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viernes, 9 de julio de 2010

Así escribo (José María Pérez Gay)

Octubre/2009
Nexos
José María Pérez Gay

Los años pasan y nosotros también

Recuerdo con una emoción cercana al privilegio el tiempo antes de que aparecieran en nuestras vidas los procesadores de palabras. Por ejemplo, el que tengo frente a mí todos los días: Mac Os X. Procesador 2 por 2 GHz Power, PC G-5, Snow Leopard, “Una puesta a punto del sistema operativo más avanzado del mundo. El Snow Leopard mejora toda tu experiencia en Mac. A todos los niveles, es más rápido, fiable y fácil de usar. El Mac que ya conoces y adoras, aún mejor”, un spot que me resulta más difícil de entender que la Analítica Trascendental en La crítica de la razón pura de Kant. Después está la enorme pantalla de 16 pulgadas, la memoria 512 mb ddr2 sdram, los software y la fibra óptica.

Ahora recuerdo los días que pasaba en México cuando aún vivía en Alemania y no existían los procesadores de palabras. El estrecho pero glorioso departamento de mis padres en Cadereyta Strasse en la colonia Condesa se ponía patas arriba porque yo lo había tomado de nuevo para hacer una de las traducciones del alemán que se publicaría en el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre!, que dirigía Carlos Monsiváis. Por ese entonces desempacaba mi máquina Olympia de escribir, me sacaba de múltiples bolsillos unos plumines alemanes con finísimas puntas de pico de mosquito, extraía de las maletas una biblioteca ambulante (Elias Canetti, Hans Magnus Enzensberger, Robert Musil, Hermann Broch y Karl Kraus), me armaba de dos resmas de papel bond gramaje 29 de 500 hojas cada una —que luego tendría que reponer, puesto que apenas me alcanzarían para un borrador de unas 25 cuartillas, y faltaba aún pasar el texto varias veces en limpio— y, ante los ojos alarmados de doña Alicia, mi madre, y los ojos escépticos de don Pepe, mi padre, ponía todo aquello sobre la versátil mesa del comedor.

Lo que ocurría en los días siguientes era que todas las líneas telefónicas de la ciudad de México estaban ocupadas, al decir de Luis Miguel Aguilar. Unas, porque se me ocurría —decía el Güicho— tomar el directorio telefónico, marcar el número y leerles a todos sus moradores los avances de mi traducción y/o presentación de lo traducido; otras líneas estaban ocupadas porque —afirmaba también el Güicho— “les hablaba a los amigos para preguntarles si una minucia exquisita en la traducción quedaba mejor que otra minucia exquisita”; y las últimas líneas telefónicas se ocupaban con amigos de José María Pérez Gay preguntándose:
—¿Ya te habló Chema? Me dejó pensando. ¿Tú crees que ese específico dativo alemán, en la traducción de Canetti sobre Hashiya, puede resolverse con un buen acusativo español?

Los años pasan y nosotros también. Ahora, en los tiempos del procesador de palabras Mac OS X. Procesador 2 por 2 GHz Power, PC G-5, Snow Leopard las cosas han cambiado de modo radical y hemos entrado de una vez para siempre en el inevitable continuo real-virtual, como diría mi profesor de la Universidad Iberoamericana, el rumano Horia Tanasescu. Me obsesiona la idea de que no me pertenece lo que se encuentra escrito en la pantalla. Por lo general despierto temprano, desayuno y me pongo ante la computadora. Leo por encima los titulares de los periódicos en internet, pero me aferro más al papel de los diarios. Ahora, como antes, soy un lector de tiempo completo. Leo todo el día sin detenerme. Me es imposible leer textos en la pantalla. Cada vez estoy más convencido de que internet nunca sustituirá a los libros.

A partir de 2007 me he propuesto escribir La profecía de la memoria: Walter Benjamin y su tiempo, un ensayo histórico sobre uno de los autores que me han acompañado a lo largo de mi vida Leo hasta el mediodía. Mientras tomo unas cuatro tazas de café, me debato entre los seis volúmenes de la correspondencia de Walter Benjamin. Por fortuna tengo a unos pasos un célebre expendio de café veracruzano. Después de comer, a las seis o siete de la tarde, me dispongo para ir a trabajar a mi periódico La Jornada.

