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lunes, 1 de agosto de 2016

Vigencia de El Periquillo Sarniento

Agosto/2016
Nexos
Vicente Quirarte

Este 2016 se cumplen dos siglos de la publicación de El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, primera novela aparecida en Iberoamérica. Precedida por intentos narrativos en obras como Los sirgueros de la virgen sin original pecado (1620) escrita por Francisco Bramón, Los infortunios de Alonso Ramírez de Carlos de Sigüenza y Góngora (1690) y La portentosa vida de la muerte (1792) de fray Joaquín Bolaños, ninguna de ellas hace de la relación de hechos vividos por un ser humano tema central de su prosa. Novela como suma de acciones, con el desarrollo por un personaje experimentada a lo largo de la evolución de los acontecimientos, el libro aparece cuando México está a punto de obtener su independencia política. Correspondió a nuestro autor convertir al género en vehículo de entretenimiento y concientización. Más precisamente: de concientización a través del entretenimiento.

“Porque muere la inspiración envuelta en humor, cuando no va su llama libre en pos del aire”, escribió Luis Cernuda. La ausencia de obras de imaginación en el continente americano se debió a la prohibición impuesta por España para que libros de tal naturaza tuvieran la difusión merecida. El antecedente del personaje central de la novela mexicana es un pícaro, cuyos antecedentes se encuentran en obras españolas  del siglo XVII, de manera notable El Buscón de Francisco de Quevedo y Villegas y Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.

En el primer centenario de El Periquillo Sarniento, Carlos González Peña, quien habría de convertirse en uno de los más atentos intérpretes de nuestras letras, tituló su conferencia dentro del ciclo organizado por el Ateneo de la Juventud, “El Pensador mexicano y su tiempo”. La iconoclasia del joven ateneísta subrayaba la torpeza narrativa de Lizardi, sus continuos paréntesis y disquisiciones pedagógicas. No obstante, le cede los honores de haber sido un iniciador y un pionero.

El año 1940 Agustín Yáñez revindica a Lizardi como caudillo intelectual de la naciente República al publicar en la Colección del Estudiante Universitario el importante estudio preliminar, la selección y las notas de la antología que tituló con el nombre del periódico más importante de su autor y editor, y con el que la posteridad conocería a Fernández de Lizardi, El pensador mexicano. El extenso y nutrido prólogo de Yáñez es un ejemplo de pasión, equilibrio y justicia a un escritor que tuvo la capacidad para distinguir entre el pelado, el pícaro y el lépero y hacer de los avatares de uno de tantos tema central de sus escritos.

De la misma forma en que Fernández de Lizardi convierte la calle y la ciudad en escenarios donde se llevan a cabo las aventuras y desventuras —más abundantes las segundas— de Periquillo, una nueva forma de reproducción gráfica democratiza la imagen y suprime el privilegio concedido sólo a unos cuantos de mirar en interiores obras de arte. El italiano Claudio Linati llega a México e introduce la imagen litográfica, más barata en su reproducción que el grabado y por supuesto que la pintura. Resultado de sus afanes es el libro, aparecido en 1828, Trajes civiles, religiosos y militares de México, donde el significado del vestido corresponde al significante del escenario urbano y social en el que sus personajes se desplazan. La primera litografía de su álbum corresponde a un lépero, explorador urbano, usuario inmediato de la calle. Si la literatura mexicana encuentra su equivalencia en diferentes modos de representación plástica, Linati y Lizardi exploran por diferentes vías los estratos sociales de una sociedad que atestigua el cambio acelerado en sus costumbres pero se mantiene estática en sus vicios tradicionales.    

Nació el autor el 15 de noviembre de 1776, año de la independencia de las colonias americanas. Murió el 21 de junio de 1829 en la casa número 27 de la calle del Puente Quebrado (actualmente República de El Salvador). Su epitafio fue escrito por él mismo “Aquí yacen las cenizas del pensador mexicano, que hizo lo que pudo por su patria”. Se desconoce el lugar donde reposan sus restos, pero la herencia viva del escritor se halla en todos los periodistas de combate, en todos los que hacen de su profesión arma y ariete.

¿Por qué volver a El Periquillo Sarniento a dos siglos de su primera publicación? Quien relee la novela o se interna por primera vez en sus páginas se hallará cautivado por el amplio espectro del habla cotidiana, la exploración de la ciudad en sus múltiples espacios —la cárcel, el hospital, y fundamentalmente la calle. Antes que cualquiera de sus contemporáneos, Fernández de Lizardi rescató al pícaro en nuestro mexicano domicilio, y demostró que “los estómagos hambrientos andan siempre adelantados”.

El gran estudioso de nuestra capital llamado Luis González Obregón dio a la luz un libro titulado México en 1810, donde hace la relación de los 19 mesones y las dos posadas existentes en una urbe de 200 mil habitantes. Ninguno de ellos, aunque proporciona los nombres de varios, incluye a los arrastraderitos descritos por el autor con una prolijidad hiperbólica digna de Dante, esos espacios donde se confundían desnudeces con olores y otras degradaciones de la especie.

Muy delicado para ser pobre, “enemigo irreconciliable del trabajo, flojo, vicioso y desperdiciado, tres requisitos que con sólo ellos sobra para no quedar caudal a vida por opulento y pingüe que sea”, Pedro Sarmiento es caricaturizado desde el nombre que le da título a la novela. Con él firma sus propias aventuras vitales y sale al mundo para sobrevivir. Novela dedicada a sus hijos, para que no imiten las que considera malas costumbres, interrumpen la lectura las continuas y constante disquisiciones. Pero como el gran y auténtico moralista que es, como hijo de la Ilustración que toca a las puertas del Romanticismo, nuestro autor triunfa en la descripción de tipos populares, en su registro del habla y de las instituciones de un sistema tres veces secular a punto de llegar a su fin, pero que requerirá de varios años en la construcción de nuevos y transitables caminos institucionales.

Para la lectura de la novela existe la edición aparecida por primera vez en 1980, en los números 86 y 87 de la Nueva Biblioteca Mexicana de la UNAM. Las prolijas y eruditas notas de Felipe Reyes Palacios enseñan y ayudan a leer el libro con la dedicación que merece. Ha continuado el proyecto de publicar las Obras completas de Fernández de Lizardi, bajo la dirección de María Rosa Palazón, coordinadora igualmente de las antologías aparecidas en la colección Los imprescindibles (Ediciones Cal y Arena, 1998) así como en la serie Viajes al Siglo XIX, bajo el título El laberinto de la utopía (UNAM-FCE-FLM, 2006).

Dos años después de El Periquillo, el autor publica su “Guía de forasteros” o “México por dentro”. La ciudad entra en la poesía no como un escenario sino como un personaje con los nombres de sus calles, de acuerdo con la adecuación que el autor otorga de manera satírica a los que en  ellas viven o transitan.

La calle de la Quemada
tiene solos muchos cuartos;
¡lástima! porque hay casadas
que debieran ocuparlos.
En la calle de Cadena
viven los enamorados;
pero otros suelen vivir
en la calle del Esclavo.
En la calle de los Ciegos
(ciegos son muchos casados)
viven varios, y después
pasan a la del Chivato.
Si buscares pretendientes
anda a la calle del Arco
pues con tanta reverencia
están los pobres doblados.
En Puesto Nuevo hay algunos
que lograron alcanzarlo,
y por la Merced hay otros
que sin blanca se han quedado.
El pretendiente en la calle
vivirá de los Parados;
y más si en Puente de Fierro
tiene su vicio ordinario.

El próximo 2017 recordaremos los 150 años del establecimiento de la Biblioteca Nacional. Hija del pensamiento liberal, su funcionamiento sigue vivo bajo la custodia de nuestra Universidad Nacional. Entre sus antecesores tiene un lugar de honor Fernández de Lizardi, quien ante la imposibilidad de que la totalidad de la población poseyera los libros que combatieran la ignorancia, insistió en la fundación de una Sociedad Pública de Lectura, que abrió sus puertas en la calle de la Cadena (actualmente Uruguay). Para Lizardi “de nada sirve la libertad de imprenta a quien no lee, y muchos no leen porque no saben o no quieren, sino porque no tienen proporción de comprar cuanto papel sale en el día, con cuya falta carecen de  noticias útiles y de la instrucción que facilita la comunicación de ideas”.

Al igual que otros periodistas, en el folleto, la hoja volante o el escenario teatral, José Joaquín Fernández de Lizardi encontró vehículos para desarrollar su lucha contra la autoridad. Vivió para ver a su patria libre de la tutela española pero supo ver con clarividencia que una cosa es ser independiente y otra ser libre. Por eso escribe en una parte de su testamento: “Dejo a los indios en el mismo estado de civilización, libertad y felicidad a que los redujo la conquista, siendo lo más sensible la indiferencia con que los han visto los congresos, según se puede calcular por las pocas y no muy interesantes sesiones en que se ha tratado sobre ellos desde el primero”.

Lizardi escribió su novela debido a las prohibiciones de su tiempo para difundir ideas políticas a través de los periódicos por él fundados, financiados, escritos, impresos y distribuidos. Su estafeta será tomada por generaciones sucesivas. Cuando a mediados del siglo XIX la ley Otero coloca una mordaza a la difusión del pensamiento político, Francisco Zarco se dedica a publicar crónicas de modas en las que siempre halla el modo de ejercer su pensamiento crítico e introducir su ideario político. Lo mismo sucede con Fernández de Lizardi, que a través de su novela El Periquillo Sarniento da fe un sistema político que está a punto de llegar a su fin. Su prédica continúa siendo actual en muchos sentidos, y sus tipos populares son los que desfilan cada día en nuestro mexicano domicilio.

domingo, 14 de febrero de 2016

Un retrato juvenil

14/Febrero/2016
Confabulario
Vicente Quirarte

Al ejemplo de José Emilio Pacheco,por hacer una obra de arte de cada página periódica.

