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sábado, 25 de julio de 2015

Los otros que fueron José Emilio Pacheco

25/Julio/2015
Laberinto
Darío Jaramillo Agudelo

“¿Pensáis que un hombre no puede llevar dentro de sí más de un poeta? Lo difícil sería lo contrario, que no llevase más que uno”. La frase es de Antonio Machado o, con mayor precisión, de Juan de Mairena. El mismo Machado, según las cuentas de Alvar, tuvo diecisiete heterónimos, cada uno con su cara, su oficio y su cuna. Mairena, el más conocido, era profesor y había inventado una máquina de cantar. Esto último no es exacto aunque el mismo Machado lo diga alguna vez, pues más adelante se corrige y precisa que la máquina de cantar la inventó Jorge Meneses y aclara que “Mairena había imaginado un poeta, el cual, a su vez, había inventado un aparato, cuyas coplas eran las que daba a la estampa”. En otras palabras, Machado tiene un heterónimo llamado Mairena, que tiene un heterónimo llamado Meneses, que inventa una máquina que es la verdadera autora de coplas como ésa de

Dijo Dios: brote la nada.
Y alzó la mano derecha,
hasta ocultar su mirada.
Y quedó la nada hecha.

Aquí en México son varios los casos de individuos que alojan a varios poetas, como el Mardonio Sinta de Francisco Hernández o el Aníbal Egea de Vicente Quirarte. En Venezuela existió un Eugenio Hernández Álvarez, valenciano, cuyo nombre fue devorado por otro “yo” que se apoderó de su identidad y la cambió por Eugenio Montejo. Y este Montejo, el gran poeta venezolano, compartía su pellejo con Blas Coll, “un viejo tipógrafo de aspecto menudo y algo estrafalario” que vivió en Puerto Malo a principios del siglo XX. Poeta, filósofo, monje, Coll definía la contemplación como “el abandono de las imágenes lingüísticas por las más inmediatas de las cosas en sí mismas”. Además de haber escrito el catecismo en clave Morse, Coll dejó algunos discípulos que produjeron sus versos. Entre ellos se cuentan Tomás Linden, que escribía sonetos teniendo en la cabeza dieciocho vocales; está Jorge Silvestre, de quien se sabe poco; y están Lino Cervantes y Eduardo Polo.

Pasando de Venezuela a Colombia, en un breve sumario de poetas con sosias tiene lugar especial León de Greiff. Alguna vez traté de contar los poetas que inventó León de Greiff y, de tantos, no pude precisar una cifra que ronda los cien. Para él, esta diversidad de dobles es algo natural: “Pluralidad —entonces— ya no tan ficticia ni nada facticia, que es pluralidad natural y no invención ni artilugio ni artificio recursivos”. En otra, León de Greiff se refiere a “la permanente pancaótica pluralidad mucho más que ficticia, la insólita Unidad Solitaria”.

Llegando, por fin, a José Emilio Pacheco, su desaparición, además de dejar un vacío entre los que lo queríamos y además de la imposibilidad de que ya no pueda añadir poemas a su obra, clásica de nuestro tiempo, también nos privó de otros poetas que vivieron entre su pellejo. De la información del Diccionario de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias de María del Carmen Ruiz Castañeda y Sergio Márquez Acevedo, publicado por la UNAM en el año 2000, se puede hacer una enumeración de los nombres e iniciales con que firmó textos a lo largo de su vida. Un primer grupo incluye seudónimos e iniciales que usó en su prosa. Ellos son Carlos Núñez Arenas, Miguel G. Cansino, Pedro Durán Gil, JEP, J.E.P., Ricardo Ledezma, R.L.C. y Pedro Damián. Pero los que me interesan son los que, además de aparecer como autores de poemas escritos por la mano de José Emilio, tienen una biografía. Los dos principales son Julián Hernández y Fernando Tejeda (o Tejada), que aparecen en No me preguntes cómo pasa el tiempo y están recogidos en las diferentes ediciones de Tarde o temprano en una sección que, vuelvo al principio, alude a don Antonio Machado y a su Cancionero apócrifo. También en diferentes circunstancias aparecen Juan Pérez Pineda, Daniel López Laguna y Pedro Núñez.

Estos cinco heterónimos poetas, los dos principales, Hernández y Tejada, y los otros tres, Pérez Pineda, López Laguna y Pedro Núñez, tienen un denominador común que no he visto citado y que descubrí por casualidad. El primer indicio surgió cuando averigüé por Julián Hernández y en los buscadores de la red me apareció un Julián Hernández, un cajista de tipografía del siglo XVI conocido como traficante de traducciones del Nuevo Testamento. En aquella época, ese trabajo merecía las atenciones que con tanto esmero solía procurar la Santa Inquisición de Sevilla, según lo cuenta don Marcelino Menéndez y Pelayo en esa singular (y, a su modo, entretenida gracias a un involuntario humor negro)Historia de los heterodoxos españoles.

Julián Hernández fue “un singular personaje, el más activo de todos los reformadores, hombre de clase y condición humilde, pero de una terquedad y fanatismo a toda prueba, de un valor personal que rayaba en temeridad y de una sutileza de ingenio y fecundidad de recursos que verdaderamente pasman y maravillan”. Tanto que Julianillo (así lo llamaban por su baja estatura) resistió durante tres años los interrogatorios y torturas del Tribunal hasta llegar a la hoguera con tanto convencimiento de sus razones que “fue al suplicio con mordaza y él mismo se colocó los haces de leña sobre la cabeza”, según cuenta don Marcelino.

