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domingo, 19 de mayo de 2013

El arte de no leer

19/Mayo/2013
Jornada Semanal
Hermann Bellinghausen

Este comentario trata de los libros que uno no lee. De uno en particular, que usted probablemente no leerá, titulado Cómo hablar de los libros que usted no ha leído (Bloombsbury, Nueva York, 2007; edición
castellana en Anagrama, Madrid, 2008), del profesor de literatura en alguna Sorbona de París, Pierre Bayard. Usted supondrá que al menos este reseñista sí lo leyó y con altruismo le está ahorrando hacerlo. Quizá se engaña. Según el propio Bayard, hay muchas maneras de hablar, incluso doctamente, de libros que no se han leído pero tanto se dice de ellos y tanto se les cita que la gente se siente cómoda y hasta apasionada discutiendo un libro ignoto, lo compara, desdeña o defiende.

Este comentarista bien pudo sólo hojearlo, una de las técnicas que comenta el catedrático francés y usa a Paul Valéry para demostrarlo, siendo que el poeta homenajeó a Proust, Bergson y Anatole France sin haberlos leído ni planear hacerlo en el futuro; pero qué encendido obituario el suyo para expresar admiración por La recherche. Bastaba echar un vistazo al índice, por lo demás bastante expositivo, pues se trata de sumarios del contenido de cada capítulo. Además, el autor no es un pedante que aplaste al lector con su bagaje literario. Tal vez porque no tiene mucho de qué presumir. Sincero, candoroso, democrático, empieza por confesar que nunca ha leído Ulises, de James Joyce, pero tiene una idea aceptablemente completa de la trama, el modo peculiar de la narración, el flujo de la conciencia, el monólogo de Molly Bloom y su lugar en la literatura universal, aunque sólo conozca poco más que la portada, dando la razón a Flaubert en su Diccionario de lugares comunes: “Libro: Cualquiera que sea, siempre demasiado largo.”
Lo que sigue son entretenidas revelaciones, reflexiones, interpretaciones, pasajes y comentarios sobre las más diversas e imaginativas formas de mendacidad y autoengaño para hablar, escribir o dictar conferencias ante auditorios que podrían conocer mejor que uno el libro del cual uno está pontificando. Cuando no hilarante, es demoledor. Pone en duda buena parte de lo que los que “saben” dicen saber de los libros.
Es comprensible que para algunos reseñistas resulte ofensivo y lo divertido se le acabe pronto, y ponen a Bayard seriamente en su lugar: “Hay pocos libros más deplorables que este ensayo. Debajo de su astucia e ironía no se oculta otra cosa que un fácil antiintelectualismo”, escribió en Letras Libres el intelectual Rafael Lemus (noviembre de 2008). “Disfrazada de irreverencia predomina la estupidez, un tosco elogio de la estupidez. Ninguna de las frases de este libro promueve la inteligencia; ninguna pretende crear un lector más inteligente. Por el contrario: se celebra la mera astucia, se enaltece al pícaro.” Le reprocha no acusar deleite. En un comentario más entusiasta, la admirable escritora estadunidense Francine Prose encontraba ahí “un himno a los placeres de leer”.