Éste es un retrato juvenil de la generación de escritores mexicanos conocida como los Contemporáneos. Sus trazos se llenan de color y ocupan paulatinamente todo el lienzo entre 1919 y 1935, es decir, las fechas que limitan sus colaboraciones en las páginas del periódico El Universal El Universal Ilustrado.Históricamente en México, de la muerte de Emiliano Zapata y Venustiano Carranza al fin del maximato y el segundo año de gobierno de Lázaro Cárdenas. Si diez es el número de quienes ellos mismos, la tradición oral y las historias de la literatura otorgan la denominación generacional de Contemporáneos, nacida de la principal revista que durante más tiempo los agrupó, cuatro son los que publican de manera sistemática en las páginas del diario que en 2016 llega a su año centenario. Por orden de aparición en el mundo, ellos son: Jaime Torres Bodet (1902), Xavier Villaurrutia (1903), Jorge Cuesta (1903) y Salvador Novo (1904). Demos la palabra a este último, en un texto fechado en 1966, que ilustra el sitio por ellos vivido y transformado:

Era otro México —pequeño, claro, neto. Recorríamos a pie sus calles libres y limpias. A una flor no se le puede pedir que piense en sus raíces ni en el follaje de que emerge a aspirar los aires remotos y a contemplar un cielo infinito. Leíamos a los extranjeros, los traducíamos. No sentíamos que a la savia de nuestro impulso, fecundada por el polen lejano, daría a su tiempo el fruto mexicano que en madurez volviera a pensar en la tierra y generara una nueva raíz. 1

En una juventud tan exigente y fecunda como la suya, los minutos se expandían como si fueran horas y las horas exigían que cada minuto consumara la integridad de su sustancia. De ahí que un año, un mes o un día en su existencia contribuyan a descifrar la compleja personalidad de cada uno, así como el hecho generacional que los llevaba a confluir en sus semejanzas, no obstante sus evidentes diferencias.

Acudimos a sus obras reunidas para reconocer y reconocernos en determinado poema, en aquella iluminación, en aquel fragmento de prosa. La importancia de leerlos en las páginas de un diario, de rescatar su pensamiento y sus palabras en medio de la noticia que no por efímera deja de ser digna de ser tomada por la historia, es que acudimos a la formación de su personalidad, al taller de sus elaboraciones, al campo de batalla donde externan sus pasiones más altas. Los años de publicaciones en periódico son las de las propias y principales revistas literarias de la generación: La Falange (1922-1923), Ulises (1927-1928) y Contemporáneos (1928-1931), en esos años aparecen igualmente los primeros libros de los poetas mexicanos que modifican la forma de escribir, y tiene lugar la polémica en torno al nacionalismo y el arte de vanguardia.

Soberana juventud denominó Manuel Maples Arce, cabeza del movimiento estridentista, a sus memorias de los años verdes. La generación nacida al mundo a finales del siglo xix y en los albores del xx es ahora centenaria por su nacimiento, y más joven que nunca, porque como hijos de la Revolución, nacieron en una era donde el cambio era acelerado y radical. Oscar Wilde sostenía que mientras los viejos lo sospechan todo, los jóvenes lo saben todo. La posesión del mundo otorgada por la juventud es mayor cuando sus protagonistas nacen en plena era del síndrome Rimbaud, en una temporada donde la poesía va por delante de la acción. Como lo demuestran sus páginas publicadas en El Universal, Los Contemporáneos nacieron maduros, al menos a la escritura que lanzaron al mundo y al pensamiento ejercido en cafés, conferencias o en la diaria conversación.

En el centro de lectura que en la colonia Condesa de la Ciudad de México ahora lleva el nombre de Xavier Villaurrutia se encuentra una imagen fotográfica de la época cuando el joven empezó a ser el poeta que deseaba devorar el mundo. Aún palpita en él la inevitable inocencia de sus pocos años, pero en la mirada ya se encuentran la agudeza, la penetración y, naturalmente, la pedantería que debe haber caracterizado a esos guerreros que libraban otra forma de batalla contra la reducida visión nacionalista, despreciadora de una cultura que no naciera de la pólvora y las cananas. De manera más precisa, cuando el ansia y la realización, la realidad y el deseo manifestaban poderosamente su energía. El joven (1928) es precisamente el título de la novela-biografìa-crónica-ensayo donde Novo da cuenta de la salida a la ciudad de un personaje que enfrenta sus pocos años a la renaciente existencia de la urbe. La Revolución, aún no totalmente consumada, les ha brindado la oportunidad de que la temperatura en todos los renglones haya cambiado de manera radical y el país haya vivido de manera acelerada procesos que de otra manera hubieran precisado de varias generaciones. Hijos de una tierra de sangre y arena, tuvieron que aceptar el reto de un país que exigía —acaso sin saberlo— su talento para la construcción de un nuevo mapa espiritual. Pocos lo vieron más claramente que Gilberto Owen:

Teníamos al frente una naturaleza nueva para mirarla largamente, para explicarla, para contribuir a ordenarla; todos podíamos servirla, todos teníamos la misma edad, ni ella ni nosotros teníamos, casi, pasado; nuestra actualidad se palpaba, se respiraba. Hacia 1921, año en que empezamos a medir nuestro México, no había en todo el país un solo viejo, ni un solo brazo cansado, ni una sola voz roída de toses. Nos habían dejado solos, como a los buenos toreros, ante una larga faena, ante una tarea que iba a ocupar ya todos los minutos de nuestra vida.2

Para reconstruir aquellos años en voz de sus protagonistas, acudimos a dos libros de memorias: Tiempo de arena, de Jaime Torres Bodet y La estatua de sal, de Salvador Novo. Ambos escritores son opuestos en sus personalidades, en su actuación externa: provocador, cínico y extrovertido, Novo; reservado y eficaz servidor público, Torres Bodet. En el fondo ambos siguen rutas paralelas: sus libros son la formación de una conciencia. A la discusión de tal tema vuelvo más adelante.

El sentido de juventud que signó su generación aparece sintetizado en las palabras de Villaurrutia: “Un escritor deja de ser joven cuando comienza a escribir lo que hace, en vez de escribir lo que desea”. Y Torres Bodet subraya:

En todo joven —hasta en el más contenido— se manifiesta, en determinado momento, la veleidad de representar un papel. Es difícil conservar en la edad madura esa capacidad de desdoblamiento que nos permite desempeñar en la juventud un oficio cualquiera, de soldado o de catedrático, sin dejar de sentirlo ajeno a nuestro carácter y despegado de nuestra vida. Con el tiempo, la máscara se une al rostro; el disfraz se convierte en traje, el actor en autómata y, por espacio de muchos años, en ocasiones hasta su muerte, no sabe el hombre diferenciar entre lo que eligió como juego y lo que aceptó como profesión.

En su libro El cuerpo de la obra, Didier Anzieu establece la diferencia existente en los procesos artísticos, y cómo hay una clase de erotismo —entendido en el sentido más amplio de ejercicio vital y capacidad creadora— que se consuma y consume los primeros años de la vida, mientras hay otra clase de energía que dura, transformada, a lo largo de la existencia del autor. Lo primero sucede con Villaurrutia y con Cuesta. Su existencia relativamente breve —Villaurrutia muere a los 47 años, Cuesta se suicida antes de cumplir los 40— propicia la realización completa de su obra. Un proceso distinto ocurre con Novo y Torres Bodet. En el primero, sorprende la versatilidad, el empuje y la renovación de su prosa juvenil, que con el paso de los años adquirirá el tono de la sabiduría académica sin jamás despojarse de su brillante ironía. El caso de Torres Bodet es aún más acendrado. Si en su juventud se manifiesta como un autor fecundo que a los 26 años, en 1928, ha publicado 9 libros de poemas y una novela, en su madurez, y cuando publica su muy castigada edición de Obras escogidas en 1961, encontramos a un autor que va al rescate de un tiempo perdido, no tanto del suyo como de una tradición que siente comunitaria y precisa. Sus juveniles inquietudes literarias de vanguardia fueron sustituidas en su madurez por el estudio de los maestros forjadores de la tradición. Para un detalle preciso de esta división, remito al lector al excelente prólogo de Jorge von Ziegler a una nueva edición del libro Contemporáneos.3

Al hablar de Jorge Cuesta, Luis Cardoza y Aragón declaró que había nacido condenado a la permanente lucidez. Toda la generación parece nacida bajo ese mismo sino, aunque cada uno de ellos tiene una individualidad y un sello propio. Torres Bodet se encarga de precisar el juicio: “Nos sabíamos diferentes. Nos sentíamos desiguales. Leíamos los mismos libros; pero las notas que inscribíamos en sus márgenes rara vez señalaban los mismos párrafos. Éramos, como Villaurrutia lo declaró, un grupo sin grupo. O, según dije no sé ya dónde, un grupo de soledades”.

