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domingo, 12 de abril de 2015

Efraín Huerta: celebración que no aturde

12/Abril/2015
Confabulario
Emiliano Delgadillo Martínez

A Valeria, en su cumpleaños

Los actos conmemorativos cumplen una suerte de función ritual, simbólica, y están rodeados de la parafernalia de las cámaras y los reflectores. En cambio, los libros representan el verdadero legado del escritor, puesto que a ellos se puede volver una y otra vez. Durante el centenario de Efraín Huerta, los libros que más vi fueron la antología personal Poesía 1935-1968, reimpresa para la Segunda Serie de Lecturas Mexicanas, y la Poesía completa del Fondo de Cultura Económica, todavía en su encuadernación de tapas duras y blancas. Estos libros son conocidos por dos curiosos aspectos: el primero, por la famosa portada del pan de cocodrilo, y el segundo, por ser un “ataúd blanco” que se sale de la norma, es decir, por venderse y reimprimirse con asiduidad. Ambos libros reposan en innumerables burós, escritorios y libreros, y a ellos se acude con no poca frecuencia. Quienes portaban dichos ejemplares eran los representantes de la vieja guardia huertiana. Hoy día, después de todo el alboroto festivo y carnavalesco en torno a la obra del Cipactli, los nuevos y renovados lectores llevamos con nosotros renovados y novísimos libros. Y ahora se nos ha vuelto imprescindible acompañar la poesía de Huerta con su inagotable prosa. Quizá ésta fue la gran enseñanza de todo el alboroto: que el poeta Efraín Huerta también es el prosista Efraín Huerta.

Los libros renovados son, obviamente, libros de poesía: la nueva edición de la Poesía completa (fce); la edición facsimilar de Los hombres del alba (conaculta); o bien, las reimpresiones de cuatro libros: Poemas prohibidos y de amor (Siglo xxi); Transa poética (era); Alma mía de cocodrilo. Efraín Huerta para niños (conaculta); y la mínima y genial Antología poética (fce), dechado de “literatura portátil” elaborada por Carlos Montemayor. En cambio, los libros novísimos pertenecen al ámbito de la prosa, ámbito que, en el caso de Huerta, era prácticamente desconocido. Veamos un par de ejemplos. Raquel Huerta–Nava publicó cuatro libros el año pasado: tres compilaciones de prosa y una plaquette de poesía. Los primeros tres suman 1,079 páginas, mientras que la plaquette no pasa de la veintena. También contrastan las 673 páginas de El otro Efraín. Antología prosística —preparada por el escritor Carlos Ulises Mata—, con las 79 de El Gran Cocodrilo en treinta poemínimos, libro ilustrado por el Doctor Alderete (ambos publicados por el fce). La escritura de Efraín Huerta evidentemente fue más prolífica en el ámbito de la prosa que en el de la poesía. Basta recordar que Huerta fue periodista profesional desde 1936 hasta el último día de su vida: cuentan sus familiares que el texto que dejó en la máquina de escribir fue, precisamente, un artículo periodístico.

De los libros publicados por Huerta–Nava, comentaré en esta ocasión un par que hace mancuerna: «Cine y Anticine». Las cuarenta y nueve entregas (cuec—unam, Colección Miradas en la Oscuridad, 2014) y la Antología de «Libros y Antilibros» (Joaquín Mortiz—Planeta, 2014). Ambos se leen con verdadero deleite gracias al sutil ritmo propiciado por sus breves parágrafos: Huerta tecleaba sus artículos a manera de destellos, o ráfagas, privilegiando la separación mediante subtítulos. Estos fragmentos le otorgan ligereza a los textos y nos revelan la inquietud del columnista por tocar todos los temas posibles, tanto del mundo del cine como del literario.

La primera columna, “Cine y anticine”, representa un tesoro de la crítica cinematográfica. Los conocedores del tema no me dejarán mentir: el redescubrimiento de la crítica de cine que Huerta escribió modificará, en cierta medida, nuestra historiografía cinematográfica. Desde esta perspectiva, resulta un acierto que el cuec haya publicado en su integridad la columna “Cine y anticine” (sostenida en el diario DF: La Ciudad al Pie de la Letra entre agosto de 1950 y julio de 1951), pues permite asomarnos a la sensibilidad de una época en la que ya se advertía que la expresión artística poco podía contra el interés económico de la industria: “el cine es un infierno empedrado de buenas y malignas intenciones”, escribió Huerta. Aun así, nuestro columnista se dedicó a defender lo que para él era el buen cine. Su repetida insistencia en presentar Los olvidados de Luis Buñuel como la gran película de toda una época nos permite entrever que, a los ojos de Huerta, el triunfo indiscutido de Los olvidados fue quizá la última victoria del cine como arte, en oposición al cine como negocio (o como él lo llamaba: anticine). A lo largo de las nutridas cuarenta y nueve entregas desfilan grandes protagonistas del cine mexicano: Gabriel Figueroa, Emilio Fernández, Roberto Gavaldón, Julio Bracho, Juan Bustillo Oro, Pedro Armendáriz, Ismael Rodríguez, Rogelio A. González, por no hablar de María Félix, Pedro Infante, Irma Torres, Dolores del Río, Carmen Montejo, Tin Tan, Cantinflas… Todos ellos son juzgados por Huerta, quien no titubeaba a la hora de reconocer aciertos y errores.

Lo mismo ocurre en la columna “Libros y antilibros”, sólo que, en este caso, los protagonistas son otros: escritores, editores, e incluso lectores. El material de esta columna eran las novedades editoriales que llegaban a manos de Huerta. El libro que reúne setenta entregas lleva por título Efraín Huerta en El Gallo Ilustrado. Antología de «Libros y antilibros» (1975-1982), y es el primer intento por compilar y rescatar una de sus columnas más célebres y leídas. Recuerda Raquel Huerta en el prólogo:

Era constante el flujo de libros en la casa y había que moverlos de un lado a otro bajo su vigilancia, pues [Huerta] llevaba la clasificación de los volúmenes conforme se acercaban a ser comentados en su columna o iban siendo descartados y donados a quien le pudieran ser de utilidad.

La columna “Libros y antilibros” es un verdadero diario público de lecturas. En él hallamos a un Huerta apasionado de la literatura, en su faceta de lector avezado y astuto. Los libros que comenta lo conducen una y otra vez al terreno de la memoria, de manera que sus repetidas digresiones conforman un pozo de recuerdos que enriquecen —antes de minar— las ideas y los juicios sobre los autores y sus obras. Aquí, un ejemplo:

Diez años antes de su Unicornio, Marcos Fingerit había hecho unos cuadernitos poéticos más pequeños (10 × 12 cm), titulados Cuadernos del Pez Volador. Estos suplementitos lo eran de la Fábula argentina. Sí, porque Marcos Fingerit se clavó en forma total el formato de la Fábula que hizo Miguel N. Lira allá por 1934.

Estas anécdotas son valiosas porque forman parte de nuestra historia de la literatura. Contadas, además, por un Efraín Huerta maduro, refinado e irónico, son una verdadera delicia literaria. A ellas hay que añadir, por un lado, los excursos humorísticos, como el siguiente: “Debe existir, por fuerza, un libro de ciencia ficción llamado Los comedores de comillas. ¿Alimentan las comillas? Alimentan, claro”; y por el otro, los momentos de confesión, como los del fragmento “Gran José Emilio” en el que Huerta dialoga con su admirado y querido José Emilio Pacheco, colega por partida doble: por el oficio de la poesía, y por escribir “Inventario”, hermana mayor de “Libros y antilibros”. ¿Le habrá respondido Pacheco en alguno de sus “Inventarios”?