Admitamos que la pieza participa de la tradición francesa en la que algún savant alza la voz para elogiar en vituperio una materia que no es su fuerte (ya ven, Sartre furioso contra Baudelaire, sólo demostrando lo poco que el filósofo entendía la poesía). Acaso Bayard no es un lector apasionado ni hedonista. Algo hay de calvinista en su regodeo. Con una breve nomenclatura en siglas, marca cada libro que cita indoctamente como “desconocido para mí”, “hojeado”, “he oído hablar” (“bien o mal, mucho o poco”). Guiado por pasajes de novelas digamos que populares (El nombre de la rosa, de Umberto Eco; El tercer hombre, de Graham Greene), o la película Groudhog Day, de Harold Ramis (1993), va comentando textos que desconoce de Virgilio, Aristóteles u otros indispensables para cualquiera que lee, y se permite ilustrar la importancia que pueden alcanzar libros de los que sólo se ha oído hablar y quién sabe si existan.
No es un alegato de denuncia. Al contrario. Con respeto, incluso admiración, describe algunas formas de no leer. Así, un bibliotecario de El hombre sin atributos, de Robert Musil, cuida un acervo incalculable en valor e inmenso en número. De esos libros que ama y cuida, que son su vida, no ha leído ninguno. Como padre justo, los quiere por igual. Elabora y comparte catálogos, los únicos volúmenes que sí lee. Organiza, clasifica, numera tomos. Gracias a él, cada uno posee su lugar.
Para leer sin leer
Hay formas de no leer que Bayard no trata, espero que deliberadamente. Con los buscadores de internet, Facebook y demás, estas formas se han multiplicado (algo que cualquier educador conoce bien como la herramienta de trampa favorita de los estudiantes para reseñar en base al plagio, las generalidades y Wikipedia). O las películas “del libro”. Nunca planeé leer El padrino, de Mario Puzo, sin dudar que sea interesantísimo. Pero vi la película, con el consuelo adicional de que es una Obra Maestra del cine de gángsters, con aires shakesperianos y estupendas actuaciones. Los ejemplos son miles. El gran John Houston basó su larga y desigual carrera en adaptar cuentos y novelas. Uno puede comparar las versiones cinematográficas de Los miserables, Ana Karenina, Cumbres borrascosas, Pedro Páramo, Macbeth o la Ilíada. Cuántas cintas vemos, comerciales o serias, de libros que nunca leeremos y qué bueno. O qué lástima, según.
Los audiolibros son, supongo, una forma legítima de no leer mientras manejas, cocinas o reparas una silla: un disco de fondo nos evita gastar la vista en las páginas de Paulo Coelho o cosas peores, pero también nos achica los clásicos. Por fortuna, los invidentes pueden constituirse en espléndidos lectores. Ahora, prejuicios aparte, ¿cuánta gente que “no lee” de hecho devora volúmenes y sagas que quienes decimos leer jamás acometeríamos? La industria trasnacional está poblada de tomos de quinientas o novecientas páginas que vuelan a la playa y habitan comedores y retretes, van de mano en mano, agotan ediciones, merecen secuelas y “precuelas” que para los-que-sí-leemos son basura. El folletón no ha muerto.
La tecnología ha facilitado enormemente las posibilidades de no lectura. Si uno necesita o desea un determinado libro, de un clic lo baja y ya, con todo y sumario. Nada de trasladarse a la librería o la biblioteca, o sustraerlo de casa de un conocido, ni siquiera ordenarlo en Amazon. Luego que para eso están las enciclopedias en línea y sus millones de espejos que nos permiten en segundos acceder a sinopsis, reseñas y promocionales, de manera que el no libro suplanta al libro, y más que alterar su forma (cualquier lectura es válida), diluye el contacto con su contenido.
