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lunes, 3 de febrero de 2014

El paraíso de conciencia en el Purgatorio de Tomás Eloy Martinez

2/Febrero/2014
Confabulario
Claudia Posadas

Purgatorio (Alfaguara, 2009),[1] la última novela publicada de Tomás Eloy Martínez (T.E.M., Tucumán, 16 de julio de 1934 – Buenos Aires, 31 de enero de 2010) en tanto que la obra que podría considerarse póstuma, El Olimpo, quedó inconclusa y no ha sido editada, significa una desembocadura y ajuste de cuentas de temas fundamentales en su obra pero también, un réquiem personal en tono de Keith Jarret (y de intérpretes argentinos de los 70 como Almendra, Spinetta y Charly García): a la luz de cumplirse cuatro años de su fallecimiento, esta novela debe ser vista como un cierre formal (en tanto no es posible conocer el planteamiento definitivo de El Olimpo) de su ciclo literario y vital al consolidarse como un espejo de conciencia que le permitió reflexionar sobre sus procesos y obsesiones escriturales y sobre el inminente fin de su tiempo en tanto fue escrita durante la enfermedad que puso punto final a su obra.

En esta retrospectiva cobra vigencia la concreción en Argentina de la Biblioteca Tomás Eloy Martínez (Alfaguara, 2005-2011) en la que se reeditó gran parte de sus trabajo salvo Sagrado (1969), su primera novela, La mano del amo (1991) y El cantor de tango (2004), colección que sería pertinente difundir o, en caso de algunos títulos, volver a promover en México a modo de homenaje a un escritor y a un periodista que aportó su experiencia en la formación de nuevas generaciones en nuestro país, y en el marco de la próxima Feria Internacional del Libro de Guadalajara dedicada a Argentina.

La recopilación cuenta con obras imprescindibles en su trayectoria como La novela de Perón (1985, Biblioteca TEM, 2009), Santa Evita (1995, Bib. T.E.M., 2009), Las memorias del general (1996, renombrada en esta edición Las vidas del General, 2009) y El vuelo de la reina (2002, Bib. T.E.M., 2009) que, con excepción de La novela… y Las vidas…, se encuentran en ediciones anteriores en librerías mexicanas, y obras que si bien reflexionarían sobre la realidad política, social y mítica de su nación como Argentina y otras crónicas (2011, edición conformada por una selección de textos publicados en medios recientemente y tomados de los libros El sueño argentino —1999 y del cual, alguna vez me expresó en entrevista, “me gustaría que se conociera en México”—, y Réquiem por un país perdido —2003—), o son menos conocidas como Ficciones verdaderas (2011, un hermoso desentrañamiento ensayístico de hechos reales que hayan influido en la creación de grandes obras como Madame Bovary o Bodas de Sangre), son libros pertinentes para la cabal comprensión del pensamiento del autor. Asimismo, la colección incluye dos grandes clásicos como Lugar común la muerte (1979, Bib. T.E.M., 2009, en la que se agregan textos sobre José Lezama Lima y Augusto Roa Bastos), bellas disertaciones sobre la relación entre el destino y la muerte específica de grandes personajes, y La pasión según Trelew (1974, Bib. T.E.M., 2005, que incluye un nuevo prólogo de Martínez y la actualización de una investigación sobre este caso), gran testimonio-crónica que narra el asesinato disfrazado de intento de fuga de 16 opositores de la dictadura en Trelew, hecho histórico que marcó el inicio del Terrorismo de Estado en Argentina y que en 2014, convertido en estandarte de resistencia y en herida, cumple 42 años.

Asimismo, en esta rememoración es indispensable destacar la constante actividad que lleva a cabo la Fundación Tomás Eloy Martínez creada en 2010 en Buenos Aires por voluntad del escritor y que, presidida por Ezequiel Martínez, destacado periodista e hijo del autor, conserva y promueve la difusión y estudio del legado de T.E.M., y apoya la formación de periodistas latinoamericanos. Cabe señalar que en 2013 concretó una de sus misiones más importantes: poner a disposición del público el archivo periodístico y literario de Tomás Eloy Martínez donde podemos encontrar información primordial para analizar su obra como manuscritos tempranos de poesía y de cuentos; borradores de El Olimpo; versiones de Santa… y de La novela de Perón y, respecto de ésta, los audios de la legendaria entrevista que T.E.M. le realizó a Juan Domingo Perón así como los valiosos archivos de la investigación que llevó a cabo para escribir esta obra; la novela inédita, por decisión de T.E.M., Mujer de la vida; las reveladoras charlas con la esposa y la hija del Coronel Moori Koenig, uno de los protagonistas de Santa…, quien, ya en un proceso de locura, secuestrara el cadáver de Evita (cuerpo cuyo periplo, antes de encontrar su definitiva sepultura, es motivo de esta gran novela que a la par desarrolla una radiografía mítica y social sobre Argentina), y el verdadero testimonio de Héctor Cabanillas y Jorge R. Silveyra, oscuros militares que trasegaron el cuerpo de Duarte, testimonio que fue motivo de extensos artículos publicados por el autor en el diario El País en 2002, y cuyo propósito consistió en mostrar, en un duelo entre realidad y ficción, la historia “verdadera” del trasiego al trasluz de los mitos que se han creado (y se siguen creando) sobre el tema a partir de la gran imaginería y belleza vertida en ésa, su obra maestra, Santa Evita.

