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domingo, 23 de septiembre de 2018

La feria, ¿micronovela o microhistoria?

23/Septiembre/2018
La Jornada Semanal
Javier Perucho


Juan José Arreola asumió la figura del promotor cultural, ejerció el oficio editorial y
la norma de trabajo del maestro cuando promovió a las plumas coterráneas y los valores novísimos como bonos paraliterarios con los cuales, cuando fueron amasados, se procuraba el reconocimiento público, ese bien social tan escaso.
El legado prosístico de Juan José Arreola se percibe en el cultivo del regionalismo de La feria, la brevedad a ultranza, el fragmentarismo –la novela como rompecabezas cuyas piezas se encuentran diseminadas a lo largo del relato, aunque enlazadas por una misma figura–, la limpieza prosódica, la narrativa de una comunidad. La feria entreteje la microhistoria de una población con la que se informan sus desastres, vida cultural, religiosidad, despojos, habitantes, placeres, instituciones, moralidad, costumbres. Ahí el narrador registra la historia de la vida cotidiana de una comunidad asentada en el sur jalisciense.
¿El microrrelato es precursor de la microhistoria? La feria es al microrrelato lo que a la microhistoria Pueblo en vilo: en ambos libros sus autores reconstruyen por métodos casi similares la historia de Zapotlán el Grande (Jalisco) y de San José de Gracia (Michoacán), poblaciones singularmente amparadas por el manto y la corona del mismo santo patrono, San José. Estos dos libros aparecieron en la misma década: La feria en 1963; Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia, un quinquenio más tarde, el mismo año en que salió de la estampa el Anecdotario, de Alfonso Reyes (1968).
El primer título apareció publicado con el sello de Joaquín Mortiz en su Serie del Volador, entonces casa editorial consagratoria, fue ilustrado con viñetas de Vicente Rojo, con un tiraje de cuatro mil ejemplares, que terminaron de imprimirse el “5-xi-1963”, así lo consigna el colofón. El segundo fue impreso con el sello editorial de El Colegio de México, institución nacional de estudios superiores. Sus autores fueron contemporáneos: Juan José Arreola nació en 1918; Luis González y González, en 1925. Esta mancuerna de sabios realizó sus primeros estudios en Guadalajara, los continuaron en Ciudad de México y más tarde los completaron en Francia (París), en el escenario de La Comedia Francesa (Arreola) y las aulas de La Sorbona (González y González); sus maestros respectivos fueron Louis Jouvet, actor; y Fernand Braudel, historiador. Arreola fue invariablemente un aprendiz autodidacto; González y González, un investigador pionero de la historia comarcal.
Sus universidades: para el jalisciense, las revistas, las editoriales, El Colegio de México –a instancias de Alfonso Reyes–, el escenario, la tertulia y el combate en la mesa del ajedrez; para el michoacano, las aulas del Colegio de México, la universidad francesa, la investigación en los gabinetes de lectura del Ajusco y los archivos parroquiales. En lo que concierne al reconocimiento público, fueron acreedores de sendos laureles. Para el jalisciense, los premios de Literatura Xavier Villaurrutia en 1963 por La feria; Nacional de Periodismo Cultural, en 1977; Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura, 1979; creador emérito, desde 1998. Para el michoacano, el Premio Haring por Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia, en 1971; miembro de El Colegio Nacional desde 1978; Premio Nacional de Ciencias y Artes en Ciencias Sociales, 1983; Premio José Tocavén, 1983; Palmas Académicas de Francia, 1985; profesor emérito de El Colegio de México.
El párrafo de apertura de La feria define una comunidad atenazada desde su origen: “Somos más o menos treinta mil. Unos dicen que más, otros que menos. Somos treinta mil desde siempre. Desde que Fray Juan de Padilla vino a enseñarnos el catecismo, cuando Don Alonso de Ávalos dejó temblando estas tierras.” El incipit de Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia anuncia al caudillo decimonónico, el siempre impar: “El general Antonio López de Santa Anna, el presidente que se hacía llamar Su Alteza Serenísima.”
Con métodos y técnicas que difieren pero confluyen en el mismo objetivo, valiéndose de recursos semejantes como la consulta de fuentes primordiales, la historia oral y el registro de la memoria colectiva, ambos libros procuran reconstruir un tiempo inmemorial, el pasado inmediato y el presente perpetuo en que literaria e historiográficamente fueron enunciados. Las dos comunidades sortean en sus relatos el peligro inminente de ser despojadas de sus tierras y bienes comunales por los terratenientes. Zapotlán el Grande y San José de Gracia son dos poblaciones cuya fundación se remite a tiempos prehispánicos.
El escritor jalisciense con un relato calidoscópico y coral entretejió la suerte de Zapotlán en una micronovela; el historiador michoacano estableció con los métodos y las herramientas de su oficio los prolegómenos de una nueva disciplina científica al reconstruir la historia de San José: la microhistoria.
Zapotlán el Grande es el protagonista literario de La feria; San José de Gracia, el objeto de estudio histórico de Pueblo en vilo. Las semejanzas, las confluencias y los caminos paralelos entre estos libros capitales de la literatura y la historia mexicana del siglo xx son asombrosos pero, sobre todo, aún quedan abiertos para explorarse.
En la nanoliteratura confluyen tanto la microhistoria como la micronovela, un género endémico de la literatura mexicana que apareció en el firmamento con Nellie Campobello (Cartucho, 1931), arraigó con Juan Rulfo (Pedro Páramo, 1954) y con La feria (1963) obtuvo su legitimidad literaria.

sábado, 21 de febrero de 2015

Ciento veinte minutos

21/Febrero/2015
Laberinto
Javier Perucho

En el taller de creación literaria que impartía cada miércoles por la tarde en las instalaciones del Museo Álvar y Carmen Carrillo Gil, a fines de los años ochenta, el maestro nos enseñó la economía del género, la poética aristotélica que lo rige, su diversa unidad —temporal, espacial y de acción—, extensión vicaria y, para no desparramarse, un protagonista y un solo incidente que los gobierna, en cuya atmósfera se desempeña, además de una estricta observancia de la administración neoliberal en el gasto e inversión de las palabras durante la factura de cada cuento, breve o tradicional. Sobre todo, la distinción que individualiza al minicuento, como él gustaba llamarlo también, que lo separa y diferencia de la fábula —con quien comparte brevedad—, el chiste —alejado de él por su fugacidad y perennidad—, la adivinanza —por la tradición oral que la soporta y su afán moralizante—, entre otras expresiones literarias que se rigen por las arquitecturas de la brevedad. Entre sus enseñanzas más finas y memorables también mostró que la revelación y la narratividad, aunque ésta no era palabra suya, son los elementos connaturales del relato.

