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domingo, 16 de junio de 2019

José Agustín el eterno subversivo

15/Junio/2019
El Cultural
Carlos Velázquez

Veo en Facebook una foto que subió Jesús Ramírez Bermúdez de su padre, el escritor José Agustín (Acapulco, 1944), y me es imposible no relacionarlo con la figura de Johnny Cash en el video de la canción “Hurt”.
En la imagen aparece el maestro Agustín disfrutando de una Bohemia. La duplicación no es gratuita. En el video aparecen Cash con la salud bastante mermada y June Carter velando por su esposo. Lo primero que piensa uno es en Margarita, la esposa del escritor, quien lo custodia amorosamente desde que en 2009 sufriera una caída que lo alejó para siempre de la escritura.
Los últimos años de Johnny Cash se parecen mucho a lo que vive José Agustín en la actualidad, en cuanto a su estado de salud. Pasar de ser un actor a un simple espectador del mundo. Dedicarse por entero a la contemplación.
En el tintero, como suele decirse, quedó la inacabada novela La locura de Dios. Una trama que toma como modelo la historia de Job. No deja de resultar cabalístico que un simpatizante del diablo no haya podido concluir su obra sobre Dios. Pero más allá de este tipo de interpretaciones, la circunstancia por la que atraviesa el maestro no es otra que la misma balada que tocarán para cualquiera de nosotros en algún momento: la fragilidad de la existencia es una de las pocas certezas comprobables.
A diez años del accidente, su legado permanece como uno de los corpus más sólidos. Cronista, columnista, guionista, dramaturgo, novelista, cuentista e historiador, su obra introdujo una nueva manera de abordar la literatura en nuestro país y el continente. Fue uno de los primeros autores, al menos uno de los más visibles, en intentar darle carpetazo a la literatura del boom latinoamericano. Una apuesta bastante osada, tomando en cuenta el caudillismo que el boom representaba. Con todo el aparato editorial barcelonés como respaldo.
Como en el continente las corrientes marginales eran nulas, inexistentes o sucedían en un underground inaccesible, José Agustín no dudó en tender un puente con una tradición foránea. En este caso la gringa. A través de la literatura beat, de Salinger y Nabokov. Pero sobre todo del rock. En particular de Elvis Presley, Bob Dylan y los Rolling Stones. De una canción de Black Flag o una de los Beatles. La diferencia de Agustín con sus antecesores fue que en su obra había una impronta distinta, un ingrediente que no provenía de los clásicos ni de extemporáneo alguno, que no estaba en los libros, salió de la música: era la actitud.
EN UNA ÉPOCA en que la literatura se parecía demasiado entre sí (como ocurre en el presente), José Agustín se plantó en el panorama literario con actitud. Que no es otra cosa que una personalidad propia. Y el derecho a hacer de esa personalidad un rasgo de identidad intransferible. Y con este gesto se consolidó como un escritor incómodo para una tradición que no entendía lo que estaba ocurriendo en el mundo en cuanto a cambios sociales.
Y con su arrojo, Agustín fue más allá. Abrió la puerta para que varias generaciones de escritores marginales vinieran detrás de él a sumarse a su proyecto, al margen de la visión literaria que promovía el boom: el exotismo como una manera de ocultar la descomposición social y el resquebrajamiento de las instituciones. Fue el primero en llevar al gran público el uso de sustancias en la literatura. Algo que era impensable para la generación anterior. A partir de los ochenta las drogas y la sordidez penetraron con fuerza en la literatura mexicana porque la literatura ha estado siempre obligada a reflejar lo que ocurre en las calles. José Agustín dio el banderazo de salida.
En la actualidad nadie cuestiona la narco-novela, hemos dado por sentada la violencia, pero a finales de los sesenta en México, cuando irrumpió De perfil, la inclusión de drogas en una obra literaria la etiquetaba como no-literatura. Pero era la única forma de oponerse al boom. Un animal que se resiste a morir. Que tuvo su última encarnación en Roberto Bolaño. Casi nadie señala que Bolaño le robó a los libros de José Agustín el espíritu para crear su propia obra.
Qué otra cosa es Los detectives salvajes sino una versión fresa de Se está haciendo tarde. Ambas tramas están originadas en el viaje: el motor de On the Road de Jack Kerouac. La diferencia es que la novela de José Agustín posee una originalidad salida de la mente de su autor mientras que Los detectives salvajes es una copia mal hecha, por qué, porque Bolaño le extirpa a Agustín hasta a sus antagonistas. Es en los libros de Agustín donde se cuenta el odio de Parménides García Saldaña hacia Paz. Bolaño se basó en José Agustín y en Kerouac, pero nunca lo mencionó. En México Bolaño no tenía nada contra qué rebelarse.
La subversión alimenta toda la obra de José Agustín. Y es uno de los principios que ha regido su vida todos estos años. Es junto a Guillermo Fadanelli el último escritor maldito mexicano.

EL ESCRITOR FRENTE AL ESTADO

Durante años, el escritor tijuanense Heriberto Yépez, desde su columna en el suplemento Laberinto, se dedicó a atacar a la literatura mexicana y sus actores. De beneficiario del sistema que criticaba pasó a convertirse en un terrorista que declaraba que las letras nacionales hacía tiempo habían muerto. Según su opinión los programas de becas, los premios, los apoyos a la creación, las editoriales independientes y transnacionales, estaban empapados de corrupción. Una descomposición que se desprendía del PRI. Para Yépez, las prácticas del partido político que han regido el país durante más de setenta años eran las mismas con las que se dirigía (o se dirige) la clase literaria.
Su postura consiguió crear dos bandos. Unos fueron aquellos que lo secundaron. Y otros que simplemente lo tildaron de loco. Y aunque algunos de sus argumentos eran válidos (el escándalo por los millones que ha recibido Letras Libres por publicidad gubernamental es una prueba de que no estaba por completo chiflado) y otros francos disparates, puso sobre la mesa una cuestión crucial: ¿puede el escritor sobrevivir fuera del Estado?
Semana a semana, desde su espacio en Milenio (del que sería despedido) y después desde su blog y su cuenta de Twitter, se dedicó incansablemente a despotricar en contra de todo el aparato literario mexicano. Casi nadie salió ileso.
La inmolación del tijuanense ganó adeptos. Pero mientras el militante ganaba fuerza el escritor comenzó a morir. Además otra cosa sucedía por debajo del agua. La prosa de Yépez, que nunca fue una de sus distinciones, comenzó a desdibujarse. A tal grado que existen diferencias de sintaxis abrumadoras entre sus textos. Lo cual introduce la teoría de una segunda pluma. Sí, un segundo asesino, como en el caso Colosio, al que le dedicó una novela: Aburto. Uno como lector no puede sino pensar que hay un segundo autor. Que muchos de los últimos textos están firmados por otra persona. De aquel Yépez taquigráfico (que a veces sabe usar los puntos y las comas y a veces no) al que le escribe cartas sentimentales a Domínguez Michael media un abismo.
Pero justo cuando Yépez está en su momento más alto como kamikaze de la resistencia le da un giro radical a su discurso. Vuelve al redil. Pide la beca del Sistema Nacional de Creadores y corta todo contacto con internet. Que un autor reciba apoyo institucional no le exime de criticar al gobierno. De acuerdo. Pero esa no era la tesis de Yépez. Su reingreso al mundo de los muertos le demostró a sí mismo lo que tanto ansiaba demostrar: que el escritor puede vivir fuera del Estado. No, no se puede. Yépez no lo consiguió.
PERO EXISTEN AUTORES que sí lograron lo que Yépez tanto soñaba. Y uno de ellos fue (es) José Agustín, que a los veintiséis años fue detenido con una lata con mariguana y llevado a la cárcel de Lecumberri. El episodio está consignado en El rock de la cárcel, uno de los antecedentes más importantes de lo que después sería la no-ficción en México. En aquella época bastaba abrir cualquier camión de tomates para toparte con pacas y pacas de mota. Lo que ocurrió con el encierro de Agustín hoy resulta impensable: muestra cómo el Estado vuelca todo su poder sobre un escritor.
Han pasado más de treinta años desde aquel episodio. Fue liberado en 1971. Y en estos días en que la legalización de la mariguana es inminente, incluso en nuestro país, es hora que el Estado no ofrece una disculpa por el atropello que le infligió a uno de nuestros mejores escritores. Quien tampoco la va a pedir, por supuesto. Pero en un país donde todos los días la ley pasa por encima de sus ciudadanos me parece que al menos debería haber una deferencia, una reparación simbólica, aunque no sirva de nada, por el trago amargo que le hicieron pasar.
Desde el incidente con la ley José Agustín tuvo la certeza incontestable de que el Estado era su enemigo. Que lo mejor era mantenerse alejado de las instituciones. Y consiguió lo que parece imposible en el presente: consagrar una carrera literaria lejos del influjo del poder. Y por supuesto sin renunciar a la crítica. Ejercida ésta en su obra. En Cerca del fuego, en Dos horas de sol, etcétera. Pero sin caer nunca en la militancia al estilo Yépez. Y sin hacer concesiones ni cometer errores. A José Agustín no lo veremos en fotos con personajes políticos de la época. No aparece en esa famosa postal en la que comparten cámara Poniatowska, Monsiváis, García Márquez y compañía con Carlos Salinas de Gortari. José Agustín se mantuvo al margen. Mientras dejaba el proselitismo de lado se dedicó a crear una obra sólida. Que reflejaba el verdadero México, ese que no aparece en las fotos de los famosos.
Ninguno de los libros de Agustín contiene la leyenda de que ha sido escrito con el apoyo del Estado. Lo que seguro lo hace sentir orgulloso. Mantuvo la congruencia pese a percatarse de la tajada que se llevaba tal o cual autor, el puesto de éste o del otro. Con su ingreso en Lecumberri sufrió la expulsión del Estado. No iba a aparecer en un programa de Televisa junto a Paz. Y aceptó su destino. Se quedó con su aura de marginado, que no de marginal, y sacó adelante a su familia sin practicar el deporte nacional por excelencia: la transa. No te vas a sentar a la mesa con tu verdugo. No vas a pedirle un favor a tu victimario. En su lugar José Agustín se dedicó a su hedonismo. Para ser honesto hay que vivir fuera de la ley, dijo  Bob Dylan. Para escribir su obra José Agustín tuvo que darle la espalda al Estado que lo enjauló por considerarlo peligroso debido a su manera de pensar. A diferencia del militante actual que actúa desde la trinchera del wifi, él se fue en 1961 a Cuba a alfabetizar. Eso a los ojos del Estado lo convertía en subversivo.
José Agustín es la prueba viviente de que se puede existir sin depender del Estado. Algo que las nuevas generaciones de escritores no hemos logrado.

