrarse por unos minutos en lo que Chateaubriand llamó el desierto del pasado. Agradezco a Carlos Martínez Assad que permita recordar con ustedes el encuentro—para citar eltérmino de este quinto centenario— de dos mundos no por mexicanos y contemporáneos menos apartados hasta entonces. 

En la madrugada del domingo 28 de julio hubo el terremoto que echó por tierra “el ángel”, en realidad victoria alada, de la Independencia. No me reponía de aquellas impresiones, tan benignas ante las que me esperaban en 1985, cuando el miércoles 31 recibí una llamada que me sobresaltó: Carlos Monsiváis me invitaba a colaborar en la revista Medio Siglo. Había leído mis textos en Símbolo, una publicación estudiantil de la Facultad de Derecho, y me citaba para que conversá- ramos por la tarde en el café de Filosofía y Letras. Pregunté: “¿Cómo puedo reconocerlo, señor Monsiváis?”. Respondió: “Llevaré un clavel rojo en la solapa.” Escuché por vez primera

su carcajada. Se reía del lugar común, de mí, de sí mismo.

EL POETA DE LA C.U.
Conocía de lejos a Monsiváis. Acababa de leer en Medio Siglo su ensayo sobre literatura policial, asombroso para un adolescente de 18 años y todavía muy legible, cosa que no puedo afirmar acerca de mis textos iniciales. Indagué en torno a él. “Es un estudiante de Economía”, me dijeron. Una tarde me fue señalado en un corredor: “Mira, ahí va el poeta”.

En 1957 el joven Monsiváis era El poeta. Lamento no darles algunas muestras de sus versos, pero hemos pactado no citar nunca nuestros poemas de esa etapa aciaga. Desde luego a veces rompemos el convenio y, muertos de risa, leemos a quien se deje nuestras páginas de los cincuenta, pero siempre las atribuimos al otro.

Antes del 31 de julio jamás hubiera pensado que yo también iba a colaborar en Medio Siglo. Para mí era lo que debe de haber significado para un estudiante de 1927 la Revista de Occidente o Contemporáneos. Aquel encuentro iba a cambiar mi vida y a convertirme en escritor. Nacido apenas un año antes que yo, Monsiváis me dio aquellas enseñanzas que uno solo puede obtener de las personas de su edad. Hay unas líneas de Cavafis que no puedo leer sin invocar aquellos años finales de los cincuenta:

Y revivió de nuevo ante mis ojos 
Calles que ahora desconocería, 
Lugares ya cerrados y en silencio, 
Teatros, cafés de épocas que fueron.

EL SIDRAL MUNDET Y LA XEW
Los cafés que ya no existen —el Kikos, el Chufas, el Palermo, el Sorrento, la Farmacia Elsa— resultaron el taller literario en que sin saberlo tomé clases particulares con Monsiváis. Teníamos el hábito, venturosamente abolido por los medios electrónicos, de leernos en voz alta nuestros textos. Yo escribía de todo y a todas horas. A diario le leía a Monsiváis versos, cuentos, notas, obritas de teatro. Nunca intentó corregirme ni me indujo a escribir como él. Solo me habituó desde un principio a la crítica. Somos por completo distintos y sin embargo nos parecemos. Vicente Rojo dice que no somos escritores sino reescritores. Eliot diría que “solo estamos invictos porque seguimos intentando”.

Gracias a esta que tal vez podríamos llamar política del desaliento —el mejor estímulo negativo a que puede some- terse una vocación— y a la severa lista de lecturas que me impuso Monsiváis, en solo un año pude pasar de la edad de las tinieblas al paleolítico. En 1958 publiqué mis primeros cuentos en La sangre de Medusa y los poemas iniciales que cinco años después aparecieron en Los elementos de la noche.

En la feliz ignorancia del porvenir, combinamos sin saberlo alta cultura y cultura popular: programas triples en viejos cines ya también desaparecidos y lecturas de la Biblia en la versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. Como buen niño católico, yo ignoraba esta obra maestra y me había mantenido a distancia de poetas rojos como Pablo Neruda y César Vallejo. También hicimos en colaboración traducciones de autores ingleses y norteamericanos.

No éramos todavía “hijos del rock y de la Coca–Cola”, sino apenas hijos del Sidral Mundet y la XEW: todavía nos sabemos de memoria boleros, canciones rancheras, pre- históricos rocks. Nuestra idea de la parodia y el montaje le debe todo a los programas cómicos del Panzón Panseco y nuestro concepto de la información y de la trivia fue engendrado por el Doctor I.Q., Los Niños Catedráticos y el Bachiller Álvaro Gálvez y Fuentes.

LA APARICIÓN DE SERGIO PITOL
Aquel aprendizaje se enriqueció gracias a Sergio Pitol. Nos aventajaba en unos cuantos años de edad y en muchos siglos de conocimiento y oficio literario. Alguna vez Pitol dijo que formábamos una generación de tres personas, una isla de soledades en el mar de las generaciones.

En este fin de siglo se han establecido dos en las que no cabemos: la de aquellos que nacieron en torno a 1932 y se agruparon en la Revista Mexicana de Literatura, y la de quienes llegaron al mundo después de 1940. Para entender la diferencia debe recordarse que en 1957, por ejemplo, Juan García Ponce era ya un escritor que había obtenido el premio Ciudad de México, y en cambio José Agustín era apenas un adolescente de 13 años. (Entre paréntesis: Monsiváis escribió en el número 8 de Estaciones, invierno de 1957, el que tal vez sea el primer cuento de la Onda: “Fino acero de niebla”,)

Como cronista Monsiváis estaba destinado a ser el gran narrador, el gran testigo del proceso brutal que convirtió a la Ciudad de México en el D.F., con todas las resonancias de horror y de pasión que evocan estas dos letras. Oscuramente sabíamos que una época terminaba (cuántas otras han muerto en el transcurso de estos años) y tratábamos de rescatar algo de ella antes de que se la llevara la corriente del tiempo, como hoy devora la nuestra.