Al inicio de cada sesión, sentado ante su escritorio y con su voz de jefe tribuno, el maestro leía un cuento que ejemplificaba la lección del día. El silencio se imponía desde que seleccionaba el volumen distinguido. Nadie se movía, arrobados como estábamos por sus cadencias de lectura. Éste es el lugar para anotar que los acervos que componen su biblioteca se especializaban en el cuento, en el arte de forjar historias. De sobrevivir, ahí tendríamos el mejor espacio para estudiar el género en sus más variadas tradiciones.

De seis a ocho de la noche, su taller se aglomeraba de noveles escritores, aspirantes y curiosos. Uno por uno, los miembros leían, en voz alta y para toda la concurrencia, sus respectivos ejercicios de escritura, después venía la angustia de las observaciones comunitarias y los juicios, o el espasmo del silencio aprobatorio. En llegando su turno, don Edmundo comentaba ripios, deshacía cacofonías, marcaba desaciertos ortográficos o sintácticos, subrayaba la importancia de las acciones o la carencia de tensión dramática en el pinino recién leído. Luego sugería lecturas —principalmente de cuentos— para cada uno de los talleristas que participó en dicha sesión. A éste, tal narración para entender cómo se resolvió el uso de los gerundios; a aquél, uno más para copiar los usos del punto y coma; a zutano, otro magistral para hacerle entender las virtudes del cuento que arrancó in media res.

La lectura colectiva entre los integrantes del taller hacía que cada escritor en ciernes, quien escuchaba su ejercicio narrativo invariablemente en voz del maestro, se percatara de sus tropiezos, yerros gramaticales, desplantes metafóricos, anfibologías y otras linduras que impedían que el ejercicio cuajase en una narración válida en sí misma. Don Edmundo mostraba entonces cómo darse cuenta de las frases descoyuntadas de la masa narrativa y cómo integrarlas o desecharlas del cuento en preparación. El final acarreado y pastoreado desde el incipit. Desde luego, también invertía parte de los ciento veinte minutos de que constaba oficialmente la clase en revisar, comentar y enmendar otras tareas oficiosas cuya mira estaba puesta en la factura de un relato —de los otros, sin adjetivos. Un número considerable de ejercicios que ahí se revisaron o comentaron, más tarde fueron publicados en las páginas de El Cuento. Revista de imaginación para dicha de sus autores. Mensuario cuyo número inicial, en la segunda época, vio luz de imprenta en mayo de 1964. En ambas épocas Edmundo Valadés fue su director fundador.

La velada en torno al maestro se congregaba al terminar el tiempo de la clase, porque era eso, una clase. Más tarde sucedía la tertulia: compartía con los pupilos sus experiencias de vida al lado de Juan Rulfo, el encuentro azaroso con tal libro de relatos, la visión fugaz de unas piernas núbiles, la anécdota sobre la manera en que concibió “La muerte tiene permiso”, o el desafío de buscar a dicho cuento un final diferente al plasmado en el libro.

Más tarde, a uno le entregaba el libro solicitado en préstamo, a otro le mostraba con un ejemplo literario el uso de los dos puntos; a otro le enseñaba el prodigio de los relatos concéntricos de Revueltas; a uno más le exigía que le devolviera el libro de cuentos que le había prestado. En otra ocasión, nos contaba el milagro de una dama cuyas desnudas y torneadas piernas había entrevisto al cruzar la avenida Insurgentes. Luego nos despedía: “Nos vemos el miércoles.” Andando despacio, salía del recinto para dirigirse al estacionamiento.

martes, 24 de septiembre de 2013

Endemia del raro

Septiembre/2013
Nexos
Javier Perucho

Un catálogo de escritores olvidados por la literatura mexicana

Concelebrar el natalicio de un escritor, festejar el centenario de una vida, saludar el jubileo de una obra constituyen acciones afirmativas en un sistema cultural que procuran absorber al patrimonio de una comunidad los bienes simbólicos de sus integrantes. Aunque superficiales, estas formas simbólicas de la canonización festiva suelen ser frecuentes y habituales, digamos que hasta exigibles en el ámbito de la cultura para su permanencia, pero no siempre se cumplen en cuanto se trata de la heterodoxia artística. La tradición cultural ahí encuentra un punto de quiebre. Al mismo tiempo, en este punto aparecen las interrogantes: cuándo sí se santifica al artista; cuándo se destierra al artista hereje. Cómo operan las formas de su inclusión, en qué momento se realizan; cuándo se condena al ostracismo y en qué casos. ¿Tales procedimientos actúan como norma o excepción? La fijación o el destierro de las obras son las caras del mismo espejo en que se contemplan los escritores canónicos, las rosas blancas de la cultura; o los heterodoxos, esas flores negras de la literatura y el arte. En la república literaria el escritor canónico ocupa una silla vinculante; los escritores raros yacen tirados sobre las banquetas.

Como especie endémica de la literatura, los escritores raros forman una estirpe en extinción o en vías de desaparecer de los recipientes naturales —diccionarios, antologías, historias— que deben dar cuenta de su tránsito vital, tareas, aportes, ciclo artístico y naturaleza de su invención. Aunque me corrijo de inmediato: en ninguno de estos recipientes se da noticia de un raro, el desamparo informativo ha sido su condición natural, por la misma razón tanto su herencia artística como aportes literarios endémicamente no han recibido un diagnóstico, pues carecen de una ponderación. El análisis que fielmente acompaña al escritor canónico, en tratándose de esa extraña flor negra se abandona en el ostracismo.

Un escritor raro se perfila por su naturaleza y se define por sus ámbitos de competencia artística, circunstancia de recepción, temperamento, así como por su biografía y predicado estético, aunque las relaciones públicas alimentan las piezas del peón en la cuadrícula moteada del ajedrez sociocultural.

Francisco Tario, esa rara avis de la narrativa mexicana del siglo pasado, para los propósitos de este escolio servirá como caso ejemplificante para ilustrar cada una de las características anunciadas en los parágrafos anteriores. Tario, un narrador que al cumplirse en noviembre de 2011 su natalicio centenario, se vio beneficiado con homenajes, tesis universitarias, publicación de cuentalia completa, rescate de obra rezagada e iconografía. De este modo su patrimonio literario acumuló los bienes de la recepción cultural. La difusión de su obra y preliminar exégesis literaria pueden considerarse como vías para su canonización, o al menos para asimilarlos a los patrimonios simbólicos, fin último de todo rescate artístico emprendido en una comunidad.

