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domingo, 12 de noviembre de 2017

La soledad del crítico

12/Noviembre/17
Confabulario
Yaneth Aguílar Sosa

Entrar al universo de Christopher Domínguez Michael (Ciudad de México, 1962) es perderse en los asuntos que tanto le apasionan: la literatura, la música, el cine. La amistad. La cultura. Y la política. Adentrarse en su pequeño estudio de Coyoacán, al sur de la capital mexicana, es entrometerse en la guarida íntima de un crítico que se la juega todos los días en el hipódromo de la literatura. “La importancia de un crítico no radica en apostarle al caballo ganador, sino en que vaya todos los días al hipódromo”, le he escuchado decir en más de una ocasión.
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Mientras miro de reojo las notas, cartas, apuntes y torres de libros sobre el escritorio, coronado por una lámpara, pienso en todos los elementos que hacen posible la alquimia de la crítica literaria o, como él prefiere llamarla, “la historia de la literatura”. Visitar su estudio es también fisgonear en su cocina, donde se prepara el café cada mañana antes de sentarse a leer y a escribir.
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Apenas se cruza la puerta de su estudio y la mirada se topa con libros y más libros. También con sus colecciones de discos. Encuentro notas prendidas con chinches en los marcos de las puertas, afiches, pelotas, lapiceras, pisapapeles, fotos, portarretratos, muñequitos de plástico, postales, carritos.
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El escritor pertenece a la estirpe de los que son considerados a veces jueces y a veces abogados de la literatura; a la de los que escriben mucho y, por lo mismo, se equivocan.
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“Un crítico literario es un escritor que escribe sobre literatura y que utiliza el mismo instrumento que los objetos de su crítica: las palabras”, afirma al tiempo que se balancea en la silla de cuero desde donde analiza y desmenuza. Tiene claro que la autoridad de un crítico se la dan los lectores, pero también su estilo y sus procedimientos creativos. Lo dijo en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, el pasado 3 de noviembre, y lo dice en entrevista a Confabulario.
¿Existe una tradición de crítica literaria en México?
Desde luego que la tenemos. Mi ingreso a El Colegio Nacional sólo es un capítulo más de esta tradición. En este Colegio estuvo un crítico literario que fue Antonio Castro Leal. Antes, desde luego, figuró Alfonso Reyes, que no fue propiamente un crítico literario dedicado a la literatura contemporánea, aunque escribió uno de los tres grandes tratados de poética que tiene la tradición mexicana: El deslinde, junto a El arco y la lira, de Octavio Paz, y Poética y profética, de Tomás Segovia. Si la crítica en México no ha estado a la altura de la crítica en el mundo anglosajón o de Francia, ello se debe a circunstancias un tanto ajenas a nosotros: fuimos parte del imperio español hasta 1821 y el siglo XVIII español es muy pobre. Ortega y Gasset decía que fue el menos español de los siglos; y en el siglo XIX batallamos muchísimo por crear lo que entonces se consideraba urgente, que era una literatura nacional. Pero luego llegan Altamirano y el modernismo. Claro que hay crítica en México.
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¿Tu interés está sólo en la crítica literaria rigurosa y enérgica?
Soy un escritor, escribo libros de crítica literaria, pero no sólo eso: también he escrito historia y biografía. Y los artículos que EL UNIVERSAL generosamente me publica, después de dejarlos dormir un tiempo, los retomo, arreglo y algunos de ellos se convierten en parte de mis libros. Un crítico literario, como un poeta, como un novelista, debe escribir libros que aspiren a ser iguales o mejores que los libros sobre los que habla, sean éstos poemas, novelas o cuentos. Un crítico es un escritor que escribe sobre literatura y que utiliza el mismo instrumento que los objetos de su crítica, que son las palabras.
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¿Qué tanto te interesa la reseña como género?
La reseña es la unidad básica, pero quien se queda haciendo reseñas pues se queda en lo básico. Hay desde luego, como dije en el discurso, grandes escritores que se hicieron famosos por las reseñas breves que escribieron, como fue el caso del joven Borges, que escribía reseñas literarias en una revista de cultura general, y hasta la fecha esas reseñas son obras maestras del arte de la crítica. Actualmente en las revistas literarias, sobre todo en las anglosajonas, hay novelistas, como la británica Zadie Smith, que escriben textos muy notables que no tienen otro objetivo que el de ser meras reseñas.
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A la hora de escribir, ¿eres más exigente de lo que te demanda el texto que desmenuzas?
Ése es mi propósito y eso es lo que yo quisiera que el lector viera. Desde luego que no siempre lo consigo porque es un trabajo que requiere de un gran esfuerzo: al mismo tiempo que hay que estar al tanto de la literatura contemporánea, hay también que tener en cuenta la tradición literaria. Hay que leer a los clásicos para volverlos a colocar en el mercado, para, dicho vulgarmente, volverlos a poner en la vitrina. Y que los lectores sepan por qué hay que leer a Rubén Darío o a cualquier novelista ruso del siglo XIX, lo mismo que a algún escritor olvidado de principios del siglo XX. El crítico literario, y ésa es una de las partes más sabrosas del oficio, se la pasa recuperando, buscando, escarbando, redescubriendo.
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¿Es la crítica un oficio o una profesión?
Para empezar es una vocación. En nuestro país y en otros de América Latina las carreras de los críticos suelen durar muy poco. Un escritor joven ejerce la crítica durante dos, tres, cuatro años, y en cuanto sale su primera novela, su primer libro de cuentos o su primer libro de poemas, abandona esa especie de antesala en la que se vio obligado a estar. Por eso son muy importantes los creadores que siguieron haciendo crítica, como Tomás Segovia, Juan García Ponce, Octavio Paz y Salvador Elizondo. ¿Por qué? Porque ellos demostraron que no les bastaba con su ficción o con el ejercicio de la poesía, sino que tenían necesidad de reflexionar concienzudamente a nivel teórico. Ante la desaparición del joven crítico que se convierte, para bien o para mal, en novelista o poeta —aunada a la obstinación de algunos personajes como yo—, siempre está la gran crítica que hacen los poetas y los novelistas.
Tal parece que Domínguez Michael es tan exigente cuando habla que cuando escribe. Abre paréntesis, pausas, que intimidan cuando conversas por primera vez con él, pero que comprendes cuando ocurre un nuevo encuentro. El autor de Octavio Paz en su sigloVida de fray Servando, del Diccionario crítico de la literatura mexicana 1955-2011 y de William Pescador, su única novela hasta el momento (publicada hace 20 años), recurre a ciertos silencios para enfatizar algo, y enseguida continuar con la reflexión o rematar alguna idea.
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Como si de seres vivientes se tratara, los demasiados libros que hay aquí cubren paredes y trepan a mesas y sillones. Alcanzo a ver que están en la recámara y, claro, sobre el escritorio donde cocina a fuego lento los textos que publica puntualmente en las páginas de EL UNIVERSAL.
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El estudio es un santuario para la lectura, presidido por las figuras tutelares que lo han acompañado a lo largo de 36 años de trayectoria: Octavio Paz, Jorge Luis Borges, George Steiner, Harold Bloom, Juan García Ponce, Alejandro Rossi, Teodoro González de León.
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Lo imagino colocando cada cajita, barco de papel, postal o fotografía. Lo veo encontrándole acomodo a sus afiches. También escribiendo en el redicido espacio de su escritorio que queda libre, donde libros como Who’s Who in the Bible o The new Princeton Encyclopedia of Poetry and Poetics, están allí para ser consultados.
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Domínguez Michael se siente cómodo cuando habla de los críticos literarios que lo inspiran y refrendan su compromiso con la escritura. Dice sentirse orgulloso de pertenecer al grupo de intelectuales en el que figuran Enrique Krauze y Gabriel Zaid, ahora también colegas suyos en El Colegio Nacional. Reitera que fue educado por feministas y por ello es un orgulloso hijo de su siglo. “Mi feminismo es el clásico, basado en la igualdad y no en la diferencia”.
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¿Crees en la igualdad, en el feminismo?