I.       Cápsula de eternidad para los amigos del barrio

“Hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior (…) alimentan preguntas incesantes: ¿Cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ”, señaló su coterráneo recientemente fallecido, Juan Gelman, al recibir el Premio Cervantes 2007. Purgatorio, a nivel simbólico, es este rostro y estas preguntas.

La línea argumental de la obra es la desesperanzada búsqueda de Emilia Dupuy de su marido, Simón Cardoso, detenido-desaparecido por este régimen. Este trayecto la despoja de toda identidad y proyecto de vida que no sea hallar con vida a Cardoso. Finalmente, después de una travesía que la llevó por varios países, lo encuentra en su propio vecindario, en Estados Unidos; sin embargo, sucede una vuelta de tuerca: Simón continúa estático en la edad de su desaparición, a sus 33, hermoso, joven. Emilia ya tenía 75 años. “Hacía treinta años que Simón Cardoso había muerto cuando Emilia Dupuy, su esposa, lo encontró a la hora del almuerzo en el salón reservado de Trudy Tuesday”. [2]

Acorde con el estilo del autor, a partir del planteamiento de un enigma al inicio de sus obras, que en este caso es emblemático ya que tiene un carácter fantástico en tanto hay una ruptura con la realidad en términos de Todorov (lo cual se desarrolla más en esta novela respecto de otras), es que se desata el mecanismo literario, puntual, como una maquinaria precisa, donde la historia se va construyendo a partir de un juego de tiempos que se desplazan y de revelaciones y omisiones que sólo hasta el final encuentran significado. En esta tensión, como un elemento característico del autor, surge una historia o personaje que poco o nada tendría que ver con la trama, y que sólo hasta que es pertinente, se devela su sentido. En Purgatorio, toda vez revelada la aparición de Cardoso y que la narración se desarrolla sin dar mayor explicación: dónde estuvo, cómo escapó de sus verdugos, por qué no buscó a Dupuy pero sobre todo, cómo es que sigue fijo en su juventud, surge un personaje del que nunca se dice su nombre y quien, con The Köln Concert y otras interpretaciones magistrales de Jarrett como fondo, mantiene un diálogo con Emilia. Este narrador-personaje es primordial, puesto que a través de este diálogo encontramos la clave de la aparición de Cardoso y porque, al percatarnos de que bien podría ser un autor-narrador-personaje, es decir, un alter ego de Eloy Martínez, se infiere el significado de Purgatorio en la trayectoria del autor a la luz de su enfermedad. Se trata de uno de los acostumbrados “cameos literarios” de T. E. M dentro de sus obras, aunque éste podría ser el más importante en cuanto a lo extenso de su intervención y por lo que revela.

Otro elemento estructural en su literatura, es la inclusión de un factor o concepto simbólico que contiene la idea central o por lo menos una de las visiones importantes de la novela. En Purgatorio, este elemento sería una variante del concepto del mediodía eterno en  Nietzsche y Schopenhauer, en la cual el ser estaría condenado a existir en una perpetuidad del presente por lo que el pasado es intrascendente. En la novela se retoma y rehace esta visión y este mediodía se muestra como un tiempo-espacio eterno (idílico o trágico) más allá del tiempo-espacio lineal e implacable que habita el y al ser.

Asimismo, Purgatorio es una vertiente importante dentro de las novelas de dictadura. La obra no habla en sí de los campos de tortura sino de la raíz del mal: del discurso delirante del horror y de su macabro espejismo de una sociedad próspera y pacificada. Esta visión se desarrolla a partir de la recuperación de la vida cotidiana de esos días, pero sobre todo a través de la visión siniestra del padre de Emilia, el Doctor Dupuy, alto mando militar y representación de los ideólogos y factótum del sistema quien, como una omnipresencia, emite los dictum del régimen.

De esta manera, asistimos a la mesa del dictador donde se ennoblece, mientras se cena, y como si no se estuviesen destrozando cuerpos al otro lado de la esquina, este orden universal e irrevocable; asistimos a ostentosas recepciones diplomáticas que ocultaban los pactos de silencio; la planeación de grandilocuencias legitimadoras: un mundial de fútbol, la invasión de las Malvinas pero ante todo, el dominio de la percepción colectiva a través de la negación y ocultamiento del horror y el control de los medios, es decir, asistimos a esa visión de los instaladores del engaño, “si no lo veo, no existe”, donde todo, construcciones, personas amadas, los amigos del barrio, lagos, carreteras, a la manera de Charly García, podía desaparecer.

Así las cosas, desde esta visión indolente y fáctica de Dupuy, la novela se situa dentro del planteamiento establecido por Hanna Arendt en torno a la banalidad del mal.

Y todo ello recordado por Emilia quien vive un proceso de anagnórisis que la lleva a huir de su padre el que, se entrevé, estuvo detrás del asesinato de su esposo.