Hasta donde sabemos hoy, Francisco Peláez Vega, el nombre ciudadano oculto tras el seudónimo de Tario, no promulgó ideas contrarias al antiguo régimen, sus predicados políticos no marcaron su tránsito vital ni influyeron en la aceptación de su obra, aunque se infieren con exactitud en su narrativa, tampoco la prohibición o el escándalo de sus libros señalaron el manifiesto de su destino. Tal como fue el caso de algunos raros, ciertos extravagantes que comulgaron con la excentricidad ideológica. La excepción y la regla obligan a mencionarlos: por ejemplo, el de Ramón Martínez Ocaranza, poeta michoacano cuya filiación comunista podría explicar las formas de exclusión en que se encontraba relegado de las historias y antologías literarias, así como de la difusión y absorción culturales a que obligan el trabajo artístico, orfandad que abandonó hasta que su poesía completa fue compilada por la Secretaría de Cultura del gobierno estatal. También podría mencionar a José Revueltas, pero me resisto a considerarlo un escritor raro, aunque la cárcel por su militancia política, la proclamación de su ideario comunista, la heterodoxia de sus arquitecturas narrativas, vida franciscana y condición de escritor católico lo prefiguran como un inminente raro para las futuras o presentes generaciones.

Ni en Tario o Martínez Ocaranza el exilio fue una razón de trashumancia, ninguno de ellos fue escritor perseguido por circunstancias sociales, familiares o políticas, como sí lo fue en los casos de José Revueltas o un epígono de la rareza, Pedro F. Miret, quien arribó con su familia, expulsada por la guerra civil española, al puerto de Veracruz el 13 de junio de 1939, donde desembarcaron del Sinaia. En la patria adoptiva, Pere se educa, trabaja, publica sus libros y escribe guiones de cine, varios de ellos atalaya de sendas películas. De él ni siquiera conocemos fotografías que documenten su identidad, al contrario de Revueltas o Tario, de quienes existe una variada iconografía, incluso fílmica, en el caso del duranguense. Por lo demás las imágenes divulgadas de los epígonos del fracaso son muy escasas, otro rasgo habitual de los raros, a pesar de que están disponibles e inéditas ricas iconografías en acervos públicos y archivos familiares. Creo que el primer paso para su recuperación justamente se encuentra ahí, divulgando su identidad, poniéndole rostro al escritor desconocido, a través de las imágenes fotográficas que se conservan. Otros procesos mayores de reclutamiento sería la publicación de su obra completa en volúmenes que acogieran su novelística, periodismo, cuento, dramaturgia, inéditos, lírica y demás trabajos que resulten en las labores de rescate y recuperación. La inclusión y divulgación son deberes posteriores, como su estudio y ponderación analítica. Expongo estas tareas con la claridad de que se trata de un planteamiento idealista, meramente desiderativo, pero también con la certeza de que el estudio de la literatura mexicana, y la configuración de su historia, seguirá incompleta sin la presencia de los escritores desterrados del canon, que forman una legión por cierto.

Como distinción de cada raro, ni de Miret ni de Tario o cualquier otro afiliado a la nomenclatura de los extraños y ajenos a los circuitos culturales habituales, nada sabemos sobre su vida. Su biografía es un espantoso hoyo negro del que será difícil compensar la carencia. De Tario apenas se disponían de algunas imágenes fotográficas, pero esta incipiente y pobre iconografía sólo nos informa sobre su calidad de paseante en la urbe o de su condición sedente en un espacio doméstico. Tenemos noticia de algunas aficiones suyas: al futbol, el piano, la astronomía, el cine, la vida empresarial, las literaturas fantástica y de ciencia ficción. Sexteto temático presente en su narrativa y aforística. Como se ha ejemplificado, la versatilidad es un rasgo peculiar del escritor raro.

Por su parte, la prosa de Francisco Tario lo revela como habitual paseante citadino, así lo constata el rescate reciente de su novela Aquí abajo (2011) y la exposición itinerante que promueve el INBA en los estados. La caminata lo une con otro excéntrico en la república literaria, con el autor de Tachas, quien a su vez practicaba el excursionismo al lado de Juan Rulfo y de Marco Antonio Millán, quien confiesa: “Si con otros amigos nos dejamos de ver, Efrén [Hernández], Juan [Rulfo] y yo decidimos pasar los domingos juntos. Íbamos de paseo a Chapultepec, a las fuentes brotantes de Tlalpan, al Desierto de los Leones, a La Marquesa…” (Marco Antonio Millán, La invención de sí mismo, p. 83).

Dicha afición los une con Gerardo Deniz, otro raro en nuestras letras, feliz caminante en su época de compinche juvenil de Miret. La ejecución del piano enlaza a Tario con Felisberto Hernández, ese raro argentino que al igual que Peláez Vega, poco a poco salen del claustro en que el olvido los había cobijado.

En la misma situación se encuentra otro extravagante: Efrén Hernández, de quien gota a gota se han ido conociendo parcelas de su biografía, ya por la generosidad de Martín Hernández, su hijo primogénito, ya por los afanes de sus comentaristas o la revelación de detalles biográficos por alguno de sus contemporáneos, mencionemos por ejemplo, el de Marco Antonio Millán, La invención de sí mismo, donde se conserva una selecta iconografía y una memorabilia no exenta de mala sangre contra Hernández.

El perfil que dibuja Millán sobre Efrén Hernández permite trazar el temperamento y condición de vida de un raro, bocetaje que admite extenderlo a los demás: “Él, un estudiante pobre que llega a la capital, vive siempre con angustia por obtener sustento aunque en el fondo no le importa demasiado conseguirlo […] Efrén hacía gala de pobreza; no le quedaba otro remedio. Alguna vez se le quebró uno de los cristales de sus anteojos junto con la parte inferior del armazón; remendó la avería con trozos de cinta de aislar: en el lente las grietas dibujaban una cruz. A la pregunta de ‘¿Cómo puedes ver con eso?’, respondía: ‘Hago de cuenta que estoy en la cárcel’ ”  (Marco Antonio Millán, La invención de sí mismo, pp. 70-71).

En cualquier caso, la pobreza mendicante fue el sino de los escritores distinguidos con la cruz de la raridad. Y su profesión de fe —la escritura—, ejercida en el periodismo, la literatura, el cine, la traducción, la publicidad y demás oficios de conservación de la palabra. Ellos sí vivieron para contar ese credo de la escritura. Aunque profesionales de su oficio, la angustia por la conquista del pan y las viandas sobre la mesa fue un ingrediente más de sus pesadillas cotidianas. Las memorias de Revueltas y la autobiografía de Martínez Ocaranza atestiguan esa pobreza inexplicable. Austeridad republicana, edición autofinanciada. Vivir en la miseria, arropado por el ostracismo y morir en la periferia de la rotonda de los literatos ilustres. Su legado perdido o en ruta del naufragio. Como cada raro, nada o casi nada sabemos de sus vidas, menos aún de sus obras o aportaciones, y apenas la crítica pone atención en sus acervos para clarificarse el valor estético y cultural del patrimonio literario de los no canonizados.