Hasta aquí parecería una mera coincidencia entre el nombre de este apóstol de las traducciones de la Biblia y el del poeta inventado por José Emilio Pacheco. Pero de pronto saltó a mis ojos el nombre del traductor del Nuevo Testamento que vendía Julianillo. Se llamaba Juan Pérez de Pineda, según cuenta don Marcelino. El mismo nombre de otro de los sosias que el Diccionario de Seudónimos de la UNAM le atribuye a Pacheco: Juan Pérez Pineda.

Dice don Marcelino que Juan Pérez de Pineda fue rector del Colegio de la Doctrina de Sevilla y que alcanzó a huir de allí cuando se desató la persecución del Tribunal de la Inquisición a más de 800 habitantes de Sevilla, por motivo de las prohibidas traducciones al castellano que circulaban gracias a la valentía y el ingenio comercial de Julián Hernández. Pérez se instaló en Ginebra. Menéndez y Pelayo juzga que la traducción de los Salmos debida a Pérez de Pineda “es hermosa como lengua; no la hay mejor de los Salmos en prosa castellana. Ni muy libre ni muy rastrera, sin afectaciones de hebraísmo ni locuciones exóticas, más bien literal que parafrástica, pero libre de supersticioso rabinismo, está escrita en lenguaje puro, correcto, claro y de gran lozanía y hermosura”. Añade don Marcelino que Pérez murió en París, muy viejo, y que dejó toda su fortuna destinada a imprimir una Biblia en español.

Después de descubrir que tanto Julián Hernández como Juan Pérez Pineda son protagonistas de la Historia de los heterodoxos españoles, lo que siguió fue la búsqueda sistemática de los demás nombres heterónimos de Pacheco. Todos lo cinco poetas estaban allí. Daniel López Laguna, por ejemplo, nació en Portugal (1653) y es reconocido como uno de los más importantes poetas sefarditas del siglo XVII. Estando en España fue detenido por la Inquisición y logró huir. Se instaló en Jamaica y luego en Inglaterra donde dedicó 23 años de su vida a la traducción del Libro de los Salmos, traducción muy elogiada por sus correligionarios pero considerada con desprecio por don Marcelino, que dice de la versión del salmo 88: “semejantes coplas de fandango están pidiendo una guitarra y la puerta de una taberna. ¡Pobre David!”.

Pedro Núñez Vela, nacido en Ávila en el siglo XVI, luterano militante, huyó de su tierra y se instaló en Lausana, donde fue profesor de filología clásica. Por último, está Fernando Tejeda, una de las figuras principales del protestantismo español del siglo XVII, que era de familia rica y fue agustino en un convento burgalés. En 1620 se fugó del convento para Inglaterra donde se casó y tuvo dos hijas, Marta y María. Fue bien acogido por la corte inglesa y añadió un doctorado de Oxford al que traía de Salamanca.
Se puede concluir, pues, que los cinco poetas heterónimos de José Emilio Pacheco tomaron sus nombres de la Historia de los heterodoxos españoles.Entre la fuentes que he consultado no he encontrado a nadie que lo presente de esta manera, a pesar de que el mismo Pacheco dejó una pista, según lo cuenta elDiccionario de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias: ocurrió en octubre–noviembre de 1966, en la revista Diálogos, donde juntó a los cinco en un texto titulado Historia y antología de los heterodoxos mexicanos. Claro que es una de esas pistas que nadie usó para buscar sus raíces comunes, pero que me sirve ahora como confirmación de mi enunciado: todos los nombres proceden del libro de Marcelino Menéndez y Pelayo. Dice Pacheco, además, que “los llamo heterodoxos porque de algún modo escribieron en las catacumbas, contra las fugaces normas, escuelas, atmósferas, gustos de la época… Sus obras son, cómo negarlo, ‘distintas formas del fracaso’ ”.

Naturalmente, Pacheco mexicaniza sus heterodoxos con las biografías que les inventa. Pedro Núñez era un “envidioso de Díaz Mirón”. Juan Pérez Pineda era “profesor de lógica, geografía e historia de México… y tuvo una facilidad para la versificación que dañó seriamente su impulso lírico”. Daniel López Laguna era un modernista menor “muy influido por Barba Jacob”. Curioso: un poeta inventado por Pacheco con nombre de heterodoxo español resulta amigo de un modernista colombiano que nació con el nombre de Miguel Ángel Osorio y murió con el de otro personaje de la Historia de los heterodoxos españoles, Jacobo Barba, que pasaba por ser “igual a Jesucristo”.

Del quinteto de heterodoxos perviven dos incorporados a la poesía reunida de Pacheco. Comenta Juan Gustavo Cobo que estos dos sobrevivientes “dibujan con humor, con sarcasmo, con fastidio, el espacio de la comedia literaria” y hace una lista de sus temas: “la lucha generacional, la defenestración de las momias sagradas, el virulento odio del joven de provincia contra esas aparentes glorias capitalinas, la risita o el sarcasmo de los bardos impacientes contra los bueyes fatigados que les obstruyen el paso”.