El año 1916 era luminoso y oscuro. El mundo se hallaba involucrado en el segundo año de una conflagración sin precedentes y México estaba en la etapa si no sangrienta, más complicada de una Revolución que todo lo cambiaba de manera radical. Mientras Emiliano Zapata expide desde su cuartel general del ejército libertador del sur una “exposición al pueblo mexicano y al cuerpo diplomático” donde condena a Carranza por sus acciones militares y políticas; mientras Carranza reunía a los concursantes de tiro al blanco en el departamento de militarización del internado nacional, surge el periódico El Universal, cuyo número inicial apareció el 1º de octubre de 1916, fundado por Félix F. Palavicini (1881-1952).4

Recrudecimiento de la Gran Guerra. Desastres y pérdidas por un millón de hombres en Verdún y Somme. Utilización de gases venenosos y de tanques, en fotografías y artículos que aparecerán en la revistaPegaso. Una fotografía de la catedral de Reims bajo el bombardeo inspira a López Velarde la prosa “La sonrisa de la piedra”. Aunque desde 1912 había venido escribiendo crónicas y relatos de evocación, en este texto ya hay una voluntad de estilo y una intención de lenguaje modernamente poético que mantendrá de allí en adelante en los textos que más tarde formarán El minutero (1922); aparece su primer libro de versos, La sangre devota, con portada de Saturnino Herrán, quien ese mismo año pintaLa criolla del mantón, lienzo que bien pudiera constituir una interpretación plástica de las preocupaciones poéticas de López Velarde: desmitificación de los símbolos nacionales, simultaneísmo en tiempo y espacio, la patria erotizada y femenina. Genaro Estrada da a luz Poetas nuevos de México, con trabajos de 31 autores. Aparece Los de abajo de Mariano Azuela en forma de libro. Mariano Silva y Aceves publica Arquilla de marfil. Vicente Huidobro publica —en francés— Horizon Carré. Muere Rubén Darío. Una obra de O’Neill, Bound East for Cardiff, perteneciente a su ciclo del mar, es representada por primera vez por un grupo experimental. Eliot termina su tesis doctoral Conocimiento y experiencia en la filosofía de F. H. Bradley.

Xavier Villaurrutia es el que más joven comienza a publicar en las páginas de El Universal, pues apenas tiene quince años de edad en 1919. En 1935 cesan las colaboraciones de Jorge Cuesta. Entre ambas fechas tiene lugar una serie de acontecimientos que cambian la faz de México: la reforma agraria exigida por Zapata, las reformas propuestas por Venustiano Carranza que adquieren forma definitiva con la Constitución de 1917, la defensa de la educación laica y la persecución religiosa desatada bajo la presidencia de Plutarco Calles. En la cultura tiene lugar un hecho fundamental: la llegada de José Vasconcelos a la rectoría de la Universidad. Como señala Mauricio Magdaleno, “el cuatrienio de 1920-1924 mexicano dio marca al Continente en lo social, en lo moral y en lo estético. Nunca, ni en el instante de Justo Sierra, había sido la República mensajera de una tan abrasada y conmovedora revolución espiritual. Sobran los datos y las cifras. Aquel minuto no ha sido igualado aún”.5

Por lo que se refiere a El Universal Ilustrado, nació con el objeto de constituirse en una revista de actualidades, con un espíritu más lúdico y ligero que el del periódico. A tal propósito contribuyeron, a no dudarlo, los poetas que nos ocupan. Puntualiza Humberto Musacchio, para quien el suplemento dio origen a varias publicaciones culturales:
[…] apareció en 1917 bajo la dirección de Carlos González Peña. Posteriormente lo dirigió Carlos Noriega Hope, de 1920 a 1934. Tenía mucho de magazine, con las modas, la nueva tecnología, la radio, que era en esos años la sensación, y junto a este contenido frecuentemente frívolo, un seguimiento tímido pero constante de la vida intelectual y muestras de la literatura en plena producción. Dio albergue a lo más granado de nuestra intelectualidad. No es un detalle menor que entre González Peña y Noriega Hope esta publicación tuviera una directora, María Luisa Ross, caso insólito en aquellos tiempos…6

Al regreso de Estados Unidos, donde era corresponsal de El Universal y donde comenzaron sus contactos con el cine que lo harían ser guionista, director y crítico cinematográfico, a partir del marzo de 1920 Carlos Noriega Hope se encargó de la dirección de El Universal Ilustrado, con lo cual el semanario adquirió una calidad y una dinámica sin iguales. Entre otras cosas, el autor de una película hoy perdida llamada Una flapper, instituyó como suplemento una novela semanal. De tal modo, en sus páginas dio cabida a obras centrales como La señorita etcétera de Arqueles Vela y La llama fría de Gilberto Owen. Además de ser obras narrativas de vanguardia, ambas representan el ideal de la nueva mujer, autónoma, sexualmente libre, ávida en el ejercicio de su vitalidad y realización personal.7 Noriega Hope incluyó en la serie una novela de su propia autoría, La gran ilusión.

Actualmente, la obra de los Contemporáneos, además de ser un referente ineludible de la literatura mexicana, se encuentra recopilada en obras que, si no podemos llamar completas, sí resultan sumas de los trabajos parcialmente publicados en páginas periódicas. Y aunque mucho tiempo ha transcurrido desde las primeras publicaciones de los autores, no existe la última palabra y siempre habrá una nueva letra que aparezca en el escenario. La denominación Obras completas, además de que corre el peligroso riesgo de convertirse en mausoleo, como advirtió y practicó José Emilio Pacheco, nunca tendrá ese carácter.
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La Generación de Ulises
Contemporáneos por elección y fatalidad, aceptaron ir en contra de la corriente, en lugar de incorporarse a la monótona rueda de la fortuna de un arte repetitivo, nacionalista en la superficie; retrógrado, en sus profundidades. Demostraron que el país —su literatura, su sensibilidad, su lengua— no terminaba en el río Bravo ni en la frontera con Guatemala. Huyeron de la clasificación o del alfiler del entomólogo. Recordaron que todo escritor que merece tal nombre, realiza una labor de buzo o de minero, de explorador de la conciencia. Ser Contemporáneo es desconfiar de la impresión inmediata y buscar el misterio en lo inocente, según recomendaba Edgar Allan Poe; ser Contemporáneo es armar y demostrar un teorema donde Góngora es a la pintura de Cézanne lo que Velázquez a la poesía de Mallarmé: no emotividad traducida sino tejido de una red capaz de eternizar la fugacidad de lo vivido; ser Contemporáneo es comprender esta aparente deshumanización del arte para llegar a resultados duraderos; ser Contemporáneo es apasionarse en los objetos y no apasionarse con ellos, para otorgarles la pureza y libertad en que nacieron; ser Contemporáneo es adelantarse al tiempo para volver a México contemporáneo del mundo.

Miguel Capistrán, a quien en un reciente homenaje se le llamó el último de los Contemporáneos porque los estudió, recopiló y dio a conocer con generosidad encomiable, prefería llamarlos Generación de Ulises, en atención al grupo patrocinado por Antonieta Rivas Mercado. Con ese nombre salieron igualmente al mundo la revista y las ediciones del mismo nombre. Bajo ese nombre se agruparon inicialmente de forma definitiva. El breve fuego de Ulises llamó Novo a los años del primer tercio del siglo xx cuando él y sus cofrades modificaron con inteligencia, juventud y visión profética, el panorama de la cultura mexicana. Lapso en que la revista bautizada en honor del navegante ancestral, el grupo de teatro y los libros del mismo sello pusieron a nuestro país en consonancia con lo que se realizaba en otras partes del mundo.

Vivos en el México por el que tanto hicieron, la mayor parte de sus actos y de su escritura mantiene la provocación y la intensidad que en su momento despertaron. Hoy los cuatro escritores reunidos en estas páginas son patrimonio nacional. Sus nombres se otorgan a bibliotecas, parques públicos, museos, premios literarios. Pero en su momento se enfrentaron al mundo con la audacia y la rebeldía de los años verdes. Eran insolentemente jóvenes cuando se atrevieron a hacer la revolución en la cultura, con la misma violencia y radicalismo con que otros hicieron la revolución armada. Modificaron nuestra manera de ejercer con plenitud los seis sentidos mágicos de antes.

“La poesía es un instrumento de investigación”, escribió Cuesta con el mismo aplomo y convencimiento que tenía al declarar que Reflejos, libro de versos, era la mejor obra crítica de Villaurrutia. En otros términos, que el hombre de palabra tiene la obligación de ser un crítico artista y su misión con el lenguaje es convertirlo en llave que descifre misterios de siempre con palabras y pensamientos nuevos. Por las razones anteriores, este prólogo está dedicado a José Emilio Pacheco: al igual que los jóvenes que años después de sus lides en las páginas de El Universal serían conocidos como los Contemporáneos, convirtió la página fugaz del diario y la revista en texto que resiste el paso de los años. No debe haber página ociosa y la obligación de quien entrega un objeto verbal para ser llevado a la imprenta, ejerce el más humilde y exigente de los oficios.

Quien se asome a las páginas de El Universal, que en 2016 llega a su centenario, comprobará la vigencia del pensamiento y la pasión de aquellos jóvenes que nunca dejaron de serlo.