Otro elemento singular que distingue el ejercicio literario de esta tribu descalza fue el recurrente método de financiar sus publicaciones. Sus ingresos, cotidianamente depauperados, fueron el soporte económico que facilitó la publicación de sus libros. La edición de autor se convirtió en la forma usual de presentarse ante la sociedad de los poetas vivos, aunque tal empresa personal no se compensó en la república literaria con los debidos reconocimientos sociales o culturales. La autoedición entonces y ahora no garantizan al autor asiento entre sus pares.

Aunque se dispone de más de un caso memorable, recordemos que Miret financió sus publicaciones, sobre todo el volumen que inauguró su cuentística, Esta noche… vienen rojos y azules (edición de autor, México, 1964), en cuyo colofón quedó asentado el domicilio de sus padres. Con la misma estrategia editorial se amparó Tario. Entre sus seguidores es sabido que invirtió recursos personales en la edición de muchos de sus libros, por ejemplo en la impresión de los aforismos de Equinoccio (edición de autor, México, 1946) en cuya portada o página legal no aparece consignada ninguna casa editorial. Algunos amigos de Miret participaron en la confección de Esta noche… —el fotógrafo…—; nada sabemos de los procesos tipográficos de la plaquette aforística de Tario. Sí, en cambio, estamos enterados de sus procesos de escritura, revelados por Julio Farell, el hijo menor: “No era muy productivo en sus libros porque era minucioso, corregía y volvía a corregir. Después nos lo daba a leer: cuando éramos adolescentes, a nosotros; cuando éramos chicos, a mi mamá. Quería sentir cómo sonaba el texto. A veces con un libro tardaba mucho tiempo. Con la novela [Jardín secreto] ocurrió eso; de pronto trabajaba en ella dos años y luego, como los vinos, la dejaba reposar […] Era muy exigente en su escritura” (Alejandro Toledo, “Recuerdo de Francisco Tario [Entrevista con Julio Farell]”, Casa del Tiempo, núm. 26, marzo, 2001, p. 53).

La autoedición no se convierte automáticamente en rasgo distintivo de los escritores raros, aunque fue un mecanismo de difusión muy usual en el siglo pasado y se mantiene en el transcurso de la década presente, la cual permite al creador adelantar la publicación de su obra para promocionarla entre los editores, la burocracia cultural o universitaria, los amigos y la tertulia, aparte de convertirse en estímulo máximo de la autoestima del creador.

Sin embargo, recuerden el tiraje de los 666 ejemplares con que salió de las prensas el volumen Las vocales malditas (1988), cuya primera edición fue financiada por Óscar de la Borbolla, su autor, en la que intervinieron también sus amigos —el pintor José Luis Cuevas, por ejemplo, autor de los dibujos de la portada y las ilustraciones de los interiores—. Con esta afirmación no pretendo sostener que De la Borbolla sea o pertenezca a la casta de los raros y malditos; no, al contrario, él es un escritor satírico que ya disfruta de un asentamiento en las antologías cuentísticas, la historia de la literatura mexicana y en los censos que han levantado los críticos adelantados. Las tesis universitarias, los congresos académicos y de mexicanistas, ya dieron cuenta de su invención prosística singular, además de que críticos y analistas literarios cumplieron su tarea de canonización. De hecho, una editorial mexicana promueve sus obras completas desde la metrópoli. En este caso, su proceso de canonización arrancó desde hace tiempo con esas encomiendas culturales, educativas y de difusión. Ningún raro ha recibido nunca atenciones tan corteses.

Tanto de Miret como de Tario sus primeras obras aparecieron en modestas ediciones de autor, hoy harto difíciles de rastrear en bibliotecas públicas, remate de saldos o librerías de viejo. Incluso los ejemplares de sus libros impresos con sellos comerciales también se convirtieron en verdaderos rebeldes de localizar, auténticas joyas bibliográficas entre sus fanáticos numerarios.

Por la edición de autor, conjeturo en mi ilusión, la estirpe de los raros ha sobrevivido. Y a mantenerlos vivos, pretendo decir en circulación, han colaborado sus fans, pues los conservan en el circuito de lectura, pepenando en las librerías de segunda para encontrar las polvosas ediciones de sus libros. Dada la escasez de dichos envejecidos libros, también sus admiradores, de fotocopia en fotocopia o en el mejor de los casos trasegando sus ejemplares, han logrado su permanencia no en el canon —tarea de beatificación que les es ajena—, pero sí en el gusto selecto y refinado de ciertos lectores. A ellos debemos que esa especie endémica de la literatura no haya fenecido. La permanencia o desaparición de la especie de los raros nos compete.

Por otra parte, la biografía, el temperamento y la estética del fracaso tienden, a su vez, los rieles por los cuales transcurre la vida de un escritor raro. Esta tríada de elementos administra también su inserción o rechazo culturales. Ahora paso a explicar en qué consiste cada vía, previamente aclaro que, para cierta teoría literaria, el trayecto biográfico del individuo no importa, destaca solamente su obra. Sin embargo, en el caso de los escritores no canonizados, vida y literatura amarran un binomio indisoluble. Con ellos la estética enlaza un trinomio que no admite divorcios.

Para exponer esta conjetura sobre los raros es necesario conocer previamente el trayecto vital de un escritor, su carácter y temperamento artístico, rasgos que colaboran para permitirnos un acercamiento a lo que he denominado aquí estética del fracaso, porque en otros lares y con otros acercamientos la designan con la figura sinonímica de “poética del fracaso”. La trayectoria vital y la conjunción de rasgos psicológicos pespuntan no sólo la intención de una vida, sino también la expresión simbólica y una voluntad de trascendencia.