Asimismo, Purgatorio es un exorcismo amoroso proveniente de ese deseo profundo e imposible del pueblo argentino de ver vivos a sus desaparecidos, indemnes, en una especie de cápsula de eternidad protectora, con el mismo rostro y cuerpo, en el mismo tiempo en que les fueron arrebatados, como si el horror no hubiese sucedido. Así, el golpe seco en la conciencia y en la entraña que implica el no saber qué fue de un cuerpo amado, no sólo es el de Emilia, sino el de todo un pueblo, y la aparición intempestiva de Cardoso no lo es tal sino la materialización simbólica de este anhelo colectivo. Para este imaginario sus desaparecidos permanecerán vivos en ese tiempo en que les fueron arrebatados como la única gracia concedida antes de su pasión dolorosa, tal como lo refleja la frase de Gelman dicha a su nieta, en esa carta que le escribiera antes de encontrarla 23 años después de haber sido arrancada de sus padres, quienes habían sido detenidos por la dictadura argentina en 1976: “Ellos se quedaron en los 20 años para siempre.”

II El Sol Eterno más allá del Purgatorio

Purgatorio no sólo es un espacio para conjurar esas muertes que no deben olvidarse porque “fueron después, aceptadas con indiferencia y hasta olvido”, dijo el autor en Lugar común…, sino la comprensión cabal, casi en el fin de su vida, de la escritura como redención. Allí buscó imaginar, recuperar, la vida que no pudo vivir en su país dado su exilio de 10 años (salió de su país desde 1975 amenazado por la Triple A), es decir, la búsqueda de todo aquello que no existió como un exorcismo contra la muerte, aspecto que expresó desde ese autor-narrador-personaje:  “Suelo demorar horas (…) hasta en una palabra, pero esta vez (…) me comí los vientos y jugué una carrera contra la muerte. Como era previsible, la muerte me fue a buscar. (…) En el hospital vi las cosas de otra manera. (…) Si nos entregáramos a la busca de lo que no existió y lo encontráramos, entonces habríamos vencido a la muerte. Mientras yacía esperando la muerte me dije que ésa era quizá la manera de recuperar la vida. Descarté entonces la narración que ya había empezado y me puse a escribir esta novela, llena de lo que no existe. En el centro de mi magma estaba otra vez Emilia. A ella la resucitó la esperanza de volver a ver a Simón, a mí me ha resucitado este libro”. [3]

De este modo, Emilia funciona como un espejo de conciencia en este diálogo íntimo, que desemboca en una profunda, terminal, meditación al borde: “¿Acaso no vivimos atropellando la historia para dejar en ella (…) un humo mísero, una lucecita, aun cuando sepamos que hasta la huella más honda es pájaro que se irá con el viento? (…) es posible que todos estemos muertos sin darnos cuenta, o que aún no hayamos nacido y no lo sepamos, le dije a Emilia una de las últimas veces que la vi. Venimos al mundo sin saberlo, por una suma de casualidades, y nos vamos a quién sabe dónde, lo más probable es que a ninguna parte.” [4]

Esta culminación formal en la obra de T.E.M. que es Purgatorio, significa su manifiesto hacia la perduración, y uno de los espacios más significativos de su mediodía eterno. Si bien su obra entera es su permanencia en el puerto, Purgatorio es su estancia de eternidad enraizada en la vertiginosidad y vitalidad de la escritura y en la recuperación de la memoria.  Para Emilia, el mediodía eterno fue su búsqueda incesante, pero, al coincidir con Simón, intocado en su respectivo mediodía, alcanzó un mediodía eterno de completud donde la memoria y lo deseado se redimen y donde sólo existe el tiempo en que Emilia Dupuy y Simón Cardoso se conocieron en un concierto de Almendra, que interpretaba canciones de Spinetta.  Y en ese sol, “el sol arde sin cesar en el mediodía eterno”, dijo Emilia, el autor y el personaje-espejo trascendieron, uno gracias al otro, su purgatorio personal.

De esta manera, Purgatorio es su canto de cisne, su paraíso de conciencia; asimismo es una desembocadura de sus temas: a través de su obra desenmascaró los mitos, los grandes símbolos, aquella realidad latinoamericana de violencia y de desigualdad social que señala a su país, más que cualquier otra visión europeizante proveniente de tiempos de esplendor, por lo que era natural que también se ocupara del tema de la dictadura.

Es posible, dada su enfermedad, y siguiendo la idea del autor-narrador-personaje, que la obra que dejó de lado para concretar esta novela haya sido El Olimpo, cuyo título alude al nombre de uno de los centros clandestinos de detención en la Argentina en dictadura, y que haya desarrollado el tema desde esta vertiente existencial puesto que esta novela, Purgatorio,  lo llevó a encarar en el punto final de su vida y de su obra, el misterio de la muerte y su irreversible signo en nuestra materia, quizá “con la esperanza de morir como siempre escribí, con los ojos abiertos”, dijo en una carta íntima dirigida a sus hijos para leerla después de su fallecimiento, y de la que Ezequiel Martínez compartió un fragmento en la prensa al año de su desaparición.