NOTAS:
1 Prólogo. Carta a Xavier Villaurrutia, Cartas de Villaurrutia a Novo (1935-1936), Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 1966, p. 9.
2 Gilberto Owen, “Poesía y Revolución”, El Tiempo, Bogotá, 8 de mayo de 1931.
3 Jaime Torres Bodet, Jorge von Ziegler (pról.), Contemporáneos, UNAM, Universidad de Colima, México, 1987. (La crítica literaria en México, 11).
4 Su objetivo fue convertirse en espacio para los fundamentos de la Revolución mexicana, principalmente del Congreso Constituyente. En sus prensas se imprimiría la Constitución de 1917. En 1922 saldría el primer número del diario vespertino El Universal Gráfico, y se mudó a las calles de Bucareli e Iturbide. Félix Fulgencio Palavicini dejó el diario para dedicarse a la política y lo sucedieron Miguel Lanz Duret y José Gómez Ugarte. Florence Toussaint Alcaraz, Escenario de la prensa en elPorfiriato, Universidad de Colima, Fundación Manuel Buendía, México, 1989, p. 32.
5 Martín Quirarte, Visión panorámica de la historia de México, Editorial Cultura, México, 1965, p. 244.
6 Humberto Musacchio, México: 200 años de periodismo cultural. 1911-1960, Conaculta, México, 2013, p. 21.
7 18 novelas de El Universal Ilustrado (1922-1925), Prólogo de Francisco Monterde, Ediciones de Bellas Artes, INBA, México, 1969.

sábado, 28 de marzo de 2015

La forma más alta del heroísmo*

28/Marzo/2015
Laberinto
Vicente Quirarte

Estamos reunidos para celebrar la concesión a Fernando del Paso del premio que lleva el nombre de José Emilio Pacheco. Todos los presentes hubiéramos querido que el segundo estuviera tangiblemente con nosotros. Único paliativo es que su ausencia, aún dolorosamente asimilable, permite que este premio sea, entre otras cosas, homenaje a quien siempre se mantuvo fiel a su humildad y a su orgullo, en él formas sinónimas y ejemplares de ser y conducirse. El genio de su vida y el talento de su obra son lecciones que nunca dejaremos de agradecer, atesorar y conservar. Existen los escritores leídos, los admirados y los amados. Los tres calificativos pueden aplicarse al premiado y a aquel cuyo nombre recordamos en el premio.

Nacidos con cinco años de diferencia, ambos autores pertenecen a la misma generación porque fueron marcados por los mismos hechos en el tiempo y el espacio. En 1958 aparecen los Sonetos de lo diario firmados por un joven Fernando del Paso. En ellos da muestra de su virtuosismo verbal y su capacidad para transformar lo nimio en hiperbólico, lo intrascendente en epifanía. En 1959, el aún más joven José Emilio da a la luz su primera colección de prosas bajo el título La sangre de Medusa. Publicados bajo el sello de Cuadernos del Unicornio, donde la elegancia del papel y la tipografía se unen a la maestría verbal de los autores, en esos breves e intensos libros ya están las principales características que habrán de definir su estilo. Ambos fueron niños de la colonia Roma. José Emilio desde la calle de Guanajuato, Fernando en la de Orizaba. Ambos botaron los mismos barcos, en diferentes tiempos, en la misma fuente Luis Cabrera. Como lo hizo notar Sara Poot Herrera, en diferentes y futuros tiempos ejercerían el oficio de oidor para Juan José Arreola, editor de sus libros y maestro que insistía en que la escritura debe tener la solidez de las artes mayores. Por ese motivo, los libros de Fernando y José Emilio son unánimemente admirados y releídos como verdaderas escuelas de escritura, homenaje y consagración de nuestro idioma. Ambos nos enseñan que la memoria es la mejor arma de la historia, como lo demuestran los Inventarios signados por las célebres iniciales JEP o la monumental investigación Bajo la sombra de la Historia en la que Fernando trabaja con disciplina ejemplar.

Si bien el camino recorrido por una creatura de palabras para llegar al dominio de su oficio sigue un esquema común, cada escritor es un ser imprevisible y sorprendente, original y nuevo. Fernando del Paso es el más claro ejemplo de quien al construirse nos construye, al forjarse un lenguaje hace más prestigioso y fuerte el colectivo. De ahí que ésta sea una oportunidad para agradecer y celebrar la victoria de un hombre sobre sí mismo, su labor como arquitecto de vastas y macizas construcciones verbales que han resistido y resistirán el paso del tiempo. Conocemos a Fernando del Paso antes de conocerlo. Ha sido compañero y responsable de nuestra educación sentimental y de varias de nuestras noches claras, desde aquella compacta edición de José Trigo, novela deslumbrante y exasperante, barroca y total que hizo entrar a su autor con paso firme en la narrativa de lengua española, y que constituyó el principio de una carrera determinada por la paciente exigencia, la honestidad intelectual y la espera que es privilegio de los sabios.

Si la misión de un escritor es consumar al menos una obra maestra, Fernando del Paso lo ha logrado en cada una de sus tres novelas mayores. En ellas ha llevado a cabo una nueva, heterodoxa, desafiante lectura de nuestra historia: José Trigo o el descenso al México ancestral y profundo; Palinuro o la odisea del hombre enfrentado al enigma del amor y la muerte a través del cuerpo de Estefanía, o de un país que cambia de manera vertiginosa y radical; Carlota de Bélgica o nueva Penélope que teje y desteje su locura y se transforma por voluntad del narrador en ojos omnipotentes de la historia.
Pocos de nuestros escritores, como Fernando del Paso, aman tanto las palabras y pocos como él han sido tan bien correspondidos. Publicista, traductor, diplomático ejemplar de México en París donde desempeñó su cargo con diligencia y siempre tuvo tiempo tanto para el visitante ilustre como para el estudiante pobre, se ha servido de las palabras para el diario sustento, pero ha desarrollado en las más altas horas el trabajo literario del creador que al domarlas y moldearlas sustenta nuestra imaginación, la exacerba, la transforma en arma para vivir cada minuto con más intensidad.

Una de las características de la creación entera de Fernando del Paso es la obsesión, propia del joven, que lo lleva a enfrentar desafíos y llevarlos a sus últimas consecuencias, ya se trate de un soneto que evada la rima fácil, ya de una exposición plástica o de un dibujo que acorte la distancia entre significante y significado, ya de volver a escribir el Quijote al convocar a sus más intensos cofrades y reelaborar su discurso en un viaje fascinante, ya de escribir una novela policiaca que, entre otras cosas, lleve a su autor a recordar las aventuras de don Policarpo escritas por un tío de la familia. Con Linda 67, Fernando del Paso ha otorgado al thriller categoría de arte mayor, y donde los triunfadores son unos cuantos. Como en sus obras anteriores, en ésta se halla presente el narrador omnívoro, el estudioso del espacio de su acción, el lúdico permanente que juega con las palabras y sus personajes.

El primer libro de Fernando del Paso fue una colección de poemas. En uno de sus libros más recientes, PoeMar, vuelve a esa vocación jamás abandonada, pues cada una de sus obras está hecha con la tensión y la altura que la poesía demanda. Desde el cuño del título, PoeMar, nos advierte que el suyo es un decir sobre el océano pero también una meditación sobre las diversas formas en que es posible aproximarse a una realidad presente en la Historia y las historias de nuestra especie. Del Paso se atreve a dialogar con una de las criaturas más sorprendentes y más cantadas de la literatura. El mar es una doble tentación. Quien acepta entregarse a él, envolverse en su cuerpo hasta fundirse con esa idea material de lo absoluto, difícilmente puede evitar traducirlo a palabras, convertir los seis sentidos mágicos en objetos verbales que testimonien esa experiencia siempre única. En una nueva etapa de su versátil labor creativa, Fernando del Paso toma el desafío.

Fernando del Paso nació el 1 de abril de 1935. Ese mismo día, pero de 1755, vino al mundo Anthelme Brillant–Savarin, el gastrónomo que con el paso de los años, y por su propia cuenta, habría de publicar Fisiología del gusto, Biblia de los enamorados de la alquimia culinaria. Otro primero de abril, pero de 1868, vio la primera luz el poeta y dramaturgo Edmond Rostand, ya para siempre asociado a Cyrano, que hace de la escritura la forma más alta del heroísmo. Nada es obra de la casualidad, y los astros se acomodaron de tal manera que Fernando del Paso está bien acompañado por estos dos autores de otra era. Por un lado, es notable su amor por la cocina, que comparte estrechamente con Socorro, mismo que los llevó a hacer un libro de cocina mexicana, cuyo objetivo es iniciar a los paladares de los paisanos de Brillant–Savarin en los misterios de nuestra gastronomía; por el otro, la admirable rebeldía e independencia de Fernando, su voz que es siempre fiel a lo que piensa, aunque eso signifique el desconcierto de la grey, lo emparientan, afortunadamente, con el señor de Bergerac, cuya espada y cuya pluma se desenvainan exclusivamente en defensa del honor, el débil o del enamorado.

En una de las páginas de Palinuro de México, los personajes discuten sobre ese acto que mucho tiene de magia y de máquina del tiempo, consistente en ir a la Hemeroteca Nacional y repasar los sucesos que tuvieron lugar el día del nacimiento de uno. Como testimonio de gratitud a nuestro escritor, que tanto ha hecho por la Historia y obligarnos a reconocernos en su espejo, me permito compartir con ustedes algunos de los sucesos que tuvieron lugar el día de su nacimiento.
El 1 de abril de 1935, día del nacimiento de Fernando del Paso, entraba al puerto de Acapulco el crucero alemán Karlsruhe, al mando del comandante Lutjons y el capitán Schomol. Fue recibido con champaña, grandes honores, y la colaboración de autoridades y marinos mexicanos que harían con los visitantes maniobras conjuntas. Del otro lado del mar, Europa entera entraba en un franco periodo de militarización. Francia declaraba que tendría una flota aérea como la alemana y Benito Mussolini afirmaba, mientras comenzaba a apoderarse de Etiopía, que sus aviones podrían oscurecer el cielo de Italia.

La noche del día en que la familia Del Paso Morante celebraba el advenimiento de su hijo, la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje declaraba existente el estado de huelga de los trabajadores de los tranvías. La falta de transporte no impidió que una multitud se dirigiera a la estación de Buenavista a recibir a los primeros contingentes de atletas que regresaban de los juegos centroamericanos. La euforia era mayor porque ese día el equipo mexicano de futbol había vencido a Honduras con un marcador de 8–2. El apoderado legal de la Universidad Nacional, con apenas siete años de flamante autonomía, se amparaba contra actos del presidente Lázaro Cárdenas, implícitos en el decreto del 12 de mayo sobre la enseñanza secundaria en relación a la universitaria. En la colonia Guerrero, la familia Fabila se intoxicaba con leche, ante el escándalo y preocupación de todo el barrio, circunstancia aprovechada por la compañía Nestlé apara incrementar su publicidad y sus ventas y denunciar la adulteración y la impureza de la leche convencional.