Por sus características literarias y psicotípicas, aquéllos bien cabrían en los censos que Rubén Darío o Pere Gimferrer levantaron para ejemplificar la literatura del fracaso propugnada por la “oscura turba”, de la que se deriva una estética de lo extravagante. Una literatura, la de los raros, teñida con un indeleble aire de romanticismo, es verdad, impulsada con ese vitalismo pesimista que distinguió a los poetas del crepúsculo. Y asumido ese padecer, este comentarista se pregunta si aquel que es hoy no fue en su ayer un desaforado romántico.  Aquí abajo es el testimonio fehaciente de esa inclinación por los valores del romanticismo y la sujeción narrativa al imperio del realismo. Sin embargo, dice Alberto Manguel que “En los cuentos fantásticos de Tario lo imposible convive con lo rutinario, lo trágico se vuelve agriamente cómico, lo absurdo irremediablemente lógico. Sus protagonistas son objetos, animales, cosas indefinidas: un féretro enamorado de una jovencita en duelo, un barco que recuerda el ebrio de Rimbaud, una gallina vengadora, un perro fiel hasta la muerte, un traje gris con veleidades metafísicas, un antropófago convincente, un incestuoso y erudito soñador, un niño inocente y aterrador, una caterva de seres monstruosos o fantasmagóricos” (Alberto Manguel, “El unicornio es tímido”, en Babelia, núm. 1060, 17 de marzo, 2012, p. 8). En Aquí abajo sucede justamente lo contrario, lo posible convive con lo rutinario, pues trata de las cuitas domésticas, conyugales y laborales de un periodista ebrio.

Antes de abordar aquella estética, me pregunto, ¿por qué si Tario convivió tan estrechamente con Octavio Paz sigue siendo un escritor de los confines? Entonces vivir a la sombra del caudillo cultural garantizaba presencia en los medios, asiento en la república literaria y micrófono abierto. Dadas sus aficiones musicales, ¿por qué no se encuentran registros públicos de sus interpretaciones? Y considerando sus aficiones deportivas, ¿por qué ni en la historia del futbol mexicano se localizan rastros de su sagaz portería, siendo él uno de los guardametas que instauró la moda de los uniformes coloridos? Ninguna información podemos pedir sobre su inclinación a la astronomía, aunque sus aforismos registran ese método de escudriñar el Universo: “Hay en mí constantemente una curiosidad incurable por aquella Tierra silenciosa, nocturna, llena de pisadas celestes; aquella Tierra sin hombres, color violeta, de hace setecientos billones de años” (Equinoccio, 11).

Ya en el ejercicio estricto de su labor literaria, siendo Tario un cultivador esmerado del relato, ¿por qué su cuentalia sigue fuera del mercado?, igual sucede con su novelística y dramaturgia, no sólo imposible de conseguir, sino descatalogadas y sin registro en los espacios ideales de la historiografía literaria. Con sus aforismos sucede lo mismo y si no se realiza una edición facsimilar o una impresión contemporánea de Equinoccio, seguramente este libro se perderá entre las cenizas, el polvo y los gusanos.

Ninguna de tales interrogantes será contestada por la literatura, la historia o la psicología, tal vez apenas logremos vislumbrar una triste respuesta con el testimonio de sus contemporáneos —¿pero quiénes son?—, con el rescate de sus memorias —de atesorarse en algún cajón doméstico—, o con la inédita novela familiar que rindan sus hijos y herederos. La vida de Francisco Tario y su estética se mantienen como incógnitas por despejar. En su caso no se trató de un icono generacional ni de un fenómeno masivo, menos aún de un éxito comercial, hechos que explicarían en su conjunto el origen de los raros, pues navegan a contracorriente tanto de la cultura masificada como del mercado. E incluso contra la Historia, como sostiene José de la Colina.

Ese mismo fenómeno se repite en el caso de Miret y demás escritores de su misma estirpe, al igual que en la mayoría de los escritores raros cuya maldición compurgan justamente ahí, en los recintos del olvido, la ignorancia, el ninguneo y nuestro fracaso.

martes, 14 de diciembre de 2010

Un siglo de aforismos mexicanos

Diciembre/2010
Nexos
Javier Perucho

A propósito del centenario de la aparición del libro de aforismos de Francisco Sosa, Breves notas tomadas en la escuela de la vida, publicado en 1910 (Imprenta de Antonio García Cubas), expondré un horizonte del aforismo, la redención literaria del género, simpatías y diferencias con otras arquitecturas narrativas que recurren a la brevedad literaria —microrrelato, apotegma, sentencia, máxima— y a la tradición popular —leyenda, adivinanza, proverbio, chiste— para su concreción artística. Asimismo, apuntaré una demografía autoral y un inventario de esta musa menor cuya presencia en las letras nacionales es seductora, indocumentada y marginal. Presencia que dispone de al menos un siglo, si partimos para su documentación probada del libro de Francisco Sosa, capital para el aforismo, pues este volumen puede considerarse punto de partida para establecer la historiografía literaria del aforismo. Así pues, el origen, desarrollo y continuidad de este género en México tiene su encrucijada en Breves notas tomadas en la escuela de la vida.
Horizontes del aforismo
El aforismo es una de las musas menores que tiene una presencia escondida en las letras nacionales, muy dilatada, insólitamente indocumentada y soterrada en los túneles de los acervos literarios. No es usual su enseñanza en los centros educativos, tampoco su recensión en la crítica literaria que se acostumbra en la tertulia periodística y su historiografía muere de inanición por la falta de materiales con que nutrirla, ya que no se han sistematizado sus fuentes, tampoco se ha emprendido una bibliografía esmerada que pudiera dar noticia franca de los libros cuyos autores han cultivado el género en México, Hispanoamérica o Europa. Excepcionalmente, en España se impulsa una colección aforística, por la editorial Edhasa, que procura la difusión del aforismo universal, en particular el acuñado en español tanto en la península como en Latinoamérica, donde encontramos lo mismo las máximas de Lichtenberg, los razonamientos sublimes de Nietzsche, la obra precursora de Karl Kraus o el pensamiento americanista de Augusto Roa Bastos.

Verdehalago, una empresa editora de bajo presupuesto, desde hace unos lustros se dedica a la publicación, traducción y selección de la obra aforística de literatos mexicanos y europeos. En su serie Fósforos han aparecido lo mismo el pensamiento gregario de sor Juana, las máximas políticas del Benemérito de las Américas, la contemplación urbana de Fernando Curiel, que el género en sus vertientes anglosajonas en voz de Gottfried Benn, G. K. Chesterton, William Blake y Oscar Wilde, además del pensamiento iluminado francés y alemán, importados al español mexicano por la diestra mano traductora de nuestros escritores. La traducción del aforismo iniciaría en México con la publicación de los “Aforismos” de Maximiliano de Habsburgo, integrados al tomo dos de sus Recuerdos de mi vida. Memorias de Maximiliano, en traducción de José Linares y Luis Méndez (México, F. Escalante Editor, 1869).