*Fotografía:Tomás Eloy Martínez murió hace cuatro años, el 31 de enero de 2010/ARCHIVO EL UNIVERSAL


[1] Tomás Eloy Martínez, Purgatorio, Alfaguara, primera reimpresión, México, 2012, pp. 296.
[2] Ibid., p. 13.
[3] Ibid., p. 240-241.
[4] Ibid., p. 263.

jueves, 24 de octubre de 2013

Los paraísos secretos

28/Septiembre/2013
Confabulario
Claudia Posadas

Si bien la conciencia en la escritura de Álvaro Mutis no se instala en un espacio y un tiempo determinados, su corazón, ahora en la eternidad, se encuentra ya para siempre en una estancia memoriosa: la Hacienda de Coello, en Tolima, Colombia.

Para el autor de Caravansary (1982), el proyecto civilizatorio es una idea que se ha alcanzado y se ha perdido en diversos momentos de la historia, momentos a los que el escritor se siente cercano y que no se sitúan en la época contemporánea. Así, el concepto de civilización no puede entenderse como un proceso lineal, y mucho menos progresivo. Entonces, el tributo del autor es para reinos y órdenes del pasado —Bizancio en primer lugar, y los imperios francés y español—, pero sobre todo para aquellas esencias que considera fundamentales: el orden regio, “señalado por la divinidad”, para gobernar a los hombres.

Al mismo tiempo, hay un dominio personal que es el centro de su itinerario por la historia humana: el olor de los cafetales y el sonido de la lluvia de la hacienda familiar, el trópico de la infancia y la juventud, que el autor rememora y busca en su obra.

La casa del escritor en San Jerónimo, en la ciudad de México —donde se realizó hace algunos años esta conversación— es como sus obras, plena de símbolos que reflejan nuestras percepciones del mundo: brújulas, mapas, gráfica sobre embarcaciones y libros antiguos. Álvaro Mutis fue un viajero sin límite, al igual que Maqroll, su personaje. Quizá ahora sí, se cumpla el destino del Gaviero, quien una y otra vez navegaba por su río desafiando sus muertes.


Tanto en su poesía como en su narrativa, la épica es el pulso que guía la creación y le da su fuerza y permanencia, según la crítica. ¿Cuál es el origen de esta visión?

Se debe a mi fidelidad a los clásicos que leí desde niño. El tono épico de muchos de ellos se me quedó para el resto de la vida. Pero no sólo ha permanecido en mí la música, el tono con que están escritas La Odisea, La Eneida, La Ilíada, y después el romancero del Cid, sino también el sentido. Por otra parte, primero escribí poesía durante 40 años y mis novelas no son sino una continuación de sus temas, obsesiones, escenarios y sitios que amo. Muchas veces, escribiendo una novela, me pregunto si no estoy haciendo un borrador de un poema; por ejemplo, en una novela como Amirbar (1990), me salió un poema de cuatro páginas sin darme cuenta.

Una parte importante parte de esta poesía es un elogio de lo primordial, de lo antiguo, entendido como los paraísos personales del autor. ¿Cómo es la relación de esta esencia con la épica narrativa?

Al leer los clásicos y la épica queda una música. En la poesía, naturalmente, lo digo de una manera más esencial, misteriosa si se quiere decir, más secreta y al mismo tiempo más evidente. Por otra parte, he sido un lector de historia desde niño; heredé la biblioteca de mi padre, de cuyo acervo gran parte es sobre este tema y por tanto se me creó una afición por el pasado. Entonces, esas referencias históricas que hay en mi poesía y que después aparecen en mis novelas son ecos de experiencias de lectura que para mí son experiencias de vida.


Por ejemplo, la referencia a civilizaciones antiguas como Bizancio, entre otras, es sustancial en usted…

Claro. Me interesa toda la creación de Occidente, en especial Bizancio. Mi amor por esta civilización es tan profundo que por eso escribí La muerte del estratega (1988), la historia de un bizantino. Para mí éstas son presencias absolutas y en mi poesía, narrativa y ensayos.

Un tono importante en su obra es la tragedia, que sobre todo se encuentra en el destino de Maqroll. ¿Cuáles son las herencias a las que hace homenaje?

Si uno en una época, en una edad en que se está formando, lee a Sófocles, ese sonido y situaciones, ese enfrentamiento de los hombres contra los hombres, le quedan como un ejemplo. Y después, si se leen las novelas de Dostoievsky o de Dickens, encuentra un eco de todo esto. Hablamos de los hombres desnudos, con toda su condición humana evidente y presente. Eso a mí me ha formado y me interesa mucho.