El día en que el niño del Paso ocupaba el aire con su primer llanto, en el Cinema Palacio se presentaba el pianista chileno Claudio Arrau con el espectáculo “Sueño de amor”. En los cines Edén, Monumental y Odeón se exhibía la película Bohemios, con Julián Soler y Amelia de Ilisa; el Principal daba Monja y casada, virgen y mártir, con Consuelito Frank y Joaquín Busquets; en la pantalla del Balmori, Joan Crawford y Clark Gable actuaban en Cuando el diablo asoma, mientras en el Regis podía verse Clive, el conquistador de la India, con Ronald Colman y Loretta Young. Cines humildes y heroicos como el Mundial y el Alarcón ofrecían por 30 centavos funciones triples y maratónicas de películas que habían dejado de estar en la primera línea de combate. Roberto El Panzón Soto anunciaba para el Teatro Lírico el estreno de dos nuevas comedias: Charros al Chaco y Los hijos de Pancho Villa.

Colaboraban en las páginas de Excélsior y El Nacional Rubén Salazar Mallén, Eduardo Pallares y Mauricio Magdaleno. Entre la información de gozos y tristezas, logros políticos y crímenes del orden común, se anunciaba el Chevrolet 1935 con “carrocería Fisher, motor de seis cilindros de válvulas en la culata”. Una hermosa diablesa vestida de desnudez —como después habría de serlo Estefanía por Palinuro— anunciaba a 5 centavos la cajetilla de cigarros Diablitos, tipo habano; el bálsamo del doctor Bengué proclamaba sus bondades contra gota, reumatismo y neuralgias, del mismo modo en que las pastillas Lekerol combatían la tos y la ronquera; destacaba asimismo la publicidad de la ropa íntima Caresse, que “se lava, lava y lava, y dura, dura y dura”.

Yo soy un hombre de letras, dice orgullosamente uno de los más inolvidables personajes de Noticias del Imperio. Fernando del Paso lo es, de manera literal y literaria, porque desde que empezó a ejercer las palabras y los colores, nunca abandonó esa actividad. En alguna entrevista señaló que escribir era como dibujar letras, y su estilo exigente y poderoso da muestra de cómo cada una de sus páginas es un mural y una sinfonía, por su riqueza cromática y metafórica, la variedad de registros y el trazo arquitectónico de la estructura novelística. En contra de las adversidades, con el amor de su familia, para él sustento tan poderoso como su escritura, lucha con entusiasmo adolescente por desfacer los mismos entuertos que Palinuro enfrentaba en su juventud poderosa y desarmada. Gracias demos a Fernando del Paso por su escritura exigente y generosa, por haber descubierto ese elíxir de la eterna juventud consistente en inventar el mundo cada día y compartirlo con nosotros.
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*Texto leído en la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán, Mérida, el 7 de marzo de 2014.

sábado, 2 de febrero de 2013

Rubén corazón de león*

2/Febrero/2013
Milenio
Vicente Quirarte

Dice un refrán kukuana: “Una lanza afilada no necesita brillo”.
Sir Henry Rider Haggard, Las minas del Rey Salomón
Todo niño es un héroe y es un brujo. La diferencia es que Rubén Bonifaz Nuño, leal a su infante interior, lector tanto de Homero como de Harry Potter, con el paso de los años ha continuado siendo mago y héroe. La refinada y exigente alquimia de sus versos lo ha conducido a transformar la miseria cotidiana en un as de oros que permite la entrada a ciudades fundadas sobre el canto. La atracción por el ser más prodigioso de la creación, escrito con cinco letras, lo ha llevado a hacer de la emoción inmediata poemas de amor que vencen las edades y ya forman parte no solo de nuestro canon sino, lo que es más difícil e infrecuente, de nuestro patrimonio espiritual.
Su inmersión en los trabajos y los días de los antiguos mexicanos lo ha llevado a encarnar las múltiples máscaras del héroe, desde Temilotzin de Tlatelolco, guerrero y cantor de la amistad, hasta el indígena anónimo que, a la pregunta del conquistador de dónde podía encontrar grandes señores, respondió, espontáneo y seguro: “Aquí todos somos grandes señores”.
El heroísmo de Rubén Bonifaz, al frente de su Seminario de Traducción Latina y la revista Chicomoztoc, ha consistido en buscar nuevos escudos para defender la dignidad de una parte esencial de nuestra herencia. Su estoicismo nace además de soportar calladamente los trabajos del solitario, de ejercer la caridad sin hacerla pública, de afianzar la mano fraterna sin decirlo. “Yo amé, se hace insigne en mi memoria, el honor del peligro”, escribe el poeta. La vida es el más peligroso y noble y canalla de los oficios, contesta el hombre. En nuestro héroe Rubén, ambos deberes se cumplen y se nutren. Cada uno de sus versos y de sus actos vitales es una apuesta total al arte de vivir.
Muchas son las imágenes que guardo en la memoria acerca de mi maestro. Algunas no las viví, pero a través de sus palabras las he imaginado. Fausto Vega, amigo de Bonifaz desde su juventud, podrá dar mejor testimonio de aquellas caminatas juveniles desde el viejo barrio universitario hasta la calle de Frontera, donde vivía Rubén. Caminatas de joven, de rebelde, de inconforme, cofradía de seres luminosos que se afanaban en su oscuridad y en asomarse a las fiestas, “ávidos de tiernas compañías”.
Me gusta imaginarlo asimismo el día de la victoria aliada, en compañía de su maestro de francés, don Luis R. Cuéllar. Sorprendidos por la noticia, comenzaron a cantar “La Marsellesa” en compañía de quienes en ese momento se hallaban en la plaza mayor de México. En una fotografía de los hermanos Mayo, así como en las películas existentes sobre el movimiento del 68, aparece registrada la marcha de silencio, encabezada por el rector Javier Barros Sierra. A su lado camina el poeta Rubén Bonifaz Nuño, que en ese entonces traducía uno de los libros que mejor reflejan el amor y la cólera de esos días: Cayo Valerio Catulo, merced a sus traducciones, volvía a ser nuestro contemporáneo. “Toda juventud es sufrimiento”, inicia ese texto estremecedor y formador de quienes en ese instante, al igual que Catulo, se enfrentaban al mundo con la entrega y la energía de sus años verdes.
Sé que no estoy solo cuando afirmo que Rubén Bonifaz Nuño es uno de los grandes acontecimientos de mi vida. Prácticamente no pasa un día sin que lo cite, mencione o recuerde alguna de sus múltiples enseñanzas, desde sus invaluables, irrepetibles lecciones poéticas y gramaticales hasta la sabiduría amorosa que tiene mejores resultados en quien recibe el consejo que en quien lo da. Como la montaña, Rubén siempre está allí, sincero en sus dolores, estoico en la carcajada de niño que lleva a la práctica su idea de que escribir poesía es como jugar. Lo dice muy seriamente porque cuando jugamos, nadie nos obliga, y estamos realizando una actividad que nos hace libres. Igual la poesía. Escribe Luis Miguel Aguilar, a partir de unas palabras de Cesare Pavese: “Solo hay un modo de hacer algo en la vida. Consiste en ser superior a lo que haces”.
Traductor de los clásicos grecolatinos, heterodoxo y valiente lector de los antiguos mexicanos, es sobre todo nuestro primer forjador de cantos, como se llamaba al poeta en la Gran Tenochtitlan. Sus palabras consuman la alianza con el prójimo, la mujer amada o la ciudad, “sitio y raíz de solidaridad, ámbito del amor sensual y de la fraternal comunicación.” En sus versos se testimonia la entrada de la lluvia, la consagración de la primavera en el cuerpo femenino, la cotidiana derrota del hombre de la calle y su capacidad de resistir, la valerosa alegría con que enfrenta la inminencia de la sombra. Hacer parte nuestra sus poemas nos templa el alma y blinda el heroísmo de existir con dignidad y plenitud.
En caminatas con sus discípulos en La Venta; en páginas de libros como Hombres y serpientes, Escultura azteca en el Templo Mayor, El cercado cósmico; en las páginas lúcidas y provocadoras de su revista Chicomoztoc, Rubén Bonifaz Nuño enseña que las piezas elaboradas por nuestros ancestros, desde la más humilde vasija, utilitaria y cotidiana, hasta los grandes monolitos simbólicos, son acumuladores de energía, formas que nos entregan su mensaje a través de los siglos. Poeta, humanista y hermano mayor, Rubén Bonifaz Nuño, Rubén corazón de león, lujo entre los lujos de la Suave Patria.
*Fragmento del prólogo al libro El honor del peligro, antología de Rubén Bonifaz Nuño publicada en España por Valparaíso Ediciones.