Inauditamente, el lector contemporáneo no dispone de una antología sobre el aforismo nacional, regional o universal en español; apunto esta lengua pues en inglés sí se disponen de sendos florilegios sobre el género (Louis Kronenberger, The Viking Book of Aphorisms; John Gross, The Oxford Book of Aphorisms). Hasta el momento nuestro lectorado carece de un estudio que le explique los pormenores del género o facilite la redención literaria de esta singular arquitectura narrativa. Las antologías pioneras de Irma Munguía Zatarain y Gilda Rocha Romero (Aforismos [Una selección libre] y Diccionario antológico de aforismos) ofrecen la salvedad a este injustificado hoyo negro en la literatura mexicana. Como resultado de esa indolencia, no se dispone de una demografía autoral o un inventario libresco que faciliten un acercamiento maduro al lector interesado en el aforismo, su estructura, historia y crítica.
Mi libro Escrituras privadas, lecturas públicas. El aforismo en México. Historia y antología, facilita entre sus propósitos de realización los documentos necesarios para su comprensión, las herramientas para la elaboración de su historia regional, sus vasos comunicantes con otras tradiciones literarias por la importación de títulos emblemáticos para el género por la mano diestra de autores nacionales; en resumen, procura elaborar el primer acervo bibliográfico y un censo inicial con sus principales autores para certificar la presencia en nuestra cultura literaria de un género frecuentado apasionadamente por sus cultivadores, terriblemente desconocido para el resto de sus potenciales lectores e ignorado en los patrimonios culturales de los que procede. Quizá la primera antología del aforismo mexicano encuentre ahí su espacio natural de expresión.

La redención del género será su primer acercamiento; el segundo, mostrará las simpatías y diferencias con otros géneros de la brevedad inquisitiva; el tercero expondrá un escolio a Breves notas tomadas en la escuela de la vida, que en septiembre de 2010 cumplió el centenario de su aparición en las letras mexicanas y, finalmente, ofrecerá una fría y seca demografía autoral para llamar la atención en los nombres, plumas y afanes aforísticos de los escritores mexicanos que entre los siglos XIX, XX y la primera década del presente han labrado en los fértiles espacios de la escritura aforística.

Simpatías y diferencias


Además del aforismo, estos son los géneros narrativos que recurren a la brevedad literaria —microrrelato, apotegma, sentencia, máxima— y a la popular —leyenda, adivinanza, proverbio, chiste— para su concreción artística. De ellos sólo explicaré la naturaleza cuentística del microrrelato, pues con el aforismo suele confundírsele habitualmente. Como paso previo, baste apuntar que tales formas populares, folclóricas, tienen de común su carácter anónimo, pertenecen al dominio público, obedecen a un tiempo cíclico, se adaptan a las condiciones culturales o sociales de una época, resumen la idiosincrasia y sabiduría de una comunidad y sirven para instruir a su parvulario. Por lo general, éstas son las características básicas de la leyenda, la adivinanza, el proverbio y el chiste. Estos mismos rasgos pueden aplicarse a las restantes formas con que una nación sintetiza en el folclor su arraigo en la tierra. Tienen la función social de conservar su saber, transmiten su experiencia de vida y educan a sus integrantes en las modalidades de la Naturaleza, acoplan al grupo y los dota de herramientas que les permiten la sobrevivencia en un medio a veces hostil, otras paradisíaco.

Así planteados sus rasgos distintivos, regreso al microrrelato, forma eminentemente escritural, a diferencia de las folclóricas, ágrafas, que carecen de escritura, naturalmente pertenecientes a la tradición oral.

Emergido de una robusta cultura literaria, el microrrelato, a pesar de los recientes acosos analíticos en la academia y la tertulia literaria, no dispone de una definición general y literariamente aceptada. En Barcelona, Bogotá, Buenos Aires o México, entre otros centros productores de su creación artística como de las perquisiciones que tratan de ceñirlo, cada escritor o analista literario ha lanzado un concepto que postula su definición. Uno por uno plantean una verdad literaria; cada concepto blandido aloja su refutación. Estos balbuceos no escapan a tal naturaleza. En consecuencia, expongo que el microrrelato obedece a la pertinaz manía del ser humano de compulsar su estancia en esta tierra, domeñar su carácter, soliviantar su vida doméstica, anhelar la carne próxima, ensoñar otras vidas, recrear sus ocios, maldecir al prójimo. Al contar, registra las cimas de sus afanes y el infierno de su tiempo. Ahí, en ese microcosmos se encuentra la memoria de su estancia por el mundo.

Estrictamente, un microrrelato sigue las reglas de composición aristotélicas. Se apega a una trama cuyo héroe vivirá o planteará un conflicto, en un escenario único, donde ambientará sus acciones durante un tiempo perentorio, donde acaso se tope con una doncella o su némesis, con quien ralentizará en su conclusión abierta o cerrada una epifanía. El curso de sus acciones sigue la estela de una flecha al perseguir la nuez de una diana.

El aforismo y sus linderos

Por su naturaleza, el aforismo se sitúa en un punto equidistante entre los géneros tradicionales como la adivinanza, el chiste, la leyenda y el refrán, entre otros soportes vernáculos, pues son los formatos de una tradición oral que, por su condición, exigen el anonimato, la creación colectiva y el dominio público, que son justamente los rasgos contrarios a los géneros literarios. En los géneros de tradición oral su soporte yace en la memoria de la colectividad, su vehículo de transmisión y recreación. Por otra parte, el aforismo también suele lindar con el microrrelato, la fábula, la greguería e incluso la parábola.
En la adivinanza, el chiste, la leyenda y el refrán se funden la picardía, el ingenio de un pueblo, su sabiduría, idiosincrasia e historia colectiva. Estos soportes de la tradición popular tienen como propósitos enseñar, divertir, conservar, aleccionar a los integrantes de una comunidad viva. Cada una de estas formas expresivas se sujeta a la rueca del tiempo: aparecen, se olvidan y vuelven a surgir desaletargadas por las circunstancias sociales, cuyos requerimientos a su vez actualizan los contenidos latentes; por esta condición efímera, la fijación del “texto oral” es una tarea imposible.

La parábola conserva un ascendiente bíblico que obliga a recapitular las acciones emprendidas por el ser humano bajo una circunstancia específica; además, por su naturaleza evangélica pretende una enseñanza religiosa o una lección de vida, nunca cívica, lección que sí puede desprenderse de su contraparte el microrrelato o la fábula, ésta con un inevitable didactismo y un carácter moral. Por la tradición literaria que forjan, ninguno es cíclico; es decir, no se sujetan a los procesos de reciclaje a que están sometidas las formas orales tradicionales. Por supuesto, las tres arquitecturas (aforismo, fábula y microrrelato) exigen su fijación textual.