Lo he dicho muchas veces: no puede haber hombre o mujer decente en el mundo actual que no sea o aspire a ser feminista. Creo en la igualdad absoluta del hombre y la mujer ante la ley y, desde luego, en la creciente igualdad de oportunidades que se ha dado gradualmente en las democracias. Hoy, el feminismo es una de las grandes corrientes de la modernidad. No lo inventé yo, lo han dicho otros comentaristas: es acaso la única revolución del siglo XX que triunfó, lo cual no quiere decir que sus tareas hayan sido concluidas, pero el saldo que entregó el feminismo en el siglo XX es abrumadoramente bueno en comparación a otras revoluciones que se intentaron en aquella centuria. El feminismo, siendo una de las grandes corrientes de la modernidad, tiene muchas tendencias, y ha tenido un desarrollo sobre todo desde los últimos años del siglo pasado hasta ahora. Creo que no se puede expulsar a nadie del feminismo, pues sería como querer expulsar a alguien del mundo de Platón, del de Hegel o de Marx. Es un patrimonio común de la inteligencia, de la modernidad. No coincidir con ciertas versiones del feminismo es también un derecho que todos tenemos como ciudadanos: apostar por ésta o aquella opción política, o por ninguna. Yo lo he ejercido leyendo a casi todas nuestras escritoras y no podía ser de otra manera porque ésta es una literatura fundada por una mujer. Desde luego que cuando estaba Sor Juana Inés de la Cruz en este planeta, México no existía, pero su antecedente histórico es la Nueva España que la tuvo a ella como el principal escritor durante un periodo de 300 años. Luego, nuestro siglo XX está lleno de escritoras importantísimas: el arco que va de Laura Méndez de Cuenca, aquella fina poeta, hasta Rosario Castellanos. Hay un esfuerzo que la historia de la literatura no puede obviar y no ha obviado. Ya en la segunda mitad del siglo XX hay escritoras esenciales, no sólo Elena Garro, también Inés Arredondo, Josefina Vicens, Luisa Josefina Hernández, Esther Seligson. El grupo es muy amplio para no hablar de la enorme cantidad de escritoras que ahora escriben, contemporáneas nuestras.
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¿Cuestionar las posiciones más radicales del feminismo es un acto misógino?
No. Me remito a lo que escribí cuando las lamentabilísimas declaraciones de Marcelino Perelló: creo que no se puede ser más contundente en el rechazo a este desagradable episodio. Creo también que las instituciones tendrán que irse ajustando a esta equidad de género. De acuerdo a la normativa de El Colegio Nacional y cuando tenga la oportunidad, propondré a varias mujeres escritoras que, desde luego, merecen un lugar allí. Y estoy seguro que lo tendrán.
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¿Implica mucho trabajo ser miembro de El Colegio Nacional?
Desde luego. Estoy yendo a mis primeros días de clase y apenas estoy conociendo la dinámica, pero lo asumo como lo que es: una responsabilidad pública. Sueño, pero esto tengo que consultarlo y organizarlo, con responder, en el marco de El Colegio, muchas de las preguntas que se hace el público lector sobre qué es la crítica literaria. Será nueva la tarea de organizar a otros escritores para que colaboren con un mayor conocimiento de la crítica literaria; cómo funciona; cuáles son sus antecedentes; cuáles, sus grandezas y sus miserias; sus corrientes contemporáneas; los críticos actuales, más allá de si me gustan o no, de si estoy o no de acuerdo con ellos. Espero poder contribuir a que todo esto se difunda.
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Domínguez Michael ha dicho que su formación se debe no a la academia, sino a las revistas en las que ha colaborado, como ProcesoLa Gaceta del Fondo de Cultura Económica, y, por supuesto, Vuelta, donde se incorporó al grupo de Octavio Paz, y Letras Libres.
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Se sabe un escritor solitario y al mismo tiempo gregario. Quizá por eso abundan en su estudio fotografías de personas. Están sus vivos, pero también sus muertos.
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¿Tienes figuras tutelares?
Sí, desde luego. Para mí la crítica es la permanente frecuentación de los críticos literarios del pasado o del presente que me apasionan, y a los que les pido consejo, por así decirlo, todo el tiempo. Desde los grandes críticos del siglo XIX hasta los que aún están vivos, y a los cuales leo y releo. Cuando acudo a George Steiner o a Harold Bloom, lo hago en busca de inspiración, de consuelo, de nuevas ideas. En cuanto a los jóvenes o de generaciones más cercanas, trato de ponerme en su tesitura. Sí, soy un crítico literario mexicano en lengua española, me siento muy contento de serlo, pero para mí la literatura es mundial y los críticos que son mis maestros, aunque a muchos de ellos nunca los haya visto en mi vida, son presencias cotidianas, están aquí, y todo el tiempo estoy recurriendo a ellos.
¿Es fácil la vida de un crítico?
Hay vidas muchísimo más difíciles que la de un crítico literario. La vida de un crítico literario es polémica. Al que no tenga el temperamento para la polémica, no le recomendaría la crítica literaria. Sin embargo, lo que uno recibe a cambio es muy satisfactorio: la amistad de los lectores, muchos de ellos desconocidos. Ahora gracias al mundo del internet uno se entera más sobre lo que piensan, para bien y para mal, los lectores, y uno también es más leído. Y, bueno, desde que era muy joven, de vez en cuando recibía cartas a la revista Proceso. Era muy satisfactorio. Inclusive cuando me regañaban los lectores, a veces con razón, era grato. Dentro del conjunto de la literatura —pensando en los novelistas, en los poetas, en los dramaturgos—, el crítico literario está más expuesto al desacuerdo, al disgusto, pero también a la autoridad que le conceden los lectores por el simple hecho de llevar muchos años escribiendo de literatura. Y eso me hace muy feliz.
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Dices que tu formación ocurrió lejos de los títulos académicos…
Hay estupendos críticos literarios que estuvieron y están en la universidad. Muchos de ellos son estos maestros de los que he hablado. Y habemos otra clase de críticos que nos hemos formado en la literatura, en las revistas literarias. Los lectores le dan la autoridad a un crítico. Si yo tengo alguna importancia es porque empecé a escribir a los 17 años y muy pronto me gané la confianza de ellos. Viniendo de otro mundo, no estrictamente del literario, me gané la confianza de los lectores de a pie. Estuve casi diez años escribiendo reseñas en Proceso, gracias a que a la gente le gustaban mis reseñas; finalizando mi periodo en Proceso fue cuando Enrique Krauze me invitó a Vuelta. Fue producto de mi trabajo previo en Proceso y en La Gaceta, que entré a Vuelta.
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¿Te causa problema pertenecer a un grupo de intelectuales?
Desde que yo empecé a escribir en Vuelta en 1987, y a aparecer en el directorio de lo que entonces era la mesa de redacción, en enero de 1989, siempre me he concebido como parte de un grupo. Hay escritores que les va mejor ir por la vida en soledad e independientemente, varios de ellos admirables, y hay otros, como es mi caso, que somos escritores gregarios. Yo desde muy al principio cuando se hablaba de las mafias dije: “los escritores, como todo el resto de las personas, tienden a agruparse con sus semejantes, con aquellos que nos son simpáticos o con aquellos que sentimos que nos van a hacer compañía, en este caso intelectual. Nunca lo he negado y me siento orgulloso de haber estado enVuelta. Ahora en El Colegio Nacional hay tres escritores que provienen de Vuelta: Gabriel Zaid, Enrique Krauze y un servidor. Es obvio que Enrique y yo tenemos una larga amistad y estoy con él en Letras Libres, junto con otros colegas, y eso va a seguir porque yo creo en las revistas literarias, pese a las amenazas y ventajas del mundo virtual.
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¿Tenemos los mexicanos la piel muy delgada ante la crítica?
En todas las latitudes la crítica siempre es incómoda, siempre es polémica, a ningún escritor del mundo le gusta que lo critiquen; lo que cambia es la calidad moral de la respuesta. Yo he tenido la fortuna de recibir de escritores que he criticado, respuestas muy duras, muy educadas y muy solidarias con mi oficio. Pongo un ejemplo: varias veces critiqué de manera enérgica libros de Vicente Leñero y lo que él hacía era mandarme cartas diciéndome: “te agradezco la crítica, tienes razón en esto, pero en esto no”. Era una verdadera conversación entre un escritor que entendía que la crítica era necesaria y que había que dialogar con el crítico. Ése es el mayor regalo que puede recibir un crítico, ese diálogo. No leemos lo mismo de Dostoievski a los 18 años que a los 40 o a los 60; ni nuestra lectura de El laberinto de la soledad es la misma a los 18 que a los 55. Si los grandes libros se van moviendo a lo largo de nuestra experiencia, cómo no se va a mover una opinión que dimos, con las exigencias que significa el periodismo. Por fortuna, en los ensayos y reseñas publicadas en la prensa, los críticos tenemos la oportunidad de retrabajarlas y publicarlas en libros. Ahí es donde entra lo que nos dijeron los lectores y autores. Por eso yo a los críticos jóvenes, que no son muchos por desgracia, les digo: “sí, está muy bien escribir en los suplementos, en las revistas y en los periódicos, pero tiene que llegar a los libros, porque es ahí donde vas a recoger la interlocución”.
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En ocasiones la reacción ante la crítica es visceral…
Eso es parte del oficio. Un crítico literario no es alguien que esté esperando que suene el teléfono y que el escritor de dé las gracias, eso no lo hacen ni siquiera aquéllos cuya obra uno examinó con entusiasmo. Uno no está esperando esas llamadas, las cuales son muy escasas. La mayoría de los escritores, cuando escribo sobre ellos, no me dicen nada, como debe de ser. Yo estoy haciendo un trabajo, que seguiré haciendo, y ellos hicieron el suyo.
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¿Tienes herederos?, ¿habrá un hijo literario de Christopher Domínguez Michael?
Eso está por verse. Es un misterio del futuro. No doy clases. No tengo discípulos. Soy una persona solitaria que forma parte de Letras Libres. Un crítico literario en ejercicio que ahora escribe en EL UNIVERSAL. Mi trabajo es, en efecto, un trabajo solitario. En ese sentido sí, para bien o para mal, soy muy distinto a un crítico académico que está formando generaciones de estudiantes, de alumnos y probablemente de críticos literario. Yo no. Si alguna aspiración dinástica tengo será que alguno de mis lectores, que yo no conozco, se convierta en un crítico literario. Pero ésa va a ser obra de la casualidad y no de mi voluntad.