EL DOCTOR NANDINO Y “EL ÚNICO TORERO COMUNISTA”
Jamás hubiéramos pensado que un día iba a darse este reconocimiento a Monsiváis por su incomparable labor descentralizadora. Mucho menos que para financiarnos el lujo de escribir tendríamos que comprar tiempo con dinero ganado hablan- do en público. Como tantas otras cosas debemos ambos impulsos al doctor Elías Nandino. Cuando nos puso al frente de la sección “Ramas nuevas” de Estaciones, nos permitió entrar así en una revista de Guadalajara hecha por causalidad en el D.F.

Productos del llamado “milagro mexicano” y la fe en el porvenir radiante que esperaba al país gracias al “desarrollo estabilizador”, el término provincia nos pareció siempre abominable, no distinguimos nunca entre la capital y la república.

Respecto a indios, mestizos y criollos, supusimos en nuestra ingenuidad que todas las contradicciones se habían resuelto en una sola palabra: mexicanos.

A los pocos meses de habernos conocido, Monsiváis y yo dimos nuestra primera lectura en Querétaro, invitados por el poeta Francisco Galerna, director de Ágora. Solo mientras lo buscábamos desesperadamente por las plazas y calles queretanas, nos enteramos de que Galerna era en realidad el pseudónimo de Francisco Cervantes y no había acudido a la cita porque en esos momentos estaba en el ruedo. Nos señalaron un cartel que lo anunciaba como Stalin, el único torero comunista y en nombre suyo nos invitaron a presenciar la corrida.

Ni Monsiváis ni yo hemos pisado ni pisaremos nunca una plaza de toros. Esperamos en un café la llegada sin traje de luces de Cervantes. Al volver abrimos en Estaciones una sección de revistas en la que comentábamos cuanto nos llegaba de todos los horizontes mexicanos. Así establecimos relaciones con Enrique Florescano en Jalapa, con los que ha- cían Katarsis en Monterrey, Voces Verdes en Mérida y muchos otros de nuestros contemporáneos en distintas ciudades. Ahora no pasa semana sin que Monsiváis dé tres o cuatro conferencias, el lunes en Tijuana, el martes en Guadalajara, el viernes en San Cristóbal de las Casas, por ejemplo. No sé de dónde saca la energía para hacerlo ni el tiempo para leer y escribir sobre tantos y tan variados temas.

PAZ, FUENTES, BENÍTEZ
Para nosotros aquellos años están marcados por dos libros que nos deslumbraron: Piedra de Sol y La región más transparente. Visitábamos a sus autores en el edificio ya demolido de Relaciones Exteriores y —no puedo contarlo sin temblar de vergüenza— les leíamos nuestros bodrios en los cafés arrasados por el terremoto de 1985.

Fuentes, siempre generoso, se empeñó en llevarnos muy prematuramente a la confirmación en la catedral: México en la Cultura, nuestra Biblia laica de entonces. Monsiváis ya había escrito su ensayo, aun más notable que el primero, acerca de la ciencia ficción, pero en modo alguno nos atrevíamos a dar el gran paso.

Elena Poniatowska se divierte contando que un día hallamos a Fuentes con Benítez a las puertas del Hotel del Prado. Para evitar la presentación, muertos de timidez huimos dos cuadras y nos ocultamos en la Librería del Caballito. Quién nos iba a decir que Monsiváis en 1973 sustituiría a Benítez en la dirección de La Cultura en México y que antes, a lo largo de los sesenta, yo iba a acompañar como jefe de redacción a Fernando y a Vicente Rojo.
__________

*Texto publicado en Laberinto 255 (3 de mayo de 2008), con el título de "Carlos Monsiváis: el desierto del pasado".

viernes, 25 de octubre de 2013

Alice Munro, la historia de la gente sin historia

18/Octubre/2013
Proceso
José Emilio Pacheco

Para Enrique González Rojo en sus 85

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Excepto para quienes hemos vivido allí y tenemos hijos canadienses, el nombre de Canadá evoca en la imaginación mexicana una vastedad hermosa pero informe, llena de lagos, bosques y montañas, habitada por sombras que no sabemos definir. Para el niño Amado Nervo, como escribió después en un cuento, “el dominio del Canadá” tenía algo demoniaco, era una especie de monstruo cuyo solo nombre aterraba. En la época del cine de episodios y el apogeo de las historietas, Canadá era sobre todo la Policía Montada que triunfaba siempre sobre los indios y los bandoleros.
Entre las sorpresas del salinismo figuró la de enterarnos que también nosotros éramos norteamericanos al mismo título, aunque no con la misma riqueza, de los Estados Unidos y Canadá. Entonces apareció ante nuestros ojos como un gran territorio casi despoblado, lleno de oportunidades de progresar y abierto como ningún otro a los emigrantes. Toronto, por ejemplo, se nos reveló como una gran ciudad con todas las ventajas pero sin los problemas que agobiaban a sus semejantes de los Estados Unidos. Los mexicanos, que imitamos todo, jamás pudimos adoptar su sistema de transportes que conecta el Metro con los autobuses e impide las feroces congestiones. Por desgracia, cambió las cosas el neoliberalismo que entró en este continente con el primer misil lanzado contra el Palacio de la Moneda. Tiempo después apareció la violencia en las maravillosas ciudades junto a los grandes lagos y los grandes ríos, y la frontera se convirtió en un muro impenetrable.