Otra novedad que merece nuestra atención es El otro Efraín. Antología prosística (fce, 2014), elaborada por Carlos Ulises Mata. Se trata de una antología de lectura destinada al amplio público. Allí se incluyen cuatro libros que estaban fuera de circulación y que forman parte del canon huertiano en materia de prosa: La causa agraria (boi, 1959), Textos profanos (unam, 1978), Prólogos de Efraín Huerta (unam, 1981) y Aquellas conferencias, aquellas charlas (unam, 1983). Gracias a ello, hoy podemos leer nuevamente el ensayo “La poesía actual de México”, o la conferencia “La hora de Octavio Paz”, textos que ayudan a perfilar, por mencionar tan sólo un ejemplo, la idea que Huerta tenía de la poesía. También se recuperan artículos de Aurora roja (Pecata Minuta, 2006) y Close up (Ediciones La Rana, 2010), y seis entrevistas que estaban dispersas. El acierto de esta antología es, a mi juicio, el balance que logró Mata al dividir el libro en siete apartados que se leen muy bien: “su estructura se definió con base en un criterio primordial: la agrupación de los escritos según la afinidad del tema, intención y tratamiento”. Los apartados son: “Libros y autores”, “Párrafos sobre artistas”, “Crónicas líricas y urbanas”, “Cine”, “Artículos políticos y de actualidad”, “Prólogos” y “Entrevistas”. Las afinidades intuidas por Mata tienen plena repercusión en la poesía de Huerta, e incluso podrían considerarse como temas de los poemas huertianos. ¿Acaso no hay poemas dedicados a poetas, pintores y actrices? ¿Acaso Huerta no escribió más de un poema/prólogo? Léanse, si no, “Reseña metropolitana” o “Diálogo oído en un café”, en donde está presente en más de un sentido el famoso poema “Declaración de odio”. Sin duda alguna, El otro Efraín ilumina de un modo particular la obra poética, pero también resulta un esfuerzo por divulgar la varia invención que Huerta nos legó en su prosa.

Por último, quisiera dedicarle un mínimo comentario al libro Efraín Huerta. Iconografía (fce, 2014) editado por quien aquí firma. Se trata de una memoria visual de la vida y la obra de Efraín Huerta, elaborada a partir de los archivos fotográficos familiares. La generosidad de sus hijos permitió reunir más de centenar y medio de imágenes en las que observamos a Huerta con sus amigos, colegas y parientes, muchos de quienes también desfilan por sus textos: Xavier Villaurrutia, Rafael Solana, José Revueltas, Pablo Neruda, María Félix, Gabriel Figueroa, Luis Spota, El Indio Fernández, Jorge Negrete y un gran etcétera. Aprovecho este lugar para agradecer tanto a la familia del poeta como a los editores Martí Soler, Max Gonsen, Manuel Betancourt y Francisco Ibarra, sin quienes no se hubiera podido llevar a cabo la Iconografía. Estoy seguro de que, aunque se trata de un complemento a las lecturas reales de la obra huertiana, el lector disfrutará uno que otro pasaje de la vida de Huerta.

En un poema de 1962 que vale la pena releer, “La raíz amarga”, nuestro poeta escribió un verso que dice: “celebraciones centenarias aturden”. Tras el centenario de Huerta, más que aturdidos, terminamos contentos. Sabemos que hay Huerta para rato. No cabe la menor duda: muchos libros —y muchos lectores— están por venir. ¡Enhorabuena, don Efraín!


Un libro secreto sobre la poesía de Efraín Huerta

por David Huerta


Entre los libros que se publicaron en 2014 sobre la vida y obra de Efraín Huerta, los mejores son los editados (o reeditados) por el Fondo de Cultura Económica: en especial el tomo titulado El otro Efraín, antología de prosa preparada por Carlos Ulises Mata, y la Iconografía hecha por Emiliano Delgadillo al lado de los expertos iconógrafos del FCE. Hay que mencionar, asimismo, una recopilación de la columna literaria que hizo Efraín Huerta para el periódico El Día, fruto del trabajo de Raquel Huerta-Nava. Debo mencionar, por supuesto, la edición facsimilar del libro de 1944 Los hombres del alba, editada con enorme cuidado por la Dirección General de Publicaciones del Conaculta y en especial el equipo de Julio Trujillo. Se hicieron ediciones de gran tiraje a cargo de la Secretaría de Cultura del GDF. Diversas revistas publicaron números monográficos sobre Huerta; se hicieron carteles, desplegados callejeros, ediciones populares, y algo que me parece muy importante: la musicalización de poemas, de Eduardo Langagne, Enrique González Medina, Jaime Moreno Villarreal y Arturo Márquez. Hay un par de obras inéditas que ojalá algún día se den a conocer como se lo merecen: la tesis universitaria de Emiliano Delgadillo, sobre Los hombres del alba, y la investigación hecha por Isabel Pouzet en Francia, un trabajo estupendo sobre la correspondencia amorosa de Efraín Huerta y su primera esposa, Mireya Bravo.

Me extiendo un poco sobre el trabajo de Emiliano Delgadillo: el lunes 17 de febrero de 2014, Delgadillo, estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, defendió su tesis de licenciatura, titulada La fragua de Los hombres del alba: 1935-1944. Obtuvo mención honorífica. Esto no pasaría de ser un hecho, entre tantos otros semejantes, de la rutina académica, si no fuera por la calidad excepcional del trabajo. Entre los libros sobre Efraín Huerta publicados en 2014 no puede figurar: está inédito. Ojalá encuentre editor dentro de no mucho tiempo.

El título mismo del trabajo pone de manifiesto la sagacidad lectora y la curiosidad de Emiliano Delgadillo: es un homenaje en filigrana a José María Micó, ilustre traductor de Ariosto, poeta brillante y gongorista de primera línea; el trabajo de Micó sobre las Soledades gongorinas se titula La fragua de las Soledades. Delgadillo recogió la idea de “fragua” de un libro de poesía para contar la historia de Los hombres del alba, publicado en 1944 pero concebido y echado a andar en 1935: taller, fogón para preparar los metales poéticos, forja de esos mismos metales (gloso aquí las definiciones de “fragua” del diccionario de la Academia). ¿Cómo se hizo ese libro de Efraín Huerta; cómo fue componiéndose, o, en fin, cómo fue fraguándose…? La historia es sencillamente apasionante: Delgadillo la escribe echando mano de información de primerísima mano, con amenidad y con una prosa que fluye como agua diáfana. El conocimiento del tema, la destreza de los planteamientos, los horizontes que abarca, y su contribución cardinal a la historia y la crítica de la poesía moderna en México, son algunos de sus rasgos principales. Es un libro excepcional que merece ser conocido por los lectores más allá del ámbito académico.