domingo, 1 de marzo de 2015

El cuento obliga al lector a renovarse: Enrique Serna

1/Marzo/2015
Confabulario
Yaneth Aguílar Sosa

En las ocho novelas que ha escrito hasta ahora, Enrique Serna ha dejado constancia de su calidad literaria. Allí están como prueba Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria, Fruta verde, La sangre erguida y la muy recienteLa doble vida de Jesús; pero con sólo tres libros de cuentos: Amores de segunda mano, El orgasmógrafo y La ternura caníbal, Serna se ha situado como uno de los grandes cuentistas mexicanos.

Enrique Serna ha creado con los años su propia definición del cuento, asegura que es una narración breve, generalmente impredecible, que narra el momento en que una vida se transforma y ya no vuelve a ser la misma.

El narrador y ensayista nacido en 1959 que radica desde hace más de 15 años en Cuernavaca,  Morelos, tiene en su haber también dos recopilaciones de ensayos y notas periodísticas. Es, sin duda, uno de los escritores más notables y uno de los cuentistas mayores de nuestro país, con una prosa contenida, redonda y subyugante, que posee una gran eficacia literaria.

“En efecto yo he escrito más novelas que libros de cuentos porque me parece más difícil reunir diez o doce buenas ideas, que es lo que se requiere normalmente para escribir un libro de cuentos. Yo tardó mucho también en madurar esas ideas porque muchas de ellas no están completas, son ideas un poco a medias, las dejó madurar sin esforzarme en completarlas, hasta que en algún momento de revelación encuentro la manera de madurar esos cuentos, porque muy raramente me siento a escribir uno sin tenerlo resuelto en la cabeza”, afirma el narrador en una entrevista concedida a EL UNIVERSAL para reflexionar sobre la situación actual del cuento en México, sobre su estilo de cuentista y su madurez literaria.

Eso le ocurrió en “Borges y el ultraísmo” uno de los cuentos de Amores de segunda mano. Escribió más o menos la mitad, se detuvo porque no sabía cómo continuarlo y a los tres meses en una noche de insomnio se le ocurrió cómo podía ser el desenlace y entonces lo terminó.

¿El proceso que te rige como cuentistas es que nunca emprendes una historia hasta que no lo tienes plenamente claro en la cabeza?
Es muy angustioso eso de sentarse a escribir sin saber cómo va a ir uno a acabarlo, sobre todo en un género donde es tan necesario el efecto, la contundencia del final, donde todo puede caerse si uno no logra satisfacer las expectativas del lector. El del cuento es un lector ávido de sorpresas y de iluminaciones sobre la condición humana, por eso he sido menos pródigo en ese género que en la novela. La novela además es un género que cuando uno se mete en ella trabaja de tiempo completo hasta acabarlo.

El cuento no, uno puede pasar cuatro o cinco o hasta más años en el transcurso para tener un libro de cuentos. No se presentan las ideas una detrás de otra, puede pasar entre ellas uno o varios años y entonces hay que dejarlas llegar, hay que tener paciencia y esperar. Lo que sí creo que puede ocurrir a veces es que cuando uno ya tiene cinco o seis ideas puede ser que las nuevas ideas que se le ocurren ya las piense solamente para cuentos no para novelas.

Me comentaron algunos amigos que en mi libro La ternura caníbal había varios cuentos que hubieran podido ser novelas porque tenían historias bastante intrincadas, tramas complejas y demás, y es probable que sí, que si yo hubiera podido alargarlos los hubiera escrito como novelas. Pero creo que es más interesante incluso como desafío literario hacer un esfuerzo por condensar al máximo, de modo que esas historias que hubieran podido quedar un poco más aguadas, queden más concentradas. Creo que hay cierto tipo de lectores que eso lo agradecen.

¿Tienes muy claro cuándo es una historia para cuento y cuándo es una historia para novela?
Generalmente sí, pero a veces en que el material me obliga a extenderme y entonces uno incursiona en el género de la novela corta o de la noveleta, que también es un género que me parece muy interesante. Hay escritores que han hecho maravillas en él como Stefan Sweig; también las he escrito, en El orgasmógrafo hay una que es “La palma de oro”, y quizás otras que llegan a las 40 ó 50 páginas y que también podrían ser calificados como novelas cortas como el mismo cuento deEl orgasmógrafo.

¿Y con sólo tres libros de cuentos eres considerado uno de los mejores cuentistas de México?
Hay muchos años detrás de tratar de luchar con el género. A los 18 años empecé a escribir cuento pero mi primer libro de cuentos lo publiqué hasta los 31. En ese tiempo escribí muchos cuentos que se fueron la mayoría de ellos a parar al basurero, no estaba satisfecho con ellos, a veces los mandaba a concursos de cuento donde perdía, o a revistas donde me los rechazaban y yo me daba cuenta que era porque no había podido desarrollar las ideas que yo tenía en la cabeza para darles una forma literaria atractiva; entonces con un esfuerzo de autocrítica fui mejorando hasta escribir cuentos más legibles.

José Emilio Pacheco decía que a veces se pensaba un género para escritores principiantes, ¿qué opinas?
Yo también me inicie con el cuento como he contado en mi novela Fruta verde. Mi primer cuento era un cuento fantástico que ocurría dentro de una cajetilla de cerillos y los personajes eran los cerillos, era un cuento fantástico inspirado en mis autores de cabecera, que eran los clásicos de la literatura fantástica: Edgar Allan Poe, Lovecraft, H. G. Wells, creo que buscaba imitarlos, tratar de aprender su técnica. Aunque era un cuento muy malo me lo publicaron en el suplemento cultural del periódico El Nacional, yo creo que me lo publicaron porque no les llegaba ninguna colaboración, era un periódico que casi nadie leía pero fue importante para fortalecer mi vocación porque a partir de entonces yo decidí que quería ser escritor.

¿Cómo está hoy el cuento?, ¿a las editoriales les interesa o lo desdeñan?
Conozco algunas editoriales, no sólo aquí en México, que no publican libros de cuentos, pero creo que de cualquier manera sigue habiendo espacio para el cuento en revistas, suplementos culturales y también dentro de otras editoriales. Por supuesto que no es el género más leído de la actualidad porque los cartabones de mercadotecnia han privilegiado a la novela extensa. El best seller siempre es un ladrillo de 500 páginas, a la gente les gusta que les duren mucho porque generalmente los llevan a leer en la playa, en las vacaciones y tiende a creerse que cuanto más larga mejor.