Sin embargo, independientemente de la condición humana, hay un elogio al pasado, como ha dicho, que implica una falta de fe en el hombre contemporáneo…

En el hombre en general. Al leer historia, ¿qué es lo que se lee? Desastres, brutalidades aterradoras, momentos de la Europa occidental cristiana de un salvajismo aterrador, como es el caso de las Cruzadas. Entonces, ¿qué esperanza le queda al hombre? Ninguna. Las ilusiones que se ha creado, sobre todo a partir del siglo XVIII, son ilusiones razonadas. Rousseau crea un hombre ideal para aplicar su teoría; sin embargo, éste no es como él lo define. Y de ahí en adelante viene el desastre. En la historia hay ejemplos muy elocuentes de hombres que han tenido en sus manos la vida de poblaciones enteras, y cuya conducta, con muy pocas excepciones, no ha sido ni piadosa ni brillante, y no ha traído otra cosa más que muerte, dolor, hambre y miedo. Entonces, el hacerse ilusiones y el hablar, por ejemplo, de la palabra progreso, que ahora utilizamos cada diez minutos, no tiene sentido. Yo me pregunto: ¿Progreso en qué, Dios mío, cuando se ve lo que pasa en Kósovo, en África, en Colombia? ¿Hablamos de progreso técnico? Pues sí, pero éste no ha servido sino para matar más rápido a más gente. No hay tal progreso, eso es mentira. ¿Modernidad? La sola palabra me pone los pelos de punta. Modernidad es lo que se intenta hacer, pero, como dije, no es posible. No digo que nosotros estamos aquí para ser ángeles, pero sí seres humanos. No tenemos remedio, pero tampoco hay que llorar y lamentarlo. Así somos, ése es el destino de esta especie. No debemos asustarnos.


¿Cuál es su lectura del hombre contemporáneo?

Pues que otra vez nos hemos olvidado del hombre. Ahora ya no existe el individuo, sino grandes masas presentes a través de aparatos electrónicos que circulan como fantasmas. Hoy día, esto que llaman comunicación es cada vez más raro. Las máquinas no me están dando ninguna presencia de nadie. Por un lado, nos olvidamos del hombre y, por el otro, ni siquiera lo vemos ya. El ser humano que se nos presenta en la televisión, el hombre que leemos en internet, son sombras o están escogidos maliciosamente para presentar un determinado tipo de ser. Así no es la cosa.


En sus novelas hay un culto a los objetos, a cierta estética antigua, y también al viaje.

El viaje es una idea. No me llama la atención el turismo, el conocer lugares, sino vivir ambientes, atmósferas. Otra cosa que me interesa y que también le interesa a Maqroll por pura coincidencia, claro, es desplazarse en el mundo, porque es un regalo que nos ha sido dado pero que ahora estamos dedicados a destruirlo de una forma aterradora. Me gusta desplazarme para ir viendo qué sucede dentro de mí mismo. En cuanto al gusto por los objetos, éstos son testimonios, huellas que quedan de hombres que en cierta forma actuaron y vivieron como yo. Un mapa, por ejemplo, es una maravilla. Los mapas fueron hechos por navegantes, gente curiosa de ver no cosas raras, sino de situar al hombre en otro sitio y clima. Todas estas brújulas que tengo, estos mapas y libros, son testimonios de una curiosidad de los hombres por verse a sí mismos interiormente.


Justamente el mar de sus viajes es un elemento de contacto con la memoria humana y su destino: es un elemento de transición.

Los hombres siempre han buscado el mar. ¿Dónde nació el pueblo más inteligente que ha tenido la humanidad? En Grecia, en una península y en un archipiélago. El siguiente pueblo que nos dejó el derecho y una serie de normas para vivir de una forma supuestamente civilizada —porque no lo hemos sabido hacer— está en Roma, en una península. El mar es una continua lección para el hombre. Primero de humildad. Hay que estar en medio de una tempestad. El barco se vuelve una cascarita de huevo y el mar nos dice: “No eres ningún genio, eres casi nada. Qué maravilla que estés aquí, pero ojalá logres sortear esta tormenta. Vuelve a tu estatura, no te crezcas, por Dios”. Desgraciadamente es lo que nos está pasando cada vez más.


¿Y como elemento de transición hacia el destino, como símbolo de una esencia humana?

El mar es el camino más rico que puede haber hacia una verdad interior. No creo que el aire lo sea tanto: los aviones no nos enseñan nada. Adoro la tierra, y tengo recuerdo de rincones, de lugares que son un perpetuo milagro, pero el mar es para mí fundamental. Además, tengo una interacción muy curiosa con él. En un horizonte todo de mar vemos esa energía desatada, magnífica, lentamente desplazándose hacia la nada, hacia sí misma. Ésa puede ser una bella imagen de Dios.


En su obra se observa una búsqueda de sus paraísos personales, en especial los de la infancia. ¿Qué significan estos territorios como motivo de vida y de literatura?

Son la manera más fiel, evidente y directa de vernos a nosotros mismos, de saber dónde y cómo estamos en el mundo. Son anteriores a los hombres, a su perpetuo razonamiento, a sus argumentos y toda suerte de silogismos que nos dan una versión de nosotros que no es. De ahí es que fracasan todos los sueños políticos del hombre, porque crean un ser humano artificial, totalmente fabricado para que se ajuste a los ideales y programas. El hombre no es así; entonces, aprendamos a sentirnos nosotros mismos. Adentro tenemos todo.


La infancia y su trópico, el cafetal de su memoria, son los paisajes de sus territorios íntimos. ¿Hasta qué punto se ha conciliado con este reino en su escritura?