lunes, 16 de junio de 2014

De cómo el alba llegó a Valencia

15/Junio/2014
Confabulario
Emiliano Delgadillo Martínez

No habrá ningún alivio para los que olvidaron que eran hombres
Emilio Prados

El pasado 5 de junio se inauguró la exposición “Efraín Huerta: un poeta del alba, cien años”, en la Galería Luis Cardoza y Aragón del Centro Cultural Bella Época, en la ciudad de México. Allí se exhibe un ejemplar de la revista valenciana Nueva Cultura que contiene el poema “Los hombres del alba” de Efraín Huerta. Hasta la fecha desconocíamos que este poema —uno de los más celebrados por sus lectores— había sido publicado por separado y previamente. El subtítulo del ejemplar dice: “Bajo el signo de México”, y corresponde al número dedicado a nuestro país (triple número, junio-julio-agosto, 1937). En el editorial leemos:

“Bajo el signo de México, la gran nación hermana de América, aparece este número extraordinario de Nueva Cultura.
“Hombres representativos del México de hoy —animado de un magnífico espíritu de creación—, descendientes del México milenario, descendientes también de nuestra vieja NUEVA ESPAÑA rinden en nuestras páginas homenaje fervoroso y cordial a esta ESPAÑA NUEVA que nuestro pueblo está forjando con heroísmo y abnegación que habrán de resultar históricamente ejemplares [...]
“Hoy queremos subrayar solamente, de manera específica, nuestro reconocimiento entrañable al pueblo mejicano que con tan fina sensibilidad civil ha sabido captar el hondo significado de nuestra lucha, lanzando a los cuatro vientos el grito de solidaridad y proclamando con decisión ante los círculos diplomáticos de la vieja Europa el único camino a seguir frente a la amenaza universal del fascismo [...]”

La revista Nueva Cultura decidió publicar una parte sustancial de los materiales literarios y artísticos de los delegados mexicanos que asistieron al Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia, Madrid, Barcelona y París: Octavio Paz, Carlos Pellicer, José Mancisidor, Silvestre Revueltas y Juan de la Cabada conformaban la delegación mexicana. También asistieron José Chávez Morado, Fernando Gamboa, Susana Steel, María Luisa Vera y Elena Garro. No es difícil imaginar que Octavio Paz llevaba entre sus papeles el poema de su amigo, y quizás alguno más: ¿“La traición general”, “Declaración de odio”, “Ellos están aquí”?

A la historia del poema en Valencia le antecede otra historia de la que tampoco teníamos noticia: un momentáneo extravío del poema. Gracias a la investigación de Cynthia Briones (El testimonio histórico en la vida y la producción intelectual de Efraín Huerta, 1914-1982, Universidad de Guanajuato, 2012) pude localizar las cartas de Efraín Huerta a Mireya Bravo: “He perdido ‘Los hombres del alba’, poema. Y estoy casi idiotizado por la pérdida. No lograré en mucho tiempo hacer algo mejor. ¿Crees prudente que publique un libro para fin de año?” (foja manuscrita y membretada con el nombre del poeta, sin fecha); “volvía del periódico, triste, sin un céntimo en el bolsillo; pensando, planeando escribir. Arreglé algunos papeles y, de entre un libro sin importancia, ¡surgieron los dos poemas perdidos!: ¡’Aquí están ellos’ y ‘Los hombres del alba’! / ¡Alegría! ¡Alegría! Y a escribirte la gran noticia. Pero me temo que esta semana la pasaré en la miseria” (carta fechada el 16 de junio, sin año).

Debido a que ambas cartas fueron escritas en el mismo tipo de hojas con la rúbrica de Efraín Huerta como membrete, así como a la coincidencia de la caligrafía, y aun de la tinta, podemos afirmar que fueron escritas en un período relativamente corto, hacia junio de 1937 (no puede ser junio del 36 porque para entonces Huerta no trabajaba en ningún periódico; las fechas de composición de los poemas “Los hombres del alba” y “Aquí están ellos”, a su vez, son posteriores al quiebre poético de Huerta: “Declaración de odio”, concluido el 8 de diciembre de 1936). En virtud de que “Los hombres del alba” reapareció en las primeras horas del 16 de junio (“2 de la mañana”), Efraín Huerta pudo entregarle una copia a Octavio Paz, antes de su partida rumbo a Nueva York, en donde se embarcaría hacia Europa. Sin embargo, no sabemos en dónde estaba Octavio Paz el 16 de junio, si en México o en Monterrey (Guillermo Sheridan,en Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, señala por un lado que el “16 de junio continúan en la prensa las discusiones sobre los participantes”, pero por otro añade que, el mismo 16 de junio, El Nacional publicó un anuncio en donde se informa que “hoy saldrán a Europa por vía de Nueva York los delegados”. Para complicar más el asunto, apunta que Octavio Paz y la delegación mexicana arribaron “a Monterrey el 15 de junio, y a Nueva York el 21”). Es posible asimismo que Huerta se lo haya enviado a Paz en una misiva ansiosa de hallar a su destinatario. Sea como fuere, “Los hombres del alba” llegó a España y apareció finalmente en la revista valenciana Nueva Cultura en el número dedicado a México, al lado de la “Elegía a Simón Bolívar” de Carlos Pellicer.

No está de más recordar que a Rafael Alberti, a Serrano Plaja y a Neruda “no les pareció que ninguno de los escritores de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) fuese realmente representativo de la literatura mexicana de esos días” de modo que, como nos cuenta Octavio Paz en Itinerario, invitaron finalmente “a un poeta conocido y a uno joven, ambos amigos de la causa y ambos sin partido: Carlos Pellicer y yo”. Además, Octavio Paz fue invitado a Valencia porque para entonces ya era un gran poeta: su poema de protesta “¡No pasarán! ” había causado cierto revuelo internacional, sobre todo por aparecer al comienzo de la Guerra Civil. Para enero de 1937, Paz terminó de imprimir el magnífico cuadernillo Raíz del hombre, libro que no dudó en enviar a diversos escritores, entre quienes se encontraba, precisamente, Pablo Neruda. Efraín Huerta estuvo a punto de asistir al Congreso, aun sin invitación. En carta a Mireya Bravo del 21 de mayo de 1937, leemos: “Económicamente, estoy muy mal; indeciso en varias cosas, como la de la ida a España. ¡Ese Neruda es desesperante!” (tres fojas manuscritas, 20 y 21 de mayo de 1937). No sabemos si finalmente hubo alguna respuesta. En todo caso, la invitación que sí llegó fue la de Octavio Paz, aunque en realidad sufrió un periplo: Paz estaba en Yucatán y el cubano Juan Marinello, “el encargado de estos asuntos en la LEAR”, le había mandado la invitación por barco para que no llegara a tiempo. Aun sabiendo que podía costarle el viaje a Valencia, Huerta encontró la manera de avisarle a Paz que estaba invitado al Congreso. Gracias a ello, Octavio Paz y Carlos Pellicer pudieron asistir. Aunque en las vísperas de la partida, Huerta sigue apareciendo como asistente de la LEAR al Congreso, en las cartas de esas fechas no hay mención del asunto, salvo la del “Neruda desesperante”, por lo menos en las que he consultado. No dejo de preguntarme si José Mancisidor habrá castigado a Efraín Huerta por provocar que su amigo Octavio Paz —señalado por los “duros” de la izquierda como trotskista— fuera finalmente uno de los representantes en Valencia. Que el excelente poema “Los hombres del alba”, después de su extravío desasosegante, haya visto la luz en la España en guerra, debemos entenderlo como el humilde agradecimiento de Octavio Paz al gesto de Efraín Huerta. (La versión de “Los hombres del alba” de Nueva Cultura, por cierto, solamente difiere de la versión de Géminis de 1944 en mínimos cambios ortográficos. En la nota al pie de su firma leemos: “Joven poeta mexicano, militante de la LEAR y de la JSU. Forma parte de la última generación de poetas mexicanos conmovidos por lo social”.) Si el viaje de Paz a España fue crucial en su trayectoria poética e intelectual, el poema de Huerta tiene una mínima participación en el asunto.