El cuento va a contracorriente de esa tendencia porque el cuento obliga al lector a renovarse en esfuerzo imaginativo al principio de cada nueva historia; probablemente para los hábitos de pereza mental que tienen la mayoría de los lectores sea algo que los desanima, pero curiosamente entre los niños sí hay esa disposición a renovar ese esfuerzo imaginativo porque cuando uno le cuenta un cuento a un niño en la noche, antes de dormirse, quiere otro y otro y otro y realmente es agotador tener que estar inventando tantos cuentos para satisfacer esa curiosidad inagotable de los niños. Digamos que el cuento es un género entonces que trata de refrescar la imaginación de los adultos para que recuperen esa gran agilidad mental que tuvieron en la infancia.

¿Tiene cabida en revistas y suplementos?
Sí, yo he visto que publican con mucha frecuencia cuentos en la Letras Libres, en el Confabulario, en la revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla, en Luvina de la Universidad de Guadalajara, en Nexos; lo que sí creo que es muy difícil que los lectores de esas revistas se interesen mucho por los cuentos porque generalmente van por artículos breves. Yo sí procuro leer muchos cuentos cuando los encuentro en esos medios porque el género siempre me ha cautivado y trato de estar más o menos al día en cuanto a los cuentistas que van surgiendo.

¿Además de los escritores de literatura fantásticas, quiénes son tus otras influencias?
En mi adolescencia fueron los escritores de literatura fantástica, unos diez o quince años después descubrí a los clásicos del cuento cruel, a Villiers de L’Isle Adam, a Baudelaire, el Baudelaire de El Spleen de París, a Joaquim Maria Machado de Assis, más recientemente a Rubem Fonseca, a Virgilio Piñera, Raymond Carver y de todos ellos he tratado de aprender algo sin que eso signifique presumir que lo he logrado.

¿México sigue siendo un país de cuentistas?
En el siglo XX tuvimos una gran pléyade de cuentistas, digamos que es el Siglo de oro del cuento mexicano con Rulfo, Arreola, Revueltas, Carlos Fuentes que tiene un libro de cuentos extraordinario que es Cantar de ciegos; Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Eraclio Zepeda, José de la Colina, el mismo José Agustín que tiene muy buenos cuentos; entonces realmente hay una tradición importante en ese género.

Sigue habiendo muy buenos cuentistas, los que he leído recientemente Eduardo Antonio Parra, que es uno de nuestros mejores cuentistas; leí hace poco un libro muy bueno de Tryno Maldonado, Metales pesados; Guadalupe Nettel que es una cuentista espléndida. Creo que el género está muy vivo y no ha decaído, sigue teniendo muy buenos cultivadores.

¿Hoy escribes cuento?, ¿alternas historias largas con la escritura de cuentos?
Desde que publiqué La ternura caníbal no he vuelto a escribir cuento porque he tenido que hacer otras cosas, se me atravesó el argumento de una telenovela y después mi novela La doble vida de Jesús, de modo que ahorita estoy alejado del cuento como escritor. Como lector no, acabó de leer un segundo libro de Etgar Keret, este cuentista israelí que me parece fabuloso, con una imaginación muy poderosa y ese es uno de mis descubrimientos más recientes. Otro que me parece magnífico es un chileno Carlos Franz, que publicó hace seis o siete años un libro de cuentos maravillosos, La prisionera, que es excelente.

¿Seguirás cultivando el cuento aunque pasen muchos años?
Yo espero que todavía pueda escribir más cuentos en un futuro próximo, aunque ahora lo que quiero es descansar y no escribir nada de ficción en uno o dos años, creo que mis lectores ya están un poco saturados de libros míos.

¿Ahora te dedicarás sólo a leer y leer y leer?
Leer y dejar que las ideas lleguen y tratar de no forzar la máquina porque yo creo que cuando uno ordeña la imaginación sale un producto un poco adulterado.

domingo, 25 de enero de 2015

“Los prejuicios ante Paz han desaparecido”

25/Enero/2014
Confabulario
Yaneth Aguílar Sosa

En cuanto los amigos y cercanos a Octavio Paz se enteraron que el crítico literario Christopher Domínguez Michael estaba escribiendo una biografía del Premio Nobel de Literatura 1990, se acercaron a él para compartirle documentos, anécdotas e historias vividas con el poeta. En esa búsqueda de reunir todos los materiales relativos a la vida y la obra de Paz, Domínguez Michael tenía varios precedentes: el libro de Guillermo Sheridan y los varios acercamientos de Enrique Krauze, también sabía que este libro va a envejecer rápidamente como envejecen las buenas biografías, pues saldrán nuevos libros y documentos en torno a esta figura fundamental de la literatura universal.

“Cuando estaba yo acabando el libro ya se había abierto en Princeton la correspondencia entre Fuentes y Paz que ya no ví. Pero sin duda, si algo tiene mi libro es que este es el testimonio de un escritor contemporáneo a Octavio Paz y aspira a ser una vida y obra de Octavio Paz que funcione lo mismo para quien tiene un conocimiento general de la obra pero quiere sintetizarlo, que para quien se acerca por primera vez. Es mucho pedir pero ese fue el objetivo”, señala Christopher Domínguez Michael al hablar de su libro Octavio Paz en su siglo, publicado por Aguilar.

Esa obra que días antes de ser lanzada en español, ya había sido presentada en París en su versión francesa, es la manera de Christopher Domínguez Michael de retribuirle algo por la amistad y las enseñanzas que recibió de Octavio Paz.

¿Cómo decide entrar a esta figura controvertida pero central de las letras mexicanas?
Estuve diez años con Octavio Paz en el consejo de redacción de la revista Vuelta lo cual me hizo ser testigo de los últimos diez años de su vida, de trabajar con él, de escucharlo, de ser su discípulo con mis otros compañeros, cuando él muere, en varios de nosotros quedó la necesidad de rendir testimonio de él y durante los años fue cambiado mucho la naturaleza del testimonio que yo quería rendir hasta que llegué a la conclusión de que había que hacer un trabajo largo, serio, exhaustivo, sabiendo que es un trabajo que una vez publicado iba a empezar a envejecer rápidamente.

¿Cuál era el reto de este trabajo en medio de tantos libros sobre Paz que han aparecido en los últimos años?
El reto es sencillamente sintético, hay muchísimos libros sobre Octavio Paz, hace poco presenté dos que ya no alcancé a utilizar porque no me daban los tiempos, pero creo que si alguna virtud tiene Octavio Paz en su siglo es que es una síntesis de lo que había hasta el momento que acabé de escribirlo en julio y abarca la gran mayoría de los materiales que estaban a mi disposición; tiene un interés sintético de organizar; armé el rompecabezas. Claro que habrá otros trabajos, otros rompecabezas.

¿No se ha terminado de abordar la figura de Paz?
Octavio Paz es un clásico y lo que define a un clásico es que cada generación lo redescubre, este es el Octavio Paz de alguien que fue un muchacho, que fui yo, que se encontró con él a los 27 años en los últimos diez años de su vida. El Octavio Paz dentro de 50 años, escrito con mayor documentación, mayor objetividad y mayor distancia, por un investigador australiano, por ejemplo, será distinto. No es lo mismo leer una biografía de Paul Valéry de 1950 a leer una biografía de 1990. No necesariamente es mejor la de 90 que la de 50, son distintas.

¿Qué tanto se puede ser objetivo cuando está vibrando la emoción?
Uno de los escrúpulos que yo tenía para escribir o no escribir este libro era decir: “bueno yo estuve demasiado cercano a la figura de Octavio como para poder actuar con objetividad”, aunque sé que la objetividad no existe en ciencias sociales. No es una hagiografía, ahí están sus defectos que no son mayores a los tuyos o a los míos como toda persona, está su vida privada en la medida en que pude plantearme las líneas del decoro que uno se plantea frente alguien que uno admiró y quiso, están sus contradicciones políticas que las tiene cualquiera que hace política. Hacer política es pactar con el diablo como decía Max Weber y Paz pactó varias veces; a veces con resultados muy buenos para México y para la lucha por la libertad frente al Estado en el mundo, a veces sus decisiones políticas fueron erráticas o contraproducentes. Sí, hay cariño, admiración, hay empatía y simpatía, pero también hay muchas cosas que yo dejo abiertas para que el público tome la decisión que considere conveniente.