GIMME DANGER, LITTLE STRANGER

En 2012 gané el concurso de testimonio Carlos Montemayor y viajé a la Ciudad de México para la premiación en el mismísimo Palacio de Bellas Artes. Pero el verdadero premio fue saludar al maestro José Agustín. Yo ignoraba que se encontraba en el recinto. El INBAhabía decidido premiarlo en reconocimiento a su obra. Trayectoria que pese a ser galardonada con el Premio Nacional de Ciencias y Artes todavía no ha sido lo suficientemente reconocida por las razones de eterna subversión que la permean.
Los ganadores pasamos al escenario de uno en uno y al final se anunció al maestro Agustín que subió  a recibir la deferencia. Al parecer la ceremonia había durado demasiado poco y se decidió que los ganadores teníamos que dar unas breves palabras, por lo que volvimos a ascender las escaleras. Cuando me tocó mi turno la única persona con la que me sentía en deuda era con el autor de De perfil. Mis palabras más o menos textuales fueron: Dedico este premio al maestro José Agustín porque gracias a sus libros estoy aquí. Y luego fui a darle un abrazo. La ceremonia terminó pero no me quedé al brindis. Salí a la noche chilanga a ver quién me cambiaba el cheque para comprar cocaína.
Encontrarme con el maestro me produjo una regresión. A partir de esa noche y hasta el momento en que escribo este texto no existe un solo día que no haya pensado en José Agustín. Cada vez que publico un libro, en la ronda de entrevistas (o uno de mis lectores se acerca de vez en cuando) me preguntan cómo es que comencé a escribir. Y he dado respuestas de todo tipo. Desde glamurosas hasta francamente pendejas. Honestamente no lo sé. Pero esa noche en Bellas Artes me hizo recordar el fuego primigenio que sentí cuando leí por primera vez a José Agustín. Y cada vez crece más en mí la sensación de que aquel día que cayó en mis manos la máquina de escribir que un amigo me regaló, comencé a escribir cuentos no porque quisiera ser escritor sino con el único objetivo de dialogar con La tumba y con De perfil.