Mientras se formaba el triple número de la revista Nueva Cultura, a principios de agosto de 1937, Octavio Paz leyó su “Noticia de la poesía mexicana contemporánea” (publicada en el tomo XIII de sus Obras completas) en el Ateneo Popular de Valencia (o Casa de la Cultura). Al final, Paz dijo: “Los poemas que voy a leer a continuación representan la evolución poética de mi generación; en ellos, con las inevitables limitaciones de mi voz, podéis contemplar el proceso de la juventud que nace a la vida de mi país”. En realidad no sabemos qué poemas leyó Octavio Paz pero quiero pensar que uno de ellos fue, en definitiva, “Los hombres del alba”, como fiel ejemplo de lo que había explicado allí mismo en su “Noticia”: “Si la generación anterior a la nuestra pretendió y obtuvo un hombre desdichada y cruelmente fragmentado, roto, nosotros anhelamos un hombre que, de su propia ceniza, revolucionariamente, de su propia angustia, renazca cada día más vivo, más iluminadamente angustiado”. Así lo leemos en el poema de Huerta: “Sé que ellos construyen con sus huesos / un sereno monumento a la angustia”.

Continúa Paz su reflexión: “Pretendemos plantear, poéticamente, es decir humanamente, con todas sus consecuencias, el drama del hombre de hoy, ignorantes si ese drama es el mismo de hace siglos, pero seguros del sentido salvador de ese drama, seguros de nuestra fidelidad al destino, a nuestro destino”. Este es el corazón de la idea de “Los hombres del alba”, en donde los hombres de hoy son retratados en el seno de su tragedia:

Y después, aquí, en el oscuro seno del río más oscuro,
en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,
estos hombres tatuados: ojos como diamantes,
bruscas bocas de odio más insomnio,
algunas rosas o azucenas en las manos
y una desesperante ráfaga de sudor…

pero iluminados siempre por el mito auroral: el nuevo día en que la tragedia deje de ser tragedia por el curso “natural” de la historia. Para Efraín Huerta, como para Paz, los hombres de hoy renacerán y se levantarán como los hombres del mañana porque:

Ellos hablan del día. Del día,
que no les pertenece, en que no se pertenecen,
en que son más esclavos; del día,
en que no hay más camino
que un prolongado silencio
o una definitiva rebelión.

Que el poema “Los hombres del alba” se haya publicado en Nueva Cultura es más que significativo, tanto por el desconocido lazo entre el poema y la península en guerra, como por el sincero mensaje de admiración y de solidaridad que recibieron los poetas de “la España leal”, para decirlo con Paz, muchos de los cuales, todavía sin saberlo, iban a ser colaboradores de Taller. ¿Alguien habrá celebrado el poema? ¿Alguien lo habrá repetido en el frente? Si alguno de los mencionados por Huerta en su estridente poema “La traición general” llegó a leer “Los hombres del alba” debió de darse cuenta de que ese “joven poeta mexicano”, verdaderamente desconocido para ellos, no sólo los tenía presentes, sino que los conocía y los admiraba, pues Huerta había leído apasionadamente sus publicaciones: Octubre, Hoja literaria, Caballo Verde para la Poesía, Hora de España:

Alberti, Pla y Beltrán, Manuel Altolaguirre,
Gil-Albert, Rosa Chacel, Raúl González Tuñón,
Serrano Plaja y otros notifican al mundo
que la sangre es autora de las albas perfectas.
(“La traición general”)

Los versos de “Los hombres del alba” están hermanados con los de la poesía de este grupo, no sólo porque para entonces Huerta ya tenía parcialmente leída la obra de los poetas mencionados, sino porque junto con ellos Huerta confluía en la estética de la experiencia poética. Todos ellos debieron de leer como sentido homenaje a Raúl González Tuñón el último verso de “Los hombres del alba”: “y el corazón blindado”.

domingo, 15 de junio de 2014

“Un poeta que desata y libera su idioma”