sábado, 8 de diciembre de 2012

La hora feliz

Otoño/2012
Luvina (68)
Vicente Quirarte

Hora feliz se llama el breve lapso en que se cobra al dos por uno: tiempo al que pocos privilegiados tenemos acceso porque es el laboral, obligado, casi siempre mercenario. No es la hora de los borrachos, sino del borracho solo. La hora de hacerse preguntas que antes formulamos, entonces sin hallar respuesta, ante la mirada en seco del psicoanalista. Por tal motivo, el bar de Sanborns es en ciertas horas el más barato y el mejor para escribir. O simplemente para estar.
     Por una razón que antes no me explicaba, sólo aquí pido la pareja formada por el Herradura blanco y la cerveza Bohemia. Sin embargo, mientras el agua que corta, la espuma y el oro líquido se hacen parte de mi cuerpo y consuman su plenitud sobre derrotas de la semana, recuerdo que las extrañas ocasiones en que mamá bebía, la cerveza Bohemia era su invariable elección. Mamá convertía toda la vida en dos por uno. Mientras sus hijos y su marido nos afanábamos en combatir el tiempo, para que como huésped incómodo se fuera, ella lo expandía, le daba sentido, con una sabiduría que Baudelaire no se atrevió a intuir. Esperaba cada mañana litúrgicamente la hora de Los Beatles y los escuchaba, aunque nunca aprendió inglés, como si fueran cantos gregorianos.
     A lo largo del año escolar 1986, mientras fui profesor visitante en Austin College, me enviaba puntualmente por correo Proceso y La Familia Burrón. En esos tiempos prehistóricos anteriores a la red era su forma de mantenerme en comunicación con México, pero también con la parte más profunda de lo que como familia éramos. Los Burrón eran parte de nosotros, al igual que seres y objetos del barrio de La Lagunilla, donde nacimos y nos criamos: los pisos y muros de piedra irregular de las que antiguamente fueron fastuosas construcciones —éstos fueron palacios—, los patios en que el mundo era ancho y nunca ajeno, las azoteas como quinta fachada y el lugar más próximo al cielo. Las revistas llegaban acompañadas de una carta con la letra grande, fresca y clara de mamá. Se llamaba Luz, pero mis hermanos y yo comenzamos a llamarla Gamucita: su cabello blanco y restirado, sus anteojos y su figura cada día más menuda nos recordaban físicamente a doña Gamucita Botello de Pilongano, madre sufrida y abnegada del poeta Avelino Pilongano, autor, entre otros títulos, de Aquelarre de neuronas y El círculo cuadrado de las amibas.
     Mamá lloró como ninguno de nosotros la muerte de mi padre. Lloraba por él, pero más por ella, por lo que les había faltado, por lo que de su marido nunca tuvo. «Lo mejor del matrimonio es la viudez, aunque uno sea el muerto», predicaba el gran Alí Chumacero. Con la muerte de mi padre, mi madre vivió su nueva juventud: en la plenitud de sus sesenta años, subía ágilmente las escaleras del metro; iba sola a una sala de cine a ver la película The Warriors, rodeada por bandas urbanas en los asientos vecinos; depositaba puntualmente el abono de la Enciclopedia Británica, cuando la convencí de que era la mejor inversión que podíamos hacer para el futuro, antes de que la era cibernética intentara tomar por asalto esa trinchera.
     Una imagen me queda del momento en que, sin derramar una lágrima, mamá lloró verdaderamente a papá. No a ella en él, sino al hombre que amó, despreció, perdonó y volvió a amar. El hombre tan distinto a ella, tan arbitrario e injusto. Tan constante. Varios años después de la
muerte de papá, mamá y yo estamos viendo, sin nadie más en casa, la adaptación al cine de Sostiene Pereira, de Antonio Tabbuchi. Al ver a Marcello Mastroianni en el papel del personaje desilusionado y abúlico de la novela, excedido de peso en cuerpo y alma, melancólico y vencido, descubrimos su asombroso parecido con papá. «¿Llevas dinero?», era la pregunta invariable de la esposa de mi padre. Y esa pregunta se la hizo aquel 13 de marzo de 1980 en que lo vio con vida por última vez. Quería decirle además que regresara, que le iba a planchar el traje, pues se iba a la Universidad con las mismas arrugas del heroico traje de combate que Mastroianni luce en la película, bajo el calor humillante y bochornoso de Lisboa. Mamá hubiera querido planchar el alma a papá, aunque en el fondo sabía que dentro de él ya sólo brillaba un sol oscuro. Cuando en la parte final de la película tomé la mano de mamá, sin decirle nada le decía que la parte sobreviviente del nosotros era como el nuevo Pereira que, libre de kilos y de anteojos, rejuvenecido por el amor al prójimo, era el Martín Quirarte que nos queda: no el enemigo mortal de sí mismo sino el hombre generoso y altruista que se daba a los otros.
     Doña Luz murió de modo imprevisto a sus ochenta y cinco años mientras escuchaba a Wolfgang Amadeus Mozart. Exteriormente en paz, aunque dentro de ella tuvieran lugar catástrofes biológicas que destrozaban de manera definitiva su prolongada, envidiable fortaleza. La primera de nosotros que se iba en su cama y se apagaba en paz. No he podido llorarla porque no me duele, y eso también le debo reprochar. Tuvo siempre la suprema elegancia de estar sin notarse. Ser la última en dormir y la primera en conocer el alba. Enfrentar la desgracia con resolución nacida de un estoicismo natural, sin adjetivos. Aun así, el dolor que no me deja es haber tenido que decirle frente a frente que su hijo mayor ya no existía. Verla quebrarse así.
     El 11 de mayo de 2011, mis hermanos, mis sobrinos y yo nos reunimos en la notaría para ultimar los detalles de la venta de la casa que habitábamos en la Colonia Roma. Ese día se cumplieron trece años del día en que sepultábamos a Ignacio, el mayor de mis hermanos. En la coincidencia leo el término de un ciclo, el cierre de un circuito. Nuestro hermano Ignacio se fue de entre nosotros, a los cuarenta y siete años, el 9 de mayo de 1998. Se suicidó a la edad de Lovecraft, de Pessoa, de Musset. Temprano todavía para irse. Tarde para empezar de nuevo.
     A partir de esta decisión de otro miembro de la tribu nos dimos cuenta de que era imposible bajar la guardia; había que blindarse otra vez contra el enemigo latente, contra la que William Styron llama oscuridad visible en un libro que se convirtió en mi lectura obligatoria y devoro con la avidez de la primera ocasión, como si de una medicina milagrosa se tratara.
     El perro amarillo nace en la calle. Es solitario, estoico y resistente. Siempre hay alguien que le tiende la mano. Por eso la frase «Suerte de perro amarillo» debe mover más a admiración que a lástima. La metáfora describe inmejorablemente a mi hermano Ignacio. Nació con ese sino y creció con una excesiva presión por parte de papá. Una es la persona que nos procrea a un número de hijos, pero cada uno tendrá un padre distinto, lo vivirá a su propia manera. Así sucedió con nosotros. Mi padre concentró en su primogénito todas sus frustraciones —el amor y la cólera— y no hubo jamás comunicación —menos comunión— entre ellos.
     Ignacio. Mi hermano mayor que todo lo sabía: dinosaurios, el funcionamiento de un auto de carreras, la letra en inglés de las nuevas canciones, distancias entre los planetas, el hombre de Tepexpan en el Museo de Historia Natural del Chopo. Cuando me confesaba no tener respuesta a mi pregunta, reacio a admitir su falibilidad, yo insistía: «¿Y calculándole?».
     En la única fotografía infantil donde estamos juntos, a sus cinco años Ignacio es un rocanrolero de avanzada: ultrapeinado con brillantina y un suéter que se afana en mantener su dignidad de nuevo. Yo, de dos años, basto, guandajo, el pelo chino y revuelto, como Silvestre Revueltas crudo y acabado de despertar, en una fotografía que conserva, devoto, Eusebio Ruvalcaba. Ignacio me toma de la mano y sonríe complacido a la cámara. Yo manifiesto la hostilidad y la mala cara de todas mis imágenes infantiles. Al reverso, una mano que no es de mi madre ni mi padre escribió, para dar constancia del hecho: «Chentito y Nachito». ¿En qué momento se rompió el pacto? ¿Cuándo logró el Señor Hyde inocular en su sangre ese filtro incapaz de regresarlo a la luz? ¿Cuándo mi hermano y yo dejamos de tomarnos tangiblemente de la mano, se bifurcaron los senderos y él se dejó vencer por el demonio al que cada uno y en grupo debíamos vencer? Defectos horribles, corregibles, escribía sistemáticamente en un cuaderno, y trataba de resolver los que más lo torturaban.
     El suicida es un instrumento de precisión, una máquina de matar, su propia, infalible guillotina. La carta dejada por Ignacio se hallaba en su impresora. Ni siquiera la sacó de la máquina. Después de su muerte, ante mis inevitables sentimientos de culpa, el doctor Miguel Matrajt hizo la analogía del suicida con la máquina: una moledora de carne está concebida para llevar a cabo una función, pero igualmente triturará cuanto se le ponga enfrente. Nada hubieran hecho mis visitas, mis buenas intenciones, nuestras carreras por Ciudad Universitaria, donde el movimiento era el inmediato y eficaz remedio contra la melancolía. «Si usted hubiera podido comprarle un departamento en la Quinta Avenida de Nueva York y le hubiera depositado un millón de dólares al mes, ¿lo habría salvado?». Vanidad del que sigue aquí. Si a la muerte de papá la vida se convirtió en sustituto inevitable, a lo que contribuyó considerablemente el sol del nacimiento de Anabel, nuestra primera sobrina, mi ahijada, la partida de mi hermano convirtió todo lo brillante y nutricio en materia de duelo y de dolor.
     Tres veces lo vi muerto. La primera, cuando entré con un cerrajero a su departamento y al darme cuenta de que la vida ya no estaba con él, instintivamente, como en los días de la niñez, le toqué el hombro desnudo y aún caliente. La segunda, al regresar con los agentes judiciales, cuya vulgaridad inevitable se volvió solidaria, aliviaba el dolor paralizante y obligaba a la acción: ayudar a descolgarlo me hizo entender la importancia de que los deudos sean partícipes de la que de otra forma dejaría de ser una ceremonia. La tercera, cuando al final del día más largo de mi vida, ya muy entrada la noche, reconocí su cuerpo. En la sordidez natural del Semefo, en ese lugar que parece subrayar toda la fealdad y miseria de la Ciudad de México, al mirar su cadáver y mover afirmativamente la cabeza dije que sí era él mi hermano, que había sido, aun en ese tiempo presente, inacabable, que enseña a respirar con más respeto. Comprendí las palabras de Raymond Carver en su cuento sobre la muerte de Anton Chéjov. La esposa del escritor solicita quedarse un momento a solas con el cuerpo. Más tarde escribirá: «No había voces humanas, ni sonidos de todos los días. Había sólo belleza, paz, y la grandeza de la muerte».
     Cuando Ignacio decidió quitarse la vida, en el mensaje que nos dejó menciona que creía tener la misma enfermedad que papá. Los sobrevivientes del naufragio queremos, necesitamos que nos digan lo que tiene el de nuestra estirpe, para tratar de entender el comportamiento de esa larva que crece, implacable e invisible, dentro de nosotros, aunque luego significante y significado pierdan sus conexiones. Lo que sí me fue posible atestiguar varias veces es la manera tangible, brutal, definitiva en que golpeó a mi hermano: los Quirarte sabemos reconocer, como los animales ventean a su depredador, el instante en que llega, para posarse en nuestra espalda y no soltarse, la bestia de la abulia y la parálisis. No transcribo íntegramente la carta de mi hermano. La conservo y la he leído innumerables ocasiones, pero, como escribe Marc Etkind, las notas suicidas no deben ser leídas por extraños, a menos que circunstancias especiales las conviertan en documentos públicos. Espigo solamente lo que puede servirnos a los que aún estamos de este lado: tres veces mi hermano dice que no puede con la vida. Tres veces se disculpa por lo que está a punto de hacer. La misma reiteración, desesperadamente lúcida, aparece en la carta que Virginia Woolf dejó a su marido el 28 de marzo de 1941 antes de arrojarse al río, provista de piedras que la ayudaran a garantizar su muerte:
Mi más amado:
Otra vez tengo la certeza de que me estoy volviendo loca. Siento que no podremos pasar por otra de esas temporadas terribles. Y ahora no me voy a recuperar. Empiezo a escuchar voces y no me puedo concentrar. Así que hago lo que me parece que es lo mejor que puedo hacer. Has sido en todos los sentidos más de lo que nadie podía ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices antes de que llegara esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrás trabajar. Y sé que lo harás. Ves que ni siquiera puedo escribir esto propiamente. No puedo leer. Lo que quiero decirte es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido completamente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decir esto —todo mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme ese alguien hubiera sido tú. Todo se ha ido de mí excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida. No creo que dos personas hayan podido ser más felices de lo que hemos sido.
En Nueva York, después de la muerte de mi hermano carnal, largas conversaciones con Frédéric-Yves Jeannet, hermano por elección. Unidos por la admiración común a Jean-Arthur Rimbaud y el suicidio de nuestros padres, la nueva herida causada por la decisión de Ignacio nos obligaba, necesariamente, a reinventar la vida, como exigió el maestro. «Yo no puedo pensar en suicidarme, porque a mí ya me lo hicieron antes». Frédéric lo dice plenamente convencido, él que ha resistido embates de la Oscura Señora y ya rebasó la edad de los 37 años que tenía su padre cuando abandonó este mundo.
     Los hijos de suicida vivimos con una espada encima. Nos indican una ruta de salida. Nuestro doble trabajo consiste en explorar otros senderos. En el cuento «Hansel y Gretel», de los hermanos Grimm, los niños perdidos en el bosque logran volver a casa gracias a la previsión de haber señalado el camino con piedras. La segunda vez no pueden reconstruirlo porque los trozos de pan esparcidos para marcar el regreso han sido comidos por los pájaros. Aunque no se lo proponga, el suicida traza para los suyos un camino. Los sobrevivientes lo reconstruyen, acaso también sin proponérselo; al mismo tiempo buscan y propician la llegada de pájaros del alma que borren los indicios del sendero que conduce al encuentro fatal con el espejo: no el que refleja lo que somos, o lo que creemos ser, sino el que pierde la batalla contra la mitad siniestra que acabará con nosotros, ese Señor Hyde embrutecido por el miedo y la impotencia ante una vida que no tiene otro remedio que aniquilar.
     Estamos en el piso 29 de un edificio en la calle 83. Debajo de nosotros se despliega la ciudad. Mi padre se arrojó desde un puente ridículamente bajo. De no haber obtenido la gloria y el alivio de la muerte, lo hubiera esperado una humillante invalidez. Abajo palpita la vida y palpita en nosotros. Somos dos mínimos participantes en la gran representación. No somos imprescindibles para el mundo ni primeras figuras, pero en este momento somos los primeros hombres en el mundo. El suicida descubre que es el último hombre sobre la Tierra, pero también, cuando algo muy dentro de sí le dice que el fin de sus dolores ha llegado, tiene un instante de plenitud que lo hace dios y creador de sí mismo, poderoso y omnipotente. Como el escritor cuando logra vencer ese no sé qué que lo mantiene vivo y al que es necesario matar para otorgar la vida.
     La nevada doblemente extraordinaria que cayó entre el 10 y 11 de enero de 1967 en la Ciudad de México está ligada a Ignacio porque nunca lo admiré como entonces. Mi padre nos había enviado a la biblioteca del Museo de Antropología para transcribir unos microfilmes. Ignacio era el caballero y yo su escudero. Como excelente y pulcro mecanógrafo que era, tecleaba mientras yo leía, en un libro barato e invaluable, A Study in Scarlet. Frente a su máquina del tiempo, mi hermano hacía vivos los trabajos y los días de héroes mexicanos. Afuera, Chapultepec nevado era Londres y salíamos, pubertos Holmes y Watson de Anáhuac, a soportar temperaturas inéditas, a convertirnos en pequeñas locomotoras que invadían el aire con su vaho personal, irrepetible. Creo que entonces conocimos verdaderamente la felicidad.
«Manito», nos decíamos, cuando el cariño no conocía barreras ni convenciones, cuando la palabra hermano aún no nos hacía enemigos ni parientes incómodos. Ya no nos dábamos la mano, como en la fotografía infantil, pero cuando emprendíamos nuestras sistemáticas exploraciones por la ciudad, su mano mayor iba en mi hombro, la mía en el de Javier, mi hermano menor. Manito. Caminábamos dueños de la ciudad, queriéndolo todo, necesitando nada. Invencibles.