Mi paso por la lectura era incipiente. Había leído volúmenes considerados obras maestras que no conseguían producir efecto alguno en mí. Pero cuando cayó en mis manos el primer libro de José Agustín sentí que estaba delinquiendo. Me resultaba un acto peligroso adentrarme en aquellas páginas. Y eso me sedujo como me imagino seduce un arma larga a un aprendiz de sicario. Y fue por eso mismo que no me involucré en el crimen organizado. Yo ya había encontrado mi arma.
Sus libros me inyectaron ese mismo sentimiento que comparten las clases oprimidas por el Estado. Si el sicario admira al capo porque es el único que puede burlar la ley, yo apreciaba a José Agustín por razones parecidas. Porque era muy fácil aspirar a ser un miembro más de la República de las Letras. Lo difícil era ser uno mismo. Abrazar la música y las drogas a partir de la literatura.
No recuerdo quién puso el primer libro de Agustín en mis manos. Pudo ser cualquiera. Estaba destinado. Todos los que formamos parte de la generación de los años setenta lo tenemos en nuestro horizonte literario. Algunos más que otros. Y los escritores que más me interesan, de mi generación o de otra cercana, han estado influenciados directa o indirectamente por José Agustín.
MÁS DE VEINTE AÑOS después de mi primer acercamiento sentí la necesidad de retomar el diálogo. Una idea que nunca ha abandonado mi cabeza es qué ocurre después de la frase con que José Agustín cierra una de sus novelas más emblemáticas: “Yo creo que mejor nos regresamos. Se está haciendo tarde”. Encuentro en esta frase un reto. Y la necesidad de retomarla para darle continuidad a una tradición que la literatura mexicana no considera por completo suya. Al tender puentes con otras tradiciones José Agustín no resultó un autor tan canónico como Fuentes, por ejemplo.
Desde hace unos años estoy metido en una bronca con una novela sobre el desierto y recién me doy cuenta de que ese texto no es otra cosa que mi intento por saber qué ocurre después de Se está haciendo tarde (final en laguna). Esa historia que tengo en una edición de Joaquín Mortiz que cuando me la robé de la Librería de Cristal me pareció la cosa más extraña del universo. Una trama que estaba lo más alejada de mí como habitante del desierto. Pero apenas abrí sus páginas fue como un viaje de LSD. Yo estaba acostumbrado a que la literatura se apoyara sólo en referentes bibliográficos. Pero que este libro tuviera un epígrafe de una banda de rock fue lisérgico.
Hace unos días circuló en redes la noticia de que José Agustín sufrió otra caída y que por el momento no podía caminar. Creo que el enigma de qué ocurre después de Se está haciendo tarde permanecerá indescifrado. A lo mejor la respuesta estaba en La locura de Dios. O no.
En mi librero descansa un tríptico de fotografías firmado por el maestro. Dice: “Para mi cuate Carlos con el cariño de su cuate José Agustín Ramírez”. Las fotos son de Sergio Toledano. Y en una de ellas aparece pintando güevos. Y es así como lo voy a recordar siempre. Pintándole güevos a todo, al poder del Estado y al lenguaje.
CUENTOS COMPLETOS (1968-2002)
El nombre de José Agustín no es de los primeros que sale a relucir cuando se hace el inventario de los cuentistas mexicanos. Los éxitos de sus novelas sitúan a sus relatos en un segundo plano. Sin embargo es un cuentista de primer orden. Uno de los mejores de nuestro panorama. Y como cuentista choncho, en 2002 decidió reunir todas sus historias cortas en un solo volumen.
El grueso de su obra cuentística, casi cuatrocientas páginas, se concentra en tres libros. El más importante es Inventando que sueño (1968), texto experimental donde el autor juega con la forma de modo apantallante. Se reveló como un renovador. No por nada fue alumno de Juan José Arreola, el maestro jalisciense del género. En este volumen se incluye “Cuál es la onda”. La historia de una pareja de chavos que transitan de motel en motel de la Ciudad de México.
Literatura de la Onda fue el epítome con el que Margo Glanz etiquetó a un grupo de escritores del que José Agustín era un protagonista. Siempre rechazó la categoría, y como una burla (está implícita en el título) escribió este relato por cómo era percibido por la crítica. Y aunque este cuento es considerado por muchos su cumbre como cuentista, tiene otra joya.
Compactado en dos páginas y media, “Me encanta el infierno” es una pieza maestra de la narrativa breve. Cuenta el intento de seducción del Pellejo, un personaje srnoso, hacia el licenciado en una diminuta prisión. Una caricaturización del sistema político mexicano.
CERCA DEL FUEGO (1986)
Tengo una imagen fija en la memoria que recuerdo cada tanto. Era una tarde de 1996 y yo estaba trepado en un camión. La ruta se detuvo en el semáforo de Cuauhtémoc y Calle 13 en Torreón. Levanté la vista del libro que estaba leyendo y sufrí una revelación. Lo que le ocurría al personaje bien podría sucederle en aquella misma esquina. El libro era Cerca del fuego. En la edición de Joaquín Mortíz, con la ilustración de Augusto Ramírez en la portada, una especie de venus con un aro de fuego.
Todavía faltaba un año para que Radiohead sacara el OK Computer. Todavía faltaban ocho años para que publicara mi primer libro. Y desde entonces no he vuelto a experimentar la misma sensación con otro libro o autor, sin importar qué tanto me haya influenciado. Cerca del fuego fue importante para mí porque me ayudó a conocer ese México que había empezado a mutar desde el año crucial de 1994.
La trama de la novela trata precisamente de eso. De cómo este país sufre una amnesia sexenal y de cómo cada seis años comete los mismos errores que lo tienen sumido en la precariedad. Un efecto que no se ha revertido, que sigue ocurriendo en el presente, no importa el partido que nos gobierne.
DE PERFIL (1966)
Si bien con La tumba José Agustín y hizo su ingreso por la puerta grande a la literatura mexicana, con De perfil consiguió la pronta consagración. Hoy en día es bastante sencillo que un joven escritor sea publicado y leído. Pero en 1966 José Agustín fue visto como un intruso que no había sido invitado a la fiesta. Para estar en ese lugar era necesario un talento de otro planeta y José Agustín lo tenía.
De perfil es la novela iniciática mexicana por excelencia. En La tumba el autor había usado algunos pasajes de su vida como materia literaria, pero con su segunda novela se entregó a la ficción sin reservas. De perfil es una catedral narrativa perfecta. Nadie puede escribir una obra de esas dimensiones a los veinte años a menos que sea un genio. Y José Agustín lo era.
Para muchos De perfil se convirtió en nuestro libro de texto. Era en la literatura de Agustín donde el lenguaje se estaba transformando. Aprendía uno más en sus páginas que en la escuela. Y cuál era la enseñanza: una nueva manera de esgrimir la lengua. Algo que no conseguía Carlos Fuentes. El canon literario no conectaba más con los lectores jóvenes. Tuvo que venir un rockero a marcar el ritmo de los acontecimientos.
SE ESTÁ HACIENDO TARDE (1973)
Para algunos la última gran novela mexicana del siglo XXSe está haciendo tarde es un salto al vacío. Una introspección a la tan herida psique nacional. Un texto que las nuevas generaciones de escritores no hemos conseguido superar. Cuya trascendencia nos sigue rebasando.
Ese mismo salto lo hemos dado todos sus lectores durante varias décadas. Años que hemos festejado con júbilo el placer y la compañía de su obra. Y lo seguiremos haciendo por mucho tiempo. Gracias, maestro, ha sido un gran viaje.


sábado, 11 de agosto de 2018

Cinismo, literatura y pensamiento

11/Agosto/2018
El Cultural
Carlos Velázquez

La literatura mexicana atraviesa por una fase peculiar. Por un lado se produce el efecto de que se encuentra en decadencia y al mismo tiempo se presume de una vitalidad sin cortapisas. Se cuestiona su calidad, pero contamos con escritores como Antonio Ortuño o Yuri Herrera que le garantizan una salud envidiable. Se publica demasiado y sin embargo pocos son los libros realmente significativos. Vivimos un momento editorial boyante y sin embargo las mesas de novedades siguen esclavizadas por las enésimas rediciones de clásicos latinoamericanos, Fuentes, Vargas Llosa, etcétera. Se establecen listados de autores como México 20 y se publican antologías como no ocurría en el pasado inmediato.
Para arribar a este peculiar momento la literatura tuvo que experimentar un hueco.
Un vacío que va de Cerca del fuego (1986) a Un asesino solitario (1998). Casi diez años en los que el desarrollo de las literaturas regionales y la literatura del Centro entró en periodo de incubación. La década perdida tuvo en el núcleo de sí misma a una figura: Guillermo Fadanelli. Quien no sólo sostuvo la narrativa del Centro, antes de la irrupción de Enrigue, sino que mantuvo vigente la literatura mexicana en uno de sus momentos de mayor transición. Una proeza que cristalizaría con la publicación de Lodo (2002), uno de los clásicos modernos de nuestras letras.
¿CRISIS? ¿CUÁL CRISIS?
La literatura mexicana ha vivido en constante crisis desde los sesenta. Una vez agotado el modelo pseudocosmopolita y posrevolucionario, la literatura mexicana se vio en la encrucijada de continuar narrando el paraíso exótico de Macondo o responder a la exigencia de contar la realidad de un continente que se caía en pedazos. Y a esa demanda respondieron varios productos literarios. Entre ellos Cerca del fuegoEl asesino solitario y Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1998). La realidad de este país se mide en sexenios.
El continente necesitaba voces radicales que describieran la realidad aplastante que se vivía en parte gracias al resquebrajamiento de las instituciones. De Cuba, Pedro Juan Gutiérrez, de Colombia, Fernando Vallejo, de Chile, Pedro Lemebel y de México, Guillermo Fadanelli, comenzaron a desenmascarar el embuste del bienestar promovido por la América Latina del realismo mágico. Existe un punto de encuentro entre la narrativa de Fadanelli y Sam Shepard. En ParísTexas, hay una escena en la que Harry Dean Stanton se cruza en un puente con un homelessque a grito pelado clama el final de los tiempos. Es el comienzo de Clarisa ya tiene un muerto (1999). Con la aparición del predicador, Fadanelli se desmarcaría del resto de sus contemporáneos. Daba reporte de una Ciudad de México ajena a la literatura. Y no era otra sino la misma de todos los días. Pero desprovista de romanticismo. Observada con los mismos ojos que la observaban día a día millones de personas. Reflejo a la vez de un país desolado.
En la actualidad la literatura mexicana reflexiona demasiado sobre sí misma. Más que nunca en su historia. Es interesante que estas preocupaciones no se presentaran cuando fueron las corrientes marginales las que alimentaron la transformación del panorama. La inquietud presente por contar con una literatura salubre ha modificado la producción literaria en el país. La academia gana terreno y lo que se escribe ahora en México carece del arrojo que hubo en el pasado. Fadanelli es un producto proveniente de corrientes marginales. Su adhesión a la filosofía dejó constancia desde el principio. Fuera de unos pocos autores, como Fadanelli o García Ponce, en nuestro país la filosofía no arraigó en el pensamiento del literato. La República de las Letras optó por la metaliteratura. Aquella que no habla de la vida o las tribulaciones del hombre o la condición humana. La literatura que sólo tiene como tema la literatura misma.
La literatura del Centro está en deuda con Fadanelli más de lo que cree. Alzó la mano por la narrativa capitalina mientras la literatura norteña clavaba la bandera de un estilo y una moda; dotó a las letras del Centro de un lenguaje auténticamente loco, como correspondía; y mientras la ciudad perdía protagonismo en las letras nacionales, él continuó situándola en el centro de su ficción. Primero como cuentista, después como novelista y luego como pensador. Sin su presencia la narrativa del Centro habría demorado más tiempo en recobrarse de la deforestación ideológica y estilística inaugurada con La región más transparente.
Antes que la clase media chilanga volviera a ocupar un espacio en la literatura mexicana, Fadanelli la mantuvo viva. Fadanelli tuvo que esperar a la clase media para que lo acompañara en el campo literario. Dicha clase está en deuda con él. Pero no se trata de un héroe. Se trata solamente de un escritor que se dedicó a hacer su trabajo. Ajeno por completo a cualquier generación. 