Entre los lagos y las islas

El pasado 10 de octubre se hizo justicia a la gran escritora Alice Munro y se dio al Canadá de lengua inglesa su primer Premio Nobel. (Saúl Bellow, que lo obtuvo en 1976, nació en Quebec pero realizó toda su carrera en Chicago y pertenece a la literatura de los Estados Unidos.)
Alice Munro, quien había anunciado su retiro en 2012 con la publicación de Dear Life (Mi vida querida), uno de sus mejores libros, no es una escritora mediática. Vive entre Clinton, Ontario, cerca del lago Hurón, y pasa algunos meses en Comox, en la isla de Vancouver, en la Columbia Británica. Rara vez sale en televisión o da entrevistas. No opina sobre lo que no sabe ni descalifica a otros escritores. Su única tarea es narrar, convertir en obras universales las historias de la gente sin historia. La mayor parte de sus cuentos han aparecido en The New Yorker gracias al genio editorial de Maxwell
Taylor. Él le consiguió el privilegio de una anualidad a cambio de darle la primera opción sobre toda su obra.

Chejov de los grandes lagos

Cynthia Ozick fue tal vez la primera en compararla con Chejov: “Ella es nuestro Chejov y va a sobrevivir a la mayoría de sus contemporáneos”. En cambio Harold Bloom le negó la eminencia de Hemingway, Faulkner, Eudora Welty, Flannery O’Connor y John Cheever, y la relegó a “los autores de segundo orden”, brillante compañía en la que figuran Nabokov, Sherwood Anderson, Bernard Malamud, John Updike, Ann Beattie, Raymond Carver y la propia Ozick. Sin embargo en la introducción de Cuentos y cuentistas: el canon del cuento Bloom la cita en primer lugar entre “las ausencias lamentables”.
La calidad de sus cuentos le ha dado sin prisa ni pausa un prestigio casi universal que se confirma en cada uno de sus libros. Contra la polémica que siempre rodea al Nobel, ella ha sido aceptada con verdadera alegría por los escritores y por los lectores que hoy pueden opinar a través de los medios electrónicos.
A diferencia de las superestrellas contemporáneas, Alice Munro no tiene más biografía que sus propios libros. Hija de una familia presbiteriana de origen escocés, nació en 1931 en Whinghan, un pueblo de Ontario, y en plena Depresión. Su padre tenía una granja de armiños y visones, así que desde niña pudo darse cuenta de la brutalidad que implica la existencia. Amó la naturaleza, entonces casi intacta, y de su madre heredó la afición por la lectura y por las narraciones orales en largas noches de invierno.
Como todos, escribió lo que leía, primero una novela infantil inspirada por El último mohicano, y luego una novela de amor salvaje, fruto de la conmoción que le causó Cumbres borrascosas. Mientras estudiaba en la universidad gracias a una beca para pobres, el esfuerzo bélico de Canadá para aplastar a los ejércitos de Hitler cambió la economía del país. Llegaron a él la riqueza y las primeras manifestaciones del consumismo.
Alice Clarke Laidlow, su nombre de soltera, se casó en 1951 con James Munro y aceptó, como casi todas las mujeres de la época, su papel de esposa, madre y ama de casa. El matrimonio se trasladó a Victoria, en la isla de Vancouver, donde abrió una librería y nacieron sus tres hijas.
De noche y en el alba logró escribir su primera y única novela: Lives of Girls and Women, que muchos consideran un tomo de cuentos entrelazados. Comprendió que sin el cuarto propio que reclamaba Virginia Woolf y la energía que se requiere para sentarse varias horas diarias a la máquina en vez de consagrarlas a las fatigosas y efímeras labores de la casa, le era imposible ser novelista. En 1972 se divorció y regresó a Ontario.
Halló que el mundo de su niñez y adolescencia había desaparecido y que su propia gente la veía con desconfianza por ser escritora y divorciada. En 1976 se casó con Gerald Fremlin, muerto a comienzos de este año, y desde entonces ha vivido en Clinton, otro pueblo de su provincia natal. Halló el cuento como su vehículo ideal para desarrollar su vocación. Esto también significaba ir a contracorriente pues en la posguerra el género había perdido el lugar central que tuvo en años anteriores.

Las aventuras del cuento

El cuento es el más antiguo y el más nuevo de los géneros literarios. La narración es ancestral y es inmortal. Gran parte de la vida consiste en contarnos historias unos a otros aunque jamás hayamos abierto un libro. De pequeños, niños y niñas tienen una avidez inmensa por los cuentos al grado que hacen repetir al infinito sus predilectos.
Sin embargo, el cuento literario aparece con la Revolución Industrial. No se explica sin las grandes ciudades, sin el ferrocarril, sin el auge de la alfabetización indispensable para hacer de los campesinos obreros especializados, sin la lámpara de gas que permitió la lectura solitaria y silenciosa y sin la aparición de la pluma metálica que aumentó la velocidad de la escritura.
Se difundió gracias a su gran aliado, el tren. Fue una manera ideal de ocupar las horas muertas del viaje. Las primeras revistas que ya adquirieron un formato distinto del libro se llamaron “magazines” porque, como en las tiendas departamentales, uno podía optar por muchas cosas y entre ellas figuraba, en primer término, un cuento.
Ya en el siglo XX escritores como Faulkner y Scott Fitzgerald vivieron no de sus novelas sino de los cuentos que les pagaban espléndidamente las revistas populares. Los libros en que más tarde, para fortuna nuestra, los reunieron no producían las utilidades que esperaban sus editores y se difundió la falsa idea de que un libro de cuentos no se vende, al menos no tanto como una novela. Lo equivocado de esta creencia se demuestra con el hecho incontrovertible de los cientos de miles de ejemplares que han vendido y siguen vendiendo El Llano en llamas o las Ficciones de Borges.
Para hacer más sombrío el panorama, en los primeros años de su trabajo Alice Munro encontró una nueva competidora: la televisión, que en sus inicios saqueó inmisericordemente los cuentos. Nadie se imaginaba entonces otras formas hoy omnipresentes de narración que ha hecho posible la electrónica. Por otra parte, los guionistas de las series difundidas en todo el mundo han creado un nuevo género y a él se consagran quienes antes hubieran escrito cuentos, piezas de teatro y aun guiones de cine. Es lástima que este impulso no llegue aún a las telenovelas.