¿Ha cambiado el acercamiento de las nuevas generaciones?
Es muy difícil saberlo, hace un par de semanas estuve en París presentando la edición francesa del libro, el promedio de edad de los asistentes al acto era 65 años, daba la impresión de que estábamos ante un culto en extinción, pero visto en México, quienes dan clases frecuentemente dicen que justamente por el tiempo que ha pasado y por los prejuicios negativos y positivos ante Octavio Paz han desaparecido, quienes dan clases de literatura dicen que hay una nueva generación de lectores que está entrando a la obra de Paz con mayor libertad que nosotros que lo teníamos ahí.

Este año no solo salió mi libro, se completó la nueva edición mexicana de las obras completas, salió una infinidad de material nuevo, creo que está sobre la mesa una nueva biblioteca para acercarse a Paz que algunos pocos jóvenes, que son los que siempre valen, van a leerlos con mucha atención.

¿Dice que es una biografía no autorizada, Marie Jo no le pidió ver el manuscrito?
Cero, cero. Yo había hablado con Marie Jo varias veces antes, yo no le dije nada, en marzo le hablé y le dije estoy haciendo esto, necesito hablar contigo para cosas imprecisas que te quiero preguntar, si quieres ver el libro te lo llevo a tu casa en este momento, me dijo no, adelante. Me cito en su café preferido en Polanco en la ciudad de México y me contestó preguntas personales precisas que yo le hice, pero en ningún momento pedí su autorización, procuro ser menos amigo de Sócrates que de la verdad. Pues autorizada no es.

lunes, 16 de junio de 2014

Una ciudad llamada Efraín

15/Junio/2014
Confabulario
Yaneth Aguílar Sosa

Sea en su poesía contenida en libros como Los hombres del alba, o en sus mordaces poemínimos, como “Pueblo”, en el que escribió: “Quiubo tú / ¿Todavía / Víboras? / Yo creía / Que ya / Morongas”, o en su prosa periodística, como ocurre en “Ciudades del aire”, publicado en 1937, donde dice: “Sería delicioso cantarle con amor a la ciudad; lo haríamos con el mayor gusto y entusiasmo. Estamos seguros, además, de que algún día tendremos que hacerlo. Pero la hora no ha llegado”, Efraín Huerta recuperó el habla popular de la ciudad de México y el sentir de sus personajes.

Fue un poeta adelantado a su tiempo e incomprendido en su tiempo. Raquel Huerta-Nava, su hija con la poeta Thelma Nava, asegura que cuando Los hombres del alba vio la luz fue calificado de un libro con poesía desagradable porque hablaba de lo que la gente no quería ver: “de los hombres que viven en la calle, de los asesinos, de lo más bajo a lo que puede llegar un ser humano”.

David Huerta, poeta él mismo y el tercero de los hijos que tuvo con su primera esposa, Mireya Bravo, reconoce que la recuperación del habla popular en la poesía de su padre es sólo una parte de su obra, “una zona interesantísima pero perfectamente localizable”; sin embargo, hay muchas otras zonas, porque es un poeta de registros muy variados. “Si fuera pintor tendría una paleta muy amplia: sería dibujante, grabador, muralista, pintor de caballete”.

David dice que Efraín fue un poeta que escribió una poesía muy delicada y “exquisita” en su juventud en libros como Absoluto amor y Línea del alba, pero también una poesía más “tosca” en su extraordinario libro Los hombres del alba, en el que “no recupera precisamente el habla popular, pero sí registra la vida de la gente de la ciudad de una manera implacable”.

Asegura David que Efraín tenía una visión muy ácida y llena de piedad, “pero que no cierra los ojos ante la violencia, la miseria, la descomposición que empieza a estar presente en la ciudad moderna que es la ciudad de México de los años cuarenta. Los hombres del alba es un registro poético de esa ciudad que unos años más tarde también iba a registrar Carlos Fuentes en su novela La región más transparente”.

Incomprendido en su tiempo, Efraín Huerta es hoy uno de los poetas más valorados por las generaciones jóvenes y sus imágenes poéticas suenan muy contemporáneas. Huerta-Nava asegura que la incorporación que su padre del habla popular y de los personajes del pueblo responde a una búsqueda formal: “es una búsqueda técnica de innovación. Pertenecía a una generación de jóvenes revolucionarios que estaban buscando un cambio en un país en el que también se estaba buscando un sentido”.

Cita a Diego Rivera, por ejemplo, quien puso a la gente de la calle, a las personas comunes y corrientes como protagonistas del arte. “Igualmente José Revueltas y Efraín Huerta, en sus respectivas producciones literarias, ponen a las personas más humildes como protagonistas; entonces, es una búsqueda formal totalmente consciente; ninguno de ellos fue humilde ni tuvo una infancia menesterosa; al contrario, todos ellos eran de familias pequeñoburguesas con acceso a la cultura”.

Efraín Huerta fue y es un poeta de registros amplios. Abarcó un sinnúmero de asuntos a lo largo de su vida: las mujeres, las flores, el antifascismo, la política, la literatura, los poetas mexicanos, los poetas de otros países, el cine, la política combativa, la ciudad, la lluvia, los trabajadores, los pordioseros, los choferes, los hombres del alba.

Están en sus versos homenajes a amigos, a poetas, a la gente de a pie, a las calles, avenidas, monumentos y circuitos de la ciudad de México. “Durante una larga época sí recrea el habla popular, lo que Octavio Paz llamaba ‘la afición o el gusto de Efraín Huerta por el lenguaje fuerte’; no nada más el de las malas palabras, el de las groserías, sino el lenguaje a veces tosco de la gente de la calle”, afirma David Huerta.

Raquel Huerta-Nava tiene muy claro que Efraín, su padre, siempre hacía una especie de crónica de sus pasos, la crónica urbana. Lo hizo en Irapuato, luego en la ciudad de México, en el Centro Histórico y en Paseo de la Reforma, en el Circuito Interior y en Polanco, la colonia donde vivió los últimos años de su vida.

“Le gustaba jugar mucho con los propios nombres de las calles como si fueran un adjetivo más, adjetivizar… ‘rubendarianamente’. Se divertía bastante con la geografía literaria de esta colonia. Él desde Los hombres del alba incorpora a los seres marginados de la sociedad en la poesía, los hace protagonistas de la literatura y entre estas innovaciones en la poética también incorpora el habla popular, sobre todo en los poemínimos esto es muy común”, dice Huerta-Nava.

Emiliano Delgadillo Martínez, quien realizó la investigación iconográfica, el prólogo, la cronología y la selección de textos de Efraín Huerta. Iconografía, que acaba de publicar el Fondo de Cultura Económica, reconoce que la incorporación de esos personajes y de la vida de la ciudad no es posterior, sino es muy temprano: “de hecho nace con el Efraín Huerta escritor”.

El estudioso de Efraín Huerta dice que el poeta nacido en 1914 se volvió escritor de la mano de estos personajes y de la mano de esta estética. “El primer texto que le conocemos publicado, hasta el momento, es una columna en prosa que lleva por título ‘Estética de la calle’ y trata de las calles de Irapuato, por un lado para acendrar la parte bella, pero por otro lado para burlarse de algunos elementos de la ciudad”.

Delgadillo Martínez señala que desde un principio la poesía de Efraín estuvo atravesada por lo que se ha venido a llamar los personajes del subsuelo. “Carlos Monsiváis los llama ´los jodidos’ y ‘los proscritos sociales’, son los hombres del alba precisamente, todos aquellos que de una u otra forma viven y sufren el crecimiento de esta ciudad, la movilización que inicio en la década de 1930 y terminó en 1940, y desde un principio están presentes en su obra, quizás al principio más como símbolos y después esos símbolos se fueron particularizando, con nombres y apellidos”.

El autor de Absoluto amor vivió el crecimiento de la ciudad, fue testigo de su transformación y desarrollo, de cómo se fue complicando. David Huerta puntualiza: “Efraín Huerta asiste, a veces un poco extrañado, a esa evolución de la ciudad de México y también escribe sobre estas transformaciones, sobre los camiones, las rutas del metro, sobre el Circuito Interior; toma la frase circuito interior para referirse en realidad al amor; circuito interior porque habla de la vida interior de los seres humanos, habla de sí, ‘del circuito interior en el que ardemos’, dice”.

Raquel Huerta-Nava asegura que la incorporación que hizo Efraín del habla popular y los personajes de la ciudad en su poesía no se ha estudiado lo suficiente. “Hay muy pocas tesis antiguas. Ahora en años recientes hay más jóvenes que se interesan por trabajarlo, pero desde el punto de vista formal de su poesía, de su primer libro Los hombres del alba. Sobre el habla popular y sus poemínimos no he visto trabajos académicos realmente. Creo que falta esa parte porque no le han dado la importancia o no se han fijado en él”.