Fadanelli ha cultivado un aislamiento a prueba de balas y prebendas. A diferencia de Monsiváis o Poniatowska, jamás ha aparecido en fotos con políticos. Es un espécimen en extinción dentro de las letras nacionales.

LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO
En la edición de Debate de Lodo la foto de solapa muestra a un Fadanelli sentado, calvo y con unos lentes de sol casi de diadema. A sus 39 años ha escrito una novela que en 2003 sería finalista del Premio Rómulo Gallegos. Perdería con la obra de otro loco, Desbarrancadero de Fernando Vallejo. Pero bien pudieron haberse declarado ganadoras a ambas novelas, como ocurre con frecuencia en otros certámenes. En la lista de ganadores del prestigioso concurso aparecen cuatro mexicanos. Fuentes, Del Paso, Poniatowska y Mastretta.
Guillermo Fadanelli nació en la Ciudad de México en 1963. En 1989 fundó junto a sus compinches la revista Moho, que encarnaría después en editorial. Y debutaría autores como Wenceslao Bruciaga. La vida de Fadanelli no es muy distinta de la de cualquier mexicano. Parte de su biografía se puede rastrear en sus libros. Como a los autores valiosos, la vocación lo pescó a él y no al revés, como sucede ahora con la gente que decide dedicarse a la escritura. Es difícil imaginarse a Fadanelli en un máster de literatura. Sea en la Pompeu Fabra o Cornell.
En sus inicios como cuentista, Fadanelli describía su realidad circundante. Poco a poco fue incorporando a su obra fragmentos de su biografía, sin pisar de lleno la no-ficción. Y con el paso de los años se ha convertido más en un pensador que en literato. Su producción novelística no se ha detenido, pero ha dejado bien claro que sus preocupaciones se centran en otro lugar. Un sitio que ha desgranado en sus textos ensayísticos. El idealista y el perro, Insolencia y Meditaciones desde el subsuelo es una suerte de trilogía que ha mantenido al autor ocupado poco más de un lustro.
Fadanelli no es un hombre de escándalos. Pero es imposible no recordar aquel en el que fue metido involuntariamente una tarde cuando la conductora de espectáculos Paty
Chapoy ocupó unos segundos del programa Ventaneando para despotricar en contra de La otra cara de Rock Hudson. Es la mejor clase de publicidad que alguien puede recibir. No sólo es una anécdota chistosa. El trabajo de Fadanelli logra su cometido, es decir, sus aspiraciones. Incomodar a través de una historia que reflejara la realidad nacional. No importa que fuera un malentendido. Que la conductora comprara el libro por equivocación. Por pensar que era una biografía del autor. Este episodio dice mucho del poder de Fadanelli. Que su libro cayera en manos de gente que en su vida ha leído es sobre todo un triunfo de su literatura.
Pocos escritores tienen el don de la palabra como Guillermo Fadanelli. Su solvencia para expresar ideas sólo es comparable a la de Juan Villoro. Un hombre puede ser sabio en dos ocasiones. Cuando habla desde la cima de su experiencia. Y cuando habla desde la cima del lenguaje. Fadanelli es de los últimos. Su facilidad de palabra la ha puesto siempre al servicio de las ideas. Lo que lo ha convertido en un excelente conversador. Pese a estos atributos, es especialista en el arte de quedarse solo. Fadanelli ha cultivado un aislamiento a prueba de balas y prebendas. A diferencia de Monsiváis o Poniatowska, jamás ha aparecido en fotos con políticos. Es un espécimen en extinción dentro de las letras nacionales.
Una literatura que lo llevó a ser fichado por la editorial Anagrama con una antología de relatos. En 2004, cuando apareció Compraré un rifle, era impensable que un autor ingresara a una editorial como esa con un libro de relatos. Y menos con una antología. Y aunque los relatos no eran inéditos, eran desconocidos para el público español. Lo que habla de la acuciosa imperiosidad con la que era requerida la presencia editorial de Fadanelli en España. Si bien la editorial catalana tenía entre sus publicaciones a unos cuantos outsiders, era necesario detentar una calidad muy alta para pertenecer a ese club hasta entonces selecto. La calidad de Fadanelli nunca fue moneda de cambio trasatlántico. No porque no la tuviera, al contrario. Sino por su cualidad trashy. Fadanelli hacía videos, apadrinaba grupos de rock, fanzines, etcétera, pero debajo de toda esa fascinación por el underground habitaba un autor con grandes ambiciones. Que se consolidarían con el paso del tiempo y de los libros. Y que hoy lo mantienen como una de las figuras más insobornables del panorama.
Las solapas de sus libros presumen que desertó de la universidad, que es un boxeador fallido y que fue arriero, vendedor de árboles de navidad en Nueva York y dependiente de mostrador de una pastelería en Madrid. Cuesta menos imaginarlo así, con las manos embarradas de betún de chocolate que en un programa de escritura creativa. Es autodidacta. Y pese a que ha tenido muchos golpes de suerte continúa siendo un descreído. Su cinismo lo mantiene ajeno a las fruslerías del medio literario. Afirma que los premios que ha ganado son producto de un equívoco. Y de los apoyos gazmoños (becas) de parte del Estado tiene una opinión bastante relajada. Los considera limosnas. Y nunca va a estar en contra de formarse en la fila para recibir unas migajas. Ese es Fadanelli. Un autor que lo fagocita todo, incluso a sus colegas, con tal de mantenerse en el camino de la escritura.

Es autodidacta. Y pese a que ha tenido muchos golpes de suerte continúa siendo un descreído. Su cinismo lo mantiene ajeno a las fruslerías del medio literario. Afirma que los premios que ha ganado son producto de un equívoco.