Las consideraciones del polémico Bayard pasan por admitir que se dirige a un sector reducido para el cual leer libros, haberlo hecho, impacta en la imagen que los demás se hacen de uno y la idea que uno tiene de sí mismo: gente a la que le importan a lectura, la escritura, la traducción y la edición de este “formato” para comunicarse mediante palabras encuadernadas. Hoy los prestigios y referentes culturales presentan otras coordenadas, distintas formas de presentación, asimilación, reproducción y uso. La pantalla móvil y la infinita progresión de datos, registros, imágenes y códigos neo o postverbales llevan la no lectura a esferas que esta nota no pretende discutir.
Bayard recurre a Balzac ‒a quién más‒ para ilustrar la realidad del mundo editorial, los comentaristas y demás magma del prestigio cultural (no sólo literario). Reseña Las ilusiones perdidas resaltando que los editores no necesariamente leen lo que publican o rechazan, sino que se guían de opiniones ajenas que pueden hundir o enaltecer obras mediante recensiones por encargo cuyos autores las elaborarán sin perder el tiempo en la lectura. Casos hay que hasta premios ganan y los entregan reyes, presidentes o funcionarios que pronuncian informados discursos escritos por alguien más.
Con Montaigne, el profesor de Sorbona se pregunta si los libros que leímos y olvidamos (la mayoría, ciertamente) podemos darlos por buenos. En algún compartimento de nosotros alguna huella habrán dejado, grande o no, formativa o desesperanzadora, bella o ingeniosa. Pero no los recordamos. Bayard es también psicoanalista; infiero que da por sentados el inconsciente, la memoria profunda, el olvido selectivo, la materia de los sueños y el sentimiento de culpa por no hacer la tarea.
Están los autores que se los inventan (no menciona a Borges, pero sí a Soseki, el inquietante narrador japonés). Con desparpajo final, el ensayo de Bayard nos conduce al refranero de Oscar Wilde y la certidumbre de que leer nos distrae de escribir nuestra autobiografía: la “antinomia” entre leer y crear. En otro extremo estarían las deliciosas reseñas de libros inexistentes realizadas por Stanislaw Lem en Provocación (Editorial Funambulista, Madrid, 2005) y Vacío perfecto (Impedimenta, Madrid, 2008) que en su virtualidad prodigan intensas maneras de leer y conocer: algo demasiado complicado para Bayard, si bien habla del libro “interno” y el “virtual” como la nuez de esa idea que nos hacemos de determinado libro, la que realmente importa.
Intelectualmente plebeyo pese a todo, Bayard expone los riesgos que implica esta actividad secreta y osada, y la común hipocresía respecto a lo que verdaderamente se ha leído. Estamos en una de las pocas zonas de la vida privada “además de las finanzas y el sexo ‒dice‒ sobre las cuales es difícil obtener información confiable”.
Los creyentes que leen exclusivamente biblias, coranes o devocionarios tienen sus propias ideas al respecto; memorizan colectivamente, por ósmosis, contenidos por los cuales, llegado el caso, morirán, matarán o quemarán los libros infieles. Los censores hitlerianos y estalinistas, como el Santo Oficio, serían entonces sacrificados lectores que salvaron al vulgo de contaminarse con las obras equivocadas.
Dejando de lado esa estupidez que considera la lectura una “adicción”, cabe concluir que los no lectores más flagrantes (plagiarios, demagogos, falsificadores) los encontramos entre quienes leen, escriben y dan importancia mayúscula a dichas actividades. Una paradoja interesante.