Junio/2014
Nexos
Emiliano Delgadillo Martínez

A José Emilio Pacheco, in memoriam
“El poeta no pide ninguna admiración; quiere ser creído”.
—Jean Cocteau, transcrito por Efraín Huerta en un envío poético para Andrea de Plata,
mayo de 1935.
Efraín Huerta empezó a escribir poesía a raíz de su arribo definitivo a la ciudad de México en 1930. Luego de un constante nomadismo, distintivo de los habitantes del Bajío, se estableció en el número 39 de la calle Paraguay, en el centro de la capital mexicana. El joven de dieciséis años llegaba a una metrópoli verdadera en comparación con las pequeñas y medianas ciudades que dejaba atrás: Silao, Irapuato, León, Querétaro. El desplazamiento y el viaje tuvieron una influencia decisiva en el escritor en ciernes, pues lo obligaron a practicar tempranamente el género epistolar así como la prosa descriptiva. Las pocas pero fundamentales nociones de tipografía, pintura, arquitectura o escultura con las que Huerta llegó a la capital despuntan en su primerísima poética: dintel plateado (“Te llamaré mañana…”), una sonrisa franciscana del Bosco (“Final”), Letra capitular del día (“Línea del alba”). Las estatuas del primer Huerta provienen de su lozano interés en las Bellas Artes; las campanas no pueden ser otras sino las de su infancia, las que repicaban para alertar a la población cuando algún ejército se encontraba cerca; en su “Poema del Bajío” escribe las palabras agrarista y máuser, no sólo porque iban con la tradición popular del corrido, sino porque eran palabras de uso cotidiano: al niño Huerta le tocó observar cómo los soldados de Obregón persiguieron y derrotaron a los rebeldes delahuertistas a finales de 1923 y comienzos de 1924. No por nada Efraín Huerta sentía admiración por los cuentos de Cipriano Campos Alatorre y por las novelas de Rafael F. Muñoz. Verdaderamente, Efraín Huerta es uno de los “hijos de la revolución mexicana y de la primera guerra mundial”, como bien ha señalado José Emilio Pacheco al hablar del extraordinario trío de escritores nacidos en 1914: Octavio Paz (Mixcoac, 31 de marzo), Efraín Huerta (Silao, 18 de junio) y José Revueltas (Santiago Papasquiaro, 20 de noviembre). Me asombra que la familia de nuestro poeta haya sorteado tanto el acoso de los conservadores y religiosos del Bajío como el de los revolucionarios triunfantes, pues don José Merced Huerta, abogado y padre de Efraín, era simpatizante declarado del general Francisco Villa, muy impopular en aquella región que lo vio caer. No obstante, José Merced Huerta se instaló e hizo carrera en Irapuato, y allá creció, de los tres a los diez años, el niño Huerta:
En Silao viví muy poco tiempo porque mi padre se estableció como abogado en Irapuato. Allí aprendí tipografía. Fíjate. No trabajaba como impresor, porque las máquinas me daban miedo. Estaba chico. No, yo limpiaba el disco, aprendía a componer la caja y todo eso. El olor de aquellos años es el de la tinta fresca. Pero Irapuato también fue importante para mí porque allá aprendí a jugar futbol.1
Si en Irapuato aprendió tipografía y futbol, en Querétaro aprendió a dibujar. Rafael Solana recuerda que cuando conoció a Efraín Huerta, todavía llamado Efrén, se hizo pronto su amigo por su afición compartida al dibujo. En 1940 Solana le hará un retrato, sin lentes, de trazos veloces y finos, el cual apareció como viñeta en las dos ocasiones en que Huerta publicó poemas en la revista Letras de México (15 de abril de 1940 y 15 de abril de 1942); como nota curiosa, en la primera entrega el dibujo es atribuido erróneamente a Juan Soriano; por otra parte, en la segunda también aparece un mínimo y extraordinario apunte de José Luis Martínez, poco conocido, el cual nos muestra a un atento y asombrado lector de la poesía de Huerta: “de él salen estos poemas henchidos de un humor sórdido, de un prosaísmo sutil que esconde a veces una ternura ultrajada. Es quizá un pariente no del todo lejano de Rimbaud. Como él, dotado también de una torturada sensibilidad, que afina el insomnio y la lividez del alba, para descubrir con horror las terribles presencias que surcan sigilosamente las camelias y los rostros infantiles”.2 Tanto José Luis Martínez como Alí Chumacero, y muy probablemente también el poeta tapatío Jorge González Durán, otro de los jóvenes entusiastas de la revista universitaria Tierra Nueva, fueron algunos de los primeros lectores de Efraín Huerta, esto es, de los primeros que leyeron sus poemas por gusto y admiración; sus comentarios tempranos dan prueba de ello.3
Cuando Huerta llegó a la ciudad de México quiso estudiar dibujo en San Carlos, pero tuvo que quedarse en la “Perrera” de San Pedro y San Pablo, en donde cursó el primer año del bachillerato en filosofía y letras antes de incorporarse al edificio de San Ildefonso. Allí conoció a Rafael Solana, Cristóbal Sáyago, Ignacio Carrillo Zalce, Adela María Salinas, José Rodríguez, Héctor Montiel, Carlos Villamil, Guillermo Olguín y Carmen Toscano, su primer círculo de amigos con inclinaciones literarias; todos escribieron poesía en esos años, aunque casi todos desertaron. Gracias a Carmen Toscano —que sí llegó a publicar sus poemas (Trazo incompleto, 1934)—, conoció a los muchachos de la revista Barandal, quienes cursaban un año arriba que Huerta: Octavio Paz, Enrique Ramírez y Ramírez y Rafael López Malo, entonces los más inquietos de San Ildefonso. En esos años Huerta no tenía dinero para libros, y las novedades europeas no llegaban a las bibliotecas, de modo que toda la literatura moderna que leyó fue en los libros de sus amigos, en especial en los de Nacho Carrillo Zalce, quien no sólo tenía dinero, sino un refinado gusto literario (aunque pronto se apartó de la literatura este amigo de la juventud). Muy probablemente fue él quien le prestó a Huerta la exquisita revista madrileña Los Cuatro Vientos, o los dos tomos de La montaña mágica traducida por Mario Verdaguer. En esos años Huerta leyó casi todos los poemarios de los Contemporáneos, así como todo lo que pudo encontrar de Alfonso Reyes, Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez y Rafael Alberti; también devoró los poemas de Juan Larrea, Luis Cernuda y Federico García Lorca de la antología Poesía española de Gerardo Diego. Efraín Huerta nunca desaprovechó la oportunidad de copiar en sus libretas los poemas preferidos de los libros que sus amigos le prestaban.
En marzo de 1933 conoció a Mireya Bravo Munguía, estudiante también en San Ildefonso. A partir del encuentro, Efraín Huerta la volverá su Fuensanta y la bautizará con el nombre poético de Andrea de Plata; con ella comenzará una intensa correspondencia, la cual apenas empezamos a conocer, que se extiende hasta el año de su matrimonio: 1941. Inspirado por Mireya Bravo, Huerta se volcó a escribir una buena cantidad de poemas entre 1933 y 1934, de los cuales escogió veinticinco, los ordenó meticulosamente en tres secciones, y se los dio a leer a Enrique Ramírez y Ramírez y a su amigo incondicional José Alvarado:
Naturalmente tengo esa noche en mi memoria. Efraín, Enrique y yo fuimos a pie desde la calle de San Ildefonso hasta el departamento donde vivía el primero con su familia. En un pequeño cuarto con vista a los árboles, tenía Huerta sus libros y una mesa con papeles escritos con esa esbelta letra suya. Allí estaba, inédito, Absoluto amor, poemas de los veinte años, pero de expresión segura y relámpagos originales, a veces oscuros, a veces amarillos. Enrique y yo los leímos, cada uno en silencio; Efraín fumaba interrogante. Ramírez y yo nos vimos a los ojos y, casi al mismo tiempo, dijimos uno y otro: debes publicar este libro inmediatamente. Efraín sonrió entre dudoso y entusiasta. Insistimos. A poco el libro salía de la imprenta y el nombre de Efraín Huerta empezó a ser conocido.4
Absoluto amor (Fábula, 1935), editado y cuidado por Miguel N. Lira, se publicó gracias a Carmen Toscano, quien ayudó a pagar el papel y la impresión. Huerta quedó profundamente agradecido por ello, aunque luego renegó de los poemas del libro. Un año después, en 1936, el joven poeta volvió a acudir a las prensas de Lira para ver cómo el escritor, mecenas y diplomático Genaro Estrada le formaba su segundo volumen, Línea del alba, sólo que en esta ocasión con el sello editorial de la naciente revista de Rafael Solana, Taller Poético, una publicación dedicada exclusivamente a la poesía. Cuando muchos años después, en 1963, Rafael Solana dictó la conferencia sobre las revistas literarias de su generación, al referirse a Taller Poético, no dudó en declarar: “allí comenzó a darse a conocer Efraín Huerta”.5 En efecto, en las páginas de Taller Poético Huerta publicó tanto poemas como reseñas de libros de poesía; por ejemplo, allí reseñó No pasarán y Raíz del hombre de su amigo Octavio Paz (muchas reseñas fueron atribuidas erróneamente a Efrén Hernández Campos en la edición facsimilar, debido a que Huerta firmaba con la inicial de su apellido materno, Efraín Huerta Romo: “E.H.R.”). El mismo Genaro Estrada publicó en el tercer Taller Poético una nota sobre la plaquette que él había editado, la cual vale la pena reproducir:
El tono de Línea del alba corresponde hondamente al tema, por la fresca gracia matinal que de todo él se vaporiza, dejando ver entre nube y nube de la mañana, entre los nacientes rayos del sol y el capitoso aroma del campo, un fino sentido de la poesía, una dulce hermandad en donde sobre un paisaje de naturaleza tan amable, se tienden a descansar, en muelle laxitud, los ensueños en azul y blanco del poeta.