LA DESTRUCCIÓN DEL HOMBRE
Fadanelli considera que la autodestrucción es una herramienta útil para el conocimiento de uno mismo. Partidario de los excesos, es un dipsómano congraciado, a sus 55 años conserva un buen estado de salud. Resultado de su faceta de basquetbolista de ocasión. Deporte al cual profesa cariño y ha tratado en su novela El hombre nacido en Danzing.
Pero también, y sobre todo, de su afición por el trote. En El billar de los suizosMemorias atendidas, declara que su salud es la enfermedad bien llevada. En ocasiones ha manifestado que trota tres veces a la semana. Cuesta imaginarlo, pero no porque esté reñido con el deporte. Porque sus cavilaciones parecen de otro orden. Y sin embargo es imposible que un pensador no sea un adicto a la caminata. En todo caso, Fadanelli ha sabido pregonar la destrucción y ha conseguido hacer lo necesario para mantenerse en forma. Y su condición escritural también se encuentra activa. Así lo demuestra su columna de los lunes en El Universal.
Fadanelli ha llevado la destrucción hasta sus últimas consecuencias. Su obra, a menudo asociada con el realismo sucio, demostró ser algo más con la publicación de Lodo. Metafóricamente, Fadanelli se anuló a sí mismo para tomar una nueva dirección. Esto es imposible no relacionarlo con la vida de Dennis Rodman. Existe una cinta casera que cuenta la vida del basquetbolista. Una noche, cansado de tantos problemas de armas y drogas, Rodman se encerró en su coche con una pistola. Y llevó a cabo una muerte simbólica. Salió de ahí convertido en otro para ser campeón de la NBA.
Sin el dramatismo del defensivo del año en 1990 y 1991, Fadanelli le ha impreso a su trabajo giros radicales. Primero con Lodo y después con su obra ensayística. Lo que lo ha exonerado de ser un autor complaciente consigo mismo, con los lectores y con los editores. Y ha mancillado esa imagen indolora que tiene el mundo editorial de convertir al escritor en una máquina productora de novelas. Una al año si es posible. En resumen, Fadanelli ha hecho lo que se le antoja. Y ese es un lujo que no todo mundo puede darse.

Lodo trajo un respiro a lo que ofrecía la literatura mexicana. Lo que no sabíamos es si queríamos ese respiro.

UN ANIMAL MORAL
La literatura mexicana reciente tiene muchas obras pero carece de personajes entrañables. Quizá el mejor personaje que haya producido en los últimos años sea Benito Torrentera. El protagonista de Lodo no es un alter ego de Fadanelli. Pero bien podría ser el autor de Meditaciones desde el subsuelo.
Habría que preguntarle a Fadanelli si se siente más a gusto ahora en el ensayo que en cualquier otro género, arriesgándonos a suponer que se sienta a gusto con algo. Su trasbordo a lo ensayístico lo ha metamorfoseado de raro en más raro. Y no por otra cosa sino porque el moralista que habita en él siente más deseos de pronunciarse que nunca. Si en el futuro la humanidad toca fondo no quepa duda que Dostoievski se convertirá en el escritor más popular. Fadanelli lo sabe. Él es también un moralista. Y como tal ha decidido llevar hasta sus últimas aspiraciones las tribulaciones de Torrentera.
Al momento de su publicación, Lodo trajo un respiro a lo que ofrecía la literatura mexicana. Lo que no sabíamos es si queríamos ese respiro. De lo que no había duda era de que lo necesitábamos. Era una moneda al aire con todas las de la ley. Un profesor de filosofía decide visitar Tiripetío, Michoacán, porque fue ahí donde cinco siglos antes se impartió la primera cátedra de filosofía en México. Una chica, Eduarda, asalta un Oxxo y busca refugio en el departamento del catedrático y después él convierte su expedición en una huida.
El argumento de la que por muchos ha sido nominada como la novela de la década, es la antítesis de lo que la narrativa de Fadanelli promovía hasta el momento. Decía Bukowski que el escritor tenía que arriesgar. Y Fadanelli atendió bien a sus palabras. Qué tremenda conversión moral tuvo que pasar para idear esta trama. No es complicado imaginar a Fadanelli arrastrarse de un lado a otro con el argumento metido en la cabeza. Si en su momento Rayuela funcionó como una guía jazzística, Lodo se ha convertido en un referente de lecturas filosóficas.
Torrentera es un sibarita que se regodea con añejas ediciones de libros y vino tinto. Y mientras conduce su coche desgrana su conocimiento. Pero es ante todo un mortal al servicio de sus debilidades. Las mujeres. Flor Eduarda para ser precisos. Y como si se tratara de una novela de forajidos en un giro inesperado, Lodo termina con un profesor de filosofía en la cárcel. Que no es otra cosa que la metáfora del pensamiento. La mente, de la cual no podemos escapar por más Cioran que consumamos en el desayuno.
En estos momentos Fadanelli se encuentra más cercano del Bukowski de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco que del autor de El día que la vea la voy a matar.
COMPRARÉ UN RIFLE Y LOS MATARÉ POR CABRONES
Si un día se instaura el Salón de la Fama de la Literatura Mexicana al primero que tendríamos que ingresar es a Fadanelli.

sábado, 10 de junio de 2017

50 cosas que no te hacen escritor

10/Junio/2017
El Cultural
Carlos Velázquez

Hace unos días un contacto me compartió una imagen que me dejó horrorizado. Un sujeto en un Starbucks con una máquina de escribir. Me escandalicé por lo pretencioso, lo hipster, la impostura y lo snob de la actitud.
¿En qué momento se convirtió en una moda ser escritor? Hace veinte años, cuando comencé a incursionar en la literatura, era mal visto dedicarse a las letras. Se te consideraba un desadaptado. No por ñoñez o nerdismo. Por el estigma de la pobreza implícito. Antes las personas con pretensiones intelectuales salían a la calle con libros. Mírenme, soy un lector. Hoy usan barba, lentes de pasta o cargan con una máquina de escribir y un kilo de hojas en blanco. Lo dijo el hígado de Pérez Reverte, los millennials no tienen biblioteca. Y no, no soy un jeiter de los millennials. Pero mi consejo para todos ellos es aléjense de Twitter, inviertan ese tiempo en la lectura.
No nos engañemos, la escritura es un oficio exigente. La proliferación de “autores”, editoriales y publicaciones no refleja la realidad. Es innegable que la literatura mexicana atraviesa por un buen momento. Hay escritores como Guillermo Fadanelli, Yuri Herrera o Antonio Ortuño. Pero el panorama literario lo sostienen unos cuantos. Al realizar el corte de caja los resultados son más bien pobres. En los últimos diez años hemos producido muy pocas obras significativas. Y al final del día, cuando la pose se deja de lado sólo queda la obra. Esa criatura fantástica que llamamos canon se depura a sí misma, y no importa cuánto lobby literario se practique, en unos años en el recuento de textos de calidad vamos a salir en número rojos.
Un equívoco cunde en el mundillo de la literatura mexicana. Cualquiera se siente escritor. Para despejar dudas aquí una lista de cosas que definitivamente no te convierten en escritor.
1. Tener un gato.
2. Juntarte o acostarte con escritores.
3. Que te sigan escritores en Twitter.
4. Usar un sombrerito como el de Hunter
S. Thompson .
5. Ser editor de una revista institucional
6. Casarte con un autor publicado por
Anagrama.
7. Estar en una lista como México20,
Bogotá39 o Granta.
8. Ser editor y publicar una novela.
9. Montar una editorial con crowdfunding.
10. Creerte Hank Moody o Charles
Bukowski.
11. Publicar fragmentos de tus “obras” en
Facebook.
12. Presumir en las redes sociales el n
mero de caracteres que escupes cada
jornada.
13. Publicar en páginas web indies.
14. Trabajar en la Secretaría de Cultura.
15. Hacer una antología de narradores sin
tú serlo y después sacar una novela.
16. Pelearte con Christopher Domínguez
Michael.
17. Dar clases en Ayotzinapa.
18. Escribir el prólogo del libro inventado
de Rubén Moreira.
19. Autopublicarte.
20. Hacer berrinches para que te nombren
director del Festival Cervantino. 21. Ser invitado al Hay Festival.
22. Asistir a todas las fiestas de la FIL
Guadalajara.
23. Meterte coca con editores españoles.
24. Publicar una novela con dibujitos.
25. Que una de tus historias sea llevada
al cine.
26. Usar playeras con rostros de
escritores.
27. Ser grupi de escritores, en especial de
Murakami.
28. Tener una cuenta en Goodreads.
29. Tatuarte rostros de escritores o frases
de los clásicos.
30. Asistir a un taller literario.
31. Tener la beca del FONCA.
32. Realizar una residencia en
Nueva York.
33. Despotricar contra las vacas sagradas:
Bolaño, García Márquez, Vargas Llosa
o Monsiváis.
34. Estudiar letras.
35. Que todo mundo te diga que eres lo
máximo aunque no vendas ni
doscientos ejemplares.
36. Ser chilango y escribir narconovelas.
37. Vivir en la Condesa.
38. Presumirle al mundo las cuatrocietas
visitas que recibió tu blog en un mes.
39. Ser nini o poblano.
40. Publicar en Replicante.
41. Ganar un concurso amañado.
42. Obtener una beca a cambio de
favores sexuales.
43. Tener agente literario.
44. Ser invitado, al menos una vez en tu
vida, a comer en el depa de Fernando
Vallejo en la calle de Ámsterdam.
45. Despreciar a Juan Gabriel.
46. Decir que Rulfo era maricón,
comunista, espía o travesti de Puente
de Alvarado.
47. Abrir un blog de forma anónima para
burlarte de escritores.
48. Pintar versos en las bardas de la
ciudad.
49. Comprarte un kindle.
50. Mudarte a la Ciudad de México.
La pregunta del millón es: Qué te convierte en escritor. Me gustaría responder que escribir y publicar. Pero sería falso. Honestamente no sé qué te hace ser escritor en la actualidad. Es un caso para la araña. Pero mientras encontramos la fórmula no queda otra que seguir tecleando. Obvio en una computadora. Tardamos bastantes años para quitarnos lo impráctico que era la máquina de escribir como para resucitar ese martirio.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Un fanático de la minuciosidad