Efraín Huerta declaró su amor y su odio por la ciudad de México; fue un cronista de la ciudad muy al estilo de Carlos Monsiváis, un poeta que recuperó a los personajes más miserables de esta gran urbe de hierro. En su “Declaración de amor”, se lee: “Ciudad que llevas dentro / mi corazón, mi pena, / la desgracia verdosa / de los hombres del alba, / mil voces descompuestas / por el frío y el hambre. / Ciudad que lloras, mía, / maternal, dolorosa, / bella como camelia / y triste como lágrima, / mírame con tus ojos / de tezontle y granito, / caminar por tus calles / como sombra o neblina. / Soy el llanto invisible / de millares de hombres”.

David Huerta asegura que, en ese sentido, “Efraín es un poeta extraordinario que fue capaz de cambiar, que aprendió muchas cosas, que las puso en ejercicio, que se convirtió en un poeta muy atractivo y muy interesante para la gente; es maravilloso que lo sigan leyendo gente de todas las edades y condiciones”.

jueves, 24 de octubre de 2013

Un indocumentado en la República de las Letras

19/Octubre/2013
Confabulario
Yaneth Aguílar Sosa

Francisco González Crussí rebosa energía y vitalidad. Como patólogo alcanzó grandes logros en Estados Unidos, su casa desde hace más de 50 años, pues llegó a dirigir incluso el Departamento de Patología en el Children’s Memorial Hospital de Chicago, ciudad en la que aún radica; como escritor ha renovado el ensayo, género literario en el que fincó su ambición de “conjugar los aspectos biológicos-médicos con la literatura”; y como mexicano nacido y criado en la colonia Obrera, en la capital del país, ha tenido que sortear duras batallas en su vida personal y familiar.

El ensayista de culto para un grupo de escritores mexicanos fue durante tres años tutor de ensayo de los becarios del Programa Jóvenes Creadores del Fonca. Este cargo lo hizo reencontrarse con México y con su literatura. Ahora es considerado, por sus alumnos y por muchos autores más, un pensador original como hay pocos en México, un ensayista de gran erudición y prosista de un inglés exótico.

Escritor tardío —como él mismo dice—, se atrevió a publicar su primer libro de ensayos, Notas de un anatomista, en 1985, cuando iba a cumplir 50 años. Es un lector ferviente de literatura francesa desde la adolescencia, cuando viajó a París gracias a un premio que le dio el IFAL y que le cambió la vida. González Crussí es —dicho por muchos— el pensador e intelectual que México debe exportar, traducir y dar a conocer.

El patólogo y escritor aborda los temas médicos desde una amplia mirada artística; así ha hablado de la historia cultural de la calvicie, del estornudo, la relación con los sentidos, el origen del deseo, el cuerpo, la muerte y sobre “la madre” China, país con cuya cultura tiene contacto desde hace 37 años, gracias a su esposa.

Sus ensayos han sido reunidos en libros como Sobre la naturaleza de las cosas eróticas, Los cinco sentidos, La fábrica del cuerpo y recientemente en Remedios de antaño; ha publicado en The New York Times, The Washington Post, Commonwealth, The New Yorker, Letras Libres, Paréntesis, Cambio y Etiqueta Negra; tiene dos autobiografías: There is a World Elsewhere —inédita en español— y Partir es morir un poco. En breve, aparecerá un libro con ensayos sobre la fisonomía.

Partir es morir un poco ¿sigue siendo la metáfora de su vida?

El que se va es un poquito como si se muere; es decir, los deudos, los amigos, los familiares al principio hablan de uno con nostalgia, con tristeza, pero a medida que pasa el tiempo hablan menos de él, tal como sucede con los muertos; al final, es un poco traumático dejar la patria; por otro lado, Partir es morir un poco fue el primer libro que escribí en español, mi lengua materna, así que le tengo un aprecio especial.

¿Cómo era el México de los cincuenta?

A la distancia uno idealiza las cosas. Los viejos pensamos que todo tiempo pasado fue mejor. Cuando yo era joven, tenía todo el vigor y el entusiasmo y me gustaba muchísimo la vida en México, en particular porque era como vivir en la provincia con todas las amenidades de una gran ciudad. Desgraciadamente, no se puede esconder el hecho de que entonces la vida era más tranquila, que no había el enorme problema de la violencia que se ha desencadenado recientemente. Guardo recuerdos muy dulces.

¿Qué tan difícil fue ejercer su profesión aquí?

El tipo de vida que me habría gustado llevar en México es el de un patólogo dedicado a la medicina académica, o sea, enseñar en una universidad, estar en un gran hospital asistencial; pero en aquel entonces, y tal vez hoy también, uno realmente no podía hacerlo. Fue un trauma dejar la familia, los amigos, la cultura, la lengua de uno. Es como cortar el cordón umbilical, pero no un simple corte con bisturí aséptico; era como cortarlo con un hacha oxidada; a mí me costó mucho esfuerzo restablecerme de esas pérdidas y aún a la fecha siento un poco de nostalgia.

A medida que pasa el tiempo hace uno los ajustes necesarios. Mis hijos se han criado en Estados Unidos. Mi esposa, aunque no es americana, ya hizo un ajuste de China a América, y no le puedo exigir que se venga a México, como ella no me puede exigir irme a vivir a China. Así que, para bien o para mal, la suerte está echada y me ha tocado vivir en Norteamérica. Pienso yo que la tierra de Norteamérica es tan buena como la tierra de México para que mis huesos ahí reposen.

Un buen día se armó de valor y salió de México…

Yo nací y me crié en la colonia Obrera; para ser más exacto, nací en la esquina de Efrén Rebolledo y Bolívar. Había una farmacia, que todavía existe pero ya muy cambiada, y que se llamaba La Virgen María. Era propiedad de mi padre, y cuando él murió mi madre se quedó con ella. Mi madre no estaba preparada; de hecho, su educación había sido rudimentaria. Con trabajos había terminado la escuela primaria, así que no podía hacerse cargo de la farmacia.

En aquel entonces el gobierno mexicano había decidido que esas farmacias debían tener un responsable, y en nuestro caso fue una mujer titulada de química farmacéutica que debía aparecer por ahí en caso de que se requirieran sus servicios. La cruda realidad es que sólo se aparecía cada mes para cobrar su mesada. Pero así fue posible educarme yo y mi hermana, hasta que hubo la primera salida de México.

¿Conoció el mundo muy joven?

Cuando estaba en la preparatoria un acontecimiento me cambió la vida enteramente; el Instituto Francés de América Latina organizaba un concurso en la lengua francesa y me tocó en suerte ganarlo. Mi madre jamás habría soñado con mandar a estudiar a su hijo al extranjero; yo no había salido nunca —no digamos del país—, no había salido de mi barrio, de la colonia Obrera, y de repente verme en París, a donde me mandó el gobierno francés, me abrió los ojos, me hizo ver que el mundo es ancho y ajeno; además, me encendió una pasión por la literatura francesa que desde entonces he continuado y me ha ayudado mucho.

¿Vivir en una farmacia determinó su vocación?

Yo creo que sí, aunque no lo veía como influencia determinante. Veía a la gente que sufría y que venía a pedir un remedio para una dolencia y yo tenía un conocimiento muy rudimentario, el de un farmacéutico amateur; no tuve una dirección de mi padre o de algún médico que me hubiera orientado a la medicina. Eso me vino una vez que ingresé a la escuela de medicina, sin estar muy seguro de lo que iba a hacer. Por el tercer año me di cuenta de la variedad de especialidades que se pueden seguir y además vi la influencia de profesionales prominentes que fueron un modelo para mí. Me orienté a la patología donde el contacto no lo tenemos con el paciente; lo tenemos con el médico que ve al paciente. Estudiamos la enfermedad en sí, la teoría de la medicina.

Sus logros en Estados Unidos son enormes, pero su vida no fue fácil…

En aquella época no había suficientes oportunidades. Yo me había preparado. Hice el entrenamiento de posgrado en varias universidades de Norteamérica. Traté de regresar a México pero me fue como en feria: aquí no había empleo, allá tampoco. Me fui a la provincia, donde no fui bien recibido. En algunos lugares me veían con un poco de recelo, en otros me recibieron con mejor voluntad, pero no había el tipo de trabajos para el que yo estaba preparado. Me ofrecieron un puesto de medicina de emergencia pero yo no estaba preparado para eso. Yo era un experto en microscopía electrónica, en diagnóstico histológico de tumores; quedarme en emergencias habría sido una amenaza para la salud pública.

