domingo, 4 de agosto de 2013

“Soy más que la viuda de Carver”: Gallagher

4/Agosto/2013
Confabulario
Claudia Apablaza


En 1988, Raymond Carver muere de cáncer al pulmón, dejando atrás diez años de matrimonio con la poeta, ensayista y guionista Tess Gallagher (1943). De esa década data la producción literaria más fuerte del reconocido cuentista. Su “segunda vida”, como la llamó él mismo, después de sobrevivir a carencias económicas y a cuatro hospitalizaciones por alcoholismo. “Me estaba matando, simple y llanamente. No exagero”.

El 1 de enero de 1979 Carver inicia su vida junto a Tess. Hasta el momento sólo había publicado en una editorial de alto tiraje el volumen de cuentos ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), y algunos libros de poesía en editoriales con muy baja distribución: Near Klamath (1968), Winter Insomnia (1970) y At Night the Salmon Move (1976). Pero sus obras cumbres sólo fueron escritas cuando vivió con Tess: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? (1981) y Catedral (1983), obras que crecen en profundidad y aflicción lírica. Esto se lo debe a la intensa relación con Gallagher, y el mismo Carver lo señala en una entrevista: “Hay una mayor plenitud, mayor hondura, gracias al buen ojo y estímulo de Tess… No sólo cambiaron las circunstancias personales de mi vida, también las externas. Imagino que me volví más esperanzado, más positivo”.

En 2007, Bartleby Editores publicó la traducción castellana de Carver y yo, una recopilación de documentos de Tess Gallagher. La primera parte, “Excursiones”, es el diario del largo viaje que hizo la pareja durante un año por Europa en 1987 para promover los libros del autor. La segunda parte, “Vidas cruzadas”, reúne las cartas entre Tess y el cineasta Robert Altman. La tercera, “Conversaciones”, son entrevistas realizadas a Gallagger para algunos medios norteamericanos. Y para terminar, “Sin final”, un texto en el que Gallagher relata cómo ha sido su dedicación a la obra de Carver desde su muerte.

—¿Cómo se planteó el libro Carver y yo? ¿Es un homenaje al marido muerto, al escritor o a la pareja literaria que ustedes conformaron?

Carver y yo fue escrito para entregar una idea de mi vida con Ray, sobre todo de lo agradable de los viajes que hicimos juntos. También mostrar qué cosas importantes pasaron después de su muerte, como la publicación de sus poemas y la adaptación de los relatos de Ray en la película Short Cuts. El libro es tanto un homenaje a Ray como un retrato de nuestra vida juntos como escritores.

—¿Cómo era a grandes rasgos el trabajo literario entre ustedes?

—Trabajamos con la misma fuerza el uno para el otro. Recuerdo con mucha alegría cuando le debía mostrar una historia o un poema a Ray. Él realmente celebraba mis textos y también trataba de ayudarme a perfeccionarlos. Cuando yo leía el trabajo de Ray, me asombraba e impactaba mucho. Lo sentía como si fuese a ocurrirme, como si la historia hubiese entrado en mi corriente sanguínea y yo sabía justo lo que ella necesitaba para completarse. Ray se encantaba cuando yo bosquejaba algo de esas ideas. Él podía usar todo o parte de ello, o formularlo de nuevo. Nosotros éramos bastante simbióticos, y cuando esto sucedía, era muy positivo para nuestro trabajo en común. Ray siempre quería saber lo que yo pensaba de su trabajo y valoraba que yo me lo tomara muy en serio. Trabajé de forma muy dura con él hasta el final.

—Usted también señala que Carver fue el motor principal en su producción poética. ¿Sigue siéndolo?

—Ray es todavía una de las presencias más importantes en mi vida espiritual. Tengo varios poemas en mi último libro, Dear Ghosts, sobre él o dirigidos a él. Pero el lenguaje de los nuevos poemas no es tan hermético o misterioso como los de El puente que cruza la luna. Con aquel libro sentí que casi tuve que inventar de nuevo mi modo de estar en el lenguaje. A veces uno sólo tiene que arriesgarse y esperar a que la emoción lo lleve de un modo que no había esperado.

—Y hasta qué punto su obra poética se puede desvincular de la figura de Carver. Es decir, ¿le pesa mucho ser la “viuda de Carver”?

—Él no es para mí una figura opresiva. Soy más que la viuda de Raymond Carver. Mi escritura ha continuado desarrollándose. Y los tópicos son diversos: política, espiritual; tomando varias culturas como el japonés, el irlandés y el español. Me gusta trabajar con ellas que, si bien a veces son “fantasmas” o “espíritus”, todavía nos entregan mucho conocimiento y sabiduría.

—¿Qué relación hay entre la muerte de Carver y el lenguaje en su obra?
—En El puente que cruza la luna tuve que moverme a una especie de oscuridad espiritual para redescubrir a Ray. Los poemas sirvieron para construir un puente. Su desaparición hizo que los poemas alcanzaran una lengua remota. El lenguaje es muy retorcido, y mi traductor español, Eduardo Moga, me confesó que en ocasiones mi modo de hablar lleva el castellano a sus límites.
—¿Cree que Shorts Cuts [la película de Robert Altman basada en textos de Carver] es una buena adaptación?

—Es la mezcla de la imaginación de dos grandes genios. Dos maestros. La fuerza de ambos está muy presente, aun cuando uno de ellos ha sido amplificado y cambiado por el de otro. Ray era muy delicado y exacto, mientras que Altman debe trabajar más ampliamente porque su medio es el cine. Short Cuts no es realmente una adaptación del trabajo de Ray.

—Usted señala en Carver y yo que un escritor no debería estar ligado al mundo académico. ¿Por qué no se podrían complementar ambos oficios?

—Muchos escritores pueden enseñar y escribir. Pero Ray, realmente, nunca se sintió cómodo enseñando. Sólo se sentía bien haciendo su obra literaria.

—Uno de los antídotos que tenían para la enfermedad de Carver, cuando los tumores se expandieron, era leer a Chéjov.

—Yo leía algunas historias de Chéjov y luego se las contaba de tal modo a Ray, que él las quería leer. También comencé a notar que ciertos pasajes de Chéjov eran como “poesía oculta”. Si los mecanografías en líneas hacia arriba, podrías descubrir la poesía de esa prosa. Ray comenzó a hacer eso y encontró algo nuevo en la prosa de Chéjov.

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