Uno de estos poetas es Fernando Tejada. Nacido en Tulancingo, Hidalgo, en 1932, residente en Ciudad de México desde niño, médico especialista en circulación cerebral, sus poemas, dice Pacheco, permiten el verso como “un continuador de Julián Hernández, a quien seguramente nunca leyó”. Murió en Italia en 1959.

El otro es Julián Hernández. Nació en Saltillo, en 1893. Llegó a ser coronel a las órdenes de Álvaro Obregón y estudió Derecho. Cito a Pacheco: “cónsul en Londres (1929), fue separado del cargo por su dipsomanía. Su mal carácter lo enemistó con todos los grupos y generaciones literarias”. Publicó muchos libros de Derecho y de política. Traductor, autor de dos libros de poemas —según Pacheco—, fue retratado por Jusep Torres Campanals, un artista imaginado por Max Aub. Termino citando un brevísimo poema de Hernández que dice:

Arte poética II                            
Escribe lo que quieras.
Di lo que se te antoje:

De todas formas vas a ser condenado.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Contra las apariencias Una lectura de los poemas de José Emilio Pacheco

Marzo/2014
Letras Libres
Darío Jaramillo Agudelo

1
Con la cercanía de su intempestiva muerte, me resulta imposible intentar redondear en palabras al José Emilio Pacheco que recuerdo con afecto y con agradecimiento.
Más allá de hechos, de anécdotas que se me atropellan todavía mudas en la memoria, destellos me llegan a través de sus poemas, que releo en estos días con el empeño de recapturar al ser humano que ya no veré más en este mundo. También con el propósito de inventarlo de nuevo, de descifrarlo en sus poemas.
Más que referirme a mi torpeza –la natural y la de este momento duro–, lo propicio ahora es repasar eso mismo en sus poemas: porque uno de sus aspectos más notables es la falta de piedad que el autor muestra hacia sí mismo, cuestión que los devotos de su poesía agradecemos para aplicarla a nuestras propias vidas, como dice en “Camino de imperfección”:
En tantísimos años solo llegué a conocer de mí mismo
la cruel parodia, la caricatura insultante
–y nunca pude hallar el original ni el modelo.
Lo que hizo toda su vida, en sus actitudes personales, en su manera de llevar la ropa –recuérdese la graciosa anécdota de la ceremonia del Premio Cervantes–, en el disfrute desbordado de ciertos placeres, como la comida, en su despiadada manera de ver el mundo y sus poderes, en su manera de hablar apropiándose con deliberación del significado de cada palabra, de las consecuencias de cada palabra, en su poesía misma, en todo, lo que hizo toda su vida José Emilio Pacheco fue reivindicar los contenidos más allá de las formas. Naturalmente, él lo sabía, alguien que se atreva a esto, si intenta la poesía, tiene que conocer todas las formas. Ah, y saber, como nos enseñó siempre, que la forma depende del contenido.
Otra manera de decir lo anterior, pero en un modo más coloquial, es que a Pacheco no le interesaban las apariencias, o le interesaban para señalar qué apariencias eran formas vacías y no correspondían a nada. A nada o a algún truco ilusionista. Al pan, pan, aunque fuera un pan amargo, peor, un pan brutal, como en “Panteones”, ese canto contra la muerte:
Veo entre la niebla el cementerio en silencio.
No pienso en otro mundo: me indigna este
que se deshace así de los muertos.
Da horror pensar en los restos abandonados,
más durables que afectos y gratitudes.
Hay que acabar con los panteones y su intolerable
[perpetuación del olvido.
Todos debemos ser ceniza arrojada al aire,
volver cuanto antes al polvo
que en su misericordia nos absuelva y acoja.
Verse en el espejo o recordar cómo fuimos antes, ambas son acciones propicias para que el poeta se ensañe contra sí mismo y nos rebote ese sentimiento de autocrítica mordaz. Tal sucede, por ejemplo en “Encuentro”:
Ya me encontré a mí mismo en una esquina del tiempo.
No quise dirigirme la palabra,
en venganza por todo lo que me he hecho con saña.
Y me seguí de largo y me dejé hablando solo
–con gran resentimiento por supuesto.
Es el mismo mensaje, repetido, de “Antiguos compañeros se reúnen”:
Ya somos todo aquello
contra lo que luchamos a los veinte años.
“Antiguos compañeros se reúnen” es la versión más breve de un tema que lo persigue sin pudores, insistente con su cruel salmodia, como en “Otredad, otra edad”:
¿Qué pensaría de mí si entrara en este momento
y me encontrase en donde estoy, como soy,
aquel que fui a los veinte años?
La palabra no es “ironía”; es lo contrario, una cruda literalidad que no ahorra nada para ser directa, para definir situación o sentimiento, sin piedad y con la única honrada adicción a la verdad. También el humor proviene de ahí, de ser literal, insobornablemente fiel a un rigor que, de tan duro, adquiere visos de comicidad, una cruda comicidad en la que la risa es apenas una forma de asombrarse o de defenderse.