Si he de ser sincero, el procesador de palabras ha vuelto más fácil la difícil tarea de escribir, ya no llamo por teléfono para pedir auxilio ni comento con los amigos más cercanos lo que escribo. La pantalla de la computadora se ha convertido en una suerte de caverna platónica de la soledad.

Ahora recuerdo los ojos alarmados de doña Alicia, mi madre, y los ojos escépticos de don Pepe, mi padre, y busco mi máquina Olympia de escribir, pero mis padres, como la máquina, ya no están, se han ido para siempre. Siento una extraña mezcla de nostalgia y esperanza en medio de la escritura y las tazas de café, entonces me pregunto si un recuerdo es algo que tenemos o algo que hemos perdido para siempre. Sabemos que los recuerdos no existen: reescribimos siempre la memoria del mismo modo como reescribimos siempre la historia.

sábado, 19 de junio de 2010

José Saramago (1922-2010)

19/Junio/2010
La Jornada
José María Pérez Gay

¿Qué puedo decir de José Saramago en tres o cuatro cuartillas que no se haya dicho antes? Debo confesar que no sólo soy su amigo, sino también un lector adicto y confeso. Por lo demás, no sobra decirlo, estamos ante uno de los mayores novelistas de nuestro tiempo. No puedo proponerme una revisión de toda la obra de Saramago, sino sólo de una novela me parece clave en su obra.

La obra de José Saramago ha cobrado como pocas obras literarias una vida propia de un enorme significado, se lee en cantidad de idiomas, es una referencia obligada en la historia de la literatura contemporánea. Su primera novela –publicada en 1947, a los 25 años de edad, tuvo una vida corta. Después de Terra do Pecado, treinta años más tarde, Saramago publica otra novela: Manual de Pintura e Caligrafia. No son muy frecuentes los escritores que han abierto un lapso de tiempo tan largo entre una novela y la siguiente. Sin contar desde luego A Clarabóia, un texto que nunca se publicó. Saramago hizo entonces muchas cosas: trabajo como editor, escribió en los periódicos, tradujo libros y escribió poesía. Y así después de treinta años irrumpe en el mundo de la novela con un resplandor que brilla cada vez más. Levantado del suelo (1980) es una novela que ya nada tiene que ver con aquella Terra do Pecado. Nuestra ignorancia de la literatura portuguesa es oceánica. Por ese entonces, 1947, en Portugal estaba vigente el neo-realismo Alves Redol publicaba Porto Manso –y empezaba el descomunal el Ciclo Port–Wine–, Alfonso Ribeiro, Escada de Servicio; Miguel Torga, Odes y Regio Historias de Mulheres e d’A Velha Casa. Al mismo tiempo se publican los Cuadernos de poesía; Jorge de Sena publica Coroa da Terra; Sophia de Mello Breyner, Dia do Mar y el joven Sebastiao da Gama publica Cabo da Boa Esperança. Los novelistas de otra generación siguen publicando: Ferreira de Castro, A La a Neve; Aquilino, O Arcanjo Negro y la aparición tardía del surrealismo de Lisboa, con Cesariny, O’Neill, Antonio Pedro y José Augusto França.