El cuento eterno de la humanidad

Muchas protagonistas de Alice Munro no son malas ni buenas, se sienten oprimidas por el bienestar que les dan sus maridos con sus trabajos de nueve a seis, a cambio de someterse a un modelo exteriormente impuesto y hecho para reproducirse al infinito. Un día huyen de ese porvenir garantizado y se entregan a la incertidumbre de la aventura. Ya no son Emma Bovary ni Anna Karenina que pagan con el suicidio la culpa del pecado; no obstante, sienten remordimientos porque saben que al liberarse de su asfixia hacen un gran daño a quienes en modo alguno hubieran querido causar dolor.
Casi todos los libros de esta autora pueden leerse en español: El progreso del amor, Amistad de juventud, Secretos a voces, El amor de una mujer generosa, Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, Escapada, Demasiada felicidad, Mi vida querida. Forman la biografía tan real como imaginaria de una mujer que es y no es su autora, una vida observada sin piedad desde la niñez hasta la ancianidad. Revelan que en lo ordinario de nuestras vidas está oculto lo extraordinario y lo irremplazable. La historia de la gente sin historia puede ser el más asombroso de los cuentos, el cuento eterno de la humanidad y el privilegio de estar vivos por un instante en el viaje de la nada a las tinieblas.
(JEP)

lunes, 9 de enero de 2012

Fernando Benítez, cien años después

9/Enero/2012
La Jornada
José Emilio Pacheco

Pocas personas tendrán recuerdos de 1961. Medio siglo es un enorme trozo de tiempo. Y 50 años se han cumplido en diciembre de 2011 desde que a Fernando Benítez le pidieron la renuncia a México en la cultura y todos renunciamos con él, un gesto insólito e irrepetido en la historia del periodismo mexicano.

Yo tenía 22 años. No podía creer que en el viejo edificio de la Guay, la Asociación Cristiana de Jóvenes, que ocupaba Novedades y había sido escenario bélico de la Decena Trágica me encontrara con personajes de aquella época remota, como don Nemesio García Naranjo y Ernesto García Cabral. Así de prehistóricos nos verá quien tenga hoy mi edad de entonces.

Todo pasa, todo se va y está bien que así sea, porque sin la incesante renovación se acabaría el mundo. Pero no puede haber auténtico cambio si no hay memoria. Y la memoria de México tiene una inmensa deuda con Fernando Benítez como el gran empresario cultural, a falta de un mejor término, de la segunda mitad del siglo XX mexicano.

Para hacerle justicia en su centenario veo problemas irremontables. En primer término, la magnitud y la extensión de su trabajo. ¿Por dónde empezar? ¿Por los innumerables libros, por los varios suplementos? Tendríamos que releer estas páginas como la gran tarea democratizadora que continuó y ahondó el trabajo de muchas generaciones y la dejó abierta al porvenir.

Conmueve pensar que Benítez fue el continuador de Ignacio Manuel Altamirano quien, sobre la patria en ruinas, luchó por levantar el edificio de las letras y las artes como una respuesta y una barrera contra la ola de sangre y de barbarie. Ya que la sangre y la barbarie han vuelto a ser nuestro pan cotidiano, la tentación de la desesperación es muy grande: nada sirvió de nada, la inmensa tarea resultó inútil. México es un país mucho peor de lo que era en 1961.

Adolescente, Benítez va a leerle al viejo cronista ciego Luis González Obregón, el último discípulo de Altamirano. Recoge una antorcha, para emplear la imagen griega, que trasmite de generación en generación a través de México en la cultura, La cultura en México, Sábado, hasta desembocar ya en el fin de siglo en La Jornada Semanal.

No podemos concebir lo que serían el pensamiento, las artes y las letras de México si en los 50 años transcurridos entre 1949 y 1999 no hubieran existido las publicaciones semanarias de Fernando Benítez. Esta labor sin paralelo es digna de grandes estudios que no excluyan, sino que privilegien la crítica, sin olvidar que los trabajos de Benítez sólo pudieron parecer elitistas a quienes querían salvar al pueblo de la alta cultura, sin saber que con ello, como ha demostrado Beatriz Sarlo, sólo estaban celebrando la desigualdad, la injusticia y el despojo.

Hoy perduran suplementos como los de La Jornada, Reforma y Milenio, y de otros diarios en toda la República, pero en general la cultura ha vuelto a ser el patito feo, la paginita escondida entre las secciones de espectáculos. Más que nunca es necesario el viaje a las entrañas de ese pasado escrito, tan difícil de consultar por su aterrador volumen y porque deben de existir muy pocas colecciones completas.

Apuntado este aspecto, quisiera insinuar otro más: Benítez como uno de los fundadores de lo que a partir de 1966 llamamos nuevo periodismo, es decir, aquel que respondió al triunfo de la televisión subrayando los elementos literarios que estaban en su origen y en su comienzo. Es decir, el periodismo que incorporó las estrategias narrativas del cuento y la novela.

Desde luego eso ya estaba en las páginas de grandes autores mexicanos como Martín Luis Guzmán. Sin embargo, Benítez fue el primero en desarrollar esa tendencia hasta hacerla el centro mismo de su trabajo. Es la columna vertebral que sostiene su gran obra acerca de Los indios de México. Si hubiéramos sabido leerla y aprovecharla de verdad sería muy otro el panorama que se nos presenta al comenzar 2012.

En muchos otros campos se desplegó el talento de Benítez. Imposible nombrar aquí todos sus libros, pero al menos insinuar lo que significan La ruta de Hernán Cortés, Los primeros mexicanos: La vida criolla en el siglo XVI, sus biografías de Cárdenas y Juárez, su historia de la ciudad de México, sus crónicas de las devastaciones ecológicas e históricas que han hecho tan amarga, como la explotación y la violencia, la realidad de este país.