Los temas, generalmente sensuales, como de buen mediterráneo, que componen esta Línea del alba, se presentan bajo delicadas veladuras de expresión, con esos tonos de plata gris de los fondos de Mantegna, con dibujística poética firmemente realizada con “pedazos de nieve volando” de las figuras soñadas por el autor, con motivos de expresión que son aciertos y felices hallazgos, como de quien —por fortuna— ofrece las todavía frescas influencias de sus más finas lecturas de las maneras dialécticas de la poesía nueva.
En diciembre de 1944 Efraín Huerta publicó Los hombres del alba, el libro central de su obra poética; allí incluyó un “Autorretrato” que parece una respuesta al dibujo hecho por Solana cuatro años antes: el busto mira en dirección contraria; las cejas, el pelo y la oreja son de trazos más finos; los ojos son minúsculos porque se esconden detrás de los característicos lentes de pasta; lo más relevante, sin duda, es que en vez del traje con que Solana vistió a su amigo en el dibujo de 1940, Efraín difumina los hombros en dos señales de primer orden: la hoz y el martillo dentro de una estrella, por un lado, y la indicación “México 1935-1944” por el otro. Huerta lograba imprimir su libro crucial gracias a Rafael Solana; al viejo amigo —que doce años atrás le había sugerido cambiar su nombre de Efrén a Efraín— en esta ocasión le tocaba presentar la labor mejor madurada del poeta Efraín Huerta. Muchos años después, Solana escribió un nuevo prólogo para la Antología poética de Huerta, publicada en 1977 como parte del “Homenaje a Efraín Huerta” organizado por el gobierno de Guanajuato al año siguiente. Allí, Solana se pregunta: “Si ahora se hiciera otro autorretrato, como el que se hizo en 1944 para Los hombres del alba, ¿volvería a colgarse de la solapa una estrella, con una hoz y un martillo dentro? Es posible; pero ya ese símbolo no lo describiría con exactitud”.6 Solana tiene razón: Huerta fue comunista toda su vida; todavía antes de morir apoyó las luchas revolucionarias de Nicaragua y El Salvador. No obstante, para ese año de 1977, el símbolo no podía ser otro que el del cocodrilo. Lo que intuye Solana es que la intransigencia y la seriedad del joven estalinista se han difuminado con los años, se han escondido detrás de la socarronería, el sentido del humor y la alegría del Huerta más conocido. La seriedad del joven poeta se va perdiendo con los años, al punto de encontrarlo en una imagen de 1969 jugando futbol con Mario Benedetti, ambos en traje de baño, durante uno de los múltiples viajes a Cuba. (A su regreso de este viaje, Huerta escribió el ensayo “Un deporte, unos escritores”, a propósito del Mundial de Futbol de México 70, en el que hace una revisión del tema del futbol en distintos escritores: de Onetti a Vargas Llosa, pasando por Borges y, por supuesto, Mario Benedetti.)
Hacia 1940 fueron fotografiados Efraín Huerta y Rafael Solana junto a Xavier Villaurrutia y Carlos Pellicer en la plaza de toros El Toreo. Todos eran asiduos a los toros, así como eran adictos a las crónicas de Juan Pellicer, quien también aparece en la fotografía, aunque alejado de los demás (Huerta soñó con leer el epistolario taurino de Carlos y Juan Pellicer; no sé si lo consiguió). Años atrás, Rafael Alberti había escogido la misma plaza para rendirle homenaje al torero Ignacio Sánchez Mejías, en la edición mexicana de Verte y no verte (edición de lujo, ilustrada por el pintor Manuel Rodríguez Lozano, amigo íntimo de Villaurrutia). Efraín Huerta lo recuerda:
Yo hacía viajes vespertinos a Portales, a ver cómo iba la impresión de mi primer libro, Absoluto amor. Me lo estaba haciendo en sus prensas de Fábula el inolvidable Miguel N. Lira. Muchas veces coincidí con los Alberti, porque ya Miguel estaba parando a mano el inmenso poema Verte y no verte, de Rafael. Es un poema elegíaco a Ignacio Sánchez Mejías, pensado desde que el poeta navegaba por el Mar Negro rumbo a Constanza, y la fecha es importante: “Plaza de Toros El Toreo/México/13 de agosto/1935”.7
Lo que Huerta no dice es que la fecha de su primer libro también es significativa: “12 de agosto de 1935”, es decir, un día antes de la fecha de publicación del libro de Alberti, quien estuvo en México de mayo a septiembre de 1935. Aunque Huerta tuvo su ejemplar de la plaquette Verte y no verte, Alberti prefirió firmarle la Poesía 1924-1930 (Cruz y Raya, 1934). Sin saberlo, el poeta gaditano dedicó el librito que mayor influencia había tenido en el crecimiento poético del joven Huerta; los versos de Sobre los ángeles, Sermones y moradas y sobre todo el poema Con los zapatos puestos tengo que morir —todos incluidos en dicha Poesía 1924-1930— son los que transformaron la poesía de Huerta, la cual se apropió tanto del estilo versicular, como de la imagen del alba albertiana:
Oíd el alba de las manos arriba,
el alba de las náuseas y de los lechos desbaratados.
Estos versos de Con los zapatos puestos tengo que morir fueron transcritos por Huerta, a modo de epígrafe, en uno de los primeros poemas del ciclo de Los hombres del alba, el cuadernillo entonces llamado El deseo o Los ruidos del alba, escrito entre el 22 de abril y el 4 de mayo de 1935. Las fechas arriba señaladas, “México 1935-1944” (del “Autorretrato”), hacen referencia a ello: los primeros poemas de Los hombres del alba (“Los ruidos del alba”, “La lección más amplia”, “La poesía enemiga”, “Verdaderamente” y “Línea del alba”) nacieron de la lectura de los poemas surrealistas de Rafael Alberti. Si Huerta había sido seguidor del primer Alberti (el de Marinero en tierra y Cal y canto), ahora sufría un cambio de la mano de su maestro. Sólo otro libro logrará sacudir de tal forma a Efraín Huerta: Residencia en la tierra, de Pablo Neruda, en la edición de Cruz y Raya en dos tomos, publicado por José Bergamín en 1935 y leído por Huerta en 1936.
1935 fue un año de suma importancia para nuestro poeta, pues no sólo conoció a Alberti, sino que fue el año en que debutó con Absoluto amor, así como el año en que decidió militar activamente en la Federación Estudiantil Revolucionaria, antesala obligada para los jóvenes que querían hacerse de un carnet oficial del Partido Comunista Mexicano (PCM). Hacia finales de este año crítico, Huerta quedó deslumbrado por un joven que acababa de regresar de la Unión Soviética: José Revueltas. El novelista en ciernes ya había estado recluido en las Islas Marías en dos ocasiones; además, acababa de presenciar el VII Congreso de la Internacional Comunista, en donde Giorgi Dimitrov oficializó la política del frente popular (o de “unión total contra el fascismo”). José Revueltas le escribirá a Huerta un poema en 1937 titulado “Nocturno de la noche”, y nuestro poeta responderá mucho tiempo después con el poema “Revueltas: sus mitologías”, escrito tras la muerte y el entierro de su amigo en 1976. Los dos escritores estuvieron siempre cercanos a Pablo Neruda, otro de sus queridos maestros y guías políticos. Hay que recordar que Revueltas y Huerta formaban parte de la célula José Carlos Mariátegui del PCM, conformada por escritores y periodistas, finalmente disuelta por Dionisio Encina el 17 de noviembre de 1943. Tras la muerte de Efraín, ocurrida el 3 de febrero de 1982, Carlos Monsiváis escribió:
Sólo la falta de atención concedida a la poesía evita el escándalo en torno a las profanaciones y la subversión de Los hombres del alba. En pleno idilio de la Unidad Nacional, en la confiada apoteosis de las virtudes burguesas, un poeta desata y libera su idioma, niega las normas de la decencia, rompe con una preceptiva de las alusiones y llega a rendirle homenaje a la pérdida de los sentidos [...] En esos años, sólo José Revueltas (Los días terrenales [1943], El luto humano [1949]) se propone empresa parecida.
Efraín Huerta Romo y Mireya Bravo Munguía se casaron el 30 de agosto de 1941; Octavio Paz fue testigo de boda. De los tres amigos nacidos en el año 1914, Huerta fue el último en casarse; seguramente les gustaba recordar cuando Efraín Huerta precipitó indirectamente el matrimonio de Octavio Paz con Elena Garro, en 1937, pues fue gracias a Huerta que Paz se enteró de que había sido invitado por Pablo Neruda, Arturo Serrano Plaja y Rafael Alberti a participar en el Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura (celebrado en Valencia, Madrid, Barcelona y París). En ese entonces Paz vivía en la lejana y aislada Mérida, donde trabajaba como maestro rural. Guillermo Sheridan cuenta la historia:
La invitación había llegado a México a tiempo. El cubano Juan Marinello la recibe en la LEAR9 y enfurece: ¿cómo pueden invitar a poetas ajenos a la LEAR y al PC? (el otro invitado es Carlos Pellicer). Para anularla sin quedar mal con los anfitriones, Marinello diseña una treta: envía a Paz su invitación por el barco que, una vez al mes, tarda quince días en viajar de Veracruz a Progreso. De no ser por una secretaria indiscreta, Marinello podría haber llegado a España achacando la inasistencia de Paz a lo remoto del domicilio. Pero la secretaria de la LEAR comentó la invitación ante Huerta, que a su vez le avisó a Elena Garro.10