Siempre lo he dicho: tenemos que mantener vivo el niño que fuimos y saber mantenerlo intacto dentro de nosotros. Ese niño es el testigo más fiel del mundo que tenemos. Él supo verlo antes de que nos llenáramos de ideas. El paisaje que me interesa y que siempre está presente no es el trópico en sí, sino lo que en Colombia llamamos la tierra caliente, donde se cultiva el café, la caña de azúcar y frutas maravillosas, y que está a 13 mil metros de altura, aproximadamente, en la cordillera de los Andes. Ahí fundaron mis abuelos una hacienda, Coello, en el Tolima, y que después fue de mi madre. El conocimiento de esa hacienda fue el paraíso. Inclusive tengo un poema dedicado estrictamente al momento en que la presencia de esa tierra vuelve a mí. Vuelve siempre, vuelven los cafetales, la lluvia. Una vez me desperté y la lluvia estaba sonando sobre el cinc del tejado de una casa donde pasaba la noche. Así se me dio ese poema. Entonces, mi paraíso es un rincón de Colombia cerca de la cordillera central donde yo siento que nací, aunque yo nací en Bogotá. Pero uno no nace donde lo dio a luz su madre, sino, en un momento dado, en un rincón del mundo donde éste dice: “Tú eres yo y yo soy tú”. Y todos tenemos ese rincón. Lo olvidamos, pero yo no: yo lo mantengo vivo.


¿Cómo es su vida de escritor en esta etapa de reconocimientos internacionales, de viajes, de escaso tiempo para la creación?

Los premios —lo digo sinceramente— son para mis libros, no para mí; son para ellos, los pobres, que tienen que estar en una vitrina esperando a que alguien los compre. El premio, esa franjita que les ponen, a ellos les ayuda, no a mí. Pero el reconocimiento de desconocidos que me abordan —y eso ha sucedido en Francia, Italia, Alemania, en los sitios donde están traducidos mis libros— es el premio más importante. Cuando me llegan buenas noticias sobre mis libros y la gente me comenta, digo que sí tiene sentido sentarse a escribir en mi smith corona. Pero no siento ninguna presión. La escritura no tiene tiempo, se da cuando se da. Para mí, escribir es una tortura tremenda por la autocrítica: he quemado dos novelas completas. Pero en el momento en que una persona me busca, me comenta algo, esa tortura se convierte en un orden, en un decir: “Ah, estoy bien”. Por otra parte, no hago vida de intelectual, ni escribo todos los días, ni pienso que tenga un destino determinado a cumplir. Nunca he vivido de mi literatura, he trabajado en las cosas más absurdas y más raras para vivir. Escribo con toda independencia, sin tener que darle gusto a políticos ni a grupos de influencia.


Pese a la muerte de Maqroll, ¿su errancia no ha terminado?

No, en absoluto. Un escritor francés amigo mío me decía: “Mutis, no siga intentando matar a Maqroll, Maqroll va a morir cuando muera usted”. Estoy de acuerdo.

sábado, 5 de octubre de 2013

Los paraísos secretos

29/Septiembre/2013
Confabulario
Claudia Posadas

Si bien la conciencia en la escritura de Álvaro Mutis no se instala en un espacio y un tiempo determinados, su corazón, ahora en la eternidad, se encuentra ya para siempre en una estancia memoriosa: la Hacienda de Coello, en Tolima, Colombia.

Para el autor de Caravansary (1982), el proyecto civilizatorio es una idea que se ha alcanzado y se ha perdido en diversos momentos de la historia, momentos a los que el escritor se siente cercano y que no se sitúan en la época contemporánea. Así, el concepto de civilización no puede entenderse como un proceso lineal, y mucho menos progresivo. Entonces, el tributo del autor es para reinos y órdenes del pasado —Bizancio en primer lugar, y los imperios francés y español—, pero sobre todo para aquellas esencias que considera fundamentales: el orden regio, “señalado por la divinidad”, para gobernar a los hombres.

Al mismo tiempo, hay un dominio personal que es el centro de su itinerario por la historia humana: el olor de los cafetales y el sonido de la lluvia de la hacienda familiar, el trópico de la infancia y la juventud, que el autor rememora y busca en su obra.

La casa del escritor en San Jerónimo, en la ciudad de México —donde se realizó hace algunos años esta conversación— es como sus obras, plena de símbolos que reflejan nuestras percepciones del mundo: brújulas, mapas, gráfica sobre embarcaciones y libros antiguos. Álvaro Mutis fue un viajero sin límite, al igual que Maqroll, su personaje. Quizá ahora sí, se cumpla el destino del Gaviero, quien una y otra vez navegaba por su río desafiando sus muertes.


Tanto en su poesía como en su narrativa, la épica es el pulso que guía la creación y le da su fuerza y permanencia, según la crítica. ¿Cuál es el origen de esta visión?

Se debe a mi fidelidad a los clásicos que leí desde niño. El tono épico de muchos de ellos se me quedó para el resto de la vida. Pero no sólo ha permanecido en mí la música, el tono con que están escritas La Odisea, La Eneida, La Ilíada, y después el romancero del Cid, sino también el sentido. Por otra parte, primero escribí poesía durante 40 años y mis novelas no son sino una continuación de sus temas, obsesiones, escenarios y sitios que amo. Muchas veces, escribiendo una novela, me pregunto si no estoy haciendo un borrador de un poema; por ejemplo, en una novela como Amirbar (1990), me salió un poema de cuatro páginas sin darme cuenta.