No quisiera pasar por alto El rey viejo, tal vez nuestra primera nueva novela histórica”, ni El agua envenenada, a medio camino entre la invención y el reportaje, que toca el fuego nunca apagado del caciquismo mexicano, otra herencia y venganza de una colonia de la que no hemos sabido librarnos.

Me conmueve y me honra estar aquí en Bellas Artes en compañía de los grandes amigos de Benítez: Fernando Canales, Carlos Fuentes, Vicente Rojo, Carlos Slim. Me duele la ausencia de otros que debieran estar presentes con mucha mayor justificación que yo. Individualmente, espero que sigamos viéndonos durante mucho tiempo. Como grupo de amigos, no grupo de poder ni de fuerza, nunca jamás volveremos a estar juntos. Es triste, pero es también inevitable. Ojalá nuestra última acción colectiva sea este inicio del gran homenaje que merece Fernando Benítez. Y la mejor recordación será siempre no dejarlo morir en la oscuridad de los libros cerrados y hoy y siempre leerlo. Veremos hasta qué punto sigue siendo el más vivo y el más actuante de todos.

sábado, 30 de abril de 2011

El rigor libérrimo

30/Abril/2010
Laberinto
Jorge Fernández Granados

I

En la fisonomía expresiva de Gonzalo Rojas (Lebu, 1917-Santiago de Chile, 2011) hay por lo menos dos rasgos que parecen determinantes: el ritmo y la aparente dispersión de su discurso. Ambos son decisivos a la hora de adentrarse en su poesía.

Sobre el primero casi no cabe dudar: todo lo que enuncia adquiere un ritmo; o, más específicamente, se despliega en una cadencia cuya singularidad destaca continuamente: sincopada, asimétrica, zigzagueante; algo parecido a un jazz que se divierte en su fraseo. El ritmo de Rojas da la apariencia en un primer momento de extravagancia o mero capricho. El corte de los versos tanto como la peculiar irregularidad que los fractura desconcierta y capta de inmediato la atención, sin duda porque exige una lectura inusual. Sin embargo, paulatinamente, conforme se ajusta el oído a esos saltos y encabalgamientos, se oye esa otra cadencia que los anima, eso tan suyo como un tropiezo controlado, una poderosa respiración entrecortada dentro de la cual se disuelven los eslabones natales del idioma y se crean otros distintos, triturados, vertiginosos y certeros. Otra gramática a punto de nacer. A semejanza de César Vallejo —a quien algo le debe y nunca lo negó, en particular de aquella fragua fonética para reforjar el ritmo de la lengua—, el chileno también escuchó en esa poderosa respiración agónica un ritmo propio, desde el cual decidió escribir y gracias al cual desencadena una dicción inusitada.

No está tan lejos por ello la metáfora jazzística, sobre todo si se considera la otra cualidad o característica planteada: la aparente dispersión del discurso. Viene y va, dentro del poema, de un asunto a otro, con una disposición al devaneo o una libertad serpeante que lo mismo habla de la inmediatez (su cráneo, su casa, un número telefónico) que del más abstracto absoluto (la Nada, el Abismo, los Arcángeles); y en todo está por un instante y de todo pesca acrobáticas relaciones en las que no teme zambullirse con confianza, nadar distraídamente y volver a la orilla. Cierto, da la sensación de improvisar como un músico virtuoso. El efecto en el poema es de intermitencias temáticas y de holgadas elipsis, de paréntesis abiertos en todo momento a través de los cuales puede aparecer casi cualquier cosa.

Y es que Rojas juega con el sentido, con hacerlo saltar fuera de la línea recta a la que éste parece predispuesto y le propone una dispersión lúdica, que lo mismo puede visitar el disparate que la visión. Lo que no escatima es el riesgo de pasear por los alrededores de sus ideas —o de sus puntos de partida temáticos en cada poema, porque más bien ésa es su técnica: comenzar en cualquier asunto y derivar, esto es dejarse ir por la deriva de su propio imaginario lingüístico— y llegar en este periplo, en esta explosión controlada de la divagación, y siempre con la agilidad y la intuición suficientes, al verdadero sentido del que da cuenta su poesía: una interminable metamorfosis.

[...] uno mismo
es el abismo, metamorfosis
de lo mismo, cumple uno ochocientos a cada instante, llueve
lluvia, siempre
llueve lluvia, el poeta
es un animal pasado de realidad y hay que vivir
ebrio de eso, ojalá
sin nadie, silabeando el Mundo

El “animal pasado de realidad” que silabea el mundo es también hijo metódico y dotado del surrealismo latinoamericano; generación a la que, por cierto, Gonzalo Rojas perteneció por edad e impronta, junto con los argentinos Enrique Molina, Francisco Madariaga y Olga Orozco, los peruanos César Moro y Emilio Adolfo Westphalen y, sobre todo, el cubano José Lezama Lima; si bien, en cuanto a fechas, la publicación de la obra del chileno es posterior al momento más fuerte de este movimiento, situado a fines de la primera mitad del siglo XX. No obstante, la cercanía de Rojas con el surrealismo es sutil. No sería del todo justo decir llanamente que es un poeta surrealista. Más bien toma del surrealismo esta destreza divagante, este pensamiento metamórfico y a la vez visionario. Ahora bien, esta ascendencia es afianzada por otras evidencias. Una de ellas, que no es meramente anecdótica, fue la estrecha amistad y afinidad con el trabajo del pintor Roberto Matta, de clara escuela surrealista, quien ilustró varios de sus libros. En un texto titulado “Antes de una lectura” de plano lo declara:

Siempre se me dio el ejercicio de la poesía como un acto genésico encima de la página blanca y así lo registra un texto descarado de mis 22 cuyo título es “Perdí mi juventud en los burdeles” y en el que Lihn vio por adelantado el registro de mi sistema imaginario entero: libertinaje y rigor lo mismo en la visión que en el lenguaje, Lautréamont y Juan de Yepes a la vez…

Efectivamente, es Lautréamont —el profeta surrealista— el imán de ese lado delirante e intempestivo de su método de composición, el lado del juego y del azar. Hay que tener presente que el surrealismo fue, entre otras cosas, una crítica de la racionalidad cartesiana y su manera de leer linealmente el pensamiento y el mundo. Pero, al mismo tiempo, Juan de Yepes, el rigor de San Juan en la visión y la disciplina, en la fe por la palabra. De este posible punto de convergencia, entonces, se deriva el rigor libertino de Gonzalo Rojas.