Gracias, mil gracias, todo está muy bien.
Celebro lo que hacen y lo agradezco.
Me gustan mi laptop y mi laserprinter.
Pero soy como soy y no son para mí
poemas en pantalla ni a muchas voces
ni con animaciones electrónicas.
Me quedo (aunque sea el último) con el papel.
La página no es, como se dice ahora, un soporte:
es la casa y la carne del poema.
Allí sucede aquel íntimo encuentro
que hace de otras palabras tu mismo cuerpo
y te vuelve uno solo con lo que dicen sus letras.
Lo que resulta de toda esa sustancialidad sin contemplaciones, de esta devastadora capacidad para hallar las palabras que desnuden y pasen a través de las apariencias, que capturen el encantamiento poético que puede haber en la más sincera visión, en la más austera y precisa verbalización de aquello que lo toca, lo que resulta de todo esto, en términos formales, es una poesía que no se parece a la de nadie y que inventa su propia forma –su propia retórica– como consecuencia del contenido del poema.
La única originalidad que vale en este mundo que ha canonizado lo novedoso es la originalidad que resulta, no la que uno se propone. La poesía de Pacheco es original porque él nunca pensó en ser original sino en ser fiel a la expresión desnuda de sus visiones.
2
La atmósfera de derrota no disimula cierta complacencia en la aceptación de la fatalidad, al menos, si no complacencia, un retintín de malicia por haber adivinado la misma derrota. En un poema titulado “Retorno a Sísifo” hace patente esa aceptación:
Rodó la piedra y otra vez como antes
la empujaré, la empujaré cuestarriba
para verla rodar de nuevo.
Comienza la batalla que he librado mil veces
entre la piedra y Sísifo y mí mismo.
Piedra que nunca te detendrás en la cima:
te doy las gracias por rodar cuestabajo.
Sin este drama inútil sería inútil la vida.
A la imagen de la piedra que llega a la cima y rueda de nuevo, por siempre, puede enfrentarse, con el mismo significado, el espectro del buque fantasma, también perpetuo después del naufragio que lo origina; tal es “Titánic”:
Nuestro barco ha encallado tantas veces
que no tenemos miedo de ir hasta el fondo.
Nos deja indiferentes la palabra catástrofe.
Reímos de quien presagia males mayores.
Navegantes fantasmas, continuamos
hacia el puerto espectral que retrocede.
El punto de partida ya se esfumó.
Sabemos hace mucho que no hay retorno posible.
En esta derrota general, también el oficio del poeta es perpetuamente vencido. A su dureza le puede el sentimentalismo que él mira con ironía y hasta con extrañeza; pero este es otro fracaso más del poeta, como lo cuenta en “Melopea”:
Un señor toca el piano, otro declama
una “poesía” muy dulce de hace cien años.
Estoy a punto de reírme o largarme,
huir de esta catacumba en donde, pese a todo,
soy por inmensa diferencia el más viejo.
¿Quién es el cursi, el anticuado, el ridículo?
Porque la gente se conmueve,
brotan lágrimas,
se toman de la mano,
se besan.
La melopea
puede sonar grotesca
pero ha logrado
lo que nunca obtendré con mis versitos.
3
El empeño de ir a la sustancia propicia el poema corto, el epigrama, la frase que representa el aforismo perfecto, el destello antecedido y continuado por la oscuridad. Se trata de una constante en la obra poética de Pacheco. Los temas cambian, pero el medio es propicio para las sentencias históricas, para los juicios sobre el poder. En “Última fase”, por ejemplo, dice: “Ningún imperio puede / durar mil años.”
También sus dos poemas titulados “Arte poética” reflejan, el primero, ese ávido designio de fidelidad y, el segundo, el pesimismo inexorable:
(Arte poética I)
Tenemos una sola cosa que describir:
este mundo.
(Arte poética II)
Escribe lo que quieras.
Di lo que se antoje:
de todas formas vas a ser condenado.
La fugacidad del tiempo, su inasibilidad, tema central, obsesivo, recurrente en la poesía de José Emilio Pacheco, queda patente también en “El segundero”, un poema de una sola frase partida en tres versos:
Digo instante
y en la primera sílaba el instante
se hunde en el no volver.
En otro poema, también muy breve, Pacheco dice lo mismo pero con una imagen demoledora:
Nada fija el instante:
en el retrato
se mueren más los muertos.
Aunque, me contradigo, el tiempo no es fugaz, el tiempo está ahí, los efímeros somos nosotros. Así lo dice el poeta en “Aves de paso”:
El tiempo no pasó:
aquí está.
Pasamos nosotros.
Solo nosotros somos el pasado.
Aves de paso que pasaron
y ahora,
poco a poco,
se mueren.
El apocalipsis no es el privilegio de esta agonía interminable, todo ocurre entre la rutina cotidiana, como si nada; por ejemplo “El fin del mundo”:
El fin del mundo ya ha durado mucho
y todo empeora
pero no se acaba.
Y este final sin final es inapelable, no hay a quien rezar, no se puede pedir misericordia; eso está claro en “Plegaria”:
Dios que estás en el No
bendice esta Nada
de la que vengo y a la que regreso.
Una de las características del poeta, de este poeta, es que piensa las cosas sin supuestos, las aborda de nuevo y las lee distinto: por ejemplo, en “Elogio de la fugacidad”, después de preguntarse tantas veces cómo pasa el tiempo, reconoce que “si pudiéramos / detener el instante / todo sería mucho más terrible”. O esa lectura, al revés, de algo tan obvio como la “Oscuridad”:
El centro de la noche no es la luna
sino la oscuridad
que manda en todo.
Los poemas de amor de Pacheco no son muchos. Entre los breves está esta hermosísima “Alabanza”: “En silencio la rosa habla de ti”.
Pero en los poemas breves cabe mucho más la autoburla, el escarnio contra sí mismo, los llamados de atención sobre la propia miseria, como en “Consejera del aire”:
Cada vez que me creo importante
llega la mosca y dice:
“No eres nadie.”
4
Poeta en todos los registros, acaso el destello aforístico, que es notable en Pacheco, opaca, aunque no del todo, la maestría en el poema largo, en el desarrollo monográfico de un tema –el terremoto, la Conquista española, viajes, paisajes, historias brutales, como la que cuenta en “Manuscrito de Tlatelolco”– en series de poemas, o en poemas largos. Y una larga serie, “Antigüedades mexicanas”: el poema sobre Tulum comienza así:
Si este silencio hablara
sus palabras se harían de piedra.
Si esta piedra tuviera movimiento
sería mar.
Y en el mismo libro –Islas a la deriva– hay otra serie de poemas que se aúnan bajo su título, alusivo al tema, “Escenas del invierno en Canadá”.
Dedica una secuencia de doce poemas a “El caracol”; otros doce, “Circo de noche”, con subtítulos, referidos a los personajes del circo, contorsionista, ilusionista, pulgas, payasos, etc.; veinticinco poemas, en serie, con el título de “Aire oscuro”, para unos dibujos de Vicente Rojo; con quien publicará veinte poemas para un libro de artista titulado Jardín de niños, al que pertenecen estos versos:
El niño tiene la intuición de que no es preciso formar
una secta aparte o sentirse
superior a los otros para hacer poesía.
La poesía se halla en la lengua,
en su naturaleza misma está inscrita.
Y sus primeas frases son poéticas siempre.
Como un poeta azteca o chino,
el niño de dos años se interroga y pregunta:
–¿Adónde van los días que pasan?
Otra larga serie de poemas la comprende su conmovedora memoria del terremoto de ciudad de México de 1985, “Las ruinas de México (Elegía del retorno)”. Y hay “un cuento en cinco actos y en verso”: “El señor Morón y la niña de plata”.
5
La forma poética convencional puede romperse. Pacheco posee el don cada vez más escaso de hacer, por ejemplo, buenos sonetos, como “La materia deshecha”:
Vuelve a mi boca, sílaba, lenguaje
que lo perdido nombra y reconstruye.
Vuelve a tocar, palabra, el vasallaje
donde su propio fuego se destruye.
Regresa, pues, canción hasta el paraje
en que el tiempo se incendia mientras fluye.
No hay monte o muro que su paso ataje.
Lo perdurable, no el instante, huye.
Ahora te nombro, incendio, y en tu hoguera
me reconozco: vi en tu llamarada
lo destruido y lo remoto. Era
árbol fugaz de selva calcinada,
palabra que recobra en el sonido
la materia deshecha del olvido.
“Palabra que recobra en el sonido / la materia deshecha del olvido”: el significativo contraste que presenta este poema es enunciar el propósito de repensar cada palabra, “lenguaje / que lo perdido nombra y reconstruye”, valiéndose de un medio totalmente clásico, como es el soneto en endecasílabos. Como quien dice: miren, conozco la forma y renuncio a su formulismo.
Digo que Pacheco conoce las formas, sabe usarlas, lo demuestra, pero opta por eliminar esas apariencias y enfrentarse desnudo a las palabras, sin retórica, entendida esta en su sentido primigenio, como arte de la persuasión. Lo que menos le interesa a esta poesía es convencer al lector. La poesía de Pacheco está en una etapa anterior a la retórica, nunca persuade, a lo sumo declara, reconoce, describe. Oigamos su “Disertación sobre la consonancia”:
Aunque a veces parezca por la sonoridad del castellano
que todavía los versos andan de acuerdo con la métrica;
aunque parta de ella y la atesore y la saquee,
lo mejor que se ha escrito en el medio siglo último
poco tiene en común con La Poesía, llamada así
por académicos y preceptistas de otro tiempo.
Entonces debe plantearse a la asamblea una redefinición
que amplíe los límites (si aún existen límites),
algún vocablo menos frecuentado por el invencible desafío