Volví a Estados Unidos para hacer mis maletas y regresar definitivamente a México, pero un profesor de la Universidad de Florida —donde yo había hecho grandes méritos— me preguntó: “¿Tú te irías al Canadá?” Yo le dije: “Me iría a donde sea que haya trabajo”. Y así fue: estuve varios años en Canadá, un excelente país, con un alto nivel de vida, haciendo exactamente el tipo de vida que yo quería, en un pueblo pequeño como patólogo académico, en una enorme biblioteca y cultivando mis dos inclinaciones: la patología —que era la principal—, porque no se puede uno descuidar so pena de quedar en atraso y, por otro lado, la literatura, pues había un repositorio riquísimo en The Queen University.

Después, por azares de mi vida personal, que preferiría no discutir, tuve que dejar ese pueblo y volver a Estados Unidos. Allí me quedé con un empleo de patólogo en varios lugares, hasta terminar en Chicago. Estoy contento. He hecho lo que me propuse. Con un calvario un poco difícil, pero así es la vida: nunca obtiene uno lo que quiere inmediatamente y quizás esté mejor así.

¿Nunca se arrepintió de haber dejado México, incluso en los peores momentos, con las dificultades familiares?

En algunos momentos sí, con las dificultades familiares. Estaba en un clima frío, no había una comunidad mexicana, no había un lugar donde comer un taco, no se escuchaba música mexicana, las nevadas duraban siete meses. Varias veces me pregunte: “¿Qué demonios estoy haciendo aquí?” Habría querido regresar pero poco a poco pasaron las crisis y vinieron otras compensaciones. Hubo momentos de gran nostalgia por la patria; si en un restaurante escuchaba a un mexicano, tenía el impulso de levantarme y decirles: “Yo también soy mexicano”.

Se entregó a la patología pero un buen día probó suerte en la literatura…

Empecé muy tarde. Yo tenía más de 55 años cuando empecé a escribir literatura propiamente dicha, por varias razones. Primero, porque el inglés no era mi lengua; no me sentía seguro. Se puede escribir un artículo médico, técnico, científico, porque la terminología es aproximadamente la misma: aprende uno unas cuantas frases y ya se puede montar un artículo técnico científico, pero la literatura requiere un dominio más completo para usar el lenguaje literario en inglés. Por eso dejé pasar un tiempo. Estudié a los literatos en lengua inglesa, sobre todo a los ingleses del siglo XVIII, que tienen un estilo de oratoria rimbombante, hasta un poco afectado; por eso algunos críticos han dicho que mi lenguaje es arcaico, pero así es como aprendí el inglés, y además me gusta mucho porque se parece al español en su construcción.

Leía a Fielding, Sterne, Richardson, Johnson, para aprender el idioma inglés literario. No podía dejar de leer la literatura profesional para estar al corriente, así que fue muy tarde cuando pensé en mandar un grupo de ensayos a ver si me los publican, con tan buena suerte que a la primera me los publicaron y tuvo, quizás, demasiado éxito; no es bueno que el primer libro de uno sea ensalzado a ese grado. Es mejor hacer méritos poco a poco, ir adquiriendo todo un cuerpo de composiciones; pero, bueno, eso me estimuló mucho.

Sus ensayos están cargados de gran erudición pero con enorme sencillez…

Todo mundo se forma según sus experiencias tempranas y a mí, gracias a Dios, me tocó vivir y sufrir la colonia Obrera. Me voy para allá y ahora sé mucho de Richardson, y de la cultura oriental, pero no me fallan los albures tampoco. Estoy dispuesto a lidiarme con el mejor alburero de aquí.

¿Cómo se convirtió casi en un escritor de culto en México?

Afortunadamente no hice estudios de literatura. Como les digo a mis amigos, yo soy un extranjero indocumentado en la República de las Letras. Entré ilegalmente, por la medicina, por la puerta de atrás. No sigo ninguna escuela literaria; mi ambición ha sido conjugar los aspectos biológicos-médicos con la literatura y, como muy pocos lo hacen, eso me ha valido cierta originalidad.

Antonio Saborit, un ensayista a quien le estoy muy agradecido y con quien tengo esa deuda de gratitud, era miembro del Fonca y mentor en ensayo, y cuando él dejó ese cargo me recomendó. Eso me puso en contacto con México. Venir varias veces por varios años a diferentes lugares de México, sobre todo a la provincia, me puso en contacto con jóvenes que quieren llegar a ser escritores; para mí fue una gran fortuna porque me hizo ver el enorme talento que hay en México: no le piden nada a nadie. Eso me estimuló y dije: “Tengo que hacer más por la literatura en lengua española, y de preferencia con el ambiente literario mexicano”.

Escribió y publicó primero en inglés y sólo después en español…

Para mí ha sido una especie de necesidad emocional. Ahora me hago viejo; he visto que muchas personas de edad ni aprenden bien el inglés y se olvidan del español, sin ver que el español es una lengua bellísima, y no quisiera morirme sin antes hacer uso pleno, antes de que me llegue el último suspiro, tratando de escribir, lo más que pueda, en español.

¿Por eso ahora está dedicado cien por ciento a la literatura?

Ya estoy retirado. No tengo ninguna responsabilidad médica. Del hospital nadie me llama. Cuando voy al hospital ya no me conocen. Soy lo que los americanos llaman un has been. Por otro lado, tengo todo el tiempo libre para escribir. A eso me dedico ahora: viajo, escribo, leo. Mientras tenga suficiente retina y tenga arrestos, es lo que haré.

¿El cordón umbilical con México no se cortó del todo?

Obviamente no se cortó completamente. De otra manera no estaría leyendo lo que puedo de autores mexicanos. Cuando hablo de corte es que me tuve que ir a vivir allá, pero el lazo espiritual se mantuvo incólume.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Maestro Rulfo

15/Septiembre/2013
Confabulario
Yaneth Aguílar Sosa

Entre los dos convenios que Juan Rulfo firmó como becario del Centro Mexicano de Escritores, con reportes de sus avances literarios —donde señala cosas como: “El nombre de la protagonista ha sido cambiado al de Susana San Juan, y el del personaje principal al de Pedro Páramo”—; entre reseñas críticas de libros del momento que escribía en tarjetas tamaño media carta, casi siempre a lápiz y con su letra chiquita; entre misivas, recados, llamados de atención y anuncios, está uno de los informes que Juan Rulfo escribió como tutor del Centro Mexicano de Escritores.

Allí, en dos cuartillas escritas a máquina, con su firma a mano en tinta negra, están sus apreciaciones contundes y claras, en las que no sobra ni falta nada, sobre Alfonso de Neuvillate, María Luisa Mendoza, Luis Carlos Emerich, Pilar Campesino, Antonio Leal y  Carlos Montemayor, quienes fueron becarios del CME durante el periodo 1968-1969 y que, según Rulfo, “formaron uno de los grupos más homogéneos por lo que se refiere al desarrollo y cumplimiento de sus tareas literarias”.

En ese documento que se resguarda en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional —donde está depositado el Archivo del Centro Mexicano de Escritores que tuvo una vida activa de 50 años—, Juan Rulfo es categórico y hace un análisis puntual del desempeño de cada uno de los aspirantes a escritor.

Alaba y denuesta. De Alfonso de Neuvillate celebra la investigación, documentación y acopio de obras para escribir el ensayo El art-nouveau en México; califica su texto como “la más completa monografía que sobre dicho estilo artístico, se pueda concebir actualmente en español”.

En contraparte, al final de la lista de seis, en estricto orden descendente, Rulfo señala de Carlos Montemayor (a quien confunde el segundo nombre de pila, Antonio, y lo señala como Arturo): “aun cuando denota una gran seguridad en todo lo que escribe y presentó junto con su solicitud algunas cosas buenas esas ‘cosas’ no pasaron de ser infinitas variaciones sobre un solo tema obsesionante. Dedicó un año de trabajo  a leerme ejercicios experimentales, sin más mínima trascendencia. Se trató en fin, de un caso de terca frustración”.