II

Lo verificable a lo largo de su obra es esta fisonomía expresiva, evidenciada particularmente por el ritmo y la aparente dispersión del discurso. Fisonomía expresiva que continuó su expansión o construcción a través de cada libro del poeta chileno; obra al parecer menos dirigida por una temática particular que por un “impulso genésico” —como él mismo afirma—. La muy personal manera de juntar poemas nuevos y viejos parece una constante en los títulos de Rojas. Se diría que buscaba proponer distintas lecturas de unos mismos elementos intercambiables ya conocidos, a manera de piezas de un mecano que armaba y desarmaba a voluntad. La totalidad de sus poemas, sin embargo, poseen la factura distintiva del oficio dominado al mismo tiempo que la frescura divertida de un poeta que parecía, hasta el último de sus días, estar viviendo una tercera juventud o, de no ser así, por lo menos una indeclinable plenitud.

Tal vez lo que llama más la atención en sus últimos libros es esa frescura gozosa, libertina (“libérrima” diría él) y a veces hasta sarcástica que parece escabullirse con una agilidad juvenil de lo que en un comienzo fue la natural de Rojas: lo sombrío. El contraste entre la visión y lo oscuro que dominaron sus primeros libros se reconcilió con un arte de vivir en el que no cabe la rigidez ni la sentencia. Y si bien hay un rigor (que no es rigidez) en todo lo que dejó escrito, ahora como nunca parece más bullicioso de su libertad. Tánatos aún aparece en la exclamación que finaliza el poema “Latín y jazz”:

Es el parto, lo abierto de lo sonoro, el resplandor
del movimiento, loco el círculo de los sentidos, lo súbito
de este aroma áspero a sangre de sacrificio: Roma
y África, la opulencia y el látigo, la fascinación
del ocio y el golpe amargo de los remos, el frenesí
y el infortunio de los imperios, vaticinio
o estertor: éste es el jazz,
el éxtasis
antes del derrumbe, Armstrong; éste es el éxtasis,
Catulo mío,
¡Tánatos!

Pero el tono en general del último Rojas es casi distinto a pesar de esa invocación tanática. Hay que revisar sus primeras colecciones —La miseria del hombre (1948), Contra la muerte (1964), Oscuro (1977), Del relámpago (1981) o El alumbrado (1986)— para percatarse del giro jovial, aligerado, que más tarde domina el conjunto. Digamos que fluyó en lo viviente con una suelta serenidad. No sé si pueda hablarse de reconciliación; es más prudente decir que sin enaltecerla aceptó a la realidad con todas sus repentinas tropelías.

Las estrellas: allá
ellas. El tiempo es más bien escarabajo
de jade, puede ser, de
zafiro, todo lo que usted quiera. De
zafiro, de jade. De respiración.
Escarabajo de pura respiración.




Poeta de Hispanoamérica

José Emilio Pacheco

Durante casi medio siglo he sido un lector constante y más que fervoroso de Gonzalo Rojas. Mi relación con su poesía fue la más íntima, la que se establece en silencio entre el lector y el poema. Gracias a ella las palabras suyas se convierten en nuestras.

Me pregunto si fue el último poeta que uno pudo aprenderse de memoria, “de corazón” como se dice en inglés (“by heart”) y en francés (“par coeur”).

Porque Gonzalo Rojas tuvo el mejor oído de la poesía española en nuestro tiempo.

No hay texto suyo que no sea una maravilla rítmica. El creía mucho en el aire, en la respiración. Aspiramos sus poemas como quien toma aire para oxigenar la circulación de la sangre.

Ser un gran poeta dentro de la gran poesía chilena es un mérito doble. Gonzalo Rojas es radicalmente un poeta de su país pero también de Hispanoamérica y de la lengua castellana toda. Se ha ido pero nos deja su maravillosa poesía. La seguiré leyendo mientras viva.