Una parte importante parte de esta poesía es un elogio de lo primordial, de lo antiguo, entendido como los paraísos personales del autor. ¿Cómo es la relación de esta esencia con la épica narrativa?

Al leer los clásicos y la épica queda una música. En la poesía, naturalmente, lo digo de una manera más esencial, misteriosa si se quiere decir, más secreta y al mismo tiempo más evidente. Por otra parte, he sido un lector de historia desde niño; heredé la biblioteca de mi padre, de cuyo acervo gran parte es sobre este tema y por tanto se me creó una afición por el pasado. Entonces, esas referencias históricas que hay en mi poesía y que después aparecen en mis novelas son ecos de experiencias de lectura que para mí son experiencias de vida.


Por ejemplo, la referencia a civilizaciones antiguas como Bizancio, entre otras, es sustancial en usted…

Claro. Me interesa toda la creación de Occidente, en especial Bizancio. Mi amor por esta civilización es tan profundo que por eso escribí La muerte del estratega (1988), la historia de un bizantino. Para mí éstas son presencias absolutas y en mi poesía, narrativa y ensayos.

Un tono importante en su obra es la tragedia, que sobre todo se encuentra en el destino de Maqroll. ¿Cuáles son las herencias a las que hace homenaje?

Si uno en una época, en una edad en que se está formando, lee a Sófocles, ese sonido y situaciones, ese enfrentamiento de los hombres contra los hombres, le quedan como un ejemplo. Y después, si se leen las novelas de Dostoievsky o de Dickens, encuentra un eco de todo esto. Hablamos de los hombres desnudos, con toda su condición humana evidente y presente. Eso a mí me ha formado y me interesa mucho.


Sin embargo, independientemente de la condición humana, hay un elogio al pasado, como ha dicho, que implica una falta de fe en el hombre contemporáneo…

En el hombre en general. Al leer historia, ¿qué es lo que se lee? Desastres, brutalidades aterradoras, momentos de la Europa occidental cristiana de un salvajismo aterrador, como es el caso de las Cruzadas. Entonces, ¿qué esperanza le queda al hombre? Ninguna. Las ilusiones que se ha creado, sobre todo a partir del siglo XVIII, son ilusiones razonadas. Rousseau crea un hombre ideal para aplicar su teoría; sin embargo, éste no es como él lo define. Y de ahí en adelante viene el desastre. En la historia hay ejemplos muy elocuentes de hombres que han tenido en sus manos la vida de poblaciones enteras, y cuya conducta, con muy pocas excepciones, no ha sido ni piadosa ni brillante, y no ha traído otra cosa más que muerte, dolor, hambre y miedo. Entonces, el hacerse ilusiones y el hablar, por ejemplo, de la palabra progreso, que ahora utilizamos cada diez minutos, no tiene sentido. Yo me pregunto: ¿Progreso en qué, Dios mío, cuando se ve lo que pasa en Kósovo, en África, en Colombia? ¿Hablamos de progreso técnico? Pues sí, pero éste no ha servido sino para matar más rápido a más gente. No hay tal progreso, eso es mentira. ¿Modernidad? La sola palabra me pone los pelos de punta. Modernidad es lo que se intenta hacer, pero, como dije, no es posible. No digo que nosotros estamos aquí para ser ángeles, pero sí seres humanos. No tenemos remedio, pero tampoco hay que llorar y lamentarlo. Así somos, ése es el destino de esta especie. No debemos asustarnos.


¿Cuál es su lectura del hombre contemporáneo?

Pues que otra vez nos hemos olvidado del hombre. Ahora ya no existe el individuo, sino grandes masas presentes a través de aparatos electrónicos que circulan como fantasmas. Hoy día, esto que llaman comunicación es cada vez más raro. Las máquinas no me están dando ninguna presencia de nadie. Por un lado, nos olvidamos del hombre y, por el otro, ni siquiera lo vemos ya. El ser humano que se nos presenta en la televisión, el hombre que leemos en internet, son sombras o están escogidos maliciosamente para presentar un determinado tipo de ser. Así no es la cosa.


En sus novelas hay un culto a los objetos, a cierta estética antigua, y también al viaje.

El viaje es una idea. No me llama la atención el turismo, el conocer lugares, sino vivir ambientes, atmósferas. Otra cosa que me interesa y que también le interesa a Maqroll por pura coincidencia, claro, es desplazarse en el mundo, porque es un regalo que nos ha sido dado pero que ahora estamos dedicados a destruirlo de una forma aterradora. Me gusta desplazarme para ir viendo qué sucede dentro de mí mismo. En cuanto al gusto por los objetos, éstos son testimonios, huellas que quedan de hombres que en cierta forma actuaron y vivieron como yo. Un mapa, por ejemplo, es una maravilla. Los mapas fueron hechos por navegantes, gente curiosa de ver no cosas raras, sino de situar al hombre en otro sitio y clima. Todas estas brújulas que tengo, estos mapas y libros, son testimonios de una curiosidad de los hombres por verse a sí mismos interiormente.


Justamente el mar de sus viajes es un elemento de contacto con la memoria humana y su destino: es un elemento de transición.