Para avanzar en esa historia y en la formación de un repertorio aforístico, propongo una definición complementaria que circunda la noción de aforismo, lo caracteriza en sus contornos pero, sobre todo, la divulgo como mera hipótesis de trabajo. Para lograr ese propósito, adelanto este apunte que circunscribe al género en acecho: Es el género por excelencia de la madurez tanto del hombre como del literato, la oración de los escritores veteres; se trata de una expresión de sabiduría que condensa los saberes de una vida. Para su enunciado se vale de una oración simple o una frase. Siempre es un fulgor, una revelación. Un relámpago de saber. Es un género más allegado a la reflexión del pensamiento filosófico que a la invención literaria. Junto con la máxima y el apotegma, el aforismo pertenece al mismo orden ideológico de las formas, excepto que no comparte con ellos el arquetipo religioso. En los tres, la mímesis mandata.

La narratividad es otra de las características intrínsecas de este género, aunque los aforismos de Gerardo Deniz asentados en Letritus rompen con esa regla de oro del viejo pacto de la representación prosística, establecida luego de aparecer los aforismos hipocráticos.

En su condición de médico, Hipócrates acuñó el único género no fundado por un literato, desde entonces es habitual que las más diversas tribus de profesionales publiquen su aforística: arquitectos, políticos, historiadores, libreros, filósofos y literatos, al menos en México; de este modo han dado continuidad a una tradición que se remonta a la cultura y civilización grecorromanas.

Concluyo este apartado con una definición operativa: un aforismo es un argumento controvertible aunque veleidoso, que soporta una experiencia empírica, un saber positivo expresado en una definición conceptual, un pensamiento educado por el libre albedrío. Jamás narra una historia, eventualmente fomenta una lección cívica o moral; por historia y tradición no profesa dogmas, aunque las creencias obtienen su rédito durante la concepción; sus dominios también circundan la estética de las artes, la biografía, los credos, además de ceñir las idiosincrasias y las tradiciones. La prosa es su soporte habitual, regla de oro que admite las excepciones contemporáneas. Nunca es epifánico, pero sí confesional. La experiencia y el dominio de un saber o una técnica, así como el empirismo subyacen en el género, por ello el escritor veter es quien más lo ha frecuentado, según los indicios y las evidencias documentales que sustentan este comentario; en consecuencia, es el género de la madurez literaria.

Censo y demografía

Juana Inés de la Cruz: Aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera que no se pueden decir, para que se entienda que el callar no es no saber qué decir, sino no saber en las voces lo mucho que hay que decir.

Benito Juárez: Los lobos no se muerden, se respetan.

Maximiliano de Habsburgo: Dos cosas son necesarias al hombre de Estado, el instinto y el tacto: aquél para discernir; éste para ejecutar. Saber gobernar es un talento innato, que no se adquiere, y al que, como a las aptitudes naturales, lo más que puede hacerse es pulirlas.

Mariano Silva y Aceves: El bien más cierto de que somos deudores a los hombres es el bien de la lectura, y encontrar el libro que conviene a cada edad, equivale a encontrar el mayor tesoro de un pueblo, mayor todavía que la Constitución o la moneda.

Francisco Sosa: El que revela los favores de una mujer, confiesa así que es indigno de obtenerlos.

Alfonso Reyes: Los niños de aquella familia se disputaban dos tesoros: los besos de la institutriz y la “pepita del chayote”. Así se empieza.

Carlos Díaz Dufoo Jr.: Hubiese dado cualquier cosa por una creencia elemental, por una afirmación biológica, por un pequeño refugio, animal y seguro.

Julio Torri: El mundo ha perdido su voluntad, y ya no es sino representación (con excusas para los manes de Schopenhauer).

Max Aub: En los documentos nunca hay hijos de puta. Y Dios sabe que son incontables.
Enrique Jardiel Poncela: Nadie está en mayor peligro de muerte como aquel que ha hecho testamento a favor de los que lo rodean.

José Bergamín: Hay monederos falsos de las ideas, sobre todo, de las ideas estéticas. Lo peor de los simuladores, en pintura como en poesía, como en música, en filosofía y en religión, no es que comercien y trafiquen con el misterio sino con el secreto profesional de sus clandestinos falsificadores. Con moneda sin cuño.

Octavio Paz: Al leer o escuchar un poema, no olemos, saboreamos o tocamos las palabras. Todas esas sensaciones son imágenes mentales. Para sentir un poema hay que comprenderlo; para comprenderlo: oírlo, verlo, contemplarlo —convertirlo en eco, sombra, nada. Comprensión es ejercicio espiritual.

Luis Cardoza y Aragón: La imaginación es memoria arrebatada. La amnesia, sordo huracán de las sombras.

Mariana Frenk-Westheim: La vejez es una de esas cosas que les pasan a los jóvenes.

Sergio Golwarz: La modestia es la más incómoda de las virtudes, porque no se puede alardear de ella.

Gerardo Deniz: Cuando musitan que así no, deduzco que antes, cuando menos cierta vez, dijeron sí —y a mí no fue.

Augusto Monterroso: Unir esfuerzos. En San Blas muchos políticos esencialmente estúpidos o ladrones sólo esperan el momento de alcanzar el poder para combinar estas dos cualidades.

Raúl Renán: Esto es el silencio, imposible sin alguno de los sonidos que lo forman.

Gabriel Zaid:
No hay ensayo más breve que un aforismo.

Salvador Elizondo: La tortura sólo es tal si su fin no es la muerte. Un supliciado a muerte es, inequívocamente, la más alta torpeza del verdugo.

José de la Colina: No seas hipócrita y confiesa que para ti el momento histórico de los años cincuenta fue el descubrimiento de Tongolele.

Carlos Monsiváis: Antes, un cortesano típico respondía a la pregunta. “¿Qué horas son?”, con un: “Las que usted quiera, Señor Presidente”; ahora, un cortesano típico, ante la misma pregunta, comenta: “Las que se puedan, Señor, en vista de la gravedad de las circunstancias”.

Juan Carbajal: El hombre es polvo. Ésa es una sabiduría aquí nacida. Por eso el desierto es sagrado. Es el lugar más colmado de humanidad virtual de la tierra.

José Emilio Pacheco: Nadie ha vivido como nosotros la experiencia de la evanescencia. Por primera vez desde que se instaló la idea de progreso sentimos el porvenir como amenaza. Perdemos todo: ideas, creencias, costumbres, ciudades, afectos…

Francisco Hernández: Guardan entre sus piernas el abierto candado de la felicidad.

Jaime Moreno Villarreal: La única caricia obscena que conservamos es la lengua en sus humedades.

Adolfo Castañón: Sé que dije muchas mentiras. También sé que fui aplaudido por quienes sabían que estaba mintiendo.

