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sábado, 4 de julio de 2015

A propósito de Gustavo Sainz

4/Julio/2015
La Jornada
José Agustín

En la primera mitad de los años 60 Vicente Leñero ganó el premio Biblioteca Breve con Los albañiles, y en muchos sentidos preludió lo que vendría en 1965: la publicación, casi simultánea, de dos libros antitéticos pero complementarios, revolucionarios y fundacionales de la novela en México: Gazapo, de Gustavo Sainz, y Farabeuf o La crónica de un instante, de Salvador Elizondo, ambas editadas por la Serie del Volador de Joaquín Mortiz. Hasta donde sé (pero si la riego ahí está el plumil corrector de Sainz), aunque Gazapo se publicó en ese año en realidad había sido terminada antes; se llamaba Conejo extraordinario, pero ese nombre se cayó cuando apareció Corre, Conejo, de John Updike, y entonces Saint-Sainz salió con el raro y afortunado título Gazapo, conejo joven, pero también taimado, embustero; en todo caso el joven de la barbita llevó su agazapada novela a Joaquín Mortiz, donde la aceptaron. Pero en aquella época, más que ahora, los editores solían tomarse todo el tiempo del mundo y los libros aparecían a los dos, tres o cuatro años de la contratación. Así ocurrió con Gazapo y Farabeuf, por lo que, al menos una vez, si no es que más, Gustavo sensatamente aprovechó esa lentitud caprichosa para hacer cambios y correcciones, y así lo que apareció en 1965 ya no fue el manuscrito original. Yo mismo tengo una de las versiones de Conejo extraordinario, con collages de Gustavo en la portada. La dedicatoria, típica de Sainz Fiction, es de letra muy limpia que abre veredas de rumbos sinuosos a lo largo de la página y puede continuar en las siguientes. La novela de Sainz tuvo un éxito instantáneo. Hasta la fecha tiene muy buenas ventas. Pero entonces era algo distinto en todos sentidos. La portada con la foto de la conejita difuminada por una pantalla abría el mundo adolescente, durísimo, muchas veces cruel. Un túnel oscuro y larguísimo que se hace fácil por la vitalidad e inconsciencia que a esa edad se derrama, y por los amigos, apoyo decisivo en el proceso de crecimiento de Menelao: salir desdramatizadamente de la casa, o más bien hacinado departamento, del padre, un taxista desdibujado, donde se quedan las tías, una evangélica y otra católica, la abuela senil y las espiadas a la linda Gisela al bañarse. Menelao se va a vivir al departamento polvoriento de su mamá, que nunca aparece pero que le debe a medio mundo, el escenario fonqui de la seducción sin prisas de Gisela, historia de amor y eje de la novela. Como sublíneas están los intentos de seducción de Vulvo a Nácar, una chava que nadie ve y sólo existe a través de lo que él cuenta; y la relación, mucho menos desarrollada, de Mauricio y Bikina. Qué nombrecito. Esto subraya la importancia del amor en el proceso de crecimiento e independencia, pues la pareja ahora proporciona el apoyo emocional que daban los padres, además de que erotiza toda la novela a través de los accidentes de la conquista de Vulvo y de la paciencia amorosa de Menelao, quien quisiera eternizar cada instante. A Vulvo le encantaría cogerse a Nácar lo más pronto posible, pero Menelao no tiene ninguna prisa en poseer a Gisela. Mauricio, por su parte, no se anda con cuentos eróticos y se acuesta con Bikina cada vez que puede. Lo que ocurre siempre es muy relativo. A veces, rashomonianamente, es una versión que después alguien cuenta de otra manera; o se trata de grabaciones o diarios hechos por Menelao, Gisela o alguno de los metiches personajes; si no, se trata de una narración de cuarta o quíntuple generación, pues alguien cuenta lo que contó otro a quien se lo transmitió uno que lo oyó de un testigo presencial pero distraído y lejano de los acontecimientos. Las cosas ocurrieron así o quizá no. Quizá ni siquiera tuvieron lugar, puras fantasías muy elaboradas. El tiempo entonces se desarticula, va y vuelve, se repite, pierde linealidad, tiende a lo circular, concéntrico, al eterno retorno, y difumina los bordes de la realidad y la ficción. Esta relatividad crea el espacio mítico, el no-tiempo, el del rito de iniciación que se repite inexorable, consciente o no, de hecho casi siempre inconscientemente, en todo joven de esa edad en cualquier parte del mundo y de cualquier época. Además de la estructura no-lineal y de la relatividad de lo narrado, el lenguaje es gran protagonista. Gus Sainete es experto en el habla coloquial, precisamente porque no la evade sino que la maneja