Los hombres siempre han buscado el mar. ¿Dónde nació el pueblo más inteligente que ha tenido la humanidad? En Grecia, en una península y en un archipiélago. El siguiente pueblo que nos dejó el derecho y una serie de normas para vivir de una forma supuestamente civilizada —porque no lo hemos sabido hacer— está en Roma, en una península. El mar es una continua lección para el hombre. Primero de humildad. Hay que estar en medio de una tempestad. El barco se vuelve una cascarita de huevo y el mar nos dice: “No eres ningún genio, eres casi nada. Qué maravilla que estés aquí, pero ojalá logres sortear esta tormenta. Vuelve a tu estatura, no te crezcas, por Dios”. Desgraciadamente es lo que nos está pasando cada vez más.


¿Y como elemento de transición hacia el destino, como símbolo de una esencia humana?

El mar es el camino más rico que puede haber hacia una verdad interior. No creo que el aire lo sea tanto: los aviones no nos enseñan nada. Adoro la tierra, y tengo recuerdo de rincones, de lugares que son un perpetuo milagro, pero el mar es para mí fundamental. Además, tengo una interacción muy curiosa con él. En un horizonte todo de mar vemos esa energía desatada, magnífica, lentamente desplazándose hacia la nada, hacia sí misma. Ésa puede ser una bella imagen de Dios.


En su obra se observa una búsqueda de sus paraísos personales, en especial los de la infancia. ¿Qué significan estos territorios como motivo de vida y de literatura?

Son la manera más fiel, evidente y directa de vernos a nosotros mismos, de saber dónde y cómo estamos en el mundo. Son anteriores a los hombres, a su perpetuo razonamiento, a sus argumentos y toda suerte de silogismos que nos dan una versión de nosotros que no es. De ahí es que fracasan todos los sueños políticos del hombre, porque crean un ser humano artificial, totalmente fabricado para que se ajuste a los ideales y programas. El hombre no es así; entonces, aprendamos a sentirnos nosotros mismos. Adentro tenemos todo.


La infancia y su trópico, el cafetal de su memoria, son los paisajes de sus territorios íntimos. ¿Hasta qué punto se ha conciliado con este reino en su escritura?

Siempre lo he dicho: tenemos que mantener vivo el niño que fuimos y saber mantenerlo intacto dentro de nosotros. Ese niño es el testigo más fiel del mundo que tenemos. Él supo verlo antes de que nos llenáramos de ideas. El paisaje que me interesa y que siempre está presente no es el trópico en sí, sino lo que en Colombia llamamos la tierra caliente, donde se cultiva el café, la caña de azúcar y frutas maravillosas, y que está a 13 mil metros de altura, aproximadamente, en la cordillera de los Andes. Ahí fundaron mis abuelos una hacienda, Coello, en el Tolima, y que después fue de mi madre. El conocimiento de esa hacienda fue el paraíso. Inclusive tengo un poema dedicado estrictamente al momento en que la presencia de esa tierra vuelve a mí. Vuelve siempre, vuelven los cafetales, la lluvia. Una vez me desperté y la lluvia estaba sonando sobre el cinc del tejado de una casa donde pasaba la noche. Así se me dio ese poema. Entonces, mi paraíso es un rincón de Colombia cerca de la cordillera central donde yo siento que nací, aunque yo nací en Bogotá. Pero uno no nace donde lo dio a luz su madre, sino, en un momento dado, en un rincón del mundo donde éste dice: “Tú eres yo y yo soy tú”. Y todos tenemos ese rincón. Lo olvidamos, pero yo no: yo lo mantengo vivo.


¿Cómo es su vida de escritor en esta etapa de reconocimientos internacionales, de viajes, de escaso tiempo para la creación?

Los premios —lo digo sinceramente— son para mis libros, no para mí; son para ellos, los pobres, que tienen que estar en una vitrina esperando a que alguien los compre. El premio, esa franjita que les ponen, a ellos les ayuda, no a mí. Pero el reconocimiento de desconocidos que me abordan —y eso ha sucedido en Francia, Italia, Alemania, en los sitios donde están traducidos mis libros— es el premio más importante. Cuando me llegan buenas noticias sobre mis libros y la gente me comenta, digo que sí tiene sentido sentarse a escribir en mi smith corona. Pero no siento ninguna presión. La escritura no tiene tiempo, se da cuando se da. Para mí, escribir es una tortura tremenda por la autocrítica: he quemado dos novelas completas. Pero en el momento en que una persona me busca, me comenta algo, esa tortura se convierte en un orden, en un decir: “Ah, estoy bien”. Por otra parte, no hago vida de intelectual, ni escribo todos los días, ni pienso que tenga un destino determinado a cumplir. Nunca he vivido de mi literatura, he trabajado en las cosas más absurdas y más raras para vivir. Escribo con toda independencia, sin tener que darle gusto a políticos ni a grupos de influencia.


Pese a la muerte de Maqroll, ¿su errancia no ha terminado?

No, en absoluto. Un escritor francés amigo mío me decía: “Mutis, no siga intentando matar a Maqroll, Maqroll va a morir cuando muera usted”. Estoy de acuerdo.