Nedda G. de Anhalt: La bendición de los espíritus críticos es la ironía.

Andrés Virreynas:
Las frases de mi mano izquierda son breves y directas, ligeramente banales. La mano derecha, en cambio, descontenta ante la idea de sólo expresar un pensamiento, se enreda y desorienta, siente la tentación de perderse en cada vez más enrarecidos circunloquios. Con asombro primero, y en estos últimos días ya con abierta condescendencia, he notado el impulso de ambas por convertirse en la mano contraria: por ocupar el espacio imposible de su especular reverso. El ademán natural que producen es el de un intranquilo cruzamiento de brazos.

Marco Antonio Campos: Desde una perspectiva general veo una infancia libre y feliz, pero si recuerdo momentos en que la pobreza me humillaba y disminuía (puede humillar y disminuir de tantas maneras), el dolor o la tristeza me dejan a punto del llanto.

Raúl Aceves: El no saber quién soy es mi principal certeza, el resto son especulaciones.

Tomás di Bella:
Una pierna de mujer siempre será una escala para llegar al edén o un tobogán que cae hasta el fondo del misterio.

Miguel Kolteniuk: Descubrí que soy un escritor sin escritura; sólo cuento con el aforismo.

Alberto Blanco: El hombre es un reloj de arena: se va llenando de espacio, se va vaciando de tiempo.

Fernando Curiel: Letrinaria. Memora, cuando estés lejos, que palo dado ni Freud lo quita.

Ulises Carrión:
Para empezar, los libros tenían que liberarse de la literatura. Y luego había que liberarlos de las letras. A partir de ese momento, consideré mi aliado a quien no leyera libros, y a cualquiera que los escribiera lo consideré mi enemigo.

Luis Zapata:
El verdadero escritor es aquel que puede soportar con paciente y digna entereza la posibilidad de tener varios libros inéditos, o, mejor aún, varios libros abortados. Al otro, al que se muere por publicar y atosigar al mundo con sus escritos, más bien habría que llamarlo un publicador.

Ricardo Yáñez: Estoy cansado de no saber a dónde ir, es decir, de no saber estar en mí.

Eusebio Ruvalcaba: La mujer posee dos sonidos que la distinguen en el mundo de los seres vivos: la voz y el corazón. La voz por el timbre; el corazón, por el seno que lo cubre.

Juan Domingo Argüelles: Hoy hasta los politólogos se escandalizan por el rechazo a la partidocracia. Bien visto, resulta lógico: no pocos de ellos pasan de la teoría a la práctica y, a la menor insinuación, los ungen candidatos y luego son diputados o senadores cuando no ministros.

Francisco León González:
Si sumamos la soledad e insignificancia, el anonimato y las pesadillas a las calles, el trabajo, las horas pico y el prójimo, obtendremos un pedazo de vida, seguramente, podrido bajo los escombros.

Juan Villoro: En el Estado laico, ningún misterio teológico supera al de la burocracia.

Guillermo Fadanelli:
Jorge Ibargüengoitia escribió La mujer que no, un relato donde narra sus vanos esfuerzos para acostarse con una mujer. Reconocer a la mujer que no requiere de un talento mayor que para triunfar en los negocios, escribir novelas o graduarse en la universidad.

Roger Campos Munguía: Deberíamos de olvidar a los que mueren, de enterrarlos para siempre, sin remordimientos. Es preferible dejar que desgajen su muerte a solas.

Gabriel Trujillo Muñoz: Cada vez estoy más convencido de que Robert Frost fue un poeta mayor: no un portavoz de su tiempo sino un escucha de la naturaleza, un traductor del espíritu de la vida. Para él escribir era como cortar leña del bosque y preparar el fuego, como tomar agua del río y beberla con gusto. Porque aquí estamos hablando de palabras escritas sin más filtros que su conocimiento del hacha y sus filos, del río y sus corrientes. Tan simple como eso. Tan difícil como eso.

Alfonso Camberos Urbina: Cuando la cocina demanda libre tránsito al comedor, se inicia la política del espacio.

Armando Páez: Humanum est. El error es compañero sincero.

Pablo Soler Frost:
LXIV. Es oprobio eterno sobrevivir al jefe y volver sin él después del combate.

Luis Ignacio Helguera: El virtuosismo doméstico, civilizado, de la mujer moderna recuerda a veces el sacrificio primitivo de las mujeres a los dioses. Sólo que antiguamente los hombres inventaban causas más elevadas que el altar de las escobas.

Benjamín Barajas: La historia lo ha confirmado: no somos superiores a los cerdos. De ahí nuestra devoción por ellos: somos carne de su carne.

Alejandro Cerdá: Si amor con amor se paga tendré que embargarte.

José Antonio Rosado: El tiempo enriquece los sentidos. Antes, la calavera servía como símbolo de la muerte; ahora, puede ser una radiografía.

Javier García-Galiano: La indignación es más digna que la dignidad.

Jorge Fernández Granados: Lo que busca el aforismo no es tener la razón sino tener la medida suficiente para tener la razón.

Felipe Vázquez:
Los dioses, los ritos, la escultura y la cosmogonía de las viejas naciones mesoamericanas tienen mucho de ingenuo y monstruoso para un extranjero. El mexicano de hoy sigue siendo un iniciado en el horror cómico. La risa pánica es la atmósfera de su respiración normal. Basta considerar su sistema político o policiaco. “País de demonios”, le llamó José Revueltas. “Pocilga de Carajos”, replicó mi abuela.

Armando González Torres: Mi maestro me recomendaba salir de un libro, como de un burdel: contento, trastabillando, con el equilibrio en rodajas.

Luis Alberto Ayala Blanco: Optimismo: saber que siempre puede ser mucho peor me reconcilia con el momento actual.

Luigi Amara: En el horizonte de todos los cuadrúpedos impera la contundencia de los traseros; de allí que la postura erguida, al situar a los rostros frente a frente, haya significado el origen del maquillaje.

Amaranta Caballero: Cuando era niña, a veces dormía en la cama enorme de mi abuela. Ella siempre me regañaba por dormir acomodándome, sobre el lado izquierdo de mi cuerpo. Decía que era malo, que me haría daño con el tiempo. Nunca le hice caso, pero ahora, a mis veintiocho me doy cuenta que ella tenía razón. No son las nostalgias, no es el fracaso ni las decepciones, no el amor perdido, es más, la soledad sigue siendo simplemente ¡¡un invento demasiado occidental!! Las posturas, señores, las posturas. Ellas son la clave de los corazones sofocados.

Jezreel Salazar: Si mendigar sentimientos es patético, darlos de limosna no sólo significa celebrar un fracaso, sino ser pordiosero.