con precisión y la vuelve intensa materia literaria. La narración, cool, contenida, es rica en detalles; de todo se narra lo indispensable, pero con una veracidad llena de sabor. Abundan los cortes abruptos, las elipsis y la ambigüedad; pero cuando es necesario, Sanx-Sainz se detiene y se toma todo el tiempo del mundo. Además, los nombres son muy divertidos, como Tricardio, Madhastra, Mochatea o Menelao-Menelado-Melenas– Melameas-Melachupas–Melancétera. Y Bikina. O Vulvo, nombre increíble, de alguna forma transgresor y retador, como Sarro en Obsesivos días circulares. Sarro. Carajo. Son parte de los detalles que enriquecen, como la riqueza de albures, muchos buenísimos, Medallas el Hojalatero, ¿sabes remar? pues vete remando a la chingada, el Pelón me preguntó que cuándo vas a darle sus Ovaciones y su mascada, ¿sabes remar? pues remámame los huevos, huele a pedo, no, a cosaco; sí, yo soy el que entierra la vela, es más largo que un entierro, entierro de ciegos Sainzano es rey. Todo esto crea la credibilidad, naturalidad y autenticidad del relato, cuya estructuración y las infinitas versiones matizan continuamente; parece algo sencillo pero no lo es para nada. A esa capacidad e inventiva de ordenar con precisión los materiales, se añade un estilo que fusiona economía y contención, fluidez y amenidad, rigor y soltura. Sainz no es copista o taquígrafo de lo real; al contrario, transmuta el habla oral en una inteligente y provocativa expresión literaria. La escritura, limpia, económica, pulcramente vigilada, busca y obtiene el lenguaje justo, y así a la vez da humor, ironía y diversión en grande. Gazapo encuentra un raro equilibrio entre lo real y lo imaginario. Es compleja, elaborada, artística, y a la vez natural, auténtica, disfrutable. Con el tiempo, esta novela, como pilón o bonus track, ahora reconstruye una época, la ciudad de México de fines de los cincuenta y principios de los sesenta; los paseos por gran parte de la capital crean una atmósfera de eternización del momento, como en Farabeuf pero de una manera muy distinta; por eso el libro termina diciendo: De esa época conservo algunas fotografías. Además, Gazapo fue parte del raro fenómeno de una narración de la juventud desde la juventud misma, con la correspondiente autenticidad, cambios de temas, lenguaje, tono, situaciones y de la concepción de la literatura misma. Como La tumba (1964) y De perfil (1966), o Pasto verde (1968) y El rey criollo (1970), de Parménides García Saldaña, Gazapo fue una novela generacional que expandió el núcleo de lectores en beneficio de la cultura en México. Sainz Friction, bastante consciente de lo que hacía, planteaba sus puntos de vista firme o incluso belicosamente. Desacralizó a la cultura, la actualizó y la hizo más ágil e inteligente. Conocía el medio y sabía cómo darle empujoncitos a su novela, así es que nunca rehuyó ninguna forma de promoción o de publicitación al margen de los mecanismos del Establishment. Todo eso convirtió a Gazapo en un fenómeno especial, muy importante en el inicio de la nueva sensibilidad. En 1968 la juventud tuvo tal peso en la vida nacional que Revueltas abjuró el dogma del proletariado como vanguardia de la revolución. Esa vez, al igual que en Francia, Checoeslovaquia o Estados Unidos, los estudiantes fueron la descubierta de una creciente satisfacción universal y de un llamado a la humanización. Como decía Fereydoun Hoveyda, las cuarentenas son críticas, puntos decisivos, pero en sus cuarenta años Gazapo sigue entera, viva, tierna y divertida, desafiante y cordial, estimulante y vía de reflexión; se ubica y documenta los tiempos del desarrollismo, el sueño mexicano de en la paz todo es posible, el de De esa época conservo algunas fotografías. Pero sigue siendo esencial el tema del paso de un joven que se separa del núcleo familiar para vivir por sí mismo, frecuentemente con la ayuda del amor; es lo eterno, arquetípico, clásico, aunque Menelao no parece tener relación simbólica con el de Homero. Gazapo, además de recrear y fijar con énfasis el tiempo, reinventa el mito del ritual de iniciación a la madurez desde dentro, en medio de su condición sagrada y su cotidianeidad, lúdica y dionisiacamente como en Eleusis, con humor, ingenio, inteligencia, malicia y pequeños toques de perversidad. Y mexicanidad. En Gazapo el tema del fin de la adolescencia es impecable, natural, divertido, veraz y eficaz. No dudo que esta novela seguirá vigente durante mucho tiempo. Es un auténtico clásico de la literatura mexicana.