domingo, 17 de julio de 2011

Ramón en la Rotonda

17/Julio/2011
Jornada Semanal
Vicente Quirarte

El 12 de junio de 1963, septuagésimo quinto aniversario del nacimiento de Ramón López Velarde, sus restos fueron trasladados a esta Rotonda en que hoy conmemoramos 123 años de la llegada del poeta al mundo. Si ocupa uno de los lugares destinados a las mujeres y los varones más altos de la patria, es “en reconocimiento al prestigio que su obra ha dado a la poesía mexicana”, como señala el decreto presidencial de don Adolfo López Mateos.

¿Qué hace un poeta al lado de otros artistas, guerreros, hombres de Estado, científicos y humanistas que engrandecen a este país tan necesitado de seres como ellos? Aquí se encuentran también Guillermo Prieto, Amado Nervo, Salvador Díaz Mirón, José Juan Tablada, Enrique González Martínez, Carlos Pellicer, Rosario Castellanos, forjadores de cantos que llevaron la poesía al terreno de la acción y demostraron que el discurso de las letras puede imponerse al discurso de las armas. Ramón López Velarde nos enseñó a desconfiar de las palabras, a templarlas en un fuego inédito y devolverlas como si acabaran de nacer, prestas a resistir el paso de los años. En el instante de su muerte, fue consagrado como poeta nacional por haber cantado con nuevo acento la intimidad de un país apenas salido de la violencia revolucionaria. La suave Patria, poema genuinamente cívico, salva escollos y fórmulas retóricas, incluidos los declamadores menos agraciados. Nadie había hablado de la patria con la desacralización y la irreverencia de López Velarde; nadie le había comprado trajes de tanta sencillez y tanto lujo; nadie la había tomado por la cintura para decirle al oído lo hermosa que es; nadie se había enamorado con tanta ley para hacer de lo nimio un escándalo mayúsculo, como esa estrofa donde la hipérbole deja de ser tal y se convierte en la sensación que todos hemos vivido alguna vez cuando al aroma del cuerpo femenino se une el perfume del vestido destinado a su piel: “Inaccesible al deshonor, floreces;/ creeré en ti, mientras una mexicana/ en su tápalo lleve los dobleces/ de la tienda, a la seis de la mañana,/ y al estrenar su lujo, quede lleno/ el país, del aroma del estreno.”

Los cinco últimos años de su vida, vivió en esta ciudad donde arde su polvo enamorado. En una de las colaboraciones que desperdigaba por los diarios capitalinos, y donde como al azar, sin aparente esfuerzo, lograba hallazgos fulminantes, distinguió la prosa del vivir cotidiano de la poesía que eterniza al instante. Porque comprendió y nos enseñó que el lenguaje es un sistema arterial, Ciudad de México se halla en sus escritos con una intensidad que los oriundos de ella no podían ver frente a sus ojos. Trotacalles profesional, soñador con los ojos abiertos, sabía que cada una de las conquistas de su cuerpo y su espíritu eran para siempre. Por eso se tomaba su tiempo, todo el tiempo. No usaba reloj, y en el fondo agradecía a quienes lo despojaron del que alguna vez tuvo, durante una de sus célebres y prolongadas caminatas nocturnas. Antes que el enamorado de la novedad pasajera, con su levita de otro tiempo, escuchaba y almacenaba, acendraba y pulía para el futuro.