El año de la muerte de Ricardo Reis pertenece a un misterioso rango de la literatura: las obras únicas; es una novela que no se parece a ninguna otra: surge, se nutre y se agota en sus propios límites, hasta configurarse como un mundo alucinante y autosuficiente, aislado y ennoblecido por su propia singularidad. Ese proyecto novelístico, sin duda uno de los más apasionantes del Siglo XX, no se habría dado sin esa etapa decisiva, de creación literaria y de reflexión meta artística. Un ensayo de novela que encerraba toda la obra. Desde el principio de la novela, la historia es la propia novela, la de su propia escritura. Aquí se condensa también la historia de una ciudad, Lisboa, y de un país: Portugal. Ricardo Reis, un heterónimo, va en busca de su autor, Fernando Pessoa, uno de los mayores poetas del siglo XX. La sola idea es deslumbrante. Cada lector es otra novela; cada novela, otra novela. Cada vez que releo la novela, de golpe, se me vienen mil cosas encima: mi recuerdo tartamudea en alud amoroso, y en seguida se me aparece una ciudad blanca, cuyas calles y sus nombres son el mapa de la novela, no hay mejor descripción de Lisboa que El año de la muerte de Ricardo Reis, la ciudad del Tajo, la ciudad de Camöens y Eça de Queiroz. La Rua Garret, Rua do Carmo, la Rua nova de Almada, la Rua Serpa Pinto, la Calçada do Sacramento. Por la magia de Saramago, me detengo la Casa Havaneza y Ramalho Ortigao, a un lado del Café A Brasileira: “Ricardo Reis atravesó el Barrio Alto, y bajando por la Rua do Norte, llegó a la de Camoes, era como si estuviera en un laberinto que lo llevara siempre al mismo lugar, al monumento, a este bronce con pinta de hidalgo y espadachín, especie de D’Artagnan premiado con unas corona de Laurel (…) Yo solo aproveché un resto de ellos, las palabras que hablaban de ellos. Explique mejor esa tan divina y tan humana confusión. Según la declaración solemne de un arzobispo, el de Mitelene, Portugal es Cristo, Y Cristo es Portugal. Está escrito allí, Con todas las letras, Que Portugal es Cristo y Cristo es Portugal, exactamente. Fernando Pessoa se quedó pensando un momento, luego se echó a reir, con una risa seca, cascada, nada grata de oir. Qué país, qué gente, y no pudo continuar, había ahora lágrimas verdaderas en sus ojos, Qué país, repitió y no paraba de reirse. Y yo que creía que había ido demasiado lejos cuando en Mensagem llamé santo a Portugal, ahí está San Portugal, y viene un príncipe de la iglesia, con su archiepiscopal autoridad, y proclama que Portugal es Cristo, y Cristo Portugal. Si esto es así, necesitamos saber urgentemente qué virgen nos parió, qué diablo nos tentó, qué judas nos traicionó, que clavos nos crucificaron, qué tumba nos oculta y qué redención nos espera”.

El Año de la muerte de Ricardo Reis admite, lateralmente, la interpretación de la historia que Pessoa y Reis soñaron; al final nos espera el juego: la fiesta, la consumación de la obra, su encarnación momentánea y su dispersión. Desde un principio Saramago ya no tuvo por qué seguir optando entre el liderazgo y el martirio. Pocos autores, como Saramago tienen una literatura a la precisa escala civil. Esta armado –eso sí– de su inteligencia, su cultura y su prosa Es la suya una escritura democrática de un ciudadano y nada más, por excepcionalmente dotado que sea. Por esa misma razón puede escribir una novela como El hombre duplicado. En ese carácter tan democrático de su expresión no abundan sus antecedentes portugueses ni, mucho menos, españoles. Más que en modas anecdóticas o formales, en ideologías o en esquemas teóricos, la literatura en Saramago se dio en su respiración civil: un autor que no se siente un solitario entre la gente.

“La madurez de una vida, como la madurez del día –escribe Saramago– no se revela en la hora incierta del atardecer, sino en el momento pleno, cenital y vibrante del mediodía en que el sol, cumplida ya su trayectoria ascendente, parece detenerse a contemplar, hurtando la sombra a seres y cosas, los frutos de su carrera. La obra de José Saramago, desde el Manual de Pintura y Caligrafia hasta el El ensayo sobre la lucidez ha permanecido siempre en el mediodía de su vida. A sólo unos meses de distancia, esta novela encarna una real aventura intelectual, un enriquecimiento, un momento de veras encarnizado de la cultura crítica contemporánea.

Cuando pienso en José Saramago, mi amigo, siempre recuerdo esa historia jasídica que cuenta Martin Buber. “Un forastero llegó a visitar al rabino Alejem y le preguntó: Rabino ¿qué es mejor, la inteligencia o la bondad? El rabino contestó: por supuesto la inteligencia, ella es el centro de la vida. Pero si uno tiene sólo la inteligencia y no la bondad, es como si tuviera la llave de la recámara principal y hubiera perdido la de la puerta de su casa “. Siempre he pensado y estoy seguro de que José Saramago, como muy pocos, tiene las dos llaves de su casa.