viernes, 9 de julio de 2010

Así escribo (José Agustín)

Marzo/2009
Nexos
José Agustín

Toda mi vida he escrito de noche. Hola, oscuridad, vieja amiga, de nuevo te saludo. Empecé a los once años de edad, y mi madre se escandalizaba al descubrirme tecleando a las cuatro de la mañana. Bueno, en realidad, yo escribía a todas horas, por lo general a mano, con mi pluma fuente Esterbrook de puntas intercambiables y tinta morada, en cuadernos sin raya y de forma “francesa”; o en la Olivetti de la casa. Era como un juego que además podía practicar en parques, cafeterías, autobuses, en la escuela, o en mi casa, donde me instalaba en la sala entre gente que entraba y salía. Me daban ganas de escribir y lo hacía, por el puro gusto, sin esperar nada; a menudo se me borraba la realidad y yo me ubicaba en una especie de estado de trance. Qué maravilla. Mi fertilidad parecía inagotable, aunque, claro, como casi todos, después tuve que escribir mis ondas en medio de los empleos y robándome tiempo. Quizá por eso me volví night tripper. En 1967, a los veintidós años, me prometí no aceptar nunca más chambas de ocho horas para tener la libertad de elegir mis propias limitaciones.

A partir de entonces produje mucho, un tanto caóticamente, sin horarios fijos, entre estrepitosos reventones y múltiples trabajos: di clases, escribí en periódicos y revistas, hice teatro, televisión y sobre todo guiones de cine, que también me apasionaban. Hasta la fecha nunca he escrito por obligación ni por compromisos. Acepto encargos, pero si los proyectos no me prenden, no los hago. En verdad, para bien o para mal, he podido hacer lo que me gusta. Así fue hasta que di clases en universidades gringas y tuve que ajustarme a otros tiempos, lo cual no se me dificultó, pues en realidad se trataba de empleos nobles, con cómodos y ajustables horarios. De cualquier manera, se reforzó mi sentido de la disciplina y de la responsabilidad. Aprendí muchísimo en la vida académica. Durante los años 1980, de nuevo en México, ya sólo trabajé en la televisión, con mi propio programa “Letras Vivas”, y cada vez tuve más tiempo para escribir literatura. Ya en la década siguiente, a casi treinta años de mi primera publicación, las regalías me dieron una base económica que cubría mis necesidades más apremiantes y era suficiente para dedicarme tan sólo a los libros. Qué maravilla poder vivir, al fin, de escribir, de mi único y verdadero trabajo.

Para entonces se asentó en mí otro modo de vivir y nuevos sistemas para trabajar. En las mañanas atendía cuestiones de la casa o me ponía a leer. Dormía una siestecita después de comer y escribía a partir de las cinco o seis de la tarde; le paraba a las ocho, hacía yoga y meditaba, mientras mis hijos le daban a sus tareas y veían tele; después cenaba y regresaba a la máquina. A la medianoche me hallaba mejor que nunca, así es que me seguía, metidísimo, sin sentir el tiempo, hasta las tres, cuatro o cinco de la mañana. Con frecuencia veía amanecer.

Este vuelo me duró hasta que cumplí sesenta años, justo al concluir mi novela Vida con mi viuda. Comprendí entonces que la edad me pesaba y que cada vez aguantaba menos las desveladas. Tenía que dejar la escritura nocturna y aprender a trabajar de día. Se trataba de un cambio sustancial, que me obligaba a modificar los hábitos de toda la vida. Me resultó dificilísimo. Además, en los últimos años había producido mucho y quizás pateé a la musa más de la cuenta. Después de Armablanca, otra novela “nocturna”, en 2006 varios problemas de salud me enfrentaron a la realidad del inicio de la vejez y, claro, obstruyeron mi escritura. De cualquier manera, tenía varios proyectos en mente y me propuse realizarlos.

En los últimos años no he parado, y lo mismo me he visto como un cazador dispuesto, bien equipado, sólo que por desgracia se situó en un lugar donde no hay nada que cazar; o como quien da alcance a la caza y obtiene presas para su propia alimentación, para compartir con los demás y para ofrendar a los dioses. La perseverancia trae buena fortuna, de cualquier manera, y ahora estoy a punto de concluir una obra en la que aposté mi vida, pensando que en esta fase debo dar todo. Escribir no ha acabado conmigo, o quizás es un “suave que me estás matando”. O de plano me revitaliza. El cuerpo, renuente, a veces ya no quiere, pero no impide que mi espíritu siga intacto, incluso más enriquecido.

De alguna forma creo que puedo rebasar esta crisis de iniciación a la vejez y emprender un nuevo ciclo, otro ring of fire, y seguir vivo, es decir, escribiendo. Mi gran problema ahora es administrar la energía. Aún no lo logro enteramente, pero ahí la llevo. Si ya no puedo, no me quejo, escribir me ha colmado de plenitud, recompensas y un surtido rico de experiencias “fuertecitas”. He vivido otras vidas, tiempos diversos, distintos universos. Sin embargo, quisiera seguir, aunque me consuma. La idea de que la literatura me lleve a la muerte no me desagrada en lo más mínimo, así sería como un gran erotómano que fallece en un orgasmo, o como Huxley, que se fue entre los misterios transfigurantes de la mescalina.