Febrero/2015
Tierra Adentro
Carlos Velázquez

La historia de México está anegada de injusticias. Y el campo de la literatura no se encuentra exento. Una de sus ingratitudes manifiestas reside en por qué no se valora en nuestro país a Fernando del Paso con la misma veneración que se otorga a otras figuras nacionales o latinoamericanas. Un grupo nada despreciable de críticos, académicos, escritores y lectores, coinciden en lo mismo: Del Paso compite por el puesto de ser considerado el mejor escritor de la cultura mexicana. Para quien esto escribe, no existe duda. El corpus de su obra se ubica en un Olimpo al que sólo son convidados Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y Al filo del agua, de Agustín Yáñez, dicho esto sin ánimo de convocar polémica y con perdón de los que se encuentren en desacuerdo. Sin embargo, permea el sentimiento generalizado de que Del Paso debería circular más, ser más leído, más reverenciado, debido a que las referencias del mexicano promedio son Carlos Fuentes o García Márquez (un extranjero) como algunos de los máximos exponentes de las letras hispanas.
Ante lo anterior surge la siguiente pregunta: ¿por qué la obra de Del Paso no ha recibido la importancia que merece? Razones se antojan varias. Pero antes de enunciarlas es pertinente detenerse en un elemento un tanto maléfico que viene emparejado con la reservada popularidad de los textos de Del Paso: el éxito. Si medimos el éxito de un autor porque es citado en telenovelas de Televisa, como es el caso de García Márquez, entonces Del Paso lo ha eludido. Pero si consideramos estos tres fragmentos de la obra de Del Paso:
Era
Era un hombre.
Era un hombre de cabello encarrujado y entrecano. Tenía cuántos años. Treinta y cinco, cincuenta. Cincuenta y cuatro trenes salen todos los días de la vieja estación de Buenavista y yo los cuento como cuento sus años. (José Trigo, 1966)
La ciencia de la medicina fue un fantasma que habitó, toda la vida, en el corazón de Palinuro. (Palinuro de México, 1977)
Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México. (Noticias del Imperio, 1986)
podemos formularnos la interrogante válida de que si en esto no consiste el éxito, entonces en qué consiste. El oficio de la literatura no garantiza la pertenencia al mercado editorial. Afirmo esto sin afán fatalista. Ahí están los demasiados volúmenes que se publican de textos que no obedecen a los géneros literarios. Aquí interviene uno de los malentendidos que se ha pronunciado alrededor de la obra de Del Paso. El acceso a su producción jamás ha sido vedado. Así lo confirman las constantes reediciones de José Trigo en Siglo XXI y las estupendas ediciones conmemorativas del FCE tanto de Palinuro de México en 2013 como de Noticias del Imperio en 2012. Del Paso no ha encarnado nunca una posición marginal, ni deliberada ni accidental. Resulta incuestionable que siempre ha formado parte del mercado.
Pero persiste la cuestión de por qué la obra no disfruta de la misma notoriedad que la de otros autores menores. Y aquí interviene otro de los malentendidos creados a partir de la trilogía de novelas que escribió. Un estigma que no es exclusivo de Del Paso. Contra el que se ven obligadas a luchar todas las obras de largo aliento. La supuesta inaccesibilidad que se le atribuye per se a las obras voluminosas. Pero es una inexactitud. Lector entrenado o no, quien se acerque a, por ejemplo, Palinuro de México, encontrará al narrador oral más grande de nuestra tradición. Y también al más ambicioso. Otro de los factores por los cuales es probable que exista cierto distanciamiento con su trabajo puede radicar en su presumido barroquismo. Súmenle otro equívoco. Se da por sentado que el oficio narrativo de Del Paso está emparentado con el barroquismo tropical. Pero la correspondencia, si es que existe, es mínima. Un paralelismo a interpretar, por las dimensiones entre ambas obras, sería Paradiso (1966), de José Lezama Lima. Más apropiado para el caso de Palinuro de México que para José Trigo, aunque no descabellado para el segundo por su intención de remodernizar la novela moderna.
El barroquismo latinoamericano es oscuro y un tanto ajeno al lector mexicano. Un oscurantismo que no acusa orfandad. Proviene de James Joyce. Es achacado a sus problemas de glaucoma, que tornaban un tanto confusos algunos pasajes de Ulises (1922). Como el arranque mismo. “Solemne, el rollizo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja”. No hace falta consultar el original. Baste advertir los aprietos a los que se enfrenta el traductor. Ese oscurantismo fue legado a los narradores latinoamericanos hijos de Joyce.
Pero en México ese fenómeno no se produjo. Del Paso es el escritor en lengua española más alejado del barroquismo mágico. Se encuentra más cercano de El mundo alucinante (1969) de Reinaldo Arenas que del boom latinoamericano. Quizá Del Paso corrió con la mala suerte que ha aquejado a algunas de las literaturas. Que en un afán académico o histórico por definirlas se les etiqueta de manera apresurada. Es debatible si el trabajo de Del Paso se ubica dentro de la categoría de lo barroco. En caso de obedecer a esta corriente, lo perpetra alejado por completo del espectro tropical. En todo caso inauguró el barroco mexicano. Pero la premisa posfechada no le rinde justica. El barroquismo no alcanza a explicar en toda su complejidad y profundidad la experiencia narrativa emprendida por Del Paso. Encasillar su producción en una etiqueta inexacta no ha conseguido sino entorpecer su divulgación.
El tercer elemento que podría fungir como un impedimento para la masificación de Del Paso es el romance empedernido de su obra con la historia. Aunque en los círculos académicos el cotejo de la obra de Del Paso con lo que Borges denomina “lo histó­ ricamente comprobable y lo simbólicamente verdadero” se ataca con recurrencia, se malentiende la relación de Del Paso con la historia. Extenderse en este punto ocuparía un ensayo entero por deshilvanarse. Baste apuntar que en el enfrentamiento Historia vs. Literatura, siempre resultará ganadora la literatura. Porque la novela es, antes que todo, una suplantación de la historia. La novela no sólo es el género literario por excelencia, sino que es además la verdadera voz de la historia. A nadie interesa ahora certificar que la emperatriz Carlota no es la fiel reproducción que aparece en Noticias del Imperio. Asumimos como original a la Carlota de la novela. No experimentamos la necesidad de consultar el relato oficial para corroborar que se trata de ella. Y nadie podría considerar siquiera que Carlota pudiera habitar otra lengua que no fuera la de sus desquiciados monólogos.
La literatura existe no para desdecir la Historia, sino para reelaborarla. Lo que supone un desafío más grave de Del Paso para un país como éste, de instituciones y sus entelequias, de costumbres y hábitos, de traición y desmemoria. Por ello la literatura de Del Paso ha sido poco apreciada por este país. Pero esa desidia ha comenzado a revertirse.