Finalmente, Paz llegó sin contratiempo a la ciudad de México y no sólo logró realizar el viaje a Europa, sino que días antes de la partida se casó con Elena Garro para poder llevarla al congreso. El único perjudicado de todo el enredo fue Efraín Huerta, quien seguramente fue reprendido por haber provocado que un joven señalado como trotskista se colara en la delegación de la LEAR. Sheridan documenta los anuncios periodísticos que especulan sobre los asistentes, en los cuales Efraín Huerta parece un candidato indiscutible. No obstante, Huerta no viajó “y tuvo que darse por bien representado en la figura de Paz”, concluye Sheridan.11 Gracias a Paz, el poema que da título al libro central de Huerta, “Los hombres del alba” (el cual, por cierto, estuvo a punto de perderse), fue publicado en la revista valenciana Nueva Cultura, al lado de la “Elegía a Simón Bolívar” de Carlos Pellicer, en el triple número de 1937 (junio-julio-agosto). Un año después, Paz, Huerta y Solana ponían en marcha la revista por la cual serán recordados como generación, Taller, cuyo primer número salió en diciembre de 1938. Cuando Mireya Bravo y Efraín Huerta se casaron, Taller había llegado a su fin, pero la amistad entre Octavio Paz y Efraín Huerta duraría toda la vida. Quien pueda consultar el cuarto número de Taller podrá deleitarse con la magnífica labor editorial de los jóvenes de la revista, por no hablar de la nómina de autores: María Zambrano, Xavier Villaurrutia, José Bergamín, Emilio Prados, Alberto Quintero Álvarez (otro poeta nacido en 1914, quien se unió al grupo desde el primer número de Taller Poético), Enrique González Rojo, Octavio Paz, Rafael Solana, Efraín Huerta… El número lo cierra la versión de José Ferrel de Una temporada en el infierno.
Tiempo después, en los albores de las antologías que sacudieron la poesía mexicana, Octavio Paz le escribió a Efraín Huerta una carta en agradecimiento al espaldarazo que le había dado al defenderlo de quienes lo señalaban como el autor de ciertos ensayos anónimos contra Neruda. La carta, fechada en Nueva Delhi el 19 de octubre de 1964, dice lo siguiente:
Querido Efraín: Ya te imaginarás cómo me conmovió tu artículo. Gracias de verdad. Entre nosotros —espero que me creas— te diré que ni me interesa el famoso premio ni creo merecerlo. Si es que los premios se merecen, cosa que tampoco creo. Por supuesto me gustaría tenerlo, pero ni yo me propongo, al escribir, obtener premios ni me parecen éstos garantía alguna acerca del valer de lo que escribimos.
Los premios no son un juicio: son una casualidad y, a veces, un reconocimiento. Por todo esto pienso que, aunque no hay que aspirar a ellos, tampoco se deben rehusar cuando, por azar, le caen a uno en la mano como una fruta.
Tu artículo contiene una alusión a un chisme del que me enteré hace poco en París. Gracias de nuevo por tu fraternal defensa. Parece mentira que un hombre y poeta como Neruda pueda creer en semejantes tonterías y, lo que es más infantil, suponer que yo posea influencia sobre los jurados de la Academia Sueca. No conozco a ninguno de ellos. Y ya que toco este tema, debo decirte mi opinión: creo sinceramente que dos escritores latinoamericanos merecían el premio: Neruda y Borges. Si pienso así, ¿cómo podría intrigar contra un poeta al que admiro? Una admiración, casi es inútil aclararlo, que no implica aprobación de todo lo que dice y hace.
¿Qué has escrito? Hace unos meses leí, no sé si en la Revista de la Universidad o en Siempre!, un hermosísimo poema tuyo sobre el Tajín. Me alegro que hayas vuelto con tal decisión y certeza a la poesía. ¡Te felicito!
Te abraza con afecto, tu amigo, Octavio Paz.
Alrededor de este año Huerta fecha su “Borrador para un testamento”, dedicado a Octavio Paz: 1962-1965. Asimismo, en 1964 y 1965 dicta una serie de conferencias en el Instituto Cultural Hispano Mexicano sobre el panorama de la literatura nacional (de López Velarde en adelante), cuya figura estelar es merecidamente Octavio Paz. “La hora de Octavio Paz”, como se llamó la sesión dedicada a este poeta, es una muestra del afecto que siempre sintió por su amigo Octavio, y sobre todo por su poesía. Mónica Mansour recogió todas las conferencias en el libro póstumo Aquellas conferencias, aquellas charlas,12 en donde, por cierto, aparece el “Autorretrato” de 1944 ilustrando la portada (no está de más añadir que el otro protagonista de las conferencias es Jorge Cuesta, a quien le rinde un justo homenaje en “La hora de los Contemporáneos”). Probablemente la última vez que Paz y Huerta estuvieron juntos fue en el Palacio de Minería, en la lectura poética del domingo 9 de octubre de 1977 en la que fueron el centro de la larga mesa ocupada por la “primera división” de la poesía mexicana, como bien dijo Vicente Quirarte, quien, junto con su hermano Xavier (a quien debemos las fotos de ese día), presenció a Rubén Bonifaz Nuño, Jaime García Terrés, Ulalume González de León, Efraín Huerta (en la voz de Esteban Escárcega), Eduardo Lizalde, Octavio Paz, Hugo Gutiérrez Vega, Tomás Segovia e Isabel Fraire leer sus poemas.
En el año 1966 se publicaron dos antologías que removieron las aguas poéticas de esa década crítica de los años sesenta: La poesía mexicana del siglo XX, con notas, selección y resumen cronológico de Carlos Monsiváis, publicada por Empresas Editoriales; y Poesía en movimiento, firmada por Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis, y publicada por Siglo XXI Editores. Ambas antologías recogieron poemas de Huerta: Monsiváis incluyó “Declaración de odio”, “Los hombres del alba”, “Éste es un amor”, “Avenida Juárez” y “El Tajín”; mientras que Poesía en movimiento recogió “Declaración de odio”, “Los hombres del alba”, “La muchacha ebria”, la parte quinta de “Problema del alma”, “El Tajín” y “Sílabas por el maxilar de Franz Kafka”. En 1967 Efraín Huerta les respondió, más a Paz que a Monsiváis, con un ensayo titulado “La poesía actual de México”, en donde Huerta, además de copiar la carta arriba transcrita, se deslinda de la idea anacrónica lanzada por Paz en el prólogo: que Huerta se había aprovechado del “escupitajo” final de Muerte sin fin para hacer su poesía. Si Efraín Huerta sacó partido de algo fue más bien de la poesía de Ramón López Velarde, como indirectamente lo dice en ese ensayo de 1967 publicado en la revista Espejo (hay que recordar que el libro favorito del joven Efraín Huerta es Zozobra). En febrero de 1968 dictó una conferencia en la Universidad Veracruzana titulada “¿Qué sucede con la poesía en México?”, en la cual debió repetir algunas ideas del ensayo “La poesía actual de México” o de las conferencias de 1964, como “La hora de nadie”. La inquietud de aquellos años sobre el estado de la poesía mexicana (son los años de las fabulosas revistas Pájaro Cascabel y El Corno Emplumado) va acompañada del proyecto de reunir su obra poética en la editorial Joaquín Mortiz; desde 1965 Huerta se volcó a editar sus poemas y a formar el libro. Cabe señalar que no recogió todos los poemas, pues quiso “mejorar la visión de conjunto”13 de su obra, más que exponerla en su totalidad; es la misma voluntad que lo llevó a seleccionar diecinueve poemas para grabarlos en uno de los discos de la colección universitaria Voz Viva de México (1968). Y es lo mismo que hizo el joven José Emilio Pacheco en su célebre presentación al disco:14 sopesar el lugar de Huerta en la literatura mexicana.
El volumen de Joaquín Mortiz finalmente se terminó de imprimir el 22 de noviembre de 1968, con el título Poesía 1935-1968. El éxito editorial fue rotundo, pues Díez-Canedo había tenido la fabulosa idea de publicar el libro de Huerta no sólo en la colección poética Las Dos Orillas, sino también en la Serie del Volador, más económica. Poesía 1935-1968 se convirtió en un hito poético generacional. A partir de entonces, Efraín Huerta tuvo el impulso necesario para convertirse en uno de los poetas más leídos y queridos de nuestro país. La prueba es que después de ser intervenido en la laringe, en 1973, sus lectores y amigos no dejaron de animarlo y de darle palabras de aliento. La carta que le envía José Lezama Lima (21 de octubre de 1974) es una muestra excepcional del amor fraternal, no ya entre poetas, sino entre amigos.
Efraín Huerta no sólo fue cinéfilo, sino que incursionó muy pronto en el periodismo cinematográfico; fue miembro fundador de la asociación Periodistas Cinematográficos Mexicanos (Pecime) en 1946. En 1948 ayudó a formar El libro de oro del cine mexicano, de Antonio Castro Leal, y en 1950 viajó a la otrora Checoslovaquia con el estupendo Gabriel Figueroa. Tiempo después, en 1958, Huerta contrajo matrimonio con Thelma Nava en medio de amigos y colaboradores del ámbito cinematográfico (Thelma Nava trabajaba en Películas Nacionales). Por otra parte, si Huerta escribió abundantemente sobre cine, lo hizo aún más sobre política y literatura. No hay que olvidar que Huerta fue un periodista profesional (“es reportero, reseñista, editorialista, crítico de cine, entrevistador, cronista de espectáculos”15), y por profesional me refiero a que vivió de sus artículos y notas publicados por aquí y por allá en, por lo menos, veinticuatro periódicos y en más de quince revistas literarias. Los libros Textos profanos (1978), Aurora roja (2006) y Close up (2009) son una muestra de la labor periodística que Huerta realizó ininterrumpidamente durante casi cincuenta años.