de los clásicos.
Un nombre, cualquier término (se aceptan sugerencias)
que evite las sorpresas y cóleras de quienes
–tan razonablemente– leen un poema y dicen:
“Esto ya no es poesía.”
6
Por su parte, dejando a los preceptistas las otras discusiones, José Emilio Pacheco declara tajante: “la poesía tiene una sola realidad: el sufrimiento”, y concibe la poesía como lo que sucede entre el texto y el lector. Así lo explica en “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”:
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora
harán o no el poema que tan solo he esbozado.
En el mismo poema termina diciéndole a Moore que “En realidad los poemas que leyó son de usted: / Usted, su autor, que los inventa al leerlos”. Pero así como estima el poema, le da un papel de payaso al poeta. “‘Yo’ con mayúscula”:
En inglés “yo”, es decir “I”,
se escribe siempre con mayúscula.
En español la lleva pero invisible.
“Yo” por delante
y las demás personas del verbo
disminuidas siempre.
Por eso qué presunción decirle al mundo:
“Yo soy poeta.”
Falso: “yo” no soy nada.
Soy el que canta el cuento de la tribu
y como “yo” hay muchísimos.
Ocupamos el puesto en el mercado
que dejó el saltimbanqui muerto.
Y pronto nos iremos y otros vendrán
con su “yo” por delante.
Es legendario el empeño que Pacheco siempre puso en corregir, sin límites entre lo inédito y lo publicado, todo lo que había escrito. Al respecto dice Pacheco:
Escribir es el cuento de nunca acabar y la tarea de Sísifo. Paul Valéry acertó: no hay obras terminadas, solo obras abandonadas. Al revisar varios de estos poemas, sobre todo los que hice antes de mis veinte años, no creo desfigurarlos mediante cambios que consisten básicamente en supresiones, sino revisar la distancia entre lo que dicen y lo que intentaron decir. Si uno tiene la mínima responsabilidad ante su trabajo y el posible lector de su trabajo, considerará sus textos publicados o no como borradores en marcha hacia un paradigma inalcanzable. Reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección.
José Emilio Pacheco repasaba palabra por palabra todos los poemas de la reedición de cada uno de sus libros. Consultaba, pensaba y sopesaba. Luego hacía los cambios que estimaba necesarios. El tiempo afecta a las palabras, Pacheco lo dijo en “(Sabor de época)”:
Todo poema es un ser vivo:
envejece.
7
El tema central de la poesía de Pacheco es el tiempo. En el primer poema de su primer libro ya lo declara: “Atrás el tiempo lucha contra el cielo. / Agua y musgo devoran las señales.” En “A quien pueda interesar”, un poema temprano, el poeta reconoce el tiempo como su obsesión central:
A mí solo me importa el testimonio
del momento inasible, las palabras
que dicta en su fluir el tiempo en vuelo.
El asunto es explícito, como se nota en los títulos que utiliza alusivos al tiempo. Una de las ediciones de su poesía reunida se llama Tarde o temprano y tiene libros como No me preguntes cómo pasa el tiempo, Desde entonces y Siglo pasado.
En el primer poema de El reposo del fuego, José Emilio Pacheco se refiere a la “incendiaria sed del tiempo”, reconociendo su capacidad devastadora y entendiéndolo como un corrosivo implacable, como un desgaste; también, en términos históricos, como la cruel herencia de los poderes y las fatalidades inexorables.
El tiempo hace lo que le dicta la eternidad:
construye y destruye,
se presenta sin avisar y se va cuando quiere.
No entiende que nada más estamos aquí:
para que pase el tiempo
por la oquedad,
por el vacío que somos.
El tiempo es más que una categoría
kantiana, mucho más que una medida,
misterioso, inexpugnable:
Arde la misma rosa en cada rosa.
El agua es simultánea y sucesiva.
El futuro ha pasado.
El tiempo nace
de alguna eternidad que se deshiela.
La historia de la especie se convierte
en “la abyecta procesión del matadero”.
Una frase de Bernal Díaz del Castillo
–“porque como los hombres no somos
todos muy buenos”– le sirve de epígrafe
para un poema demoledor,
“Crónica de Indias”:
Después de mucho navegar
por el oscuro océano amenazante
encontramos
tierras bullentes en metales, ciudades
que la imaginación nunca ha descrito,
riquezas,
hombres sin arcabuces ni caballos.
Con objeto de propagar la fe
y arrancarlos de su inhumana vida salvaje,
arrasamos los templos, dimos muerte
a cuanto natural se nos opuso.
Para evitarles tentaciones
confiscamos su oro.
Para hacerlos humildes
los marcamos a fuego y aherrojamos.
Dios bendiga esta empresa
hecha en Su Nombre.
El tiempo es inaudible, misterioso, intangible. Sin embargo, existe una manera no de entenderlo, eso es imposible, sino de escucharlo. Y la experiencia es sagrada, emocionante, plena. “Mozart: Quinteto para clarinete y cuerdas, en ‘la’ mayor, k. 581”:
La música llena de tiempo brota y ocupa el tiempo.
Toma su forma de aire, vence al vacío
con su materialidad invisible. Crece
entre el instrumento y el don
de tocar realmente su cuerpo de agua,
fluidez que huye del tacto, manantial hecho azogue,
porque inmovilizada sería silencio la música.
La corriente de Mozart tiene
la plenitud del mar y como él justifica el mundo.
Contra el naufragio y contra el caos que somos
se abre paso en ondas concéntricas
el placer de la perfección, el goce absoluto
de la belleza incomparable
que no requiere idiomas ni espacio.
Su delicada fuerza habla de todo a todos.
Entra en el mundo y lo hace luz resonante.
En Mozart y por Mozart habla la música:
nuestra única manera de escuchar
el caudal y el rumor del tiempo.
8
Otro tema constante desde los primeros libros de Pacheco son los animales. Para estos vale también ese principio rector, esa categoría kantiana de su estética, ir a la sustancia. Más que fábulas, más que simbologías morales, los poemas zoológicos de Pacheco son preponderantemente descriptivos. Se sabe, también, que toda palabra comienza por ser una metáfora; y que en todas las culturas son ineludibles las categorías analógicas aplicables a los animales. Por ejemplo, “El espejo de los enigmas: los monos”:
Cuando el mono te clava la mirada
estremece pensar si no seremos
su espejito irrisorio y sus bufones.
Sin embargo, el peso simbólico no tiene el prestigio de los mitos o de los animales imaginarios y se reduce a la presencia zoológica en la vida cotidiana, con “Fábula”:
Matamos al centauro y al unicornio.
Sepultamos al fénix en sus cenizas.
Conservamos la vaca, el perro, el conejo:
Tiene indudable riesgo el inconformismo.
Más que simbologías ilustres, aun mirados con piedad, los animales también terminan siendo la evidencia de una mayúscula tautología, como en “Hormigas”:
Las hormigas van y vienen por el sendero bajo la hierba, con sus inmensas cargas solidarias, su disciplina ciega, su voluntad constructora, no se preguntan para qué han nacido, cuál es el objeto de sus afanes, qué justifica su fatiga, son libres, no tienen yo, carecen de ambiciones individuales, no les importa el paso del tiempo, saben que están aquí porque siempre hubo hormigas y deben continuar su camino contra el veneno y contra el pisoteo, para que este planeta no se vuelva otro lugar desierto y sin hormigas.
Un hermoso poema, “Cocuyos”, también descriptivo, pero paradójico; una situación en la que la evidencia del día, con lo cruel, no alcanza para desmoronar el encanto de la noche:
En mi niñez descubro los cocuyos.
(Sabré mucho más tarde que se llaman luciérnagas.)
La noche pululante del mar Caribe
me ofrece el mundo como maravilla
y me siento el primero que ve cocuyos.
¿A qué analogo lo desconocido?
Las llamo estrellas verdes a ras de tierra,
lámparas que se mueven, faros errantes,
hierba que al encenderse levanta el vuelo.
Cuánta soberbia en su naturaleza,
en la inocente fatuidad de su fuego.
Por la mañana indago: me presentan
ya casi muerto un triste escarabajo.
Insecto derrotado sin su esplendor,
el aura verde que le confiere la noche;
luz que no existe sin la oscuridad,
estrella herida en la prisión de una mano.
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Pacheco es inabarcable. Enumero sus temas y, al leerlo, noto que se me quedan por fuera varios. Los lugares, por ejemplo. Hay muchos poemas. También los escritores como López Velarde, Galdós, Rulfo, Efraín Huerta, Sabines, Jorge Guillén, Flaubert, César Vallejo, son muchos los ejemplos, o como este otro breve homenaje a Baudelaire, en “Gato”:
Ven, acércate más.
Eres mi oportunidad
de acariciar al tigre
–y de citar a Baudelaire.
Hay algo que rezuma la poesía de Pacheco, insobornable y sin concesiones. Su desconfianza hacia el poder, las razones de Estado, la manifestación de toda fuerza o el totalitarismo. “La derrota”:
El que piensa por todos prohibió pensar.
Su palabra es la única palabra.
Él dice todo sobre todas las cosas.
Solo existe algo que no puede prohibir:
los sueños.
Noche tras noche
la gente sueña en acabar con el que piensa por todos.
Podría seguir. Fue, es, una inmersión: uno lee a un poeta, cree que más o menos lo conoce, pasan años, llega un momento como este, y el poeta es otro (uno mismo es otro) y las palabras para referirse a sus poemas, en consecuencia, también son distintas.
Traté de hacer una lectura de sus poemas sin repasar mis impresiones anteriores y lo que resultó fue esta hipótesis acerca del poeta que inventa la forma, la destruye, la reinventa otra vez, solamente para ir más allá de las apariencias, para ir contra las apariencias, para hacer evidentes las apariencias. ~