El informe —que celebra la pieza literaria de María Luisa Mendoza, porque “demuestra una gran sensibilidad, además de aportar un lenguaje nuevo a las letras mexicanas”— se localiza en uno de los cinco expedientes de Juan Rulfo como becario y tutor en el mítico Centro Mexicano de Escritores, institución que no sólo lo apoyó para escribir sus dos grandes obras: Pedro Páramo y El llano en llamas, sino que también lo postuló ante la Academia Sueca, en 1982 y 1984, como candidato de México para el Premio Nobel de Literatura.

La vida en el Centro

Contaba Felipe García Beraza, quien fue durante muchos años secretario del Consejo Ejecutivo del CME, cómo Rulfo llegaba cada semana a escuchar y los textos de los becarios: “Lo veo llegar a nuestra institución miércoles tras miércoles, silenciosa y calladamente. Sube las escaleras sin prisa, sin que nada lo inquiete y además. Como si un cansancio de siglos le impidiera apresurar el paso”.

En ese texto, que escribió para un homenaje en vida que le rindió el gobierno mexicano al autor de Pedro Páramo, García Beraza también habla del lacónico estilo rulfiano: “Cuando llega anualmente el momento de la selección de los becarios del Centro Mexicano de Escritores, las opiniones de Rulfo sobre las obras de los aspirantes a las becas son breves, concisas y muy al punto”.

Así  se entienden los comentarios sobre el proyecto de novela de Luis Carlos Emerich, otro de los becarios del periodo 1968-1969. “El Texto, en ratos poético y siempre subjetivo, está escrito en clave, solamente accesible para quienes, conociendo a Emerich, sabrán comprenderlo. Con todo, es notable el esfuerzo y constancia que demostró al trabajar en su obra, la cual dudo que llegue a tener más de una decena de lectores”.

Rulfo tuvo fama de implacable, él mismo aceptaba serlo. En una entrevista con Elena Poniatowska, incluida en el libro Los becarios del Centro Mexicano de Escritores 1952-1997, de Martha Domínguez Cuevas, Rulfo habla de sus años como becario, de su estancia como tutor a lo largo de 18 años (la conversación ocurrió en 1980): “He seguido allí porque en realidad me interesa ver qué es lo que están haciendo hoy en la literatura mexicana. Tengo 18 años en el Centro y por allí han pasado muchas generaciones, y soy asesor desde hace 18 años, y sé, por medio del Centro, qué escriben los jóvenes y en realidad no están haciendo nada”.

De ahí que no sorprenda su apreciación sobre Pilar Campesino y Antonio Leal, los otros dos becarios de la generación 1968-1969. De Campesino escribe: “Ella también hizo lo que pudo por expresar su momento dramático. Desgraciadamente, aunque terminó su obra, carece de imaginación creadora y está fácilmente influenciada por hechos vividos o compartidos, de los cuales hace una verdadera calca”.

Y luego de Antonio Leal comenta: “Sus poemas, de los cuales leyó pocos y pobres de poesía, son indicadores de que la poesía joven en México está creándose a sí misma, es un problema de difícil solución. Además, estos hombres, no poseen ninguna inquietud por la cultura; quizás no la necesitan, pero se nota la enorme laguna de su ignorancia”.

Juan Rulfo fue dos años becario del Centro, pero fue mucho más amplia su etapa como tutor de las generaciones de escritores posteriores. En una nota pedida a Beatriz Espejo, años después de la muerte de Rulfo, ella señala: “Le agradezco muchas cosas, un par de libros y un grabado que me regaló y varias enseñanzas valiosas”.

En 18 años, Juan Rulfo tuvo decenas de discípulos en el Centro; conoció de primera mano las obras jóvenes de Beatriz Espejo, Carlos Olmos, David Huerta, Víctor Villela y Humberto Guzmán, de José Agustín, Alejandro Aura, Roberto Páramo, René Avilés Fabila, Elva Macías y Jorge Arturo Ojeda; de Anamari Gomís, Miguel Ángel Flores, Roberto Montenegro y Luis Arturo Ramos, entre muchos más.

De esa larga faceta como tutor queda constancia en su expediente del CME: allí hay circulares que solicitan su presencia o demandan sus informes, que le anuncian incrementos en los sueldos por las asesorías y revisiones de aspirantes, pero también le enteran de que se le descontará un porcentaje por sus ausencias.

En carta fechada el 30 de octubre de 1968, le informan que “por instrucciones precisas del Consejo Ejecutivo del CME se acordó que durante el año de labores, que inicia el 1 de noviembre sus honorarios sean de 2 mil pesos mensuales. Se acordó que tal ingreso sufriera disminuciones proporcionadas por cada ausencia a sesiones semanales”.

En otra más, también enviada por Felipe García Beraza, quien lo llamaba “Poderoso Juan” —cuando se trataba de mensajes menos oficiales—, con fecha del 26 de agosto de 1968, le informan: “a partir del 15 de agosto acepten recibir 250 pesos por cada sesión de 4:30 a 7:30 P.M. La misma cantidad para las lecturas semanarias de los trabajos que se presenten al XVIII concurso”.

Fue Rulfo un becario tímido y callado, igual que fue un tutor tímido y callado, nada que ver con Salvador Elizondo o Francisco Monterde, aunque los tres eran “censores” como los llamaban los becarios. Juan Rulfo contó: “Obtuve la beca del Centro Mexicano de Escritores para terminar ‘El llano en llamas’ que ya casi lo tenía terminado, fue en 1952, pero desde cuarentaytantos ya tenía yo escritos la mayoría de los cuentos. Me tocó un grupo muy bravo: Ricardo Garibay, Alí Chumacero, Juan José Arreola, Luis Josefina Hernández, la más brava de toda; eran muy críticos, muy terribles y guardaban frente a mí una distancia porque les parecía rara mi literatura”.

Justo en las fotografías “oficiales” de los jóvenes escritores, se encuentra a veces Juan Rulfo como no queriendo estar; pocas veces mira a la cámara, sus ojos suelen mirar hacia abajo, a la derecha, en muy pocas se le mira ver de frente. Siempre va de traje, con gesto serio.

Rulfo: esposo, padre, trabajador

Alternados con sus reportes como tutor, con sus informes como becario, con reseñas críticas sobre autores como Raúl Navarrete o Carlos Fuentes —de quien escribe a propósito de su obra de teatro Todos los gatos son pardos: “la tragedia parece resumirse en que México es un pueblo frustrado tanto por la fatalidad como en su voluntad”—, están documentos algo más personales del escritor.

Está una solicitud de un crédito de Infonavit, con fecha del 8 de agosto de 1977 y firmada por Juan Rulfo Vizcaíno, con RFC: RUVJ 180516, que dice que la última empresa en la que laboró fue en el Centro Mexicano de Escritores, ser trabajador titular y que hace el depósito por la suma de 2 mil 300 pesos.

Se encuentra también la “hoja tosa” del Seguro Social, con fecha del 21 de abril de 1969, en la que se suscribe que su fecha de ingreso como trabajador del Centro Mexicano de Escritores es el 15 de abril de 1969 con un salario diario actual de 66.50. En ese documento Rulfo declara estar casado por lo civil, en Guadalajara, Jalisco, en 1948, que sus padres son: Juan N. Rulfo Navarro y María Vizcaíno Arias de Rulfo, y que sus beneficiarios son: Clara Aparicio Reyes (8-1928), Juan Pablo (6-1955) y Juan Carlos (1-1964).

Entre los tesoros contenidos en los cinco expedientes, está una hoja con sus datos personales. Allí él dice haber nacido en Sayula, Jalisco, que su padre, Juan N. Pérez Rulfo, fue hacendado, propietario de la Hacienda San Pedro en el municipio de Tolimán, Jalisco, donde murió en 1923 (asesinado); y que su madre, María Vizcaíno Arias, era propietaria de la Hacienda San Gabriel y que murió en 1927.

Aparecen también dos cartas en inglés, firmadas por Felipe García Beraza y dirigidas a la Academia Sueca en Estocolmo. En ambas misivas, muy breves, se postula a Juan Rulfo para el Premio Nobel de Literatura. Fechadas el 22 de enero de 1982 y el 18 de enero de 1984, ambas están dirigidas al Comité Nobel y luego del nombre de Juan Rulfo plantean: “La obra de Rulfo es breve pero sobresaliente, representa la esencia de la realidad de México, así como la de otros países de América Latina. La clara belleza de lenguaje puede ser alabado por el Comité Nobel de la Academia Sueca”.