1 Efraín Huerta: bajo la dura piel de un cocodrilo”, entrevista de Cristina Pacheco, El Gallo Ilustrado, 833, 4 de junio de 1978, p. 6.
2 José Luis Martínez, sin título, Letras de México, número 15, 15 de abril de 1942, p. 3. El texto de Martínez precede a los poemas “Declaración de amor” (fragmento), “Problema del alma” (primera parte) y “Precursora del alba”.
3 Como enseguida veremos, los primeros lectores de Huerta fueron stricto sensu José Alvarado, Enrique Ramírez y Ramírez y, por supuesto, Mireya Bravo. No tengo duda de que también lo fueron Octavio Paz, José Revueltas y Ricardo Cortés y Tamayo (quien reseñó Absoluto amor en la revista Taller Poético).
4 José Alvarado, “Sí, Efraín, me acuerdo…”, La Cultura en México, 648, julio de 1974, p. 5.
5 Rafael Solana, “Barandal, Taller Poético, Taller, Tierra Nueva”, en Las revistas literarias de México, INBA, México, 1963, p. 193.
6 Rafael Solana, “Prólogo” a Efraín Huerta, Antología poética, Gobierno del Estado de Guanajuato, 1977, p. 12.
7 Efraín Huerta, “Sonetos olvidados”, en Textos profanos, UNAM, 1978, pp. 11-12 (Cuadernos de Humanidades 11).
8 Carlos Monsiváis, “E. H. Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad”, La Cultura en México, 1039, 24 de febrero de 1982, pp. 4-5.
9 Es la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, hecha a imagen de las agrupaciones francesa y española de escritores antifascistas.
10 Guillermo Sheridan, Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, Era, México, 2004, p. 232.
11 Ibíd., p. 253.
12 Efraín Huerta, Aquellas conferencias, aquellas charlas, prólogo de Mónica Mansour, UNAM, México, 1983 (Cuadernos de Humanidades 35).
13 Martí Soler, “Nota a la edición”, en Efraín Huerta, Poesía completa, FCE, 2013, p. 3.
14 Esta presentación, titulada “Esquema para un diccionario (abreviado) de la poesía de Efraín Huerta”, fue publicada en varias ocasiones; por ejemplo: en la Revista de la Universidad (julio de 1968), o bien, en la revista Nivel (diciembre de 1968). José Emilio Pacheco —uno de los mejores comentaristas de Huerta— publicó un “Suplemento de 1982 al ‘Esquema para un diccionario (abreviado) de la poesía de Efraín Huerta’”, en la revista Proceso del 19 de abril de 1982, esto es, a dos meses de la muerte de Huerta.
15 David Huerta, “Prólogo” a Efraín Huerta, Poesía completa, p. XVI.

 Este texto forma parte de Efraín Huerta. Iconografía (editada por el autor), que el FCE pondrá a circular en estos días.