viernes, 4 de octubre de 2013

La escritura espejo

28/Septiembre/2013
Laberinto
Darío Jaramillo Agudelo 

Aunque el tema ya se insinúa en Portarretratos (1976), uno de los primeros libros de Francisco Hernández, el desdoblamiento del poeta en otras voces, voces siempre de solitario, aparece plenamente más tarde, en un libro excepcional, Moneda de tres caras (1994). Vicente Quirarte, al tocar el tema en el prólogo de su Poesía reunida, se refiere a que Hernández emprendió “una búsqueda de sí mismo a través de aventuras paralelas” y señala que el poeta se ha educado “en las vidas de los más altos torturados”, en este caso, Schumann, Hölderlin y Trakl.
En el mismo texto, Quirarte advierte que “la poesía de Francisco Hernández se encuentra más comprometida con la vida que con la literatura” y esta consideración vale para todas las veces que Hernández se puso una máscara para desnudarse, las mismas en que con sus palabras convirtió en suyas las vidas de otros, las veces en que otros tomaron como propias las palabras de Hernández, las mismas en que Francisco Hernández se refirió a su vida como mirada en un espejo o en otro, o a lo que las vidas ajenas le dejaron en palabras. “Escribo para verme/  en lo que escribo/ para nombrarme/ en lo que nombro/ para oírme pronunciado/ por mis palabras/ para sentirme caminar/ sin cuerpo/ por el cuerpo presente/ de la memoria”, dice en Cuerpo presente un poema de los años ochenta.
Diez años y cinco poemarios después de ese hito que es Moneda de tres caras, apareció Imán para fantasmas(2004), dividido en tres partes, la tercera con “veinte fragmentos pensados por Salvador Díaz Mirón”; la segunda con “veinte textos a partir de dieciocho fotografías de Octavio Paz” y la primera con “el cuaderno de un retorno a mi país natal”, en el que el poeta recorre el paisaje de su infancia acompañado con el libro análogo de Aimé Cesaire. En 2009 se editó La isla de las breves ausencias, el delirante itinerario de un supuesto Robinson Defoe y, sin pretender ser exhaustivo en la enumeración de los desdoblamientos de Francisco Hernández, en 2010 apareció Población de máscaras, un museo de poemas, una galería en donde se confiesa un artista en cada texto. Hablan Picasso o Toledo, Magritte o Rembrandt, Morandi o Durero, en fin, más de treinta creadores.
Hay, pues, un largo recorrido en estos desdoblamientos hasta llegar a Una forma escondida tras la puerta(2012), otro hito, otra vuelta a la tuerca, si cabe, si ello existe, un libro perfecto, deslumbrante, conmovedor. Adicional a que cada poema es un hermoso poema, Una forma escondida tras la puerta  puede leerse como una narración a tres voces. Es una novela contada con poemas, una historia con principio y fin que se cuenta resumiendo y citando la Nota  que precede a los poemas: dos locos alquilan una casa al frente de la mansión de Emily Dickinson en Amherst. Están enamorados de ella y se dedican “a espiarla meticulosa, obsesivamente, para después dispararle”. “Antes de quitarle la vida al ‘gorrión de Nueva Inglaterra’, ella muere”. De ahí la pertinencia del título, que proviene de un poema de Emily Dickinson que comienza: “morir no hiere tanto./ Nos hiere más vivir./ Un modo diferente, una forma escondida/ tras la puerta, es morir” (la traducción es de Rosario Castellanos).  
Una forma escondida tras la puerta se divide en tres partes. En la inicial, el primer testigo, un ciego, le cuenta al otro lo que sucede en la casa que espían (“pasar de la sombra de la ceguera/ a la ceguera del deslumbramiento./ Permanecer aislado por la inmovilidad,/ esa hermana bastarda de la invidencia./ Quienes ciegos nacieron imaginan la luz/ como un bastón de agua”). “Pasan semanas. El Segundo Testigo no resiste continuar siendo el amanuense de un débil visual enloquecido; decide sentarlo en el banquillo, atarlo, amordazarlo y dar así inicio a una tortura similar a la sufrida por él: le va describiendo las actividades de Miss Dickinson, aunque la mayoría de las veces sus narraciones sean producto de la invención”: esta es la segunda parte del libro.
El Segundo Testigo parece no ver a la poeta: “no hay nada enfrente, solo atmósfera./ No hay relojes, ni academias, ni cartas./ Hemos estado suspendidos ante/ un retrato de aire.” Más adelante insiste: “…Hoy no aparece. Debe estar dormida/ o deprimida o suprimida por/ el blanco absoluto o por el absoluto vacío./ Entonces, voy a hablarle de mí./ Soy por completo ajeno/ a las carcajadas naturales./ En la garganta cargo un desierto,/ un paraje desolado, una cañada seca…”. ¿Es la voz del poeta?, ¿es, escueta, desnuda, la evidencia de que la vida está más en la solitaria solterona de la casa de enfrente que en la precaria y desolada lucidez de los testigos?
Hasta aquí, la presencia de Emiliy Dickinson tiene connotaciones similares a la aparición de Schumann, de Hölderlin o de Trakl en Moneda de tres caras. Marco Antonio Campos dice que “Hernández, para retratar al personaje, utiliza algunos datos reales e inventa situaciones de trastorno, creando una atmósfera que encierra—ahoga— al lector en una cárcel invisible de la que no puede salir”.  Así es. Pero en Una forma escondida tras la puerta da un paso más allá, y es que Emily Dickinson muere y la tercera parte, la culminación argumental y poética del libro, la otra vuelta a la tuerca, son los poemas en que habla la hermana Lavinia. Unos poemas lúcidos que hablan de un mundo que se ha vuelto completamente blanco: “Murió mi hermana Emily. […] De pronto el blanco es el color de la existencia./ De  lo inmóvil y lo volátil./ De lo que nace debajo de las piedras, de los celajes/  y de lo que repta y se escarcha. […] Blanco el cenit, blanco el nadir y blanca la carcoma./ Blanco lo indescriptible/ y blanca la torre gótica de la iglesia/ rodeada por panales, aguijones y sabanas. […] Niños de yeso juegan en la calle/ con una pelota de yeso, al lado/ de ancianos albinos que juegan/ al ajedrez en un tablero lechoso/ con piezas por completo difuminadas. […] Tengo fiebre. Mi corazón es un iglú”. Más adelante, en otro poema, la hermana Lavinia hará el reclamo central, que también es el más profundo elogio de su hermana: “Hermana,/ ¿por qué te llevaste/ todos los colores del mundo?”.

Con Una forma escondida tras la puerta, Francisco Hernández confirma, de nuevo, que es una de las voces más trascendentales de la poesía viva en nuestro idioma.