lunes, 10 de diciembre de 2012

¿Existe la poesía "femenina"?

10/Diciembre/2012
La Jornada
Hermann Bellinghausen

Apesar de los horrores del feminicidio, la extendida explotación sexual de jovencitas que pronto dejan de serlo, el delirio cosificador del cuerpo femenino en los medios masivos, y tantas manifestaciones del patriarcado feroz aún dominante, es posible afirmar que la condición, el papel de las mujeres en la sociedad ha cambiado en las décadas recientes. A una escala histórica. El feminismo es por supuesto la matriz filosófica propiciatoria del cambio, pero en muchos terrenos las mujeres lo dejaron atrás, cual cascarón y gracias, a las puertas del siglo XXI.
Si hace medio siglo una mujer estudiando ingeniería o derecho era casi leyenda urbana (de las de entonces), hoy ni eso ni todo lo demás tiene nada de raro, y buena parte de las profesiones liberales, las artes y de manera creciente (pero poco y mal) el comando político, empresarial o militar, son ejercidos también por mujeres. Ya resulta reiterativo el sólo señalarlo. Nadie se impresiona de una doctora, astrónoma, pintora, Nobel, presidenta, boxeadora, y cunden las escaramuzas por la cuota de género, muchas veces concedida de dientes para afuera en este país de machos violentos y autoritarios. Porque, si vamos a hablar sólo de México (más allá del progreso universal, en primer lugar occidental, en la igualdad hombre-mujer), en muchos terrenos la cuesta es todavía muy para arriba.
Esta nota tiene como motivo la constatación de que, al menos con respecto a la poesía, la batalla ya se ganó. La frontera no existe más. Sin adjetivarlas, algunas de nuestras voces poéticas mayores son de mujer, y no por cuota, sino porque sencillamente producen la poesía que importa. Ahora, lo interesante es que también posee relevancia el hecho de que estas voces sean, ejem, de mujer. Cuando hablamos de Juana de Asbaje, lo más parecido a Mozart que hemos tenido, su condición femenina es parte indispensable del conjunto: la grandeza de su escritura, la dirección de su genio.
Hacia la llamada generación de ruptura, 50 años atrás, las voces femeninas obtienen carta de ciudadanía poética con Isabel Fraire y Thelma Nava. Pronto, Elsa Cross, Elisa Ramírez Castañeda, y la intensidad de Esther Seligson –a un tiempo mexicana y centroeuropea–, son valoradas estrictamente por la calidad artística de sus obras, como también Enriqueta Ochoa y Ulalume González de León.
Así, para la generación nacida entre 1950 y mediados de los 60, la cuestión comienza a zanjarse. A nadie sorprende que luego de 1980 muchos de los mejores versos nuevos pertenezcan a las poetas (aunque Carlos Monsiváis apenas las considera en la última edición de su antología del siglo XX). Kyra Galván, Maricruz Patiño, Verónica Volkow, Mariángeles Comesaña, Carmen Boullosa, Myriam Moscona, Hilda Bautista, María Baranda, Ámbar Past, Marianne Toussaint, Carmen Villoro, Silvia Eugenia Castillero, Blanca Luz Pulido, Minerva Margarita Villarreal, María Vázquez, Guadalupe Basila, Leticia Luna, Beatriz Stellino, Rocío González, Adriana Díaz Enciso, Mariana Bernárdez. Pierde sentido la distinción de género; que aquí falten nombres sólo confirma que la igualdad ha sido conquistada y en México hay mucho poeta.
Dos autoras de obra bien cumplida son cardinales en el escenario de la actual creación: Coral Bracho y Silvia Tomasa Rivera. Abusando de la ingeniosa disyuntiva de José Joaquín Blanco para la poesía mexicana del periodo anterior (Paz-Sabines, luz lucera-pinche piedra), ellas podrían encarnar su nueva edición. O no. Pero ambas han logrado, con arcilla bien distinta, dos de las aventuras poéticas más apasionantes en el pasado reciente.
La inteligente delicadeza sonora de los versos de Coral Bracho, su sentido más allá y más acá del sentido, han deslumbrado incluso a los que decían: no los entiendo pero suenan bien. El suyo es el telar de una sensibilidad exquisita y exacta. Una aportación inédita, profunda y leve desde el inicio que fue Peces de piel fugaz (1977), el cual se corresponde por oposición con Duelo de espadas (1984), poemario que dio a conocer a Silvia Tomasa Rivera: allí corren el sabor del campo, el horizonte abierto, la infancia y la tragedia; manantiales que pronto desembocarían en una feminidad desafiante, demandante y ardorosa, que sin pedir ni dar cuartel pone a temblar la carne con el hechizo de las palabras inolvidables.
Son precedente sólido de lo que hoy se gesta en la escritura. Importa, y no, que las poetas sean mujeres. Hombres necios, qué más dais. Marianne Toussaint advierte: Libres de su voz/ castas ante el báculo de su mandato/ guardamos a los varones/ como la sombra de una telaraña. Nuevas autoras andan por todos lados. Siempre es riesgoso aventurar nombres: ¿María Rivera, Mónica Gameros, o más acá la estupenda Anaïs Abreu? En la próxima entrega se reseñará algo de la poesía de Ileana Garma (Mérida, 1985), una sorpresa digna de atención, una vuelta de página para que el paisaje no se nos congele: Querido hombre/la vida tiene dos manos/y no es azul, dice.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Donde está la poesía mexicana