En un largo artículo mortis

Adolfo Castañon

Debe haber sido a finales de enero de este 2011, la última vez que hablé con Gonzalo Rojas por teléfono. Gracias a su amiga-lectora y editora Fabienne Bradu Cormier en cuya nueva casa nos encontramos con unos cuantos amigos. Gonzalo estaba en cama desde hacía algunos días allá en Chillán, en cama “porque se había caído de la cama”. Creo que alcancé a decirle algo así como: “tú no puedes volver a México porque nunca te has ido de aquí”, casi oí su sonrisa: “¡Qué dices, muchacho!” Le dije que ojalá se mejorara pronto, que aquí se leía mucho su prosa-versa. Luego le pase el teléfono a mi otro yo. Me quedé pensando en Gonzalo, en su voz quejumbrosa y cuchicheante de asmático, como hecha para enamorar a la primera exhalación. Nunca supe si debía agradecerle a él que hubiese sugerido mi nombre para prologar la antología de Gabriela Mistral que le hizo la Asociación de Academias de la Lengua el año pasado. Sé, en todo caso, que una de las cosas que debo agradecerle a “la vida que me ha dado tanto” (para traer el eco de Violeta Parra) es haber podido conversar con el poeta, infatigable trotamundos, trotavoces, en diversos momentos a lo largo de varios años, en distintos puntos de nuestras Américas: en Chile, en Medellín, Colombia, en la Ciudad de México, en la de Guadalajara, en la de Monterrey… Recuerdo, en particular, la extensa conversa que tuvimos una mañana de abril de 1998, al día siguiente del desnacimiento de su amigo Octavio Paz. Rojas llegó muy temprano por la mañana a la casona aquella de Francisco Sosa esquina con Salvador Novo. Ahí estaba yacente y bien vestido el cuerpo de su amigo y casi contemporáneo Octavio Paz, nacido en 1914 mientras él, Gonzalo, había nacido en 1916: al primero le tocaba el signo del TIGRE en el horóscopo chino, al segundo el del DRAGÓN, el DRAGÓN de HIERRO. Al acercarse, le dio un par de discretas palmadas al tiempo que le decía con esa su voz susurrada como a través de las cavernas del asma: “Muchacho, ¡qué pronto te pusiste los pantalones de madera!” Tenía Gonzalo Rojas (cuyo retrato estoy viendo ahora mismo al pasar al estado escrito estas palabras) una forma entre pegajosa y casual de dejar caer su sabiduría, su inocencia ávida de sacrificios secretos. Como que traía en la bolsa del saco un refranero híbrido de arcaísmos y de vocabulario religioso, de poesía, anécdotas sapientes y ladina fábula. Todavía seguimos conversando esa mañana, pues había que trasladarse al centro donde se celebrarían las honras fúnebres de ese otro aventurero del espíritu que fue su amigo y cómplice Octavio Paz. Durante el trayecto en automóvil, mientras iba yo al volante, le pregunté al autor de Salgo de lo oscuro si tenía en mente algún poema sobre la lluvia pues me encontraba cosechando fichas para una antología sobre de la lluvia en la poesía hispamericana. Rojas pareció despertarse y se le avivó la mirada como cuando se tropezaba con alguna de sus leyentes inspiradoras. Me dijo: “Seguro que tú conoces (por supuesto no era así) este poema del olvidado Carlos Pezoa Véliz (1879-1908). Y se puso a recitar, como un torrente de ingrávida lava que iba limpiando el aire enrarecido y cautivo del vehículo, el poema con sus amplias estrofas cadenciosas y un tanto cuanto fechadas, pero por ello mismo tanto más insinuantes para mi oído interior. Al terminar ese morceau de bravoure, entrecerró los ojos y dejó que el silencio que había brotado del poema alargara su resonancia por aquella selva de asfalto.

Me llamó poderosamente la atención el hecho de que Gonzalo Rojas se hubiese entregado durante tanto tiempo: horas, días, semanas, a la agonía. Bromeaba yo con algún amigo sobre el hecho, ¿sobre el lecho? como para conjurar el dolor por la pérdida de ese “miembro fantasma”, que, si ya nos dolía en vida, no sabemos cuánto nos lancinará en el presente porvenir… Me imaginaba a Gonzalo Rojas jugando una interminable partida de ajedrez con el Dios-rostro-de-chacal: Anubis, poniéndolo en aprietos, leyendo con poderosa lupa las letras minúsculas del contrato imposible que nos trae a la luz de la vida. Lo imagino risueño atravesando pampas y maniguas con su lengua entera de macuto del otro mundo.

Confesión del araucano

In memoriam Gonzalo Rojas (1916-2011)

Za-zen: za-zen! —balbuceaba en
la cripta de la cobra una familia
de Sutras.
Escucha al Araucano
cómo toca en sus manos
fulgor del agua rota en el Tiempo
una brizna desconocida
no era mosquito ni sedosa araña
era quizá un reflejo desvaído
ecotáneo, sofófilo hasta la Mandrágora
Pero cuando la luz quedó de espalda a los árboles
y caía por las bóvedas de la oquedad
ascendía el túnel del aire
por las oscuridades del barro
y en la entrañable tibieza del lodazal espejeante
un ave supo que había como
amanecer en sus manos
“Za-zen: za-zen! —balbuceaba en
la cripta de la cobra una familia
de Sutras.
La ciudad sagrada se abría entre
los labios del canto
Pero el escupe-elogios, el chillón de los vitupe-
rios se desnudaba de signos entre el
Tam-Tam de los tambores ensangrentados
y la cobra devoraba los últimos
rayos del sol que moría
al filo de la canción aérea y terrestre
preguntaba el niño: “¿ya es hora?”
Había que vendarse los ojos
para sentir llegar el fuego hasta el padre
“Ya casi, le dijo la Señora”
desde la bóveda de su sombra trémula
(eran las 8 y cinco de la
noche en un lugar de La Mancha
de cuyo nombre no quieres
acordarte)
“Za-zen: za-zen! —balbuceaba en
la cripta de la cobra una familia
de Sutras.

domingo, 24 de octubre de 2010

Alí Chumacero. En el jardín de las cenizas

24/Octubre/2010
La Jornada
José Emilio Pacheco

Nadie ha sabido decirnos con certeza de dónde viene la voz que habla en los poemas, desde qué sitio de la realidad se dirige a nosotros. Es común afirmar que ningún poeta se parece a sus versos. No es menos cierto que tales páginas no existirían sin la única e irrepetible experiencia vivida por esa persona concreta.

Será difícil hallar un comentario sobre Alí Chumacero que no se asombre ante el contraste entre una actitud personal amable y expansiva, antisolemne mucho antes de que se inventara el concepto mismo de antisolemnidad, y una obra tan austera y doliente como la suya.

Una posible explicación es que desde sus orígenes remotos la poesía lírica sirve, entre otras cosas, para concentrar toda la negatividad del mundo. En cualquier época hay muy pocos poemas alegres. Existen, claro está, versos jocosos pero siempre van dirigidos en contra de alguien. La dicha se basta a sí misma, no necesita de celebraciones. El placer que derivamos de los poemas, aun o sobre todo de los más sombríos, nunca es resultado de su tema sino de su arte verbal.