POLIFÓNICO DE MÉXICO

Distintas generaciones de críticos se han puesto de acuerdo para designar a Palinuro de México como la obra maestra de Del Paso. Este juicio resulta discutible. Por su estructura, su ambición, el manejo de la historia, la humanización de sus personajes, José Trigo debiera ser favorecida por la academia como la mejor novela de su autor. Ningún escritor mexicano ha debutado con una novela de tal magnitud. Sin embargo, el puesto lo ocupa su segundo libro. Pero desde la imparcialidad es complicado decantarse por una. Y equilibran el corpus novelístico de su autor. Del Paso no se desbocó. Como Joyce, que tras Ulises abandonó toda noción de campo semántico en Finnegans Wake (1939). Leopoldo Marechal sólo tuvo Adán Buenosayres (1948), Laurence Sterne a La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (1760), pero Del Paso tuvo una trilogía.
Palinuro de México despierta una sensibilidad y una empatía que no comparten las otras novelas. No con la misma intensidad. En principio porque retrata una época bastante dolorosa en la historia de la nación: la del movimiento del 68. No quiero decir que la lucha ferrocarrilera, la guerra cristera o la dominación francesa lo sean menos. Sin embargo, es la tragedia más fresca la que se impone siempre. Pero sobre todo porque al tratarse de una autobiografía en clave, Del Paso predice, de manera sutil, el boom de la no-ficción que experimentamos en la actualidad. Y si Del Paso no la publicó como un testimonio es por su deuda con la historia. Esa en la que se empeñó desde sus inicios por tributar.
De entre las distintas promociones de narradores que establecieron un puente con Del Paso se encuentra Carlos Fuentes. Pese a que en su momento Fuentes fue objeto de un reconocimiento al que nunca accedió Del Paso, a pesar de ganar el Premio FERNANDO DEL PASO 21 Internacional Rómulo Gallegos en 1982, la novelización de la historia por parte de Fuentes caducó en menos de dos décadas. Su esfuerzo por representar el sentir del ser nacional dejó de representar a la siguiente generación de mexicanos. En este sentido Del Paso siempre fue un paso adelante. Trabajó exclusivamente con materia atemporal. José Trigo, Eduviges, Carlota, Palinuro y Estefanía habían cortado por completo todo nexo con el presente al momento de encaminarse a la ficción. No así la ciudad de México de La región más transparente (1958) o el Artemio Cruz de La muerte de Artemio Cruz (1962). El tributo de la era moderna al caudillismo.
Pese a la estima que provoca, Palinuro de México no es la novela más procurada de Del Paso. Es Noticias del Imperio. Pero trátese de cualquiera de las tres, en todas ellas encontramos un rasgo unificador: un fanatismo por la minuciosidad. En el lenguaje: que crea una polifonía de voces. Es tal la virtud del oído de Del Paso que su reinvención del habla no se agota. No conoce el tope. Siempre descubre un camino para continuar. Un fanatismo por la minuciosidad estructural. Que va desde los saltos temporales de la guerra cristera a la lucha ferrocarrilera, a la no-ficción planteada por la autobiografía que acompaña a la tragedia estudiantil de 1968, a ahora sí, agotar el siglo XX para volver al XIX y dar su versión de los hechos de una mujer enloquecida y enamorada o enamorada y enloquecida en el principio del fin. Un fanatismo de la minuciosidad por la forma, que va de la estructura de saltos temporales al desarrollo de la plasticidad de la prolijidad de la biografía a darle rienda suelta al flujo de conciencia. Treinta y siete años, tres novelas.

OCHENTA AÑOS DE FERNANDO DEL PASO

Es probable que no atendamos a su tradición, ni ellos a la nuestra, pero la literatura argentina cuenta con un autor como Del Paso. Alberto Laiseca nació en 1941 y es autor de Los sorias (1998). Una novela de más de mil trescientas páginas. Ambos comparten haber dedicado prolongados momentos de su vida a la conformación de novelas extensas. Son los dos últimos grandes monstruos de la novela después del boom. Este 2015, Del Paso cumple ochenta años de vida. Y no existe otra forma posible de calificarlo que como un dechado de lecturas. Lo afirman las instrucciones para escribir Noticias del Imperio que enumera Vicente Quirarte en su ensayo “Amor, historia y actores en Noticias del Imperio”. Un largo conteo de lecturas, tanto de vida como de textos que tuvo que perpetrar Del Paso para escribir su biografía apócrifa de la emperatriz Carlota. Y si sumamos sus estudios del movimiento ferrocarrilero y la investigación de la medicina concluiremos que se trata de un dechado de lecturas. Fernando del Paso es y fue novelista, poeta, cuentista, periodista, ensayista, dramaturgo, pintor, embajador, director de la biblioteca Octavio Paz, pero sobre todo ha sido un lector.
En 2008 viajé a Nuevo Laredo, Tamaulipas. En esa época atravesaba por mi segunda lectura de José Trigo. Y como es natural estaba emocionado hasta lo indecible. Y me hacía la misma pregunta que se plantea al principio de este texto. Por qué razón la gente no se acerca más a la obra de Del Paso. Me invitaron a conocer Estación Palabra. Un espacio dedicado al fomento de la literatura. Me desconcertó hondamente que el sitio llevara el nombre de Gabriel García Márquez. No por una querella personal con el colombiano. Lo primero que me vino a la mente fue la pregunta, por qué este lugar no fue nombrado Fernando del Paso. Me entristeció el profundo desconocimiento que las instituciones tienen de la historia de nuestra literatura. Exterioricé mi opinión y me gané el repudio general. Pasé dos día horribles en Nuevo Laredo. La gente del medio literario me dedicaba miradas con una mezcla de odio y condescendencia. Probablemente se me tomó por un ignorante.
Una tarde caminando por la colonia Roma de la ciudad de Mé­xico descubrí en el número 150 de la calle de Orizaba, una construcción que ostenta una placa con la leyenda “El primero de abril de 1935 nació en esta casa el escritor mexicano Fernando del Paso”. Desde ese día siempre que se presenta la ocasión de pasar por afuera del inmueble me detengo a contemplar la placa. Con unas ganas incontenibles de hincarme. Sé que sonará un poco cursi, pero invariablemente se me acelera el corazón. Me sudan las manos. Es lo más cerca que he estado de Del Paso. No tuve la oportunidad de verlo en la fil. Me estremece esa leyenda. Me parece inconcebible que tras los muros que resguardan la placa haya venido a este mundo Del Paso y yo esté de pie frente a ellos. El hombre que este año cumple ocho décadas. El lector. El autor de Palinuro de México.

sábado, 1 de noviembre de 2014

I Need a Fix Cause I’m Going Down José Agustín

1/Noviembre/2014
Laberinto
Carlos Velázquez

La tumba es la primera novela estéreo en México. El salto del sonido mono hacia la vanguardia en la literatura nacional. Nuestras letras, como el país, viven un estado de crisis permanente. José Agustín debutó durante una coyuntura. Solo existían dos caminos para la escritura: refritearse el modelo posrevolucionario o sucumbir ante el pseudocosmopolita. Como le ocurrió a un alto porcentaje de sus contemporáneos.
Quizá era previsible. Quizá no. Lo que en definitiva nadie pudo predecir fue que la revitalización de la narrativa surgiría de la mente de un veinteañero. Bob Dylan afirmaba que los cambios sociales se producían después de episodios de agitación. Atenta a esa ecuación, La tumba es hija de la revolución juvenil. Con frecuencia se hace escarnio de que los movimientos arriban tarde a nuestro territorio. A diferencia de otras corrientes, la literatura mexicana no recibió la vanguardia diferida. José Agustín nos conectó con la Era de Acuario.