En 1919, con motivo de la muerte de su amigo el pintor acalitemse Saturnino Herrán, Ramón escribió una “Oración fúnebre.” No sabía que además de rendir homenaje al artista plástico con el que tantas afinidades tiene, estaba escribiendo el mejor de sus autorretratos. Herrán había sido su compañero de caminatas por la ciudad. Caminar junto a él era caminar con el cuerpo, en el cuerpo, de la ciudad. De esa pieza, obra maestra del género, donde López Velarde se muestra en la plenitud de sus poderes de escritor, dice que Ciudad de México dio a Herrán “paisaje y figura”, que él “la acarició piedra por piedra, habitante por habitante, nube por nube”. Saturnino se posesionó de la ciudad mediante los cinco sentidos. Así lo demuestra su criolla rozagante, gloriosamente desnuda, con la severidad de la Catedral al fondo y rodeada de elementos que conforman la suave patria cuya riqueza cromática Ramón supo traducir en el poema inimitable con que se despidió de nosotros.

Durante la ceremonia que en esta Rotonda tuvo lugar en 1963, correspondió al poeta José Gorostiza hacer uso de la palabra. El autor de Muerte sin fin conoció personalmente al jerezano, y trazó una vívida remembranza de él: “Habría que haberlo visto. Alto, no encorvado, sino derecho, con una tímida verticalidad que apuntaba a lo majestuoso, lento en el andar, acompasado y digno en los ademanes, la sonrisa encantadora, el habla cortés y recatada, y los traicioneros ojos oscuros que, oscilando entre la mera vivacidad y la franca picardía, parecían subrayar todo lo que calaba su lengua. Era un vigoroso ejemplar de virilidad y nada había en su figura que hubiese podido proporcionar el menor indicio de la angustia que lo desgarraba.”

De haber permanecido en Jerez, de instalarse en Venado, de ser un jurisconsulto famoso en Aguascalientes o San Luis Potosí, acaso López Velarde no hubiera amado tanto a Ciudad de México. Si no hubiera salido de su villa, hubiera tenido esposa e hijos y hubiera conocido el mundo por un solo hemisferio: “el niño iría de luto pero la niña no.” De su muerte prematura puede culparse sólo al fervor que el poeta sentía por caminar, solo y a las altas horas, por una ciudad “millonésima en el placer y en el dolor.” Ojerosa y pintada, morganática y sacrílega, sempiterna y piramidal, la ciudad lo hizo suyo y lo mató de amor.

Para el poeta la muerte es la victoria, pero la muerte joven es una injusticia mayúscula. Ramón dejó este mundo sin decrepitud ni humillaciones, privilegio que fue el primero en solicitar: “Señor, Dios Mío: no vayas/ a querer desfigurar/ mi pobre cuerpo, pasajero/ más que la espuma del mar.”

Para fortuna suya y la de sus lectores, la concreción de su existencia es más cautivadora que la fantasía. La materia palpable de una vida que conoció los secretos de la alquimia más refinada basta para sentirlo vivo entre nosotros. Poeta sobre los otros seres que fue a lo largo de su breve estancia en la Tierra, sinceramente pudoroso, supo orientar las dos alas de su ángel para librar la lucha íntima que su poesía permite vislumbrar sólo por instantes. El homenaje que le rendimos demuestra que tuvo la visión y el coraje para vivir “él solo la vida de su raza”, pero sus hijos indirectos nos reconocemos en sus elevaciones y caídas.

Que no nos alarme celebrarlo porque siempre irá por delante de todos sus homenajes y mitologías. Luego de que en su honor los fuegos de artificio atruenen cielos zacatecanos, Ramón López Velarde se sacudirá la pólvora, la harina y el polvo de su trajepara volver al temible luto ceremonioso que lo caracteriza. Continuará mirándonos con su apenas sonrisa, ambigua como los actos de su vida, igual que sus palabras prodigiosas.

Panteón Francés de la Piedad, 12 de junio de 2011

domingo, 7 de noviembre de 2010

Así escribo (Vicente Quirarte)

Octubre/2010
Nexos
Vicente Quirarte

Un café y una libreta
“¿A qué hora escribe?”, afirmación, más que pregunta. Quien la formula es porque nos percibe víctimas de los enemigos del escritor enumerados por Edmund Wilson, esas enormes minucias que consumen la energía que quisiéramos sólo consagrada a la lucha con el espejo interior que no perdona. Más que enemigos del escritor lo son de la escritura, pues quien ha logrado concretizar sus pasiones en objetos verbales capaces de resistir el paso de los años, puede vivir sin escribir. ¿Se puede ser escritor sin escribir? Sí, cuando se ha descubierto que escribir es una de las tareas más altas que existen. Pero también una de las más desgastantes, ingratas, frustrantes. Y difíciles. El escritor verdadero escribe lo que debe y calla cuando debe. Lo supo Juan Rulfo. Lo sabe Alí Chumacero. Sin embargo, mientras no podamos respirar la delgada transparencia de esas cimas, nuestro único remedio es continuar en el intento.

Al planteamiento inicial, es posible responder con inteligente estrategia, aunque nuestro inquisidor se dé cuenta de que lo hacemos con nuestra mejor máscara y un ramillete de selectos lugares comunes. Es posible invocar la falta de tiempo y sus demás aliados. El enemigo mayor se articula en primera persona, ese yo que es otro y nos exige lo que narcisismo y sentido común pretenden evitar a toda costa. Para el amor, como para la escritura, siempre hay tiempo, pero la segunda ocupación es más demandante y absorbente. No basta el dominio de la técnica. La palabra se va con quien mejor la sirve, con quien mejor la siente. Con quien más resiste.

Provengo de una familia cuyo capitán apostó sus mejores cartas a la palabra escrita. No escribir era morir. Con el paso del tiempo he aprendido que la vida es mejor que la escritura, pero el estigma de nuestra tribu permanece, para bien y para mal, como el fuego de San Telmo con el que templaban sus armas los arponeros del Pequod, en la atroz y maravillosa aventura de Herman Melville que me acompaña de continuo. Vencer a la blancura, sí. Pero hay modos de hacerlo sin desembocar en la tragedia y conservar el honor, la varonía.

Cuando intuí que mi ocupación medular iba a ser la escritura, intenté hacer lo que había observado en mis modelos: dedicarme enteramente a la literatura, no pensar en otra cosa. La vraie vie est absente, leí en Rimbaud y quise transformar la frase en dogma. Por fortuna, puedo contar las veces en que me he encerrado con la sola voluntad de escribir. El resultado fue tan estéril como dramático, tan patético como infructuoso. De manera natural, por fortuna para mí y de la familia con la cual comparto esta aventura terrestre, he aprendido que encerrarse a escribir es encerrarme en mí mismo, utilizar una coraza donde, mientras las palabras se buscan, se inflaman, se agrupan en sintácticos batallones, el ejercicio de la vida sigue y conduce, de manera inevitable, a que lo escrito le corresponda de mejor manera, aunque en apariencia esté más alejado de ella.

Me torturaba escuchar a mis amigos novelistas que pueden abstraerse de cuanto les rodea y forjar universos propios. Dejé de hacerlo cuando me di cuenta de que mi método de trabajo —si así puede llamarse al pánico del último momento— es semejante al de un niño cuando hace la tarea y la interrumpe de continuo porque tiene que ir a patear la pelota, abrir el refrigerador sin tomar nada, rogar que toquen a la puerta porque hay que descargar el bote de la basura. Las interrupciones son bendiciones porque —otra vez— escribir es una tarea imposible que otorga sus verdaderos frutos sólo de cuando en cuando. Sin embargo, siempre habremos de abominar de quien con la mejor intención nos dice, como recuerda el poeta: “Vente a cenar, tigrillo, la leche está caliente”.

Escribir es avanzar. De ahí que caminar y correr sean recomendables para ahuyentar fantasmas y allegarse nuevos. Londres sintió las largas piernas de Virginia Woolf agotar sus calles; Praga, las legendarias caminatas de Franz Kafka quien, tras imaginar la estructura de mil castillos en sus vagabundeos, lograba incorporar tres nuevos ladrillos en su jornada de trabajo. Me consoló descubrir esta circunstancia en una biografía suya. Siempre será mejor el destilado si para lograrlo se ha pasado por la mayor cantidad de venas del alambique. Las iluminaciones más intensas que he vivido han sido cuando el cuerpo está dedicado enteramente a la carrera. Ningún texto me ha dado la satisfacción de haber cruzado la isla de Cozumel y de tal manera vivir la novela que no he escrito. Me corrijo: esa intensidad hace verdadero lo escrito y lo que está por ser escrito.

El cómo escribo desemboca, inevitablemente, en el dónde, palabra que tiene el doble significado de soporte y espacio. Una libreta y un café son los mejores pasaportes al paraíso, la mejor estación de combate para escribir borradores. La primera, para sentir que ese pequeño cuerpo acepta nuestras incisiones, mejor si son de pluma fuente que sostiene, por unos instantes más, el brillo y el peso de la tinta. El cuaderno otorga estructura y aleja del caos. Y un café, de preferencia, donde nadie nos conozca, o lleguemos a ser tan familiares que logremos el silencio de una silla. Un café donde sea posible estar solo en medio de la multitud, y acompañado por ella. Un café que sea el nuestro, como suyo ha hecho El Comercial de Madrid el gran Tomás Segovia y cuya pequeña, cuidadosa caligrafía construye cada mañana vastos universos que nos iluminan con su blanca luz moral.