Así, en la poesía mexicana se hallarán pocos libros tan disfrutables como Palabras de reposo, siempre y cuando estemos dispuestos, no tanto a leer sin prisa cada uno de sus poemas.

Alí Chumacero ha pasado su vida haciendo los libros de los demás, es decir transformando los originales en piezas tipográficas, pero sólo quiso darnos tres propios: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1947) y Palabras en reposo (1956). En ellos está toda su obra breve y admirable.

A uno le hubiera gustado seguir leyendo siempre nuevas páginas de Chumacero. Sin embargo su decisión no nos privó de su poesía de madurez, ya que fue un poeta cabal desde su aparición en 1940 con Poema de amorosa raíz. En menos de veinte años hizo lo que tenía que hacer, dijo cuanto tenía que decir.

En torno suyo se ha tejido la costumbre de afirmar, para alabarlo, que es el Juan Rulfo de la poesía mexicana y su prestigio crece con cada nuevo libro que no publica. Como los versos interesan a menos personas de las que se preocupan por la narrativa, Chumacero ha podido guardar silencio sin molestias ni expectativas por la siguiente colección de poemas. Nada tan lejano a Rulfo y a Chumacero –ambos nacidos en el mismo 1918– como la idea de una carrera literaria. Ambos escribieron por necesidad interior y enmudecieron una vez escrito, inmejorablemente bien escrito, lo que debían expresar.

Es irresistible la tentación de comparar sus tres libros a estrellas solitarias que brillan con luz propia en el cielo de la poesía de nuestro idioma, o bien a islas rodeadas de silencio por todas partes. Silencio y soledad son el marco propicio para que resuene la elocuencia sin énfasis de sus poemas y quebrantes las tinieblas una luz que no enceguece sino ilumina.

En Páramo de sueños e Imágenes desterradas hay una continua tensión entre la inmovilidad que se eleva y el movimiento que se abisma, entre el sepulcro como destino final de toda carne y el deseo en que la vida se afirma al negar la fatalidad de la desdicha. Estos poemas son muchas veces monólogos dirigidos a un que es casi siempre una mujer lejana o a punto de alejarse. La dicción y el fraseo provienen en parte de los poetas españoles de 1927 y los Contemporáneos mexicanos, en especial Xavier Villaurrutia. No obstante, Chumacero encuentra su propia voz desde sus primeros pasos y en ella resuena una sentenciosidad bíblica nada frecuente en la poesía de lengua castellana.

Este Páramo de sueños, escenario en que arden y fluyen los poemas juveniles de Chumacero, es la Tierra Baldía de las dos guerras, las que termina cuando él nace y la que comienza cuando publica sus primeras páginas. En ellas establece como defensa contra la arrasadora tempestad de la Historia una atmósfera de cuadro postsurrealista. La desnudez que evocan esos poemas es la misma de sus medios expresivos. Se trata de una poesía despojada de todo brillo ornamental y de toda facilidad rítmica (o arrítmica). No tiene los resplandores del diamante sino la naturaleza serena y sólida del mármol.

Si la poesía juvenil de Chumacero no es difícil sino exigente, la obra de madurez –llamemos con un término convencional a la escrita entre 1948 y 1958-, cuando Salón de baile y Alabanza secreta aparecen en la segunda edición (1966) de Palabras en reposo, pide una colaboración tan absoluta que sólo puede llamarse complicidad.

Palabras en reposo es uno de los libros más originales de la poesía castellana en general y mexicana en particular. Fuera de nuestro ámbito está aún por descubrirse como otros dos grandes libros de aquel mismo momento: La insurrección solitaria (1953), de Carlos Martínez Rivas, y Contemplaciones europeas (1957), de Ernesto Mejía Sánchez.

Con la distancia de los años Palabras en reposo surge como una obra maestra impredecible e irrepetible. Por sí sola explica y justifica el posterior silencio de Chumacero. En estos poemas llega a no parecerse sino a él mismo pero alcanza también un punto sin retorno.

Por otra parte, este libro de un poeta por completo lírico –es decir subjetivo, intimista, monologante– es el más cerrado y al mismo tiempo el más abierto, aquel que deja entrar al nosotros y está lleno de personajes, invadido por las penas y los goces del prójimo. En su aparente pureza, en el sentido del abate Bremond, es también el más impuro y el más contaminado” de realidad. Poemas que sólo quieren ser poesía pero a su manera sutil son también realistas y en cierto modo narrativos.

Una breve historia puede leerse inscrita en el revés de cada poema. Pero de poco sirve decir que el gran responsable del peregrino es un canto epitalámico invadido por ecos de oraciones fúnebres en que se predice para los que se unen no el porvenir de los cuentos de hadas, sino la dificultad de la convivencia humana y el final despeño de la esperanza.

O que el extraordinario Monólogo del viudo es el lamento de un hombre que ha perdido a su mujer, muerta cuando le practicaban un aborto. La poesía no cuenta (para eso está la narrativa), nos hace participar desde dentro en una experiencia ajena, apropiarnos de ella, materializarla por medio de una lectura que es el menos pasivo de los actos.

Estas palabras no descansan en la inercia ni la inmovilidad. Su reposo es el poder de transformación que Heráclito asignó al fuego. La poesía de Alí Chumacero será siempre nueva en cada lectura y para cada persona que tenga el privilegio de acercarse a ella.

Fragmento del prólogo de Poesía, antología del Fondo de Cultura Económica. El autor otorgó el permiso para su publicación en este espacio.

Poema de amorosa raíz

Alí Chumacero

Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche se unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos.

Antes que luz, que sombra y que montaña
muraran levantarse las almas de sus cúspides,
primero que algo fuera flotando bajo el aire,
tiempo antes que el principio.

Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura,
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios,
antes, antes, muy antes.

Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban,
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.

Poema de amorosa raíz fue el primero publicado por Alí Chumacero. Se publicó en la revista Tierra Nueva, núm. 1. Enero-febrero de 1940.