Una virtud emblemática de La tumba reside en su carácter iniciático. Es la asociación delictuosa por excelencia para aquellos que fueron adolescentes en los sesentas (con el tiempo el referente se ampliaría hasta nuestros días). Evidenció que el relevo generacional sí significaba una renovación cultural. La tumba inauguró el relato de iniciación. La tradición había demostrado ser una pandilla de masoquistas infelices. La narrativa había dejado de registrar el discurrir del ser nacional. José Agustín dio carpetazo al discurso imperante al renunciar a la explotación de lo idiosincrático como sello de identidad. Aglutinó en un documento el pulso de su época.

La tumba inauguró la novela generacional. A partir de su irrupción emergió una nueva promoción de narradores. Autores que sin su publicación no habrían garantizado su ingreso en el panorama de las letras. O no al menos con la contundencia que lo consiguieron. Todo el crédito corresponde a José Agustín, sin embargo no podemos restarle mérito al ingeniero de sonido de esta obra: Juan José Arreola, quien se dejó despertar la sensibilidad por el genio precoz del autor. La novela fue editada cuando el escritor contaba con apenas dos décadas de existencia, pero está fechada tres años antes, en 1961, la redactó a los dieciséis años.

La historia está compuesta por personajes que eligieron el viaje como una manera de autoafirmación. José Agustín es un caso excepcional. Desafió la fórmula. Primero se consagró a La tumba y después emprendió la travesía. En 1961, meses después de escribir la novela, se casó a escondidas y se embarcó a Cuba para participar en una campaña de alfabetización en la isla. La constante dicta que primero se debe viajar y después verter la experiencia en la página, no a la inversa. José Agustín desobedeció la regla. Y luego salió a observar el mundo. De esta experiencia se desprendió Diario de brigadista, publicado cuarenta y seis años después.

La tumba está influida por “La infancia de un jefe”. Una lista de lecturas de la época reveló que José Agustín releía El muro de Sartre con asiduidad. A la novela del mexicano podríamos subtitularla “La infancia de un yupi”. Si bien es cierto que el personaje principal es un escritor, nada indica que se congratulará con el oficio. Como en un delirio davidlyncheano, podría reencarnar en el protagonista de Dos horas de sol, novela concebida por José Agustín treinta años después. Mientras tanto, como el protagónico de Sartre, se dedica a prepararse para el devenir. En la historia del existencialista el personaje ingresará en la clase alta francesa. En la del mexicano, Gabriel se incorporará a la descomposición social producto de un país corrupto.

A diferencia de Lucien, Gabriel no coquetea con la ambigüedad sexual. Transgrede con base en un elemento igual de poderoso: el lenguaje. Debraya con que tiene un encendedor por cabeza (anticipación del eraserhead lyncheano) y líquido en lugar de masa encefálica. Permanentemente escucha un clic que lo desquicia. Un clic constante que se convierte en clit. El órgano que le permite acceder a un lenguaje nuevo, dotarlo de una vitalidad inédita. Un tejido semántico que no depende exclusivamente de lo bibliográfico, sino que abreva del rock, las subculturas, la oralidad callejera desenfrenada y sobre todo la alteración de la realidad. La realidad alterada en la literatura mexicana comienza con José Agustín.

La tumba antecede a Less than Zero (1985), también una ópera prima, de Breat Easton Ellis. Sin el glamur que supone una narración ubicada en Hollywood. Ambas obras experimentan un existencialismo americano sin concesiones. Tanto Gabriel como Clay parecen implorar por un subidón que los rescate de la parsimonia de su época: I need a fix cause I’m going down. Por eso tienen que medir sus emociones a base de velocidad y de acostones. Clay también reencarnaría, con el mismo nombre, quince años después en Imperial Bedrooms. Y, oh casualidad, es guionista. Nigro, el antihéroe de Dos horas de sol, se dedica a realizar reportajes para una revista. La tumba posee un final abierto. Aparece un revólver. Toda caída lleva implícita que la felicidad es una pistola caliente. El clic interminable del arma no es otra cosa que el reponerse a la sepultura.

Descubrí a José Agustín a los dieciséis, la edad en la que conformó La tumba, en 1994. El país atravesaba por una de sus épocas más convulsas. El levantamiento en armas por parte del EZLN, el asesinato del candidato priista a la presidencia Luis Donaldo Colosio, la devaluación y el suicidio de Kurt Cobain marcaron mi adolescencia. Mi primer acercamiento sucedió a través de Dos horas de sol. El libreto perfecto para el soundtrack al que era adicto aquellos días: Nevermind de Nirvana. Dos horas de sol es una de las obras menos populares de José Agustín. Sin embargo, es una de mis novelas favoritas. Le guardo un cariño especial porque me introdujo al universo joseagustinesco. Semanas después conseguí La tumba.

No puedo rememorar mi contacto con la primera novela de José Agustín sin evocar un pasaje de la película Almost Famous de Cameron Crowe. Es una secuencia hermosa. Anita, hermana de William Miller, se enrola como aeromoza para escapar del yugo de su controladora madre. Antes de partir le hereda a su bróder una pequeña colección de viniles. Mientras el prepuberto los admira, encuentra una nota en el interior de un disco de The Who. “Escucha Tommy con una vela encendida y atisbarás todo tu futuro”. La misma sensación me invadió a mí cuando leí La tumba. Vislumbré en lo que se convertiría mi vida en aquellas páginas. No consigo recordar quién me lo proveyó. Pero recuerdo que me aproximé ceremonioso al libro, con una reverencia que tenía reservada exclusivamente para la música.

La tumba cumple cincuenta años de vida. Algunos de nosotros, treinta de convertirnos en sus lectores. Otros están ahí desde el inicio. En estas tres décadas que he acompañado la producción joseagustiniana he observado que su principal preocupación ha sido configurar un lenguaje en estado de gracia. Lo podemos atestiguar en los títulos subsecuentes: De perfil, Inventando que sueño, Se está haciendo tarde ( final en la laguna), El rey se acerca a su templo, Cerca del fuego, por mencionar algunos. Existe un equívoco en torno a la obra de José Agustín. Se asume por default que le concierne el debate entre alta cultura y cultura popular. Sus intereses se centran más allá de esta estrecha concepción crítica. Es la lengua como divinidad la que ha sido una de sus obsesiones primordiales. Y en esta ambición La tumba fue el disparo de salida. Un inmejorable arranque. Como mencioné, modulado por el Phil Spector de las letras, Juan José Arreola. Uno de los halagos más elevados a los que un escritor mexicano podía aspirar. No olvidemos que fue el mismo Arreola quien balanceó Pedro Páramo.

Conforme uno se consagra como lector va cosechando autores e influencias. Lo mismo sucede con los consumidores de rock. A algunas obras regresamos por nostalgia, otras las olvidamos. O quedan sepultadas bajo la ingratitud del tiempo. Sin embargo, existen aquellas que resisten el paso del tiempo. Que nunca envejecen. La tumba pertenece a esta denominación. No importa cuanta cultura musical atesoremos durante nuestra existencia, nunca dejaremos de escuchar a los Beatles. Lo mismo sucede con José Agustín, su obra siempre ocupará un lugar insobornable en nuestro corazón.

Tres Marías, Morelos, julio de 2014