2/Diciembre/2012
La Jornada
Hermann Bellinghausen

Resulta impracticable una clasificación o un registro antológico de la poesía mexicana de la actualidad. Queda pálido el método censal que practicara Gabriel Zaid en su Asamblea ante la presunta sobrepoblación de poetas jóvenes publicando hacia 1980. Hoy, al menos de momento, ni caso tiene intentarlo. Las coordenadas generacionales son tan difusas como las fronteras genéricas o los parámetros de respetabilidad. Además, ¿a quién importa la poesía? Pocos la leen, a escala comercial, aunque buen número de lectores ande por ahí. La mitad son o han querido ser poetas. Se dan casos de fama y rango best-seller, como José Emilio Pacheco. O Javier Sicilia, por razones extrapoéticas, pero también porque su obra reciente, sensible al presente, apela a la tragedia que lo alcanzaría y el camino que emprendió para una sanación (¿él diría redención?) colectiva.
Persiste un mainstream, un poder cultural. Los administradores del viejo canon, ya raído y con polilla, admiten a no pocos autores posteriores a Poesía en movimiento que logran grandes premios, cargos, sillas de academia, ediciones de casa grande, y respiran en la cauda del canon fijado por Octavio Paz y Carlos Monsiváis. No faltan obras reunidas o completas de entes vivos o recientemente finados. Y quién-que-es no ha ganado premio o beca. Antologías y recuentos nacen cortos: coto, muestrario, proyecto de tesis. México resulta más grande de lo que parecía. En ciertos estados y regiones rifa una nómina local (Veracruz, Jalisco, Chiapas, Tabasco, Michoacán, Yucatán, La Frontera) casi underground fuera de su entidad, aunque no falten sello institucional y miembros nacionales/glorias locales.
Es en lo verdaderamente subterráneo (que en rigor ya no lo es) donde radica la fuerza expresiva y significativa de la poesía mexicana en curso. Se publican centenas de libros, plaquettes, pasquines y revistas por debajo del radar de la academia, las librerías y las reseñas. El número se incrementa dramáticamente si se consideran (y deben considerarse) las revistas electrónicas, los blogs y las zonas específicas de poesía en las redes sociales. Las consideraciones de gusto, de buena y mala, son necesarias, por supuesto; al fin que el tiempo ya dirá.
Dos cosas. Uno, que además de la predecible mala poesía, hay más buena de lo que el sistema está dispuesto a digerir. Y dos, que resulta emocionante encontrar tan vivo el afán de poesía en tiempos tan degradados. Un síntoma de salud mental en medio de la deshumanización rampante. La búsqueda del placer estético en el lenguaje es una pulsión que enaltece a la especie. Debe tranquilizarnos que no se haya perdido.
Proliferan grupos de amigos (a veces a distancia), talleres, editoriales independientes, festivalitos, revistas de vida corta o larga y tiraje corto, torneos pugilísticos y cantineros de poetas de toda laya. Aquí, en nuestras narices, mientras encuestas y estadísticas nos remachan que no se lee de por sí, y ahora menos. Que la forma libro está en crisis. Que una mayoría de lectores no entiende la poesía. Que la televisión y la telefonía nos volvieron analfabetas (y peor, descerebrados). Que sólo las élites aprovechan la brecha tecnológica: el viejo knowledge is power.
Más allá de eso, la poesía mexicana está brotando de las mismísimas piedras. No sólo por aquello de las adivinanzas y las paredes de los baños que también recogiera Zaid en el simpático Ómnibus de 1971, ni de los alcances de la poesía popular, los albures y las décimas soneras. Hay rubros, si vamos a esas, que alcanzan proporciones de fenómeno cultural contemporáneo: los poetas en lenguas indígenas (que implican además otra poesía mexicana), o las poetas mujeres (de número y significación sin precedente; ya no excepcionales Sor Juanas, Conchas Urquiza o Rosarios Castellanos, ni derivado de salones literarios, de mujer leyendo o intimismo dickinsoniano).
Tenemos autoras que exploran el absoluto como lo hicieran Cuesta, Gorostiza o Paz, y lo rozan con admirable frecuencia. Las hay rasposas, carnales, ingeniosas, o exquisitas. Están en todas partes. También en las trincheras de abajo y los frentes del lado oscuro de la calle. Susana Chávez tuvo que ser víctima para que sus versos dejaran su nicho geográfico, militante, internáutico, de género. Nuestras poetas hablan de la cotidiana maternidad y el abandono, de las elecciones peligrosas (drogas, sexo, radicalismo político, esoterismo, subversión lésbica). De lo que se les pega la gana.
No que los varones poetas fueran desplazados. Ahí andan, sostenidamente activos van de correctos a definitivamente buenos. Sucede que el espacio se ensanchó. Quizá cualquier cosa es poesía. Quizá, como temió Pacheco, esto ya no es poesía. En el siglo del hip hop y la publicidad sofisticada, el lugar más arriesgado parece estar donde escriben escuchando a Björk las hermanitas de pluma de Alejandra Pizarnik y Patti Smith. Un territorio nuevo.